Una espía en los archivos soviéticos - Sheila Fitzpatrick - E-Book

Una espía en los archivos soviéticos E-Book

Sheila Fitzpatrick

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Beschreibung

En 1966, en plena Guerra Fría, la historiadora Sheila Fitzpatrick, por entonces una estudiante de doctorado en Oxford, se instala en Moscú para consultar archivos oficiales nunca antes explorados. Tiene 25 años, es tímida y no domina el idioma. Pero la impulsan una avidez intelectual inquebrantable y una incapacidad temperamental para ver las cosas en blanco y negro.      Pasa las primeras semanas casi sin hablar con nadie, caminando. No le interesa entrar en contacto con jóvenes fascinados por los productos de consumo occidentales, ni con poetas o artistas disidentes, ni con opositores del gobierno. Quiere conocer a los rusos que no buscan a los extranjeros, saber cómo viven y qué piensan. Y eso hace durante tres años de aprendizaje intenso. En ese universo de sospechas y trampas cruzadas en que la KGB puede acusar de espía a cualquiera –sobre todo, a estudiantes como ella–, Fitzpatrick sostiene una posición incómoda: se opone a sus profesores ingleses que ven a la URSS como un régimen totalitario y represivo sin fisuras, también a los militantes que todavía creen en la utopía socialista.      Con inteligencia y encanto, Sheila Fitzpatrick reconstruye todas las capas de ese período formativo en su vida personal y profesional. Cuenta qué estrategias improvisa para acceder a esa mina de oro que son los archivos –rigurosamente vigilados– y cómo aprende a leerlos entre líneas, hasta qué punto las dificultades para moverse en transporte público o conseguir comida y abrigo no le impiden ser más feliz que nunca, cómo su propia perspectiva de historiadora se construye en un vínculo entrañable con un viejo intelectual bolchevique, tutor de su tesis. Este libro ofrece una visión única, llena de color, de la vida cotidiana en el Moscú postestalinista. 

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Seitenzahl: 574

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

1. En la “Escuela de Espías”

2. Moscú en 1966

3. Estudiante extranjera

4. Irina e Ígor

5. En los archivos

6. Novy mir

7. Entre dos mundos

8. Última llamada para Moscú

Posfacio

Agradecimientos

Siglas

Sheila Fitzpatrick

UNA ESPÍA EN LOS ARCHIVOS SOVIÉTICOS

Memorias de la Guerra Fría en Rusia

Traducción de Teresa Arijón

Fitzpatrick, Sheila

Una espía en los archivos soviéticos / Sheila Fitzpatrick.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2025.

Libro digital, EPUB.- (Pasados que Insisten)

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de Teresa Arijón // ISBN 978-987-801-502-6

1. Historia Contemporánea. 2. Historia Política. 3. Historia de Europa. I. Arijón, Teresa, trad. II. Título

CDD 320.09

Título original: A Spy in the Archives. A Memoir of Cold War Russia, publicado por I. B. Tauris

© 2013, Sheila Fitzpatrick

© 2025, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Publicado mediante acuerdo con Bloomsbury Publishing Plc

Diseño de colección y de cubierta: Emmanuel Prado / <manuprado.com>

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: septiembre de 2025

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-502-6

A Ígor e Irina, in memoriam

Foto anual de St Antony’s College, 1964. En la primera fila, soy la tercera persona sentada desde la izquierda, el rector F. W. Deakin, el noveno desde la izquierda y Max Hayward, el tercero desde la derecha.

1. En la “Escuela de Espías”

Yo estudiaba en Oxford (seré más específica: estaba escribiendo mi tesis doctoral sobre Historia Soviética) cuando un periódico soviético me denunció como espía. O, por lo menos, como lo más parecido a un espía. Según el periódico, yo me contaba entre esos expertos que fingen llevar adelante investigaciones académicas pero en realidad hacen circular información falsa, “desinformación”, tal como los agentes de inteligencia. Mi trabajo no iba más allá de “una mera provocación, un juego deshonesto” animado por el solo propósito de ocultar la verdad. Mis actividades poco diferían “de los ardides de los espías burgueses”; yo era una “saboteadora ideológica”. Por mi parte, no tenía la menor intención de ser una “saboteadora ideológica” (¿y qué significaría eso?). En ese junio de 1968, estaba en Moscú, casi al final de mi segunda residencia, que formaba parte del plan de estudios del programa de ayuda del British Council. Lo único que quería era seguir mi investigación en los archivos y en un futuro regresar a la Unión Soviética para retomarla. La investigación me apasionaba y la URSS me fascinaba, aunque esa fascinación no necesariamente implicaba admiración. Aun así, estábamos en plena Guerra Fría, y las relaciones entre ese país y Occidente estaban infestadas de tensión y acusaciones mutuas. Cualquiera que se ocupara de temas relacionados con la Unión Soviética se exponía al riesgo de que los soviéticos lo consideraran un espía. Y en cualquiera de los casos, cuando te acusaban de serlo, las consecuencias solían ser graves.

El corpus delicti era mi primer artículo académico, publicado el año anterior en una austera revista llamada Soviet Studies. Requería un poco de imaginación ver con ese sesgo mi escrito, que era bibliográfico y ostentaba el prosaico título “A. V. Lunacharski: interpretaciones y reediciones soviéticas recientes”. Sí, el tema de mi tesis era Anatoli Lunacharski, primer comisario del pueblo (designación revolucionaria para designar el cargo de ministro) para la Educación (Ilustración) después de la Revolución Bolchevique de 1917. Para los estándares de la época, mi artículo ni siquiera era antisoviético. Estoy casi segura de que a los soviéticos les molestó no el contenido del artículo, sino que a continuación del nombre de la autora figurase su encuadre académico: St Antony’s College, Oxford. En la Unión Soviética, y también en Occidente, se decía que St Antony’s era un “college de espías”, lo cual significaba que en el pasado cierta cantidad de sus graduados había trabajado para los servicios de inteligencia británica y se presumía que en el presente esos lazos persistían. El Centro de Estudios Rusos de St Antony’s, y más específicamente mi director de tesis (Max Hayward, traductor al inglés de Doctor Zhivago) figuraban en la lista negra soviética por promocionar a escritores enfrentados con el régimen y por su estrecha vinculación con el CCF (Congreso por la Libertad de la Cultura) en Londres y sus supuestos patrocinadores de la CIA.

Que me denunciaran como lo más parecido a una espía me habría perturbado muchísimo, en caso de haberme enterado. Habría esperado encontrar agentes de la KGB agazapados en el umbral, ante la puerta de mi residencia en Moscú, para notificarme de mi expulsión del país, mientras la Embajada Británica rondaba, a corta distancia, para asegurarse de que no demorase mi salida. Pero por suerte yo no leía ese periódico, que era particularmente conservador; tampoco lo leyó ninguno de mis amigos rusos –que me conocían por mi apellido de casada y me llamaban Sheila Bruce– ni, al parecer, nadie de la embajada: la noticia pasó inadvertida. Además, por supuesto, todos ellos sabían que yo era mujer, mientras que el periódico pensaba que S. Fitzpatrick era un hombre. Aún no queda claro si la KGB, que cabe suponer instigadora del artículo del periódico, sabía que Sh. Bruce del Programa del British Council (en ruso, “Sh” y “S” son dos letras distintas) y S. Fitzpatrick de St Antony’s eran una misma persona; a decir verdad, si no lo sabían, debería haberles dado vergüenza tamaña chapucería indigna de conocedores de la materia. En términos profesionales, en este episodio de la Guerra Fría la gente de St Antony’s queda mejor parada que los sabuesos de la KGB; por lo menos leyó la prensa soviética con suficiente atención como para detectar el artículo y comentarlo conmigo cuando ese verano regresé a Oxford. No recuerdo quién me dio la noticia; solo recuerdo mi reacción, que fue de horror.

Desde el punto de vista de St Antony’s, no era gran cosa que los soviéticos acusaran de espionaje al college; ocurría muy a menudo. Pero para mí las cosas se daban de otro modo; no sucedía lo mismo que para Max Hayward y los demás integrantes del Centro de Estudios Rusos, que en su mayoría ya eran personae non gratae para los soviéticos y por consiguiente no iban a la Unión Soviética. Durante la Guerra Fría ese bloque era muy renuente a permitir el ingreso y la permanencia de extranjeros llegados del otro lado de la Cortina de Hierro. Yo era una historiadora en los albores de mi carrera y necesitaba consultar los archivos y las bibliotecas soviéticos para no interrumpir el tipo de trabajo que deseaba hacer. Además, había hecho buenos amigos en Moscú y no quería perder contacto con ellos: esas relaciones fueron moldeadas por el contexto político, por supuesto, pero lo trascendieron y se transformaron en vínculos de toda la vida.

Como muchos de mis coetáneos del Programa de Ayuda a Estudiantes, no podía quitarme Moscú de la cabeza, estaba obsesionada. La Unión Soviética podía ser el lugar más incómodo y peor organizado imaginable, xenófobo (a veces, incluso peligroso: su burocracia coartadora y suspicaz tenía talento para desquiciar al mejor plantado). Aun así, nosotros nos las habíamos apañado para ingresar en ese país exótico y éramos casi los únicos residentes extranjeros en contar con el privilegio de vivir entre rusos, no en enclaves especiales para foráneos. Nos sentíamos como astronautas que hubieran logrado el primer alunizaje: resultaba más que irrelevante pensar si el lugar nos gustaba o no. Los estudiantes obsesionados por Moscú no se contentaban con un solo año de residencia y hacían todo lo posible por regresar, como hice yo misma durante dos años sucesivos. En una carta a mi madre, le explicaba que éramos como soldados en tiempos de guerra, desesperados por volver al frente.

* * *

Es probable que cuando en 1964 viajé a Inglaterra para estudiar historia y política soviéticas yo estuviera más familiarizada con el espionaje que con, precisamente, la historia rusa, materia que, en mis años de juventud, no se enseñaba en la Universidad de Melbourne. Sin embargo, sí se enseñaba ruso en un departamento dirigido por una amiga de mis padres, Nina Christesen, y cursé allí dos años; lo que aprendí alcanzaba para leer (no demasiado bien) textos escritos en esa lengua. De haber dependido de mí, ya como profesora de Historia Soviética en los Estados Unidos, jamás me habría permitido a mí misma ingresar después al posgrado; pero en los años sesenta Oxford no tenía esos escrúpulos (ni mayor interés en enseñar a sus posgraduados cosa alguna al respecto). Su oferta académica no incluía cursos de historia rusa moderna y, en cuestiones de lengua, solo impartía clases de antiguo eslavo eclesiástico. No sin cierto cinismo, podría decirse que era cuestión de empaparse de esa atmósfera y egresar con un título “de prestigio” en el currículum, una suerte de marca registrada. Lo dijo uno de los espías (de bajo rango) entre mis conocidos allí: “Oxford es un buen lugar para estudiar, porque siempre puedes volver, aunque no les agrades”.

Mi familiaridad con el espionaje provenía de haberme criado en una familia de izquierda en Melbourne durante la Guerra Fría. Cuando Julius y Ethel Rosenberg fueron condenados por espionaje en los Estados Unidos –los acusaban de haber transmitido a la Unión Soviética los secretos de la bomba atómica–, yo tenía 9 años. Cuando, a pesar de las protestas en todas las geografías, ese matrimonio fue ejecutado en 1953, yo acababa de cumplir los 12. Mi padre, Brian Fitzpatrick –patrocinador de las libertades civiles y periodista, además de historiador–, desempeñó un papel activo en la campaña local organizada para salvarles la vida, y yo no tenía dudas de que esa causa justa, que apoyaban tantas personas prominentes y buenas del mundo entero, al final triunfaría. Conforme se acercaba la fecha de la ejecución, estábamos pendientes de los boletines informativos que se emitían por radio. Yo estaba convencida de que, como en cualquier radioteatro que se preciara, habría un indulto a último momento. Cuando el indulto no llegó, quedé pasmada y me vi obligada a repensar varios supuestos acerca de cómo funcionaba el mundo. La convicción de que los Rosenberg eran inocentes, profesada a rajatabla por mi padre, me desconcertaba un poco. Eran comunistas, lo cual estaba muy bien, de nuevo según mi padre, aunque en la escuela la gente pensaba otra cosa. Y como comunistas que eran, creían que la Unión Soviética era un país mejor que los Estados Unidos. Además, igual que mi padre, los Rosenberg pensaban que el mundo sería un lugar más seguro si las dos superpotencias tenían la bomba. Entonces, ¿por qué no habrían de transmitir los secretos atómicos? Y si a eso se lo llamaba espionaje, ¿por qué era tan terrible ser espía?

La siguiente lección en la materia fue aportada por el caso Petrov. Vladímir Petrov, agregado cultural de la Embajada de la URSS en Canberra, desertó en 1954 munido de abundante información sobre los procedimientos de espionaje soviéticos, material de sumo interés para todas las agencias de inteligencia occidentales. Los servicios de inteligencia británicos enviaron en secreto a Australia a Leonard Schapiro, connacional suyo experto en cuestiones soviéticas (y futuro mentor mío), para que colaborara en el interrogatorio a Petrov. Cuando los soviéticos intentaron repatriar por la fuerza a la esposa del agregado –Evdokia, también funcionaria de la embajada– se produjo un altercado en el aeropuerto de Sidney que fue noticia en el mundo entero. Pero de la información con que contaba Petrov lo más importante para la política australiana eran las cuestiones internas. En vista de los datos que el exdiplomático había brindado sobre sus diversos contactos como espía soviético, el primer ministro Robert Menzies creó la Comisión Real sobre Espionaje, encabezada por el juez William Owen. En términos políticos, a Menzies ese escándalo (conocido como affair Petrov) le vino como anillo al dedo, ya que entre los contactos del agente soviético figuraba un integrante del equipo de “Doc” Evatt, líder de la oposición. Menzies sacó provecho de esa circunstancia e hizo de la “subversión comunista”, en particular dentro del ALP (Partido Laborista Australiano), un asunto clave para la elección inminente, que oportunamente ganó. Varios amigos de mi padre –entre ellos, Clem Christesen, con quien trabajaba en la revista Meanjin, y su esposa Nina, del Departamento de Ruso de la Universidad de Melbourne, como ya mencioné– fueron llamados a comparecer como testigos, citación que por sí sola se pretendía una suerte de mácula para la izquierda. Estoy segura de que si hubiesen convocado a testificar a mi padre, se habría alegrado: pocos años antes había disfrutado de chocar lanzas con los comisionados de la Comisión Real sobre el Partido Comunista en Victoria. Muy a su pesar, Brian Fitzpatrick no conocía a los Petrov. No tenía la posición social adecuada ni tampoco residía en Canberra –dos factores que habrían facilitado que sus caminos se cruzaran–, de modo que el agente soviético no lo nombró. Pero mi padre asistía a todas las sesiones de la Comisión sobre Espionaje, que después relataba con una mezcla de fruición y sorna. Muchos en la izquierda pensaban que el caso Petrov era un contubernio para mancillar a la Unión Soviética y al ALP, y negaban de plano que los Petrov fueran espías. No creo que mi padre compartiera esa posición. Él no descartaba la posibilidad de que los dos integrantes del matrimonio hubieran sido espías bajo cobertura diplomática; pero eso no lo sorprendía ni le parecía exclusivo de las legaciones soviéticas. En cualquier caso, más que las circunstancias primigenias le interesaba la subsiguiente campaña para desprestigiar a la izquierda.

En la época del caso Petrov yo tenía 13 años y ya no creía tanto como antes en las causas que defendía mi padre. Me impresionaba, y no del todo favorablemente, que disfrutara tanto burlándose de la Comisión y que fuera consultado con regularidad por “Doc” Evatt, quien en las malas buscó respaldo en él, que, entre otros roles políticos, oficiaba como nexo informal entre los líderes del ALP y los comunistas. Pese a todo, no pude evitar contagiarme, al menos en parte, del frenesí de mi padre con esta exposición al juego del espionaje en la vida real. Según alcanzo a saber, Brian Fitzpatrick no quería ser agente secreto y tampoco tomaba en serio esa profesión, pero estaba convencido de que el espionaje le agregaba un poco de sal a la vida. Siempre disfrutó de la idea de ser vigilado por la ASIO (Organización de Inteligencia de Seguridad Australiana) y quizá se haya decepcionado un poco ante la delgadez de su expediente (de la cual puedo dar fe, por haberlo consultado en el Archivo Nacional). A mi padre le gustaba saludar con pleitesía al brigadier Charles Spry, director general de la ASIO, cuando se lo cruzaba por la calle. Tal vez haya sido con ese mismo espíritu que decidí ir a St Antony’s a estudiar la historia soviética.

Volverme especialista en historia soviética no fue un punto de arribo inevitable, incluso con un padre izquierdista y un exiguo conocimiento del ruso. No puedo afirmar que, de niña, me atrajeran particularmente las cosas rusas, mal que les pesase a los doce volúmenes de tapas color naranja, jamás leídos, de las Obras de Lenin que esperaban en nuestra biblioteca, a unas pocas ediciones del Left Book Club y a nuestros discos 78 rpm del Coro del Ejército Rojo, que interpretaba canciones folclóricas y patrióticas. Sentía un rechazo visceral por mis libros ilustrados de cuentos tradicionales rusos –con la aterradora Baba Yaga y Petrushka–, probablemente regalos de Nina, y también una profunda aversión por las cucharas de madera laqueadas, típicas de Jojlomá, así como por los Huevos de Pascua que veía en casa de los Christesen, por el enorme óleo que representaba a Napoleón en el momento de su retirada de Moscú, cuadro que dominaba la sala de nuestros vecinos refugiados rusos, y por el fastidioso perro de nuestros vecinos australianos, llamado Timoshenko en honor al mariscal soviético durante la alianza en tiempos de guerra.[1] Además de mi maestro de violín, Borís Stupel, a quien los locales consideraban ruso aunque en realidad era un judío lituano sobreviviente del Gueto de Kaunas (Kovno), el único elemento ruso de mi infancia que realmente me gustaba era Palaces on Monday de Marjorie Fischer. Palaces… –actualmente un clásico–, formaba parte de esos libros que, usando el sello Puffin, Penguin publicaba en los años cuarenta y cincuenta para formar una generación de niños progresistas. Estaba ambientado en la Unión Soviética de los años treinta, y adoptaba el punto de vista de dos niños estadounidenses que llegan a la URSS con su padre, un ingeniero que se quedó sin trabajo durante la Depresión. Una vez allí, conocen una inaudita independencia respecto del control familiar –aparentemente característica de la URSS–, que jamás se habrían atrevido siquiera a soñar. Viajan en un tren en miniatura construido y manejado por niños (recuerdo haber pensado que era mucho mejor que el antiquísimo Puffing Billy que hacía el recorrido de Belgrave a Gembrook, tradicional paseo para criaturas australianas), actúan en una película dirigida por un personaje al mejor estilo de Serguéi Eisenstein y pasan un verano glorioso en el Campamento Infantil Artek. A pesar de estas maravillas, los niños de Marjorie Fischer notan que, en muchos detalles, la Unión Soviética sigue siendo un caos: los tranvías van atestados, escasean las comodidades y servicios, y abundan los edificios derruidos. Con todo, aprenden a contemplar desde una perspectiva soviética orientada al futuro: ahora es una obra en construcción, y por ende un desastre, pero dentro de unos años será el Palacio de Cultura del Pueblo. Años más tarde, a modo de préstamo, titulé “Brotarán palacios el lunes”un capítulo de mi libro La vida cotidiana durante el estalinismo. Cómo vivía y sobrevivía la gente común en la Rusia soviética.

En el Departamento de Ruso de la Universidad de Melbourne me volví todavía menos rusófila: detestaba el tono sentimental-nacionalista de casi todo lo que se enseñaba allí (ninguna influencia comunista detectable en este caso, mal que les pesara a las inquietudes de la Comisión Real). Lo que me ató a la historia soviética fue el trabajo de investigación y escritura, durante el cuarto año de mi carrera, para la tesis que me permitiría graduarme con honores en Historia, La música y el pueblo en la URSS. A pesar del título, que debe haber sido parcialmente irónico, no pertenecía al género “compañero de ruta”de los años treinta ni tampoco al género de crítica de la Guerra Fría que comenzaba a reemplazarlo. Lo que yo me preguntaba era si la presión ejercida por el Estado sobre compositores soviéticos como Shostakóvich y Prokófiev para que escribieran “música para el pueblo”, simple y accesible, había tenido por resultado que se compusiera música que el público soviético (y no solo los intelectuales) deseaba escuchar. Mi conclusión era que, dado que el público soviético que asistía a conciertos seguía prefiriendo a Chaikovski y los clásicos del siglo XIX, evidentemente no lo habían logrado. Cincuenta años más tarde, esa conclusión parece un tanto pesimista, visto el lugar prominente que ocupan las obras de Shostakóvich y Prokófiev en los programas de conciertos del mundo entero. Por mi parte, tenía sobrados motivos para sentirme orgullosa de esa tesis; además, me había entretenido mucho investigando todas las fuentes en lengua rusa que podía encontrar, mientras me permitía burlarme de la doctrina vigente: daba por sentado que la censura, por molesta que fuera para los artistas afectados, podía tener resultados positivos. Después de realizar mi primera demostración de investigación histórica independiente, no podía imaginar que hubiera otra cosa en el mundo que prefiriera hacer. Me gustaba especialmente la idea de ocuparme de la Unión Soviética, máxime porque la información fiable al respecto escaseaba.

En aquellos días era costumbre que los graduados cum laude de la Universidad de Melbourne viajaran al Reino Unido, preferentemente a Oxford o Cambridge, para su posgraduación. Me postulé a una beca del Commonwealth para estudiar historia y política soviéticas en Oxford (donde aquel académico de St Antony’s, Max Hayward, era especialista en políticas literarias soviéticas) o bien en la LSE (Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres), donde el sovietólogo Leonard Schapiro enseñaba Ciencia Política. Entonces había pocos historiadores especializados en cuestiones soviéticas, porque la profesión aún no había aceptado el período como un tema apropiado para la investigación histórica; pero Edward H. Carr, cuyo trabajo despertaba mi admiración, estaba en Cambridge en esa época (y no sé por qué no se me ocurrió ir a estudiar con él). Cuando St Antony’s y la LSE me aceptaron, elegí St Antony’s. Siempre he dicho que el motivo que me impulsó fue que Londres resultaba demasiado intimidante para una joven que jamás había salido de Australia; por el contrario, Oxford parecía más llevadero. Puede ser. Con todo, ¿por qué no opté por la incluso más llevadera Cambridge? Es inevitable pensar que, al menos en cierta medida, quería meter la cabeza en las fauces del león.

Una inocente recién llegada del extranjero aterriza en un “college de espías”: esa es la historia que conté con el transcurso de los años. En realidad no fue tan así. Ya antes de salir de Australia, sabía mucho sobre St Antony’s y el mundo de la sovietología inglesa de la Guerra Fría. Durante mis últimos meses en Melbourne había escrito para la revista Dissent un artículo en que analizaba las políticas literarias soviéticas y los parámetros de la Guerra Fría en ese campo; uno de mis libros de cabecera era el volumen coordinado por Max Hayward y Leopold Labedz (Łabędź), Literatura y Revolución en la Rusia Soviética, que reproducía las conferencias de un simposio.Si bien por entonces no podía tener la certidumbre de que ese simposio –realizado bajo los auspicios de St Antony’s y la revista sovietóloga londinense Survey– había sido financiado por la CIA, obviamente estaba al tanto de esa posibilidad. Sabía que Survey, editada por Leo Labedz, era un órgano del CCF en Londres, junto con otras revistas como Encounter. Una de las primeras preguntas que le hice a Max Hayward no bien llegué a St Antony’s fue si había algún tipo de relación formal entre Survey y el Centro de Estudios Rusos del College (lo recuerdo por la vergüenza que sentí cuando Hayward mencionó mi pregunta, aunque sin señalarme, al presentar a Labedz como orador en St Antony’s; la respuesta fue que no.)

Todos los izquierdistas de Melbourne habían oído rumores y acusaciones relacionados con el CCF y la CIA. Esto preocupaba sobremanera a Clem Christesen, para quien trabajé durante un verano mientras estaba en la universidad; las sospechas de Clem recaían en particular sobre Quadrant,la competencia anticomunista de Meanjin. De hecho, como se supo más tarde, por vía del CCF recibían dinero de la CIA no solo Encounter, Survey y Quadrant,sino también Dissent, la revista que había publicado mi artículo (uno de sus editores era un buen amigo mío). Medio siglo después, resulta difícil reconstruir actitudes pero, según parece, no me indignaba tanto como a Christesen y a mi propio padre que la CIA financiara publicaciones anticomunistas.

Ese Literatura y Revolución… era un libro de avanzada en la rama cultural de la sovietología que me interesaba, y su análisis de las políticas literarias imperantes en la Unión Soviética se focalizaba de lleno en una revista que luego tendría una gran importancia en mi vida, Novy mir [Mundo Nuevo]. Dicha publicación era la portavoz del campo “progresista” en la literatura soviética, con una mayor apertura y una censura menos rigurosa, según promovía el espíritu del Deshielo. Su principal contrincante era Oktiabr [Octubre] la revista que representaba a los estalinistas “dogmáticos” e “intransigentes”. Hayward y todos los sovietólogos occidentales que escribían sobre el tema simpatizaban con Novy mir. A mí no me resultaba difícil reconocer el conflicto ideológico entre esas dos revistas literarias, porque tenía su análogo australiano en las batallas entre Meanjin, considerada afín al comunismo por sus adversarios connacionales, y Quadrant. Para mi padre habría sido obvio que Meanjin era el equivalente de Novy mir –es decir, “progresista” y del lado de los buenos–, mientras que la derechista Quadrant era la mala de la película. Este fue uno de los tantos supuestos políticos de mi padre que, ya desde 1964, aparentemente no me propuse cuestionar. Recién ahora me sorprendo al descubrir que, para Hayward y el mundo sovietológico al que acababa de ingresar, la analogía funcionaba exactamente al revés.

Fui a Oxford en 1964 dispuesta a decepcionarme. Esa era mi actitud general hacia la vida, combinada con una tenaz esperanza en que los lugares legendarios, de por sí condenados a defraudar expectativas, también serían de enorme interés. Incluso en esa dimensión, Oxford me decepcionó: me pareció intelectualmente chato (por lo menos, en mi campo) y plagado de autocomplacencia y esnobismo. Nunca llegué a sentir afecto o siquiera un profundo interés por el lugar. Un peculiar motivo de decepción fue que los docentes y colegas de St Antony’s parecían pensar que se podía escribir la historia soviética sobre la base de habladurías diplomáticas y de espionaje, sin contar con algún tipo de fuente honesta, y no tenían el menor reparo en expresar lo que a mi entender era un sesgo político, aunque un observador más empático quizá habría dicho que estaban ejerciendo un juicio moral. A juzgar por las cartas que le enviaba regularmente a mi madre, cabe deducir que mi opción por Max Hayward como director de tesis se dio por descarte y que antes de elegirlo había buscado a otros candidatos posibles. No deja de ser algo llamativo, dado su conocimiento del área en la cual yo planeaba trabajar. Tal vez me desanimaron los rumores que circulaban en el College sobre su alcoholismo; se decía que su médico lo había obligado a abstenerse de la bebida y eso lo había vuelto todavía más depresivo e insociable. O quizá fuera porque era traductor y académico especializado en literatura, no historiador. Max rondaba los 45 años cuando lo conocí; era soltero y vivía en un departamento sobre la biblioteca del Centro de Estudios Rusos de St Antony’s, en Church Walk. Había sido uno de los jóvenes rusistas enviados en los años de posguerra a la Embajada Británica en Moscú, donde incursionó en la vida literaria rusa y también en los bares. De regreso para una segunda designación en 1955, fue expulsado y declarado persona non grata: alguien a quien siempre se le negaría la visa y a quien la prensa soviética atacaría periódicamente por sus “actividades antisoviéticas”. Cuando Hayward hablaba de la Rusia que había conocido en los años cincuenta, yo tenía la impresión de que, pese a su anticomunismo, evocaba un Edén perdido. En comparación, Oxford, donde había aterrizado después de su expulsión, parecía un lugar de trabajo monótono y también una fuente de inseguridad social (después de todo, era un muchacho becado: su gran talento para los idiomas lo había catapultado lejos de sus orígenes de clase baja).

A veces lo llamaré “Max”, porque al final terminé por llamarlo así, pero en el período de Oxford siempre me dirigía a él como “Mr. Hayward”, según se estilaba en la época. Y él también se anunciaba como Mr. Hayward cuando me llamaba por teléfono para combinar un encuentro, cosa que no se estilaba. Esos mismos llamados dejan en evidencia que, pese a los rumores que lo desacreditaban en el College, intentaba ser un buen director de tesis; pero la situación era angustiosa. Nuestros encuentros comenzaban religiosamente a las 11 en punto de la mañana. Hayward invariablemente me ofrecía un vaso de jerez, que me sentía obligada a beber aunque él, por supuesto, no bebía ni una gota. Como no sabía qué decirme ni tenía nada que preguntarme, casi siempre incurría en el monólogo. Tenía una visión apasionada, casi obsesiva, sobre la tragedia de la intelliguentsia rusa y los izquierdistas ilusos de otros países que habían creído en la Unión Soviética. Tal como le escribí a mi madre, se parecía tanto al Hayward que yo había imaginado mientras investigaba para el artículo de Dissent que casi me daba la sensación de haberlo inventado. Después de asistir (no entiendo por qué) a las exequias de uno de esos izquierdistas ilusos (el estadounidense Joe Freeman, fallecido en el verano de 1965), Max volvió embargado de emoción por el pathos del funeral. Escuché sus opiniones sin ceder en mi silencio tenso; no quería romper en llanto. No le dije que otro izquierdista iluso, mi padre, había muerto pocas semanas antes que Freeman y que yo no había regresado a Australia para su entierro.

Ninguno de los estudiantes o (que yo supiera) fellows de St Antony’s sentían afinidad con Hayward. Su única amiga cercana era Patricia Blake, una encantadora periodista interesada en temas soviéticos que vivía en Nueva York pero lo visitaba a menudo porque trabajaban juntos en la publicación de obras sobre la materia. Cuando Patricia o algún cuasidisidente poeta ruso visitante como Andréi Voznesenski estaban cerca, Hayward se mostraba un poco más animado; en las demás ocasiones, arrastrando los pies como un oso expulsado de su hábitat natural, daba una impresión de sufrimiento mudo. Su padecimiento parecía ser doble, no solo personal sino también por ver a la literatura rusa aplastada bajo la bota soviética. En palabras de Patricia, citadas por Leonard Schapiro en su obituario, “Max actuaba como el custodio de la literatura rusa en Occidente, hasta que llegara el momento en que esta pudiera serle restituida a Rusia”. Su ruso era impecable, pero hablaba tan lento –incluso en inglés– que, al oírlo, parecía un hablante nativo y a la vez algo por completo diferente a cómo sonaba en la vida real esa lengua eslava.

Si bien yo tenía mis reservas respecto de Max, me parecía un personaje más interesante que cualquier otro de los que pululaban en St Antony’s. También cultivaba cierta aversión al rector del College, Bill Deakin, famoso por la hazaña bélica de lanzarse en paracaídas en Yugoslavia para entablar contacto con los partisanos de Tito, aunque desconocía el origen de mi inquina. Quizá se debiera a que a Deakin no le gustaba tener alumnas en St Antony’s (el mío fue el primer año en que admitieron mujeres, y éramos solo seis) o a que a mí no me caía nada bien el exsoldado –su ordenanza de tiempos de guerra– a quien había contratado para que realizara tareas –serviles, pensaba yo– como tesorero del College. Tampoco despertaban mi simpatía los rumores perpetuos sobre sus conexiones con los servicios de inteligencia (“El señor F. W. Deakin dirige una escuela de espías en Oxford, disimulada bajo el nombre de St Antony’s College”, anunció The Saturday Evening Post en 1967).

No era que me desagradaran todos aquellos de quienes se rumoreaba que tenían conexiones con los servicios de inteligencia. De hecho, el único fellow con quien realmente me abrí fue Serguéi Utechin, de quien se decía que desempeñaba un rol muy activo en la organización de emigrados NTS (Alianza Nacional de Solidaristas Rusos), que presuntamente realizaba todo tipo de actividades de “sabotaje” en la Unión Soviética, y no solo ideológicas. Utechin (nunca lo llamé Serguéi) era el más afable de todos los fellows, quizá porque tenía un rango inferior, y me contó muchas cosas de su vida. Buen comunista soviético hasta que comenzó la guerra, permaneció en territorio ocupado por los alemanes durante el conflicto, después aterrizó en Berlín, y en algún momento se casó con una inglesa y se mudó a Oxford. Allí escribió una tesis de doctorado sobre la nueva élite en Rusia, que Edward H. Carr –célebre por su rigor como evaluador externo, sobre todo si pensaba que una tesis era antisoviética– intentó reprobar. Pese a la conexión con la NTS, Utechin me parecía menos antisoviético que los otros sovietólogos de St Antony’s. Lo veía parecido al profesor Pnin, el personaje de la novela de Nabokov; como le escribí a mi madre, empecé a sentir “gran simpatía por él, al ver su cabeza calva y su barba, sus brazos de largo desigual y su calzado deportivo”. Seguramente era “un accidente nabokoviano” que Utechin se viera “en la imposible situación de un emigrado liberal marxista que no es comunista, fascista ni creyente ortodoxo [de los cuales había una pujante comunidad en Oxford] y, por sobre todas las cosas, no es un caballero inglés”.

Mi padre todavía estaba vivo cuando empecé a trabajar sobre el tema de mi tesis y le escribí detalles que no podría haberle escrito a mi madre. Le dije que quería hacer un “gran proyecto”, algo difícil y creativo que nadie hubiera hecho antes. A mi entender, eso había hecho mi padre con sus primeras historias económicas de Australia, escritas por fuera del ámbito académico y como deliberado desafío a la academia. No dejaba de ser llamativo que yo intentara hacer otro tanto mientras –con bendición paterna– seguía el más convencional de todos los itinerarios académicos y estudiaba en Oxford.

No le conté ni una palabra sobre el otro plan que había urdido para mi tesis; aunque, para ser justa, quizá mi silencio se deba a que él ya había muerto cuando lo tramé. Como yo rechazaba la preferencia de Hayward y otros sovietólogos por focalizarse en las víctimas del régimen, a las que exaltaban como héroes de una moralidad o pastorela del teatro medieval inglés, decidí escribir acerca de uno de los conciliadores no heroicos de la historia soviética. “Oh, haber conocido, haber amado / demasiados Davides y Judiths”, escribió el estadounidense Robert Lowell en un poema sobre tiranicidas martirizados; su mensaje era que había llegado la hora de observar las cosas desde el punto de vista del tirano-monstruo. Sí, descubrí a Lowell y lo leí obsesivamente tras la muerte de mi padre, que claramente aportó un subtexto para mi lectura del poema. Como crítico a perpetuidad del gobierno, mi padre parecía una Judith o un David nato, y yo sentía que quizá lo había amado demasiado. Al mismo tiempo, él había jugado con tanto entusiasmo el juego político que, por mi parte, lo veía más como un realista y un conciliador (¿un monstruo en potencia?) que como un idealista. En cualquier caso, más allá de este torbellino de emociones ocultas, y también por respetables motivos académicos, elegí como tema para mi tesis a uno de los mayores conciliadores soviéticos: Anatoli Lunacharski, comisario del pueblo para la Educación durante el primer gobierno bolchevique.

Lunacharski, “un bolchevique para los intelectuales y un intelectual para los bolcheviques”, no gozaba de profundo respeto en ninguno de esos dos bandos, aunque lo veían como alguien que hacía todo el bien que podía –su especialidad era sacar de problemas políticos a artistas e intelectuales– mientras hacía la vista gorda ante muchas otras cosas nocivas que ocurrían en su entorno. Antes de la Revolución había sido periodista literario entre los núcleos de emigrados a distintas ciudades europeas, partícipe activo en las controversias filosóficas marxistas rusas y muchas veces, precisamente por eso, en desacuerdo con Lenin. El tema de mi tesis, aprobado en junio de 1965 en mi admisión al D.Phil. (el equivalente oxoniense del PhD),[2] era “Lunacharski como filósofo y administrador de las artes”. La faceta “filósofo” me permitiría trabajar en Oxford y en el Museo Británico, que contaban con muy aceptables colecciones de las publicaciones prerrevolucionarias de Lunacharski. La faceta “administrador” abarcaba sus actividades como comisario del pueblo para la Educación (Ilustración) y las Artes desde octubre de 1917 hasta su renuncia en 1929, lo que me obligaría a investigar en la Unión Soviética, preferentemente en archivos. Después de sumergirme durante más de un año en sus escritos prerrevolucionarios sobre filosofía, tuve la impresión de que era un hombre amable y bienintencionado pero un pensador de segunda categoría (si no menos). Esa era la persuasión subyacente a mi ensayo académico inaugural sobre Lunacharski, que presenté por primera vez en St Antony’s y más tarde en el seminario de Schapiro en la LSE. En ese ensayo, como bien expresó uno de mis amigos, fui “más oxoniense que Oxford. En otras palabras, mi escrito se adscribía a la gran tradición Oxbridge (Oxford-Cambridge) de ingeniosa superioridad y con un ostensible tono zumbón de haut en bas respecto de todo lo que fuera soviético. Yo tenía un especial talento para este tipo de cosas, aunque no era la cualidad que más admiraba en mí. “Escritura elegante, al estilo de una paradoja bien pulida”: así se lo describí a mi madre, aclarando que, si bien conocía “los riesgos [que ese estilo de escritura conllevaba], era la única manera posible de desarrollar el tema”. Supongo que con eso de “desarrollar el tema” aludía a poder compadecerme (en privado) de los monstruos mientras me dirigía a un público que solo amaba a los Davides y las Judiths. Pero había que conocerme bastante para detectar algún resquicio de compasión en mis palabras.

“Tal vez en la historiografía contemporánea haya un lugar no solo para los crímenes sino también para los disparates de la humanidad”: así empezaba el ensayo. “Anatoli Lunacharski, quien alguna vez se definió a sí mismo como el poeta de la revolución, resultó ser su Mrs. Malaprop,[3] y su obra monumental [termina por ser] un disparate en vez de un templo”. Luego procedía a describirlo como “santo patrono de los compañeros de ruta”, con escasa o nula influencia política en su tierra natal. Mientras introducía la idea, más audaz, de que en gran medida los miembros de la primera generación de líderes bolcheviques se veían a sí mismos como hombres de la cultura, aplacaba las reacciones negativas con el gratuito y antipático comentario de que “si bien la cultura privada fue parte aceptable de la imagen bolchevique temprana, siempre existió la posibilidad de una reductioad absurdum. Este fue el rol de Lunacharski, incluso antes de la Revolución”.

Al saber, como ahora sé, que pocos años más tarde la prensa soviética me denunciaría por un artículo sobre Lunacharski, leer estos extractos de mi ensayo da pie para pensar que me lo tenía merecido por ser tan irrespetuosa con un icono soviético. Sin embargo, quiero dejar en claro que este primer ensayo de mi autoría no fue mi primer ensayo publicado. Tendría que haberlo sido, pero lo retiré a último momento cuando ya residía en Moscú como estudiante del programa de ayuda del British Council. Desde la flamante y ventajosa perspectiva que gané instalada allí, mi escritura resultaba por completo diferente: ya no era ingeniosa y sofisticada, sino meramente maliciosa y antisoviética. Con todo, fue un éxito rotundo en St Antony’s y en la LSE. Hayward, Schapiro, Walter Laqueur (de Encounter y el CCF) y el resto rebosaban de admiración. Laqueur quería el artículo original de Oxford para el Journal of Contemporary History; Utechin quería el artículo de la LSE (un poco diferente en cuanto al contenido, pero similar en el tono) para Soviet Studies. Yo iba camino a ser un astro en ascenso en la sovietología británica.

A los oídos de mi madre, que supo de mis éxitos por mis cartas semanales, era como si me hubiera pasado al enemigo. Mientras investigaba para escribir estas memorias, releí nuestra correspondencia y me sorprendió su reacción. ¿Realmente desde la izquierda me estaban acusando de propiciadora de la Guerra Fría, y quien me acusaba era mi propia madre? Durante la adolescencia y la primera juventud, mis discusiones de política habían sido con mi padre, mucho más abiertamente izquierdista durante mi niñez. Y no recuerdo que en esas discusiones mi madre haya tomado partido por él; a decir verdad, creo que ella cuestionaba la actividad política de su marido, además de su afición por la bebida y su falta de ingresos, entre otras muchas cosas. Yo sabía que en los años treinta, cuando conoció a mi padre, ella era una activista de izquierda por mérito propio; pero hacia el final de su vida, con su repulsión por los inmigrantes y la innovación, tuvo un desplazamiento tan marcado hacia la derecha que aquello parecía historia antigua. Más allá de todo, era evidente (por lo menos en los años inmediatamente posteriores a la muerte de mi padre en 1965) que ella había sido tan izquierdista como él.

Nuestro conflicto empezó cuando mi madre preguntó si, en caso de que las condiciones soviéticas continuaran liberalizándose, la “historia ideológica” que yo estaba construyendo con tanto esmero en mi tesis no parecería un poco pasada de moda cuando llegara el momento de publicarla. “Historia ideológica” podía entenderse de dos maneras: como una historia de la ideología o bien como una historia configurada a partir del sesgo ideológico. Es evidente que di por sentado lo segundo; por cierto, parece que malinterpreté su letra manuscrita y pensé que me estaba acusando de “guerra ideológica”, aunque solo me di cuenta al releer la carta, casi cincuenta años más tarde. Para cometer semejante error, debo de haberme sentido muy incómoda al pensar que proyectaba una nueva imagen de mí acorde con los patrones de St Antony’s. En cualquier caso, devolví el golpe. Aduje que ella había entendido todo mal y que no solo se estaba comportando como una “tonta”, sino que además me había “insultado”. Desde luego, esa reacción desmesurada la dejó perpleja. Nunca aclaramos este equívoco, como tantos otros que surgían en esas épocas previas a las llamadas telefónicas internacionales baratas, cuando la comunicación dependía del intercambio de aerogramas azules cubiertos de escritura minúscula que tardaban cinco días en llegar a destino.

Por extraño que parezca, pese a que escribía el tipo de cosas que los viejos más convencionales amaban, yo me sentía una joven impenitente en la sovietología británica.[4] Como le expliqué a mi madre poco después del incidente de la “guerra ideológica”, junto con un colega de St Antony’s planificábamos un volumen revisionista que intentaría una aproximación “agnóstica” o apolítica a la historia soviética, en contraposición al enfoque de Hayward entre los disidentes heroicos y al de Schapiro en la oposición política. Al mismo tiempo, según advertía con cautela, para publicarlo nos haría falta la aprobación de Hayward… sobre todo porque era uno de los editores de la colección “St Antony’s Papers”, que podía llegar a publicar un libro como ese. Nuestra posición apolítica consistiría en evitar tópicos “estilo Schapiro” como el crecimiento del Estado totalitario, la Cheká (policía política) y las facciones opositoras dentro del Partido Bolchevique. Como argumento, sostendríamos que, si bien esas cosas existían, “ya demasiadas lágrimas se habían derramado por su causa”. Con una cuota de resentimiento, mi carta llegaba a esta conclusión: “Cuanto más se escribe [sobre esos temas], más personas como tú acusan de ‘guerra ideológica’ a personas inocentes como yo”.

En aquellos años, yo me consideraba completamente apolítica; vale decir, casi no prestaba atención a la política internacional, pero era escéptica respecto de la que parecía ser la opinión dominante sobre lo que, a mi entender, era una izquierda blanda. Mi indiferencia se extendía a la Guerra de Vietnam y a la intervención de las tropas estadounidenses y australianas en esa guerra. Sin demasiado entusiasmo, firmé una declaración en protesta contra la participación australiana, aunque pensaba que los argumentos debían ser “tanto más sencillos” (como le escribí a mi madre) que aquellos que impugnaban la participación estadounidense, presuntamente porque estaba convencida de que Australia no tenía necesidad alguna de seguir los pasos de los Estados Unidos sin antes sopesar sus intereses nacionales. Yo creía que “entre los australianos [existía] un fuerte respaldo a la intervención australiana y estadounidense en Vietnam” –o por lo menos eso le dije a Radio Kiev en la primavera de 1966–, y suponía que “los motivos de Australia eran el miedo y la necesidad de complacer a los Estados Unidos”. Si bien parecía un fundamento verosímil acerca de la política exterior, pensé que el gobierno australiano había “sobreestimado el precio que pagar por defender a los Estados Unidos”. Indudablemente, esta formulación anti-anti-Vietnam se debía a que Radio Kiev buscaba una condena rotunda de la intervención australiana y estadounidense. Sin embargo, muchos pensaban que los argumentos contra la intervención estadounidense, y también contra la australiana, eran demasiado simples y directos (hoy en día, comparto esa visión). Mi madre, que en ese entonces enseñaba Historia en la Monash University de Melbourne y estaba rodeada de activistas anti-Vietnam, era una de las que se oponían. Mi relato engreído sobre mis declaraciones a Radio Kiev sobre la decisión australiana la enojó en grado tal que dejó de lado sus habituales titubeos, su inseguridad y su temor a dar opiniones infundadas y volvió al ataque. Debe de haber tenido una discusión similar con mi hermano menor, que en esa época estudiaba en el Trinity College en Melbourne y evidentemente estaba embarcado en su propia revuelta contra la política familiar. Después de resumir las opiniones sobre Vietnam que nos resultaban “tan desagradables” a mi hermano y a mí, retomó las estocadas contra mis declaraciones.

¿Seguiste [la cobertura de] la prensa australiana sobre este asunto? Al principio, incluso cuando se anunció el envío de conscriptos a Vietnam, se dijo muy poco al respecto, pero al menos desde que empezaron a llamar refuerzos los sentimientos han cambiado. ¿Realmente piensas que el accionar de los Estados Unidos no es calificable como agresión? ¿De verdad serías capaz de aceptar, lo que por cierto pretenden, como si fuera un axioma, que China es el agresor? ¿Realmente te resulta razonable enviar a personas que no se ofrecieron como voluntarias a combatir en una guerra por completo ofensiva?

Mi madre sentía “un odio inalterable, constante contra las políticas acerca de Vietnam”. Ese odio reflejaba una generalizada convicción antiestadounidense que, si bien era común en la izquierda australiana, yo jamás había asociado con ella. “Siento que la Pax Americana es una derrota perpetua pero inevitable y, al mismo tiempo, que la expectativa de que aceptemos tamaña falsedad propagandística es un insulto intolerable al intelecto”, escribió, presa de una profunda irritación. Y enseguida comentó que, desde su punto de vista, esa propaganda falsa y mentirosa más los insultos al intelecto eran “tanto más perdonables en los comunistas –aunque sé que tú no [lo piensas de ese modo]–, siquiera porque en la superficie carecen de atractivo”. Releerla en nuestro presente me hace gracia; los remates sarcásticos eran su estocada característica. Seguramente no me hizo tanta gracia cuando lo leí por primera vez.

En su siguiente carta, mi madre recordó con melancolía que “hubo una época en que la URSS parecía ofrecer un proyecto de sociedad, en la cual el intelectual no necesitaba ser marginado”. Desestimé de plano esta incursión en la nostalgia y procedí a darle algunas lecciones sobre política soviética o, antes bien, sobre las lecturas equivocadas de la política soviética, que tan prevalentes eran entre los izquierdistas occidentales. Mi primer texto fue una denuncia por difamación que sostuvo en la posguerra el desertor soviético Víktor Krávchenko (autor de Yo elegí la libertad, un best seller que daba pesadillas a la izquierda) contra los críticos franceses, quienes lo acusaban de haberse vendido al dinero estadounidense y haber inventado todos sus relatos sobre los horrores soviéticos. Cuando leí la transcripción, quedé pasmada ante la deshonestidad de la izquierda francesa durante el juicio. “Bueno, tal vez la izquierda tuviera razón sobre el dinero estadounidense”, le escribí a mi madre;

pero su defensa fue absolutamente inescrupulosa. Todos ellos tenían testigos enviados desde la URSS (¿ni una palabra sobre el dinero soviético?), incluida la esposa de Krávchenko, y todos mintieron acerca de cada uno de los puntos, naturalmente porque tenían que regresar; pero lo peor de todo fue la absoluta y crédula ignorancia de los testigos rusos de izquierdas, sumada a la mentira intencional, en numerosas cuestiones, de la defensa, que embarraba las cosas cada vez que era recusada.

La lectura del juicio a Krávchenko me llevó a pensar que me convendría releer otro best seller detestado por la izquierda, El cero y el infinito,de Arthur Koestler, sobre las farsas de juicio (o “juicios espectáculo”)soviéticos a Nikolái Bujarin y otros opositores de Stalin a finales de los años treinta. Le escribí a mi madre que hasta entonces, fiel a los lineamientos izquierdistas ortodoxos, yo estaba convencida de que Koestler era un “paranoico repulsivo”.

En la relectura, esto parecía imposible de defender. Por supuesto, él cometió una estupidez al quedarse tanto tiempo en el Comintern (la Internacional Comunista) [y tenía] una gran capacidad de autoengaño y un entusiasmo inestable, casi forzado. Pero El cero y el infinito ni siquiera es un mal libro; tiene sus toques novelescos, quizá, pero no resulta fantasioso, dado que se basa fielmente en el relato de Alex Weissberg –quien es bueno en lo suyo– sobre las cárceles soviéticas; pero sobre todo se vale de las minutas de los juicios espectáculo de 1937-1938, publicadas en Moscú. El personaje principal es la viva encarnación de los discursos de Bujarin y [Karl] Radek en esos juicios; por supuesto que las actas estenográficas pudieron ser adulteradas, pero no por Koestler.

Mientras releo todo esto, no sé si felicitarme por mi capacidad de apreciación crítica imparcial o reprocharme por haber sido tan cruel y artera con mi madre. Aunque parezca mentira, en la misma carta me describía como una historiadora especializada en cuestiones soviéticas “más cercana a la compañera de ruta” que a la adalid de la Guerra Fría; pero no es difícil ver por qué mi madre lo puso en duda y pensó que St Antony’s realmente me había hecho mal. En lo que quizá pretendió ser una conclusión tranquilizadora, señalé que, para no entrar en una pelea política, no publicaría mi crítica sobre Krávchenko y Koestler como compañeros de ruta. Como me sentía atrapada entre dos fuegos, me quejé de que “una puede decir lo que quiera sobre los Estados Unidos o la Alemania nazi o el establishment inglés o incluso sobre el general De Gaulle o sobre Vichy, y la gente estará de acuerdo o disentirá; pero si una escribe sobre Rusia o sobre China o sobre el comunismo europeo, todos, incluida tú misma, desconfiarán de los impulsos de una para hacerlo”. Incluida tú misma seguramente me salió del corazón, y así debió de ser. Retrospectivamente, mis motivos se ven muy brumosos.

Mi regalo de Navidad para mi madre fue una suscripción a Encounter.Al comienzo le resultó muy interesante, hasta que una carta abierta de Leonard Schapiro al premier soviético Alekséi Kosiguin (en que le pedía que mostrara respeto por la ley y refrenara a la KGB) encendió su ira: “Es una lástima que Schapiro sea uno de tus mentores, y permíteme decirte que me sentiría muy molesta e insultada si estuviese en el lugar del señor Kosiguin, incluso si considerase razonables las opiniones de Schapiro”. A mí también me había disgustado la carta de Schapiro (era una situación algo tensa, ya que me agradaba como persona y él se había desvivido por ser amable conmigo) y, para mostrar mi adhesión, le escribí a mi madre diciéndole que era una carta “bastante espantosa”; pero después malogré el consenso al agregar que su tono condescendiente y su perspectiva un tanto rimbombante, estilo “hombres de todos los países, uníos”, se parecían “un poco a los de Brian [mi padre] en un mal momento”. La observación resultaba acertada pero imperdonable, no solo porque mi padre había fallecido recientemente, sino también porque el subtexto de todo este intercambio epistolar era la sospecha de mi madre (y mía) de que, al convertirme en una sovietóloga anticomunista al estilo Oxford, yo lo estaba traicionando.

Por ese entonces hubo una avalancha de historias de espías, y los medios hegemónicos denunciaban que la CIA había financiado el CCF y todas las publicaciones asociadas, entre ellas Encounter y Survey.En julio de 1966 le escribí a mi madre:

El último número de Encounter está muy a la defensiva porque TheNew York Times dijo que [esa revista] recibí[a] dinero de la CIA (siempre se dice lo mismo del dinero proveniente de fundaciones estadounidenses, como el millón de libras que recibirá St Antony’s si se le pone a la par y obtiene recursos británicos; podría ser verdad, pero ¿con eso, qué?). […] Recuerdo que Brian también se postuló a la beca Rockefeller. Es muy fácil ensuciar a cualquiera si una se toma el trabajo. ¿Por qué no trasladas tu indignación por Vietnam y Encounter a la decisión de la Corte Internacional [de Justicia] sobre Sudáfrica?[5] ¿O al hecho de que le hayan otorgado el Premio Nobel al [novelista “oficial” soviético] Mijaíl Shólojov, y a los comentarios de Shólojov sobre [Andréi] Siniavski [condenado por cargos de actividad antisoviética después de publicar obras literarias en el extranjero]? Debo decir que [el primer ministro australiano Harold] Holt fue muy desagradable respecto de Vietnam (siempre del lado de Lyndon B. Johnson), lo cual no equivale a decir que la guerra podría terminar si tú y TheNew Statesman estuvieran en el poder. ¿Qué pasaría con la “aletargada economía australiana” si el dinero estadounidense se retirara? […] A propósito, ¿sabías que la correspondencia que cruza la Cortina de Hierro se lee a ambos lados?

El tono era duro, incluso a la luz de nuestros últimos intercambios, y mi posición política había girado tanto hacia la derecha –por lo menos a los fines de la discusión familiar– que bien podría haber estado escribiendo para Encounter.

* * *

Durante todo el tiempo que pasé en Oxford, me urgía residir un año en la Unión Soviética para investigar y preparar mi tesis. Intenté hacerlo por medio de una beca del British Council, pero se presentó un problema: yo era australiana y no tenía pasaporte británico. El British Council tuvo la gentileza de enviar mi caso a consideración del Foreign Office y el Commonwealth Office, pero los dos organismos votaron en mi contra. Poco después, ya me había presentado a un programa de ayuda australiano, y pensé que, con ayuda de Nina Christesen, lo había logrado y podría viajar. Pero las gestiones fracasaron a último momento y tuve que pasar un segundo año en St Antony’s. El transatlántico ruso Baltika que me habría llevado a Leningrado zarpó sin mí el 3 de septiembre de 1965. Ese mismo día, de manera totalmente imprevista, murió mi padre en Australia. Nos habíamos peleado meses antes y no nos habíamos reconciliado. El telegrama que anunciaba su muerte llegó a mis manos demasiado tarde y no pude asistir al funeral. Mi madre y yo quedamos acongojadas y culposas –yo sabía lo que le pasaba por sus cartas, y ella otro tanto, por las mías– pero, como no podíamos consolarnos mutuamente, fingíamos que no nos dábamos cuenta de nada. Sentía que mi vida estaba a la deriva. Odiaba Inglaterra pero, sin motivo racional alguno, creía que la muerte de mi padre cerraba mis vías de regreso a Australia.

En algún momento, durante ese invierno tristísimo, restablecí el contacto con mi novio de Melbourne, Alex Bruce, que se había hecho niponólogo y estaba viviendo en Tokio. Habíamos roto antes de que yo me marchara de Australia; pero mi carta era una cautelosa insinuación de que estaría abierta a reconsiderar esa decisión y Alex respondió en consecuencia. Planeamos casarnos en Japón cuando llegara el verano; pero durante varios meses no le dije nada a mi madre ni a nadie. Como expliqué más tarde, “me avergonzaba parecer una aprovechadora, y además quería resguardar todo en el más absoluto secreto”. Esa idea de un intento de sacar ventaja de Alex se debía en parte a que era el único hombre que subsistía en mi mundo (otro novio de los tiempos de Melbourne había fallecido meses antes que mi padre) y en parte a que él, por haber nacido en el Reino Unido, tenía la ciudadanía británica, además de la australiana. En caso de conseguir el pasaporte británico, al cual tendría derecho si me casaba con Alex, podría viajar a la Unión Soviética con el programa del British Council. Intentaba desterrar la idea de ese matrimonio, pero no había caso: imposible eludirla. Por supuesto, mis motivos para casarme con él no obedecían al puro interés, pero nunca pude equilibrar esa balanza. La idea de que fuera una estrategia para conseguir el pasaporte británico nos molestaba a los dos y decididamente terminó por llevar nuestro matrimonio al fracaso. Sin embargo, en ese primer momento Alex no puso objeciones a que yo pasara un año entero en la Unión Soviética inmediatamente después de la boda, ya que él quería hacer otro tanto y pasar en Japón un año libre de responsabilidades maritales. El plan era que nos casáramos en Tokio ese verano, que yo viajara a la URSS si el British Council solventaba mis gastos, que Alex se postulara a un doctorado en Historia Japonesa en St Antony’s, y después, si todo salía bien, nos encontráramos en Oxford e iniciáramos nuestra vida de casados en el verano de 1967.

Dejé pasar la convocatoria de enero para las postulaciones correspondientes al período 1966-1967 del programa de ayuda, pero volví a la carga en cuanto se concretó el plan de casamiento. La gente del British Council, que recordaba mis denodados esfuerzos y mi decepción a último momento el año anterior, de todos modos decidió entrevistarme a comienzos de junio, visto que, si planeaba casarme con un ciudadano británico, se suponía que en un futuro inmediato tendría pasaporte británico. “Yo pensaba que todo este asunto del matrimonio sería una situación incómoda” –le escribí a mi madre–; “pero no fue así: parece que la idea les cayó en gracia e incluso celebraron verme contenta”. (Releer esto me apenó un poco; claramente mi estado de ánimo era tan frágil que me sorprendía que alguien en Inglaterra, o en cualquier lugar del mundo, pudiera interesarse por mi felicidad). El problema era que, de allí a diez meses, la nómina de becas del British Council ya estaba compilada; pero el personal decidió ponerme en lista de espera con la esperanza de que alguno de los veinte seleccionados desistiera.

Cuando por fin le escribí a mi madre, y le conté en una misma carta sobre mis planes de matrimonio y sobre la posibilidad de viajar a la Unión Soviética al año siguiente, respondió de inmediato para expresar su categórica desaprobación. Quizá en cualquier circunstancia habría sido contraria a que me casara: estaba convencida de que su propio matrimonio había sido un lamentable traspié, ya que acarreó su renuncia a su puesto de asistente de la cátedra de Política en la Universidad de Melbourne. Según yo infería, ese traspié se había agravado con mi llegada al mundo un año más tarde. (La sola idea me ofendía y más de una vez ya le había preguntado si la universidad prohibía expresamente la contratación de mujeres casadas o si su reacción se debía a su estrecha comprensión de las convenciones entonces imperantes; fuera como fuere, pensaba que ella tendría que haber luchado y que no debía culparme a mí por su vida desdichada). Su oposición nada tenía que ver con Alex, excolega suyo en Monash que gozaba de su simpatía; lo que la preocupaba, y mucho, eran las circunstancias confusas y algo turbias del enlace. ¿Y quién podría culparla? Cuando mencionó mi “casamiento a cambio de un pasaporte”, sentí vergüenza, pero no me eché atrás. “No intentes desalentarme en mis planes ni poner palos en la rueda”, le escribí embravecida (sus negativas instantáneas y su pesimismo eran motivo de broma en la familia y siempre alimentaban mi rencor). “Tú crees que lo mejor que puede pasarme es seguir en Oxford un año más, pero yo no”. Al respecto, no cabe dudas de que la razón estaba de mi lado.

Tal vez fue por la expectativa de conocer por fin la Unión Soviética de primera mano, o tal vez se debió a que estaba harta de ser más oxoniense que Oxford, pero lo cierto es que mi trabajo sobre Lunacharski tomó nuevo rumbo. Noté que en la URSS y en ese último tiempo se había publicado mucha bibliografía nueva de y sobre Lunacharski, y me intrigó tanto el contenido de esos libros que decidí escribirle a Utechin –para entonces, ya editor de la revista Soviet Studies– ofreciéndole un artículo sobre el fenómeno. Ese artículo reemplazaría la versión reformulada de mi conferencia del año anterior en la LSE, que ya le había prometido: quedaba claro que no tenía intenciones de publicar aquel primer material. (Ahora no recuerdo si se debió a error o a que todavía me gustaba, pero entregué mi otro artículo, basado en el ensayo de St Antony’s, al Journal of Contemporary History). En la primavera de 1966, todavía sin saber si viajaría a la Unión Soviética con el programa británico pero sin perder las esperanzas, emprendí un viaje de turismo como estudiante (más adelante retomaré este tema) que incluía cinco días en Moscú. Sin que lo buscase, el viaje resultó ser una mina de oro para mi investigación sobre Lunacharski. Todo comenzó cuando al enterarse del tema de mi tesis nuestro joven guía turístico, el intelectual y librepensador Aliosha (Alekséi Mijáilov), pronunció un exaltado discurso sobre las liberadoras consecuencias de la obra filosófica temprana de Lunacharski. Dijo que tanto él como todos sus jóvenes amigos intelectuales semimarginados tenían un profundo interés en Lunacharski. Versado como era en las sutilezas y los vaivenes de las políticas literarias soviéticas, Aliosha me contó que se estaba publicando mucho material interesante, ávidamente leído por la intelliguentsia, y que había grandes querellas entre académicos, editores y censores sobre qué se podía publicar y de qué se podía prescindir.

Después, por obra de una extraordinaria casualidad, conocí en Moscú a otro admirador de Lunacharski. (Creo que realmente fue por casualidad, aunque quizá los rusos conspiranoicos no pensarían lo mismo; por otra parte, en caso de que la KGB –¿advertida por un doble agente en Soviet Studies?– hubiera enviado a él y a Aliosha a mi encuentro, no puedo menos que estarle agradecida). Estaba buscando libros de Lunacharski en una librería de segunda mano cuando un hombre empezó a hablarme de los recientes estudios soviéticos sobre el tema. Salimos y continuamos conversando mientras caminábamos. Me dijo que era estudiante graduado en el Instituto Gorki de Literatura en Moscú y amigo de un especialista llamado Anatoli Elkin, quien había escrito una biografía de Lunacharski. (Era verdad, al igual que su opinión sobre el escaso mérito de esa biografía). Sin embargo, Elkin estaba trabajando en otra biografía, que sería publicada en la colección “Vidas de Hombres Notables” (llegado el momento, así sucedió) y que según su amigo era mucho más interesante porque incluía material proveniente de los Archivos del Partido (actual Archivo de Historia Sociopolítica del Estado Ruso) sobre los disensos políticos que Lunacharski tuvo con Stalin en sus últimos años. Mi nuevo conocido, que nunca dijo su nombre, también me informó sobre lo que probablemente se incluiría en los próximos volúmenes de las Obras reunidas