Un matrimonio conveniente - Sara Orwig - E-Book
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Un matrimonio conveniente E-Book

Sara Orwig

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Beschreibung

Él hacía que le temblaran las piernas y se le acelerara el pulso, pero eso no significaba nada... Gabriel Brant iba a romper una enemistad que se había alargado durante generaciones al proponerle matrimonio a Ashley Ryder. Le había ofrecido un trato que los beneficiaría a ambos... él conseguiría la tierra que necesitaba para su ganado y Ashley tendría un padre para su futuro hijo. Pero no había previsto que los besos de Ashley pudieran derribar el muro que había erigido alrededor de su corazón... Ashley había fantaseado con Gabe cuando era niña, pero no confiaba en que su ambicioso vecino cumpliera con su palabra después de tener las tierras que necesitaba.

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Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Sara Orwig. Todos los derechos reservados.

UN MATRIMONIO CONVENIENTE, Nº 1338 - septiembre 2012

Título original: Do You Take This Enemy?

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2004

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Harlequin Deseo son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0831-7

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Prefacio

El Paso del Semental, Texas, llamado así por la antigua leyenda en la que un guerrero apache se enamoró de la hija de un capitán de la caballería norteamericana. Cuando el capitán se enteró, intentó forzar a su hija a casarse con un oficial, pero el guerrero apache y la doncella planearon escapar. La noche que el guerrero fue a buscarla, el oficial de caballería lo mató de un disparo y su fantasma se convirtió en un semental blanco que recorre la zona baja de Texas, buscando para siempre a la mujer que había amado.

Con el corazón roto, la joven ingresó en un convento desde donde, en las noches de luna llena, podía ver al semental corriendo libre por el campo. Pero ella no sabía que era el fantasma de su amado.

Según la leyenda, ese caballo llevará el amor a la persona que lo dome. No lejos de El Paso, entre el condado de Piedras y Lago, hay un caballo blanco que corre por las tierras de tres hombres: Gabriel Brant, Josh Kellogg y Wyatt Sawyer.

¿Llevará amor a sus vidas el semental blanco de la leyenda?

Capítulo Uno

Gabriel Brant conducía por la carretera de tierra con un nudo en el estómago. De buena gana se habría vuelto a casa, pero al tomar una curva vio una casa grande, dos establos y varios edificios más. A la derecha, un corral con los mejores caballos del sur de Texas. Era un rancho enorme, bien cuidado, y su pulso se aceleró al imaginar que todo aquello podría ser suyo.

Pero mientras conducía iba pensando lo que habría dicho su padre. Su padre, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. Tampoco él estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Los Ryder y los Brant llevaban enfrentados desde que llegaron a Texas.

Gabe estaba convencido de que sus antepasados entenderían lo que iba a hacer si supieran lo que los Brant podían ganar.

–No te olvides de eso –dijo en voz alta.

Las posibilidades: más tierras, más agua y una madre para su hijo, le aseguraban que estaba haciendo lo correcto. El arroyo Cotton era la razón por la que los Brant y los Ryder se habían instalado en aquella zona. Y también la fuente de todos los problemas: derechos de acceso al agua, linderos... Gabe miró el serpenteante arroyo que daba vida a ambos ranchos. Estaban en el mes de mayo y no iba cargado de agua, pero en época de lluvias podía inundar las tierras.

Cuando se acercaba a la casa, una mujer salió al porche, apartándose una cascada de pelo negro de la cara. No había visto a Ashley Ryder desde que era adolescente y entonces ella era una chica flacucha, con coletas y un aparato en los dientes. Sabía que había estudiado en la Universidad del Sur de California, que trabajó en el negocio de la publicidad en Chicago... que hacía tres meses había vuelto a casa y los rumores empezaron a circular por el pueblo.

Una chica muy alta, llevaba vaqueros cortos y una camiseta azul... y, como se rumoreaba en el pueblo, estaba embarazada. Muy embarazada.

Sabiendo que estaba incumpliendo las normas de los Brant y sabiendo también que la había engañado para mantener ese encuentro, Gabe bajó de la camioneta y le ofreció su mano.

–Hola, Ashley. Soy Gabe Brant.

Los ojos azules de Ashley Ryder brillaron de ira y, por un momento, Gabe olvidó las peleas familiares, su misión, los rumores, el futuro, todo. El mundo desapareció y se sintió envuelto en azul. Le sorprendía que fuese una mujer tan guapa. Él recordaba a aquella cría flaca con coletas...

–Señor Brant, váyase de mi rancho ahora mismo –dijo ella entonces–. Creí que tenía una cita con un abogado, un tal Prentice Bolton. ¿Es cosa suya?

–Me temo que sí.

–Pues me sorprende que no lo parta un rayo por mentiroso –le espetó Ashley, con los dientes apretados.

–Sí, a mí también –suspiró Gabe, por razones completamente diferentes.

Le sorprendía que, por primera vez desde que murió Ella, tres años atrás, una mujer llamase su atención.

–Ya puede subir en su camioneta, señor Brant. Largo de aquí.

–Primero, escúcheme. Deme diez minutos.

–¡No! No quiero pasar ni diez segundos con un Brant. ¡Fuera de mi propiedad!

–Mire, quiero hacerle una proposición...

–¿Qué?

–Es una oferta que la beneficiará a usted tanto como a mí. No creo que sea tan cabezota como para no darme diez minutos –replicó Gabe.

Ashley lo miró, sorprendida. Casi tan sorprendida como él. Gabe no había pensado en Ashley Ryder como una persona, sólo como una entidad... la única imagen que tenía en mente, la de una niña. Pero era una mujer preciosa, y muy decidida. E iba a darle problemas.

–Le doy diez minutos. Ni uno más –dijo por fin.

–¿Podemos sentarnos en el porche?

–No.

–¿Dónde está su padre? –suspiró Gabe.

–Tiene suerte de que no esté en casa o habría salido con una escopeta. Yo misma habría salido con una escopeta de haber sabido que era usted.

–Me alegro de que no esté su padre. Yo tampoco le habría dicho al mío que venía... aunque no hubiera podido hacerlo porque murió hace diez años.

–Están pasando los minutos, señor Brant –replicó ella, cruzándose de brazos.

Era una mujer imponente. Debía andar por el metro ochenta y... estaba embarazada de, al menos, seis meses.

–Tiene un rancho estupendo. He visto buenos caballos...

–Los mejores –le interrumpió Ashley–. Los dos lo sabemos. ¿Y ahora, qué quiere?

–Usted es de las que van directamente al grano, ¿eh?

–Cuando quiero librarme de alguien, sí. Creo que es la primera vez en mi vida que hablo con un Brant y no me hace ninguna gracia.

–Pero si no me conoce...

–Da igual. Es usted un Brant y eso es suficiente.

Sin poder evitarlo, Gabe miró sus piernas, larguísimas, torneadas. De todas las mujeres en las que podía haberse fijado, tenía que fijarse precisamente en aquella; no sólo hija del archienemigo de su familia, sino embarazada.

–Hay muchos rumores circulando por el pueblo sobre por qué ha vuelto al rancho.

–Ya me imagino –dijo ella, orgullosa–. Pero no es ningún secreto, no me estoy escondiendo. Estoy embarazada, soy soltera y he venido para cuidar de mi padre.

–Eso había oído. Y también he oído que tenía usted un buen trabajo en Chicago.

–Las cosas cambian –se encogió Ashley de hombros–. Ahora ese trabajo no me parece tan importante. ¿Quiere ir al grano de una vez, señor Brant?

–Eso intento –suspiró Gabe–. Estoy intentando ampliar el rancho de mi familia y, para eso, necesito más tierras y más ganado. Puedo conseguir el ganado, pero no puedo conseguir más tierras por aquí porque nadie vende.

Ella levantó una ceja.

–Si cree que vamos a venderle parte de nuestras tierras, está loco. ¡Nunca le venderíamos nada a los Brant!

–Sé que no quieren vender. Y no he venido a comprar.

–¿Entonces? ¿Qué es lo que quiere, señor Brant?

–Para empezar, que me llame Gabe.

–Se está quedando sin tiempo...

–Muy bien, muy bien. He oído que su padre está delicado de salud y que, antes de que usted volviera al pueblo, el rancho estaba endeudado...

–Nada de eso tiene que ver con usted.

–Lo sé. Pero también sé que necesitan ayuda y no tienen dinero para contratar más peones.

–Nos las arreglaremos –replicó Ashley–. Es un problema familiar y sólo nos concierne a nosotros... ¿Va a decirme de una vez qué es lo que quiere?

–He venido a ofrecerle un matrimonio de conveniencia –contestó Gabe–. Sería beneficioso para los dos ranchos.

–¿Cómo dice?

–He venido a pedirle que se case conmigo...

–¿Casarme con un Brant? –exclamó ella, poniéndose en jarras–. ¡Está usted loco! Suba a su camioneta y márchese de aquí ahora mismo, señor Brant.

–Escúcheme –insistió Gabe–. No sea tan cabezota.

–¡Cabezota yo!

–Hablar con usted es como hablar con mi abuela cuando tiene un mal día. Escúcheme un momento –insistió él, tocando su brazo.

Ashley se apartó de inmediato, pero Gabe pudo ver un brillo en sus ojos... ¿sería posible que se sintiera tan afectada como él?, pensó, fascinado.

Había ido al rancho a ofrecerle lo que, en su opinión, era un buen negocio, pero su interés estaba centrado en ella. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió interesado por una mujer? Desde que perdió a Ella y luego a sus padres, se había enterrado de cabeza en el trabajo. Sin embargo, desde que había puesto los ojos en Ashley Ryder...

–Escúcheme –repitió con voz ronca–. Puedo renovar su rancho. Ayudaré a su padre a pagar las deudas, pero él seguirá dirigiéndolo porque sabe mucho más de caballos que yo. Juntos, tendremos el mejor negocio de Texas.

–Señor Brant, es usted muy guapo. Vaya a buscarse una mujer a otro sitio –le espetó Ashley–. No va a poner sus sucias manos en mis tierras.

–Recuerde que serían mías y suyas. Llevar un rancho tan grande como este tiene que ser difícil para un hombre mayor y una mujer embarazada. En serio, podemos ayudarnos el uno al otro –insistió Gabe–. Aquí hay sitio para mi ganado...

–Me habían dicho que era usted muy ambicioso –lo interrumpió ella–. Ahora veo que tenían razón.

–Claro que lo soy. ¿Qué hay de malo en eso?

–Suba a su camioneta y váyase de mis tierras, señor Brant. ¡No pienso casarme con nadie y usted no va a tocar una brizna de hierba de este rancho!

Gabe sabía que se estaba quedando sin tiempo.

–Puedo pagar todas las deudas del Triple R...

–¡Váyase de aquí! –gritó Ashley.

–Me iré, pero piénselo. Sería bueno para los dos, señorita Ryder. Incluso podría protegerse con un acuerdo prematrimonial de separación de bienes –dijo él entonces, abriendo la puerta de la camioneta–. ¿De cuántos meses está, de seis?

–De siete.

–¡Siete! Entonces, Ashley, será mejor que te pienses mi oferta. No te queda mucho tiempo para tomar decisiones. Cuando nazca el niño tendrás tanto trabajo que no podrás ocuparte del rancho. Un matrimonio de conveniencia te quitaría un enorme peso de encima. Y te aseguro que la familia es más importante que el dinero.

La vio apretar los labios mientras subía a la camioneta. Y, cuando miró por el retrovisor, seguía en el porche, furiosa.

Terca como una mula, pero guapísima. Y aunque los Ryder siempre habían sido problemáticos, también eran listos, de modo que se lo pensaría. Estaba seguro.

Si unían ambos ranchos, podría comprar más ganado y ampliar el corral de caballos. Además, según decían en el pueblo, el viejo Ryder estaba mal de salud y Ashley tendría que encargarse de todo...

Gabe iba perdido en sus pensamientos hasta que llegó al Círculo B y vio los dos edificios que lo conformaban. La carretera general llevaba hasta la vieja casa, que se había ido ampliando con los años. El camino de tierra llevaba a la casa que había construido para Ella.

Se le encogió el corazón al pensar en ella y tuvo que apretar el volante. Su hijo Julian y él vivían ahora en la vieja casa porque los recuerdos le ahogaban. Aun así, no dejaba de recordar... primero perdió a Ella, luego, dos años después, a sus padres.

Suspirando, intentó pensar en Ashley y en lo que acababa de proponerle. Había calculado al centímetro cuántos acres ganaría con esa fusión porque recorrió toda la zona en su avioneta privada. Era la única forma de ampliar el rancho. Los demás vecinos eran descendientes de pioneros y no venderían jamás, de modo que Ashley Ryder era su única esperanza.

Su padre y ella necesitaban lo que les ofrecía y esperaba que estuviera pensándoselo en aquel mismo instante.

Ashley se quedó observando el polvo que levantaba la camioneta roja de Gabriel Brant. Furiosa. Habría una próxima vez, seguro. Los Brant no se rendían nunca, como ella sabía bien.

Las dos familias seguían enfrentadas por el arroyo Cotton, aunque ahora las batallas tenían lugar en el bufete de sus abogados, no con los puños.

¡Casarse con él! Un matrimonio de conveniencia, había dicho. Imposible. Que un Ryder y un Brant se unieran era sencillamente impensable. Llevaban cuatro generaciones peleándose y eso no iba a cambiar nunca. Pero el miserable de Gabriel Brant quería casarse con ella... ¡Qué vergüenza!

Pensó entonces en los años y años de odios, de peleas, de silencio. Recordaba que su padre, cuando ella era pequeña, había encontrado unos caballos muertos y que habló con Gus, el capataz, de matar unas cabezas de ganado. Cuando Thomas Brant, el padre de Gabriel, se presentó al Senado, su padre había hecho todo lo posible por derrotarlo, incluyendo una generosa donación para el otro candidato. A pesar de todo, Thomas había llegado al Senado, consiguiendo así más poder para los Brant.

Ashley había oído que Thomas era despiadadamente ambicioso. Y su hijo era igual que él.

Estaba furiosa porque había ido al rancho con malas artes y enfadada consigo misma porque, desde que lo vio, su corazón estaba más acelerado que de costumbre.

Cuando era una niña, Gabriel Brant le parecía el chico más guapo de los condados de Piedras y Lago, un secreto que sólo había admitido ante su amiga Becky Conners. Ashley sacudió la cabeza. No le hacía gracia descubrir que Gabriel Brant se había convertido en un hombre guapísimo. Debería haberse olvidado de él...

Pero ni siquiera en Chicago encontró a un hombre que le alterase el pulso. Ni siquiera Lars Moffet, y había estado a punto de casarse con él.

Gabriel Brant, alto, moreno, con una camiseta y unos vaqueros que le quedaban de cine y unos ojos castaños que eran un pecado. Y la ambición era puramente Brant también.

Frustrada, Ashley tomó una piedra y la lanzó tan lejos como pudo, deseando que rompiera una de las ventanillas de la camioneta roja.

Pero tenía que calmarse antes de entrar en casa, se dijo. La señora Farrin, la cocinera, llevaba con ellos desde que Ashley tenía tres años y sabía bien cuándo algo la afectaba...

¡Casarse con él! ¡Qué cara!

–¡Eres una serpiente, Gabriel Brant! –gritó.

Lo que más le dolía era que había una gran verdad en lo que había dicho. Su padre estaba enfermo y cada día le resultaba más difícil encargarse del rancho. Y en cuanto a ella... se pasaba las noches enteras sin dormir intentando encontrar una solución.

Tenía tres tíos, pero la salud del tío Dusty era peor que la de su padre y a su tío Colin se le había quemado la casa unas semanas antes. Cal, el hermano pequeño de su padre, era dentista en San Antonio y estaba ayudando económicamente a Colin, de modo que no podían pedirle dinero.

Ashley respiró profundamente. Las palabras de Gabe Brant la habían herido porque eran ciertas. La familia era más importante que la tierra y el dinero...

Entonces sacudió la cabeza. Aquello era una trampa, se dijo. «Olvídalo y olvídate de Gabe Brant», pensó. Pero no era tan fácil. No había podido olvidarse de él desde que era niña. La prueba era que, en cuanto lo vio bajar de la camioneta, se le puso el corazón en la garganta.

–¿Qué me pasa? –murmuró, irritada.

Entonces miró alrededor. Tenían una buena tierra, una tierra rica. Detrás del granero y los establos había buenos pastos. Aquel sitio era su hogar y lucharía por él hasta el último aliento...

Pensando eso entró en la cocina, donde una mujer bajita de pelo gris estaba lavando platos.

–¿Te encuentras bien?

–Sí, es que hace mucho calor –suspiró Ashley–. Me voy a mi habitación.

–No has invitado a entrar a ese abogado –dijo la señora Farrin.