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El número 10 de la colección de Marchamalo & Santos La colección de biografías de escritores que cada año preparan Antonio Santos y Jesús Marchamalo para Nórdica llega con este título a su décima entrega que celebramos con una edición especial; un homenaje a tres autoras imprescindibles —Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite— de las que recientemente se han celebrado sus centenarios. Así, Tres amigas no solo retrata la personalidad de cada una de ellas, sus vicisitudes vitales y su compromiso literario, sino que aporta el testimonio de lo que en su época significaba ser mujer y escritora.
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Seitenzahl: 21
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Jesús Marchamalo
TRES AMIGAS
Carmen Laforet Ana María Matute Carmen Martín Gaite
Ilustraciones de
Antonio Santos
CARMEN LAFORET
Hay una placa municipal en la calle del General Pardiñas, en Madrid, cerca de María de Molina, que recuerda la casa en la que escribió Nada.
Nacida en Barcelona, hija de un arquitecto y una maestra, se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria con apenas un año llevada por el destino laboral de su padre. Un hombre deportista, nadador, navegante y excelente tirador de revólver, que llevó durante un tiempo por la isla un elegante deportivo que conducía con mitones de piel de cabritilla. Su madre, gran lectora, murió cuando ella tenía trece años, y aquella infancia feliz y despreocupada se vio de repente invadida por el viento helado: la mirada acuciante, algo intimidatoria, de esa otra mujer —había sido peluquera de su madre— con la que se casó su padre en segundas nupcias.
Una madrastra como las de los libros infantiles de mirada de hielo, desalmada, que a diario rompía platos contra el suelo, y que borró en cuanto pudo todas las huellas —fotos, recuerdos, objetos— de la madre muerta.
Gran nadadora, la joven Laforet hacía a veces novillos para irse a la playa y echarse al mar, nadando, hasta quedar exhausta. Ya entonces escribía impresiones, comentarios y notas en unos cuadernos que siempre llevaba encima, y que rompía después. Porque siempre tuvo —confesó con el tiempo— una rara crueldad con las pequeñas cosas. Escribía y rompía. Corregía y rompía. E iba dejando por los cajones, los armarios, los pupitres del colegio, como un extraño mapa del tesoro, un rastro de papelitos rotos.
Escribió Nada en esa casa de General Pardiñas que era de una tía suya. Estudiaba Derecho, tras un fugaz paso por Barcelona, donde había empezado, y abandonado, Filosofía, y durante meses trabajó en la mesa del comedor, en cuartillas, a mano, que tenía que retirar a las horas de las comidas hasta que su tía le propuso comer en la cocina.
Nunca se supo quién le ayudó a pasar a máquina el manuscrito original de la novela —otro misterio—, pero allí en el comedor ordenó un día los últimos capítulos que se extendieron no solo por la mesa, sino por la superficie de los aparadores, el suelo y el respaldo del sofá, sobre el que fue prendiendo con alfileres las cuartillas.
