Tomates, pan y chocolate - Mar D. Mirabal - E-Book

Tomates, pan y chocolate E-Book

Mar D. Mirabal

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Beschreibung

Aproximando las islas Canarias al resto de España, surge Tomates, pan y chocolate y, aunque concebidas como historias independientes, cada uno de los relatos mantiene un nexo: plantear una situación que el personaje debe resolver, una situación que lleva a la toma de decisiones. De esta manera, "Tomates" transcurre en el año 1942, en una sociedad que acaba de superar un conflicto bélico, la guerra civil española, y en una isla del océano Atlántico. La protagonista, Juana, una niña huérfana de padre y muy unida a una madre que debe ir a trabajar todo el día, llena la soledad acompañándola de fantasía. "Pan" nos introduce en una aldea de Galicia de los años sesenta, a la que aún no ha llegado la luz eléctrica y donde una niña, Marucha, vive con su tía desde que su mamá y su papá murieran en un grave accidente de coche. Esta entabla un gran lazo de amistad con un pequeño cerdito al que ofrece pan como símbolo de afecto. Finalmente, y situado en la actualidad, "Chocolate" nos lleva hasta un niño, Nuhazet, que adopta con responsabilidad un gatito, ofreciéndose, el uno al otro, tranquilidad y seguridad. La historia, de esta manera, destaca la empatía de ver diferentes visiones de una misma situación: la del gatito y la del niño.

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Seitenzahl: 62

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Mar D: Mirabal

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Imagen de portada: Gabriel Jesús Cruz Lema

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-142-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Agradecimientos

«Al lenguaje, como formador del pensamiento y la creatividad, vía de la comunicación, de la socialización, y escultor de la personalidad del ser humano».

Prólogo

La obra contiene tres relatos que, por su contenido, parecieran dirigidos a una población adolescente. No obstante, los ideales y virtudes que se desprenden del contenido, y transmitido en los mismos, llevan a la reflexión sobre las actitudes a seguir ante determinadas circunstancias de la vida: la ausencia de un ser querido, la responsabilidad ante nuestro entorno, la soledad, el amor ante cualquier ser vivo, la empatía, el respeto y, sobre todo, la equidad y conciencia ante la igualdad de oportunidades de todo ser humano, independientemente de su género.

Ya, en la primera obra publicada por la autora, Espacios, se intenta contagiar al leyente sobre dichos valores, desde un punto de vista existencialista e intimista, en lo que sería una constante preocupación por el devenir del ser humano y su libertad para elegir, desde una perspectiva del desarrollo de su identidad.

La labor docente de la autora no deja de ser factor importante para la elección de las temáticas expuestas en sus relatos, ahondando en la identidad de los personajes, a menudo carentes de afecto, o necesitados de darle una razón a su existencia, transmitiendo que todo en la vida tiene que pasar por dar sentido a su propio yo, superando obstáculos, ya que en ello consiste la enseñanza de la maestra: la vida.

Por otro lado, la autora hace hincapié en la descripción detallada de todo lo que se percibe a través de los sentidos. Olores, ruidos, sonidos, voces, paisajes, detalles físicos de los intervinientes, todo ello es descrito de tal forma que pareciera que estamos imbuidos y atrapados en la propia historia. Diríase que desea que atravesáramos una puerta mágica para, una vez como meros espectadores invisibles, y otras como personaje principal, e incluso secundario, ya que con cualquiera de ellos podríamos sentirnos identificados, viviéramos cada momento narrado como si de nuestra propia vivencia se tratara. Y es ahí donde se destaca el papel indiscutible de la mente, de la imaginación. Sin ella no habría cambio, no habría futuro, ni tan siquiera presente.

El protagonismo que la autora da a las descripciones surge por la intención de esta de trasladar la importancia que posee nuestra mente para la creación de imágenes, consciente de la invasión de un mundo basado en la inmediatez de representaciones ofrecidas.

En este ámbito, el lenguaje aparece como vehículo para la creación, desde la propia percepción de la lectura, de la palabra escrita.

En consecuencia, el discurrir de cada relato se concibe como espacio de reflexión para cualquier persona, independientemente de la edad y circunstancia, ofreciendo una pausa para la proyección del pensamiento.

Finalmente, con lenguaje natural, sin adaptaciones artificiales, pero sencillo y de fácil lectura, la autora nos sumerge en una España que une el norte del territorio peninsular con el isleño canario, deseando fundirlos en la distancia y, a la vez, ofreciendo la cercanía del tiempo que la historia parece dimensionar, producto todo ello del reflejo de su propia existencia, siempre viajando de Canarias a la Península, y viceversa, uniendo sentires y culturas.

En esta percepción, la autora se ha basado en hechos reales para hilar las narraciones: desde la situación de una niña, en la que su infancia transcurre en una posguerra, hasta la de un niño de la España actual, pasando por un intermedio de los años 60, en los que se refleja las vicisitudes de una vida rural de la época, transmitiendo la probabilidad de que todo es posible.

Así, el primer relato lo dedica a su propia madre, Juana, protagonista real de Tomates, ávida por conseguir lo que quería por muy alto que estuviera y que, a pesar de utilizar como símbolo un «muro de piedra», esta lo supera para alcanzar su objetivo, aunque para ello tuviera que recurrir a la fascinación de un mundo mágico.

El segundo y tercer relato, Pan y Chocolate, se desarrollan como trazos de experiencias del propio existir de la autora: uno, en esa Galicia aún rústica que está comenzando a vislumbrar el futuro, y en la que el cariño y la unión a un cerdito hizo sus delicias en un verano de 1968, el otro, mediante la insustituible dulzura y apego a su gato, Isidoro, que acompañó a la escritora durante 18 años.

Vaya pues, todo ese amor y respeto que la autora intenta trasladar a través de sus páginas, para que cada leyente lo aprecie, lo viva y lo vea, percibiendo los aromas y escuchando los sonidos.

Recibe la bienvenida a tus historias.

Gabriel Jesús Cruz Lema

Tomates

Transcurría el año 1942, en una isla del océano Atlántico llamada Gran Canaria. De suave clima y gente sencilla, sus hombres y mujeres se dedicaban, principalmente, a la pesca, a una agricultura de subsistencia, a la artesanía o al trabajo en la fábrica de conservas o de tabaco. Su ciudad era pequeña y bañada por playas de arena dorada. La vida transcurría tranquila y sus gentes vivían en casitas terreras con sus gallinas y alguna que otra cabrita. Con ello, los huevitos y la leche quedaban garantizados en una sociedad que hacía solo tres años había salido de una guerra, y en la que se podían consumir alimentos escasos y en cantidades racionadas.

En una de esas humildes casitas vivía la pequeña Juana. Todos los días, y desde que ella recordaba en sus escasos nueve años, sobre un viejo muro que daba al pequeño huerto en el que su madre cultivaba papas, lechugas y cebollas, además de unas bonitas flores que utilizaba para decorar la casa, siempre se encontraba una cesta de mimbre llena de tomates, tomates grandes, rojos, brillantes y jugosos que provocaban ser comidos. Quizá eso era lo que pensaba Juana cada vez que pasaba cerca del ruinoso muro.

Ella caminaba disimuladamente, como quien no quiere la cosa, sin atreverse a mirarlos, pero… no, no podía evitarlo, y como en un gesto automático, ¡zas!, los miraba, se dirigía hacia una enorme piedra situada en la tierra, probablemente antaño perteneciente a ese mismo muro, se subía en él y, rápidamente, atrapaba uno de ellos, bueno, y a veces dos o tres.

De un salto, atravesaba el desangelado huerto, como si huyera de los mismos tomates, entraba en la casa, cruzaba el patio interior, el recibidor, frenaba ante la puerta de la calle levantando el oxidado gancho que la mantenía semiabierta, y se lanzaba al exterior con desesperación.

Ya relajada, pero aún jadeante, Juana paseaba por las estrechas callejuelas que la conducían a la despejada playa, a escasos metros de su casa. Los tomates, que se zarandeaban en los bolsillos del batín floreado que solía llevar para no manchar su traje, hacían que la silueta de Juana, delgada, pareciera estar rodeada de un cancán.