Un pacto electrizante - Malena hehn - E-Book

Un pacto electrizante E-Book

Malena Hehn

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Beschreibung

Sídney solía creer que su grupo de amigos era para siempre, pero ya no les habla. Ni siquiera a su ex mejor amigo, Ollie, ni a Drake, quien era... bueno, algo más. Pero eso ya es historia antigua. Aunque encajar es complicado y aún no aprende en quién confiar, ahora es universitaria y hay nuevos amigos, fiestas y lecciones en el horizonte. Sin dudas, también habrá otros chicos. Drake creyó que ir a la universidad con su mejor amigo e ingresar al equipo de fútbol era todo lo que necesitaba para hacer una entrada triunfal al resto de su vida. Sin embargo, hay dos cosas que no esperaba: 1 - Sentirse incómodo en el equipo. 2 - Reencontrarse con Sídney Jones, la chica que lo dejó en el pasado y que no quiere más nada con él a pesar de que saltan chispas cuando están cerca. Cuando la química entre ambos hable y sea físicamente imposible negarlo, deberán llegar a un acuerdo: ¿y si se ven en secreto sin involucrar sentimientos? ¿Puede salir bien eso? La secundaria quedó lejos, y Sid y Drake deberán hacer frente a los altibajos de la vida adulta en este chispeante romance de @malelovesbooks"

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sídney solía creer que su grupo de amigos era para siempre, pero ya no les habla. Ni siquiera a su ex mejor amigo, Ollie, ni a Drake, quien era… bueno, algo más. Pero eso ya es historia antigua.

Aunque encajar es complicado y aún no aprende en quién confiar, ahora es universitaria y hay nuevos amigos, fiestas y lecciones en el horizonte. Sin dudas, también habrá otros chicos.

Drake creyó que ir a la universidad con su mejor amigo e ingresar al equipo de fútbol era todo lo que necesitaba para hacer una entrada triunfal al resto de su vida. Sin embargo, hay dos cosas que no esperaba:

1 - Sentirse incómodo en el equipo.

2 - Reencontrarse con Sídney Jones, la chica que lo dejó en el pasado y que no quiere más nada con él a pesar de que saltan chispas cuando están cerca.

Cuando la química entre ambos hable y sea físicamente imposible negarlo, deberán llegar a un acuerdo: ¿y si se ven en secreto sin involucrar sentimientos? ¿Puede salir bien eso?

 

La secundaria quedó lejos y Sid y Drake deberán hacer frente a los altibajos de la vida adulta en este chispeante romance de @malelovesbooks

Malena Hehn

Nació en Buenos Aires, Argentina. De pequeña grababa videos de Youtube hablando de moda, libros y maquillaje. En la actualidad, aún la pueden encontrar haciendo ese mismo contenido en TikTok e Instagram (@malelovesbooks). Le encantan las comedias románticas, tiene alma de golden retriever y llora por casi todo. Una Coca-Cola bien fría es la solución a todos sus problemas.

 

Con una voz fresca y sensible, su primer libro, Siempre fuiste tú, se convirtió en un gran favorito nacional de los lectores jóvenes.

Para mi abuela Estela que pudo reencontrarse en el cielo con el amor de su vida.

PARTE AMARILLA

“Devils roll the dice, angels roll their eyes

And if I bleed, you’ll be the last to know”.

 

–Taylor Swift

PLAYLIST

Into You – Ariana Grande

Feels Like We Only Go Backwards – Tame Impala

Life Is A Highway – Rascal Flatts

Kill Em With Kindness – Selena Gomez

Best Day Of My Life – Glee Cast

Close As Strangers – 5 Seconds Of Summer

Runaway – Avril Lavigne

the 1 – Taylor Swift

YOUNGBLOOD – 30H!3

Cruel Summer – Taylor Swift

Capítulo 1

Drake

Dos años atrás…

 

–¿Estás coqueteando conmigo, Mendler? –Sus palabras se deslizan por mi piel en un susurro candente al oído.

Los vellos de mis brazos se erizan y mi sonrisa pícara se ensancha.

Claro que estoy coqueteando con ella. Si lo hago por mensaje de texto, puedo hacerlo en una fiesta rodeados de desconocidos.

–¿Qué te hace pensar eso, Sid? –Tomo distancia entre nosotros y bebo de mi vaso plástico para relajar la tensión en el aire.

–No se trata de pensarlo. Se trata de sentirlo…

El alcohol corriendo por mis venas y la música aturdiendo mis oídos me distraen de lo que sucede. En un movimiento; toma mi mano y la apoya sobre su pecho para que pueda sentir el calor de su piel con el tacto de mi palma. Y debajo de aquella capa, su corazón latiendo a gran velocidad. Es recíproco.

–¿Puedes sentirlo? –me pregunta mirándome a los ojos con un color cristalino que me encantaría surfear a profundidad.

Claro que puedo sentirlo. Por algún motivo, me derrito ante su mirada y me trago una respuesta. Las palabras sobran en momentos así.

Al desaparecer el contenido de mi vaso, lo dejo caer en el suelo.

Observo su vestimenta. Lleva un vestido de lentejuelas multicolor. No conozco chicas que se animarían a usarlo. Solo la conozco a ella. Sídney no tiene vergüenza de ser auténtica. Incluso con sus tacones aguja, sigo sacándole media cabeza.

Está cubierta de sangre falsa desde su cabello hasta su pecho, justo donde mantengo mi mano posicionada. Y la banda decorativa que recorre su cuerpo indica que es la reina del baile; en honor a una de sus películas favoritas, Carrie.

Por algún motivo, con Sídney Jones siempre fuimos amigos y sé que, en el diccionario, la amistad no se define por las ideas contundentes que recorren mis pensamientos. Sobre todo, al ser inapropiadas. Y, por algún motivo, mi objetivo es olvidarme de nuestro vínculo por esta noche y transformarlo en uno auténtico. Espero que ella desee lo mismo.

La sostengo de la cintura y, en un movimiento rápido, la acorralo contra la pared del pasillo de mi casa. Le quito importancia a las personas que caminan y hablan a nuestro alrededor. En este momento, somos dos. Nadie más.

Le devuelvo lo que me provocó hace unos instantes; mis labios rozando el lóbulo de su oreja derecha en un cálido susurro determinante:

–Sídney, déjame besarte.

Siento su cuerpo arquearse ante mis palabras, permitiéndome que me deje llevar. Dos corazones agitados y una decisión: ¿qué puede salir mal?

En cuestión de segundos, mis labios encuentran los suyos y nos volvemos uno. Podría culparme por dejarme llevar, podría culparla a ella por no detenerme, pero prefiero disfrutar del momento. Después de todo, es un simple beso en una estúpida fiesta.

Era un simple beso. Lo era hasta que una de sus manos me toma de la cintura y baja hacia mi pantalón. Al parecer, para ella ya no lo es. Deja de serlo en mi cabeza cuando una de mis manos se enreda en su cabello largo y sedoso.

–Así que los rumores eran ciertos… –vacila de forma seductora sobre mis labios enrojecidos. Se me entrecorta la voz y le regalo un dulce beso.

–¿Rumores? –le pregunto desconcertado.

Antes de responderme, busca mi mano y no me queda otra que seguirla. Quiero seguirla. Subimos las escaleras y nos encierra en mi habitación que sorpresivamente está vacía. Me mantengo de pie por unos segundos hasta que me dejo caer sobre la cama y ella se sienta sobre mis piernas.

–¿De verdad quieres que te lo diga? –Mis manos se deslizan por sus caderas a la vez que ella se sostiene de mi cuello para acortar la distancia entre nosotros.

–Prefiero que me lo demuestres.

Entre besos y caricias, nuestros cuerpos se derriten en un mismo glaciar. Es un calor ardiente como el sol y celestial como el color de las olas. Un placer contundente que puede cambiarlo todo para siempre.

Es un polvo en una fiesta. Es un polvo en una fiesta con una chica cualquiera.

A excepción de que Sídney Jones no es una chica más, es mi amiga.

Y muchas cosas pueden salir mal.

En especial, si me obsesiono con tenerla de esta manera.

Capítulo 2

Sidney

Sábado por la noche: 21:21 p. m.

 

Cuando escucho un portazo detrás de mí, se me ponen los pelos de punta.

Es oficial, ya no hay vuelta atrás: comienza mi primera aventura universitaria.

Para ser honesta, todo comenzó hace un par de horas cuando emprendí viaje y me despedí del hogar donde crecí. La casa de mis padres queda a 200 km de distancia del campus. Durante el viaje, lo único que hice fue dormir porque sabía que esta noche no podría hacerlo. Crecí consumiendo series donde los protagonistas que residen en dormitorios universitarios viven de fiesta. Y crecí viendo películas donde las protagonistas se besan con uno de sus crushes populares para ser invitadas a las fiestas privadas de las fraternidades.

Me preparé justamente para eso, no necesitaba nada más hasta este momento.

Nunca creí que me sentiría helada después de verlo por los pasillos. Hace dos minutos lo vi desde el umbral de mi puerta. Por suerte, no me vio. Sabía que ambos vendríamos a esta universidad, pero definitivamente no me esperaba que nuestras habitaciones estuvieran cerca.

Me siento atónita y Phoebe tiene que sacudir su brazo de manera exagerada para que reaccione. Será mi compañera de habitación por este semestre y, si quiere, por un año. Me veo en la obligación de contarle quién es Drake Mendler y cómo pasamos de ser algo a dejar de serlo. Así, sin anestesia.

Sábado por la mañana: 09:04 a. m.

 

Me bajo del coche de mis padres y tomo dos maletas. A la más grande le falta una rueda, por lo tanto, me cuesta trabajo arrastrarla sin arrancarme un brazo. A la más pequeña me resultó imposible cerrarla del todo y corro el riesgo de que uno de mis sujetadores con dibujos de Minnie Mouse salga disparado. Con mi suerte, es capaz de aterrizar en la cabeza a un joven apuesto y arruinar mi reputación para siempre.

Para ser honesta, mi reputación no existe, se reinició.

Cuando uno termina la escuela secundaria, se resetean todos los elementos sociales de la cadena alimenticia. Aquellos que tuvieron la maravillosa suerte de ser populares en su adolescencia, en la universidad nadie los conoce. Por lo tanto, no ejercen esa superioridad todopoderosa sobre los demás. Quienes sufrían bullying, aquí nadie los molesta. Pueden caminar tranquilos por los pasillos sin que alguien les haga un calzón chino o los obligue a prestarles sus apuntes de clase.

En mi caso, era la chica gorda que estaba en la banda escolar y mantenía notas decentes. Siempre mantuve un perfil bajo. Nunca me importó juntarme con los populares. Daba la casualidad de que teníamos amigos en común y terminamos siendo un grupo. Al menos, se mantuvo de esa forma hasta que todo se fue por la borda.

Me pregunto cuál será mi nueva reputación y si tendré la posibilidad de encontrar un nuevo grupo de amigos.

Al caminar, el campus universitario me fascina. Es inmenso. Para empezar, en la entrada se encuentran algunas personas del centro de estudiantes repartiendo folletos. Me preocupo en tomar uno, siento que lo necesitaré en un futuro cercano. Sobre todo, si necesito saber cómo llegar a mis clases el lunes por la mañana.

Una vez dentro, caminamos sobre un suelo rocoso repleto de naturaleza verde a su alrededor. Nos topamos con algunos puestos de fraternidades y hermandades. Los representantes de cada casa utilizan sus colores distintivos y le sonríen solo a los que quieren invitar. No me sorprende pasar desapercibida. Tampoco aceptaría a una chica que apenas puede cargar con sus maletas y que su cabello es un desastre que no se molestó en arreglar.

Observo como una joven de cabello rojizo, vestida como si fuese la representación viva de una imagen de Pinterest, recibe uno de esos folletos. También, puedo ver como su madre se acerca a estrechar su mano con la chica que se lo dio, como si fuera su representante. Ugh. Las clases aún no comienzan y ya me agotaron la paciencia. Espero que mi compañera de cuarto no sea así.

Mis ojos pueden detenerse en cualquier sitio y el espíritu de comienzo de clases estará allí presente. Las edificaciones con banderines de colores y globos rodean el campus. Los edificios residenciales son los más numerosos. Al ser el último fin de semana antes de que comiencen las clases, un gran porcentaje de ingresantes se encuentra buscando su residencia por el campo. Procuro no tropezar ni atropellar a alguien con mis maletas defectuosas.

–Sídney, ¿es necesario traer todas estas cosas? –pregunta mi madre mientras intenta seguirme el ritmo.

Salgo de mis pensamientos por unos segundos y le sonrío.

–Sí, mamá. –Observo como mi padre vacía el maletero del coche a lo lejos y nos sigue el paso a regañadientes. Odia todo lo que involucre sobrecargar su vehículo, es como su segundo hijo–. ¡Papá, voy a vivir en una residencia! Tengo que asegurarme de que no me falte nada. En especial, al estar lejos de casa.

Al alzar mi voz, algunas personas que nos rodean me miran con desinterés. Me encojo de hombros.

–¿Es necesario el cuadro que pintaste a los seis años? –se queja con su respiración agitada cuando nos alcanza.

–¡Claro que sí! Es un recuerdo de mi infancia.

–Te has traído todo tu armario, cuando nos visites no tendrás ropa que usar –se queja mi madre.

–¡También tus óleos y pinceles! No podrás pintar cuando regreses –se suma mi padre y me detengo en seco cuando llegamos a la puerta de la residencia número ocho.

Ahora entiendo por dónde va la cosa. Van a extrañarme.

–Estaré bien. –Me acerco para darles un abrazo a cada uno y les sonrío–. Además, prometieron visitarme el fin de semana que viene.

–Eso no quita que te extrañaremos mucho, Sid –suspira mi madre en un abrazo de oso que por poco no me quita la respiración.

–Yo también los voy a extrañar.

La residencia número ocho está aislada del resto. ¿Por qué? Porque es la más nueva. Porque aquí envían a todos los novatos; a los de primer año. Además, tiene la particularidad de ser una residencia mixta. Hay habitaciones para hombres y para mujeres. Incluso, se puede pedir una habitación compartida para ambos géneros. En ese caso, se firma un acuerdo entre las familias para demostrar que lo “aprueban”. A mí, sinceramente, me parece ridículo que las familias tengan que aprobar dónde dormirá su hijo de dieciocho años de edad, pero bueno… Así son las cosas por aquí.

Mis padres se encargan de subir mis cosas por el elevador mientras que espero detrás de un chico bajito para registrarme en la recepción. Tengo que dar aviso de mi llegada y me tienen que entregar la llave de la habitación.

–Buenos días, bienvenida a la residencia número ocho. ¿Cuál es tu nombre? –me pregunta el joven castaño ubicado detrás del mostrador una vez que avanzo en la fila y es mi turno de registrarme.

–¡Hola! Soy Sídney, ¿y tú?

Mi sonrisa se le contagia y se ríe.

–Hola Sídney, soy Wren. ¿Podrías decirme tu apellido, por favor?

–Jones. Sídney Jones.

Escribe en su computador y mis ojos se dirigen hacia su vestimenta. Lleva puesta una camiseta básica negra con el logo de una serie.

–Me encanta Los 100, es de mis favoritas –le comento a la par que entrega un papel para que firme.

Él me dedica otra sonrisa, esta vez parece genuina.

–¡Gracias! Eres la primera persona en comentar algo sobre mi camiseta. Todos los días la cambio por una serie distinta.

–Entonces, estaré atenta.

–Bueno, tendrías que firmar en la primera y última hoja. –Una vez que se los entrego, me tiende otros papeles–. Estos son el reglamento universitario y las normas de comunidad residenciales. Te recomiendo leerlos cuando ya estés acomodada en tu habitación. –Se agacha a buscar algo y acto seguido me entrega una tarjeta–. Esta es tu llave, te toca la 204 en el segundo piso.

–¡Muchas gracias, Wren! –Tomo los papeles y la tarjeta emocionada–. ¿Sabes si mi compañera ya ha llegado?

El castaño dirige su atención al monitor de su computador en busca de una respuesta hacia mi pregunta y niega con la cabeza.

–De momento no aparece registrada en el sistema para esa habitación así que no, todavía no ha llegado.

–Está bien… ¿Algo más que deba saber?

–Cuando se queden sin papel higiénico pueden pedirme –me dedica otra sonrisa y luego observa a su alrededor para susurrarme–. También, pueden pedir preservativos.

Siento una oleada de calor repentina que corre por mi espalda hasta llegar a mis mejillas. Agradezco que mis padres se encuentren en la fila del elevador y no aquí conmigo.

–Es bueno saberlo –me río negando con la cabeza–. ¡Nos vemos, Wren!

–Nos vemos, Sídney –me responde riéndose y procede a ayudar al próximo en la fila.

Una vez que me acerco a mis padres, el elevador llega para que podamos cargarlo y subirnos en él.

–Mira, si hasta parece que te estaba esperando –bromea mi papá.

Una vez que llegamos al piso, busco con mi mirada la habitación y no tardo en encontrarla. Se me ocurren mil formas de decorar la puerta para que sea única y distinguible. Sonrío.

–¡Está aquí! Habitación 204. –Ingreso la tarjeta sin pensarlo dos veces y, al abrir la puerta, enciendo la luz.

La habitación no es espaciosa, pero tampoco está nada mal. Primero, en el pequeño recibidor hay un apartado para colgar abrigos. A la derecha hay una puerta hacia el baño que tiene una ducha. Recuerdo que tuve que despertarme a las seis de la mañana para inscribirme en una de estas habitaciones a tiempo. Hay otras habitaciones residenciales que no tienen ducha propia y tienen que utilizar las comunitarias del edificio. A ver, no está mal, pero prefería tener una para mí.

Los muebles llegaron anoche y se ve que los organizaron por nosotras. No me puedo quejar, hicieron el trabajo duro.

En la habitación hay un ventanal en medio y, debajo, una cómoda de color crema que supongo que será para compartir con mi compañera. En la pared izquierda se encuentra mi cama con un edredón lila y mi escritorio. Es blanco y tiene el espacio justo y necesario para guardar material escolar. A la derecha, la cama de mi compañera resalta por su edredón amarillo fosforescente. En frente a mi escritorio está su tocador con luces led. Me extraña que no tenga un escritorio y deberé preguntarle al respecto cuando la conozca.

Eso es todo, literalmente. Ojalá tuviera espacio para más cosas.

–Bueno, no está nada mal. –Doy un salto y me tumbo sobre mi cama sonriente. Hay que estrenarla.

–En internet no parecía tan pequeña… –comenta mi mamá inspeccionando cada hueco libre de la habitación como si fuese a encontrar una puerta secreta.

–A mí me parece fantástico. No necesita más cosas, se supone que viene a estudiar –se burla mi padre mientras que se observa descaradamente en el espejo de mi compañera.

–¿Necesitas ayuda para desempacar tus maletas? –me pregunta mi madre porque no quiere irse ni dejarme sola.

–Creo que sobreviviré. –Le sonrío y me levanto para despedirme.

Es en estos momentos donde deseo que Phoebe nos interrumpa para evitar una despedida empalagosa.

De momento, solo sé dos cosas sobre ella:

1. Su nombre es Phoebe Stuart.

2. Le gustan los colores vibrantes.

Tengo suerte de compartir la segunda cosa con ella.

–¿Segura que puedes con todo? –Mi padre se apoya en la puerta y suspira.

–Segurísima. Gracias por ayudarme. –Me acerco y los saludo con un abrazo a cada uno.

Diez minutos más tarde, me encuentro desempacando mis cuadros sobre la cama. Tendría que debatir con mi compañera dónde vamos a colgarlos.

Hablando de compañeras, la puerta se abre de par en par y una chica de estatura media me sonríe. Es la misma chica que vi hace un rato en el campus hablando con una de las representantes de una hermandad.

Su cabello rojizo cereza es lacio y cae sobre sus hombros con delicadeza hasta llegar a su cintura. Hace el contraste perfecto con su piel porcelana y ojos café oscuros. Está vestida con una camiseta ajustada rosa y un jean de tiro bajo que deja a la vista un tatuaje en forma de estrella sobre su cadera. ¿Quién se viste de esa forma para mudarse a una habitación universitaria?

–¡Hola! –me saluda sin disimular el darme un repaso rápido a la vez que se acerca a darme un beso en la mejilla–. Eres Simone, ¿verdad?

–Sídney. Imagino que eres Phoebe, ¿verdad? –me burlo sin tener intenciones de hacerlo. Su perfume floral invade la habitación por completo.

–Sí, encantada. –Me dedica una sonrisa vaga y observa alrededor–. ¿Así de pequeña es la habitación?

–Lamentablemente. –Me encojo de hombros–. Tengo un par de decoraciones para hacerla más acogedora, no sé si has traído algo de eso también…

–¿Ese cuadro es tu decoración? –se burla esta vez de mí y ambas nos reímos.

No sé si me cae bien o quiero asesinarla.

El cuadro abstracto de salpicaduras de pintura reposa sobre mi edredón.

–¿Te gusta? Lo pinté a los seis años.

–Sí, se nota.

Esta vez, una carcajada honesta sale de mi cuerpo y se une a mi risa.

–En fin, tengo hambre. ¿Quieres que asaltemos la cafetería? Dudo muchísimo tener fuerzas para ordenar si no tengo el estómago contento –admite buscando su cartera, decidida a ir conmigo o sin mí de todas formas.

¿Quiere desayunar y postergar el trabajo pesado? Empieza a caerme bien.

–¡Vamos!

Sábado por la noche: 21:22 p. m.

 

Hace un rato terminamos de ordenar y de decorar la habitación. Ya tiene vida. Llenamos la pared de posters y cuadros coloridos. En la cómoda designamos dos apartados para cada una. No es suficiente, pero bastará hasta que compremos otra. En el recibidor dejamos las tarjetas que nos permiten ingresar y nuestros abrigos. La ducha está sobrecargada de productos para el cabello y cremas corporales. Ubicamos el refrigerador pequeño que me regalaron mis padres debajo de mi escritorio. Agradezco que Phoebe se compró un microondas. De esta forma, podremos sobrevivir a la experiencia universitaria a gusto.

Este último es de los pocos artefactos de cocina que permiten en las habitaciones y lo ubicamos sobre una repisa, junto con un televisor pequeño. La repisa nos tomó una hora y media construirla. Ninguna de las dos sabía hacerlo y la madre insoportable de la pelirroja teñida tenía que irse a clases de pilates, por ende, no supo ni quiso ayudarnos. Apareció cuando estábamos desayunando en la cafetería porque extrañaba a su hija y no quería soltarla tan rápido. Se sumó a nuestra conversación y luego volvimos a la habitación para ordenarla.

En medio del caos, buscamos una máquina expendedora en nuestro edificio. Necesitábamos energías y recurrimos a las papas fritas. Y, ese grave error, me transporta a donde estoy ahora. Solo quería deshacerme de la bolsa de frituras en el basurero comunitario de nuestro piso, no quería ver a Drake Mendler.

Me dio tiempo a encerrarme en mi habitación y a que no me vea.

–Sid, parece que viste un fantasma.

La voz de Phoebe me distrae y suspiro.

–No, vi a mi ex.

–¿Aquí? ¿En la universidad? ¿Te ha visto? ¡Qué horror! –se queja dramáticamente.

En unas pocas horas aprendí que es una drama queen con todas las letras.

–No, estaba de espaldas. Y no es mi ex, digo que es mi ex porque fue lo más cercano que estuve alguna vez de tener pareja.

Necesitaba aclararlo.

–¿Qué fueron entonces?

Nada. No fuimos nada.

–Amigos con derechos que aprovechaban cada oportunidad que tenían para estar juntos. –Me encojo de hombros resignada.

–Y te enamoraste de él…

Sí, caí en su trampa.

Caí en su trampa y me enamoré de él.

Capítulo 3

Drake

Domingo.

 

El día está nublado y no hay demasiadas cosas para hacer. La mayoría de los estudiantes se están adaptando para el comienzo de clases. Ayer hice el trabajo sucio, hoy toca relajarse.

En la secundaria aprendí a jugar fútbol americano. Nunca fue mi idea principal, pero, al ver que todos mis amigos se anotaban, no quería quedarme atrás. Para mi suerte, esos fueron los cimientos de mi futuro. Hace unos años no tenía idea de qué quería hacer con mi vida y el deporte siempre estuvo ahí; señalándome el camino a seguir.

Por este motivo me encuentro recorriendo el estadio de la Universidad de Kentucky. A finales de curso, un representante del equipo apareció en la escuela para reclutar jugadores y ofrecerles una beca completa. Tuve la suerte de ser uno de los seleccionados junto con Ryle.

Escoger mi especialización fue lo más complicado. Sé que se elige una vez finalizado el segundo año de educación general, pero elegí una para mantenerme en línea con lo que me gusta.

Decidí que quiero estudiar Kinesiología, me gusta la idea de seguir algo que pueda vincularse con mi pasión por los deportes. A Ryle le sucede lo mismo, su sueño es jugar en las grandes ligas, pero de momento, se anotó en Liderazgo deportivo. En caso de que no pueda jugar profesionalmente, prefiere ejercer de profesor. De todas formas, nuestras decisiones podremos cambiarlas en un futuro. Lo importante es enfocarnos en tomar clases que nos sirvan para cualquier carrera deportiva.

Mi mejor amigo suele jugar en la posición de mariscal de campo y yo soy el corredor. Según este representante, somos una dupla imperdible e inseparable. Dice que tenemos química en el juego y que eso es muy importante para establecer jugadas limpias y concretas en los torneos estatales.

El estadio es precioso y es más amplio que el de nuestra escuela. El césped tiene las características líneas divisorias del deporte, marcando las yardas y sus respectivos números. La realidad se presenta en mi organismo: jugaré el resto del año en este lugar de ensueño. Una sonrisa se ensancha en mi rostro y un escalofrío me recorre la espina dorsal. No veo la hora de que empiecen las pruebas.

–El entrenador Bennet no deja de hablar de ustedes –confiesa Calvin.

Calvin, a diferencia de su hermano Ryle, tiene los ojos oscuros y el cabello más corto. Nos llevamos cinco años y, además de estar en el equipo de fútbol americano, es estudiante de Medicina. Está en su sexto año de la carrera, pero, al tomárselo con calma, le faltan como veinte materias para terminar. Suele hacer sus pasantías por la mañana ya que los entrenamientos son por las tardes.

Bennett es el entrenador del equipo. Lo conocimos al inscribirnos. El representante que nos convocó le habló muy bien de nosotros. Además, el apellido Jensen es muy querido por aquí gracias a Calvin y a sus maravillosas jugadas. Espero que el mío; Mendler, sea aceptado con el mismo cariño.

–¿Quieres que me muera de un infarto? –se queja Ryle–. No me sumes más presión de la que ya tengo.

–Veamos, soy uno de los mejores jugadores del equipo, la vara está muy alta. Esperarán que mi hermanito y su amiguito estén a la altura.

–Lo estaremos –le aseguro intentando convencerme a mí mismo.

–¿Estuvieron entrenando?

Nos detenemos en la caminata y nuestras miradas se cruzan. Jensen mayor suele ser divertido siempre y cuando algo no se interponga en sus responsabilidades. Él también siente la presión de que su hermano se sume al equipo. Ryle le contesta primero:

–Un poco, estuve ocupado en otras cosas. –Se encoge de hombros.

–Con tu novio seguramente… ¿Y tú, Drake?

Pienso qué decirle por unos segundos. ¿Estuve practicando? Muy poco. ¿Estuve entrenando? Sí. ¿Me preparé lo suficiente para estar a la altura de la capacidad física que requiere entrenar en un equipo casi profesional? No. Decido responderle de otra forma.

–Espero estar a la altura.

–Y yo espero que la universidad no se los coma vivos –se queja Calvin–. Tienen suerte de tenerme de referente. Con esta actitud de novatos nunca llegarían a una fraternidad.

–Mi novio dice que no hay algo más heterosexual que grite homosexualidad que las fraternidades. –Se ríe Ryle.

–A tu novio le gusta quejarse y opinar de absolutamente todo.

Desde que nuestro grupo de amigos se disolvió, hace tiempo que no lo veo. Me entero de todo por Ry, pero, de no ser así, no sabría de su vida. Es un poco triste y sucede lo mismo con el resto de mis amigas. Sabía que la universidad era un cambio importante y que trae conflictos, pero no me imaginaba que tantos. En fin, toca adaptarse.

–Hasta aquí he llegado niños. –Calvin nos despeina–. En una hora y media tengo una cita y debo pasarla a buscar por su hermandad. Deséenme suerte.

–Suerteeeee, me debes una charla de cómo consigues una chica distinta cada fin de semana –bromeo y choco puños con él.

–¡Son mis encantos, Drake! Ya verás cómo caen rendidas a tus pies luego del primer partido –me responde, despeina una vez más a su hermano y se aleja dejándonos solos.

Caminamos en silencio por unos minutos para apreciar el estadio hasta que mi compañero de habitación decide romperlo.

–¿Cuánto tiempo crees que tardará Oliver en llamarme para que le actualice sobre nuestra vida universitaria?

–¿Siendo honesto? Tres segundos. –Señalo su mano derecha que sostiene su teléfono móvil y se ilumina la pantalla con el nombre de su novio.

Si bien no está en mis planes estar en pareja, quiero una relación así de tierna.

Capítulo 4

Sidney

Llegar tarde el primer día de clases no estaba en mis planes. Sin embargo, debo sufrir las consecuencias. Me levanté tarde porque anoche no podía conciliar el sueño. Desayuné una manzana a las corridas mientras me vestía. Phoebe preparó su outfit la noche anterior, yo escogí lo primero que encontré: un jean suelto y una camiseta amplia. Es lo que suelo usar cuando no tengo tiempo para pensar en un conjunto más creativo. De todas formas, mi camiseta violeta expresa que me gusta la moda.

Quizás debí anotarme el número del aula antes de salir del dormitorio porque al llegar al campus me mareo entre tantos estudiantes. Algunos corriendo porque llegan tarde, otros relajados porque sus clases comienzan en unas horas.

Camino mirando mi teléfono móvil e intento esquivar la mayor cantidad de personas que puedo mientras me abro paso entre ellos.

Aula 36B con la profesora Dimitri. Se supone que está en el ala oeste de la edificación y me encuentro del lado opuesto. Tendré que correr por dentro.

Voy observando los salones al pasar. 10B, 12B…

–¡Señorita, tenga cuidado! ¡No puede correr por los pasillos! –me grita una voz femenina que no llego a identificar. Deduzco que debe ser una profesora. Algunos estudiantes me observan al pasar con confusión. Si quería llamar la atención de alguna forma, lo he conseguido.

28B, me estoy acercando…

El pasillo se distingue por paredes color ladrillo sobrecargadas de afiches universitarios y un suelo reluciente.

Al llegar al aula 36B me encuentro con una puerta cerrada y suspiro. La ansiedad se apodera de mi cuerpo en una creciente oleada de calor que sube hasta mis mejillas. Podría intentar ocultar las marcas de sudoración de mi camiseta o respirar adecuadamente antes de entrar e interrumpir la clase, pero prefiero entrar de una.

Abro la puerta siendo lo más cuidadosa que puedo y todas las miradas se dirigen hacia mí. Es un aula apta para sesenta alumnos y está repleta.

La profesora es mayor, lleva anteojos y estaba explicando algo en la pantalla de su computadora que se ve a través del proyector antes de centrar su atención en mí.

Gran comienzo de clases, Sídney.

Trago saliva, le dedico una sonrisa tímida y busco con la mirada donde sentarme. Al fondo diviso un asiento vacío y no dudo en acercarme hacia allí. Intento no golpear compañeros con mi bolso y me dejo caer en mi lugar. Estoy ubicada detrás de un chico con auriculares que cuelgan de su cuello. Podría sacarlos, aunque decidió convertirlos en parte de su outfit.

–Para la chica tardanza. –¿La vieja me dio un apodo?–. La impuntualidad es inaceptable en mis clases. Demuestra irresponsabilidad y desinterés. Si vas a interrumpir mis explicaciones, lo mínimo que puedes hacer es presentarte para que tus compañeros sepan con quién no juntarse en actividades grupales. –La profesora se cruza de brazos y me destruye con su mirada.

Me hace dudar si contestarle o no y me encojo de hombros. Quizás lo mejor es ignorarla, pero, si algo me enseñó mi mejor amigo de la secundaria, es a nunca quedarme callada cuando alguien me molesta.

–Discúlpeme, profesora Dimitri. Mi nombre es Sídney Jones y le aseguro que no volverá a suceder –le sonrío tímidamente ya que presiento el nerviosismo de mi voz.

–Ahórrate las excusas y prepárate para estar al día. Esta es una advertencia para la clase entera. –Empieza a señalarnos uno por uno–. Si no están a la altura y ritmo que requiere tomar clases de Principios de Economía, los invitaré a retirarse.

Marketing fue la primera especialización que encontré en el itinerario y que más o menos se acoplaba a lo que me gusta. Tomar clases de Economía me servirá para aprender cosas nuevas y de última, muchas carreras requieren que esté aprobada para entrar en sus programas.

Sé que voy a sufrir la materia de esta señora amargada a la que no le dan amor en casa y espero que sea la única pesada del semestre.

Además, me da tiempo a tomar clases de maquillaje en mis ratos libres. Mi plan inicial era estudiar maquillaje hasta que me di cuenta de que no me gustaría convertir una pasión en un trabajo. No sería capaz de sostenerla de esa forma. Y si bien lo amo, no me veo trabajando en eso en un futuro.

Me gustaría ejercer en alguna empresa dentro del área de marketing, sería divertido. Faltan años para recibirme (solo tuve una clase y llegué tarde), pero siempre pienso en el futuro. Mantiene mi cabeza del presente ordenada.

–Y les pondré ausente a quienes lleguen tarde. La media falta no existe en mis clases. ¿Entendido? –nos pregunta y algunos alumnos se atreven a responderle con un movimiento de cabeza.

La profesora Dimitri continúa con la clase y saco mi tableta del bolso para poder copiar los apuntes a la velocidad del Rayo McQueen.

–Ten, las primeras clases universitarias siempre son difíciles –me ofrece sus apuntes una chica con tez morena y una larga cabellera lacia de color negro.

Está sentada a mi lado y cuando dirijo mi mirada hacia ella, entiendo que debe ser de un año más adelantado que el mío. También entiendo que no debe ser la primera vez que trata con profesoras de este calibre.

No puedo evitar fijarme en que su vestimenta va acorde a su colorimetría. Camiseta verde oliva y jean oscuro con zapatillas clásicas. Se ve superbien.

–Graaacias –le acepto su cuaderno y le hago una foto para poder devolverlo así puede seguir con lo suyo.

–¿Te quedaste dormida? –me pregunta sonriente cuando se lo devuelvo.

La profesora para ser tan exigente, no se percata de que dos alumnas conversan mientras ella está de espaldas intentando explicar un tema aburrido que tendré que aprender para un examen. Problemas para la Sídney del futuro.

–No podía conciliar el sueño.

–Me imagino, me pasó en primer año –se encoge de hombros y luego de una pausa, me pregunta–. ¿Ya pensaste en tu especialidad?

–Tengo el objetivo de seguir el programa de Marketing; ¿y tú?

–Administración, se supone que ya tendría que tener aprobada esta asignatura, pero no la cursé el año pasado para no sobrecargarme…

–Claro, se entiende.

–Estoy en segundo año, para el siguiente empezaría mi especialización. En primero, cuesta adaptarse a los cambios. En segundo, cuesta volver a la miserable rutina.

Me río. Esta chica podría llevarse muy bien conmigo, me da una buena impresión.

Nunca me costó el multitasking. Me gusta hablar mientras que me concentro en copiar y transcribirlo en mi tableta. Hacer varias actividades a la vez, mantiene mi cerebro ocupado. Es divertido. A mi compañera parece gustarle también. Justo cuando pensaba en preguntarle su nombre, se adelanta:

–Soy Harper.

Le sonrío y asiento con mi cabeza.

–Sídney.

–Me gusta. No lo olvidaré, tengo una prima con tu nombre.

–Tampoco olvidaré el tuyo, eres la tercera persona que conozco por aquí. –Nos reímos y cuando sentimos que captamos la mirada de la profesora, nos callamos.

Wren el recepcionista, Phoebe mi compañera de cuarto y Harper mi compañera de clases. Siento que conocí personalidades muy distintas entre sí y me gusta.

Wren es simpático y muy atento. Puede que sea por su trabajo, pero me sentí a gusto charlando con él al llegar.

Phoebe es… interesante. Todavía me cuesta leerla, supongo que me acostumbraré con el paso de los días.

Quizás mi primera clase no estuvo tan mal después de todo.

A pesar de llegar tarde, Harper me pasó los apuntes de los primeros quince minutos. Creí que eso era exclusividad de la secundaria y que los estudiantes mayores no tendrían esa solidaridad. Al parecer es común. ¿Por qué las películas viven mintiéndonos?

Harper parece ser el tipo de personas que necesita una universitaria primeriza.

Soy la universitaria primeriza y necesitaré de una compañera como Harper para sobrevivir el resto del año.

Capítulo 5

Drake

El vestuario tiene azulejos blancos, casilleros azules y asientos a juego. Es amplio y cada uno puede tener su espacio personal. Mi casillero se encuentra cerca de las duchas y es conveniente para los días de frío. Las duchas son simples, dejan que desear. Agradezco que nos regalen equipamiento como toallas, productos de higiene personal y demás. Soy capaz de olvidármelos en mi habitación y que haya un cesto comunitario del cual puedas agarrar cosas en caso de faltarte me parece fantástico. Puedo guardarlo en mi casillero y no preocuparme nunca más de eso.

Definitivamente subestimé al hermano de Ryle cuando nos dijo que el entrenador espera mucho de nosotros. Nuestro primer entrenamiento fue agotador.

Intento recuperarme en mi asiento aun con la toalla rodeando mi cintura.

Esa ducha caliente me sienta perfecta luego de correr por todo el estadio y entrenar duro en el inicio de la temporada. En el equipo, no todos hacemos los mismos ejercicios ni tenemos la misma destreza. Los mariscales de campo suelen hacer planchas y dominadas. Los corredores como yo; ejercicios de agilidad y fuerza de piernas.

Hacer varias repeticiones de sentadillas, planchas y desplantes con peso me agotó. Quizás no esté a la altura que requiere estar en el equipo.

–¿Así serán todos los entrenamientos? –me pregunta Ryle dejándose caer a mi lado luego de pasar una camiseta limpia por sus brazos.

–Me temo que sí, novato. Tocará acostumbrarse –le responde un chico alto y musculoso–. Jensen júnior ¿verdad?

–Mira, ya eres famoso –lo molesto un poco mientras me visto.

Jensen rueda sus ojos y lo saluda.

–Soy Jonan, amigo de tu hermano. Y tú eres Drake, ¿verdad?

–Ese mismo. –Chocamos los puños a modo de saludo.

–Es bueno tenerlos en el equipo. Hablaron maravillas de los dos. –Sonríe–. No puedo prometerles que los próximos entrenamientos serán leves, pero puedo conseguirles una invitación a nuestra próxima fiesta.

Nuestra primera fiesta universitaria. Suena tentador. En la escuela, la mayoría las organizaba en mi casa. Es bueno saber que aquí asistiré a muchas (si me invitan) y no tendré que preocuparme por el desorden y limpieza de la mañana siguiente.

–¿Con qué condiciones? –bromeo un poco.

Creía que las invitaciones a fiestas universitarias serían más complicadas de conseguir. Supongo que estar en el equipo de fútbol americano y conocer a las fraternidades que las organizan, te asegura una entrada.

–Ninguna. Irá todo el equipo, si quieren sumar puntos en su reputación, emborracharse y conocer chicas lindas, no pueden perderse esta oportunidad.

Es verdad, no podemos perdernos esta oportunidad.

–¿Los veremos por allí?

–¡Claro! Muchas gracias –le sonríe mi amigo.

–Una única condición: si pueden, encuentren chicas atractivas por el campus e invítenlas a la fiesta. Es este sábado a las ocho.

Nos guiña el ojo y desaparece.

Segundo día de clases, primer entrenamiento y ya tengo planes para el fin de semana. A este ritmo, mi vida universitaria será un éxito.

Capítulo 6

Sidney

Mis amigos solían describirme como una persona fanática. Cuando me obsesiono, hablo durante semanas de lo mismo. El año pasado, me obsesioné con el maquillaje y por ese motivo quería estudiarlo. Este verano, me obsesioné con las películas.

Pasé de ser una de esas personas que con suerte ven tres películas al año a ser de esas personas que se ven una por semana.

Convencí a Phoebe de acompañarme al cine para relajarnos en esta primera semana y, para mi sorpresa, aceptó venir conmigo. Conseguimos las entradas online y las retiramos ni bien entramos al lugar.

El cine queda en las afueras de la universidad y los estudiantes de Producción audiovisual, Multimedios y Actuación tienen entrada gratis.

Apenas estamos atravesando la mitad de la primera semana de clases y Phoebe ya tiene contacto con medio mundo. En la materia que cursa los martes por la mañana conoció a un estudiante de Multimedios que nos regaló las entradas a cambio de una cita con ella. La pelirroja no dudó en aprovecharse de ese beneficio, lo más probable es que la invite a cenar y ella le cancele.

Me mantengo a su lado mientras que hacemos la fila para comprar palomitas. Como es de esperarse, el lugar no se llena. Los estudiantes deben estar descansando o preparándose para las clases de mañana. Nosotras necesitábamos un respiro de todo eso. Y las personas que viven cerca de la universidad tienen otros complejos con cines más modernos a los cuales asistir.

El cine está constituido por un vestíbulo antiguo. Hay dos filas para los tickets y una para los aperitivos. Además, cuenta con dos salas de proyección, convirtiéndolo en un cinema pequeño que no ofrece gran variedad de películas. Es ideal para los que quieren disfrutar de una sin ruidos molestos de niños en su función.

Una vez que nos entregan nuestras palomitas de maíz, Phoebe se encarga de sostener nuestras bebidas y el tiempo se ralentiza.

Lo que aparentan ser segundos en la vida real, se convierte en minutos interminables en mi mente. Doy una vuelta para dirigirme hacia la sala y mi mirada se conecta con unos ojos marrones que descargan una energía amarilla y electrizante.

Es una advertencia, un llamado de atención en todos mis sentidos.

Reconocería esa mirada en todos lados. Siento que se resbala de mis manos el recipiente rojo a rayas a la vez que mi cuerpo se convierte en gelatina. Este contacto visual podría asesinarme.

Sabía que tarde o temprano me lo cruzaría en algún pasillo, como la primera noche, y tendría que enfrentar las consecuencias, pero nunca me imaginé cruzármelo un miércoles a la noche en el cine.

¿¡QUIÉN VA UN MIÉRCOLES POR LA NOCHE AL CINE!?

Intento buscar algo con qué distraerme antes de enfrentarlo y le dedico una sonrisa tímida a Ryle, el novio de mi exmejor amigo.

Hay un gran porcentaje de jugadores de fútbol americano ante nuestra presencia y me siento intimidada. No porque sean extremadamente atractivos, sino porque no tengo escapatoria de esta situación. Tengo que enfrentarla.

No puedo fingir que no los conozco, sería descortés.

–¡Sídney! Qué sorpresa, no sabía que vendrías a esta universidad –me saluda Drake con un beso en la mejilla y el impulso de lanzarle las palomitas sobre su cabeza es grande.

Claro que no lo sabe, no sabe que sentía algo por él.

Nunca se lo conté. Nunca tuve oportunidad de hacerlo.

Su saludo se siente como una puñalada en el corazón. Sé que no me debe nada, y sé que me gusta. No puedo cubrir con una máscara mis sentimientos.

Para mi suerte, Ryle me quita la oportunidad de responderle. Se acerca a saludarme con otro beso en la mejilla.

–¿Cómo estás, Sid?

Phoebe me observa confundida pero no tarda en encontrar su mejor sonrisa para deleitar a dos chicos apuestos, se dio cuenta.

–Bien, Ryle. –Me encojo de hombros sin saber cómo sentirme.

–¿Se conocen? –pregunta Phoebe haciéndose la confundida.

Le agradeceré más tarde por eso.

Ya sabe quiénes son, le actualicé de todo el drama la primera noche que nos conocimos y los chismes jugosos requieren de imágenes de Instagram y de mi galería de fotos para sustentar el drama.

–Sí, fuimos juntos a la secundaria. Ryle, Drake, les presento a mi compañera de habitación, Phoebe.

–¡Encantada! ¿Y ustedes? –les pregunta a los demás chicos que los acompañan.

Algunos babean con su presencia y pierden el control de sus palabras al pisotearse entre ellos para presentarse. A Phoebe parece divertirle la situación.

Agradezco que sea así de sociable porque distrae a todo el mundo de lo que realmente está sucediendo dentro de mí.

Y presiento como a Drake no lo desliza como a los demás. Me observa confundido y no tarda en descubrir que intento evadir su mirada.

Hay cierta cobardía en mi cuerpo que me provoca un sinfín de estrellas amarillas que me marean y me dan ganas de escapar.

Los jugadores se van presentando uno por uno y mi cerebro se encuentra en otro lado. Escucho sus voces sintiéndome como en la secundaria, apenas puedo prestarles atención a sus nombres.

–¿Qué estás estudiando? –aprovecha a preguntar Ryle. Por su postura, deduzco que también percibe una vibra extraña en el aire.

–Marketing… ¿Ustedes?

–Liderazgo deportivo. Me gustaría ser jugador profesional y estar en las grandes ligas, no me veo haciendo otra cosa. –Me dedica una sonrisa sincera y me la contagia.

Sé lo mucho que le gustan los deportes y no tenía dudas de que elegiría una carrera que acompañe esa pasión. Me alegra que esté persiguiendo sus sueños de alguna forma.

–Todavía no sé a qué quiero dedicarme, empecé Kinesiología… A ver qué tal. –Se ríe Drake despreocupado.

–Somos jóvenes, tenemos tiempo de cambiar de profesión las veces que queramos –intento bromear y nadie se ríe.

¡Ay! Eso fue incómodo.

Está bien, significa que la vibra extraña que nos rodea es notoria para los tres.

Espero que estén culpando al tiempo que tuvimos sin vernos, a la separación de nuestro grupo de amigos y al encontrarnos tan abruptamente.

En mi caso, me toca culpar a mi corazón que siente de más por alguien que debería quedar en el pasado. Mi corazón bombea el extrañarlo contra los barrotes dorados de mi diafragma que intentan olvidarlo.

Phoebe regresa a mi lado tras hablar con varios de los chicos y nos dirigimos a la sala de proyección. Al ser pequeño el cine, compartimos función con ellos. Algunos nos siguen el paso, pero mis antiguos amigos se quedan atrás, haciendo la fila por unos aperitivos.

Los asientos no son numerados y nos ubicamos de forma estratégica en el centro para apreciar la película mejor. Phoebe me relata algunas opiniones que encontró online sobre un producto de skincare que quiere probar hace tiempo y me limito a asentir con la cabeza y sonreírle.

Pasan los minutos y comienza la función. Intento prestarle atención a la historia, pero me siento inquieta. Drake y Ryle aún no regresan, se están perdiendo el inicio.

No sé por qué eso me pone nerviosa. ¿Quizás porque extraño lo que éramos?

Cuando los veo ingresar a la sala y ubicarse dos filas delante de nosotras, me encojo en mi asiento. Sí, definitivamente los extraño.

Paso el resto de la proyección pensando en ellos.

Pensando en lo que solíamos ser.

Sobre todo, pensando en él y en lo que nunca fuimos.

Capítulo 7

Drake

–Entra en mi top 10 de las peores películas que vi en mi vida y no hay demasiadas que se merecen el puesto –se queja Ryle riéndose.

Me encantaría discutirle, llevarle la contraria para que se enoje y decirle que no tiene razón. Solo hay un problema: fue una película aburridísima y me arrepiento de gastar mi tiempo en ella.

Junto al resto del equipo, a la salida del cine, cruzamos a un KFC para cenar. Nadie tiene ganas de cocinar en nuestras precarias habitaciones universitarias y el delivery es exageradamente costoso dentro del campus.

Las dos chicas se suman a nuestra cena. Si bien dudo que se sienten en la mesa con nosotros, a la pelirroja la veo muy entretenida captando la atención de Jonan.

A simple vista parece ser una chica muy atractiva y, al ver como Jonan se ríe a su lado, siento ganas de conocerla. Parece ser de esas personas que pueden sacarte una sonrisa en cualquier lugar al que vayamos.

A Sídney, por otro lado, no parece gustarle la idea de acompañarnos.

Fue una total sorpresa encontrarme con ella a 200 km de casa. Es como si el universo nos estuviese enviando una señal. Una señal de que tendríamos que hablar las cosas. Después de todo, fuimos amigos y nos merecemos esa conversación.

Me sorprende no haberme cruzado con ella en estos días, en especial después de escuchar a su compañera de habitación decirle a Jonan que están instaladas en el segundo piso de la residencia 8, al igual que nosotros.

Le preguntaría tantas cosas…

Primero le preguntaría por qué me evita. No parece tener inconvenientes al hablar con Ryle, pero conmigo sí.

En la cena, si bien evitamos dirigirnos la palabra y nos limitamos a participar de los comentarios de los demás, interactuamos como si nuestro grupo de amigos no se hubiese disuelto hace tiempo. Parecemos encajar entre todos. En el fondo los dos sabemos lo incómoda que es esta situación. Incluso mi amigo se da cuenta. Por suerte, el resto parece no notarlo. Mis compañeros de equipo la atosigan con preguntas sobre qué tan buenos éramos con Ryle en la escuela:

–¿De verdad nunca perdieron un partido? ¡Es imposible! No me lo creo. –Se cruza de brazos Joe.

–Te lo juro por estas alitas de pollo –bromea ella, sonriente.

–Nunca perdimos las veces que tuvimos entrenamientos amistosos con otras instituciones, en partidos intercolegiales sí. Múltiples veces.

Ryle se encoge de hombros, si bien le encanta que lo halaguen, no conocemos del todo a los chicos y deberíamos crearnos una buena carta de presentación y realista.

Tener a Sídney diciendo lo magníficos que somos no nos sirve para ganarnos su respeto en el equipo.

–Bueno, en mi caso nunca los vi perder.

–Eso es porque te invitábamos a los partidos que sabíamos que ganaríamos –me río siendo honesto.

–Ah, farsantes –se burla Jonan y estallamos en carcajadas.

Por primera vez en la noche, esos ojos azules no tienen miedo de encontrarse con los míos. Compartimos una risa y sus mejillas se tiñen de un color rosado. Para su suerte, Phoebe la salva de este momento privado susurrándole algo al oído.

Sídney asiente con su cabeza y ambas se levantan de su asiento. ¿Será una emergencia? ¿Se aburrieron? Intento descifrarlas, pero no puedo.

–Se terminó la noche por nuestra parte, nos veremos en el campus –la pelirroja nos saluda sonriendo y empuja con sutileza a su compañera por la espalda para irse.

Sídney no me devuelve la mirada, se retira cabizbaja. Los chicos siguen hablando de jugadas y posiciones cuando Ryle me observa frunciendo el ceño.

–¿Por qué no nos saludó? –me susurra para que los demás no escuchen.

Me alegra saber que no soy el único confundido.

–No sé.

–Le tendré que preguntar a Oliver.

Es una buena idea. Quizás él sepa por qué actúa de manera tan extraña.

Quizás su novio pueda ayudarnos a entenderla.

Capítulo 8

Sidney

Encontrarme con Drake Mendler dos veces en una semana no estaba en mis planes. Y como sucedió el miércoles, es imposible evitarlo cuando está caminando de frente hacia mí. Viste con una camiseta blanca que resalta todos sus atributos. Es jodidamente atractivo.

Intento hacerme la distraída viendo hacia los lados, enfocándome en los jardines del campus, en los estudiantes leyendo sus apuntes en el césped e incluso en las nubes.

Cualquier excusa es válida para fingir que no lo he visto.

–¡Sídney!

Escuchar mi nombre no es tan impactante a comparación del abrazo que viene acompañado del saludo. Mi respiración se detiene por el susto de sentirlo tan cerca.

Drake me está saludando como si hasta hace dos días no hubiera querido correr y esconderme de verlo. De verdad, ¿tan idiotas son los hombres para no visualizar esas señales?

–¡Hola! –No sé por qué mi voz suena con el mismo entusiasmo que la suya.

Me contradigo en un parpadeo. Me encantaría darme una bofetada en estos momentos. Puede que los dos seamos idiotas.

–¿Cómo estás? Te mandé un mensaje el otro día y no lo viste.

Oh sí, lo he visto. He decidido no contestarte. En realidad, no sabía qué contestarte. El mensaje era el siguiente:

DRAKE

Holaa

¿Llegaron bien a la residencia?

Phoebe me dijo que le responda sin analizar la situación y no pude.

A ver, es como si mi crush me enviara un mensaje diciéndome que quiere verme. Bueno, quizás no sea de esa forma, pero así se siente. Así se siente mi corazón al verlo.

Responder implicaba tener que formular una conversación con él y no me sentí preparada para eso. Puede que el karma esté haciendo de la suya y me haya enviado al joven en persona para que pueda afrontarlo a solas y no lo aprecio en absoluto.

–Ah, no lo vi. Estoy intentando adaptarme a la vida universitaria. ¿Y tú?

–En la misma. ¿Te diriges hacia la residencia?

Asiento con mi cabeza.

–¡Te acompaño!

De verdad, el universo está castigándome con su presencia.

Caminamos por dos minutos en un silencio incómodo. El campus es inmenso y justo nuestro edificio se encuentra del lado contrario al que estamos.

Caminar a su lado me trae recuerdos de cuando recorríamos los pasillos de la escuela en busca de unas buenas frituras. Me recuerda a cuando salíamos con nuestros amigos y buscábamos el coche de Drake para que nos llevase a almorzar a un sitio de comidas rápidas. Son buenos recuerdos.

–Sid, ¿puedo hacerte una pregunta?

Suspiro imaginándome un sinfín de preguntas que podríamos atravesar en estos momentos y asiento con mi cabeza. Quizás, recordar situaciones del pasado nos ayude a afrontar el presente.

–¿Estamos bien? –Su pregunta cuelga del aire y se apresura a darme una explicación–. Sé que dejamos de hablar cuando se dividió el grupo y demás, pero no creo que sea necesario ignorarnos. Me sentí raro al ver cómo te ibas la otra noche sin saludarme, como si fuésemos extraños… No sé si me estoy explicando bien.

Está preocupado por nuestra relación.

Drake Mendler está definitivamente preocupado por nuestra relación.

Awwwwwwwwww.

–Estamos bien, Drake. Perdón por irme sin despedirme. Phoebe tenía que encontrarse con alguien y nos fuimos rápido por eso.

–Lo entiendo, pero ¿estamos bien? –me pregunta de manera insistente y se detiene frente a mí, impidiéndome que siga caminando sin contestarle.

–Sí, lo estamos –no tardo en responder y me encojo de hombros incómoda.