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Este libro narra una historia real. Una que comenzó con el deseo profundo de ser mamá y se transformó en un recorrido largo, desafiante, a veces desgarrador, pero también luminoso. Durante más de una década Luciana Altobelo atravesó tratamientos de fertilidad, hormonales, quirúrgicos y emocionales. Convivió con diagnósticos de infertilidad, con médicos, con leyes, con silencios, con miedos y con una esperanza que se negaba a morir. Y decidió escribir sobre lo que nadie cuenta: el dolor de los negativos, las pérdidas invisibles, la medicalización del cuerpo, el costo emocional del deseo. Pero también sobre lo que sí es posible: las redes de apoyo, los vínculos que sostienen, la gestación por sustitución, la chance de abrir nuevos caminos cuando el cuerpo dice que no. Todas mis maternidades no es un manual ni una guía. Es un testimonio crudo y a la vez amoroso que abraza a quienes alguna vez desearon con todas sus fuerzas ser madres. Y también a quienes las acompañaron, lo pensaron o simplemente quieren comprender. Porque hay muchas formas de llegar a la maternidad. Esta es la suya.
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Seitenzahl: 172
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Luciana Altobelo
Todas mis maternidades
EN PRIMERA PERSONA
Altobelo, Luciana
Todas mis maternidades / Luciana Altobelo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6726-12-4
1. Maternidad. 2. Autobiografías. 3. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título
CDD 808.8035
© 2025, Luciana Altobelo
Primera edición, noviembre 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Editora Laura Garaglia
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Karina Garofalo y Patricia Jitric
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Ilustraciones María Pía Pereyra Serra
Conversión a formato digital Estudio eBook
Libro de edición argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
A Salvador y Olivia, protagonistas e hijos de esta historia.
A todas las personas que transitan búsquedas desde el amor.
Debes amar el tiempo de los intentos.
Debes amar la hora que nunca brilla […]
Solo el amor alumbra lo que perdura,
solo el amor, convierte en milagro el barro.
JOSÉ MARTÍ
Me llamo Luciana, tengo 42 años, y soy mamá de Salvador y Olivia. Pero también soy mamá de otros bebés que partieron antes de poder ver la luz de este mundo.
Este libro nace de la necesidad profunda: la de compartir mi historia. Creo firmemente que cada maternidad es única, y que todas —incluso las que no llegaron a concretarse plenamente en la vida terrenal— me hicieron ser quien soy hoy.
Lo que vas a leer es un recorrido honesto y real por todas mis maternidades, las visibles y las invisibles. Habla de los procesos médicos, psíquicos, emocionales y judiciales que debí atravesar para cumplir el sueño de ser madre. Cada página busca acompañar, ser una voz amiga para quienes aún están en esa búsqueda, para quienes han sentido ese vacío, ese dolor silencioso que a veces cuesta tanto compartir.
Escribir este libro también significó honrar cada pérdida, cada frustración y cada alegría. Es mi forma de decir que ninguna maternidad es menos real por no haber llegado a término. Cada embarazo, cada intento, cada esperanza frustrada dejó en mí una huella imborrable. Y todas esas huellas son parte esencial de mi maternidad.
Deseo de corazón que estas páginas te abracen, que encuentres en ellas un refugio de comprensión y la certeza cálida de que, en tu camino, no estás sola. Porque la maternidad, en todas sus expresiones, nos conecta con una fuerza invisible, nos une en una hermandad silenciosa, profunda y llena de esperanza.
Estas páginas tratan sobre una historia de amor.
¿Y qué tendría de particular una historia de amor a esta altura de los acontecimientos?
Tiene de especial que se refiere a una historia verdadera y única.
Verdadera, porque es una historia real. Son reales todos los protagonistas, y se desnudan sus temores, ansias, frustraciones, emociones y experiencias en primera persona para hacerlos conocidos y, así, ayudar. También es verdadera porque se trata de una entrega total: darse sin esperar nada a cambio, sentir que todo es posible, creer que todo sacrificio vale. Un amor verdadero, como en definitiva es el amor.
Única, porque es el relato de un amor no correspondido, pero no porque el otro no responda, sino porque todavía no existe. Es un amor en proceso y está en potencia, en espera de concretar su ser.
También porque estos pequeñitos y pequeñitas (mis hijos) son el resultado de un amor de a cuatro: la madre biológica, el padre biológico, la madre gestante y el niño o la niña.
Una historia particular, asimismo, porque este nuevo ser tan buscado, recibe la genética de dos, la biología de tres, el desarrollo psíquico intrauterino de un medio y, posterior al nacimiento, la influencia de otro medio cultural, lo que lo hace especial, además de amado.
Es singular también porque ha sido posible gracias al avance científico y tecnológico, inimaginable hasta unos pocos años atrás. Gracias al progreso de la ciencia y a la capacidad humana de comprender y transformar, la vida ha encontrado nuevas vías para emerger más allá de los límites naturales.
De manera única, quizás estos hechos abran la posibilidad de transformar radicalmente la vida de muchas personas que anhelan la maternidad o paternidad. Cada paso recorrido —con sus dudas, sus pruebas médicas y sus momentos de incertidumbre— se convierte en un faro de esperanza para quienes aún sienten el vacío de un deseo inconcluso.
Porque compartir la propia historia es un acto de generosidad: ilumina rutas antes invisibles y multiplica la fuerza de la voluntad colectiva. Y si esa oportunidad se concreta, aunque sea para una sola persona, demostrará que la perseverancia, el amor y la fe son capaces de derribar cualquier barrera. Ese hito individual no solo valida todo el esfuerzo invertido, sino que también siembra un eco de esperanza que puede resonar más allá de fronteras y despertar nuevos sueños en otras vidas.
En estas páginas quiero abrir una ventana a todo lo que implicó este camino: los tratamientos, los vaivenes emocionales y los procesos legales que formaron parte de esta experiencia. Lo hago con la esperanza de que, en algún momento, quienes lean puedan sentirse reflejados. Tal vez algo de lo vivido les resuene, los acompañe o les dé fuerzas para seguir su propio recorrido. Porque cada cuerpo y cada historia son únicas, pero el deseo compartido de formar una familia nos une en un mismo anhelo.
Es también la historia de los esfuerzos, de los intentos, de los fracasos… que ese mismo amor puede convertir en fortalezas.
Es la intención de compartir con quienes atraviesan procesos similares.
Por último, no habrá tibiezas. Esta historia se compartirá como un acto de amor. O tal vez para algunos pueda parecer un acto de egoísmo. Pero como los extremos a veces se tocan, quizás una lectura profunda de estas reflexiones permita que el amor siga actuando en los lectores.
Todos los términos médicos que aparecen en el libro, para mayor información y claridad del lector, estarán al final del libro desarrollados en un glosario por el especialista en fertilidad y director de Nascentis, el doctor César Sánchez Sarmiento.
Espero disfruten de la lectura de estas páginas.
LUCIANA
Porque todo tiene un comienzo, el mío está en mi niñez.
Nací en 1982 en Argentina, rodeada de amor y familia, y también de roles y mandatos. Desde pequeña siempre fui un poco disruptiva, quizá por tener la suerte de ser hija de unos padres bastante deconstruidos para la época. Ellos, con ideas adelantadas a su tiempo, me regalaron la libertad de cuestionar: mientras sus voces me hablaban de deberes y expectativas sociales, también me invitaban a forjar mi propia historia.
Si bien me transmitieron los roles y los mandatos sociales, siempre me alentaron a creer que, con esfuerzo, podía lograr lo que me propusiera.
En esos años, nunca soñé con ser la princesa del cuento, ni con el príncipe azul, ni con el vestido blanco. Siempre quise salvarme sola. Tal vez por ser única hija, o porque mis padres me enseñaron de todo.
Lo que siempre soñé fue tener una familia numerosa. Tal vez porque en casa éramos solo tres. Pero más allá de la cantidad, siempre imaginé —y anhelé— ser mamá. Quería un hogar lleno de voces infantiles, un coro de pasos diminutos que rebotaran contra los muros. Mi imaginación dibujaba una familia extensa, repleta de nuevos latidos y sonrisas. Siempre supe que quería combinar mi nombre con la palabra “mamá” y encontrar en otros un sentido que me trascendiera.
Desde mis primeros recuerdos, cuando sostenía entre mis manos una muñeca, supe que no era un simple juego: ya en aquel momento primitivo ensayaba el abrazo que algún día ofrecería a un hijo real. Veía cómo mi prima más pequeña corría por el jardín y sentía un impulso irrefrenable de cuidarla, de protegerla de los tropiezos y de sus propias lágrimas. Esa ternura instintiva me sorprendía, aunque aún no entendía del todo su magnitud.
La maternidad, en mi imaginación, no era un rol impuesto, sino un deseo muy fuerte. Me atraía la idea de nutrir, de acompañar, de ser parte esencial en el crecimiento de alguien más. Recuerdo que, mientras muchas de mis compañeras jugaban a casarse o a ser maestras, yo organizaba pequeñas “familias” con muñecos, almohadones o lo que tuviera a mano. Cada escena improvisada tenía el mismo centro: una figura materna que cuidaba, abrazaba y ponía el cuerpo para que el mundo fuera un lugar más seguro. Era un deseo intuitivo, sí, pero también insistente. Algo que no desaparecía con los años; al contrario, ganaba forma y profundidad.
Con el tiempo, cada gesto de cuidado —un beso al despertar, un masaje en la frente cuando la fiebre subía, una caricia en la noche ante un mal sueño— alimentaba en mí la certeza de que la maternidad no era un deseo pasajero, sino el latido esencial de mi ser. Tuve figuras maternas muy fuertes: mi abuela, mi tía , mi niñera Nancy (que me cuidaba cuando todos trabajaban) y mi mamá. Sí, tuve muchas mamás, por suerte. Ellas fueron madrazas en el sentido más profundo de la palabra, mujeres que no solo daban amor incondicional, sino que también eran trabajadoras, libres, decididas. Me mostraron que ser madre no implicaba renunciar a una misma, sino multiplicarse en nuevas versiones. La maternidad, en mi universo simbólico, se transformó en un acto de potencia y autonomía. Una extensión natural del amor, no un mandato social que cumplir ni una forma de sacrificio vacío.
La búsqueda de la maternidad, tardó bastante en llegar. Primero hice todo lo que “había que hacer”: terminar el secundario, completar una carrera universitaria, trabajar mucho, tener logros profesionales, ahorrar lo suficiente y tener mi propia casa. Puf…
Y sí, todo lo que me propuse lo conseguí. Así fue que, allá por 2011, a mis 29 años, empezó esta búsqueda.
Joven, con todos los mandatos sociales teóricamente cumplidos, ¿cómo yo no iba a poder tener un hijo o una hija cuando quisiera?
En los primeros meses, después de tomar la decisión, ya pensaba en el cuarto de mi hijo. Miraba todas las ropitas de bebés, pensaba cómo me iba a arreglar con el trabajo, la familia, etcétera.
Pero ese año nada pasó. Bueno, sí pasó: muchas personas a mi alrededor se embarazaron o tuvieron hijos. Pero yo no.
Y ese fue el comienzo de mi larga caminata, en este camino de la infertilidad, aunque todavía no había descubierto el significado de esa palabra.
Primero fueron ginecólogos, especialistas en distintas áreas, análisis, estudios, muchos análisis y más estudios. ¿La causa era yo o mi pareja?
Esa búsqueda de respuestas se daba con miedo, con culpa y, a la vez, con algo de esperanza. Esperanza de que algún estudio revelara el misterio de por qué no. Por qué no me embarazo.
Y después de todo eso, y de que pasara un año de búsqueda infructuosa, empezamos con los especialistas en fertilidad y los tratamientos.
Yo arranqué desde cero, porque era joven para los estándares médicos y estaba “todo bien”.
El primero de los métodos fue sencillo (viéndolo ahora, después de tantos que vinieron): estimulación ovárica y relaciones programadas. Cuando no funcionó, saltamos al siguiente. Así vinieron los tratamientos de baja, y después de alta complejidad.
Y acá me detengo. Porque cuando yo comencé, no conocía a nadie que estuviera pasando por lo mismo. Ni siquiera había en Argentina una ley de fertilidad. La Ley 26.862 fue sancionada recién el 5 de junio de 2013.
El tratamiento de baja complejidad más común era la inseminación artificial. Te controlan la ovulación, preparan el esperma, y lo inoculan en el útero. En teoría, indoloro y sencillo. En teoría.
Porque en la práctica empiezan las inyecciones —al menos dos por ciclo— y los nervios de cada control: ¿hay folículos?, ¿cuántos?, ¿de qué tamaño?, ¿están creciendo?
De pronto, nos encontramos hablando un idioma nuevo. Un glosario de términos médicos que hasta hacía poco no existía en mi vida.
En ese momento, creía que no había forma de fallar porque “estaba en una práctica de fertilidad con un especialista”. Y llegó el primer golpazo: no funcionó. Entonces, la gran pregunta: ¿por qué?
Ahí los médicos empezaron a hablar de probabilidades, de estadísticas, de lo difícil que era, en realidad, quedar embarazada.
Vinieron más inseminaciones. Varias. Ninguna funcionó. Siempre el test de embarazo daba negativo. Y empezaron a brotar emociones que, hasta entonces, me eran desconocidas.
La culpa.
¿Qué estoy haciendo mal? ¿Estoy muy estresada? ¿Demasiado enfocada? ¿Demasiado relajada? ¿Demasiado?
Y el miedo. Ese miedo mudo y persistente de no lograrlo nunca. De volver siempre al no, al negativo.
De que la odiada —y al mismo tiempo tan natural— mancha roja llegara, una vez más, como una sentencia. La menstruación, que te define como mujer, pero que en la búsqueda, te recuerda cada mes que no estás embarazada.
Menstruación… 132 meses en que cada uno de ellos te odié con todas mis fuerzas, y en que cada uno de ellos tuve la esperanza de que no llegaras.
Y así, después de cada intento fallido, aparecía el impulso de seguir. Intentarlo de nuevo al mes siguiente, como un acto reflejo, de seguir, de no detenerte. Porque si te detenés, no va a llegar ese ser buscado. Como si detenerse fuera renunciar. Sin tiempo para procesar el dolor, la angustia, el duelo. Como un robot entrando y saliendo de una espiral emocional que no daba respiro.
A estas alturas, quedar embarazada de forma tradicional era casi imposible, y también empezaban a cerrarse las puertas de los tratamientos de baja complejidad.
Lo que más me costó al principio fue aceptar que algo tan profundamente deseado no sucedía de la forma conocida. No estábamos ante una urgencia médica ni una enfermedad visible, pero el deseo de ser padres se volvía cada vez más urgente e inexplicable.
Nadie te prepara para ese momento en el que entendés que tener un hijo no es solo una decisión de amor, sino que también puede convertirse en un camino lleno de obstáculos, variables técnicas y renuncias.
Habíamos crecido pensando que la maternidad y la paternidad llegaban casi como una consecuencia natural de la vida adulta. Pero no. Para nosotros, no fue así. Hubo que desarmar esa idea romántica y entregarse a otra lógica: la de los porcentajes, los días fértiles, las hormonas, las estadísticas.
La intimidad, que antes era solo amor y juego, se volvió mecánica, cronometrada, instrumentalizada. Y en medio de eso, teníamos que seguir creyendo que valía la pena.
Ingresar a los tratamientos de fertilidad fue, en ese contexto, un acto de fe. Porque significaba empezar a confiar en otros: en la ciencia, en médicos, en números. Y también, seguir confiando en una misma, en la pareja, en ese deseo que, pese a todo, seguía vivo.
El camino recién comenzaba.
Dios concédenos la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar,
valor para cambiar lo que puedo.
Y la sabiduría para reconocer la diferencia”.
Plegaria de Reinhold Niebuhr
Y un día llegué a los tratamientos de alta complejidad, y lo hice con la Ley de Fertilidad ya promulgada.
Lo que al principio parecía no modificar mi situación, se transformó en un aporte sumamente enriquecedor porque en el camino conocí el calvario de muchos padres y madres que, además de todo lo que describo, llegaron hasta el punto de vender sus casas para costear un tratamiento de fertilidad. Sin contar, tristemente, a quienes quedaban afuera sin siquiera poder intentarlo por no tener los recursos.
Por eso, la sanción de la Ley 26.862 en 2013 fue un punto de inflexión en la historia de muchas personas como yo. Esta norma reconoció a la infertilidad como una enfermedad y estableció el acceso integral a los procedimientos y técnicas médico-asistenciales de reproducción médicamente asistida dentro del sistema de salud público, las obras sociales y las prepagas. Es decir, dejó de ser un privilegio para algunos y se convirtió en un derecho para todos.
Los fundamentos de la ley son claros: garantizar la igualdad de oportunidades, la no discriminación y el derecho a formar una familia. Se busca asegurar el acceso a los tratamientos sin importar condición económica, el estado civil o la orientación sexual. Por primera vez, el Estado reconocía que maternar o paternar no debía depender solo de las posibilidades biológicas o económicas, sino del deseo y del derecho a intentar hacerlo realidad.
Esa ley, que al momento de mis primeros intentos no existía, se volvió después una bandera. Porque detrás de cada artículo y de cada inciso, había historias como la mía.
Si bien las obras sociales, las mutuales y el sistema en sí ponen trabas y demoras en muchos casos —a los cuales no he sido ajena—, tuve el marco legal con el cual reclamar y, si era necesario, llegar a la Justicia para hacer cumplir el derecho de acceder a estas prestaciones.
Volviendo al primer tratamiento de alta complejidad, en él descubrí lo difícil y doloroso que es. Al menos, así lo viví en los primeros intentos.
Difícil, porque había que funcionar como una especie de robot: recordar horarios, respetar indicaciones, seguir pasos precisos que se sentían ajenos, técnicos, casi imposibles de sostener emocionalmente.
Luego de atravesar la burocracia apática de la obra social, me mandaron a casa con una conservadora (sí, una heladerita literal) llena de inyecciones, indicaciones escritas y enlaces a videos que debía mirar para aprender a aplicarme yo misma, cada día, dos o tres inyecciones en la panza.
El objetivo: estimular los ovarios para llegar al momento de la aspiración folicular.
La fecundación in vitro no empieza en un quirófano, sino en casa, en la piel, en la rutina diaria. Comienza con una caja llena de medicamentos fríos, una conservadora con ampollas, jeringas y un montón de instrucciones que más parece un manual que el camino hacia un hijo.
Cada noche, el reloj marcaba un recordatorio ineludible: “hora de pincharse”.
“Ponelas en la heladera, aplicalas siempre al mismo horario”… Esas frases todavía resuenan en mi cabeza. En aquel momento, me provocaban un pánico inmenso. El miedo constante de hacer algo mal, de equivocarme, de arruinar todo con un solo descuido. La presión era enorme, pero más grande aún era el deseo.
La verdad, en el primer tratamiento era un ir a ciegas, no me explicaron nada, en cada control me enteraba de que esto seguía y seguía.
Las inyecciones dolían. No tanto por el pinchazo en la piel, como por lo que cargaban simbólicamente: era introducir hormonas en un cuerpo que no respondía por sí solo, en un intento por forzar lo que la naturaleza había negado.
Preferí aplicármelas yo. Cada vez que lo hacía, lloraba. El día que me puse tres seguidas, sentí el abdomen como un colador. Pero cuando el deseo es tan profundo, se sigue. Se sigue.
