Tierra, techo, trabajo - Papa Francisco - E-Book

Tierra, techo, trabajo E-Book

Papa Francisco

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 Este libro recoge los discursos que Jorge Mario Bergoglio dio en ocasión de los tres Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares. Se trata de documentos de inestimable valor político e histórico, pues de ellos mana en toda su potente sencillez el mensaje rompedor y revolucionario del papado de Francisco y su firme compromiso por la causa de los que viven en los márgenes del imperio aplastante del capitalismo; es decir, por aquellos a los que, víctimas de un perverso modelo de desarrollo, se les niega el acceso a la tríada de derechos sagrados constituida por las llamadas "tres T": la tierra, el techo y el trabajo, que representan no solo el fulcro temático de los discursos aquí expuestos, sino también las piedras de toque sobre las que debe fundarse la dignidad humana.   Testimonio imprescindible de nuestra época, valiente j'accuse contra las aberraciones de una globalización consumista y voraz, las palabras del pontífice a los Movimientos Populares proporcionan un análisis lúcido de los problemas de la contemporaneidad y una esperanzadora propuesta de cambio capaz de llegar a todos aquellos que -ya sea desde una perspectiva confesional o laica- abogan por un mundo más justo e igualitario. 

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PABLO BUSTINDUY[1]

La geopolíticadel papa Francisco

 

 

 

 

La teología geopolítica del papa Francisco

 

El mundo que se agitaba entre 2014 y 2016, cuando tuvieron lugar los Encuentros Mundiales de Movimientos Populares convocados por el papa Francisco, era distinto del que hoy agoniza bajo el efecto de la pandemia. Entonces las ideas progresistas, a falta de un mejor término, estaban en plena ebullición. Desde la primavera de 2011 venían sucediéndose levantamientos y estallidos populares —de Atenas a São Paulo, de Nueva York a Estambul— contra un orden global que, tras una catástrofe financiera sin precedentes en casi un siglo, se rearticulaba con dificultad tanto en el centro como en la periferia. Con la excepción de América Latina, que venía encadenando una década larga de experiencias políticas progresistas, para el resto del mundo la movilización que siguió a la crisis supuso una novedad. Finalmente, tras los largos años de la posguerra fría, parecía que se abría una oportunidad de transformación política y social en clave esencialmente democrática. Incluso el partido demócrata estadounidense y el partido laborista británico, dos tótems del consenso en la era neoliberal, fueron objeto de asaltos democráticos que habrían sido impensables apenas unos años atrás. La propia elección del papa Bergoglio, tras los años de rigor teológico de Ratzinger y el papado conservador de Wojtyla, sintonizaba con esa ascendencia de un ciclo progresista que hacía sentir sus efectos desde Washington a la Ciudad del Vaticano. En aquella reunión de líderes políticos y movimientos sociales de todo el mundo parecía cristalizar ese salto hacia delante de las fuerzas progresistas; el papa de los pobres bendecía su intento de construir una alternativa democrática al proyecto quebrado de la globalización neoliberal.

 

 

Un momento de bifurcación

 

Ese ciclo político dio pronto signos de agotamiento. El referéndum del Brexit y la elección de Donald Trump, sucedida apenas 72 horas después del último encuentro de Francisco con las organizaciones populares, simbolizó un cambio de trayectoria, una flexión conservadora, si no reaccionaria, del espíritu de impugnación surgido de las protestas tras la crisis financiera. Claro que esa articulación había estado en disputa desde el comienzo: el estallido del Tea Party, del que Trump es heredero, sucedió dos años antes que las primeras marchas de Occupy Wall Street; cuando Syriza ganó las elecciones de 2014 al Parlamento Europeo, con Alexis Tsipras como el candidato común de la izquierda del continente, sus seis flamantes diputados se encontraron en Estrasburgo con veintitrés cargos electos del Frente Nacional y veinticuatro del ukip. Un hilo pardo une la refundación del lepenismo, la evolución de Orban y las victorias de Trump, Duterte y Bolsonaro: es la continuidad de un ciclo reaccionario que también nació como respuesta a la crisis de la primera globalización.

Para quien asistió a los encuentros de Roma y Santa Cruz, para quien escuchó allí las palabras de Francisco sobre el huracán de esperanza que estaba por venir, la primacía de ese nuevo sujeto reaccionario parecía todavía cualquier cosa menos inevitable. Es cierto que, visto con la perspectiva que nos da el tiempo, ya entonces el balance era poco halagüeño. América Latina vivía los inicios de una agresiva recomposición conservadora cuyos efectos se siguen apreciando casi una década después. Las revoluciones árabes, con la excepción heroica de Túnez, sangraban aplastadas por la represión, la instrumentalización política y una compleja guerra regional donde, directamente o por interposición, pesaron todos los intereses en juego en Oriente Medio. La suerte del gobierno griego pronto señalaría todas las dificultades que la izquierda populista iba a encontrar en el continente europeo, mientras Corbyn y Sanders (y después, siempre por márgenes exiguos y parecidos, de entre el uno y el dos por ciento, también Podemos, la Francia Insumisa de Mélenchon, los Frentes Amplios de Chile y Perú o la Colombia Humana de Gustavo Petro) quedaban a las puertas de hacerse con el poder a pesar de sus notables resultados electorales. Casi sin excepción, esas dulces derrotas fueron seguidas de repliegues en la movilización y la fuerza social de los nuevos actores de la izquierda y, antes o después, también de notables retrocesos en las urnas. A menudo, lo que en el inicio parecían causas de la fortaleza de estos movimientos —la novedad, la juventud, la transversalidad ideológica y la creatividad organizativa— se volvieron razones para explicar su debilidad o desconcierto.

Tras haber comprobado la evolución de estos procesos, al releer las palabras que Francisco dirige a los movimientos populares en el momento crítico de aquel cambio de ciclo, en el punto exacto de bifurcación entre el impulso progresista y la reacción conservadora, uno no puede evitar sentir un cierto asombro. Sin duda, Francisco estaba interviniendo en la coyuntura política concreta: el papa denuncia la quiebra moral del sistema económico, el auge de la desigualdad, la crisis migratoria, ecológica y social. Francisco incita al compromiso político y llama a los jóvenes a movilizarse, organizarse y dar el salto a la política de las «grandes decisiones». En Santa Cruz con Morales y en Roma con Mujica, en sus intercambios con Sanders y Podemos, en su capacidad de convocatoria y reunión de movimientos populares de los cinco continentes, el papa reconoce ese sujeto político internacional, le acompaña, orienta y previene.

Pero con la perspectiva que da leer sus palabras desde la crisis siguiente, parece claro que en estos discursos Bergoglio estaba interviniendo también más allá de aquella coyuntura política. Francisco está pensando el mundo a una escala diferente, en un ciclo más largo hacia atrás y también hacia delante, con un discurso más amplio y, a la vista de los hechos, también más sólido que el de aquella izquierda ascendente a la que estaba dando entonces su bendición. Un lustro después, en una hora crítica para el devenir de la globalización, el mensaje de Bergoglio sigue siendo un referente ineludible para su análisis y para imaginar una alternativa mejor. Es obligado preguntarse qué confiere a su discurso esa capacidad de llegada y pervivencia.

 

 

Teología y globalización

 

Contra lo que pudiera parecer, el discurso político del papa se apoya sobre una ontología conservadora. Francisco no rompe con los presupuestos fundamentales de la teología de Ratzinger: él también se dirige a un mundo que ha perdido su relación con lo absoluto, asolado por una mezcla de narcisismo y vacío espiritual, por la ausencia de raigambre y de fundamento real para la experiencia. Carlo Invernizzi Accetti ha escrito una formidable historia de la posición de la Iglesia católica frente al relativismo, desde el rechazo frontal de la ilustración y la modernidad, que llevó a León xiii y Pío ix a promulgar el boicot de los cristianos a la política burguesa por ir contra el orden natural de la sociedad, hasta el intento reciente de afirmar el cristianismo como cimiento y límite de la democracia, último dique de contención contra los peligros de la tiranía o del colapso moral de la sociedad sobre sí misma.[2] Papa de Roma, Francisco preserva esta ontología fundamental: su evangelio es una respuesta a la pobreza moral de un mundo desanclado, alejado del amor de Dios y la búsqueda de la verdad, vaciado por el relativismo y el «presentismo», sediento de trascendencia, de alivio y reunificación.

La originalidad de Francisco consiste en enmarcar esa teología de la pobreza en una crítica de la economía política contemporánea. A diferencia de Ratzinger, para Francisco la pobreza no es solo una cuestión moral sino también económica y social. Desde su primera encíclica, Francisco denuncia un sistema de producción, distribución y consumo que genera desigualdad, miseria y desposesión, pero también desarraigo, soledad e indiferencia. Es la lógica agresiva del neoliberalismo, la competición desatada y la acumulación sin límite del capital, lo que produce formas cada vez más insoportables de deshumanización, de vacío ético y social («esa economía mata» dice en Evangelii Gaudium). En la economía idolátrica del capitalismo contemporáneo está el origen de la explotación, la subversión de todos los valores del evangelio y la deriva general de los pueblos lejos de sí mismos y lejos de Dios.

Pensar el origen de la pobreza requiere necesariamente entender el funcionamiento de ese sistema económico. Por eso Francisco es un pensador de la globalización, que repetidamente presenta como un sistema global pero no universal. La razón es que el orden económico en el que vivimos ha conquistado el planeta entero, domina todo su territorio, pero solo es capaz de funcionar por medio del descarte permanente, de la división entre ricos y pobres, de la separación de centros y periferias. La globalización neoliberal unifica y aplana la tierra, pero solo la puede gobernar a través del sometimiento y la exclusión, de relaciones coloniales en su esencia, cargadas de poder, como flujos de dominación que vuelven sobre sí mismos en un mundo hiperconectado.

Esa densidad de poder y violencia tiene para Francisco un nombre, Lampedusa, donde se expresa la quiebra moral y el fracaso de nuestro presente. Pero Lampedusa no es un accidente o una mera calamidad (ni siquiera es un lugar concreto: hay Lampedusas en todas partes). Lampedusa es la condensación de un régimen político-económico global que funciona haciéndose invisible a sí mismo: un símbolo de aquello que no queremos ver, de lo que oculta la globalización del dinero y la indiferencia. Por eso Francisco lo dice una vez y otra: Lampedusa tiene causas económicas y políticas y seguirá existiendo hasta que esas causas desaparezcan. Su sacerdocio se convierte así en un llamamiento a organizarse para transformar este mundo pobre e interconectado, es decir, en un programa político.

 

 

El populismo del papa

 

Ante quienes le tachan de marxista o de peronista, Francisco rebate con ironía que en realidad es al revés, que son los comunistas los que piensan como los cristianos.[3] No se trata solo de recuperar la vocación popular de la Iglesia, nacida al fin y al cabo como sublevación ante la injusticia en la periferia de un gran imperio. Tampoco de reivindicar en la teología del pueblo la experiencia del colonialismo vivida por los pueblos de América Latina. Francisco presenta la esencia del mensaje de Cristo como una praxis política, como un ejercicio de solidaridad y justicia a través de la transformación social. La misericordia cristiana no es ya solo el suspiro de los explotados, aquel «corazón de un mundo sin corazón» que sirve para aliviar y acallar, sino la base de un programa político que, desde las periferias, llama a una sublevación general contra el orden de la globalización. Tierra, techo y trabajo es un programa para reorientar la base misma de la sociedad, para enraizarla de nuevo en la libertad, la igualdad y la fraternidad, presentados como valores esencialmente cristianos.

Con extraordinaria sencillez, los discursos de Roma y Santa Cruz trazan una línea que divide en dos campos el espacio político y social. En política hay que elegir entre estar con los pobres o con los mercaderes, entre Cristo y Barrabás. El mensaje de Francisco se dirige inequívocamente a los pobres, a quienes sufren y son excluidos. Pobres son quienes habitan todas las periferias, incluidas las que están más cerca de nosotros, incluidas las que están dentro. Pobres son las víctimas de este sistema económico, explotadas, descartadas, desposeídas, marginadas, quienes conocen de cerca la violencia y la dominación y luchan para deshacerse de ella. Pero pobres son también quienes tienen miedo y se resisten a refugiarse en el culto del dinero y las naciones, quienes ansían dirección y sentido, quienes rechazan la atrofia moral y la indiferencia que genera el neoliberalismo (en esa atrofia, todos somos en última instancia pobres). Pobres son quienes se levantan contra la injusticia y, al encontrarse, anhelan juntos comunidad, plenitud y justicia. Un pueblo no es otra cosa que el nombre que lleva ese encuentro.

Esa dualidad de los pobres y los pueblos encarna para Francisco el sujeto político del cristianismo. Ellos están llamados a irrumpir en la política de las «grandes decisiones», en los espacios para los que eran invisibles y de los que estaban vedados, no para afirmarse a sí mismos, no para imponer intereses sino para vivir bien, para hacerse custodios de la Tierra, de nuestra casa común. Francisco convoca a defender la Tierra en la que hallamos raigambre y sentido, fijación y trascendencia, contra un sistema que la explota y saquea, la profana y vacía (Laudato si’, 101). En esa ecología política, en la defensa del planeta, la justicia y la paz, descubrimos una vocación común entre diferentes, el llamamiento para encontrarnos y transformar el mundo. En ese encuentro, advierte el papa, está el destino de la humanidad.

 

 

El papa y la izquierda

 

No es un secreto que aquel sujeto político ascendente que el papa quiso reunir en el Vaticano hoy enfrenta enormes dificultades. Algunas de ellas se explican por coyunturas nacionales o locales, otras por desgaste o por errores propios, otras quizá solo por azares. En casi todos los casos, da la sensación de que para la izquierda sigue habiendo algo inabordable en la globalización, algo que la elude, como si no se supiera qué hacer exactamente con ella. Tal vez esa dificultad sea una herencia de la Guerra Fría, de aquel viejo debate que enfrentaba clases y naciones y oponía la fe internacionalista y el culto del Estado. Tal vez sea una dificultad meramente programática, fruto del agotamiento de un ciclo que hoy requiere ideas nuevas o de una pérdida de fuerza social a la que corresponde una merma de la imaginación. Sea lo que fuere, en una hora de crisis profunda y decisiva de la globalización, esa carencia se ha hecho notar.

Sobre ese vacío la sombra del discurso de Francisco se alarga todavía más. Su tercera encíclica, Fratelli Tutti, es quizá el documento político más completo que se haya presentado sobre la pandemia. La encíclica disecciona las causas profundas de la crisis y sus efectos sobre los sistemas productivos, ideológicos y culturales del mundo contemporáneo. Francisco completa la crítica de la economía política de la globalización y enlaza su ecología política con el análisis de los flujos económicos y migratorios, de los conflictos bélicos y geopolíticos, hasta con una propuesta de reforma de las instituciones del orden multilateral. El texto desarma la teoría y la práctica neoliberal, y enmarca la tarea de reconstrucción política y social en una defensa abierta de la herencia de la Revolución francesa y de las luchas sociales de la modernidad. Universal en su aspiración, el discurso del papa aúna la crítica de lo existente y la imaginación de un horizonte político para su superación.

Si hoy los ateos escuchamos al papa no es para glorificarlo ni por afán de minimizar o disimular las diferencias (al revés, las buscamos y enfatizamos sin cesar). Hoy escuchamos al papa porque en su discurso hay muchas cosas que no tenemos, cosas que nos hacen falta. Es conocido el chiste que se le atribuía a Stalin cuando, amenazado por el canciller de Francia con una censura del Vaticano, respondió con sorna: «¿Cuántas divisiones tiene el papa?». Para quien quiera pensar la transformación del mundo tras la pandemia, para quien tenga la vista puesta en la articulación del ciclo siguiente de la lucha para democratizar la globalización, la teología geopolítica del papa Francisco tiene hoy varias divisiones que aportar.

Discurso a los participantes en el primer Encuentro Mundial de los Movimientos Populares

 

 

Aula Vieja del Sínodo, Ciudad del Vaticano. Martes, 28 de octubre de 2014.

 

 

«Solidaridad es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, es enfrentarse a los destructores efectos del Imperio del dinero».

 

 

 

Buenos días de nuevo,

 

Estoy contento de estar entre ustedes, además les digo una confidencia: es la primera vez que bajo acá, nunca había venido. Como les decía, tengo mucha alegría y les doy una calurosa bienvenida.

Gracias por haber aceptado esta invitación para debatir tantos graves problemas sociales que aquejan al mundo hoy, ustedes que sufren en carne propia la desigualdad y la exclusión. Gracias al cardenal Turkson por su acogida. Gracias, Eminencia, por su trabajo y sus palabras.

Este Encuentro de Movimientos Populares es un signo, es un gran signo: vinieron a poner en presencia de Dios, de la Iglesia, de los pueblos, una realidad muchas veces silenciada. ¡Los pobres no solo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella!

No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ong, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, lo hacen de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar. Esto es medio peligroso. Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar.