Tomates verdes fritos - Fannie Flagg - E-Book

Tomates verdes fritos E-Book

Fannie Flagg

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Beschreibung

Mezcla de tradición y frescura, la conmovedora Tomates verdes fritos trata sobre Evelyn Couch, una mujer de mediana edad que está pasando por una depresión, y la entrañable anciana Ninny Threadgoode. Evelyn vive una existencia gris, acomplejada y totalmente frustrada con todo lo que la rodea. En una visita al asilo donde reside su suegra conoce a la señora Threadgoode, que comienza a contarle historias de un pequeño pueblo llamado Whistle Stop, cuya vida giró un tiempo en torno a un café. De pronto, a Evelyn se le abre una luminosa ventana al pasado por la que entra un soplo de aire fresco. Remontándose a finales de la década de 1920, la anciana describe a Idgie y Ruth, dos espíritus sensibles, alegres y llenos de una admirable energía vital, que saben sobreponerse a las dificultades y saborear el gusto por la vida. La ternura y la solidez se mezclan sabiamente en las palabras de Ninny, que hace de Idgie y Ruth dos auténticas heroínas de la vida cotidiana. Tomates verdes fritos aborda temas como la discriminación de la mujer, el racismo, la homosexualidad femenina, la miseria o el alcoholismo y, a pesar de eso, es una de esas novelas optimistas en las que, como por arte de magia, todo encaja a la perfección. La novela fue llevada al cine en 1991.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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El mundo está lleno de mujeres con historias tristes. Que no pueden con la vida. Que arrastran maridos apestosos, violentos y machistas. Que tienen hijos desagradecidos o de los que se han distanciado. Cuyos trabajos, si los tienen, no les satisfacen, no les realizan ni les dan el suficiente dinero para independizarse. Mujeres tristes que siguen con sus vidas, que van al médico, que piden ayuda y toman antidepresivos, que se toman su vino diario para soportar el día a día. Mujeres que no son felices, que no lo han sido y que no saben cómo podrían serlo. Son nuestras madres, tías, abuelas, nuestras maestras, nuestras tenderas, las vecinas, las que te cruzas en el súper, son nuestras amigas y, también, somos nosotras.

Esas mujeres normales, que temen ganar peso, que tienen hijos pero a veces se arrepienten, que se sienten solas, aunque siempre estén acompañadas, a las que les cuesta crear amistades y que no saben romper con todo lo tóxico que les rodea. Mujeres así hemos sido todas alguna vez en la vida. No porque sea algo biológico e inherente al constructo que tiene que ver con ser mujer, ni mucho menos. Simplemente, porque nuestra querida sociedad, ese heteropatriarcado capitalista, marca un esquema fijo de lo que es ser mujer, basado en unas cuotas de éxito y de perfección imposibles de conseguir, ni siquiera durante unos minutos por la más perfecta de las criaturas. Es entonces cuando todo se desmorona, cuando surgen traumas, enfermedades, dolores y problemas de autoestima y convivencia. Eso que todas las mujeres hemos vivido, que también viven quienes no se identifican con ningún género, y que empiezan a vivir muchos hombres, recorre las páginas de una de las novelas feministas de los años ochenta, que tuvo un éxito imprevisto, Tomates verdes fritos. Es fácil que todos los seres que habitamos el mundo capitalista empaticemos y nos emocionemos con las dichas y desdichas de Idgie y Ruth, dos mujeres que lo tuvieron todavía más difícil, que en tiempos de la Gran Depresión americana supieron romper los roles de género y poner en su sitio a esos estamentos sociales —Iglesia, Estado y marido— que encorsetaban a las mujeres. Solo así pudieron llevar la vida que quisieron, desde la revolución amable o desde la inconsciencia de estar haciendo un acto revolucionario.

Tomates verdes fritos ha sido una novela y una película sobre la que se han lanzado bastantes prejuicios que, en este momento de revisión, también disfórico en palabras de Preciado, y feminista, conviene romper. Prejuicios que tienen que ver con que las protagonistas del filme sean mujeres normales y corrientes, como nuestras madres, nuestras abuelas y como nosotras. Que hablen a veces con tópicos o frases hechas, lo cual no significa que eso las convierta en ñoñas o edulcoradas.

Quizá a esos prejuicios contribuyó, en parte, el éxito que en 1991 tuvo la adaptación cinematográfica de esta novela, con guion de la propia escritora, Fannie Flagg. Nadie daba un duro por ella, y sin embargo, la película se convirtió en todo un fenómeno en la taquilla, logrando una recaudación de 119 millones de dólares en todo el mundo. También fue un pequeño fenómeno en la temporada de premios. El guion de Flagg fue nominado al Oscar de la Academia de Hollywood y al premio Writers Guild of America, del sindicato de guionistas, además de ganar el prestigioso Scripter Award. Por cierto que la autora, como tantas creadores mujeres, recibió negativas a su historia. «Nadie está interesado en una anciana y un hogar de ancianos», cuenta que le decían los editores sobre una novela que, finalmente, ganó el Pulitzer.

Prejuicios que pasan también por cómo se consideraba a las escritoras mujeres. Siempre un peldaño por debajo, para empezar, y cuidado con que no cumplieran con lo establecido. A la premio nobel Annie Ernaux la llamaron ñoña por hablar de supermercados, la tienda de sus padres o su infancia. Hacia Fannie Flagg había cierto paternalismo, pues era una autora atípica. No provenía de ningún círculo intelectual, más bien de Birmingham, un pueblo de Alabama, y había trabajado como actriz e intentado hacerse un hueco en el mundo de la belleza presentándose hasta siete veces al concurso de Miss Alabama. Fue entonces cuando cambió su nombre (había sido registrada al nacer como Patricia Neal), ya que coincidía con el de una famosa intérprete americana. Si hay algún lector friki puede buscarla en la mítica Grease o en Locos en Alabama, la película de Antonio Banderas.

No fue hasta 1983 cuando esta mujer, disléxica e incapaz de deletrear, publicó su primera novela, Daisy Fay y el hombre de los milagros, a la que seguirían Bienvenida a este mundo, pequeña y Me muero por ir al cielo, con gran éxito de ventas. Y, finalmente, su obra más conocida, Tomates verdes fritos, gracias también a esa adaptación cinematográfica que supo colarse en la taquilla en tiempos donde dominaban hombres fuertes como Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone.

¿Cómo fue posible tal éxito? ¿Si por entonces todo ejecutivo de Hollywood juraba y perjuraba que las historias de mujeres no vendían, si por aquel entonces solo los rostros bellos tenían cabida en la gran pantalla? ¿Qué tiene esta novela que pudo convertir a su película en un éxito? Básicamente, que las mujeres que en ella salen podrían ser nuestras amigas. Y eso no tiene rival.

En ese año, por cierto, se estrenó también otra película sobre amistad femenina, Thelma y Louise, de Ridley Scott, donde Susan Sarandon y Geena Davis huyen tras disparar al marido maltratador de una de ellas en un Thunderbird ’66. Una huida donde la violencia parece inevitable y donde desde el inicio se vislumbra el triste y atropellado final. La película marcó escuela y sigue marcando y dejó en la sombra a Tomates verdes fritos que, injustamente, fue acusada de edulcorada, quizá por el motivo de que a diferencia del retrato de la violencia que emerge en la película de Scott, en la esencia de la historia de Flagg la reflexión sobre el asesinato o la eutanasia es mucho más optimista y naif.

Sí podemos decir que la película es más blanda y blanca que la novela. La escritora no pudo convencer a los productores de desarrollar la historia de amor de dos mujeres, que no mencionaban la palabra lesbiana, pero que vivían felices construyendo su nuevo modelo de familia, con un niño adoptado ante las circunstancias, con amigos a los que cuidar y proteger, como los afroamericanos que trabajan en el lugar. Eso es lo que hace la novela mucho más profunda y en la que la autora creó a dos lesbianas felices, algo poco habitual en la literatura y en el cine, donde el lesbianismo es siempre vivido como una desgracia, como algo triste y una condena. En Tomates verdes fritos Flagg, que fue pareja de la escritora Rita Mae Brown, proyectó lo que hubiera sido su familia ideal.

Sin embargo, Flagg no pudo hacer que en el guion se ahondara en la trama queer de la historia. No era un momento donde las tramas de diversidad sexual explícitas estuvieran en los guiones de Hollywood y esta adaptación no fue una excepción. Una pena, pues hubiera hecho mucho más rica e interesante la historia. Lo bueno es que en su novela queda todo eso que la escritora quería contar.

La autora supo darle a figuras que, a priori, no estaban politizadas una dimensión política, sin aspavientos ni grandes discursos. Lo que enseña Flagg hoy es que no solo hay feminismo en la teoría, también en el día a día de un restaurante que cocina menús para los que no pueden pagarlos, que trata en igualdad a todos y que rechaza la violencia machista, como sea y cueste lo que cueste. Todavía hoy, varias olas feministas después, cuesta ver el potencial político que hay en las amas de casa, en las mujeres que no están politizadas, que no conocen o debaten en términos feministas pero que toman las riendas de su vida y ejecutan muchas de esas teorías del feminismo, por ejemplo, aquellas que tienen que ver con la sororidad, el gran tema de la obra que tenemos aquí.

»Las mujeres ponen mayor empeño en mejorar sus relaciones con los hombres. Pero lo más importante es cambiar las relaciones entre mujeres». Esta frase de Kate Millett es quizá el mejor resumen de Tomates verdes fritos, novela sobre la que se ha dicho y escrito mucho y que tiene como tema y defensa la sororidad. Si ahondamos en ese término, que muchos detestan, ya hasta Unamuno mencionaba algo similar. El autor de La tía Tula hablaba de que fraternal y fraternidad vienen de frater, hermano, y Antígona era soror, hermana, por lo que convendría hablar de sororidad y de sororal, de hermandad femenina. Aunque es un neologismo inglés, sorortiy, o un sinónimo de sisterhood (hermandad), el término también tiene una raíz latina, soror, que quiere decir hermana de sangre.

La idea de hermandad entre mujeres, de cooperación y solidaridad es una manera de luchar contra una idea que el patriarcado ha infundado en el imaginario colectivo, la de que las mujeres peleamos y competimos entre nosotras por el trabajo, por los hombres, por ser las más bellas, etc. En el diccionario de Oxford existe un término para explicar esa enemistad fomentada por el sistema machista, catfight, pelea de gatas. Y es que desde pequeñas se nos enseña a preguntar quién es la más guapa de la clase, la más lista. ¿No es eso en lo que se basa una de las películas clásicas de Disney, como es Blancanieves y los siete enanitos? Blancanieves no deja de ser la historia de cómo una mujer es capaz de matar a otra por el simple hecho de ser más bella. Visto así es normal que la muchacha prefiriese quedarse con un grupo de enanos desconocidos antes que fiarse de otra mujer.

Además de sororidad y lesbianismo, la novela habla de muchas cosas, de amistad, sabiduría y muerte, pero también de violencia de género, racismo, gerontofobia, feminismo, eutanasia, pobreza y discapacidad, temas que interesaban a su autora, totalmente alejada de ese mundo literario de escritores y escritoras que pasean por los locales de moda en Nueva York. Flagg solía señalar que ganar un concurso de belleza era la única manera de que una mujer obtuviese una beca en los años cincuenta y ella se embarcó en ello hasta siete veces, algo que es sumamente esencial para entender algunas de las cosas que pasan por estas páginas, pues Tomates verdes fritos habla de uno de los problemas que todavía el feminismo no ha sabido enfrentar, cómo lidiar con el ideal de belleza femenino.

«Soy demasiado vieja para ser joven y demasiado joven para ser vieja». La frase podría ser dicha por cualquier mujer de Hollywood, pero la dice el personaje protagonista de la novela. Una mujer que sufre por su cuerpo, que piensa, como tantas otras, que si no adelgaza y se mantiene joven, estará sola, pues la dejará su marido y nadie la querrá y morirá rodeada de gatos y abandonada. Pero que logra desobedecer a un sistema al que vive apegada gracias a los consejos de otras mujeres, una anciana internada en la residencia a la que acude a ver a su suegra. También gracias al poder de las historias, la que cuenta esa anciana sobre dos mujeres que en los años veinte y treinta sobrevivieron en el clima más hostil.

El cuento de terror con el que la sociedad y su pánico moral, parafraseando el término de Stuart Hall, ha dominado a las mujeres para someterlas a ese régimen disciplinario que consiste en comer una serie de productos, gastar dinero en el gimnasio, en cremas anticelulíticas y reductoras y productos de belleza que prometen milagros y que incumplen todos los eslóganes de los anuncios protagonizados por actrices delgadísimas a las que a todas nos meten la terrible idea de parecernos.

Es el sistema patriarcal el que subordina a las mujeres, les dice cómo deben ser, parecerse y de quién deben ser amigas y enemigas, porque también nos ha enseñado a competir entre nosotras, por el hombre, por el trabajo, por ocupar el número uno de la lista de las más bellas. Como dice la ex ministra de Cultura Carmen Alborch en su ensayo, Malas, rivalidad y complicidad entre mujeres (Aguilar):«Vivimos inmersas en la comparación, midiéndonos constantemente. Aprendemos a competir para sobrevivir, siempre desde la escasez». Nuestra protagonista, una ama de casa deprimida, consigue salir de todo ese embrollo y lo hace con algo tan bonito como el legado y amistad intergeneracional, en ese encuentro en una residencia de ancianos.

Los cuatro personajes femeninos que protagonizan Tomates verdes fritos son como cuatro superheroínas con cuatro superpoderes diferentes. Tenemos a Ninny, una anciana, que es quien lleva el peso narrativo de la historia. Ella cuenta la historia. Ella domina el relato y rememora algo que pasó en un pueblo de la segregada Alabama. Vivió como quiso y ahora su poder es trasmitir ese saber al resto de mujeres que vienen detrás de ella.

Por ejemplo, a Evelyn, el otro personaje. Una mujer en crisis. Tiene un trastorno alimentario, una disforia de su propio cuerpo. Está frustrada, sufre el síndrome del nido vacío, ya no es madre, ya no es esposa, ya no es una mujer deseable. Su poder es la amistad y cómo hacer de ella un arma revolucionaria cambiando su vida y la de las demás al grito de Towanda.

Luego tenemos a Idgie y Ruth. Las mujeres del pasado. Idgie es independiente y ha roto con el modelo femenino de su época. Ni sexualidad, ni belleza. Ella prefiere ropa masculina, no va a la iglesia y es capaz de fundar una familia alternativa rompiendo, ahí está su poder, con los roles establecidos en una sociedad profundamente conservadora, blanca y heterosexual, y desafiando el poder de los hombres. Ruth es una mujer que asume el rol de esposa y madre, de mujer sumisa, pero de esa debilidad es capaz de sacar la fuerza para romper con todos esos valores familiares y religiosos. Su poder es mantener unida a la familia, y la cocina es una herramienta.

En el ensayo From Betty Crocker to Feminist Food Studies: Critical Perspectives on Women and Food, un grupo de autoras analizan cómo la cocina puede ser un arma de doble filo para las mujeres. Por un lado, cocinar es una de esas labores otorgadas por el sistema a las mujeres en lo que sería un ejemplo más de coerción y desigualdad. Por otro lado, explica el ensayo, ese acercamiento a un saber milenario, que trasmite conocimientos de una generación a otra y que alimenta a toda la familia o toda la comunidad, otorga a las mujeres un lugar de posibilidad y, como diría Foucault, de contrapoder. Eso está presente en Tomates verdes fritos, donde las mujeres cocinan y son independientes, donde la comida refleja la idiosincrasia de un lugar y su multiculturalidad, eso sí, siempre contada con los ojos de una mujer blanca en una situación de privilegio frente a la comunidad negra de Alabama.

Laura Lindelfeld habla también de un uso de la comida interesante en Tomates verdes fritos. Tiene que ver con los problemas alimenticios de uno de sus personajes y la comida como elemento de control de las mujeres en la sociedad. En la ficción, sobre todo en el audiovisual, los personajes femeninos pueden comer lo que quieran siempre que no engorden. Como en la vida real, no se vayan a pensar. Si no, la relación con la comida ya no es la misma. Si la comida y lo gastronómico es un elemento aglutinado y revolucionario para Idgie y Ruth, que une lo común, para Evelyn es un elemento de escape, que refleja la ansiedad que vive y que le aleja de todo lo demás. Es a través del relato como la protagonista puede aprender del poder de la comida para empoderarse también.

Como vemos, Tomates verdes fritos es una historia de grietas. De cada una de las grietas por las que las mujeres se han ido levantando, sin hacer mucho ruido, para poder salir adelante en esta sociedad patriarcal. Pero es mucho más. En pleno debate intenso en el feminismo, la película recuerda que el debate académico se soluciona con decisiones pragmáticas.

La clave de todo esto radica en que las protagonistas de la historia que se cuenta, Ruth e Idgie, no anteponen identidades prefijadas, sino que anteponen a las personas. En los conflictos que ambas protagonistas enfrentan se dan una serie de variantes, que hacen pensar en qué es el feminismo y la sororidad. Estamos en los albores de los años treinta, con dos mujeres dirigiendo un café en un pequeño pueblo donde la segregación racial era una realidad. Hay por tanto una interseccionalidad de varias cuestiones.

Con la cuestión del género y la igualdad de la mujer se cruza el sexo o, como diría Teresa de Lauretis, una sexualidad que va más allá del sexo, pero también está presente el racismo y la desigualdad que condicionaron el sur en esa época de la Gran Depresión, con las heridas de la Guerra Civil y la violencia del Ku Klux Klan, y que siguen condicionando hoy al país. Al racismo, ambas mujeres blancas lo enfrentan como si también les constriñera a ellas. Un ejemplo de que esa sororidad femenina no lucha solo por ellas mismas, sino por una sociedad mejor. Es el yo colectivo hecho carne en la ficción.

Lo subversivo aquí es que las mujeres cooperen, compartan su condición y sean conscientes de su situación de alteridad y de subalternas. En una situación de crisis, como la que muestra el contexto, la rebeldía es que las protagonistas de la novela se sostengan y luchen juntas, no solo contra el maltratador marido de una de ellas, sino también contra otra de las opresiones de la sociedad, el racismo. Esas enseñanzas acaban impactando en dos mujeres que décadas después se enfrentan a problemas similares. Y es que Tomates verdes fritos puede leerse también como una defensa de la ficción para cambiarnos a nosotras y cambiar las cosas. ¿Hay una utilidad más bella en la literatura?

«Yo nunca me enfado, porque me dijeron que era de mala educación. Pero hoy me he enfadado, y ha sido maravilloso», aprende el personaje de Evelyn de ese cuento del pasado. Aprende también un concepto feminista de primer orden, la autodefensa. Es lo que desarrollaron Idgie y Ruth, ante la violencia de los hombres, utilizando lo doméstico, la cocina, para esconder su crimen. Autodefensa es también lo que logra Evelyn cambiando, poco a poco, su vida. Autodefensa es también lo que pone en práctica un personaje secundario que merece hasta un spin off, como el de Eva Bates, la dueña del burdel en Alabama, que es novia de Buddy, amante de Idgie e iniciadora sexual del pequeño Buddy Jr. La novela tiene una pléyade de secundarios que merecen también su reconocimiento, como el justiciero Bill el del Ferrocarril, otro elemento importante del contexto político y social que rodea a la historia, o la gacetillera Dot Weems, sin la cual no entenderíamos lo que pasa en esa ciudad, ni cómo se estructura el engranaje de esa pequeña y unida comunidad.

Detrás de la historia entrañable de mujeres que tejen redes de amistad, mientras preparan limonada, hay también un debate perturbador que nos recuerda a algunas de las más empoderadas chicas Almodóvar, como a esa Penélope Cruz en una huida hacia adelante en Volver (2006), o a una Carmen Maura que sabe qué usos darle a una pata de jamón en una cocina de un barrio obrero madrileño en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984). Porque al final el debate del libro nos lleva a preguntarnos cómo gestionar la venganza y cómo defenderse del maltratador cuando el Estado no aparece. Eso convierte a Tomates verdes fritos, por momentos, en un cuento gótico que ha perdurado y espero que siga haciéndolo en varias generaciones.

¿Cómo pudo una historia que tiene ese elemento perturbador, que irán descubriendo a lo largo de la lectura, convertirse en un éxito transversal? Probablemente tiene mucho que ver la forma en la que está narrada, con un tono amable y ligero, intercalando las crónicas periodísticas y dos relatos temporales que van avanzando, donde dos tiempos se entrecruzan yuxtaponiendo incidencias, hechos y referencias separadas por cincuenta años de diferencia donde hay paralelismos, contrastes y similitudes entre las mujeres, como en la vida misma. También, como decíamos, por la cercanía de los personajes y sus características hacia los lectores y las lectoras. Pero además, podemos añadir otro elemento, el humor. La historia es conmovedora, entretenida y tiene hasta su punto de comedia. Reúne varios aspectos de cada uno de los géneros, la intriga, el drama, el romance, la comedia y el retrato social. Del humor, decir que hay ironía en esas clases de autoayuda a las que asiste Evelyn, por ejemplo. O quizá esa escena icónica que nos ha dejado un grito de guerra, que el feminismo ha utilizado años después. Ahí queda el legado pop de esta película. ¡Towanda! Es lo que grita la actriz Kathy Bates cuando se dirige a dejar su coche en una plaza de aparcamiento que le han quitado dos chicas jóvenes entre risas. Es un momento de liberación que conecta y provoca una sonrisa.

Hay también una característica importante en Tomates verdes fritos y en casi toda la obra de Flagg. Es su defensa del sur y de lo que significa ser sureño en un país tan vasto como Estados Unidos. «Creo que tenemos una cercanía inusual entre nosotros. El sur es la única zona de nuestro país que alguna vez fue derrotada en la guerra y sufrió esa humillación. Sentimos un vínculo y estamos muy orgullosos de nuestros orígenes. No nos quedaba nada excepto nuestras familias», dijo una vez la escritora en una entrevista. En cada uno de sus libros ha descrito Alabama, su tierra, la que dice es mucho más que estereotipos sobre esos hombres blancos conservadores. Ha descrito paisajes, como vemos en Tomates verdes fritos, el acento que tienen sus personajes, sus preocupaciones que tienen que ver con lo material, pero también con lo racial. Y hasta sucesos históricos, como ese meteorito que describe la autora y que cayó en un tejado de Sylacauga en 1954. El meteorito aparece en ese periódico aficionado, El Semanario de Dot Weems, que cuenta cada cosa que ocurre en la ciudad donde Idgie y Ruth viven.

También el café de Whistle Stop es un trasunto del Irondale Cafe en Irondale, un suburbio cerca del lugar de nacimiento de la autora. El café fue comprado por su tía en 1932 y dirigido durante cuatro décadas por ella y dos amigos. Todavía está en funcionamiento y, al igual que el café ficticio, es conocido por sus tomates verdes fritos.

Y por supuesto ha descrito las recetas de una gastronomía que es también parte antropológica de ese lugar. Al final del libro, la autora incluyó las recetas tradicionales que servían en ese café, refugio para tantos disidentes sociales que unidos consiguieron salir adelante. Incluida, por supuesto, la de esos tomates verdes fritos que da nombre a la novela, toda una reivindicación del poder del feminismo amable de nuestras abuelas.

PEPA BLANES

Quiero expresar mi reconocimiento a las siguientes personas, cuyo aliento y apoyo tan valioso me ha sido para escribir este libro. En primer lugar y muy especialmente a mi agente, Wendy Weil, que siempre confió en mí; a mi editor Sam Vaughan, por tanta dedicación como ha puesto en mi obra y por lo mucho que me ha hecho reír incluso corrigiéndome; a Martha Levin, mi primera amiga en la editorial Random House. Y deseo también dar las gracias a Gloria Safier, Liz Hock, Margaret Cafarelli, Anne Howard Baily, Julie Florence, James «Daddy» Hatcher, al doctor John Nixon, a Gerry Hannah, a Jay Sawyer y a Frank Self. Gracias a De Thomas/Bobo and Associates por apoyarme en las horas bajas. También a Barnaby, a Mary Conrad y a la Writer’s Conference de Santa Barbara, a Jo Roy y a la Biblioteca Pública de Birmingham, a Jeff Norell y al Birmingham Southern College, a Ann Harvey y John Loque, y a la editorial Oxmoor House Publishing. Mi mayor reconocimiento, asimismo, a mi mecanógrafa y mano derecha Lisa McDonald y a su hija Jessaiah por no enredar y estarse quietecita viendo la tele mientras su madre y yo trabajábamos. Y mi agradecimiento muy especial a la encantadora gente de Alabama, del pasado y del presente. Mi corazón. Mi hogar.

«Aunque esté sentada aquí

en la residencia Rose Terrace,

mentalmente estoy dando cuenta

de un plato de tomates verdes fritos

en el café de Whistle Stop».

MRS. VIRGINIA THREADGOODE

Junio de 1986

El semanario

de Dot Weems

Semanario de Whistle Stop (Alabama)

12 de junio de 1929

Un nuevo café

El café Whistle Stop abrió la semana pasada, justo al lado de casa, junto a Correos, y las propietarias, Idgie Threadgoode y Ruth Jamison, dicen que les va muy bien. Idgie afirma que, como la gente sabe que a ella no le importa envenenarse, no cocina.

Todo se lo guisan dos morenitas, Sipsey y Onzell; solo la barbacoa está a cargo de Big George, que es el marido de Onzell.

Por si acaso hay alguien que aún no haya ido, dice Idgie que el desayuno se sirve desde las 5.30 hasta las 7.30 y que tiene huevos, tortas, bizcocho, beicon, salchichas, jamón, salsa picante y café por 25 centavos.

Para almorzar y para cenar tiene pollo frito, chuletas de cerdo con salsa picante, pescado, empanadillas, parrillada de carne, guarnición de verduras a elegir, pan, bizcocho, bebida y postre por 35 centavos.

Dice Idgie que las verduras que entran como guarnición son: maíz a la crema, tomates verdes fritos, ocra frita, grelos, guisantes, ñame glaseado, limas o habitas tiernas.

Y de postre pastel.

Mi media naranja y yo cenamos allí la otra noche, tan bien que dice él que se está planteando no volver a cenar en casa. Ja, ja. Ojalá. Me paso el día cocinando para ese grandullón y nunca tiene bastante.

Por cierto, dice Idgie que una de sus gallinas ha puesto un huevo con un billete de diez dólares dentro.

Dot Weems

Residencia Rose Terrace

Antigua autopista Montgomery,

Birmingham (Alabama)

15 de diciembre de 1985

Evelyn Couch había llegado a la residencia Rose Terrace con su marido Ed, que iba a visitar a su madre Big Momma, a la que habían ingresado hacía poco a regañadientes. Evelyn acababa de darles esquinazo a ambos y había ido al salón de las visitas de la parte trasera para poder chupar su piruleta en paz. Pero, nada más sentarse, la anciana que estaba sentada a su lado empezó a hablar…

—Si me preguntan el día que se casó fulano…, con quién se casó… o qué llevaba la madre de la novia, el noventa por ciento de las veces lo sé; pero, por más que lo intente, no sabría decir cuándo me hice tan vieja. Fue algo que se me echó encima. La primera vez que me di cuenta fue el pasado junio, cuando estuve en el hospital por lo de mi vesícula, que se me la han quedado o puede que ya la hayan tirado…, cualquiera sabe. Aquel percherón de enfermera acababa de darme otra de esas lavativas de insecticida a la que tan aficionados son allí, cuando me percaté de lo que me habían puesto en el brazo. Era una banda blanca que decía: “Mrs. Virginia Threadgoode…, anciana de ochenta y seis años”. ¡Madre mía!

»Al volver a casa, le dije a mi amiga Otis que me temía que lo único que nos quedaba era esperar sentadas y prepararnos para palmar… Pero ella me replicó que prefería la expresión “pasar a mejor vida”. Pobrecita, no tuve valor para decirle que, lo llamemos como lo llamemos, palmaremos…

»Lo curioso es que en la infancia parece como si el tiempo no transcurriese, pero en cuanto se cumplen los veinte el tiempo empieza a correr como si una fuese montada en una locomotora. Me temo que la vida se nos escurre a todos entre las manos. O por lo menos a mí. Pasé de niña a mujer sin darme cuenta, con pechos y vello púbico (no público) de un día para otro. Ni me enteré. Además, nunca fui muy espabilada en el colegio, ni en nada…

»Mrs. Otis y yo somos de Whistle Stop, una pequeña ciudad que está a unos quince kilómetros de aquí, por donde quedan las cocheras del ferrocarril… Ha sido mi vecina de enfrente durante los últimos treinta años, poco más o menos, y tras la muerte de su esposo, a su hijo y a su nuera les dio por mandarla a la residencia, y me pidieron que fuese con ella. Yo les dije que me quedaría con ella una temporada y, aunque ella aún no lo sabe, el caso es que me vuelvo a casa en cuanto se adapte a esto.

»La verdad es que aquí no se está tan mal. El otro día nos dieron a todos unos chalequitos navideños. El mío llevaba unas brillantes bolas rojas y el de Mrs. Otis llevaba estampada la cara de Santa Claus. Lo que me fastidió fue tener que dejar a mi gatita.

»Aquí no te dejan tenerla y la echo de menos. Siempre he tenido uno o dos gatitos. Se la di a la jovencita que vive al lado, que últimamente se ocupaba de regar mis geranios. Porque es que tengo cuatro jardineras en el porche, todas con geranios.

»Mi amiga Mrs. Otis tiene solo setenta y ocho y es un encanto, aunque es bastante nerviosa. Tenía las piedras de mi vesícula en un tarro transparente junto a mi cama, pero me las hizo esconder porque dice que le deprimen. Mrs. Otis es poquita cosa, en cambio yo ya puede ver que soy una mujerona: fuerte complexión y grandes huesos.

»Pero nunca he conducido… He andado casi toda mi vida colgada. Siempre cerca de casa. Siempre teniendo que aguardar a que alguien viniese para llevarme a comprar o al médico o a la iglesia. Años atrás se podía coger un trolebús hasta Birmingham, pero dejó de funcionar hace tiempo. La única modificación que introduciría en mi vida, si pudiese volver atrás, es sacarme el carné de conducir.

»Es curioso las cosas que una echa de menos cuando está lejos de casa. Yo, por ejemplo, echo de menos el olor a café… y al beicon mientras se fríe por las mañanas. Aquí no hay quien huela nada de lo que cocinan ni te dan nada frito. Todo te lo dan hervido ¡y sin una pizca de sal! Lo que es yo, los hervidos ni verlos; ¿y tú?

La anciana no aguardó la respuesta.

—Me encantaban las saladitas con mantequilla y el maíz con nata por las tardes. Me gusta revolverlo todo en la copa y comerlo a cucharadas, pero en público no se puede comer como en casa…; ¿no te parece?… Y echo de menos la madera.

»Mi casa es poco más que una de esas garitas del ferrocarril; una salita, un dormitorio y una cocina. Pero es de madera, con paredes de madera de pino. Justo lo que me gusta. No me gustan las paredes de cemento. Resultan…, no sé, frías y poco acogedoras.

»Me traje de casa un portarretratos con la fotografía de una niña en un columpio con un castillo y unas nubecillas azules al fondo, para tenerla en mi dormitorio, pero esa enfermera me dijo que no resultaba apropiado porque la chica iba desnuda de cintura para arriba. Pero es que yo he tenido esa fotografía durante cincuenta años y nunca me fijé en que fuese desnuda. Y, a decir verdad, no creo que los viejos de aquí estén tan bien de la vista como para reparar en que lleva los pechos al aire. Pero es que esta es una residencia metodista y, claro, he tenido que guardar la fotografía en el armario junto a las piedras de la vesícula.

»Tengo muchas ganas de volver a casa… Aunque la verdad es que está hecha una leonera. Hace no sé cuánto que no barro. Porque es que un día salí y les tiré la escoba a unos ruidosos arrendajos, que debían de estar peleándose, y se quedó la escoba enganchada en la copa del árbol. Tendré que pedirle a alguien que me la alcance cuando vuelva.

»Qué se le va a hacer. Bueno, y la otra noche, cuando el hijo de Mrs. Otis nos llevó a casa después de la merienda de Navidad que dieron en la iglesia, nos condujo con el coche al otro lado de la vía del ferrocarril, por donde estuvo el café y hasta First Street, justo al otro lado del antiguo local de los Threadgoode. Claro que casi toda la casa está en ruinas y con las puertas y las ventanas tapiadas. Pero, al pasar por delante, los faros del coche iluminaron las ventanas de una manera que, por un instante, la casa me pareció igual que tantas otras noches de hace ahora setenta años, dejando ver la luz y el bullicio del interior. Podía oír cómo reía la gente y a Essie Rue aporreando el piano en el salón, y casi podía ver a Idgie Threadgoode sentada en un remedo de árbol, de cerámica, aullando como un perro cada vez que Essie Rue intentaba cantar. Idgie siempre decía que Essie Rue, cantando, era como una vaca bailando. Supongo que el hecho de pasar frente a aquella casa en el coche hizo que añorase muchas cosas y que volviese mentalmente al pasado…

»Lo recuerdo como si fuese ayer, pero es que creo que no hay nada de la familia Threadgoode que no recuerde. Por Dios santo, es que no podría ser de otra manera, porque fuimos vecinos puerta con puerta desde el día que nací y me casé con uno de ellos.

»Tenían nueve hijos y tres de las chicas, Essie Rue y las gemelas, eran poco más o menos de mi misma edad, así que siempre estaba allí, jugando en las fiestas que daban, e incluso me quedaba a veces a dormir. Mi madre murió tísica cuando yo tenía cuatro años y, al morir mi padre en Nashville, me quedé a vivir con ellas…

El semanario

de Dot Weems

Semanario de Whistle Stop (Alabama)

8 de octubre de 1929

Cae un meteorito en una casa de Whistle Stop

Mrs. Biddie Louise Otis, que vive en el 401 de First Street, nos ha informado de que el jueves por la noche un meteorito de un kilo atravesó el tejado de su casa y, aunque no le dio, fue a caer sobre la radio, que estaba escuchando en aquel momento. Dice que estaba sentada en el sofá, porque el perro estaba en la silla, y que acababa de sintonizar en aquel momento La hora del carnicero. Dice que tiene un agujero de más de un metro en el tejado y que el aparato de radio se partió por la mitad.

Bertha y Harold Vick celebraron su aniversario de boda en el jardín para que lo viesen todos. Y nuestras felicitaciones a Earl Adcock padre, alto cargo de Ferrocarriles L & N, que acaba de ser nombrado Grande y Aclamado Dirigente de la Benevolente y Protectora Orden de los Alces, orden n.° 37, de la que es miembro mi otra mitad.

Por cierto, Idgie dice que, si quieren que les haga algo a la barbacoa, pueden traerlo al café y Big George lo hará. Los pollos a 10 centavos y los tostones según el tamaño.

Dot Weems

Residencia Rose Terrace

Antigua autopista Montgomery,

Birmingham (Alabama)

15 de diciembre de 1985

Una hora después Mrs. Threadgoode seguía hablando. Evelyn Couch ya había dado cuenta de tres tabletas de chocolate con leche y estaba desenvolviendo su segundo emparedado, preguntándose cuándo se callaría de una vez la anciana.

—Es que es una lástima que la casa de los Threadgoode esté en un estado tan ruinoso. Sucedieron tantas cosas allí, nacieron tantos niños y lo pasamos tan bien… Era un caserón grande, de dos plantas, pintado de blanco, con un gran porche que se prolongaba por los lados… y todos los dormitorios estaban decorados con un papel de rosas estampadas que quedaban muy bonitas cuando se encendían las luces por la noche.

»La vía del tren pasaba justo frente al patio trasero y, en las noches de verano, olía a madreselvas que crecían a su aire y se llenaba todo de luciérnagas junto a los raíles. Papá había plantado higueras en la parte de atrás y también manzanos, y le había hecho a mamá un precioso emparrado de rejilla blanca que rebosaba de hojas de glicina… y las rosas de pitiminí crecían por todas partes en el patio. Cómo me gustaría que lo hubieses visto.

»Mamá y papá Threadgoode me criaron como si fuese una hija, y yo quería mucho a todos los Threadgoode. Sobre todo a Buddy. Pero me casé con Cleo, su hermano mayor, el masajista, y fíjate tú que a la larga empezó a darme la lata la espalda, así que me fue estupendamente.

»Así que ya puedes ver que he estado en contacto con Idgie y con los Threadgoode durante toda mi vida. Y puedes estar segura de que ha sido mejor que una película…, ya lo creo. Lo único malo es que yo siempre he ido un poco a remolque. Lo creas o no, nunca fui muy habladora hasta que cumplí los cincuenta, pero desde entonces no paro. Una vez Cleo me dijo: “Ninny —me llamo Virginia, pero me llaman Ninny. Me dijo—: Ninny, todo lo que te oigo es ‘Idgie dijo esto, Idgie hizo lo otro’. ¿Es que no tienes otra cosa que hacer que estar todo el día metida en el café?”.

»Yo me quedé pensativa un largo rato y repuse: “Pues no…”. Lo dije sin el menor ánimo de desairar a Cleo, porque era la verdad.

»El pasado febrero hizo treinta y un años que enterré a Cleo y a menudo me pregunto si habría herido sus sentimientos diciéndole aquello, pero no lo creo, porque, cuando nosotros ya nos lo teníamos todo más que dicho, él quería a Idgie tanto como al resto de nosotros y todo lo que ella hacía le parecía gracioso. Era su hermana pequeña y un verdadero trasto. Ella y Ruth eran las propietarias del café de Whistle Stop». Idgie hacía siempre las cosas más disparatadas solo para hacerte reír. Una vez echó patatas fritas en el cestito de la colecta de la iglesia baptista. De que tenía un carácter fuerte no cabe duda, pero no me entra en la cabeza que alguien pudiera pensar que ella mató a aquel hombre.

Por primera vez en todo aquel rato, Evelyn dejó de comer y miró por el rabillo del ojo a aquella anciana de dulce aspecto y descolorido vestido azul con estampado de flores que no paraba de tamborilear con sus plateadas uñas.

—Hay quienes creen que todo empezó el día que conoció a Ruth, pero yo pienso que fue en la cena de aquel domingo, el primero de abril de 1919, el mismo año que Leona se casó con John Justice. Recuerdo que fue el primero de abril porque aquel día Idgie se sentó a la mesa a la hora de cenar y nos mostró a todos aquella cajita blanca que tenía con un dedo humano dentro sobre un trocito de algodón. Dijo que lo había encontrado en el patio de atrás. Pero luego resultó que era su propio dedo, que lo había metido por un agujero por el fondo de la caja. ¡INOCENTE!

»A todos nos pareció gracioso salvo a Leona, que era la mayor y la más bonita de las hermanas y a quien papá Threadgoode tenía muy consentida… Como todos, añadiría yo.

»Idgie tenía por entonces diez u once años y llevaba un vestido blanco de organdí recién estrenado y todas le habíamos dicho que estaba preciosa. Lo estábamos pasando en grande y nos disponíamos a dar cuenta de una tarta de arándanos cuando, de pronto, allí, bajo un claro cielo azul, Idgie se levantó y anunció así de fuerte: “¡No volveré a llevar un vestido en mi vida!”. Y, chica, que se fue derecha para arriba y se puso unos pantalones viejos de Buddy y una camisa. Aún no me explico por qué le dio aquel arranque. Ni los demás tampoco.

»Pero Leona, que sabía que Idgie nunca decía las cosas por decir, empezó a lamentarse: “Ay, papá, esta Idgie me va a fastidiar la boda; ¡como si lo viera!”.

»Sin embargo, papá le dijo: “Qué va, pequeña; ya verás cómo no. Vas a ser la novia más bonita de todo el estado de Alabama”.

»Papá, que llevó siempre un enorme mostacho, nos miró y nos dijo: “¿Verdad que sí?”, y todos pusimos nuestro granito de arena para contentarla y hacer que se callase. Todos excepto Buddy, a decir verdad, que no paraba de reír. Idgie era la niñita de sus ojos y todo lo que ella hacía le parecía bien.

»Bueno, el caso es que Leona estaba terminando de comer su trozo de tarta y, cuando creíamos que ya se había calmado, empezó a gritar tan fuerte que a Sipsey, la morenita, se le cayó no sé qué en la cocina. “Oh, papá —dijo Leona—, ¿qué pasará si uno de nosotros muere?”.

»Daba que pensar, ¿no?

»Todos miramos a mamá, que dejó caer el tenedor en la mesa. “Bueno, niños, estoy segura de que vuestra hermana hará una pequeña concesión y se pondrá un vestido adecuado para cuando llegue la ocasión. Porque es testaruda, pero razonable”.

»Entonces, un par de semanas después, oí que mamá le decía a Ida Simms, la costurera a quien habían encargado el ajuar, que iba a necesitar un traje de terciopelo verde y una corbata de lazo para Idgie.

»Ida miró a mamá divertida y le preguntó: “¿Un traje?”. Y mamá dijo: “Sí, ya sé, Ida, ya sé. He intentado convencerla de todas las maneras posible para que se ponga algo más adecuado para una boda, pero esa niña tiene ideas propias”.

»Y las tenía, incluso a aquella edad. Creo que quería ser como Buddy; eso lo pienso yo, porque… “¡qué par de trastos!” —exclamó la anciana riendo.

»Tenían aquel mapache llamado Cookie y yo me pasaba horas mirándolo, viendo cómo mojaba las galletas. Le ponían una cacerola con agua en el patio y le daban galletas, y él mojaba una galleta tras otra sin entender por qué le desaparecían en la cacerola. Cada vez se miraba sus manitas vacías con cara de asombro. Y nunca acertó a averiguar a dónde iban a parar las galletas. Pasó gran parte de su vida mojando galletas. Y también caramelos, pero no era tan divertido… Una vez hizo lo mismo con un helado…

»Me parece que será mejor que deje de pensar en el mapache o van a creer que estoy tan loca como esa Mrs. Philbeam del fondo del pasillo; una bendita que cree que está en el barco del amor rumbo a Alaska. Muchas de las pobres criaturitas que hay aquí ni siquiera saben quién son.

El marido de Evelyn, Ed, se asomó en aquel momento por la puerta del salón gesticulando. Evelyn hizo una pelotita con los papelillos de los caramelos, la metió en el monedero y se levantó.

—Perdone, pero es mi marido. Me parece que ya quiere que nos vayamos.

—Oh, ¿tienes que irte ya? —preguntó Mrs. Threadgoode, alzando los ojos sorprendida.

—Sí, creo que no hay más remedio. Se está impacientando —dijo Evelyn.

—Bueno, pues encantada de haber hablado contigo… ¿Cómo te llamas, encanto?

—Evelyn.

—A ver si vuelves otro día a verme, ¿de acuerdo? Me ha encantado hablar contigo… Adiós —dijo despidiéndose de Evelyn y disponiéndose a esperar otra visita.

El semanario

de Dot Weems

Semanario de Whistle Stop (Alabama)

15 de octubre de 1929

Reclaman la propiedad del meteorito

Mrs. Vesta Adcock y su hijo Earl aseguran ser los legítimos propietarios del meteorito porque, según aduce Mrs. Vesta, los Otis le alquilaron la casa en la que cayó, pero, siendo la casa de su propiedad, también lo es el meteorito.

Mrs. Biddie Louise Otis replica que el meteorito es suyo, porque fue en su aparato de radio donde cayó. Su esposo, Roy, que es guardabarreras de la compañía de ferrocarriles Southern Railroad, trabajaba aquel día en el último turno y llegó tarde a casa, pero dice que el fenómeno no es infrecuente, porque en 1833 cayeron diez mil meteoritos en una sola noche y que ahora se trata solo de uno, por lo que no merece la pena armar tanto alboroto.

Biddie dice que se lo quiere quedar como recuerdo.

Por cierto, ¿son imaginaciones mías o es que las cosas se están poniendo feas? Porque mi otra mitad dice que la semana pasada se presentaron otros cinco temporeros sin trabajo en el café pidiendo algo que comer.

Dot Weems

Davenport,

Iowa

Campamento de temporeros

15 de octubre de 1929

Había cinco hombres sentados alrededor de un fuego con una débil llama. Sombras negras y anaranjadas bailaban en sus rostros mientras tomaban un café aguado en botes de lata. Eran Jim Smokey Phillips, Elmo Inky Williams, Boweevil Jake, Crackshot Sackett y Chattanooga Red Barker, cinco de los doscientos mil que vagaban por los campos aquel año.

Smokey Phillips miró hacia arriba, pero no dijo nada, y otro tanto hicieron los demás. Estaban cansados y contrariados aquella noche, porque sabían que el viento gélido que soplaba anunciaba el principio de otro crudo e inmisericorde invierno, y Smokey sabía que pronto tendría que ir hacia el sur, como las grandes bandadas de gansos, igual que había hecho otros muchos años.

Había nacido una escarchada mañana, allá en Smoky Mountains, en Tennessee. Su padre, un tipo que había vivido a salto de mata, que se convirtió en destilador de licores de la segunda generación y que se enamoró de su propio producto, cometió el fatal error de casarse con una «buena mujer», una sencilla provinciana cuya vida giraba alrededor de la Iglesia Baptista del Libre Albedrío de Pine Grove. Smokey pasó casi toda su infancia sentado durante horas en duros bancos de madera, junto a su hermanita Bernice, asistiendo a los oficios, cántico tras cántico y lavatorio de pies tras lavatorio de pies.

Durante los oficios, su madre era una de las que solían levantarse a soltar disparates en una extraña lengua.

A la larga, conforme ella fue impregnándose cada vez más del Espíritu, su padre fue vaciándose de él y dejó radicalmente de acudir a la iglesia. Y les dijo a sus hijos: «Creo en Dios, pero no me parece que haya que hacer el imbécil para demostrarlo».

Entonces, una primavera, cuando Smokey tenía ocho años, las cosas empeoraron. Su madre dijo que el Señor le había dicho que su esposo era malo y estaba poseído por el demonio y lo denunció a la brigada del fiscal, que velaba por el cumplimiento de la Ley Seca.

Smokey recordaba el día que sacaron a su padre de la destilería y lo llevaron camino adelante con un revólver en las costillas. Al pasar frente a su esposa la miró estupefacto y le dijo: «¿Sabes lo que has hecho, mujer? Te has quitado tu propio pan de la boca».

Fue la última vez que Smokey lo vio.

Al faltar su padre, su madre acabó de perder del todo la chaveta y empezó a juntarse con los miembros de la secta del Santo Conjuro, que trataban con serpientes vivas. Una noche, después de una hora de exprimir la Biblia vociferando versículos, el predicador, un tipo que tenía la cara roja como un tomate y el pelo alborotado, dejó de una pieza a sus descalzos feligreses. Estaban todos cantando y pateando el suelo cuando, de pronto, metió la mano en un saco y extrajo dos enormes serpientes de cascabel que empezó a agitar en el aire. El hombre estaba en trance con el Espíritu.

Smokey se quedó atónito, allí sentado con su hermanita apretándole la mano. El predicador iba danzando en círculos, incitando a los creyentes a que cogiesen la serpiente y limpiasen sus almas en la fe de Abraham cuando, de pronto, su madre fue hacia el predicador, le arrebató una de las serpientes y se quedó mirándola fijamente. Empezó entonces a farfullar en la extraña lengua, sin dejar de mirar los amarillos ojos de la serpiente. Todos los presentes empezaron a balancearse y a gemir. Y ella empezó a dar vueltas con la serpiente en la mano mientras los feligreses caían redondos al suelo, gritaban y se retorcían bajo los bancos y en los pasillos. Se desencadenó un auténtico frenesí mientras ella farfullaba: «HOSSA… HELAM… HESSAMIA…».

Antes de que Smokey se percatase de lo que sucedía, su hermanita Bernice se soltó de su mano, corrió hacia su madre y le tiró de la falda.

—¡No, mamá!

Ella, con la mirada extraviada y todavía en trance, miró a su hija un momento y en ese mismo instante la serpiente de cascabel se arqueó y la mordió en la mejilla. Ella volvió a mirar a la serpiente, estupefacta, que la volvió a morder, esta vez más fuerte, clavándole los colmillos en la yugular. Dejó entonces caer a la enfurecida serpiente con un ruido sordo y el animal empezó a reptar displicentemente pasillo adelante.

Su madre miró en derredor. Se había hecho un silencio de muerte y, con incrédula expresión, con los ojos cada vez más vidriosos, se desplomó. En menos de un minuto había muerto.

En aquel mismo instante, el tío de Smokey les cogió de la mano y enfiló la puerta. Bernice se fue a vivir con una vecina y Smokey se quedó en casa de su tío.

Al cumplir los trece años, se fue un día siguiendo la vía del tren y jamás volvió. Solo se llevó una fotografía de su hermana. Y cada dos por tres la sacaba para mirarla. Allí estaban los dos en la borrosa fotografía, con los labios y los mofletes coloreados de rosa: ella, mofletudita, con flequillo y una cinta rosa sujetándoselo, y con un collarcito de perlas; y él, sentado a su lado, con su pelo castaño alisado en media melena y la mejilla pegada a la de su hermana.

Se preguntaba a menudo qué sería de ella y pensaba ir a verla cualquier día, si es que alguna vez regresaba.

Rondaría los veinte cuando perdió la fotografía, cuando un inspector le echó a patadas de un mercancías y fue a parar a un amarillento y gélido río, allá por Georgia; ya apenas se acordaba de su hermana, salvo cuando iba montado en algún tren, cruzando las Smoky Mountains de noche, en dirección a cualquier parte…

Aquella mañana, Smokey Phillips iba en un tren que transportaba mercancías y pasajeros desde Georgia a Florida. Llevaba dos días sin comer y recordaba que su amigo Elmo Williams le había dicho que, en las afueras de Birmingham, había un local regentado por dos mujeres con quienes se podía contar para una o dos comidas. Durante el trayecto, cuando ya estaba cerca, había visto el nombre del café escrito en varios furgones, de manera que, cuando vio el rótulo que ponía «Whistle Stop, Alabama», saltó del tren.

Encontró el café justo al cruzar las vías, tal como Elmo le había dicho. Era una pequeña construcción pintada de verde con un toldo de franjas blancas y verdes bajo un anuncio de Coca-Cola que decía: «The Whistle Stop Café». Fue por la parte trasera y llamó con los nudillos en el marco de la puerta de tela metálica. Una negra bajita trajinaba en la cocina friendo pollo y cortando a rodajas unos tomates verdes. «¡Miss Idgie!», llamó la negrita al verlo.

Casi al instante, una guapa, alta y pecosa rubia de pelo rizado fue hacia la puerta, con una inmaculada camisa blanca y pantalones de hombre. Aparentaba poco más de veinte años.

Smokey se quitó el sombrero.

—Perdone, señora —dijo—, pero he pensado que a lo mejor tenía usted algún trabajito, algo que yo pudiera hacer. Estoy pasando una mala racha.

Idgie miró a aquel hombre de raída chaqueta, con la camisa hecha jirones, los zapatos reventados y sin cordones, y comprendió que no mentía.

—Entre usted —dijo abriéndole la puerta—. Algo habrá aquí para darle. ¿Cómo se llama usted?

—Smokey, señora.

Ella se dirigió entonces a la mujer que estaba detrás de la barra. Smokey llevaba meses sin ver a una mujer limpia y aseada, y aquella era la mujer más bonita que había visto en toda su vida. Llevaba un vestido de organdí con estampado de lunares y el pelo, de color castaño, recogido por detrás con una cinta roja.

—Mira, Ruth, este señor se llama Smokey; va a hacernos unos trabajitos.

—Ah, pues estupendo —dijo Ruth mirándolo sonriente—. Encantada de conocerle.

Idgie señaló entonces hacia los lavabos.

—¿Por qué no va un momento a refrescarse y viene luego a comer algo?

—Sí, señora.

El lavabo de caballeros era en realidad un cuarto de baño grande, con una perilla que colgaba del techo; al tirar de la perilla y encenderse la luz, vio que había una de esas bañeras en las que hay que lavarse de pie con un gran tapón negro de goma colgando de una cadena. En el lavabo, todo allí bien dispuesto, había una navaja barbera, un cuenco con jabón de afeitar y una brocha.

Al mirarse en el espejo, se avergonzó de que le hubiesen visto tan sucio, porque hacía siglos que el jabón y él no tenían el más mínimo contacto. Cogió la enorme pastilla de jabón y trató de limpiarse toda la mugre y la carbonilla que tenía en la cara y en las manos. Llevaba veinticuatro horas sin beber nada y le temblaban tanto las manos que no acertaba a afeitarse como es debido, pero hizo lo que pudo. Después de darse unas fricciones con loción para después del afeitado y de peinarse con el peine que encontró en la estantería de encima del lavabo, salió ya con mejor aspecto.

Idgie y Ruth le habían puesto el cubierto en una mesa. Y él se sentó entonces frente a un plato de pollo frito con guarnición de guisantes, nabos, tomates verdes fritos, pan y té frío.

Cogió el tenedor e intentó comer. Pero le seguían temblando las manos y no podía llevarse la comida a la boca. Incluso se le derramó el té por toda la camisa.

Pensó que tal vez no estuviesen mirándole, pero al instante la rubia se le acercó.

—Venga usted, Smokey. Salgamos un momento fuera.

Él se puso el sombrero y se limpió con la servilleta, creyendo que lo echaban.

—Sí, señora —dijo.

Ella lo condujo hacia la parte de atrás del café, que daba a pleno campo.

—Está usted un poco nervioso, ¿verdad?

—Siento haber derramado el té, señora, pero le aseguro a usted… Bueno…, que ya desaparezco… Y gracias de todas formas…

Idgie metió la mano en el bolsillo de su delantal, sacó una botella de medio litro de whiskey Old Joe y se la dio.

—Que Dios la bendiga —dijo él, como hombre agradecido que era—. Es usted una santa, señora.

Y se sentaron los dos en un tronco bajo el cobertizo.

Mientras Smokey calmaba sus nervios, ella se quedó mirándolo y señaló a lo lejos.

—¿Ve usted aquel erial?

—Sí, señora —dijo él mirando hacia donde señalaba ella.

—Hace muchos años, allí estaba el lago más bonito de Whistle Stop… y en el verano íbamos a nadar y a pescar, e incluso se podía remar si se quería —dijo moviendo la cabeza, entristecida—. No sabe cómo lo echo de menos.

Smokey miró hacia el erial.

—¿Y qué pasó? ¿Se secó?

Ella le encendió un cigarrillo.

—Qué va; fue peor. Un noviembre, una bandada de patos (habría unos cuarenta por lo menos) se posó justo en el centro del lago y, mientras estaban allí posados por la tarde, ocurrió algo pasmoso. La temperatura descendió tan súbitamente que todo el lago se heló y se quedó duro como una piedra en cuestión de dos o tres segundos. Así como lo oye.

—¡No lo dirá en serio! —exclamó Smokey asombrado.

—Pues sí.

—Y claro, los patos debieron de morir todos, ¿no?

—¡Qué va! —exclamó Idgie—. Salieron volando y se llevaron el lago con ellos. Y el lago está ahora en Georgia, desde entonces…

Él ladeó la cabeza y se quedó mirándola y, al percatarse de que le estaba tomando el pelo, sus azules ojos se iluminaron y se echó a reír con tantas ganas que le dio la tos y ella tuvo que darle unas palmaditas en la espalda.

Aún seguía él limpiándose los lagrimones de la risa cuando volvieron a entrar en el café, donde aguardaba su cena. Al volver a sentarse a la mesa notó que la comida estaba caliente, que se la habían mantenido caliente en el horno.

Y flotó entonces en el aire el estribillo de una vieja canción:

¿Dónde rondará mi muchacho esta noche?

¿Dónde habrá ido a rondar mi muchacho?

Con todos sus líos y el colchón a cuestas,

cabalgando a la grupa del macho.

¿Dónde habrá ido a rondar mi muchacho?

El semanario

de Dot Weems

Semanario de Whistle Stop (Alabama)

22 de octubre de 1929

El meteorito expuesto en el café

Mrs. Biddie Louise Otis ha anunciado hoy que se propone llevar al café el meteorito que la semana pasada le entró por el tejado para que la gente deje de ir a preguntarle por él, porque está muy ocupada. Dice que no es más que una piedra grande de color gris, pero que así podrá verla todo el que quiera.

Dice Idgie que se puede ir al café cuando se quiera y que tendrá el meteorito en la barra.

Lamento no tener más noticias que dar esta semana, pero mi otra mitad, Wilbur, tiene gripe y he tenido que estar pendiente de él.

¿Hay algo peor que un hombre enfermo?

Sentimos tener que informar, no obstante, de que nuestra querida Bessie Vick, la suegra de Bertha, murió ayer a los noventa y ocho años. De vieja, claro.

Dot Weems

Residencia Rose Terrace

Antigua autopista Montgomery,

Birmingham (Alabama)

22 de diciembre de 1985

El domingo siguiente, al entrar Evelyn en el salón de las visitas, Mrs. Threadgoode estaba sentada en la misma silla, con el mismo vestido, aguardándola.

Con expresión risueña, retomó el hilo de su monólogo sobre la casa de los Threadgoode, como si no hubiese mediado aquella semana, y nada pudo hacer Evelyn, salvo desenvolver su tableta de chocolate con almendras y esperar allí sentada.

—En el jardín de la parte delantera había un viejo y enorme cinamomo. Recuerdo que recogíamos las bolitas rojas durante todo el año y por Navidad las ensartábamos y rodeábamos con ellas todo el árbol de arriba abajo. Mamá siempre nos decía que no nos metiésemos las bolitas en la nariz y, como es natural, lo primero que hizo Idgie en cuanto aprendió a andar fue salir al jardín y meterse las bolitas de cinamomo en la nariz y en las orejas. ¡Hasta tuvieron que llamar al doctor Hadley! Y el médico le dijo a mamá: “Mrs. Threadgoode, me parece que le ha caído a usted en suerte un verdadero trasto”.

»Y claro, a Buddy le encantó oír aquello. Siempre estaba de parte de Idgie. Pero eso es algo que ocurre en todas las familias. Siempre hay un preferido. En realidad se llamaba Imogene, pero