Un amor para Tanja - Edurne Maiona - E-Book

Un amor para Tanja E-Book

Edurne Maiona

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Beschreibung

Peligrosa combinación: ser mujer y formar parte de uno de los clanes más poderoso de Europa. Es con lo que tiene que aprender a vivir Tanja, una niña que es prostituida por su tío, el jefe del clan Bursać, y que la utiliza como mercancía de cambio para obtener o pagar los favores de los hombres influyentes con los que tiene tratos a nivel internacional. Tanja soporta su vida como mejor puede, aprende a sobrevivir en un entorno hostil y peligroso. Hasta que, en un arranque inusitado de valor, pasa toda una noche fuera de los dominios de la familia. Es en esas horas cuando conoce al gran amor de su vida y comienza su viaje vital hacia la libertad.

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Seitenzahl: 673

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primeraedición:de2023

©Copyrightdelaobra:Edurne Maiona

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

CódigoISBN: 978-84-127417-0-4

Código ISBN digital: 978-84-127417-1-1

Depósito legal: B 16551-2023

Corrección:asier maia anabitarte

Diseño y maquetación: Edurne Maiona

Imagen de contraportada: Kepa Herrera

EdiciónacargodeMªIsabelMontesRamírez

©Angels Fortune Editionswww.angelsfortuneditions.com

 

Derechosreservadosparatodoslospaíses

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación enunsistemainformático,nilatransmisiónencualquierformaoporcualquierme-dio,yaseaelectrónico,mecánicooporfotocopia,porregistrooporotrosmedios,nielpréstamo,alquilerocualquierotraformadecesióndelusodelejemplarsinpermisoprevioporescritodelospropietariosdelcopyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o trans-formacióndeestaobrasolopuedeserrealizadaconlaautorizacióndesustitula-res,exceptoexcepciónprevistaporlaley»

 

 

Un amor para Tanja

 

 

 

Edurne Maiona

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mis hijas, Adriana y Erika, mis grandes maestras.

 

A las luciérnagas que alumbran mi camino.

 

 

Prólogo

 

 

Serbia, otoño 2002

Morović

 

La camioneta frenó bruscamente y las dos niñas que se habían escondido en la parte trasera, bajo un toldo lleno de harina, se abrazaron aterrorizadas. Las voces les llegaban nítidas desde el exterior. Eran gritos y amenazas contra el panadero, conductor y dueño del vehículo.

El portón de carga se abrió. El roce de suelas de zapato contra la superficie metálica llenó el cubículo. Las niñas se apretujaron una contra otra conteniendo la respiración.

El tipo que había subido a la trasera de la camioneta escupía monosílabos a las preguntas de los otros, los que se habían quedado abajo. Imposible saber cuántos eran.

El toldo se levantó bruscamente.

—Aquí están —gritó el hombretón.

La niña mayor clavó sus pupilas en las del hombre, un gigante armado con un rifle de asalto. La mirada del tipo era entre amenazadora y divertida.

—¡Déjanos en paz! —exclamó la cría.

Tendría unos once o doce años y despuntaba ya una belleza salvaje. La pequeña rondaría los nueve. Se parecían mucho las dos. Morenas, de ojos oscuros, casi negros, desafiantes los de la mayor.

—¡Bájalas! —ordenó alguien.

El tipo se colgó el arma en bandolera y cogió de las muñecas a las niñas, a cada una con una mano, levantándolas en el aire cual longanizas.

La pequeña soltó un agudo chillido, que no paró hasta que su captor la soltó, dejándola caer al suelo como un saco de patatas desde la plataforma del vehículo.

Cuatro hombres más, todos jóvenes, se arremolinaron alrededor de la niña. Las rodillas le sangraban por el golpe contra el camino de gravilla. También tenía una palma herida a causa de haberla usado para amortiguar la caída. Ninguno pareció sentir pena por ella.

—¡Ahí va la otra! —gritó el de la camioneta lanzando a la niña mayor sin miramientos.

La chiquilla rodó hasta los pies del único hombre del grupo que no iba armado. Éste la alzó cogiéndola con rudeza del cuello de la blusa, decorada con diminutas mariquitas rojas.

La pequeña lloraba angustiada a pocos metros, y sorbía los mocos. De pronto, se levantó con una agilidad inesperada, teniendo en cuenta lo magullada que estaba, y echó a correr muy deprisa en dirección al puente Draginja.

No fue lo suficientemente rápida. El hombre que no llevaba arma se la arrebató al de su derecha, amartilló y apuntó.

La niña mayor abrió los ojos espantada al comprender lo que estaba a punto de suceder. De su boca salió un grito:

—Nooo...

Dio varias zancadas a gran velocidad y se plantó delante del fusil, antes siquiera de que el proyectil saliera del cañón.

La fuerza del impacto lanzó el menudo cuerpo hacia atrás. La cabeza y los brazos de la niña rebotaron al golpear el suelo. Luego, se quedó inerme.

Si algún vecino de las casas colindantes oyó el disparo, no se notó. Ninguna ventana se abrió, ningún visillo se movió, ninguna voz se elevó.

Jamás habría testigos de aquel crimen.

 

 

miedo

 

 

 

 

 

 

 

Todo lo que quieres está al otro lado del miedo.

Jack Canfield

Ensayista, historiador y orador estadounidense.

 

 

Serbia, enero de 2012

Belgrado

 

Notó los dedos, hábiles, seguros, desabrochar el primer botón de su blusa blanca; luego, el segundo y, muy lentamente, los demás. Cuando los miró, los ojos de su acompañante rezumaban deseo y ternura. Al deseo estaba acostumbrada, a la ternura no.

Su nombre, Tanja, dicho por aquellos labios, con aquella voz rota y grave, sonó diferente, como nunca lo había oído antes.

Se dejó amar. Y amó, abiertos su corazón y su cuerpo como lirios que ofrendasen su fragor a su particular diosa. Esa noche descubrió que el éxtasis amatorio no era una leyenda, que había besos que sabían a mar y a sol y a hierba recién cortada y a aire fresco de montaña. Y a libertad... Sobre todo, a libertad.

Tanja lanzó un profundo suspiro y susurró, con la mejilla apoyada en la espalda de la figura tumbada a su lado, mientras le lamía el lóbulo de la oreja:

—¿Cómo lo has hecho...? Me ha parecido, no sé... que tenías ocho manos.

Su amante soltó una risa fresca, alegre, contagiosa.

—Con algo de flexibilidad, bastante imaginación y mi condición natural de bicho raro —contestó todavía riendo.

Tanja le besó suavemente en la comisura de la boca.

—Sabes a tarta de limón —susurró, y siguió pasándole la lengua por los labios.

Despacio, muy despacio, sin prisas, como si aquel instante fuese la eternidad.

Para Tanja lo era.

La boca de su amante se pegó a la suya. Las dos lenguas se entregaron a una danza sensual de reconocimiento, al principio con roces lentos y suaves, luego cada vez con más ímpetu. La de Tanja buscó el paladar en la otra boca, recorrió los dientes con la punta, mientras sentía el peculiar sabor a limón de la saliva ajena inundando todo su ser.

—Amane... —gimió.

La palma de Amane acarició su pecho izquierdo y luego pellizcó suavemente su pezón, que de inmediato se puso erecto, mientras los dedos de la otra mano rozaban la piel de su vientre provocándole un hormigueo que le llegó hasta el sexo.

Las manos de Amane siguieron recorriendo su cuerpo sin premura, casi con indolencia: la que estaba en el vientre, se deslizó hacia su costado derecho y se dirigió a su nalga, para luego transitar por el exterior de su muslo antes de pasar al interior y subir hasta la ingle. Se entretuvo allí en una serie de caricias que se fueron acercando a su vulva muy lentamente, como si fuese capaz de confluir movimiento y estática en un mismo punto; a la par, la otra mano masajeaba sus pechos con fuerza, pero delicadamente, y la lengua ensalivaba su cuello, su oreja izquierda...

Amane acompañaba sus caricias con palabras que Tanja no entendía, aunque su forma de decirlas, su dulzura, excitaban a Tanja tanto como el juego erótico de sus manos.

Sintió palpitar su clítoris, bum, bum, bum, convertido en su segundo corazón...

—Aaah —gimió de nuevo, con la respiración entrecortada y la voz en un susurro que asemejaba a un aullido grave.

El placer iba in crescendo. Como en una sinfonía orquestada de forma magistral, en la que los instrumentos eran las manos y la lengua de Amane interpretando la partitura escrita en el cuerpo de Tanja.

 

Un ruido metálico se inmiscuyó en su sueño. En él, Amane caminaba entre los cantos del río Anduña, cuyo cauce apenas llevaba agua. Sobre su cabeza, el arco del puente medieval hablaba de historia, y sus piedras parecían retumbar con los cascos de los caballos de épocas pasadas. Tenía diez años de nuevo y estaba jugando al escondite con su primo Joseba, allá en su Otsagabia natal.

El chirrido a metal se repitió. Parecía seguir algún tipo de ritmo.

No quería despertarse, se sentía feliz con diez años, escondida debajo del puente de piedra. Sin embargo, el persistente sonido acabó por conseguir que abriera los ojos.

En los últimos tiempos soñaba mucho con su infancia. Tenía que haber alguna razón. Apuntó mentalmente llamar a izeba¹ Bera para que le echase las cartas.

La habitación estaba en penumbra y Amane apartó el edredón, salió de la cama y se dirigió a la ventana hincando con fuerza en el suelo los talones descalzos. Acto seguido levantó los estores, opacos por la suciedad. Mientras los subía prestó atención al ruido. Se oía muy cerca. Hizo una barrida visual más allá de los cristales. Al otro lado de la calle, uno de los laterales de un cartel que exhibía una modelo en braga y sujetador, se bandeaba arriba y abajo con cada envite del fuerte viento.

Así que era eso.

—Es lo que pasa por querer ahorrar, acabas en un hotelucho—se explicó a sí misma.

Sin pensarlo más, desconectó de todo lo que le rodeaba y se tiró en plancha sobre la cama, haciendo caso omiso al ulular del aire y sus estragos. De pronto, se dio cuenta de que estaba desnuda. Y sola.

—¡Tanja! —llamó.

 

 

¹ Tía.

 

Le contestó el chirriar del cartel.

Saltó de la cama y se dirigió al baño. Vacío. Al regresar al dormitorio vio los billetes sobre la mesita. No se había fijadohasta ese momento. Los cogió despacio y fue depositándolos uno a uno sobre la madera desgastada, en el mismo punto exacto donde habían estado un momento antes. Doscientos euros.

¿Por quéla chica los habría dejado allí? ¿Un olvido? Lo dudaba. Nadie se olvida de cobrar su trabajo.

¿Había sido un trabajo?

—Tanja... —musitó, evocando la figura esbelta de la muchacha.

Parecía muy tímida. Su mirada, de pupilas marrón oscuro, casi negro, rezumaba tristeza... Amane no había podido evitar sentirse atraída por ella, por esa languidez de su cuerpo menudo que, aun dedicándose al oficio más antiguo del mundo, mantenía una inocencia y una pureza inusual. La sorpresa por cada caricia, como si la descubriera por primera vez; la avidez con que había respondido a cada uno de sus besos; el temblor eléctrico ante sus miradas de deseo, ante sus frases tiernas... A pesar de que no las entendiera.

Habían comenzado hablando ambas en inglés, pero en la intimidad de una cama, Amane siempre usaba su lengua nativa, el euskera.Bihotza, polita, zeruko argia², habían sido algunas de las palabras susurradas al oído de la joven con la que había pasado la noche.

¿Por quése había entregado tanto?

—¡Joder! —soltó de pronto Amane —. ¡Joder, joder, joder! —repitió mientras se vestía y cogía su cazadora —. ¡Mierda! ¿Cómo puñeta me ha pasado?

No podía creerlo. ¡Se había enganchado de una desconocida! Tenía que encontrarla. Abrió la puerta y salió cerrando de un portazo.

El miedo la tenía paralizada. El miedo, siempre presente en su vida. El miedo, agazapado en las esquinas de su mente, esperando el momento para actuar, el miedo, señor de la noche y el día; el miedo habitando cada molécula de su cuerpo, cada partícula de su sangre, cada soplo de aliento en su respiración.

El miedo...

Debía ir a entregar la recaudación de la noche, pero no se atrevía. Las noches solo podía pasarlas con quien Masnoće³decidiera. Y sus disposiciones resultaban imprevisibles muchas veces. Aunque normalmente eran clientes con los que quería cerrar tratos ventajosos, había también algunos peces gordos de la policía o la magistratura, tipos que era muy conveniente que miraran para otro lado en determinados momentos. Por eso Masnoćeles concertaba encuentros con ella de vez en cuando.

En esas ocasiones la envolvía para regalo, con vestidos carísimos, y la hacía subir en su limusina negra de tres metros de largo. Tras indicar la dirección a Radovan, su hombre de confianza, la enviaba directamente al infierno, donde los demonios, esos tipos depravados que usaban su cuerpo causándole dolor, humillación y miedo, eran los dueños de su destino durante las horas que estaba con ellos.

Tanja salía de esos encuentros con marcas en el cuello hechas por manos cuyas uñas lucían manicura de salones exclusivos, cortes más o menos profundos causados por pequeños y afilados cuchillos, magulladuras debidas a los golpes recibidos, y un millar de erosiones imperceptibles, pero profundísimas, en el alma.

 

 

 

 

 

² Corazón, bonita, luz del cielo.

Eso sí, nunca le tocaban la cara. Se les daba instrucciones precisas sobre eso: prohibido devolverla con lesiones en la cara o con fracturas. Al día siguiente tendría que seguir cebando la caja registradora de Masnoće, y en caso de estar demasiado dañada, resultaría un producto sin valor. Amén de que cuando Masnoće la reclamaba en su cama, la quería con el aire de una virgen.

¡Qué ironía!

Al fin, Tanja decidió moverse, levantarse del banco de piedra en el que llevaba horas sentada, y caminar hasta el cuartel del clan Bursać, del cual Damir, su tío, más conocido como Masnoće, era el jefe.

No quería ir. No quería…

 

 

³ El gordo

 

Anduvo con pasos lentos en dirección a la calle Simina, tiritando de frío bajo el abrigo mojado. Hacía rato que había dejado de llover, aunque su ropa seguía empapada. El chaparrón la había pillado sentada en aquel banco del barrio Skadarlija, del cual no se había movido en horas. Las primeras gotas, gruesas y frías, se habían mezclado con su llanto, caliente y salado.

El pelo le goteaba como un tejado sin alero, las piernas le temblaban y el pecho le dolía igual que si le hubieran clavado un hierro candente. Pero no sólo le dolía la piel o la carne, no. El dolor abarcaba mucho más, era interior, profundo, y llegaba hasta un lugar que le resultaba imposible definir.

Por suerte había logrado esquivar la férrea vigilancia de Radovan, o Ludi⁴como le llamaban todos. Él y sus hombreseran losencargados de que las chicas cumplieran con lo que se esperaba de ellas en los prostíbulos y en las esquinas callejeras: vender sus cuerpos a los mejores postores y amontonar billetes para enriquecer a la familia Bursaċ que, en definitiva, era enriquecer a Masnoće.

Tanja no tenía claro cómo había acabado en brazos de aquella turista de nombre suave, aterciopelado. Aquella mujer de idioma extraño cuyas palabras podían llegar a sonar a puro amor.

¿Amor? ¿En serio pensaba en el amor? Qué sabía ella del amor, si solo conocía el dolor del sexo brutal, de las vejaciones, de las violaciones a las que era sometida diariamente.

Y, sin embargo, intuía que lo vivido la noche anterior seguramente se acercaba mucho al amor.

Se tapó la cara con las manos en un gesto de desesperación y, al hacerlo, tropezó con alguien.

—Lo siento... perdón —se disculpó con voz trémula.

Entre las rendijas que dejaban sus dedos, Tanja pudo distinguir las perneras de un traje y unos zapatos negros, lustrados y brillantes.

La joven levantó la vista. El miedo le cortó la respiración. Otra vez el miedo, su eterno compañero. Quiso dar media vuelta y echar a correr, pero no le dio tiempo. La manaza del tipo la atenazó por el brazo, impidiendo que se moviera.

 

 

⁴ El loco

 

—Ra... Radovan —tartamudeó.

Un coche oscuro paró a su altura, pegado a la acera. Radovan llevó a Tanja casi en volandas hasta él y la metió en el interior sin miramientos, empujándola contra el asiento trasero.

Luego se sentó a su lado.

—Arranca —ordenó al conductor.

El vehículo se puso en marcha, dirigiéndose hacia el Bulevar Bojvode Putnika.

Tanja tembló, y no por el frío de su ropa mojada. Era consciente que en poco más de quince minutos tendría que vérselas con su tío Damir, el implacable jefe del clan Bursaċ.

Apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. No notó que se abría la piel. Lo que sí notó fue una especie de bilis subiéndole por la garganta, así como un latigazo de terror acuchillándole el esternón.

No había vuelta atrás.

Un brusco temblor la recorrió de pies a cabeza.

 

Skadarlija, el barrio bohemio de Belgrado, bullía de gente a todas horas, pero era al anochecer cuando sus calles se llenaban realmente de vida. Los turistas pintaban de un colorido inusitado las terrazas de tabernas y restaurantes.

Las farolas se encendieron al paso de Amane por la calle Skadarska, camino del hotel en el que se alojaba. El mismo en el que había pasado la noche con aquella joven prostituta a la que había contratado por doscientos euros la hora, y que luego se había quedado hasta el amanecer. Y que, además, se había ido sin el dinero.

Tanja... ¿Sería ese su nombre real? Descubrió que no le importaba.

—¿Dónde te has metido? —dijo entre dientes.

Apenas la conocía de hacía unas horas, y ya la echaba en falta como si hubiera estado con ella media vida.

Inhaló con fuerza y los aromas que impregnaban el aire le abrieron el apetito. Olía a guiso de carne, a fritos y especias. Se paró delante de un restaurante del que salía una música alegrey briosa. Como no entendía los carteles, le dio igual el nombre del local. Entró y preguntó en inglés si disponían de mesa para uno.

Tuvo que esperar unos minutos antes de que la ubicaran en una coqueta rinconera, cuyo centro estaba adornado con un jarroncito lleno de flores frescas y una vela azul.

Tras cenar y disfrutar de la alegre música de violines y acordeones en directo, Amane se retiró a la habitación de su hotel. Necesitaba descansar. Llevaba todo el día de aquí para allá, sin rumbo, buscando a la muchacha de ojos tristes. No había tenido suerte y era consciente de que debía abandonar la búsqueda. A primera hora del día siguiente estaba obligada a coger un avión de regreso a casa y a su vida.

Aquel viaje había sido un paréntesis, una breve desconexión de la rutina.

Y una aventura en toda regla.

Una vez en el hotel, se dio una larga ducha con agua muy caliente, jabonándose despacio, disfrutando del momento. Luego se acostó y puso la tele. Como no entendía nada, la apagó y abrió el libro que estaba leyendo: El sueño de Valentine, de una autora donostiarra, Maite R. Ochotorena.

—Estoy como tú, Valentine. Yo tampoco sé qué quiero ser. No al menos, en este momento —se dijo en voz alta, echando hacia atrás la cabeza y cerrando los ojos.

Despertó al amanecer, con la espalda dolorida y el cuello agarrotado. El libro descansaba, cerrado, sobre el edredón.

Consultó su reloj de muñeca.

—¡Las seis y media! ¡No llego! —exclamó.

Su avión salía a las ocho y cuatro.

Metió a toda prisa lo poco que le quedaba de recoger en su vieja mochila, se aseó y bajó a recepción. No había nadie. Por suerte, la centralita de taxis atendía en inglés. Y eran competentes. A los cinco minutos estaba subida en un taxi camino del aeropuerto Nikola Tesla.

En cuanto se acomodó en el asiento trasero del coche, Amane exhaló un fuerte suspiro, liberando así toda la tensión acumulada.

Al menos iba a llegar a tiempo de coger su vuelo.

 

El Grand Coupé azul cobalto se paró delante de la puerta de la mansión Bursać. Tanja apretó los dientes con fuerza. La respiración se le aceleró y el corazón comenzó a latirle con fuerza. Vukasin, el más joven de los sicarios de su tío, abrió la puerta trasera y le ofreció una mano para que se apoyase. Tanja la rechazó con un gesto de la cabeza, apenas perceptible, y una mueca de labios temblorosos que no llegó a sonrisa.

No tuvo tiempo de reaccionar. Las piernas se le volvieron de gelatina, las rodillas le fallaron, la luz matinal se convirtió en oscuridad y se desplomó igual que una muñeca de trapo.

Despertó en una de las habitaciones de invitados. Una en la que ya había estado. Con un juez, si no recordaba mal. Tošić. Sí, eso, Željko Tošić. Sabía el nombre porque lo había visto en los diarios que recibía su tío cada mañana. Estaba escrito en letra pequeña al pie de una foto en la que aparecía el juez junto a su hija vestida de novia.

Seguramente su tío la había entregado aquella vez en pago por la “buena voluntad” del juez ante algún caso que implicaría a la familia Bursać. Así, de paso, lo tendrían comprado para el futuro.

La boca de Tanja hizo una mueca de asco sin que ella lo pretendiera. «Bueno, chica, por lo menos estás sola y tienes toda la cama para ti» se dijo, dando media vuelta bajo el suave y confortable edredón.

Un ligero sopor la estaba envolviendo cuando la puerta se abrió y entró Jelena, la doncella. Portaba una bandeja con bollitos, zumo y café, que dejó sobre la mesita de noche.

—Buenos días. Tiene mejor color esta mañana —dijo con una sonrisa amplia y sincera—. Menudo susto nos dio ayer.

Jelena era una mujer de formas generosas y cara rubicunda. Llevaba trabajando en la casa desde siempre. A Tanja le recordaba esas abuelas dulces que, a veces, veía pasear con sus nietos por la calle. Siempre la trataba con amabilidad, hasta casi con cariño podría decirse.

—¿Ya se ha despertado la consentida de la casa?

De pronto, el aire se cortó.

Tanja dio un respingo al reconocer la voz.

—Tía Milica... —balbuceó, a la par que todo su cuerpo se tensaba.

Le hubiera gustado desaparecer.

—Déjate de formalidades, mal bicho. Que a mí tú no me engañas. Lo que pretendes es vivir a cuerpo de rey a cuenta de la familia. Lo primero, yo no soy tu tía. Y lo segundo, no quiero serlo.

Mientras hablaba, Milica le quitó la bandeja a Tanja, que apenas había empezado a desayunar, y se la tendió a Jelena.

—Llévate esto —le ordenó—. Esta vaga lo que tiene que hacer es volver al trabajo para ganarse el pan que come.

Dos toques en la puerta hicieron volverse a Milica, a la que se le iluminó el semblante al ver a su marido.

—Querido... —empezó a decir.

—¡Déjanos! —fue la tajante respuesta de Damir Bursaċ.

—Pero...

Damir esbozó una sonrisa llena de cinismo.

—Que salgas... querida —pidió con una agresividad disfrazada de cortesía, borrando de inmediato la alegría del semblante de Milica.

Luego, dirigiéndose a la doncella, le hizo un elocuente gesto indicándole que volviera a acercar la bandeja a Tanja.

—A partir de ahora estarás bajo mi tutela personal. No volverás a pisar ningún local, ni saldrás sin mi permiso. Y ahora, come y recupérate. Tienes que estar fuerte para recibir la marca que voy a adjudicarte. Serás la única que la lleve. Puedes considerarla digamos... un regalo.

Dicho lo cual, Damir se dirigió a la puerta con evidente intención de salir del cuarto. Cuando estaba a mitad de camino, se giró exhibiendo una de sus mejores sonrisas.

—¡Ah! Casi se me olvida —se frotó la barbilla y luego metió las manos con estudiada indolencia en los bolsillos del pantalón—, la semana que viene nos vamos de viaje. Vete preparando la maleta —añadió.

Y se fue sin decir nada más, dejando a la joven perpleja. ¿Recibir la marca? ¿Qué había querido decir su tío con aquello?

Un ramalazo de inquietud atravesó el pecho de Tanja.

 

Damir Bursaċ perdió la sonrisa en cuanto atravesó la puerta del dormitorio. Estaba realmente cabreado con Tanja, pero no

podía castigarla sin castigarse a sí mismo. La amaba, tenía que reconocerlo. De una forma un tanto enfermiza y retorcida, pero la amaba. Por un lado, le gustaba hacerla sufrir entregándola a sus influyentes, adinerados y depravados clientes, sabiéndola víctima de sus caprichos. Por otro lado, le comían los celos imaginándola en brazos ajenos.

En Tanja habitaban las dos hermanas, la viva y la muerta. Vesna... La boca se le llenó de un sabor acre y pastoso.

«¡Ahora no!» se dijo. No era momento de recuerdos amargos, sino de acción. Después de todo, aún le quedaba Tanja. Se centraría en ella, y en lo que de Vesna había en su piel. No sin antes marcarla, quería que todo el mundo supiera a quién pertenecía. La primera, la propia Tanja. ¡Y vaya si iba a enterarse!

Se dirigió hacia su estudio con determinación, eliminados ya de su mente los malos momentos del pasado. En el pasillo estaba Milica, su esposa, con los brazos cruzados y el reproche a punto de saltar contra él desde sus bonitos ojos azules.

Era una belleza autóctona. Metro setenta y dos, cincuenta y cuatro kilos, melena rubia natural y curvas de derrape. Damir se sentía satisfecho con la elección. Resultaba muy decorativa en las fiestas y eventos. Además, le había dado un heredero. Y la niña, claro, su particular princesita...

—Tenemos que hablar —le abordó Milica.

—Dirás que tienes que hablar tú, querida —contestó él con sarcasmo.

—Quiero a esa putita fuera de mi casa.

Damir agarró la muñeca de su esposa y la apretó con fuerza a la vez que acercaba su cara a la de ella hasta casi rozarla.

—Me da igual lo que tú quieras. Y esta no es tu casa. Que te quede claro... querida.

El tono en el que se dirigió a Milica fue duro como una piedra. Notó con satisfacción que el reproche daba paso al temor en su envidiosa mirada. La soltó y siguió caminando por el pasillo como si nada.

—¡Estúpida mujer! —murmuró.

 

Cuando entró en el estudio, Radovan estaba esperando junto con otro hombre que no conocía, aunque sabía a ciencia cierta quién era.

—¡Ludi! —saludó a su hombre de confianza, llamándolo por su apodo y dándole una palmada en el hombro.

—Masnoće—respondió el otro con una corta y rápida inclinación de cabeza, un gesto casi militar.

—El señor Iñaki Agirre —presentó Radovan pronunciando el nombre con dificultad.

Damir saludó cortésmente a su futuro colaborador con un apretón de manos. Acto seguido le invitó a sentarse ante un opíparo desayuno.

«Hay mucha demanda de carne fresca en las capitales de ese país tuyo, y tú me vas a ayudar a distribuirla» pensó Masnoćemientras cogía una jarra con zumo de naranja, lo servía en dos copas y le tendía una a su invitado.

—Señor Agirre, creo que vamos a hacer grandes negocios juntos —le dijo en perfecto inglés con una aviesa sonrisa.

Por supuesto, pronunció mal el apellido.

Acto seguido, dio un gran bocado a un croissant y bebió un largo trago de humeante y espeso café.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Euskal Herria, febrero de 2012

Bilbao

 

El piso era precioso. Al menos, lo que podía ver desde la puerta se lo pareció. En primer término, el recibidor, muy coqueto con sus dos secreteres, uno de estilo chippendale y el otro con aspecto de mesita de noche alta. Completaban la decoración un espejo con marco de madera blanca, una sencilla lamparita de mesa y una alfombra redonda sobre la tarima. De frente, podía verse el arranque de un pasillo engalanado con un papel a rayas verticales blancas y marrones.

Pensó tontamente que su tía Milica habría estado encantada allí.Era una apasionada de las jaulas doradas su tía.

—¿Te gusta? —preguntó en tono alegre Damir.

Tanja no contestó. ¿A qué preso le gusta su celda por lujosa que sea? Entró a pasos cortos mientras recorría todo con la mirada llena de tristeza. ¡Había tanto lujo allí concentrado! Paredes tapizadas de papel pintado y tela, muebles de diseño; detalles de decoración de un gustoexquisito...

¡Dios! Debíanhaber costado más de lo que cualquier chica de los Bursaċ ganaría en toda su vida...

Ella no quería lujo, no quería cosas caras. En realidad, no quería estar allí. Ni en ningún sitio en el que se encontrase su tío.

—Pasaremos aquí una temporada, como ya te he explicado —volvió a tomar la palabra Damir—. Vuk te acompañará cuando salgas. Bueno, tú mejor le llamas Vukasin. No queremos demasiadas confianzas, ¿verdad? —cogió la cara de Tanja con las dos manos, como si sujetara un objeto delicado—. No debes ir sola a ninguna parte. ¿Lo comprendes? —la soltó y, dándole la espalda, sacó el móvil del bolsillo interior de su americana azul marino—. Ahora instálate y descansa. Luego vete a comprarte algo para la cena de mañana. Ah, y ponte la alianza —añadió sin prestar más atención a la muchacha.

Tanja observó a Damir. Ella ya no existía para su tío, que había desconectado de lo que le rodeaba y se dedicaba a sus cosas. Cuando la necesitase, la volvería a coger y a utilizarla como más le conviniera.

Se sintió sucia. Y vacía.

Que, además, la obligara a ponerse el anillo, era una forma de encadenarla, significaba que tendría que pasar por esposa de Damir durante el tiempo que él decidiera.

Sonrió tristemente. Había que mirarlo por el lado bueno. Por lo menos, sólo tendría que aguantar a un baboso.

Se dirigió por el pasillo al último dormitorio, el principal. Disponía de una enorme cama con cabecero blanco. La pared trasera estaba tapizada con un papel de fondo ocre oscuro; sobre él destacaban enormes y preciosas dalias blancas, totalmente abiertas mostrando su esplendor. El resto de las paredes tenía también ese tono ocre oscuro que servía de base a las flores.

Tanja inspeccionó el lugar sin mucha curiosidad. Tras una puerta descubrió un enorme vestidor dividido en dos zonas perfectamente diferenciadas a izquierda y derecha, con un corto pasillo central y sendos arcos peraltados de acceso. Ambas claves de bóveda presentaban grabadas iniciales bellamente cinceladas. Una «D» y una «T».

—Damir y Tanja. ¡Qué original...! —dijo en tono aburrido la joven mientras traspasaba el arco que daba entrada a su guardarropa; al fondo se abría una ventana y en el suelo, junto a ella, descansaba un espejo basculante de cuerpo entero, cuyas patas estaban rematadas con cuatro pequeñas ruedas. «Tendré que comprarme mucha ropa para llenarlo»murmuró abriendo y cerrando cajones, husmeando cada hueco.

Salió medio mareada del recinto. A continuación, abrió la puerta contigua a la del vestidor.

Se quedó sin habla.

—¿Qué te parece tu nuevo hogar? —preguntó Masnoće a su espalda.

Tanja no se movió, siguió contemplando en silencio el enorme baño y su ostentosa decoración.

Aquello le resultaba irreal.

Notó las grandes manos del hombre sobre sus pechos, los largos y fuertes dedos estrujándoselos con dureza, la boca succionando su cuello, la lengua lamiendo la raíz de su cabello, la saliva caliente y asquerosa mojando cada centímetro de su piel, desde la nuca hasta los hombros; primero uno, luego el otro.

No supo cómo fue que la cremallera de su vestido se abrió y la prenda se deslizó hasta el suelo. Enseguida se encontró desnuda. Quiso cubrirse, pero no le dio tiempo. Sus bragas desaparecieron de un tirón. Sintió que su tío la cogía de las caderas y la empujaba contra el lavabo, obligándola a doblarse de forma que sus nalgas quedaran expuestas.

Damir la sujetó con fuerza contra el lavabo y, metiéndole la rodilla entre las piernas, la forzó a abrirlas. Sin más preámbulos, la penetró brutalmente, haciendo que su cuerpo se elevara con cada envite y que su vientre se golpeara contra el frío mármol del sanitario.

En ningún momento se le ocurrió intentar zafarse, se dejó hacer sin oponer resistencia, el cuerpo fofo y la mente en blanco.

Había aprendido a hacerlo muy bien.

Años de práctica.

 

 

 

 

Desde el gran ventanal del salón, Damir Bursaċ observaba los jardines que se extendían a sus pies con la mandíbula tensa. El soberbio paisaje del Parque de Doña Casilda, conocido en la ciudad como el Parque de los Patos, por la gran cantidad de estos palmípedos que nadaban en sus lagos, le dejaba del todo indiferente.

La sensibilidad no era una de sus cualidades. Si lo hubiera sido, no se habría marchado sin una pizca de culpa o remordimiento tras haber forzado a su sobrina. Aunque sí se sentía molesto por la actitud fría y distante de ella. Podría demostrarle un poco de cariño, cuando menos. ¿Es que acaso no se daba cuenta de que la quería?

—Es mi forma de amar. Debería estar agradecida por lo que tiene —dijo para sí, pero sin darse cuenta que lo había hecho en voz alta.

Damir Bursaċ, Masnoće para sus hombres de confianza, jefe del clan mafioso más importante del noroeste de Serbia, era violento por naturaleza. Detrás de su apariencia afable, de su sonrisa afectuosa y sus ademanes suaves, se escondía la frustración del niño que había sido, del gordito que había sufrido las burlas de los otros niños. Y no solo las burlas, también se había llevado más de una paliza de los chulitos del barrio y del colegio, que eran los mismos.

Ya no le importaba que le llamasen Masnoće—elgordo—porque ni era gordo ni los que le llamaban así se burlaban de él; muy al contrario, le temían. Las tornas habían cambiado.

Se apartó de la ventana en el momento que Radovan entraba en la estancia.

—¿Qué opinas de Vuk? —preguntó Masnoćesin rodeos.

—Es perro fiel.

—Entonces, ¿le puedo confiar a Tanja?

—Sí —fue la parca respuesta de Radovan.

—Bien. Quiero que esta tarde la acompañe a comprase un vestido para la fiestecita de mañana. Nada excesivo, ya me entiendes —Radovan asintió sin abrir la boca—. Si lo hace bien, le encargaré su cuidado mientras estemos aquí —Masnoće, sin razón aparente,mostró unasonrisa maliciosa—. Mantenlo vigilado los primeros días, por si no entiende que se ve, pero no se toca —concluyó.

A Radovan le brillaron los ojos.

—Claro... —dijo nada más, haciendo una leve inclinación de cabeza, gesto típico de él, muestra de respeto y sumisión hacia su jefe.

Masnoćese olvidó de él en cuanto atravesó la puerta, volviendo de nuevo a sus cavilaciones, en las que Tanja se inmiscuía constantemente.

Por desgracia, no era solo la imagen de Tanja la que le inquietaba. En los últimos tiempos, el persistente recuerdo de Vesna lo perseguía allá donde fuera. En sueños y despierto, daba igual. Tanja se estaba convirtiendo en Vesna. Y Vesna volvía a la vida a través de Tanja. «Tengo que hacer algo para acabar con esto» se dijo enfadado, más consigo mismo que con la muchacha.

Bueno, también con ella.

Se dirigió al mueble camarero y se sirvió una generosa copa de Four Roses.

Sabía que bebiendo lo único que conseguiría sería recrudecer su violencia con Tanja, vengándose así en ella por la pérdida de Vesna, castigándola por el maldito parecido entre ambas. Le daba igual.

O tal vez, le dolían demasiado los recuerdos.

Vesna tirada en el suelo con el pecho abierto, su cuerpo menudo convulsionando sobre un charco de su propia sangre. Vesna apagada. Los preciosos ojos negros de Vesna mirándolo asombrados desde la inmovilidad de la muerte. Y él quieto, parado frente a ella, sin comprender por qué había disparado.

Pero la auténtica verdad era que la había asesinado, y que nada ni nadie podría cambiar ese hecho.

El recuerdo de Vesna siempre lo acompañaba.

Cada segundo de su condenada vida.

 

 

Desconocía el tiempo que llevaba sentada junto al lavabo. Tampoco le importaba. Tenía los brazos agarrotados por la fuerza con la que se abrazaba las rodillas contra el pecho. El frío del suelo le penetraba por la piel, congelaba sus venas, le atería el alma.

Pasó mucho rato dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas como goterones de tormenta, culpándose por no haberlo visto llegar, por permitir que sucediera otra vez.

Se sentía sucia y miserable.

Como siempre. Nada nuevo.

Temblando de frío e impotencia, se levantó muy despacio. El espejo le devolvió la imagen de una chiquilla asustada, cuyos ojos oscuros destilaban una tristeza infinita y profunda. «¿Esa soy yo?» se preguntó.

—Esa eres tú, Tanja —se respondió en voz alta.

«Una de todas las Tanja que habitan en ti» añadió en silencio.

La bañera estaba justo en el centro, entre una plataforma con mullidos cojines y una repisa con dos lavabos. Al fondo, escondidos detrás de una ducha de hidromasaje, se encontraban dos cuartitos con sendos inodoros. El colmo del absurdo. Falso pudor.

Abrió el grifo del agua caliente. Al poco, el vaho inundó el espacio, y el agua llenó el níveo receptáculo de granito.

Había media docena de toalleros sujetando otras tantas toallas, y dos albornoces. Todo ello de un blanco inmaculado. Igual que las baldosas de paredes y suelo. A Tanja le entraron ganas de reír. ¡Cuánta blancura!

No se rio. Lo que hizo, en cambio, fue sumergirse en el agua caliente. El borde de la bañera era ancho y sobre él descansaban jaboneras con pastillas de champú y gel,dispensadores de espumas de baño y aceites corporales de diversos aromas; además de un surtido de cestillos de mimbre con sales de distintos colores.

Tanja volcó el contenido de uno de los cestillos y permitió que el agua siguiera corriendo hasta cubrirle el cuerpo. Cerró los ojos y estuvo un buen rato inmóvil, sintiendo los latidos de su corazón, aquietados ya después del horror.

Cuando notó que el agua comenzaba a enfriarse, se jabonó despacio empezando por la coronilla. Se masajeó con suavidad el cuero cabelludo. Al llegar a la base de la nuca, justo donde finalizaba el pelo, sus yemas rozaron la piel arrugada. Se sobresaltó, a pesar de saber que la cicatriz estaba ahí.

Su tío Damir la había marcado como a una res. Todavía tenía metido en la nariz el tufillo a carne quemada, y le resultaría difícil olvidar el dolor que sintió al contacto del hierro candente contra su piel.

Volvió a pasar los dedos por la quemadura. Al tacto no se podía saber si era un emblema o qué exactamente. Pero Vukasin, el artífice de la «obra de arte», le había dicho mientras presionaba el sello sobre su cuello:

—La B, de Bursać.

Ese día había «recibido la marca», tal y como le dijo su tío una vez consumado el recién estrenado ritual. ¿Masnoće lo continuaría con otras? Tanja no estaba segura. Le había dicho que iba a ser la única, pero nunca se sabía…

Una res de pura sangre. Eso la consideraban.

—Jamás olvides a quién perteneces —había añadido el cabecilla de la familia Bursać.

Y no había dicho «a qué clan», si no «a quién». La conclusión quedaba clara: Tanja era propiedad de Damir.

Dos golpes en la puerta la sacaron de su abstracción, y la voz de su tío la devolvió al presente de forma brusca.

—¡Date prisa! Tienes que salir a comprarte un vestido. Vuk te espera en el coche.

No dijo más. Tanja escuchó cómo sus pasos se alejaban y respiró aliviada. Salió de la bañera de inmediato, se secó lo más rápido que pudo y buscó en sus maletas qué ponerse. Al fin, se vistió con unos tejanos, camiseta y suéter, calzándose unas sencillas botas bajas. Cogió el bolso y la primera parka que encontró entre su equipaje y salió. No se molestó en maquillarse. Para qué.

La casa estaba en total silencio cuando Tanja atravesó el pasillo y salió por la puerta principal. Vuk, en efecto, ya la esperaba.

Al ver al esbirro causante de la cicatriz de su cuello apoyado en un pequeño Mercedes blanco, a Tanja le temblaron las piernas.

 

De pronto, sintió la imperiosa necesidad de fumarse un cigarrillo. Y estampar la colilla ardiente contra el ojo de aquel bruto.

 

 

 

 

Damir tamborileó impaciente en el brazo del sofá. Para entretenerse sacó un purito de la caja que había sobre la mesa de centro y lo encendió. Sabía que a Tanja no le gustaba el olor a puro, pero le dio igual. ¡Que se hubiera dado más prisa en prepararse!

—¡Maldita sea! ¿Vas a terminar de una vez?

En ese momento, una impasible Tanja entró en la sala.

—Ya estoy —dijo casi sin abrir la boca.

Damir se quedó boquiabierto. La belleza indómita de la muchacha le sorprendió de nuevo, como siempre que la observaba con detenimiento. Llevaba una falda larga de color negro, abierta en el lateral izquierdo hasta el muslo; la había combinado con una blusa de encaje blanco que tenía perlas en las mangas y un escote en uve en el que daban ganas de bucear. La melena castaño oscuro le caía en mechones rebeldes a los lados de la cara, por encima de los hombros. Apenas llevaba maquillaje. En realidad, no lo necesitaba.

Se la habría tirado allí mismo, en ese instante. Sin embargo, se aguantó las ganas. No era el momento. La cogió por el brazo y la acercó hacia él, mirándola a los ojos fijamente. ¿Había desafío detrás del marrón café de aquellos iris?

—¿Qué me ocultas? —inquirió con dureza.

—Pregúntale a Vukasin. Me sigue a todas partes —fue la respuesta de la chica.

El temido Damir Bursać pasó del deseo más ferviente al cabreo absoluto. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retorcerle el brazo. Apretó los labios hasta que fueron una fina línea, un rictus colérico que le caracterizaba.

—Está bien, vamos ―dijo.

Salió delante, dejando muy claro en qué posición la quería a ella. Hizo lo mismo al subir a la limusina. Una vez Tanja hubo entrado en el vehículo, Radovan cerró la portezuela.

El silencio hizo suyo el habitáculo desde el primer momento, nadie dijo una palabra en todo el trayecto. A Damir no le importó, prefería la gente callada a la parlanchina. «Hablas por no callar» le decía muchas veces a su esposa cuando se empeñaba en contarle nimiedades absurdas con todo lujo de detalles. Desconocía si Milica tenía alguna cualidad, pero desde luego, la de la moderación no era una de ellas.

La limusina se detuvo al cabo de poco más de media hora delante de una gran puerta de madera. Radovan abrió la ventanilla y pulsó el timbre del video portero.

Cuando la puerta empezó a abrirse, Damir se giró hacia Tanja y la miró como si se hubiera dado cuenta en ese momento que estaba a su lado. La cogió por la muñeca con fuerza.

—No quiero tonterías, ¿entendido? —dijo con voz dura. Tanja asintió en silencio—. Ahí dentro habrá quien se crea que eres igual que las otras, y no lo eres. Me perteneces a mí. ¿Está claro?

Entonces Tanja lo miró. Damir creyó volver a ver el desafío en el fondo de sus ojos, algo que encendió el enfado en su pecho.

—¿Entendido? —insistió, con más rudeza si cabe.

Tanja le mantuvo la mirada.

—¿Por qué la mataste?

La pregunta le llegó a Damir como un puñal clavándosele en la espalda. A traición. Levantó la mano con la intención de abofetear a la chica, pero se contuvo y encerró toda la ira que sentía dentro de su puño.

—Hablaremos a la vuelta —dijo.

La limusina paró suavemente delante de la entrada principal de la mansión y Damir se apeó. Cuando, una vez dentro de la casa, estrechó la mano de Iñaki Agirre, ya había decidido que le dejaría saborear el cuerpo de Tanja. Se la entregaría después de la cena.

«Te vas a enterar tú de quién manda aquí, zorrita estúpida» se dijo, a sabiendas de que los gustos de su anfitrión tendían a la violencia extrema con las chicas.

Sería su peculiar venganza.

 

 

III

 

 

Euskal Herria, abril de 2014

Bilbao

 

La tarde comenzaba a languidecer bajo un cielo cargado de pequeñas y dispersas nubes. La luminosidad amarillenta de las farolas de hierro repujado confería a la calle una suerte de ambiente nostálgico que lo abarcaba todo.

Tanja levantó la mirada hacia la placa con el nombre y leyó en voz baja:

—Belostikale.

Sonrió para sí. El idioma de los vascos le parecía muy atractivo, seguramente porque le recordaba a Amane. Puede que le plantease a Damir recibir algunas clases particulares para aprenderlo. Sería su especial forma de tener un poco de ella.

En los más de dos años que llevaba en Bilbao, Tanja no había salido casi nunca de la zona de Indautxu, donde estaba ubicado el piso. Damir no se lo permitía. De hecho, esa era tan solo la segunda vez que iba por aquella parte de la ciudad.

—Prométeme que no hablarás con absolutamente nadie, pase lo que pase —le había exigido Damir al rogarle ella que la dejara ir de compras a las siete calles.

—Te lo prometo, de verdad —había sido su contestación.

Entonces, Damir le había acariciado la mejilla dulcemente y, mirándola a los ojos con ternura, había añadido:

—Es por tu seguridad. Lo sabes, ¿verdad?

Ella había hecho un movimiento afirmativo de cabeza.

Su seguridad... A Damir le importaba bastante poco lo que le pudiera ocurrir, siempre y cuando lo decidiese él. La consideraba un objeto de su propiedad. Punto.

Todavía recordaba con horror el día que, nada más llegar a la ciudad, la había entregado a su nuevo socio. Un tipo sádico, refinado causando dolor. Imposible olvidar su nombre. Agirre. Jamás podría borrarlo de su memoria. Parecía un señor respetable, aristocrático incluso. Nada más lejos. Todo fachada.

«No le des más vueltas. Lo pasado, pasado está» se dijo.

Tanja no quería desaprovechar la tarde, pensaba recorrer toda la zona antigua de Bilbao, caminar por sus calles, visitar sus monumentos, observar a sus gentes...

Se había calzado unas zapatillas deportivas y vestido un pantalón ancho y un suéter grueso. Además, había cogido un impermeable por si acaso; si alguna cosa había aprendido Tanja era que en Bilbao podía llover en cualquier momento, salir un día soleado y terminar la tarde con nubes y chaparrones. O con esa lluvia fina muy típica, que los lugareños llamaban zirimiri.

Al ver que Vuk cogía las llaves del coche, Tanja se había negado.

—Prefiero ir andando.

 

 

 

 

Desde que habían salido del piso, Vuk no se había separado de ella en ningún momento.

Nada nuevo.

Tanja miró con disimulo hacia atrás. Allí estaba, a dos pasos, casi rozándola. Le dieron ganas de echar a correr y

escabullirse entre las callejuelas que, como un laberinto, conformaban el Casco Viejo bilbaíno. No lo hizo. Era absurdo intentar escapar a la vigilancia del perro guardián.

No podía.

Lo que sí podía hacer era tomarse un café. O una copa de vino. Sí, mejor una copa de vino.

Dudó entre volver sobre sus pasos y entrar en un cafecitoque había visto, o seguir caminando y buscar un local más típico, uno de esos con la barra llena de elaboradas y exquisitas tapas.

Se le hizo la boca agua solo de pensarlo.

De pronto, se encontró con el final de la calle. Debía decantarse entre seguir a izquierda o a derecha. Optó por la izquierda. Buscó la placa en la esquina de la primera casa. «Done Jakue Karrera» leyó para sí; y luego, el nombre en castellano, idioma que empezaba a comprender: «Carrera de Santiago».

—¿Por qué tendrán los vascos la manía de poner los nombres en dos idiomas? —caviló, sin darse cuenta de que lo había hecho en voz alta, y en serbio, claro.

—Porque no acaban de decidir lo que quieren ser realmente —respondió Vuk a diez centímetros de su espalda.

Casi pudo notar el aliento del hombre en la coronilla. Ni se preocupó en contestar, aunque no pudo evitar pensar en la lengua serbia y en la albanesa, que continuaban conviviendo en Serbia pese a todos los conflictos, incluida la guerra por Kosovo. Cuestión de identidades. Cuestión de qué pueblo debe detentar el derecho sobre una tierra, si los autóctonos o los colonos invasores. Al final, siempre es el más fuerte el reconocido por el resto del mundo como dueño legítimo.

Falsedades convenientes.

Por un momento, Tanja se sintió turbada por sus propios pensamientos. Peligrosos pensamientos. Intentó no dejarlos traslucir y procuró seguir caminando como si nada.

Anduvo sin rumbo fijo durante un rato, leyendo los nombres de las calles en cada placa que se iba encontrando. Hasta que llegó a una plaza cuadrada. Vuk, detrás, siempre detrás, vigilante incansable, se paró cuando ella se detuvo frente a la puerta de un bar situado en una de las esquinas. Sobre la puerta, un cartel rezaba: Gure Toki.

Del interior salían voces y risas. Alegría contagiosa. Tanja entró y comprobó que no cabía un alfiler.

No sabía qué hacer. Quería disfrutarlo todo a la vez.

—Voy primero —dijo Vuk, apartándola.

—¡De eso nada! Voy yo —contestó ella, envalentonada por el ambiente.

Vuk se apartó y le dejó paso; sin embargo, la contrariedad se reflejó en su rostro de frialdad marmórea.

A Tanja le costó mucho avanzar, tardó un buen rato en recorrer el espacio que había hasta el mostrador repleto de tapas. La gente se agolpaba ya desde la acera y antes de acceder a la entrada había que pelear con los grupitos de personas que, copa de vino en mano, charlaban animadamente. Para llegar hasta la barra, Tanja tuvo que dar unos cuantos empujones y aguantar más de un pisotón. A Vuk, su enorme corpachón le facilitaba las cosas.

Al fin, la muchacha consiguió su objetivo; aunque lograr que la atendieran fue otra cosa.

La mano de Vuk, con su muñeca adornada por un sencillo, pero lujoso reloj de oro, se apoyó en el borde de la barra, casi rozando el codo de Tanja.

—¿Qué quieres tomar? —le preguntó el guardaespaldas, mirándola desde su más de metro noventa.

Ella no le hizo caso. «¡Déjame en paz!» pensó. Y se volvió para otro lado, intentando obviar el calor que desprendía el cuerpo de su carcelero. Lo tenía tan cerca que las pieles de ambos casi podían tocarse. ¿Qué pasaría si ella le agarraba el «paquete»? ¿Admitiría el juego o iría corriendo a chivarse al jefe? Tanja no contestó a semejantes cuestiones. De hecho, se olvidó totalmente de ellas ante la vista del perfil de nariz recta y pómulos prominentes que le había parecido ver enfrente, a unos cuatro o cinco metros, entre un bosque de rostros variopintos.

Se quedó mirándolo fijamente. Su corazón, más sabio que su memoria, lo reconoció al instante y comenzó a latir sin mesura. Su mente tardó algo más en darse cuenta de quién estaba a pocos pasos.

¡Dios! El primer impulso fue lanzarse a sus brazos. El segundo, disimular.

Hizo caso al segundo.

 

 

 

 

 

Siempre que quedaba los jueves con Kotte iban a la Plaza Nueva.Empezaban y terminaban en la misma esquina, de forma que hacían el recorrido por todos los bares del cuadrante que conformaba la plaza. Iban de pintxo-pote.

—Bi ardo beltz, onduak eta bi arrautza onddoekin⁵—pidió Kotte en euskera con su resonante vozarrón, que no casaba con su aspecto de niño grande.

Kotte nunca le preguntaba qué quería ella, lo sabía de sobra.

—¿Qué pasa si no quiero huevo poché?

Kotte rio de buena gana.

—Amane, ¡no me jodas! ¿Ya estás con tus metafísicas?

—No tiene nada que ver con la metafísica. Es una simple pregunta, el planteamiento de una posibilidad que tú ni siquiera has contemplado. En serio ¿Qué pasa si un día no quiero huevo poché y tú ya me lo has pedido?

La mirada de Kotte no dejaba lugar a dudas.

No pensaba seguir con el tema.

—Pues te lo comes y san se acabó —contestó sacudido por la risa—. Eres de lo que no hay —añadió mientras cogía su vino y su pintxo y se dirigía a la salida—. Vamos a fumar, ¡anda!

Amane agarró su consumición y le siguió. No había dado ni dos pasos cuando un empujón le derramó parte del vino, y a punto estuvo de hacer que se quedase sin huevo poché.

—¡Mecagoenlapu...!

No terminó el exabrupto. Se le quedó pegado al paladar, agarrado entre los dientes, que apretó como si en ello le fuera la vida. Y no era para menos. La sorpresa la había dejado sin habla, además de haber activado todos sus sistemas de alarma. La culpa la tenían los ojos de la chica que estaba detrás del tipo del empujón. Esa mirada... Tan conocida como añorada, a pesar de no haberla visto sino unas pocas horas en toda su vida.

Abrió la boca para decir el nombre que empujaba el aire en su garganta, ese que llevaba grabado en su piel desde una noche de hotel en Belgrado hacía ya demasiado tiempo. Pero la cerró de inmediato al leer la alarma en las pupilas marrones de la chica.

 

⁵ Dos crianzas y dos huevos con hongos.

 

De pronto, tuvo un ramalazo de lucidez y supo quéhacer.

—¡Kotte! —llamó a su amigo alzando la voz por encima del griterío y, cuando él se volvió para responder, le plantó copa y bandeja de pincho en las manos, a la vez que decía bien alto y en inglés, para asegurarse de ser oída y entendida—: ¡Me meo un montón! Voy al baño.

Sin pensarlo dos veces, Amane dio media vuelta y empezó a sortear cuerpos en dirección a los lavabos, dejando atrás a un Kotte estupefacto y que a duras penas estaba consiguiendo salvar del desastre total la inesperada carga de sus manos.

 

 

La inquietud y el temor recorrieron las venas de Tanja al ver el reconocimiento en los ojos de la mujer. Luego, por un brevísimo instante, notó cómo la pasión ponía su sangre en ebullición, pero en seguida pasó a sentirse culpable por ser tan cobarde.

Todo ello se trituró y amasó dentro de la batidora que era la cabeza de Tanja en poco más de cinco segundos. Se sintió mareada. De improviso, el intenso olor a comida, mezclado con el del sudor de la gente y, además, el del tabaco que entraba de la calle, le produjo náuseas.

Apenas le había dado tiempo de asimilar la vorágine de emociones cuando Vuk se volvió hacia ella, la agarró del brazo y la obligó a dirigirse hacia la salida.

El estómago revuelto de Tanja le gritaba auxilio. Ella no podía hacer nada, salvo cerrar la boca con fuerza para no soltar el vómito allí mismo.

Mientras se dejaba arrastrar por Vuk, la vida que había llevado hasta ese momento comenzó a pasar por delante de sus ojos fotograma a fotograma. No veía otra cosa. Eran momentos concretos: el cuerpo de Vesna lleno de sangre, la primera vez que la violó Damir, aquel cliente que a punto estuvo de matarla mientras jugaba a asfixiarla, el olor a carne quemada cuando la marcaron como a una vaca, los labios de Amane susurrando amor en un idioma extraño, dándole un placer jamás soñado.

Amane...

No podía dejar que se le escapase semejante oportunidad. Tal vez no volviera a presentarse otra igual. Las náuseas la ayudaron en la difícil encrucijada. Una arcada le hizo ponerse la mano en la boca, además de proporcionarle la excusa perfecta.

—Vukasin, tengo que ir al baño o vomitaré aquí mismo —murmuró abriendo un poco los dedos para que se le entendiera.

—Sí, sí, claro, vamos —se apresuró a contestar Vuk, a la par que dejaba su copa sobre una mesita atiborrada de menaje.

—¡No! ¡Voy sola! —ordenó Tanja frenándole con la palma extendida a modo de stop.

No se fijó en la cara de desconcierto del esbirro. En realidad, no le importaba un comino cómo se sintiera Vukasin —lo llamaba así no por la orden de su tío, sino porque siempre llamaba con el nombre completo a los secuaces que la rodeaban, jamás por el apodo ni el diminutivo; se negaba a esa confianza—.

Al llegar al lavabo no le quedó más remedio que empujar la puerta y entrar en tromba, el líquido amargo le llenaba la boca. Vio de refilón, según pasaba, a dos chicas que se lavaban las manos, pero no había rastro de Amane. Se encerró en el pequeño cubículo justo a tiempo de agacharse encima del inodoro y liberar su estómago de la ingrata carga.

Dos golpes en la puerta la sobresaltaron.

—Tanja ¿estás bien?

¿Vukasin?

—¡Eh, vete a tu váter tío! —dijo una chica al otro lado.

—Estoy bien. Espérame fuera, Vukasin, enseguida salgo —voceó ella para tranquilizar a su matón personal y así evitar posibles altercados.

Aguardó un rato antes de salir. Cuando lo hizo, Amane estaba allí, con la ilusión bailando en sus retinas azules y una sonrisa apenas dibujada en sus labios. Se la veía serena. Parecía ser dueña de la situación.

Ante la visión de su antigua y fugaz amante, Tanja sintió que nada tenía importancia salvo ellas dos, que el resto del mundo se desdibujaba y desaparecía.

 

Su boca, pastosa por el vómito, le restaba magia a la escena, aunque era algo secundario.

Las dos frente a frente, silenciosas, con el universo fluctuando a través de ambas, con todos los sistemas planetarios como satélites a su alrededor y toda la energía existente llenando el espacio entre el pecho de una y el de la otra.

Únicamente ellas. Amane y Tanja.

Una grieta en el miedo.

 

 

 

Hacía lo posible por no moverse, intentando no pensar en nada, como siempre. Sentía los envites de Damir y su respiración, que sonaba como si estuviera sorbiendo mocos. Cada vez le daba más asco, sobre todo cuando llegaba a su cama totalmente borracho, como esa noche.

Se creía un gran amante y no era más que un desgraciado con un cacahuete por polla.

En cuanto Damir se apartó, Tanja se volvió de costado dándole la espalda. Durante un rato se hizo la dormida, atenta a cada uno de sus movimientos. Esperó todavía un poco más, a pesar de que sus ronquidos indicaban que estaba dormido; cuando estuvo totalmente segura, se levantó de la cama con sumo cuidado y se dirigió a la cocina.

La nevera estaba siempre llena de caprichos gastronómicos que ella ni siquiera pedía, Damir se los compraba. Debía de creer que con esos gestos la tendría contenta. ¡Qué imbécil!

Aunque, ya que estaban allí, no era cuestión de desaprovecharlos, ¿verdad? Se sirvió un trozo de pastel vasco de chocolate y se preparó una infusión de caléndula. Acto seguido, se sentó a la mesa de la cocina dispuesta a disfrutar de su particular banquete. Una vez hubo terminado el pastel, salió al balconcillo con la taza caliente entre las manos.

Tanja dejó vagar su vista por el cielo, iluminado por innumerables estrellas. Abajo, la ciudad latía ralentizada por el descanso de las almas que la habitaban; respiraba tranquila, al margen del desconsuelo que a ella le oprimía el corazón. Admiró el espectáculo sintiendo que era tristemente hermoso.

Una ráfaga de aire frío revolvió la larga melena de la muchacha, que se arrebujó en su bata de felpa. Tenía frío, pero no quería entrar en la casa. Prefería quedarse allí, notando el frescor nocturno, haciendo planes, saboreando con antelación las caricias y los besos de Amane. En unas pocas horas llegaría el martes, y con él, la dicha absoluta. El martes significaba dejar atrás el miedo por un rato y llenarse de lo que no había tenido nunca: libertad, placer, amor...

Había sido una magnífica idea encontrarse cada martes en el salón de belleza. ¿Qué mejor tapadera? Damir jamás sospecharía que su peluquera tenía un altillo en el salón, nunca adivinaría que se reunía allí con su amante. De hecho, no descubriría ni en un millón de años la existencia de Amane.

—¿Qué haces aquí?

La voz de Damir la sobresaltó.

—¡Huy! —exclamó Tanja dando un respingo.

Damir le cogió la taza y, dejándola sobre la mesita, tomó sus manos.

—Estás helada —dijo con una sonrisa casi afectuosa—. Anda, vuelve a la cama.

Tanja se dejó llevar. Seguramente su tío volvería a violarla.

No le importaba. En unas horas volaría libre a lomos del verdadero amor.

La imagen de Amane la reconfortó, templó su ánimo. De esa forma, el frío del ambiente no pudo penetrarle el alma.

A las seis en punto de la tarde, Tanja se bajó del Mercedes que Damir había comprado para ella al llegar a Bilbao. Aunque no lo conducía nunca. Para eso estaba Vuk. En realidad, Vukasin estaba para todo; para vigilarla, para cuidarla, para llevarla aquí o allá, para... para tenerla prisionera…

—¡Mierda! —exclamó.

Hubiera preferido ir a pie; al fin y al cabo, apenas había quince minutos de paseo hasta el salón de belleza, pero Damir siempre se empeñaba en que la llevase Vuk en el coche. Cada día que pasaba acotaba más su espacio, apretaba un poco máslas cadenas que la mantenían amarrada a él. «¡Maldito Damir! ¡Y maldito Vukasin!» masculló.

No quería encontrarse con Amane estando enfadada, así que se detuvo frente al escaparate del local mientras respiraba profundamente para tranquilizarse.

El salón de belleza Ekialde estaba regentado por Garai, una magnífica mujer de carácter enérgico, aunque de una afabilidad poco común. Conocía a Amane desde el colegio y ambas mujeres disfrutaban de una amistad sana y fuerte, a prueba de cualquier crisis. Esa era la impresión que tenía Tanja, al menos.

En cuanto atravesó la puerta del local, Garai, que estaba tras el mostrador de recepción, se acercó y la abrazó con afecto.

—Hola preciosa —la saludó.

Tanja, sin decir palabra, apretó con suavidad el brazo de la mujer en señal de gratitud. La agitación le impedía hablar.

Garai entendía lo que le pasaba, sabía a la perfección las emociones que habitaban su corazón. De forma escueta, pero lo habían hablado en más de una ocasión en los casi cuatro meses que Tanja llevaba visitando el centro de belleza.

—Ve con ella,te está esperando... —dijo Garai nada más.

Tanja subió la estrecha escalera de caracol que comunicaba el almacén del salón con un pequeño apartamento. Garai, al abrir el centro de belleza hacía ya ocho años, había adquirido también la vivienda y la había unido al negocio por medio de dicha escalera.

Tanja y Amane se reunían all