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Este libro es un relato vivido de 57 días de dominio revolucionario de la ciudad de San Sebastián en el verano de 1936, la capital del veraneo de España desde el siglo XIX. Miles de ciudadanos españoles y extranjeros pasaron, en unas pocas horas, del deseado y merecido disfrute del verano al desastre de la desaparición del Estado; el final de la política. Cuatro decenas de testigos presenciales de todas las ideologías relatan el modo en que vivieron –o padecieron– esos dos meses. San Sebastián se recuerda en la Guerra Civil, en la retaguardia, como un paraíso de descanso, premio y residencia. La capital de Guipúzcoa se conocía como «San Sestabién». Este libro desvela una realidad previa desconocida y mucho más dramática durante casi dos meses de inexistencia de un poder político responsable, nada más desencadenarse la violencia el 18 de julio. Los testimonios que recoge el autor dan cuenta de dos meses dramáticos: miles de veraneantes pretendieron huir de la ciudad o sobrevivir escondidos y otros tantos miles de milicianos intentaron defender Irún y la capital de Guipúzcoa frente al empuje y profesionalidad militar de los requetés navarros junto con voluntarios vascos de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. «Una historia dramática narrada por los propios protagonistas de los sucesos; un libro moralmente trascendente, que obliga al lector a no olvidar la historia y a meditar sobre ella». Juan Pablo Fusi, Real Academia de la Historia
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Seitenzahl: 512
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Guillermo Gortázar
Un veraneo de muerte
San Sebastián 1936
ESPUELA DE PLATA
SEVILLA MMXXIV
© Guillermo Gortázar
© Fotografías: Kutxateka/ Photo Carte/ Vicente Martín, Archivo Guillermo Gortázar, Dora Múgica Brunet
© 2024. Ediciones Espuela de Plata
www.editorialrenacimiento.com
polígono nave expo, 17 • 41907 valencina de la concepción (sevilla)
tel.: (+34) 955998232 •[email protected]
librería renacimiento s.l.
isbn ebook: 978-84-19877-21-5
Dedico este libro a mis hermanos, con los que he pasado muchos veranos felices en San Sebastián: Jesús, Luis (Tato), Soledad, Paz, Carmen (Carmenchín), Luisa, Juan, Eduardo, Ana y María (Mimo).
«Cada uno es valiente a su manera».
León Tolstói, Anna Karenina
«Guarda estas líneas como testamento de mis hijos y hazles saber a los pobrecitos todo el dolor de mi alma al dejarlos desamparados.
Que guarden mi memoria como yo los tengo presentes en mi corazón.
Tuyo, hasta el Cielo».
Javier Pradera Ortega a su esposa Carmen Gortázar, la víspera de ser fusilado
«¡Cuántos otros como él serán olvidados en estos tiempos inolvidables!».
Vasili Grossman, Vida y destino
«Quiere a nuestros hijos como madre y atiéndeles solícita, y cariñosa; pero, sobre todo, háblales de mí, de mi vida, de mi lucha, de mis ideales, de mi muerte».
Jesús Larrañaga, dirigente del PCE, a su esposa Carmen, poco antes de ser fusilado
Introducción
El 14 de abril de 1931 la República irrumpió en España de un modo inesperado y pacífico. Alfonso XIII consideró que había perdido la estima del pueblo español y tomó la decisión de exiliarse antes que provocar una situación de fuerza que enfrentara, con violencia, a unos españoles contra otros.
Cinco años después, en julio de 1936, España vivió jornadas de gran ansiedad que preludiaban un pronunciamiento militar. Lo que fue inesperado es que, fracasado el movimiento de sublevación militar en Madrid, los españoles se vieran envueltos en una larga y cruenta guerra civil de casi tres años de duración. Ni el gobierno republicano ni los militares sublevados imaginaron ni desearon nada parecido. En España ningún pronunciamiento militar en todo el siglo xix, ni en 1923, se convirtió en una guerra. El presidente del Consejo de Ministros de la monarquía parlamentaria, ante un «grito» militar que pretendía un cambio de gobierno, cedía el poder o intentaba una oposición con una iniciativa militar que no incluía matanzas de ciudadanos ajenos al pronunciamiento.
La sublevación militar orquestada desde Pamplona por el general Mola, a la que se sumó a última hora Franco y una amplia parte del ejército, tenía el proyecto inicial de un cambio gubernamental (no de régimen). La novedad fue la decisión del presidente Manuel Azaña y del Gobierno frente-populista que, a diferencia de Alfonso XIII, opuso resistencia y distribuyó armas a los partidos y sindicatos de izquierda. Con ello el Gobierno republicano consiguió neutralizar la sublevación en Madrid, Barcelona, el Levante, Bilbao, San Sebastián y en otras capitales de provincias, mientras la mitad de las guarniciones españolas, con un amplio apoyo social de católicos, monárquicos, liberales, tradicionalistas y falangistas, se sumaron al pronunciamiento del ejército de Marruecos y Navarra.
El reparto de armas tuvo como consecuencia que el poder pasó de los despachos a la calle y el teórico gobierno republicano se vio desbordado por el poder efectivo de los milicianos frente-populistas. La violencia y las matanzas de los tres primeros días, entre el 18 y el 21 de julio, certificaron la imposibilidad de un acuerdo pacífico. La lucha iba a ser a muerte, con un solo vencedor.
El 18 de julio los milicianos en San Sebastián desataron una persecución de sospechosos de colaboración con los sublevados. En cierto sentido, San Sebastián también pasó de Corte a Checa como relató Agustín de Foxá. Agustín de Foxá (1906-1959), diplomático y escritor, publicó en Salamanca en 1938, una célebre novela: Madrid, de Corte a Checa. En la tercera parte del libro, «La Hoz y el martillo», Foxá relata las vicisitudes del protagonista, José Félix, en Madrid durante el primer año de la guerra civil.
Agustín de Foxá fue un falangista de primera hora, miembro de la generación del 27, y evolucionó hacia un cierto desengaño y escepticismo de los regímenes autoritarios para desembocar en el hedonismo. Recuerdo que Agustín de Figueroa y Alonso Martínez (1903-1988), hijo del conde de Romanones, comentaba anécdotas y vivencias con su amigo de la misma generación, Agustín de Foxá, y me contó: «Gortázar, ¿sabe Vd. la definición de Agustín de Foxá sobre la mayor concupiscencia?: tocar el timbre, que aparezca el mayordomo y pregunte: ¿Qué desea el Señor?».
Agustín de Foxá
San Sebastián acogía, en la Restauración (1876-1923) y en décadas anteriores, la Corte, la vida social y política durante los meses del verano, desde mediados de junio hasta mediados de octubre. Embajadores, ministros, la reina María Cristina, Don Alfonso y miles de turistas extranjeros residían en la capital de Guipúzcoa. E, incluso durante la II República, San Sebastián mantuvo un cierto estatus de capital política del verano que mantuvo después el general Franco hasta 1975. Por ello está justificado considerar que San Sebastián también pasó de Corte a checa; de un centro de gran atracción veraniega a una huida masiva de veraneantes y múltiples asesinatos en los días siguientes a la sublevación militar y social del 18 de julio de 1936. En aquellos días, los frente-populistas organizaron diez checas para una ciudad de cien mil habitantes, lo que supone una proporción de represión y abusos comparables a los de las checas de Madrid.
Agustín de Foxá escribió una obra de ficción cuyo éxito, además de su mérito literario, consistió en que conectó con un estado de opinión. Lo que a continuación sigue es un libro de historia de cincuenta y siete días de San Sebastián en julio, agosto y septiembre de 1936. Desde el 18 de julio hasta la entrada de las tropas del general Mola, el 13 de septiembre, San Sebastián estuvo bajo el dominio de los milicianos republicanos.
Como verá el lector, en este libro recojo testimonios directos o próximos de los protagonistas reproducidos con el rigor de las fuentes, documentos y memorias. He aquí algunos ejemplos iniciales:
San Sebastián, verano de 1936.
El encargado del cementerio de Polloe, Ramón Aldanondo, declaró a las nuevas autoridades que entraron en la ciudad el 13 de septiembre, a las órdenes del general Mola, que el primer fusilado por los milicianos del Frente Popular fue don Ramón Sáez de Pinilla, abogado de Murcia. Su cadáver fue llevado al cementerio a las cinco de la tarde. Según me dijeron, era un señor que estaba en el paseo nuevo pescando con caña. Alguien tuvo la mala idea de decir que era un espía, dedicado a hacer señales a los barcos para que enfilaran bien su cañoneo al Hotel María Cristina, y esto bastó para que se le detuviera y fusilara.
Poco después, un veraneante residente en el Hotel Excelsior fue fusilado; cometió el «delito» de escuchar una emisora de radio de los sublevados. Su nombre: José Portolés Serrano, agricultor de 44 años natural de Zaragoza. Portolés marchó a pasar el verano a San Sebastián en el año 1936, «siendo detenido en dicha capital el 11 de agosto del mismo año, acusado de ser monárquico y amigo del Sr. Calvo Sotelo, por la denuncia de una camarera, llamada Nicolasa, dando como razón de su detención la de escuchar Radio Nacional».
El teniente de Navío, don José Acebal e Íñigo se hallaba, el 18 de julio de 1936, circunstancialmente, en San Sebastián acompañando a su padre, recién operado en la clínica San Ignacio, y según declaró su cuñado, don Estanislao Ron Cacho: «le sorprendió el Movimiento Salvador el 18 de julio, siendo encarcelado en la prisión del Kursaal de donde fue sacado en la madrugada del seis de septiembre de 1936 y conducido a la plazuela exterior del cementerio de Polloe, en donde fue asesinado a tiros de pistola ametralladora después de haber contestado con altivez y valentía a las increpaciones que por su conocido carácter de marino, católico y español, le hicieron sus asesinos»1.
Son tres ejemplos, entre otros muchos, de un inesperado y dramático destino; veraneantes o visitantes circunstanciales, que pasaban unos días del placentero veraneo en San Sebastián, terminaron delante de un pelotón de fusilamiento por causas verdaderamente absurdas.
El 31 de mayo de 2014 el Alcalde de San Sebastián, Juan Carlos Izaguirre, inauguró un monumento a las víctimas del franquismo en la trasera del Ayuntamiento, en la calle Igentea, a la entrada del Gobierno Militar de Guipúzcoa (ahora es una dependencia del Ayuntamiento), junto al Club Naútico. Cuando lo vi y leí me pareció una muestra insultante de parcialidad histórica con las «otras» víctimas de San Sebastián en el verano de 1936. Aquella impresión es el origen de este libro. Dado que la mal llamada memoria histórica está empeñada en reescribir la historia omitiendo los sufrimientos de una parte de la sociedad española, el lector podrá compensar, en las páginas que siguen, las versiones mutiladas de los profesionales de la parcialidad de la Historia.
Desde hace unos años se ha desplegado una amplia corriente de escritores e historiadores para los que la guerra civil contiene el siguiente paradigma: unos era buenos, muy buenos (los republicanos del Frente Popular) y los otros era malos, muy malos (los militares sublevados y los que les apoyaron). Incluso, historiadores de la llamada memoria histórica caracterizan la rebelión militar, que tuvo un amplio apoyo social de católicos, monárquicos y requetés (los falangistas eran un minoría) como un plan de exterminio «fascista», sistemático, de republicanos a diferencia de «algunos» excesos puntuales de represión de personas o grupos por parte de milicianos que actuaron de forma espontánea y esporádica2. Este argumento no contribuye a la reconciliación de los españoles que fue el gran objetivo de la Constitución de 1978.
Comandancia Militar de Guipúzcoa. En primer término, el monumento a las víctimas del franquismo que omite las del verano de 1936.
No hay duda que la represión franquista cometió excesos en San Sebastián, hasta el punto de que don José Múgica, Alcalde monárquico liberal, nombrado por las nuevas autoridades sublevadas en septiembre de 1936, dimitió de su cargo apenas cuatro meses después por su desacuerdo con los mandos militares. También es cierto que muchos de los ejecutados, después del 13 de septiembre de 1936, fueron condenados por graves delitos de sangre como recoge en su tesis doctoral de 2015, Ascensión Badiola3. Pero lo más llamativo es la parcialidad del recuerdo que transmite el citado monumento, pues el Alcalde Izaguirre, militante de Bildu HB, olvida, omite por completo los cientos de ciudadanos residentes en San Sebastián, totalmente ajenos al inicio del golpe militar, asesinados durante el verano de 1936 por milicianos frente-populistas por el mero hecho de ser de derechas o por la codicia: el robo de sus bienes y pertenencias.
Un golpe de Estado fallido, que se convirtió en guerra civil, precisa algo más que la parcial y simplista versión de los escribas de la memoria histórica. Y, desde luego, para no repetir nada parecido, conviene recuperar la reconciliación, propugnada por el Partido Comunista de España desde los años cincuenta del pasado siglo y hacer uso del perdón solicitado por Azaña poco antes de morir. Aunque inusual, no es tan difícil apreciar y equilibrar las responsabilidades propias, ajenas y compartidas.
En las páginas que siguen se recogen testimonios de los protagonistas de aquellos dramáticos acontecimientos durante cincuenta y siete días de tensión y de terror en San Sebastián, en lo que fue un inesperado e indeseado veraneo de muerte. Incluyo, textualmente, versiones superpuestas (no necesariamente contrapuestas), tanto de las víctimas y sus familiares, militares, tradicionalistas, monárquicos y falangistas, como de nacionalistas vascos (algunos de ellos contrarios a apoyar a las fuerzas de la revolucionaria Junta de Defensa de Guipúzcoa), milicianos de la CNT y UGT, socialistas y comunistas.
Al estilo de otros relatos de ficción clásicos en los que se incluyen las visiones de ambos lados, en este libro hago lo propio, no como ficción, sino como versión y autoría documentada de parte. De este modo, el lector puede hacerse una composición de lugar sobre los hechos relatados por unos y por otros. A diferencia de la visión unilateral del Alcalde Izaguirre y de los escritores parciales de la memoria histórica, aquí presento argumentos de los dos bandos enfrentados. Testimonios, «desde abajo», que son complementarios de las historias escritas por los mandos militares en los que, desde su puesto de mando, describen operaciones de guerra y estrategia, «desde arriba», con una cierta lejanía a diferencia de los relatos vividos y próximos que he recogido en este libro4.
Las fuentes utilizadas para este trabajo son la correspondencia, memorias y diarios de los protagonistas vivenciales de los hechos y textos de destacados miembros del Frente Popular en San Sebastián, de nacionalistas vascos, cenetistas y socialistas. La Causa General de Guipúzcoa aporta numerosos testimonios sobre los hechos aquí reseñados y se complementan con autos del Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, con sede en Pamplona, que resolvía sobre la responsabilidad civil (indemnizaciones de los particulares al Estado) de los casos de Guipúzcoa ya juzgados en Consejos de Guerra. Se incluyen también declaraciones y expedientes personales procedentes de los archivos militares de Ávila y Segovia. El periódico Frente Popular impreso en San Sebastián en el verano de 1936, recoge la información que suministraba la Junta de Defensa de Guipúzcoa, que hay que complementar con otras, para seguir la evolución de los acontecimientos en la ciudad y en el frente militar de Irún, Oyarzun, Hernani y Tolosa-Andoain.
Especial mención merece el libro coordinado por Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada Española, en su capítulo dedicado a San Sebastián que es obra principal del periodista liberal, Alfredo R. Antigüedad. Como testigo presencial del verano en San Sebastián, el autor tuvo acceso a numerosos responsables de Izquierda Republicana y autoridades civiles y militares. Antigüedad reproduce conversaciones, reuniones, textos oficiales de los partidos políticos que componía la Junta de Defensa así como numerosos documentos originales, muchos de ellos publicados en el diario Frente Popular. Aunque Antigüedad usa una terminología muy crítica con los partidos de izquierda y los nacionalistas vascos, debidos a sus vivencias próximas (el libro fue publicado en 1942) de aquellos dramáticos días, no por ello deja de reproducir sus puntos de vista a partir de documentos y declaraciones.
Hay que advertir que, en la pasión de la guerra civil, ambos bandos se redujeron a dos denominaciones: rojos y fascistas. Pero es bien sabido que se trata de una limitación descriptiva que no responde a la diversidad de partidos y tradiciones políticas que componían los dos grupos enfrentados.
Como en todas las guerras, en ambos frentes de «rojos» y «fascistas» hay heroísmo y entrega personal en el cumplimiento del deber; también violencia, crueldad, envidia, venganzas y, en algunos casos, codicia. El lector podrá comprobar todos estos comportamientos a partir de sus testimonios.
En este libro he sido más un compilador que un autor y a fe que no he limitado ni he excluido cualquier versión relevante. El hecho de que haya recogido más relatos de civiles y militares sublevados se debe a que la edición de libros y memorias del año 1936 del bando vencedor es más copioso que el de los republicanos. Ruego disculpas si he pasado por alto, involuntariamente, alguna fuente de interés, de cualquiera de los dos bandos, y agradeceré el aviso para incluirlo en próximas ediciones o reimpresiones. Incluyo cuatro apéndices que amplían la información y una relación de breves semblanzas de los principales protagonistas. En este libro hay un repertorio que considero bastante completo para ilustrar los dramáticos acontecimientos de aquel veraneo de muerte de 1936. En las páginas que siguen no hago un ajuste cuentas, como la sectaria memoria histórica; se trata de aprender de la experiencia y de no caer en los mismos errores de 1936 de ruptura, violencia y exclusión.
1. Los tres testimonios en AHN. Causa General de Guipúzcoa, Leg. 1336, exp. 1, pp. 114, 115, 92 y 66.
2. Ver en este sentido el libro de Francisco Espinosa, Por la Sagrada Causa Nacional. Badajoz 1936-1939, Barcelona, Crítica, 2021.
3. Ascensión Badiola Ariztimuño, La represión franquista en el País Vasco. Cárceles, campos de concentración y batallones de trabajadores en el comienzo de la posguerra, Madrid, Tesis doctoral, UNED, 2015.
4. Un buen ejemplo de visión desde el «Estado Mayor» es el interesante y documentado relato de la guerra civil en el Norte del General Dávila a partir de los cuadernos de campaña de su abuelo el general Fidel Dávila. Rafael Dávila Álvarez (2021).
1alfredo R. Antigüedad
El testimonio más completo de lo sucedido en San Sebastián durante el verano de 1936 se debe al periodista donostiarra, Alfredo R. Antigüedad. José Múgica, dirigente de Renovación Española en San Sebastián, lo manifestó así en su declaración al fiscal de la Causa General de Guipúzcoa en 1942:
Alfredo R. Antigüedad
Quien puede suministrar la información más completa que existe sobre el desarrollo de los acontecimientos en esta provincia desde que surgió el Glorioso Movimiento Nacional es el periodista de San Sebastián don Alfredo R. Antigüedad, encargado de redactar esa parte de Historia de la Cruzada Española que se edita en Madrid, pues el declarante, en algunas ocasiones en que ha necesitado informarse sobre determinados extremos, ha acudido a dicho señor y ha podido apreciar que ha reunido una información copiosísima y muy detallada de todos los sucesos como hoy no la posee nadie e incluso constituiría un acierto incorporar a los autos una copia de cuanto dicho señor tiene escrito, con el destino explicado, a pesar de lo voluminoso del relato5.
El conde de Romanones prologó, en 1925, uno de los libros de Alfredo R. Antigüedad y calificaba al autor como un escritor y periodista veraz y riguroso:
Antigüedad es un reportero formidable. No describe sólo el hecho escueto, la frase exacta que escuchara; amplifica el hecho, comenta las palabras, pero sin apartarse nunca, fundamentalmente, de la realidad. Es de esos periodistas que bordan cuanto vieron y escucharon, pero siempre dentro de la verosimilitud, amplificando la verdad, destacando de ella todas sus facetas, haciéndola vibrar para lograr el efecto y el interés máximo6.
El relato de Antigüedad, testigo directo de los acontecimientos, comienza:
El viernes 17 de julio de 1936, San Sebastián, en pleno apogeo del veraneo, hervía de rumores e inquietud. Miles de turistas extranjeros, principalmente ingleses, franceses, alemanes, norteamericanos y de otras naciones, atraídos por el renombre de la ciudad, acudían a las múltiples atracciones que ofrecía la capital guipuzcoana.
Además, miles de veraneantes españoles repetían o estrenaban visita a San Sebastián. Con los reyes en el exilio, ya no era la brillante capital de la Corte de verano, pero la aristocracia y la alta sociedad (embajadores extranjeros acreditados, empresarios, altos funcionarios, políticos de Madrid) tenían en la Bella Easo su residencia de vacaciones en la que disfrutaban tres largos meses; los de la canícula madrileña. En la tarde del día 17 de julio de 1936 un rumor se extendió por los cafés y paseos.
El Diario Vasco de San Sebastián, aquel día 17 de 1936, omitía por completo las inquietantes noticias de Melilla. El teniente coronel Bengoa, jefe local de la Guardia Civil y cuñado de Mariano Ansó (1899-1981, diputado azañista por Guipúzcoa), llamó por teléfono a su cuñado que, en aquellas horas, se hallaba en el Congreso:
—¿Hay algo de particular? –le pregunta.
—Nada, hombre; absolutamente nada.
—Se habla aquí de algo militar. De África…
—No hagas caso. En toda España hacen la misma pregunta. Hace diez minutos, el presidente del gobierno Casares Quiroga hablaba con unos diputados y les ha dicho que estén tranquilos, que nadie se subleva. Y, sobre todo, que no es posible una sublevación.
—Me alegro mucho.
—Te diré más para tu tranquilidad que las últimas palabras de Casares Quiroga han sido las siguientes: «En Alcalá de Henares ha ocurrido lo que ustedes saben con un Regimiento que ha dado algunas muestras de inquietud. Lo he trasladado a Palencia. Pues bien: para hacer el traslado he tenido que esperar varios días, porque no hay material ni medio alguno que permita el más insignificante movimiento de fuerzas». Considera, por tanto –terminó diciendo Ansó–, si hay posibilidad de que los militares se muevan7.
En la Avenida de la Libertad, se reúne un grupo de amigos, entre ellos el diputado a Cortes de la CEDA don Juan Bautista Guerra y el ex diputado don Abilio Calderón. Todos piden noticias. La desorientación no puede ser más absoluta.
—Acabo de hablar con Madrid –dice Guerra– y nadie sabe nada.
Poco después llegan los diputados nacionalistas vascos, que aprovechan la vacación parlamentaria de fin de semana. Han salido de Madrid a las diez de la noche del jueves y no traen noticias. El donostiarra, don Rafael Picavea (1867-1946), se ríe a carcajadas de los temores que se le expresan acerca de un desbordamiento de los extremistas:
—¡Qué tonterías dicen ustedes, queridos! Ni pasa nada ni puede pasar. El gobierno tiene en su poder todos los resortes del mando. No se moverá nadie. En España no puede pasar nada. Todo lo más, un nuevo 10 de agosto, otro movimiento como el del general Sanjurjo en Sevilla en 1932.
—Está usted equivocado –le dice alguien–. Navarra está ya en pie. Marruecos responderá como un solo hombre. El Ejército no podrá tolerar un día más el actual estado de cosas.
—¡Tonterías! No haga usted caso.
Se reía don Rafael Picavea de los temores y desesperanzas, que, unidos, marchaban en el ánimo de todos. Por la tarde empieza a circular la noticia de que se ha sublevado el Ejército de África. Una sensación de esperanza para unos, de deprimente inquietud para otros, se extiende por la ciudad. En la noche de este mismo día llegan las primeras noticias oficiales. Los teletipos traen la referencia mutilada por la censura del Gobierno: se ha producido el Alzamiento militar en Marruecos.
Rafael Picavea
—Leoncho –le pregunta un redactor del periódico nacionalista vasco propiedad de Rafael Picavea, El Pueblo Vasco, al Comandante militar de Guipúzcoa, León Carrasco, empleando el nombre familiar con que le tratan sus amigos– ¿Tiene usted alguna noticia de Marruecos?
—Sí, que hace mucho calor –ironiza Carrasco.
—¡Y el que ha de hacer! Ya ha comenzado el teniente coronel Yagüe. Se ha levantado el Ejército de África…
El Comandante militar de Guipúzcoa, Coronel León Carrasco (1879-1936), es entonces quien pregunta. No sabe nada y reclama noticias. Le interesa, sobre todo, conocer lo que dice el Gobierno.
El Ministro de la Guerra dirige un telegrama al Gobernador civil. En vez de remitirlo al Comandante militar, León Carrasco, lo envía al gobernador civil Jesús Artola Goicoechea (1886-1970), con instrucciones de que se vigile la actitud de los militares. La incapacidad de Artola se puso de manifiesto en el acto. Lo primero que hizo fue llamar a su despacho al diputado socialista Miguel Amilibia Machimbarrena (1901-1982) y enterarle de lo que ocurría. Por teléfono, a la vez, daba la noticia a Carrasco; la recibió el capitán don Cándido Soto, quien preguntó al Coronel si se adoptaba alguna medida de carácter militar.
—Ninguna –replicó Carrasco–. Esperemos a ver qué pasa. Yo creo que no pasará nada.
Sin embargo, llamó por teléfono al comandante Ardanaz, que estaba de jefe de Cuartel y se encontraba, con autorización, en casa. Requirió su presencia en la Comandancia militar, donde le dijo que, según acababa de enterarse, había estallado una sublevación militar en África y que era necesario tomar precauciones en el Cuartel, a fin de que no fueran a adelantárseles algunos sargentos y soldados. Puso a su disposición el coche de la Comandancia y le hizo ir a Loyola, donde el comandante Ardanaz se pasó la noche en vela.
Carrasco, a sus 57 años, era una personalidad reconocida en San Sebastián. Invitado habitual a todas las recepciones y soirées veraniegas, lo último que deseaba era una alteración de la placentera vida en la capital guipuzcoana. Advertido hacía apenas un mes por el general Mola sobre la inminencia de un pronunciamiento militar no se manifestó a favor. Mantuvo un silencio, una reserva que era más la manifestación de su indecisión que un profundo desacuerdo o aprobación de la iniciativa golpista.
Por ello, el general Mola no contaba con un aliado decidido en San Sebastián. La posibilidad de confiar en otros jefes del cuartel de Loyola no le ofrecían garantías de decisión y liderazgo. Fue un error. Mola encargó al general retirado Muslera que se dirigiera desde Francia a San Sebastián y, una vez declarada la rebelión, asumiera el mando, pero Muslera tampoco tuvo la decisión de presentarse ante Carrasco y controlar la situación.
Aquella noche del 17 de julio el teniente coronel Vallespín (1880-1978) tuvo una dramática conversación con el Coronel Carrasco. Vallespín era un decido partidario del golpe militar y consideraba que era fundamental llevar la iniciativa, declarar el estado de guerra y destituir a las autoridades civiles y de policía que se opusieran al control de la ciudad y de la provincia.
Coronel León Carrasco
—Carrasco:
¿Y qué propone Vd.?
—Mi Coronel: las horas son decisivas. Lo primero es controlar los fuertes de San Marcos que dominan Rentería y el valle de Oyarzun; el de San Marcial que es la llave de Irún y de la frontera con Francia y el fuerte de Guadalupe en Fuenterrabía. Tenemos que enviar allí jefes y oficiales de confianza. Si controlamos el cuartel de Loyola y los fuertes, mañana o pasado mañana, día 19, podemos declarar el estado de guerra. Se trata de garantizar el orden, destituir a las autoridades civiles, cerrar los locales de los partidos del Frente Popular y proceder a la detención de los dirigentes políticos de izquierda y a los líderes sindicales. Necesitamos el control de las dos estaciones de ferrocarril, del Norte y de Amara, de la emisora de Unión Radio de San Sebastián, de la prensa diaria, el edificio de Correos y Telégrafos y la central de teléfonos. Disponemos de fuerzas suficientes para ello, pero si dejamos que la iniciativa la lleven los frente populistas estaremos obligados a obedecerles o nos fusilarán por no apoyar al gobierno de la República. Es la hora de la decisión; no de la duda ni de la pasividad. No podemos esperar o acuartelarnos porque nos someterán a un sitio indefendible si ellos disponen de los fuertes y de las alturas de Polloe, desde donde pueden bombardear los cuarteles.
—Vallespín, creo va Vd. demasiado lejos. Tenemos que disponer de información. De momento todo son noticas contradictorias. Si desde Madrid se controla la situación, es evidente que el movimiento de algunas guarniciones en provincias se agota en sí misma. Una iniciativa como la que Vd. propone en San Sebastián alteraría por completo la paz de la provincia y nos hundimos nosotros y el veraneo de la ciudad.
—Mi coronel, nuestra justificación está clara: se trata de mantener el orden y la paz. Se puede imaginar lo que ocurrirá si el poder se traslada a la calle. Las primeras víctimas seremos nosotros.
—Vallespín, mañana hablaremos con más información. De momento el comandante Ardanaz tiene órdenes de acuartelar a la tropa, permanecer en Loyola y asegurar que controlamos la guarnición.
Aquel mismo día 17 de julio por la tarde, desde Francia, llegó a San Sebastián el general Muslera, acompañado por el teniente coronel Eduardo Baselga, con el encargo del general Mola de presentarse en los cuarteles y asumir el mando del Alzamiento en Guipúzcoa. El general Muslera no se presentó en Loyola debido a la decidida iniciativa del Frente Popular que neutralizó al coronel Carrasco. El general Muslera se escondió en un piso del centro de San Sebastián hasta que fue detenido el día 28 de julio y fusilado junto al teniente coronel Baselga. Según la versión de don José Múgica, la causa de la paralización del general Muslera fue el cambio de posición política del PNV, inicialmente de acuerdo con los conspiradores en la preparación del golpe de Estado.
El teniente Coronel Vallespín manifestó en 1939 que la ocultación del general Muslera, el día 17 de julio, en una pensión fue decisiva: «Puedo asegurar que la presencia de un general en aquellos momentos hubiera sido definitiva para que cesaran todas las indecisiones y vacilaciones del Coronel Carrasco»8.
5. Causa General, Pieza segunda de Guipúzcoa, legajo 1336, expediente 2, pág. 42.
6. Alfredo R. Antigüedad. (1925) Prólogo del conde de Romanones, pp. 8 y 9.
7. Conversación reproducida en Historia de la Cruzada Española, tomo VI, p. 237. En adelante, el testimonio de Alfredo R. Antigüedad procede de esa ob. cit., pp. 230-310. En cada ocasión advierto procedencia de la obra de Antigüedad sin incluir nueva cita.
8. Archivo General Militar de Ávila, Cuartel General del Generalísimo, Armario 4, Carpeta 16, Legajo 273 bis, pág. 5.
2Manuel Chiapuso
El 17 de julio el sindicalista anarquista de la CNT, Manuel Chiapuso Hualde (1912-1997), se encontraba postrado en la cama con fiebre alta en una modesta habitación en una pensión de San Sebastián, cuidado por su patrona. Chiapuso recuerda las horas previas a las primeras noticias del levantamiento iniciado el 17 de Julio:
El 16 de julio de 1936 me acosté con bastante fiebre. Después de mi paso por diferentes presidios durante casi cuatro años, obtenida mi libertad condicional hacía unos meses, sufría de tarde en tarde un acceso de fiebre consecuente a la afección pulmonar que contraje en el encierro. Estaba lejos de imaginar que habíamos entrado en los prolegómenos de la guerra civil.
La atmósfera nacional se mantenía explosiva, pero el pueblo y el gobierno tenían la secreta esperanza de que todas las fuerzas seguirían en la legalidad. Pasé una noche toledana tosiendo y esputando. Logré dormirme muy avanzada la hora y mi cansancio era tal que ni siquiera oí la entrada de mi amigo y compañero Félix Liquiniano (1909-1982) en mi habitación. Se dio cuenta de mi estado por la respiración defectuosa y por la cantidad de gargajos, parecía que mis pulmones salían a pedazos a la vista.
En lugar, pues, de sacudirme violentamente, me despertó con mil precauciones. Había logrado dominar la impaciencia y el nerviosismo que le roían. La cosa no era para menos. Ya en mis cabales, me puso en antecedentes del juramento prestado por los militares en Marruecos, en el Llano Amarillo, de vuelta a los cuarteles en el protectorado marroquí. Nuestra reacción no era como la de Azaña, jefe del Gobierno que, al anunciarle la grave noticia manifestaba irresponsablemente:
—Si los militares se levantan, yo me acuesto.
¡Ah, si se pudiera gobernar con frases! Los españoles seríamos grandes políticos. Félix y yo catalogamos el juramento de peligroso. Un acto más para exacerbar la vena nacionalista. No veíamos en él sino el rezumar de ideales desfasados en la corriente universal.
Manuel Chiapuso
¡Lamentable y sombrío 17 de julio! Paradigma exultante de la abdicación colectiva del cristianismo, como lo atestigua el epígrafe del gran responsable de la Iglesia. Los enemigos de la República se entregaban a la pasión política que, precedentemente, el pueblo la había desechado. En sus primeras proclamas hablan de salvar a España del pistolerismo, de la agitación obrera y de los ataques contra las iglesias y conventos.
Los sublevados no indican claramente cuáles son sus fines políticos
más bien nostalgia del mando y oposición a la marcha ascendente de la clase obrera. El dinero, el sable y el hisopo, iban a cumplir el estupro a tres. ¿Su finalidad? Destruir la raíz proletaria que, a principios de siglo por evolución histórica, ya forma parte de la realidad nacional.
El catolicismo considera peligrosa el ascua reivindicativa que anida en las masas contra él, fruto de su injerencia política y dictadura espiritual como corporal. El sable pretende imponer sus puntos de vista, temeroso del nuevo espíritu que invade a la legión de los desamparados moral y materialmente. El latifundista, semifeudal, siente ya la posible pérdida de los privilegios ofrecidos en una época lejanísima que nada tenía que ver con la España actual. Ya no había imperios y colonias, ni Cristo que lo fundó. España estaba en plena mutación y en los albores de la industrialización. Por eso; Félix y yo pensábamos que el juramento del Llano Amarillo aparecía embebido de lo llamado por Nietzsche «la voluntad del poder». Se nos aparecía como gigantesca empresa cimentada por pasiones subterráneas; ¡oh, Freud!, y ambiciones soterradas. Los dos estimábamos que el verdadero patriotismo se manifestaba en la moderación del comportamiento y en el espíritu de conciliación.
Dado mi estado, Félix Liquiniano me aconsejó que no me moviera de la cama, que tomara remedios enérgicos con objeto de estar preparado frente a lo irremediable. Por su parte, él pondría en movimiento a las Juventudes Libertarias, se entrevistaría con los nacionalistas vascos de Euzko Indarra y con los jóvenes socialistas y comunistas. Volvería por la noche para ponerme en antecedentes de todo. Salió, pues, disparado y yo tuve un acceso de tos que me dejó aplastado y enfebrecido. Acudió la patrona. Mi padre y yo teníamos alquilada una habitación en la calle Autonomía cerca de la estación de Amara, en un piso espacioso, cuya parte trasera daba a la calle de La Salud, tan conocida por sus rameras.
Le pagábamos setenta y cinco pesetas, religiosamente, por mes, y aunque mis antecedentes penales no le hacían mucha gracia, nos soportaban. Bien es verdad que mi padre era de lo más pacífico y trabajador que pueda darse. El sólo se preocupaba de su vegetarianismo y de sus frutas y de prepararme un jarabe de nabos, después de tenerlo tres noches al sereno, un aceite en donde bañaban durante quince días trocitos de ajo. Ese nabo y ese aceite eran intomables, tanto por el olor como por el sabor. Yo hacía de tripas corazón, pues notaba que me eran beneficiosos.
La patrona no tenía la misma fe en esos remedios y se fue a la farmacia. Me trajo sellos, aspirinas y un revulsivo. Jamás tomé tantas medicinas. Además, durante la mañana, amén del desayuno, me trajo a la cama tres veces manzanilla bien caliente.
—Y cuando su padre vuelva del trabajo –me dijo– yo esconderé las medicinas; ya sé que no le gusta la medicina química, pero con ese jarabe de nabos y ese aceite del diablo no se curará usted.
Yo me reí. Yo sabía que mi padre, aunque hablaba poco, les daba a veces lecciones en la cocina de dietética y medicina natural. Y mientras estaba haciendo la cama del padre se explayó:
—Tiene usted un padre que es la comidilla de todas las amas de casa.
—¿Pues? –le interrogué sorprendido–. Primero, porque no habla con nadie; segundo, porque hace la plaza como las mujeres.
—¡Ah!, ¿es eso? –comenté.
Mi padre estropeó su vida por idealismo. Mi abuelo había montado un taller de ebanistería en la calle Manterola. Mi padre a los dieciocho años se encontró con espléndido taller y un asociado, Blas, ya mayor, que dirigía los primeros pasos del joven. Todo marchaba bien. Pero al llegar la hora del servicio militar a mi padre se le ocurrió declararse antimilitarista. Y atravesó en barca la frontera rozando el puente del topo. Mi abuelo mal liquidó los negocios con Blas, quien fue en realidad el ganancioso en la trastada de mi padre.
De su vida en Francia mi padre había cogido la costumbre de hacer las compras y de comportarse como un europeo. La patrona prosiguió:
—Si yo le dijera a mi marido que fuera a la plaza, menuda que se armaría; se consideraría a la altura de la mujer. En casa hago lo que me da la gana y yo llevo la voz cantante en todo. Pero que él no aparezca, delante de los demás, como supeditado a mí. ¡Ah, los hombres!,
Terminó irónicamente. Y se fue a preparar la comida.
Yo me olvidé de mi estado físico. Mi mente se enfrascaba en la terrible realidad del levantamiento. Por las briznas que llegaban a mis oídos de las noticias de radio de algún balcón abierto notaba que la situación iba empeorando. Ya no se hablaba solo de Marruecos, sino también de Canarias. El general Franco se había sublevado y se había hecho dueño del archipiélago, casi sin resistencia. Ahora se iban aclarando ciertas ideas y hechos.
El 17 de junio las derechas se sentían fuertes después del terrible desastre de las elecciones de febrero. Y desafiaron al gobierno en el parlamento. Calvo Sotelo, en un discurso cargado, redundante, artificial, estimó que el gobierno era culpable de los males que el país sufría. ¿Finalidad del discurso? Amenazar con el golpe de estado. Su ironía, a veces amarga, carecía de valor cuando a sus espaldas se perfilaba el plan del levantamiento.
Calvo Sotelo, por sus propósitos, se excluía él mismo del compromiso y de la negociación, meta de todo hombre político inteligente. En la misma fecha, Gil Robles destacó en otro discurso la importancia de los excesos contra la Iglesia. Dado que el gobierno, prisionero de las izquierdas no tenía bastante fuerza para reprimir los desórdenes a imponer la calma en la calle, le invitaba a que quitase el poder. Si no, la defensa legítima obraría como ley natural. Fue la amenaza velada, proclamada con bastante fuerza y calor. Pero Gil Robles no elevó el debate. Se limitó a una exposición unilateral de la política con visión mediocre y apasionada. A través de sus palabras se adivinaba que se creía un prohombre e invulnerable. Jamás la temeridad fue buena consejera para componer variaciones sobre un tema tan trágico como el de la guerra civil.
El 30 de junio las algaradas de Alcalá de Henares ofrecieron la muestra de la desobediencia contra el régimen republicano. Los jóvenes del Ejército, apasionados, experimentaban el cosquilleo del alzamiento. Ardían por salir a la calle y sólo esperaban la voz de mando, esa voz que la iban aplazando para mejor darla. El atractivo de la gloria ganada contra un campesino miserable y hambriento y contra un proletariado desarmado debía ser inmenso. Venía a mi memoria el temple del Gran Capitán, el ondeador de la bandera nacional por los campos de batalla extranjeros con gran estrategia guerrera, digna de loas. Los grandes destinos se forjan con grandes fines.
… La guerra iba a estallar, yo estaba seguro, como potencia misteriosa digna de la esencia vital del español. Y rompería los diques que los años habían erigido laboriosamente. La sinfonía se impondría al hombre por un destino fatal hasta que la saturación de gases y explosiones le dejaran agotado. Si, el país estaba sensibilizado y acondicionado para el choque. Los cuchicheos en sacristías y confesionarios en favor de la paz nada valdrían, ni los llamamientos al sentido común, ni los cantos a la alegría del vivir y a la poesía de una tierra ardiente. En ese instante, enfermo, esputando más que un tuberculoso, presentía el grave peligro que rondaba a las puertas con rumores de catástrofe nacional. Me comportaba ya como el animal en alerta por el olor del inminente estallido. Los obreros no podían dejar a los enemigos, apoderarse del poder alegremente. Yo estaba ardiendo, no sólo de fiebre, sino de ganas que llegase la noche y recibir la visita de Liquiniano.
A las seis y media llegó mi padre del taller. Tuve que ingerir el jarabe de nabos y el aceite de ajos. Su presencia me calmó un poco. Le pregunté por la situación, pero como vivía en su universo íntimo, no saqué nada en conclusión. Me preparó la cena: una sopa con cinco o seis verduras diferentes salpicada con harina de maíz. Ya en el plato me echó dos yemas de huevo. Preconizaba que la albúmina de los huevos era fatal para el organismo. Cenamos los dos juntos y, conversando con él, la espera se me hacía menos angustiosa.
A eso de las diez llegó Liquiniano. Entró en tromba y a quemarropa me lanzó:
—Esta vez ya está.
—¿Seguro?
—Y tan seguro. La cosa va en serio.
—¿Y aquí, en San Sebastián?
—Todos en pie de guerra. No nos cogerán cagando. En el gobierno civil se reúne el Frente Popular para respaldar la acción en favor de la República del gobernador Artola.
—¿Y nosotros?
—Ya nos hemos incorporado al Frente Popular. Todos han olvidado el programa y se proponen defenderse contra el golpe de estado. Nos han acogido sin reservas.
—¿Y tú qué has hecho?
—Con las juventudes Libertarias hemos formado tres grupos de choque. Ahora están fabricando petardos, algunos respetables. Harán mucho ruido allí donde caigan.
—¿Y armas?
—El Partido Socialista ha distribuido, de acuerdo con el Frente Popular de Eibar, algunos naranjeros (metralletas) y pistolas. Poco, pero algo es algo. ¿Y tú cómo vas?
—Mejor. Me parece que podréis contar conmigo.
—Esta noche no te muevas. Procura ir mañana al sindicato, por lo menos podrás seguir de cerca los hechos. Las sindicales declaran la huelga general indefinida en todo el
país. Vamos a ver si los militares se echan a la calle en la península.
Y se dirigió a mi padre, en vasco:
—Manuel eztulakin bukatu biar da gaur gabian. Ondo izerdi egin biar du eta biar zutik. Izugarrisko gauzak ikusiko degu. (Manuel, hay que acabar con la tos esta noche. Tiene que sudar bien y mañana de pie. Vamos a ver cosas enormes).
El padre le miró extrañado de ese lenguaje que le sacaba de su universo íntimo. Magnetizado por el vigor y simpatía que se desprendía del joven contestó:
—Bai. Nik egingo det dana. Biar zurekin izango da. (Sí. Yo haré todo. Estará contigo mañana)
Félix Liquiniano, que estaba sentado en la cama, pegó un salto y se puso de pie.
Félix Liquiniano
—Y ahora al «coche fantasma».
—¿Qué es eso?
—En nuestros planes entra el recorrer la ciudad con un coche disparando con objeto de crear el espíritu de defensa y de combate.
—Me parece muy bien.
En efecto, a las once de la noche comenzó el «coche fantasma» su trabajo de irritación ciudadana. Son los fachas –decían unos–. Son los militares –decían otros–. Son los sindicalistas –declaraban algunos–. La patrona, seguida de dos hijas, entró en la habitación haciendo más aspavientos que una alocada:
—Pero ¿qué va a pasar? Ya están tirando tiros por las calles. La radio no habla más que de cuarteles que se van levantando contra el gobierno. No se le ocurra salir mañana. Esto va de mal en peor.
—Si todos nos quedamos en casa los alzados se pasearán por las calles y se impondrán tranquilamente. Hay que tener menos miedo. Lo que sea sonará –dije acodándome en la cama.
—Por Dios, no se levante –insistió la patrona.
Poco después, otros tazones y cucharillas de jarabe de nabo y aceite de ajo me dispusieron a pasar la noche con mejor perspectiva que la anterior. Y así fue. Pude dormir bastante bien y los accesos de tos fueron menos frecuentes y menos violentos. Por la mañana, en contra de la opinión de mi padre, me levanté. Desayuné copos de avena, un buen plato. En el momento de salir, la patrona me acompañó hasta la puerta, recomendándome mucha prudencia no sólo en la lucha contra el mal sino también en la vorágine que envolvía al país. Fue ella la que me anunció:
—En Madrid y en Barcelona los militares se han echado a la calle.
—Peor para ellos –le manifesté comprendiendo que entrábamos en la fase decisiva del primer choque.
Antes de ir a la calle Larramendi, sede de la CNT, me dirigí a la parte vieja por conocer la atmósfera de la ciudad. ¡Vaya carga de emoción indignada! San Sebastián ya no mostraba la sonrisa acogedora de balneario privilegiado. Nada de aire indiferente. El temor y la incertidumbre se habían apoderado de la ciudad ante las terribles noticias…
El levantamiento se iba generalizando… y con ello la ciudad se preparaba a que los militares también echasen su cuarto de espadas en ella, aunque sólo fuera por solidaridad con otros regimientos. Tenía que defenderse contra un enemigo que se ocultaba en la sombra en espera del momento favorable o las órdenes del jefe. El estado de alarma había sacudido las conciencias. El hermoso espectáculo de la playa perdía su interés frente a la terrible perspectiva. El paso decisivo iba a ser dado en una atmósfera dramática. Ya en el bulevar me encontré con grupos compactos que iban recorriendo las calles dando gritos hostiles contra el ejército.
En la parte vieja un hervidero de gente entraba en los sindicatos marxistas y en los partidos políticos. Los militantes se reunían y estudiaban la manera de enfrentarse con la situación y con un enemigo todavía agazapado. La historia social vivida desde el advenimiento de la República había desarrollado en los obreros el instinto de defensa y la intuición que permitía interpretar exactamente los acontecimientos. Por el balcón del primer piso, en la calle Mayor, oí que la radio anunciaba alegremente:
—La respuesta del pueblo barcelonés y madrileño ha aplastado la revuelta de los militares.
La aparente serenidad gubernamental no impedía que la rebelión invadiese la península y se generalizara. No se sabía cómo se saldría de la gran confrontación. Las autoridades locales, gobernador militar y gobernador civil, siguiendo al gobierno, insisten en que en San Sebastián no pasará nada. No hacía falta ser adivino, en esa actitud gubernamental, para ver si podía llegar a un compromiso con el ejército. El gobierno, en las últimas cuarenta y ocho horas, se agarraba a esta solución como a un clavo ardiendo. Pero ya era tarde. El pueblo donostiarra y el pueblo español en general lo habían comprendido mejor que el gobierno y se dispuso a tomar las responsabilidades históricas. Quizás sobreestimara sus fuerzas, pero las noticias animosas de Madrid y de Barcelona lo daban pauta para ello.
San Sebastián se preparaba a la agarrada. Los falangistas y los tradicionalistas tenían que poner en marcha el dispositivo de combate. Además trataban de empujar a los militares, un tanto reacios, a la rebelión en cumplimiento de los compromisos. La guarnición donostiarra, indecisa ¡qué esperaba! estaba acuartelada. La pelota estaba en el aire. Las fuerzas del Frente Popular discutían la forma de oponerse al golpe. Las reticencias tácticas e ideológicas las han cerrado bajo llave. El destino del país estaba en juego. En la misma puerta del gobierno civil, en la calle Oquendo, Torrijos, el socialista, y Ruiz, el cenetista, se felicitan por el paso dado por la organización revolucionaria:
Guillermo Torrijos Goyarzun
—Ahora nos encontramos todos en la misma barca. Y ha sido necesario este grave peligro. Vuestra fuerza ayudará al juego político y combativo del gobierno.
—Sí, Guillermo. Nuestros sindicados se baten por toda España contra los militares, conscientes de la situación explosiva. Nadie dirá que el anarcosindicalismo se ha lavado las manos en esta coyuntura.
—Vuestra presencia entre nosotros es de buen augurio para el porvenir.
—Sí. Pero la ausencia del Partido Nacionalista Vasco puede crear una fisura en nuestra región. Menos mal que Acción Nacionalista no tardará en incorporarse al Frente Popular y, por lo menos, ella representará el espíritu específicamente vasco.
—Les invitaremos a los dos partidos. La unión, contra los militares será así total. Los vascos tienen que estar entre nosotros. Es uno de los pensamientos de Indalecio Prieto.
Esta conversación, tenida delante de mí, me congratuló. Antes de subir al gobierno civil, Ruiz me dijo:
—Vamos a tener una reunión con el coronel Carrasco, gobernador militar.
—¿Se levantarán aquí?
—Lo más probable.
Yo me marché al sindicato después de haber dado esa vuelta por la ciudad. En la calle Larramendi reinaba atmósfera de combate. Entre la calle Urbieta y Sánchez Toca la gente discutía en plena calle. Y cuando bajé a los sótanos fui recibido por los jóvenes libertarios con muestras de simpatía. Yo llevaba jersey y bufanda. Ellos estaban en mangas de camisa. Había reunión de militantes en la sala contigua al secretariado. Por teléfono nos comunicaron que los partidos vascos habían sido invitados a entrar en el bloque de las izquierdas. Ya no se trataba de discusiones religiosas, ni de debates políticos, sino de afrontar la realidad militar. Ignorarla sería la desaparición de todo el proceso político y social esbozado por la República, particularmente en el aspecto federalista. Acción Nacionalista Vasca aceptó sin ninguna reticencia y con gran voluntad de lucha.
En cambio, el Partido Nacionalista Vasco vacilaba, calculaba, sopesaba los acuerdos de Monzón, de fecha de abril de 1936, con los conspiradores que suponían unos grillos muy pesados. Actitud poco sorprendente, pues su doctrina social y filosófica parecía alejarle de este lado de la barricada. Se preparaba a dar sus fuerzas al mejor postor. Dos hechos vinieron a influenciar su decisión. ¿El primero? El valor político y la lealtad de la mayor parte de sus diputados, dignos en honrar el mandato. ¿El segundo? El triunfo de las fuerzas populares en Madrid y en Barcelona. Conviene decir que la adhesión fue de principio, pues no se dio con todo el potencial a la lucha. Sin embargo, dada la importancia económica del País Vasco, esta adhesión representaba una batalla ganada a los rebeldes.
Los grandes acontecimientos históricos dan la medida de algunos individuos. Destacan el valor, la intuición y la inteligencia de unos y la mediocridad y la incompetencia de otros. Entre éstos el gobernador Artola. Su falta de consciencia sobre la gravedad de los hechos disminuyó y desagregó su autoridad, hasta el punto de que los diputados de Guipúzcoa, particularmente Tacho Amilibia, socialista, tomaron el frente de resistencia contra el posible levantamiento en San Sebastián.
En el gobierno civil se celebró la reunión capital en una atmósfera tensa entre el gobernador militar y las fuerzas populares. Ya el día anterior manifestó que la guarnición de San Sebastián seguiría leal a la República y que él respondía de la tropa. Casi todas las guarniciones de España se habían levantado contra el gobierno y era difícil admitir que San Sebastián fuera una excepción. Una vez más insistió en su lealtad. Un interlocutor le cortó sin miramientos:
—Entre ustedes hay cómplices de la rebelión. Eso es evidente. Yo no creo en que cumplan la palabra, ni en que honren juramentos.
Carrasco se defendió y defendió el honor de los militares. Quizá fuera sincero, pero dadas las circunstancias era difícil creerle.
Patricio, nuestro secretario del sindicato, me comunicó por teléfono el resumen de la reunión. Había que tomar medidas para defenderse contra la rebelión. Por el momento defensivas. En esos mismos instantes, entre los militares, se sostenían conversaciones dramáticas. Los conjurados querían empujar a la rebelión a toda la guarnición. Había oficiales que se resistían. Los combates de Madrid y de Barcelona parecían darles la razón a los resistentes. Opinaban que el levantamiento no sería un paseo militar por las calles españolas. Esa noche la pasamos muchos militantes en los sótanos del sindicato. Dormíamos con un ojo abierto. Felix Liquiniano había apostado a los jóvenes libertarios en el cine Bellas Artes con objeto de no dejar pasar ni a Dios. La consigna era no dejarse engañar por nadie. Un incidente mostró que la CNT y las Juventudes Libertarias estaban dispuestas a que no nos la metieran con vaselina. A media noche, un automóvil con todos los faros encendidos avanzaba por la calle Urbieta. Instantáneamente, Liquiniano tuvo un reflejo y dijo a sus compañeros:
—Voy a parar el coche. Si me tiro al suelo hacer fuego contra él.
Y se puso en medio de la calle expuesto a que una ráfaga le enviara al otro barrio. El camión se paró con espantoso chirrido de frenos para no atropellar al atrevido. Del camión saltó un teniente de guardias de asalto pistola en mano. Con una mala leche que denunciaba el estado de espíritu de la guardia de asalto le interpeló:
—¿Qué pasa, cojones?
—Aquí el pueblo. Queremos saber si los guardias de asalto están con la República.
El teniente se quedó un poco desconcertado. El pueblo se atrevía a plantarle cara. A media voz:
—Con la República.
—Entonces, pasen.
Y Liquiniano se retiró. El camión desapareció a todo gas. Los guardias habían comprendido que la ciudad no estaba dispuesta a dejarse comer la tostada.
Al día siguiente, los militares del cuartel de Artillería no aceptaron el decreto de disolución del gobierno Giral. Quedaron acuartelados. La mañana transcurrió con tensión suma. El Frente Popular ordenó que los donostiarras fueran a armarse a Eibar, el centro armero de la provincia. En coches, en tren y en camiones, cientos de militantes cenetistas y de la UGT abandonaron la ciudad. El teléfono no paraba entre el gobierno militar, el cuartel de artillería y el núcleo dirigente de las derechas. Se apostrofaban mutuamente, sopesaban las probabilidades de triunfo y preparaban los planes. La misma policía estaba ya dividida en dos campos. Por esta razón no intervenía en la calle y dejaba hacer que el pueblo se fuera adueñando de la ciudad. En contacto con otros grupos y otras organizaciones nos preparábamos con los medios de a bordo frente al armamento de los militares.
Afortunadamente, los «chorizos» de dinamita no faltaban y en la lucha callejera representaban algo. La situación ya iba a decantarse. El gobernador Artola Goicoechea se había trasladado a Eibar. Desde allí sostuvo la última conferencia con el capitán de asalto Cazorla, quien acaudillaba a los rebeldes de la fuerza pública. Conferencia vana en sí, pero que evitó que cayesen prisioneros los miembros del Frente Popular. Yo siempre había dicho que Liquiniano en materia de hombre de acción tenía un sexto sentido. Y ese día tuvo una intervención genial que acabó con las situaciones ambiguas. Ya una tanqueta militar, salida del cuartel de Loyola, avanzaba por la cuesta de Eguía, sin duda para impresionar a las fuerzas de izquierda. Liquiniano que se había enterado que había en el gobierno civil nueva reunión con el coronel Carrasco, corrió a dar la alarma para que nadie cayera en el cepo que se estaba tejiendo.
En el patio del gobierno civil, estaban ya formados los de asalto con las ametralladoras. Félix subió corriendo al salón y allí se encontró con todos los reunidos. Dirigiéndose a Gallurralde, representante de la CNT a la reunión:
—¿Qué haces tú aquí?
—La organización me ha dicho que venga aquí.
—Pues lárgate. Los militares ya están dispuestos a dar el golpe. Nos van a coger aquí vivitos y coleando.
Todos se levantaron, se armó una confusión de mil diablos. Felix Liquiniano, casi histérico, gritó:
—Ya están las tanquetas por Eguía.
En efecto, el patio exterior estaba repleto de guardias de asalto y guardias civiles y, hacia las cinco de la tarde, policías, guardias civiles y de asalto, se fueron apoderando de los edificios importantes de la ciudad: el hotel María Cristina, el gran inmueble casi terminado de la Equitativa, que dominaba el Puente de Santa Catalina y extensa banda de terreno, el Gran Casino, el Club Náutico y el Gobierno Militar. El paso ya lo habían dado. El peligro estaba ya en cualquier esquina. En la parte vieja los hombres de filiación socialista o comunista llenaban las calles, presos de los rumores más incontrolados. Lo mismo sucedía enfrente de nuestros sindicatos en la calle Larramendi. Se hablaba de veinte mil navarros que venían sobre San Sebastián, que los militares se habían apoderado de las montañas que separaban Guipúzcoa y Navarra, que el cuartel de Loyola exigía que se le entregara el mando de la provincia.
Valentín Álvarez, el místico como le llamábamos, secundado por otros obreros, había blindado un camión de las basuras. Cuando el armatoste apareció en la calle Larramendi y que varios hombres armados con escopetas saltaron del interior estalló una gran ovación. La gente se sentía delante de aquel monstruo más confiada. Creía en los sindicatos y de ellos esperaba el apoyo y la fuerza. De ahí que la muchedumbre aumentara sin cesar. De pronto, un disparo resonó en aquella algarabía callejera. La gente se alarmó ante la inminente amenaza, se excitó y fuera de sí exclamaba:
—¿De dónde ha salido?
—¡De allí!
Y apuntaban un gran edificio de la calle Prim que dominaba la perspectiva de la calle Larramendi.
—Los falangistas nos provocan –gritaban.
Un joven militante del sindicato de la piel, de rasgos enérgicos y carácter resuelto, subió a un carro frutero y arengó:
—Compañeros: Si los militares quieren la lucha, la tendrán. No nos quedemos inactivos, pues seríamos cogidos como conejos. ¡Vamos por armas!
Gritos histéricos llenaron las calles:
—¡Armas! ¡Queremos armas!
Desde el carro, el joven señalaba el centro de la ciudad. Así comenzó una carrera por las calles. Los grupos se dirigían a las armerías perseguidos por el espectro de la lucha. Entraron en tromba en los almacenes. Arramplaron con todo ante la mirada aterrorizada de propietarios y dependientes. Y los que se quedaban fuera rompían los escaparates y se apoderaban de las armas expuestas. En el tumulto, como extraño embrujo, se oía un grito único: ¡Armas!
La fuerza pública no intervino. Tenía otras preocupaciones. Profundamente dividida, buena parte de ella ya no creía en el gobernador Artola y dejaba hacer al pueblo que ya comenzaba a ser el dueño de la calle. En esto, surgió un carro de guardias de asalto. La muchedumbre se puso a la defensiva, pero al comprobar que los guardias no tenían aspecto hostil gritó:
—¡Bravo! Los guardias con el pueblo.
El teniente que mandaba las fuerzas, inspirado sin duda por su fe republicana, subió al motor del coche y arengó:
—¡Ciudadanos de San Sebastián! La situación es muy grave. Debéis secundar al gobierno Republicano, atacado traidoramente por los militares. Preparaos al combate. Nosotros, y vosotros, juntos, tendremos la fuerza suficiente para reprimir la rebelión y asfixiarla sin piedad. No cometáis excesos que a nada bueno conducen. Sed dignos combatientes de un ideal que no quiere sino el bien del pueblo. Ciudadanos, ¡viva la República!
—¡Viva!
El coche de asalto abandonó la esquina de la calle de Fuenterrabía y se dirigió por la Avenida de la Libertad hacia el Puente de Santa Catalina. Yo fui espectador del asalto a la tienda de armas de la calle Fuenterrabía y de la arenga del teniente.
Y sentí cierta seguridad al ver que los guardias no se oponían a la actividad de los grupos de choque. Desde ese instante, comprendí que podíamos combatir a los militares con algún éxito. Y así comenzamos a fabricar nosotros mismos las municiones y a fabricar armas, más o menos potables.
Tiroteado por los rebeldes desde el hotel María Cristina, el gobierno civil fue abandonado por el Frente Popular para domiciliarse en la Diputación, en la plaza de Guipúzcoa. Las primeras medidas fueron las de tomar todas las salidas de la ciudad y de cercar las fuerzas rebeldes. Nunca se dirá bastante de la actividad de Valentín Álvarez en la creación del armamento y de la munición. Después de blindar los camiones de basuras, de montar un taller en una villa de Ategorrieta, se fue a montar otro taller al pueblecito de Oria en la fábrica de hilados y tejidos de Brunet y Cía. Aquí se fabricaban granadas y se enseñaba a manejarlas. Del barrio de Trincherpe hicimos otra reserva de municionamiento y de preparativos de guerra. Cuando los contingentes donostiarras llegaron a Eibar en busca de armas, se formó una columna para ir a Vitoria, única capital vasca resueltamente favorable al alzamiento9.
9. Chiapuso, Manuel (2009) pp.17-35.
3María Luisa Brunet Serrano
La familia Brunet, desde el siglo xviii
