Un invierno - Fernando Royuela - E-Book

Un invierno E-Book

Fernando Royuela

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¿Cuál es la verdad de una obra literaria? ¿Dónde se traza la línea que separa la experiencia vivida de la ficción? Estas preguntas clásicas sirven como punto de partida para un sugestivo juego literario en torno a Un invierno en Mallorca, el libro en el que la escritora George Sand relató su estancia en la isla junto a Fréderic Chopin durante el invierno de 1838. Fernando Royuela recrea con ironía y elegancia los paisajes románticos que Sand y Chopin habitaron, y los momentos que compartieron con destacadas personalidades de su época, como Franz Liszt, Prosper Mérimée, el poeta Alfred de Musset o la mezzosoprano de origen español Pauline Viardot. Un invierno es una aventura pasional, repleta de trampas literarias, pero también una crítica mordaz al pensamiento dominante, y en última instancia, una meditación sobre los desencuentros afectivos y la fugacidad del amor. Una novela diferente, rebosante de belleza que dejará un poso de sonrisa en el lector. «Todo esto antes era Inteligencia Artificial. Ahora es Fernando Royuela a sangre y fuego en una obra maestra sobre las pasiones románticas». Javier Pérez Andújar

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Seitenzahl: 351

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Fernando Royuela

Fernando Royuela (Madrid, 1963) es un escritor cuyas obras destacan por la originalidad de sus planteamientos narrativos, su humor inteligente, y su mirada mordaz.

Ha publicado las novelas El prado de los monstruos (Lengua de Trapo 1996), Callejero de Judas (Lengua de Trapo 1997), La mala muerte (Alfaguara 2000, Premio Ojo Crítico de RNE a la mejor novela del año), La pasión según las fieras (Alfaguara 2003), Violeta en el cielo con diamantes (Alfaguara 2005), El rombo de Michaelis (Alfaguara 2007), Cuando Lázaro anduvo (Alfaguara 2012, Premio Estado Crítico a la mejor novela del año) y La risa final (Harper Collins 2018).

Es también autor del libro para niños Lo que comen los ratones (Alfaguara 2007), ilustrado por Fernando Vicente y del libro conmemorativo de los 100 años del hotel Palace de Madrid De Madrid al Palace (Sins Entido 2012), también ilustrado por Fernando Vicente.

Un invierno

¿Cuál es la verdad de una obra literaria? ¿Dónde se traza la línea que separa la experiencia vivida de la ficción?

Estas preguntas clásicas sirven como punto de partida para un sugestivo juego literario en torno a Un invierno en Mallorca, el libro en el que la escritora George Sand relató su estancia en la isla junto a Fréderic Chopin durante el invierno de 1838.

Fernando Royuela recrea con ironía y elegancia los paisajes románticos que Sand y Chopin habitaron, y los momentos que compartieron con destacadas personalidades de su época, como Franz Liszt, Prosper Mérimée, el poeta Alfred de Musset o la mezzosoprano de origen español Pauline Viardot.

Un invierno es una aventura pasional, repleta de trampas literarias, pero también una crítica mordaz al pensamiento dominante, y en última instancia, una meditación sobre los desencuentros afectivos y la fugacidad del amor.

Una novela diferente, rebosante de belleza que dejará un poso de sonrisa en el lector.

«Todo esto antes era Inteligencia Artificial. Ahora es Fernando Royuela a sangre y fuego en una obra maestra sobre las pasiones románticas»

Javier Pérez Andújar

Un invierno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COLECCIÓNLas Hespérides

fernando royuela

Un invierno

 

 

 

 

 

 

ESLES DE CAYÓN2026

© Fernando Royuela

c/o Dos Pasos Agencia Literaria

Madrid, enero 2026

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Diseño de cubierta: Patricia Romero para La Huerta Grande

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-18657-85-6

Creación del ePub: booqlab

Habíamos calificado a Mallorca con el nombre de isla de los monos porque viéndonos rodeados de estos animales, hipócritas, pillastres, y sin embargo inocentes, nos habituamos a guardarnos de ellos …

George Sand. Un invierno en Mallorca.

La vida pasa, los años vuelan, nosotros somos la causa de nuestra propia desgracia. El alma inmortal pervive mientras que, en esta vida, el amor es como el fuego, solo humo.

Transit Aetas. Juditha Triumphans.Antonio Vivaldi y Giacomo Cassetti.

Para George Sand no se trata tanto de viajar como de partir. Partir para sanar. La escritora concibe el viaje como una experiencia curativa. ¿Quién de nosotros, dice, no tiene algún yugo que sacudirse o algún dolor que olvidar?

Sacudirse yugos es una imagen un tanto agropecuaria que avisa de un mundo sedentario e invariable, el mundo de su infancia en Nohant, la hacienda de su abuela paterna en la antigua provincia francesa del Berry. El hombre subyugado a la tierra y la mujer subyugada al hombre. La rutina reproductora funda la civilización y la hace prosperar. Pero Sand se libera del doble yugo que le unce y sale de viaje para Mallorca. Ansía encarnar ese espíritu de libertad que el romanticismo promete. Huye de la tiniebla y busca la luz. Parece contradictorio en una romántica, pero no lo es.

El sol cauteriza las heridas y disuelve la enfermedad: la de su hijo Maurice, la de su amante macilento, Frédéric Chopin. No se trata de una renuncia sino de una aspiración. Al sosiego, a la felicidad. Está en su derecho, como también lo está en decir que si fueron los viajeros ingleses los que popularizaron Chamonix un siglo atrás, ha sido ella quien ahora ha descubierto para el mundo la isla de Mallorca.

Razón acaso no le falte a la vista de cómo el turismo en marabunta consume hoy en día la mercancía de su recuerdo en Valldemosa. Tal vez en previsión de ese futuro abigarrado se arrogue el derecho a escribir un libro en el que narre su estancia en la isla. Lo hará a posteriori, años después de regresar de aquel viaje nefasto. Estando allí lo intenta, pero carece de la disposición de ánimo necesaria, confesará. La convivencia con los nativos se le hace cuesta arriba y despotrica contra todo. Sin perspectiva no hay manera de contar la realidad.

Esta mañana yo también me he despertado despotricando. No tenía que haber aceptado el encargo de este libro, pero el tema me resultaba interesante y el proyecto tentador. Seguro que te apetece escribir sobre el viaje a Mallorca de Chopin y George Sand, me insinuó prospectiva Palmira, mi agente literario. Cierto editor andaba preparando una colección sobre escritores extranjeros de viaje por España y yo no lo dudé. Tenía que haber rechazado la propuesta, pero a veces sobreestimo mis deseos y caigo en las trampas de la voluntad. Soy una víctima ejemplar de la redención por el trabajo, de la culpa carcomiente que se vincula a la inacción.

Desde la primera vez que, siendo un niño, visité la cartuja de Valldemosa, la estancia en Mallorca de Chopin y George Sand ha formado parte de mi imaginario personal. Palmira lo sabía y por eso me tentó con el proyecto: te iría al pelo, pero si no te apetece le digo al editor que no.

Siempre me había preguntado la razón de aquel viaje insólito. ¿Qué se les había perdido en Mallorca al músico y a la escritora? Ahora tenía la oportunidad de indagar en el asunto. El romanticismo es un periodo tremebundo que fascina igual que espanta. Atrae y repele a la vez. Tal vez por ello aceptara el encargo, pero lo hice sin pensar en sus servidumbres, y así he ido postergando la escritura hasta que hace un par de días recibí una llamada de mi agente para preguntarme qué tal iba con el libro.

Va viento en popa, le mentí. Estupendo entonces, ya sabes que este editor es un poco pejiguero y espera puntualidad en el plazo de entrega. Descuida, el libro estará a tiempo, le tuve que decir para no levantar sospechas. Bien, te dejo entonces, no quiero distraerte, que te supongo atareado. Cuando te des un respiro me llamas y quedamos para comer. Han abierto un restaurante al lado de la agencia que te va a encantar. ¿Te gustan las perdices estofadas a la toledana?

Visto lo visto no he tenido más remedio que ponerme manos a la obra y sumergirme en la escritura. El otoño ya ha empezado y me comprometí a entregar el libro en primavera. El tiempo apremia y aunque esta mañana al levantarme no me apeteciera lo más mínimo coger la pluma, me he dado una ducha rápida y me he sentado a mi escritorio con una cafetera hasta arriba de café.

Lo de coger la pluma no lo digo en sentido figurado. Me gusta escribir a mano, lo suelo hacer en hojas sueltas din A4, nuevas, sin reciclar, aunque esta vez haya considerado necesario recurrir a la informática. A pluma, la escritura acompasa mejor el pensamiento y la frase sale esbelta, embellecida por la tinta. La pluma es el apero por excelencia del escritor, el símbolo que porta sus palabras. Así lo expresa por lo menos Cide Hamete Benegeli, autor del Quijote, por boca de la suya cuando dice: para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir...

Suelo escribir con la Mont Blanc que por nuestro primer aniversario me regalara Margarita, mi primera mujer. El roce del plumín sobre el blanco crujiente de la hoja deviene en caricia generativa y las palabras se van sucediendo unas a otras con cadencia de balancín. Sin embargo, dada la premura en la que ando, el ordenador se me hace indispensable. Despotrico por ello, pero de tripas hago corazón y me consuelo pensando que la escritura a pluma de este libro hubiera supuesto una connivencia insoportable con el periodo histórico en el que se desenvolverán sus personajes. Nada más aséptico por tanto que valerme del ordenador para mitigar el pringue romántico que a lo largo de estas páginas los habrá de acompañar.

He empezado con retraso a escribir este libro, ya lo he dicho, y debo por ello recuperar el tiempo perdido. Recuperar el tiempo perdido suena a cosa de Proust, pero la concomitancia no debe desviarme del propósito. El dandismo de la prosa de Proust, morosa y detallista, en nada se parece a la desenvoltura de la de Sand, ardiente y agitada. Proust nace en 1871 y Sand muere en 1876. Apenas un lustro de coincidencia en este mundo que traza por sí solo la bisectriz de sus estilos.

He comenzado a destiempo, salta a la vista, y puede que por ello se me acuse de procrastinar, pero la procrastinación no es en sí misma una conducta reprochable ni tiene por qué traer consigo consecuencias perniciosas. Al contrario, la postergación de lo debido a veces sirve de acicate para una ejecución más impecable.

De haber actuado con la diligencia necesaria, el resultado de este libro tal vez hubiera sido diferente, puede incluso que descorazonador. La procrastinación sucede en la vida y no hay por qué rasgarse las vestiduras. Así, por ejemplo, la cuarta sinfonía de Gustav Mahler jamás habría adquirido su perfección sonora si su autor no hubiera procrastinado al componerla. En los tiempos que corren la inmediatez lo enturbia todo, por lo que procrastinar, a fondo y a conciencia, puede entenderse incluso como un acto de rebeldía. Vivimos tiempos de hipertrofia productiva en los que el paradigma de la explotación se encarna en la autoexigencia. Alguien, no se sabe bien ni quién ni cómo, nos ha convertido en tiranos de nosotros mismos. Ante esta perspectiva tremebunda, la pasividad se instituye en conducta redentora. Pero no pretendo en estas páginas hacer apología de la inacción, ni siquiera reivindicar la quietud contemplativa como paradigma de la sensatez, sino escribir sobre el invierno que George Sand y Frédéric Chopin pasaron en Mallorca.

No me gustaría por lo tanto que alguien sacara la conclusión de que me sentía sobrepasado por el encargo de este libro y sin ideas para afrontarlo, y mucho menos que lo abordé con desaliño, por compromiso y sin apenas convicción. Si lo he ido posponiendo ha sido sólo por la sospecha, a todas luces infundada, de que una prolongada convivencia con sus personajes pudiera llegarme a hartar.

Desde el inicio de Un invierno en Mallorca, George Sand apunta maneras y no se corta en proferir embustes. Sin venir a cuento crea un falso paralelismo entre Mallorca y Chamonix y les cuenta a sus lectores que, si el descubrimiento del lugar alpino se debió a la curiosidad de los viajeros ingleses, el hallazgo de la isla mediterránea es cosa suya; esto ya lo he dicho más atrás. Por si la jactancia fuera poca, va y suelta que si no dejó antes constancia por escrito del hallazgo fue porque durante su estancia en la isla no tuvo la disposición de ánimo precisa para hacerlo.

En vez de disposición de ánimo Sand escribe extática disposición de espíritu en referencia al éxtasis que se supone habría necesitado para contarle al mundo su pretendido descubrimiento. La petulancia monumental que Sand exhibe en este párrafo obviaría ulteriores comentarios por mi parte, y con gusto enmudecería si no fuese porque tengo por delante un libro que escribir. El romanticismo también es petulancia, desde luego, inflamación del sentimiento, propagación del yo, pero lo de Sand a veces clama al cielo. Su afición a creerse protagonista de cuanto le rodea llega a ser exasperante. Las palabras de la escritora nunca son inocentes y agazapada en sus significantes, como una mantis al acecho, siempre hay una punzada de elitismo.

Cuando George Sand afirma que le ha faltado una extática disposición de espíritu para ponerse a escribir sobre Mallorca, lo que en realidad quiere decir es que ha visto una oportunidad editorial para publicar un libro de viajes, que de pronto se han puesto de moda en París, y que no va a desaprovechar la ocasión para vender unos cuantos miles de ejemplares contando sus peripecias en la isla, pero no adelantemos acontecimientos.

La escritora, mientras estuvo en Mallorca, hizo todo lo posible, según afirma, para narrar su viaje bajo la influencia de las penurias y de las contrariedades, pero sin éxito ninguno. Le faltaba perspectiva, ya lo he dicho. También serenidad. Acto seguido manifiesta que su aflicción de entonces tal vez no fuera para tanto, y la mitiga hablando del pintoresquismo de la isla y de sus magníficos paisajes. En un lado de la balanza pone su drama personal y en el otro la belleza paisajística, y es así como llega al equilibrio necesario para acometer la escritura de Un invierno en Mallorca, solo que años después de haber estado allí.

Los pesares que en la isla ha soportado son equivalentes a la magnificencia de sus paisajes, viene por lo tanto a concluir. Será en esa neutralización compensatoria donde radique el tono de su libro. Sin embargo, no es el recuerdo de aquel viaje lo que le incita a relatarlo, sino el hallazgo fortuito de un volumen de grabados del pintor J.B. Laurens, titulado Recuerdo de un viaje artístico a la isla de Mallorca. Es la contemplación de las láminas de este libro, rebosantes de palmeras orientales, edificaciones árabes y vestidos griegos—. Sand fantasea con esas imágenes— lo que prende en ella, según afirma, la llama de su escritura.

El hecho de advertir que alguien como J.B. Laurens ya se hubiera ocupado de ensalzar la belleza de la isla y de recomendarla para el viaje, le lleva a caer en la cuenta de que no puede atribuirse la autoría del descubrimiento, tal y como había sostenido en un principio. Canta por ello la palinodia y se retracta, sin reconocerlo, ante el lector.

No sé si me estaré confundiendo al afirmar que Gustav Mahler procrastinó con su cuarta sinfonía. Ante la duda llamo por teléfono a Pichardo Manzanares, profesor del Real Conservatorio y conspicuo musicólogo, a quien conozco de la fundación Rosa Dubrowitz para el desarrollo paisajístico. Pichardo Manzanares es miembro del patronato y fue él quien me propuso para el premio que la fundación concede todos los años a quienes contribuyen a resaltar la importancia del paisaje en los ámbitos artísticos, científicos y sociales. Gracias al apoyo de Pichardo Manzanares acabé ganando el premio por mi libro Jardines turbulentos bajo la luna, en su pasada edición, así que a estos efectos puedo considerarle mi mentor.

—Efectivamente te equivocas. Mahler no procrastinó con su cuarta sinfonía —aclara Pichardo Manzanares en tono doctoral—. La empezó a escribir en el verano de 1899 cuando era director de la Ópera de Viena, y la acabó al año siguiente en su cabaña de Mairnigg am Wötersee, en Carintia, en la que se encerraba para componer. Durante todo ese tiempo estuvo trabajando en la sinfonía sin parar. Es más, Mahler jamás procrastinó, ni con la cuarta ni con ninguna otra. Tal vez te estés confundiendo con Shostakóvich y su sexta sinfonía. Esa sí que es fruto de la dejación. A Shostakóvich se le llenó la boca de promesas. Aseguró que iba a componer una obra para solistas, coro y orquesta dedicada a la memoria de Lenin, que se basaría en una oda de Mayakovski. Pero nada de lo prometido sucedió. Al final, para no desdecirse, acabó escribiéndola deprisa y corriendo en el verano de 1939, sin coros, sin solistas y sin referencia alguna al bolchevique. Eso sí que es un ejemplo de procrastinación. Cuando la oyes, enseguida te das cuenta de que es una sinfonía descabezada y de que sus partes se suceden sin engranajes que las articulen. Y para colmo, el último movimiento es de traca. Monta un presto con forma de rondó que no viene a cuento, y encima pretende solucionar el desatino recurriendo al efectismo de los tambores. ¡Un verdadero despropósito! ¿Pero dime, por qué te interesa saber si Mahler procrastinaba? ¿Estás escribiendo acaso una novela sobre él?

Le respondo que no, que tan sólo era una duda sin importancia, y que no albergo ninguna intención de escribir una novela sobre Mahler. Le doy las gracias por sus aclaraciones y quedamos en vernos en la siguiente reunión del patronato, en la que habrán de evaluarse las candidaturas para la próxima edición del premio. Pichardo Manzanares me recuerda mi compromiso de formar parte del jurado, con voz y voto, por el hecho de haber sido galardonado en la anterior edición.

— A propósito —deja caer—, ¿sabías que estamos barajando proponer al alcalde como candidato?

— ¿Al alcalde? —repito estupefacto—. ¿Por qué razón?

— Por haber dotado a la ciudad de una red de carriles bicicleta —responde campanudo Pichardo Manzanares—. Nadie podrá negar que la medida haya contribuido a mejorar el paisaje urbano.

Me sorprende la candidatura del alcalde, y más aún el motivo esgrimido para ella. Al margen del dudoso impacto paisajístico que la medida pudiera tener, cualquiera que conozca Madrid sabe de sobra que la coexistencia entre bicicletas y automóviles resulta una aberración. Los carriles bici, la mayoría de ellos mal segregados de la calzada, socavan la fluidez del tráfico y ponen en riesgo la seguridad de los ciclistas. La prueba es que tan sólo los utilizan los repartidores de comida a domicilio. Así se lo hago ver a mi interlocutor.

—Vosotros, los escritores, siempre estáis llevando la contraria. El fomentar el uso de la bicicleta en la ciudad, a la vez que se restringe el acceso a toda esa chatarra contaminante que pulula por el extrarradio, es una medida valiente y de progreso. Eso es indiscutible. Además, transforma a mejor el paisaje de Madrid —afirma Pichardo Manzanares con vehemencia—. Date si no una vuelta por el centro y lo compruebas.

Pichardo Manzanares confunde el paisaje de Madrid con el del barrio en el que vive, y eleva sus percepciones a categorías absolutas. Pero dentro de una ciudad hay otras muchas y apenas se parecen entre sí.

—A ti, que sea el alcalde el que te suceda en el premio te viene fenomenal —trata de convencerme—, más prestigio que te llevas.

—Primero habrá que votarle —le respondo —¿o es que no va a haber votación?

Carraspea Pichardo Manzanares al otro lado de la línea, azorado tal vez por la brusquedad de mi respuesta.

—Claro que habrá que votarle —dice rebajando el tono—, faltaría más. Yo solo pretendía informarte de lo que se anda cociendo por el patronato para que luego no te pille por sorpresa.

Como nada le añado y mi silencio le incomoda, cambia de tema.

—Oye, volviendo a lo de antes, ¿de verdad que no estás escribiendo una novela sobre Mahler? Sé que los escritores sois reticentes a contar en qué andáis metidos, pero a mí puedes decírmelo. Ya sabes que soy de confianza.

—No, no estoy escribiendo sobre Mahler, le respondo con desgana.

—¡Vaya por dios! Si alguna vez lo haces debes hablar conmigo porque tengo en mi poder un documento que te podría interesar —hace una pausa prolongada para darle suspense a sus palabras—. Es una carta inédita de Alma, su mujer, dirigida a Walter Gropius, su amante de entonces, en la que le revela secretos de alcoba. No tiene desperdicio.

Lo que me cuenta Pichardo Manzanares me hace pensar por un segundo en las posibles equivalencias entre Alma Mahler y George Sand. Ambas fueron mujeres dominantes que no tuvieron inconveniente en transgredir los convencionalismos de su época. También gozaron de un extenso catálogo de amantes, algunos de ellos personajes destacados del arte y la cultura de su tiempo, y las dos hicieron de sus egos señas de identidad. Tal vez pudiera referirme a sus similitudes en este libro, pero rechazo de inmediato la tentación. El adentrarme por esos vericuetos me apartaría de la línea argumental que me he trazado y, la verdad, no estoy para extravíos.

Le doy las gracias a Pichardo Manzanares por el ofrecimiento que me hace, pero vuelvo a reiterarle que no estoy escribiendo sobre Mahler, ni sobre su mujer, y que tampoco estoy interesado en hacerlo.

—Entendido —me responde—, pero si alguna vez quieres echarle un vistazo a la carta, que sepas que la tienes a tu disposición.

En vez de concluir la charla en ese punto y despedirme, le pregunto que de dónde la ha sacado. Tremendo error. Una pregunta de ese jaez no hace sino prolongar la conversación, y de inmediato caigo en la cuenta de la torpeza que acabo de cometer.

Pichardo Manzanares saborea la presa y se ríe al otro lado de la línea. Es una risita socarrona que entrevera pellizcos de engreimiento.

—Te ha picado la curiosidad, reconócelo —dice triunfante—. La compré en Viena, en una librería anticuaria de la Rathausstrasse. No tenía intención de hacerlo, pero el librero se iba a jubilar y estaba saldando stocks. Pagué por ella un precio irrisorio, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de una carta inédita. Es de un morbo monumental. Alma Mahler le da a Gropius todo tipo de detalles sobre las intimidades sexuales con su marido. No te puedes ni imaginar las escabrosidades que le cuenta. Y para colmo va y le pone a caldo, porque en la cama debía ser un desmayado.

Mientras habla Pichardo Manzanares, lo imagino exhibiendo una sonrisa lasciva que subraya su satisfacción, y el repelús me zumba en los oídos.

—Hasta a Gropius debió abrumarle tanto pormenor —afirma el musicólogo—. Cuando la leas no te vas a poder aguantar las ganas de escribir sobre el asunto.

Dudo mucho que la carta sea auténtica, o que de serlo, desvele detalles desconocidos de la relación del músico con su mujer. De todas formas, por leerla tampoco pierdo nada, así que cedo a la propuesta de Pichardo Manzanares para vernos en cuanto él regrese de Berlín, a donde, según dice, tiene que ir para dar una charla en la prestigiosa escuela de música Hanns Eisler. No es esta en realidad la causa principal de su viaje, pero de eso me enteraré más adelante.

De vuelta a la tarea de la escritura me dispongo eliminar la afirmación de que Gustav Mahler procrastinó con su cuarta sinfonía, y a reemplazarla por Shostakóvich y su sexta, tal y como Pichardo Manzanares me ha indicado. Así, donde escribí que la cuarta sinfonía de Gustav Malher jamás hubiera adquirido su perfección sonora si su autor no hubiera procrastinado al componerla, deberé escribir que la sexta sinfonía de Dimitri Shostakóvich jamás hubiera adquirido su perfección sonora si su autor no hubiera procrastinado al componerla.

Antes de hacerlo, me pregunto si el concepto de “perfección sonora” al que me refería al hablar de la cuarta de Mahler, resultaría extrapolable a la sexta de Shostakóvich. Es sabido que entre las múltiples virtudes de Shostakóvich no se encontraba precisamente la de la perfección, por lo menos cuando se plegaba a las exigencias estéticas de Stalin y componía sometido a los dictados del realismo socialista. ¿Pero quién soy yo para juzgar la idea de perfección en la obra de un artista? ¿Estoy capacitado para ello? ¿Acaso alguien lo está?

Una duda, vivaz como un calambre, me sacude de repente. ¿Para qué modificar el texto? ¿Algún lector sería capaz de detectar el error? Los libros están repletos de errores y falsedades que les pasan desapercibidas a los lectores. Además, el cometido del escritor es el de crear una apariencia de verosimilitud que sostenga el entramado de sus fabulaciones, no el de contar la verdad. Para contar la verdad ya están las encuestas demoscópicas y los portavoces del gobierno. El escritor es por definición un enemigo de la verdad. La verdad es tan solo el punto de partida de la obra, el andamio utilizado para edificarla. Una vez comenzada la escritura, la verdad desaparece por completo, o mejor dicho, cada obra inaugura su propia verdad. Después tan solo cuenta la predisposición de los lectores. Eso y su imperiosa necesidad de dejarse engañar.

Para resaltar el tamaño de las incomodidades y fatigas que sostiene haber pasado en Mallorca, George Sand afirma que no puede en conciencia recomendar a nadie hacer aquel viaje, salvo en todo caso a los artistas de cuerpo robusto y de espíritu apasionado.

Lo del cuerpo robusto entiendo que lo dice haciendo referencia a su propia complexión, que derrotaría con los años hacia el poniente de lo voluminoso. Lo del espíritu apasionado lo dirá, supongo, por el artista que le acompaña, a quien, de una manera sutil, pero sin duda desafecta, estaría tachando de enfermizo.

Sobre el carácter apasionado de Frédéric Chopin y su desapego terrenal habría mucho que decir, pero no es este el momento de hacerlo. A modo de simple pincelada que anticipe el desmentido, señalaré que el músico llevaba una metódica contabilidad de sus gastos e ingresos, hecho que refutaría por sí solo su aureola de espíritu puro. Toda pureza tiene un precio y nadie que la ansíe escapa a tener que pagarlo. Y si hay precio de por medio ya no hay pureza.

Pero regresando al asunto de Mallorca, la recomendación de George Sand para que solo viajen a la isa los artistas de cuerpo robusto y espíritu apasionado es de inmediato matizada por la autora al augurar que, en un tiempo no lejano, las gentes delicadas y hasta las mujeres más hermosas podrán viajar a Mallorca sin mayor fatiga ni molestias que si lo hicieran a Ginebra. Las menos hermosas pueden hacerlo desde ya, se deduce, si bien con molestias y fatigas.

Sand se revela en este punto como una vaticinadora del turismo de aluvión del que hoy en día se nutre la isla. Me la imagino con Chopin en algún hotel de Magaluf, abandonados a las delicias del alojamiento y desayuno y gozando del clima templado de la noche insular a la salida de alguna discoteca atestada de júligans sobrepasados por el alcohol. Una estampa seductora para un espléndido futuro que la escritora tal vez pudiera intuir, aunque no constatar: el del ocio vulgarizado al servicio de la prosperidad.

Lo suyo, sin embargo, es una cosa más romántica, más de pioneros que se adentran por un territorio abrupto y misterioso, aún sin explorar. Sand atendía al pintoresquismo de la isla, a la cabaña del campesino que conserva un aire árabe, al niño envuelto en andrajos, triunfante en su suciedad grandiosa, yresalto aquí el oxímoron de suciedad grandiosa que la escritora toma prestado de Heinrich Heine, y que entresaca de la descripción que este poeta romántico hace de las vendedoras del mercado de Verona. Pintoresquismo y belleza pasados por el tamiz de la aventura.

No es un viaje el que emprende para atenuarse el tedio vital al estilo de un lord Byron. Tampoco es un viaje curativo estricto sensu, pese a que le hayan recomendado el clima generoso de las Baleares para el asma de su hijo Maurice. Sand viaja por semántica, para inventarse lo que ve y hacer de su periplo un suvenir.

Llama por ello la atención que, al comienzo de Un invierno en Mallorca la escritora se ponga nada menos que a hablar de agricultura. No tiene inconveniente para ello en desvariar sobre los payeses. Dice no haber nada en el mundo tan pobre ni tan triste como el campesino mallorquín, al que atribuye debilidad e indolencia. Reza y trabaja, pero nunca piensa. La oración que repite machacona en nada le aprovecha al espíritu, y su trabajo es un esfuerzo de los músculos extraño a la inteligencia, dice la escritora. Mecanicismo litúrgico y abulia letárgica. Falta absoluta de productividad. Y para postre le tacha de receloso, un tipo de individuo suspicaz que ante cualquier pregunta que se le hace sospecha estar siendo interrogado por un agente del gobierno.

George Sand y Chopin llegan a Mallorca a finales de 1838 y permanecen en la isla hasta marzo del año siguiente, espacio temporal que coincidirá con el final de la primera de las guerras carlistas. Una economía de guerra, por lo tanto, sustentada en el saqueo, la rapiña y la inveterada reluctancia de los gremios a la libre competencia será lo que se encuentren en el país. De ahí su pasmo.

Daré algo de contexto al asunto. La guerra está perdida para los carlistas y los más comprometidos empiezan a poner pies en polvorosa. Tras el convenio de Oñate y el abrazo claudicante de Maroto a Espartero, que se escenificará en Vergara en agosto de 1839, las tropas del pretendiente cruzarán la frontera con Francia y la guerra concluirá en su frente norte. El general Cabrera, tozudo e irredento, continuará no obstante combatiendo por su cuenta por las tierras del Maestrazgo hasta bien entrado el año cuarenta.

Que la historia la escriban los vencedores es asunto conocido y a la prueba de la estatua de Espartero en la calle de Alcalá me remito, y de paso aprovecho la ocasión para echar por tierra el falso mito de los testículos de su caballo, que son proporcionados y de tamaño razonable, al contrario del que se les suele atribuir, que la gente habla de oídas y rehúye el rigor.

A los caballos pura sangre los testículos suelen medirles en torno a doce centímetros. Los del caballo de Espartero alcanzan unas dimensiones similares, circunstancia que pone en entredicho la afirmación popular. Bien es cierto que el caballo que monta en la estatua el general no es un pura sangre, sino que tira más bien a percherón, pero aun así las dimensiones serían parecidas, por lo que la alusión a unos testículos descomunales continuaría siendo falsa.

Conviene del mismo modo señalar que, atrofias aparte, los testículos humanos llegarían, como mucho, a un tercio de los del caballo de Espartero. Con estos datos encima de la mesa, la referencia a un tamaño desmedido lo más probable es que sea consecuencia de una mirada desiderativa que trasluce virilidad menoscabada e insuficiencia sexual. Y puestos a mirar de esa manera, si el caballo los tiene así de grandes, quien lo monta habrá de tenerlos aún más. De nuevo se nos presenta la evidencia de que la historia la escriben los vencedores a la vista de los testículos de sus caballos.

Cuando Sand y Chopin llegan a España, la guerra civil conmueve aún el país, y si utilizo aquí el verbo conmover lo hago exprofeso, por ser el que utiliza la escritora. No lo hace en su acepción de mover a la ternura o al cariño sino en la de perturbación, trastorno o inquietud. Llegan acompañados de los hijos de Sand, Solange y Maurice, de diez y quince años, y de una sirvienta cuyo nombre no se menciona.

Antes de tomar el vapor para Palma, la comitiva, que viaja en barco desde Port-Vendres, hace escala en Barcelona. Se alojan en la fonda de las Cuatro Naciones. Este establecimiento situado en las Ramblas era el más lujoso de la ciudad, aunque el lujo que hubiera podido entonces ofrecer diste bastante de lo que hoy se concibe como tal.

¿Podría acaso calificarse como lujosa una habitación sin cuarto de baño y mal ventilada? Barcelona en aquellos tiempos de la primera guerra Carlista, a la que George Sand se refiere como guerra civil, no era la urbe intemperante que ahora se conoce sino una pequeña ciudad de provincias constreñida por murallas medievales provistas de portones, baluartes y poternas que se cerraban al anochecer. Fuera quedaban las bandas vagabundas de facciosos, y los disparos que, como ecos del combate entre españoles, se escuchaban en la lejanía hasta que el alba despuntaba.

Al marcharse de la fonda, a la que la escritora expresamente tacha de mala fonda, Sand descubre en la factura que el hostelero le ha cargado un suplemento por la quema de la cama en la que ha pernoctado Chopin. Se pone furibunda y despotrica por el agravio que se les hace.

Esta práctica que, según consta en los anales de aquel tiempo, trae causa de la feroz epidemia de cólera que había asolado España cuatro años atrás, resultaba habitual como medida profiláctica en los establecimientos de hospedaje. La referida circunstancia, que George Sand evidencia desconocer, pone de manifiesto un clima de recelo popular ante las enfermedades contagiosas que, sumado a la guerra despiadada que se estaba librando en la nación, hacía de todo viaje por España una empresa temeraria. La pregunta es si George Sand y Frédéric Chopin eran conscientes de dónde se metían, o si sabiéndolo, venían impulsados por sus ideas románticas y no les importaba asumir riesgos desmedidos.

Cuando visité Barcelona con Margarita, mi primera exmujer, nos alojamos en una fonda del barrio chino con tufo a coliflor hervida. El cuarto daba a un patinillo por el que subían vaharadas de hedor. El aire se espesaba si se abrían las ventanas, por lo que las teníamos cerradas pese al calor insoportable del mes de julio. El cocimiento era absoluto, pero al ser entonces jóvenes y tener los cuerpos henchidos de deseo no nos importó la circunstancia. Hicimos de aquel antro una guarida en la que retozar a nuestro antojo. El amor siempre está en punta cuando le atañe la juventud. La fonda a la que me refiero no estaba lejos de aquella en la que se alojaran George Sand y Frédéric Chopin, y es probable que las comodidades de una y otra fueran bastante similares pese a la distancia de las épocas.

¿Pero quién necesita un minibar cuando tiene de su parte la libido? Después de pasar un par de días en Barcelona visitando sus rincones en los pocos momentos de asueto que el placer nos permitía, tomamos Margarita y yo un ferry de la Transmediterránea rumbo a Palma de Mallorca.

Ahora, con el paso de los años, recuerdo entrañable aquella incursión que hicimos en la isla. Eran tiempos todavía de embeleso, tiempos para estudiantes inexpertos que por vez primera se abren al mundo y que asisten asombrados a la eclosión generatriz que desata su pasión.

Después vendría la boda, el tórrido rigor del matrimonio, las vicisitudes de los trabajos alimenticios y el engaño que Margarita me perpetró con el jefe de contabilidad de la empresa en la que trabajaba, un sujeto de exigua imaginación y menguadas lecturas, a quien solo le importaba el perfume del dinero.

Tal vez se me tache de nostálgico o de no haber superado del todo la disrupción emocional que la perfidia de mi primera esposa me causara, pero lo cierto es que al escribir estas líneas relativas a la estancia en Barcelona de George Sand y Frédéric Chopin, en vez de usar el teclado del ordenador como me había propuesto en un principio, he recurrido a la Mont Blanc que Margarita me regalara en nuestro primer aniversario, cuando aún teníamos proyectos comunes y un futuro alentador. El mío no lo ha sido tanto, eso salta a la vista, pero lo del suyo, desventurado como pocos, es para contarlo aparte, lo que haré, páginas mediante, si es que se presenta la ocasión.

Deseo hacer un inciso en este punto para referirme a un episodio poco conocido de la estancia de Sand y Chopin en Barcelona. Según refiere Joan Perucho, erudito local y escritor de ingenio fino, el alojamiento de la pareja en la fonda de las Cuatro Naciones se contrató a instancias de Don Antonio Montpalau, un personaje a desmano de su siglo, apóstol del método científico e intelectual comprometido en combatir la superstición. Este tal Montpalau estaba obsesionado en constatar la existencia del dip, una especie de vampiro sanguinario que, según se decía, andaba enrolado en las tropas carlistas del general Cabrera. Seguía de cerca sus pasos cuando tuvo conocimiento de la inminente llegada a Barcelona de madeimoselle Dupin, la famosa escritora francesa que usaba blusa y pantalones masculinos y que firmaba sus libros con el seudónimo de George Sand.

Regresó Montpalau de inmediato a Barcelona y comentó la circunstancia en la tertulia que por aquel entonces frecuentaba, la del marqués de la Gralla. Hizo hincapié en que Sand, además de con sus hijos, Solange y Maurice, vendría acompañada del musico Chopin, con el que mantenía una relación adulterina.

Entusiasmado con la noticia y obviando por completo las peculiaridades amatorias de los ilustres viajeros, el marqués de la Gralla se brindó a organizar en su palacio una velada artístico-científica en honor de los visitantes, a la que todos los contertulios estarían invitados.

Los presentes agradecieron al marqués la iniciativa, y siendo conscientes de las carencias que Barcelona presentaba en materia de hospedaje, delegaron en Antonio Montpalau la búsqueda de uno a la altura de los ilustres huéspedes. Habría sido por lo tanto Montpalau, siempre según la versión de Joan Perucho, del que tampoco conviene fiarse demasiado, quien habría elegido la fonda de las Cuatro Naciones como la más conveniente para que Sand y Chopin parasen en la ciudad. Que luego el trato no fuera el deseable, es asunto del que debería eximirse a Montpalau, que el hombre se esforzó lo más que pudo, y de donde no hay no se puede sacar.

A la llegada de los viajeros y por cuenta de otro de los tertulianos del marqués de la Gralla, Don Francisco Avinyó y Barba, físico y estampador, se les ofreció en el café del Perú un refrigerio a base de platos de crema, bufats del Vendrell, pastelillos de Tortosa y horchata de chufa traída desde Alboraya en cántaros refrigerados con nieve del Canigó. George Sand y sus dos hijos disfrutaron de lo lindo con los melindres que les sirvieron, cosa que no pudo hacer Chopin al no asistir al refrigerio por haberse quedado en la cama, aquejado de agotamiento nervioso y con ataque de tos.

Al día siguiente, a la velada artístico-científica en el palacio del marqués acudieron no sólo los tertulianos habituales sino un conjunto indeterminado de próceres locales que, enterados del encuentro, consideraron oportuno dejarse caer por allí. La velada se desarrolló con estricta parsimonia. Fueron alternándose las charlas matemáticas con las discusiones gramaticales y no faltó tampoco ocasión para las diatribas geográficas sobre tierras aún inexploradas del sudeste asiático y del África ecuatorial. En un momento dado, el hijo del marqués de la Gralla, Juan Ignacio, ordenó llevar al salón un instrumento musical de su invención, el arpa neumática, y se dispuso a tocarlo. Lo hizo con gran pericia interpretativa servido de un motete de Antonio Cabezón. Los extraños sonidos que salieron de aquel raro instrumento que mezclaba la cuerda con el viento y la percusión, a todos sorprendieron sobremanera. George Sand alabó arrebatada el ingenioso mecanismo del aparato musical y Chopin animó a Juan Ignacio a hablar con Joseph Etienne Camile Pleyel, el famoso fabricante de pianos, para comercializar el invento de inmediato.

Tras la interpretación por Juan Ignacio de la pieza de Cabezón, hubo un receso para reponer fuerzas en el bufé, y ya en lo más cremoso de la velada, cuando la noche pregonaba su falta de luna, Frédéric Chopin se sentó al pianoforte y comenzó a tocar composiciones melancólicas. El salón pronto se infusionó de una belleza delicada que aturdía los sentidos con la untuosidad de la languidez y todo el mundo cayó presa de un sopor estropajoso parecido al decaimiento poscoital. A mitad de la pieza que Chopin interpretaba en ese instante, algo inaudito sucedió. Se oyó el vozarrón de Antonio Montpalau al fondo de la sala y acto seguido, un tipo que camuflado entre los cortinones escuchaba tocar a Chopin, se encaramó en el poyete del ventanal. Los murmullos recorrieron la estancia mientras que aquel sujeto, agarrado con una mano al terciopelo de la cortina miraba desafiante a los presentes. Vestía de negro riguroso, con levita ajustada y chalina de canalé, y su delgadez resultaba perturbadora. Montpalau se lanzó a por él abriéndose paso entre los asistentes y dando gritos para que le atraparan, pero aquel individuo, tras soltarle una sonrisa desdeñosa, abrió el ventanal, saltó al vacío y se esfumó volando en la tiniebla de la noche.

Al día siguiente, a media mañana, George Sand y Chopin dejarían la fonda de las Cuatro Naciones y se embarcarían en el vapor El Mallorquín rumbo a Palma de Mallorca.

No voy a detenerme a relatar las vicisitudes de Antonio Montpalau tras los pasos del dip por las tierras del Maestrazgo, ni a referir cómo el vampiro traicionó la confianza del general Cabrera para hacer de las suyas entre la población indefensa del bajo Aragón. Baste decir que hasta el general carlista se vio obligado a emitir un bando ordenando su búsqueda y captura en el que, además de chupasangres, se le tachaba de francmasón. Quien esté interesado en los pormenores de esta historia no tiene más que acudir a Joan Perucho para satisfacerse la curiosidad.

Lo que sí me gustaría es aprovechar la ocasión y reivindicar la libertad del escritor para trastocar los hechos históricos a su antojo y convertir a gente que fue de carne y hueso en meros personajes de ficción. Perucho es un ejemplo aventajado de lo que digo. Al hacerlo, no pretende referir una verdad que resulte indiscutible sino mover a sus lectores a un estado de conciencia que trascienda lo palpable y coquetee con la emoción.

Sin una máquina del tiempo, resulta imposible viajar al pasado para hacer una crónica de la estancia de George Sand y Frédéric Chopin en Barcelona, pero a través de la taumaturgia literaria podemos recrear la impronta de romanticismo que dejó la pareja en la ciudad.

Perucho, alejado por completo del realismo ramplón que en su tiempo se estilaba, no se limita a relatarnos lo acontecido, sino que los hechos los envuelve en una atmósfera fantástica que rezuma irrealidad. La presencia sigilosa del vampiro en el recital de Chopin subrayaría ese efecto fabuloso al que me refiero.