Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Esta obra epistolar muestra la cercana relación de dos grandes figuras de la cultura en México. A la par que se presentan las distintas inquietudes de ambos escritores, se muestra la relación de dos generaciones: la de Alfonso Reyes como el reformador de la educación y el arte después de la Revolución mexicana y la de José Luis Martínez como explorador para definir la identidad mexicana. Ambos con una cuidada prosa nos llevan a entender las necesidades correspondientes a su tiempo, e incógnitas que incluso hoy en día nos llaman a la reflexión.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 517
Veröffentlichungsjahr: 2018
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
RODRIGO MARTÍNEZ BARACS (Ciudad de México, 1954), doctor en historia y etnohistoria por la ENAH, es profesor e investigador de la Dirección de Estudios Históricos del INAH y miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia. Ha publicado, entre otros títulos, La secuencia tlaxcalteca. Orígenes del culto a Nuestra Señora de Ocotlán (2000), Convivencia y utopía: el gobierno indio y español de la “ciudad de Mechuacan”, 1521-1580 (2005), La perdida Relación de la Nueva España y su conquista de Juan Cano (2006), La biblioteca de mi padre (2011), El largo descubrimiento del Opera medicinalia de Francisco Bravo (2014) y Entre sabios. Joaquín García Icazbalceta y Henry Harrisse. Epistolario, 1865-1878, edición bilingüe anotada, en colaboración con Emma Rivas Mata (2016).
MARÍA GUADALUPE RAMÍREZ DELIRA (Ciudad de México, 1955) fue asistente de José Luis Martínez desde 1978 hasta la muerte de este último. Transcribió la Correspondencia, I: 1907-1914 entre Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, publicada por el FCE. Fue secretaria particular de Jaime García Terrés en el Fondo de Cultura Económica y en la Biblioteca de México; en esta última institución trabaja con Eduardo Lizalde desde 1996. Actualmente organiza el Archivo José Luis Martínez.
Una amistad literaria
TEZONTLE
Edición de RODRIGO MARTÍNEZ BARACS MARÍA GUADALUPE RAMÍREZ DELIRA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA EL COLEGIO NACIONAL
Primera edición, 2018 Primera edición electrónica, 2018
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero Viñeta: Abel Quezada
La obra gráfica de Abel Quezada se reproduce gracias a la autorización y cortesía de la familia Quezada Rueda y de Abel Quezada Asociación Civil.
D. R. © 2018, El Colegio Nacional Luis González Obregón 23, Centro Histórico 06020, Ciudad de México Tel.: (55)[email protected]
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 9786071656100 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Varios amigos, familiares y colegas nos ayudaron de varias maneras para la realización de esta edición de la correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez y les expresamos aquí nuestro profundo agradecimiento. A José Luis Martínez Hernández y a Andrea Guadalupe Martínez Baracs, por su empeño permanente en la conservación y la difusión del legado de José Luis Martínez. A Enrique Krauze, por el estímulo de su pasión y su inteligencia histórica, política, moral y literaria. A José de la Colina, por la serie de entrevistas autobiográficas que le hizo a José Luis Martínez, en las que le contó con mucha confianza su vida y su amistad con Alfonso Reyes, entre varios otros temas. A Adolfo Castañón, por su amorosa y generosa erudición alfonsina y joseluisa. A Javier Garciadiego Dantán, por su apoyo moral, intelectual, académico y editorial para la publicación de este epistolario. A Felipe Garrido, por el apoyo múltiple que le dio a mi padre y a su memoria. A Joaquín y Aurora Díez-Canedo Flores, por su amistad, conversación y consejo de toda la vida. A Rafael Vargas por compartir sus conocimientos de iconografía literaria mexicana. A Rebeca Barriga Villanueva, por regalarme el libro que coordinó en El Colegio de México sobre los Libros de Texto Gratuitos. A Gisel Cosío Colina, por lo que nos informó sobre aspectos de la Biblioteca Nacional de México. Mucha información, como sucede cada vez más en las investigaciones históricas, la encontramos en Wikipedia y muchos otros sitios de internet.
Estamos muy agradecidos con Alicia Reyes, directora de la Capilla Alfonsina de la Ciudad de México, y con su colaborador Alejandro Mejía, por su conversación alfonsina y por habernos facilitado amablemente las cartas de Alfonso Reyes y José Luis Martínez que se conservan en la Capilla, y varios otros materiales importantes. Y con Minerva Margarita Villarreal, directora de la Capilla Alfonsina de la Biblioteca Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey, y con su colaboradora Leticia Garza, por haberme mandado las dedicatorias de José Luis Martínez a Alfonso Reyes. En la Biblioteca de México, donde se encuentra accesible al público la Biblioteca de José Luis Martínez, estamos muy agradecidos con su director, el poeta Eduardo Lizalde, con Jorge von Ziegler, director general de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura, con Javier Castrejón, coordinador de las Bibliotecas Personales de la Biblioteca de México, con Miguel García Ruiz, quien coordinó el traslado de la Biblioteca de José Luis Martínez a la Biblioteca de México, con Daniel Bañuelos, encargado de la Biblioteca de José Luis Martínez, con Ruysdael Nava Tristán, quien nos auxilió en la digitalización de las imágenes, y con todo el personal de la Biblioteca de México.
La correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez se encuentra en el Archivo de José Luis Martínez (al cuidado de sus hijos y de María Guadalupe Ramírez Delira) y en la Capilla Alfonsina de la Ciudad de México. Las dedicatorias de Reyes a Martínez se encuentran en la Biblioteca de José Luis Martínez, en la Biblioteca de México. Las dedicatorias de Martínez a Reyes se encuentran en la Capilla Alfonsina de la Biblioteca Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Agradecemos a los cuatro repositorios la autorización para publicar estos materiales, que nos place dar a conocer, por su valor literario, histórico y humano.
De manera particular, yo, María Guadalupe Ramírez Delira, expreso mi agradecimiento a la Biblioteca de México, donde tengo el privilegio de trabajar, así como a mis hijos Alejandro Rodrigo y Andrea Jácome Ramírez, y a mis nietos Ekeb y Dante Jácome Muñoz y a mi nuera Ana Patricia Muñoz, por su apoyo e inspiración. Y yo, Rodrigo Martínez Baracs, expreso mi gratitud a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde felizmente laboro, y al Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Estoy muy agradecido con mis hijos María, Constanza y Julián, y sus mamás Angélica Espinoza y Miruna Achim, por su múltiple apoyo, ayuda, estímulo e inspiración, y con mis tías Eugenia, Paz y Tarcila, de Guadalajara, y mi prima Sisu, de Montreal, por mantener viva la memoria de mi familia paterna. Ambos, Marilú y Rodrigo, agradecemos el privilegio de trabajar uno con el otro en esta edición.
RODRIGO MARTÍNEZ BARACS MARÍA GUADALUPE RAMÍREZ DELIRA
EL ENCUENTRO Y LA CORRESPONDENCIA
La correspondencia conocida de los escritores Alfonso Reyes (1889-1959) y José Luis Martínez (1918-2007) comienza en 1942, cuando Reyes tenía cincuenta y tres años y Martínez veinticuatro, y duró diecisiete años, hasta unos días antes del fallecimiento de don Alfonso. Aunque la primera carta que tenemos es del 11 de febrero de 1942, por su tono se entiende que hubo cartas anteriores, y debió de haberlas, pues Martínez conoció a Reyes desde 1939, cuando el maestro regresó a México, donde se ocupó del establecimiento de la Casa de España en México, concebida por Daniel Cosío Villegas (1898-1976), que le confió el presidente Lázaro Cárdenas (1895-1970). Para entonces el joven Martínez ya lo había leído mucho y con fervor, y con sus amigos asistía a sus conferencias y clases. Así lo contó él mismo:
Para quienes no lo habíamos conocido hasta su regreso definitivo a México a principios de 1939, Alfonso Reyes era una figura mitológica. Todos los prestigios lo ornaban: sus primeros ensayos magistrales sobre Cuestiones estéticas; su perfecta Visión de Anáhuac; sus estudios gongorinos y acerca de otros temas españoles; aquella estimulante y luminosa Atenea política que nos entusiasmaba en Guadalajara; los poemas de los años brasileños y argentinos, sobre todo aquél “A la memoria de Ricardo Güiraldes” que solía publicarse al frente de Don Segundo Sombra; las traducciones de Mallarmé, Sterne y Chesterton; los números de Monterrey, Correo Literario, cruzados de tantos temas e incitaciones, y luego lo que oíamos contar de él, amigo de toda la inteligencia del mundo y dueño él mismo de esa inteligencia que se ha hecho ya sonrisa y respiración naturales. Un grupo de amigos fuimos a conocerlo a su despacho de las calles de Madero, donde organizaba La Casa de España, y todos aquellos prestigios suyos se hicieron vivos para nosotros; y aquel encuentro sería el principio de una amistad que tendría veinte años para probarse.
Desde entonces, la frecuentación de los libros, de las conferencias o de las conversaciones de don Alfonso serían una de mis provisiones más constantes y aprendí a pesar con él mis bienes y mis males, porque siempre supo enderezar o alentar, y con qué afectuosa comprensión, mi camino. Y yo también compartí sus alegrías y sus penas.1
José Luis Martínez había pasado sus primeros cuatro años de vida en su natal pueblo de Atoyac, en el sur del estado de Jalisco. Era el hijo mayor del doctor Juan Martínez Reynaga (1888-1962)2 y de Julia Rodríguez Rodríguez (20 de diciembre de 1896-8 de octubre de 1922), quienes juntos formaron una familia, como las de allá, con un fuerte sentido de la tradición y de la religión. Nacieron cuatro hijos e hijas,3 y Julia falleció cuando José Luis tenía cuatro años. La pérdida temprana de su madre se mantuvo presente de manera consciente e inconsciente en José Luis Martínez, quien en sus años tardíos contó un sueño que lo perturbó una noche. El doctor Martínez se casó el año siguiente con Lucía Rodríguez Rodríguez (?-28 de mayo de 1949), la hermana de Julia, con la que tuvo otros seis hijos e hijas.4 Los siguientes siete años, de los cinco a los once años, los pasó en Ciudad Guzmán, el antiguo pueblo de Zapotlán, algo más hacia el sur, donde lo cuidó mucho su nana Lupe Rodríguez (?-1999), hija ilegítima de Martín Rodríguez, esposo de Isabel Rodríguez y padre de Julia y Lucía. Allí la familia vivió la severa guerra cristera, en la que se involucró el doctor Martínez, quien llegó a ser apresado y casi fusilado: cuando el general José Guadalupe Zuno (1891-1980) tomó el pueblo de Zapotlán, mandó fusilar a los que hubiesen apoyado a los cristeros, pero le salvó la vida al doctor Martínez porque era el único médico disponible y lo curó de no sé qué enfermedad. José Luis asistió allí primero a la escuela de párvulos de unas monjas francesas, que tuvo que cerrar debido a la persecución religiosa. Felizmente dos maestros normalistas, padre e hijo, don Gabino y José Ernesto Aceves, abrieron el Colegio Renacimiento, e influyeron de manera decisiva sobre el gusto por la lectura no sólo de José Luis, sino también de su condiscípulo Juanito, Juan José Arreola (1918-2001). Leían mucho a Victor Hugo (1802-1885) y a Paul Fort (1872-1960).5 Después de la clase sobre la Conquista, los niños representaron ese drama en el recreo, y José Luis representó el papel de sumo sacerdote mexica.6 La obra se desenvolvió, y con Juanito Arreola y otros amigos, José Luis ofició solemnemente el culto a la Babucha, extraño eco paródico de la dramática guerra religiosa que sufría el país.7La amistad se interrumpió cuando José Luis viajó a Guadalajara y se reanudó en 1943 cuando leyó en la revista jalisciense Eos el cuento “Hizo el bien mientras vivió”,8 que lo impresionó, sin saber que su autor Juan José Arreola era el mismo Juanito Arreola de sus juegos en Zapotlán. Se hicieron amigos de toda la vida.
A los doce años José Luis pasó a Guadalajara, donde comenzó a leer con vigor y sistema, junto con su gran amigo el nayarita Alí Chumacero (1918-2010). José Luis (y supongo que Alí también) publicó su primer artículo en la revista Nueva Galicia en noviembre de 1936. Y en 1937 ambos pasaron a la ciudad de México donde continuaron sus largas jornadas de estudio. Obligado por su padre, Martínez inició en 1938 estudios de medicina, que abandonó en 1939.9 Pero al mismo tiempo inició estudios de letras españolas, filosofía e historia del arte, en la Facultad de Filosofía de la UNAM, hasta 1943. Pronto comenzó a dar clases y promovió la hasta entonces inexistente carrera de letras mexicanas (incluidas en la de letras hispánicas).10
En 1939 el poeta Jorge González Durán (1918-1986), amigo de José Luis y de Alí en la facultad (y el resto de sus vidas, los tres nacidos en 1918), consiguió que el licenciado Mario de la Cueva (1901-1980), secretario general de la UNAM, los apoyara para hacer una revista, pese a su juventud y falta de prendas literarias. Pidieron consejo al escritor transterrado español Enrique Díez-Canedo (1879-1944) y decidieron visitar al gran Alfonso Reyes, quien los recibió en su oficina de la calle de Madero, donde estaba echando a andar la Casa de España en México (que el año siguiente se convertiría en El Colegio de México). Los tres visitantes, recuerda Martínez, le pidieron a don Alfonso cuatro cosas: conocerlo, ser su amigo, una colaboración y un nombre para la nueva revista. Reyes cumplió con las cuatro cosas. Dio a la revista el nombre de Tierra Nueva, al que se agregó: Revista de Letras Universitarias,11 y contribuyó, aunque poco, en los dos primeros años de los justo tres que duró la revista, de enero de 1940 a diciembre de 1942 (primero bimestral y después cuatrimestral).12 José Luis Martínez contribuyó con una o más colaboraciones en cada uno de los quince números de la revista.
A partir de 1941 los tres amigos comenzaron a publicar también en la revista mensual Letras de México, que fundó en 1937 el poeta Octavio G. Barreda (1896-1964),13 y a partir de 1943 en la más selecta revista El Hijo Pródigo, también mensual y fundada por Barreda.14 José Luis Martínez publicó también en la revista literaria femenina Rueca, en 1942, 1944 y 1945.15
Y José Luis Martínez no dejó de hacerse presente ocasionalmente en la prensa diaria, en el periódico El Nacional, en 1941 y 1942, en el Excélsior, en 1942 y 1943, y en Novedades, en 1943, y ese mismo año publicó una columna en el semanario Mañana, en la que se refirió a “Averroes y Alfonso Reyes”.16
A José Luis Martínez y su generación les tocará vivir el fructífero “periodo de madurez” de Alfonso Reyes, iniciado en 1939 e interrumpido en 1951 cuando sufrió su primera crisis cardiaca, según lo describió el propio Martínez:
Después de los catorce años anteriores, que podemos llamar mundanos, Alfonso Reyes, al fin asentado definitivamente en su patria y entre sus libros, inicia otro de los grandes ciclos de su obra que se extenderá de 1939 a 1950, en la cumbre de su madurez intelectual y entre sus cincuenta y sus sesenta y un años, y éste será, sobre todo, el periodo de sus trabajos de sabio y humanista. Son de estos años sus magnos estudios de temas clásicos: La crítica en la Edad Ateniense (1941), La antigua retórica (1942), Junta de sombras (1949) y otras monografías menores; sus fundamentales estudios de teoría literaria: La experiencia literaria (1942), El deslinde (1944) y Tres puntos de exegética literaria (1945); sus estudios de historia literaria española y mexicana: Capítulos de literatura española (1939 y 1945) y Letras de la Nueva España (1948); sus ensayos sobre temas americanos: Última Tule (1942), Tentativas y orientaciones (1944) y Norte y sur (1945), a más de otros volúmenes de ensayos y notas. Escribe y publica también en esta época libros de poesía que culminarán en la colección de La vega y el soto (1946) y Cortesía (1948), y en la primera parte de su traslado de la Ilíada de Homero (1951); colecciona también, en Verdad y mentira (1950), sus cuentos y fantasías e inicia la publicación de los cuadernos de su Archivo; escribe prólogos para numerosos libros y aun traduce textos de Jules Romains, A. Petrie, C. M. Bowra y Gilbert Murray. En resumen, durante este segundo gran ciclo de su obra intelectual publica treinta y cinco volúmenes de ensayos y estudios de los cuales veintiocho son libros originales y el resto reediciones; siete volúmenes de poesía; dos de novelística; siete cuadernos de su Archivo; prologa dieciséis libros y hace cuatro traducciones; es decir, que en estos once años publica cincuenta y un libros de su pluma, dejando aparte prólogos y traducciones. Además, ya lo sabemos, organiza y preside El Colegio de México; sustenta sus conferencias en El Colegio Nacional donde enseña literatura y explica temas humanistas, y cumple además con numerosos compromisos académicos y cívicos.
Si el primer gran periodo de su obra, la década madrileña de 1914 a 1924, había sido el de su más intensa creación literaria, este segundo periodo de 1939 a 1950 será el de las grandes síntesis de sus conocimientos, el de sus especulaciones de teoría literaria y el de sus estudios de temas clásicos. Si aquella fue la época de creación del poeta, del poeta en prosa y en verso, esta es la del sabio que ha merecido el título de humanista.17
Cuando Alfonso Reyes y José Luis Martínez comenzaron a escribirse, en febrero de 1942, o acaso antes, ambos residían en la misma ciudad de México. Reyes vivía, con su querida esposa doña Manuela Mota (1885-1965)18 y su hijo Alfonso Reyes Mota (1912-1975), en su Capilla Alfonsina, número 122 de la calle de Industria (rebautizada Benjamín Hill en 1955), en la colonia Condesa. Por su parte Martínez vivía en el departamento 6 del número 82 de la calle de Jalapa, en la colonia Roma, entre las calles de Durango y Colima, a una cuadra de la Plaza Rio de Janeiro (el edificio ya no existe). No tenía que caminar mucho para llegar al Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México, que compartían casa en la calle de Pánuco 63, en la hoy colonia Cuauhtémoc. La Capilla Alfonsina le quedaba como a media hora de buena caminata. De modo que Reyes y Martínez se veían con frecuencia, muchas veces Martínez cenaba con don Alfonso y doña Manuela, y varios otros amigos, y platicaban mucho y a gusto, con buena comida y vinos. Las cartas eran un complemento de la comunicación oral (de viva presencia y ya también por teléfono), que era la principal y más importante, junto a la lectura mutua de sus escritos. Es por ello que algunas de sus cartas, como las que cruzó Alfonso Reyes con Jaime Torres Bodet (1902-1974), fueron “casi oficios”, como las llamó su editor Fernando Curiel,19 aunque no faltan momentos y asuntos de muy notable interés humano y literario.
Por otro lado, tanto Alfonso Reyes como José Luis Martínez, además de ser escritores, tenían empleos administrativos formales, predominantemente pero no exclusivamente culturales. Alfonso Reyes era presidente de El Colegio de México, con la decisiva colaboración de Daniel Cosío Villegas, secretario de El Colegio y director del Fondo de Cultura Económica, quien le daba un sitio a El Colegio en su casa, entonces en Pánuco 63. También participó en la creación de El Colegio Nacional (que reunía a los más importantes creadores y científicos mexicanos) y se involucró mucho con la Academia Mexicana de la Lengua y la Alianza Francesa de México, entre otras instituciones.
Por su parte, José Luis Martínez tuvo una sucesión de empleos que permiten periodizar su correspondencia con Alfonso Reyes: a partir de 1940 fue profesor de literatura en diversos centros de estudio; fue secretario particular de Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, entre 1943 y 1946; fue secretario administrador de El Colegio Nacional entre 1947 y 1952; fue secretario particular de Roberto Amorós, gerente de Ferrocarriles Nacionales de México, en 1952 y 1953, y ayudante gerente general de Relaciones Públicas y Servicios Sociales de Ferrocarriles Nacionales, hasta 1958; fue consejero de la poderosa Productora e Importadora de Papel, S. A. (PIPSA) de 1956 a 1961; y diputado federal por el 8º Distrito de Jalisco, de 1958 a 1961.
En todos los casos (salvo tal vez el último), los asuntos culturales de estos cargos estuvieron presentes en la relación epistolar de Alfonso Reyes y José Luis Martínez, como el relativo al subsidio de la SEP a El Colegio de México o el papel que le entregaba PIPSA para sus publicaciones. Sin embargo, junto a los temas administrativos, en su correspondencia prevaleció la amistad personal y literaria. Por cierto, nunca dejaron de hablarse de usted.
COMUNICACIONES LITERARIAS Y EPISTOLARES
Así pues, cuando empieza su correspondencia con Alfonso Reyes, el joven Martínez se iniciaba en las letras y se mantenía como profesor. De 1940 a 1943 dio clases de Literatura Mexicana en la Escuela Nacional Preparatoria y de 1942 a 1944 de Español Superior en la Escuela de Verano, ambas escuelas de la UNAM. Y, como vimos, escribía y participaba activamente en las revistas literarias importantes del momento, Letras de México (1937-1947) y Tierra Nueva (1940-1942) y después también en El Hijo Pródigo (1943-1946).20
En la primera carta que se conserva de Alfonso Reyes a José Luis Martínez, del 11 de febrero de 1942, le agradece las “mil menciones amables” en Letras de México y lo felicita por “esa reseña tan equilibrada y objetiva de los libros del año”. Se refiere al “Esquema de un año de Literatura Mexicana” que Martínez publicó el 15 de enero.21 Este panorama de las letras publicadas en México en 1941 es un ensayo comprehensivo y ordenado, claro y denso, crítico y admirativo, notable por su mesura y saber si se considera que Martínez estaba apenas por cumplir los veinticuatro años. Transmite un mensaje desencantado: “Apenas cabe la sorpresa. ¿Hemos ganado un hombre nuevo? ¿Ha quedado en nuestra mesa algún libro ya por siempre querido? Ni lo uno ni lo otro. Tanto como en su vida, el mexicano suele ser desesperadamente conservador en las letras”.
El mayor entusiasmo José Luis Martínez se lo otorga al poeta Xavier Villaurrutia (1903-1950), por su Décima muerte y otros poemas, por la pieza teatral La hiedra, el prólogo a la antología poética Laurel y sus antologías de López Velarde y de sor Juana. Martínez resalta la importancia del poema Entre la piedra y la flor de Octavio Paz (1914-1998) y de la novela Los muros de agua y los cuentos de José Revueltas (1914-1976), nacidos ambos en 1914. Se muestra severo con Mauricio Magdaleno (1906-1986), tanto con su novela Sonata como con sus ensayos reunidos en Rango. Destaca la importancia de la Biblioteca del Estudiante Universitario, dirigida por Francisco Monterde (1904-1985) y publicada por la UNAM, que en 1941 publicó diez títulos —entre ellos Poesía romántica, selección de Alí Chumacero y prólogo de José Luis Martínez—.22
José Luis Martínez se refiere a Alfonso Reyes en el campo de la poesía y en el del ensayo. Escribe sobre Algunos poemas: “Bajo la exterioridad más humilde en apariencia, bajo una clara sencillez que prescinde de toda nota excesiva, Reyes consigue hacer fluir una delicada y noble poesía. El mejor gusto crítico lo lleva a estas palabras diáfanas que no sabrán gustar los paladares estragados”.
Y en el campo del ensayo, Martínez menciona dos libros de Reyes, Pasado inmediato y otros ensayos y La crítica en la Edad Ateniense, publicados ambos por El Colegio de México (que él mismo presidía), y menciona la publicación de varios ensayos suyos sobre ciencia de la literatura, que “nos anuncian un volumen venidero de capital importancia” —se refiere Martínez a La experiencia literaria, que estaba escribiendo Reyes y se publicaría a fines de 1942—.23
Meses después, en agosto, José Luis Martínez, también en Letras de México, publicó el artículo “La prosa de Alfonso Reyes”,24que indaga sobre la naturaleza de la prosa alfonsina, en respuesta a una reseña adversa a su recién publicado libro Los siete sobre Deva (1942),25 del que el mismo número de Letras de México publicó en primera página un fragmento, “Palabras del golf ” (pp. 1-2 y 10). Probablemente seleccionó este fragmento el propio Martínez, pues en “La prosa de Alfonso Reyes” explicó el significado filosófico, ético y literario del golf para Reyes:
Quizá él no subscribiera del todo aquella no vacía de petulancia afirmación de Ortega, que pretendía que el pensador debía de abstenerse de toda participación en la vida misma, para situarse sólo en puro espectador de su movimiento, o lo que en más llano castellano suele decirse “ver los toros desde la barrera”. Ortega asistía de mala gana al golf y especulaba desde su palco. Reyes prefiere jugarlo como prefiere también jugar la vida, aunque luego se esconda en su taller para apuntar sus meditaciones.
Las palabras de “La prosa de Alfonso Reyes” de José Luis Martínez que más animaron a Reyes tal vez fueron las primeras del ensayo:
Los libros, los múltiples ensayos aparecidos en revistas de todas latitudes, las conferencias y aun las charlas mismas de Alfonso Reyes, tienen una distribución que recuerda la de una vida bien ordenada, planificada por un hombre sensato. Meditaciones sobre nuestro destino mexicano y americano y juegos poéticos; austeras reflexiones sobre el fenómeno literario y fantasías en donde toda curiosidad tiene cabida; la antigüedad clásica traída hasta nuestras actuales preocupaciones, y llamadas de atención hacia lo más destacado de la modernidad: y aun la gracia y la malicia dejando un rastro amable dentro de la sequedad de las investigaciones o la lección moral o filosófica en aquellos divertimientos que parecen pura frivolidad. Elástica juventud de Alfonso Reyes tal la de un pensador que sabe a la vez practicar con gallardía los deportes y no desdeña entregarse a su tiempo a la pura delicia de lo intrascendente.
Alfonso Reyes debió de sentir que el joven Martínez había sido capaz de sintetizar los sentidos y las intenciones más importantes de sus afanes literarios, gracias a lo cual encontró el tono y la aspiración de su ensayo sobre La experiencia literaria. Martínez concluyó su artículo con un énfasis fortalecido por su común mesura, que no debió de inhibir mucho a Reyes: “Hace tiempo que no es una exageración afirmar que la mejor prosa castellana se escribe en México y quien la escribe es Alfonso Reyes. Ahora, él no es solamente la figura literaria más alta entre nosotros, sino una de las más claras voces de nuestro mundo”.
Debe decirse que el elogioso artículo “La prosa de Alfonso Reyes” se publicó poco después de una pequeña antología hecha por el mismo Martínez, titulada Narciso. Poéticas mexicanas modernas, publicada en la revista Tierra Nueva y como elegante plaquette de tiraje limitado, y que sorpresivamente no incluye a Alfonso Reyes.26 Martínez escogió en Narciso un poema de cada uno de los antologados, en los que exponen su personal poética: Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), Manuel José Othón (1858-1906), Ramón López Velarde (1888-1921) (con unos “Fragmentos” bien escogidos), Salvador Díaz Mirón (1853-1928), Enrique González Martínez (1871-1952), Carlos Pellicer (1897-1977), José Gorostiza (1901-1973), Jaime Torres Bodet (1902-1974), Xavier Villaurrutia (1903-1950), Salvador Novo (1904-1974) y el joven Octavio Paz (1914-1998). Tal vez mi padre no consideró la poética de Alfonso Reyes suficientemente moderna para ser elegida, o tal vez buscaba afirmar su libertad, su autonomía de juicio y el rigor de su criterio.
Una carta a Alfonso Reyes del 27 de marzo de 1943 nos deja conocer los planes que albergaba entonces José Luis Martínez, quien deseaba obtener una beca de El Colegio de México, que presidía Reyes, para estudiar teoría literaria en Inglaterra. Martínez estaba preparando su primer libro sobre “ ‘Técnicas de la novela’, y en general, ‘Teoría y técnica de la composición’”, y ese año terminaría su doctorado en letras. Me extraña un poco, pues yo no sabía que mi padre hubiese hecho estudios formales de doctorado. Tal vez esperaba que sus estudios de Literatura Española en Filosofía y Letras se le reconocieran no con nivel de licenciatura, sino también de doctorado (que no sé si el Colegio estaba otorgando entonces). O tal vez esperaba obtener un doctorado en El Colegio de México, pues estuvo muy vinculado a sus trabajos, particularmente a la creación del Centro de Estudios Literarios. No por nada por entonces se decía con una mezcla de burla y admiración que José Luis Martínez estaba por “graduarse de Alfonso Reyes”. El hecho es que Martínez no presentó el examen de grado ni en la Facultad de Filosofía y Letras ni en El Colegio de México, y nunca tuvo título académico formal (salvo los honoris causa tardíos). Lo cual, por cierto, no le impidió desempeñar funciones docentes relacionadas con títulos académicos: en 1948 el filósofo Samuel Ramos (1897-1959), doctor en filosofía por la UNAM, director de la Facultad de Filosofía y Letras, designó a José Luis Martínez consejero para dar orientación a varias alumnas en la elaboración de sus tesis de maestría en letras.27
De cualquier manera, el primero de abril de 1943 Alfonso Reyes redactó diligente una carta de recomendación para José Luis Martínez escrita tanto en español como en elegante inglés, que no menciona título académico formal alguno. El joven y ambicioso Martínez no concluyó su gran tratado sobre la técnica literaria, pero sí publicó un ensayo titulado “La técnica en literatura”, como artículo y como pequeña plaquette, en el que expuso algunos elementos fundamentales de su propio quehacer literario, en parte aprendido de Alfonso Reyes: la búsqueda necesariamente artificial de la naturalidad, hasta que lo artificial se vuelve natural. Esta búsqueda de la naturalidad en la expresión escrita está relacionada con la responsabilidad social del escritor, la de escribir de manera clara y precisa, para un pueblo que hay que contribuir a educar. Pero Martínez al parecer no tuvo tiempo para seguir trabajando mucho “La técnica en literatura”, porque cuando Reyes le mandó una página con una serie de comentarios y sugerencias, Martínez las tomó en cuenta sólo en notas a pie de página, mas no en el cuerpo de su ensayo, publicado en noviembre de 1943 en El Hijo Pródigo.28
De cualquier manera, el sendero de José Luis Martínez como profesor de literatura, en México o en Inglaterra, se difuminó cuando recibió el ofrecimiento de un cargo público en México, que cambió su forma de organizar y concebir su vida, que quedó a partir de entonces dividida entre la literatura y la administración pública cultural. Es difícil imaginar la carrera de Martínez si se hubiese ido a los 25 años a estudiar a Inglaterra y se hubiese convertido en un profesor.
CON JAIME TORRES BODET
En diciembre de 1943 el poeta, dramaturgo y ensayista Jaime Torres Bodet, del grupo de la revista Contemporáneos, fue nombrado secretario de Educación, a la mitad del sexenio avilacamachista, en sustitución de Octavio Véjar Vázquez (1900-1974), y nombró a José Luis Martínez su secretario particular, cargo que desempeñó hasta el fin del sexenio en diciembre de 1946. Al novelista Rafael F. Muñoz (1899-1972) lo nombró jefe del Departamento de Publicidad y Propaganda. De sus tres años de trabajo con Torres Bodet le contará José Luis Martínez a José de la Colina: “Era la primera secretaría de Educación de don Jaime,29 y lo aprecié muchísimo porque me enseñó a trabajar, me enseñó disciplina y la formalidad. Para él la disciplina, ser escritor, era ser un hombre disciplinado para la lectura y para el conocimiento y para el servicio público”.30
El reyista Alfonso Rangel Guerra refiere que cuando Jaime Torres Bodet fue designado secretario de Educación se habían dado a conocer estadísticas que mostraban que la mitad de la población mexicana no sabía leer ni escribir, en su mayor parte en las zonas marginales e indígenas. El 21 de agosto de 1944 el presidente Manuel Ávila Camacho (1897-1955) promulgó la Ley de Emergencia por medio de la cual se estableció la Campaña Nacional contra el Analfabetismo. Al enfrentar este reto Jaime Torres Bodet mostró su alta capacidad ejecutiva al servicio de una “visión social del servicio público”. Cada mexicano que hubiese ido a la escuela tenía la obligación de enseñar a leer y escribir a cuando menos un mexicano de entre seis y sesenta años. Se creó el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE) y del Instituto Federal de Capacitación del Magisterio (IFCM). Durante los tres años de la campaña se comenzó a alfabetizar a un millón y medio de personas, la cuarta parte de la población analfabeta.31
Para José Luis Martínez, hasta entonces escritor elitista y hasta cierto punto dandy, que publicaba en las mejores revistas y aspiraba a estudiar en una universidad europea, la conciencia de que la mayoría de la gente no sabía leer o no leía, y la posibilidad de combatir esta situación, le hizo compartir la “visión social del servicio público”, que se volvió para él una ética de vida basada en la responsabilidad social del escritor, y de cualquier ser humano consciente.
La decisión de José Luis Martínez no fue bien entendida por todos sus amigos, y el propio Octavio Paz sintió que al aceptar el ofrecimiento de Jaime Torres Bodet había ingresado a la “mentira de México”, pues se comportaba como “el joven que hace carrera, que va detrás ‘de la diosa perra del éxito’, como dice Lawrence”.32
José Luis Martínez se entregó en cuerpo y alma al proyecto cultural de Jaime Torres Bodet, de fuerte inspiración vasconceliana.33 El propio Torres Bodet recordó en sus Memorias que José Luis Martínez “casi no [viajó] conmigo en aquellos años de reiteradas expediciones contra un analfabetismo al que combatía su ingenio con armas muy diferentes de las que usaban los misioneros de la cartilla”.34 Regresaba siempre a casa “con un reglamento, con un discurso, que trabajaba el domingo”. Apoyó a Torres Bodet en sus grandes proyectos: la Campaña contra el Analfabetismo, la Escuela Normal, la construcción de escuelas. Fue muy importante la Biblioteca Enciclopédica Popular, colección de libritos de divulgación buenos y baratos, de temática mexicana pero también universal, de la que se publicaron ciento veinte títulos entre mayo de 1944 y noviembre de 1946, o sea algo más de uno por semana, y la serie continuó, con una periodicidad menor, en los dos sexenios siguientes y alcanzó cerca de doscientos cincuenta títulos.35 Editó él mismo el primer tomito, una antología del Pensamiento americano del siglo XIX, y el número 109, Páginas escogidas de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), con prólogo de Alfonso Reyes, y muchos más. Torres Bodet contribuyó con el 61, Nuestra América, una antología de José Martí (1853-1895).36
Después de su conocimiento directo de las escuelas del país y de su funcionamiento, Jaime Torres Bodet impulsó en 1946, su último año en el cargo, una modificación al texto del artículo tercero de la Constitución, en la que se eliminó la obligatoriedad de la “educación socialista”, introducida por el presidente Lázaro Cárdenas. Vale la pena recordar que el padre de José Luis Martínez, que venía de una familia muy católica, fue encarcelado por hacer misas clandestinas durante la Cristiada y el propio José Luis fue metido a la cárcel y golpeado en 1933 cuando estudiaba la preparatoria en Guadalajara por participar en la huelga contra la educación socialista.
Como vimos más arriba, la SEP debía entregar un subsidio vital para El Colegio de México, pero el Señor Pagador de la SEP no siempre lo entregaba a tiempo, por lo que don Alfonso tenía que pedirle “una manita” a su amigo José Luis, secretario particular del secretario Jaime Torres Bodet.
LAS DOS CARTILLAS
Para la Campaña Nacional contra el Analfabetismo Jaime Torres Bodet mandó elaborar una Cartilla para enseñar a leer que se imprimiría en diez millones de ejemplares. La Cartilla fue elaborada “y pasó por innumerables correcciones por toda clase de especialistas”, según la carta de Martínez a Reyes del 14 de septiembre de 1944. Y según esta misma carta, Torres Bodet y Martínez recibieron una carta con la proposición de que la Cartilla incluyera “un mínimo de principios morales”:
Sin embargo, mi inquietud espiritual, mis ideales de progreso nacional, me llevan a proponer a usted que en las cartillas de instrucciones que se han de entregar a quienes nos toque enseñar, se incluya la enseñanza, el consejo de un mínimo de principios morales que ayuden a cambiar la forma primaria de vida de nuestras clases bajas, construyendo, así, los cimientos de una nación moderna, espiritual, moral y materialmente rica.
Torres Bodet y Martínez se reunieron y leyeron esta carta, que aparentemente decidieron mantener anónima, y se pusieron a pensar en quién podría hacer estas lecciones. Lástima que no estuvimos allí para oír sus deliberaciones, en las que concluyeron que no había nadie mejor que Alfonso Reyes para redactar estas brevísimas lecciones. Así es como Martínez le escribió el 14 de septiembre de 1944 y le transmitió la encomienda, “en nombre del Secretario de Educación, de la cultura nacional y del espíritu de los analfabetas que dejarán de serlo”. Y le dio la siguiente indicación respecto a la brevedad y el formato: “Las lecciones más adelantadas que aparecen en esa cartilla son muy breves, menos de una cuartilla a doble espacio y están formadas por frases muy simples y breves”.
No sé si Martínez le llevó personalmente su carta a Reyes a El Colegio de México, o si se la envío, pero sólo el día siguiente, viernes 15 de septiembre de 1944, Reyes registró la petición en su Diario: “La Secretaría de Educación Pública me invita a escribir las lecciones de moral para las cartillas de la campaña del alfabeto”.37 Ese fin de semana, Reyes y doña Manuela no se fueron a Cuernavaca, como lo comenzaron a hacer, se quedaron en la ciudad de México, donde Reyes se puso a escribir el sábado 16 de septiembre las que llamó “Lecciones de moral para la cartilla alfabética”. Y el día siguiente, domingo 17, concluyó el trabajo, al que llamó ahora la “Cartilla moral”, y le habló inmediatamente a Martínez. Lo registró Reyes en su Diario: “Acabé la Cartilla moral. Llamé a José Luis Martínez para mostrarle lo hecho a ver si correspondía a los deseos de la Secretaría de Educación”.
La Cartilla moral rebasó ciertamente las dos o tres páginas breves muy sencillas que le pidió Martínez, pues en ese fin de semana salió de la cabeza y de la pluma de Reyes un breve tratado sobre la moral humana como código del bien, que nos obliga a una serie de respetos concéntricos: el respeto a nuestra persona, en cuerpo y alma; el respeto a la familia; el respeto a la sociedad humana en general, y a la sociedad particular en que nos toca vivir; el respeto a la patria, a la especie humana y a la naturaleza que nos rodea.
Martínez debió de visitar a Reyes ese mismo domingo, juntos revisaron la Cartilla moral, y Martínez debió de advertir que era demasiado extensa y compleja para ser incluida al final de la breve y elemental Cartilla para enseñar a leer, por lo que le debió de proponer a Reyes que la elaborara en dos o tres lecciones de menos de una cuartilla a doble espacio cada una. Martínez puso a sufrir a Reyes con la petición de esta Breve y más compendiosaMinima moralia.
Pero las cosas empeoraron la noche del martes 19 de septiembre cuando Martínez le mandó a Reyes una carta acompañada por el ejemplar único del último borrador de la Cartilla para enseñar a leer, con el fin de que Reyes la revisara brevemente, y para ayudarlo a insertar adecuadamente las dos o tres lecciones que debía escribir.
Pero Reyes se alarmó al revisar la Cartilla alfabetizadora debido a sus gruesos errores y torpezas. Anotó en su Diario: “De noche: José Luis Martínez me envía la Cartilla alfabética, y le hago un par de reparos que creo de bulto: 1º, el orden académico de las vocales; 2º, la omisión por descuido de la u”. Debió de suceder que esta Cartilla fue revisada por demasiadas manos de especialistas demasiado especializados y no bien coordinados en la ya entonces compleja estructura burocrática de la SEP. La impresión le quitó el sueño al pobre Reyes, quien anotó en su Diario el miércoles 20 de septiembre:
No duermo pensando en los errores de la Cartilla alfabética. Muy de mañana, voy a despertar a José Luis Martínez, a quien comunico mi inquietud por lo mal que está ese proyecto. Yo ando con los nervios de punta. Me siento nerviosísimo. Poco después, José Luis pasa por El Colegio y me recoge mi Cartilla moral y las dos lecciones resumidas. ¡A ver si les sirven de algo!
Y al margen de la carta de Martínez (del martes 19 de septiembre), Reyes anotó ese mismo miércoles: “Le devolví su texto muy censurado. Estaba imposible, lleno de errores y descuidos. Le acompañé mis lecciones morales en dos textos: uno más breve que otro”.
El mismo miércoles 20 de agosto escribió Reyes una carta a Martínez en la que precisó varias de sus críticas, que lo debieron de apenar muchísimo. Molestó a Reyes que “en cosa tan eterna deban citarse palabras de una persona tan transitoria como lo es un Presidente. Mejor sería buscar algún clásico de las letras mexicanas. En este punto se desliza una intención de cultura moral no desdeñable”. En la Cartilla las indicaciones de puntuación están incompletas, faltan letras en los cuadros, no se acentúan las mayúsculas, las cinco vocales se presentan en el orden IUEOA…38 Y al final de su carta, de manera sutil pero clara, Reyes expresó que preferiría que no se incluyeran sus dos páginas sobre moral en la Cartilla para enseñar a leer, y que se publicara por separado la versión larga:
He redactado mis lecciones morales en dos formas: la una extensa y la otra breve. Aunque lo hice con amor, ahora temo que no sirva ninguna de mis dos versiones. Yo creí que había que compenetrarse de que el analfabeto es adulto y no es deficiente mental. Dirigí mis lecciones morales a un tipo humano que no sé si es el mismo considerado por la cartilla que le devuelvo.
Obre con libertad. Pero, si puede, vea de aprovechar en alguna forma mis lecciones, de preferencia el texto extenso. Claro: siempre que le parezcan útiles.
No tenemos la forma breve, en dos lecciones, de moral que entregó Reyes a Martínez. Tal vez se parezca a las dos últimas lecciones, XIII y XIV, de resumen, de la Cartilla moral completa.
Martínez consultó la proposición de Reyes con Torres Bodet, quien aprobó publicar por separado la Cartilla moral completa y aun le pidió ampliarla un poco. El jueves 21 de septiembre Martínez transmitió la aceptación y la proposición de Torres Bodet a Reyes, quien la registró en su Diario.39 Debió de entusiasmarse, pues anotó a continuación que dio su cátedra en El Colegio Nacional, y que se le ocurrió hacer “cartillas mías hechas en El Colegio para la Secretaría de Educación, que Torres Bodet acepta”. Lástima que esta fructífera relación no se realizara.
Pese al aparente interés de Jaime Torres Bodet, el proyecto de publicación de la Cartilla moral seguía en la incertidumbre. Más de un mes después, el 26 de octubre, Alfonso Reyes le escribirá a José Luis Martínez: “Espero noticias respecto a mi Cartilla moral ”. Las noticias se las debió de dar Martínez de viva voz, pues la cuestión no se volvió a mencionar en sus cartas. No sabemos qué le explicó, pero el hecho es que la SEP no publicó la Cartilla moral. No se sabe qué sucedió, no lo aclaran el Diario de Reyes, ni su correspondencia con Martínez y otros escritores, ni las Memorias de Jaime Torres Bodet.
Alfonso Reyes publicará la Cartilla moral por su cuenta tiempo después, en 1952, en el tiraje limitado de la serie que él mismo editó del Archivo de Alfonso Reyes, con un prefacio fechado en “México, 1944”, que comienza con la información escueta: “Estas lecciones fueron preparadas al iniciarse la ‘campaña alfabetizadora’ y no pudieron aprovecharse entonces”.40
En cuanto a la forma, inspirada en el formato propuesto por los pedagogos de la SEP que Martínez le transmitió a Reyes, anotó éste en el “Prefacio” de 1944:
La brevedad de cada lección responde a las indicaciones que se nos dieron. Dentro de esta brevedad se procuró, para el encanto visual y formal —parte de la educación—, cierta simetría de proporciones.
Las frases son sencillas; pero se procura que se relacionen ya unas con otras, para ir avezando al lector en el verdadero discurso y en el tejido de los conceptos. Pues a estos ejercicios llega el analfabeto cuando ya ha dejado de serlo.
No conocemos las razones por las cuales la SEP no publicó la Cartilla moral. Se ha dicho que fue porque a Jaime Torres Bodet le pareció un texto conservador y aun religioso, no acorde con la laicidad del Estado mexicano.41 La lección 1, por ejemplo, dice: “La moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el Cristianismo”. Sin embargo, el prefacio destaca que “se ha usado el criterio más liberal, que a la vez es laico y respetuoso para las creencias”. Y, en efecto, si es cierto que Alfonso Reyes menciona la religión al principio de la lección 1, es para afirmar al mismo tiempo la relación y la diferencia, el deslinde, entre la religión y la moral:42
La moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el Cristianismo. El creyente hereda, pues, con su religión, una moral ya hecha. Pero el bien no sólo es obligatorio para el creyente, sino para todos los hombres en general. El bien no se funda en una recompensa que el religioso espera recibir en el cielo. Se funda también en razones que pertenecen a este mundo. Por eso la moral debe estudiarse y aprenderse como una disciplina aparte.
También es posible que la Cartilla moral no se publicara por las fuertes y justificadas críticas que le hizo Alfonso Reyes, a través de José Luis Martínez, a la Cartilla para enseñar a leer, que pudieron haber ofendido a algunos de los muchos especialistas de la SEP que intervinieron.
Esta situación, como vimos, debió de apenar, acongojar y atormentar a José Luis Martínez. Tal vez no tuvo tiempo para revisar la Cartilla alfabetizadora, que había pasado por demasiadas manos (y nadie censuró la extraña iniciativa de ordenar las vocales en el orden IUEOA), antes de enviársela a Alfonso Reyes… Y esto se pudo deber no sólo al exceso de trabajo en la SEP, sino también a que José Luis Martínez estaba a punto de casarse…
MATRIMONIO Y TRABAJOS
Alfonso Reyes debió de reírse y mover la cabeza cuando, unos días después del fatídico incidente de la Cartilla alfabetizadora, recibió la invitación humorística, redactada el 26 de septiembre de 1944 por Octavio G. Barreda, a la boda de José Luis Martínez y la bailarina Amalia Hernández (1917-2000), que debía llevarse a cabo el sábado 30 de septiembre. La tarjeta decía así:
JOSÉ LUIS MARTÍNEZ se casa. El acontecimiento es único, comparable sólo a aquel sonado e increíble matrimonio de Lord Byron, al que asistieron los cuatrocientos veintitrés poetas de Inglaterra. No podemos, pues, menos de reunirnos y festejar los desposorios de nuestro indiano Brummel. El sábado treinta de septiembre, a las tres de la tarde, en el Majestic, ahí estaremos, y usted seguramente con nosotros. Entre los quince concurrentes, se cuentan Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet y Jorge Luis Borges, invitado especialmente.
Adhesiones, ya en cartera, de Huxley (Aldous), T. S. Eliot y Virginia Ocampo.
México, D. F., 26 de septiembre de 1944.
LETRAS DE MÉXICO EL HIJO PRÓDIGO
(Corbata obligatoria. No se permitirá la entrada a las enamoradas de J. L. M.)
R. S. V. P.
Amalia Hernández Navarro era prima de la escritora Elena Garro Navarro (1916-1998), esposa del poeta Octavio Paz, amigo de José Luis Martínez desde 1939. Amalia trabajaba en la Academia Mexicana de la Danza, entre otros proyectos en los que participaba. Amalia y José Luis se instalaron en la casa de la prolongación Dickens 94, colonia Chapultepec Polanco de las Lomas de Chapultepec, propiedad del padre de Amalia, el próspero y poderoso don Lamberto Hernández, empresario y político mexicano. Y pronto nació, el 4 de mayo de 1945, el primer hijo de José Luis Martínez, José Luis Martínez Hernández, mi querido hermano Pepe, que siguió los pasos de nuestro padre como diplomático y funcionario cultural.
Como vimos, José Luis Martínez descubrió al escritor Juan José Arreola (1918-2001) cuando leyó en 1943 su cuento “Hizo el bien mientras vivió”, en la revista jalisciense Eos, sin saber que era su amigo y condiscípulo infantil, Juanito, con el que había escenificado extravagantes juegos religiosos, y en 1945 se lo presentó a Alfonso Reyes, quien reconoció inmediatamente su talento como escritor y como actor, y cuando Ernesto Mejía Sánchez se lo llevó a su oficina de El Colegio de México, lo contrató a pesar de no tener títulos académicos.43
Pese a la intensidad del trabajo en la Secretaría de Educación, José Luis Martínez se mantenía al tanto en sus lecturas y escritos y en seguir publicando, aunque con menos frecuencia, en Letras de México y en El Hijo Pródigo. Había adquirido una verdadera disciplina de trabajo y vida. En febrero de 1946 publicó el ensayo “Algunos problemas de la historia literaria”,44 que provocó una carta entusiasmada de Alfonso Reyes a José Luis Martínez, que el mismo Reyes publicó en 1949 en su libro De viva voz,45 y Martínez publicó también en su libro Problemas literarios,de 1955, en el que reunió este y otros ensayos de crítica literaria.46
Pedro Henríquez Ureña, el gran escritor dominicano, maestro de Alfonso Reyes y de la generación del Ateneo de la Juventud, falleció en Buenos Aires el 11 de mayo de 1946. El entristecimiento de su querido amigo y discípulo aumentó porque poco antes lo había invitado a venir a México para abrir y dirigir el Centro de Estudios Filológicos en El Colegio de México.47 José Luis Martínez se apresuró a armar una pequeña antología de su obra, para la que le pidió un prólogo a Alfonso Reyes, que estuvo lista el 31 de mayo,48 y pudo ser repartida en el homenaje luctuoso que se realizó ese día en la sala de conferencias del Palacio de Bellas Artes. En ella hablaron el profesor y político Celerino Cano Palacios (1889-1968), el pintor Ángel Zárraga (1886-1946), el filósofo Samuel Ramos (1897-1959), Alfonso Reyes y José Luis Martínez.49 Reyes leyó su “Evocación de Pedro Henríquez Ureña”. De regreso a casa, Reyes trabajó en sus memorias, doña Manuela se fue al concierto de la Sinfónica en Bellas Artes, y de regreso trajo “a José Luis Martínez y señora [Amalia Hernández] y a Octavio [G.] Barreda y señora [Carmen Marín] hasta las dos de la madrugada”.50
LAS LETRAS PATRIAS
Jaime Torres Bodet planeó con el apoyo de José Luis Martínez la elaboración de un gran libro, titulado México y la cultura, que sería como la culminación de la labor de su trabajo en la Secretaría de Educación Pública, un balance amplio de los aportes de México a la cultura universal, en el que destacados especialistas resumirían la historia de los principales campos de la historia, la cultura, la ciencia, la tecnología y el derecho en México. De la historia se ocuparía Silvio Zavala (1909-2014), de las culturas indígenas Alfonso Caso (1896-1970), del arte antiguo Salvador Toscano (1872-1947), del novohispano Manuel Toussaint (1890-1955), del moderno y contemporáneo Justino Fernández (1904-1972), de la música Carlos Chávez (1899-1978), de la filosofía Samuel Ramos (1897-1959), de la educación Francisco Larroyo (1912-1981), de la biología Isaac Ochoterena (1885-1950), de la cultura médica Ignacio Chávez (1897-1979), etc. De la literatura el encargado fue Alfonso Reyes, con el ensayo que se titularía “Las letras patrias”, retomando la expresión acuñada por el escritor tabasqueño Manuel Sánchez Mármol (1839-1912).51
Este trabajo le ocasionó serias dificultades a Alfonso Reyes, quien las consignó en su Diario. Comenzó a redactar “Las letras patrias” hacia el 20 de junio de 1946, y el lunes 1º de julio reconocía su desaliento:
Llevo unos 10 días encerrado en casa, consagrado a la monografía sintética “Las letras patrias” para el libro colectivo concebido por el secretario de Educación Jaime Torres Bodet, que hay que hacer a toda prisa: México y la cultura. Me ha costado mucho esfuerzo concebirlo, y lo he atacado tres veces, guardando los dos estados anteriores de lo que ya llevaba hecho sobre el siglo XVI, pues ha de caber todo en 100 páginas a máquina. No como ni duermo. ¡Terrible! Abandoné todo lo demás.52
Y ese mismo 1º de julio Alfonso Reyes agregó, pareciera que olvidado de lo que ya había anotado horas antes en su Diario: “Trabajando como loco en la reseña de la literatura mexicana para el libro de la Secretaría de Educación. Tengo suspendido todo lo demás”.
Los registros en el Diario desaparecen casi del todo hasta el miércoles 24 de julio de 1946 en que Alfonso Reyes anota: “José Luis Martínez me ayuda en ‘Las letras patrias’ del XVIII mediado en adelante”.53 Así pues, en los días anteriores don Alfonso le pidió a José Luis que lo ayudara en el capítulo sobre “Las letras patrias”, en la parte relativa al siglo XVIII hasta la actualidad. Le ofreció darle, por supuesto, pleno crédito a su contribución.
Alfonso Reyes debió de haber trabajado en su parte durante los días anteriores, pero se dio tiempo para atender otras tareas, más bien menores.54 Y en el siguiente registro del Diario, apenas una semana después, el miércoles 31 de julio, registró: “Acabé en el siglo XVIII mi redacción directa de ‘Las letras patrias’, y José Luis me está ya entregando su continuación”.55 Debió de ser una semana de trabajo muy febril para José Luis Martínez, fumando su pipa, con la compañía estimulante de su bella esposa Amalia y de su recién nacido hijo José Luis.
Dos semanas después, don Alfonso concluyó la revisión de la parte de José Luis, que concibió como un mero borrador, que tuvo que corregir mucho, como lo anotó el miércoles 7 de agosto: “Corrijo las últimas etapas de ‘Las letras patrias’ que me redacta de primera mano José Luis Martínez. Hay muchos retoques”. Y Alfonso Reyes cobró conciencia de la diferencia de sus enfoques. Lo registró el día siguiente jueves 9 de agosto: “Lo lamento, pero no será posible que haya verdadera unidad entre la parte que yo hice directamente de ‘Las letras patrias’ y la que me prepara José Luis Martínez. Serán dos cosas aparte. La concepción, el enfoque, son diferentes. Pero ya no puedo hacer milagros ni redactar ya por mi cuenta la parte moderna. Me he cansado mucho…”56
Reyes y Martínez se reunieron para trabajar juntos el sábado y domingo siguientes, para precisar puntos y redacciones y el lunes 12 de agosto Reyes entregó todo el original a la SEP. Mi padre, sin embargo, aparentemente no quedó a gusto, sentía que su trabajo de investigación tan intenso y de tantos años sobre la literatura mexicana de los siglos XIX y XX lo presentaría Alfonso Reyes como algo que él mismo hubiese podido hacer si no le hubiese faltado el tiempo, y que tuvo que corregir mucho para que quedara bien. Sucedió entonces que la impetuosa Amalia intervino por su cuenta y, sin consultar a su esposo, el martes 13 de agosto le mandó una carta a don Alfonso diciéndole claramente: “Creo muy injusto que el autor de una obra aparezca sólo como colaborador”.57
Alfonso Reyes transcribió completa la carta de Amalia en su Diario el jueves 15 de agosto de 1946, y la comentó de manera mordaz:
A esta explicación de salvajismo —y mal augurio para el porvenir de este joven matrimonio— contesto enviando a Torres Bodet (y copia a la señora) la carta que copiaré aquí cuando tenga ánimos. Es muy larga. Es una carta destinada a pedir a Torres Bodet que deje firmar como autor de su sección (aunque convidado por mí) a José Luis, usando las mismas frases de la arpía, subrayadas [palabra tachada]. Consta en mi archivo de cartas.58
Pero Alfonso Reyes obró con una gran nobleza de espíritu: el jueves 15 de agosto le escribió una carta al secretario Jaime Torres Bodet, proponiéndole que el capítulo relativo a las “Letras patrias” se dividiera en dos partes, la primera, sobre los periodos prehispánico y novohispano, firmado por Reyes, y la segunda, sobre el periodo independiente, firmada por Martínez.59 Así se hizo, y Martínez firmó solo su ensayo “Las letras patrias. De la época de Independencia a nuestros días”, lo cual fue peculiar pues el joven Martínez tenía en promedio unos 25 años menos que el resto de los colaboradores de México y la cultura.60
Podemos suponer que Alfonso Reyes y José Luis Martínez no se vieron mucho durante el resto del mes de agosto y el de septiembre y comienzos de octubre, porque Reyes anotó con cierta sequedad el viernes 4 de octubre de 1946: “Corregí pruebas ya de mis ‘Letras patrias’, del XVI al fin de la Colonia. Supongo que el resto lo empuña José Luis Martínez a su modo y por su cuenta”.61
Sin embargo, pocos días después, el martes 22 de octubre de 1946, Alfonso Reyes le hizo un gran favor a José Luis Martínez, al “candidatearlo” como secretario administrador de El Colegio Nacional.62 Finalizaba el sexenio del presidente Manuel Ávila Camacho, y con éste el cargo de Jaime Torres Bodet al frente de la SEP y el cargo de Martínez como secretario suyo. Torres Bodet, sin embargo, no le pidió a Martínez que lo siguiera a la Secretaría de Relaciones Exteriores (1946-1948), acaso por un distanciamiento que se había producido. Al final de su vida, en 2006, José Luis Martínez le contó a José de la Colina, en sus Conversaciones autobiográficas, que en 1946 él y su amigo el poeta Jorge González Durán, jefe del Departamento de Bibliotecas en la SEP, tuvieron “unas dificultades” con Torres Bodet, porque a ellos les “daba por la austeridad, la pureza administrativa” y supieron de los negocios de uno de los funcionarios de Educación, y cuando se lo reportaron a Torres Bodet, éste les dijo que “había que aprender el arte de ser mexicanos, que había que tolerar eso y que si no me funcionaba, y esas cosas”. Y remató don Jaime: “Ya aprenderán”. Se anunciaba precaria la situación económica del recién casado Martínez, y la intervención de Alfonso Reyes a su favor resultó muy providente.63 José Luis Martínez desempeñó el afanoso cargo de secretario administrador de El Colegio Nacional desde 1947 hasta 1953, con interrupciones hacia el final.
Días después de proponer a José Luis Martínez a El Colegio Nacional, el 28 de octubre de 1946 Alfonso Reyes salió en un extenso viaje a París, pasando por los Estados Unidos, como jefe de la delegación mexicana ante la Conferencia Internacional de la UNESCO. Regresó a México el lunes 13 de enero de 1947,64 y ya el viernes 17 de enero tuvo una “Primera charla con José Luis Martínez, Colegio Nacional”.65 En estos días Alfonso Reyes y José Luis Martínez debieron haberse visto en El Colegio Nacional y otros lugares, aunque Reyes no lo registra en su Diario sino hasta el miércoles 18 de junio de 1947, cuando da cuenta de una visita suya: “José Luis Martínez vino a verme y a mostrarme cómo está corrigiendo su parte de ‘Las letras patrias’ para la edición destacada de nuestras dos monografías en el Fondo de Cultura Económica. Estaba de muy buen ánimo y hablaba más a fondo que muchas veces”.66
Por este registro nos enteramos de que Reyes y Martínez habían acordado tiempo antes publicar un libro juntos con sus respectivos ensayos sobre Las letras patrias, corregidos y aumentados y relativamente uniformizados.67 Y que Reyes había estado considerando que Martínez no estaba hablando de las cosas con profundidad, acaso algo descontrolado por los apremios de su nueva vida marital. Pero ya el miércoles 18 de junio don Alfonso lo encontró dueño de sí.
Continuaron las visitas. El lunes 21 de julio de 1947 José Luis Martínez lo visitó junto con el escritor Julio Torri (1889-1970), el editor Joaquín Díez-Canedo (1917-1999) y el filósofo José Gaos (1900-1969), y le contó que el periódico Excélsior había dado noticia de que Reyes fue nombrado “árcade de Roma, junto con varios eclesiásticos mexicanos”.68 El miércoles 13 de agosto Martínez lo visitó y le contó de los planes para la edición de las Obras completas de Justo Sierra (1848-1912), que dirigía el escritor y político jalisciense Agustín Yáñez (1904-1980). Y el siguiente lunes 18 de agosto Martínez nuevamente visitó a Reyes, y le hizo “notar que en el final de la nota de [Vicente] Riva Palacio [1832-1896] sobre [Alfredo] Bablot [1827-1892] (Los ceros por Cero) está, aun con sus palabras, toda la teoría de Pedro Henríquez [Ureña] sobre el mexicano: tono menor, matiz crepuscular y discreción melancólica”.69 Y se siguieron viendo los amigos de manera muy continua (el martes 19 y el sábado 30 de agosto, lunes 1º, martes 2 y sábado 13 de septiembre, según lo registra Reyes en su Diario).70
En su visita del miércoles 13 de agosto de 1947 José Luis Martínez se ofreció a aconsejar al editor Barrié para la impresión del libro Entre libros de Alfonso Reyes. El francés Barrié —no encuentro su nombre de pila— era dueño de la Imprenta Barrié, que Reyes conoció el jueves 26 de junio de 1947, y que le imprimió varios títulos de la Colección Archivo de Alfonso Reyes, a costa del mismo Reyes, quien interrumpió enojado la relación a fin de año.71 El sábado 30 de agosto José Luis le pidió a Amalia que le llevara a don Alfonso “el dibujo de la portada de Entre libros, dibujada por José Luis”, para el editor Barrié. El domingo 31 anotó Reyes: “El dibujo para la portada de Entrelibros que me trajo José Luis reproduce como adorno un dibujo de una de las Empresas de Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648): un telescopio con una inscripción: Auget et minuit ”.72 En los ejemplares que he podido ver no aparece la portada dibujada por Martínez de Entre libros de Reyes, que publicó El Colegio de México en 1948.73
Por esos días, Alfonso Reyes comenzó a pensar en publicar por su cuenta la Cartilla moral, que había escrito el sábado 16 y domingo 17 de septiembre de 1944 a petición de Jaime Torres Bodet y José Luis Martínez, a quienes guardaba cierto resentimiento por no haberla publicado en la SEP. El Diario registra que el sábado 23 de agosto de 1947 la dio a copiar, y la recibió el viernes 29 de agosto.74
