1,90 €
Paula Kolonitz, noble austriaca, integrante de las damas de compañía de Carlota y la única mujer en la Novara, fue una de los europeos acompañantes de Maximiliano durante el periodo en el cual gobernó a México y que escribieron las memorias de este viaje y del Segundo Imperio Mexicano. Pergeñó su experiencia en Viaje a México en 1867. Dicha edición precedió por escasos meses al fusilamiento de Maximiliano, lo cual la convirtió en una obligada fuente de consulta para los interesados en esta etapa de la historia mexicana, y en la literatura de viajes escrita en clave femenina.El libro se publicó en Austria en 1867 y se tradujo al italiano apenas un año después. Es de este idioma y no del original en alemán del que fue traducida al español. A la Kolonitz le gustó México, sobre todo por sus bellezas naturales. Los mexicanos no le desagradaron del todo, aunque fue muy crítica con su poca disponibilidad para administrar adecuadamente el tiempo, algo que, para ella, siendo de una cultura alemana, tenía una enorme importancia. Viaje a Mexico en 1964 es un libro de viajes de la condesa Paula Kolonitz, a México. No es muy extenso, es bueno sin ser brillante, es, eso sí, demasiado interesante y, en suma, un libro que vale la pena leer.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2023
⸍
Condesa Paula Kolonítz
UN VIAJE A MÉXICO EN 1864
Título original:
“Eine Reise Nach Mexico im Jahre 1864”
Primera edición
Isbn: 9786558844089
PRESENTACIÓN
Sobre el autor y su obra
La Obra
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
NOTAS
Paula Kolonitz, noble austriaca, integrante de las damas de compañía de Carlota y la única mujer en la Novara, fue una de los europeos acompañantes de Maximiliano durante el periodo en el cual gobernó a México y que escribieron las memorias de este viaje y del Segundo Imperio Mexicano. Pergeñó su experiencia en Viaje a México en 1864 (Viena, 1867). Dicha edición precedió por escasos meses al fusilamiento de Maximiliano, lo cual la convirtió en una obligada fuente de consulta para los interesados en esta etapa de la historia mexicana, y en la literatura de viajes escrita en clave femenina.
Sobre la condesa Paula Kolonitz se sabe muy poco, excepto que nació en Austria hacia 1840. Acompañó a Maximiliano y Carlota como parte de su séquito y aunque debía regresar a Europa al tocar costas mexicanas, se quedó en nuestro país durante seis meses. En su libro Un Viaje a México en 1864 retrata la vida nacional de mediado del siglo XIX y documenta uno de los periodos más aciagos de nuestra historia.
La narración inicia el día 14 de abril de 1864, fecha en que la pareja imperial y su sequito compuesto por más de ochenta personas partieron rumbo a México desde el palacio de Miramar. Después de una travesía de un mes las fragatas Novara y Themis llegaron a San Juan de Ulúa el 28 de mayo de 1864 y con ellas Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia, pero en contraste con la partida de Italia, donde diez mil personas los despidieron, en Veracruz el recibimiento no pintó nada bien.
Al retornar a su patria el 8 de noviembre, Kolonitz declara: “Este viaje es y será el más bello recuerdo de mi vida. ¡El mundo es todavía bello! Quien lo dude, que vaya y lo admire”.
Paula Kolonitz llegó a México el 28 de mayo de 1864. En su libro contó lo menos que podía de su vida. Apenas el lector puede apreciar que era una aristócrata austriaca, con refinados gustos artísticos, crítica implacable de todo lo que no era de su agrado y que tenía una disciplina, aunque femenina, típicamente alemana. Viajó a México por razones estrictamente protocolarias, como dama de compañía de Carlota, y regresó a Europa tras permanecer alrededor de medio año en el país.
El libro se publicó en Austria en 1867 y se tradujo al italiano apenas un año después. Es de este idioma y no del original en alemán del que fue traducida al español la versión que se puede conseguir en México.
Con las reservas que merece una traducción de otra de traducción, se aprecia que la Kolonitz no era una buena escritora, aunque estaba acostumbrada a hacerlo por su origen aristocrático. Lo interesante de su prosa es la acidez con que critica todo, o casi todo, lo que ve durante el viaje.
La narración inicia el día 14 de abril de 1864, fecha en que la pareja imperial y su sequito compuesto por más de ochenta personas partieron rumbo a México desde el palacio de Miramar. La primera parada que hicieron los viajeros fue para visitar al Papa en Roma, en donde el mexicano Gutiérrez de Estrada, padre ideológico del Imperio y afincado en la Ciudad Eterna, casi se muere de la emoción cuando el Pontífice llegó a su casa para devolverle una visita a Maximiliano.
Durante el viaje la condesa dejó ver en ella algo muy típico en los europeos de su tiempo y que no era en absoluto cuestionado: su racismo. Pero sus comentarios racistas no parecen influenciados estrictamente por el color de la piel, sino por la creencia europea de que toda cultura de piel oscura era por fuerza una cultura subdesarrollada, indisciplinada, moralmente degradada, necesitada de hombres blancos para que la gobernaran.
A la Kolonitz le gustó México, sobre todo por sus bellezas naturales. Los mexicanos no le desagradaron del todo, aunque fue muy crítica con su poca disponibilidad para administrar adecuadamente el tiempo, algo que, para ella, siendo de una cultura alemana, tenía una enorme importancia.
Las artes coloniales casi en su totalidad no fueron de su agrado. Los edificios y esculturas que vio le parecieron desproporcionados y por lo tanto carentes de estética. Era una mujer muy drástica en sus juicios, no se cuidó de buscar las expresiones más adecuadas para decir que algo no le gustaba.
La señora Kolonitz embarcó nuevamente rumbo a Europa el día 17de noviembre del mismo año de 1864 y Su obra fue publicada en Viena en 1867 y traducida a varios idiomas
Pues a grandes rasgos, éste es el libro de viajes de la condesa Paula Kolonitz, de su viaje a México. No es muy extenso, es bueno sin ser brillante, es, eso sí, demasiado interesante y, en suma, un libro que vale la pena leer.
Partida de Miramar. El Adriático. El Mediterráneo. Estrecho de Messina. Scila y Caribdis. Las Islas Lipari. Llegada a Civitavecchia. Roma.
El 14 de abril de 1864 era el día ansiosamente esperado de nuestra partida. El sol lo saludaba con sus rayos ardientísimos. No había nubes en el cielo. Con el corazón conmovido me acerqué a la ventana mirando al mar, de cuya discreción era necesario fiarse. Estaba agitado. Un viento ligero rizaba las olas que, más impacientes que nunca, irrumpían contra las rocas sobre las cuales se levanta Miramar. ¡Oh! Cuántas veces había yo asistido a aquel espectáculo, ya absorta y en estática admiración, ya apresurada y ansiosa. Y cuántas veces había considerado esta fuerza arcana y misteriosa, asaltada súbitamente por las más fuertes impresiones. Sin embargo, nunca fueron más vivas, más intensas, nunca para mí tan diferentes como aquel día. De los caprichos de este mar dependían el bien y el mal de la semana futura, las alegrías y los padecimientos del viaje, la realización de todo aquello que yo deseaba y soñaba, los peligros y el alcance de la meta lejana. Y cuanto más se levantaba de su inmensurable profundidad y en grandes olas se erguía empujado por una fuerza tremenda e irresistible, más apreciaba yo la solemnidad del momento que me esperaba, y me sentía extraordinariamente feliz de todo lo que me estaba reservado, y de poder gozar de tantas cosas maravillosas.
Aquel día en Miramar y sus alrededores todo era vida, mientras el edificio se erguía solitario y tranquilo como si fuese un palacio encantado de las azules aguas del Adrio. El camino polvoriento y asoleado que a lo largo del mar o en medio de rocas y salientes conduce a Trieste, estaba cubierto de hombres y de carrozas. El golfo sobre cuya costa se levanta Trieste, a manera de anfiteatro, y que desde aquí se domina en su pintoresca belleza, hormigueaba de grandes y pequeñas naves. A alguna distancia de nosotros estaba desde hacía varios días la Novara esperándonos con ansia; y junto a ella, destinada a escoltarla, había anclado la fragata francesa Themis.
Admirable espectáculo habíamos gozado en las tardes pasadas en la estancia de la archiduquesa, mirando al occidente donde el sol, que parecía de púrpura, hundiéndose en el mar, doraba las olas, los mástiles y las antenas de los dos navíos de guerra. Dejaba después detrás de sí, sobre el horizonte, una faja de fuego sobre la cual bruscamente, grandiosa y magnífica, se destacaba la nevada cadena de los Alpes de la alta Italia; en el fondo, las naves parecían levantarse como grandes y oscuros espectros. Después de todas las maravillas que he visto, aquel cuadro me ha quedado para siempre espléndido y claro en la memoria. Las bellezas de la naturaleza son tan variadas, tan extraordinarias, tan ricas, tan perfectas en su forma y en su especie, que no pueden temer entre sí las comparaciones.
Una media hora antes de nuestra partida una representación de la ciudad de Trieste presentó al archiduque, hoy emperador, sus despedidas.
El archiduque Maximiliano era un príncipe al que el pueblo amaba grandemente. Trieste le debe mucho. Y fue con dolor y grave aprensión que lo vio partir para correr al encuentro de un futuro peligroso e incierto. Diez mil firmas atestaban el afecto que se tenía por su persona y que le deseaban felicidad acompañándolo más allá de los mares, en su nueva patria, en su difícil misión.
El emperador prorrumpió en lágrimas cuando el corregidor de Trieste le aseguró con afectuosas y cálidas palabras la tristeza general, el interés popular. El momento era tan solemne y tan imponente, que todos estaban conmovidos. Casi no hubo ojos que permanecieran secos.
Cuando poco después, siguiendo a la pareja imperial, bajamos al patio, la multitud que había en el augusto recinto era inmensa. Todos querían ver una vez más al amado príncipe, darle desde lo profundo de su corazón el último adiós, invocar sobre él mil bendiciones, desearle felicidades. Con italiana vivacidad el pueblo se echaba a sus pies, lo cubría de flores, le besaba las manos y las ropas. Él, con los ojos hinchados
por las lágrimas, con el alma presa de una febril emoción, no podía, arrebatado por la aflicción, decir una sola palabra y solamente saludaba con ademanes.
Lentamente fue posible abrirse paso a través de aquella multitud para descender las escalerillas que conducían al lugar del embarque. Nos esperaba un esquife graciosamente decorado al que habían puesto un dosel de terciopelo rojo recamado de oro. El emperador ayudó a la emperatriz a descender; después estrechó con afectuosa cordialidad las manos que aún hacia él se extendían; luego también su pie dejó la antigua y tan amada tierra natal.
Quién sabe si podrá pisarla una vez más. Un diluvio de flores le seguía; entonces tronaron los cañones de las dos fragatas, la Bellona y la Themis, que llenas de banderas y espléndidas de admirable belleza, teníamos delante. La Novara había izado la bandera mexicana; nosotros nos acercamos a ella con vigorosos golpes de remo. Los gritos de adiós de la población resonaban en todo alrededor y con ellos las salvas de la artillería de los fuertes y de todas las obras de fortificación. Todo parecía estar de acuerdo para dar a aquel momento un aspecto grandioso y conmovedor. El emperador necesitaba de su mucha energía para dominar la fuerte emoción de su ánimo mientras la emperatriz estaba alegre y tranquila: con fe miraba el porvenir y con suave y grande satisfacción gozaba las pruebas de afecto que se le prodigaban.
Mientras tanto habíamos llegado a la Novara y subimos. El paso estaba dado y una vida nueva comenzaba para nosotros. De pronto se llevó anclas, tembló el motor bajo nuestros pies; humo denso y negrísimo giraba en pesados remolinos hacia el cielo.
La fragata francesa Themis (a las órdenes del comandante Morier) que había sido destinada por el emperador Napoleón III para acompañarnos, nos seguía. Seis vapores del Loyd y un número infinito de pequeñas barcas, todas embanderadas y bellas, nos escoltaban.
Nos dirigimos hacia Trieste, de donde todavía se dominaba el bellísimo Miramar, la perla del Adrio, la joya del emperador, que él había levantado sobre la roca adriática, y que, a pesar de lo estéril del terreno, y del adverso furor del bóreas había transformado en un paraíso circundado de las más bellas flores, y árboles siempre verdes.
Apenas pudo hacerlo, el emperador bajó de prisa a su cabina a esconder y reprimir en la soledad el profundo sacudimiento de su alma. Cuando lo vimos al día siguiente, estaba tranquilo y alegre, y así lo vi siempre después.
Los vapores del Loyd nos siguieron hasta la altura de Capo d'Istria, y allá un incesante agitarse de millares de pañuelos, de miles y afectuosos vivas.
Después de un instante todo había desaparecido, todo callaba.
Frío e impetuoso soplaba el bóreas, que era propicio para nuestro viaje. Toda excitación, todo temor habían desaparecido de mi alma; estaba superado el dolor del adiós, el viaje tan frecuentemente puesto en duda ya comenzaba; y yo llena de esperanzas y de alegría, era feliz. Todo era nuevo, todo me interesaba, no sentía más el movimiento debajo de mis pies, al cual sucumbía tan a menudo cuando me encontraba sobre un pequeño vapor en el Canal de la Mancha. Yo esperaba haberme liberado de aquel horrible mal que es el mareo y así poder gozar de todo plenamente. Para mi desgracia mis bellas esperanzas pronto fallaron, lo que mucho deploro ya que el efecto de aquel malestar tanto me turbó y paralizó, que gran parte de las bellezas del viaje me estuvieron vedadas y fui incapaz de muchas observaciones. El recuerdo de esta travesía en lugar de entusiasmarme, como sucede con todos aquellos que no sufren de mareo, me duele en el corazón como una pesadilla.
Quien ha hecho un largo trayecto sobre el mar, aprende a limitar sus exigencias. Hasta ahora no sabía bien lo que aquello significaba; a pesar de todo, desde el principio me adapté a las dimensiones de mi cabina. Aun así, comparándola con la que, a mi regreso, me sirvió para sufrir cuatro semanas de una vida miserabilísima, puedo decir el bien inestimable que es tener una ventana que poder abrir cuando se desea. Esta cabina estaba ricamente aderezada. Su anchura la ocupaba mi pequeño lecho puesto a lo ancho de la fragata y protegido por una cortina. Había un tocador, un escritorio y un pequeño armario para mis vestidos. En las paredes estaban colocadas tablas que podían servir como repisas: una tela encerada de color oscuro cubría elegantemente el suelo.
En este recinto podía yo tenderme cómodamente, estar derecha sobre mis pies y respirar; privilegio propio de pocos camarotes. Sin embargo, no me sentía allí dentro ni tranquila ni valiente. La falta de estabilidad de las paredes es demasiado sensible. Mi cabina estaba sobre el corredor. La gran sala común de almuerzo estaba sobre la cubierta, debajo del puesto de observación. Encima de ella se encontraba la segunda cubierta, que servía casi exclusivamente como nuestro punto de reunión.
Estábamos fatigados. El ligero balanceo de la nave invitaba a dormir, de modo que todos fuimos a descansar y poco tiempo después, nuestras lámparas se apagaron.
No obstante, el crujir del piso de madera todavía nuevo, no obstante, el rechinar y el estrépito que se oía en la escalera que conducía a la cubierta, no obstante, la gritería y el correr de los marineros que hacían el servicio nocturno, me quedé dormida.
Al amanecer arreció el viento, se agitó el mar y cuando desperté veía bajar y subir la pared y el techo de mi camarote. Estaba perdida. A toda prisa me vestí como mejor pude y corrí a la cubierta donde todos advirtieron mi palidez y rieron. Pero me rehíce bien pronto; las olas se calmaron y a grandes sorbos respiré el aire fresco y balsámico que sólo se encuentra en el mar. Desde entonces no más o casi nunca más abandoné la cubierta, donde me sentaba hasta las dos o las tres de la madrugada y enferma o sana, alegre o triste, allá arriba todos los males eran menores; en tanto que en el angosto espacio de mi camarote casi todo me era insoportable.
El aire era purísimo, y se nos ofrecía un panorama tan espléndido y bello como raras veces lo ofrece el mar Adriático a los viajeros. Estábamos pasando las cadenas de los montes napolitanos y la de los confines turcos. Todo observábamos, todo admirábamos, era común el entusiasmo y el deseo de saber.
El mar Adriático, generalmente proceloso e incierto, se hacía cada vez más tranquilo y liso y lo veíamos ante nosotros espléndidamente bello y azul. El cielo sonreía a nuestro viaje. El 16 pasamos ante Otranto, navegamos junto a las desnudas y horribles costas de Calabria, admiramos las bellas y nevadas montañas de Albania, saludamos a la lejana Corfú y alcanzamos el mar Mediterráneo al cual se entra muy bruscamente. Definitivamente, yo no estaba adaptada a la vida en el mar; cada cambio de movimiento me hacía sufrir; todos se habían salvado del terrible mareo y sólo yo sucumbía a la más ligera ocasión. Esta experiencia, lo confieso, me entristecía. Tenía ante mí un largo viaje que me había propuesto gozar lo más que pudiera. Por el contrario, me amenazaban los padecimientos grandes y penosos, los cuales cuando llegásemos al Atlántico, que siempre me describieron agitadísimo, podrían alcanzar proporciones espantosas.
Tuve que superar momentos de desaliento. Sin embargo, estaba decidida a vencer el mal físico para tener el espíritu listo y capaz de recibir toda impresión.
En la noche del 16 al 17 dimos vuelta a la punta meridional de Italia y cuando por la mañana nos reunimos sobre la cubierta, se veían a nuestra derecha las costas napolitanas. Espectáculo magnífico; despeñaderos o fértiles valles, villas y bosques de naranjos. A la izquierda se alzaban las montuosas costas de Sicilia que desgraciadamente estaban envueltas por las nubes; sólo de vez en vez quedaban fuera las cimas de los montes, o la del Etna, pero una espesa niebla las sustrajo bien pronto de nuestros ojos. Me parecía un sueño. Cuántas veces tuve el deseo de ver la bella región del mediodía. Y ahora la tenía delante de mí con todos sus atributos de belleza. ¡Cuántas descripciones había yo leído, cuántos cuadros había visto! Y sin embargo cuántas sorpresas. ¡Cómo cada cosa parece nueva y cuanto más bella y más espléndida de lo que puede imaginarlo la más ardiente fantasía! Tal vez en ningún lugar había yo visto tantos atractivos, tanta armonía y dulzura de colores. La pureza del aire, la intensidad de la luz, el azul del mar, cuyas ondas parecían torcerse en suaves y oleosas masas, los colores y sus graduaciones ya del violeta, ya del verde oscuro armonizándose suavemente. Todo aquello lo veo ante mí, probando mi insuficiencia para reproducir con la monótona pluma, aun de lejos, el cuadro como vivirá eternamente en mi memoria.
En Sicilia el convento de San Plácido, sobre una alta roca, domina todo el estrecho de Messina. Debe ser un lugar paradisíaco, edificante para el corazón y el espíritu.
Sobre las bajas costas napolitanas, dentro del mar, está la vieja ciudad de Reggio. Poco después aparece Messina apoyada en los montes y en las rocas sobre las cuales hay miles y miles de bellísimas villas que la circundan. Cuando pasamos en medio del estrecho, tan cercanas estaban las costas que a simple ojo se veían los naranjos, los sicómoros y las palmas, y su perfume aromático llegaba hasta nosotros. Por sobre todo aquello se difundía la luz meridional. Lanchas y barcos animaban el cuadro, un navío mercante austríaco nos saludó al pasar. Recogida y muda permanecía yo con la nostalgia de mis seres queridos en el corazón, deseando tenerlos a mi lado como por arte de encantamiento para que conmigo admiraran todo aquello; y casi con tristeza contemplaba la velocidad con la cual el vapor se alejaba de este paraíso.
Las opuestas corrientes de agua entre Sicila y Caribdis formaban nuevamente tal efecto de luces que ningún pincel podría reproducirlas. Caribdis es un antiguo y grande castillo sobre una roca saliente de la costa italiana y domina todo el golfo. Sicila es un faro que se encuentra en un lugar arenoso y bajo de Sicilia.
Fugaz como un sueño, todo había desaparecido. No habíamos perdido todavía a Sicilia de vista cuando ya estaban ante nosotros las Islas Lípari. El Stromboli surge del mar como un cono. Humea incesantemente, sus erupciones son frecuentísimas, y durante la noche sirve de faro luminoso a los navegantes. Las Lípari se extienden por aquí y por allá y algunas no son más que montones de rocas aisladas, habitadas por pobres pescadores, cuyas miserables cabañas son visibles a través de los matorrales. Pasamos tan cerca del Stromboli que podíamos distinguir hasta las cabras que pacían, único animal doméstico que poseen aquellos isleños.
La noche que precedió nuestra llegada a Civitavecchia, fue de nuevo tremendamente fastidiosa; el movimiento de la fragata se había hecho más fuerte, y con él los crujidos de la nave. Dickens en la narración de sus viajes a Norteamérica, describe con elocuentes palabras ese espectáculo que trastorna los sentidos y en medio del cual se pretende que el pobre viajero enfermo pueda dormir. Cada tabla, cada trabe, cada tornillo, cada gozne, cada clavo, todo aquello que compone una nave, todo lo que une sus partes, tiene su ruido propio ya ronco, ya estridente, ya gimiente, ya sibilante, y diferente en su rugir y en su crepitar. Dentro de todo esto yace el pobre viajero trabajosamente metido en una camita tan estrecha y tan corta que no hay modo de poder reposar. El movimiento de la nave le empuja a uno la cabeza a los pies contra las extremidades del lecho, especialmente cuando está colocado a lo ancho de ella, como en la Novara, y donde el movimiento es de ordinario de rotación. Yo no podía adaptarme a estas fatigas, a estas miserias; y con siempre creciente angustia yo veía avecinarse la hora que me obligaba a volver a la cabina y desde donde debía oír, durante la limpieza, el regar y el fregar que de las cuatro a las siete de la mañana se hace sobre la cubierta. Sólo después de esta diaria inundación, podíamos regresar a nuestro lugar sobre los bancos húmedos, allá arriba.
El 18 de abril nos envolvió una espesa niebla, jamás podré ver el Vesubio; de golpe e inesperadamente habíamos llegado a Civitavecchia. El puerto de esta ciudad es tan estrecho y tan pequeño que a nuestra grandiosa fragata le fue imposible entrar; anclamos en alta mar y pasaron dos horas enteras antes que fuese acordado tomar tierra, cosa que yo deseaba ansiosamente. La primera que se acercó a la nave fue la lancha de la sanidad, abanderada de amarillo. Primero subieron a bordo el mariscal duque de Montebello y el ministro francés Sartiges; inmediatamente después los embajadores de Austria y Bélgica y finalmente los cardenales mandados por el Papa a saludar a sus majestades. A todos estos señores les fue dada la debida acogida. El puente central y todos los lugares de la nave hormigueaban de toda clase de uniformes. Entre nuestros compatriotas teníamos conocidos a los cuales estrechamos las manos afectuosamente. Por fin pudimos bajar a las lanchas que nos esperaban para entrar al puerto. Allá estaban, mezcladas sin ningún orden, grandes y pequeñas naves, de los países que en honor de sus majestades habían izado la bandera de gala. Todos los mástiles, todas las arboladuras de las naves, estaban cubiertas de marineros que agitando sus gorros nos saludaban con entusiastas hurras. En el mismo instante tronaron en los barcos y en los fuertes las salvas de artillería y en el momento del arribo los tambores y las fanfarrias papales y francesas rivalizaban ensordecedoramente. Estas últimas tocaban la famosa canción Par la grâce de l'Empereur des français, del modo más ruidoso y extraño. Sus tropas en fila nos saludaban con las espadas y las bayonetas. Levantaron las carrozas y nos llevaron a fuerza de brazos. Era una algazara, una agitación, una gritería, un mirarnos con curiosidad, un corre-corre, un chillar, de perder la cabeza. Finalmente nos sentamos en el coupé de un convoy extraordinario, el cual, traqueteando y a las sacudidas, nos condujo a la antigua ciudad.
Atravesamos una región en gran parte cubierta de fértiles prados y pantanos, donde pastaba el ganado y domina un aire insalubre.
¡A Roma, a Roma! ¿Era eso una realidad? Lo era.
Después de dos horas de viaje, la magnífica Roma se extendía ante nosotros con su bello Castillo de San Angelo, con la cúpula de San Pedro, el Coliseo, con los pinos y los cipreses del monte Pincio, con todo aquello que de Roma se oye decir, con todo lo que sobre Roma se lee; y aquello por lo cual se suspira una vida entera aparecía como por el encanto de una varita mágica.
A nuestra llegada a Roma fuimos nuevamente saludados por las fanfarrias, los tambores, los calzones rojos, los bigotes, las patillas, los mantos violetas, y miles y miles de personas entre las cuales había buenos y queridos amigos. A través de estrechas, oscuras y sucias calles, en medio de jardines llenos de arbustos florecidos, de ruinas cubiertas de enredaderas, llegamos al palacio Marescotti, donde vivía Gutiérrez de Estrada, el más caluroso partidario del emperador. Después, las confusiones de los equipajes, el trabajar, el correr, la gran toilette, la cena y todos los horrores de la vida oficial a los cuales los grandes de la tierra no pueden sustraerse y que solamente el largo hábito hace soportable.
Después de tantas incomodidades, a las once de la noche estábamos en el Coliseo. La luna brillaba bella y límpida cuando llegamos; la primera impresión nos subyugó. Pero poco después, sobre aquellas gigantescas muestras de la magnificencia romana, de la romana arrogancia, se hizo una espesísima niebla. Luego que fatigosamente alcanzamos el último escalón un velo nos cortaba la vista que buscábamos. Por mi parte fui presa de vértigos y todo se balanceaba y ondulaba como si el incierto elemento que hacía pocas horas había dejado, se encontrara todavía bajo mis pies.
Era ya la una de la madrugada cuando sin fuerzas entré en mi estancia. A la mañana siguiente, a las siete y media, estábamos en la Basílica de San Pedro, donde en las catacumbas monseñor Nardi nos dijo la misa. Después, junto con monseñor Hohenlohe, visitamos el gran templo.
¡Oh, San Pedro! ¡La Plaza de San Pedro, con sus peristilos, con sus fuentes! Aquí se encuentra toda la perfección de la simetría, de lo grandioso, de lo noble y de lo sublime. ¡Oh!, cómo sería hermoso permanecer aquí y ver y rever todo. Pero de prisa debíamos tornar a casa porque a las once teníamos audiencia con el Santo Padre. Vestidas de negro y con velos llegamos al Vaticano pasando por en medio de rosales. El recibimiento fue solemne. Cardenales, monseñores, guardias nobles con vestidos medievales nos acompañaron hasta Su Santidad, el cual, pasando por múltiples estancias vino a encontrarnos, alegre de humor, de espléndido y robusto aspecto y con una gran dignidad. Todos nos postramos; él bendijo a la pareja imperial; la levantó con solicitud y la condujo a su gabinete. Estuvo algún tiempo solo con ellos y después nosotros fuimos también llamados. Hecha la genuflexión de rigor él extendió la mano, besamos el anillo papal y nos bendijo a todos. Era sencillo y venerable por sí mismo, cordial y benévolo: él es la más perfecta imagen de la dulzura y caridad cristianas.
Los monseñores Hohenlohe, Talbott, Merode y Borromeo, con otros muchos, nos condujeron a ver las galerías y las obras maestras del Vaticano. En dos horas vimos todo muy de prisa.
Cuando una impresión grandiosa hace desaparecer otra, ésta se convierte casi en dolor. Esta sensación la tuve cuando a las volandas pasamos de la Capilla Sixtina a las logias donde se encuentran los divinos frescos de Rafael; del ángel que visita a San Pedro en la cárcel al Apolo de Belvedere; de la Diana al conmovedor grupo de Laocoonte.
Nos asomamos al balcón desde el cual Su Santidad bendice al pueblo en el día de la Ascensión. Ofrece una bella vista de la ciudad y de los montes cuyas cimas estaban cubiertas de nieve, y de los jardines que ostentaban infinitas cualidades de flores. ¡En los jardines del Vaticano se encuentran ejemplares maravillosos de las plantas del mediodía! El aire es puro y benigno, el sol ardiente.
Cuando volví a casa, encontré a una queridísima amiga de la infancia, la cual vive en Roma en una verdad era felicidad doméstica. Y como sus majestades no me llevaron consigo a la visita que hicieron a los reyes de Nápoles, pude, mientras el tiempo lo permitía, admirar junto con mi amiga algunas de las maravillosas bellezas de Roma. Visitamos las iglesias de Santa María la Mayor, de San Juan de Letrán, y de San Pedro in Vmculis con su magnífica estatua de Moisés, de Miguel Ángel.
Esta última iglesia me causó la más profunda impresión. Estoy acostumbrada a la sencilla belleza de las iglesias góticas y no son de mi gusto la pompa de los mármoles y los dorados. Volvimos solícitas a la Villa Aldobrandini, a la encantadora casa de mi amiga. Se encuentra la Villa en medio de un jardín donde hay profusión de flores, frutos, verdor, enredaderas; toda la lozanía de la vegetación espontánea. Aquí y allá los pinos, las encinas, las palmas, los cipreses, los naranjos, las camelias exuberantes en plena primavera; las fuentes, las estatuas. El jardín, que se encuentra sobre lo alto, ofrece una magnifica perspectiva entre los montes; aquí encontré junto, en un espacio augusto, todo lo que sobrepasa la más audaz expectativa: el color, el perfume, la luz, el arte y la naturaleza, la riqueza y la felicidad.
Tornamos a salir en un coche, pasando por las plazas más importantes, junto a las obras de arte más célebres de Roma, hasta llegar al Monte Pincio, de donde se goza del espectáculo magnífico de la ciudad y sus contornos. Por la noche tuvimos gran cena y una espléndida recepción. Los primeros invitados fueron los grandes dignatarios del gobierno pontificio, los embajadores y los ministros residentes. Me interesaba mucho conocer al cardenal Antonelli, el poderoso ministro del Exterior al que la inteligentísima mirada, el rostro sereno y gentil, su altura y su elegancia, le dan un aire juvenil, aunque entre los cabellos castaños aparecían algunos hilos de plata.
Durante la cena estuve sentada junto a monseñor de Merode, entonces ministro de Guerra, y caído en desgracia después, y al cual el estado eclesiástico no le impedía las alegres bromas, las agudezas, las frases amables. Su mirada de soslayo me molestaba, así como la de mi vecino de la izquierda, el embajador austríaco, señor Bach, que tenía la misma fea costumbre y así estaba yo en medio de un fuego cruzado. Merode, de una ilustre casa belga, fue en su juventud oficial y sólo en la edad madura dejó la espada por el breviario. En sus maneras, en su presencia, había todavía algo de militar y quién sabe si el uniforme no le sentase mejor que la sotana. Involuntariamente mis ojos recorrían a todos aquellos grandes dignatarios eclesiásticos viendo la expresión de sus fisonomías, y sus modales no faltos de una fuerza un poco prepotente. ¿Cuántos entre ellos seguirán el camino del amor divino, de la humildad, de la abnegación, del deseo del bien de sus almas y las de su prójimo? Yo no supe encontrar una sola cara que me testimoniara tales motivos; y cuando vi las joyas fulgurantes y admiré los preciosos encajes que con femenino cuidado ornaban las severas vestes sacerdotales, me estremecí de angustia porque no estaba bien segura de si alguno de aquellos píos señores podría leer en mis facciones las impresiones que sentía.
Después de la cena, en los salones del señor Gutiérrez de Estrada se encontraban reunidos todos los más espléndidos nombres de la aristocracia romana. Entre ellos gentiles señoras cuya magnífica belleza y el brillo de sus ojos competían con el esplendor y el cintilar de los diamantes que llevaban en el cuello y en los cabellos.
Al día siguiente, que era el 20 de abril, Su Santidad correspondió la visita a sus majestades imperiales. Y antes que su carroza de gala tirada por cuatro caballos entrase a la estrecha calle del palacio Marescotti, la gritería, el estrépito de la gran multitud que lo acompañaba ya había anunciado la llegada del jefe de la Iglesia. El emperador y la emperatriz, seguidos de toda su corte bajaron la escalera y lo recibieron de rodillas. Después besamos sus manos y sus pies y alegre y benévola Su Altísima Santidad tuvo para todos una palabra cordial.
El viejo Gutiérrez de Estrada lloraba de alegría por el honor que su casa recibía. Él es un hombre excelente cuyos conceptos políticos no corresponden a los tiempos que corren, pero cuya individual honestidad y lealtad son tales que quizá no vi igual en su país.
Después de la partida de Su Santidad la emperatriz me llevó consigo, así como al gran maestro, e hizo un rápido recorrido por las calles más célebres, vio los templos y los arcos de triunfo, las fuentes y las columnas de la ciudad santa; después visitó las iglesias, la Villa Borghese con su parque encantador, un bello conjunto de pinos, de cipreses, de hermosas flores, de bellísimas estatuas. De allá se tiene de Roma una vista con la que mi corazón se llenaba de júbilo y voluptuosidad, pero me sentí súbitamente triste porque tenía forzosamente que alejarme de todas aquellas maravillosas bellezas, antes de que fuese capaz de incorporarlas a mí misma.
Encontramos en Roma la más bella estación del año; todo resplandecía con la exuberancia de lo nuevo, de la lozanía, del verdor; el calor del sol había llamado a todo a la vida nueva, nada estaba marchito, como suele ocurrir al final de la estación; ¡si pudiese algún día retornar! ¡si pudiese una vez más en mi vida ver nuevamente el monte Pincio, ver Roma desde la Villa Borghese, entrar en San Pedro y pasar el puente que conduce al castillo de San Angelo, admirar de nuevo la fuente de Trevi, visitar miles de lugares que no pude ver, y un momento de vida gozar allá de la suprema y purísima belleza!
Acompañados de miles y miles de populares, volvimos a las cuatro de la misma tarde a la estación de ferrocarril, de vuelta a Civitavecchia.
No sé decir bien por cuántos motivos me era penosa y grave esta partida. Roma me atraía tanto cuanto el largo viaje marítimo que me esperaba, y que debía hacer, pero, que me ponía, después de los padecimientos sufridos y la incapacidad de sobrellevarlos, en una seria angustia. Sin embargo, yo no podía escoger y el categórico deber es en estos momentos una excelente cosa, porque nos quita todo temor y pusilanimidad y nos lleva felizmente más allá de toda incertidumbre. Bajo el repetirse de las salvas de artillería y otros clamores, los esquifes que graciosamente engalanados nos habían llevado a Civitavecchia, a las siete nos transportaron directamente a la Novara.
