Todos quieren salvarse - Daniele Mencarelli - E-Book

Todos quieren salvarse E-Book

Daniele Mencarelli

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Beschreibung

Es junio de 1994, verano del Mundial de fútbol. Daniele tiene veinte años cuando, tras un violento arrebato de ira, es ingresado en un hospital psiquiátrico y sometido a un tratamiento médico obligatorio (TSO). A su lado, los compañeros que pasarán con él la semana de internamiento forzoso: cinco hombres en el confín del mundo. Personajes inquietantes y tiernos, alborotadores pero sabios, abrumados por la vida como él. Como él, incapaz de no sufrir y de no amar desmesuradamente. Reunidos por la hospitalización y el calor sofocante, interrogados por médicos indiferentes, tratados por enfermeras asustadas, Daniele y los demás sienten día tras día un sentimiento de fraternidad y una necesidad de apoyo mutuo que nunca antes habían experimentado. En los precipicios de la locura brilla una humanidad de criatura, a la que Mencarelli sabe dar voz con delicadeza y fuerza únicas. Tras el éxito de La casa de las miradas, Daniele Mencarelli regresa con una intensa historia de sufrimiento y esperanza: «Son los cinco tontos con los que compartí la habitación y esta semana de mi vida. Con ellos no tuve oportunidad de mentir, de jugar el papel de perfecto, me aceptaron por lo que soy, por mi naturaleza tan parecida a la suya». En esta extraordinaria novela, Mencarelli pone en escena la desesperada y furiosa búsqueda de sentido de un joven que quiere salvarse.

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Seitenzahl: 225

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Daniele Mencarelli

Todos quieren salvarse

Traducción de Marta Graupera Canal

Título en idioma original: Tutto chiede salvezza

© 2020 Mondadori Libri S.p.A., Milán

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2024

Traducción de Marta Graupera Canal

Corrección y revisión de Marieta Pancheva

Con licencia:

© Netflix (2024)

Esta novela es fruto de la imaginación. La mirada del narrador ha transfigurado la crónica de los hechos y los personajes realmente existentes o existidos. Por lo demás, toda referencia a personas y hechos reales se debe considerar casual.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-193-9

ISBN EPUB: 978-84-1339-526-5

Depósito Legal: M-22878-2024

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, Bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

A los luchadores,

a los locos

—María, ¡he perdido mi alma! ¡Ayúdame, Virgencita mía!

Negro y más negro. Esto debe ser la muerte.

—María, ¡he perdido mi alma! ¡Ayúdame, Virgencita mía!

Olor a quemado, cada vez más fuerte, el calor se convierte en un fuego, arde.

Como si fuera la primera vez, abro de par en par los ojos al mundo. Esforzándome, logro mantenerlos abiertos, pero por poco tiempo.

—María, ¡he perdido mi alma! ¡Ayúdame, Virgencita mía!

Me encuentro a un desconocido a mi lado. Parece san Francisco, solo, alucinado, sucio, espantosamente flaco, tiene un mechero en la mano. El olor a quemado es de mi pelo, está prendiendo fuego a mi cabeza. Quiero pedir ayuda, pero no puedo, es como si mi cerebro no lograra comunicarse con el resto del cuerpo.

Con estrépito, estalla en el aire un grito de chica. Me doy la vuelta: sale de la boca de un cuarentón. Lleva el poco pelo que le queda teñido de color rojizo, echado todo hacia un lado. Sigue gritando:

—¡¡Pino!! ¡¡Pino!! ¡¡Virgencita está prendiendo fuego al tipo recién llegado!! —el enfermero es una tripa andante, viste todo de blanco. Se asoma por la puerta y cuando ve lo que está pasando acelera el paso.

—Será hijo de mala madre… ¿De dónde coño sacaste el mechero?

—María, ¡he perdido mi alma! ¡Ayúdame, Virgencita mía!

El enfermero pasa por delante de mí y de un salto le arrebata de las manos el mechero al loco, quien no dice nada y deja que le acueste en la cama sin reaccionar, un animal súbitamente inerme, indefenso.

—¿Qué tengo que hacer contigo, Virgencita? Si hoy me la vuelves a liar, juro que te encierro en el retrete.

Mi cuerpo quiere volver a dormirse, pero yo me opongo, trato de resistir con todas mis fuerzas, intento hablar sin lograrlo.

El enfermero se gira hacia mí, me pasa la mano por donde antes prendía fuego de mi cabeza que estaba ardiendo, el aire sigue apestando a pollo quemado y sonríe con suficiencia:

—No te ha hecho nada, el pelo en dos semanas te vuelve a crecer —dicho esto, se va.

Con la poca lucidez de la que dispongo, trato de entender, de comprender dónde me encuentro. Una gran sala de hospital, con seis camas. El calor se mezcla con el hedor, olor a desinfectante y a sudor.

El hombre que gritaba como una chica mira a su alrededor, poco a poco se acerca. La imposibilidad de escapar, de oponer la más mínima resistencia, incluso de gritar, multiplica mi terror. Él sonríe, acerca su cara a mi oído:

—Soy virgen.

Lo dice como si fuera una invitación irrenunciable.

Tengo miedo, quiero tener cerca de mí a mi familia, mi casa, mi habitación. Sé por qué me encuentro aquí, sé lo que ha sucedido. La vergüenza, los sentimientos de culpa, el recuerdo de anoche me abruman, quieren convertirse en lágrimas. Pero no lo consigo.

Me duermo así, ansiando unas lágrimas que no llegan.

Día 1. Martes

Una mano sobre mi hombro me sacude cada vez más violentamente.

—Mencarelli, vamos, vamos.

Es el enfermero, está tratando de despertarme.

—Arriba, vamos, arriba, son las once pasadas, dentro de un cuarto de hora te tiene que ver el médico —me coge de los hombros y me levanta.

—Buenos días, principito, te pegaste una buena dormida. No me extraña, con lo que te chutaron en vena, ¿vas a poder decirme cómo te llamas? A ver, inténtalo.

Tengo la boca seca. La cabeza me retumba.

—Daniele. Daniele Mencarelli.

El enfermero aventura una especie de sonrisa. Tendrá unos cincuenta años, quizá alguno más, el rostro profundamente marcado por el acné de los tiempos mozos.

—Buen chaval, Daniele. Yo, en cambio, soy Pino, y a Pino le gusta dejar las cosas claras desde el principio: si tú te portas, yo me porto; si vas de loco o de capullo, yo voy a ser peor que tú, ¿te queda claro? Y, créeme, los cuerdos saben ser más malvados que los locos, ¿entendido? —a Pino se le endurece la expresión, me esfuerzo por responder, a pesar de mi aturdimiento general:

—Entendido.

—Otra cosa fundamental: está prohibido andar por ahí, tú puedes estar aquí o en la salita de la televisión que está al lado. Nunca, por nada del mundo, se te ocurra ir a las salas que están pasada la de la televisión. Ahí dentro no son como vosotros, están los malos de verdad, ¿queda claro?

—Queda claro.

—Buen chaval, Daniele, ahora despiértate de una vez, dentro de poco te va a llamar el doctor. Esto es té, pégale unos sorbos —me pasa una taza tibia y luego se va.

Volver a ser dueño de mi cuerpo significa sentir, uno tras otro, una cantidad de dolores diseminados por todo mi ser: detrás de la espalda, del cuello, pero la mano izquierda es la que está más afectada. Me la han cubierto con un gran esparadrapo, a la altura de los nudillos hay sangre coagulada. De la mano a la mente el paso es corto: contra las paredes, contra los muebles, contra la pantalla del televisor hasta que explota. Estas son las marcas. Por último, enorme como el cielo, vuelvo a ver a mi padre como si estuviera muerto, tendido en el suelo, gracias a mi espectáculo.

Un bosque de ojos: los de mis compañeros de habitación. Las seis camas están dispuestas en dos filas, las tres que tengo delante están todas llenas. El chico frente a mí debe tener mi edad; mientras Pino me hablaba, de vez en cuando lo miraba, y ahora estoy casi seguro: desde que empecé a espiarle nunca ha dejado de mirar fijamente un punto impreciso encima de mi cabeza. Es como si mirara más allá, un más allá que ha cautivado totalmente, todo lo vivo a su alrededor no parece capaz de despertarlo.

A su izquierda, al lado de la gran ventana de la habitación, hay un hombre en torno a los sesenta. Desde el primer momento que lo vi, noté el increíble parecido: es idéntico al guitarrista de los Queen, no consigo recordar el nombre. La cama a mi derecha, en cambio, la ocupa el hombre con grito de chica, que ahora se está mirando en un espejo de bolso, se aplica el brillo de labios y, mientras tanto, pone morritos, se sonríe, y parece improvisar un diálogo, un cortejo.

Estoy en la otra fila de camas, en el medio; a mi izquierda está el loco que intentó prenderme fuego, parece haberse calmado, incluso parece estar dormido.

La cama del lado derecho está perfectamente ordenada y hecha, debe estar vacía.

De vez en cuando, procedentes de otras habitaciones, de otros mundos, se oyen gritos y gemidos que desgarrarían una roca.

Pino se asoma a la habitación.

—Vamos, Mencarelli, Mancino te espera.

Me incorporo con dificultad, mantener el equilibrio me parece más complicado de lo habitual. Pino me coge del brazo, salimos de la habitación y nos metemos en la que está exactamente frente a la nuestra.

El consultorio es pequeño, Pino me ayuda a sentarme y sale. Tengo al médico frente a mí y una cosa me llama la atención enseguida: es una mole, extraordinariamente grande. Lo veo por los brazos, por la mano con la que empuña la pluma con fuerza y escribe línea tras línea sobre la página en blanco. Si te fijas bien, también su cabeza es enorme, como los hombros; no puedo decir su altura, pero debe de ser un gigante.

—Bueno, Mencarelli.

Me dirige la palabra sin levantar la vista del papel. Finalmente se endereza. Tiene los ojos azules, muy pequeños, la nariz ancha, el cabello medio castaño, medio blanco. Incluso el rostro tiene algo de imponente, casi violento; si tuviera confianza con él, le preguntaría si juega al rugby o si jugó en el pasado, porque parece un jugador de rugby en todos los aspectos.

—¿Me sabes decir la fecha de hoy? Día, mes y año.

Asiento y empiezo a echar cuentas.

—Hoy es martes, 15 de junio, 1994.

—14, martes 14. ¿Me sabes decir el día, mes y año de tu fecha de nacimiento?

—26 de abril de 1974.

—O sea, tienes veinte años. ¿Sabes por qué estás aquí?

Ante mis ojos, puntiagudas, envenenadas, llueven las imágenes de anoche.

—Sí, por lo de anoche.

El médico me escruta sin alterarse; la mirada, sumada a su enorme tamaño, da como resultado un hombre incapaz de sentir emociones, por lo menos es lo que parece.

—¿No tienes nada más que decir? ¿Quieres contarme por qué pasó?

—Aún no —no se perturba ni un milímetro con mi negativa.

—Como quieras, por la tarde llega el doctor Cimaroli, él fue quien te atendió anoche en Urgencias. Me habló de tu hazaña. Te felicito. Por poco matas a tu padre. Hay que tener talento.

Permanezco en silencio mientras él continúa estudiándome, anotando algo de vez en cuando en sus valiosísimos folios y que con toda probabilidad tiene que ver conmigo.

—En cualquier caso, tú desde hoy estás bajo TSO, o sea, Tratamiento Sanitario Obligatorio, ¿sabes lo que significa? El doctor Cimaroli, junto con el otro médico de Urgencias, decidieron el tratamiento. Los trámites son estos: hemos notificado a tu municipio de residencia y al juzgado de Velletri; esta mañana llegó por fax la autorización, por lo tanto, durante siete días estás obligado a estar ingresado y a recibir tratamiento aquí.

Ya no queda rastro del aturdimiento químico. Otra vez está la ansiedad y la angustia.

—¿Qué quiere decir esto? ¿No puedo largarme a mi casa?

El médico gigante niega con la cabeza.

—Desde hoy martes, 14 de junio, hasta el próximo lunes 20 te quedarás en nuestro centro. ¿Por qué, no te gusta la idea? —la sonrisa que esboza no deja lugar a dudas: mi desconsuelo lo hace feliz.

—¿Ni siquiera si me porto bien? ¿Y si hago venir a mis padres y habláis también con ellos? No soy una mala persona, estoy en tratamiento desde hace un par de años, he pasado por varios médicos colegas suyos. Nunca le he hecho daño a nadie.

—Bueno, el desmayo de tu padre, lo que te hiciste a ti mismo... En cualquier caso, de ahora en adelante, vamos a decidir nosotros si eres peligroso o no, al igual que lo que tienes y lo que no tienes. ¿Cómo se llaman los colegas que te tuvieron en tratamiento?

—No me acuerdo de todos, Sanfilippo, Lorefice, Castro, quizá alguno más.

—Tu padre y tu madre se habrán arruinado para enviarte a todos estos grandes doctores, tendremos la oportunidad de profundizar en ello, la conversación de hoy era solo para comunicarte el TSO. Soy el doctor Mancino, por la tarde nos reuniremos de nuevo con el doctor Cimaroli, puedes volver a tu habitación. ¡Hace un calor del carajo en este hospital!

La maldición final, que se dirige a sí mismo, le sale medio en dialecto, ciertamente del sur, aunque no sabría decir de dónde.

Del consultorio a mi habitación como mucho serán unos diez pasos. Los doy lentamente, los rostros de mi padre y mi madre, de mi hermano y mi hermana, me acompañan en silencio. Desde que nací no he hecho más que causar desorden, un exceso tras otro, siguiendo cualquier impulso, para bien o para mal. No sé vivir de otra manera, no consigo escapar a esta osadía: si hay una cima la tengo que alcanzar, si hay un abismo lo tengo que tocar.

Mientras me acuesto en la cama, veo pasar por el pasillo al doctor Mancino, visto de pie, caminando con rapidez, realmente parece un gigante. Trato de interceptar su mirada, pero él no concede nada a nadie, desprende resentimiento, si no desprecio. Su rostro se me queda grabado en la retina: ¿cómo puedes detestar tan abiertamente a una persona a la que deberías cuidar? En estos dos años de viacrucis, entre psiquiatras y patologías, me he habituado a la indiferencia, al desamor, pero todavía no me había tocado vivir una declaración de odio tan manifiesta por parte de un médico.

—Hola.

Sin que me diera cuenta, ha aparecido a mi lado el hombre con grito de chica.

—Un tipo duro Mancino, ¿eh? Pero aquí dentro no es el peor, créeme. Yo soy Gianluca —y tiende hacia mí su mano esmaltada.

—Daniele —se la estrecho.

—¿Para ti también TSO?

Asiento.

—Para mí también, desde ayer, ¿tú qué has hecho? —Gianluca tendrá unos cuarenta años, poco pelo, de varios colores, ceniza, marrón tostado, rojo carmín... Se las ha ingeniado para cubrir la parte calva de su cabeza con un largo emparrado. Sus finísimos labios brillan, sonríen. No respondo a su pregunta, pero él no se corta.

—Entiendo. Yo cometí una estupidez, me traje un amigo a casa, la cabrona de mi madre entró en pánico, créeme, en pánico, al final le tuve que dar de leches, pero yo soy buena, buena como el pan, en todos los sentidos —y vuelve a sonreír como queriendo provocar, mientras yo pienso en las palabras que le acabo de decir a Mancino: quién sabe cuántas veces sus pacientes han intentado asegurarle que son buenas personas—. Ahora tu Gianluca te hace un cuadro de la situación en esta sala. A ver, en la cama de al lado de la ventana está Mario, era un maestro de primaria antes de enloquecer, él también es bueno como un pedazo de pan.

Mario, al oír su nombre, se gira hacia nosotros, nos sonríe, luego vuelve a mirar el árbol que está justo al lado de la ventana. Gianluca se acerca aun más a mí:

—En el árbol dice que hay un pajarito, nadie lo ha visto, pero bueno, sigamos. La cama al lado de la de Mario la ocupa Alessandro, catatónico, hoy por la tarde viene su viejo y te lo cuenta mejor él, lo hace con todo quisqui. En la otra cama estoy yo. A este lado está Virgencita, el que estaba por prenderte fuego. Lo llaman Virgencita porque nadie sabe nada, no habla con la gente, solo de vez en cuando con la Virgen. Todos ellos están ingresados, solo tú y yo estamos para una semana de TSO, tenemos mucho en común —dicho esto, me estampa un beso en la mejilla, luego estalla en una sonora y exagerada carcajada— ¡¡¡Qué bonita es la vida!!!» —me suelta a un centímetro de la cara. Permanezco en silencio, los ojos van de una cama a otra, de locura en locura. Lentamente, esperado, previsto, estalla el llanto.

—Vamos, señores, es hora de almorzar.

Pino se asoma a la puerta, lo llamo para que venga hacia mí, mientras que el llanto ya es incontenible.

—Quiero irme a mi casa, por favor —aprieto su brazo, él se libera delicadamente de mi agarre.

—No te pongas así, una semana pasa volando, ya verás que te vendrá bien —y se levanta—: Hoy sopa y menestra, patatas hervidas y guisantes, pechuga de pollo o chuleta a la milanesa, ¡vamos!

Pino empieza a servir la comida, al ver los distintos platos, la poca hambre que tenía desaparece por completo. Gianluca y Virgencita, en cambio, comen con voracidad. Alessandro, el catatónico, mantiene fija la mirada siempre ahí, medio metro por encima de mi cabeza, nada de esta dimensión le interesa, ni siquiera la comida.

—¿Te comes la manzana asada? —a mi lado aparece Mario, con su pelo rizado, blanco, como un seto alto y desordenado sobre la cabeza.

De los pocos platos que han servido el único que atrae mi atención —aunque no mucho— es precisamente la manzana asada, aunque solo fuera por cariño: mi madre me las preparaba siempre, eran el acompañamiento infalible cada vez que me agarraba una gripe o cualquier otra enfermedad.

—No, cómetela tú, tranquilo.

He visto muchas y maravillosas sonrisas de bondad, pero esta se lleva la palma. Tan bueno como indefenso, con toda la gratitud que uno puede imaginar que lleva en su interior.

—Mario solo come manzanas asadas, le damos también las nuestras —Gianluca se siente obligado a dar una explicación, como líder autoproclamado de la sala.

—Gracias —me dice Mario, mirándome con ojos lacrimosos.

Tengo demasiada curiosidad, vence incluso las ganas de escapar. Con un movimiento de cabeza llamo a Pino para que venga a mi lado.

—No me tomes por loco, aparte de que estamos en un manicomio. ¿Conoces a los Queen? ¿Los de Freddie Mercury? —Pino asiente.

—Sí chaval, lo sé, Brian May, el guitarrista, es idéntico, Mario solo es algo más viejo y está más loco.

—No me salía el nombre, gracias.

A las dos de la tarde, vestido de paisano, veo a Pino saliendo a paso ligero, no me devuelve el saludo que le hago con la mano. En su lugar aparece otro enfermero, más joven, sobre todo más delgado.

En la sala hace un calor asfixiante, solo Gianluca y yo damos signos de sufrimiento, mientras que no parece que Virgencita y Alessandro se den cuenta. Es más, Mario lleva una bata gruesa y arrugada encima del pijama, que también es grueso, de invierno.

De los pantalones tirados en mi pequeño armario cojo doscientas liras, el teléfono está en la entrada de la sala, cerca de la puerta cerrada con llave.

—¿Dani?

Siempre he pensado que mi madre tiene algún poder sobrenatural, especialmente con sus hijos, un don que hace que se dé cuenta antes y mejor de cualquier mentira ingeniosamente construida, más allá de cualquier palabra. Sabía que yo estaba al otro lado del teléfono. La certeza absoluta de su amor, capaz de vencer las leyes de la física, me quita las pocas fuerzas que había recuperado.

—Sí, soy yo.

—¿Cómo estás?

Un poco de su don, por tener la misma sangre, nos lo ha transmitido, quizá no hace falta ningún don para darse cuenta de lo muy preocupada que está.

—Ahora estoy bien, me tendrán aquí una semana, ¿lo sabes?

—Ayer nos lo dijo el médico, nosotros también estamos de acuerdo, tú no te das cuenta, estabas como loco. ¿Ahora cómo te sientes?

Me llevo la mano a la zona de la cabeza que me ha quemado Virgencita, mis dedos acarician el cuero cabelludo al descubierto, por suerte se quemó solo el pelo.

—Estoy bien, aunque aquí están todos locos, pero locos de verdad.

Mi madre permanece callada, luego vuelve a lo que estaba diciendo y entiendo el motivo de su silencio, le tiembla la voz, pero se domina.

—Llevamos dos años de un médico a otro y nadie ha entendido nada, quizá ahí dentro logren descubrir lo que te hace sufrir tanto, porque un chico de veinte años debería ser feliz y tú, en cambio, no sales de tu tristeza, no sabemos qué hacer para quitártela de encima —el autocontrol que se había impuesto se desmorona como tierra seca—. Yo quiero verte feliz —no consigue decir más que esto, luego me llegan sus sollozos.

—Si es que yo no soy infeliz, no se trata de felicidad, me parece que soy el único que se da cuenta de que somos todos equilibristas, de que de un momento a otro uno deja de respirar y le meten en un ataúd, como si nada, de que el tiempo parece un insulto, hacia ti, hacia papá, y me cabrea. Pero en ciertos momentos podría iluminarlo todo con toda la felicidad que tengo dentro, de veras, nadie sabe qué significa la felicidad mejor que yo.

Mi madre recupera el don de la palabra, incluso la respiración parece más regular.

—Hoy por la tarde pasa tu hermano con alguna muda, te he comprado unas galletas y zumo de fruta, ¿necesitas algo más?

Me gustaría decirle a mi madre lo que necesito de verdad, siempre lo mismo desde que di mi primer sollozo en este mundo. Lo que deseo desde hace tanto tiempo no ha sido fácil decirlo, intentaba explicarlo con conceptos complicados, he pasado estos primeros veinte años de vida buscando las mejores palabras para describirlo. Y palabras he usado muchas, demasiadas, para después entender que debía actuar en sentido contrario, así que comencé a quitar una cada día, la menos necesaria, la más superflua. Poco a poco acorté, podé, hasta llegar a una única palabra. Una palabra para decir lo que verdaderamente quiero decir, lo que llevo dentro desde que nací, desde antes de nacer, que me sigue como una sombra, tendida siempre a mi lado. Salvación. Esta palabra no se la digo a nadie más que a mí. Pero ahí está la palabra, y con ella su significado más grande que la muerte.

Salvación. Para mí. Para mi madre al otro lado del teléfono. Para todos los hijos y todas las madres. Y todos los padres. Y todos los hermanos de todos los tiempos pasados y futuros. Mi enfermedad se llama salvación, pero ¿cómo, a quién decírselo?

O quizá lo que llamo salvación no es más que uno de los tantos nombres de la enfermedad, quizá no existe y mi deseo no es más que un síntoma a tratar. Lo que me aterra no es la idea de estar enfermo, a eso me voy acostumbrando, sino la duda de que todo sea una simple casualidad del cosmos y nada más, el ser humano como un arrebato de vida, por error.

—No, mamá, no necesito nada más. Tranquila, mamá, por favor, ¿vale?

—Tranquila estaré cuando vuelvas a casa.

—María, ¡he perdido mi alma! ¡Ayúdame, Virgencita mía!

Virgencita se ha despertado, está sentado en su cama, tiene las manos abiertas frente a los ojos, como si las estudiase, primero el dorso, luego las palmas, parece sorprendido de su capacidad de controlarlas. Llego a mi cama y me acuesto en ella, debo de estar a un metro de él. No logro calcular su edad, quizá unos treinta años, el rostro chupado, la barba larga, los ojos hundidos dentro de las órbitas. El pijama abierto, desgastado, deja entrever unos pocos pelos en el tórax, sobre una delgadez tal que se le cuentan los huesos. Pero no es su aspecto deteriorado lo que me encoge el corazón, lo que me hace cerrar los ojos por un instante, invadidos por la compasión. Su aspecto es una triste consecuencia, es la cera consumida de la vela. Lo que me hace llorar es la brasa negra que le consume los ojos. Una angustia tan profunda que deja sin aliento. ¿Qué enfermedad puede suponer una carga tan enorme sobre los hombros de un hombre? Porque la carga que pesa sobre el pobre cuerpo de Virgencita es bestial, inhumana. Intento no mirarlo, me avergüenzo de ello, durante un instante me pasa por la cabeza el pensamiento de que esa bestia angustiosa que lo ha esclavizado pueda saltarme encima y adueñarse también de mí.

Mis ojos vagan por la sala, además de Virgencita, solo está mi vecino de cama, Alessandro, siempre mirando fijamente sobre mi cabeza. Decido moverme, buscar a algún ser humano que todavía sea capaz de hablar. De la habitación de al lado llega la voz de Marta Flavi. Ahí vuelve Mario del baño, me sonríe mientras pasa a mi lado y llega lentamente hasta la ventana.

Por el pasillo me doy cuenta de cómo está organizada nuestra sección. Nuestra habitación, la consulta médica justo enfrente, junto a un par de puertas cerradas, dispensario y aseos para el público, son una especie de primer círculo que se cierra con la sala de la televisión. Inmediatamente después otra puerta con los vidrios tintados, que también está cerrada con llave, como la de la entrada general, debería llevar al otro círculo, el de los malos. Así debería ser.

Encuentro a Gianluca y al enfermero que ha sustituido a Pino absortos frente al televisor. En cuanto me ve, se levanta y se acerca.

—Hola —respondo con un movimiento de la cabeza. El enfermero como mucho tendrá treinta años, está cohibido, es tímido.

—Soy Lorenzo, que te quede claro desde el principio, no me toques los cojones y yo no te toco los cojones a ti, ¿estamos? —de una manera mucho más torpe, y con menos capacidad de infundir temor, el enfermero Lorenzo ha replicado la advertencia de Pino. Gracias a él entiendo perfectamente el significado real de esas palabras: agredir primero para esconder el miedo de ser atacados. Porque Lorenzo tiene miedo, no hay parte de su cuerpo que no lo manifieste. Estar en medio de una turba de locos, todos los días, no debe ser nada fácil.

—No te preocupes, de verdad, soy un tipo supertranqui, me llamo Daniele —pero mi intento de tranquilizarlo no parece que haya surtido mucho efecto.

—Dentro de nada viene Cimaroli para verte, en cuando esté listo te llamo.

Dicho esto, Lorenzo sale de la habitación.

En televisión, mientras tanto, Marta Flavi entrevista a un hombre sobre los cuarenta, uno de tantos corazones rotos que busca a su nuevo amor.

—Hombre, físicamente es feo que te cagas, quizá es un buen chico, pero es que no pueden ser todos guapos, como Daniele, por ejemplo.

Gianluca advierte mi llegada volviendo a la carga, pestañea coquetamente, sonríe, luego sus ojos se llenan de un deseo voraz.

—Oye, Gianluca, te lo digo ahora y que te valga para siempre. A mí me gustan las chicas, ¿queda claro? Si quieres, podemos ser amigos, eso sí, con mucho gusto, pero no me seas de esos que continuamente se te están echando encima porque me fastidia, ¿entendido?

Él, como respuesta, acerca su rostro a un palmo del mío. Leo en sus ojos una febril avidez:

—Pues no sabes lo que te pierdes, sobre todo con la boca.

Permanezco inmóvil, sin hacer nada para disimular lo molesto que estoy.

Gianluca querría seguir con su juego de seducción, pero ya no le sale tan bien como antes.

—Ay, bueno, no es para tanto. Está bien. Amigos. Es que cuando estoy en la parte blanca pienso solo en el sexo, ya querría yo controlarme más, pero es que me puede, son unas ganas continuas, un hambre de todo.

Me atengo a sus palabras, trato de domar el instinto, de no ceder a él, pero no lo logro:

—¿Te puedo preguntar una cosa? Perdona, es que la curiosidad me come, ¿qué quiere decir eso de la parte blanca?

Gianluca se me acerca otra vez.

—Tengo trastorno bipolar grave, ¡qué le vamos a hacer! La parte blanca es cuando estoy bien, demasiado bien; de hecho, los médicos me han dicho que toda esta euforia es un síntoma, que pienso que estoy bien, pero en realidad es la enfermedad. Luego está la parte negra, que es cuando estoy realmente mal, la parte tremenda, la última vez me quedé en cuarenta y siete kilos. Cuando estoy en la fase blanca pienso solo en el sexo. Cuando estoy en la fase negra, solo en la muerte —Gianluca intenta esbozar una sonrisa, pero no le sale.