Toda España era una cárcel - Rodolfo Serrano - E-Book

Toda España era una cárcel E-Book

Rodolfo Serrano

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Beschreibung

Tras la Guerra Civil, la victoria de Franco trajo la represión, el hambre y el dolor a millones de ciudadanos. Cientos de miles encarcelados, miles y miles fusilados, torturados, represaliados en una larga dictadura a la que se sometió a todo un pueblo. Durante años, se intentó borrar de la memoria tanto sufrimiento. Esta es la historia de hombres y mujeres que, sin rencor y sin ánimo de revancha, cuentan ahora su lucha, su prisión y su dolor por traer la democracia a España. Y es una historia que deben conocer, también, los jóvenes que no vivieron aquellos años de plomo. Para que, como dicen, los protagonistas de este libro, nunca más se repita. Pero siempre se tenga en la memoria.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Textos

Rodolfo Serrano y Daniel Serrano

Prólogo

Alberto Garzón

Diseño de portada

Cristina Reina

Maquetación de textos

Laura Arrúe

Fotografía

Ismael Serrano

Corrección

José Miguel Torrente

Primera edición

Septiembre, 2016

Impresión digital

Abril, 2019

Edición

MueveTuLengua

ISBN

978-84-17284-36-7

Índice
Prólogo
Introducción
CAPÍTULO I. El miedo de la victoria
AY DE LOS VENCIDOS
LA ESPERANZA PERDIDA
MUERTE AL AMANECER
EL OLOR DEL HAMBRE
EL CURA VERDUGO
CAPÍTULO II. Años de resistencia
LA LIBERTAD, LA CÁRCEL, LA LIBERTAD
LA RECONCILIACIÓN NACIONAL
BURGOS
CAPÍTULO III. Los hijos del régimen se rebelan
LOS ESTUDIANTES QUIEREN HABLAR
LOS QUE QUERÍAN SER POETAS, LOS QUE QUERÍAN SER MINISTROS
OBREROS Y ESTUDIANTES
CAPÍTULO IV. En nombre del Rey, en nombre de la Justicia
POR EL REY
POR LA JUSTICIA
CAPÍTULO V. Los presos obreros
LA LUCHA EN GALICIA
ANTE EL JUZGADO MILITAR
DE CÁRCEL EN CÁRCEL
LIBERTAD VIGILADA
CAPÍTULO VI. Los compañeros de viaje
LA NIÑA QUE QUERÍA SER VETERINARIA
LA MUERTE DE CARRERO Y LA CALLE DEL CORREO
CAPÍTULO VII. Los presos del 1001
LA CONEXIÓN ANDALUZA
A LA CÁRCEL EN AUTOESTOP
REDADA EN POZUELO
UN BESO CON REJAS
EL PROCESO Y EL MIEDO
MILITARES Y FUSILAMIENTOS
UN CURA CONTRA FRANCO
LA CÁRCEL CONCORDATARIA
CAPÍTULO VIII. Un paréntesis. Matesa
UN CRISTIANO ENTRE REJAS
CAPÍTULO IX. Los presos del posfranquismo
LA OPOSICIÓN SE UNE
CON ETA EN SEGOVIA
COMUNES Y POLÍTICOS UNIDOS
Apéndice I. Manifiesto de los Estudiantes Madrileños
Apéndice II. Informe de la policía de 1955
Apéndice III. CANARIAS, POCA GUERRA, MUCHA REPRESIÓN

A Marcelino Serrano y a Máximo Morón.

Les hubiera gustado leer esto.

Agradecimientos

Siempre es una alegría tener amigos. Así que vaya a ellos nuestro agradecimiento. A Berta Cao, que nos prestó su agenda, sus libros y nos ayudó con las entrevistas. Nos regaló consejos y siempre estuvo dispuesta a echar una mano. A José María Orta, excelente periodista, mejor persona, que nos evitó un viaje a Barcelona. A Amparo Fernández Blanco y Lourdes Toscano, del Archivo de la Dirección General de Prisiones, por sus atinados y prudentes consejos. A Julia, que se leyó el libro y corrigió algunas cosas. A Pablo, que nos ayudó —aunque es verdad que enfurruñado siempre— con la informática. Y a Ismael, del que tuvimos presente lo que defiende en su canción para que «no quede en la historia una mancha, un borrón».

Gracias a todos los amigos que nos alentaron y pusieron a nuestra disposición libros y contactos. A unos, por su paciencia. A todos, por su generosidad. Gracias especiales a quienes se prestaron a remover sus recuerdos, algunos poco agradables, y compartieron con nosotros su dolor y su memoria.

Transcurridos 15 años desde la primera edición, muchos de los protagonistas de este libro han dejado de estar entre nosotros. Tal vez por eso es más necesario mantener su recuerdo, preservar su memoria, para que las nuevas generaciones sepan algunos nombres de los miles de hombres y mujeres que perdieron los mejores años de su vida en prisión —o la propia vida— por luchar contra la dictadura.

Hemos corregido algunos errores de las primeras ediciones y hemos añadido un anexo sobre la represión en Canarias que no apareció recogido en su momento. Gracias a Jesús Redondo Abuín, protagonista de los llamados Sucesos de La Sardina, por compartir sus recuerdos.

Somos memoria de un pueblo luchador

Es probable que el lector haya escuchado hablar, alguna vez, sobre la paradoja de Teseo.

Esta paradoja tiene su origen en una historia mítica de la antigua Grecia, según la cual Teseo, rey mítico e hijo de Etra y Egeo, marchó en su barco a Creta para rescatar a unos jóvenes atenienses que habían sido ofrecidos como tributo al laberinto del Minotauro. Cuenta la leyenda que tras acabar con el Minotauro y recuperar a los jóvenes, Teseo volvió a Atenas con el mismo barco con el que había iniciado el viaje. En señal de agradecimiento, los atenienses convirtieron al barco de Teseo en un símbolo de libertad y, para preservarlo más allá de lo que el tiempo y el desgaste permiten, durante generaciones fueron sustituyendo sus piezas de madera por otras nuevas. Transcurridos muchos años el barco ya no contaba con ninguna pieza original, pues todas habían sido cambiadas una y otra vez. Sin embargo, y a pesar de ello, todo el mundo en Atenas sabía que ese era el barco de Teseo. Y lo sabían porque recordaban: porque conservaban una memoria transmitida de padres a hijos, de madres a hijas. Esa es la paradoja de Teseo, la de lo que es sin realmente ser.

Los filósofos de la Antigüedad discutieron sobre ello, sin llegar a ninguna conclusión en firme. Unos defendían que era el barco de Teseo, mientras que otros consideraban que ya era otro barco distinto. A nosotros, sin embargo, nos sirve como recordatorio de cómo se construye nuestra propia identidad colectiva. Podríamos resumirlo así: sin memoria no somos más que aislados trozos de carne y hueso.

El libro que tenemos entre manos es precisamente un retazo de nuestra historia colectiva, uno de esos componentes que nos permiten saber quiénes somos y que, al mismo tiempo, evitan que solo seamos trozos de hueso y carne. Pero es que, además, es un elemento fundamental, porque nos refiere a la lucha por la libertad frente a la opresión de la dictadura de un pasado muy presente.

Rodolfo Serrano y Daniel Serrano han publicado un material indispensable para entender el momento actual. No solo porque muchos de los protagonistas de esta historia, que es la nuestra, sean aún hoy personas de influencia política o lo hayan sido hasta hace bien poco. Es, sobre todo, porque los entrevistados, víctimas de la represión franquista, nos cuentan en primera persona cómo se construyeron nuestras formas actuales de pensar la política. Nuestra democracia, con todos sus defectos y virtudes, se construyó a partir de las luchas mantenidas —entre otras muchas personas—, por los entrevistados en este libro. Resistentes que tuvieron que sufrir la opresión de la cárcel, bien en eventuales pero habituales visitas, bien en prolongados periodos de tiempo de incluso veintitrés años de duración caso del poeta comunista Marcos Ana que, además, vivió un corto pero duro capítulo en un campo de concentración.

Y este libro es, en cierta medida, un contrapunto. Un contrapunto a la historia oficial sobre el origen de nuestras instituciones democráticas. Y es que durante la transición las propias élites que dirigieron el proceso fueron las responsables de construir un relato mitificado, casi al nivel de los de la Antigüedad clásica, según el cual la democracia habría sido exclusivamente el producto del consenso entre los dirigentes políticos de diversos bandos. Nada más lejos de la verdad. Lo que este libro refleja acertadamente es que la democracia vino, en realidad, como resultado de la lucha constante de la clase trabajadora contra la represiva e implacable dictadura; una lucha que fue resquebrajando los cimientos sobre los que se erguía el régimen franquista. Sin un pueblo que se levantaba en manifestaciones, que se organizaba en los puestos de trabajo, en las aulas universitarias y en los barrios o que practicaba el sabotaje contra el régimen, la democracia no hubiera sido posible. No se insistirá lo suficiente en que no la trajeron los «padres de la constitución» —como les gustaba llamarse a sí mismos—, quienes desde un escaño la reglamentaron, sino los miles de luchadoras y luchadores muchas veces invisibles para la Historia, quienes construyeron la democracia. Además, a un precio altísimo.

Hace unos meses, en un acto celebrado en Madrid, tuve la oportunidad de conversar con Josefina Samper, la compañera del histórico militante comunista Marcelino Camacho. Josefina estaba emocionada porque en el acto habíamos recordado unas certeras palabras de Marcelino: «El derecho a huelga se consiguió haciendo huelgas». Esa era una constatación con corolario: para conquistar derechos no se pide permiso, sino que se arrancan al poder y la oligarquía. Así fue como aquellos luchadores conquistaron la democracia: sin pedir permiso. Y este libro de testimonios nos revela que, pese a las muchas diferencias que podían existir entre sus protagonistas, todos pagaron un alto precio por ello, por conquistar derechos que hoy disfrutamos.

Las teorías del consenso no son más que meros artificios que ocultan las contradicciones que existen en la sociedad. Porque, entonces, no era lo mismo ser hijo de clase trabajadora y, en consecuencia, estar expuesto a la violencia del régimen franquista, que ser un afamado militante fascista. Sus muy distintos modos de pensar, de vivir y de actuar eran el reflejo de las contradicciones estructurales de una sociedad organizada en clases. Así, mientras Fraga era ministro portavoz de la dictadura y se encargaba de amenazar a los familiares de los presos o justificaba ejecuciones como la de Julián Grimau, los protagonistas de este libro luchaban contra todo tipo de injusticias cometidas en España. Sus reivindicaciones iban desde el mero derecho a vivir en paz, pasando por las propias del ámbito laboral hasta la más amplia y ambiciosa de alcanzar la libertad política. No obstante, todas ellas se solían saldar con la violencia de la dictadura en cualquiera de sus formas. Y, sin embargo, gracias a esa presión continuada y digna se alcanzó, se conquistó, la democracia. Y así fue como gente como Fraga tuvo la oportunidad de fundar un partido político, Alianza Popular, y después otro, el Partido Popular, entrando en la historia oficial como un padre de la democracia. Mientras tanto, quienes lucharon en la guerrilla, se organizaron políticamente en clandestinidad, sufrieron la cárcel y la tortura tuvieron que contentarse con el ensordecedor silencio de esa misma historia oficial.

Por todas estas razones el trabajo de Rodolfo y Daniel es tan esclarecedor. Arroja luz allí donde otros muchos han intentado que solo haya oscuridad. Y gracias a trabajos como este, el pueblo español recupera una parte de su memoria y de su dignidad. Algo que sirve no para apolillarse en un archivo, sino como parte de los cimientos que nos permitirán construir una sociedad más justa en el futuro.

No podemos olvidar que la mayoría de las democracias europeas se construyeron sobre las ruinas de la II Guerra Mundial y siguiendo el paradigma antifascista. En nuestro país, sin embargo, la anomalía es extraordinaria. Mientras en el resto de países democráticos europeos la memoria democrática fue la primera en ser restituida, aquí en España se ha combatido desde el régimen franquista y se ha ignorado desde el régimen democrático nacido en la Transición. Así es como España tiene el infame honor de ser el segundo país del mundo con más personas desaparecidas, después de Camboya. Más de ciento cuarenta mil personas siguen en paradero desconocido bajo la tierra. Una situación que preocupa y ocupa incluso al Comité de las Naciones Unidas sobre la desaparición forzosa que instó al gobierno español a cumplir con la obligación de buscar a las personas desaparecidas durante la guerra civil y la dictadura franquista. La realidad es, sin embargo, desoladora. El relator especial de Naciones Unidas del Consejo de Derechos Humanos ha denunciado los «vacíos» institucionales en materia de verdad y justicia existentes en nuestra democracia. La impunidad está instalada a través de una escasa y débil normativa, acompañada de escasos recursos, y de la dejación de funciones de una Administración pública que trata con indiferencia a las miles de víctimas del franquismo y a sus familiares.

No podemos olvidar pues, que garantizar la reparación y la justicia es no solo un imperativo moral y ético, sino sobre todo un paso imprescindible para construir una sociedad más justa, es decir, una sociedad consciente de su memoria. Y el presente libro contribuye humildemente a esa causa.

Alberto Garzón

Introducción

Esta no es una historia de héroes. Es una historia de gente normal. De gente que conoció las cárceles. Que fue detenida y torturada. Gente que un día tomó una decisión porque era lo que había que hacer, porque no se podía hacer otra cosa, porque querían que este país cambiara. Querían, como dice alguno de sus testimonios, mirar al otro lado. Mirar tranquilamente el horizonte.

Esta es una historia limitada. Es una historia de un puñado de personas que cuenta cada una su propia historia. Una historia que, sin embargo, es colectiva. La historia de una gente y de un país. Y la historia del miedo. Y de las rejas.

El problema en este libro no ha sido encontrar testimonios. El problema ha sido tener que seleccionarlos. Hubo un tiempo en el que, como dice Paz Ballesteros, «toda España era una cárcel». La gente decía en la posguerra una frase cargada de verdad: «El que no está preso, lo andan buscando». Así fue en este país. Es difícil encontrar a alguien que no haya estado en prisión o no tenga algún amigo o familiar que, en algún momento de su vida, no haya pisado las cárceles por motivos políticos. Inevitablemente, cuando hablábamos con alguien, terminaba por recomendarnos a alguna otra persona que podría darnos datos nuevos, historias nuevas. ¡Queda tanto por contar!

Esta es, pues, una historia incompleta. Llena de lagunas, probablemente. El lector notará ausencias. Las hay. Es imposible resumir en unos cientos de páginas la tragedia de los millones de españoles que vivieron con el temor, con la amenaza de la represión, de la cárcel, de la muerte. Hemos intentado dibujar en la medida de lo posible el mapa de unos años cercanos. Dar, aun con el riesgo del trazo grueso, una visión objetiva y lo más cercana posible a la realidad de lo que fue la represión política en la dictadura y la de esos primeros años de la Transición que, por mucho que se empeñen algunos en olvidarlo y negarlo, se cuajó con la sangre, el miedo y la prisión.

Conscientemente hemos pasado muy por encima por algunos personajes y circunstancias de los presos del franquismo. Muchos de los que solo son mencionados en este libro tienen su propia historia, muy conocida y suficientemente divulgada, que puede consultarse sin problema alguno. Y en otros casos, como en el de los presos de ETA, hemos preferido no profundizar en el tema. Creemos que se trata de un fenómeno que tiene sus propias características, sus propias razones que, en muchos casos, son ajenas a las intenciones de este libro.

Cuenta José Luis Corcuera que Ramón Rubial, histórico dirigente del PSOE, preso en las cárceles franquistas durante largos años, cuando le preguntaba por qué nunca presumía de haber estado en prisión —algo tan en boga en los primeros años de la democracia—, contestaba sonriendo: «Es que, José Luis, no ha sido mérito mío. A mí es que siempre me llevaban a la fuerza».

Las gentes que hablan en estas páginas tampoco fueron voluntariamente. Tampoco presumen de ello. Nos ha sorprendido además el humor con que, en muchas ocasiones, se enfrentaron a situaciones trágicas. Y la limpieza de rencores u odios con que cuentan sus padecimientos. Todo lo que aquí narran es real. Y tiene el valor de lo auténtico y la grandeza de lo cotidiano. Dicen que no son héroes. Pero un día decidieron que las cosas tenían que cambiar. Y se metieron en esto. Ninguno se arrepiente. Todos aseguran que volverían a hacerlo. Ojalá no haga falta.

CAPÍTULO IEl miedo de la victoria

AY DE LOS VENCIDOS

Olía a zotal. Y los jerséis eran de una borra que colgaba deforme de los brazos y soltaba un hedor a mineral. A miseria. Olía a piojo verde. No había llegado la paz, sino la victoria, como tan bien definiera Fernando Fernán Gómez la nueva situación de aquella España de 1939: «Olía a miedo y a frío». Las cárceles de España se llenaban con la derrota. Era difícil encontrar una familia que no tuviera algún pariente encarcelado, exiliado, desaparecido.

Pero ¿cuántos presos había en los primeros años de la victoria? Las cifras siempre son elásticas. Y bailan según quien las maneje. Ni siquiera las oficiales tienen validez. En la memoria que presenta el Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo, se asegura que «el 1 de enero de 1939 había en las Prisiones [sic] de España, entre hombres y mujeres, 45.999 condenados a diferentes penas»1[1]. Pero en el mismo documento ya se hace constar que «el 1 de enero de 1940 hay 83.750». Los autores dan una razón para justificar que en un solo año casi se doblara la población reclusa y, sobre todo, que pocos se adhirieran al sistema de remisión de penas: «En aquella fecha creían aún muchísimos reclusos, cegados por la pasión, que la guerra no estaba perdida para ellos, y que un conflicto internacional les daría el triunfo o, en el caso peor, una amnistía, bajo la presión, principalmente, de potencias mediadoras extranjeras. Por ello la obra de la Redención de las Penas producía malestar a unos e indiferencia a otros»[2].

Las cifras que da Prisiones parecen a todas luces exageradamente cortas. Tal vez porque en ellas no se incluyen los presos pendientes de juicio. Ni los que permanecían en campos de concentración. La memoria habla de «condenados». Y que esos casi 46.000 reclusos del 1 de enero de 1939 pasen a los casi 84.000 tan solo un año después puede deberse, precisamente, a esa circunstancia. Los tribunales empezaron a trabajar muy pronto.

En cualquier caso, resulta imposible cuadrar cifras. Marta Núñez Díaz-Balart, en su magnífico libro Consejo de Guerra[3], recoge diferentes cálculos de distintos autores. Ninguno coincidente. Utiliza las cifras de Paul Preston, que da un total de 400.000 españoles que, en la posguerra, pasaron por prisión, campos de trabajo o concentración. Cita también a Tuñón de Lara y Ángel Viñas que hablan de 270.000 presos.

Ramón Tamames[4] da una cifra de 101.000 encarcelados en 1939 que eleva a 221.000 en 1940. De ellos, calcula que solo 10.000 eran presos comunes. El resto eran políticos. Fernando Fernández Sanz[5] habla de 213.373 presos —«muchos de ellos condenados a muerte», matiza— en 1941, dos años después de finalizar la guerra.

Melque Rodríguez Chaos[6], militante comunista que vivió en sus propias carnes el arresto y la cárcel, da 200.000 detenidos solo en Madrid y en los primeros días de la recién inaugurada paz. Pero es un número que él mismo atribuye a rumores. Imposible de comprobar en aquellos momentos. No parecen, sin embargo, datos muy exagerados. Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez[7] ofrecen una cifra de 280.000 encarcelamientos en 1940, año que consideran el peor en la historia de la represión, y la rebajan a 40.000 aproximadamente en 1945. En los años siguientes el número de presos políticos va bajando paulatinamente. Pero si en algo coinciden los distintos autores es en que los primeros años de la victoria, con la aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 y con la de depuración de los funcionarios, estuvieron marcados por detenciones a saco, sin comprobación alguna. Venganzas, miedos, viejos rencores fueron en muchas ocasiones las auténticas razones que convirtieron la nación en una gigantesca cárcel.

La Ley de Responsabilidades Políticas era tan «generosa» a la hora de establecerlas que resultaba muy difícil no entrar dentro de ella: «Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el 1º de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936 contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de la que se hizo víctima España y de aquellas otras que a partir de la segunda de dichas fechas se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o pasividad grave»[8]. El viejo concepto del pecado por omisión se incluía en una norma que, además, daba grado a la pasividad.

En la ley se establecía como delito haber convocado las elecciones para diputados a Cortes en el año 1936, haber sido diputado y haber contribuido por «acción o abstención» a la implantación del Frente Popular. No era difícil haber incurrido en alguno de los nuevos delitos con actos que, por otra parte, eran de absoluta legalidad en el régimen republicano legalmente constituido.

Así pues, cualquier denuncia servía para abrir causa contra cualquier ciudadano. El miedo a ser considerado persona no afecta al régimen llevaba a la delación como forma de garantizarse una cierta inmunidad.

Lo cuenta Melque, cuando le llevan, con su hermano de apenas dieciocho años, a la comisaría: «El comisario y varios agentes nos esperaban en el despacho del primero. Junto al comisario, un hombre de unos cuarenta y tantos años. Iba mal vestido. Llevaba una camisa azul y sobre ella las flechas de Falange bien visibles. Supuse que se trataba de otro detenido, el cual habría procurado camuflarse con la camisa y las flechas y sentí cierta pena por él».

Pero era su denunciante. Aquel hombre que tanta pena le causaba era su denunciante. Le acusaba de dirigente comunista y de haber participado en el piquete de ejecución del general López Ochoa. Melque tenía diecisiete años al comenzar la guerra y difícilmente hubiera podido ser dirigente comunista. Su hermano tenía quince años cuando fusilaron al general López Ochoa. Parecía difícil también que hubiera participado en los hechos. Pero es que, además, ninguno de los dos se encontraba en Madrid en aquella época.

No importaba nada de eso. La respuesta que dio el juez a sus alegatos ilustra perfectamente el modo en que el nuevo régimen entendía la justicia: «Quien le ha denunciado es un falangista y para nosotros merece toda confianza».

Nadie estaba libre de sospechas. Nadie estaba libre de peligros. Félix Colomo, matador de toros, lo experimentó en propia carne. Había estado preso con los rojos, en la checa de la calle Montera. No sabe muy bien por qué. Envidias, probablemente. El torero de fama, joven y triunfador, despertaba los rencores en su pueblo, en Navalcarnero, a treinta kilómetros de Madrid. Y pudo ser eso, supone. Quién lo sabe. Consiguió que le pusieran en libertad y puso su arte al servicio de la causa republicana. Se enfrentaba a los toros con las siglas de UGT en el lomo, por nada, cobrando apenas los gastos. Y cuando acabó la guerra...

—Al día siguiente, como quien dice, me detienen. Mi error, una vez más, consiste en regresar a toda prisa a Navalcarnero, mi pueblo. Allí me atrapan, y de allí salgo para la cárcel. De la cárcel no quiero ni acordarme. Tantos padecimientos como pasé en las checas al principio de la guerra los vuelvo a sufrir al término de esta, pero multiplicados por diez. Lo único bueno de mi estancia en la cárcel fue conocer al hermano de Enrique Guardiola, una bella persona que me ayudó luego mucho. Gracias a Enrique pude yo subsistir en los años del hambre, recién acabada la guerra.

Colomo nunca militó en partido político alguno. Y, como él dice, «mi única ideología era no arrodillarme ante el cacique». Eso, tal vez, le aproximaba a Miguel Núñez, histórico militante del PSUC, comisario político durante la Guerra Civil. Y como Colomo, detenido también nada más acabar la guerra. Fue condenado a muerte y, posteriormente, indultado y condenado a treinta años de cárcel. Infatigable luchador por la libertad, su vida ha sido un largo rosario de detenciones, torturas y cárceles. Fue, ya en la democracia, diputado por el PSUC. Nació en el madrileño barrio de Lavapiés. Un 12 de agosto de 1920. Ahora vive por el barrio de la Concepción. Y no es que le quede mal recuerdo de aquella guerra, de aquellos años pasados en prisión. De aquellas torturas.

—¿Que si mereció la pena? Le voy a decir una cosa: yo creo que sí. Creo que hicimos lo que había que hacer... Y lo que había que hacer en aquellos años era reír con la República —«yo la recuerdo con alegría, la gente por la calle, gritando, el rey se marchó y dejó tirada a su familia. Y no ocurrió nada»—, y, luego, cuando estalló la guerra, hacerse miliciano. Miliciano de la Cultura. Por cierto, recuerdo que en un juicio alguien dijo: «Cuando estalló el follón». Y el fiscal cortó: «Que conste en acta que ha llamado follón al Glorioso Alzamiento Nacional». Qué cosas...

Se ríe Miguel Núñez. Ríe mucho. Tiene un sentido del humor contagioso. Saca recuerdos que endulza con una risa limpia, como quien ya a nada teme porque todo lo sufrió.

—Aquello era muy bonito. Ya digo. Las Milicias de la Cultura era una cosa en la que andaba Miguel Hernández. Era un hombre fantástico. También conocí a José Luis Gallego, el poeta. Una persona extraordinaria. De él se dijeron cosas, pero yo he de decir que fue una persona estupenda.

José Luis Gallego nació en Valladolid en 1913. Periodista y poeta, pasó largos años de prisión en Burgos. Autor de varios libros de poemas, en Prometeo XX narra su detención en dos poemas en forma de soneto:

La detención:

(Recuerda como...)

Así llamó el... Destino: torvamente.

Con un golpe feroz. Un picotazo.

Un hirsuto y nocturno navajazo.

La puerta y el Destino, frente a frente.

Y la prisión:

No se siente la luna. Ni se siente

el sol a mediodía ni la aurora.

Ni el crepúsculo tibio. Todo es hora

de noche sin estrellas. Ni se siente...[9]

Miguel Núñez, como Melque, fue detenido por un falangista. Un muchacho que había estado con él durante la guerra y que, harto, cansado o vaya usted a saber qué, decidió marcharse a casa. Desertó.

—Yo era comisario político y le protegí. Porque le detuvieron y le condenaron. Procuré que no le pasara nada. Era un pobre muchacho asustado.

Pero cuando acabó la guerra, un día que iba Miguel por Lavapiés, con su madre, se encontró con ese mismo muchacho vestido de falangista. El mismo al que él había protegido. Y aquel mismo muchacho le detuvo. El ejército nacional había encontrado a aquel desertor en la prisión donde estaba recluido. Se hizo pasar por falangista y fue puesto en libertad con todos los honores. Tal vez para ganarse la confianza de sus superiores buscó y apresó a quien no hacía tanto le había protegido.

También Miguel Núñez fue llevado a una comisaría. A la de la calle de El Cordón. Cuenta que allí «mataban a palos a la gente».

—El comisario era un profesional. Hacía lo que podía para impedirlo. Pero podía muy poco. Yo creo que aquel hombre no era feliz con aquello.

Un día mandaron a su casa su ropa, ensangrentada a consecuencia de una de las terribles palizas que le habían propinado. A sus padres no les habían dicho todavía dónde estaba. Años después, cuando Miguel habló tranquilamente con su padre de aquellos años, el hombre le dijo:

—Yo sé que tú eres de izquierdas y que has hecho por los dos lo que yo, por tener que atender a la familia, no pude hacer. Y si te pasa algo, tampoco te preocupes demasiado. Sé la cara que voy a poner cuando me entere. Es la misma que puse entonces, cuando recibí tu ropa llena de sangre.

Dice Miguel que su padre «tenía un sentido del humor bastante negro». Ríe Miguel al recordarlo. Cuenta que, cuando estalló la guerra, una vecina, empleada de Tabacalera, le dijo un día que se encontró con su padre en la escalera: «Yo ya veía que esto estaba tomando excremento[10], excremento, excremento...». Y que su padre, muy serio, contestaba: «Ya me lo olía yo, ya me lo olía yo, ya me lo olía yo». Él conserva todo su buen humor. En demasiadas ocasiones teñido de la negrura del recuerdo. De la comisaría de El Cordón, Miguel Núñez fue trasladado a Yeserías.

—El comisario, al despedirnos, me dijo: «Me alegro de que salgas de aquí».

A Miguel Núñez le juzgaron y le pidieron pena de muerte. Lo dice así. Toda la atrocidad del juicio, toda la desesperación de una condena resumida en media docena de palabras:

—Me juzgaron y me pidieron pena de muerte.

Había sido comisario político con apenas dieciocho años. Y esa era razón suficiente. No era la primera vez que pisaba la cárcel. A él le habían detenido los socialistas y anarquistas casi ya terminando la guerra. Fue una consecuencia más de la «entrega de Casado». Lo encerraron en la cárcel de Toreno. Recuerda que el director de la prisión era un albañil, socialista, teniente del Ejército. En aquella ocasión le había advertido de que cuando entraran las tropas de Franco no respetarían nada.

—Se lo dije. Le dije: «Oye, van a entrar los fascistas y nos van a fusilar a todos. Y vas a tener sobre ti esa responsabilidad».

—Eso es lo que tú crees. Pero estás equivocado —contestó el director de Toreno—. La verdad es que de los dos ejércitos van a hacer uno solo y a cada uno de nosotros nos integrarán en él, dándonos un grado inferior al que tenemos ahora.

Tiempo después Miguel Núñez se encontró a aquel hombre. Le habían condenado a muerte.

—En Yeserías a los condenados nos ponían unas chapas según la pena que nos había caído. Las rojas eran para los que tenían peticiones de muerte o treinta años. Lo más importante es que la chapa te la ponían cuando tenías la petición, antes de la condena. La chapa verde significaba veinte años. La amarilla, doce. Y la blanca, seis años. Así, a golpe de ojo, sabían a qué te enfrentabas.

Dice Miguel Núñez que una mañana pasó revista el director de Yeserías, don Amancio Tomé. Se detuvo ante él, miró su chapa y le dijo:

—Pena de muerte.

—Petición fiscal de pena de muerte —contestó Miguel.

—¿Qué edad tienes?

—Diecinueve años.

—Y tú, ¿qué has hecho?

—Fui comisario político del Ejército republicano.

—Bonita carrera llevabas, si no te la llegamos a tronchar.

A Miguel no se le olvidará nunca aquello. Porque él, entonces, como muchos otros, pensaba que la cosa iba a durar muy poco. Cosa de cuatro o cinco años. Tenía una novia por entonces y le decía: «Oye, tú no me esperes, que esto todavía puede durar cuatro o cinco años». Pero aquello, claro, duró bastante más.

En Yeserías estuvo también Melque Rodríguez Chaos. Así cuenta cómo era entonces aquella prisión en la que calcula que había cinco mil presos: «Yeserías es un gran edificio de dos plantas. Tiene veinte salas —brigadas— de unos veinticinco metros de largo por seis u ocho de ancho. Cada una de ellas cuenta con un cuarto de aseo. La construcción está circundada por un muro de unos cuatro o cinco metros de altura».

Las cárceles estaban abarrotadas. Lo dice Melque en sus memorias y lo cuenta el propio Miguel Núñez.

—Aquello era un mundo. Había de todo. Y todo con una gran discrecionalidad. A unos, sin saber por qué, les dejaban meter comida; a otros, no. Era un mundo caótico. Terrible. Había muchos que mantenían la moral. Yo creo que eran los más numerosos. Pero otros... Cómo reprochárselo. Recuerdo, por ejemplo, que Antonio Buero Vallejo pasó por una etapa muy delicada. Entró en una crisis mística tremenda. Pero se recuperó enseguida... Aquello era una vida terrible. Muy dura.

De la dureza de aquellos años da buena idea lo que cuenta Melque Rodríguez en sus memorias:

«En cada galería vivíamos unos 240. Dormíamos en el suelo a razón de 45 centímetros y cruzando los pies, de forma que los de unos llegaban a los sobacos de los otros. En los lavabos dormían hasta 20».

Fernanda Romeu Alfaro[11] recoge el testimonio estremecedor de la cárcel de mujeres de Ventas, en Madrid: «A principios de 1940, la cárcel de Ventas, construida para 500 mujeres, albergaba más de 6.000 detenidas que dormían en las escaleras e incluso en váteres. Cada 30 o 40 horas se daba de comer a las detenidas un cazo de caldo de berzas y mondas de patatas. Muchas de las detenidas estaban allí con sus hijos [...] Durante el verano de 1941 murieron seis o siete niños diariamente. Sus cadáveres eran amontonados en un váter al que acudían las ratas. Isabel Parrilla, detenida comunista, permaneció toda una noche velando el cadáver de su pequeña hija con el fin de impedir que los roedores la devoraran».

Las mujeres, por serlo, sufrían doblemente en prisión. Hay otros testimonios igualmente desgarradores que reflejan el sufrimiento de las reclusas: «A mediados de 1940 abrieron una prisión de madres lactantes en las proximidades del Puente de Segovia, en Madrid. Muchas de las madres que llegaron allí hubieron de volver a sus cárceles de origen por haberse muerto sus hijos. La directora quería hacer de esa prisión una cárcel modelo con vistas al exterior, por lo que quitó los harapos a los niños y les uniformó a todos iguales. Si un niño de menos de dos años se ensuciaba el uniforme, le metían en una jaula en un cuarto oscuro y no importaba que el niño, muerto de miedo, llorase o diese gritos de terror: se le tenía encerrado hasta que callase por agotamiento.

»Los niños tenían que comerse hasta la última cucharada del condumio que les ponían. Así, muchos de ellos vomitaban en las mismas mesas, y se les obligaba a comerse lo vomitado»[12].

Mención especial de la represión femenina se merecen las conocidas como las Trece Rosas. Un grupo de sesenta chicos y catorce chicas, muy jóvenes todos, habían intentado organizar dentro de la misma cárcel las Juventudes Socialistas Unificadas. Fueron condenadas a muerte en un juicio sumarísimo que apenas duró lo suficiente para dictar sentencia. Una de ellas, que no contaba ni quince años, Julia Velliso, fue indultada y condenada a treinta años de cárcel. Las jóvenes dieron un ejemplo de fortaleza: se arreglaron y se pusieron sus mejores galas y esperaron la muerte con serenidad. Fueron ejecutadas en las tapias del cementerio del Este, muy cerca de la propia prisión, desde donde se oían los disparos de las ejecuciones, el 5 de agosto de 1939. Media hora antes habían sido ejecutados los sesenta muchachos. El juicio se había celebrado tan solo dos días antes.

Julia Manzanal, la comisario Chico, estuvo con las Trece Rosas. Fue ingresada en la prisión de Ventas, con su niña, recién nacida: «Me despedí de ellas con un beso», contaría años más tarde. Julia Manzanal recuerda el hacinamiento en que se encontraban en aquellos primeros años de posguerra: «A pesar de estar pensada para quinientas mujeres llegó a albergar a siete mil durante los primeros días, alcanzando más tarde la cifra de trece mil o catorce mil. Los pasillos, los descansillos de las escaleras, los patios de las galerías y hasta los servicios servían como dormitorios. Entre sarampión, tosferina, viruela y tifus los niños comenzaron a morirse».

Julia Manzanal, con su hija, fue trasladada de Ventas al Instituto Escuela de Madrid. El edificio tenía varias habitaciones con cunas para los niños. Durante la media hora que le daban para cuidar a su hija, subía a una terraza desde la que se veía el exterior. Su marido se sentaba allí. Ojeando el periódico: «Yo alzaba a la niña para que pudiera verla mejor»[13]. Fue condenada a muerte. Posteriormente la pena le sería conmutada por treinta años de reclusión. Volvió a Ventas y de allí a Amorebieta (Vizcaya). Su hija moriría en prisión, por una infección provocada por una vacuna mal puesta. La niña tenía diez meses y medio. Recorrió Julia numerosas cárceles. Estuvo cinco años en prisión.

La misma Memoria de Prisiones registra en sus páginas el aprecio que el nuevo régimen sentía por las mujeres. Hasta muy entrados los setenta, se recoge como epígrafe en la clasificación de los presos: «Mujeres de vida extraviada». Y al hacer el fichero psicotécnico, en la estadística de reclusos disponibles para redención de pena por el trabajo, las mujeres no tenían oficio. Ni eran albañiles, ni agricultores, ni mucho menos ingenieras o maestras. Eran «mujeres». Y así aparecían clasificadas junto a sus compañeros varones, albañiles, panaderos o maestros.

[1] El primer año de la Obra de Redención de Penas. Memoria del Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo. 1 de enero de 1939-1 de enero de 1940.

[2] Patronato para la Redención de Penas. Obra citada.

[3] Marta Núñez Díaz-Balart: Consejo de Guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945). Compañía Literaria. Madrid, 1997.

[4] Ramón Tamames: La República. La Era de Franco. Alianza Editorial. Madrid, 1974.

[5] Fernando Fernández Sanz: «Aquel Primer Año 1941». Líneas del tren. Número 251, 3 septiembre 2001.

[6] Melque Rodríguez Chaos: 24 años en la cárcel. Forma Ediciones. Madrid, 1977.

[7] Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez en Historia de España. Siglo XX. 1939-1976. VVAA. Cátedra. Madrid, 1999.

[8] Ley de Responsabilidades Políticas de 1939. Artículo 1o.

[9] José Luis Gallego: Prometeo XX. Ediciones Saturno. Madrid, 1969.

[10] Por «incremento».

[11] Fernanda Romeu Alfaro: El silencio roto. Mujeres contra el franquismo. Edición personal de la autora. Madrid,1994.

[12] Citado en Libro blanco de las cárceles franquistas. Ruedo Ibérico. París, 1976.

[13] Justo Calcerrada y Antonio Ortiz Mateos: Julia Manzanal, «comisario Chico». Fundación Domingo Malagón. Madrid, 2001.

LA ESPERANZA PERDIDA

Unos habían quedado atrapados en España. Otros buscaban al otro lado de la frontera escapar a tanta miseria. Como Eduardo Encinas. Había nacido en Burgos en 1922. De niño vino para Madrid, en uno de los traslados del padre, funcionario. Vivió la guerra, el exilio, los campos de concentración, el hambre, el estraperlo. ¡Recuerda tan bien aquellos años! Lo peor es que no siempre puede uno olvidar. Aunque quisiera.

Cómo olvidar la bomba en Cuatro Caminos y las semanas pasadas en el Hospital de Jornaleros, donde fue internado a consecuencia de las heridas recibidas. Y cuando, siguiendo al padre, ya en Cataluña, en Figueras, él, voluntario al servicio de la República, adolescente apenas, mandó abrir un almacén de alimentos para que toda aquella gente comiera. Aquella gente famélica que buscaba la frontera, salir del horror de unas tropas que avanzaban a sangre y fuego.

Cómo olvidar su propia huida desde Figueras a la Junquera. Y el frío y la lluvia que les empapaba. Esa lluvia y ese frío.

—Íbamos tres y llevábamos una sola gabardina. Fue espantoso, tanta gente...

Recuerda que alguien le comentó entonces que habían visto por allí a don Antonio Machado. No sabe si fue esa noche u otra. Sabe, sí, que alguien se lo comentó y que luego, más tarde, supo también que Antonio Machado había muerto en Colliure.

José Machado[14] cuenta el exilio de los Machado, con Antonio y la madre enfermos y agotados, mezclados entre la multitud desesperada que huía: «La oscuridad, complicada con la lluvia que caía a torrentes, hacía muy difícil caminar. En aquellas condiciones, enfermos y vacilantes, avanzábamos penosamente sobre la triste ruta [...] Antonio, siempre resignado y silencioso, contemplaba a la madre con su fino y blanco pelo pegado a las sienes por la lluvia, que se deslizaba por su bello rostro como un claro velo de lágrimas. Y así, chorreando y empapados hasta los huesos, más que andar, eran arrastrados y estrujados a empellones, por una multitud que en forma de avalancha, pugnaba a toda costa por ganar la frontera».

Era Eduardo Encinas uno más de aquellos españoles que huían hacia ninguna parte. Cuando atravesó la frontera, empezó su peregrinar por los campos de concentración.

—Nos metieron los franceses en un campo de concentración. Moría la gente de disentería. Después, nos llevaron en un tren hasta otro campo. Un tren lento, lento, lento. Estuve en Bram, un campo de internamiento espantoso. Los colchones eran puros piojos. Solo daban de comer algarrobas, y medio kilo de pan para cada dieciséis. Recuerdo que al que actuaba en las fiestas de los pueblos le regalaban un pan.

Ser músico por hambre. Y qué remedio. «Bastaba —dice Encinas— con aprenderse La leyenda del beso».

La familia estaba dispersa. Apenas sabía de ella. Eduardo se había enterado de que su padre estaba detenido y condenado a muerte. Que su hermano había logrado huir a Carcasona, en Francia. Y que a él le devolvían a España. Un tren le trajo a él y a otros exiliados por Irún. Les entregaron a las autoridades franquistas en San Sebastián.

—Por cierto que en San Sebastián vi a una mujer repartiendo plátanos. Después del hambre que habíamos pasado, no me lo podía creer.

Le trasladaron a Bilbao. Tenía dieciséis años.

—Me dejaron libre con la condición de que me presentara a la Guardia Civil allí donde fuera. Así que volví con mi familia a Barcelona, y de allí nos fuimos a Madrid.

Era Eduardo Encinas el mayor de los hermanos. La niña más pequeña tenía apenas nueve años. Comenzó a vender periódicos. Y recuerda que a las dos de la madrugada iba a recoger un mazo con el que recorría las calles de un Madrid oscuro y triste.

—Te daban una peseta si lograbas colocar veinte. También nos dedicábamos algo al estraperlo.

Y, mientras, Miguel Núñez, apenas unos años mayor que Eduardo Encinas, esperaba en la cárcel de Yeserías. Y si Eduardo Encinas pegaba la oreja en los cafés y escuchaba las acaloradas discusiones sobre la marcha de Europa, sobre la alianza germano-soviética, y callaba, callaba, Miguel Núñez en la prisión discutía, justificaba alianzas, aseguraba que el comunismo triunfaría en el mundo. Era en las cárceles donde quizás más se podía hablar. Se discutía mucho en prisión. Se hablaba de la guerra perdida, pero, sobre todo, se hablaba de política internacional.

—Un gran tema de discusión era el pacto germano-soviético. Para muchos era una traición a la democracia y a las libertades. Para otros, entre los que me encontraba yo, que teníamos la fe del carbonero, la Unión Soviética tendría sus razones al hacerlo. Era una cuestión de estrategia, de ganar tiempo. Recuerdo que en una de aquellas discusiones defendía mis teorías con el ardor que me daba la juventud. Y, en un momento dado, el otro, enfadado por mi desparpajo, me dijo: «Y tú, mocoso, ¿qué experiencia tienes?». Y yo, muy convencido, le contesté: «Yo tengo la experiencia de toda la clase obrera del mundo». Y el otro, claro, se quedó acojonado. Era un periodo muy raro. Muy convulso. Las cárceles eran como campos de concentración. El Partido todavía no se había reorganizado.

Las discusiones políticas continuaban entre los muros de la cárcel. Melque Rodríguez cuenta algo muy parecido. Tal vez se tratara de la misma conversación. Y si no lo era, al menos el sentido era el mismo: «Las discusiones adquirían a veces caracteres de violencia y no faltaron quienes llegaron a las manos. Los comunistas poseíamos gran confianza en la URSS; estábamos seguros de que no podía traicionar a los pueblos, pero no sabíamos explicar el paso dado de manera convincente».

En cada prisión PSOE, PCE y anarquistas habían formado comités de cárcel, y tras las rejas se mantenía vivo un activismo político que atenuaba, en cierto modo, el desánimo de saberse abandonados a su suerte. Tenían noticias de lo que estaba pasando fuera. A la cárcel de Huelva, donde estaba Curro López Real, hoy con ochenta y ocho años, la memoria limpia a veces, la memoria huidiza a veces, siete años de cárcel, treinta de exilio, socialista, siempre socialista, llegaban periódicos portugueses que algún funcionario con manga ancha dejaba introducir o, también de modo clandestino, el diario España de Tánger; así los reclusos sabían de los avatares de una II Guerra Mundial en la que enseguida depositaron sus esperanzas.

Creían, como tantos derrotados, que una victoria aliada haría caer a Franco. Aunque, curiosamente, rememora Curro, en los primeros días de la contienda europea, los comunistas, allí en prisión, celebraban los triunfos bélicos de Hitler. Todavía estaba vigente el pacto Ribbentrop-Molotov, la siniestra alianza entre Stalin y los nazis por la que la Unión Soviética se anexionó Estonia, Letonia y Lituania y dejó vía libre al totalitarismo alemán. Luego, muy pronto, también los comunistas se harían furibundos aliadófilos, tal y como se decía en la terminología de la época. Pero, aun entre rejas, partidarios del bolchevismo, socialistas y ácratas mantenían sus diferencias. Al fin y al cabo, habían llegado a matarse entre ellos durante la guerra, así que la desconfianza persistía. Aunque para sus carceleros y verdugos no había diferencia alguna entre aquella turba de rojos, fuera cual fuese su filiación política.

Que la dictadura temía a los rojos, aun estando en prisión y a quienes desde el exterior intentaban la más mínima resistencia, parece demostrarlo el discurso de Franco pronunciado en la noche del 31 de diciembre de 1939, y reproducido convenientemente, bajo imperial retrato del Caudillo, por la revista Redención, el órgano propagandístico de Prisiones: «No por pequeños hemos de despreciar a nuestros enemigos. A nadie se oculta que vivimos los momentos políticos más interesantes de nuestra Historia, y en ellos han de unirse para el ataque los enemigos internos de nuestra nación con la eterna anti-España, entre los que destacan esos pequeños grupos de cretinos que pasean su miseria física y moral alternando las tertulias frívolas con los lugares de crápula para verter en ellos las consignas que desde el extranjero les remiten y que no vacilan en buscar ambiente hasta en aquellos sectores de población afectados por el área penitenciaria, intentando echar sobre el régimen que parecen patrocinar el baldón de hermanarlo con una monstruosa impunidad para los crímenes de nuestros hermanos. ¡¡Cabe más miseria física y moral!!».

Al margen de la curiosa redacción —un solo punto en todo el largo párrafo—, sorprenden las últimas frases, de oscurísimo significado y más oscura sintaxis, y sobre todo que ya Franco apuntara algunas de sus obsesiones: el peligro exterior. Ni que decir tiene que sus referencias a las «tertulias», a los «lugares de crápula», solo quedan superadas por las que hace a la «miseria física y moral» que tan bien ilustra sobre la idea de que los rojos eran feos y bajitos, cuando menos. Se supone.

En el mismo discurso, Franco advertía ya del peligro que la falta de pan podía producir entre la población: «Otras veces es la falta eventual de pan en algún pueblo o la escasez de artículos el motivo explotado para sus torpes maquinaciones. No basta salirles al paso con la corrección, es necesario, paralelamente, divulgar cómo los sacrificios de nuestra nación son ínfimos en relación con los que sufrieron otros pueblos que sufrieron guerra».

[14] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Ediciones de la Torre. Madrid, 1999.

 

MUERTE AL AMANECER

Y lo peor, con todo, no era el hambre, que persistía con ranchos o sin ellos, o el hacinamiento, o el calor en verano o el frío en invierno de los presos. O la tuberculosis, que a tantos se llevaba[15]. Eran los fusilamientos. Diarios y masivos. Los fusilamientos que se vivían dentro y fuera de la prisión.

—¿Qué se le dice a un hombre al que van a matar cuando amanezca?

Lo pregunta Curro López Real. No hay pose dramática ni sensiblería alguna que valga. Sentado en su butacón, mirando de reojo el televisor en esta tarde de toros y primeros calores madrileños, el viejo soldado republicano inquiere sin esperar que, después de tantos años, alguien vaya a encontrar la respuesta adecuada.

—A ver. ¿Qué se le puede decir a un hombre al que van a matar?

Lo pregunta Curro López Real. Desde muy joven militante socialista en Huelva, su tierra natal. De familia perteneciente a la pequeña burguesía ilustrada andaluza cuya bandera fue la tricolor porque era la de la Institución Libre de Enseñanza, la de la cultura, la de las Cortes de Cádiz. Estudiante de ingeniería y aprendiz de revolucionario en los años treinta. Cuando hubo que tomar las armas para defender la República así lo hizo, como tantos de los suyos. En 1939 estaba en Alicante, pero no quiso marcharse. Y lo pagó con muchos días de campos de concentración, trabajos forzados y prisiones. Y con noches de esperar el alba al lado de quienes iban a morir.

—Que esté conmigo Currito.