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¿Es admisible un psicoanálisis doméstico, desarrollado en familia, sin competencia y con genérico conocimiento de las reglas de ejecución? Por supuesto, no, pues hablamos de una disciplina muy compleja y controvertida. Sin embargo, el psicoanálisis causa bienestar al alma, y la psique del ser humano encuentra un lugar de expresión que puede facilitar la comprensión del inconsciente que se hace consciente. Esta es la razón que empuja al protagonista a proponer a su esposa un análisis en torno a su psique hecho en familia, sin gastos y compartido como un agradable juego, aunque respetando unas reglas básicas propias de la disciplina psicoanalítica. Tras una débil resistencia, la mujer acepta. A partir de ahí, el lector se adentra en un relato que aborda diferentes acontecimientos de la vida del protagonista, que a la vez sirven para abordar grandes cuestiones existenciales y destacar aspectos de vida social, pública y privada, de la civilización occidental contemporánea. Hacer psicoanálisis es, al fin y al cabo, sentir la necesidad de hablar de uno mismo, del propio mundo íntimo, con la palabra como herramienta para que el inconsciente se haga consciente. Eso sí, la palabra requiere a un interlocutor con quien enfrentarse, al tiempo que la psique se separa del cerebro, tomando un perfil incomprensible. La trama de la novela se muestra como un viaje por la psique del protagonista, un periplo que es posible hasta que su mujer tome la máscara de psicoanalista.
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Seitenzahl: 161
Veröffentlichungsjahr: 2024
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UN LUGAR EN EL CAOS
GAETANO CINQUE
UN LUGAR EN EL CAOS
EXLIBRICANTEQUERA 2024
UN LUGAR EN EL CAOS
© Gaetano Cinque
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10297-87-6
GAETANO CINQUE
UN LUGAR EN EL CAOS
A Loretta
En esta novela, si bien el autor se refiere a unos elementos autobiográficos, estos están totalmente modificados para adaptarlos a la necesidad narrativa del registro específico del psicoanálisis. Por lo tanto, los acontecimientos han sido reconstruidos y narrados de manera libre y fantasiosa para apoyar su imaginación literaria.
En mi humilde opinión, la actitud que mejor contribuye a que tengamos la sensación de que nuestra existencia «tiene sentido» es la de intentar aprovechar lo poco o lo mucho que la vida pone a nuestro alcance, sin obsesionarnos demasiado con hacer que sea «perfecta», y sin hacernos ilusiones sobre el «impacto global» de nuestros actos. Se trata de un sentido más bien minimalista, intrascendente, limitado, volátil y superficial.
JESÚS ZAMORA BONILLA, LA NADA NADEA
—¿Quieres escribir todavía? ¿No estás satisfecho con lo que has hecho hasta ahora? ¿Quieres acaso ganar el Premio Nobel de Literatura?
Cuando mi mujer muestra cinismo, me asusta. Es decir, estoy en un callejón sin salida. Me muero de miedo. Ella siempre tiene razón. Entonces, ¿estoy exagerando?
—Querría repasar toda mi vida, recorriendo las etapas más importantes.
—¿Con qué provecho?
—¡Buscar el sentido!
—¿El sentido de qué?
¡He aquí el callejón sin salida!
Hace unas semanas le propuse a mi esposa que compartiera conmigo el deseo de experimentar sobre mi vida pasada con el psicoanálisis. Yo sería el paciente, y ella, la psicoanalista.
Como todas las mañanas desde el día de su jubilación, le llevé café muy agradecido a la cama y después charlamos sobre esto y aquello. Aprovechando el momento, le pedí:
—¿Por qué no hablamos de mi vida? Tú me haces preguntas, como experta de vida, y yo te respondo, así jugamos al psicoanálisis, sin gasto. Por la mañana, un rato durante el café que te traigo con amor, vamos dentro de mi psique.
—Es un juego muy peligroso —objetó en un primer momento mi mujer, y añadió—: Deja correr la cosa. Hablamos del más y del menos.
—No —insistí—, me gusta mucho la idea. Podemos hacer como en el verdadero psicoanálisis, ocultamos los relatos difíciles, o bien mentimos sobre verdades que puedan provocar daños a nuestros sentimientos.
Al final, mi mujer se rindió y aceptó el juego con muchísimo gusto. Entró en la máscara de psicoanalista, y yo me lanzo a mis verdades inconfesables.
De vez en cuando me parece recordar cuando fui concebido y nadaba en líquido amniótico. Probaba la suavidad de mi madre. Recuerdo que fue un tiempo largo, me gustaba dormir y moverme nadando en el líquido. Me gustaba también guardar silencio. Creía que aquel sería siempre mi mundo. No imaginaba que en cierto momento tendría que salir.
Algo sorprendente que recuerdo es que tuve la suerte de hacer con mi madre algo importante para su vida y para la vida de la nación. Como después ella me contó siempre, el 2 de junio me llevó consigo en el útero a votar en el referéndum de Italia para elegir qué forma de gobierno tenía que tomar la nación después del fascismo: república o monarquía. Y era la primera vez que las mujeres participaban en una elección tan importante.
Creo que, por el latido de su corazón, sentí cuándo puso la cruz sobre la papeleta. Desafortunadamente, no vi cuál fue su elección. Estábamos en 1946 y yo nacería unos meses después, el 12 de septiembre.
Le pregunto a mi esposa:
—¿Te acuerdas de cuando estabas en el útero de tu madre, es decir, cuando nadabas en el líquido amniótico?
—¿Qué?
Mi mujer está asombrada por la pregunta.
—Te he preguntado si tienes recuerdos de cuando fuiste concebida, de antes de que nacieras —me explico bien—, es decir, cuando no vivías de manera autónoma, sino dentro del útero de tu madre.
—¡Es una pregunta muy extravagante la tuya! ¿Cómo es posible la memoria cuando no hay sentido?
—Aquí te equivocas: cuando estás en el vientre de tu madre vives un momento muy importante de tu vida. Es el verdadero tiempo de tu formación, de tu inteligencia, de tu ánimo. Te parece que no tienes aún el sentido, pero todos los sentidos están activos y absorben todo lo que circunda a tu madre. Yo, sin duda, agradezco recordar el tiempo amniótico.
—Por supuesto, el tiempo amniótico es un periodo muy significativo —observa mi mujer—. Pero creo que no puedes hacerlo determinante para la vida del ser humano.
—Quizás es la única vez que ocupamos un lugar solo para nosotros. Es un lugar privilegiado, hay armonía y protección. Nunca jamás encontrarás un lugar igual. El que ocuparás tras la muerte es a solas, sí, pero no hay vida, la nada es la dueña.
—¿Acaso durante toda tu vida tu relación con las mujeres fue condicionada por la imagen de tu madre que tenías dentro de ti? Para ser clara, ¿has buscado a tu madre en la mujer, también en mí?
¡El discurso toma un cariz inesperado!
—¿Adónde quieres ir a parar? —pregunto inquieto.
—No quiero crearte dificultades —precisa mi mujer, intentando tranquilizarme—. Si quieres, me contestas; de lo contrario, no pasa nada.
—No, deseo contestar, porque en las mujeres no he buscado a mi madre, no he querido nunca ver a mi madre en otras mujeres, no he deseado nunca estar en el vientre de otras mujeres, solo en el de quien me concibió y me tuvo consigo nueve meses. Mi madre ha sido siempre una mujer especial. Su cariño fue especial, siempre, no solo cuando estaba en su vientre.
—¿Quieres decir que nunca has buscado en nosotras a tu madre? Entonces, ¿cómo has visto y ves ahora a las mujeres que estuvieron y están en contacto contigo?
—¡Normales!
—¿Qué es «normales»?
—Normales, es decir, como personas. Las mujeres son personas.
—¡Bueno! Pero no me refiero a una mujer cualquiera, sino a quien tiene contigo un contacto especial, como yo, por ejemplo. O todas las mujeres de tu vida pasada, antes de estar conmigo. Las mujeres que has amado, por ejemplo. Nunca me has contado las relaciones de tiempo atrás. Quizás ha llegado el momento de que hables de ellas.
¡He aquí otro callejón sin salida! El juego se pone difícil. Sin embargo, he sido yo quien lo ha querido. Pero ahora no me gusta hablar del pasado, no deseo echar cuentas de mi vida en su totalidad. Sobre todo, no quiero revelar mis complicidades.
Guardo silencio.
—Si no quieres hablar de otras mujeres del pasado o de hoy día —mitiga mi interlocutora—, háblame de mí, háblame de cómo me ves. Siempre si te apetece. Es raro que nos enfrentemos a estos temas fuera de este juego.
Querría decirle, como a una verdadera psicoanalista, que mi mujer ahora me está huyendo. No hay el mismo contacto que años atrás. Se ha perdido lo que juzgo como el alma de la relación entre varón y mujer: el sexo. Cuando mengua el deseo sexual, cuando no hay más atracción por el contacto corpóreo, como una caricia inesperada o un beso de sorpresa, cuando desaparece la atención sexual o la seducción con ropa interior, entonces, a pesar de la ausencia de conflictos en la pareja, no es posible aprovechar el contacto de la misma manera que cuando inició.
Siempre he visto a la mujer que se relaciona conmigo como una ocasión para alegrarme con su cuerpo y su belleza. El tiempo se desarrolla, pero para mí la felicidad sensual sigue siendo fundamental.
El carácter, la personalidad, la suavidad de las mujeres son importantes, sí, pero siempre dirigidos al placer físico exhibido con elegancia y máximo respeto: nunca jamás obligando, siempre con consentimiento. Una pareja concorde ha sido siempre mi modelo imprescindible de contacto entre mujer y hombre. ¡Para la alegría de los sentidos!
—Sigues callando, ¿por qué? —Mi improvisada psicoanalista se muestra inquieta—. Al menos, ¿quieres decirme por qué deseaste el contacto conmigo, renunciando a otra mujer hace muchísimos años?
Mi respuesta es sencilla:
—Me gustaste con locura.
—¿Y la mujer con la que estabas no te gustaba más?
—No sé, rápidamente me gustaste. Después los acontecimientos se precipitaron.
—Entonces, ¿se incumplió tu autodeterminación?
—Me ocurre siempre así: pierdo el control de mí mismo y todo se convierte en un gran caos. No comprendo nada más. Pero tenía claro que tú me gustabas mucho, sexualmente.
—¿Solo sexualmente? ¿Y mi personalidad?
—Tú sabes lo que pienso cuando digo «sexualmente». Para mí, el sexo es todo. Hay sexo o la nada.
A decir verdad, yo creía que el contacto sexual con esa nueva mujer no sería de larga duración, que pronto se habría acabado. Todo estaba a favor de su rápida conclusión, solo tenía que esperar. Por lo tanto, me aprovechaba de su cuerpo, hermoso y cautivador. Nada estaba prohibido sexualmente.
La incertidumbre por mis dos relaciones me angustiaba un poco, pero al mismo tiempo me excitaba. Sin embargo, pronto tendría que salir del caos de mis sentimientos. Es más, la mujer con la que estaba y que podía dejar me exigía claridad. Me acusaba de ser un polígamo. Por supuesto, no fui capaz de mantener en secreto la nueva relación.
No tuve tranquilidad en aquellos días de mi vida. Muchas fueron las peleas. La mujer que se sintió traicionada me dijo que mi responsabilidad era decidir con quién estar. Ella jamás podría aceptar que un hombre estuviera con dos mujeres.
En ese entonces yo vivía exaltación y frustración. En mi cabeza había caos, pero en mi corazón las dos mujeres tenían mismo lugar.
En un determinado momento, la solución vino de la mujer que vivía el desgaste del desamparo. Una tarde me impidió entrar en casa y con gesto teatral me devolvió un poco de mi ropa y unos libros. Viví el acto como una violación, por la que me quedé confuso. No supe qué hacer, así que me fui a casa de mi amante y le pedí si podía quedarme con ella de ahí en adelante.
Fue la primera vez que tuve un conflicto con una mujer. Hubiera preferido no salir de la relación de una manera tan caótica y desalentadora.
—Dime, ¿cómo fue la separación de tu primera esposa? ¿Nunca te arrepentiste?
Vuelve el callejón sin salida.
—Fue un momento muy difícil. Este ahondamiento me cuesta mucho.
Mi mujer no me quita los ojos de encima. Parece que vaya a descubrir algo misterioso. Aquí me doy cuenta de que ser psicoanalista y protagonista del relato es también un callejón sin salida.
Entonces, supero el obstáculo con una mentira desconocida.
—Nunca me arrepentí. Hubo placer sexual, que me excitaba, pero ver sufrir a una mujer me procuraba un problema. Tenía mucha confusión.
—¿Ponías en comparación las dos mujeres?
—No sé, creo que no, porque erais muy diferentes.
—¿Qué comparación te gustaba hacer?
—Te he dicho que no comparaba.
La verdad, hacía comparaciones de continuo. Me gustaba comparar la forma en que las dos mujeres practicaban el sexo. Cuanto más se diferenciaban, más estallaba yo de placer. Con respecto a la personalidad, la cosa poco me interesaba. Obviamente, las dos tenían algo en común, puesto que eran mujeres, y esto era lo que me despertaba.
—¿Por qué me pediste pronto casarme contigo, apenas divorciado? Podía ser a largo plazo tu amante soltera.
—Por locura de amor.
—¿Quizás querías ser padre?, ¿querías un hijo?
—No, quería estar siempre contigo, toda mi vida.
Por supuesto, tenía el pensamiento del hijo. Me dije: «Con la próxima mujer, puedo pensar en un hijo». Pero todo de manera confusa. El caos era dueño de mi cabeza.
Al comienzo de la relación con mi primera esposa, los dos nos dijimos: «Esperaremos. Viajaremos, estos años juveniles de nuestra relación son para nosotros. Más adelante, haremos planes para tener un hijo». Pero mi mujer tuvo un problema de útero bastante pronto, y no hablamos más del hijo.
—Cuando te dije que yo no podría procrear, ¿qué pensaste? —insiste mi mujer psicoanalista—. ¿Te dolió?
Mi respuesta es la misma:
—No, estaba feliz de tenerte. Para mí era lo que me interesaba.
—¿Tú das valor a ser padre para el hombre?
—Es lo mismo que para la mujer ser madre. Pienso que para la mayoría de las personas no supone un problema. Ser padre es obvio y natural, se da por descontado. Para mí no, para mí es una elección, pero si hay un problema para procrear no pasa nada. Hay personas, al contrario, que hacen de eso una cuestión de vida o muerte. Para mí es más importante el amor, porque el sexo es para el placer, no para procrear. Para mí, repito, no para todos. Esta es una opinión subjetiva, no se puede imponer. Yo estoy feliz contigo, así sin prole.
—Te he convencido de tener una mascota.
—El perro no es un hijo. El perro es un gran amigo.
En este caso, lo que he dicho es verdad. No hay mentira. Querría añadir que tener un hijo no es una cosa sencilla. A lo largo de mi vida he pensado en cuántas preocupaciones suponen los hijos. Tener una prole no es un paseo. Alguien dice que una vida sin descendencia es una vida vacía, y yo creo que sí, es una vida vacía, pero vacía de inquietudes.
—Ahora, si te parece bien, vamos al grano: ¿con cuántas mujeres, además de nosotras dos, has tenido relaciones sexuales completas? No me refiero, por supuesto, a la relación que se basa en la seducción y el galanteo.
—¡Cero!
—¿Cómo?
—Además de vosotras dos, nunca tuve relaciones sexuales completas con ninguna otra mujer. Las únicas relaciones sexuales de esta naturaleza son las que tuve con mi primera mujer y contigo hasta el presente, como tú bien sabes.
Mi psicoanalista parece perpleja.
—¿No será que estás mintiendo? —me pregunta.
—No, y te explico por qué. Por supuesto, he tenido muchos contactos con mujeres con las que me habría gustado acostarme. Empezaba un galanteo y una seducción, pero cuando me daba cuenta de que me estaba comprometiendo en serio, me desentendía. Por mi educación religiosa y mi carácter, no quería complicaciones. La relación sexual la he visto siempre como algo importante. En cierto modo, tenía también una forma de timidez, por lo que me gustaba mucho si era la mujer quien tomaba iniciativa. Aun así, me metía en mi concha cuando veía dificultades en la aproximación, pero el deseo sexual juvenil estallaba. Vivía gran confusión por no saber cómo transitar desde el anhelo al sexo con plena satisfacción. Cuando las hormonas alborozan, no hay paz, se pierde la cabeza. Y el sexo se envuelve en abstracción. Se crean imágenes y sueños hechos de sexo por satisfacción personal.
—Y, entonces, ¿cómo te explicas los únicos dos casos que has concretado?
—¡Por las circunstancias!
—¿Qué?
—Quiero decir que a veces ciertos pensamientos inconfesables nos guían sin que seamos totalmente sabedores. Para mí, más que una elección ha sido siempre aprovechar. Probablemente, así es descuidarse, no tener personalidad, pero he conseguido el objetivo, que en los dos casos ha sido aprovechar el sexo. Bien la compañía de otra persona, bien el carácter amable, etc., pero a mí me interesaba la felicidad por el sexo. Y si la cosa era posible, bien. El sexo fue la circunstancia favorable en el primer caso, y también en el segundo. Con mi primera mujer, fue el descubrimiento del sexo; contigo, la novedad sexual. No sacar provecho de esta nueva relación significaba quedarme por siempre con una única relación sexual, no experimentando nuevas emociones: un sexo monógamo para toda la vida.
Mi esposa ahora está molesta, así que me pide:
—¿Y si acabamos con el juego? No solo es peligroso, sino molesto. No quiero saber tus motivaciones sexuales en las elecciones femeninas. Lo que me angustia es que tú en la mujer no ves otra cosa sino sexo.
—¿Quién sabe por qué se considera siempre algo feo poner el sexo como núcleo de vida? Siempre ha sido algo indecible. Sin embargo, el amor es sexo. Cuando nace una pareja, esta tiene enfrente dos posibilidades, entre las cuales puede también elegir: disfrutar solo la felicidad sexual o también procrear. Además, hay otras posibilidades, que podríamos definir secundarias, para la vida en pareja: compartir emociones, bienestar, felicidades diarias pequeñas o muy grandes, es decir, vivir en compañía. Pero son las posibilidades primarias las que pertenecen al instinto animal de la especie.
Volviendo a su rol de psicoanalista, mi mujer pregunta:
—Y si en la pareja el sexo deja de atraer, si para uno de los dos mengua el deseo sexual o si se acabó la función de engendrar, ¿qué le ocurre a la pareja? ¿No hay más relación porque no hay contacto sexual? ¿No te parece una visión muy reducida de la vida humana?
—Por supuesto, es así. Una pareja a la que le deja de gustar el sexo tiene que apartarse. Sin embargo, como es propio del ser humano estar en compañía, tener intereses comunes y compartir una vida diaria, la pareja puede continuar junta, pero no como pareja sexual. Esta, si quiere permanecer junta, tiene que jugar con el placer sexual, compartir la satisfacción erótica. Es muy triste ver a una pareja en la que no hay nunca sexo, que sigue conviviendo sin soportarse el uno al otro. Sobre todo, cuando se envejece. La pareja se envuelve en un lugar de odio y de desprecio, el sexo queda muy lejano, hay solo choques y peleas. ¡Faltaría una vida similar en común!
—¿Y la fisiología humana no la consideras? —objeta mi psicoanalista—. ¿Y la familia a la que tienes que cuidar, los críos que crecen? No ves que hay un orden, la naturaleza no puede faltar de capital social, de cultura. Es lo que se llama humanidad. No puedes pensar toda la vida solo en el placer sexual. Hay un momento en que el deseo te deja, el cuerpo se transforma, deja de responder para llegar al placer.
Intervengo con descaro:
—¿En nuestra pareja el deseo nos ha dejado? No creo. Aunque no hacemos sexo a menudo, ¿por la mañana a veces no nos abrazamos afectuosamente?, ¿no nos besamos apasionadamente y, aunque no llegamos al punto de hervor, no nos damos alivio al estímulo sexual? Contesto: seguro que sí. Entonces, nuestra intimidad sexual está protegida. ¡La nuestra es todavía una pareja sexual!
—Bueno, pero ¿reconoces que estamos juntos también por otros intereses aparte del sexo?
