Transfórmate para educar - Marta Butjosa - E-Book

Transfórmate para educar E-Book

Marta Butjosa

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Beschreibung

En los últimos tiempos se habla mucho de la mochila como metáfora de la herencia de nuestros progenitores, que no forma parte del legado material. También se habla de niños que cargan con mochilas por las situaciones familiares complejas con las que tienen que lidiar. ¿Qué llevamos exactamente en la nuestra y cómo podemos aligerar la de nuestros hijos? La mayor parte de esta carga es inconsciente y está llena de historias, vivencias, ilusiones frustradas, miedos y vicisitudes, vividas por nosotros y por nuestros ancestros. Es básico detenerse en estos asuntos para dejar de transmitir los mismos patrones en las relaciones con los más pequeños, pero no es un trabajo sencillo: requiere voluntad y estar dispuestos a mirar sin miedo nuestro pasado y el de nuestros familiares. Esta obra pretende ser una guía para acompañarnos en este viaje; gracias a las herramientas que nos brinda la autora, llegaremos a nuestro destino transformados y más aligerados.

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Seitenzahl: 166

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Transfórmate para educar

Marta Butjosa Roca

Primera edición en esta colección: mayo de 2021

© Marta Butjosa Roca, 2021

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18582-50-9

Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

IntroducciónPARTE I. TRANSFÓRMATE PARA EDUCAR1. El dolor sucede en el cuerpo2. La familia de origen y los primeros años de vidaTu historiaHechos traumáticosEl transgeneracionalTu niño/a interiorLos progenitoresHerramientas para trabajar nuestra familia de origen y los primeros años de vida3. Tu serEl propósito de vidaVivir una vida auténtica y con sentido4. El amor que pesa5. Tus relaciones de parejaHerramientas para trabajar las relaciones de parejaVisualizacionesTrabajo con fotosLas cartasLos ritualesCartas invertidasLa silla vacía6. La pareja de progenitoresLa pareja conscienteLa pareja nos hace de espejoLa comunicación en la pareja7. El divorcio8. Las emocionesHerramientas para trabajar las emociones9. Las creenciasHerramientas para trabajar las creencias10. Cómo cuidar de nosotros11. La culpaPARTE II. VIVIENDO LA VIDA FAMILIAR DESDE LA LIBERTAD DEL ADULTO1. Introducción¿Qué marca la diferencia? ¿Qué nos convierte en unos progenitores útiles?2. El día a día con los niñosOrden, orden, ordenEl traspaso de responsabilidadesLa comunicación en familiaLa comunicación asertivaLa comunicación de corazón a corazónLas reuniones familiaresEl tiempo en familiaEl tiempo en exclusivaSolución al conflicto: los pactosCriar en solitarioConclusión

A mis padres, Bartomeu y Teresa, sin ellos nada hubiera sido posible.

A mis hijos, Jana y Roc, porque sin ellos tampoco nada hubiera sido posible.

A la vida, por empeñarse, a pesar de mí misma.

Introducción

En los últimos tiempos se habla mucho de la mochila. Es una imagen comprensible, que ha cuajado entre la gente, para hablar de lo que nuestros progenitores nos dejan en herencia y que no forma parte del legado material. Hoy, hablamos de críos que «llevan mochila» cuando nos referimos a niños y niñas, chicos y chicas que viven situaciones complejas en el ámbito familiar.

Pero ¿qué es exactamente la mochila y cómo podemos aligerar la mochila de nuestros niños como padres y madres?

Para empezar tengo que decir que la mayor parte de tu mochila es inconsciente. Es una bolsa llena de historias, de vivencias, de ilusiones frustradas, de miedos y de vicisitudes vividas por ti y por tus ancestros. Aunque parezca imposible, cargamos con traumas de generaciones bastante alejadas de la nuestra.

Es básico dedicarles una mirada a estos asuntos para poder cortar y dejar de transmitir los mismos patrones de relación, pero no es un trabajo sencillo: requiere voluntad y estar dispuesto a mirar sin miedo nuestro pasado y el de nuestros familiares; lo que nuestros antepasados no pudieron mirar. Hay que estar dispuesto a sufrir, si es necesario, con el objetivo, evidentemente, de sufrir menos en el futuro o de dejar de sufrir, en el mejor de los casos.

Ahora bien, debes saber que, aunque el trabajo que te propongo es exigente, su poder transformador es considerable. Iniciar este camino liberará a tus hijos y les proporcionará nuevas posibilidades hasta ahora inimaginables. Cuanto más te responsabilices de tus asuntos, de tus dificultades, de tu vida, en definitiva, más descargarás su mochila.

Es sorprendente ver como la comunicación fluye entre tú y tus hijos e hijas de una manera sutil y misteriosa.

Recuerdo el caso de una niña diagnosticada de dislexia. Los padres se habían separado y la madre había borrado de su corazón al padre y la familia paterna. Había mucho resentimiento e incapacidad para aceptar la vida tal y como se había presentado. Iniciamos un trabajo de aceptación, de reconocimiento y de valoración del padre por parte de la madre. En pocos meses la niña empezó a leer con normalidad: para leer necesitaba integrar los dos hemisferios, derecho e izquierdo, padre y madre.

En esta mochila que cargas tienen un peso específico tu familia de origen y tu infancia. Aquellos años en los que tu conciencia no te permitía elaborar las vivencias, en los que los impactos entraban a chorro y grababan a fuego las experiencias vividas, tanto en el ámbito familiar como en el social, es decir, también las primeras situaciones pasadas en la escuela.

Las relaciones constituyen otro capítulo importante, sobre todo las primeras: el primer amor, el primer beso, la primera relación sexual. Son experiencias que marcan nuestro corazón todavía tierno.

Otro aspecto que puede descargar la mochila de tus hijos es el sentido de tu vida. Vivir una vida vacía y sin sentido perjudica las relaciones íntimas, tanto con la pareja como con los hijos e hijas.

También es necesario que te responsabilices de tu presente. Para el día a día y la convivencia, conviene que seas capaz de conocer tus emociones, darte cuenta de lo que sientes y de cómo lo vives. Es necesario que te responsabilices de lo que sientes, hasta del último malestar, porque es tuyo, únicamente tuyo.

Hay que tomar conciencia de tu escala de valores y de tus creencias limitadoras, vivir en coherencia con lo que es más valioso para ti y dejar de traicionarte y de buscar responsables de estas traiciones imperdonables.

Revisar la propia vida y visitar el inconsciente personal y familiar nos pide coraje. Coraje para revivir, para volver a mirar las heridas con la voluntad firme de transformarlas y de convertirlas en herramientas para seguir adelante. Cambiar una espina por un aprendizaje; una frustración por un aprendizaje; un miedo profundo por un aprendizaje.

Reaprender nuestra manera de sentir, cambiar creencias limitadoras, adecuar nuestra vida a nuestra escala de valores, aceptar nuestras dificultades, lo que nos cuesta cambiar o lo que, aunque no nos hace ningún bien, no queremos cambiar.

En definitiva, se trata de hacer un trabajo de conciencia y de despertar para vivir con más plenitud, con más coherencia y más cohesión interna, para poder ser un modelo más genuino, dejar de transmitir patrones dolorosos y, a la vez, ser más felices. Si tú eres feliz, los que viven cerca de ti también lo serán, ya sean tus hijos, pareja o amigos y amigas.

En este libro visitaremos todos estos aspectos. Se trata de un libro teórico y práctico, porque encontrarás el qué, las explicaciones y los razonamientos, pero, sobre todo, encontrarás el cómo, ejercicios, visualizaciones, rituales y preguntas que incitarán a la reflexión y al cambio con el objetivo de transformarte para educar.

Es posible que con el trabajo que te propongo no sea suficiente. Es posible que en algún capítulo de este libro se te remuevan muchos asuntos y que aparezca algún malestar interior.

Por suerte, hoy existen numerosas terapias que pueden ayudar a profundizar en algún aspecto de los que aparecen en el libro. No tengas miedo, si algún asunto se ha movido o ha sido revuelto, es porque tenía que ser así y, simplemente, es necesario que dediques más atención y busques ayuda.

La voluntad de Transfórmate para educar es sensibilizar a las personas sobre la necesidad de mirarse para poder descargar la mochila de los hijos y las hijas. Ayudar a tomar conciencia de la necesidad de iniciar este camino.

Un camino, por otra parte, que no se acaba nunca.

Buen viaje.

PARTE ITransfórmate para educar

1.El dolor sucede en el cuerpo

Antes de comenzar este trabajo quisiera hablar del dolor.

Nadie quiere sufrir. Es más, nos pasamos la vida tratando de esquivar el dolor, en una huida inútil y absurda, ya que trascender el propio dolor es extraordinariamente liberador, creativo y místico. Mirar a los ojos a nuestros miedos más profundos y conseguir sostenerles la mirada nos transforma y nos proporciona una fuerza inimaginable: nada vuelve a ser igual.

En cambio, evitar el dolor se paga caro. Nuestra cabeza y nuestro cuerpo se convierten en una herramienta al servicio de la evitación y devienen estructuras rígidas y frágiles al mismo tiempo, instaladas en mantener un equilibrio imposible que nos agota. El pensamiento se empobrece, se limita la flexibilidad en el día a día, nos hacemos una vida a medida, pequeña, errática, pisando territorio seguro. El cuerpo va mostrando las heridas de esta guerra; articulaciones que no articulan, huesos que no sostienen o sobrepeso que carga unos movimientos que ya no se pueden hacer.

Trabajar el propio dolor es subir una montaña, cada paso nos acerca a la cima, cada paso cuenta. Es el esfuerzo constante del día a día, el coraje de no rendirse nunca, la convicción de que hay que enfilar el sendero a pesar del cansancio acumulado en las piernas. Es un camino penoso y largo, empinado y retorcido, lleno de dudas internas y de adversidades externas. Es fácil desanimarse cuando se mira el camino que nos queda por recorrer. Entonces, cualquier peso en la mochila se multiplica, cualquier malestar se vive como un martirio.

Y también es un sendero repleto de gozo cuando contemplamos cómo aparece el sol de entre la niebla a medida que conseguimos cierta altura. Cuando nos permitimos reconocer todo lo transitado, vivido, conquistado e integrado. Todo lo que ya no es un peso, sino, más bien, un músculo que hemos fortalecido y que ayuda a encarar la subida. Las horas de marcha forman parte de nuestro cuerpo, suman, aportan energía y nos sostienen para lo que vendrá. Poco a poco, conseguimos cambiar la percepción y sentir que ya no estamos en la carencia, que ya no somos víctimas de las circunstancias, que la vida no nos ha fallado, sino que, gracias a lo que hemos vivido, hemos aprendido a cuidar de nosotros mismos, a descubrirnos y a alimentarnos.

Hemos descubierto que somos, hemos conquistado nuestra individualidad.

Y el sendero continúa, pero ya no se nos hace tan pesado. Somos capaces de disfrutar del viento secándonos la cara y del sol calentándonos el cuerpo. Podemos observar lo que ocurre a nuestro alrededor con una mirada limpia y transparente, libre de miedo y de prejuicios, abierta y satisfecha. Y con esta alegría seguimos el camino hacia la cima.

El símil de la montaña es esclarecedor porque a menudo queremos ahorrarnos el andar fatigoso y buscamos soluciones rápidas. No existen, al igual que tampoco existe un tiempo determinado para sentirse mejor. Cada uno tarda lo que tarda, no hay recetas. Hay personas que tardan un año, hay otras que dos, tres o cuatro. El camino del dolor es un camino que hay que recorrer a nuestro ritmo y nadie nos puede imponer el suyo.

Sabremos que estamos en el buen camino cuando sintamos que hay movimiento dentro de nosotros, cuando nos demos cuenta de que hay sensaciones y emociones nuevas en nuestro cuerpo, hasta ahora desconocidas.

Y cuando percibamos, claramente y sin dudas, una alegría y una ingenuidad internas que, poco a poco, se apoderan de nosotros.

A nivel práctico, uno de los caminos que hay que recorrer para transitar nuestro dolor es conectarnos con nuestro cuerpo. El cuerpo es el vehículo a través del cual vivimos nuestra vida y las sensaciones corporales serán nuestra herramienta de trabajo en el proceso de curación. Debemos escuchar a nuestro cuerpo. Es indispensable.

Al principio puede parecer extraño, pero a medida que dediques más tiempo te será más fácil y percibirás los beneficios.

Cuando algo te disguste permítete sentir completamente el malestar que te está causando. No huyas, no empieces a pensar en otras cosas, no te pongas a trabajar para distraerte. Parece una contradicción, pero huir del dolor nos encadena al dolor.

De hecho, es el mecanismo que utiliza la mayoría de la población, porque desde pequeños nos han hecho creer que sentir tristeza, rabia o cualquier sensación intensa es negativo. El único recurso aprendido ante el dolor es la fuga.

Y así, entre todos nos hemos negado la posibilidad de crecer y de madurar emocionalmente.

El dolor es solo un síntoma que reclama poner atención en mí. Contrariamente a lo que se pueda pensar, no me quedaré atrapado en el sufrimiento si le hago espacio. Lo que está apareciendo reclama que se le dé la atención necesaria.

Así, si hemos tenido una conversación desagradable con alguien, dejémonos sentir cómo estamos. Sentémonos un rato y lloremos si lo necesitamos. Nos colocamos en una posición cómoda. Respiramos un poco sin ninguna intención en concreto y, poco a poco, centramos nuestra atención en nuestro cuerpo. Seguramente empezaremos a percibir sensaciones, y probablemente serán sensaciones desagradables a nuestro juicio. Podemos sentir un peso en el pecho, un nudo en la garganta, un pinchazo en el estómago. Nuestro cuerpo nos indica que hay algo que se ha quedado atascado en algún lugar. Cada uno de nosotros tiene una o varias zonas sensibles, que se alteran con más facilidad que el resto: una parte del cuerpo se activa por la alegría, otra por la tristeza, tal vez otra por la rabia.

Por lo tanto, ante cualquier situación que nos modifica el estado de ánimo, debemos tomar unos minutos para cuidarlo.

Cuando hayamos detectado la sensación en el cuerpo debemos entrar, respirarla, hacerle espacio, reconocerla, darle su lugar y aceptarla. Hemos de decir sí al malestar que sentimos. Si notamos un corte en el cuello que nos ahoga, nos debemos permitir sentirlo, percibirlo.

Gracias a la respiración, podemos entrar poco a poco, darnos cuenta de si sube o baja y de si aumenta o disminuye la intensidad. Podemos describirlo con colores, podemos sentir si es frío o caliente, o si el dolor se modifica. Se trata de observarlo, de dejar de huir de lo que nos pasa, de no intentar escapar de nosotros mismos.

Conectar con nuestro cuerpo es conectar con quien somos, con nuestra interioridad. Dejar de ignorar lo que vivimos para hacernos cargo y vivirlo en primera persona. Dejar de huir, de escapar de las emociones y las sensaciones que experimento, y tomar conciencia de quién soy en todo lo que me sucede.

Nos sorprenderemos al ver cómo nuestra calidad de vida mejora teniendo en cuenta nuestro cuerpo. No es milagroso, pero responsabilizarnos de lo que le pasa a nuestro cuerpo es cuidar de nosotros en un sentido profundo.

De repente, algo cambia y el resto del mundo lo percibe: ya no huimos del dolor, lo miramos, lo acompañamos y lo aceptamos.

2.La familia de origen y los primeros años de vida

Hace tiempo que la neurociencia ha demostrado la importancia de los primeros años de vida. Es un periodo en el que los aprendizajes ocurren de manera inconsciente y se instalan patrones de funcionamiento que siguen vigentes en la edad adulta.

Hay adultos que viven pegados a las heridas de la infancia y otros que dedican muchos esfuerzos a superar situaciones vividas durante aquellos años.

De hecho, poco importa si los recuerdos que tienes de esta época de tu vida son mayoritariamente positivos o negativos; cuando nos convertimos en padres y madres, nuestra infancia recupera protagonismo, haya lo que haya en ella.

Existe un modelo de crianza heredado de nuestros progenitores que, o bien cuestionaremos, o bien daremos por bueno. La manera en que nosotros tenemos interiorizada nuestra educación aflorará con nuestra maternidad o paternidad sin que podamos evitarlo, y si no lo analizamos con calma, desde el adulto que somos hoy, corremos el riesgo de actuar reaccionando a lo que vivimos de pequeños o repitiendo el método con que fuimos criados. Ninguna de las dos opciones nos implica a nosotros como adultos, sino que nos convertimos en progenitores desde un punto de vista infantil aún: criaremos como lo hicieron en casa o criaremos en contra de como lo hicieron en casa.

Así pues, se impone revisar nuestra niñez para poder educar a nuestros hijos desde nuestra libertad.

Hay que ser conscientes, también, de que durante los años de crianza aparecerán situaciones que nos transportarán a nuestra propia infancia. A través de nuestros pequeños reviviremos episodios de nuestra historia personal que aún no han sido digeridos. Si, por ejemplo, sufrimos acoso escolar, cuando alguno de nuestros hijos llegue a la etapa escolar, es probable que este hecho reaparezca: quizás esta vez será nuestro hijo el acosador, o tal vez un amigo de nuestro niño será el acosado.

Existe una especie de voluntad oculta y misteriosa que tiene por objetivo que aquello que ha quedado abierto concluya. Se trata de una energía vital que busca el equilibrio, la paz interior y la serenidad. Aquello que no puedo rememorar sin sentir dolor se reproducirá en mi vida hasta que pueda sostener mi mirada frente a lo sucedido.

Debemos tener presente que la infancia de nuestros hijos e hijas es una oportunidad de crecimiento. La ocasión de curar asuntos que quedaron abiertos. Si conseguimos hacer este cambio de mirada, si vivimos lo que aparece como una oportunidad de aprendizaje, tendremos mucho ganado.

De repente, podremos vivir lo que nos toca vivir con más ligereza, ya que no es lo mismo vivir «problemas» que nos remueven heridas antiguas que tener una oportunidad para aprender y crecer.

Cualquier cuestión que aparezca durante los años de crianza tendrá un sentido en nuestra propia historia. No existe la casualidad. Si afinamos la intuición y podemos entrever lo que se mueve verdaderamente, nos daremos cuenta de que acompañando a nuestros niños, interiorizamos, digerimos y armonizamos nuestra propia infancia. La crianza es un camino de oportunidades.

Tu historia

Hechos traumáticos

Si durante tu infancia y juventud has sufrido algún hecho traumático, es probable que este haya dejado señales profundas en tu carácter y que aún hoy sufras alguna consecuencia. Espero que lo hayas trabajado en terapia, pero, si no lo has hecho o no has podido hacerlo, cuando te conviertas en padre o madre es posible que se convierta en algo prioritario.

¿Qué es un hecho traumático? Un día escuché por la radio que una persona adulta a la edad de cuarenta años puede haber vivido aproximadamente un millar de hechos traumáticos. Hay traumas que cualquiera reconocería como tales y hay otros que se han convertido en una herida por diferentes razones: quizás por acumulación, quizás porque estábamos en una situación de especial vulnerabilidad.

Aquí tienes un listado de situaciones que deben ser contempladas: abandono por parte de los progenitores; abusos sexuales; malos tratos físicos o psíquicos; negligencias de cualquier naturaleza; muertes prematuras de padre, madre o hermanos; accidentes; desastres naturales (terremotos, inundaciones); actos de terrorismo; enfermedades graves; drogadicción; alcoholismo; divorcio o separación de los progenitores; traslados de domicilio, o cambios de escuela.

Otras situaciones que pueden constituirse en hechos traumáticos: celos entre hermanos; aislamiento emocional; dificultades escolares; abandono emocional por parte de los progenitores; miedos infantiles, o episodios concretos vividos durante la infancia (perderse en la multitud, amor no correspondido o burlas en la escuela).

Se hace necesario sentarse un rato con uno mismo y permitir que aparezca, que nos encuentre, ese dolor infantil que no hemos vuelto a visitar nunca. O quizás, aunque lo hayamos visitado varias veces, reconocemos que todavía nos resulta doloroso y está presente. Tomamos conciencia y nos hacemos cargo.

El transgeneracional