Una mente curiosa - BRIAN GRAZER - E-Book

Una mente curiosa E-Book

BRIAN GRAZER

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Beschreibung

Una mente curiosa es una ventana abierta a la extraordinaria, incansable e incesante imaginación de Brian Grazer, quien nos explica de forma cautivadora que el simple hecho de hacer preguntas y escuchar atentamente las respuestas puede cambiarnos la vida. Durante años, el productor de cine y televisión Brian Grazer ha ido manteniendo una serie de conversaciones unas informales y otras no tanto con científicos, espías, aventureros, actores, magos de las finanzas, creativos, etc., que le han inspirado en muchas de sus películas y series de televisión, como Una mente maravillosa, Apolo 13, Splash, 8 millas y muchos otros títulos. Se trata, además de un entretenimiento fascinante y brillante, de un homenaje extraordinario al poder de la curiosidad y a la manera en que ésta puede mejorarnos como personas.

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Seitenzahl: 359

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Brian GrazerCharles Fishman

Una mente curiosa

El secreto para una vida más completa

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Colección Psicología

Una mente curiosa

Brian GrazerCharles Fishman

1.ª edición en versión digital: marzo de 2017

Título original: A Curious Mind

Traducción: Joana Delgado

Corrección: Sara Moreno

Maquetación: Compaginem S. L.

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

© 2015, Brian Grazer

Publicado por acuerdo con el editor original, Simon & Schuster Inc.

(Reservados todos los derechos)

© 2017, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-229-7

Maquetación ebook: [email protected]

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para mi abuela Sonia Shwartz.

Desde que era un crío, mi abuela se tomaba muy en serio

cada pregunta que yo hacía. Me enseñó a considerarme

a mí mismo como una persona curiosa, un regalo que me

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Introducción. Una mente curiosa y un libro curioso

Capítulo uno. La curiosidad no tiene cura

Capítulo dos. El jefe de Policía, el magnate del cine y el padre de la bomba H: pensar como piensa otra gente

Capítulo tres. La curiosidad en la historia

Capítulo cuatro. La curiosidad, el poder de un superhéroe

Capítulo cinco. Cada conversación es una conversación curiosa

Capítulo seis. El buen gusto y el poder de la anticuriosidad

Capítulo siete. La Edad de Oro de la curiosidad

Conversaciones curiosas de Brian Grazer: Selección

Conversaciones sobre la curiosidad de Brian Grazer: un listado

Apéndice

Agradecimientos

INTRODUCCIÓN

Una mente curiosa

y un libro curioso

No tengo ningún talento especial. Tan sólo soy apasionadamente curioso.

Albert Einstein1

Parece una buena idea empezar un libro sobre la curiosidad con una pregunta obvia:

¿Qué hace un tipo como yo escribiendo un libro sobre la curiosidad?

Soy productor de cine y televisión. Vivo inmerso en el epicentro del mundo del espectáculo más densamente poblado del mundo: Hollywood. Cualquier imagen que tengas de un típico productor hollywoodense, yo la cumplo a buen seguro. Con frecuencia tenemos en producción diez o más películas y programas de televisión, y el trabajo consiste en reunirse con actores, escritores, directores, músicos. Las llamadas de teléfono de agentes, productores, jefes de estudio y estrellas del espectáculo empiezan bastante antes de que llegue a mi despacho, y con frecuencia me siguen en el coche hasta casa. Corro a los estudios de rodaje, controlo los remolques y voy a los estrenos con alfombra roja.

Mis días son frenéticos, sobrecargados de trabajo, a veces frustrantes, pero por lo general son muy divertidos, nunca me aburren.

Pero no soy un periodista, ni un catedrático. Tampoco soy un científico. No llego a casa por la noche y me pongo a investigar temas de psicología en plan pasatiempo secreto.

Soy un productor hollywoodense.

Así pues, ¿qué hago escribiendo un libro sobre la curiosidad?

Pues sin curiosidad nada de eso habría ocurrido. Más que la inteligencia, la perseverancia o los contactos, la curiosidad ha sido lo que me ha permitido vivir la vida que deseaba vivir.

La curiosidad me da la energía y la percepción para hacer todo lo que hago. Me encanta el mundo del espectáculo y me encanta contar historias, pero mucho antes de que me gustara el mundo del cine ya me gustaba ser curioso.

Para mí, la curiosidad infunde a todo un sentido de verosimilitud. En la curiosidad está, de manera literal, la clave de mi éxito, y también la clave de mi felicidad.

Y, aun así, a pesar de la gran importancia que ha tenido en mi vida, cuando miro a mi alrededor no veo que la gente hable de ella, escriba sobre ella, la fomente ni la utilice tanto como podría hacerlo.

La curiosidad ha sido la cualidad más valiosa, la fuente más importante, el motor de mi vida. Considero que la curiosidad debería ser una parte muy importante de nuestra cultura, de nuestro sistema educativo, de nuestros lugares de trabajo, como lo son conceptos como «creación» e «innovación».

Por eso decidí escribir un libro acerca de la curiosidad. Ella mejoró mi vida (y lo sigue haciendo), y también puede mejorar la tuya.

Me llaman productor –yo mismo me llamo así–, pero lo que soy en realidad es un narrador de historias. Hace un par de años, empecé a pensar en la curiosidad como en un valor que deseaba compartir, una cualidad que deseaba inspirar en los demás. Y pensé que lo que realmente me gustaría es sentarme a contar unas cuantas cosas sobre lo que la curiosidad ha significado para mí.

Me gustaría contar historias acerca de cómo la curiosidad me ha ayudado a hacer películas. Me gustaría contar historias acerca de cómo la curiosidad me ha ayudado a ser mejor jefe, mejor amigo, mejor hombre de negocios, mejor anfitrión.

Me gustaría contar historias a cerca de la pura dicha que ofrece la curiosidad ilimitada. Ése es el tipo de dicha que tenemos cuando somos niños y aprendemos cosas simplemente porque somos curiosos. De adultos, podemos seguir haciéndolo, y seguirá siendo divertido.

La manera más eficaz de trasmitir esas historias, de ilustrar el poder y la versatilidad de la curiosidad, es escribirlas.

Y eso es lo que tienes ahora entre las manos. Formé equipo con el periodista y escritor Charles Fishman, y durante dieciocho meses mantuvimos dos o tres veces conversaciones por semana, fueron más de cien charlas, todas ellas sobre la curiosidad.

Sé muy bien lo importante que ha sido la curiosidad en mi vida. Como verás en los siguientes capítulos, hace tiempo descubrí cómo utilizar metódicamente la curiosidad para contar historias, hacer buenas películas, aprender de otros sitios del mundo muy alejados de Hollywood. Una de las cosas que he hecho durante treinta y cinco años ha sido sentarme y conversar con gente ajena al mundo del espectáculo: «conversaciones animadas por la curiosidad» con personas inmersas en todo tipo de cosas, desde la física de partículas a las etiquetas sociales.

Pero nunca convertí mi curiosidad en tema de curiosidad, de modo que me he pasado los dos últimos dos años pensando en ella, preguntando sobre ella, tratando de comprender cómo funciona.

En el transcurso de esa exploración y análisis, durante el proceso de esquematización y disección de su anatomía, descubrimos algo interesante y sorprendente a la vez. Existe un espectro de la curiosidad como existe el espectro de la luz. La curiosidad se presenta en diferentes matices e intensidades en diferentes finalidades.

La técnica es la misma: hacer preguntas, independientemente del tema, la misión, la motivación y el tono varía. La curiosidad de un detective intentando resolver un asesinato es muy diferente de la de un arquitecto tratando de conseguir la planta adecuada para una casa familiar.

El resultado es, ciertamente, un libro un tanto inusual. Está narrado en primera persona, en la voz de Brian Grazer, porque la trama central se basa en mi vida y en mi trabajo.

De modo que en parte el libro es un retrato mío, aunque de hecho es más bien un retrato de la curiosidad en sí.

La curiosidad me ha llevado a una vida de viajes. Y hacer preguntas acerca de la curiosidad en sí durante estos dos últimos años ha sido uno de los más fascinantes.

Y ésta es una de las cosas que sé sobre la curiosidad: es democrática. Puede utilizarla todo el mundo, en cualquier lugar, a cualquier edad y con cualquier nivel de cultura.

Un recordatorio del poder silencioso de la curiosidad lo tenemos en que aún quedan países en el mundo en los que hay que tener mucho cuidado a la hora de dirigir la curiosidad hacia alguien. Ser curioso en Rusia ha resultado fatal, serlo en China puede llevarte a la cárcel.

Pero aunque tu curiosidad se vea reprimida, nunca la pierdes. Siempre está en funcionamiento, esperando ser desatada.

El objetivo de Una mente curiosa es muy simple: quiero mostrarte lo valiosa que puede ser la curiosidad, y recordarte asimismo lo divertida que es. Quiero mostrarte cómo la uso yo y cómo puedes usarla tú.

La vida no consiste en encontrar las respuestas, sino en hacerse preguntas.

1 Carta de Albert Einstein a su biógrafo Carl Seeling, 11 de marzo de 1952, citada en Alice Calaprice, ed. The Expanded Quotable Einstein. Princenton, Nueva Jersey: Princenton University Press, 2000.

CAPÍTULO UNO

La curiosidad no tiene cura

La cura del aburrimiento es la curiosidad. La curiosidad no tiene cura.

Dorothy Parker1

Un jueves por la tarde, el verano siguiente a mi graduación en la USC (Universidad de Carolina del Sur), estaba sentado en mi apartamento de Santa Mónica con las ventanas abiertas pensando cómo podría conseguir algo de trabajo antes de empezar a estudiar Derecho en la USC en otoño.

De repente, desde los ventanales, vi a dos chicos hablando. Uno decía:

«¡Madre mía!, yo, en Warner Brothers, tenía el trabajo más fácil del mundo, me pagaban ocho horas diarias y por lo general sólo trabajaba una hora al día».

Aquel chico me llamó la atención. Abrí un poco más la ventana para no perderme el resto de la conversación y corrí las cortinas con cuidado. El muchacho siguió explicando que había estado trabajando de asistente legal. «Hoy ha sido mi último día de trabajo. Mi jefe se llamaba Peter Knecht».

Me quedé estupefacto. Aquel trabajo parecía perfecto para mí, me fui derecho al teléfono, marqué el 411,2 y pedí el número de centralita de Warner Brothers, aún lo recuerdo, el 954-6000.3

Llamé y pregunté por Peter Knecht. Me respondió una empleada de su oficina y le dije: «En otoño empiezo a estudiar Derecho en la USC, me gustaría citarme con el señor Knecht para hablar del puesto de asistente que ha quedado libre».

El señor Knecht se puso al teléfono y me dijo: «¿Puedes venir mañana a las tres de la tarde?». Nos vimos el viernes a las 3 y a las 3,15 ya me había contratado. El lunes empecé a trabajar en Warner Brothers.

En aquel momento no me di cuenta, pero aquel día de verano de 1974 me acababan de suceder dos cosas extraordinarias. En primer lugar, mi vida acababa de cambiar para siempre. Cuando aquel lunes me presenté a trabajar me dieron un despacho sin ventanas del tamaño de un armario ropero. En aquel momento, empecé el trabajo de mi vida. Desde aquella diminuta oficina me uní al mundo del espectáculo, nunca trabajé en ninguna otra cosa.

Me di cuenta de que aquel jueves por la tarde la curiosidad me había salvado del apuro. Soy curioso desde siempre, cuando era niño acribillaba a mi madre y a mi abuela con preguntas, y algunas me las contestaban, pero otras no.

Ya de chiquillo, la curiosidad formaba parte de la manera en que me enfrentaba al mundo a diario. Mi tipo de curiosidad no ha cambiado demasiado desde entonces, cuando escuchaba a escondidas a los chicos del bloque donde vivía. De hecho, no ha cambiado desde que era un inquieto muchacho de doce años.

La curiosidad que yo tengo consiste en ir a veces con los ojos bien abiertos, y a veces en ser un poco travieso. Muchas de las mejores cosas que me han pasado en la vida se deben a la curiosidad. Y otras veces la curiosidad me ha ocasionado problemas.

Pero aunque a veces me haya ocasionado problemas, han sido unos problemas interesantes.

La curiosidad nunca me ha decepcionado. Nunca me he arrepentido de hacer la siguiente pregunta, por el contrario, la curiosidad me ha abierto muchas veces de par en par las puertas de la oportunidad. He conocido a gente sorprendente, he hecho grandes películas, grandes amigos, he tenido unas aventuras totalmente inesperadas, e incluso me he enamorado, pues hacer preguntas no me da la menor vergüenza.

Aquel primer trabajo en los estudios de la compañía Warner Bros., era exactamente como el diminuto despacho que ocupaba: limitado y descorazonador. Mi cometido era sencillo: tenía que entregar los documentos y el contrato definitivo a las personas con las que Warner Bros., estaba negociando. Eso era todo. Me daban unos sobres con los documentos y las direcciones donde debía ir y salía para allá.

Me llamaban «el asistente legal», pero en realidad era un recadero. En esa época yo tenía un viejo BMW 2002, uno de aquellos sedanes de dos puertas que parecía estar echado hacia delante. Era un coche de color vino tinto, y me pasaba el día conduciéndolo por todo Hollywood y Beverly Hills, entregando montones de papeles importantes.

Enseguida vi lo único realmente interesante de aquel trabajo: la gente a la que entregaba los papeles. Esas personas eran la élite, la gente más poderosa y glamurosa del Hollywood de los años setenta, escritores, directores, productores, artistas. Sólo había un problema: la gente así siempre tiene asistentes o secretarias, porteros o amas de llaves.

Si tenía que hacer ese trabajo no podía perderme la parte más interesante de él. Yo no quería conocer a las amas de llaves, yo quería conocer a la gente importante. Me despertaban curiosidad.

Así que inicié una táctica. Al presentarme decía al intermediario, al secretario, al portero o a quien fuera, que para que la entrega fuera «válida» tenía que entregar los documentos directamente a la persona a la que iban dirigidos.

Iba a la ICM, la mayor agencia de artistas, a entregar contratos a Sue Mergers,4 la mayor agente de los años setenta, que representaba a Barbara Streisand y Ryan O’Neal, Candice Bergen y Cher, Burt Reynolds y Ali MacGraw. ¿Qué cómo hacía para reunirme con Mengers? Pues le decía a la recepcionista: «El único modo de que la señora Mengers reciba esto es que yo se lo entregue personalmente». Entonces me hacía pasar sin preguntarme nada más.

Si la persona a la que iban dirigidos los documentos no estaba allí, simplemente me daba media vuelta y me iba. El muchacho que sin saberlo me había pasado aquel trabajo tenía razón: me pasaba allí el día, pero no trabajaba demasiado.

Así fue como conocía a Lew Wasserman, el jefazo tipo duro de los estudios MCA, y a su socio, Jules Stein.

Así conocía William Peter Blatty, el guionista de El exorcista, y también a Billy Friedkin, el director y ganador del Óscar de la película.

Entregué contratos en mano a Warren Beatty en el Hotel Beverly Wilshire.

Yo sólo tenía veintitrés años, pero era curioso. Y enseguida aprendí que no sólo podía conocer a toda aquella gente, sino que además podía sentarme a hablar con ella.

Les entregaba los documentos con amabilidad y deferencia, y como era la época de los setenta, siempre me decían: «¡Pasa, toma una copa! ¡Venga, tómate un café!».

Aprovechaba esos momentos para saber un poco de ellos, a veces para que me dieran algún consejo profesional. Nunca les pedía trabajo. Nunca les pedía nada, en realidad.

Enseguida me di cuenta de que el mundo del espectáculo era mucho más interesante que la Facultad de Derecho; de modo que lo dejé, hubiera sido un abogado malísimo, y me quedé en aquel trabajo todo un año, hasta el verano siguiente.

Fíjate qué curioso: durante todo aquel año, nadie destapó mi engaño, nadie me dijo: «Oye, muchacho, deja el contrato en la mesa y vete de aquí. No tienes por qué ver a Warren Beatty».

Conocí a todas las personas a las que entregué documentos.

Del mismo modo en que la curiosidad me había dado aquel trabajo, también hizo del trabajo en sí algo maravilloso.

Los hombres y las mujeres a los que entregué sus contratos cambiaron mi vida. Me mostraron una manera de contar historias que no conocía, y empecé a pensar que yo llevaba un narrador en el corazón. Me proporcionaron la plataforma para producir películas como Splash, Apolo 13, American Gangster, Luces de viernes noche yUna mente maravillosa.

En aquel año como ayudante legal sucedió algo igualmente importante. Fue el año en que empecé a apreciar activamente el auténtico poder de la curiosidad.

Si creciste en la década de los cincuenta o los sesenta, sabrás que en esa época ser curioso no estaba considerado exactamente una virtud. En las clases obedientes y ordenadas de la era Eisenhower era más bien algo irritante. Yo era curioso, claro, pero era algo así como usar gafas. La gente se daba cuenta, pero no me ayudaba a que me eligieran para formar parte de un equipo de cualquier deporte, y tampoco me ayudaba con las chicas.

Aquel primer año en Warner Bros., me di cuenta de que la curiosidad era algo más que una simple cualidad de mi personalidad. Era mi arma secreta. Era buena para ser elegido en un equipo –resultó ser buena para llegar a ser capitán de equipo– y también para las chicas.

La curiosidad parece muy sencilla. Inocente, incluso.

Los labradores retrivier son encantadoramente curiosos. Las marsopas son alegre y maliciosamente curiosas. Un crío de dos años en medio de los armarios de la cocina es extraordinariamente curioso –y feliz por el valor añadido del ruidoso entretenimiento de su curiosidad–. Cualquier persona que teclee algo en Google y presione luego «entrar» siente curiosidadpor algo, y eso sucede 4 millones de veces por minuto, cada minuto del día.5

Pero la curiosidad tiene un poder entre bastidores que la mayoría de nosotros pasa por alto.

La curiosidad es la chispa que enciende, por ejemplo, un flirteo en un bar, en una fiesta, en el aula magna de la Facultad de Económicas. Y la curiosidad finalmente nutre el romance, y todas nuestras mejores relaciones humanas: uniones de pareja, amistades, vínculo entre padres e hijos. La curiosidad que lleva a hacer una simple pregunta: «¿Qué tal te ha ido el día?», «¿Cómo estás?», a escuchar la respuesta y a realizar la siguiente pregunta.

La curiosidad puede parecer a la vez urgente y trivial. ¿Quién mató a JR? ¿Cómo acaba Breaking Bad? ¿Cuáles son los números ganadores del bote del sorteo Powerball más grande de la historia? Estas preguntas encierran una especie de necesidad compulsiva que dura hasta el momento en que obtenemos la respuesta. Una vez satisfecha la curiosidad, la pregunta cae por su propio peso. Dallas es el ejemplo perfecto: ¿quién mató a JR? Si vivías en la época de los ochenta, conocías esa pregunta, pero es posible que ahora ya no te acuerdes de la respuesta.6

Hay muchísimos casos en los que la urgencia resulta justificada, por supuesto, y satisfacer la curiosidad inicial no hace otra cosa que desatar más curiosidad. El esfuerzo por descodificar el genoma humano dio lugar a una carrera de intereses entre dos equipos de científicos, y una vez desvelado el genoma el resultado abrió miles de vías a la curiosidad de médicos y científicos.

La cualidad de numerosas experiencias ordinarias gira con frecuencia en torno a la curiosidad. Si te compras un televisor nuevo, finalmente el tipo de aparato que lleves a casa dependerá mucho de la curiosidad del vendedor: que sea lo bastante curioso para conocer bien los televisores, lo bastante curioso por saber tus propias necesidades y tus preferencias televisivas para finalmente ofrecerte el televisor que necesitas.

Ése es un ejemplo perfecto acerca de cómo la curiosidad aparece camuflada. En ese tipo de encuentros etiquetamos al vendedor de «bueno» o «malo». Un mal vendedor intentaría como fuera vendernos algo que no deseamos ni entendemos, o simplemente nos mostraría los televisores que tiene en venta repitiendo como un loro la lista de características de cada aparato. Pero el ingrediente clave en cualquier caso es la curiosidad, sobre el cliente y sobre el producto.

La curiosidad se esconde casi en cualquier cosa en la que te fijes: su presencia o su ausencia resulta ser el ingrediente mágico en una gran variedad y en lugares sorprendentes. Clave para descubrir los misterios genéticos de la humanidad: la curiosidad. Clave para contar con un buen servicio al cliente: la curiosidad.

Si estás en una aburrida cena de negocios, la curiosidad puede salvarte.

Si te aburre tu profesión: la curiosidad puede rescatarte.

Si te sientes desmotivado o poco creativo: la curiosidad puede ser la cura.

Puede ayudarte a utilizar la rabia o la frustración de manera constructiva.

Puede proporcionarte coraje.

La curiosidad puede añadir entusiasmo a tu vida, y llevarte más allá del entusiasmo: puede enriquecer tu sentido global de seguridad, confianza y bienestar.

Pero, obviamente, la curiosidad por sí misma no hace nada de eso.

Si bien los labradores retrivier son verdaderamente curiosos, ningún labrador negro ha decodificado nunca el genoma, o ha conseguido un trabajo en Best Buy; enseguida pierden interés.

Para que la curiosidad sea efectiva tiene que ir acompañada al menos por otros dos puntos clave. El primero de ellos es la capacidad de prestar atención a las respuestas de las preguntas que se hacen: tienes prácticamente que absorber cualquier cosa de lo que te produce curiosidad. Todos conocemos gente que hace unas preguntas realmente estupendas, que parece verdaderamente involucrada y entusiasmada cuando está preguntando, pero que en el momento en que le vas a contestar ya no presta atención alguna al tema. El segundo punto es la voluntad de actuar. La curiosidad fue sin duda alguna la inspiración de la idea de poder viajar a la Luna, pero no reunió a cientos de miles de personas, miles de millones de dólares, y tampoco la determinación de superar los fallos y los desastres que se presentaron hasta lograr que fuera realidad. La curiosidad puede inspirar una idea original: una misión a la Luna o una película, por ejemplo. Puede restablecer esa inspiración cuando la moral flaquea, pero en un momento determinado, en el camino a la luna o en cualquier otra meta, el trabajo resulta duro, aparecen los obstáculos, la frustración crece, y, entonces, es necesaria la determinación.

En este libro deseo conseguir tres cosas: quiero despertar en ti el valor y el poder de la curiosidad; quiero mostrarte todas las maneras en que yo la uso con la esperanza de inspirarte y hacer que lo pruebes en tu vida diaria; y quiero entablar una conversación en toda regla sobre por qué hoy día una cualidad tan valiosa está tan poco valorada, por qué no se enseña ni se cultiva.

Para ser una característica con un potencial tan enorme, la curiosidad en sí parece muy sencilla. Los psicólogos definen la curiosidad como «desear saber». Y es así. Esa definición encaja con nuestra sensación del sentido común. «Desear saber» significa, obviamente, buscar información. La curiosidad empieza como un impulso, una urgencia, pero se muestra al mundo como algo más activo, más inquisitivo: una pregunta.

Ese proceso inquisitivo parece algo tan intrínseco como el hambre o la sed. Un niño hace una serie de preguntas aparentemente inocentes: ¿por qué el cielo es azul? ¿Hasta dónde es azul? ¿Y por la noche dónde va ese azul? En vez de respuestas (la mayoría de los adultos, entre los que me incluyo, no saben explicar por qué el cielo es azul), los niños suelen oír cosas como: «¡Pero qué curiosa es esta niñita…!».7

Para algunos, las preguntas significan un reto, sobre todo si no sabe las respuestas. Y en vez de contestarlas, el adulto simplemente reafirma su autoridad para pasarlas por alto. La curiosidad puede hacer que nos sintamos ineptos o impacientes: es la experiencia de un padre que no sabe por qué el cielo es azul, la de un profesor intentando cumplir con la lección que toca ese día sin retrasarse.

La niña se queda no sólo sin respuesta, sino además con la impresión de que hacer preguntas –ya sean inocentes o inquisitivas–, a veces puede parecer impertinente.

Es algo bastante sorprendente. Hoy día nadie dice directamente que la curiosidad sea mala. Pero si prestas atención, verás que no es algo que se festeje ni se cultive, no se protege ni se estimula. No es que la curiosidad sea inconveniente. Puede ser peligrosa. No sólo es impertinente, es beligerante. Es revolucionaria.

El niño que pregunta libremente por qué el cielo es azul se convierte en un adulto que hace preguntas más perturbadoras: ¿por qué yo soy el siervo y tú el rey? ¿Por qué el Sol gira en torno a la Tierra? ¿Por qué la gente de piel oscura es esclava y la gente de piel clara es el patrón?

¿Cómo llega la curiosidad?

Para saberlo sólo tienes que echar un vistazo a la Biblia. La primera historia de la Biblia tras la creación, la primera historia que incluye a seres humanos es acerca de la curiosidad. En la historia de Adán, Eva y la serpiente la curiosidad no sale muy bien parada.

Dios le dice claramente a Adán: «Eres libre de comer de cualquier árbol del Jardín, pero no debes comer del árbol del bien y del mal, pues si comes de él, morirás».8

La serpiente es quien sugiere a Adán retar a Dios. Pregunta: «¿Es éste el árbol cuya fruta ha prohibido Dios?». «Sí –dice Eva–, es el árbol que está en medio del jardín: no podemos comer sus frutos, ni siquiera podemos tocarlo, o moriremos».

Eva conoce muy bien las reglas, pero las adorna un poco: ni siquiera podemos tocarlo.

La serpiente le responde con lo que seguramente es la bravuconada más grande de la historia, inconsciente del bien y del mal, o de Dios: «No morirás, pues Dios sabe que cuando pruebes el fruto tus ojos se abrirán y serás como Él, y conocerás el bien y el mal».9

La serpiente atrae directamente la curiosidad de Eva. «Ni siquiera sabrás lo que no sabes –le dice–. Mordiendo el fruto prohibido verás el mundo de un modo completamente diferente».

Eva se acerca al árbol y descubre que «el fruto era bueno para comer y complacía a la vista, y además era deseable para adquirir sabiduría».10Así que tomó el fruto del árbol, lo mordió y se lo pasó a Adán, que también lo mordió. «Y los ojos de ambos se abrieron».11

El conocimiento nunca fue tan fácil de conseguir, ni tan duro de ganar. Decir que Dios se enojó es quedarse corto. El castigo de Adán y Eva por optar al conocimiento del bien y el mal es terrible, y también para todos nosotros: Eva parirá a los hijos con dolor, y Adán tendrá que ganarse el pan con sufrimiento. Y, obviamente, serán desterrados del paraíso.

La parábola no puede ser más clara: la curiosidad ocasiona sufrimiento. De hecho, la moraleja está dirigida directamente al público: sea cual sea tu suplicio, lector, fue causado por Adán, Eva, la serpiente y su díscola curiosidad.

De modo que ahí tienes, la primera historia, la base de la civilización occidental –¡la primerísima historia!–, trata de la curiosidad, y su mensaje es: no hagas preguntas, no busques el conocimiento por tu propia cuenta, déjalo en manos de quien esté a cargo de él. El conocimiento tan sólo lleva a la desdicha.

Barbara Benedict es profesora universitaria del Trinity College, en Hartford, una estudiosa del siglo XVIII que ha pasado años estudiando el concepto de curiosidad en esa época, una investigación científica para sacar a la luz el papel de la religión en la manera en que entendemos el mundo.

La historia de Adán y Eva, dice, es una advertencia: «Eres un esclavo porque Dios dijo que serías esclavo. Yo soy rey porque Dios dijo que sería rey. No preguntes nada respecto a eso. Las historias como las de Adán y Eva reflejan la necesidad que tienen las culturas y las civilizaciones de mantener su statu quo. Las cosas son como son porque ésa es la manera correcta. Esa actitud es común entre los gobernantes y entre quienes controlan la información». Y así ha sido desde el Jardín del Edén a la Administración del presidente Obama.

La curiosidad sigue sin ser respetada. Vivimos en una era en la que si uno desea saber algo tiene acceso a todo el conocimiento humano en un teléfono móvil, pero la tendencia a penalizar la curiosidad sigue impregnando nuestra cultura.

Las clases deberían ser un campo sembrado de preguntas, un lugar donde cultivarlas, donde aprender a hacerlas y a captar las respuestas. Algunas clases lo son, pero en realidad en los colegios la curiosidad suele tratarse del mismo modo que en el Jardín del Edén. Especialmente con la reciente proliferación de test estándar, las preguntas pueden desbaratar los planes estructurados de la lección diaria; y a veces ni los profesores saben las respuestas. Es exactamente lo contrario a lo que uno esperaría, la auténtica curiosidad en una típica clase de secundaria no se cultiva en absoluto, pues es inconveniente e interrumpe el ritmo ordinario de la clase.

La situación es algo mejor en los despachos y sitios de trabajo, lugares en los que la mayoría de los adultos pasan sus vidas. A buen seguro que a los informáticos o los investigadores farmacéuticos o los profesores universitarios se los anima a ser curiosos, como parte de su trabajo. ¿Pero qué pasa si la típica enfermera de hospital o el cajero de un banco empiezan a sentir curiosidad y a cuestionarse lo que están haciendo? Dejando de lado algunos sitios realmente excepcionales, como Google, IBM y Corning, la curiosidad no es bien recibida, cuando no rechazada.

Incluso la palabra «curioso» en sí permanece como anticurioso. Todos fingimos que una persona curiosa es una delicia, claro, pero cuando describimos un objeto como «curioso» estamos queriendo decir que es una cosa rara, algo un poco extraño, poco normal. Y cuando respondemos a una pregunta ladeando la cabeza y diciendo: «es una pregunta curiosa», lo que queremos decir en realidad es que no es una pregunta adecuada.

Eso es lo extraordinario, la curiosidad no es una extraordinaria herramienta para mejorar tu vida y tu felicidad, o tu capacidad de conseguir un trabajo excelente o una pareja maravillosa.

Es la clave para las cosas que decimos valorar en el mundo moderno: independencia, determinación, autogobierno, autosuperación. La curiosidad es el camino a la libertad.

La capacidad de preguntar cosas representa dos cosas: la libertad de captar la respuesta y la capacidad de retar a la autoridad para preguntar: «¿Cómo es que tú estás al cargo?».

La curiosidad en sí es una forma de poder, y también una clase de valentía.

Yo era un crío gordinflón y no cambié al llegar a la adolescencia. Cuando acabé el instituto, tenía flotadores. Se reían de mí en la playa, se me veía fofo, con camisa o sin ella.

Decidí que no quería tener el aspecto que tenía. Cuando cumplí los 22, cambié de dieta y empecé a hacer ejercicio rutinario, en plan disciplina más bien. Saltaba a la comba cada día, 200 saltos por minuto, 30 minutos al día y 7 días a la semana. 600 saltos al día durante 12 años. Poco a poco mi cuerpo fue cambiando y los flotadores desaparecieron.

No me puse musculoso. Y no tengo aspecto de estrella de cine, pero tampoco tengo el aspecto que puedes imaginar tiene un productor de cine. Tengo mi propio estilo, ligeramente original. Llevo zapatillas deportivas para trabajar, me pongo espuma en el cabello para que me quede de punta arriba, y luzco una gran sonrisa.

Y hoy día sigo haciendo ejercicio cuatro o cinco veces por semana, por lo general a primera hora de la mañana, y me suelo levantar antes de las seis para asegurarme de tener tiempo. (Ya no salto más a la cuerda porque finalmente acabé rompiéndome los dos tendones de Aquiles). Tengo 63 años, y en las últimas cuatro décadas nunca he vuelto a estar fofo.

Tomé una resolución e hice de ella un hábito, una parte del modo en que vivo el día a día.

Con la curiosidad hice lo mismo. De manera muy gradual, empezando con mi primer trabajo en Warner Bros., de manera consciente hice que la curiosidad formara parte de mi rutina diaria.

Ya he explicado aquel primer paso, en cómo insistía en conocer a toda la gente a la que entregada los contratos. De aquel éxito me quedé con dos cosas: la primera es que incluso la gente famosa y poderosa disfruta hablando, sobre todo de ella misma y de su trabajo; y la segunda es que para hablar con ella sirve de ayuda cualquier pequeño pretexto.

De modo que aquello de «Tengo que entregar en persona estos documentos» era un pretexto que me funcionaba a mí, funcionaba a los asistentes, e incluso funcionaba a la gente a la que iba a visitar. «¡Ah, tiene que verme personalmente, vale!».

Al cabo de unos meses de empezar a trabajar en Warner Bros., despidieron a un vicepresidente de la empresa. Recuerdo cómo retiraban su nombre de la puerta de su despacho.

Era un despacho espacioso, con ventanas, dos secretarias y, lo más importante, estaba justo al lado de las oficinas de la Administración Central, lo que yo llamaba la «suite real», allí trabajaban el presidente de la Warner Bros., el director y el subdirector.

Le pregunté a mi jefe si podía utilizar el despacho del vicepresidente mientras estuviera vacío.

«Claro –dijo Knecht–, lo organizaré».

Aquella oficina nueva hizo que todo cambiara. Del mismo modo que te pones el traje que toca para una determinada ocasión –cuando te vistes adecuadamente te sientes más seguro, más crecido–, ir a trabajar a aquella auténtica oficina cambió mi perspectiva. De repente, sentí que tenía mi propia parte del inmueble, mi propia franquicia.

Aquella época, durante las décadas de los sesenta y los setenta, era formidable para estar en Hollywood en el mundo del espectáculo, y la «suite real» estaba ocupada por tres de los innovadores más importantes del momento: Frank Wells, presidente de Warner Bros., que iba a dirigir Disney; Ted Ashley, que ni siquiera era un nombre conocido en la empresa pero que como presidente llevó a los estudios energía y éxitos; y John Calley, vicepresidente de la Warner, productor legendario, una especie de intelectual de Hollywood, una fuerza creadora y un personaje incuestionable y excéntrico.

Yo era tan sólo un empleado, pero tenía una oficina, mis propias secretarias, e incluso uno de esos anticuados intercomunicadores telefónicos encima de mi mesa. Y justo en la puerta de al lado trabajaban tres de los hombres más poderosos de Hollywood. Me había creado una situación gracias a la cual estaba en el sitio adecuado y exactamente en el momento adecuado.

Estaba totalmente desconcertado del mundo del espectáculo, y parecía como si mucha de la gente de ese mundo también lo estuviera. Era difícil entender cómo se hacían las películas y los programas de televisión. No se trataba en modo alguno de un proceso lineal, parecía como si la gente navegara en medio de la niebla y sin instrumentos.

Pero a mí me fascinaba y cautivaba todo aquello. Me convertí en una especie de antropólogo que penetraba en un mundo nuevo, con un lenguaje nuevo, nuevos rituales y nuevas prioridades. Aquel entorno me invadía por completo y encendía mi curiosidad. Estaba totalmente decidido a estudiarlo, comprenderlo y dominarlo.

Fue John Calley quien me mostró realmente todo lo que era el mundo del espectáculo y también lo que podía llegar a ser. Calley fue un personaje extraordinario y una fuerza creadora muy importante en las películas de los sesenta y los setenta. Bajo su tutela, la Warner Bros., se expandió y floreció, produciendo películas como El exorcista, La naranja mecánica, Defensa, Tarde de perros, Todos los hombres del presidente, El coloso en llamas: Harry el Sucio y Sillas de montar calientes.12

Cuando estaba trabajando al final del vestíbulo donde él trabajaba, Calley tenía unos 44 o 45 años, estaba en la cima del poder, y ya era una leyenda: inteligente, excéntrico y maquiavélico. En aquellos momentos, la Warner hacía una película al mes,13 y Calley siempre estaba pensando en las cien siguientes. Unos pocos le adoraban, unos cuantos más le admiraban y muchísima gente le odiaba.

Creo que lo que le atrajo de mí fue mi inocencia, mi profunda ingenuidad. Yo no actuaba para llamar la atención, era tan nuevo que ni siquiera sabía hacerlo.

Calley solía decirme: «Grazer, ven a sentarte a mi despacho». Hacía que me sentara en el sofá y yo observaba cómo trabajaba. Todo era una revelación para mí. Mi padre era abogado, trabajaba por cuenta propia y luchaba por tener éxito. Yo iba encaminado a la Facultad de Derecho, a una vida de archivadores, montones de informes, de expedientes, a trabajar duramente frente a un escritorio forrado de polipiel.

Calley trabajaba en una oficina enorme, bonita y elegante. Estaba montada como si fuera un salón de estar. No tenía escritorio, tenía un par de sofás y todo el día trabajaba sentado en un sofá.

No escribía ni mecanografiaba nada, no se llevaba montones de trabajo a casa. Hablaba, se sentaba en aquel elegante salón, en un sofá, y hablaba todo el día.14 En realidad, los contratos que yo entregaba a la gente eran sólo el acto final, la formalización de todas aquellas charlas. Sentado allí en el sofá de Calley, estaba bien claro que la parte de negocio de aquel mundo giraba toda en torno a las conversaciones.

Viendo trabajar a Calley me di cuenta de una cosa: las ideas creativas no tenían que seguir una línea narrativa recta. Podías dedicarte a tus intereses, tus pasiones, podías cazar al vuelo cualquier estrafalaria idea que surgiera de cualquier rincón de tu experiencia o de tu cerebro. Aquél era un mundo en el que las buenas ideas tenían un valor real, y a nadie le importaba si la idea estaba vinculada a una idea del día de ayer o si estaba relacionada con los diez minutos siguientes de conversación. Si la idea era interesante, a nadie le importaba de dónde provenía.

Aquello era una revelación. Así era como trabajaba mi cerebro: montones de ideas, pero no organizadas como la tabla periódica.

Durante años me esforcé mucho en la escuela. Para mí no era nada agradable estar allí quieto, encajado en un pequeño escritorio, seguir el horario escolar y rellenar las hojas de trabajo. Ese aprendizaje binario –supiera o no la respuesta– no encajaba en mi cabeza ni me atraía en absoluto. Siempre he sentido como si las ideas me llegaran de todos los rincones del cerebro, y me pasaba desde que era pequeño.

En el instituto me fue bien, pero sólo porque había descubierto unos cuantos trucos para tener éxito en ese entorno. Pero las grandes clases y el trabajo impersonal que me asignaban no me atraían. No aprendí demasiado. Me encaminé hacia las leyes y el Derecho porque lo conocía y porque no tenía demasiado claro qué otra cosa podía hacer. Al menos tenía alguna idea de lo que significaba ser un abogado, aunque francamente parecía más bien una sentencia de vida con más trabajos asignados para casa, eso suponiendo que pasara el examen previo para la abogacía.

Por otra parte, Calley era uno de los tipos más modernos del mundo. Conocía a las estrellas del cine, charlaba con ellas. Era muy culto: siempre estaba leyendo. Se sentaba en su sofá y desde allí todo el día iba lanzando ideas y decisiones, sin reglas ni rigor alguno.

Contemplarle era embriagante; yo pensaba, quiero vivir en el mundo de este hombre. ¿Quién necesita una vida de ficheros de acordeón? Yo quiero trabajar desde un sofá, dejarme llevar por mi curiosidad, y hacer películas.15

Sentado allí en su oficina, era obvio que el mundo del cine estaba basado en las ideas: un torrente de ideas cautivadoras, nuevas cada día. Y de repente me quedó claro que la curiosidad era la manera de descubrir ideas, la manera de desencadenarlas.

Yo sabía que era curioso, del mismo modo que uno sabe que es divertido, o tímido. La curiosidad era una cualidad de mi personalidad, pero hasta aquel año no vinculé la curiosidad con el éxito. En el colegio, por ejemplo, nunca había asociado ser curioso con sacar buenas notas.

Pero en Warner Bros., descubrí el valor de la curiosidad y empecé lo que yo considero es mi viaje a la curiosidad siguiéndolo de una manera sistemática.

Calley y yo no hablamos nunca de la curiosidad, pero en aquella gran oficina y observando a Calley en acción tuve otra idea, una versión más trabajada de aquellos encuentros con la gente a la que yo entregaba los contratos. Me di cuenta de que no tenía que conocer tan sólo a la gente de la Warner con la que debía encontrarme, que podía ver a cualquiera que quisiera de ese mundo. Podía ver a la gente que despertaba mi curiosidad con sólo llamar a sus despachos y pedir una cita.

Creé una breve presentación para las secretarias y ayudantes que contestaran al teléfono: «Hola, soy Brian Grazer, trabajo en la Warner Bros., en el departamento de contratación. No se trata de un asunto relacionado con los estudios, y no quiero un trabajo, me gustaría ver al señor Tal y Tal y hablar con él cinco minutos…». Y siempre ofrecía una razón concreta para hablar con quien fuera.

Mi mensaje era claro: trabajaba en un sitio determinado, y sólo quería que me dieran cinco minutos en la programación de la agenda, no quería ningún trabajo. Y era extremadamente educado.

Del mismo modo que mi insistencia en entregar en mano los documentos legales, la presentación funcionaba como un hechizo.

Hablé con el productor David Picker, que estaba en la compañía Columbia Pictures. Después pensé que podría ver al productor Frank Yablans, y lo hice.

Una vez que conocí a Yablans pensé que podía conocer a Lew Wasserman, el jefe de los estudios MC, y lo hice.

Yo mismo fui escalando. Hablar con una persona del mundo cinematográfico me abría las puertas de media docena de personas más con las que hablar. Cada paso exitoso me daba confianza para intentar conocer a la siguiente persona, y resultó que prácticamente podía hablar con cualquier persona del mundo del espectáculo.

Eso fue el inicio de algo que cambió –y sigue cambiando– mi vida y mi profesión, y que finalmente me inspiró a escribir este libro.

Empecé con lo que yo llamaba conversaciones animadas por la curiosidad. Al principio, sólo eran charlas de trabajo. Durante mucho tiempo me marqué mi propia regla: cada día tenía que conocer una persona nueva relacionada con el mundo del espectáculo.16 Pero enseguida me di cuenta de que realmente podía llegar a hablar con cualquier persona del mundo que despertara mi curiosidad. No sólo la gente del mundo del espectáculo está deseosa de hablar de ella misma y de su trabajo, cualquier persona lo está.

Durante 35 años he estado siguiendo la pista de gente por la que sentía curiosidad y preguntándole después si podía sentarme a hablar con ella durante una hora. A veces he tenido tan sólo una docena de conversaciones de ese tipo al año, pero otras veces he llegado a tener una a la semana. Mi objetivo siempre era el de conseguir al menos una cada dos semanas. Una vez que empecé esas conversaciones a modo de práctica habitual, mi única regla era que la gente tenía que estar fuera del mundo del cine y de la televisión.

La idea era no perder más tiempo con el tipo de personas con las que trabajaba a diario. Había descubierto que el mundo del espectáculo es increíblemente aislado: tendemos a hablar sólo de nosotros mismos. Es fácil llegar a creer que el cine y la televisión son una versión en miniatura del mundo real. Eso no es sólo erróneo, es una perspectiva que lleva a películas mediocres, y también a aburrirse.

Me tomaba tan en serio esas conversaciones que a veces pasaba un año o más intentando conseguir un encuentro con una determinada persona. Podía pasarme horas llamando por teléfono, escribiendo cartas y persuadiendo y ganándome la amistad de secretarios. Como iba teniendo más éxito en mi empeño, hice que fuera una persona de mi equipo la que consiguiera las citas: New Yorker tenía algo así, que llegó a llamarse «agregado cultural». Durante un tiempo, tuve a una persona cuya única tarea era conseguir esas conversaciones.17

La cosa es que, llevado por mi curiosidad, abarcaba tanto como podía. Me senté con dos directores de la CIA. También con Carl Sagan y con Isaac Asimov. Conocí al individuo que inventó el arma más poderosa de la historia y al hombre más rico del mundo. Conocí a gente que me daba miedo y gente a la que verdaderamente no deseaba conocer.