Todos los caminos llevan a los Polos - Ana Alemany - E-Book

Todos los caminos llevan a los Polos E-Book

Ana Alemany

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Beschreibung

Un libro dedicado a las mujeres enamoradas de las regiones frías del planeta. Premiado como mejor libro sobre mujeres Latino Books Awards año 2016. ¿Qué puede mover a una mujer a dejar su hogar, su ciudad, su familia y amigos y adentrarse en un mundo tan inhóspito como es la Antártida? ¿Qué fascinación causa el Ártico cuando muchas mujeres se ponen como reto alcanzarlo? ¿Qué lleva a una española a cruzar andando el Polo Sur en solitario? Ellas nos lo cuentan a través de las páginas de Todos los caminos llevan a los polos, un nuevo episodio de esta colección, que se inició con África, luego siguió con la India y ahora recoge historias sorprendentes que tienen como escenario los lugares más fríos del planeta. Este nuevo título, prologado por Pilar Marcos, bióloga marina y experta en Greenpeace sobre el Ártico. "Una colección con la intención de inspirar a otras mujeres, que te motivan y te llevan a la acción", Marta Pastor, RNE. "Una de las propuestas más valientes del panorama literario español", Patricia Almarcegui, escritora. Estas son algunas de las protagonistas: Pepita Castellví, España firmó el Tratado Antártico gracias a su tesón. Primera mujer en dirigir una Base en la Antártida. Ana Payo y Uxua López, Del proyecto internacional Homeward Bound Project, para crear mujeres científicas líderes, en cargos de alta dirección, en la toma de decisiones a nivel mundial. Belén Rosado, experta en geodesia, ciencia que estudia las variaciones de la tierra, su estructura, la temperatura y las corrientes marítimas para predecir las erupciones volcánicas. Jerri Nielsen, única médica entre 41 científicos y personal de apoyo destacada en la base polar Amundsen. Dominick Arduin, desaparecida. Su pasión era el Ártico. Se fue a vivir a Laponia y, en un intento de cubrir la distancia entre Laponia y el Polo Norte, desapareció. Louise Arnold Boyd, pionera y aventurera de principios del s. XX. Mª Carmen Domínguez, creadora de GLACKMA (Glaciares, Criokarst y Medio Ambiente) que desde 2011 estudia el calentamiento global en los glaciares a través de estaciones en la Patagonia, la Antártida, el Ártico, Islandia y al norte de los Urales. Cayetana Recio, glacióloga. Pasa los veranos australes en compañía de témpanos y volcanes, estudiando su comportamiento. Mª Ángeles Campos, capitana del BIO Sarmiento de Gamboa. Bárbara Hillary, primera afroamericana y la mujer de más edad en alcanzar los dos polos.

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Seitenzahl: 185

Veröffentlichungsjahr: 2018

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TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A LOS POLOS

20 historias de mujeresen las regiones frías

Ana Alemany

De esta edición, Casiopea Ediciones,mayo 2018

Redacción: Ana Alemany

Coordinación: Ana Alemany

Edición: Pilar Tejera

Fotografías por cortesía de:

Amós Gil (p. 136, 138 y 132),

Miguel Ángel Jiménez Tenorio (p. 164 y 167),Miguel Jiménez, del ejército de Tierra (p. 194 y 197).

Resto de fotografías: libres de derechos.

ISBN: 978-84-948482-5-4

Diseño y maquetación: Diana Fernández

A mi padre,que está en los cielos y a mi madre, que sigue aquí,a mi lado.

SUMARIO

AGRADECIMIENTOS

PRESENTACIÓN

PRÓLOGO

CAPÍTULO I. ABRIENDO CAMINOJOSEPHINE PEARY

Entre hielos y esquimales

LOUISE ARNER BOYD

La chica que domesticó el Ártico

CAPÍTULO II. AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

MARÍA CAMPOS

Capitán del Sarmiento de Gamboa

LAURA VIDAL

Viajar en el Hespérides

JERRI NIELSEN

Invernar en Amundsen-Scott

UXUA LÓPEZ Y ANA PAYO

Homeward Bound Project

CAPÍTULO III. LA LLAMADA DE LA AVENTURA

DOMINICK ARDUIN

Perdida en busca de su Arcoiris

CHUS LAGO

Compromiso con la vida

ELOISIA WILD E IRENE LOBO

Ice Run (Wild Wolf Bikers)

CAPÍTULO IV. VOCACIÓN CIENTÍFICA

PEPITA CASTELLVÍ

“Si crees en una idea, lo demás es solo trabajo”

4 BIÓLOGAS ESPAÑOLAS

Campaña “Antártida-8611” (Un regalo del destino)

HENAR ROLDÁN

Se abrió una puerta

CAYETANA RECIO

Por los ríos de hielo

VANESSA JIMÉNEZ

Un pedacito de mí

BELÉN ROSADO

La Geodesia como arte de vida

MAR FERNÁNDEZ

“Ha llegado la hora de la lucha”

JOSABEL BELLIURE

Una vida entre pingüinos

CAPÍTULO V. UNA VIDA DIFERENTE

MACARENA VILLARREAL Y SARA ULLOA

Villa “Las estrellas”

BARBARA HILLARY

“Solo hay que querer”

MARIA DEL CARMEN DOMÍNGUEZ

El mundo a través de un glaciar

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

G racias a Valentín Carrera, con el que me puse en contacto a través de su blog Horizonte Antártida, un verdadero experto en materia de hielo antártico... y habitantes. Se prestó a ayudarme sin vacilación. Me facilitó nombres, direcciones, contactos... todo lo que necesité. Desde aquí, mi más sincera gratitud.

Gracias al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), por haberme abierto las puertas de su casa, de sus investigadores, del Hespérides y del Sarmiento de Gamboa de la Unidad de Tecnología Marina (UTM) que es la responsable del mantenimiento del equipamiento científico a bordo. Todo ello ha sido una pieza clave para la elaboración de este libro.

Gracias a Pilar Marcos, bióloga marina y experta en Geenpeace sobre el Ártico, porque nos ha explicado en un prólogo sincero y directo la situación real del planeta. Al hablarle del proyecto, aceptó de inmediato. Sin discutir condición alguna. Unidas para Salvar el Ártico, como reza su eslogan.

Gracias a todas las participantes por su disponibilidad, su amabilidad al proporcionarme la información y brindarme su cercanía, aunque algunas se hallaran lejos, muy lejos.

Gracias a la ayuda del equipo Casiopea, que ha estado pendiente desde el principio de esta maravillosa aventura, concediéndome, además de la plataforma desde donde dar voz a estas historias, lo más valioso de que disponemos: su tiempo.

Gracias a Diana Fernández, por su paciencia y dedicación maquetando este libro, realizando un trabajo excelente con el texto y las fotografías.

Gracias a Google, wikipendia, a infinidad de páginas de historia, de ciencia, de biología, marítimas, polares, femeninas, de viajes, de aventuras o de exploración.

Gracias a Pilar Tejera. Te he dejado para el final, porque “los últimos serán los primeros”. A ti te debo todo. Te debo la amistad, el aprendizaje, la oportunidad. Has apostado por mi y yo espero no defraudarte. Ni ahora ni nunca.

Ana Alemany

Mayo, 2018

«Las personas más hermosas son aquellas que han conocido la derrota, el sufrimiento, la lucha, la pérdida y han encontrado la salida a esas profundidades».

Elisabeth Kubler-Ross

PRESENTACIÓN

Un día cualquiera, estábamos en una reunión informal, planificando la temporada. Acabábamos de finalizar la maravillosa gesta que fue sacar el libro “TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A INDIA”, cuando se nos ocurrió el siguiente título de la saga. Hablar de mujeres que hubiesen estado en las regiones más frías del planeta. Concretamente, en los Polos. Lo que fue en principio una idea lanzada entre otras varias, se ha convertido en un episodio apasionante de mi vida. He aprendido mucho de un tema que me era bastante desconocido. Me he formado en ciencia, en aventura, en expediciones tanto antiguas como actuales. He conocido gentes diferentes que me han hablado con el corazón y yo he intentado transmitirlo a través de palabras escritas, que son diferentes a las que salen de la boca. He tratado con mujeres que a través del frío o de los límites de su resistencia se han conocido un poco mejor a sí mismas y me han transmitido las ganas de vivir.

Me han enseñado que las cosas hay que hacerlas de verdad. Con todo tu cuerpo, pero también, con toda el alma. Solo así consigues que salgan bien. Solo así te sentirás bien.

He mantenido contacto directo con muchas de ellas. Naturalmente, con las que ya no están entre nosotras me he basado en diversa y variada documentación. Y, además de inculcarme unas ganas tremendas de visitar los Polos, me han ayudado a amar la naturaleza. A respetar el medio ambiente y a comprender que nosotros estamos de paso, pero que este planeta se queda. Que un iceberg es peligroso y maravilloso a la vez. Su grandeza intimida y su grito cuando un trozo se desprende es aterrador. Un glaciar es como un gigante que intenta mantenerse en equilibrio, y se desplaza lentamente. Que el pingüino es muy escandaloso, pero tremendamente organizado. Y que un oso no debería morirse de hambre, porque la subida de temperatura derrita las placas de hielo por donde se debe desplazar.

Este no es un libro científico, sino humano. Hablamos de sentimientos. A través de una expedición en solitario durante 59 días, es importante la técnica a seguir. Resulta fundamental para conseguir el objetivo. Pero hablamos de lo que se siente cuando llevas 24 días sin hablar con nadie, con frío, cansancio, dolor y soledad. Es cuando aparece tu YO. Es cuando te empiezas a conocer.

Pero también he descubierto que el Ártico y la Antártida son dos partes del planeta completamente diferentes. La Antártida es un continente helado, rodeado de agua. Y el Ártico es todo lo contrario, ya que se trata de un mar congelado rodeado de tierra. Curioso, ¿verdad? El Ártico está desapareciendo, se está derritiendo. Hay ciclos en la vida del planeta, pero... por favor, que no sea debido a la mano del hombre. Que no sea por cada uno de nosotros.

Ana Alemany

PRÓLOGO

En el año 2013, una expedición de Greenpeace hundía una cápsula con tres millones de firmas en el Polo Norte y la siguiente frase de la escritora y activista india Arundhati Roy: “Otro mundo no sólo es posible, sino que está en camino. En un día tranquilo, puedo escucharlo respirar”. Hoy somos más de ocho millones de personas en todo el mundo que pedimos un Santuario en el océano Antártico. En un mundo convulso, donde la huella ecológica de la humanidad termina año tras año con los recursos disponibles para esos 365 días, los polos son parte de ese desgaste planetario. A pesar de ser las zonas menos habitadas del planeta, todo lo que hacemos en latitudes intermedias, nuestro modelo de vida impacta en los dos polos. Y lo sorprendente es que, a pesar de las múltiples amenazas a la biodiversidad y el clima de la Tierra, los polos son ese símbolo que nos anima a seguir luchando por la defensa de nuestro futuro.

Tres cuartas partes del hielo flotante del Ártico han desaparecido en los últimos 30 años y el problema es que no solo se están produciendo cambios locales que impactarán directamente en la biodiversidad y las personas que viven allí, también los efectos de su desaparición se sienten en todo el hemisferio norte. Lo mismo ocurre en el Polo Sur, no solo por el impacto del cambio climático sino también porque pesquerías o industrias en búsqueda de minerales acceden cada vez más lejos y más profundo en la búsqueda de su botín. Zonas que aún permanecen relativamente aisladas de la presión del ser humano. La Tierra no se encuentra en estado terminal, pero sí bastante enferma y estamos en un periodo de gran capacidad destructiva, aunque también con mayores soluciones. La comunidad científica afirma que estamos al límite y es el momento de tomar medidas y pasar a la acción. La gente está concienciada y aún hay tiempo. La batalla comienza y termina en los polos.

He tenido la suerte de viajar varias veces al Ártico, a ese Ártico que a pesar de su extensión y la diferencia sustancial en ecosistemas y culturas que rodean una superficie enorme, se engloba bajo una única palabra: “Ártico”. Desde la tundra siberiana al bosque boreal finlandés o el casquete glaciar de Groenlandia. Es difícil explicar la belleza de un mar lleno de icebergs al este de Groenlandia o un grupo de belugas blancas en Alaska, pero si defino de alguna manera este conjunto de mares y tierras es por un solo término, el silencio. Poder estar en zonas donde no se oye nada. Ni siquiera la fauna que permanece callada en los meses de frío invierno. Es espectacular, en medio de ese silencio, oír la respiración de una ballena o la de los renos cruzando un lago helado. Un silencio que envuelve todo.

Pero este mundo helado, cada vez menos permanentemente, no es solo el hogar de la fauna más espectacular de nuestro planeta. En el Ártico viven unos cuatro millones de personas. En Groenlandia, un día que en julio de 2014 alcanzamos los 22 grados centígrados -sí, en una de las zonas más frías del planeta-, una mujer Inuit de Kulusuk nos preparó un guiso potente a base de bacalao, feliz de poder ofrecernos parte del acopio que estaban realizando en los meses más cálidos para poder pasar el invierno. Nos contaba, mientras bebía un refresco y comía unas patatas frías envasados a miles de kilómetros de su tierra, que ella no conocía los mosquitos de joven. Una mujer de unos 40 años, con un precioso jersey de vivos colores, nos contaba en primera persona algo tan evidente como el impacto del cambio climático en su tierra. A mayor deshielo, mayor formación de charcos y concentraciones de agua dulce que, junto con el aumento de temperaturas, llevan a la posibilidad de que los mosquitos se reproduzcan masivamente.

Y así los polos acumulan historias de sus gentes y su belleza. No solo de las increíbles comunidades indígenas Inuits, Sami o Komi; también historias de exploradoras y científicas cuyas hazañas el siglo pasado quedaban ocultas en las hemerotecas. Pioneras como Josefina Castellví, que en 1984 fue la primera científica en participar en una expedición internacional a la Antártida y que tiene su propio pico con su nombre en la Isla Livingston.

O la de las mujeres Sami de Laponia que gestionan durante la trashumancia para el pastoreo de renos toda la actividad logística de mantenimiento de los campamentos, de la matanza o de la instalación de vallados. Y de las que al final poco se conoce.

Los polos se enfrentan a un futuro incierto con cambios que podrían ser irreversibles. El camino a los polos comienza en todas las naciones que podemos y debemos hacer algo para frenar estos cambios y que sigan siendo el frigorífico que regula el clima mundial. Gracias a todas las mujeres que con vuestras historias y trabajo unís nuestra tierra con el mundo polar. Y gracias a Pilar Tejera y Ana Alemany, de Ediciones Casiopea, por contar conmigo para prologar este maravilloso libro de todas las mujeres que estamos enamoradas de los polos. Y caminando hacia los polos descubriremos que no hay planeta B. Y que tenemos que cuidar y proteger lo que nos queda de este fantástico planeta.

Pilar Marcos, Biodiversity Programme Manager, Greenpeace Spain

ABRIENDO CAMINO

Partiendo de la premisa de que la Antártida está lejos de todos lados, incluso del lugar más cercano (Chile está a 1000 km), que es el lugar más ventoso, frío y seco del planeta, y que rige un tratado internacional por el que es patrimonio de todos los que se adhirieron a ese pacto conjunto internacional, podemos decir que pocas personas la han visitado. En invierno la habitan unas 1000 personas, y en verano esa cifra aumenta a 5000. Es decir, hablamos de una densidad de población de entre 70 y 350 personas por millón de kilómetros cuadrados. Y en esos datos, las mujeres siguen siendo una minoría.

La primera conocida que pisó el hielo antártico fue la esposa de un capitán ballenero noruego. Se llamaba Caroline Mikkelsen. Fue en 1935 y su estancia duró poco tiempo, tal vez no llegase ni a una hora. Unos años después, en 1947, otras dos pasaron un invierno completo en el continente helado. La esposa del jefe de la Base (Edith Ronne) y la mujer de un piloto (Jennie Darlington), tienen el honor de ser las primeras registradas en tal hazaña.

La dureza de las condiciones hacía pensar que la Antártida no era tierra para mujeres. De hecho, hasta los años sesenta y setenta, la Marina de los Estados Unidos bloqueó la presencia femenina en la Base McMurdo, la mayor de las creadas, con burdas excusas tales como que las instalaciones de los saneamientos eran demasiado primitivas.

A principios del siglo XX, algunas mujeres se mostraron interesadas en ir a la Antártida. Cuando Ernest Shackleton anunció su expedición antártica en 1914, tres interesadas le escribieron y le solicitaron unirse. Ninguna fue aceptada. Más tarde, en 1929, otras veinticinco solicitaron participar en la Expedición de Investigación Antártica Británica, Australiana y Nueva Zelanda (BANZARE), y también fueron rechazadas. Cuando se propuso una expedición antártica británica en 1937, la cifra de voluntarias ascendió a 1.300. De nuevo, todas resultaron excluidas.

La realidad es que ha habido muchas para quienes la atracción por visitar el ambiente gélido de los casquetes polares ha sido un predominante en su vida. Y algunas lo consiguieron en el siglo pasado. Fueron las pioneras. Las que se vestían con abrigos de pelo de foca vuelto y botas de camello, y comían lo que cazaban cuando las reservas de comida se acababan. Algunas veces acompañaban a sus maridos, pero otras fueron solas. Pasaron el mismo frío, las mismas penalidades o el mismo sufrimiento que los hombres, pero ellos son más recordados.

Por eso vamos a hablar de dos de ellas, Josephine Peary (esposa del explorador Robert Peary) y de Louise Arner Boyd, soltera y rica heredera. Ambas visitaron el Ártico. Y ambas quedaron prendadas de por vida por la zona más septentrional del planeta, siendo unas acérrimas defensoras y unas reconocidas expertas de aquellas latitudes.

JOSEPHINE PEARYEntre hielo y esquimales

Un día magnífico, soleado y apacible, Marie Ah-ni-ghi-toa juega despreocupada sobre el hielo entre cachorros de perro. Siente sus lametazos y sus suaves juegos sobre la capa de piel de animal que cubre su todavía minúsculo cuerpecito. Ríe y su risa flota en el aire limpio del Ártico, bajo un cielo azul sin límites. Mientras, un oso hambriento, camuflado por su nívea piel, avanza entre saltos sobre bloques de hielo dispersos en el agua. Tiene claro su objetivo. Nadie se ha percatado de ello. Pero ahora los perros detienen su juego, se ponen en alerta y ladran, dando la voz de alarma. Josephine, su madre, surge de su tienda rauda y divisa el peligro. Como cualquier madre, grita y pide auxilio para su hija. Dos disparos, uno errado, pero el otro no, devuelve la calma a la zona. El oso yace ensangrentado y la niña llora. Ajena al peligro inminente, no le gusta ver ese ser tan enormemente bello manchado de rojo, inerte. Josephine tendrá que explicarle de nuevo que tienen la inmensa suerte de vivir en un sitio puro, donde los habitantes actúan movidos por sus instintos, no por banalidades. Si alguien tiene hambre, caza para comer. Eso es lo que pretendía el oso. Y ellos van a hacer lo mismo con el animal. Con sus pieles fabricarán una manta para pasar el invierno y con su carne se alimentarán una buena temporada hasta que se acabe. Marie lo va comprendiendo. Y no lo olvidará cuando regresen a su vida, digamos "civilizada",rodeadas de gente con su mismo color de piel y que habla su mismo idioma.

En 1955 Josephine fue condecorada por la National Geographic Society con la Medalla del Logro, su mayor distinción, por una vida dedicada a afianzar la capacidad del ser humano por adaptarse a la adversidad. En diciembre de ese mismo año, a los 92 años, Peary murió y fue enterrada junto a su marido en el Cementerio Nacional de Arlington.

¿Quién fue Josephine Peary?

A Josephine se le conoce como la esposa del famoso explorador Robert Peary, pero fue mucho más que eso. Nació en 1863, en una granja de Maryland, EE.UU. Era hija de emigrantes, aunque no de cuna humilde. Su padre, un militar prusiano, dejó las armas por una vida más tranquila en el campo, sin embargo, la Guerra de Secesión destruyó su granja y la familia se trasladó a Washington. Allí no le fue difícil encontrar un trabajo dado su nivel cultural y su conocimiento de idiomas, y se convirtió en profesor en el Instituto Smithsonian. Josephine estudió en una escuela de negocios y se crió, por tanto, rodeada de intelectuales. En 1888 Josephine Diebitsch contrajo matrimonio con Robert. Entonces pasó a llamarse Josephine Peary.

Hacía poco más de tres años que se habían casado cuando Josephine acompañó a su marido en su segundo viaje a Groenlandia en 1891. Se convirtió, de ese modo, en la primera mujer en una expedición ártica. Tenía 28 años por entonces.

Cuando regresaron, ella acaparó tanto interés como Robert, siendo blanco de numerosas preguntas por parte de los reporteros y de la opinión pública. Querían saber cómo había ido la andadura contada por el explorador, pero también por una dama. Y ella decidió narrarla. Toda su experiencia quedó reflejada en «Mi diario Ártico. Un año entre hielos y esquimales». A pesar de las diferencias que encontró entre la vida acomodada que solía llevar en la ciudad, Josephine se enamoró de aquel lugar, como reflejan sus palabras: «… Si las paredes pudiesen hablar, contarían las horas agradables de estancia de los miembros de la Expedición, y de muchos meses de consuelo y felicidad que goza la mujer que, cuando deja casa y amigos, se la advierte que se prepare para soportar todo tipo de penurias…».

Ni los 50 grados bajo cero la asustaron. Ella continuó siendo la misma dama de siempre, y alternó algunos de los vestidos que usaba para ir a las fiestas en Washington con largas prendas de lana y parkas de piel. El libro fue escrito desde el corazón, salpicado de aventuras y anécdotas, contrastando así con el tono solemne y épico que llevaban las palabras de su marido al narrar los mismos hechos.

Cuando retornó a los hielos, lo hizo embarazada de ocho meses, demostrando así que era una mujer terca y que no le importaba la opinión del prójimo. Las críticas le llovieron por parte de todo el mundo, pero eso no la intimidó. Su hija Marie vino al mundo cerca de Ellesmere, en un campamento situado a 77º 44' de latitud Norte, relativamente cerca del Polo. Fue la primera niña no esquimal nacida en Groenlandia y fue bautizada por todos como «El bebé de la nieve» (Snow baby), título también de su segundo libro. Envolvió a su bebé en la bandera americana de la expedición y la mostró en las fotografías que acompañaban el texto. La mirada tierna que dedicaba a su hija corroboraba que, además de ser una mujer férrea, también podía ser amorosa.

En 1897 regresó al Ártico, acompañada por su hija. Josephine fue una más en las expediciones, y gestionaba la intendencia como si de su casa se tratara. Se encargó de los alimentos, diseñó y cosió los sacos de dormir y las prendas que necesitaban junto a los esquimales. De ellas aprendió su forma de trabajar, vistió sus ropas y comió su comida, aunque nunca estuvo realmente cómoda con las inuits por puros prejuicios de la época: esas mujeres iban tatuadas y mostraban sin pudor sus pechos, sonriendo sin cesar. Pero aquello no era lo suyo. Por eso, al descubrir que a un miembro de la expedición se le daba bien comunicarse con los inuits, le dejó encargado de la comida, bajo su supervisión. De ese modo «tendría más tiempo para ella misma», como dijo la propia Josephine. Y se dedicó a otros menesteres que le atraían más, donde pudo demostrar que era una excelente cazadora y trampera. Participó incluso en cacerías de narvales, un cetáceo con un largo cuerno que los marinos de otras épocas compararon con el mítico unicornio.

Tres años más tarde, cuando le llegó la noticia de que a su marido se le habían congelado los pies y le tuvieron que cortar todos los dedos menos dos, sin dudarlo un instante se embarcó en el Windward junto a su hija para acudir a su lado. Pero un iceberg se interpuso en su camino, dejándoles atrapados en la isla de Ellesmere, en Groenlandia. Tuvo que pasar el invierno a 300 km de su marido.

Fue entonces cuando coincidió y conoció a la amante inuit de Robert, que además estaba esperando un hijo suyo. Se llamaba Allakasingwah en su lengua, Alaka para los occidentales. Fue tal su desazón, que en una carta que escribió a su marido, le explicó que, a pesar de ser la persona que más dolor le había producido, no podía dejar de quererlo. Y también le narró cómo fue la relación entre ellas dos. Josephine durante el cautiverio cayó enferma, y la amante de su marido la cuidó, porque según pudo comprender, Alaka creyó que estaba haciendo algo por Robert. Eso le producía unos celos angustiosos. Cuando esa mujer dio a luz al hijo que llevaba en sus entrañas, Josephine creyó ver en él, rasgos de su marido. ¡Rasgos de su propio marido en el hijo de otra mujer!

Robert Peary fue, indiscutiblemente uno de los grandes exploradores. Se lanzó a la aventura y el Ártico se convirtió casi en una obsesión. En 1909, el “Peary Arctic Club” recibió un mensaje con la palabra “Sun” ‘(sol). Era el término acordado para anunciar que había llegado al tan deseado Polo Norte. La bandera americana que le había regalado Josephine y que llevó enrollada a su cuerpo en cada una de las expediciones, fue plantada en el lugar que correspondía, en el fin del mundo.