Una pareja imperfecta - Meghan Quinn - E-Book

Una pareja imperfecta E-Book

Meghan Quinn

0,0

Beschreibung

¿Estoy enamorada de J. P. Cane? ¡Ja! Eso es lo que él se cree… Habla demasiado alto, es guapo por castigo y además, desde que vio Cuando Harry encontró a Sally, está convencido de que los hombres y las mujeres no pueden ser solo amigos. Así que cuando tenemos que viajar a San Francisco por trabajo y alojarnos en el mismo ático, me alegra poder demostrarle lo contrario. Sin embargo, con sus continuos coqueteos, su aspecto siempre impecable y su habilidad a la hora de tocar todas mis teclas eróticas, pronto empiezo a tener problemas para dormir por las noches. Pero soy perfectamente capaz de controlarme a mí misma. Porque si hay algo de lo que estoy segura es de que los hombres y las mujeres PUEDEN ser solo amigos, y que J. P. y yo estuviéramos juntos sería una MUY mala idea… ¿O no?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 695

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Título original: So Not Meant To Be

Primera edición: marzo de 2024

Copyright © 2022 Meghan Quinn

© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2024

© de esta edición: 2024, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-10070-11-0BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: edgecreative01/johnnyknez/Depositophotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Prólogo

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

Epílogo

Contenido especial

Prólogo

Kelsey

—Kelsey, de todos es sabido que los hombres y las mujeres no pueden ser compañeros de trabajo y amigos al mismo tiempo.

J. P. Cane se apoya en el borde de la mesa de la sala de conferencias y cruza los brazos tatuados por debajo de su asquerosamente fornido pecho. Lleva las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos y luce una sonrisita de suficiencia que me resulta más irritante que encantadora.

—¿De qué demonios estás hablando? —pregunto, mientras me siento y me encorvo sobre una montaña de diseños.

Sin separarse de la mesa, baja las manos como si tal cosa y se aferra al borde antes de hablar.

—La otra noche, cuando estábamos cenando con Huxley y Lottie, dijiste que podíamos ser amigos.

Lottie es mi hermana mayor —me lleva doce meses— y mi mejor amiga. Está comprometida con el incomparable Huxley Cane, nuestro jefe y el hermano de la pesadilla de mi vida, que está delante de mí.

La manera en que nos conocimos todos fue un golpe fascinante de suerte. La explicación breve y simple es que Lottie estaba buscando un marido rico para guardar las apariencias frente a una archienemiga. Se toparon el uno con el otro en la calle. Llegaron a un acuerdo para ayudarse mutuamente, firmaron un contrato y ella se mudó a su mansión. Todo muy a lo Pretty Woman, sin lo de ser prostituta. Aunque… a Lottie le costó bastante esquivar las sugerencias de macho alfa de Huxley.

Sin embargo, mientras hacía el papel de prometida complaciente y locamente enamorada, me ayudaba con mi empresa, Sustainably Organized. Así es como nos contrató Cane Enterprises y como terminé trabajando codo con codo con J. P., porque fue a él a quien asignaron para mis proyectos.

Como ya he dicho, todo muy a lo loco. Todavía no me puedo creer que sucedieran así las cosas.

—¿Tienes algo que decir al respecto? —pregunta J. P., sacándome de mis pensamientos.

Viendo que esta reunión no nos va a llevar a ninguna parte, tiro el bolígrafo sobre la mesa y cuadro los hombros.

—En primer lugar, no estábamos cenando juntos con Huxley y Lottie. No era una cita doble…

—Madre mía, ya lo sé —afirma, exasperado—. Lo has dejado muy claro tres veces y media. —Levantó los dedos para dar los ejemplos—. Cuando llamamos al timbre, porque resulta que llegamos al mismo tiempo. Cuando estábamos en la cocina y fuimos a coger la misma botella de champán. Fuera, junto a la piscina, cuando nos dejaron solos a la mesa. Y en el salón, te quedaste a medio contarme que no estábamos en una cita doble cuando Lottie te interrumpió para enseñarte el nuevo «juguete» que había comprado. —Sonríe y me enseña esos malditos dientes blancos y rectos que tiene—. Sigo esperando saber los detalles de ese juguete.

—Y en segundo lugar… —continúo. No pienso contarle nada del… aparato que Huxley le compró a Lottie. Ni de coña. Solo de pensarlo me sonrojo—. ¿Por qué demonios no podemos ser amigos?

—¿Es que no es evidente?

Recorro la sala con la mirada tratando de comprobar si me he perdido algo, pero no veo absolutamente nada, así que vuelvo a mirarlo a él.

—No. No, no es evidente.

Él menea la cabeza y rodea la mesa de reuniones para sentarse sobre ella, justo a mi lado.

—Porque, Kelsey, entre nosotros existe una atracción palpable.

Yo resoplo tan alto que cae saliva sobre los planos que tengo delante. Limpio tan tranquila las gotas con la mano. ¿Atracción?

A ver…, claro, J. P. es un hombre muy guapo. Un guapo evidente, si te van las mandíbulas fuertes coronadas por una barba espesa y oscura. Tiene un pelo sexy y alborotado que se ondula un poco en la parte superior y que lleva rasurado a los lados, y solo enseña los tatuajes que suele esconder cuando se encuentra cómodo con la compañía. Sí, es guapo y sexy. Puede que lo haya dicho ya un par de veces.

Pero los seres humanos son mucho más que un físico atractivo, al menos en mi opinión. Para que yo encuentre a alguien atractivo, debe tener buen corazón y una personalidad interesante, y debe saber hacerme reír.

No estoy segura de que J. P. tenga corazón, y su personalidad es la de un adolescente falto de atención y con la habilidad de no tomarse nada en serio. Puede que sea capaz de hacer algún que otro comentario gracioso aquí y allá, pero su capacidad general para provocarme, cabrearme e irritarme supera lo demás con creces.

Debe de tener uno de los despachos más desordenados que he visto nunca y, entre nosotros, eso es todo un jarro de agua fría para una persona tan detallista como yo. ¿Quién puede sentir atracción sexual por alguien que tiene el escritorio lleno de montones de papeles, tazas de café y bolígrafos con capuchas desparejadas?

Entonces, ¿que si me siento atraída hacia J. P.? La respuesta es un rotundo «No».

—¿De verdad crees que existe atracción entre nosotros? —pregunto.

—Nena, puedo oler la química sexual, y como es tan palpable, tan espesa, tan… almizclada…

—Puaj, no es almizclada.

Pero ¿qué digo? No es nada. Es que no hay química, y punto.

No hay nada palpable, y ningún espesor en absoluto… Nada de nada.

Y tampoco almizcle. ¿A quién se le ocurre describir la atracción como «almizclada»?

Sin embargo, él me ignora y continúa su disparatada diatriba.

—Es imposible que seamos compañeros de trabajo y amigos, porque la atracción que existe entre los dos siempre hará que pensemos en sexo.

Esta vez contengo el resoplido y alargo el silencio durante unos momentos antes de acortar la distancia entre los dos hasta quedarme a tan solo unos centímetros de su cara. A pesar de sacarme una cabeza, aún puedo mirarlo a los ojos cuando hablo con él.

—¿Tienes fiebre? ¿Es eso lo que te pasa? ¿Has pillado algo y por eso estás actuando así?

—Soy la viva imagen de la salud. Deberías saberlo. Me das bastantes repasos.

—No es verdad.

No lo hago.

Tengo que dejarlo bien claro: de verdad que no lo hago.

Él suelta unas carcajadas, un sonido tan irritante que me hace rechinar los dientes.

—¿Por qué crees que tengo las mangas enrolladas ahora mismo?

Miro sus antebrazos tatuados. Vale, bueno, esos sí que son sexys, probablemente lo mejor que tiene. Pero ya está, solo los antebrazos. Señoras y señores, no se puede culpar a nadie por tener fantasías sexuales con unos brazos, ¿no?

Él se acerca más.

—Porque sé cuánto te ponen.

Le pongo la mano en la cara para parar lo que sea que esté tratando de hacer.

—¿De verdad entiendes el gran error que estás cometiendo? Soy tu empleada.

—Técnicamente, eres la empleada de Huxley, yo solo soy quien supervisa las cosas.

—¿Ese es el término profesional?

Me lanza su sonrisa irritante.

—Lo es.

Se humedece los labios, pero yo no aparto la mirada de la suya. De ninguna manera pienso darle la satisfacción de mirarle la boca.

—No estoy seguro de por qué te estás poniendo tan nerviosa y colorada.

—No estoy nerviosa. —Dejo caer los brazos a mis costados.

—Estoy intentando ser una persona buena y honrada para tratar de hacerte entender por qué no podemos ser amigos. Deberías halagarme, y no desalentarme con esa mirada de desdén. —Antes de darme tiempo a responder, vuelve a acercarse con esa educación de buena persona de la que tanto alardea—. Un hombre y una mujer que se atraen y que trabajan juntos nunca podrán ser amigos. Siempre habrá un gran tercero en discordia, y ese tercero se llama «sexo». Son matemáticas humanas básicas, Kelsey. Todos necesitamos alcanzar el clímax, y cuando encontramos a alguien atractivo, queremos que esa persona nos ayude a conseguirlo.

¿Está oyendo alguien lo que dice?

Dios, no podría denigrar todavía más el acto de hacer el amor. ¿Que si me infla el ego que J. P. crea que soy atractiva? Pues sí. ¿Pero dónde se ha quedado el romance hoy en día?

¿Dónde queda el coqueteo?

¿Dónde está la espontaneidad?

Hasta Lottie y Huxley admitirían que no hubo nada de romanticismo al inicio de su relación. En los tiempos que estamos, todo es muy frío.

Como la romántica empedernida que soy y que adora todo lo relacionado con el amor, no puedo evitar preguntarme si ahí fuera hay un hombre que cumpla con todas las condiciones del perfecto héroe de comedia romántica.

Nooo, ahora a lo que nos enfrentamos es a los perfiles falsos de internet, seguidos de una foto que no has pedido de un pene y finalmente de un ghosting total. Estoy harta de eso.

Pongo los brazos en jarras y me dirijo hacia él.

—¿Qué demonios te ha pasado para que seas así? Te he preguntado qué pensabas sobre los archivadores de bambú y hemos terminado en esta discusión sobre por qué no podemos ser amigos. No veo qué tiene que ver todo esto con mi pregunta.

—Sí que tiene que ver —contesta, deslizándose hacia abajo, hasta que su zapato me toca los tacones—, porque cuando tus ojos hambrientos me estén devorando desde el otro lado de la mesa de reuniones, aunque tu actitud me quiera relegar a la zona de amigos, pienso llamarte la atención al respecto. Dijiste que quieres que seamos amigos, pero eso no va a suceder.

Está delirando, eso es lo que le pasa. Y alguien tiene que devolverlo a la realidad.

Le clavo un dedo en el pecho.

—Créeme, J. P. —digo—: si te encontrara lo más mínimamente atractivo, lo sabrías. Lo que tú consideras unos ojos hambrientos es una mujer muerta de hambre que solo ha tomado un pequeño gofre con mantequilla de cacahuete a las seis de la mañana. El hambre me ha causado alucinaciones, y tu cuerpo flaco…

—¿Flaco? Pfff…

—… se ha transformado en un bocadillo enorme de albóndigas en mi cabeza, eso es todo. Convéncete todo lo que quieras de que siento atracción por ti, pero que le quede bien clarito a tu terca cabezota: no podría encontrarte más repugnante.

Él arquea las cejas, sorprendido. Sinceramente, yo también lo estoy un poco. «Repugnante» no es la palabra exacta, pero es que voy cuesta abajo y sin frenos.

—Y si tuviera alguna inclinación romántica hacia ti, no llevaría puesta esta blusa tan sencilla, casi de estar por casa, que no resalta para nada mis tetas «rebotantes» y bien puestas.

Se humedece los labios al bajar la mirada hacia mis pechos durante un instante y luego la levanta otra vez.

—Y además, tampoco me habría puesto ropa interior, por si acaso te diera por subirme a esta mesa y abrirme las piernas para devorarme un poco.

Su nuez sube y baja.

—Y fijo que no estaría rogando mentalmente que esta conversación acabara ya para poder recoger y retirarme a mi estudio a cenar con toda tranquilidad, sola, sin que un imbécil arrogante como tú me reviente los oídos sobre relaciones laborales. Porque, J. P., si te deseara, querría robar, consumir y saborear cada segundo contigo. —Alarga la mano para tocarme justo cuando me giro para recoger mis papeles—. Sin embargo, ese no es nuestro caso. —Le sonrío—. Me faltan piernas para alejarme de ti.

¡Soy toda una mujer! ¡Una leona!

Las fosas nasales se le dilatan.

El músculo de la mejilla se le contrae.

Y se mete las manos en los bolsillos de los pantalones, que es donde deben estar.

—Y ahora que lo hemos dejado claro, me voy a ir, ya que no estamos haciendo nada aquí y el bocadillo de albóndigas me está llamando. Voy a asumir que apruebas lo de los archivadores de bambú. —Junto todos los papeles y los golpeo sobre la mesa hasta conseguir un montón uniforme.

—Seguimos sin poder ser amigos —dice, con voz entrecortada.

Dios, ¿todavía continúa con eso? Podemos añadir la capacidad intelectual de un mosquito a su lista de cualidades incompatibles.

—Vale. Cuando lo dije la otra noche, era solo por intentar ser amable, ya sabes, porque tu empresa ha contratado a la mía. Pero ya que hemos dejado al descubierto nuestros sentimientos, podemos seguir con nuestras vidas sin esta estupidez de falsa amistad. —Meto los documentos con tranquilidad en mi carpeta y luego en mi bolso, junto con los bolígrafos, no sin antes haberlos ordenado por colores, claro—. Y ahora, si no te importa, tengo una cita para atiborrarme de comida.

Paso a su lado chocando mi hombro contra el suyo, pero él me coloca una mano en la cadera y me obliga a retroceder. Su contacto es solo un roce leve sobre la tela, pero, aun así, me provoca un escalofrío. Nuestros hombros están pegados, y cuando miro hacia delante para evitar el contacto visual, él se inclina y me susurra al oído, con los labios a tan solo unos milímetros de mí:

—La única estupidez que hay entre nosotros dos es el rollo que acabas de soltar ahora. Niégalo cuanto quieras, pero sé que me deseas. Y cuanto antes lo aceptes, mejor te sentirás.

A pesar de que el corazón me late desbocado, sé que ahora me toca a mí girar la cabeza, y, cuando lo hago, nuestras narices casi se rozan.

—Cuanto antes te des cuenta de que estoy fuera de tu alcance…, mejor te sentirás tú —le digo, con todo el valor que puedo reunir.

No siempre han sido así las cosas entre nosotros. La primera vez que lo vi, lo único en lo que podía pensar en lo tremendamente guapo que era, con su mirada verde musgo y ese aire arrogante que tanto me llamaba la atención. Era el objeto de las fantasías de cualquier chica. Durante un breve momento, pensé que quizá, solo quizá, podría haber algo entre nosotros. Que si me pedía una cita, le respondería que sí. Pero cuando mi empresa estuvo a punto de tener éxito bajo su tutela, supe que nunca llegaría a mezclar los negocios con el placer, sobre todo cuando había trabajado tanto para llegar hasta donde estaba.

Así que hice a un lado mis ideas iniciales y, por desgracia, ahora tengo un concepto distinto de él.

Suele llegar tan campante a las reuniones oliendo al perfume de la noche anterior. A menudo se distrae con su móvil, y cada vez que he echado un vistazo, siempre ha aparecido el nombre de una mujer distinta en la pantalla. Le gusta flirtear, y es evidente que no está interesado en nada a largo plazo. Se burla del amor, bromea sobre el «para siempre», y nunca habla en serio. Eso no es lo que yo quiero, a pesar de mi atracción inicial.

Con la cabeza bien alta, continúo caminando y salgo por la puerta de la sala de conferencias hacia los ascensores. No tengo ni idea de por qué J. P. habla sin cesar sobre esa atracción que hay entre nosotros. Yo no le he dado pie. Soy una firme defensora del amor. Por tanto, busco amor. No una aventura, ni un rollo de una noche. Busco a mi alma gemela, justo igual que las almas gemelas de mi casi famoso podcast.

Quiero que sea para siempre.

J. P. Cane puede creer lo que él quiera, pero hay una cosa de la que estoy segura, sobre el desierto romántico que es mi vida: que él y yo seríamos una pareja totalmente imperfecta.

J. P.

Dejad que adivine… Kelsey os ha dicho que seríamos una pareja imperfecta, ¿verdad?

*Ojos en blanco*.

Claro que sí. Tampoco es que yo esté buscando algo para siempre, porque no. Solo quiero divertirme.

He perdido demasiadas cosas en la vida como para comprometerme con nadie. Sí, soy de esos. Psicoanalizadme todo lo que queráis, pero eso no cambiará el hecho de que mi miedo a los compromisos es real.

Solo diré una cosa: si alguien pudiera hacerme cambiar de opinión al respecto, esa sería Kelsey.

Ella es… Joder, es especial la mires por donde la mires.

Desde el primer momento en que la vi, durante la reunión promocional que tuvo con nosotros, me quedé cautivado. Pero al trabajar codo con codo, caí hasta con todo el equipo. Su sonrisa, su actitud positiva ante la vida, esos ojos preciosos que tiene… Me dejó sin aliento, y fue la primera vez en mi puñetera vida que pensé para mis adentros «Podría ser mi “para siempre”».

Por no hablar del susto que me llevé. Fue como si me hubiera chutado viento nórdico directamente por el culo. Totalmente aterrador.

No podía pensar en eso.

No podía pensar en *trago saliva* el «para siempre».

Así que, como el adulto maduro que soy, he elegido eludirlo. Incordiar. Mantenerla lo más lejos posible. Y, tíos, vaya que si funciona. He calado hondo en ella. Siempre que me mira, quiere asesinarme. Cuando la miro, pienso «Vale, está buena, pero quiere asesinarte, así que mantente alejado».

Y como ya he dicho, ha funcionado. Ha funcionado de la hostia… hasta que ha dejado de hacerlo.

Ahora ya os podéis imaginar lo que va a ocurrir después…

1

Kelsey

Podcast La pareja perfecta

Alec y Luna

Kelsey: Bienvenidos, oyentes, al podcast La pareja perfecta, donde hablamos con parejas locamente enamoradas sobre cómo se conocieron. Alec y Luna, muchas gracias por estar hoy conmigo.

Alec: Un placer. Luna no paraba de ponerte por las nubes.

Luna: Culpable. Estoy obsesionada con este podcast.

Kelsey: Muchas gracias. Entonces, ya debéis de saber cómo funcionan las cosas por aquí. La introducción consiste en que nos expliquéis brevemente cómo os conocisteis. ¿Podéis hacerlo?

Luna: Claro.

Alec: Me ha hecho practicar.

Kelsey: Ja, ja. Bueno, vamos a ello. ¿Cómo adivinasteis que estabais predestinados?

Luna: Mi hermano se comprometió con su novio y no se podían permitir una boda grande y ostentosa, así que lo apunté a un programa de bodas autoplanificadas que se llamaba The Wedding Game.

Alec: Mi hermano, Thad, era un «noviozilla» y quería ganar el gran premio del final del programa, un apartamento con vistas a Central Park, así que consiguió hacerme sentir culpable para que lo ayudara.

Luna: El primer día de grabación, Alec creyó que yo era una asistente y me pidió que le llevara café.

Alec: Pedí, que no exigí. Digamos las cosas tal y como son, pero sí, lo hice. Y ya puedes imaginarte cómo reaccionó la polvorilla que tengo al lado.

Luna: Se la armé buena. Era la competencia, y lo iba a machacar.

Alec: A mí no me importaba en absoluto el concurso y estaba ansioso por que acabara. Después me di cuenta de lo mal hermano que era y lo triste que estaba Thad, así que… me esforcé.

Luna: Por esforzarse se refiere a que me siguió todo el rato en una panadería hasta que aprendió a hacer una tarta.

Alec: Tiré algunas nueces y al ayudarme a recogerlas, me pilló. Se apiadó de mí y me enseñó a hacer una tarta para ayudar a Thad.

Luna: Ese día, en mi apartamento, cambió todo. Ya no lo consideraba competencia. Lo consideraba un hermano que estaba intentando marcar la diferencia.

Alec: Ella es una fanática de la familia, así que poco después le pedí una cita.

Luna: Nos casamos la pasada primavera.

—Eh, vosotros dos, ¿podéis dejar de enrollaros? En serio, he venido para cenar con vosotros, no para ver cómo os chupáis las caras.

Lottie se detiene y mira por encima del hombro.

—Pero es que huele muy bien. ¿Lo has olido?

—No, porque no es mi novio.

Huxley se quita a Lottie de encima, la deja sobre el sofá de jardín que están compartiendo y le levanta la barbilla.

—Voy a ver qué tal va la pizza. —Le da un ligero beso en los labios y luego se pone de pie—. Kelsey, ¿quieres que te rellene la copa?

Le doy mi copa de vino.

—Sí, por favor. Gracias.

Huxley tiene los mejores vinos del mundo. No los bebe mucho, así que siempre me empeño en hacer mella en su reserva cuando vengo a cenar, que es al menos una vez a la semana. Y siempre elijo cenar en el jardín. Huxley y Lottie tienen una casa preciosa de estilo costero con muros blancos y toques negros a las afueras de Beverly Hills, en The Flats. El jardín trasero tiene una piscina desbordante que quita el hipo y que ocupa toda la extensión de la parcela, además de unos muebles carísimos y de lo más cómodos que hay. Palmeras altas y privacidad. Su jardín es mi lugar favorito.

Cuando él ya está en la casa, Lottie se inclina hacia mí.

—Kelsey, ¿recuerdas el vibrador que te enseñé la otra noche? —me pregunta.

—¿Sí?

Mira por encima del hombro para ver si vuelve Huxley.

—Me desmayé —continúa—. De verdad, Huxley tuvo que sacudirme varias veces para que recuperara la conciencia. Ya no lo quiere usar más conmigo, por mucho que se lo ruegue con desesperación.

Yo intento mantener una expresión neutra.

—Qué encantador —digo—. Enhorabuena por ese orgasmo tan intenso.

Lottie pone expresión de desaliento.

—Eh, ¿eso que noto es sarcasmo?

—¿Qué te hace pensarlo? —Me cruzo de piernas y deseo no haber pedido esa otra copa de vino.

—Ay, qué actitud. ¿Qué demonios está pasando?

Suelto un suspiro y miro a mi hermana a los ojos.

—Me alegro mucho por ti y por Huxley, por vuestro amor, pero yo soy la que siempre está soltera, y es difícil veros —explico.

—¿Estás celosa? —pregunta.

—Sí —respondo, sin siquiera tratar de ocultar la verdad. Lottie es mi mejor amiga y se lo cuento todo, aunque eso me haga quedar mal—. Estoy muy celosa de que tengas esta relación tan intensa con un hombre que te adora cuando yo ni siquiera tengo perspectivas de tenerla.

—Eso no es verdad —contesta Lottie mientras Huxley vuelve con nosotras y nos da nuestras copas de vino—. ¿Qué hay de J. P.?

—Ay, por favor —gimoteo, y después pido disculpas a Huxley—: No es por ofender, ya que es tu hermano, pero es que J. P. es idiota.

—Tranquila, no me ofende. Estoy de acuerdo contigo —afirma Huxley, antes de pasarle el brazo por los hombros a Lottie y pegarla a su costado al tiempo que se lleva su botella de cerveza a los labios.

—¿Por qué es idiota? —insiste Lottie.

—¿Por dónde puedo empezar? —añade Huxley, tan tranquilo y regio. Si Huxley, J. P. y Breaker (su otro hermano) no se parecieran tanto físicamente, pondría en duda su parentesco.

Siempre me ha caído bien Huxley, incluso cuando Lottie lo odiaba. Era fácil llevarse bien con él porque está muy centrado en los negocios, es inteligente y puede mantener la imparcialidad. Toma las decisiones laborales con destreza, le gusta ayudar y muestra su amor con profundidad. Es el paquete completo. Estoy muy agradecida de que Lottie lo haya encontrado, pero, madre mía, si J. P. se le pareciera solo un poquito, haría mucho más soportable estar a su lado.

—J. P. es divertido, en el sentido que tú necesitas —sugiere Lottie—. Te quiero, Kelsey, pero es que eres un poco estirada.

—No soy estirada —me defiendo—. Solo sé lo que me gusta y lo que no, y créeme si te digo que no me gusta J. P. Es insufrible y se lo tiene muy creído, y, sinceramente, es demasiado desordenado para mí.

—Todo cierto —interviene Huxley—. Kelsey se merece algo mejor.

—Estás hablando de tu hermano —replica Lottie.

—Lo sé, cariño. Pero estoy de acuerdo con Kelsey. No hacen buena pareja.

—Gracias. —Le doy un sorbo a mi vino—. Y ya que estamos hablando del tema, tengo que contaros que estoy pensando en apuntarme a esa aplicación local de citas. Ya sabéis, esa del restaurante de citas a ciegas.

—Espera, ¿esa de la que tanto ha presumido Noely Clark, de Good Morning, Malibu? ¿Donde ella encontró el amor? ¿Cómo se llama?

—Going in Blind —respondo.

—Sí. —Chasquea los dedos—. Ay, Dios, ¿no los entrevistaste a Jack y a ella en tu podcast?

Yo asiento.

—Sí, de ahí se me ocurrió la idea. Me lo contó todo mientras no estábamos grabando, y me pareció muy interesante. A ver, es posible que encuentre a alguien que piense como yo.

—¿Y cómo funciona? —pregunta Huxley.

—En la aplicación todo es anónimo, pero todo el mundo tiene que superar una investigación de antecedentes y una fase de filtración para garantizar que no haya impostores. Después, la aplicación te asocia a personas. No se sabe ni el nombre de la persona ni cuál es su aspecto, y quedas con esa persona en el restaurante Going in Blind, donde coméis y comprobáis qué tal os lleváis. Como en una cita a ciegas.

—Está bastante bien —opina Huxley.

—Me encanta —añade Lottie—. Dios, tendría que haber pensado en eso cuando iba a la caza de un marido rico.

Huxley estrecha a Lottie con el brazo.

—Creo que lo hiciste muy bien tú solita —dice.

Ella le acuna la mejilla y lo agarra para darle un beso.

—Lo hice medianamente bien, aunque eres bastante gruñón.

Observo cómo Huxley abraza a mi hermana con posesividad mientras le susurra algo al oído. Puaj, vale, estáis enamorados. ¡Ya lo hemos entendido!

Me reclino en mi silla y vacío la copa, y ellos no paran de susurrarse el uno al otro cosas que, la verdad, no quiero ni saber. Tampoco es que ellos lo quieran compartir conmigo, claro.

Lo que me gustaría es tener una relación como la de ellos, en la que estemos tan chiflados el uno por el otro que nos olvidemos por completo del mundo a nuestro alrededor y nos perdamos en los ojos del otro.

Quiero que me adoren.

Quiero ser importante en la vida de alguien.

Quiero ser la persona a quien alguien llame cuando necesite consejo o cuando tenga buenas noticias… o cuando, simplemente, desee escuchar mi voz.

Quiero que me sorprendan con flores a la puerta de mi apartamento. Que me lleven de pronto a un lugar en el que nunca he estado. Que piensen en mí casi a cada segundo de cada día, porque soy lo único en que puede pensar esa persona.

Quiero lo real.

Lo malo.

Las nimiedades de las relaciones.

El coqueteo.

Las discusiones.

Las risas.

El amor.

El romance.

Lo quiero todo. Y aquí sentada, viendo a mi hermana experimentar eso exactamente, sí, me pongo celosa, pero también me doy cuenta de que, si quiero todas esas cosas, voy a tener que conseguirlas yo misma. No puedo quedarme sentada a esperar.

Si quiero el amor, tendré que ir a buscarlo.

—Ay, Dios, tengo ganas de vomitar —digo, mientras me agarro el costado con las manos—. ¿Por qué pensé que era una buena idea?

—Porque quieres tener una relación —contesta Lottie con toda calma, sentada en mi cama con las piernas cruzadas.

—Y lo quiero. —Asiento y sigo mirándome en el espejo de cuerpo completo, estudiando el vestido morado sin tirantes que he elegido para mi cita de esta noche—. De verdad quiero tener una relación.

—Y tú misma dijiste que ese chico tiene buena pinta. Le gustan los perros, tiene su propio negocio (algo que tenéis en común) y en secreto le encantaría formar parte de una boy band, lo cual es bastante encantador.

—Lo es. —Vuelve a asentir, sin dejar de mirarme—. Lo de la boy band me ha tocado la fibra.

—Además, parece divertido. —Me giro hacia mi hermana—. ¿Y si es el adecuado?

—Vale, no puedes ir ahí pensando eso. Tienes que estar calmada y serena, y simplemente has de pasarlo bien. No puedes ponerte en plan romántica a tope con él ni pedirle tener un hijo después de quince minutos de cita.

La fulmino con la mirada.

—Yo nunca haría eso.

—Solo por asegurarme, porque antes me has preguntado si el morado hacía resaltar demasiado las venas del interior del codo. ¿A quién se le ocurre preguntar eso?

Le enseño los brazos a Lottie.

—Mamá me dio estas venas, y son demasiado llamativas —afirmo—. No me hace falta que el morado del vestido las haga resaltar todavía más.

—Por la forma en que ese vestido destaca tus tetas, estoy segura de que lo último que va a mirar este tío son las venas de tus antebrazos.

Me aferro el pecho.

—Ay, Dios, ¿tengo pinta de estar demasiado ansiosa?

—Nooo —se queja Lottie—. Estás perfecta. Bueno, si no te marchas pronto, vas a llegar tarde, y yo sé que lo que más odias en la vida es llegar tarde.

—Es verdad. Llegar tarde quiere decir que o bien eres un «asaltahoras» o que te da igual hacer perder el tiempo a los demás. Y el tiempo es lo único en la vida que no puedes recuperar.

—Sí, ya lo sé.

Lottie se levanta de la cama y me lleva hasta la puerta, pero antes de que me haga salir, me doy la vuelta y la agarro de los brazos.

—¿Y qué pasa si es él, si es mi alma gemela? Empezaré a sudar cuando lo vea. No podré actuar con naturalidad. ¿Y si esta es la única oportunidad que tendré para conseguir el verdadero amor?

—Esta no es la única oportunidad. Es una cita a ciegas con un chico al que un algoritmo cualquiera de internet ha considerado una buena pareja para ti.

—Un algoritmo demostrado. El porcentaje de éxito llega hasta el noventa por ciento. ¿Sabes la presión que me provoca eso?

—Estás exagerándolo todo. Se supone que tiene que ser divertido.

—Las citas nunca son divertidas. Tú tuviste suerte con Huxley. A lo mejor debería pasearme por un barrio de ricos y buscar un marido.

—O, sencillamente, salir con J. P.…

Lo que me acaba de decir me calma los nervios de inmediato, y pongo distancia entre mi hermana y yo.

—A estas alturas, deberías saber que tengo un interés nulo en él. Tendría más suerte saliendo con una planta de interior que con J. P. Cane. Y ahora —me aliso el vestido—, si me disculpas, tengo una cita a ciegas a la que acudir.

—¿Solo he mencionado una vez a J. P. y ya está todo solucionado y estás preparada para marcharte?

—Sí. —Cojo mi bolso y me lo cuelgo del hombro—. Porque si hay algo que sé a ciencia cierta, es que cualquier cita con otra persona será mejor que con él.

2

J. P.

—Te odio, pero mucho mucho —le digo al teléfono, mientras espero fuera del restaurante.

—¿Me odias a mí o te odias a ti mismo? —pregunta Breaker—. Porque eres tú quien ha perdido la apuesta.

—Tenía los cordones sueltos, pedí tiempo muerto, no me escuchaste, encestaste el punto que te hizo ganar y, básicamente…, hiciste trampas.

—Madre mía —rezonga Breaker—. Eso es un montón de mierda, y lo sabes. No pediste tiempo muerto hasta que te esquivé, tú me embestiste y yo te sobrepasé como un rayo. Te gané con todas las de la ley.

Con la mano en un bolsillo, empiezo a pasear por la acera.

—Bueno, necesitábamos una revancha —digo.

—¿Por qué no te portas como un hombre, admites la derrota y asumes las consecuencias sin quejarte?

—Porque no quiero hacer esto.

—Entonces no deberías haber hecho la apuesta.

—Sí, bueno…, no creía que fuese a perderla.

Él se ríe al teléfono.

—Ese no es mi problema.

—Joder… Vale. —Me paso la mano por el pelo—. Pero esto es una puñetera estupidez.

—Deja que te haga una pregunta: ¿estás enfadado porque has perdido o porque vas a tener una cita con quien no es la niña de tus ojos?

—No hay ninguna niña de mis ojos.

Breaker resopla.

—Tío, no puedes engañar a nadie. Estás colado por Kelsey y te molesta que no quiera tener nada contigo.

—¿Kelsey? —Suelto una carcajada tan alta que llamo la atención de un hombre que estaba entrando en el restaurante. Lo saludo con la cabeza y después me doy la vuelta para tener algo de privacidad—. Kelsey es un bodrio. Es estirada e insufrible, y no sabe reconocer algo bueno ni aunque lo tenga delante.

—Te refieres a ti —añade Breaker con socarronería.

—Eh…, sí, claro, evidentemente. ¿Por qué iba a querer tener una cita con alguien que tiene en más alta estima al chicle que se le ha pegado en el zapato que a mí mismo?

—Mmm… Puede que deba pedirle salir a Kelsey. Parece que tenemos mucho en común.

—Vete a la… mierda —me quejo, dándome la vuelta hacia el restaurante. Más le vale no pedirle salir a Kelsey. Si ella no que quiere a mí (que me hago mucho de querer), entonces tampoco puede querer a Breaker. Kelsey está ciega y no es razonable. Y ojalá no fantaseara con ella. Tan a menudo—. Esto es una verdadera estupidez. No sé nada de esta chica.

—Eso no es verdad. Sabes que vive aquí, que tiene su propia empresa y que cree que las rosas son las flores más románticas del mundo.

—Sí, exacto. No tengo ni idea de por qué pensó el ordenador que seríamos una pareja ideal. Probablemente, vio «empresario» en nuestro perfil y pensó «¡Hecho!». Qué fácil. Una pareja perfecta. Este lugar está sobrevalorado y es ridículo.

—Tampoco te hace falta quedarte mucho tiempo. Tú tómate una copa, sin más, y luego…

—Así no es como funciona esto. Tienes que quedarte y terminar la comida con la persona. Es el maldito programa.

Breaker resopla.

—Ay, mierda, ¿en serio?

—Sí, en serio. Ese rollo de que quieren que conozcas a la persona antes de tomar una decisión precipitada y continuar con la siguiente cita.

—Tiene sentido.

—Sí, para quien no tenga que ir a la cita.

—Tío, deja de despotricar y entra ahí. Madre mía, ¿no se te ha hecho tarde?

Me miro el reloj. Mierda, seis minutos tarde. Suelto un suspiro.

—Te odio —le digo.

—Estoy impaciente por saberlo todo de tu cita. Pásalo bien, colega.

—Que te den. —Cuelgo justo cuando resuenan sus carcajadas al otro lado de la línea.

Y ahora, si fuera un cabrón de verdad, de esos que no cumplen sus promesas, pasaría de largo el restaurante, entraría en un bar y vería el último partido de los Rebels. Pero aunque me resulte del todo atrayente, no soy de esos. No puedo dejar a nadie plantado. Me sentiría culpable de cojones.

Así que me guardo el teléfono en el bolsillo y deseo que esta noche se acabe incluso antes de que pueda empezar.

Going in Blind, «quedando a ciegas»; qué gilipollez más grande.

Dejar que un ordenador te empareje con alguien sin haber visto siquiera a esa persona es, para mí, una conducta temeraria.

De hecho, también irresponsable.

¿Y qué es eso de que te secuestren hasta que se acabe la comida?

Bueno, pues adivinad quién va a sabotear la cena para salir por patas.

Yo mismo.

Abro la puerta del restaurante y me recibe una recepcionista eufórica y un ambiente demasiado romántico para mi gusto. Hay guirnaldas con bombillas enormes por todas partes y montones de macetas colgantes cuyas ramas caen por encima de las mesas. Las paredes son todas de ladrillo blanco a la vista, todas las mesas privadas tienen ese aire urbano, metalizado, y las vigas de madera del techo suavizan un poco el diseño.

Sí, claro…, el sitio es bonito.

Tengo que reconocerlo.

Pero el concepto es una gilipollez.

—Buenas noches, caballero —saluda la entusiasta recepcionista—. Debe de ser usted J. P.

Claro que saben quién soy. Estoy seguro de que tienen fotos de todas las personas a las que han cazado para venir a una cita aquí.

Sonrío a la fuerza y asiento.

—Ese soy yo.

—Maravilloso. Bueno, su cita está en la barra. ¿Quiere que le presente o prefiere hacerlo usted mismo?

Miro hacia la barra y veo a una mujer con un vestido morado que está sentada sola. Contemplo su melena castaña larga algo ondulada que cae sobre sus hombros. Mmm…

A lo mejor, todo esto no es una completa gilipollez.

—Puedo presentarme yo mismo.

—Maravilloso. Que pase una noche estupenda.

—Gracias —contesto, antes de adentrarme en el restaurante. Cuando te apuntas a su programa, te hacen elegir un avatar, un nombre que te represente pero que no sea el de verdad. Yo elegí «HombreConPantalones» porque estaba demasiado enfadado como para que se me ocurriera algo inteligente, y la chica con la que me emparejaron, bueno…

—Hola, debes de ser LasRosasSonRojas —la saludo.

Ella deja su copa medio vacía y se da la vuelta, casi a cámara lenta. Contengo el aliento a modo de preparación para lo que estoy a punto de ver, pero cuando aparece su cara, me quedo perplejo ante la conocida belleza de pelo oscuro que tengo delante.

Tiene una enorme sonrisa y los ojos llenos de esperanza, pero cuando se atusa el pelo por encima del hombro y me mira a los ojos… la expresión le cambia por completo, y la boca se transforma en una línea fina y encrespada.

—¿Qué coño haces aquí? —pregunta.

Ay, madre, esto es una puñetera pasada.

Kelsey Gardner.

¿Qué probabilidades había?

Me meto las manos en los bolsillos.

—Soy tu cita de esta noche —anuncio con alegría.

Se asoma por encima de mi hombro y parece tardar un segundo en darse cuenta de lo que está ocurriendo.

—¿Eres un acosador y me has seguido hasta aquí? —pregunta—. J. P., esto es ir demasiado lejos. Voy a tener una cita con alguien. No quiero que piense que he venido aquí contigo, así que por favor, márchate…

—HombreConPantalones —anuncio, y ella entrecierra los ojos.

Mira rápido a su alrededor, se humedece los labios y se inclina.

—¿Por qué has dicho eso? —inquiere, en tono tenso.

Ay, qué adorable ver cómo arruga la nariz, confundida. Qué equivocado estaba. Esta noche va a ser mucho más divertida de lo que había pensado.

—Es mi avatar. HombreConPantalones, y tú, mi pequeña arpía cabreada, eres LasRosasSonRojas, y podrás negarlo cuanto quieras, pero este programa de citas cree que somos la pareja perfecta.

—Bueno, pues es evidente que se equivoca. —La estridencia de su voz alcanza un tono claramente capaz de romper las botellas de alcohol que hay detrás de ella. Se levanta de la silla, coge el bolso e intenta pasar a mi lado, pero yo le agarro la mano.

—Disculpa, Doña Irritable, pero creo que no podemos marcharnos del restaurante hasta que hayamos terminado de cenar juntos. Está en las condiciones del contrato.

Su mirada se encuentra con la mía.

—No irás en serio.

—Uy, voy muy en serio. Creo que estaba en la cláusula tres, línea quinta, donde se describen las directrices generales —afirmo—. Me he apuntado a esta aplicación de citas, y espero disfrutar de la experiencia completa. —Le lanzo la sonrisa que sé que le irrita más que nada en el mundo.

—¿Va todo bien por aquí? —pregunta la recepcionista, que se ha acercado hasta nosotros.

—Todo va genial —contesto.

—No, todo no va genial —añade Kelsey—. Debe de haber ocurrido algún tipo de error en el algoritmo y la selección de mi pareja, porque conozco a este hombre, y deje que le diga una cosa: puedo afirmar con total seguridad que no hacemos una buena pareja.

—Ah, qué interesante. Creo que no nos ha sucedido esto nunca.

—Oh, maravilloso. Entonces se podrá imaginar que estamos deseando terminar con esta fatídica molestia y marcharnos cada uno por nuestro lado.

La recepcionista menea la cabeza. Casi puedo escuchar los aullidos agonizantes del interior de Kelsey, como si se estuviese acabando su mundo.

—Lo siento mucho, pero, por desgracia, tienen que quedarse y disfrutar de la cena juntos. Forma parte del contrato.

—Pero he dicho que ya lo conozco. —Kelsey agita la mano con furia en mi dirección. Señala todo lo que quieras, señorita, porque no va a funcionar—. Y no me gusta. No necesito cenar con él para averiguarlo.

—Au, qué dolor —murmuro, juguetón, a su oído. Ella me aparta de un inesperado manotazo. Guau, casi me mete una uña en el ojo.

—¿Ve con quién tengo que tratar? Créame, no le vendrá bien que cenemos juntos; distraerá al resto de personas que hay a nuestro alrededor. Lo único que hacemos es discutir.

—Entonces les daré una de las mesas privadas de la zona del altillo. —La recepcionista sonríe y luego señala hacia las escaleras que tiene a la derecha—. Por aquí.

—No puede hablar en serio —dice Kelsey.

—A mí me parece que va muy en serio —añado yo, colocándole una mano en la base de la espalda para guiarla.

—¿De verdad me va a obligar a cenar con él?

La recepcionista no responde, se limita a seguir caminando, y yo sigo empujando a Kelsey sin dejar de sonreír todo el tiempo. Y yo que pensaba que esta noche iba a ser un completo bodrio, y ahora resulta que la estoy encontrando de lo más interesante.

—Esto es ridículo. No deberían retenerme a la fuerza.

Subimos las escaleras.

—Este programa es un disparate si creen que J. P. podría ser mi pareja. ¿Han investigado al menos sus antecedentes?

Llegamos al altillo, un espacio privado envuelto con cortinas blancas y luces parpadeantes. Hay una mesa en el centro, y la decoración es ideal para unos amantes íntimos, para dos personas que se enredan en la vida del otro entre interludios románticos, interminables historias sobre sus infancias y fantasías remotas sobre cómo sería su futuro juntos.

Y luego estoy yo, con Kelsey: el puercoespín rabioso que ya está preparando las púas para clavármelas en cuanto tenga la más mínima oportunidad.

Esta habitación sensual que exuda romance de cuento de hadas va a ser testigo de un buen espectáculo.

—No hay nada romántico entre nosotros, en absoluto. ¿Por qué está pasando esto? —continúa ella despotricando.

La recepcionista levanta una cestita que contiene un elocuente cartel que dice «Apagar y estar presente», y la agita delante de nosotros como para exigir, sin lugar a dudas, que dejemos nuestras vidas dentro.

Dejo caer mi teléfono en el interior de la cesta porque, otra cosa no, pero obediente, sí soy.

La mirada de Kelsey se llena de pánico mientras mira el recipiente.

—¿Y si recibimos una llamada importante? ¿Y si necesito que mi hermana finja que se ha roto el tobillo para poder escabullirme?

Al menos es sincera, pero no consigue convencer a la recepcionista, y con un gruñido salvaje de los que solo se escuchan en las noches más oscuras y siniestras, Kelsey deja al fin el móvil en la cesta, junto al mío.

A continuación, la recepcionista nos acompaña hasta la mesa, que está junto a una pintoresca chimenea de piedra cuyo resplandor anaranjado nos augura una noche de lo más romántica… con la puritana mujer lobo.

—Su camarero se llama Helix. Vendrá en breve. Por favor, avísennos si necesitan algo —dice la recepcionista, antes de ofrecernos nuestras sillas.

—Sí, necesito acabar ya con esta cita. ¿Puede ayudarme? —pregunta Kelsey.

—Estoy segura de que van a pasar una noche maravillosa juntos. Que aproveche.

Y luego se marcha escaleras abajo, para dejarme a solas, en lo que algunos considerarían un altillo de ensueño, junto a Kelsey.

Una Kelsey enfurecida, que bufa como un toro.

Una Kelsey que seguramente preferiría compartir este lugar con cualquier otra persona —y me refiero a cualquiera—, menos conmigo.

Levanta la mano y me señala con un dedo tembloroso.

—Lo has hecho tú —sisea—. Tú has planeado todo esto, ¿verdad?

—¿Qué? Tienes que haber perdido la cabeza si crees que tengo tiempo en mi apretada agenda para averiguar en qué tipo de aplicación cursi te has metido, infiltrarme y después manipular el sistema para que tú y yo nos veamos obligados a tener una cita.

—Lo sabía. —Levanta las manos al aire—. Dios, qué bien te haces el tonto, cuando en realidad eres un zopenco confabulador que no tiene nada mejor que hacer que provocar a todo aquel que se cruce en tu camino.

Yo tomo asiento, cojo la servilleta que tengo delante y me la extiendo sobre el regazo.

—En primer lugar, he dicho que no tengo tiempo para hacer todo eso. En segundo lugar, «zopenco confabulador» es un insulto que voy a tener que reservarme para usarlo en adelante. Es muy bueno.

—Puaj, no finjas ser encantador conmigo. —Ella también se sienta, aunque a regañadientes, y se coloca la servilleta. Tamborilea con los dedos sobre la mesa y observa las luces que nos rodean—. Qué desperdicio de reservado.

¿Veis? Sabía que lo pensaría. ¿La conozco o no la conozco?

Me inclino.

—¿Sabes? Podrías intentar sacarle partido a esto y ser agradable —sugiero.

Su mirada se cruza con la mía.

—¿Por qué, J. P.? Pensaba que los hombres y las mujeres que trabajan juntos no pueden ser amigos.

Touché.

—No digo que tengamos que ser amigos, solo que, al menos, podrías dejar de comportarte como una lagarta aburrida.

—¿Esperas que mantenga una conversación contigo?

—Es lo que suele hacer la gente normal cuando comparten una comida. A menos que haya una nueva tendencia que desconozca.

Justo entonces, quien debe de ser Helix sube las escaleras con unos vasos de agua sobre una bandeja que sostiene precariamente. Tras dejarlos sobre la mesa, se coloca la bandeja debajo del brazo.

—Buenas noches —saluda—. Nuestra recepcionista me ha informado de que tenemos un feliz nidito de amor aquí arriba.

La cara de asco de Kelsey casi me hace caerme de la silla de la risa, pero me aguanto por temor a lo que podría ocurrir si lo hago. Después de todo, hay dos cuchillos sobre la mesa.

—Tenemos un poco de prisa, así que, si no te importa, nos gustaría pedir, comer y después largarnos de aquí cagando leches.

—Madre mía —susurro—. No seas tan maleducada con el chico.

Kelsey suelta un suspiro y sonríe con afectación.

—Lo siento. Helix, ¿verdad?

Él asiente.

—Verás, cuando me registré en la aplicación, tenía la impresión de que me emparejarían con alguien que de verdad me pudiera interesar. Tenía la gran esperanza de conocer a alguien interesante, alguien complejo, alguien divertido. Estaba decidida a establecer una profunda conexión esta noche. —Desvía la mirada hacia mí—. Y cuando digo «profunda conexión», me refiero a mentalmente…, no físicamente.

Yo me limito a sonreír.

—Pero, verás, Helix: en vez de conocer a alguien que pudiera encandilarme, me han emparejado con un humano insolente e insoportable que se preocupa más por el pellejo de sus uñas que por la gente que tiene alrededor. Por desgracia, trabajo con él, y lo conozco lo suficiente como para comprender que no tenemos nada, absolutamente nada, en común. Por tanto…

—Eso no es lo que dicen vuestros perfiles. —Helix agarra la bandeja con fuerza.

Kelsey parpadea varias veces.

—¿Disculpa?

—Ya me han dicho que podría haber algún que otro problema aquí en el paraíso, y a veces, cuando eso ocurre, imprimimos el motivo por el que el ordenador os ha emparejado a los dos. ¿Queréis que os lo lea?

—No —contesta Kelsey.

—Sí —digo yo al mismo tiempo—. No hay nada que me apetezca más que escuchar por qué Kelsey y yo estamos hechos el uno para el otro. —Apoyo el tobillo en mi rodilla, me reclino y me preparo para lo que me imagino que será una experiencia totalmente esclarecedora para mí y sumamente horrible para Kelsey.

Helix se saca un papel del bolsillo y se aclara la garganta.

—Habéis sido una de las mejores parejas de nuestro sistema, con un noventa y siete por ciento de probabilidad de éxito.

¡Ja!

A Kelsey le sale humo por las orejas, y yo sonrío cada vez más.

—LasRosasSonRojas y HombreConPantalones.

Helix se gira hacia mí.

—Un nombre fantástico, por cierto.

Yo asiento.

—Gracias.

—Ay, Dios mío —se queja Kelsey—. Ese nombre no es nada imaginativo.

—Como si LasRosasSonRojas fuera una obra de arte poética… —respondo—. Lo mismo podrías haberte llamado DoñaEvidente.

Kelsey me señala y mira a Helix.

—¿Ves a qué me refiero? Insufrible.

Helix, que parece un poco cansado, da un paso atrás y lee el papel.

—«LasRosasSonRojas y HombreConPantalones son empresarios en la zona de Los Ángeles».

—Guau, eso lo sabe todo el mundo. —Kelsey se cruza de brazos, y, para ser sincero, creo que no la he visto nunca tan enfadada. Una de las cosas que me han interesado siempre de ella es su capacidad para no perder la compostura, incluso cuando se encuentra bajo una enorme presión. Nunca muestra sus emociones, pero esta noche estoy viendo un lado nuevo de ella. Y creo que me gusta.

—«Tras revisar los historiales de los dos, hemos encontrado semejanzas en el abandono parental».

Kelsey se queda en silencio.

—«El ansia de éxito, y una coincidencia exacta en miedos tales como al fracaso, a no ser amado y a estar solo».

La mirada de ella se cruza con la mía y yo la aparto. Vale, ¿qué coño es toda esta mierda? Sí, rellenamos un cuestionario, pero ¿qué clase de investigación invasiva han hecho de nuestras vidas para deducir todo eso?

—«También hemos esclarecido que LasRosasSonRojas tiene una mentalidad muy estructurada y apasionada, y HombreConPantalones puede tener una actitud muy pesimista y apática, con lo que las dos piezas del puzle encajan a la perfección y crean el equilibrio perfecto para una relación sana». —Helix vuelve a meterse el papel en el bolsillo y después saca una libreta y un boli—. Y ahora, ¿qué os traigo de cena?

3

Kelsey

Madre mía, Helix sabe callarle a la gente la boca en un santiamén.

Los dos pedimos el pastel de carne con puré de patatas —no voy a prestar atención a que hayamos pedido lo mismo, muchas gracias—, y después Helix se marcha escaleras abajo, no sin antes avisarnos de que falta personal en la cocina y que la comida tardará un poco más en llegar.

Vale…, genial. Me pregunto si no lo hacen a propósito, para que las «citas» tengan que durar más.

Por los altavoces suena una versión instrumental de Bad Guy, y J. P. y yo miramos a cualquier parte menos al otro.

Helix ha soltado la bomba de la verdad y destruido la velada por completo.

Hasta J. P. ha dejado de decir tonterías y se ha limitado a girar el vaso sobre la mesa.

El silencio es ensordecedor.

Incómodo.

Y aunque no aguanto estar sentada frente a él en estos momentos, tampoco aguanto el silencio. Es más doloroso que las palabras.

—Bueno… ¿Sueles comer pastel de carne a menudo? —pregunto, porque no se me ocurre nada más que decir.

Cuando levanta la mirada, alza la ceja de esa manera suya tan parecida a la de Regé-Jean Page, como si la hubiera enganchado un anzuelo, hubiera tirado de ella y luego no la hubiera soltado. ¿Que si me hace recordar esa escena de LosBridgerton que me hizo derretirme en el sofá? Pues claro, pero ¿es capaz de romper el muro protector de hielo que he erigido a mi alrededor por culpa de esta desafortunada noche? Ni un poquito.

—¿Estás intentando entablar conversación conmigo?

—No pensarás que me voy a quedar sentada aquí, en silencio, durante vete tú a saber cuánto tiempo.

—No lo sé; estoy disfrutando bastante viendo lo nerviosa que te pones por la falta de conversación.

—¿Por qué eres tan gilipollas?

—¿Es que no lo has adivinado tras el discurso que nos ha dado Helix? Problemas de abandono y fachada falsa son mis principales mecanismos de defensa. No hace falta un psicólogo para adivinarlo, nena —dice.

—Eso no es una excusa para que te comportes como un imbécil. Yo crecí sin padre y no me ves por ahí paseándome con actitud indignada.

Él suelta una carcajada tan alta que me sobresalta.

—¿Se te acaba de olvidar el espectáculo de «Odio a J. P. Cane» que acabas de armar delante de los empleados?

—Bueno, perdóname por haberme quedado espantada al enterarme de que eras mi cita de esta noche. Me había imaginado que iba a ser un pelín distinta.

—Entiendo. ¿Y cómo te la habías imaginado?

Le doy un sorbo al agua.

—Así no.

—Lo has dicho tú, y dado que tenemos una larga cena por delante, ¿por qué no me cuentas cómo tenías pensado que iría la velada?

—No pienso decírtelo. Te reirás de mí.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—Porque eres un destructor de las esperanzas y los sueños.

—Qué poco me conoces, Kelsey.

Me quedo mirándolo unos segundos antes de continuar.

—Bueno, ¿si te cuento lo que pensaba que iba a ocurrir esta noche, no te burlarás de mí?

—¿Sabes? Igual te vendría bien conocerme. A lo mejor, no tendrías tan mala opinión de mí.

Lo dudo.

—Vale —digo, levantando la barbilla—. Pero si te burlas de mí, te tiraré el agua a la cara.

—Me parece justo. —Asiento—. Adelante, ilumíname con tus fantasías.

Dios, lo odio de verdad.

Me aclaro la garganta antes de empezar a hablar.

—Bueno, me apunté a este programa porque he oído a Noely Clark hablar cosas muy buenas de él.

—¿Noely, la presentadora de Good Morning, Malibu? —pregunta.

—Sí. Los entrevisté a ella y a su marido para mi podcast…

—¿Tienes un podcast? ¿Cómo se llama?

De repente me entra vergüenza, porque sé que probablemente me esté juzgando.

—Sí, tengo un podcast, y el nombre no importa —contesto—. Preferiría que no lo escucharas.

—¿Te da miedo que me convierta en un oyente fiel?

—¿Te estás riendo de mí? —pregunto, cogiendo el agua.

Levanta las manos, que, por cierto, son bastante grandes.

—No, no me estoy riendo. Solo estoy entablando conversación.

—Intenta rebajar un poco el sarcasmo cuando «la entables».

—Trato hecho. —Hace una señal con la mano—. Continúa.

—Bueno, pues los entrevisté para mi podcast y, cuando no estábamos grabando, me habló de Going in Blind. Y como ando a la busca de sentar cabeza con alguien… —hago una pausa para valorar su expresión, y cuando no sonríe, prosigo—, pensé en probar. No han hecho más que contarme cosas buenas de él, así que cuando me estaba arreglando hoy estaba bastante nerviosa. Supuse que conocería a alguien interesante, alguien que pensara parecido a mí, alguien con quien congeniara bien. Te imaginarás la decepción que me he llevado al ver que en realidad HombreConPantalones eras tú.

Levanta su copa tan tranquilo y, sin dejar de mirarme con atención, le da un sorbo al agua. Los hombres Cane tienen algo enigmático, pero también irritante. Tienen un autocontrol excelente, sobre todo a la hora de contener su reacción inicial a las cosas. Por lo general, sus movimientos son sutiles, lo cual demuestra un gran control. Lo he visto en Huxley, y ahora en J. P.

—Una decepción, sí —afirma—. Siento haberte chafado la noche.

—Puf, no hagas eso.

—¿Que no haga el qué? —inquiere con impasibilidad.

—Jugar la carta del orgullo herido. Tú y yo sabemos que en esta situación no hay nada que pueda herir tus sentimientos. Estás disfrutando del hecho de que nos emparejaran solo porque me ha chafado la noche y las esperanzas de una posible relación.

—Yo no disfruto con eso —responde—. Lo encuentro algo cómico, lo admito, pero me siento un poco mal por ti.

—No necesito que te sientas mal por mí. Ahórrate la lástima para otra persona.

—No te tengo lástima. Hay una diferencia. Si te la tuviera, entonces querría decir que tengo una mala opinión de ti, y no es ese el caso. Solo me siento mal por el hecho de que creas que mi presencia te ha chafado la noche.

—¿Por qué tienes que decirlo así? Como si fueras tú la víctima.

—Créeme, nena, yo nunca soy la víctima. —Se remueve en la silla, y soy capaz de adivinar que el J. P. relajado y bromista ha desaparecido, sobre todo desde que Helix expuso nuestros historiales, y en su lugar ha surgido un hombre cauteloso, uno al que no he visto nunca antes.

—Es solo que esperaba otra cosa —digo, cruzando las manos en mi regazo—. Estaba emocionada por conocer a alguien nuevo.

De nuevo, J. P. me estudia con intensidad, con la mirada ardiente, como si me estuviese comiendo viva al pasar de mis ojos a mi boca, luego a mi pecho…

—He venido por una apuesta —anuncia al final.

Nos miramos a los ojos.

—¿Qué?

Levanta una mano para aplacar mi rabia en ebullición.

—Antes de que creas que he venido a propósito a chafarte la noche, no es eso. El hecho de que estemos aquí juntos, cenando, es pura coincidencia. Sin embargo, me apunté a este programa porque perdí una apuesta contra Breaker.

—¿Qué tipo de apuesta?

—Estábamos jugando al baloncesto. Nuestros egos se apoderaron de nosotros y decidimos que el que perdiera tendría que hacer lo que le dijera el otro. Fue una partida empatada. Yo iba a obligar a Breaker a apuntarse a una clase de pastelería que sabía que odiaba por completo, y él al parecer había planeado que yo hiciera esto. Perdí, me dijo lo que tenía que hacer y aquí estoy.

—¿Así que has venido porque perdiste una apuesta?

—Sí.

—¿Y si no hubiese sido yo tu cita? ¿Qué habrías hecho entonces?

—Habría intentado disfrutar de la noche. No estoy seguro desde cuándo empezaste a pensar tan mal de mí, pero soy bastante buen tipo. Cierto, se me ha pasado por la cabeza no acudir a la cita, pero sabía que no podía hacerlo. Así que mi plan era entablar algo de conversación, disfrutar de la comida y después despedirme con un saludo. Quería pasar el resto de la noche en mi piscina, desnudo sobre una colchoneta, observando las estrellas.

Mi mente traicionera se imagina esa misma visión, de J. P. desnudo sobre una colchoneta, flotando sobre una piscina, con todos sus tatuajes a la vista.

Es, eeeh…, una imagen agradable.

—Pero ahora estoy aquí, contigo, sufriendo con esta conversación y rezando para que los cocineros se den prisa en acabar mi cena para poder volver a casa. —Sonríe con suficiencia—. ¿Qué tienes pensado hacer después? —pregunta.

Preguntarle a Lottie dónde compró Huxley ese «juguete», para poder aliviar la tensión que se me ha acumulado en los hombros a lo largo de esta noche.

—Probablemente, doblar y planchar la colada mientras veo una nueva comedia romántica en Netflix.

—Deja que adivine… Una peli donde dos personas se conocen, se enamoran locamente, luego el chico hace algo estúpido, la chica se enfada, rompen solo para que él haga un enorme gesto por recuperarla y al final todo se acaba con un «fueron felices para siempre».

Levanto la barbilla.

—Si tanto te interesa, pues sí, esa era más o menos la idea —contesto.

Él resopla.

—¿De verdad crees que la vida es así?

—Me gustaría creer que hay algo de verdad en esas historias. Al menos, me dan esperanza en cuanto al tipo de vida que me gustaría tener.

—Son una ficción exagerada. La vida no gira en torno a la estrella de cine que se enamora del solitario albañil y que lo deja todo para vivir en un pueblo estrafalario.

—¿Sabes, J. P.? Solo porque tu vida no funcione así, no significa que las de los demás no tengan que hacerlo. Mira a Lottie y Huxley, por ejemplo. Su historia de amor es como una comedia romántica, con todas las idas y venidas que puede ofrecer una historia de amor apasionada.

—Se cruzaron en la acera e hicieron un trato para ayudarse mutuamente. Para mí, eso no tiene nada de romántico.

—Es un tropo clásico.

—¿Un qué? —pregunta, con expresión confusa.