Un jardín en Venecia - Frederic Eden - E-Book

Un jardín en Venecia E-Book

Frederic Eden

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Beschreibung

En ningún otro lugar de Venecia hay tantas zonas verdes como en la Giudecca. La isla, vista en barco desde el sur, revela un curioso verdor desbordante más allá de las paredes desolladas por la sal. Hay un jardín en particular que llama la atención por la intensa vegetación salvaje que parece haber tomado la delantera sobre verjas, tejados y pérgolas: es el jardín que todos conocen por el nombre de su creador: Eden. El nombre Edén asociado al jardín evoca el mito, la Génesis, la historia de las historias... y ésta es verdaderamente una historia, la historia de cómo un lugar mágico, que se había vuelto inaccesible desde hace años, ha sido eclipsado: un cuerpo extraño para Venecia, que parece aceptar con resignación tan grave pérdida. Sin embargo, la descripción de su nacimiento, desde la compra del terreno baldío hasta la realización del arduo proyecto, ha sobrevivido. La primera edición de Un jardín en Venecia, publicada en 1903, se imprimió en Londres para la revista Country Life, ya entonces el delicioso volumen incluía unas refinadas xilografías tomadas de Hypnerotomachia Poliphili (sueño de Polífilo). La edición que proponemos contiene ese mismo aparato iconográfico del original.

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Seitenzahl: 114

Veröffentlichungsjahr: 2024

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NARRATIVAS GALLO NERO94

Un jardín en Venecia

Frederic Eden

Traducción deDavid Cruz Acevedo

 

 

 

 

Título original: A Garden in Venice

 

 

 

 

Primera edición: octubre 2010

Tercera edición: octubre 2024

© 2018 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.

© 2010 de la traducción: David Cruz Acevedo

© 2010 de la traducción de los versos de Cocteau: Julia Osuna Aguilar

© del diseño de cubierta: Raúl Fernández

Maquetación: Sergi Puyol

Conversión a formato digital: Pilar Torres

La traducción de este libro se rige por el contrato tipopropuesto por Ace Traductores

ISBN: 978-84-19168-62-7

Introducción

EL JARDÍN DE EDEN

Hay un jardín en Venecia que ahora está encerrado en su misterio como esperando una resurrección, un jardín que conoció el esplendor y que ahora se devora a sí mismo. Es el jardín que todos conocen por el nombre de su creador: Eden.

En ningún otro lugar de Venecia existen espacios verdes tan amplios como en la Giudecca. La isla, vista en barco desde el sur, descubre a los curiosos un rebosante verdor más allá de las murallas deterioradas por el salitre. Hay un jardín en especial que llama la atención por la intensa vegetación salvaje, que parece haber tomado la delantera sobre verjas, tejados y pérgolas.

En 1884 Frederic Eden adquirió ese jardín en la Giudecca. A pesar de ser conocida Venecia como la tomba dei fiori, Eden y su mujer Caroline, hermana mayor de Gertrude Jekyll, famosa creadora de jardines, lograron levantar un paraíso de seis acres al perfecto estilo inglés que hizo las delicias de numerosos y distinguidos visitantes. El jardín se hizo inevitablemente famoso y se convirtió en visita obligada para muchos intelectuales de la época: Rilke, Proust, Mauriac, Cocteau, d’Annunzio, Eleonore Duse y Henry James, que probablemente se inspiró en él para escribir Los papeles de Aspern. En septiembre de 1908, el jardín de Eden fue el escenario de una violenta discusión entre un joven americano, Longhorn H. Whistler, y Raymond Laurent, compañero de estudios de Cocteau en el Lycée Condorcet y su compañero de viaje en Venecia, tras la cual el estudiante francés terminaría suicidándose con un disparo justo en las escaleras de la iglesia de Santa María de la Salute. A raíz de este traumático suceso Cocteau escribirá Souvenir d’un soir d’automne au jardin Eden (1909),1 dedicado a la memoria del joven suicida:

… Un geste… un coup de revolver

Du sang rouge à des marches blanches,

Des gens accourus qui se penchent,

Une gondole… un corps couvert…

Un geste… un coup de revolver,

Du sang rouge à des marches blanches…

… Jardin exquisèment fatal!

Sépulcre embroussaillé de roses,

Si loin de la ville aux névroses,

Si loin, si loin de l’hopital!

Jardin exquisèment fatal!

Sepulcre emboussaillé de roses.2

Más tarde, en 1958, durante su estancia en Venecia Cocteau escribió otro poema dedicado al jardín:

… C’etait dans ce jardin infesté de moutiques

A l’écart un peu de Venise

Que nous fùmes cette surprise

D’etre deux corps vidés d’une statue antique…3

Eden era consciente del reto que suponía crear un jardín en una ciudad como Venecia, pero contra vientos (bora, siroco, levante…) y mareas logró dar vida a su obra botánica: un jardín maravilloso, el más grande de Venecia, cuya historia relatará en un escrito publicado en Country Life en 1903 y titulado A garden in Venice, que es el texto que aquí presentamos. Frederic y Caroline murieron en 1916 y 1928 respectivamente. Más tarde el jardín fue adquirido por Lord James Horlick para la princesa Aspasia de Grecia. Alexandra, hermana de esta, abandonada por su marido vivió allí y murió en soledad y presa de la locura en 1974. Su último propietario fue Friedensreich Hundertwasser (1928-2000), un excéntrico artista austriaco, ecologista, que adoptó el concepto de putrefacción como símbolo de inmortalidad, dejando que en el jardín la naturaleza triunfara sobre la arquitectura humana. Cuando se le preguntaba por el estado de abandono en el que había caído el jardín, él contestaba:

«La gente no entiende y piensa que dejo el jardín en un estado de abandono. Todo lo contrario: yo solo amo a las plantas salvajes, reniego de los huertos y de las zarzas. ¡Mirad qué verde tan armonioso, y aquellos revoltillos de ramaje parecen bordados! […] Yo no hago de jardinero, doy plena libertad a la naturaleza. Practicad la vegetación espontánea, dejad que empuje sin podarla, es preciso que firmemos un tratado de paz con nuestros jardines.»

Hoy el jardín es propiedad de la Fundación Hundertwasser y sus puertas siguen estando cerradas al público.

1 Recuerdo de una noche de otoño en el jardín de Eden.

2 … Un gesto… del revólver un tiro / sangre roja en escalones blancos, / gente que acude, se asoma, / una góndola… un cuerpo cubierto… / un gesto… del revólver un tiro, / sangre roja en escalones blancos… / …¡Jardín de exquisita fatalidad! / Sepulcro enmarañado de rosas, / ¡tan lejos de la ciudad de las neurosis / tan lejos, tanto, del hospital! / ¡Jardín de exquisita fatalidad! / Sepulcro enmarañado de rosas.

3 … Fue en ese jardín infesto de mosquitos / algo apartado de Venecia / donde fuimos esa sorpresa / de ser dos cuerpos despojados de una estatua antigua…

Un jardín en Venecia

 

 

F. Eden

 

El Señor Dios plantó un jardín

en los primeros días albos del mundo;

y puso allí a un ángel guardián,

envuelto en ropas de luz.

 

Tan cercano a la paz en el Cielo,

que el halcón podría anidar con el carrizo;

pues allí con el frescor de la tarde,

Dios caminaba con el primero de los hombres.

 

Y yo sueño que estos recintos ajardinados,

con su sombra y su hierba moteados por el sol,

sus azucenas y enramadas de rosas,

fueron plantados por la mano de Dios.

 

El indulto del beso del sol,

la alegría del canto de las aves;

en un jardín más se siente el corazón de Dios

que en cualquier otro lugar del mundo.

Dorothy Gurney

CAPÍTULO I

El jardín de Venecia cuya historia voy a contar era en otro tiempo un lodazal. Inconsciente de su dulce destino, permaneció inerte durante miles de años en el regazo de las aguas del Adriático. El viento del sur soplaba entonces al igual que ahora a través del desierto libio, y se apresuraba a saciar su sed en el Mediterráneo. A través de este mar y por el Adriático transportaba la humedad evaporada por el sol y el viento al norte de la cordillera de los Alpes que circunda el Véneto. Allí, condensándose en una atmósfera más fría, el vapor se convertía en lluvia; esa lluvia que otrora arrasaba el jardín y que ahora lo fertiliza. Esta lluvia, en un mundo en el que nada permanece inmóvil, tan pronto como había hecho su gentil labor en las faldas de las montañas y en la llanura se apresuraba a volver al mar de donde vino. En su razonable, aunque temeraria, prisa hiende canales en el durmiente barro, lanzando el lodo desplazado a cada lado para que se seque y endurezca. Sobre material tan blando se formaron hace tiempo las islas donde ahora se asientan Venecia y la Giudecca.

Esta ley o accidente de la naturaleza que durante las primeras edades formó las islas ahora rige el clima de nuestros tiempos modernos. Hay cuatro vientos en la Giudecca, allí donde se enclava el jardín. Quizá el presidente del Observatorio pueda describir algunos más; pero como dicen los venecianos, tiene que justificar de algún modo su salario.1 Primero está el siroco, ese viento sureño de África que cambia hacia el sureste gracias a la corriente del Adriático; después está su oponente y conquistador, el viento del noreste, el rudo bora, que, sin reconocer fronteras ni patrón, sigue el camino que él mismo se ha allanado, sin importarle las líneas de costa que castiga severamente. De menor importancia y mente más débil está el levante, el viento del este que sigue el curso del sol; y el garbín, el del suroeste, que deja el tiempo tal y como se lo encuentra, o en lenguaje de la Giudecca: «Lascia quel che trova».

Son el siroco y el bora los que han formado las islas de Venecia y ahora las gobiernan. El primero trae la humedad, el segundo torna la humedad en lluvia. Y así obtenemos la aparente contradicción de una subida de la presión atmosférica acompañada de lluvias. Contradicción que ha conseguido que muchos turistas desconfíen del barómetro.

La contienda entre nuestros vientos regentes alzó durante las edades pasadas un terraplén aquí, una ribera allá, que fueron inundados por las mareas y después se llenaron de vida gracias al beso del sol estival. Allí, arrastrados por las mareas saladas y los torrentes de agua dulce del interior, los vientos y las olas condujeron la tierra, la arena, la materia vegetal. Acá y allá cayó una semilla o una raíz, arrancada del interior o bajo agua, para pronto formar las diversas plantas que llamamos algas; un bosque salado para alimentar y dar cobijo a millones de protozoos que suministraron comida y fueron presa de miles de pequeños peces.

Estas algas maduraron, se secaron y perecieron, y sus restos proporcionaron agarre y sustento a otras que desviaron las aguas de los canales y añadieron cada una su grano de arena a las riberas en constante crecimiento, hasta que, tras innumerables generaciones de vida vegetal, las plantas, sin saber que actuaban como obreras beneficiosas, prepararon el camino a otras y provocaron su propia extinción.

Entonces prestaron su ayuda los torrentes de agua dulce del interior. Las semillas de las orillas y las raíces de tierra firme fueron transportadas hacia el mar con las inundaciones y quedaron varadas. Algunas, con vida aún en ellas, echaron raíces y crecieron, y de este modo se fortalecieron protegiendo la orilla que las había salvado. Una vez hecho su trabajo, dieron paso, como parece que afortunadamente es la ley del planeta y ha de ser en el universo, a algo mejor.

De modo que la tierra firme que había de ser nuestro jardín fue creándose poco a poco, y llegó a ser digna de albergar vida en una escala superior. El hombre llegó entonces para continuar con el trabajo de la naturaleza. Escapando con vida del interior, feliz de haber salvado su pellejo, se construyó un cobijo con cañas, después una choza de madera y por fin una cabaña de barro cocido o ladrillos. La tierra se asentó alrededor de la casa. No hay desperdicio absoluto o pérdida completa en las leyes de Dios. Lo que es basura en un tiempo y lugar sirve para un propósito beneficioso en otro, y mientras el hombre construía un hogar mejor, la materia descartada tomó otra forma ciertamente más hermosa.

«Hay algo de bondad en todo lo malo, si el hombre sabe destilarla.» El pobre hombre consigue extraer, y con bastante tino, por astucia o puro instinto, lo mejor de la mayoría de las cosas, y así el barro, el polvo y la tierra se convirtieron en tierra firme que fue excavada y plantada, y sus cosechas, que cobraron vida útil, ayudaron a sustentarlo. Una vez conseguido lo necesario y con el estómago lleno, sus ojos buscaron alimentar su alma de formas y colores. Así, con el tiempo, el grano y la raíz dieron paso a las flores y los frutos, hasta que con añadido encanto y belleza, floreció un jardín. Pero antes de este feliz clímax, pasaron las edades y se necesitó mucho trabajo.

Afortunadamente para nosotros, aunque desgraciadamente para otros, la sociedad en el cinquecento no era perfecta. Tanto hombres como mujeres en raras ocasiones estaban a salvo excepto en las casas patricias, o bajo ese signo de paz que supone la iglesia. De este modo, los monasterios alzaron este símbolo en cada isleta en la Laguna de Venecia, y uno en la Giudecca, rodeado de una gruesa muralla para evitar los expolios del hombre y la invasión de la marea, y que se encuentra en la parcela de tierra sobre la que escribo.

A los monjes les debemos la casa actual del jardinero, y el signo de la cruz que la decora y, esperemos, bendice.

El monje dio paso al patricio, que construyó la así llamada Palazzina para su propio placer y el de sus amigos, y que, quizá consciente de sus mundanos propósitos, da la espalda a la Casa de la Cruz.

Quizá la vida de uno fuese tan buena como la del otro. En cualquier caso, ambos fueron útiles aunque no lo supieran ni lo pretendiesen; pues cavaron y plantaron, o hicieron que cavaran y plantaran, y nosotros nos beneficiamos de su trabajo. Un trabajo del que nació la belleza que constituye nuestra riqueza. Si el hombre que hace que crezcan dos hojas de hierba donde antes solo crecía una se merece el bien de sus semejantes, con toda seguridad aquel que convierte lo simple en bello debería ser colocado sobre un pedestal para ser adorado, o mejor aún, imitado.

CAPÍTULO II