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Como miembro de los Chicago Bulls campeones de la NBA en 1991, un Hodges vestido de dashiki entregaba una carta escrita a mano al presidente George H. W. Bush exigiéndole que hiciera más para abordar el racismo y la desigualdad económica. Hodges también fue activista y portavoz sindical, impulsó un boicot contra Nike y denunció enérgicamente la brutalidad policial a raíz de las imágenes de la paliza a Rodney King que dieron la vuelta al mundo. Pero su franqueza le salió cara: en el mejor momento de su carrera, tras diez temporadas en la NBA, fue excluido de la competición por usar su condición de atleta profesional para defender causas justas. En estas poderosas, apasionadas y cautivadoras memorias, el dos veces campeón de la NBA y triplista insuperable comparte las experiencias de toda una vida dedicada a mejorar las condiciones de la comunidad negra en Estados Unidos: desde los encuentros con otros destacados activistas negros como Nelson Mandela, Coretta Scott King o Jim Brown, hasta su relación con figuras como Michael Jordan y George Bush padre. Una cosa está clara: Craig Hodges nunca se ha acobardado a la hora de cantar las verdades al poder.
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Seitenzahl: 328
Veröffentlichungsjahr: 2020
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«No quieres ser Craig Hodges»
Dave Zirin[1]
Washington, junio de 2016
Cuando empecé a cubrir la NBA como periodista, allá por 2003, preguntaba a los jugadores por qué no eran más los que utilizaban su relevancia cultural para defender causas sociales. Las respuestas eran diversas, pero siempre me decían: «No quieres ser Craig Hodges». La respuesta era muy desconcertante. Muchos de estos jugadores estaban en la primaria cuando el excelso tirador anotaba un triple detrás de otro para los campeones de la NBA en 1991 y 1992, los Chicago Bulls. Sin embargo, su nombre seguía vivo en los furtivos susurros que los agentes y los empresarios deportivos dejaban caer a sus jóvenes clientes. «No quieres ser Craig Hodges». No llegué a entender del todo aquello hasta que no leí este libro (y lo oí de labios del propio Hodges): qué hacía que su legado en la NBA fuera no tanto el del campeón de los concursos de triples o el del reinado de los Chicago Bulls de Michael Jordan como un relato aleccionador del destierro.
Tiro de larga distancia desnuda la fábula del deporte y la política. Hay un mito manipulado sobre el activismo político en el deporte, un discurso que sirve únicamente a los intereses de los cerebros del complejo deportivo-industrial. El mito dice algo así: los años sesenta y setenta supusieron un considerable auge del «activismo deportivo», cuando personas como Muhammad Ali, la tenista Billie Jean King y John Carlos y Tommie Smith con su protesta olímpica despertaron una conciencia social de las injusticias tanto dentro como fuera del entorno deportivo. Esto conllevó un cambio real que, sumado a las considerables subidas salariales, hizo que pocos deportistas quieran hoy levantar la voz. Ya no son rebeldes. Pertenecen a la realeza.
Esta historia tiene, sin duda, algo de verdad. Los últimos años de la década de 1960 y toda la siguiente fueron sin discusión una edad de oro para los deportistas implicados en la defensa de la justicia social. Y el despegue de los salarios, que tuvo lugar gracias a las luchas sindicales para instaurar la figura del agente libre, a las huelgas y a la expansión del deporte estadounidense a través de la televisión por cable como fenómeno global, ha sido, por supuesto, una incontestable realidad. Pero lo que esta historia borra es que siempre ha habido (también en las décadas de 1980 y 1990) deportistas que han utilizado su plataforma hiperelevada «patrocinada por Nike» para ejercer el derecho a la crítica. En muchos aspectos, estos deportistas son los más valientes entre los valientes porque eligieron levantar la voz en un momento sin movilizaciones de masas en las calles y con una ofensiva de la derecha contra el activismo de los años sesenta dirigida desde el propio Gobierno federal. Por este motivo, estos deportistas pagaron el precio más alto por defender sus ideas: la expulsión.
Fueron excluidos de los deportes a los que se dedicaban y borrados de los libros de historia con una despreocupada crueldad que sería la envidia de Stalin. Sin embargo, sus experiencias son fundamentales no solo por ser una historia de la resistencia digna de conmemoración. También exponen la verdadera naturaleza de las personas que manejan los engranajes del deporte. Estos plutócratas de la pelota son una camarilla de reaccionarios que ganan miles de millones de dólares con el trabajo de los pobres y los sueños de personas que tal vez ni siquiera tengan dónde cursar Educación Física en las escuelas de sus barrios empobrecidos —los presupuestos municipales van destinados a construir estadios—, por no mencionar la poco frecuente capacidad atlética y los recursos para llegar a ser profesionales.
De todos los deportistas desterrados, ninguno es para mí más importante que Craig Hodges. Su experiencia ha de ser contada y vuelta a contar. No solo porque es una destacable historia silenciada de lo que era ser un deportista politizado en una época en la que Nike había tumbado a Muhammad Ali como nuevo rey del mundo y campeón indiscutible. Importa porque hoy —por fin— tenemos una nueva generación de deportistas que intentan descubrir cómo utilizar su estrellato para decir algo que no sea: «Compra este refresco o esta basura adornada con un logotipo». Estos cambios se están produciendo gracias a los movimientos en la calle, pero están repercutiendo en las canchas con un efecto dinamizador. Y está sucediendo especialmente en la NBA. Superestrellas como LeBron James, Derrick Rose y Dwyane Wade (entre muchos otros) han decidido respaldar el movimiento Black Lives Matter[2] para proclamar con una claridad palmaria que si merecen las ovaciones sobre el parqué, su condición de seres humanos y la de sus familias ha de ser reconocida fuera de las canchas.
Los jugadores de la NBA también tuvieron un papel fundamental para derrocar finalmente al propietario de Los Angeles Clippers, el «multimillonario rentista de infravivienda» y abiertamente racista Donald Sterling (quien, como propietario recién estrenado, tuvo un jugador novato en sus San Diego Clippers llamado Craig Hodges). Superestrellas como Stephen Curry (que, de niño, también se asoma a estas páginas) se han posicionado con las víctimas de los delitos de odio contra la comunidad musulmana y algunos jugadores se han manifestado en defensa de los derechos LGTB para que el mundo sepa que los vestuarios son un lugar seguro. Ha sido una transformación vertiginosa para una liga que durante décadas se definió por la ausencia de la política, donde todo jugador quería ser como el hombre anuncio total, alguien que, quién lo dudaría, también aparece en este libro: Michael Jordan. Pero esos días son pasado. Como Howard Bryant, columnista de ESPN y uno de los más sagaces observadores de la profesión, me dijo en una ocasión: «En el pasado nos habría impactado que un jugador del calibre de LeBron se manifestara contra la brutalidad policial. Ahora nos sorprende cuando no es así».
Cuando este libro se prepara para ir a imprenta, la cota la ha elevado el quarterback de los San Francisco 49ers Colin Kaepernick con su protesta durante la interpretación del himno nacional. Denuncia la violencia policial y el racismo, defiende el derecho de los deportistas a tener voz. Pertenece sin reservas a la tradición de Craig Hodges.[3]
Ahora que los jugadores empiezan a encontrar su voz, es esencial que entiendan que no están «inventando la rueda» y que no tienen que retrotraerse cincuenta años para descubrir deportistas que sentían la misma pasión por la justicia social que ellos defienden. Por eso conocer la experiencia de Craig Hodges es tan fundamental para todo jugador de la NBA, todo periodista y hasta el último de los fanáticos de la NBA. Debería también leer este libro cualquiera que haya tenido que alzar la voz en circunstancias difíciles y arriesgarlo todo para conseguir que sus palabras tuvieran eco. Es hora de retirar a Craig Hodges su condición de exiliado y situarlo donde siempre ha pertenecido: en el reducido listado de los deportistas activistas que mantuvieron alta la cabeza, pagaron por ello y viven ahora sus vidas tal vez con cicatrices, pero sin remordimientos. Lean este libro para que una nueva generación de jugadores y amantes de la NBA conozcan su historia real. Lean este libro para poder decir, no en susurros, sino con una confianza cristalina: «Por supuesto que quieres ser Craig Hodges».
[1]Dave Zirin es el editor de la sección de deportes del semanario de izquierdas The Nation. Ha publicado una decena de libros. (N. del E.).
[2]El movimiento Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) surge en 2013 a raíz de la absolución del agente de policía que disparó y mató al adolescente Trayvon Martin en febrero de 2012. Desde entonces se ha establecido como uno de los movimientos en defensa de los derechos de la población afroamericana más relevantes de las últimas décadas y ha vuelto a la portada de los noticiarios a raíz de la muerte de George Floyd en un nuevo caso de brutalidad policial. (N. del T.).
[3]El quarterback Colin Kaepernick protestó en la temporada 2016 de la liga nacional de fútbol americano estadounidense (NFL) contra la opresión de la comunidad negra en Estados Unidos arrodillándose durante la interpretación del himno nacional previa a cada partido. Su defensa de los derechos de los afroamericanos despertó mucha controversia y ocupó los noticiarios deportivos y políticos. Terminada aquella temporada, ningún equipo ha vuelto a contratarlo. (N. del T.).
Prefacio
Rory Fanning,
Chicago, mayo de 2016
Era una mañana húmeda la de aquel jueves, 28 de agosto de 2014, en Chicago. Por entonces yo llevaba trabajando casi cuatro años en Haymarket Books, una editorial radical de Chicago. Mi libro, Worth Fighting For: An Army Ranger’s Journey Out of the Military and Across America, iba camino de la imprenta para su publicación, prevista en noviembre. El texto aborda mi decisión de abandonar la carrera militar después de dos despliegues en Afganistán con el 2.º Batallón Ranger del Ejército de Estados Unidos y la posterior de recorrer el país a pie para la Fundación Pat Tillman[4] con la esperanza de recuperarme de aquellas vivencias. Sentado ante mi escritorio, encendí el ordenador y busqué reacciones a los ejemplares enviados a la prensa. Ninguna aquel día. Empecé a avanzar por los cuarenta o cincuenta correos electrónicos de la cuenta de información general de Haymarket. Abrí uno con el asunto: «Mi libro», bastante habitual en la cuenta de una editorial. «Que tengan paz […]. Me llamo Craig Hodges», decía la primera línea del correo. Tuve que releerla.
A mis catorce años, con apenas un metro sesenta de altura y cuarenta y cinco kilos, podía encestar triples tan bien como cualquier otro estudiante de octavo curso de Chicago y sus alrededores. O eso pensaba yo al menos. A lo largo de mi vida en tres áreas residenciales distintas, seguí todos los movimientos de los Bulls durante sus seis campeonatos de los noventa. Craig Hodges, más que Michael Jordan o Scottie Pippen, era mi héroe entonces. Gritaba: «¡Tres de Hodges!», cada vez que Craig lanzaba en un partido de los Bulls, que veía religiosamente. Gritaba las mismas palabras cuando era yo el que tiraba un triple en las pistas escolares. Quería ser Craig Hodges.
Después de leer el correo electrónico de Craig, escribí a Dave Zirin, el editor de la sección de deportes del Nation y autor de numerosos libros sobre deporte y política.
Dave:
Craig Hodges, mi ídolo de la infancia, propone un libro a Haymarket. Qué guay. ¿Lo conoces personalmente? ¿Alguna idea sobre qué tendríamos que hacer?
Gracias,
Rory
«Por supuesto que tendríamos que hacerlo. No hay ni que dudarlo», respondió Dave en minutos.
Escribí a Craig y le dije que para Haymarket sería un honor ver su libro.
«Solo tengo notas en este momento y posiblemente me vendría bien algo de ayuda para redactarlo. He visto que Haymarket publicó The John Carlos Story, de John Carlos y Dave Zirin, y creo que tengo una historia parecida que contar. ¿Crees que Dave podría ayudarme a relatar mi historia a mí también?», preguntaba Craig.
Llamé a Dave para transmitirle la petición.
—Estoy hasta arriba de trabajo, mira que me gustaría, pero los días no me dan más de sí ahora mismo —respondió Dave con pesar.
—¿Crees que me dejará a mí escribirlo con él? —pregunté.
Dave había leído poco antes Worth Fighting For y le había gustado.
—Tendrías que proponérselo, claro que sí… No te lo diría si no acabara de leer tu libro.
Llamé a Craig y le pregunté si podríamos reunirnos para charlar sobre sus experiencias aquel sábado.
—Voy a participar en un partido benéfico de baloncesto en el colegio religioso Saint Sabina este fin de semana. Si tienes tiempo podemos hablar del libro después.
—¡Suena genial! Allí nos vemos.
Craig y yo nos encontramos en el aparcamiento del colegio, situado en el South Side —la sección sur, pobre y negra de Chicago—, donde decenas de niños estaban jugando en las canastas exteriores. Inmediatamente rodearon a Craig. Hizo algunos tiros, posó para unas fotos y los animó a tomarse los estudios en serio. Después de lanzar un rato a canasta, entramos juntos en el colegio y nos recibió con un abrazo uno de los iconos de los derechos civiles en Chicago, el padre Mike Pfleger.
—¡Craig! ¡Qué bueno verte! Tengo un puñado de cosas que hacer antes del partido. ¿Te importaría pasar a la sala de conferencias que está al lado del pabellón y esperar allí? Los demás jugadores no deberían tardar.
Craig y yo nos sentamos y charlamos sobre sus intenciones con el libro. Diez minutos más tarde entró Jabari Parker, el fenómeno del baloncesto de Chicago formado en el Instituto Simeon, segunda elección en la primera ronda del draft de 2014. A Parker lo siguió Joakim Noah, elegido en primera ronda por los Bulls en el draft de 2007 y seleccionado para el All-Star en dos ocasiones. Después apareció el que posiblemente sea el mejor baloncestista que ha dado a luz Chicago: Isiah Thomas, el jugador de los Detroit Pistons y miembro del Salón de la Fama. Los tres estaban, sin duda, habituados a ser el centro de atención, pero las caras de Parker, Noah y Thomas adquirieron una expresión de respeto y veneración cuando vieron a Craig.
—Señor Hodges, es un honor verlo de nuevo —dijo Joakim.
Isiah se fue directo hacia Craig, lo miró a los ojos un buen rato y le dio un fuerte abrazo.
—Vamos a ver a qué se dedican estos chicos —le dijo Isiah a Craig casi de inmediato.
Craig e Isiah procedieron entonces a preguntar a Jabari y a Joakim qué estaban haciendo para fortalecer la conciencia política entre los jugadores de la NBA.
—No dejéis que esos cheques tan suculentos compren vuestro silencio —les advirtió Craig—. Entiendo que es más fácil decirlo que hacerlo, pero los dos necesitáis empezar a hablar entre vosotros y con los otros jugadores de la liga. El tiempo se acaba en nuestras comunidades. Contamos con vosotros y con vuestro liderazgo en este momento.
Isiah repitió los mismos argumentos con su propio estilo.
Jabari, que tenía diecinueve años entonces, hizo un gesto de asentimiento y se mostró de acuerdo, sin dejar de reconocer las dificultades.
—Intentan que nos centremos en el baloncesto, lo que hace que conversaciones como esas sean difíciles —reconoció.
Joakim mostró más confianza. Mencionó la Fundación Noah’s Arc, una organización centrada en las artes y el deporte que fundó para promover la paz en barrios asolados por la pobreza y la violencia. Estaba claro que se enorgullecía de la iniciativa.
—Siempre y cuando te dirijas a las raíces de la pobreza y el racismo y no sea solo caridad… —le respondió Craig.
Joakim asintió.
El padre Pfleger entró y preguntó a los jugadores si les importaría bajar a charlar con la prensa. Craig y yo acompañamos a Jabari, Joakim e Isiah a la rueda de prensa. La carga política, encendida apenas un momento antes, pareció apagarse delante de las cámaras: los jugadores hicieron comentarios cautelosos sobre la reducción de la violencia pandillera a través de programas como el de Noah’s Arc y los partidos benéficos del padre Pfleger. Era evidente que quedaba mucho camino por recorrer. Craig no esperaba la rueda de prensa y, pretextando otra cita, dijo que era hora de marcharnos. Dejé Saint Sabina con una intensa sensación de que la historia de Craig tenía que ser contada.
En los meses posteriores Craig y yo pasamos horas revisando todos los detalles de su vida. Entendimos que habíamos vivido experiencias paralelas en algunos aspectos. Craig comparó su decisión de alzar la voz como deportista profesional con la mía de dejar los Rangers como objetor de conciencia, y yo comprendí sus orígenes. El libro ha fluido de forma natural desde el principio. Confío en que inspire no solo a los deportistas profesionales a denunciar las injusticias del mundo, sino a cualquiera que tenga dudas sobre la necesidad de incorporarse a la lucha.
[4]La Pat Tillman Foundation fue creada a raíz de la controvertida muerte por fuego amigo de Pat Tillman, exjugador profesional de fútbol americano que dejó su carrera para incorporarse al Ejército tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Su historia la relata Jon Krakauer en Donde los hombres alcanzan toda gloria (Capitán Swing, 2015). (N. del T.).
Prólogo
La carta
La carta me miraba de reojo en los días previos a la visita a la Casa Blanca. Abierta sobre mi escritorio, en casa, parecía estar diciendo: «Asegúrate de hacerlo bien porque solo tendrás una oportunidad». Eran ocho páginas a doble espacio. Había sufrido decenas de reescrituras en mi esfuerzo por expresar las lecciones que me habían enseñado mi familia, mis profesores y mi comunidad. La primera línea decía:
El objetivo de esta nota es hablar en nombre de los pobres, los nativos americanos, las personas sin hogar y, muy especialmente, los afroamericanos, que no pueden entrar en este gran edificio y encontrarse con el líder de la nación en la que viven.
El 1 de octubre de 1991, cuatro meses después de que mi equipo de baloncesto, los Chicago Bulls, ganara su primer campeonato de la NBA, visitamos el número 1600 de la avenida de Pensilvania para recibir la felicitación oficial del presidente George H. W. Bush. Los Bulls serían el primer equipo de la NBA en lanzar a canasta en una pista exterior instalada en el recinto de la Casa Blanca.
Decidido a aprovechar al máximo esta oportunidad para enfrentar al poder con la verdad, pretendía informar al presidente de Estados Unidos de que no solo era deportista profesional, sino también descendiente de esclavos, hijo del movimiento de liberación negro y un hombre decidido a luchar para hacer del mundo un lugar mejor para el pueblo afroamericano. Utilizaría esta visita para contribuir a fomentar el debate sobre las crecientes tasas de encarcelamiento, las reparaciones por la esclavitud, las causas de la violencia en las calles y la difícil situación de la población negra en Estados Unidos, todo ello ante el máximo responsable del país y en nombre de la comunidad que me crio.
Había sido un año espantoso aquel 1991: el fin de la Unión Soviética; la primera guerra de Estados Unidos en Irak; y, en marzo, las imágenes de Rodney King recibiendo una paliza a manos de cuatro agentes de policía de Los Ángeles repetidas sin descanso en las pantallas de televisión de todo el país. Y además, en mi entorno, en mi ciudad natal, Chicago, el lugar donde crecí y donde jugaba al baloncesto, novecientas veintidós personas fueron asesinadas solo en 1991.[5] El 32 por ciento de los afroamericanos de Illinois vivía bajo el umbral de la pobreza y Estados Unidos albergaba en sus cárceles más presos negros que Sudáfrica durante el apartheid.[6] Las condiciones de mi pueblo se deterioraban a gran velocidad. Sabía que difícilmente tendría ocasión de hablar con el presidente en el jardín de las rosas de la Casa Blanca. Y aunque pudiera, no se darían las circunstancias para decir todo lo que pretendía.
Pero tenía mi carta. En el autobús, de camino a la residencia presidencial, le conté a Tim Hallam, el director de relaciones públicas de los Bulls, que había escrito algo para entregárselo al presidente. Me miró como si se me hubiera ido la puñetera cabeza. Luego me dijo que lo mejor sería que fuera él quien entregara la carta al secretario de prensa de Bush. Yo había previsto dársela en mano al presidente, pero quería asegurarme de que la leyera, por lo que seguí el protocolo y se la pasé a Tim.
También se lo conté a algunos de mis compañeros de los Bulls en el autobús. Por entonces ya estaban acostumbrados a los pocos pelos de mi lengua en cuestiones políticas y, como era habitual, la respuesta fue algo como: «Tío, estás loco, Hodge». En la NBA (a pesar de que el 75 por ciento de los jugadores eran negros) uno no podía defender abiertamente que ayudar a la comunidad negra era parte de su misión personal. La actuación en términos raciales o la acción política tenían que suceder en secreto. Sutiles y no tan sutiles presiones desde los gestores y los medios de comunicación impedían que muchos de nosotros pudiéramos tener algún impacto en la estructura corporativa de la liga. Muchos jugadores sabían que teníamos que hacer más por las comunidades de las que proveníamos la mayoría, pero el miedo a perder nuestra posición siempre superaba a la urgente necesidad de combatir el racismo y la pobreza estructural. No en mi caso.
Y por eso, en nuestra visita a la Casa Blanca, todos mis compañeros, por una cuestión de respeto, llevaban traje. Mi indumentaria también tenía su motivación en el respeto. Vestía mi preciado dashiki.
Mis compañeros estaban muy familiarizados con este dashiki, una prenda ancestral africana blanca y amplia. Lo llevaba a los partidos antes de enfundarme el uniforme y me dedicaba a insistir como un moscardón en los oídos de Horace Grant y Scottie Pippen, las jóvenes estrellas de los Bulls, para que también lo utilizaran. Se reían (sin crueldad) y me decían: «Eso es para ti, tío». Pero mientras estuve en la NBA, defendí mi decisión de ser representante de mi herencia africana. Me educaron para entender que mi historia no estaba escrita, por lo que si los libros no iban a defenderla, yo lo haría. Consideraba que si iba a ir a la Casa Blanca, tenía que comunicar mi historia como negro incluso sin hablar. No cabía duda de que iba a presentarme en el 1600 de la avenida de Pensilvania vestido con un dashiki.
Cuando llegamos a la Casa Blanca, una de las primeras personas en saludarnos fue un fanático de los deportes, hiperactivo y con más cafés en el cuerpo de la cuenta, que pronto supimos que era el hijo del presidente: George W. Bush. Se movía a nuestro alrededor como un niño, pero cuando me vio con mi dashiki se quedó helado y tuvo que mirarme dos veces (reconocí de nuevo esta mirada años más tarde, cuando, ya presidente, tuvo que esquivar un zapato que le lanzó un periodista iraquí).
—¿De dónde eres? —me preguntó George W. Bush pronunciando las palabras muy despacio y a gritos, como si no hablara su lengua.
—De Chicago Heights, en Illinois —le respondí.
Parecía pasmado.
—Vaya, ¡qué ropa tan impresionante! —exclamó Bush hijo.
Le sonreí, le di las gracias en inglés y me dirigí con el resto del equipo al jardín sur de la Casa Blanca, donde nos esperaban Bush padre y su mujer, Barbara.
Había una ausencia notable en el equipo aquel día. Durante la final contra los Lakers, cuando estaba más que claro que no se nos escaparía el campeonato, Michael Jordan —considerado por todos desprovisto de una sola gota de sangre política en el cuerpo— dijo en el vestuario: «No voy a ir a la Casa Blanca. Que le den por culo a Bush. Yo no lo voté». Fiel a sus palabras, no nos acompañó aquel día. El Chicago Tribune y el New York Times publicaron artículos ligeramente críticos sobre la decisión de Jordan de desairar al presidente, pero la mayor parte de los medios ignoraron la cuestión.
¿Por qué? Jordan recaudaba quince millones de dólares al año en publicidad, era un invitado popular en el programa de televisión Saturday Night Live y tenía autopistas en Carolina del Norte bautizadas con su nombre. Jordan había transformado el baloncesto hasta el punto de que había quien estaba dispuesto a pagar miles de dólares por una entrada a pie de pista para ver a un puñado de negros correr de un lado para otro por una pista pintada y meter una pelota por un aro. Lo mejor era no llamar mucho la atención sobre cuestiones como que la gallina de los huevos de oro de la liga boicoteara una visita a la Casa Blanca. Las «reglas de Jordan» no eran solo la fórmula secreta de los Detroit Pistons para parar a M. J. Eran también las normas de la propia competición que no se aplicaban a Jordan.
El equipo se dirigió a la media pista verde que ocupaba la esquina suroeste del jardín sur. El presidente Bush había inaugurado esa media cancha el mes de abril anterior, después de asistir a un partido de liga de medianoche en Maryland. Estaba tan impresionado que designó la liga de baloncesto de medianoche, con su objetivo de sacar a los jóvenes negros de las calles durante la hora punta de la delincuencia (entre las 22:00 y las 02:00), uno de sus «mil puntos de luz»[7] (las ligas de baloncesto a medianoche son magníficas, pero, sinceramente, no son un enfoque serio para reducir la violencia pandillera).
B. J. Armstrong fue el primero en coger una pelota. Metió doce tiros a tabla seguidos desde unos tres metros, decidido a batir el récord de Grant Hill, que encestó diez seguidos cuando participó en la inauguración del pabellón de la Universidad Duke unos meses antes (el récord no podía quedar en manos de un «Dukie», esa es la verdad).
—Tira muy bien —le dijo Bush padre a nuestro entrenador, el Maestro Zen: Phil Jackson.
—Sí, tira muy bien, pero no es nuestro mejor tirador —contestó Phil señalándome.
—Voy de punta en blanco, entrenador —respondí con una sonrisa y señalándome el dashiki.
B. J. me pasó la pelota igualmente. Empecé a lanzar desde unos siete metros; creo que metí nueve seguidos.
El presidente estaba impresionado.
—Bar, ¿has visto a estos chicos? —le dijo a la primera dama.
Yo nunca había disfrutado tanto con un tiro en suspensión como en aquella pista de la Casa Blanca. Después de entregar una carta al presidente de Estados Unidos en nombre de mi pueblo, de haber ganado el primer campeonato de la NBA para mi ciudad natal, sentía que representaba todo lo que consideraba sagrado y valioso: en ese momento era la expresión más real, más completa, de Craig Hodges.
Cuando nos marchábamos de la cancha, vi que la pelota había quedado en el suelo. La cogí y pregunté:
—Señor presidente, ¿le importaría firmármela?
—Por supuesto —respondió.
Decidí aprovechar el momento:
—Le he escrito una carta. La tiene su secretario de prensa. Espero que tenga ocasión de echarle un vistazo.
—Gracias. Estoy deseando leerla, Craig —me contestó el presidente, con ese acento suyo mezcla de Nueva Inglaterra y Texas, cuando nos alejábamos juntos de la pista.
Que el mensaje le llegara era importante para mí. Quería alertar al presidente y mostrarle lo desesperada que era la situación en los barrios más pobres y más negros de Estados Unidos. No podía ignorar estas cuestiones una vez dentro de uno de los edificios con más poder del planeta.
He aquí un fragmento de lo que escribí, a modo de apertura:
Estimado señor presidente:
[…] Esta carta no pretende mendigar nada al Gobierno […] pero trescientos años de trabajo esclavo gratuito han dejado a la comunidad afroamericana destruida. Es hora de un programa exhaustivo de transformación. Confío en que esta carta contribuya a impulsar la unión de la juventud de los barrios pobres y a que estas cuestiones se sitúen en lo más alto de la agenda política nacional.
Tim Hallam, el director de relaciones públicas de los Bulls, por motivos que todavía no alcanzo a entender, compartió mi carta con la prensa. No tenía, desde luego, por qué hacerlo, pero me alegró que fuera así. ¿Por qué no? Si voy a hacerlo, ¡que el mundo lo sepa! El Chicago Tribune, el Chicago Sun-Times y otros medios informaron sobre mi carta.
Dado que me educaron para creer en que escribir a los representantes políticos es una parte normal y saludable de la vida en democracia, dejé la Casa Blanca con la sensación de haber sacado un once en la asignatura de Educación Cívica. Era más que un mero deportista. Era un hombre joven ávido de seguir utilizando la plataforma que me había granjeado como deportista profesional para llamar la atención sobre aquellos que no podían jugar en la NBA. Pronto aprendí, no obstante, que los mandamases de la liga tenían otros planes para mí y que mi libertad de expresión tenía considerables límites: unos límites que me costarían el sustento.
Esta es mi historia.
[5]William Recktenwald, «922 Homicides Made 1991 Year to Forget», Chicago Tribune, 1 de enero de 1992, http://articles.chicagotribune.com/1992-01-01/news/
9201010135_1_homicide-victim-drug-trafficking-killed.
[6]Jon Greenberg, «Kristof: U.S. Imprisons Blacks at Rates Higher Than South Africa under Apartheid», politifact.com, 11 de diciembre de 2014, www.politifact.com/punditfact/statements/2014/dec/11/nicholas-kristof/kristof-us-imprisons-blacksrates-higher-south-afr/.
[7]Durante su mandato presidencial, George H. W. Bush impulsó los premios «Punto de luz» para condecorar a ciudadanos que contribuían a la comunidad a través de trabajo voluntario. En 1990 lideró la creación de una fundación benéfica con ese nombre. (N. del T.).
01
Chicago Heights
Nací el 27 de junio de 1960 en Chicago Heights (Illinois). Solo unos meses antes, un grupo de estudiantes había iniciado una serie de sentadas en las cafeterías segregadas de Greensboro (Carolina del Norte).[8] Parecía que no podía esperar para salir y unirme a ellos. Chicago Heights está a cincuenta kilómetros del centro de Chicago y a treinta y cinco de Gary (Indiana), de modo que en apenas ochenta y cinco kilómetros es posible ver la transición entre dos mundos diferentes —y ahí estábamos nosotros, atrapados en el medio—.[9] Chicago Heights fue uno de los nudos de comunicación del Ferrocarril Subterráneo, y dos casas justo al lado de la mía formaron parte de esta red abolicionista.[10] La historia me rodeaba. De niño me gustaba decir: «Chicago puede ser la ciudad de los ferrocarriles, pero Chicago Heights es la ciudad del Ferrocarril Subterráneo».
Durante mi infancia, mi realidad quedó definida por la segregación. Los negros vivían en el lado este de las vías, en casas adosadas más viejas y desvencijadas, mientras que los blancos lo hacían en viviendas de dos plantas de estilo georgiano y victoriano en el lado oeste. Estábamos literalmente en el «lado malo de las vías». No había leyes oficiales de segregación en la legislación, pero sí una rampante discriminación: la práctica de negar préstamos o servicios a las personas que vivían en zonas consideradas de «alto riesgo financiero» (habitualmente los vecindarios afroamericanos). Esta era una planificación económica destinada a mantener la segregación racial oculta en nuestras propias narices.
Asistí al centro de educación primaria Doctor Charles Gavin. Y es algo de lo que estoy muy orgulloso. Las bombillas parpadeaban, el suelo estaba sucio, los libros de texto eran habitualmente compartidos y las clases siempre estaban superpobladas, por lo que no es de las condiciones de la escuela de lo que me enorgullezco. Es del nombre.
Cuando empecé a estudiar mi escuela no se llamaba Gavin. Su nombre era entonces Benjamin Franklin, pero Ben Franklin no significaba gran cosa para nosotros, sus alumnos. No tanto como el doctor Charles el Amigo Gavin.
El doctor Gavin fue uno de los primeros cirujanos ortopédicos afroamericanos de Estados Unidos. Estudió en la Universidad de Illinois en los años cincuenta y, después de conseguir su título de Medicina, volvió a Chicago Heights para dedicarse a la medicina de familia. Hacía visitas a domicilio, igual que en las películas. Entendía que la población negra trabajaba cuando podía encontrar trabajo y solía estar en casa en sus horas libres. Siempre en movimiento, se podía ver con frecuencia al doctor Gavin recorriendo las calles con su maletín de médico, saludando a todos, como en un cuadro de Norman Rockwell.[11] En la mitad este de nuestra ciudad todo el mundo lo quería. Te miraba a la cara cuando te hablaba, tenía una voz serena y tranquilizadora, uno se relajaba en su presencia. Incluso siendo muy niño, yo sabía lo duro que trabajaba el doctor Gavin, pero nunca se le notaba el estrés. Manejaba su estetoscopio o su otoscopio con paciencia, en ningún caso como si tuviera que terminar para ir a otra parte. El doctor Gavin también ofrecía sus servicios gratis cuando la gente no se podía permitir pagarle. No había facturas de aseguradoras cuando él te trataba.
Lo que hacía a este médico algo tan especial para mí, no obstante, no era solo su amabilidad, su generosidad, su inteligencia y su paciencia, sino su decisión de vivir y ejercer la medicina en Chicago Heights. Podría haber ido a cualquier lugar para encontrar un suministro constante de pacientes que pagaran religiosamente sus consultas, pero, en lugar de eso, eligió volver a casa para ayudar a los que más lo necesitaban. No abandonó sus raíces cuando tuvo ocasión.
Aquellos que vivían en la sección oeste de la ciudad —el lado «bueno» de las vías, la parte de la ciudad con el césped recortado y peinados al rape— tenían una perspectiva distinta del doctor Gavin. Había comprado una casa destartalada en la sección oeste con el dinero que había conseguido ahorrar con su trabajo. Cuando no estaba viendo pacientes, el doctor Gavin se dedicaba a trabajar con el martillo y los tablones de madera, decidido a construir una casa hermosa para su familia. Insistía en reparar él mismo la casa —que parecía requerir mucho trabajo—, por lo que le llevó un tiempo, suficiente para que en el lado este todos supiéramos en todo momento en qué fase se encontraba el proyecto. Le gustaba comentar los detalles de la fontanería, el techado, el cableado…, de todo lo necesario.
Un día, cuando el doctor Gavin estaba a punto de terminar la casa, se incendió. Mi madre y mis tías comentaron el asunto del incendio en varias ocasiones, siempre con el ceño fruncido. Pensaban que era premeditado. Yo no sabía lo que significaba «premeditado» a esa edad, solo que parecía algo cruel. Las circunstancias del incendio eran sospechosas, pero nunca se llegó siquiera a señalar a nadie por aquello. La estructura se pudo salvar y el doctor Gavin siguió con su trabajo. Terminó por llevarlo a buen término y la familia Gavin se mudó. La sensación de triunfo que tenía el doctor Gavin con la casa terminada se podía ver a la legua. No era solo la casa lo que lo alegraba, sino también la creencia de que Chicago Heights podía ser una ciudad sin divisiones raciales, la confianza en que los seres humanos podían vivir juntos como iguales. Transcurrido menos de un año desde que la familia se instalara allí, la casa volvió a arder. Esta vez nada se pudo salvar y el hermoso hogar que un hombre hermoso había restaurado con sus manos quedó reducido a cenizas. Incluso mi abuela Dorothy, que era silenciosa como un ratón de biblioteca en lo relativo a estas cuestiones, dio un rabioso puñetazo en la mesa cuando se enteró de la noticia. La policía defendió que era difícil demostrar que el incendio hubiera sido provocado y nadie fue enjuiciado. Quizá fuera un accidente. Yo no lo creo.
El doctor Gavin murió a la temprana edad de cuarenta y cuatro años, en 1971, unos dos años después de que las llamas se tragaran su casa. A mí me parecía que era todo un anciano, pero esa era su edad. Cuarenta y cuatro años. Yo tenía once entonces. Toda la comunidad lloró su pérdida. El doctor Gavin era un superviviente, un luchador, alguien que pensábamos que viviría siempre. Dijeron que había sido el corazón, pero todo el mundo sabía que fueron el estrés de todo aquel trabajo en favor de los demás y el incendio de su casa los que acabaron con él.
Cuando el doctor Gavin murió, los chicos del colegio y yo decidimos que queríamos cambiar el nombre de nuestra escuela y bautizarla Doctor Charles Gavin. Cuando miro atrás, veo que nos motivaba una profunda sensación de pérdida, pero, en otro nivel, se trataba de hacer justicia. Creo que algunos de los que hicimos campaña para cambiar el nombre de la escuela sabíamos que molestaría a quienes podían ser los responsables del incendio de la casa del médico. Benjamin Franklin era su héroe. El nuestro era el doctor Gavin.
Recogimos firmas para presentar una petición, recorriendo puerta por puerta las calles pobladas de árboles y las aceras agrietadas de Chicago Heights y poniendo carteles en todas las aulas del colegio. Hicimos esto por nosotros mismos, pero nuestras familias nos apoyaban. A toro pasado, está claro que fueron ellas las que plantaron la semilla y nos motivaron. «¿Cómo ha ido vuestra recogida de firmas hoy?», me preguntaba mi madre después del colegio, evidentemente interesada. A mí me gustaba contarle cuántas firmas habíamos conseguido. No obstante, aquel era un movimiento liderado por niños y me enorgullecía de participar en él. Me entusiasmaba liderar a otros en una causa y era algo que parecía surgir de manera natural.
Cambiar el nombre de la escuela resultó sorprendentemente fácil porque la mayoría de los niños lo apoyaron. Los administradores del colegio —que eran todos blancos— podían tener sus reticencias, pero era difícil oponerse a una muestra tan apabullante de unidad por parte del alumnado. Quizá sabían algo que nosotros no podíamos demostrar. Fuera como fuera, aprendí pronto que el cambio es algo que sucede solo si hacemos que suceda.
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Un hogar se encargó de mi crianza: un hogar ruidoso, ajetreado y atestado de gente. El mundo entero parecía vivir en la casa de mi abuela Dorothy y mi abuelo Bruce: mis abuelos, mi madre, sus ocho hermanos y hermanas y Lori, mi hermana mayor. Contándome a mí, éramos trece, y esos éramos solo los que dormíamos bajo aquel techo. Había un goteo continuo de vecinos que pasaban por la cocina amarilla de la abuela Dorothy, decorada con su preciada colección de campanas. Iban a conversar, a pedir ayuda para pagar facturas o a que los alimentaran. La abuela Dorothy era famosa por su carne en salsa, su puré de patatas, sus judías verdes y su pan de maíz. Tenía por norma no rechazar a nadie, al menos no sin una discusión en profundidad del problema, que radicaba habitualmente en que alguien necesitaba dejar de beber de una puñetera vez. La mayoría de las veces el elenco de personajes que pasaba por la casa de la abuela Dorothy para conseguir comida se llevaba más de lo que había pedido.
Cuando no estábamos comiendo en la cocina, mis tíos, mis amigos y yo jugábamos allí mismo al baloncesto. Dos tuberías corrían en paralelo cerca del techo y allí, entre las tuberías, colocábamos una caja de cartón a la que le habíamos quitado la tapa y el fondo: nuestra canasta. Jugábamos con calcetines enrollados, con pelotas de papel de periódico. Nos las apañábamos para meter a seis o siete jugadores para maratones de tres contra tres. A mi abuela nunca parecieron importarle aquellos partidos feroces. Incluso nos jaleaba.
A pesar del continuo flujo de personas que pasaba por nuestra casa de tres dormitorios y más bien pequeña del barrio de viviendas protegidas, nunca consideré que fuera incómoda. Mi madre, mis tías, mis tíos y mis abuelos me concedían el espacio más importante de todos: esos quince centímetros entre las orejas. Tenía libertad para desarrollar mis propias ideas y contar en qué andaba pensando. Mi familia siempre incentivaba los debates y la discusión. Nunca me obligaron a comulgar con una religión en concreto. «Entérate de dónde y por qué se reúnen los negros —decía mi madre—. Tienes que saber en qué anda tu gente». Ella creía en Dios, pero creía sobre todo en el corazón de su pueblo. El ambiente libre de prejuicios de nuestra casa me hacía sentir que no tenía por qué esconderme. Podía ser yo mismo.
