Mariúpol, la última batalla - Argemino Barro - E-Book

Mariúpol, la última batalla E-Book

Argemino Barro

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Beschreibung

Crónica del asedio de Mariúpol a través de los testimonios de una veintena de supervivientes y combatientes, al más puro estilo Svetlana Aleksiévich, recabados en persona a lo largo de tres viajes a Ucrania en 2022 y en 2023. El libro, que empieza con la visita del autor a la ciudad poco antes de la invasión, relata los 86 días que duraron el cerco y la lucha urbana. Los testimonios se complementan con detalles de contexto y breves incursiones en la literatura de los asedios y de otros temas pertinentes. Un libro fascinante en el que se mezcla la geopolítica, la historia y las vivencias personales.

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Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Argemino Barro

Mariúpol, última batallaUna crónica de vida y resistencia

Página de legales

españa

siglo xxi editores

www.sigloxxieditores.com

travesía bellver, 2, 28039, madrid

argentina

siglo xxi editores

www.sigloxxieditores.com.ar

guatemala 4824, c1425bup, buenos aires

méxico

siglo xxi editores

www.sigloxxieditores.com.mx

cerro del agua 248, coyoacán, 04310, ciudad de méxico

© 2025, Argemino Barro

© 2025, Siglo XXI de España Editores, S.A.

Travesía Bellver, 2 - 28039 Madrid

Tel (34) 676 22 28 70

[email protected]

www.sigloxxieditores.com

Diseño interior: Sebastián Sánchez Yáñez

Diseño de cubierta: Estudio Pep Carrió

1ª edición en España: enero de 2025

ISBN: 978-84-323-2167-2

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Índice de contenido

Nota liminar

I. La ciudad

II. Los civiles

III. La nación

IV. El combate

Epílogo

Nota sobre las fuentes

Agradecimientos

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Portada

Portadilla

Legales

Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

A mi abuela Teresita, mi madre Teté y mi hija Tess.

Nota liminar

Todos los testimonios que se citan en este libro son reales y han sido recabados a lo largo de tres viajes a Ucrania. En el caso de Arseniy Fedosiuk, parte de sus declaraciones pertenecen a una entrevista que le hicieron publicada el 21 de julio de 2023 en el pódcast Urban Warfare Project, del Modern War Institute. Cuando quedé con él en Kyiv pocas semanas después, preferí dedicar el tiempo a aclarar algunos de los detalles que había compartido en dicho pódcast y a preguntarle por otras cuestiones.

Los nombres y apellidos de los entrevistados también son reales, menos en el caso, por motivos de seguridad, de Olga Mohylevska. Salvo los que están en ruso por la preferencia del testigo, y algunos que he españolizado para facilitar un poco la pronunciación, todos los nombres y apellidos están escritos a la manera oficial ucraniana

Los topónimos de Ucrania están en ucraniano por motivos de coherencia. Durante la cobertura de la fase bélica iniciada en 2022, distintos medios de comunicación españoles utilizaron Lviv, Lvov y hasta Leópolis para referirse a la misma ciudad. Con el tiempo, se han consolidado topónimos ucranianos como Mykoláiv y topónimos rusos como Járkov. El periódico La Vanguardia ha pasado a llamar a la capital por su nombre ucraniano, Kyiv, mientras que la mayoría de sus competidores siguen aferrados al nombre ruso, Kiev, reconocido por la Real Academia de la Lengua Española.

Dado este desconcierto y a riesgo de que se pueda interpretar una intencionalidad política, considero más congruente ceñirme por regla al ucraniano, en línea, además, con las peticiones de los sucesivos gobiernos de Ucrania y con un visible cambio global. El uso de Kyiv se ha consolidado en el mundo anglosajón y muchas instituciones españolas también lo han adoptado, entre ellas el Aeropuerto de Madrid-Barajas y el propio Gobierno de España.

Uno de los protagonistas de este libro es la unidad militar Azov, que ha tenido tres formas: batallón, regimiento y, desde 2023, brigada. Concretamente, la 12 Brigada Independiente de Asalto Azov, que es parte de la Guardia Nacional; la 3 Brigada de Asalto, que está con las Fuerzas Armadas, y el Destacamento Kraken, ligado al Directorio de Inteligencia.

A lo largo del libro aparecerá referenciada, simplemente, como Regimiento Azov o como Brigada Azov, dependiendo del momento en el que transcurran la acción o el análisis.

Los testimonios han sido ligeramente editados para potenciar la claridad.

I. La ciudad

En cierto modo ya estamos muertos, dice el subcomandante del ojo de cristal y el garfio de titanio. Su figura de dos metros se pasea por delante de la pizarra mientras abre y cierra un mechero Zippo dorado con la mano que le queda. Va vestido con un traje negro de tres piezas y lleva la barba cuadrada y señorial. Parece un magnate decimonónico, un zar de civil al que solo le falta una banda roja cruzándole el pecho y unas cuantas medallas. Este retrato viviente al óleo nos habla de la guerra, de su misión, de la misión de Ucrania.

El subcomandante nos da los detalles del asedio y comprendemos que tiene razón.

En cierto modo, es un hombre muerto.

1

El monumental centro de Kyiv, construido por prisioneros de guerra alemanes según las directrices estalinistas, irradia malos presagios. Aquí se han producido muchas tragedias, tragedias de verdad. Como si la ciudad estuviera atrapada en un ciclo maldito.

Salvo por los vendedores ambulantes de pulseritas con la bandera de Ucrania y los peatones que salieron a hacer algún recado, la plaza de la Independencia de esta noche de finales de enero de 2022 está vacía. Una fina capa de nieve cruje bajo los pies y el viento ulula sobre las vastas extensiones, como si estuviéramos en mitad de una estepa de hormigón, escuchando de fondo los tambores de un enemigo invisible.

Pero quizás la sensación que emana de esta plaza, conocida como Maidán, se explique por una dieta informativa grasienta, llena de alarmismo y otras calorías periodísticas.

Estados Unidos alerta de que Rusia prepara la invasión de Ucrania para el mes de febrero. Las tropas rusas se acumulan al norte, al este y en la península de Crimea. Por eso los periodistas hemos comenzado a llegar a Kyiv y, desde nuestros respectivos países, los editores nos preguntan a todos lo mismo: si hay miedo en las calles, sirenas, entrenamientos, listas de refugios antiaéreos pegadas en las paredes.

Algo sí, pero no mucho.

Lo cierto es que los ucranianos están bastante tranquilos. Mucho más tranquilos, de hecho, que en 2014, cuando la revolución del Maidán fue seguida por la anexión ilegal de Crimea y la guerra del Donbás.

Qué novedad hay, dice el presidente del país, Volodímir Zelenskyi, con relación a la creciente presencia de efectivos rusos en la frontera. ¿No ha sido esta la realidad durante ocho años?

La mayoría de los entrevistados piensa lo mismo. Que Rusia ya invadió Ucrania en 2014, que el conflicto del Donbás ha causado unos catorce mil muertos, que Occidente se dejó de interesar al cabo de unos meses y que todo este barullo mediático solo hará que las inversiones se detengan y la economía sufra gracias al farol militar de Vladímir Putin.

Hace dos semanas todo se congeló, dice el director de cine y televisión Tarás Tkachenko en la cafetería de un hotel mortecino. Íbamos a empezar el rodaje de una serie, pero se ha parado.

A Tarás le ha ido bien desde que nos conocimos en 2014: el año que marcó un antes y un después en todas las facetas de la vida en Ucrania. Incluida la del mercado audiovisual. Pese al coste económico de los primeros años, la interrupción de las relaciones comerciales y culturales con Rusia ha terminado beneficiando a personas como Tarás Tkachenko.

Antes de 2014, cuenta el director, no era ningún secreto que muchas series de televisión rusas se rodaban aquí. Nos las encargaban a nosotros, porque necesitaban muchas series y aquí les salía más barato. Me era difícil encontrar empleo en el mercado ucraniano, entonces me llamaba un productor y me decía: vamos a hacer una película para los rusos. Teníamos que grabar Kyiv como si fuera Moscú. La avenida Jreshchátik es parecida a la capital rusa. Un bosque de edificios estalinistas.

Solíamos grabar dos versiones de la serie: una para el mercado nacional y otra para el mercado ruso, continúa el director. Rodábamos una escena con matrículas ucranianas y otra con matrículas rusas. Dos versiones. Absolutamente la misma escena. Simplemente grabábamos dos tomas. Cambiábamos todo: banderas, matrículas, placas oficiales, coches de policía. Pero, en ambos casos, se rodaba en lengua rusa. Este tipo de proyectos fueron comunes durante diez o quince años. Si querías trabajar, tenías que hacer eso.

El desmoronamiento de las relaciones bilaterales dejó a muchos ucranianos sin trabajo. Los productores rusos ya no venían a rodar a Kyiv ni invitaban al talento ucraniano a establecerse en Rusia. El vacío resultante se llenó de dos formas. Por un lado, el Gobierno de Petró Poroshenko aprobó subvenciones para las películas que se rodasen enteramente en ucraniano. El presupuesto dedicado a estos menesteres ha alcanzado los treinta millones de euros anuales. Por otro, los creadores se vieron obligados a buscar clientela en los mercados de la Unión Europea y Estados Unidos. Tras unos años de escollos, el dinero occidental circuló con fluidez y películas como Klondike o Stop-Zemlia accedieron a nuevos mercados y ganaron premios internacionales.

Tarás Tkachenko dirigió dos temporadas de una serie coproducida por Estados Unidos y tiene previsto dirigir una tercera. Siempre y cuando los inversores, que han parado el proyecto por la amenaza bélica, desbloqueen la financiación. Mientras tanto, el director ve de refilón, sin interesarse demasiado, las noticias del despliegue ruso. Dice que la gente no quiere volver a verse atrapada en la congoja de 2014 y, por tanto, no lee mucho la prensa. Otras personas sí.

Mi madre ve mucho la tele y está comprando comida, combustible, cerillas, añade el director con ternura. Está retirando dinero. Me dice, pero qué haces, vete al banco y saca todo el dinero para tenerlo contigo.

Los miembros de la Asociación de Hispanistas de Ucrania tampoco entienden el súbito interés de los medios internacionales, especialmente las televisiones españolas. De un día para otro han empezado a recibir peticiones de entrevistas y contactos. Los productores que llaman desde Madrid, Santiago de Compostela o Zaragoza piden a los hispanistas que les den el teléfono de algún español residente en Ucrania. Y no de un español cualquiera, sino de un gallego, un catalán o un murciano. Dependiendo del medio autonómico.

El último mensaje que nos llegó es de una radio de Cataluña. Nosotros no podemos ayudar en esta búsqueda, me dice el presidente de la asociación, Oleksandr Pronkévich, decano de la Facultad de Filología de la Universidad Nacional Petró Mohyla en el Mar Negro. ¿Por qué solo buscáis a los españoles?, añade Olena Bratel, profesora de español en la Universidad Nacional Tarás Shevchenko, durante una videollamada múltiple. Esta situación no es nueva para nuestro país, por eso nos sorprende este interés. Nos preguntaron hoy por los canarios que viven aquí. A un canario no podemos localizarlo.

Mientras los periódicos europeos y norteamericanos dedican sus portadas a la intimidación rusa, es como si las percepciones de millones de ucranianos hubieran sido empaquetadas en una membrana mental de cuatro capas que los mantiene serenos a pesar del peligro.

Una de estas capas es la templanza.

Los ucranianos ya están vacunados contra las emociones que despierta la guerra. La violencia durante la revolución del Maidán, la anexión ilegal de Crimea y la guerra del Donbás han robustecido su sistema nervioso. No tienen miedo, porque ya lo tuvieron en 2014.

Luego estaría la capa del conformismo.

Todo el mundo conoce a algún veterano o caído en combate, pero para la gran mayoría de las personas esta guerra se ha librado fundamentalmente en las pantallas de las televisiones y de los teléfonos móviles. Ha sido un fenómeno lejano, mediatizado, confinado a las remotas provincias de Donetsk y Luhansk. La guerra se ha vivido con relativa normalidad y esa normalidad ha succionado las dimensiones dramáticas de la guerra, engendrando conformismo.

Finalmente, están las capas del orgullo y de la fatiga.

La mayoría de los ucranianos quiere mirar hacia delante, seguir remontando el vuelo. El país continúa padeciendo los problemas tradicionales y la ruptura con Rusia dejó huérfanas parte de las industrias del este, pero las cosas evolucionan. Las arcas públicas tienen las mayores reservas de divisas de la última década, los sectores tradicionales de la construcción y de la industria ceden espacio a los servicios tecnológicos, la ciberseguridad y los alimentos, y el país está más políticamente unido. La agresión rusa de 2014, además de escindir el 7 % del territorio ucraniano donde estaba la mayor concentración de votantes prorrusos, forzó a muchos rusófonos o nacidos en Rusia a romper el vínculo sentimental con el vecino y a definirse, exclusivamente, como ucranianos.

El resultado es que, entre 2012 y 2022, los partidos considerados prorrusos han pasado de controlar cerca de la mitad de los escaños del Parlamento a poco más de la décima parte, y distintas encuestas recogen que la percepción general de Rusia ha empeorado en toda Ucrania.

Una nueva generación de líderes jóvenes, que todavía eran colegiales cuando la URSS se vino abajo, reemplaza a los vetustos magnates postsoviéticos. El presidente Zelenskyi fue uno de estos colegiales y ganó las elecciones de 2019 con el triple de votos que su rival, el oligarca del sector del chocolate reconvertido en adalid de las posturas nacionalistas, Petró Poroshenko, en segunda vuelta. Un 73 % de las papeletas, sumadas a lo largo y ancho del país. El régimen abierto de visas de la Unión Europea y las inversiones de China, primer socio comercial de Ucrania, abren nuevos y prometedores caminos, que las fintas militares rusas quieren obstruir.

Los ucranianos se enorgullecen de haberse desprendido de la tutela rusa y experimentan fatiga cuando miran estas amenazas con olor a tiempos pretéritos, cuando sus asuntos eran gobernados o condicionados desde Moscú. Piensan que para disuadir a Rusia basta con ignorarla.

Confundido por el contraste entre el alarmismo de los medios extranjeros y el hastío de quienes se supone que deberían de estar más alterados, llamo por teléfono al especialista en defensa Konrad Muzyka, de la agencia polaca Rochan Consulting. Le transmito lo que escucho en Ucrania. Que nada de esto es nuevo, que Moscú siempre ha tenido tropas en la frontera y que si Putin realmente quisiera atacar no andaría sacando músculo con esos vídeos de blindados y tanques cruzando las llanuras.

La movilización de tropas rusas es increíblemente difícil de seguir, me contradice Muzyka. No me sorprende que haya vídeos y fotos en internet. Vivimos en 2022. Pero Rusia ha hecho que sea extremadamente difícil rastrear sus unidades, porque pintan todas las marcas tácticas de los vehículos, de manera que no sabemos qué unidades están incluidas en la movilización. Han bloqueado el acceso a las páginas web donde se podía consultar el movimiento de trenes. Los rusos también han estado poniendo parte de sus equipos en el bosque, así que, incluso si tienes acceso a un satélite Maxar, como tengo yo, no vas a ver a esas tropas, porque están bien camufladas.

El analista dice que nunca antes, desde la caída de la URSS, han tenido los rusos tantas tropas acumuladas junto a Ucrania. Pero lo más preocupante no es el número de efectivos, unos cien mil según distintas estimaciones de gobiernos y firmas privadas, sino su composición y despliegue.

Los rusos han mandado a Bielorrusia, cuya frontera sur colinda con Ucrania, entre el 60 % y el 70 % de las unidades del Distrito Militar Oriental, situado a unos seis mil kilómetros de distancia. Estas unidades han cruzado el continente euroasiático para ocupar sus posiciones actuales y lo han hecho en compañía de misiles Iskander, aviones de combate Su-35, vehículos de carga de lanzamisiles BM-27 Uragan, tanques, artillería, helicópteros y comandos de las fuerzas especiales.

Incluso si lo miras como un ejercicio, no tiene sentido, simplemente porque es demasiado costoso para Rusia desplegar tantas tropas y tantos equipos, dice Muzyka. Si te fijas en la regulación y la doctrina militar, son las fuerzas rusas del Distrito Militar Occidental, particularmente el Ejército de Tanques de la Primera Guardia, las encargadas de la defensa de Bielorrusia. Están a la vuelta de la esquina y son fáciles de desplegar. No las fuerzas del Distrito Oriental. No creo que estén siendo honestos.

Otras señales, como el establecimiento de líneas de comunicación y de puestos de comandancia de campo, apuntan a preparaciones bélicas. Las continuas advertencias de Estados Unidos parecen estar fundamentadas en la realidad.

Rusia está posicionándose para atacar Ucrania.

Aun así, estos hechos puntiagudos no consiguen traspasar la membrana de templanza, conformismo, orgullo y fatiga que envuelve una mayoría palpable de las mentes ucranianas, como si la guerra del Donbás hubiera llenado ya la cuota de dolor fijada para su país y no hubiese razones para sufrir otro castigo.

Es un pueblo que se aferra a la normalidad.

Incluso en las inmediaciones de la guerra.

2

Si los rusos atacan, una de las ciudades más vulnerables es Mariúpol, una población de medio millón de habitantes situada a veinte kilómetros del frente del Donbás, la región minera rusófona del este de Ucrania parcialmente ocupada por fuerzas rusas y prorrusas desde el verano de 2014.

Cualquier estratega militar ruso que planificara la invasión de Ucrania posaría el dedo índice sobre esta ciudad costera, Mariúpol, ya que le proporcionaría el control del 80 % del mar de Azov, le facilitaría la apertura de un corredor terrestre entre el sur de Rusia y la Crimea ocupada y le permitiría arrancar una dolorosa espina en el honor nacional: el hecho de que Mariúpol se resistiera a ser dominada en 2014.

Desde las batallas que se libraron aquellos días, el frente está a media hora en coche y el lejano golpeteo de la artillería se escucha a menudo en los márgenes orientales de la ciudad.

La mano muerta del imperio caído se nota más en Mariúpol que en otras ciudades de Ucrania. Por mucho que las leyes de la descomunización hayan obligado a derribar cientos de monumentos soviéticos y a rebautizar con nombres ucranianos un sinnúmero de calles, plazas y poblaciones, el revisionismo histórico poco puede hacer contra las formas de la arquitectura brutalista y los perfiles incomprensibles de las factorías que subyugan el horizonte desde los tiempos de Stalin.

Nada más llegar a la estación de tren de Mariúpol, me topo en la sala de espera con un mosaico titulado Metalúrgicos en el que los obreros del metal arrojan carbón a la llama del comunismo. El resto de la ciudad parece una emanación del mosaico: formas sobrias y amplias definidas claramente por una planificación centralizada.

Poco después circulo por las calles en una furgoneta que hace las veces de taxi, evadiendo los charcos de los socavones y los viandantes que se desplazan soñolientos como paquebotes en un mar semicongelado. Sus caras pálidas son como círculos de papel colocados en lo alto de un abrigo oscuro. El cielo invernal está cubierto de nubes graníticas y las avenidas transcurren entre bloques de pisos altaneros como cíclopes momificados.

Incluso los árboles parecen de cemento.

Dotada con el puerto más importante de Ucrania después del de Odesa, cinco estadios deportivos, dos universidades grandes, cuatro academias y numerosas escuelas técnicas que abastecen de mano de obra a sus variadas industrias pesadas, Mariúpol es un triángulo dividido en cuatro distritos rebautizados en 2016: el Distrito Central, donde se encuentran la mayoría de las instituciones y centros culturales; el paseable Distrito Marítimo; el Distrito de Kalmius, con el zoológico y el parque de atracciones, y el Distrito de Orilla Izquierda, una ciudad dormitorio suave y ajardinada.

Abrazando sus costas erizadas de grúas, el mar de Azov es un inmenso cuerpo de color verde brillante cuya ribera está acuchillada por estuarios y bancos de arena blanca. El abundante caudal de los ríos que desembocan en este mar, que es el más superficial del mundo, reduce su salinidad y fomenta la copiosidad de plancton, biomasa y una pesca variada. El origen de la palabra Azov es incierto, pero recuerda a la forma en que se dice «llanura aluvial» en la lengua de la tribu cumano-túrquica que en su día gobernó la región. Una palabra afilada que inspira los nombres de conglomerados locales y de la polémica unidad de la Guardia Nacional acuartelada aquí, el Regimiento Azov.

El principal músculo de Mariúpol son las acerías Ilich y Azovstal, que envuelven la ciudad por el norte y el sur como dos armazones alienígenas. El río Kalmius y la vía de tren que recorre su margen derecha parten Mariúpol en dos mitades.

Las laberínticas tripas de Azovstal, cuyas instalaciones ocupan cinco veces más espacio que Mónaco, producen casi cuatro millones de toneladas de acero al año. Suficiente para aportar una de cada tres láminas de la Unión Europea y todas las vías de tren de Ucrania, además de componentes para barcos, tuberías y gasoductos destinados a una cincuentena de países. El barrio lujoso de Hudson Yards, en Manhattan, o el rascacielos más alto de Reino Unido, conocido como La Esquirla, o el Puente de San Giorgio, en Génova, contienen en sus estructuras el acero de Azovstal.

El complejo de Ilich es más grande todavía, y más antiguo. Lo fundaron empresarios norteamericanos a finales del siglo xix y es la única planta ucraniana que fabrica acero galvanizado. Su nombre, Ilich, procede del patronímico del líder bolchevique Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin. Cuando las leyes de la descomunización ordenaron que se borraran este tipo de homenajes soviéticos, los dueños de Ilich rebautizaron la planta. La volvieron a llamar Ilich. Esta vez en memoria de un científico metalúrgico, Zot Ilich Nekrásov, que también tenía ese patronímico.

La frondosa actividad de estos complejos se nota en la economía y en las gargantas de los mariupolenses. Aunque las emisiones contaminantes han bajado en la última década, algunos días el aire de Mariúpol es una niebla corrompida que deja un regusto metálico en la boca, provoca un hormigueo en el pecho y brilla por las noches como si la ciudad viviera un atardecer espeso de tonos mostaza. Sus habitantes están tan acostumbrados a respirar partículas de formaldehído, zinc y polvo de hierro, que cuando salen de Mariúpol se marean y padecen dolores de cabeza. Es como dejar de fumar, dice una voluntaria norteamericana. Es la enfermedad que abandona el cuerpo.

Ilich y Azovstal pertenecen a Metinvest, subsidiaria de SCM y propiedad de Vadym Novinskyi y Rinat Ajmétov, el oligarca más importante de Ucrania. El poder de Ajmétov, que empezó su andadura en la ciudad de Donetsk, es a la vez extenso y profundo, como si fuera parte de la naturaleza, de la corteza terrestre. Además de poseer las empresas que más gente emplean de la ciudad, Ajmétov domina los principales medios de comunicación y tiene en el bolsillo a la casta política. Entre las plantas acereras y las instituciones no hay una puerta giratoria, sino una fina cortina de gasa que los próceres atraviesan en ambas direcciones.

El alcalde de Mariúpol, Vadym Bóichenko, hizo toda su carrera en Azovstal, donde fue ingeniero de locomoción y subdirector del departamento de transportes. Luego desempeñó varios cargos gerentes en Metinvest. Su elección en 2015 es generalmente interpretada como un trato: Ajmétov financió la campaña de Bóichenko a cambio de que este, una vez en la alcaldía, hiciera la vista gorda ante la contaminación de las plantas metalúrgicas. Con Bóichenko al cargo, Ajmétov registró sus activos en Mariúpol, dotando a la ciudad de mayores ingresos fiscales.

Aunque las fachadas oscurecidas, las montañas de residuos y las docenas de chimeneas altas sigan retratando Mariúpol, la ciudad se resiste a acabar siendo una de esas postales industriales postsoviéticas que recuerdan, con su romántica podredumbre, la transitoriedad histórica.

Mariúpol ha cambiado mucho, dice Kiril Vishniákov, representante del partido opositor Poder del Pueblo y asesor de uno de los miembros del Consejo Municipal. Hace unos años nadie quería estar en Mariúpol. Los jóvenes se querían ir. Por la contaminación, porque teníamos una ciudad gris, sin nada que hacer. Hoy está mucho mejor. Mucha gente joven quiere quedarse aquí.

La razón de esta mejoría, además de los impuestos que paga Metinvest, es la descentralización fiscal aprobada por el Gobierno de Petró Poroshenko, que contribuyó a elevar los ingresos anuales una vez y media en las provincias de Ucrania. El plan de construcción y modernización de la red de carreteras del presidente Volodímir Zelenskyi aportó más dinero a las infraestructuras de Mariúpol. La alcaldía ha aprovechado estos vientos de cola para atraer negocios, reformar sus cuentas y conseguir que Naciones Unidas y el Banco de Inversión Europeo financien programas sociales.

Ahora las avenidas principales están iluminadas, las fuentes públicas funcionan y aparecen las consabidas cafeterías donde el flat white y el chai latte figuran en el menú. Incluso el cauteloso McDonald’s quiere reabrir sus puertas.

Además de dinero, hay voluntad política.

Mariúpol está cerca del frente, lo que significa que, para muchos de los ucranianos que salen de las autoproclamadas repúblicas títere de Donetsk y Luhansk, Mariúpol es la primera imagen de la Ucrania libre con la que se topan. Y el Gobierno quiere que esta imagen sea lo más deslumbrante posible.

Mucha gente ha visto que con Ucrania tenemos nuevos edificios, nuevas escuelas, guarderías y hospitales, añade Kiril Vishniákov en su despacho de la avenida de la Paz, anteriormente llamada avenida Lenin. Hay que mostrar a la gente que en Donetsk todo es un desastre. No en Mariúpol.

El cariño oficialista a Mariúpol responde también a la necesidad de rebajar el sentimiento prorruso que anida tradicionalmente en la ciudad. Nadie sabe cuáles son las proporciones exactas, ni las tonalidades, de lo que piensa la población local sobre el patriotismo ucraniano. Varias personas consultadas dicen que la mayoría de los mariupolenses siguen siendo prorrusos en alguna medida: desde aquellos que desearían una relación amigable con Rusia hasta quienes directamente piensan que Mariúpol es Rusia. Otros dicen que esta proporción se ha invertido y que ahora la mayoría es claramente proucraniana, incluso las autoridades, como indica la proliferación de banderas azules y amarillas en el espacio público.

En 2014 había mucha gente en Mariúpol con mentalidad prorrusa, explica Petró Andriúshchenko, uno de los principales asesores del alcalde. Tiene mucho que ver con la propaganda. Tuvimos muchos problemas al respecto. Ahora lo que intentamos hacer es cambiar nuestra ciudad. La población ve la diferencia que hay con Donetsk. Tenemos mejores salarios y mejores infraestructuras. Las encuestas indican que el sentimiento prorruso no es tan alto como antes.

Kiril Vishniákov estima que hay un 20 % de proucranianos y un 20 % de prorrusos. En medio estaría lo que Lenin llamó bolota: pantano. Una masa de personas estólidas para las que el sistema político o los colores de una bandera no significan nada.

Los mariupolenses dicen estar contentos con el discreto renacimiento urbano, visible en el parque de la Cultura con su cascada y sus setenta mil flores, en la Feria del Libro y el programa del Teatro Dramático Regional, conocido como el Dram; en las startupstecnológicas, la escena sentimental y las exposiciones artísticas.

Quiero captar el ánimo de la naturaleza, dice Borís Dovganiuk, y el árbol seco y torcido de una de sus pinturas recuerda a un sabio reflexionando.