Todo lo que soy capaz de (no) decir - Violeta Vazquez - E-Book

Todo lo que soy capaz de (no) decir E-Book

Violeta Vazquez

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Beschreibung

Este libro recopila diferentes reflexiones y relatos de mujeres, envueltos con verdades internas, dulces y salvajes. Las reflexiones se dividen en cinco ejes vinculares: nuestra relación con parejas, exparejas, madres y padres, hijos, nuestro cuerpo y con nosotros mismos, a través de nuestras fantasías, lo que llamamos "el pensamiento mágico". Todo lo que soy capaz de (no) decir revela la complejidad de nuestra relación con el mundo y la dificultad para llevar a la palabra las vivencias más íntimas y crudas de los vínculos. En un pasaje onírico por temáticas como la maternidad, la belleza, la infancia, la muerte, la decadencia, la rutina, el sexo y la separación, Violeta Vazquez nos trae las voces de múltiples mujeres y de algunos hombres, plasmando una vivencia innombrable en cada página. Un magnífico pasaje por la vivencia más íntima, doméstica, de hastío y desordenada belleza.

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Seitenzahl: 166

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice de contenido

Portadilla

Ellos

Cuerpos

Madres (y padres)

Hijas e hijos

Ex

El pensamiento mágico

TODO LO QUE SOY CAPAZ DE (NO) DECIR

VIOLETA VAZQUEZ

Vazquez, Violeta

Todo lo que soy capaz de no decir / Violeta Vazquez. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-609-745-1

1. Microrrelatos. I. Título.

CDD A863

© Violeta Vazquez 2018

© Editorial Del Nuevo Extremo S.A., 2018

A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina

Tel / Fax (54 11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

ISBN 978-987-609-745-1

1ª edición: septiembre de 2018

Imagen editorial: Marta Cánovas

Diseño de tapa: Leo Perrotta Chico

Fotografías de tapa: Silvina Caserta

Ilustraciones: Clara Izurieta

Fotografías interior: Adriana Lestido

Diagramación interior: Silvia Ojeda

Correcciones: Mónica Ploese

Primera edición en formato digital: Junio de 2019

Digitalización: Proyecto451

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina

Este libro no hubiese sido posible sin el apoyo y el aporte invaluable de Cristian Bertinat, Clara Izurieta, Adriana Lestido, Silvina Caserta, mi editora: Mónica Piacentini, los Lambré y todo el personal de Del Nuevo Extremo.

A los cinco integrantes locos de la familia Soto, porque amarlos es poco.

¿Un libro de ficción?

(En orden del índice) Para mi compañero, mi cuerpo, mi madre, mi padre, mi hija, mi hijo, mis ex, mi pensamiento mágico –no, tachen para mi pensamiento mágico–: si bien encontrarán mucho de nosotros en estos relatos, ninguno representa en su totalidad una vivencia personal. Todos están integrados, haciendo un trenzado entre lo propio y lo ajeno. Me abro a las voces de otras mujeres (y de algunos varones) que no soy, no fui, ni seré; donde el relato se transforma en una reflexión colectiva sobre el estar en el mundo. Todo lo que soy capaz de (no) decir es aquello que muchos estamos susurrando, mostrando y ocultando.

VIOLETA

ELLOS

Algo que decir de esa gente

Adriana Lestido. La Salsera, 1992

Los ojos más puros. Cambian de color según el tiempo. La boca delineada, el pelo desalineado. La misma remera que hace veinte años. Las cuerdas sonando en su guitarra. La inabarcable inteligencia, teórico-práctica. La capacidad de arregla-todo. Los juegos de palabras. Cadencia escorpiana: sencillamente entrometido, curiosamente enlaberintizado. Niño con ropas de razonable. Aterrado con boinas de caminante. Hecho a sí mismo, siempre pudiendo. Cuando no puede, pudiendo. Cuando no sabe, sabiendo. El control de mi botonera. Mil veces remendado. Le regalo un suspiro, un hallazgo...

¿Quién soy después cuando caigo en la red... de pretender tener los pies en donde estés, querer bailar cuando querés, quedarme sola en tu doblez?... Busco todo el tiempo tu mirada, días que no paro de correr, vivo de esperar una llamada, ya no se ni dónde van mis pies.

ANA PRADA

Nihilista. Él dice que soy nihilista. Yo le digo controlador. Él tomó entre sus brazos a mi fea y miserable niña abandonada. La tuvo ahí, le hizo padecer algunos maltratos –propio de su querible niño herido–, pero la tuvo ahí, despojada de soledad, la trajo del olvido. Y me dicen que sola voy a estar mejor. No, señores, a un hombre que te rescata del olvido no se lo suelta porque sí.

La química del enamoramiento es capaz de arrasar con cualquier humano equilibrado. Que sea necesario pasar por esa química, tan parecida al apego mamá-cría que tanto defiendo, es discutible. Pero después, cuando el cuerpo biológico ya no te acompaña, empieza el cuento a contarse (como siempre, todo empieza cuando el cuerpo ya no te acompaña). El amor se cocina, se condimenta, se diseña, se lleva a cabo, se frustra. El amor es una empresa con mejor prensa. El amor puede solidificarse y crecer como una planta convirtiéndose en árbol, pasando por etapas de sequía y otras de frutos colorinches. Sin embargo, pienso, que hasta que la planta consiga sorprender su curso hacia la luz de las alturas, debe atravesar todos los fantasmas de sus raíces. En ese trajín, si una ha hecho una empresa con la ilusión –comprensible– de no repetir la escena temida de la infancia, algo así como no morir sola, no morir de miedo, no morir por falta de apego; el amor suele ser un camino a la autoaniquilación.

Vamos adentrándonos, con sofisticación, en el escape de aquello que alguna vez añoraremos como «el propio yo», como el pertenecerse a una. Escapando del devaluado «sí mismo» y en busca de ser la mitad de algo distinto.

Esperamos ser arrasadas por el amor, hasta el punto de no desear a ningún hombre nunca más, hasta el punto de estar colmadas por ese único falo. Esperamos que ese marido nuestro no desee a otra mujer jamás. Después, con el pasar de las semanas, cuando reaparece el deseo interior, nos sentimos unas locas perversas con pensamientos desagradecidos –como salir corriendo a la calle de vez en cuando, para comprobar si podemos sobrevivir solas dentro de nuestra cabeza–.

Ni los hijos, ni las parejas han podido completarme ni llenarme de plenitud, aunque sí me dieron un lugar en el mundo, un quehacer doméstico. Ellos son obstáculos adictivos, son encerronas políticamente correctas. Ellos son mucho más decolorados y comunes de lo que parecen en Instagram. Nunca pude hacer mucho con eso.

Terapia transpersonal, psicoanalítica, cognitiva, gestáltica, sistémica, chamánica, conductista, corporal, bioenergética... y nunca pude hacer mucho con eso.

¿Qué se hace cuando una se siente particularmente exhausta de ser quien es?

Lo quiero. Estoy loca por él. Me bajaría la luna, yo me quedo por mucho menos. Su cabeza es infinita. Sus saberes, diversos. Su mirada es perdida. Su pelo, rizado. No tengo cómo huir de la temperatura de sus labios, como con unas líneas de fiebre. Me tiene encantada. El hechizo será eterno. Es un hombre laberinto, es impacto, es mi tiempo. Tiene, su cuerpo, mi tamaño, y su inconsciente, mis conflictos. Tiene en su alma mi nombre y si no fuese ni parecido a como lo estoy nombrando aún lo estaría eligiendo.

El primer año de pareja opté –¿opté?– por dedicarle cada exhalación. Todo en su nombre. Decidí olerlo, comerlo, chuparlo, mimarlo, pensarlo, comprarlo. Lo demás, el telón de fondo. Yo, su perra-madre-compañera. Él, mi promesa de destino. Dos perfectos desconocidos entregándose cuerpo, alma y cicatrices. Ansias desesperadas de un poco de carne disponible. Y después dele con que «todavía no te conozco, no sé cuán loca podés llegar a ser». Me conoce, me conoce bien por los meses que ando desnuda cruzándome por sus valores y desilusiones. Esto es lo que hay, ¿cuántas vueltas más le quedan a su calesita de la desilusión sin decidir marcharse? Me sigue corriendo con la argumentación, cuando sabe que es una cuestión olfativa. De acá nadie sale ileso, con él o sin él, alto es el precio.

Inhalo. Me digo muchas cosas, todo el tiempo. Exhalo. Tenemos un hijo.

Que prime el caos, proteja el caos, el caos es aquel orden que te contiene y te corre de tu pequeño orden. El caos es el primer orden. Que prime el error, el error es el éxito de la inteligencia que te contiene, el error te corre de tu pequeño éxito. El error te elonga la identidad, la hace más inclusiva, a fuerza de ver cómo funcionan verdaderamente las cosas. Las cosas se ven en su función cuando no se arreglan. Allí donde todas las estrategias fracasan, primero hay horror, después entrega y después la fuerza, que no es ni exterior ni interior. Se hace lugar la fuerza, entre los dos.

¿Una pareja no es quien, de alguna manera, acredita que uno es alguien y está en la tierra?, ¿no es quien, con su mirada, te descubre comiendo, despertando, reflexionando y te pone una referencia para diferenciarte en la vida? No, eso es un padre. Entonces, ¿un novio no es quien, por medio de su mirada, te da sustancia, continuidad, rol, identidad?, ¿no es el cuerpo de una su campo de batalla, donde se juegan todas sus frustraciones y sus añoranzas? No, eso es un hijo. Entonces, un novio, ¿qué es un novio?

¿No te da pudor seguir marcándome los errores y seguir pidiéndome que cambie cosas? Por más «para bien» que sea. ¿No te empalaga? A mí sí. Y si te arrojás con eso después de darme una suave y erótica caricia, me afloran las llagas, como meter la mano en un incendio y sentir que ese calor es lo más parecido al verano perdido.

Caés sobe mí como toneladas de agua y estrujás mi núcleo como yo me estrujo el pelo para no chorrear al salir de la bañera. Somos vos y yo, cada uno a un lado de los restos de este amor. Cuanta más cortesía, más terror.

¿Qué cura la locura?

Es una grieta que empieza a filtrar humedad en una sociedad rígida, en un objetivo olvidado. ¿Qué cura tu locura?, tu locura comprometida y diagnosticada... ¿cura la sangre tóxica de una familia dividida? ¿O simplemente la delata? ¿Expone nuestras elecciones viejas de cada día? ¿Qué curás con la locura? ¿Tu hipersensibilidad al contacto, tu miedo a hacerte libre, tu dolor de no haber sido cuidado? ¿A quién cuidás con tu locura? A los que nos tocó el papel de hacernos cargo de vos, de estar bien cuerdos, de saber cada número de la credencial de tu obra social. ¿Qué cura tu locura? La ensalada de eventos externos que nos distraen de la más profunda quemadura.

Olés a piel muerta, a piel herida, necrotizada, en carne viva. ¿Qué hacemos ahora? Hay que ocuparse de vos, de tu locura, y la mía debe quedar latente, dormida. Vamos a retrasar mi cura, hasta el momento en el que no quede más tiempo. Cuando se nos acabe el crédito, vendrá mi cura. Con mucha locura.

Nada de su cuerpo me produce asco, nada de su andar, de lo que puedo ver, sentir, oler, gustar. En cambio, me asqueo de su lenguaje abultado, de sus argumentaciones indiscutibles, de su habilidad para manipular cualquier discurso. Entonces cuando empieza con las preguntas, la desconfianza, la cara de «estoy ante una loca perversa desquiciada y pienso dejarla», las lágrimas me brotan y no vienen de la garganta, vienen del centro del ombligo. Trato de detenerlas, de mirar por la tangente, de entretenerme con los pliegues de la pared y los restos del enduido, trato de bajarlas, de que se vayan para abajo, para atrás. Que la cara de «uf» no se me note, que la cara de «ay» se disperse, trato de petrificarme con mi propio aliento, y que no se desencadene, no esta vez, la misma batalla de siempre. Es campeón en TEG, (1) yo no gano ni a las bolitas.

1. TEG, o Plan Táctico y Estratégico de Guerra, es un juego de mesa en el que los jugadores están en un conflicto bélico y deben ocupar los distintos países en los que se divide el tablero.

Antes de quedarte conmigo asegurate de saber con qué clase de persona estás proyectando vivir. No esperes un pollo, no esperes un mate. Mi tendencia a la hipotonía toca límites socialmente inaceptados. Pago lo que sea si me ahorra un movimiento corporal, no me gustan las fiestas, no como harina, no tomo helado. Nunca probé el alcohol, el salame es muy salado. No consumo estupefacientes ni gaseosas cola. Me da pachorra recibir gente y detesto ir al supermercado. No se aceptan reclamos.

Me reclama que sobre él no escribo. No es una falta de registro, ni de entrega. Mucho menos, de amor. Escribir me hace soportable lo insoportable. ¡Hay que aprender a escribir sin que nadie pueda ensañarte cómo contar las vivencias más crudas, repletas de lealtad, amor y dulzura, haciéndolas tolerables para el psiquismo de quien las vivió y no puede, aún, nombrarlas tal como fueron! Por eso no escribo sobre él, no tengo nada que decir sobre él. No tengo que hacer más amables sus ojos sumergidos en el agua y su ternura al hacerme ferozmente el amor. Nada que traducir. Nada que decodificar. En su caso, todo ya yace expresado y representado en la vida que me contiene.

«Lo que más te gusta de él es lo bien te coge», dejó de decirme cierta gente, una vez que supieron que era mucho más que un conflicto de tener buen sexo. ¿Qué tiene que pasar para que el sexo sea buen sexo?, ¿tiene que haber confianza?, ¿tiene que haber soltura?, ¿valor?, ¿desfachatez?, ¿experiencia?, ¿calentura? La confianza, la soltura, la calentura, la experiencia, el coraje... ¿tienen que ser propios o del otro?, ¿o de ambos? No, no tengo respuesta. Mi última contraseña de mail es yonose. El conflicto del buen sexo aflora cuando el que te coge, te coge el cuerpo y otras cosas. Es arte de cierta gente, el hacerse imprescindible. Gente detestable que te cuida, que acurruca, te lastima y luego te salva, talentosos del toma y daca. Te enloquecen, te cogen la rutina. Porque cuando te cogen el cuerpo te enloquecen con el te-la-pongo-y-te-la-saco, pero es una locura controlada y concedida. Pero cuando te cogen el inconsciente es otra cosa.

¡Que un día me gusten las mujeres, que un día me gusten las mujeres! ¡Que un día me canse de mi nombre! ¡Que me anime a ser otra! Una actriz porno feminista, llamada Javiera, Lucero, Agatha o Brunela. O que envejezca soberbia sobre una pasarela parisina de alta costura, tomada de la mano de una mujer-toro enrulada, bañada, bien vestida.

Hasta su inconsciente me adora. Me quiere su parte sombría. Eso me hace imposible la retirada de tropas de este territorio. Me quiere con lo que no quiere quererme.

La relación tuvo su peor etapa los primeros doce meses, teníamos terror de tenerlo todo y de perderlo todo. Después lo fuimos teniendo todo y lo fuimos perdiendo todo y, como todos, una se va acostumbrando.

Se supone que, si uno puede sobrevivir a padres tóxicos y abusivos, desarrollando estrategias inconscientes, que consten de corazas, disociación, sublimación y otras yerbas, ¿cómo yo no podría desarrollar una de esas para sobrevivir a esta pareja? No se trata de separarme, solo tendría que encontrar la manera de escindirme, de acostumbrarme, de desarrollar una circulación periférica.

Decidí que no tengo elección. Sacarme los mocos en el cine mientras él me acaricia el aductor o reírnos porque la mancha roja pegajosa en el medio del piso flotante que estamos colocando es de mi menstruación, son cosas que no te dan elección.

«Voy a encontrar la manera de estar con vos –me dijo–. Le vamos a encontrar la vuelta».

Ya estamos juntos hace años, entre los suyos y los nuestros, tenemos una familia numerosa. Sin embargo, no hemos podido rendirnos ante la realidad del alma del otro, como sí hemos podido con los olores, los mocos, los hijos y las menstruaciones. No hemos podido decir sí a todo lo que el otro decolora de uno mismo. No hemos podido dejar de luchar para preservar la infancia destartalada que nos aúlla y nos prepara para la guerra.

Los vínculos son en sí mismos una inteligencia planetaria. Exceden a lo que cada uno sabe de sí, del otro y del mundo. Demuestran estar organizados en un orden que no tiene en cuenta nuestras comodidades e ideologías. Los vínculos reflejan la profunda ineficacia que tenemos cuando no se trata de hacer, cuando no se trata de reparar. Los vínculos necesitan un profundo fracaso de las personas que los componen, en tanto identidades estáticas. Los vínculos están hechos para la desilusión del Yo, que quiere controlar, dominar y clasificar las experiencias en cajones conocidos. Los vínculos sobreviven si dejamos que nuestras identidades se vean profundamente afectadas, desconsolidadas y deconstruidas. Los vínculos son el mayor desafío de esta era porque requieren una entrega absoluta a lo desconocido propio, que siempre trae el Otro. Salir corriendo de un vínculo, sea por horror, lujuria, indignación o sorpresa, es una pérdida de tiempo. El vínculo no es más que el negativo de la foto, siempre está, detrás de uno mismo, originándolo todo.

La lujuria también es un deseo de dominar a todos los demás. El «amante» no es el que «ama», sino el que busca la posesión del ser amado. Desea excluir al mundo entero de su precioso bien. Es tan mezquino como el dragón que custodia su dorado tesoro. No ama el mundo. Por el contrario, las demás criaturas vivas le son totalmente indiferentes.

IRVIN YALOM, El día que Nietzsche lloró

¿Hasta dónde podemos negarnos al vínculo cuando estamos desnudos? Desnudos de cuerpo, desnudos de alma, da igual. Los que me vieron desnuda siempre tuvieron la capacidad de hacerme mucho bien y de hacerme mucho daño.

He intentado tener relaciones sexuales fuera del contrato patriarcal y machista, donde las mujeres debemos estar enamoradas y hacer el amor para, en consecuencia, disfrutar –si es que se puede llamar «disfrutar»– de la sexualidad. A ver si me explico, quiero decir que he intentado coger por el simple gusto de coger. Sin embargo, aún no muere en mí la película de la princesa: «¿Este hombre se enamoraría de mí?», «¿Este tipo qué me ve?, ¿qué le gusta de mi cuerpo?», «¿qué opinará del tamaño de mi vagina?», «¿me besaría la panza con amor si gesto un hijo suyo?».

Conclusión: no se tiene sexo por fuera del patriarcado, a lo sumo se tiene «en contra» de él, en la lucha o en la aceptación. No importa el coeficiente intelectual que se tenga, se requiere ser estrellada por el «amor».

Después conocí a mi marido y junto con el enamoramiento, la foto de los hijos y las sonrisas cómplices, llegaba el sexo despiadado, el de dedicarnos los dos a mi satisfacción, y la lucha por coger cada día un poco menos, porque si seguíamos así, yo pasaba de vivir para lo que los hombres esperaban de mí, a vivir para ser garchada (2) –y casi– poseída por uno; lo cual no sé hasta qué punto era un avance.

(Volviendo a mi marido –y, por qué no, a su pene–). Cuando hablo de sexo despiadado me refiero a su manera, que aún me pregunto dónde fue aprendida y por quién enseñada. Una manera potente, donde se enrosca, menea su pelvis haciendo círculos concéntricos, alternados con movimientos en zigzag. Sube y baja como un espiral. Se detiene. Me mira. Espere a que le ruegue. Se eleva a mil insuflaciones por segundo y de repente se detiene y empieza más despacio. Me coge la cabeza mientras me coge. Con solo oler mi bombacha sucia está erecto, listo, disponible. Y nunca se sacia. Yo no sé si esto se está leyendo como una bondad o como un problema, depende del momento de la relación y del momento del mes en el que yo me encuentre. De según cómo se mire, depende.

No lo elegí a él por todo esto, no lo elegí los días que me detuve a pensar qué sería de mi sexualidad el día que nos separáramos, lo elegí porque a pesar de saber profundamente quién soy y de qué no soy capaz, eligió, al mismo tiempo que yo, quedarse conmigo.

2. Garcha: pop. y gros. Pene. Forma vésrica: chagar. Garchar, chagarear: copular. (José Gobello, Nuevo diccionario lunfardo, Buenos Aires, Corregidor, 1999).

Me estoy quedando con la persona capaz de desenmascararme. Convivo con una troupe de desmanteladores. Supongo que eso de enamorarse, además de haber sido influenciado por el relato asesino de los príncipes y princesas, es resultado de ir al encuentro de un ser capaz de sacarnos todas las caretas y sin anestesia. Después, a quejarse al campito.

Mañana, cuando