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Durante años hemos creído que el amor es algo que debemos conquistar o merecer. Pero la reconocida coach de relaciones Jillian Turecki —seguida por millones de personas en todo el mundo y presentadora del pódcast de éxito Jillian on Love— nos revela un mensaje transformador: todas nuestras relaciones empiezan con la relación que tenemos con nosotros mismos. En Todo empieza contigo, Jillian comparte las nueve verdades esenciales que necesitamos integrar para sanar viejas heridas, dejar de repetir patrones dolorosos y abrirnos a la relación plena y consciente que merecemos: Todo empieza contigo. La mente es un campo de batalla. El deseo no es lo mismo que el amor. Tienes que amarte a ti mismo. Debes hablar y decir la verdad. Necesitas ser tu mejor versión (incluso después de la luna de miel). No puedes convencer a alguien de que te ame. Nadie vendrá a salvarte. Debes hacer las paces con tus padres. Con un enfoque honesto, compasivo y práctico, este libro combina estrategias terapéuticas, técnicas somáticas, ejercicios de escritura y ejemplos reales para guiarte, paso a paso, hacia la autoaceptación. Un mapa para dejar de perseguir amores imposibles, recuperar tu poder personal y construir vínculos auténticos, seguros y duraderos. Porque el amor que buscas empieza, siempre, contigo.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Durante años hemos creído que el amor es algo que debemos conquistar o merecer. Pero la reconocidacoachde relaciones Jillian Turecki, seguida por millones de personas en todo el mundo y presentadora del pódcast de éxitoJillian on Love, nos revela un mensaje transformador: todas nuestras relaciones empiezan con la relación que tenemos con nosotros mismos.
En Todo empieza contigo, Jillian comparte las 9 verdades esenciales que necesitamos integrar para sanar viejas heridas, dejar de repetir patrones dolorosos y abrirnos a la relación plena y consciente que merecemos:
Todo empieza contigo.
La mente es un campo de batalla.
El deseo no es lo mismo que el amor.
Tienes que amarte a ti mismo.
Debes hablar y decir la verdad.
Necesitas ser tu mejor versión (incluso después de la luna de miel).
No puedes convencer a alguien de que te ame.
Nadie vendrá a salvarte.
Debes hacer las paces con tus padres.
Con un enfoque honesto, compasivo y práctico, este libro combina estrategias terapéuticas, técnicas somáticas, ejercicios de escritura y ejemplos reales para guiarte paso a paso en el camino hacia la autoaceptación. Un mapa para dejar de perseguir amores imposibles, recuperar tu poder personal y construir vínculos auténticos, seguros y duraderos. Porque el amor que buscas empieza, siempre, contigo.
JILLIAN TURECKI es coach certificada de relaciones, profesora, autora y presentadora del pódcast Jillian On Love. Impulsada por una curiosidad insaciable sobre lo que hace que una relación prospere, Jillian ha ayudado durante más de veinte años, a través de sus enseñanzas, cursos y escritos, a miles de personas a revolucionar la relación consigo mismas para transformar así sus relaciones de pareja. Es muy solicitada por su estilo de acompañamiento compasivo, directo y profundamente auténtico, tanto en el coaching como en la enseñanza y la escritura.
Para mi madre, gracias por entenderme.
Te quiero.
El 2 de junio de 2014, mi vida se desmoronó. Mi madre había sido diagnosticada recientemente de cáncer terminal y le habían dado tres meses de vida, esa mañana sufrí mi tercer aborto espontáneo, y mi marido me dejó; terminó la relación conmigo por teléfono.
Primero, me envió un mensaje de texto. Estaba fuera de nuestro edificio, sentada en un banco con mi perro y ya sabía que algo andaba muy mal. Durante todo el día no había sabido nada de él, a pesar de que esa mañana me había despertado con lo que mi ginecólogo confirmó como un aborto espontáneo. Tenía una sensación en el estómago de que iba a ser abandonada, y, cuando al fin me escribió, alrededor de las cinco de la tarde, lo único que puso fue: «Me voy a quedar en casa de mis padres unos días».
Entré en pánico, lo llamé, y por suerte, contestó. Los veinte minutos que siguieron fueron algunos de los peores momentos de mi vida. «Estamos en caminos muy diferentes, Jillian», recuerdo que me dijo.
«¿Qué? ¿Qué narices estás diciendo? ¿Simplemente no vas a volver a casa? Estoy sangrando sin control porque ya no estoy embarazada, ¿y simplemente te vas a largar?». En ese momento estaba caminando de un lado a otro por la calle y me sentía, y probablemente me veía, completamente desquiciada.
Sabía que mi ex y yo estábamos teniendo problemas; problemas serios. Había pasado los últimos dos años esforzándome al máximo para convencerlo de que era digna de ser amada. Una parte de mí sabía, en lo más profundo de mis huesos, que él era capaz de dejarme de forma repentina. Y otra parte más grande de mí, en lo más profundo de mi alma, deseaba que acabara de una vez el calvario que era nuestro matrimonio. Sin embargo, irme nunca fue una opción porque me moría de miedo ante la idea de estar sin él.
Él nunca volvió a casa.
Mi vida se había desmoronado por completo. El 2 de junio no solo marcó el fin de la vida que conocía, sino también el inicio de mi viaje para descubrir qué demonios se necesita para tener una relación sana y duradera. Lo que aprendí me sorprendió y tiene muy poco que ver con la suerte, el universo, la edad o incluso ser una buena persona. En realidad, tiene todo que ver con la relación que tenemos con nosotros mismos. Aprendí que, si queremos una relación significativa llena de conexión, seguridad e intimidad, tenemos que asumir la responsabilidad. Aprendí que una relación es como un espejo: refleja la relación que tenemos con nosotros mismos.
Esto no se trata de sentir vergüenza ni de culparnos. Quiero que te sientas poderoso y sepas que tienes la clave para el cambio que deseas ver en tu vida amorosa. Sí, incluso si te consideras alguien con apego ansioso o evitativo, o si has afrontado algún otro problema contigo mismo, puedes estar en una relación sana. No estás roto, condenado a estar solo para siempre ni a ser eternamente infeliz en tu vida amorosa y no tienes que dejar que tu estilo de apego o tu pasado te limiten.
Cuando conocí a mi exesposo, pensé que era madura y que estaba lista para una relación de verdad amorosa y consciente. Había sido practicante de yoga durante doce años y llevaba ocho como profesora. Había tenido varias relaciones, y entre los desastres sentimentales de mi pasado se incluía una relación abusiva, que había procesado y superado; y había realizado terapia.
Sí, tenía una espina clavada con respecto a mi padre y nuestra relación (hablaré más sobre eso adelante), pero era una espina que creía que nunca desaparecería, así que me había adaptado a vivir con ella. Tenía un esquema claro de lo que creía que debía ser una relación: encontrar a la persona que te haga sentir mariposas, asegurarte de que te trate bien, y cuando te cases, tendrás un compañero de vida.
Mi matrimonio duró solo dos dolorosos años. Resulta que ser una maestra de yoga inteligente, intuitiva y amable, que había realizado terapia antes, no era suficiente para que un matrimonio funcionara. Tenía grandes puntos ciegos y, a pesar de todos mis estudios sobre la conexión mente-cuerpo y de ser consciente de que tenía problemas con mi padre, mi vida amorosa se había convertido en un auténtico caos. Ese caos me motivó a profundizar en partes de mí misma que nunca antes había considerado, incluidos mis emociones, creencias, miedos y comportamientos.
Lo que faltaba en mi esquema de relaciones era esta realidad: la relación que tenemos con nosotros mismos es la más importante que jamás tendremos, y tendremos que trabajar continuamente en ella para superar las barreras que nos impiden alcanzar una verdadera intimidad emocional con otra persona.
La lección más valiosa que aprendí sobre las relaciones a partir de mi matrimonio fue que ninguna relación tiene una oportunidad si no miramos hacia dentro y hacemos el autoanálisis necesario para que funcione. Cuando mejoramos la relación que tenemos con nosotros mismos, mejoramos nuestras relaciones con los demás: esta es una verdad absoluta.
Durante más de veinte años, he ayudado a las personas a sanar sus relaciones consigo mismas y con los demás. Mi camino para convertirme en coach de relaciones comenzó, quizá de forma inesperada, sobre una esterilla de yoga. Empecé mi trayectoria como profesora de yoga en la ciudad de Nueva York, trabajando en uno de los estudios más populares de la ciudad. Allí impartía clases grupales y también trabajaba de manera individual con personas, parejas y familias. Ayudaba a las personas a sanar su dolor. Para algunas personas, era dolor en los hombros; para otras, dolor de espalda o lesiones en los isquiotibiales; pero en todos los casos, también había un dolor emocional.
La calidad de nuestras vidas está determinada en gran medida por nuestros hábitos y patrones diarios. Tenemos hábitos que nos mantienen estables y saludables, como cepillarnos los dientes, bañarnos, acostarnos y levantarnos a ciertas horas, beber agua durante el día, comer bien y hacer ejercicio. También tenemos hábitos relacionales, como cenar con nuestra familia cada semana, dar un abrazo y un beso de buenos días a nuestra pareja o cónyuge, ver a nuestros amigos ciertos días de la semana, enviar mensajes diarios a nuestros seres queridos y retribuir a nuestra comunidad local. Nuestros hábitos están, en su mayoría, estructurados para satisfacer nuestras necesidades de estabilidad, conexión y, para algunos más que otros, diversión.
Además de nuestras rutinas diarias y semanales, todos tenemos hábitos físicos que impactan en nuestra fisiología. Es común observar a personas con los hombros encorvados y la cabeza y el cuello inclinados hacia delante y hacia abajo. Esto es causado por un exceso de pensamiento y preocupación (una epidemia en la cultura occidental) y por el uso constante de nuestros teléfonos; también es un signo común de depresión, ansiedad o fatiga.
Los estudiantes de yoga aprenden que no solo el cuerpo es una ventana a nuestro estado emocional, sino que también, a través del cuerpo, podemos cambiar nuestro estado emocional. Esto significa que, con movimientos específicos combinados con la respiración, podemos entrenar a nuestro cuerpo y mente para encontrar más equilibrio, fortaleza y paz.
Como profesora de yoga, tenía tres dones: 1) podía identificar casi de inmediato el patrón físico de una persona; 2) podía encontrar su equivalente emocional (como el estrés o la preocupación); y 3) podía enseñar con claridad a mis estudiantes cómo romper ese patrón y reemplazarlo por uno nuevo que trajera más facilidad a sus cuerpos y, por ende, a sus vidas.
Y, en particular, enseñar yoga a parejas fue revelador. A menudo, en los primeros diez minutos de una sesión, podía ver y sentir su estrés, además de cómo sus mentes estaban dispersas y desenfocadas; a veces, incluso discutían frente a mí. Sin embargo, sin excepción, al finalizar la hora, se tumbaban uno al lado del otro en la postura final de relajación llamada «savasana», profundamente relajados y tomados de la mano. Enseñar y practicar yoga me enseñó que cuando nos sentimos mejor, nuestras relaciones mejoran, incluida la que tenemos con nosotros mismos.
Lo que no sabía en ese momento era que enseñar a las personas cómo aliviar su dolor y sentirse más cómodas en sus cuerpos me estaba preparando lentamente para un viaje que nunca imaginé que emprendería. Comencé a dar coaching de relaciones dentro de la misma comunidad de yoga donde enseñaba. Sabía que dominar una nueva habilidad requería miles de horas de práctica, y no quería perder ni un solo momento. Quería ser experta en esto y quería ver cómo podía convertirme en una especialista lo más rápido posible, y sabía que la única forma de lograrlo era trabajando con tantas personas como pudiera. Mi propia experiencia al ir a terapia de pareja con mi exmarido no fue útil, principalmente porque no se nos pidió asumir la responsabilidad por nuestra contribución al deterioro de nuestra conexión. Tampoco se nos animó a compartir abierta y honestamente nuestros miedos y necesidades más profundos. Pasar por esta experiencia me hizo pensar que debía de haber una mejor manera de ayudar a las personas con sus vidas amorosas.
Gracias a mi profundo conocimiento como profesora de yoga, comprendo la relación entre la mente y el cuerpo. Entiendo que cómo nos sentimos físicamente afecta a nuestras emociones, y cómo nos sentimos emocionalmente afecta a nuestros cuerpos. También sé que la respiración es una puerta de entrada tanto para calmar como para activar nuestro sistema.
Sé cuándo alguien contiene la respiración; puedo notarlo incluso durante una conversación telefónica con esa persona. Sé cuándo alguien está apretando la mandíbula o rechinando los dientes; puedo leer la tensión. Un cuerpo tenso equivale a una mente tensa. Una mente tensa equivale a un cuerpo tenso. Esa tensión que sentimos en el cuerpo es una señal de algún tipo de desequilibrio, porque la tensión es la respuesta del cuerpo a sentirse inseguro o fuera de control.
A menudo les digo a mis clientes: «Inhala profundamente; exhala lentamente». A veces les sugiero: «Tómate un momento para relajarte en este mismo instante. Levántate, sal un rato, toma un vaso de agua». Esas pequeñas acciones cambian el estado del cuerpo, y automáticamente nos encontramos en un estado emocional diferente. O puedo relajar el ambiente un poco y hacer reír a los clientes, porque la risa es una excelente manera de liberar la tensión. Después de eso, son capaces de ver sus circunstancias de una manera diferente. En ocasiones, hablo con cada uno de mis clientes mientras damos un paseo juntos, porque caminar con alguien es una actividad poderosa para regularse emocionalmente en conjunto. Muchas personas piensan con más claridad cuando están en movimiento, y caminar es beneficioso para la circulación sanguínea y ayuda a estar más alerta y relajado al mismo tiempo.
Antes de convertirme en coach de relaciones, pasé casi veinte años estudiando cómo la mente y el cuerpo son uno solo. Mi capacidad para prescribir ciertos movimientos o ejercicios de respiración, que ayudan a los clientes a sentirse más fuertes, claros y centrados, es lo que me hace única como coach de relaciones.
Creo que la relación entre maestro y alumno es sagrada. La icónica película Karate Kid es una hermosa demostración del poder del coaching y de lo importante que es tener al menos una persona en nuestras vidas que pueda enseñarnos a dominar una habilidad. He tenido la bendición de contar con mentores increíbles, desde mis profesores de yoga hasta los mentores que me ayudaron a transformar mi vida y que continúan guiándome hacia un dominio más profundo en mi enseñanza y coaching. Creo con honestidad que, cuando el alumno está listo, el maestro aparece. Si estás leyendo este libro, me siento afortunada y honrada de tener la oportunidad de ser tu mentora, para poder guiarte hacia tu propio dominio y transformación.
Cualquiera puede estar en una relación, pero construir una relación buena y sana con alguien es una habilidad completamente distinta que nadie nos enseña a dominar. Nadie nos enseña de forma directa cómo elegir a nuestras parejas. Nadie nos enseña cómo amar cuando tenemos miedo, estamos desbordados, enfadados o estresados. Muchos de nosotros no aprendimos a querernos a nosotros mismos, incluso cuando alguien dejó de amarnos. Y hay quienes nunca aprendieron que una relación está destinada a apoyar a nuestro sistema nervioso, no a destrozarlo.
Si queremos mejorar nuestras relaciones, debemos afrontar nuestros miedos y estar dispuestos a cometer errores. No hay forma de evitarlo: ese es «el trabajo». Sin embargo, para ser claros, cada uno de nosotros es un trabajo en progreso, y nuestra tarea no es volvernos invencibles. No tenemos que ser por completo valientes, libres de traumas y felices todo el tiempo para tener una relación sana y plena.
Aunque la consciencia es clave, no podemos quedarnos ahí. Podemos tener toda la consciencia del mundo y ser capaces de recitar nuestros traumas a la perfección, pero si no sabemos cómo trascender aquello que nos ha estado frenando para tener relaciones amorosas y sanas, nos sentiremos atrapados e infelices. Creo que todos deberíamos trabajar en nosotros mismos en algún momento de nuestras vidas. ¿Cuál es el trabajo interno que debemos hacer para tener una vida amorosa extraordinaria? Bueno, no es lo que muchas personas piensan que es. Por eso decidí escribir este libro.
No importa si estás soltero, si has atravesado una reciente ruptura o si deseas mejorar la relación en la que estás. No importa cuál sea, o no sea, tu historial de relaciones. Voy a mostrarte por qué has luchado en tu vida amorosa y qué puedes hacer al respecto. Puedes tener una relación sana y plena, y voy a enseñarte cómo lograrlo.
En este libro encontrarás nueve verdades sobre el amor y las relaciones que cambiarán tu vida:
Verdad 1: Todo empieza contigo.
Verdad 2: La mente es un campo de batalla.
Verdad 3: El deseo no es lo mismo que el amor.
Verdad 4: Tienes que amarte a ti mismo.
Verdad 5: Debes hablar y decir la verdad.
Verdad 6: Necesitas ser tu mejor versión (incluso después de la luna de miel).
Verdad 7: No puedes convencer a alguien de que te ame.
Verdad 8: Nadie vendrá a salvarte.
Verdad 9: Debes hacer las paces con tus padres.
Compartiré estudios de casos reales de clientes que, con valentía, se miraron al espejo y trabajaron de forma ardua para implementar estas verdades en sus vidas. De hecho, todo lo que comparto y enseño en este libro es exactamente lo que he enseñado a mis clientes particulares. Aunque muchos de mis clientes han sido mujeres, las lecciones son para todos, independientemente del género u orientación sexual.
Al final de cada capítulo, encontrarás sugerencias para reflexionar en un diario, diseñadas para despertar tu autoconciencia, así como pasos prácticos que te ayudarán a reprogramarte para lograr los cambios que necesitas hacer.
Llegué a estas nueve verdades a partir de mi propia transformación y de diez años de coaching a miles de personas sobre sus vidas amorosas. Algunas verdades pueden ser más dolorosas que otras, pero si abres tu mente y tu corazón al mensaje de cada una, iluminarán tu camino hacia un amor sano y, en última instancia, hacia el amor propio.
Todo empieza contigo.
No podemos sanar nuestra vida amorosa sin sanar la relación que tenemos con nosotros mismos. Cada relación que hemos tenido tiene algo en común: nosotros. Sé que esto puede ser difícil de aceptar, pero es necesario. Sin entender esta verdad, seguiremos sintiéndonos impotentes, frustrados y víctimas en nuestras relaciones, y esto no se trata de culpar ni de sentir vergüenza; se trata de empoderarnos.
Es reconocer que, en lugar de estar a merced de nuestra infancia y de nuestras relaciones pasadas, en realidad tenemos la llave para cambiar lo que deseamos en nuestras relaciones. Es darnos cuenta de que cada desamor y cada decepción que hemos experimentado intentaban enseñarnos algo sobre nuestros miedos, patrones y creencias que han estado saboteando nuestras oportunidades de tener una relación plena.
Entender esta verdad fundamental también significa reconocer que tenemos mucho más poder sobre nuestras relaciones de lo que creemos: al cambiarnos a nosotros mismos, tenemos el poder de cambiar nuestras relaciones. Asumir la responsabilidad de nuestra vida amorosa es lo que sana y transforma por completo la manera en que nos vemos; pasamos de sentirnos indefensos y sin poder a tener regulación y control. Al asumir la responsabilidad, nos elegimos a nosotros mismos.
Todo cambió en mi vida cuando reconocí que todas mis relaciones pasadas tenían algo en común: yo.
Tu vida también cambiará cuando te des cuenta de que tus problemas de pareja no se deben a que «todos» son infieles, sino a que sigues ignorando las señales de alerta y eligiendo a quienes son infieles. El problema no es que «todos los buenos ya están ocupados»; es que continúas eligiendo a personas emocionalmente no disponibles. No se trata solo de que ellos no te eligieran; es que tú no te has elegido a ti mismo. Y no es únicamente que ellos sean evitativos; tu ansiedad también puede desempeñar un papel importante.
A veces, las relaciones no funcionan. Todos tenemos patrones que no nos benefician ni a nosotros ni a nuestras parejas, porque todos llevamos a cuestas nuestro equipaje emocional. La verdad es que todos hacemos lo mejor que podemos con el nivel de madurez y experiencia que tenemos. Eso es exactamente lo que este libro te ayudará a cambiar: te mostrará cómo crecer de maneras que nunca imaginaste posibles. Las herramientas que aprenderás y los conocimientos que adquirirás te enseñarán a convertirte en un verdadero maestro de tu vida romántica.
A lo largo de todo este libro, se te recordará esta verdad simple pero transformadora: todo empieza contigo. Si deseas una relación amorosa, sana, solidaria y emocionante, tu tarea es seguir intentando ser la versión más valiente y mejor de ti mismo. Tienes que ser el amor que deseas amplificar y debes comunicarte a un nivel que supere tus propias expectativas. Si estás en una cita, debes ser auténtico por completo, incluso cuando tus rodillas tiemblen por la atracción. La verdad es que, incluso si terminas con la pareja con la que siempre soñaste, aún tendrás que enfrentar a tus demonios; tendrás que enfrentarte a ti mismo, todo el tiempo. Una relación madura exige que demos un paso adelante, y nos requiere madurar más allá de nuestras zonas de confort y mejorar nuestra inteligencia emocional. Esto significa que, en lugar de diagnosticar a la otra persona, hagamos una respiración profunda, demos un paso atrás y veamos si nuestro propio papel en la dinámica está contribuyendo a la seguridad emocional de la relación. Dicho de manera sencilla, si quieres transformar tu vida amorosa debes mirar hacia dentro: esa es la única manera.
Cuando Jennifer vino a mi encuentro, era una exitosa mujer de treinta y siete años con una carrera en política y dos hijos pequeños. Jennifer es extremadamente inteligente, atractiva y muy autosuficiente. Su problema era que todos los hombres con los que había estado le habían sido infieles.
Jennifer estaba aferrada a dos creencias: 1) todos los hombres engañan y, por lo tanto, no se puede confiar en ellos, y 2) ella no era capaz de estar en una relación sana. Afrontaba un gran conflicto interno: por un lado, se había convencido de que estaba mejor sola, pero, por otro lado, deseaba desesperadamente tener una relación estable y saludable. Esta era una batalla interna que Jennifer había estado librando durante muchos años.
El deseo de Jennifer de estar en una relación a menudo superaba su miedo a estar en una, y así comenzó a salir con Tony, un hombre amable, comprensivo, honesto y responsable, además de padre. Presté mucha atención a su comportamiento para detectar cualquier señal de disfunción, pero, basándome en los relatos detallados que Jennifer me hacía sobre su noviazgo, no pude encontrar ninguna.
Cuando empezaron a pasar más tiempo juntos y se convirtieron oficialmente en pareja, Jennifer, no Tony, comenzó a desmoronarse. Jennifer era una bomba de tiempo emocional lista para explotar. Se mostraba obsesiva y celosa, a pesar de la transparencia de Tony, y entraba en espirales de ansiedad cada vez que Tony hablaba con alguna mujer. En esos estados, su mente distorsionaba la realidad, y se convencía de que tenía justificación para decirle a Tony cómo debía manejar algunas de sus amistades. Luego creaba todo un guion de lo que le diría para que «entendiera» por qué no se sentía cómoda con que él hablara con otras mujeres.
Durante una sesión por Zoom, pude ver que su sistema nervioso estaba desregulado por completo. Tenía los hombros casi a la altura de las orejas, la mandíbula tensa y hablaba muy rápido y en voz alta sobre cómo Tony aún no le había respondido un mensaje sobre los planes para el fin de semana. (Era apenas jueves, y Tony siempre le respondía).
Mientras la escuchaba, sentí cómo mi propio cuerpo se tensaba y se inundaba de ansiedad. Tuve que actuar rápido para recuperar el control de nuestra sesión.
—Bien, espera, Jennifer —le dije—. Esto no tiene nada que ver con Tony y todo que ver contigo.
—Pero… —respondió ella. Su cuerpo se puso aún más rígido y tenso.
—No —la interrumpí—, estás a punto de sabotear gravemente esto, y sé que no quieres eso. Así que, por favor, respira profundo —le pedí mientras yo misma tomaba una respiración profunda.
La observé mientras tomaba una gran inhalación por la nariz.
—Eso es, ahora exhala lentamente por la boca —la animé con tranquilidad.
Vi cómo su cuerpo se relajaba, y también sentí cómo mi propio sistema nervioso se calmaba.
—Bien, por favor, saca una hoja de papel y un bolígrafo.
Durante la hora siguiente, le pedí a Jennifer que escribiera en detalle todas las señales de advertencia que había ignorado en sus relaciones pasadas con hombres que la traicionaron; está de más decir que la lista era muy larga. Las banderas rojas en su lista incluían: alcoholismo, haber engañado a sus exparejas, no hablaban con sus hijos, tenían problemas de gestión de la ira, incapacidad para mantener un empleo. Todas eran señales que había descubierto tan solo en los primeros meses de salir con estos hombres.
—El problema no es que todos los hombres engañen, Jennifer. Has estado eligiendo a los que lo hacen y te has sentido atraída por hombres con muchos problemas significativos sin resolver, y por eso tienes un historial de relaciones turbulentas. Ahora, por favor, escribe cómo contribuiste a la disfunción de estas relaciones.
Al final de nuestra sesión, Jennifer había llenado una página entera con ejemplos de cómo había contribuido a los problemas de sus relaciones pasadas: desde beber demasiado y provocar discusiones, hasta ser manipuladora, necesitar una tranquilidad constante, actuar como una persona sumisa, y no comunicar ninguna de sus necesidades.
Sabía, por supuesto, que tendríamos que explorar juntas por qué repetía estos comportamientos poco saludables, pero primero necesitaba despertarla de su proceso de pensamiento autodestructivo. Sin asumir la responsabilidad, Jennifer nunca podría estar en la relación que merecía; sin responsabilidad, nada cambiaría.
—Guau —dijo Jennifer después de revisar de forma detenida sus notas de nuestra sesión—. Acabo de darme cuenta de algo: supongo que siempre he tenido tanto miedo de no ser suficiente, de que nunca sería suficiente para que un hombre se quedara conmigo, que por eso, de alguna manera, sentía que no merecía una relación sana.
Este fue el momento de revelación que transformaría la vida amorosa de Jennifer.
Cuando tenía once años, mi padre, que es psiquiatra, publicó un libro titulado The Difficult Child. Rápidamente destacó como uno de los libros más influyentes sobre psicología infantil de su época y se colocó en las librerías junto a obras de reconocidos psicólogos infantiles como el Dr. Spock. Mi padre fue invitado dos veces al programa The Oprah Winfrey Show: una para promover y hablar de su libro, y la segunda porque se había convertido en el experto de confianza de Oprah en diversos temas relacionados con los niños.
¿De qué trataba el libro? De mí.
Cuando era bebé, lloraba todo el tiempo y no seguía un ritmo circadiano constante. De niña, necesitaba mucha estructura, odiaba la sensación de ciertos tejidos en mi piel, y durante meses solo comía sándwiches de mortadela en el almuerzo y espaguetis con salsa de carne en la cena. También tenía berrinches de modo constante. Mis hermanas, en cambio, eran más «normales»; una era mucho mayor que yo, y la otra, aunque también mayor, tenía una naturaleza mucho más tranquila.
Mi padre, siendo psiquiatra infantil, quería entender por qué me comportaba de esta manera: por qué yo era la niña en el parque que, «sin un motivo aparente», estallaba en gritos, llantos y descontrol, dejando a mi madre en estado de pánico mientras intentaba calmarme; al final, siempre lo lograba. Así que mi padre me puso bajo el microscopio, me estudió y me diagnosticó como una «niña difícil».
Mi padre escribió que los «niños difíciles» nacen así, tranquilizando de este modo a los padres al asegurarles que no son fracasos. Les proporcionó herramientas para lidiar con los «niños difíciles», que incluían estructura, comunicación específica y más. Finalmente, mencionó que yo tenía otras cualidades: era graciosa, imaginativa e inteligente, y me relacionaba bien con otros niños (¡así que no todo estaba perdido!). Luego añadió que, para cuando cumplí once años, en realidad superé ser «difícil» y me convertí en una niña «normal» y bien adaptada, lo cual ofrecía a los lectores una esperanza con sus propios niños difíciles.
Pero, aunque dejé de ser «difícil», la identidad fue difícil de dejar atrás. Me llamaron así durante toda mi infancia e, incluso en mi juventud, conocía padres que, después de saber mi nombre, exclamaban emocionados: «¡Dios mío, leí el libro de tu padre!».
Yo no era Jillian: yo era difícil.
Así es como llegué a sentir que no era suficiente.
Para sanar nuestra vida amorosa y aprender a cocrear una relación sana con alguien, primero debemos entender que todos tienen miedo de no ser lo suficientemente buenos de alguna manera: no ser lo suficientemente atractivos, inteligentes, delgados, geniales, ricos, sensuales, exitosos, sencillos o divertidos. Y, en especial, tememos no ser lo suficiente para la persona con la que estamos en una relación o incluso tan solo saliendo. No importa cuál sea tu estilo de apego: nadie quiere ser rechazado o abandonado, y haremos casi cualquier cosa para evitar que eso nos suceda. Nos aferramos, mentimos, complacemos, evitamos, gritamos, lloramos, nos cerramos, fingimos ser alguien que no somos, planeamos estrategias, manipulamos, nos aislamos, o terminamos la relación primero solo para no tener que afrontar el inmenso dolor de que alguien pierda interés en nosotros o deje de querernos.
A medida que continuamos trabajando juntas, mi paciente Jennifer decidió terminar su relación con Tony porque, aunque se preocupaba mucho por él, y a pesar de que él no la engañó ni mostró los comportamientos tóxicos de las parejas anteriores de Jennifer, no estaban alineados en algunos objetivos clave. Él quería tener más hijos; ella no. Él quería mudarse a otra ciudad; ella no. Pero, a diferencia de sus relaciones tóxicas pasadas, esta vez salió de la relación con claridad mental y estabilidad. En lugar de aferrarse a una relación que no era adecuada para ella por miedo a estar sola, decidió que estar sola era mucho mejor y más sano que permanecer en una relación que no era la correcta. Es cierto que Tony representaba una pareja mejor que las anteriores, ya que no era profundamente disfuncional, pero aun así no era el adecuado para ella. Lo importante era que Jennifer ahora entendía que merecía una relación sana con la pareja correcta. Esto fue un gran avance para Jennifer, y, por primera vez, terminó una relación y abrazó la idea de estar sola hasta que fuera el momento adecuado para volver a salir y conocer a la persona correcta para ella. Por primera vez en su vida amorosa, estaba eligiéndose a sí misma.
Ayudé a Jennifer a encontrar formas significativas de satisfacer sus necesidades y nutrir su relación consigo misma en lugar de obsesionarse con encontrar a un hombre (te daré más detalles en la Verdad 4). Comenzó nuevos proyectos, trabajó en su jardín y pasó más tiempo de calidad con sus hijos. Históricamente bastante reactiva, Jennifer practicó la atención plena tomando respiraciones profundas antes de reaccionar ante los desencadenantes. Aprendió que la paz, la comunicación y la honestidad eran ahora sus valores más importantes, y se comprometió a permanecer soltera hasta conocer a alguien que compartiera esos valores. La mayor fortaleza de Jennifer era su responsabilidad personal y siempre estaba dispuesta a mirarse en el espejo, reflexionar sobre sí misma y ser increíblemente honesta conmigo y, lo más importante, consigo misma. Esta fortaleza la llevó a cambiar la forma en que elegía a los hombres y a transformar cómo se presentaba en sus relaciones. En el pasado, se comprometía con facilidad con el primer hombre con el que tenía alguna conexión. Cuando comenzó a salir con alguien nuevamente, durante nuestro trabajo juntas, se hizo una promesa a sí misma: solo involucrarse con alguien si compartía sus valores de paz, comunicación abierta y honestidad. Nunca olvidaré cuando me dijo:
—Jillian, esperaré las semanas, meses o años que sean necesarios para conocer a un buen hombre que comparta mis valores. Mientras tanto, me concentraré en mis hijos, en el trabajo y en mis increíbles amigas. —Mis ojos se llenaron de lágrimas. Esta fue una gran victoria para una mujer que alguna vez creyó que todos los hombres engañaban y que también temía estar soltera. Al asumir la responsabilidad de sus elecciones y su comportamiento, Jennifer aprendió a elegirse a sí misma. Resulta que solo le llevó unos pocos meses conocer al hombre con el que sigue construyendo una relación sana y segura hoy en día.
Una gran parte del proceso de sanación es aprender a aceptarnos a nosotros mismos a pesar de nuestras imperfecciones. Sanarnos de manera relacional significa que, aunque indefectiblemente habrá momentos en los que nos sintamos inseguros y no lo suficientemente buenos, aprendemos a responder a nuestros miedos de manera diferente, de forma que ya no dominen ni definan nuestras relaciones. El primer paso, entonces, es entender cómo nuestras luchas personales se manifiestan en patrones que impactan de modo negativo en nuestras vidas amorosas. Debemos entender las maneras en que luchamos para sentir que somos suficientes y cómo nuestro miedo impacta en nuestras relaciones. Si quieres entender tus patrones, necesitas saber qué haces habitualmente y las elecciones que tomas cuando te sientes inseguro y temes que el amor te sea negado, o que no seas elegido por alguien que deseas.
Cuando estamos comprometidos a tener una relación sana, no estamos por juegos. Es en verdad así de simple.
—Él quiere separarse por unos meses para ver si estar separados es lo mejor —dijo ella, sollozando, en los primeros diez minutos de nuestra sesión por Zoom.
—¿Por qué quiere separarse? —pregunté.
—Porque dice que llevamos más de un año intentando mejorar nuestra relación, pero él cree que no está funcionando. Yo le repito que es porque él no está haciendo el esfuerzo.
Christina es una bella masajista de treinta y cuatro años que vive en Brooklyn. Es elegante, inteligente, ingeniosa y genial. Le encantan el yoga, el arte, los viajes y las largas cenas con amigos donde hablan sobre el amor y el sentido de la vida. Podría haberme visto siendo amiga de ella en el mundo real, en especial cuando era profesora de yoga y vivía en Brooklyn. Era de «mi tipo de gente». Llegó a mí ansiosa y devastada porque su marido desde hace cuatro años, Brad, le había pedido una separación temporal. Nuestra primera sesión fue básicamente ella desahogándose y yo escuchándola con empatía.
—Jillian —dijo bruscamente entre lágrimas—, es totalmente evasivo. No se comunica, y, cada vez que quiero hablar sobre un problema, él solo pone alguna excusa de que está demasiado ocupado para hablar. Quiero arreglar nuestro matrimonio. Quiero luchar por nuestra relación, pero no puedo hacerlo sola.
Creí lo que Christina me decía y quería decirle:
—¡Claro que no puedes hacerlo sola! ¡Que dé la cara! Tiene que dejar atrás esa tontería de evadir el problema y dar un paso adelante.
Por suerte, no dije eso. La verdad es que es fácil creer la historia de un cliente, y yo soy el tipo de coach que siempre respaldará a su cliente. Pero respaldarlo no significa estar de acuerdo, sino ayudarlo. En ese momento tuve que recordar las enseñanzas de mi sabia mentora: no proyectes tu experiencia personal en tu cliente, siempre cuestiona la historia que se cuenta a sí mismo y recuerda que siempre hay otra versión de la historia (excepto en casos de violencia y abuso). Entendí a Christina y entendí su frustración, pero la sabia maestra que hay en mí sabía que debía haber más en esta historia. No dudé sobre los problemas de su marido, pero a medida que profundizaba con Christina, me pregunté: ¿podría ella contribuir a lo que no funcionaba aquí?
—Cuéntame qué es lo que no funciona —dije con calma.
—Nos conocimos hace años a través de amigos, pero nunca pasó nada. Luego, como cinco años después, nos encontramos en una cena con amigos en común. Conectamos al instante y comenzamos a salir de inmediato después de esa noche. Nos enamoramos rápido y me sentí tan cómoda a su lado, tan deseada por él. Me sentí elegida de una manera en la que nunca me había sentido elegida antes. Después de un año y medio, nos casamos y todo fue genial durante los primeros dos años. ¡Éramos felices! Pero luego comenzó a distanciarse...
—¿Qué estaba pasando cuando comenzó a distanciarse? —interrumpí.
—No lo sé. Supongo que fue entonces cuando comenzamos a pelear mucho. Estaba muy ocupado en el trabajo, había comenzado su propio negocio y tenía una ética laboral increíble. Siempre me encantó apoyar sus sueños, pero también comencé a sentirme menos importante a medida que él estaba más ocupado y tenía menos tiempo para nosotros. A mí también me gusta mi trabajo, pero prefiero un mayor equilibrio en mi vida.
—Entiendo que ese cambio de recibir tanta atención de él a no recibir tanta te hizo sentir ansiedad —le aseguré.
—Sí, supongo que me puse ansiosa por eso, pero también muy enfadada.
—¿Por qué? —pregunté.
—Me molestaba —respondió rápido.
—¿Y luego qué? —pregunté, prácticamente sentada en el borde de mi asiento. Tan pronto como Christina admitió su enfado y molestia, supe que estaba a punto de descubrir algunos de sus comportamientos disfuncionales en las relaciones. Ser coach es como ser un detective que está tratando de resolver un gran caso. Cualquiera que realmente quiera ayudar a alguien a salvar su relación tiene que seguir haciendo preguntas y escarbando en los estados emocionales, las historias y los prejuicios de su cliente para llegar a la verdad. Los seres humanos somos criaturas complicadas, lo que hace que cada caso sea difícil de resolver. Tuve que escuchar con atención cada detalle que Christina compartió.
—Bueno, cuando me llamaba del trabajo, yo no contestaba. No porque estuviera ocupada, sino para… no sé, ¿para darle un poco de su propia medicina? —Me miró como si fuera una niña a la que acaban de pillar con las manos en la masa—. Sé que suena mal, pero estaba tan dolida. No es un buen comunicador, le gusta que las cosas sean fáciles y, cada vez que le planteo mis quejas, simplemente se distancia más, y eso me hace sentir peor. Hasta que, con el tiempo, explotaba de frustración cada vez que sentía que se alejaba.
Aunque me sentí agradecida e impresionada por la perspicacia de Christina y su sinceridad radical conmigo, sabía que solo escuchaba su versión de la historia. Normalmente, cuando trabajo con alguien que necesita ayuda con su relación, pido reunirme con su pareja al menos una vez. Por desgracia, su marido, Brad, no estaba dispuesto a hacer una sesión conmigo o incluso los tres juntos. Pensaba que ya había ido a suficientes terapeutas y consejeros y que ya estaba harto. No podía culparlo; si nada funcionaba, yo también estaría harta.
Verlos a los dos juntos hubiera sido ideal para mi trabajo con Christina, pero solo la tenía a ella. Mi trabajo era ayudar a Christina a cambiar su patrón, y confiar en que, al practicar el cambio que deseaba ver en su matrimonio, este mejoraría con el tiempo.
Fui totalmente honesta con ella.
—No tengo ninguna duda de que Brad no ha sido el mejor comunicador contigo y que estás herida, Christina. Pero solo te tengo a ti, así que, si quieres intentar cambiar tu relación para mejor, tienes que cambiar algo de tu comportamiento. Todo empieza contigo. No importa cuán asustados, inseguros o frustrados podamos sentirnos; cuando estamos comprometidos a estar en una relación sana, no jugamos juegos, y nos comunicamos. No siempre es fácil, pero así de simple es.
Se quedó en silencio mientras me escuchaba.
El problema de Christina con Brad no era poco común. Cuando estamos en una relación, queremos sentirnos como el número uno de nuestra pareja. Queremos que la relación sea lo más importante para la otra persona. En cuanto algo más se convierte en el centro de atención (como fue el caso de Brad con su negocio en crecimiento), dejamos de sentirnos tan importantes como antes. Y es entonces cuando empezamos a entrar en pánico. Nuestros instintos de supervivencia entran en acción y, en consecuencia, muchos de nosotros empezamos a jugar a juegos de manipulación en un esfuerzo desesperado por recuperar el control que sentimos que hemos perdido en la relación. La mayoría de nosotros, si somos honestos con nosotros mismos, admitiríamos que, en algún momento de una relación, hemos negado el afecto y nuestro amor en un intento por obtener más atención de nuestra pareja. Esta era la estrategia de Christina, ella pensó: Tal vez si finjo que no me importa y me hago la difícil ignorando deliberadamente sus llamadas, él volverá corriendo hacia mí. La verdad es que, si quería más atención de él, necesitaba una estrategia diferente.
—Christina —dije directamente—, tienes miedo de que tu marido, el hombre con el que duermes todas las noches, el hombre al que le has abierto tu alma y al que has entregado tu vida, ya no esté enamorado de ti. Has tenido miedo de esto durante más de un año y conozco este miedo. He sido tú; pero también sé que cuando tenemos miedo, reaccionamos. Él no es un ángel, créeme, lo sé, pero tú también has jugado un papel en esto, y nunca vas a lograr que se acerque a ti castigándolo sin respuesta a sus llamadas o peleando con él. Quiero que te sientas escuchada, Christina. Pero también quiero que lo escuches a él.
Ella comenzó a llorar.
—Pero ¿cómo hago eso?
—¿Todavía lo amas? —pregunté.
—Sí —dijo entre lágrimas—. Es una persona muy especial y un buen hombre.
Me conmovió profundamente su vulnerabilidad.
—Entonces te voy a enseñar —le respondí.
En las semanas siguientes, le enseñé a Christina a comportarse de manera diferente en su relación. Cuando Christina vino a verme por primera vez, creía que todos sus problemas matrimoniales se debían a que Brad estaba demasiado ocupado y se alejaba cada vez que las cosas se ponían difíciles. En su opinión, él era el saboteador de su relación, pero, en las sesiones que siguieron, el papel de Christina en su desconexión se hizo más claro.
Brad a menudo intentaba conectarse con ella, pero era rechazado. Ella navegaba por las redes sociales cuando él intentaba contarle una historia sobre lo que había sucedido en el trabajo. Él la llamaba varias veces al día durante un viaje de negocios y se encontraba con su frialdad o con una queja de que no la llamaba lo suficiente. Cuando le señalé estas cosas a Christina, estaba preparada para su actitud defensiva, pero me sentí aliviada cuando esa no fue su reacción. Christina estaba dispuesta a ver las cosas de otra manera y a ver que ella y su pareja eran parte de una dinámica y, en su caso, no había una víctima ni un villano, solo dos personas que no sabían cómo mantenerse conectadas a través de los desafíos.
Así que le enseñé a Christina cómo construir un puente para volver a su marido. Christina vino a mí porque estaba tratando de forma desesperada de evitar que su esposo la abandonara. La narrativa que tenía era que su marido la había abandonado a ella y a su relación, y que él y su falta de comunicación eran la raíz de sus problemas. En el fondo, no se sentía digna de ser amada, insegura y confundida sobre por qué sus sentimientos hacia ella habían cambiado. Se sentía rechazada. Como resultado, reaccionaba con frialdad, se quejaba constantemente y se negaba a comunicarse con él de manera sincera. Se obsesionó con sus necesidades y no pensó en las de él.
Le propuse un reto de treinta días: satisfacer las necesidades básicas de Brad en cuanto a amor, seguridad y diversión. Esto significaba que tenía que amarlo como lo había hecho en los primeros dos años de su relación y hacerlo sentir querido, elegido y apreciado como ella solía hacerlo. Por supuesto, no quería que Christina abandonara sus necesidades en el proceso, así que nos comunicábamos varias veces por semana para evaluar si su trato diferente a Brad haría que él se sintiera comprendido y se sintiera inspirado a cambiar también. Si no era así, sabía que tendría que ayudar a Christina a seguir adelante.
Por suerte, nunca tuve que hacer eso. Como esperaba, Brad dejó de hablar de separación y, diecinueve días después del desafío de treinta días, aceptó verme para algunas sesiones de pareja. Con mi ayuda, comenzaron a comunicarse de forma más honesta entre sí sobre su dolor, resentimiento y miedos. Él comenzó a planificar noches de citas y a tranquilizar más a Christina cuando ella se sentía desconectada porque él tendría que trabajar todo el fin de semana. Al final de los treinta días, él y Christina estaban planeando escapadas de fin de semana.
