Traidores que cambiaron la Historia - José Manuel Lechado - E-Book

Traidores que cambiaron la Historia E-Book

José Manuel Lechado

0,0

Beschreibung

Traidores que cambiaron la Historia es el relato de algunas de las traiciones más célebres de todos los tiempos. Sucesos que, con su comisión, cambiaron el curso de los acontecimientos históricos en un país, un imperio y, a veces, en toda la Tierra. Empezando por el más famoso de todos los traidores de la tradición occidental, Judas Iscariote, se repasan algunos de los casos más famosos de traición: Efialtés y los 300 espartanos; la muerte de Viriato; el asesinato de Julio César; la venta del reino visigodo de Hispania por el conde don Julián; o, más recientemente, los casos Dreyfus y Rosenberg; la sublevación militar de 1936 en España; o el misterioso asesinato de Osama ben Laden a manos de un comando estadounidense. Estructurado en capítulos breves, con un estilo ágil y sentido del humor, Traidores que cambiaron la Historia hace un recorrido por varios momentos históricos no siempre bien conocidos y a menudo sorprendentes. Traidores que cambiaron la Historia cuenta con un estilo divulgativo una serie de sucesos que influyeron en el desarrollo de los acontecimientos históricos de diversos países e imperios desde el antiguo Egipto hasta nuestros días.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 303

Veröffentlichungsjahr: 2015

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



TRAIDORES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

José Manuel Lechado

ISBN: 978-84-15930-52-5

© José Manuel Lechado, 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

http://puntodevistaeditores.com

[email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

ÍNDICE

El AUTOR

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I. JUDAS, EL MALDITO

CAPÍTULO II. AKENATÓN, EL TRAIDOR A LOS DIOSES

CAPÍTULO III. TRAICIONES GRIEGAS: LA ESTELA DE EFIALTÉS

CAPÍTULO IV. ROMA NO PAGA A TRAIDORES

CAPÍTULO V. ARMENIA, MODELO DE PODREDUMBRE MEDIEVAL

CAPÍTULO VI. LA TRA(D)ICIÓN MEDIEVAL HISPANA

CAPÍTULO VII. EL ISLAM

CAPÍTULO VIII. ANTONIO PÉREZ Y LA LEYENDA NEGRA: LA DECADENCIA QUE NO CESA

CAPÍTULO IX. INGLATERRA: DE JUAN SIN TIERRA A OLIVER CROMWELL

CAPÍTULO X. LA ESTELA DE LOS LIBERTADORES

CAPÍTULO XI. FRANCIA: DE REVOLUCIONARIOS Y EMPERADORES

CAPÍTULO XII. DERECHO DE SECESIÓN

CAPÍTULO XIII. GUERRAS Y ENTREGUERRAS: LA TRAICIÓN COMO OFICIO

CAPÍTULO XIV. ESPAÑA, SIGLO XX: DE ESPADONES Y CAUDILLOS

CAPÍTULO XV. DE LA GUERRA FRÍA A LA WAR ON TERROR

EL FUTURO DE LA TRAICIÓN

El autor

José Manuel Lechado nació en Madrid el 17 de mayo de 1969. Se licenció en Filología Árabe e Islam por la Universidad Autónoma de Madrid. Prepara la tesis doctoral y ha terminado el primer curso de Dramaturgia por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.

Entre sus actividades profesionales, aparte de escritor, ha sido músico de rock, editor de fanzines, anticuario y vendedor de chachivaches, negro literario...

Se ha dedicado fundamentalmente al ensayo histórico y político, aunque también escribe narrativa, artículos periodísticos y teatro. Entre sus libros publicados se encuentran: Diccionario de eufemismos y expresiones eufemísticas del español actual, Diccionario general de símbolos, señales, signos e iconos, Globalización y gobernanzas: ¿una amenaza para la democracia? (libro con el que ganó el I Premio de Ensayo de la Obra Social de la Caja de Madrid), La movida: una crónica de los 80, ¿Estética o antiestética?, La globalización del miedo, El camino del Cid, El mal español: historia crítica de la derecha española, La gran aventura de los vikingos en España, La gran aventura de los samurais en España, Un paseo por el siglo de los indomables, La Movida... y no sólo madrileña.

Como investigador ha recuperado la obra de Vicente Blasco Ibáñez Crónica de la Guerra Europea de 1914, con un amplio resumen y estudio publicado en 2014 con ocasión del centenario de la I Guerra Mundial.

En un plano más literario ha publicado diversos relatos históricos, políticos, líricos y de ciencia-ficción como El año de la cosecha (I Premio de Relatos de la revista Beleño), La muerte de Dios, Sin título, El oro del Sudán, Siempre tenían frío o Terraforma, entre otros. Ha participado en las novelas colectivas La rebelión de los delfines y Voces para un blues negro. Con su novela La cuarta salida fue finalista del Premio Río Manzanares de Novela 2005.

En cuanto a su trabajo como dramaturgo ha estrenado adaptaciones de Luces de Bohemia, Cabaret y Los Pasos de Lope de Rueda, así como su obra original El Peñón es nuestro, sátira política de lo más irreverente.

A Maele

INTRODUCCIÓN

Todo empezó a la orilla de un río. Osiris, espíritu de la vegetación que florece cada año, vivía feliz y confiado junto a la dulce Isis, su hermana y esposa, diosa madre y protectora de la familia. El Nilo, rincón privilegiado en medio de un desierto implacable, regaba ese oasis de prosperidad siempre asediado por la amenaza del hambre y la sed. El propio río africano que fertilizaba la tierra egipcia a veces traicionaba la fe humana retrasando u olvidando su crecida anual, pero estas miserias, en todo caso, no afectaban a los dioses.

Dioses que, sin embargo, no se ven libres de otras pobrezas humanas. Set, hermano de Isis y Osiris, envidiaba la felicidad de éste, y codiciaba en secreto a la mujer de su hermano –que era a su vez hermana suya–, por lo que en un arranque de celos lo encerró por la fuerza en un sarcófago y lo arrojó al curso del río, esperando que las aguas lo llevaran al eterno olvido. Pero Isis, desesperada por la ausencia de su amado, lo rescató de la corriente sólo para que Set, abundando en su malicia, atacara de nuevo a su hermano, esta vez con recursos más expeditivos. En efecto, el dios maldito despedazó a Osiris y desperdigó sus restos por todo Egipto.

Su traición no sólo buscaba una calma comprensible de sus ansias más o menos venéreas, sino que perseguía objetivos mucho más vulgares, por ejemplo la conquista del poder supremo entre los dioses y el dominio de la Creación. Como suele ocurrir en las leyendas ejemplares, el malvado Set no conseguiría su meta: Isis recorrió infatigable los desiertos y reunió todas las partes del cuerpo de su esposo con la excepción del falo, que no apareció por ninguna parte. Isis, diosa de la vida, resucitó a Osiris, y éste, abrumado por el amor de su hermana-esposa, engendró en ella a un hijo —por expediente similar al del Espíritu Santo—, Horus, que con el tiempo se convertiría en rey de los dioses y vengaría el asesinato de su padre.

Asesinato y venganza, una constante en esta orilla occidental del mundo cargada de fatalismo, pero también de esperanzas. Y amor, un sentimiento cuya fuerza creemos capaz de superar todos los imposibles, incluidas carencias físicas y desenlaces fatales.

En el antiquísimo mito de Osiris encontramos los grandes argumentos de todas las civilizaciones del entorno mediterráneo: el ciclo eterno de la vida, la resurrección, el poder del amor y, para lo que nos ocupa, el fatalismo que impide la perfecta felicidad: en el mejor de los mundos siempre planea, como una sombra, la posibilidad de la traición.

Fe y confianza. Los humanos somos seres sociales desde siempre. La persona-individuo no vale nada como tal, y así nacemos, desvalidos e inermes. Precisamos durante años el apoyo de la madre, sea ésta Isis o no, y a lo largo de nuestra vida no podemos prescindir, en mayor o menor medida, del concurso de los demás. En última instancia, y a pesar de conflictos, guerras y demás problemas, la humanidad entera se mantiene en pie por el esfuerzo común.

Por eso la traición, el fraude a la confianza puesta en el otro, nos parece el peor de los pecados, y tal vez nada duela más que una traición, dolor tanto más grande cuanto mayor sea la confianza defraudada. Para el cazador-recolector nómada, cuya supervivencia se basaba en un trabajo de equipo, la defección de un colega de acecho podía suponer no ya un simple dolor de espíritu, sino una colección de graves heridas o incluso la muerte. Por eso incluso en las sociedades de este tipo que aún perviven nada hay peor que un cobarde, es decir, un guerrero que falla a su condición y es capaz de dejar vendido a su clan, con las consecuencias, a menudo graves, que ello acarrea.

El advenimiento de la civilización sofisticó la existencia humana, pero las esencias han permanecido inalterables. Seguimos dependiendo de los otros, y la confianza que tenemos en los demás es, en cierto modo, el eje de nuestra vida.

Las religiones que se forjaron durante milenios en el entorno del Mediterráneo, desde la egipcia hasta la islámica, pasando por los mitos babilonios, griegos o cristianos, han sido fatalistas porque se asumió como base del mundo el delicado equilibrio entre la fe y su decepción.

Si Set asesinaba a su hermano por celos y envidia (como el despechado Caín haría algunos miles de años más tarde), la cosmogonía olímpica era un cúmulo de traiciones, a veces productivas, como la muy castigada del pobre Prometeo otorgando la civilización a los hombres, a veces simplemente caprichosas, como la de Cronos-Saturno devorando a sus criaturas. Traición a la propia carne que el anciano dios temía traicionera, y que se vería pagada, por supuesto, con el cumplimiento puntual de la profecía: Zeus-Júpiter sobreviviría a los banquetes de su desorientado padre y, ya crecidito, le «traicionaría» destronándole y ocupando su lugar como deidad suprema. El afán de poder subyace en la génesis de muchas traiciones.

Y, desde luego, en la de muchas religiones. Loki, el enloquecido dios nórdico del fuego, es un traidor expulsado del banquete de los dioses. Quizá por ser, como Prometeo, el emblema del progreso que hace a los seres humanos más y más poderosos, convirtiéndose poco a poco en una amenaza para divinidades caprichosas y a menudo crueles. O tal vez sea por el propio carácter traicionero de su elemento: fuente de calor y energía, emblema de la civilización, pero también gran destructor que a veces se vuelve incontrolable.

La traición se constituye así, al menos para la tradición occidental, en el elemento axial de una cultura milenaria, variada en razas y mitos, pero muy consistente y parecida en los aspectos esenciales.

Y resulta curioso que, al menos en esta parte del mundo, la idea mítica de traición vaya tan ligada a la de progreso y civilización. El titán Prometeo traiciona a los dioses y es castigado por ello, pero su osadía permite a la raza humana salir adelante (e incluso se llega a sugerir que es el propio Prometeo quien crea a la humanidad a partir, curiosamente, de un trozo de arcilla). Loki aparece más definido como ser maléfico, pero aun así su patrocinio de la desorientada humanidad queda bien patente. Los mitos hebreos definen su cosmogonía en torno a traiciones fundamentales: el Ángel Caído desafía a Yahveh creando con ello el orden de un universo decididamente dual. Luego es Eva (y aun antes Lilith) la que proporciona a su propia especie la sabiduría por el expediente de mordisquear una manzana, y esa traición es castigada sin contemplaciones. Resulta curioso, dicho sea de paso, que sea una mujer la que produzca tales problemas, si recordamos que parte del castigo de Prometeo consistió en que los dioses dejaran «suelta» por el mundo a la primera mujer, nada menos que Pandora.

Los paralelismos son constantes, fruto de una evolución nada casual y sí cargada de mensajes muy interesados. Estas traiciones míticas, reflejo tal vez de antiquísimas leyendas, cambiaron, en la medida de sus posibilidades, la Historia. Historia local a veces, y otras de alcance más universal: la saga de Set, Prometeo y demás derivó en un gran traidor legendario que no sólo se constituyó en el paradigma de la traición, sino que con sus actos contribuyó a cambiar de forma radical la Historia de todo el planeta. Judas Iscariote, hijo de Eva, será ese gran traidor que, como veremos en su capítulo correspondiente, trastornó con un beso el de por sí complejo devenir de los hechos humanos.

Sobre el concepto de traición

Mitos aparte, quizá sería interesante saber de dónde viene el concepto en sí, cuál es el origen de la palabra «traición».

En las lenguas romances el origen común está en la palabra latina «traditio, -onis», que significa «entregar». En castellano, «traición»; en catalán, «traïció»; en italiano, «tradimento»; en francés, «trahison»; y en portugués, «traiçâo». Incluso en inglés los términos «betrayal» y más claramente «treason» proceden de la raíz latina, como ocurre con «treulos» en alemán. La etimología deja claro que el traidor es el que entrega, es decir, el que pone a alguien a disposición de otros en contra de la voluntad del entregado.

Por supuesto las traiciones muestran un espectro más amplio que la simple «entrega», y ello queda más claro en el idioma árabe: el término «gadr», traidor, pertenece a la raíz «gadara», que significa, entre otras acepciones sombrías, «engañar». Sin duda el traidor engaña a aquel al que defrauda, pero hace algo más, y esto queda bastante patente en esta raíz árabe que también encierra el significado general de «abandonar».

A veces la etimología es más emotiva. Otra palabra árabe, de hecho más usada, para designar al traidor, es «jâin», de la raíz «jaana». Con los significados generales de «engañar, traicionar, abandonar», resulta curioso que signifique también «Khan» (el rey de los mongoles) y que algunas de sus variantes hagan mención a las caravanas y a los caravaneros...

En chino al traidor se le llama «pa’n ni», término que guarda relación con la idea general de «rebelión» (el traidor, o pa’n tu, sería el rebelde o amotinado). Es decir, para la cultura tradicional china, con siglos de gobiernos absolutistas a sus espaldas, la traición es, ante todo, la que se comete contra el Estado. La raíz de estos términos, «pa’n», implica la idea de división, de cortar algo en dos mitades.

En nuestro idioma, y en todos aquellos que tienen como base el latín, la palabra «traición» guarda una curiosa relación con «tradición» (lo que también ocurre en ruso: las palabras «predátel’stbo», ‘traición’, y «predatel’», ‘traidor’, guardan relación etimológica con la palabra «predáine», ‘tradición’). Sin duda es una simple casualidad). Como vimos en las primeras páginas de esta introducción, no cabe duda de que, hasta cierto punto, la traición es una tradición de nuestra cultura. No se relaciona, sin embargo, con «traer», pese a que el traidor trae sin duda problemas.

La traición se define, según la Academia Española de la Lengua, como «delito que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener». Definición casi correcta si quitamos lo de «delito», cosa que hacen la mayoría de las enciclopedias: «Violación de la lealtad y fidelidad debidas». Quizá sea excesivo incluso lo del «debidas», porque si muchas traiciones, quizá la mayoría, no llegan a la categoría de delito por mucho que nos duelan, a menudo tampoco está claro que nadie nos deba esa lealtad: la asociación humana es esencialmente voluntaria y se basa en gran medida en el «hoy por ti, mañana por mí», cuando no en puros afectos. No hay débito forzado, por lo que la traición, más allá de juramentos y normas, constituye en la mayor parte de los casos un puro fraude a la confianza prestada.

El concepto de traición resulta así tan difícil de definir como otras categorías relacionadas. Igual que en tiempos antiguos la piratería era para unos delito y para otros honrado comercio, la traición no encuentra una delimitación clara: al menos en el terreno político ─ese campo de las grandes traiciones históricas que aquí nos interesa─ el que para unos es traidor, para otros es héroe o patriota. O, como ocurre con el terrorismo moderno, el concepto puede convertirse en un arma arrojadiza. Si Osama ben Laden y George W. Bush se acusaban mutuamente de terroristas sin necesidad de definir con claridad qué es lo que entendían como «terrorismo», a lo largo de la Historia el concepto de «traición» se ha empleado con generosidad por bandos contendientes para acusarse unos a otros. Por ejemplo, durante la revolución inglesa, Carlos I y Cromwell se tildaban mutuamente de traidores. Sólo el devenir de los acontecimientos, que a Carlos le deparó el patíbulo, dejó claro para la Historia quién era el héroe y quién el traidor.

Es significativo que, al menos en español, sólo existan sinónimos parciales de traición, pero ninguna otra palabra que se corresponda exactamente con la extensión general del término. Así, pueden usarse voces como «infidelidad» y «deslealtad» (quizá las más próximas), y ya con cierto carácter metafórico otras como «emboscada» y «asechanza» o incluso «felonía», «insidia» o «prevaricación». No obstante, ninguna encaja del todo, y en general sólo presentan un aspecto parcial de la traición.

Del mismo modo no parece haber un antónimo claro. Palabras como «honestidad» o «lealtad» no son contrarios exactos de traición. La expresión «digno de confianza» quizá se aproximaría más, pero su propia esencia carece de un carácter absoluto: uno es digno de confianza... hasta que deja de serlo.

En definitiva, lo menos que puede decirse de la idea de traición es que no se trata de un concepto muy bien definido. Judas «vende» a su amigo Jesús, Viriato es asesinado por culpa de dos traidores, y Menelao padece de cuernos por culpa de Helena. Todas son traiciones, pero la ejecución y consecuencias son diferentes: una detención, un homicidio, una infidelidad conyugal. Todas ellas, eso sí, influyen en la Historia, a veces de forma intensa.

El elemento común a la traición sólo es, por tanto y como decíamos al principio, la ruptura (deliberada o no) de la fe prestada, el fraude a la fidelidad depositada en un alguien individual o colectivo. No se trata necesariamente de un delito ni tampoco de defraudar una lealtad «debida», como insisten las definiciones académicas. Judas no debía fidelidad legal a Jesús, del mismo modo que el amor de Helena, como cualquier afecto, no se basa en normas.

Ni siquiera cuando aparentemente hay una obligación resulta sencillo establecer una normativa: un pueblo «debe» fidelidad a sus gobernantes, pero al mismo tiempo está legitimado para alzarse contra la injusticia o la tiranía de éstos. Al soldado se le supone el valor, pero nada más humano que acobardarse ante la sangrienta locura de la guerra... Rebeldes y desertores son considerados traidores y, sin embargo, qué fácil resulta identificarse con sus planteamientos frente a la barbarie de los militares.

La traición, en última instancia, puede ser una suma de sentimientos e intereses de interpretación ambigua: en el caso célebre de Bellido Dolfos, éste asesina al rey Sancho por interés personal, pero también por un vago sentido patriótico. Y así, aunque el romance le llame «gran traidor», su magnicidio permitió la unión de los reinos de Castilla, León y Galicia, a la postre germen de la unidad de España. Los resultados de la traición son a menudo paradójicos.

La traición a lo largo de la Historia

Somos seres que apoyamos todos nuestros afanes en una idea vaga de futuro, de progreso lineal constante que, a su vez, se estructura en torno a sentimientos no menos difusos, aunque extraordinariamente poderosos, como son la fe y la esperanza. Dos términos arraigados con gran fuerza en nuestro espíritu; tanta que aún hoy, cuando la ciencia ha puesto de manifiesto las patrañas incontables de todas las religiones, la humanidad sigue mayoritariamente aferrada a la fe, a la esperanza en una existencia ultraterrena que sea mejor que ésta. Tal vez sólo sea miedo a asumir la definitiva traición de todos los dioses.

Para las culturas del entorno occidental-mediterráneo —objeto de estudio principal de este libro—, la traición es sin duda la peor falta, la más mezquina y despreciable, y su origen histórico entronca precisamente con mitologías antiguas que, pese a su carácter fabuloso, reflejan ese temor al fraude de la esperanza tan imbricado en el imaginario colectivo de los pueblos, a veces remotos, pero tan familiares, que nos antecedieron.

Las culturas occidentales y mediterráneas de la actualidad son descendientes directas de la tradición religiosa hebrea combinada con el espíritu filosófico del mundo grecorromano. Y estas últimas civilizaciones, a su vez, proceden directamente de la cultura del Nilo. El pueblo judío primitivo, atrasado y pobre, copiará y adaptará a sus necesidades los mitos tanto de Egipto como del entorno mesopotámico, y así incluirá en su religión primigenia conceptos como la creación a partir de la nada, la pareja humana inicial, el diluvio, la resurrección del alma, la vida eterna y, sobre todo, el maniqueísmo básico que concibe el universo como el duelo constante entre dos fuerzas antagónicas que se muestran incapaces de sobreponerse una a la otra. Es en esta lucha donde debe decidirse al final de los tiempos el marco en el que se inscribe a la perfección la figura del traidor.

Set es el modelo en una cultura, la egipcia, que donó a sus sucesoras no sólo una cosmogonía esencial, sino artes, costumbres, escalas musicales, alimentos, tecnología y escritura. La escritura jeroglífica está en el origen del alfabeto fenicio, copiado a su vez por los griegos, que se lo pasaron a los romanos. Nuestro conciso y eficaz alfabeto latino no es, en última instancia, más que una derivación simplificada de los jeroglíficos.

La mitología hebrea de la que a su vez descienden cristiandad e islam parte, como se sabe, de una gran traición. Una divinidad única y omnipotente (invención egipcia también), satisfecha de su poder y de los dones que reparte a regañadientes, se ve enfrentada al levantamiento de una parte de sus criaturas. Los ángeles rebeldes, un tercio del total de la hueste angélica, se levantan contra Yahveh-Dios y desatan, con su traición, una batalla de proporciones universales que termina, aparentemente, con la derrota de los rebeldes. Sin embargo, la victoria del principio «positivo», del «bien», no es en absoluto completa: los traidores consiguen retirarse a posiciones seguras o, de acuerdo a la mitología común, son encerrados y castigados para la eternidad en un antro de torturas conocido por diversos nombres. Sin embargo, esta cárcel presenta algunas fisuras, puesto que los vencidos seguirán ejerciendo su influencia sobre el cosmos y, de algún modo, estropearán la perfección del universo creado por el dios supremo. De este modo la traición primitiva marca el destino del mundo para siempre.

Y sirve de ejemplo. Cuando el mismo dios cree unas criaturas nuevas, más endebles y fáciles de dominar que los ángeles, la divinidad se enfrentará de nuevo al fracaso. Aunque la tradición cristiana no ha conservado al personaje, en el mito hebreo original Yahveh crea iguales al hombre y a la mujer, y ésta no es aún Eva, sino Lilith. Su nombre, que procede de la raíz semítica que significa «noche», ya parecía augurar un destino oscuro: sometida por decreto divino al hombre, Lilith no aceptó esa sumisión y solicitó al Criador un trato igual que, por supuesto, no se le concedió. Harta, se marchó del Paraíso por su propia voluntad y, desde entonces, es tenida por reina de esos demonios femeninos llamados súcubos y también por soberana de los vampiros. Lilith no es una creación original de los hebreos, pues su figura remite a un antiguo demonio femenino mesopotámico, pero encarna uno de los ejes del imaginario colectivo occidental: la traición como elemento intrínseco del género femenino. Lilith, como Pandora, vierte sobre la humanidad (y en concreto sobre el desprevenido varón) todos los males.

El paradigma de este mito patriarcal es, por supuesto, la pobre Eva, sucesora de Lilith, pero no hija suya, puesto que Yahveh la crea a partir de una costilla de Adán para establecer con claridad la relación subordinada. Y de nuevo el Hacedor pinchará en hueso, pues a Eva le faltará tiempo para traicionar a sus amos y encaramarse al árbol de la sabiduría, fraude de confianza que da lugar al denominado «pecado original» que sirve de base a la jurisprudencia divina en las tradiciones del Libro y, sobre todo, pesado argumento que durante milenios va a determinar las relaciones hombre-mujer en buena parte del mundo.

Con todo, o quizá por ello, a lo largo de la Historia los grandes traidores van a ser, no obstante, hombres. El Ángel Caído ya lo era (si no hombre, al menos sí de género masculino, ya que en los demonios no parece haber dudas sobre el concepto sexual, como ocurre con los ángeles «buenos»), y lo serán la mayor parte de sus sucesores. Aunque por supuesto, y para no apartarnos del hilo argumental, el gran paradigma de la traición será, mucho tiempo después, un hombre confundido por sus propias esperanzas (que a su vez siente traicionadas): Judas Iscariote. De la estirpe del compañero de Jesús surgirán personajes notables que, en la medida de sus posibilidades, cambiarán la Historia. Desde luego, el nombre de este infortunado patriota judío quedará para siempre como sinónimo perfecto del traidor (el término ruso ya citado, predátel’, significa no sólo «traidor», sino literalmente «Judas»).

Sin embargo, antes de llegar a esto habría que analizar verdaderamente cuál es el contenido del acto de traicionar. Ya hemos indicado que se trata de una cuestión repleta de relatividad, y ésta se da en casi todos los tipos de traición que puedan considerarse. ¿Era Lucifer un traidor o sólo un ser pensante harto del dominio abrumador de un tirano sobrenatural? ¿Eva era traidora, curiosa o sólo imprudente? ¿Iscariote fue un traidor o el instrumento necesario para que se cumplieran los planes de un dios particularmente retorcido?

Las mismas consideraciones que a estos personajes de fábulas antiguas pueden aplicarse a los grandes traidores históricos. De hecho, Eva o Judas pueden ser simples personajes literarios, pero eso no les resta un ápice de fuerza en el discurso histórico. En las culturas del Libro el comportamiento alevoso de aquellas primeras madres, Lilith o Eva, ha servido para justificar durante milenios el sometimiento de la mujer, y el fenómeno aún sigue vigente; en cuanto a la decisión de Judas no sólo es fundamental para crear el cristianismo, sino que además constituye el fundamento para la maldición del pueblo judío a lo largo de dos mil años: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos».

Desde el arranque mismo de la civilización las traiciones han sido constantes, tanto más importantes cuanto mayor era el poder a disputar en los imperios. Si Helena simboliza la justificación de las luchas comerciales entre la Grecia europea y la asiática –con la victoria final de la primera–, a medida que los reinos ganen en fuerza, extensión e influencia las traiciones serán más frecuentes. Si Filipo de Macedonia murió asesinado en extrañas circunstancias, no es extraño que su hijo Alejandro guardara ciertas precauciones maniáticas. Puede incluso que el miedo a acabar del mismo modo le empujara a permanecer siempre en campaña, rodeado de sus soldados más fieles: consideraba la guerra más segura —y no le faltaría razón— que una corte poblada de pelotilleros y traidores en potencia.

Incluso el Imperio Romano surge con el asesinato alevoso y traicionero del dictador Julio César. De su sangre brotará una monarquía absoluta caracterizada por los recelos, las banderías cortesanas y un sin fin de traiciones que llegarían a su culmen en el periodo conocido como «anarquía militar», en virtud del cual el ejército ponía y quitaba emperadores a su antojo, en un proceso violento que se puede tildar, sin demasiado margen de error, como una suma de traiciones.

Durante la Edad Media no había tal vez mucho que repartir, pero la riqueza disponible era de igual forma fuente de codicia e intereses, y así proliferaron los traidores aristocráticos, convictos de perfidia y alevosía que de nobles sólo tenían el nombre que ellos mismos se pusieron.

Y, por no alargarnos demasiado, la época moderna y contemporánea no ha mejorado en absoluto este aspecto al parecer tan unido al espíritu humano, y eso a pesar del endurecimiento de los castigos a los traidores. Por citar sólo un ejemplo clarificador, las dos guerras mundiales fueron campo abonado para los espías, y el espionaje es, en muchos casos, una forma sibilina y oficializada de traición con un sueldo a fin de mes.

Con todo, la ambigüedad de la terminología ha permanecido intacta a lo largo del tiempo. Si Bellido Dolfos era para unos traidor y para otros héroe y patriota, la situación no varía e incluso se vuelve más confusa a medida que los personajes nos son más próximos. En el siglo XX, y probablemente igual será en este XXI, con frecuencia resulta difícil distinguir al traidor del patriota, al alevoso del héroe. El dictador Vidkun Quisling que gobernó Noruega entre 1942 y 1945 pasó de padre de la patria (al menos es así como él mismo se consideraba) a traidor en una noche: detenido por las nuevas autoridades pro-aliadas, fue condenado por vender el país a los nazis.

La guerra propagandística moderna emplea los términos con la agudeza de un arma, pero no necesariamente con la propiedad exigible, y esto conduce a casos de extrañamiento semántico, tan evidente en otros términos de la moderna política como «terrorismo».

Lo que sí parece claro es que en general es la tradición de base judeo-cristiana (y también islámica) la que peor valora la traición. Volviendo al origen religioso de la aversión al concepto, los credos orientales apenas prestan atención a esta debilidad humana (puesto que en general no dan importancia a ninguna en concreto). El concepto social, que resta importancia al individuo en culturas como la india, la china o la japonesa, hace que la traición individual —sin estar bien vista— no se considere como un elemento determinante. En cierto modo la defección de un solo individuo no sería suficiente, desde su punto de vista, para cambiar la Historia. Así, aunque el relato histórico de cualquiera de estas culturas cuenta tantas traiciones como puedan haber sucedido en el entorno occidental, los nombres de los protagonistas, y a menudo los propios hechos, ni se recuerdan.

La cultura occidental, sin embargo, se centra en el individuo, y en ese sentido los actos solitarios se creen de gran importancia. Occidente colecciona como patrimonio una gran lista de nombres notables en todos los ámbitos: artistas, científicos, intelectuales, militares, reyes, además de delincuentes y por supuesto traidores. En otras culturas, incluso más antiguas, la lista es mucho más reducida sin serlo sus logros: es una simple cuestión de valoración del espécimen humano. Tal vez proceda esta diferencia, como casi todo en esta parte del mundo, de Egipto, en este caso de la maniática obsesión de las gentes del Nilo por conservar en la escritura los nombres de los grandes personajes (y la misma obsesión ocasional por destruir esos nombres grabados en piedra una vez muerto el cuerpo que los sustentaba). En todo caso, es la vanidad como faceta peculiar y característica de una forma entre tantas de entender la civilización y el registro histórico (otros pueblos gustaban más de coleccionar mitos, compendios legales o registros burocráticos).

La valoración histórica del concepto de traición es importante, pues define los parámetros para ser incluido en la categoría de traidores. ¿Es realmente tan difícil? A veces resulta muy sencillo, como ocurrió con Andrew Westbrook, canadiense que luchó a favor de las tropas estadounidenses que trataron sin éxito de anexionarse Canadá en 1812 y que fue condenado por traidor. Sin embargo, no siempre queda el concepto tan claro: por ejemplo, para el gobierno español de la época los libertadores de América eran sin duda traidores alevosos; la historia local americana, sin embargo, los recuerda como a héroes. Del mismo modo Pétain tildó de traidores a los franceses que se enrolaron en la Resistencia, pero cuando acabó la guerra fueron los aliados los que juzgaron al infame mariscal por traidor.

En la actualidad tiende a proliferar una nueva figura dentro de este campo tan resbaladizo: el «arrepentido». Originario de los grandes procesos contra la mafia iniciados en Italia durante la década de 1980 –aunque el personaje aparece ya definido en la novela 1984–, el «arrepentido» se ha ido convirtiendo paulatinamente en protagonista accidental de las leyes antiterroristas modernas y en un elemento propagandístico básico de la lucha policial y judicial contra este fenómeno, más vigente que nunca desde el inicio de la denominada War on Terror desatada por la administración estadounidense a principios del siglo XXI. El «arrepentido», delincuente común que ha participado en la comisión de diferentes actos reprobables, a veces durante años y años, no es en esencia más que un traidor, un individuo que por dinero, miedo, venganza o acuerdo judicial favorable —muy rara vez por genuino «arrepentimiento»— decide entregar a sus antiguos correligionarios. Valiente colaborador de la justicia para unos, vendido para otros, de nuevo encontramos la ambigüedad inherente al término «traición».

Es una situación que se da en prácticamente todos los casos, y por ello no resulta fácil establecer un criterio universal para la «selección de los mejores traidores de la Historia». Así pues, para este libro se ha optado por seguir un criterio básico, sustentado sobre el contenido semántico que apuntábamos en páginas anteriores: será traidor aquel que defraude la confianza en él depositada. Y nos interesarán más, por supuesto, aquellos cuyas acciones ejercieron un efecto sobre el desarrollo posterior de los acontecimientos históricos. No pretendemos ser exhaustivos, pero sí ofrecer una panorámica lo más amplia posible de los más sonados casos de traición de toda la Historia.

Las leyes contra la traición

No hay duda: somos una especie social y centrada en la esperanza, y quizá por eso la traición nos resulta tan fastidiosa y digna de castigo. Las religiones de Occidente, en ese sentido, no tienen parangón en su crudeza: Prometeo es encadenado a una roca y un águila le devora las entrañas, que vuelven a crecerle todos los días (hasta que Hércules le libera); Lucifer yace en el antro más profundo del Infierno (si hemos de creer a Dante) y allí permanece incómodamente encadenado y sumido, según algunos escatólogos, no en un mar de llamas, sino agobiado por el frío más gélido; a Eva, y de rebote al indeciso Adán, Yahveh los expulsa del Paraíso y los condena no sólo a ellos, sino a todos sus descendientes (y en especial a las mujeres, que quedarán sometidas al hombre y parirán con dolor), a vivir en un mundo por demás incómodo; el pobre Judas, en fin, vive la tortura de su propio arrepentimiento antes de acabar con su vida, y su nombre queda maldito para siempre: «Pequé al entregar sangre inocente», dijo Judas, según Mateo el Evangelista.

Mitos aparte, los sistemas de justicia y las normativas legales de todas las civilizaciones han perseguido con saña a los traidores. En general, y con muy pocas excepciones, el castigo ha sido la muerte, a veces aplicada con crueldad refinada. Y no sólo a los traidores «propios»: el desprecio que estos personajes despiertan llega a tal punto que a menudo el traidor recibe el castigo por parte de aquel al que ha beneficiado. Si «Roma no paga a traidores» y se contenta con dejar sin remuneración a los alevosos que venden a Viriato, Alejandro de Macedonia, que según el Libro de Alexandre «nunca preçio a traedores», da un escarmiento ejemplar al asesino de su padre:

«Mandol luego prender fizolo enforcar

y lo comieron los canes, nol dexo soterrar.

Desi fizo los huesos en el fuego echar,

que non podíes del falso nulla cosa fincar.

Murio el traedor commo mereçie

[...]

Todos los traedores así deuien morir,

Ningun auer del mundo non los deuie guarir

[...]

nunca los deuie çielo ni tierra reçebir.»

Uno de los sistemas legales más antiguos, el célebre Código de Hammurabi, apenas hace mención expresa a la traición. Aunque buena parte de la normativa se refiere a cuestiones militares, se centra casi en exclusiva en asuntos fiscales (el campo que queda abandonado por los campesinos enrolados, qué hacer con él si resultan cautivos o muertos, etc.). Sí indica que al desertor, bien directamente, bien por contratar en su lugar a un mercenario, se le debe castigar con la muerte, y la deserción debe entenderse como una forma de traición a la patria. En el apartado de leyes familiares sí hay una norma que se refiere a la «traición mortal al esposo»: «Si la esposa, a causa de otro hombre, hace matar a su marido, será empalada». Y eso es todo.

Más o menos coetáneo, el código de los hititas y las leyes y costumbres de las diferentes dinastías egipcias reservan la pena de muerte a una serie de delitos graves, y entre ellos la alta traición en el sentido que hoy la entendemos, aunque a menudo estas normativas dependían de factores imprevisibles como la voluntad azarosa de los soberanos.

En la china imperial se castigaba con la muerte al traidor y al reo de lesa majestad. Un delito éste muy asociado a los actos de traición, ya que durante milenios no se distinguió, ni en China ni en otros grandes imperios, entre el soberano y el Estado. En realidad, la indefinición de los términos constituía una herramienta para que los déspotas pudieran castigar arbitrariamente a quien les viniera en gana. A menudo los tiranos se han valido de esta potestad para acabar con enemigos y «conspiradores» –reales o inventados– y, de paso, para hacerse con sus bienes. En el Japón de los shogunes, el Bushido incide en el tema de la traición: se trata de un deshonor, pues «un samurái jamás matará a otro caballero de forma traicionera». Si lo hace quedará deshonrado para siempre —también su familia, una curiosa concomitancia con la tradición occidental— y deberá suicidarse: él mismo, de acuerdo al rígido código militar japonés, será el ejecutor de su castigo.

En Grecia los traidores eran ejecutados, y en la categoría de traidor se incluía al tirano derrocado, que se consideraba había faltado a sus deberes con respecto al pueblo. Aunque la legislación helénica no es precisa al respecto, a ciertos personajes sospechosos de connivencia con el enemigo, sobre todo durante las Guerras Médicas y la Guerra del Peloponeso, les aplicaron las leyes de ostracismo, que convertían al afectado en un cadáver civil. Eran leyes excepcionales contra una persona (ad hominem) parecidas a las exception bill inglesas o al concepto de «combatiente ilegal» acuñado por el presidente estadounidense George Walker Bush muchos siglos después.

Los romanos legislarán contra la traición, pero no de un modo sistemático. En general el traidor a Roma era arrojado desde la roca Tarpeya, castigo considerado infamante. Además, a menudo, sobre todo en la época de los reyes, y también en ciertos momentos de la República, se extendía el castigo a la familia del traidor, en particular a sus hijos. Costumbre, por cierto, que siempre fue mal vista por el pueblo romano y que resultó más o menos abolida tras la sangrienta guerra civil entre Mario y Sila. Éste hizo promulgar la Lex de Maiestate, una norma que tenía como objeto prevenir las traiciones de los gobernadores y jefes militares en las provincias: en concreto exigía un permiso especial del consulado a la hora de realizar viajes (que se aprovechaban para conspirar) o de reclutar tropas (bajo la excusa de «pacificar» la provincia el ejército podía acabar marchando contra Roma, como ocurriría más tarde, en efecto, con Julio César).