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Una crónica sobre el terreno de la guerra en Ucrania que nos lleva hasta el origen, cuando Ucrania y Rusia eran el mismo reino medieval. El reportaje de actualidad se intercala con las rebeliones cosacas, la Segunda Guerra Mundial y la hambruna provocada por Stalin. Un mismo conflicto con diferentes máscaras. El único libro que ofrece esta perspectiva, y lo hace en conversación con sus protagonistas actuales.
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Seitenzahl: 325
Veröffentlichungsjahr: 2020
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ARGEMINO BARRO escribe reportajes de política americana en El Confidencial y otros medios. Una tarea para la que se preparó, sin saberlo, en la antigua Unión Soviética.
En 2014 cubrió la guerra en el este de Ucrania y obtuvo el premio europeo «Belarus in focus» por su trabajo sobre la dictadura de Bielorrusia.
Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de iMadrid y la ULB de Bruselas, aprendió ruso en el Instituto Pushkin de Moscú y ha sido investigador visitante de estudios postsoviéticos de la Universidad de Columbia.
En 2017 publicó en esta editorial El candidato y la furia: Crónica de la victoria de Donald Trump.
Hoy reside en Nueva York con su mujer y su hijo.
Una historia de Rus es una ventana hacia las profundas raíces de la tensión entre Ucrania y Rusia. Una crónica presencial de la guerra en la que pasado y presente se alternan de forma simbiótica, con un ritmo y un tono narrativo trepidantes. Desde las revueltas cosacas a la sublevación del Maidán, desde la hambruna estalinista a la nostalgia de la Unión Soviética.
Las diferentes caras de una vieja pulsión: el intento, por parte de Rusia, de revivir el reino mítico de la Rus de Kyiv.
«Historia hecha crónica periodística. Un relato cercano y escrito sobre el terreno para que el lector viaje a un momento clave de Ucrania y entienda los orígenes del conflicto», Mikel Ayestaran
«Argemino Barro ha escrito un libro muy bien informado y de una gran sutileza narrativa a la hora de desplegar los acontecimientos y las reflexiones», Cuadernos Hispanoamericanos, (sobre El candidato y la furia), Daniel B. Bro
Argemino Barro
Ensayo
UNA HISTORIA DE RUS
CRÓNICA DE LA GUERRA EN EL ESTE DE UCRANIA
© De los textos: Argemino Barro
Madrid, abril 2020
EDITA: La Huerta Grande Editorial
Serrano, 6. 28001 Madrid
www.lahuertagrande.com
Reservados todos los derechos de esta edición
ISBN: 978-84-17118-70-9
Diseño cubierta: La Huerta Grande sobre ilustración orginal de Tresbien Comunicación
Producción del ebook: booqlab.com
CRÓNICA DE LA GUERRA EN EL ESTE DE UCRANIA
Nota liminar
I. El reino perdido
II. La venganza del Maidán
III. “Los ricos están con Europa y los pobres con Rusia”
IV. La guerra sagrada
V. Mad Max
VI.Russkii Mir
VII. El puño de hierro
VIII. Autócrata de Rus
IX. Maksim Petrujin
X.Leninopad (primera parte)
XI.Leninopad (segunda parte)
XII. Otras heridas
Bibliografía
A Ben y Constantine
He respetado la ortografía original del ucraniano y del ruso, salvo por alguna simplificación puntual: al cosaco Jmelnytskyi, por ejemplo, lo he convertido en Jmelnitski.
Cuando no haya una versión española de uso común, los nombres geográficos de cada país están en sus respectivas lenguas oficiales.
La decisión más sensible hace referencia a la capital de Ucrania, Kyiv, que en España siempre hemos llamado por su denominación rusa, Kiev. Es sensible porque, para muchos lectores, puede resultar una palabra nueva y por tanto confundir, y es sensible también por las connotaciones políticas.
El Ministerio de Exteriores de Ucrania pide a la comunidad internacional que cambie el ruso Kiev por el ucraniano Kyiv. Es una manera de reivindicar su lengua oficial y mayoritaria, y de establecer una clara distinción frente a su vecino, Rusia, dada la historia en común.
Es un caso similar al de otros países que se independizaron en el siglo XX: Birmania quiso convertirse en Myanmar, Ceilán en Sri Lanka, o, si hablamos de ciudades, Bombay en Mumbai.
Varios gobiernos, empresas, aeropuertos, instituciones académicas y la práctica totalidad de los grandes medios anglosajones, como The Guardian, BBC o The New York Times, han adoptado el nombre ucraniano de Kyiv.
En España también han comenzado a usarlo algunos periodistas y académicos.
Por estos motivos lo he considerado apropiado.
Vaya pómulos y vaya expresión. La mujer parece una estatua comunista: una figura de bronce llamada a la acción y al sacrificio. Sus manos son como dos pulpos de piedra, y uno se la imagina subida a un tractor, inclinada sobre miles de espigas, construyendo el socialismo. Debería estar en un pedestal, y no ahí, comiendo pepinillos de un frasco, aburriéndose con la mirada en el paisaje. Es como si la mujer hubiera descascado el bronce, cual polluelo que sale del huevo, y se hubiera incorporado a la vida mundana.
El imperio ha muerto, pero su estela permanece. Por ejemplo en este vagón de tren. La tercera clase, o clase platskartny, es una institución de la antigua Unión Soviética. Un vagón comunal de literas, como un cuartel o un internado, en el que los desconocidos charlan y comparten comida. Dicen que en esta región del mundo las personas son poco dadas a la conversación ligera y casual. Ese diálogo instantáneo, tan anglosajón, les parece sospechoso: una treta para seducir y conseguir algo. En cambio, su maestría en la charla kilométrica es legendaria. El comienzo será torpe, habrá miradas huidizas, manos frotándose y preguntas a las que seguirán tímidos monosílabos, pero, cuando pase la primera barrera, cuando alguien infiera tu origen o haga un cumplido, ya está. La conversación rodará impetuosa. Se desplegará como una novela, sin tabúes, en carne viva.
La mujer, que se llama Svitlana, viaja para ver a su hija y a sus nietos, porque su yerno falleció el año pasado. Cáncer de cerebro. Era un hombre estupendo, ingeniero, guapo, de hombros anchos. El más atractivo del barrio. Tenía cuarenta y dos años. ¿Y usted? ¿Cuántos años tiene? ¿Está casado? ¿Y a qué espera? O Vassily, encogido como si aguantase una carga invisible. Bastan diez minutos para obtener su confesión: se va fuera el fin de semana para estar lejos de su mujer y de su hijo, para descansar. Les ha puesto la excusa de que va a ver a su madre anciana.
El imperio ha muerto, pero su eco todavía resuena, y lo hará con mucha mayor intensidad.
De momento, el zarandeo del tren, cálido y regular, mece las conversaciones. Decenas de pies cuelgan en el pasillo estrecho. Hay mantas enrolladas, mesitas desplegadas. Debajo de mi litera hay una señora y su hijo adolescente, rubio, delgado, con un pelotón de granos subiéndole por el mentón. Están cenando aperitivos con la intensidad cromática de un tapiz normando. Los colores incandescentes llenan la mesa, el tocino, la sal, las tiras de pimiento. Los pasajeros beben té del samovar de metal, porque así es el Tren del Pueblo: una comuna móvil y sobria.
Un fragmento del imperio perdido.
El amanecer pálido atraviesa el visillo blanco de las ventanas. Poco a poco, los viajeros se incorporan, se frotan los ojos y piden el primer té del día. El Donbás se estira, monótono, al otro lado del cristal.
«Perdone, ¿cuánto queda para Donétsk?», le pregunto a la señora.
«Daniétsk», me corrige, pronunciándolo en ruso. «Treinta minutos».
Su hijo desayuna medio litro de cerveza.
Son las ocho de la mañana del uno de abril de 2014.
Quedan cinco días de paz.
La primera vez que lo vi, K entraba en clase como si le hubiesen dado una excelente noticia. Ordenó sus papeles arrugados, entrelazó los dedos sobre la mesa y nos miró con astucia. Era menudo y avizor como un puercoespín. De fina cabellera gris mate, afable, pero con las púas listas, agazapado en su arbusto mental. Nos dijo que el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovych, iba a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea.
«Es posible».
«¿Yanukovych? ¿El amigo de Putin?».
«Sí», respondió K.
«¿Pero Yanukovych no es prorruso?».
«¡Ah, pero este es un momento único! Yanukovych se ha mostrado muchas veces favorable a la Unión Europea, y fue primer ministro de Yushchenko», añadió con júbilo. ¿Cómo no iba a firmar, parecía decir, si tenía la oportunidad histórica de colocar a Ucrania junto al seno de Europa? ¿Quién iba a ser tan estúpido como para dejarlo escapar, habiendo llegado tan lejos?
Desde aquella ventana de Manhattan, el mundo parecía una maqueta ordenada y limpia. Todo encajaba, igual que los edificios recortados en el cielo, ensamblados de cristal, cemento y doseles curvos, con sus buhardillas y sus penachos de humo blanco. Igual que la ciudad, dividida por las calles en bloques nítidos, el tráfico fluyendo en línea recta, los semáforos marcando el ritmo. Allí dentro, en la facultad de Relaciones Internacionales, era difícil no ver el mundo como una maqueta. «Es el Departamento de Estado en pequeño», se decía. Los alumnos eran como pequeños generales. Deslizaban su mirada por un mapa extendido y tomaban decisiones. Entraban en clase con un vaso de café y se ponían a presentar un tema concreto sobre Ucrania. Cada semana era un tema diferente. Hablaban de comercio, inmigración y cálculos electorales, hacían predicciones y ponían cara de estadistas en tiempo de crisis. Luego buscaban soluciones bajo el delicado concierto de K.
Pero K era diferente al resto de profesores. No venía del universo claro y rectilíneo de Nueva Inglaterra. No era un producto de la Ivy League, ni de un máster de cincuenta mil dólares al año, ni de las mesas cubiertas de canapés. Él había desarrollado su carrera diplomática en las dos Ucranias: la actual, independiente, y la antigua Ucrania soviética. Él entendía el Viejo Mundo; había medrado en él. Por eso aderezaba sus clases con información extra. El profesor conocía en persona a la gente de la que hablaba: al presidente Viktor Yanukovych, al expresidente Viktor Yushchenko y a la opositora encarcelada, Yulia Tymoshenko. Podía medir, o hacer que medía, su peso moral y sus reacciones psicológicas. Él sabía que lo sabíamos y se permitía toques costumbristas. Le gustaba descolgar un teléfono imaginario, por ejemplo, y hablar como si fuese Yanukovych dándole una orden al presidente del parlamento:
«¿Volodia? Ya sabes lo que tienes que hacer».
Por eso, K tenía dos velocidades: una académica y otra informal. En debates y conferencias, cuando sabía que acechaban preguntas, ponía cara de apparatchik y se volvía duro como un rompehielos. Cedía la palabra como si le diese un latigazo a un caballo; era un monolito, un dios impertérrito. Luego sabía conquistar un salón tomando a los invitados del brazo. Cuando le pedías algo, te colocaba una mano en el hombro y acercaba el oído. Como lo veía venir, asentía con impaciencia. Cerraba los tratos en tono íntimo. Lo hacía por ti y por nadie más.
K era nuestro oráculo.
Los días optimistas, cuando Ucrania daba signos de entendimiento, cuando se acercaba un poco más a Bruselas, sus ojos centelleaban como dos topacios. Los días bajos, se apagaban en silencio. A veces saludaba con los brazos abiertos la cortina de sol que llenaba la estancia. Se sentaba con ligereza y leía sus notas en tinta azul. Otras, caminaba pesadamente, suspiraba y se pasaba una mano por la frente. Los alumnos intentaban comprender esa ironía de politburó, las gradaciones, los matices ocultos en el ropaje de funcionario soviético.
¿De dónde venía este señor menudo y astuto?
Los eslavos llegaron tarde a la crónica escrita. Si trazamos su prehistoria, hecha de reconstrucciones lingüísticas y pistas vagas, llegamos a los humedales que hoy dividen Bielorrusia y Ucrania. Las tribus eslavas crecieron separadas de la civilización grecorromana por cien mil kilómetros cuadrados de bosque y ciénagas. Tan ligadas estaban a los helechos y al musgo, a líquenes, riachuelos, simas y llanuras, que se bautizaron a sí mismas con nombres de árboles y accidentes geográficos. Allí se refugiaban de los nómadas que pasaban como un vendaval por la estepa vecina. Llegaban del este, huidos de sus patrias o buscando nuevos pastos. Algunos se quedaban, como los cimerios, durante cuatro siglos, o los escitas, guerreros iranios que vivían sobre sus caballos. Hasta que otra invasión los sacaba del mapa. Esta era y es la condición definitoria de Ucrania: su dramática exposición al mundo. Al oeste la ciñen los Cárpatos, que solo ocupan una franja de tierra escueta. El resto es una llanura fértil y bien conectada por el cruce de ríos navegables; un territorio que se expande, oceánico, hasta Siberia, y que ha servido de corredor eterno para los nómadas de Asia. Los escitas contuvieron la estepa durante varios siglos. Luego fueron vencidos, ellos también, por una nueva oleada.
Con su buen talante y modales recios, dentadura sana y disposición a la honestidad y a la indolencia, los primeros eslavos moraban en chozas de madera hundidas un metro en el suelo. Practicaban un credo forjado en tiempos de caza. Idolatraban la luz y el fuego, y rezaban para conjurar la fuerza de la naturaleza, representada por el oso y el fantasma del mamut. De sus dioses, Perún era el jefe, y desde el cielo impartía justicia. Cuando un rayo de Perún caía sobre un árbol, este se volvía sagrado en el acto. Svarog era el Sol, que mantenía girando el ciclo de la cosecha, y Volos cuidaba de los rebaños.
Azuzados, quizás, por la demografía o la promesa de aventura, los eslavos comenzaron a unirse a las expediciones nómadas que atravesaban Ucrania. Cada remesa de hunos, jázaros, ávaros u ostrogodos, abría camino a la suave expansión eslava. Su cultura sencilla penetró hasta el Elba, donde llenaron el vacío dejado por los pueblos germanos, que se habían derramado por el mundo latino. Los eslavos echaron raíces en Europa central y oriental; siglos después se escindirían, de nuevo, hacia el sur, hacia los Balcanes.
Mientras, los eslavos que se quedaron en su zona original, el norte de Ucrania, los eslavos orientales, chocaban unos con otros y ninguna tribu se imponía sobre las demás. La leyenda dice que, para buscar la paz, los eslavos orientales buscaron un cetro extranjero que los unificara, y lo encontraron en los varegos. En el siglo IX, este pueblo escandinavo bajó por el Dniéper hasta la actual Kyiv. Tres hermanos, capitaneados por el mayor, Rurik, consolidaron su poder sobre las tribus eslavas, fundaron ciudades y bautizaron la región con el nombre de su estirpe, Rus.
La dinastía ruríquida, que gobernó lo que hoy llamamos “Rus de Kyiv”, estuvo marcada por tres factores. El primer factor fue la guerra fraticida. Cuando moría el rey, su hijo mayor heredaba la jefatura en Kyiv; el resto, las otras ciudades importantes. Luego estallaba la guerra entre ellos y el hijo vencedor se imponía. El segundo factor era la estepa. Además de luchar para mantener unido su territorio, el rey tenía que protegerlo de los nómadas que seguían llegando del este. El tercer factor era Bizancio.
Las migraciones germánicas y una larga decadencia interna habían acabado con el Imperio romano de Occidente en el año 476. Pero la otra mitad, la mitad oriental, seguía firme en la intersección de Europa y Asia. Con sede en Constantinopla, el Imperio bizantino se extendía desde el Danubio a la costa norteafricana, Egipto y una buena porción de Oriente Medio. Sus habitantes hablaban griego y eran cristianos, y el monarca, el César, recordaba a una araña sagrada en el fondo de un laberinto. Una deidad que apenas se dejaba ver, rodeada por eunucos y aparatos mágicos, pasillos interminables y jardines donde se confundían el Cielo y la Tierra. Su poder residía en un palacio fortificado: una red en cuyos vericuetos florecía la conspiración. De ciento siete emperadores bizantinos, en mil años de historia, treinta y cuatro murieron de muerte natural y seis en la guerra. El resto, casi dos terceras partes, fueron asesinados.
Dado que solo esta mitad del imperio sobrevivió, Constantinopla defendía su papel de “Nueva Roma”. Se consideraba la única civilización del mundo. Una roca de saberes antiguos, comercio y músculo militar, rodeada por oscuridad y barbarie.
Conscientes de que estaban rodeados, al oeste, por los búlgaros, y en el Mediterráneo por los árabes sarracenos, los bizantinos decidieron absorber su flanco norte, los eslavos orientales. Sabían que el reino ruríquida estaba deshilachado por tribus y dioses paganos, y procedieron a civilizarlo. La primera misión evangelizadora se estableció en Crimea. Los monjes Cirilo y Metodio crearon un alfabeto basado en su griego natal, el alfabeto cirílico, en el que que tradujeron la Biblia al idioma eslavo. Una misión cristiana bizantina llegó a Kyiv en el año 860.
Un siglo después, el rey Volodimer de Rus abrazó el credo.
De Bizancio llegaban cada vez más misioneros, funcionarios y eruditos. Aparecieron iglesias y la sociedad fue asimilando los modos y costumbres griegos. Las multas reemplazaron al castigo corporal y los nobles de Rus comenzaron a vestir al modo lujoso del imperio, con sedas rojas y púrpuras sujetas con brocados brillantes. La primera arquitectura eslava oriental, los primeros textos, los iconos y la pintura nacieron como reflejo de la cultura bizantina.
La Rus de Kyiv alcanzó su apogeo con el rey Yaroslav, que embelleció la capital y mandó reunir las leyes en un primer código eslavo. Además del arte y el derecho, los bizantinos plantaron en Rus la semilla del mesianismo, una vocación universal de poder. Kyiv, apodada “Nueva Jerusalén”, “la Ciudad de la Gloria”, predicaba el advenimiento de una edad fabulosa. Yaroslav mandó glosar la historia de Rus en crónicas que producían los monasterios.
Pero fue un esplendor breve. A la muerte del rey, en 1054, estalló de nuevo la guerra entre los sucesores. El choque entre las ciudades las dejó desvalidas y otra invasión nómada arrasó el feudo. La Rus de Kyiv sucumbió a la pobreza y el caos. Por el trono pasaron dieciocho príncipes en una sola generación, y la siguiente incursión no pudo ser contenida.
Los mongoles, o “tártaros”, como quedarían grabados en la conciencia eslava, desolaron el reino dividido. Los guerreros del Gran Jan habían engullido Eurasia en solo treinta años. Sus jinetes cabalgaban trescientos kilómetros al día y al entablar combate parecían un banco de peces. Avanzaban y retrocedían a placer, lanzando nubes de flechas. Algunos pueblos eran asimilados y otros destruidos. Los mongoles asaban vivos a los rebeldes, masacraban a la población. La juntaban a las afueras de la ciudad y la descuartizaban. Sus orejas eran entregadas al general como prueba del castigo impuesto.
El ariete mongol rompió el reino eslavo oriental en 1240. Doblegaron ciudad por ciudad, y Kyiv, a la que ofrecieron rendirse, dice la leyenda, por la belleza de sus cúpulas, fue puesta bajo asedio. El tronar de los tambores nómadas, el sonido de sus cuernos y de sus miles de caballos era tal que los kyivitas no podían escucharse entre ellos. Las catapultas tardaron seis días en abrir una brecha. La capital fue ocupada; sus habitantes, diezmados. Kyiv se fragmentó en asentamientos empobrecidos. Parte de los supervivientes huyeron hacia las ciudades más lejanas del reino.
Hacia el oeste o hacia el norte, hacia la taiga.
Han pasado ochos siglos desde la caída de Kyiv y el profesor K entra en clase con lentitud. A veces tiene dificultades al afeitarse, o se olvida, y láminas de barba azul recogen las partículas de luz en su mentón. Estos días, los días malos, le cuesta encontrar palabras en inglés. Apoya los codos sobre la mesa, entrecierra los ojos, y frota suavemente los dedos como si fuesen las patas de un grillo. K está preocupado. El Gobierno de Yanukovych aún no ha liberado a la opositora, Yulia Tymoshenko, una de las condiciones más importantes que le ha puesto Bruselas para firmar el acuerdo. Su angustia se ha extendido por el departamento de estudios postsoviéticos de la universidad. El resto de profesores, algunos de origen ucraniano, lo comentan en clase y en los pasillos. No se habla de otra cosa. Las conferencias también han cambiado de tono. Hace unos días vinieron a hablar los embajadores de Ucrania y Lituania, que dirige las negociaciones en el lado europeo. Estaban entusiasmados, como antes de una cita, risueños y un poco nerviosos. El público también. Cuando el debate se volvía denso, alguien bromeaba y todo el mundo reía como un grupo de amigos.
Ya no. Los pesimistas, que nunca perdieron su gesto adusto, siempre en un rincón de la sala de conferencias, llegando tarde y marchándose antes de tiempo, han ganado peso. Uno de ellos, un profesor de lengua y cultura ucraniana, nunca tuvo ninguna duda. «¿Tú qué piensas?», le pregunté en octubre, cuando era obvio que Ucrania firmaría el acuerdo. «Es un farol», respondió. «Yanukovych usa las negociaciones con la Unión Europea para sacar más dinero a Rusia».
El proceso de negociación va mucho más allá de la geopolítica. Tiene un carácter simbólico, identitario, casi redentor. Ucrania elige entre Europa y Rusia. O, lo que es lo mismo, según la perspectiva nacionalista ucraniana, entre Occidente y algo más parecido al Oriente; entre la cultura de la libertad y la democracia, y una versión más rugosa, tendente a la sombra.
La Unión Europea lleva tiempo invirtiendo dinero en Ucrania mediante la Asociación Oriental, un foro creado en 2009 para mejorar las relaciones con los seis vecinos exsoviéticos. Solo en 2011 y 2012, Kyiv ha recibido 470 millones de euros para lubricar su gasto público. Si accede a efectuar reformas políticas y liberalizar parte de su economía, el acuerdo de asociación permitiría a Ucrania dar más salida a sus productos, ensanchar los canales financieros y acercarse a una lejana, potencial, entrada en la Unión. Los veintiocho países miembros ganarían mano de obra para sus fábricas y mayor seguridad energética, dado que podrían acceder al mercado de gas ucraniano; también limitarían la influencia rusa. Del otro lado, Moscú ofrece una Unión Aduanera menos consolidada y con socios más pobres, pero sin condiciones y basada en lazos económicos estables. Ucrania tiene un pie en cada orilla: exporta casi tanto a Rusia como a la Unión Europea. Mientras una sigue siendo el terreno tradicional, la opción que siempre ha estado ahí, la minería, el gas, los componentes militares, la otra, la Unión Europea, promete un futuro difuso de inversiones y nuevos mercados: la promesa de convertir a Ucrania en un país boyante y moderno. Esto ha enrarecido las relaciones entre Bruselas y Moscú, y ambas tratan de seducir a Ucrania como dos padres divorciados que buscan el favor de un hijo.
Las tensiones han ido creciendo. Moscú, para enseñar a Kyiv cuál sería el precio de darle la espalda, ha suspendido las importaciones de productos lácteos, chocolate y golosinas ucranianas, y ha endurecido los controles aduaneros. Tiene, también, la baza de los precios energéticos, presentes como una mano en la garganta. Si Ucrania se aleja, como ha ocurrido alguna vez, Rusia solo tiene que elevar el precio del gas o cerrar la espita en invierno.
El Gobierno de Ucrania tiene sus propios intereses, económicos y electorales. Con su coqueteo europeísta, el presidente Yanukovych, que ha sido tradicionalmente prorruso, intentaría desarmar a la oposición y ser reelegido en 2015. Parte de los opositores ven a Europa como un tren hacia la prosperidad y la madurez democrática; una oportunidad, también, para desarrollar su identidad ucraniana, lejos de Rusia. Según varias encuestas, la opinión pública de Ucrania favorece la opción europea en un 42% a nivel nacional, frente a un 37% en contra. El apoyo mayoritario se da en el centro y el oeste del país. La mayoría de los escépticos, por el contrario, están concentrados en el este: la región rusófona e industrial del Donbás. Yanukovych hace equilibrios, como si pudiera complacer a las dos partes: a los prorrusos y a los proeuropeos. El presidente habla de “política multivectorial”. Ni con unos ni con otros, sino un poco de cada cosa. Ha mencionado el concepto tantas veces que ya le apodan “Vector” Yanukovych.
Pero todas estas razones, la economía, la diplomacia, los cálculos electorales, solo son burbujas en la superficie de un caldo borboteante. Un guiso milenario de vínculos, afrentas, medias verdades, que de solo acercarse abrasa la piel y que es como dinamita bajo la mesa de negociaciones. Si uno quiere discernir el origen del problema, verá kilómetros de malentendidos, siglos de fronteras movedizas y un estatus, el de Ucrania, que varía según el interlocutor. Salvo en la actualidad y en un breve trienio a principios del siglo pasado, Ucrania nunca fue, sobre el papel, un país, sino una provincia o colonia de las potencias limítrofes. Un apéndice de Rusia, o de Polonia, o de Austria-Hungría, cuya personalidad constreñida se ha desarrollado siempre en medio de la fricción y la lucha.
Como el propio K, varios profesores de esta universidad son ucranianos, y su misión es definir la imagen de Ucrania en la mente de los estudiantes. Quitar, como quien limpia una moneda antigua, el barro de la ignorancia y de los estereotipos. Separar a Ucrania de esa postal fea de carcasa industrial que padece la ex-URSS. Es una misión ardua, ya que las ramas del árbol ruso tapan el paisaje. La voz de Ucrania, insisten, no es la voz de Rusia, donde los corresponsales extranjeros se impregnan del punto de vista ruso y lo proyectan al mundo. Porque Ucrania es otra cosa. Ucania es la poesía del Tarás Shevchenko, que de niño se perdía buscando en el monte las columnas que sostenían el cielo. Ucrania son los diez tomos de historia de Myjailo Hrushevsky y la mirada del documentalista Serhiy Bukovski. Es la épica de los cosacos y la tenacidad de Solomiya Krushelnytska, la soprano que salvó de la hoguera Madame Butterfly. La gente habla del ruso Tolstói, ¿y qué pasa con Iván Franko? En las escuelas de cine se estudia a Eisenstein, ¿por qué no la obra de Oleksander Dovzhenko?
El momento de firmar se aproxima. Con sus casi dos metros de estatura y sus cejas puntiagudas, el presidente Yanukovych lleva meses agitando la promesa europea frente a los ucranianos. La ansiedad crece dentro y fuera del país: la diáspora quiere ver el acuerdo firmado. Pero Yanukovych, de repente, aminora. Empieza a esquivar las preguntas y a dar largas sin motivo aparente. Los funcionarios europeos que viajan a Kyiv se topan con un muro de indiferencia, y se impacientan. No entienden por qué, después de tantas negociaciones y viajes y palabras, el líder ucraniano ha perdido el interés. Poco a poco emergen otros detalles. Resulta que Yanukovych se reunió en secreto con el presidente ruso, Vladímir Putin, el 9 de noviembre. Resulta que Rusia está aflojando la presión económica sobre Ucrania. No solo eso, también ofrece a Kyiv un préstamo de 15 000 millones de dólares en bonos y una rebaja del 25% en el precio del gas.
El optimismo se apaga en la universidad neoyorquina. Las ilusiones del profesor K, tan dicharachero hace dos semanas, se desinflan. Su mirada se embota y su discurso pierde agilidad. Es como si le hubieran dado un somnífero. Sus colegas y alumnos siguen consultando el oráculo: piden a K un diagnóstico tranquilizador. Quieren oír de sus labios que Yanukovych solo está jugando, que tal o cual vía de negociación oculta, nueva, de última hora, hará posible el acuerdo y situará a Ucrania donde debe de estar, en la gran familia europea. Pero K no puede, no quiere mentir, y un día reconoce:
«Es muy difícil que ocurra».
La invasión mongola fue el golpe definitivo a la Rus de Kyiv. El reino eslavo oriental, debilitado por generaciones de luchas intestinas, se quebró como quien pisa una placa de hielo. Varias grietas dividieron su territorio en tres bloques: tres partes que, desde entonces, pese a los roces, reuniones y solapamientos, pese a la historia en común y a los idiomas entroncados, se diferenciarían hasta formar las actuales Rusia, Bielorrusia y Ucrania.
Después de imponer su dominio en las ciudades, los mongoles se retiraron a mandar desde el Volga, dejando en Kyiv un gobierno ligero con dos pilares: el tributo y el orden. Si el tributo era concedido y había orden, la iglesia y los príncipes eslavos podrían seguir haciendo y deshaciendo a su antojo. La capital entró en decadencia y el poder se trasladó a las provincias: a Galicia-Volhinia en el oeste, y a Novgorod y Vladímir-Suzdal en el norte.
Si del este habían llegado los mongoles, en la frontera occidental surgieron otras dos potencias. Desde 1344, el Gran Ducado de Lituania y Polonia se extendieron sobre la mayor parte de Rus. Los lituanos se quedaron con lo que hoy sería Bielorrusia; los polacos, con la mayor parte de Ucrania.
A diferencia del nómada mongol, el noble polaco, el pan, no se limitó a recaudar impuestos. El pan dividió Rus en plantaciones e implantó en el campesinado un régimen de servidumbre. El pan se hizo con el mando político y militar, y dejó a las élites locales dos opciones: o hincar la rodilla ante el rey de Polonia, o perder su estatus. Muchos nobles de Rus, atraídos por el naciente fulgor polaco, aceptaron. Cambiaron sus apellidos, abrazaron la fe católica, se polonizaron, y permitieron que el pan llamara a su tierra “pequeña Polonia oriental”. Las torres góticas rivalizaban con las cúpulas bizantinas, y la cultura de Rus, perseguida, se replegó hacia el interior de las ciudades, o huyó hacia los territorios del norte.
En esta región fría, las ciudades norteñas de Rus, como Rostov, Novgorod, Yaroslavl o Vladímir-Suzdal, habían quedado separadas por un bosque denso, un invierno riguroso y un círculo de fortalezas tártaras.
Las condiciones del norte eran extremas. Sus habitantes moraban en cabañas de madera amenazadas por la chinche y el oso. El aislamiento, la pobreza del suelo y las heladas, que anulaban los ríos y quebrantaban las rocas, fomentaron una cultura hospitalaria, recia y vertical. Las imágenes de los santos conservaban en los hogares la herencia bizantina, su belleza intocable. Pintados sobre madera de pino y rodeados de velas, los iconos eran la autoridad suprema; protegían y encarnaban la alternativa divina al fracaso terrenal. La Iglesia del norte, abrigada en pequeños monasterios, cultivó la semilla del mesianismo e imaginó para su gente un futuro mejor.
En esta región, el dominio asiático se mantuvo.
Los tártaros, escasos de tropas, respetaban la religión y las costumbres locales: desarrollaron el sistema postal, el comercio, y legaron algunas de sus tradiciones a los conquistados, como la organización militar o el sistema impositivo. La subversión, sin embargo, era tratada con el martirio más laborioso. Los aristócratas rebeldes eran atados en una pila, por ejemplo, y encima se colocaba una larga mesa. Luego los tártaros se sentaban a comer y a beber hasta el último asfixiado. A veces les cosían los orificios corporales, o les retiraban la piel con un cuchillo especial. Una veta negra de terror, el “yugo tártaro”, se quedó grabada en el acervo de estos enclaves.
El ocupante delegaba algunas tareas y encargó la colecta del tributo a una pequeña localidad pantanosa llamada Moscú. El duque moscovita recaudaba el bukak de las otras ciudades y luego se lo entregaba al Jan. A cambio, la ciudad recibió un trato de favor: pudo desarrollarse en paz y se erigió como asilo para los nobles y comerciantes que venían de las otras partes de Rus. La antigua Iglesia de Kyiv, huyendo del dominio polaco, acabó mudándose a Moscú, reforzando así su prominencia.
Varias tradiciones confluyeron en esta nueva capital, como los arroyos tributarios de un río. El ambiente animista de Rus, la vocación mesiánica de Bizancio y el modelo vertical de los tártaros formarían una cultura nueva y distintiva. Una mezcla particular del este y el oeste.
Más que en ningún otro lugar de Europa, los poderes político y religioso de Moscú germinaron entrelazados. Los generales y los políticos se convertían en altos clérigos; los príncipes beneficiaban a la Iglesia y esta les cedía su vigor propagandístico, arropado en el fragor de las campanadas. El ducado moscovita acabó sumando ejército y clero, músculo y ritual, vida celestial y vida mundana, en un mismo cuerpo: un ente absoluto que reunía todas las herramientas del poder.
Cuando notó debilidad entre los mongoles, Moscú decidió probar su fuerza. En 1380, el príncipe Dimitry capitaneó a varias ciudades contra el ocupante. La rebelión, con aproximadamente la mitad de soldados que el enemigo, atacó primero. Los eslavos cruzaron el río Don antes de que los mongoles recibieran apoyo; sus armas chocaron en la llanura de Kulikovo. Los tártaros no pudieron maniobrar en este campo estrecho; fueron vencidos. La batalla de Kulikovo supuso el principio del fin. El yugo se disolvió un siglo después, y Moscú se vio libre para tender las primeras vigas del que sería un nuevo país.
El resto del mundo también se agitaba.
Los estados europeos emergían, unificados, del Medievo, y otros nómadas golpeaban a las puertas de Bizancio. Casi al mismo tiempo que los moscovitas se liberaban del cepo asiático, la grandiosa Constantinopla, la capital del cristianismo ortodoxo que había legado su credo y su civilización a los eslavos orientales, sucumbía al islam. El último faro romano, que había alumbrado mil años sin pestañear, se apagó. El asedio turco derribó en 1453 al Imperio bizantino.
Viendo la media luna brillar sobre Santa Sofía, Moscú se arrogó el título de potencia heredera. Su estrella había nacido al mismo tiempo que se extinguía la de Bizancio: se trataba de una señal. El fogonazo de un cambio de ciclo. La ciudad rusa, imbuida de mesianismo y agitada por los monjes nacionalistas, se autoproclamó “Tercera Roma”. Las dos primeras habían caído, dijo un clérigo, pero esta se mantendría en pie. El Gran Duque se casó con la hija del último emperador bizantino y adoptó su heráldica, el águila bicéfala, como símbolo del Estado. También imitó los mecanismos de poder: amuralló la autoridad política y religiosa en una fortaleza, o kreml’, y adoptó el título de tsar, o zar, la voz eslava del César.
Revestido con la pompa y los blasones bizantinos, el Ducado de Moscú nació con una misión similar a la de los españoles de entonces: defender el cristianismo frente a sus enemigos y reconquistar los territorios que estimaban suyos. El primer zar, Iván IV, descendía del mítico Rurik, fundador de la Rus de Kyiv, y consideraba su deber recuperar la ciudad madre.
El nombre del Estado que surgió en torno a Moscú resumiría estas dos inquietudes. Se llamaría como el reino perdido, Rus, pero con pronunciación bizantina: Rusia.
Más allá de las revoluciones y los cambios, lejos de las haciendas polacas y de las ambiciones rusas, había un territorio libre. Un mar de hierbas altas que peinaba el viento. La parte baja del Dniéper y el Don, el actual sureste de Ucrania, seguía siendo una zona de nadie.
Los caballos y los jabalíes corrían por este gran jardín, las marmotas nadaban en sus ríos, había bisontes y manadas de antílopes, y también algunos poblados campesinos. El colapso traumático de Rus había generado un goteo de labradores hacia la estepa. La represión polaca aumentó el número de escapados, y había otro factor: se trataba de una región fertilísima. El suelo era fecundo, esponjoso y negro. Si uno clavaba una pala, crecía un árbol, y los ríos tenían tantos peces que, al arrojar una pica al agua, esta quedaba de pie, apretada por la fauna.
Cada vez más, los asentamientos puntuaban la estepa. Vivían de su trabajo, vivían en libertad. Y empezaron a atraer depredadores.
Los tártaros habían acabado en la península de Crimea. Desde allí se dedicaban al comercio esclavista: cruzaban el estrecho, hacia la estepa, y volvían con filas de agricultores maniatados que luego vendían a los turcos.
Los campesinos se defendían, y en los márgenes de sus poblados, junto a las empalizadas, con la vista puesta en los nimbos de polvo que se formaban en el horizonte, fue germinando una sociedad guerrera; una casta de nómadas y mercenarios, de kozaki, o cosacos, “aventureros libres”. La estepa era un imán de rebeldes, siervos, bandidos y nobles renegados, y sus elementos más duros se unían a estos piratas de tierra firme.
Los cosacos vivían en lo efímero. Sus fronteras eran el cuadrado que formaban al aparcar sus carros, en cuyo interior debatían y tomaban horilka. Su credo era beber y pelear, sin distinguir a veces entre amigos y enemigos. Un alarido sonaba en la distancia, y unas figuras de botas rojas, montadas a pelo sobre sus caballos, aparecían blandiendo látigos y espadas curvas.
Estos aventureros de pantalones bombachos, bigote de herradura y jojol, ese mechón de pelo que brota de un cráneo lampiño, formaron parte de un movimiento con diferentes caras.
La conciencia original de Rus, desdibujada por las invasiones, volvió a despertar en el siglo XVI. Los restos de la religión ortodoxa y de las élites que ni se habían polonizado, ni habían emigrado a Moscú, se organizaron en hermandades. Crearon parroquias secretas, escuelas e imprentas para fomentar su cultura, y depositaron en los cosacos, fervientes ortodoxos, su defensa militar. La palabra Ucrania, evocadora de libertad y tierra, fue usada entonces. Los cosacos la adoptaron, le dieron un aire místico. Era su patria original: la porción de Rus que se había conservado. Una entidad libre, como ellos, frente a las presiones de los vecinos.
La antigua capital, Kyiv, se quitó el polvo de los ropajes; intelectuales y cosacos trabaron contacto. Los campesinos del latifundio, en las haciendas polacas, miraron hacia ellos, y entre todos formaron un embrión: la arcilla de un Estado que esperaba la llamarada, el fuego para amalgamarse.
Los cosacos, que defendían la frontera de Polonia a cambio de rango y territorios, se rebelaban una vez cada década, y en 1648 prendieron una guerra que se extendió a las ciudades y a los latifundios.
Varsovia atajó la insurrección y los cosacos se vieron al borde de la derrota. En un último recurso, pidieron ayuda a Moscú.
El zar Alexei les devolvió la atención, como quien mira una pera madura en la rama de un árbol. Los cosacos le habían abierto una puerta, una rendija por la que se veía el futuro: la opción de avanzar sobre la vieja Rus.
Y restablecer, según consideraba, su reino perdido.
La crispación y la parálisis ocupan el escenario. La misión europea ha visitado Ucrania veintisiete veces, sin resultado, y la irritación se dibuja en la cara de los negociadores.
El 21 de noviembre, un periodista ucraniano se da cuenta de que el presidente no va a firmar el acuerdo de asociación. Se llama Mustafá Nayem y ha pasado todo el día en el parlamento. No es un farol, piensa. No es una estratagema de Yanukovych para ganar tiempo. El acuerdo, simplemente, está muerto, y esa noche, a las ocho, Nayem convoca por Facebook una manifestación de protesta en la plaza principal de Kyiv, el Maidán. «Vamos, chicos, seamos serios», escribe. «Si de verdad queréis hacer algo, no os limitéis a pulsar ‘me gusta’ en este post».
Dos horas más tarde se juntan mil personas en el Maidán.
La manifestación ondea banderas europeas y ucranianas, y crece todos los días. Primero los kyivitas exigen al presidente que cumpla su palabra, que firme el acuerdo. Luego piden su dimisión. El 30 de noviembre, a las cuatro de la mañana, las autoridades cortan el servicio telefónico y las fuerzas especiales, el Berkut, dispersan a los manifestantes. Las cámaras graban a las legiones de negro persiguiendo a figuritas en la oscuridad, sus patadas, sus bastonazos. Treinta y cinco personas, la mayoría estudiantes, son heridas. La concurrencia se multiplica en las horas siguientes y el Ayuntamiento es asaltado.
Al otro lado del océano, pegados a internet y a las pantallas de sus teléfonos móviles, murmurando en los pasillos e intercambiando correos electrónicos de madrugada, el departamento de estudios postsoviéticos de la universidad neoyorquina sigue con fruición lo que ocurre en Kyiv. Incluso ahora, que las protestas se han tornado agresivas, los altos funcionarios europeos siguen volando a la capital ucraniana para arrancar algún gesto. Yanukovych, finalmente, alega que el precio del ajuste exigido, aún con préstamos del Fondo Monetario Internacional, es demasiado alto.
El 15 de diciembre, Bruselas rompe las negociaciones.
El Maidán cobra un tono azulado. Ha llegado el invierno, pero las protestas siguen ocupando el centro de Kyiv. La movilización ha crecido en número e intensidad. Se opone de plano al Gobierno de Yanukovych, a su propia existencia. Decenas de miles de personas denuncian la corrupción estructural, la dependencia de Rusia, la violencia contra los manifestantes y la detención de periodistas y líderes de la oposición. El Gobierno responde con la fuerza. En enero, el parlamento ucraniano vota a mano alzada, obviando los procedimientos legales, una serie de medidas que restringen la libertad de reunión, prohíben las donaciones extranjeras a las oenegés, blindan a los antidisturbios y facilitan la persecución legal de manifestantes y periodistas. Las “leyes de la dictadura”, como denuncia la oposición, inflaman los ánimos todavía más y el asalto a edificios públicos se multiplica en todo el oeste de Ucrania.
La textura de las manifestaciones también ha cambiado.
A los estudiantes envueltos en banderas amarillas y azules, con sus pancartas en inglés y su presencia en redes sociales, se unen grupos violentos de las provincias. Llevan la cabeza rapada, uniformes negros y brazaletes. Entre sus símbolos abundan el rojo y las formas gamadas. Se los puede ver desfilando a plena luz del día, dando entrenamiento a nuevos reclutas y desplegando campamentos verde olivo. Las milicias ultranacionalistas, que hasta entonces rumiaban en los márgenes de la política, ven su momento y lo capturan. Las avenidas que acceden al Maidán se erizan de barricadas hechas de neumáticos, el Berkut convoca autobuses llenos de efectivos y tanquetas blindadas, y la vieja capital de los eslavos orientales, cubierta de nieve, con los adoquines helados y el humo ensuciando el aire, se transforma en un campo de batalla.
El 22 de enero muere una decena de personas.
