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¿La televisión muere? No, definitivamente, no. De hecho, está en todas partes, se expande en horarios y pantallas diversas, así como en nuevos géneros y modos de producirse y recibirse; ha escapado del televisor-mueble y se reproduce en infinitos dispositivos audiovisuales mezclándose con otras actividades, movimientos y lugares. TVmorfosis 4, television everywhere explora un fenómeno emergente que trasciende lo tecnológico y lo mediático para volverse cultural, estético, político e, incluso, un avistamiento al futuro del hombre y su relación con las máquinas. La televisión se ha transformado, su producción se adapta a las necesidades de audiencias que ya no se miden por su número, sino por sus interacciones, lo cual implica que el modelo de comunicación que impuso la TV, caracterizado por la unilateralidad de la emisión y la pasividad del receptor, se modifica y ocurre, por un lado, un incremento en la participación de los públicos y, por otro, la profundización de las maneras de control y vigilancia a través de la obtención de información. ¿Qué sucederá? La presente obra analiza el fenómeno y traza un panorama que contradice la vieja idea de que la televisión idiotizaba a los que la miraban.
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Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Guillermo Orozco Gómez
Hoy la televisión “está en todas partes”. Se expande de múltiples formas llegando en distintos horarios y contratos televisivos a diversas pantallas y dispositivos audiovisuales, ampliando significativamente sus índices de visionado, y logrando al mismo tiempo un cada vez mayor y variado involucramiento de sus audiencias.
¡La TV está más viva que nunca! Multiplicándose a través de diferentes formatos y relatos, transformándose creativamente, cambiando sus maneras de presentarse ante sus audiencias, de engancharlas e interpelarlas. Aun en su forma clásica de broadcasting o televisión radiodifundida, continúa llamando la atención, recibiendo altas sumas en inversión publicitaria, las mayores entre los medios masivos. Y en la mayoría de países, la televisión radiodifundida sigue también consiguiendo las mayores audiencias y marcando la pauta en la construcción colectiva de la “imagen de nación”, mientras continúa sirviendo de eje principal para el intercambio societal entre amplios sectores de población.
¡Pero la TV “se ha escapado” del televisor-mueble! Y se reparte en muchos dispositivos audiovisuales, mezclándose con otras actividades, otros momentos y lugares por los que transitan sus audiencias. Muchas siguen “viniendo” a ella, otras no; la encuentran o la llevan de nuevas e insólitas formas, todo lo cual parece marcar una nueva era para la TV y sus audiencias. Una era que algunos llaman de post-TV o cibervisión, como enfatiza el autor Sebastião Squirra en este libro,quese caracteriza sobre todo por una metamorfosis de la TV que inicia con su “liberación” de ciertas pantallas, como el televisor, y de ciertos lugares y tiempos para su consumo, mientras aumenta su multiplicación de formatos y géneros televisivos. Una nueva era en la que el origen de su producción deja de ser sólo televisiva, para ser también digital, y en la que existe una ampliación de posibilidades para su acceso por parte de las audiencias, que parece no tener límites, más allá de los costos involucrados en algunas opciones de conectividad. De aquí que se refuercen y se abran aún más desigualdades entre las audiencias, como advierte Miquel Francésen su capítulo.
Estamos ante un fenómeno nuevo, creciente, muy significativo, como lo es todo lo que afecte a la comunicación. Un fenómeno no meramente tecnológico o mercantil, mediático, estético o audiovisual, sino, cultural y político, que va más allá de la suma de sus partes, ya que se empieza a modificar justamente la “lógica del engagement”con la televisión, es decir, el vínculo entre ésta y las audiencias, lo que incide en las formas de involucrarse e interactuar con ella, disfrutarla y “deconstruirla”. Un nuevo vínculo que no eclipsa otros anteriores, ni elimina a la TV ni a sus audiencias, tema que discute Guillermo Orozco Gómezen este libro.
La tendencia creciente de la televisión conlleva, por una parte, una programación televisiva que puede visionarse más allá de la pantalla del televisor-mueble y disfrutarse a “destiempo” de su emisión puntual y masiva, lo cual implica y facilita una serie de cambios tanto para las audiencias como para la misma televisión y sus programas. Uno de estos cambios tiene que ver con la necesidad de la TV actual de adaptar su programación —al menos parte de ella— a tiempos y ritmos “cortos y rápidos”, y de fácil visibilidad, puesto que las audiencias pueden hoy decidir cuándo ver lo que quieren ver, pero no tienen mucho tiempo ni quizá paciencia para ver y disfrutar TV más allá de algunos minutos en cada ocasión que “se conectan”. Situación inexistente antes de la convergencia entre pantallas inaugurada con lo digital y potenciada con la portabilidad de los dispositivos audiovisuales. Pero, ¿estamos realmente ante una nueva televisión? se pregunta Alejandro Piscitelli en su capítulo.
Por otra parte, la tendencia actual de la TV abre la posibilidad de una interlocución con las audiencias, que desde sus dispositivos móviles pueden disfrutarla, compartirla, modificarla, criticarla, incluso reconstruirla y, por supuesto, reenviarla a través de las redes. Lo que modifica esencialmente el rol de las audiencias como conglomerados de receptores a ser individuos atomizados, productores y emisores. Esta tendencia, sin embargo, aun no involucra a la mayoría de las audiencias: mientras las minorías están hiperconectadas, siguen existiendo mayorías desconectadas y las brechas digitales se amplifican, lo cual advierten varios autores en este libro.
Si la programación clásica de la televisión masiva era dirigida a una “masa” nacional medida en ratingsy shares, que podía alcanzar hasta el 50 por ciento de hogares con el televisor encendido en un mismo canal a una misma hora, hoy cada vez más el alcance televisivo se desfasa en tiempos y se dispersa, se vuelve en todo caso intermitente, actualizándose de maneras inesperadas e impredecibles en conjuntos menores de individuos que pueden o no estar en los momentos de visionado de un programa. Se desvanece esa posibilidad de la “reunión a distancia” de una gran audiencia, que sin estar congregada en el mismo sitio, sí coincidía en estar frente al televisor y recepcionar el mismo producto televisivo en momentos determinados.
Una de las consecuencias y desafíos de que la televisión esté en todas partes es la dificultad de medir su visionado. Las empresas tradicionalmente encargadas del rating, como Nielsen o Ibope, entre otras, se encuentran buscando nuevas maneras e implementando otras metodologías para captar la migración de las audiencias y saber finalmente qué ven y con qué se conectan. Pero lo más importante, independientemente de que se logre captar en qué canal, video, película o sitio de Internet “andan las audiencias”, es poder conocer qué hacen con ello, esto es mucho más de lo que cualquier rating puede medir.
Más allá de nuevas y perfeccionadas mediciones, la televisión requiere desarrollar y asumir una “presencia cualitativamente diferente” en sus audiencias, trascender ser un mero objeto de su visionado. Algo que supone interactividad e interlocución y que podría conseguirse a través de estrategias transmediales, en donde la nueva relación audiencias-televisión sea una de involucramiento y no de transmisión-recepción.
El modelo de comunicación mediática que impuso la TV y que ha imperado por más de medio siglo, caracterizado esencialmente por la unilateralidad de la emisión, siempre por su verticalidad y, muchas veces, por su autoritarismo aunado a la “pasividad” y subordinación de sus audiencias —con o sin su consentimiento— se está modificando con la televisión “en todas partes” y las posibilidades de interlocución que con ello se abren.
De ahí la existencia de diferentes posiciones frente a este fenómeno, desde los más optimistas en términos tecnológicos que se sienten en su “tierra prometida”, hasta los que ven en ese escenario posibilidades de participación de las audiencias y de fortalecimiento de una ciudadanía activa y comunicativa, hasta quienes contrariamente, advierten con sobre el riesgo y peligro que la creciente conectividad ensanchada acarrea para la vigilancia y el control político de las sociedades contemporáneas, como lo enfatiza nuestro primer autor Ignacio Ramonety lo abordan otros autores en capítulos posteriores.
Con distintos énfasis y desde diversas perspectivas, los capítulos reunidos en estas páginas presentan y discuten aspectos específicos que buscan esclarecer algo del complejo fenómeno de una televisión que está en todas partes o multiplicada.
En la primera parte del libro, los autores se concentran en los aspectos sobresalientes del fenómeno televisivo contemporáneo, señalando sus tendencias e inercias, así como sus transformaciones más sobresalientes. Allí Omar Rincón hace con vehemencia, una crítica a posicionamientos ideológicos aún vigentes en algunos de los discursos sobre la TV y sus audiencias. En la segunda parte, Agustín García Matilla y Fernando Moreira abordan ejemplos concretos desde sus escenarios nacionales, de una televisión en todas partes. En la tercera parte, Alejandro Piscitelli,Gabriel Torresy Javier Darío Restrepo fundamentan perspectivas y opciones posibles para el futuro inmediato, así como la cooperación mutua entre televisiones de diferentes países, que comparte Joyce Barnathan. En el último capítulo, Gabriel Mariotto narra la historia reciente de la configuración de un nuevo escenario mediático y, en particular, televisual en Argentina, en el que las universidades, a través de sus departamentos de estudios de comunicación, contribuyeron para la transformación conjunta del sistema televisivo-mediático de la nación pampera y el posicionamiento de sus medios públicos.
Como en el caso de los libros anteriores, agradezco a los autores aquí reunidos por su disposición de reconvertir para los lectores sus presentaciones en el Foro TVmorfosis celebrado en la fil Guadalajara el 10, 2 y 3 de diciembre de 2014. Nuevamente mi agradecimiento a la Universidad de Guadalajara y especialmente a Gabriel Torres, ya que, sin su apoyo, el foro y el libro no habrían sido posibles.
Guadalajara, Jalisco, 24 de agosto de 2015
Ignacio Ramonet
La Televisión Pública tiene vocación —al igual que el sistema educativo, en el marco de un proyecto de educación integral— de contribuir a la formación de los ciudadanos y a la transmisión de los valores humanistas emancipadores; valores de paz, de ciudadanía, de democracia, de respeto, de justicia, de cohesión social y de solidaridad.
Esta tarea resulta hoy cada vez más difícil, esencialmente por dos motivos:
en primer lugar por las nuevas prácticas de acceso a los contenidos audiovisuales que observamos sobre todo entre las generaciones jóvenes;
en segundo lugar, por la creciente desconfianza hacia los discursos políticos y hacia las instituciones que los transmiten.
Vamos a examinar el primer motivo: las nuevas prácticas de acceso a los contenidos audiovisuales. Todos los estudios realizados en Estados Unidos y Europa indican un cambio rápido al respecto, sobre todo entre los jóvenes que pasan del consumo “lineal” de TV hacia un consumo “diferido” y “a la carta” en una segunda pantalla (computadora, tableta, smartphone). De receptores pasivos, los ciudadanos-televidentes pasan a ser, mediante el uso masivo de las redes sociales, productores-difusores.
En los primeros años de la televisión, el comportamiento tradicional del telespectador era mirar los programas en vivo en la pantalla de su televisor de salón, manteniéndose a menudo fiel a una misma y casi única cadena. Con el tiempo, cuando llegó la era digital, todo eso cambió. En la televisión analógica ya no cabían más cadenas y no existía posibilidad física para añadir nuevos canales. En la televisión analógica, un bloque de frecuencia de seis megahertz(MHz), equivalía a una sola señal, un solo canal, pero con la digitalización, el espectro radioeléctrico se fraccionó y se optimizó, por cada frecuencia de 6 MHz, en vez de una sola cadena, se pueden transmitir hasta seis u ocho señales y se multiplica de ese modo la cantidad de canales.
Esa explosión del número de canales disponibles, particularmente por cable y satélite, dejó obsoleta la fidelidad a un canal preferencial y suprimió la linealidad. Como en un restaurante, se abandonó la fórmula del menú único, para comer platos a la carta, simplemente zapeando con el control remoto entre la multitud canales.
La invención de la web —hace exactamente veinticinco años— favoreció el desarrollo de Internet y el surgimiento de lo que llamamos la “sociedad conectada” mediante toda clase de links o enlaces, desde el correo electrónico hasta las diferentes redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) y mensajerías de texto y de imagen (Whatsapp, Instagram, etc). La multiplicación de las nuevas pantallas, ahora nómadas (computadoras, tabletas, smartphones) han cambiado totalmente las reglas del juego.
La televisión progresivamente deja de ser una herramienta de masa para convertirse en un medio de comunicación consumido individualmente, a través de diversas plataformas, de forma diferida y personalizada. Esta forma diferida se alimenta en particular en los sitios de replay de los propios canales de televisión que permiten un acceso no lineal a los programas. Presenciamos el surgimiento de un público que conoce los programas y las emisiones, pero no conoce la programación ni siquiera el canal de difusión al que pertenecen esos programas originalmente.
A esta oferta, ya muy abundante, se le suman ahora los canales online de la galaxia Internet. Por ejemplo, las decenas de cadenas que Youtube difunde, o los sitios de video alquilados a la carta (on demand). Hasta el punto que ya no sabemos siquiera lo que la palabra televisión significa. Reed Hastings, director de Netflix, el gigante estadounidense del video en línea (con cincuenta millones de suscriptores), declaró recientemente a una revista francesa que “la televisión lineal habrá desaparecido en veinte años, porque todo estará disponible en Internet”.
Es posible, pero no es seguro
También están desapareciendo los propios televisores. En American Airlines, por ejemplo, los pasajeros de clase ejecutiva ya no disponen de pantallas de televisión ni individuales, ni colectivas; ahora, a cada viajero se le entrega una tableta para que él se haga su propio programa y se instale con el dispositivo como mejor le convenga (acostado, por ejemplo). En Norvegian Airways van más lejos, no hay pantallas de televisión en el avión ni tampoco entregan tabletas, el avión posee Wi-Fi y la empresa parte del principio de que cada viajero carga una pantalla (computadora, tableta o teléfono celular) y que basta pues con que se conecte en vuelo al sitio de la Norvegian para ver películas, teleseries, emisiones de televisión o leer los periódicos (que ya no se reparten).
Jeffrey Cole, un profesor estadounidense de la University of California, Los Angeles ucla, experto en medios en Internet y redes sociales, confirma que la televisión se verá más por la red. Nos dice que “en la sociedad conectada la televisión sobrevivirá, pero disminuirá su protagonismo social; mientras que la industria cinematográfica y musical podrían desvanecerse”.
Sin embargo, Jeffrey Cole, es mucho más optimista que el patrón de Netflix, porque Cole afirma que, en los próximos años, elpromedio de tiempo consagrado a la televisión pasará de entre dieciséis a cuarenta y ocho horas a la semana, actualmente hasta sesenta horas, ya que la televisión, dice Cole, “va saliendo de la casa” y se podrá ver en todo momento, gracias a cualquier dispositivo con pantalla, con sólo conectarse a Internet o mediante la telefonía 5G.
También hay que contar con la competencia de las redes sociales. Según el último informe de Facebook, “casi el 30 por ciento de los adultos de EEUU se informa a través de Facebook” y el 20 por ciento del tráfico de las noticias proviene de esa red social. Mark Zuckerberg afirmó hace unos días, que el futuro de Facebook es en video: “Hace cinco años la mayor parte del contenido de Facebook era texto, ahora evoluciona hacia el video, porque cada vez es más sencillo grabar y compartir”.
Por su parte, también Twitter está cambiando de estrategia: y está pasando del texto al video. En un reciente encuentro con los analistas bursátiles de Wall Street, Dick Costolo, el consejero delegado de Twitter, reveló los planes del futuro próximo de esa red social: “2015,será el año del video en Twitter”. Para los usuarios más antiguos, eso tiene sabor a traición. Pero según Costolo, el texto, su esencia, los célebres ciento cuarenta caracteres iniciales, está perdiendo relevancia, y Twitter quiere ser el ganador en la batalla del video en los teléfonos móviles.
Según los planes de la dirigencia de Twitter, se podrá subir video desde el móvil a la red social a comienzos de 2015; se pasará de los escasos seis segundos actuales que permite la aplicación Vine, a añadir el video, tan largo como sea, directamente en el mensaje.
Google también quiere ahora difundir contenidos visuales destinados a su gigantesca clientela de más de mil trescientos millones de usuarios que consumen unos seis mil millones de horas de video cada mes.
Por eso Google compró Youtube. Con más de 130 millones de visitantes únicos por mes en Estados-Unidos, Youtube tiene una audiencia superior a la de Yahoo. En Estados Unidos, los veinticinco principales canales online de Youtube tienen más de un millón de visitantes únicos por semana. Esta red social ya capta más jóvenes de entre dieciocho y treinta y cuatro años que cualquier otro canal estadounidense de televisión por cable.
La apuesta de Google es que el video en Internet va a canibalizar poco a poco la televisión. John Farrel, director de Youtube para América del Sur, prevé que el 75 por ciento de los contenidos audiovisuales serán consumidos vía Internet en 2020.
En Canadá, el video en Internet ya está a punto de sustituir a la televisión como medio de consumo masivo. Según un estudio de la encuestadora Ipsos Reid & M Consulting, “el 80 por ciento de los canadienses reconocen que cada vez ven más videos en línea en la web”, lo cual significa que, con semejante masa crítica (un 80 por ciento), se acerca el momento en que más canadienses verán videos y programas en línea que en la televisión.
Todos estos cambios se perciben claramente en México. Los resultados de un estudio,realizado por la investigadora mexicana Ana Cristina Covarrubias (directora de la encuestadora Pulso Mercadológico), confirman que la red y el ciberespacio están cambiando aceleradamente los modelos de uso de los medios de comunicación y en particular de la televisión en México. La encuesta se refiere exclusivamente a los habitantes del Distrito Federal de México y concierne a dos grupos específicos de población: jóvenes de quince a diecinueve años y la generación anterior, padres de familia de entre treinta y cinco y cincuenta y cinco años de edad con hijos de quince a diecinueve años.
Los resultados revelan las siguientes tendencias:
Tanto en el grupo de los jóvenes como en la generación anterior, las nuevas tecnologías han penetrado ya en alta proporción: el 77 por ciento posee celular, el 74 por ciento computadora, 21 por ciento tableta y el 80 por ciento tiene acceso a Internet.
El uso de la TV abierta y gratuita est
á
bajando, se sitúa apenas en un 69 por ciento y mientras que el de la televisión de pago est
á
subiendo y ya alcanza casi el 50 por ciento.
Por otra parte, aproximadamente la mitad de los que ven televisión (el 29 por ciento), usan el televisor como pantalla para ver películas que
no
son de la programación televisiva, ven
dvd
/blu-ray o Internet (Netflix).
El tiempo de uso diario del celular es el más alto de todos los aparatos digitales de comunicación. Éste registra tres horas cuarenta y cinco minutos. La computadora tiene un tiempo de uso diario de dos horas y dieciséis minutos, la tableta de una hora y veinticinco minutos; y la TV de apenas dos horas y 17 minutos.
El tiempo de visita a redes sociales es de ciento treinta y ocho minutos diarios para Facebook, ciento treinta y siete para Whatsapp; en cambio para la TV es de sólo ciento treinta y tres minutos. Si se suman todos los tiempos de visitas a las redes sociales, el tiempo de exposición diaria a las redes es de cuatrocientos ochenta minutos, equivalentes a ocho horas diarias, mientras el de la TV es de sólo ciento treinta y tres minutos, equivalentes a dos horas con trece minutos. La tendencia indica claramente que el tiempo consagrado a la TV ha sido rebasado, ampliamente por el tiempo consagrado a las redes sociales.
La era digital y la sociedad conectada son pues ya realidades, para varios grupos sociales, en el Distrito Federal, y una de sus principales consecuencias es el declive de laatracción por la TV, especialmente la abierta, como resultado del acceso a los nuevos formatos de comunicación y a los contenidos que ofrecen los medios digitales. El gran monopolio del entretenimiento que era la TV abierta está dejando de serlo para ceder espacio a los medios digitales.
De ahora en adelante, el televisor estará cada vez más conectado a Internet (es ya el caso en Francia para el 47 por ciento de los jóvenes entre quince y veinticuatro años). El televisor se reducirá entonces a una mera pantalla grande de confort, simple extensión de la web que busca los programas en el ciberespacio y en la nube. Los únicos momentos masivos de audiencia en vivo, de sincronización social que siguen reuniendo a millones de telespectadores, serán entonces los noticieros para el caso de la actualidad nacional o internacional espectacular (elecciones, catástrofes, atentados, masacres, etc.), los grandes eventos deportivos o las finales de juegos de emisiones de tipo reality show.
Cualquier acción para promover la cultura de paz y los valores cívicos en la televisión pública debe tomar en cuenta estas fuertes nuevas tendencias.
Todo esto no es únicamente un cambio tecnológico, no es sólo una técnica, la digital, que sustituye a otra, la analógica. Esto tiene implicaciones de muchos órdenes, algunas positivas: las redes sociales favorecen el intercambio rápido de información, ayudan a la organización de los movimientos sociales, permiten la verificación de la información, como es el caso de Wikileaks. No cabe duda que los aspectos positivos son numerosos e importantes. Pero también hay que considerar que el hecho de que Internet esté tomando el poder en las comunicaciones de masas significa que las grandes empresas de la galaxia Internet— o sea, Google, Facebook, Youtube, Twitter, Yahoo, Apple, Amazon, etc. —todas ellas estadounidenses— (lo cual en sí mismo ya constituye un problema) están dominando la información planetaria.
Sobre todo, como lo reveló Edward Snowden y como lo afirma Julian Assange en su nuevo libro Cuando Google encontró a WikiLeaks, “todas esas mega-empresas acumulan información sobre cada uno de nosotros cada vez que utilizamos la red”. Información que comercializan a otras empresas o que ceden a veces a las agencias de inteligencia de Estados Unidos, en particular a la Agencia Nacional de Seguridad, la temible nsa. No nos olvidemos de que una sociedad conectada es una sociedad espiada y una sociedad espiada es una sociedad controlada.
En una entrevista con J. Assange, en Londres, me reveló que: Google y otras empresas cuyo negocio es recoger información privada han estado sacando información de las personas menos poderosas y llevándosela para utilizarla en su favor. Y esto ha aumentado en gran medida su propio poder. Ha aumentado el poder de aquellos que ya tenían mucho poder”.
Todo esto, como lo decíamos al principio, aumenta la desconfianza de los ciudadanos hacia el discurso de las instituciones, ya sean políticas, económicas, sociales o mediáticas, aunque estas instituciones sean democráticas. En Europa, la impotencia o incluso el servilismo voluntario de los representantes electos ante el poder de las finanzas y, en algunos países, los fenómenos de corrupción, nutren la abstención y el voto por partidos extremistas en las elecciones. Sectores enteros de la población, y entre ellos la mayoría de los jóvenes, ya no se sienten representados, no creen en la palabra de muchos de sus dirigentes. Estos dirigentes aún son legales porque han sido elegidos democráticamente, pero, para muchos ciudadanos, son cada vez menos legítimos.
Tal es el contexto rápidamente cambiante y cada vez más apremiante en el que deben pensarse las políticas de la televisión pública dirigidas en particular a la juventud. En una perspectiva emancipadora, la televisión pública tiene que encontrar un equilibrio entre sus cuatro grandes misiones: la transmisión de conocimientos, la educación en valores cívicos, la iniciación al arte y la cultura, y la formación de un pensamiento crítico.
El sistema mediático privado, masivamente controlado por grandes conglomerados, no se propone ninguna de esas cuatro misiones, incluso se puede decir que promueve, implícita o explícitamente, valores en contradicción con ellas, que son los antivalores del neoliberalismo: el individualismo, la admiración de la fuerza, el elogio de la violencia y el culto del dinero.
En lo que, debido a la evolución de las prácticas culturales, se ha convertido en un mercado sin fronteras del consumo audiovisual, la televisión pública debe competir en todas las plataformas con los medios privados muchos más poderosos e incluso debe enfrentarse a una situación de competencia desigual dada la desproporción de recursos financieros entre los dos sistemas.
¿Cómo ganar esa batalla?
No existen fórmulas únicas o mágicas. Creo que a partir de un diagnóstico adecuado, se deben utilizar todos los recursos de las nuevas tecnologías digitales, en todos sus formatos o géneros, incluyendo el cine de animación, los concursos, los juegos, los reality show y las teleseries policiales o políticas.
Un tema que se debe privilegiar, en mi opinión, al cual los jóvenes son muy sensibles, es el del imperativo ambiental ante los peligros del cambio climático que amenazan el futuro del planeta. Este tema ecológico pone de relieve la lógica mortífera del neoliberalismo salvaje y se puede plantear en varios subtemas que van desde los crímenes ambientales cometidos por las corporaciones multinacionales, hasta la protección de las especies animales y vegetales amenazadas.
Para la televisión pública, enfrentada a una competencia feroz que es a menudo de excelente calidad (como las teleseries estadounidenses), el reto es colosal. Para vencerlo, se requieren recursos financieros importantes que el Estado debe procurar, pero quizá no sea éste el principal problema, lo que importa ante todo es la capacidad de movilizar equipos de creadores talentosos y motivados, que den rienda suelta a su imaginación y a su inteligencia creativa.
Los imperios han entendido, desde siempre, que la conservación de su hegemonía se basa en la conquista de las mentes. De la misma manera que los pueblos colonizados utilizaron los instrumentos políticos del colonizador para combatirlo y derrotarlo, la televisión pública no debe dudar en tomar algunas herramientas de la industria del entretenimiento dominante en la era digital para promover sus valores emancipadores.
Esta lucha es nacional e internacional. Por eso, nosotros lanzamos un llamado para que se constituya, en América Latina, una Alianza de las Televisiones Públicas de Nuestra América (Atepuna), la cual debe lanzar la contraofensiva cultural que se impone, misma que deberá también movilizar a los creadores de todos los países de la región. Huelga decir que Telesur, como Canal 22, Canal 44, TV unam, Canal Encuentro en Argentina o Bolivia TV son —y lo serán cada día más— vectores privilegiados y ejemplares de esta necesaria emancipación de las mentes en México y en toda América Latina.
1 Texto de la conferencia de clausura del Foro TVmorfosis, celebrada el 3 de diciembre de 2014.
Miquel Francés
La convergencia tecnológica de finales del siglo pasado significó una cascada de convergencias, en la que la digitalización inicial en los procesos productivos de contenidos audiovisuales desembocó en una convergencia de contenidos y medios de expresión audiovisuales a través de la red. En el contexto de la crisis económica mundial de la última década, la era digital y su multidifusión de contenidos audiovisuales propician un desarrollo desigual a lo largo del planeta.
El presente texto pretende analizar este proceso en la industria audiovisual, como un sector más que ha migrado de forma desigual en el proceso de la digitalización y dentro del marco de las industrias culturales. Desgraciadamente, a pesar de la necesidad de salvaguardar el legado de los contenidos audiovisuales en formatos digitales, la brecha digital en el espacio social de las diferentes grandes áreas culturales se ha consolidado a partir de una concentración vertical de medios de comunicación que está propiciando en un nuevo orden mediático.
Digitalización en la teledifusión global y desarrollo desigual
Las formas tradicionales de comunicación están cambiando. A la convergencia tecnológica de la última década del siglo pasado y a la llegada de la digitalización, siguió la convergencia de contenidos, posteriormente la de medios en la red. La tecnología digital ha permitido la integración de todos los formatos de los medios de expresión clásicos de muchas de las industrias culturales. Ahora la convergencia en un mismo soporte de texto, audio, video, grafismos, animaciones o imágenes fotográficas es habitual en la multidifusión digital. Además, interacción y movilidad son variables claves para el sustento de las audiencias, los públicos e, incluso, los usuarios en este espacio nuevo de contenidos audiovisuales compartidos.
Las industrias culturales realizan procesos migratorios desiguales, en el tiempo y desde el espacio de su procedencia, hacia este modelo convergente comunicativo en la red. Internet está reabsorbiendo gran parte de la comunicación pública o privada de los medios de comunicación clásicos. Esta aproximación mediática redefine el modelo económico, productivo y social en las industrias culturales con la aparición de nuevos perfiles profesionales y otras modalidades de producción (Francés, 2013a). Se presenta, pues, un nuevo espacio para los medios de comunicación en el que se multiplican las posibilidades comunicativas y se produce una fragmentación de los contenidos y una segmentación de públicos.
Los sistemas de comunicación se están transformando en todo el mundo a partir de una transición que empezó con el cambio del milenio. La televisión, aunque continúa siendo la tractora del negocio comunicativo, ha tenido que redundar sus contenidos en diversidad de pantallas. Pero, a pesar de la tendencia de converger en un carrier multidifusivo que descansaría en la red, las políticas de digitalización del espectro radioeléctrico televisivo global tienen un desarrollo desigual según las principales áreas culturales y de desarrollo económico. Así pues, la hoja de ruta del encendido digital de la tdt también muestra una transición desigual. Mientras, que Centroeuropa y los países nórdicos ejecutaron el apagón analógico antes de 2010, la gran mayoría de los países del resto del mundo prevén la transición hasta finales de la segunda década de este milenio. Una cifra reducida de países tiene programado el apagón analógico en el horizonte de 2030. Posiblemente, entonces, nos encontraremos con otra transición tecnológica propiciada por la informática cuántica. En cualquier caso, “esperemos que para esas fechas la movilidad e interacción de los contenidos audiovisuales sean óptimas y las web xl.0 hayan florecido” (Francés, 2014b). Podemos afirmar, mirando el pasado evolutivo de nuestra civilización, que las revoluciones tecnológicas siempre han comportado aplicabilidades sociales que se han producido en continuidad a través del tiempo, es decir, que unas transiciones tecnológicas suceden a otras en continuidad en el curso de la historia, aunque ahora la digitalización haya acelerado este proceso.
Pero, además, en esta transición permanente, los sistemas tecnológicos de emisión digital también son diferentes, lo que hace más compleja aquella era digital que iba a simplificar muchos procesos comunicativos. La norma dvb (Digital Video Broadcasting) europea ha absorbido gran parte de su antiguo territorio pal e intenta tener una buena proyección en la andadura digital. La norma japonesa isdb (Integrated Services Digital Broadcasting) ha experimentado una expansión más allá de su antigua referencia analógica, con una penetración significativa en el Cono Sur americano y en el África Central. Igualmente, el sistema atsc (Advanced Television System Committee) americano ha mantenido en gran medida su espacio heredado del ntsc (National Television System Committee). Y en último lugar, la norma china dtmb (Digital Terrestrial Multimedia Broadcast) ha conseguido un espacio propio en la radiodifusión del nuevo milenio.
No cabe duda que esta diversidad de sistemas de teledifusión digital, en muchos casos propiciados por los grandes lobbieseconómicos más que por las necesidades culturales y el interés general de la ciudadanía, no contribuye a menudo en la mejora de la calidad de los contenidos audiovisuales, sino más bien en el nivel exponencial de su multidifusión a través de múltiples ventanas.
Redundancia de contenidos audiovisuales en la multidifusión digital y concentración vertical de medios
La digitalización de las ondas hertzianas en una primera fase con la tdt supone el incremento de una oferta de contenidos audiovisuales. Todo parece, según la teoría de la comunicación y los fundamentos de la digitalización más ágil, trasparente o accesible en el proceso de la democratización del hecho comunicativo, y así debería actuar en una revalorización del conocimiento por encima de la información. Pero mientras que las transiciones tecnológicas se suceden, la ciudadanía no acaba de disfrutar de estos beneficios que en un principio y sobre el plano teórico significaban un enriquecimiento del proceso comunicativo. Por lo que algo está fallando, debido fundamentalmente a una larga y desigual transición.
Por otra parte, la nueva estructura comunicativa parecía ser abierta y participativa, pero la propiedad de los medios se va concentrando y la variedad de los puntos de vista se está viendo mermada. Tal vez, la primera crisis sistémica de la economía mundial, sobrevenida a partir de 2008 en pleno tránsito a la globalización, haya actuado en sentido opuesto a lo previsto en el guion democratizador de la sistemática comunicativa. Mientras, la brecha digital continúa abriendo aún más las desigualdades según en qué parte del mundo vivamos o en función de nuestra extracción social, nos encontramos actualmente en el regreso de los oligopolios, aun cuando el sistema prometía competencia y diversidad informativa. La crisis que vivimos ha supuesto un impacto en todos los sectores, y las industrias culturales no han escapado a sus efectos.
