Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El perro viaja conmigo pone en manos de los lectores un relato que explora de manera profundamente emotiva y reflexiva los lazos que unen a las personas con sus mascotas y cómo estas relaciones pueden enriquecer la existencia humana, expandir nuestras experiencias y enseñarnos sobre el amor, la pérdida y la búsqueda de felicidad. Ambientada en un trasfondo que mezcla hechos reales con la ficción, la novela se desarrolla a través de una serie de viajes, comenzando con la trágica pérdida de Tess, una querida golden retriever, y el subsiguiente deseo de la pareja protagonista de seguir compartiendo su vida con un perro a pesar del dolor que supone su pérdida.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
EL PERRO VIAJA CONMIGO
© Gaetano Cinque
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
c/ Cueva de Viera, 2, Local 3
Centro Negocios CADI
29200 Antequera (Málaga)
Teléfono: 952 70 60 04
Fax: 952 84 55 03
Correo electrónico: [email protected]
Internet: www.exlibric.com
Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.cedro.org).
Según el Código Penal, el contenido está protegido por la ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.
ISBN: 978-84-10297-42-5
A Loretta
Este relato se fundamenta en hechos concretos que han ocurrido en realidad. Sin embargo, toda la novela es ficción, porque el autor ha reconstruido y narrado los hechos de manera libre para apoyar su imaginación literaria.
«Mi primera intención fue estudiar la historia bajo rayos gamma, es decir, atendiendo a las fuerzas que provocan la emergencia de los hechos: pulsiones, deseos, emociones, pasiones, expectativas. Pero, después de tanteos previos, llegué a una conclusión que me resultó incómoda: todas esas motivaciones estaban movidas por un dinamismo común, un vector convergente en el infinito: la aspiración, tal vez no consciente, a la felicidad».
J. A. Marina, El deseo interminable (Ariel, 2022)
Cuando murió Tess, nuestra querida golden retriever, mi mujer propuso no privarnos de la compañía del perro, sino conseguir a un perrito pequeño.
—Fue un dolor muy grande que no quiero repetir cuando pierdas a tu mascota —dije a corazón abierto—. No quiero compañía de perros, pues deseo hacer viajes largos en aviones, y el perro es un obstáculo. No puede viajar con nosotros en la cabina. Yo nunca lo dejaría en la bodega de avión. Además, nunca querría dejárselo a nuestros parientes o amigos.
—Tampoco yo pienso dejarle a mi mascota a nadie —respondió mi esposa con confianza— ni pienso dejar de viajar. Por eso es muy importante el tamaño del perro que escojamos, ya que al final es muy importante para mí tener a un perrito, como bien escribe el zoólogo y etólogo Konrad Lorenz en su ensayo Y el hombre conoció al perro, en la vida humana es fatal que toda alegría se pague con un tributo de dolor, y el que se prohíbe las pocas alegrías por miedo a tener que pagar la cuenta que el destino le presentará es un pobre mezquino y de mente estrecha.
No supe qué responder. La amistad con un perro era fundamental para Julia, mi esposa. ¡Y para mí también!
Por eso fuimos en busca de la raza y del tamaño de nuestra nueva mascota.
El primer problema que nos planteamos fue si el perro debía ser recogido de una perrera o de una granja de perros de pura raza.
Mi mujer me dijo:
—Me gustaría llevar a una mascota pequeña, a un cachorrito, de unos meses, para que enseguida viva con nosotros y se acostumbre a nuestra vida, y sobre todo a viajar.
Por eso acudimos a un criadero de perros de pura raza después de haber decidido la raza.
Inmediatamente acepté, pero para mí lo difícil fue establecer la raza, una vez aceptado el tamaño.
Mi mujer agregó:
—En internet estoy buscando el carácter del perro.
—¿Qué raza estás viendo? —pregunté con preocupación.
—Estoy pensando en la raza parson.
—¿Y cómo es esa raza?
—Es un perro pequeño, pero no demasiado y con carácter ágil y muy curioso. Definitivamente listo para viajar.
—¿Adónde vamos a conseguirlo? ¿Ya conoces la granja de estos perros de pura raza?
Mi mujer respondió:
—Sí, en la ciudad Vicenza, en la región Véneto. Hay pocas granjas de parson en Italia.
Mientras íbamos a Vicenza, le pregunté a mi esposa:
—¿Ya tienes una idea del país a donde queremos ir de viaje con nuestro cachorro de raza parson?
Para llegar a Vicenza desde Brescia se usa la autopista A4, que tiene mucho tráfico. Mi mujer conducía el coche con juicio.
—En primer lugar —me respondió con mucha tranquilidad—, vamos a ver si el perro no sufre de mareos y viaja con gusto.
—Bien. ¿Qué pasa si el perro no sufre mareos en el coche?
—Tengo muchas ideas y muchos planes de viaje. Vamos por partes. Ahora llegamos a la granja de los parson, y mientras tanto pensemos en el nombre que queremos ponerle a nuestro cachorro.
No tenía ninguna idea. Para mí el nombre seguía siendo el de Tess, pero era el nombre de una perra. Así que no sabía.
Le pregunté a mi esposa:
—¿Tienes algún nombre en tu cabeza?
Julia fue sensible a nuestra nostalgia. Me dijo:
—Mantengamos la sílaba «te» en el nombre, por supuesto no Tess, sino Teddy, un nombre adecuado para un perro macho.
Inmediatamente me gustó mucho el nombre Teddy.
Ya en la perrera el dueño fue muy agradable y nos llevó a ver a los perros parson que había en los recintos.
Eran animales explosivos, saltaban de felicidad al acercarse a nosotros. Una bienvenida verdaderamente extraordinaria.
—Lo que veis no es nada. Ahora os vamos a presentar a los cachorros de un par de meses, entre los se encuentra tu perrito.
El dueño nos llevó frente a un garaje, nos dejó por un momento y luego llegó no con jaulas, como yo pensaba, sino rodeado de muchos perritos que iban de aquí para allá. Una maravilla de placer y juego.
De repente, Aurelio —así se llamaba el criador— tomó a uno de los cachorros y preguntó a quién se lo debía dar.
Di un paso adelante y estiré a mis brazos.
—Este es tu perro —dijo mientras me entregó al cachorro—. ¡Mira qué guapo es!
Mi esposa preguntó:
—¿Cuánto pesa?
—De siete a nueve kilos, no más —respondió Aurelio—. Este cachorro que os doy parece que va a ser grande.
—Estamos al límite —dijo mi mujer un poco preocupada.
—¿Por qué habla de límite? —preguntó el criador.
—Por viajar en avión con el perro.
—Hay aerolíneas que permiten hasta diez kilos —precisó Aurelio.
—Lo sé, pero diez kilos incluido el transportín de mascotas —agregó mi esposa.
—Por supuesto. Sin embargo, hay también un poco de tolerancia.
—En verdad, eso es lo que espero —Julia confesó.
Mientras el cachorro quería bajar para jugar con sus hermanos, el criador preguntó:
—¿A dónde quiere ir con un perro de unos meses?
—A las islas Canarias, pero ahora no.
Ahora también yo sabía el destino del viaje con Teddy, el cachorro que estábamos a punto de llevarnos a casa.
—¿Y cuándo quiere viajar?
—La próxima Navidad —respondió Julia, sin preguntarme si estaba de acuerdo.
Mientras tanto el perrito en el suelo jugaba con mucha felicidad.
—¡Bueno! —dijo Aurelio—. Ahora estamos en junio, seis meses para Navidad. Esto significa que tu perro, que ahora tiene tres meses, tendrá nueve meses en el momento del viaje en avión.
—Lo sé —mi mujer especificó—. La aerolínea Neos admite hasta diez kilos para llevar al perro con el viajero en la cabina y hay vuelos desde Malpensa a Milán y desde el aeropuerto Valerio Catulo de Verona.
Me sorprendieron los muchos detalles que mi esposa ya había recabado.
—Bueno —repitió Aurelio—, vamos ahora para confirmar el contrato. ¡Toma a tu perro! —me dijo—, y venid conmigo a la oficina.
—¿Ya sabes cuánto quiere el criador? —le pregunté a Julia con voz baja.
—Por supuesto, me lo dijo por móvil cuando concertamos la cita: mil doscientos euros. ¿No te avisé?
—No —respondí, y luego pensé que habría sido mejor llevarnos al perro de la perrera municipal. Pero inmediatamente borré este pensamiento, cuando volví a tener a Teddy en mis brazos.
Por un cachorro así cualquier precio habría sido justo. «¡Bueno, entonces!», me dije a mí mismo.
Después de despedirnos del criador Aurelio, iniciamos el camino de regreso. Pensé en el desapego del cachorro de su familia biológica.
—¿Está quejicoso nuestro perrito, alejado de sus padres? —le pregunté a mi mujer, que aclaró:
—Ahora Teddy tiene a nueva familia. Siempre se quedará con nosotros. Viajará con nosotros incluso en avión.
En los primeros días de octubre de 2018, Julia confirmó el vuelo de Malpensa a Milán con destino a Fuerteventura, en las islas Canarias. La reserva del vuelo se refería a dos pasajeros más una mascota en cabina, teniendo en cuenta el límite de diez kilos para el perro con transportín.
La fecha del viaje fue el 20 de diciembre de 2018, para que mi esposa pudiera usar días libres en su trabajo durante el periodo de Navidad. Yo, de lo contrario, no tuve problemas, porque ya hacía muchos años que estaba jubilado —mi trabajo se acabó el 31 de agosto de 2012—.
—Entonces iremos a las islas Canarias junto con nuestro perro. Dos semanas en Navidad. ¿Porque este es el destino del viaje, verdad? —pregunté.
—En primer lugar, tú sabes que quiero países cálidos. El frío no me gusta. En segundo lugar, podemos pasear con Teddy. Podemos caminar por senderos de arena en Fuerteventura y, durante la segunda semana de vacaciones, que estaremos en Lanzarote, cerca de los volcanes. He leído que se pasea con mucho gusto a lo largo de Charco del Palo, que se encuentra en el municipio de Haría, en Lanzarote. Entre las dos islas, Fuerteventura y Lanzarote, nos moveremos con un coche que alquilaremos en el aeropuerto de Fuerteventura y que lo dejaremos en el de Lanzarote.
—Veo que ya has previsto todo. Y el perro ¿estará de acuerdo? —pregunté con una sonrisa maliciosa.
—El perro hará todo lo que hacemos nosotros —respondió mi esposa sin enfadarse—. De ahora en adelante prestemos atención a los kilos de la mascota. No debe superar los nueve kilos, la canasta que sostiene al animal pesa un kilo, así llegamos a diez kilos, los autorizados para llevar al perro con nosotros en cabina.
—¡Estamos! —aseguré feliz.
—Eh, no, querido. Esta mañana puse Teddy en la balanza que se inclinó hacia los nueve kilos y trescientos gramos. Debe adelgazar. Él debe perder peso.
—¿Qué pasa con la tolerancia? —sentí ganas de preguntar.
—¡No podemos confiar en la aerolínea!
Entonces empecé a jugar con Teddy en el patio, lanzando la pelota como él había aprendido hábilmente para devolvérsela a su amo. Así durante muchas horas al día.
Estaba convencido de que mucho movimiento haría que el perro adelgazara. Y para él no fue un sacrificio, porque le encantaba jugar durante mucho tiempo.
¡Incansablemente!
Era cierto, me dije, que los perros de raza parson son animales muy dinámicos.
En realidad, después de un mes, Teddy había perdido unos gramos.
Sin embargo, no debo olvidar que mi esposa había sometido al perro a una dieta muy estricta.
No puedo decir cuál de los dos remedios fue más efectivo.
A decir verdad, ambas atenciones habían tenido el efecto de llevar el peso de Teddy a, exactamente, nueve kilos.
Con la canasta sumaba el límite de los diez kilos. Se le dije a mi mujer con gran alegría.
Ella respondió sucintamente:
—¡Esperemos que sí!
A las dos de la madrugada del 20 de diciembre de 2018 nos esperaba un taxi frente al nuestro edificio.
Cuando el chófer vio que también tenía a un perro junto con las maletas, dijo:
—¡No me avisaste que también un perro viajaría con vosotros!
—¿Cuál es el problema? —preguntó Julia.
—El problema es que el perro me ensucia el carro con pelos —respondió el taxista sin cortesías.
—Vale. Entonces eso significa que llevaré al perro en mis brazos —aseguró mi mujer inmediatamente.
—Aun así, hay problemas. ¿Por qué no dejas al perro en casa? —insistió el hombre, que agregó—: ¿Cómo viaja la mascota en avión? ¿Permite que vaya en la bodega? Es muy malo para el perro.
Julia en este punto parecía muy enojada.
—Esos son temas que no le deben preocupar. El perro viaja conmigo. Ahora en taxi tengo al perro en mis brazos, y le garantizo que ni siquiera un pelo quedará sobre el asiento. Esté tranquilo, usted. —El taxista se rindió.
—Vale. Subid al coche junto al perro. Pero, como han dicho, en brazos. Os llevo al aeropuerto como habéis pedido.
El viaje en taxi al aeropuerto siguió unas horas, en absoluto silencio. Teddy, como si entendiera, se quedó quieto.
Llegados al aeropuerto, cuando di los euros de la carrera al taxista, él dijo:
—¡No habría imaginado nunca que el perro fuera así de tranquilo! —Y después, sonriendo, añadió—: Que tengáis buen viaje y felices vacaciones junto con el perro.
Mi esposa no dijo nada, mientras que yo agradecí amablemente, y después ella apuntó:
—Mejor no ofrecer confianza a quien no ama a los animales.
Estábamos en aeropuerto de Malpensa. A pesar de las horas de la madrugada, las idas y venidas de pasajeros en los pasillos del aeropuerto estaban exorbitantes.
Pero a mí me gustaba mucho aquel montón de gente. Me hacía estar bien, feliz.
¡Más aún teniendo conmigo a la mascota!
Además, el pensamiento de que pronto yo vería nuevas tierras y paisajes de otra latitud me encantaba.
Todo me sonreía durante aquella madrugada.
Quería que también el perro fuera feliz, por lo que, cuando mi esposa me dijo de poner a Teddy en la canasta, yo respondí:
—No ahora. Mientras hacemos el procedimiento para el embarque, él andará con la cuerda. Antes de subir al avión lo pongo en la canasta.
Mi mujer desaprobó con la cabeza, pero no añadió nada.
Nos pusimos en cola.
Me alegraba tener en la mano izquierda la canasta vacía y en la derecha la cuerda con que el perro estaba conmigo tranquilo, mientras que mi esposa arrastraba con desgaste las dos maletas.
Teníamos que llegar al emplazamiento, donde se entregaban las maletas y el perro debía ser pesado.
La cola avanzaba con pachorra, pero no me provocaba ningún problema porque aún faltaban dos horas para el despegue del avión.
Por supuesto, mi perro y yo no pasábamos desapercibidos.
—¿Cómo viaja su perro?
La pregunta fue de una mujer muy atractiva. Me quedé atraído por su hermosura femenina y no vi su uniforme de la aerolínea Neos.
—¿Cómo viaja su perro? —repitió la mujer, molesta por no haber respondido. Mi esposa estaba muy atrás y no podía escuchar nada.
Tenía que responder yo:
—El perro viaja conmigo.
—¿Y cómo? Repito.
—También yo repito: ¡conmigo!
—Si anda en la bodega, esta canasta no es regular.
—Mi perro no irá jamás a la bodega de un avión.
—¿Entonces?
—Entonces viene conmigo en la cabina como está resuelto en la compra de los billetes de avión.
La azafata se quedó a ver a lo largo y a lo ancho primero al perro y luego la canasta sin decir palabras. Finalmente mi esposa, con las maletas, me alcanzó. Preguntó:
—¿Qué pasa?
Respondí:
—Nada. Esta azafata quiere saber cómo viaja el perro.
—¿Le has dicho que en la canasta con nosotros?
—Sí, pero ahora está aquí mirando al perro y la canasta sin decir nada.
—¡Sígueme! —de repente la azafata me ordenó.
—¿Por qué? —yo pregunté.
—Tenemos que pesar al perro —respondió con tranquilidad.
—¿Y la entrega de las maletas? —pidió mi mujer.
—Después lo haréis todo conmigo —dijo la azafata, que se alejó, y nosotros la seguimos con el perro, la canasta y las maletas.
Así me gustó dejar a la cola con mucha satisfacción.
Llegados a un emplazamiento sin plantilla, la azafata me ordenó que pusiera al perro sobre la balanza para ser pesado.
—Nueve kilos exactos —sentenció la mujer de la aerolínea Neos, que a mis ojos volvió a ser agradable sensualmente, pues añadió—: Pon ahora al perro en la canasta.
Lo que fue más difícil, porqué mi mascota no quería entrar en la canasta.
Entonces fui yo a tomarlo y a empujarlo hasta cupiera. Todavía Teddy intentaba a menudo a salir de la bolsa.
—Generalmente mi perro está bien en la canasta —dije, empezando a inquietarme por la situación engorrosa.
—Te dije de tener al perro ya desde antes en la cesta —susurró al oído mi esposa.
—¡Basta ya! —dispuso la azafata y se apartó.
Fueron ratos de incertidumbre. La azafata no volvía, la veía con su móvil al oído, pero no hablaba, escuchaba solamente.
Empezaba a estar apurado, igualmente mi esposa. Nuestra inquietud era perder el vuelo. Mientras tanto, la mujer de Neos, que ahora no tenía para mí ni feminidad ni sensualidad, sino el rostro intransigente de inspectora de aerolínea, se había ido por completo y no la veíamos más.
Así toda la situación estaba empezando a ser un infierno para nosotros. Nos decíamos que habríamos perdido el vuelo a las islas Canarias.
Al final llegó el mazazo muy doloroso.
—El perro no puede viajar contigo en la cabina del avión —me dijo con aplomo la azafata, que de repente reapareció—. Si tomas una jaula regular puede viajar en bodega, de lo contrario, el perro no sube al avión y se queda aquí, mientras que vosotros podéis subir regularmente.
—Yo jamás dejaría a mi perro en el aeropuerto —declaré en un arrebato de ira.
—Puede dejar a su perro a un familiar que usted haga venir aquí al aeropuerto —sugirió la impasible azafata.
Mi esposa, con más racionalidad, preguntó:
—Pero, dime: ¿la mascota no cumple todo lo que se requiere para viajar con su dueño en la cabina de avión?
—Por el peso no hay problema, ya que pesa menos de diez kilos; lo que no es regular es el perro en la canasta: esta es muy pequeña para él. El perro sufre al estar encerrado en la canasta. Y eso va en contra de los derechos de los animales.
Me parecía una locura. ¿Cómo llevar consigo al perro va en contra de los derechos de los animales y abandonarlo en el aeropuerto no?
—Por favor, ¿puedo hablar con su superior? —pregunté furibundo.
—No, lo siento. Aquí decido yo, no hay nadie superior. El perro no puede viajar contigo.
—¿Por qué no? —protesté de una manera cada vez más emocionada—. El perro debe viajar conmigo.
—Basta. De lo contrario, me veré obligada a llamar a la policía.
La azafata apareció resuelta.
Mi esposa terció en la conversación.
—Si usted no nos permite subir al avión perdemos nuestra reserva por habitación en Canarias.
—Yo no les impido a vosotros subir, pero vais sin el perro.
—¡Sin perro, para nosotros, es igual que impedirnos subir! —puntualizó mi mujer.
Por el rabillo del ojo vi que la cola para abordar había terminado y que la estación estaba cerrada. En el emplazamiento había nadie más.
—¿Y nuestro embarco? —grité desesperado.
—Lo siento —dijo la mujer de aerolínea Neos—. Habéis perdido demasiado tiempo —añadió.
—Ha sido violencia contra nosotros. Nos han impedido volar —se quejó mi esposa.
—Yo protesto oficialmente —dije—. Lo haré un caso nacional.
—No me importa —señaló la azafata—. Desde ahora, para todo, pónganse en contacto directamente con la aerolínea Neos.
La azafata desapareció y no había nadie alrededor.
Estábamos desesperados, Julia comenzó a llorar amargamente. Teddy nos miraba sin entender lo que había pasado.
Nos sentamos en el suelo en un rincón de la sala del aeropuerto y, como dos clandestinos a los que se les impide intentar viajar, tuvimos que decidir qué hacer.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y marqué el número de la aerolínea Neos, que había buscado y encontrado en el documento de viaje, y tras mucho tiempo, pude hablar por teléfono con un funcionario de la empresa Neos.
—Lo siento por lo que ha pasado, pero podíais viajar en el avión, sólo el perro no podía. Por eso la aerolínea Neos paga el billete del avión del perro, pero no el de los dos pasajeros humanos.
Ante esta información me volví tosco y grosero. Interrumpí la llamada y colgué enojado.
Traté de consolar a Julia.
—Tenemos dos semanas de vacaciones, intentémoslo con otro vuelo.
—Hay vuelos de Neos cada semana, el lunes —respondió triste entre lágrimas—. Tendremos que esperar a la semana próxima y ver si están disponibles los asientos. Pero tendremos que pagar de nuevo los billetes. Es verdaderamente una mala suerte. ¿Y si ocurre lo mismo con el perro? Estoy cansada. ¡Basta ya! Me quedo en casa y adiós a los viajes junto con perro.
Mi esposa estaba muy decepcionada. A mí me tocó relanzar las vacaciones. Por eso le presenté mi estratagema.
