Trabajadores - Jorge Rojas Flores - E-Book

Trabajadores E-Book

Jorge Rojas Flores

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Beschreibung

Desde los campesinos e inquilinos del Chile colonial hasta las huelgas y movilizaciones que marcaron el estallido social de 2019, este libro traza un recorrido exhaustivo por más de dos siglos de historia laboral en Chile, configurada tanto por los inicios de la modernización y la formación del proletariado, como por los desafíos contemporáneos derivados de la globalización y la fragmentación sindical. Trabajadores. Su presencia en la historia de Chile, 1800-2019 rescata, a través de un análisis riguroso, no solo las voces de los grandes movimientos sindicales, sino también las de mujeres, campesinos y trabajadores marginales que revelan la diversidad de sus experiencias y luchas, todas fundamentales en la actual configuración económica, política y cultural del país.

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Seitenzahl: 498

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

TRABAJADORES

Su presencia en la historia de Chile, 1800-2019

Jorge Rojas Flores y Gorka Villar Vásquez

© Inscripción N° 2025-A-391

Derechos reservados

Enero 2025

ISBN 978-956-14-3398-4

ISBN digital 978-956-14-3399-1

Diseño: Salvador Verdejo [versión productora gráfica SpA]

CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Rojas Flores, Jorge, autor. | Villar Vásquez, Gorka Sebastián, autor.

Título: Trabajadores : su presencia en la historia de Chile, 1800-2019 / Jorge Rojas Flores, Gorka Villar Vásquez.

Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC | Incluye bibliografía.

Materias: CCAB: Clase trabajadora – Chile – Historia. | Clase trabajadora – Situación jurídica – Chile – Historia. | Sindicalismo – Chile – Historia.

Clasificación: DDC 305.5620983 –dc23

Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997594782903396

Este libro fue concluido con el apoyo del Núcleo Milenio sobre la Evolución del Trabajo (M-NEW: NCS2021_033 y NCS2024_021), financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID).

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTELos trabajadores antes del capitalismo

1. Los sectores populares

a. El campesino: pequeños propietarios e inquilinos

b. Los peones o gañanes

c. Los gremios

d. Las actividades domésticas

2. Represión, caridad y bien común

3. La idealización del “rebelde primitivo”: ¿subordinación o rebeldía?

4. Los efectos de la independencia

SEGUNDA PARTELa modernización y el proyecto de regeneración moral del pueblo, 1850-1880

1. Los efectos de la modernización

2. La propuesta de las sociedades mutuales

3. Los gérmenes de la proletarización

4. La identidad popular: la ética del trabajo

5. Excluidos e integrados

6. Entre la acción civilizadora y la revuelta callejera

7. Las mutuales y la política

8. La difícil autonomía

TERCERA PARTELa etapa del sindicalismo libre, 1880-1924

1. La primera fase de expansión capitalista

2. La urbanización: atracción y amenazas

3. El proletariado y la proletarización

4. De la revuelta popular a la huelga

5. La cuestión social: los intelectuales, los políticos y la Iglesia

6. La mujer proletaria

7. La politización popular

8. La prensa popular

9. La cultura proletaria: ética del esfuerzo y vida cotidiana

10. Nuevas formas de organización

a. El nuevo lugar de las mutuales

b. Las sociedades en (de) resistencia

c. Las mancomunales

d. Otras orgánicas sindicales

11. Las organizaciones político-sindicales

12. ¿Líderes, apóstoles o agitadores?

13. Los excluidos

14. Los otros: ¿traición y amarillismo?

15. Conflictos sociales: violencia, represión y acuerdos

a. Huelgas, represión y masacres

b. El balance de los conflictos: éxitos y fracasos

16. Los inicios de la intervención estatal (1900-1924)

17. Época de esperanzas y caudillos

CUARTA PARTELos trabajadores y la nueva legalidad, 1924-1973

1. Un nuevo modelo de desarrollo: la industrialización sustitutiva

2. Las leyes laborales de 1924

3. Beneficios y límites de la ley

4. Los primeros sindicatos legales

5. Crisis económica 1931-1933: la cesantía y la agitación

6. Empleados y obreros

7. La primera central sindical unitaria: la CTCh, 1936

8. La nueva acción sindical: ¿del rupturismo a la integración?

9. Los empleados: nuevos protagonistas

10. Los trabajadores agrícolas: la modernización pendiente

11. La fase en ascenso: los gobiernos radicales

12. Las críticas y las propuestas de ajuste económico

13. La CUT, 1953

14. Los cambios en la organización y las condiciones de trabajo

15. Partidos, sindicatos y trabajadores

16. Las centrales internacionales

17. La identidad de clase

18. Los dirigentes sindicales en los años 60

19. Las estrategias de la CUT, 1953-1970

a. La radicalización de las demandas: el período de Clotario Blest, 1953-1961

b. La estrategia institucional: demandas sectoriales y nacionales, 1961-1970

20. Los trabajadores del campo, 1947-1964

21. La revolución en libertad y los trabajadores: desarrollo económico y distribución (1964-1973)

22. La conflictividad laboral

23. Los trabajadores y la Unidad Popular

24. Balance del período

QUINTA PARTELos trabajadores en la refundación capitalista, 1973-2019

1. El colapso del 73

2. Represión y control sindical

3. El sindicalismo oficialista

4. Los intentos de estructuración orgánica opositora

5. Los cambios en el escenario económico e institucional

6. El liderazgo del Comando Nacional de Trabajadores

7. La transición pactada y la nueva CUT

8. Estrategias de la CUT: de la “concertación social” al “diálogo con movilización” (1990-2000)

9. La reorganización del sindicalismo

10. Cambios institucionales en democracia

11. La pugna por el liderazgo en la CUT de los 90

12. Cambios socioeconómicos y culturales: el trabajador en los tiempos actuales

13. Los conflictos laborales

14. Viejos y nuevos aires en la CUT

15. El “estallido social” de 2019

INTRODUCCIÓN

Desde que aparecieron los primeros libros y artículos sobre la clase trabajadora y los sindicatos, mucho ha sucedido con estos sujetos sociales, el conocimiento histórico y el contexto nacional e internacional.

Las historias del movimiento obrero de Jorge Barría, Julio César Jobet, Hernán Ramírez y Fernando Ortiz, por citar algunas, siguen siendo conocidas, en parte por la gran difusión que tuvieron en su época. Desde entonces, se han agregado nuevos investigadores que ofrecen visiones, a veces, distintas, enfoques nuevos y, además, una aproximación que considera los fenómenos más recientes.

En la actualidad, se sigue escribiendo sobre el tema, pero no para un lector masivo sino al interior de las universidades o en espacios de escasa cobertura nacional. Por lo mismo, los libros y artículos publicados más recientemente y que reconstruyen varios aspectos interesantes de la historia de los trabajadores tienen difusión limitada.

Debido a lo anterior, este texto se propone dos objetivos generales. Por una parte, queremos entregar un bosquejo general de la historia de los trabajadores en Chile, que comprende los siglos XIX (con algunas referencias anteriores) y XX, prolongando su acercamiento hasta el presente. Por otra, aspiramos a contribuir a la discusión sobre algunos de los grandes temas pendientes: la forma en que surgen las identidades vinculadas a la actividad laboral, las características que ha adoptado la lucha laboral, los objetivos políticos de mayor alcance que se han propuesto algunas organizaciones sindicales, los mecanismos de integración y exclusión que han afectado a los trabajadores, etcétera.

¿Qué tienen en común un obrero estucador, una profesora, un empleado público, una contadora, un vendedor callejero, un cesante, un artesano del mimbre, una temporera de la fruta, un jubilado de ferrocarriles, una vendedora de seguros, un analista de sistemas y un cargador de la Vega? Efectivamente todos son trabajadores. Estén laborando o no, todos ellos desarrollan una actividad o buscan realizarla.

Ser trabajador implica ocupar un lugar en la estructura económica de una sociedad, pero, ciertamente, es mucho más que eso. También significa desarrollar un conjunto de vínculos sociales derivados de la actividad que cada cual desempeña o ha desempeñado; además de proyectar un estatus social, una relación al interior de una comunidad, como consecuencia de la ocupación. Es decir, la experiencia del trabajo considera tanto aspectos objetivos (situación contractual, nivel de ingresos, condiciones laborales) como subjetivos (identidad, satisfacción, intereses). Como se puede apreciar, las dimensiones del trabajo son variadas, pero no todas ellas surgen del mismo modo ni con semejante intensidad.

Durante muchas décadas existió la tendencia a calificar como “clase trabajadora” a los obreros, casi con exclusividad. La clase obrera (o el proletariado), por su parte, era entendida de un modo tal que era frecuente que se le atribuyeran rasgos esenciales, homogéneos y únicos o con un esperable vínculo con partidos de izquierda. Aquí nos apartaremos de estas formas de reduccionismo. Nos abriremos a los trabajadores en general, sin restringirnos al obrero únicamente; y entenderemos a estos sujetos en un proceso de permanente conformación a lo largo de la historia.

Siguiendo enfoques contemporáneos, en este texto no nos detendremos únicamente en los condicionamientos materiales y político-ideológicos que han acompañado este proceso de identidad, sino que también consideraremos el conjunto de factores culturales que lo vinculan con experiencias cotidianas.

PRIMERA PARTE

Los trabajadores antesdel capitalismo

La historia de los trabajadores suele ser iniciada con el origen del proletariado y la acción sindical. Sin embargo, sabemos que los trabajadores han estado presentes con anterioridad a estas experiencias propias de la modernización capitalista.

La negación de la etapa anterior no es casual. Por una parte, es un síntoma del interés que tenían los historiadores que —desde la década de los 50— comenzaron a reconstruir la historia popular. Su prioridad estaba en la clase obrera moderna y sus antecedentes. Por otro lado, las huellas de la época anterior a 1850 son más indirectas, por la ausencia de un proyecto popular que los hiciera visibles. Al no existir organizaciones, la presencia de los trabajadores debe detectarse a través de otro tipo de documentos.

Los primeros estudios sobre las masas de trabajadores en la etapa precapitalista se refirieron más bien a los aspectos jurídicos y económicos de las relaciones laborales. Solo últimamente el interés de los historiadores se ha volcado a entender a este sector social desde una perspectiva más integral.

1. Los sectores populares

Por debajo de la clase dirigente, una minoría que incluía la alta burocracia (civil y militar), la jerarquía eclesiástica y los grandes mercaderes y hacendados, se encontraba un vasto contingente de sectores subordinados que desde sus múltiples ocupaciones mantenían en funcionamiento un modo de vida tradicional, que algunos denominan “colonial”.

Todavía subsiste un debate entre historiadores sobre los niveles de autonomía de estos sectores respecto de los valores promovidos por la clase alta. Por ejemplo, pareciera que el catolicismo logró filtrarse con fuerza y permitió cierta adhesión común al temor de Dios, aunque diversas prácticas de devoción estuvieron diferenciadas socialmente y lo que se consideraba moralmente adecuado (bautizarse, casarse por la Iglesia) no era siempre acatado. Por otra parte, la ética del honor y la pureza de sangre no fue privativa de los estratos superiores y logró penetrar en algunos sectores populares, ya sea para denigrar a otra persona de rango superior o bien para defender una determinada condición.

El mundo popular estaba constituido por grupos que se definían, en gran medida, según la ocupación que desarrollaban. El trabajo no tenía solo una función económica, sino que, sobre todo, un componente ético y social que se insertaba dentro de una cosmovisión cristiana. Trabajar era parte de un orden social, una obligación que quedaba radicada, en gran medida, en los sectores populares. Las clases laboriosas eran los pequeños campesinos (propietarios o no), los artesanos, los comerciantes y la servidumbre doméstica. En los márgenes quedaban los peones libres, quienes, por la intermitencia o temporalidad de su actividad, estaban generalmente sometidos a la represión de la autoridad. Eran los “ociosos y malentretenidos”, una masa disponible para ser reclutada en cualquier actividad que requiriera mano de obra.

Con la llegada de la República, las diferencias basadas en el nacimiento (blancos, indios, negros y un sinnúmero de categorías intermedias) dejaron de tener una base legal, ya que se impuso el principio de “igualdad ante la ley”. En todo caso, en la vida cotidiana la transición fue lenta.

a. El campesino: pequeños propietarios e inquilinos

El pequeño campesino que cultivaba la tierra sufrió la fuerte presión de los grandes terratenientes, sobre todo a partir de la valorización de la actividad agrícola, a finales del período hispánico. Los pequeños propietarios, medieros, arrendatarios e inquilinos quedaron en una posición muy disminuida, a partir de actos ilegales, como la corrida de cercos, o cambios en los acuerdos o contratos, que significaron un aumento sostenido de sus obligaciones. Algunos perdieron sus tierras y debieron transformarse en arrendatarios o inquilinos, o bien sus hijos pasaron a ser peones, para poder sobrevivir.

El origen de los inquilinos es difuso, debido a que surgió como una práctica que no necesitaba de un contrato escrito. Algunos autores, como Mario Góngora, sugieren que, a mediados del siglo XVIII, con la expansión de la producción de trigo, los hacendados comenzaron a requerir campesinos que se asentaran en los límites de los predios, para así asegurar su propiedad, a cambio de su cultivo. Pero la necesidad de disponer de mano de obra hizo disminuir esta función inicial de protección. Así habría surgido el sistema de inquilinaje, basado en la entrega de ciertos beneficios (derecho a disponer de un terreno para su cultivo, a cortar árboles, pastoreo, ración de alimentos, etc.), a cambio de mano de obra disponible para la etapa de cosecha. Cuando la demanda por trabajadores siguió creciendo, aumentaron las exigencias sobre los inquilinos, llegando incluso a obligarles que aportaran mano de obra adicional (parientes o afuerinos), en calidad de “obligados”.

Los pequeños propietarios siguieron existiendo, pero generalmente en las zonas agrícolas menos valoradas económicamente, y siempre sometidos a la presión de los grandes latifundistas, que buscaban extender sus dominios. Muchos de ellos, agobiados por las deudas, se transformaban en inquilinos.

Si bien los campesinos vivieron muchas formas de explotación, en especial con la expansión de la hacienda en los siglos XVIII y XIX, valoraban altamente la relativa autonomía que conservaban.

b. Los peones o gañanes

Los peones libres estaban constituidos por la masa de trabajadores disponibles para las actividades temporales, fueran estas agrícolas o mineras. El término “libres” debe entenderse en forma relativa, ya que la obligación a tener oficio conocido hacía difícil conservar tal libertad.

El control que se ejercía sobre los peones era fuerte. Existían salvoconductos o pases para desplazarse por los caminos. En los lugares de trabajo se mantenía la presencia de guardias armados. Los despachos de licores, las chinganas y las casas de remolienda eran también fuertemente controladas. Los peones eran vistos como permanentes sospechosos.

Durante el siglo XVIII aumentó el contingente de gañanes, quienes invadieron los caminos (era común “echarse al camino”) buscando alguna ocupación ocasional. En parte esto se debió a que las tierras cultivables fueron valorizadas económicamente, las obligaciones de los inquilinos aumentaron y los campesinos pobres fueron expulsados de sus tierras o bien confinados a los sectores menos productivos. Los trabajos de obras públicas atrajeron a una parte de esta mano de obra, ocupada a veces de un modo forzoso, por comida o por un jornal. También se concentraron en las minas de cobre y plata, como apires o cargadores. Su constante desplazamiento hacia los centros productivos los llevó a migrar. Otros se acercaron a los centros urbanos y se instalaron a su alrededor, en ranchos, trabajando como comerciantes, cargadores o trabajadores de la construcción.

Algunos historiadores han observado formas espontáneas de resistencia contra el orden de la hacienda, como es el caso de la vagancia y el bandidaje rural, y aquellas actividades de entretención consideradas “inmorales” en “chinganas” o fondas. Los indicios no son muy categóricos y posiblemente haya un exceso de idealización sobre estas formas de “rebeldía primitiva”. Por ejemplo, las bandas de cuatreros características del período colonial muchas veces se concentraban en despojar de bienes a los mismos campesinos pobres, y no a los ricos hacendados.

La represión al bandidaje intentaba ser controlada por los hacendados. Lo mismo sucedía, sin gran discriminación, con los gañanes que deambulaban y salían a recorrer los caminos. Parte de esta población errante, no sometida a disciplina alguna, era forzada a incorporarse a las labores agrícolas en la época de mayor demanda de mano de obra y, con menos frecuencia, a algunas obras públicas (como ocurrió con el Puente de Cal y Canto a fines del siglo XVIII). También existía un fuerte control de los lugares de diversión popular.

Esto no significaba que fuera lícito el abuso contra esta población. Tampoco estaba permitida la agresión y menos el asesinato, como algunos han afirmado.

c. Los gremios

La actividad manufacturera fue desarrollada por artesanos durante todo el período colonial, y las primeras décadas de la República. Aunque el comercio internacional lograba abastecer algunas necesidades internas (lo que se amplió a partir del siglo XVIII, con la eliminación del monopolio español), la mayor parte de las necesidades de vestuario, mobiliario y vivienda eran solventadas por la pequeña producción artesanal. Como las maquinarias comenzarían a llegar recién en la segunda mitad del siglo XIX, durante todo este período la producción descansaba en el conocimiento especializado de oficios tradicionales, con mínimas herramientas manuales.

Como se puede suponer, la demanda provenía de la clase alta y los funcionarios públicos, ya que el pueblo vivía en condiciones de gran pobreza material. Un típico rancho no tenía más que paredes, cajones, una cubierta para comer y un fogón. Otra fuente de trabajo especializado era el Estado, que requería la construcción de obras civiles (como puentes, tajamares) y templos que necesitaban de numerosos artesanos.

Los artesanos no estaban organizados con la rigidez de los gremios medievales europeos, pero sí tenían una jerarquía interna, a veces un arancel común y un mecanismo que fijaba condiciones de ingreso. Algunos se vinculaban a cofradías religiosas. Los más importantes artesanos se relacionaban con oficios especializados, que eran regulados por el Cabildo (orfebrería, talabartería, ebanistería), pero también había actividades artesanales más libres.

Sin embargo, hubo gremios que se organizaron tras la independencia, como los oficios ligados a la carga y descarga de mercadería en los puertos (en particular los lancheros, luego los jornaleros). La regulación de la actividad, que al comienzo no estuvo intervenida por la autoridad, en forma creciente pasó a ser vigilada atentamente por el Estado. La expansión de la actividad portuaria, por la importancia que comenzó a tener el comercio exterior, ayudó en este sentido. La nueva reglamentación fijó condiciones de trabajo y mecanismos de ingreso, así como una estructura jerárquica entre jefes y subordinados. Con la difusión de las ideas liberales, tales regulaciones comenzaron a desaparecer, para finalmente decretarse la disolución del gremio a fines del siglo XIX.

d. Las actividades domésticas

El empleo de servidumbre doméstica se remonta a los inicios de la época colonial. Tanto para las labores de crianza de niños como de cuidado del hogar, la clase alta mantenía una gran cantidad de hombres y mujeres, en su mayoría mujeres, de todas las edades, generalmente indígenas, mestizas, mulatas o negras. La servidumbre era una función social que quedaba asociada a la familia a veces por generaciones.

El ingreso a este tipo de labores se producía muy tempranamente, y un lugar habitual para encontrar niñas sirvientes era la Casa de Huérfanos. También muchas mujeres pobres entregaban a sus hijas para que fueran criadas en familias con mejor condición económica, incluidas aquellas que tenían pequeñas propiedades.

El estatus social de las familias se expresaba, entre otras formas, a través de la tenencia de sirvientes. Muchos de ellos, en situación de servidumbre o esclavitud, eran parte del patrimonio de la familia. Entre los sirvientes había una jerarquía, que diferenciaba a unos y otros por el tipo de vínculo que mantenía con los patrones. Algunas sirvientas, por ejemplo, se dedicaban a la crianza y educación de los hijos, mientras otras lo hacían en labores menos importantes.

2. Represión, caridad y bien común

Para mantener asegurado este orden social jerárquico, el Estado aplicaba ciertos mecanismos de control y vigilancia sobre los súbditos de la Corona. En los hechos, este papel también quedaba radicado en los poderes locales, es decir, la aristocracia criolla y la Iglesia.

El poder no se aplicaba en forma indiscriminada y sin contrapeso. La autoridad durante la Colonia era entendida y aplicada según los criterios que imponía la idea del “bien común”. Esta noción, de origen cristiano, debía asegurar la justicia, es decir, la garantía de ocupar el lugar, el estatus y recibir los privilegios apropiados para cada condición social.

Los distintos sectores (gremios de artesanos, burocracia estatal, comerciantes, etc.) ocupaban un lugar diferenciado en la escala social y la legislación debía garantizar esa diferencia. Los de mayor estatus debían ser oídos al adoptarse ciertas medidas arancelarias (por ejemplo, los artesanos y los comerciantes). Pero en los niveles bajos de la escala social había grupos que recibían también una consideración especial: eran los “pobres de solemnidad”, conformados generalmente por mujeres solas o con niños, inválidos y ancianos desamparados. El Estado debía otorgarles medios de subsistencia, por ejemplo, a través de la cesión de derechos de explotación minera (en las riberas de los ríos), o de la autorización para solicitar limosna. La Iglesia, a través de congregaciones especializadas, la Corona, a través de algunos subsidios, y unos cuantos privados se encargaron de acoger a los niños abandonados (Casa de Expósitos, luego de Huérfanos), las mujeres “de mala vida” (Casa de las Recogidas) y los vagos y pobres más desamparados (Hospicio de la Ollería), desde fines del siglo XVIII.

En materia laboral, la doctrina jurídica del bien común obligó a la Corona española a crear ciertos resguardos frente al abuso que se ejercía contra los débiles. Los indígenas fueron los primeros favorecidos por estas leyes, aunque su aplicación fue limitada por las complejas condiciones de intervención de la Corona y el peso de los grupos de poder locales. Un ejemplo de esto fue el límite de edad para trabajar en ciertas labores (en los yacimientos mineros). También existieron regulaciones en materia laboral que fueron incorporadas en diversas leyes de minas (medidas de seguridad, de supervisión técnica, etc.).

Si bien la sociedad colonial estaba muy jerarquizada, disponía de mecanismos de protección que sobrevivieron después de la independencia. Solo el proyecto liberal de mediados del siglo XIX los fue eliminando.

3. La idealización del “rebelde primitivo”: ¿subordinación o rebeldía?

¿Qué papel cumplió el pueblo en la época colonial antes de la aparición de las organizaciones populares? Ese ha sido un gran tema de debate entre los historiadores. Los primeros investigadores que se dedicaron al tema laboral pusieron atención en las formas de organización sindical y política de los obreros. Por eso miraron con cierta indiferencia esta etapa previa. Autores, como Segall, reconocieron la existencia de una rebeldía popular (o “guerra social”) en la etapa colonial y la consideraron precursora de procesos que vendrían con posterioridad.

En la década de 1980, una nueva generación de historiadores sociales se detuvo a estudiar el papel que habían desempeñado las clases populares antes del siglo XIX, el punto de inicio de la mayoría de los estudios laborales hasta entonces. Esta tendencia debe entenderse como parte del debate político derivado de la crisis de 1973, al interior de la izquierda.

En esta revalorización de la historia social emergieron nuevas figuras colectivas, nuevos sujetos, hasta entonces despreciados por su marginalidad (el labrador, el trabajador errante, el pequeño campesino, el pirquinero, etc.) y nuevas prácticas colectivas (el asalto, el robo sistemático, múltiples formas de rebeldía social). Gabriel Salazar ha sido uno de los principales exponentes de esta escuela. Siguiendo este enfoque, la conflictividad permanente (larvada o latente), es decir, la violencia social expresada bajo diversos ropajes pasó a ser el rasgo característico de la Colonia, sustituyendo el diagnóstico anterior, que lo veía como un período de conformismo social y aceptación resignada de un orden sagrado. Esto se habría mantenido, sin grandes cambios, tras alcanzarse la independencia.

La imagen del inquilino tranquilo, católico, subordinado y sumiso ante el patrón parecía ser desplazada por el peón levantisco, el roto alzado e indisciplinado, siempre errante y nunca sometido. Para resaltar este enfoque, Salazar ha exagerado los mecanismos de exclusión y represión, afirmando que a la población “mestiza” (luego serían los “rotos”), era posible asesinarlos (“palomeo” de rotos), sin mayores consecuencias.

José Bengoa ha ofrecido una caracterización distinta de la época colonial, en su fase tardía, y del Chile rural del siglo XIX. En su opinión, el inquilino y el peón libres representarían dos culturas en constante tensión, que entraron en contacto en la hacienda. Eran las dos caras del mundo popular.

El inquilino era un trabajador asentado (“afincado”) y constituía un grupo estable, sometido a una constante explotación patronal, pero con posibilidades de integración y ascenso social. Al existir distintos niveles de inquilinos, estos podían ascender socialmente y lograr cierto tipo de acumulación. La posibilidad de independizarse, tener su propio predio agrícola, era otra forma de mejorar su condición. Aunque pocos lo lograban, esta eventual integración creaba la ilusión de mejorar su condición, lo que Bengoa denomina la “subordinación ascética”. En sus palabras, esta consistía en

la aceptación de la servidumbre y el sacrificio que conlleva, a cambio de la posibilidad de alcanzar en un futuro una situación mejor, o simplemente a cambio de la seguridad que otorga la integración subordinada. Se cambia la libertad —o el placer inmediato— por la obediencia, y se recibe de vuelta el favor patronal y la posibilidad de ascender en la jerarquía hacendal. Se cambia la pobreza hacendal, la falta de dinero metálico, por la posibilidad de acumular riqueza en ganados, de hacer medierías y manejar aperos y animales de trabajo. En fin, la subordinación ascética no es pura explotación sin perspectivas de cambio; es un trueque mínimamente (o culturalmente) calculado, por el que se consigue la adscripción-integración subjetiva a la sociedad […] y la posibilidad de “tener su propia tierra como fruto del esfuerzo de toda una vida”. (Bengoa, 1988, t. I, p. 22)

La ausencia de rebeldía tenía su base en el paternalismo y el autoritarismo patronal, resguardado por la Iglesia y el Estado. Este sistema no habría sido impuesto unilateralmente desde arriba, ya que su aceptación por parte de los inquilinos (por una combinación de realismo, resignación y temor) fue un aspecto central que explica su efectividad.

El peón agrícola, por su parte, era otro grupo subordinado, pero carente de estructuras de integración. No tenía posibilidades de movilidad (a nivel material ni subjetivo). Vivía intensamente el presente, sin futuro, sin salvación espiritual ni material. Por ello, dice Bengoa, la clave para comprender su vida y su cultura es el juego de azar, la diversión, la sensualidad desenfrenada. El peón no tenía lealtad, solo vivía la subordinación. Por no estar vinculado a ningún camino de integración, era asimilado a la condición de “clase peligrosa”.

4. Los efectos de la independencia

Es sabido que el proceso de independencia y la construcción de la República fueron protagonizados por la aristocracia local. No existía otro grupo social que tuviera tal capacidad para actuar y levantar un proyecto político.

Los sectores populares participaron como soldados de uno y otro bando, se vieron afectados por el proceso, pero no incidieron en su desarrollo. Sin embargo, el ambiente que generó la guerra, con su secuela de abusos, requisiciones, hambruna y reclutamiento forzoso, provocó una creciente actividad de los grupos más afectados. Aunque sin una participación orgánica, la “turba” o la masa popular se manifestó en varios momentos críticos y también en los años posteriores. La inestabilidad política provocó incipientes rebeliones, amotinamientos y asonadas callejeras. Al parecer, Carrera buscó apoyo en estos sectores para desestabilizar al gobierno de O’Higgins.

El discurso de la emancipación tuvo un componente político y se fue definiendo en un plano de oposición frente a lo español. Fue el inicio de la leyenda negra contra la Colonia. La miseria e ignorancia del pueblo eran atribuidas a la dominación española, en particular su atraso cultural y económico.

El único y solitario discurso social que se levantó en la época perteneció al fraile franciscano Francisco de Orihuela, diputado en el Congreso de 1811. Aunque sin ningún arraigo en los sectores populares, su voz se levantó para separar aguas al interior del proceso de la independencia. En una proclama dirigida al bajo pueblo, distinguía a este sector (de artesanos, labradores y mineros) de la aristocracia. La desgracia del pueblo se sustentaba en la opresión de la aristocracia:

Mientras vosotros sudáis en vuestros talleres; mientras gastáis vuestro sudor y fuerzas sobre el arado; mientras veláis con el fusil al hombro, al agua, al sol y a todas las inclemencias del tiempo, esos señores condes, marqueses y cruzados duermen entre limpias sábanas y en mullidos colchones que les proporciona vuestro trabajo. (Sesiones de los cuerpos legislativos, 1811, anexo, pp. 357-359)

A pesar de la aguda percepción de Orihuela, el proceso chileno de la independencia fue una pugna al interior de la clase dominante, que no dio espacio al surgimiento de una revuelta social. En México, Venezuela y Perú, por citar algunos países, el momento de inestabilidad política fue propicio para el estallido social y la liberación de tensiones apenas contenidas por el orden colonial. En el caso chileno, los llamados de fray Orihuela no tuvieron acogida en el mundo popular, como sí ocurrió con las proclamas del cura Hidalgo, y luego del cura Morelos, entre los indígenas mexicanos.

La condición de los sectores populares no cambió tras el proceso de independencia. Treinta años después de la declaración de independencia, Santiago Arcos hacía el más claro balance al respecto:

En Chile ser pobre es una condición, una clase, que la aristocracia chilena llama rotos, plebe en las ciudades, peones, inquilinos, sirvientes en los campos; esta clase cuando habla de sí misma se llama los Pobres, por oposición a la otra clase, los que se apellidan entre sí los caballeros, la gente decente, la gente visible y que los pobres llaman los Ricos. (Arcos, 1852)

La independencia había sido realizada por la aristocracia y de ella era el gobierno republicano. El pueblo no había cumplido ningún papel, salvo el de participar en las batallas:

Los Pobres han sido soldados, milicianos nacionales, han votado como su patrón se los ha mandado, han labrado la tierra, han hecho acequias, han laboreado minas, han acarreado, han cultivado el país, han permanecido ganando real y medio, los han azotado, ensepado [engrillado] cuando se han desmandado, pero en la República no han contado para nada, han gozado de la gloriosa independencia tanto como los caballos que en Chacabuco y Maipú cargaron a las tropas del Rey. (Arcos, 1852)

Las divisiones al interior de la aristocracia habían creado dos bloques tras la independencia: los liberales (o pipiolos) y los conservadores (o pelucones). Pero entre ambos no había gran diferencia.

No olvidemos —decía Santiago Arcos— que tanto Pelucones como Pipiolos son Ricos, son de la casta poseedora del suelo, privilegiada por la educación, acostumbrada a ser respetada y acostumbrada a despreciar al Roto”. “Actualmente los Pobres no tienen partido, ni son pipiolos ni pelucones, son Pobres, del parecer del patrón a quien sirven, miran lo que pasa con indiferencia […]. (Arcos, 1852)

En términos económicos, no hubo cambios radicales, fuera de las confiscaciones y el empobrecimiento de las arcas fiscales. Todo esto se vería compensado, pocos años después, con el inicio de la explotación de los ricos yacimientos de plata de Chañarcillo, lo que permitió la pronta estabilización económica. La demanda de manufacturas creció con ocasión de la guerra, ya que las tropas debían ser mantenidas. Los comerciantes que abastecían al ejército terminaron comprando a los artesanos, pero estos últimos no siempre se vieron beneficiados ya que las ganancias eran acumuladas por los intermediarios. El sector manufacturero creció, además, como consecuencia de la urbanización y del refinamiento de las costumbres de la aristocracia. Pero pronto vendría una nueva crisis económica, como resultado de la apertura comercial que promovieron los primeros gobiernos republicanos.

SEGUNDA PARTE

La modernización y el proyectode regeneración moraldel pueblo, 1850-1880

A mediados del siglo XIX, que podemos asociar con la década de 1850, aunque los límites son menos precisos, la inserción de Chile en la economía capitalista mundial hizo más visible la situación de los trabajadores, por los cambios que se produjeron en el plano de las relaciones sociales y económicas, la tecnología, las comunicaciones y las ideas. En todos los países de América Latina se produjo este proceso, aunque con algunas variantes locales. En algunos lugares, el proceso fue más acelerado y temprano, mientras en otros fue más lento y tardío.

En este período los artesanos, un sector específico dentro de los trabajadores, los más especializados, pasaron a constituir sus propias organizaciones, algunas bastante autónomas, ensayando distintas formas de intervención en el esquivo escenario político, todas ellas acompañadas por un proyecto de regeneración moral que reforzó su identidad.

1. Los efectos de la modernización

A partir de la década de 1830, una vez instaurado el nuevo orden republicano, en el plano económico se empezaron a observar cambios, debido a la apertura comercial, el mayor contacto con EE. UU. y Europa, y la difusión del liberalismo. En la década de 1840, se crearon los primeros bancos y, por la misma época, se abrieron nuevos mercados para la producción minera y agrícola.

En el aspecto ideológico, las transformaciones fueron más rápidas debido a las disputas entre las fracciones de la clase alta, que intentaron imponer sus propios proyectos políticos. Hubo caudillismos y tendencias regionalistas. Otros estaban abiertos a crear una institucionalidad que garantizara derechos individuales y cívicos. Los más temerosos al desgobierno proponían un gobierno fuerte y autoritario. Fueron estos grupos más conservadores los que se impusieron en 1830.

En esta disputa interna de la clase gobernante, las distintas fracciones buscaron aliados fuera de ella, en la clase artesanal. Las ideas liberales fueron las que más fácilmente penetraron en los sectores populares ilustrados.

Las ideas de la ilustración ya habían alcanzado cierta difusión, desde fines del siglo XVIII, cuando surgió una alta valoración de la educación, como el camino que permitiría la felicidad del pueblo. La civilización de las costumbres era vista como un camino necesario, el único que garantizaba su participación en las decisiones públicas. Una vez establecida la República, los artesanos vieron con simpatías la difusión de las ideas liberales en el plano político, que significaba en la práctica una mayor capacidad para incidir en las decisiones de la autoridad.

Pero algo distinto sucedía con el liberalismo económico. Los artesanos fueron los primeros afectados por las transformaciones económicas (la apertura comercial y el fin de los privilegios gremiales). En defensa de sus intereses económicos, los trabajadores independientes se vieron enfrentados a la necesidad material de organizarse para defender su situación.

Las primeras experiencias de organización de los artesanos estuvieron subordinadas a la coyuntura política, es decir, a la pugna entre los grupos de la aristocracia: liberales y conservadores. Unos y otros buscaron controlar estos grupos para ponerlos al servicio de sus proyectos. Al respecto, el primer antecedente conocido es el apoyo que dieron los conservadores a la formación de la Sociedad de Artesanos, en 1829. Una vez en el gobierno, abandonaron este interés por promover la asociación de los artesanos, por lo menos, hasta que no volviera a ser necesario. En la coyuntura de 1845 y 1846, se levantó un frente común entre los liberales en la oposición y los artesanos, surgiendo algunas sociedades políticas (como las de artesanos de Caupolicán, de Colo Colo y de Lautaro), que publicaron un periódico, El artesano opositor, todos alineados en torno a una crítica frontal al gobierno de Manuel Bulnes. La respuesta de los conservadores no se hizo esperar y apoyaron la edición de El artesano del orden, detrás del cual estaba una Sociedad del Orden. La represión aplicada por el gobierno desarticuló este embrionario movimiento opositor.

Por entonces, en el sector artesanal ya surgían voces escépticas frente a estas alianzas. El obrero tipógrafo Santiago Ramos representaba esta tendencia. En 1846 escribía en su propio periódico El Pueblo:

Compañeros de todos los colores y profesiones:

Nosotros que componemos la masa del pueblo, la clase pobre altamente despreciada a quien no se atribuye ni el menor rasgo de virtud, a quien se insulta en los periódicos, se desprecia en la tribuna y violenta en los cuarteles para negociar con nuestra voluntad y personas, como viles instrumentos. ¿Qué medio deberemos tocar para no ser tan abatidos como somos y para no sufrir el hambre, desnudez y todas las plagas que nos degradan, reduciéndonos de hombres a la condición de bestias, y de hombres libres a la condición de esclavos? ¿Qué haremos para no seguir siendo el juguete y la burla de los hombres que por medio de nuestro voto o sufragio, elevamos al rango de magistrados para regir los destinos de la nación que nosotros componemos? (El Pueblo, Santiago, 15 de febrero de 1846)

Parecía que nada se había ganado en este juego entre “poderosos”. El rompimiento con los liberales no sería definitivo. De hecho, en torno a la Sociedad de la Igualdad, creada en 1850, volvería a germinar la esperanza de un movimiento que integrara tanto a los grupos liberales de la oligarquía como a los artesanos organizados. Pero la participación de estos últimos fue bastante marginal, y el pueblo tuvo una escasa presencia en la conspiración de 1851.

Estos fracasos políticos crearon el clima necesario para que en la década de 1850 el proyecto popular se replegara sobre sí mismo, comenzara a tomar cuerpo, adquiriendo mayor autonomía, y concentrara sus esfuerzos en lograr mejorar la condición de los artesanos y los obreros especializados. Defender la dignidad del artesano en el plano material (abandonando todo propósito expresamente político) fue su razón de ser.

El año 1853 fue emblemático en este sentido, ya que en ese entonces cuando surgió la primera organización mutual, esta vez sin el apoyo de ningún sector de la oligarquía: la Sociedad Unión de Tipógrafos.

2. La propuesta de las sociedades mutuales

Resolver las aflicciones materiales que enfrentaba el sector artesanal fue la razón de ser de las primeras sociedades mutuales. Como lo planearía Fermín Vivaceta años después, la asociación fraternal de los trabajadores era el único camino que permitiría evitar que los artesanos y sus familias tuvieran que depender de la caridad pública. La preocupación de las mutuales, por tanto, no solo era resolver la entrega de recursos materiales a sus socios, sino hacerlo en condiciones que le evitaran perder su dignidad y caer en la humillación de la caridad.

El ingrediente que permitiría esto era el desarrollo del “hábito de la organización”, es decir, de la capacidad para asociarse y buscar soluciones en común, entre iguales. Detrás de estas organizaciones populares y de su acción cotidiana se fue conformando una verdadera “revolución solidaria”.

Las sociedades mutuales (o de socorros mutuos) buscaron resolver la crisis económica de los artesanos a través de la protección y la ayuda mutua de los socios, ofreciendo asistencia en momentos de necesidad (enfermedad, muerte). Pero, a su vez, estas asociaciones realizaron una activa labor de “regeneración” moral del pueblo, que no descartó levantar demandas frente al Estado en aspectos que les aseguraran un mejor bienestar.

El proyecto mutualista abarcaba tres dimensiones:

1. La ayuda mutua. El principio de la solidaridad fue uno de los pilares del mutualismo. La colaboración al interior de la organización fue el lazo que mantuvo la unidad de estas instituciones populares. Este apoyo entre los socios fue una herencia que dejó el movimiento mutualista, incluso después de que decayó su protagonismo. La práctica solidaria se estructuró especialmente en torno a la salud. Los principales beneficios para los socios se referían a la ayuda médica, el apoyo para la compra de medicamentos, el subsidio a tratamientos o el pago de cuotas mortuorias. Al componente material se agregaban aspectos más subjetivos, como el acompañamiento a los socios enfermos o la asistencia (muchas veces obligatoria) a los funerales. También se organizaron cooperativas (tanto productivas como de consumo), aunque esta veta tuvo menos éxito.

2. La educación. La función de las mutuales no solo fue material. Para llevar a cabo la moralización e ilustración del pueblo, la educación se transformó en una actividad central de las sociedades mutuales. Muchas de ellas tenían escuelas para adultos y niños. Sus objetivos eran la formación profesional de sus asociados y la transmisión de una moral que les permitiera abandonar los vicios. El limitado avance del proyecto educativo del Estado hizo que este proyecto fuera sentido como una fórmula propia de emancipación. Si bien la clase alta difundía las bondades de la educación, como el camino que llevaría a la “civilización” del pueblo, en la práctica creaba las bases de un sistema educacional bastante restringido y oligárquico, con escasas posibilidades de acceso a los niveles de instrucción básica, sobre todo durante el siglo XIX.

3. Las demandas al Estado. Aunque las mutuales intentaron, desde sus orígenes, mantener una acción autónoma del Estado, no eran indiferentes ante él. El proyecto mutualista no excluía demandar a la clase dirigente ciertos cambios institucionales. Por ejemplo, en muchos momentos se trató de obtener su apoyo para limitar las cargas sobre los artesanos (como la obligación de participar en la Guardia Cívica), para lograr medidas de protección a la producción nacional (se criticaba la liberalización del comercio y el apoyo estatal a ciertos monopolios, como el del tabaco), revertir medidas abusivas o que atentaban contra el bienestar de los artesanos (reglamentos municipales) y lograr reformas políticas que le aseguraran una mayor participación cívica y libertad de acción. Por lo mismo, la presencia de las mutuales en ciertos acontecimientos políticos fue importante. Un ejemplo de ello fue la agitación política de 1850, a través de la Sociedad de la Igualdad, y las guerras civiles de 1851 y 1859.

El mutualismo fue una expresión visible de la naciente identidad del artesanado y los obreros especializados. Aunque la pertenencia a las sociedades mutuales tenía como requisito poseer la condición de artesano (a veces de un oficio en particular; en otras no era necesario), con el tiempo se fueron abriendo al proletariado. En las décadas de los 1880, ya eran muchas las sociedades mutuales de obreros. Por esa época también se abrieron paso las mutuales que agruparon únicamente a mujeres de extracción popular. Fue el germen de una identidad femenina, que reconocía la necesidad de agruparse para defender sus propios intereses, sin quedar subordinadas a las organizaciones dirigidas por hombres.

Si bien la identidad popular fue un elemento común a las mutuales (con excepción de las que agruparon a los miembros de las colonias extranjeras), hubo algunas que pudieron ser manejadas por miembros de la clase alta. Por ejemplo, en la zona del carbón varias de las mutuales que surgieron en la década de 1870 integraban entre sus socios desde el “honrado obrero” hasta los vecinos más destacados que fomentaban el mejoramiento de la condición del artesano.

3. Los gérmenes de la proletarización

Mientras el artesanado y los obreros especializados encabezaban los esfuerzos de organización en torno a sociedades mutuales, en las áreas más dinámicas de la economía se comenzó a gestar un proceso de proletarización.

La proletarización no consistió únicamente en la conformación de una clase social asalariada que pasara a depender fundamentalmente de la venta de su fuerza de trabajo. El gran desafío consistió en asegurar una disciplina laboral que permitiera disponer del trabajador en una jornada de trabajo determinada, sometido a un horario, recibiendo órdenes y aceptando una jerarquía de relaciones sociales, al interior de un espacio laboral.

La proletarización provocó atracción y resistencia en aquellos sectores que pasaron a engrosar las filas de la naciente clase obrera, industrial y minera. La atracción nacía del incentivo que significaba recibir un salario, en el contexto de una economía que comenzaba a utilizar el dinero de manera creciente. De hecho, esta fue una época en que las monedas (de plata y cobre), de distintos valores, circularon en mayor volumen que antes. Muchos peones, artesanos y campesinos empobrecidos se sentían atraídos por las ventajas de la ciudad, y se engancharon en actividades laborales a cambio de una remuneración. Fue el caso de las minas de carbón, en la zona sur; las obras públicas (construcción de puentes, escuelas, vías férreas), a lo largo de todo el país; las labores portuarias (carga y descarga de embarcaciones); y en los talleres manufactureros. Pero este proceso de enganche de asalariados era, generalmente, temporal. Los trabajadores no permanecían en sus puestos de trabajo por mucho tiempo, ni se arraigaban a un oficio. En otras palabras, no estaban disponibles como mano de obra en forma permanente, sino de un modo ocasional.

Por esta razón, los primeros capitalistas fueron los más interesados en ofrecer incentivos para asegurar que el naciente proletariado se asentara. En la década de 1850, Enrique Meiggs, por ejemplo, ofreció salarios mayores que el promedio para asegurar que las obras de instalación de las vías férreas se lograran realizar dentro de los plazos. Sin embargo, esta situación fue excepcional en estos años, cuando predominaron más bien los mecanismos coercitivos, extraeconómicos.

La proletarización tuvo un carácter limitado, al no constituirse todavía un mercado laboral propiamente tal. Varios mecanismos actuaban para evitar que los obreros abandonaran sus labores. El pago de los salarios en forma muy distanciada, por ejemplo, intentaba evitar que los obreros dispusieran cada mes de dinero circulante para usarlo en los centros de diversión. Una modalidad complementaria, utilizada tanto en las minas como en algunas haciendas, era la entrega de fichas (de cartón y de caucho) o vales para la compra en los almacenes o pulperías. Todo esto se hacía cumplir a través de guardias particulares que mantenían el orden en las labores y en los espacios de diversión, imponiendo los reglamentos internos.

Algunos historiadores han caracterizado negativamente la proletarización, porque ven en ella una forma de sometimiento, de integración a la economía capitalista, de disciplinamiento, que contrastaba con la insurrección del trabajador rebelde, pendenciero, el peón errante resistente al control. Otros, en cambio, reconociendo que la disciplina laboral fue una necesidad para el desarrollo del capitalismo, plantean que también produjo otros efectos. Las organizaciones sindicales y los partidos políticos populares surgieron de este segmento ilustrado, que se había proletarizado, asimilando la ética del esfuerzo, no del peón indisciplinado.

4. La identidad popular: la ética del trabajo

Si bien la elite popular urbana no se sentía identificada con el pueblo en su conjunto, era evidente que su proyecto moralizador se abría hacia el resto de los sectores subordinados.

La ética del trabajo fue uno de los componentes principales de esta cultura ilustrada, así como la valoración del esfuerzo, el ahorro y la constancia. El orgullo de pertenecer a la clase productora era probablemente consecuencia de varias influencias. Por una parte, esta idea estaba presente en la ética burguesa y, de un modo más ambiguo, en la herencia católica. Las ideas socialistas que circularon desde mediados del siglo XIX (como las de Charles Fourier y Robert Owen) también dieron importancia al trabajo como factor productivo, en oposición a la renta, la usura y el ocio burgués. La legitimación social se conseguía a través de una vida acorde con estos principios: la destreza en el oficio y la honradez en los hábitos.

El trabajo no era visto únicamente en su condición pasiva, sometido a la explotación y la subordinación, sino como un instrumento que sacaría al pueblo de la pobreza. De ahí el interés que hubo por crear, por ejemplo, cooperativas productivas.

Una buena parte de los dirigentes de origen artesanal se distinguía en su propia actividad laboral y en sus cualidades humanas. Fermín Vivaceta es un buen ejemplo, al transitar desde su condición inicial de aprendiz de carpintero, a los trece años, hasta llegar a ser un reconocido constructor y arquitecto. Criado por su madre, una lavandera, Vivaceta continuó estudiando, lo que le permitió ascender rápidamente en su oficio. Pero este ascenso no lo apartó del mundo popular, desarrollando una activa labor organizativa, que fructificó en 1862 cuando logró fundar la Sociedad de Artesanos La Unión. Las biografías de Vivaceta, y de otros dirigentes como él, aluden con insistencia a su habilidad profesional, su honestidad y la firmeza de sus convicciones en torno al proyecto de regeneración del pueblo.

La superación personal a través de la educación y el trabajo y los esfuerzos colectivos por organizar al pueblo eran dos facetas de un mismo objetivo. Fueron estas vivencias, representadas en figuras como Vivaceta (y no solo sus discursos), las que legitimaron el orgullo de la condición popular. En ciertos oficios esto fue más fácil de desarrollar. Por ejemplo, en una sociedad mayoritariamente analfabeta, los tipógrafos (encargados de una labor clave en las antiguas imprentas) fueron quienes se prestigiaron por su manejo en el mundo de las letras, y, junto con ello, por su capacidad de formación, administración y liderazgo. No es extraño que hayan estado a la cabeza de las organizaciones desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del siguiente.

Durante el siglo XIX, la identidad popular todavía estaba en construcción. Algunos de sus componentes los extrajo de la valoración ética del trabajo. Pero otro elemento fue la vivencia común de ser subordinado. Esto se percibía cuando en los periódicos artesanales se aludía a los de arriba (es decir, los poderosos) y los de abajo (el pueblo).

5. Excluidos e integrados

El proyecto que encarnaron las sociedades mutuales y otras organizaciones de similar carácter no logró ser integrador de todo lo que hoy se denomina el “mundo popular”. De ahí que parezca razonable hablar de sectores populares, y no del “pueblo”, como si este tuviera una característica uniforme.

Con relativa frecuencia, la elite popular ilustrada se encargaba de definir a aquellos sectores que se ubicaban por debajo de su condición. Aunque la participación en este proyecto de ilustración del pueblo parecía integrador, en la práctica la pertenencia a las nuevas organizaciones era condicionada. Los mayores o menores niveles de integración al proceso de civilización de las costumbres eran un elemento que definía, en un momento dado, los límites. La elite popular ilustrada no se dejaba confundir con las “clases bajas”. Solo las personas “honradas” podían acceder a sus beneficios y una razón para su expulsión era adoptar actitudes reñidas con la moral. El uso inmoderado de “licores espirituosos” y de los juegos de azar causaba la pérdida de la calidad de socio, en la Sociedad Unión de Artesanos. Incluso en los estatutos de muchas mutuales se establecía en forma explícita su rechazo a la incorporación de “peones”.

Respecto a las mujeres, si bien no existían restricciones formales para su acceso a las sociedades mutuales, en la práctica estas no se incorporaron y no hubo voluntad para fomentar su ingreso. Más adelante veremos que las mutuales femeninas que surgirían a partir de 1887 establecieron normas de exclusión hacia las mujeres del bajo pueblo.

Con ocasión de las políticas de ocupación territorial y colonización que aplicó el Estado sobre la zona de la Araucanía, a partir de la década de 1880, quedó en evidencia la diferenciación social que sobrevivía dentro de las mutuales. Lejos de apoyar a los indígenas que estaban siendo despojados de sus territorios, las organizaciones mutuales criticaron al gobierno por no ceder tales propiedades a chilenos.

El proyecto popular ilustrado, por tanto, oscilaba entre su faceta integradora, a través de la educación y la moralización (algo potencialmente abierto a toda la población que modificara sus patrones de conducta), y su cara excluyente, al quedar reducido en los hechos a un grupo pequeño susceptible de acoger el ideario.

Por debajo del pueblo ilustrado y decente estaba el “bajo pueblo”, una categoría imprecisa, pero que comprendía los vagos, mendigos y los grupos subalternos que no disponían de trabajo estable. Sobre ellos se aplicaban mecanismos de control y disciplinamiento, como el trabajo forzado en obras públicas, la reglamentación de la mendicidad, el uso de un sistema de “papeletas” (o salvoconductos) en las zonas mineras y a veces también en el campo, para vigilar el desplazamiento de los peones. “Sin Dios ni ley”, estos sectores populares eran considerados una amenaza a la moralidad y el orden social, y de ahí que sobre ellos se concentraran estas medidas.

Había ciertos sectores donde era más abundante este tipo de trabajadores, por ejemplo, en las labores agrícolas, en las obras públicas y en la extracción minera. Allí permanecieron por más tiempo, hasta que se completó el ciclo de proletarización. También hubo actividades urbanas, de tipo industrial, donde convivieron los obreros permanentes con aquellos trabajadores marginales que, por una u otra razón, se mantuvieron en los márgenes de la integración, como fue el caso de los vidrieros, los empajadores y los panificadores. El disciplinamiento laboral se logró más tardíamente en estos sectores.

Las medidas de control y castigo que ejerció el Estado contra el bajo pueblo se combinaron con actitudes más paternales, de “caridad” cristiana, hacia las mujeres, niños e inválidos.

6. Entre la acción civilizadora y la revuelta callejera

Las sociedades mutuales orientaban sus esfuerzos cotidianos a la organización y la ilustración del pueblo. Su actividad preferente buscaba ofrecer beneficios a sus socios, sostener la necesaria actividad educativa a través de escuelas, levantar demandas a la autoridad por medio de petitorios y difundir el ideario utilizando periódicos. En los momentos políticos más tensos, cuando se estrecharon las alianzas con sectores liberales, participaron directa o indirecta en actividades callejeras o incluso movimientos de agitación y conspiración (como sucedió en 1858 y 1859). Pero estas situaciones fueron más bien excepcionales y fueron reacciones de rebeldía que surgieron ante restricciones extremas a las libertades.

Los artesanos se sentían orgullosos de actuar dentro de ciertos límites, siempre resistiéndose a los desbordes y las conductas impropias de una clase responsable. Si participaban en acciones más decididas, incluyendo la actividad clandestina o conspirativa, lo hacían manteniendo distancia con las “turbas”.

En el vértice opuesto se hallaban los sectores peonales, dispuestos a oponer resistencia, generalmente sin mayor plan, a los abusos de alguna autoridad o el incumplimiento de un compromiso. En esos casos, la acción se desarrollaba de modo espontánea, sin liderazgos definidos y con el objetivo acotado de contener, por cualquier medio, la medida aplicada y muchas veces únicamente hacer sentir el odio al poderoso. Esto, generalmente, se traducía en un levantamiento violento contra la autoridad o los símbolos del poder, que incluía saqueo, pillaje y robo de alcohol. Por esta razón, era común que el gobierno respondiera de manera igualmente violenta y muchas veces desproporcionada.

La rebelión peonal estallaba con mayor frecuencia en las zonas aisladas, cerca de las explotaciones mineras, que utilizaban este tipo de trabajadores. Pero también la “chusma”, el “populacho” o “partidas de rotos” que actuaban en las ciudades, sobre todo en situaciones de inestabilidad política. Sucedió en la coyuntura de la independencia, pero en mayor medida en las coyunturas de 1825, 1827, 1828 y 1829. En este último año, los saqueos afectaron, por ejemplo, el Consulado de Francia, que terminó completamente destrozado. Restablecido el control, el castigo no se hizo esperar. Como los responsables directos no fueron detenidos, la autoridad escogió un grupo al azar para aplicarles públicamente la pena del azote.

Entre ambas formas de acción popular no había mayor conexión, salvo en la mente de las autoridades que, en los momentos de mayor agitación liberal, acusaban la existencia de tales vínculos. Era entonces cuando las asociaciones de artesanos apoyadas por los conservadores llamaban a alejarse de los “alborotos” y las revueltas.

7. Las mutuales y la política

La relación de los sectores populares organizados con el mundo político pasó por varias fases. Desde un comienzo, las organizaciones mutuales y otras instituciones afines hicieron esfuerzos por levantar una voz que se hiciera escuchar en las esferas del gobierno.

Los contactos entre los artesanos y los grupos liberales más radicales fueron tempranos. En la Sociedad de la Igualdad, por ejemplo, confluyeron ambos sectores, aunque con el predominio de los jóvenes de la alta sociedad y una escasa presencia del pueblo. Santiago Arcos reconoció años después, en su conocida Carta a Bilbao, que pocos “ciudadanos pobres” habían participado en el movimiento. Incluso llegó a reconocer que la indiferencia de los pobres al discurso reformista se debía a que poco hubieran ganado con el triunfo de los pipiolos (liberales) (Arcos, 1852). Vicuña Mackenna recordaba las limitaciones que tenía Bilbao en su actitud hacia el pueblo: “creía en el pueblo, y no visitaba jamás sus chozas. Predicaba en el club la fraternidad universal, y no conocía ni de nombre las calles y los barrios miserables de Santiago” (Vicuña, 1877, p. 37).

Los vínculos entre los mutualistas y algunos sectores de la elite liberal volvieron a surgir en sucesivas iniciativas. Por ejemplo, en las campañas electorales se produjo el apoyo de los líderes populares a ciertas candidaturas. El clima de persecución política a raíz de las revoluciones de 1851 y 1859, provocó un repliegue hacia posturas más reticentes a la politización. La autoridad aumentó las medidas restrictivas a la constitución y funcionamiento de cualquier tipo de asociación. En este clima de represión, y de desalentador balance, hubo voces que llamaron a distanciarse de los partidos políticos en pugna, liberal y conservador, “por considerarlos ambos perjudiciales al adelanto de nuestra clase” (La Reforma, Valparaíso, 30 de julio de 1850).

Pero la situación se revirtió después. Incluso la declarada neutralidad de instituciones como la Sociedad de Artesanos La Unión se transformó en apoyo al presidente Pérez, un liberal moderado que dio muestras de mayor tolerancia política.

Debido a la resistencia de combinar la política con la actividad mutualista, algunos dirigentes crearon organizaciones que se dieron ese explícito objetivo. Así surgieron varios clubes políticos populares, como la Unión Política de Obreros, en Valparaíso (1863), la Sociedad Unión Republicana del Pueblo (1864), el Club de Obreros de Santiago (1870) y la Sociedad Escuela Republicana (1876), este último conformado por miembros de extracción popular, aunque abierto a otros sectores. Varios de sus miembros se integraron al Partido Demócrata.

En la década del 70, la alianza de estas organizaciones populares con distintos grupos liberales se produjo en torno a dos candidaturas presidenciales: la de José Tomás Urmeneta (1871) y la de Benjamín Vicuña Mackenna (1875).

Del primero, sus seguidores destacaban que no proviniera de una familia “noble” (como su contendor, Federico Errázuriz) y que su fortuna fuera producto de su propio esfuerzo. En ese sentido, se le asociaba con la libertad, la honradez y el trabajo (La Pura Verdad, 14 de junio de 1871).

En el caso de Vicuña Mackenna, varios dirigentes mutualistas le dieron su respaldo, en especial por su pasado vinculado con la Sociedad de la Igualdad. Incluso lo acompañaron en su vistosa comitiva. La reforma electoral de 1874 (que amplió formalmente el derecho a voto) ayudó a generar expectativas entre los artesanos. En todo caso, este apoyo distaba mucho de ser su única base de sustento de su candidatura. De hecho, su independencia respecto del candidato liberal apoyado por el gobierno le significó obtener la adhesión de los conservadores, lo que debilitó su alianza con los sectores populares y determinó el retiro de su candidatura.

El escaso avance que se logró por esta vía provocó que pronto se tentara la posibilidad de llevar representantes propios al parlamento. Ya comenzaban a surgir voces que expresaban la distancia entre el liberalismo de los “caballeros” y el que surgía en los sectores populares. Aunque no todas las organizaciones populares aceptaban esta estrategia de buscar una representación directa, en la década de 1880 encontramos los primeros esfuerzos en ese sentido. La elección parlamentaria y municipal de 1882 fue el punto de partida, experiencia que se repitió en 1885.

Este proceso de creciente politización autónoma tuvo un hito importante en 1887, cuando un grupo de dirigentes populares se unió a un sector disidente del Partido Radical y conformaron el Partido Demócrata o Democrático, como veremos más adelante.

8. La difícil autonomía

En el esfuerzo de organización de algunos sectores populares no actuó únicamente la capacidad autónoma de las mutuales. El Estado y varios segmentos de la clase alta buscaron influir en ellas, por razones ideológicas, políticas o meramente pragmáticas.

En 1853, se creó la primera mutual que logró superar la etapa embrionaria, la Sociedad Tipográfica de Santiago. Le siguieron otros esfuerzos similares, que mantuvieron en pie el principio de la autonomía. Sin embargo, ya en 1856 se produjo un intento por crear una mutual con apoyo patronal, esfuerzo que al parecer no fructificó.

El Estado no fue indiferente a la organización de los trabajadores marítimos, gremio clave para la actividad comercial. Los esfuerzos por mantener organizadas las labores y bajo un fuerte control fueron permanentes. Esto se inició en 1837, a través de un reglamento para el gremio de los jornaleros, que estableció el funcionamiento de las cuadrillas y las sanciones vinculadas al trabajo; también creó una caja de ahorros sobre la base de descuentos de los salarios. Los fondos se usaban en caso de enfermedades o fallecimiento. En 1846, se modificó el reglamento y se amplió a los lancheros. Estas organizaciones no eran autónomas, sino dependientes de las autoridades. Su régimen era paternalista y autoritario. Si bien se avanzó en el objetivo perseguido, el mejoramiento en la disciplina del trabajo, también aparecieron conflictos derivados del cumplimiento de las medidas disciplinarias, así como por la fijación de las tarifas.

Esta estrategia del Estado se prolongaría más adelante. A partir de la década de 1880, los empleados de la administración pública pasarían a integrar organizaciones mutuales con apoyo gubernamental, como veremos más adelante.

Hacia el resto de los sectores populares, los esfuerzos fueron más dispersos. Se mantuvieron las iniciativas de organización de los artesanos en cofradías y hermandades religiosas, donde se incorporaron algunos beneficios materiales, pero el énfasis principal estaba puesto en el aspecto espiritual. La clase alta estaba presente en ellas, en su carácter de benefactores. La creación de la Caja de Ahorros de los Pobres, en 1843, por parte del Gobierno, fue indicador del interés que existía por aplicar el principio del ahorro como camino para mejorar la condición de los sectores populares. El esfuerzo fracasó a los pocos años.

Simultáneamente, diversas organizaciones que agrupaban a la clase alta se sintieron interesadas por las mutuales. A raíz de la ampliación del voto, la expansión del ideal liberal ilustrado y las primeras iniciativas católicas (incluso antes de la encíclica Rerum Novarum), estas iniciativas buscaban aliviar la situación material de las clases populares, consolidar en ellas su influencia doctrinaria y ampliar su poder electoral. Tanto los sectores ligados a la masonería como a la Iglesia Católica se empeñaron en organizar o arrastrar a su esfera de influencia a las sociedades mutuales.