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MÁS DE 2 MILLONES DE EJEMPLARES VENDIDOS EN TODO EL MUNDO EL SEXTO MEJOR LIBRO DEPORTIVO DE LA HISTORIA SEGÚN SPORTS ILLUSTRATED Una temporada en el alambre narra el año que John Feinstein pasó siguiendo a los Indiana Hoosiers y a su apasionado entrenador, Bob Knight, que dio al autor un acceso sin precedentes a uno de los mejores programas universitarios del país. Feinstein lo vio y lo escuchó todo: entrenamientos, viajes, comidas, reuniones de equipo, sesiones de estrategia, conversaciones privadas, charlas en los tiempos muertos de los partidos… Considerado uno de los mejores libros de deportes de la historia, este volumen captura a la perfección el drama y la presión del baloncesto universitario, y es, sin ninguna duda, el libro definitivo sobre Bob Knight, un personaje complejo y brillante que camina permanentemente sobre la delgada línea entre el genio y la locura. Con más de dos millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Una temporada en el alambre ha sido adaptado al cine y a la televisión, y sigue siendo una lectura obligada para aficionados a la canasta y para cualquier persona interesada en la psicología de la competición al más alto nivel.
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Seitenzahl: 764
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A Season on the Brink: A Year with Bob Knight and the Indiana Hoosiers
© 1986, John Feinstein
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño y maquetación: Endoradisseny
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Junio de 2023
Primera edición digital: Junio de 2023
© 2023, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2023, Guillermo Ortiz, de la traducción
© 2023, Montserrat Griera, de la ilustración de la cubierta
© Dave Repp Collection: Indiana University Archives, de las fotos de la contracubierta e interior
ISBN: 978-84-18282-93-5
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Para mamá y papá… y no admito discusiones
CASI DESDE EL MISMO MOMENTO de la publicación de Una temporada en el alambre, hace ya veinticinco años, hay una pregunta que no he podido dejar de hacerme una y otra vez: ¿Qué tecla tocó para conectar así con los lectores? ¿Por qué la gente se me sigue acercando años después para decirme que han vuelto a leer el libro por segunda, por quinta o por décima vez? ¿Por qué empezó con una primera edición de diecisiete mil quinientos ejemplares y acabó vendiendo millones?
No cabe duda de que gran parte del éxito del libro tiene que ver con el acceso total al equipo que Bob Knight me dio en el invierno de la temporada 1985/86. Por entonces, era algo inaudito que un entrenador permitiera algo así a un periodista, especialmente un entrenador tan polémico y que venía de ganar dos campeonatos universitarios y una medalla de oro olímpica.
Hoy en día, es fácil escuchar a cualquier entrenador en el vestuario dando la charla a sus jugadores. Basta con encender la televisión. Todo gira en torno al concepto de «información exclusiva», tanto si se trata de imágenes de deportistas olímpicos esperando nerviosos el inicio de su prueba con los cascos puestos, como de cualquier detalle desconocido que alguno de esos deportistas decida publicar en sus redes sociales.
Por entonces, cuando le decía a la gente que Knight me había dado acceso exclusivo a su equipo y que me dejaba incluso estar en el vestuario antes, durante y después de los partidos con la grabadora encendida… o escuchar lo que se decía en el corrillo durante los tiempos muertos, eran pocos los que me creían.
Todavía recuerdo la cara de Billy Packer, el analista de la CBS, cuando entré con Knight a la pista de Michigan y me senté al final del banquillo antes del partido llamado a decidir aquel año la conferencia Big Ten.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó durante el descanso.
—Preparando mi libro —contesté.
—Dios santo —murmuró—, Bob no sabe en la que se ha metido. Se va a arrepentir de esto.
Con el paso del tiempo, todos sabemos que, más que arrepentirse, Knight prefirió enfadarse cuando se publicó el libro. En su autobiografía, deja claro que haberme otorgado ese acceso a las intimidades del equipo fue el mayor error de su vida porque me porté mal y rompí nuestro acuerdo al dejar negro sobre blanco (parte de) su lenguaje más explícito.
Creedme, si hubiera querido recoger todos sus exabruptos, todavía estaría delante de la máquina de escribir.
No me cabe la menor duda de que Knight estaba de alguna manera convencido de que habíamos llegado a algún tipo de acuerdo acerca de su uso del lenguaje. Cuando le expliqué que el libro tenía que incluir esas expresiones para que resultara creíble, me dijo que lo entendía… pero está claro que no ha sido así. La gente que utiliza muchas palabrotas al hablar —y, desgraciadamente, hablo por propia experiencia— rara vez son conscientes de hasta qué punto abusan de ellas.
Knight se quedó de piedra cuando, una noche del invierno que pasé con él, le dijo a un amigo que creía que había hecho un gran esfuerzo por rebajar el tono esa temporada, y su amigo (algo poco común en el entorno más cercano de Knight) le dijo que no estaba de acuerdo. Para que conste, el amigo en cuestión era Bob Murrey, el organizador de sus clínics. Bob Hammel se hubiera tragado la lengua antes de haberle llevado la contraria a Knight.
Cuando Knight leyó el primer capítulo, en el que se describía una escena en el vestuario en la que le echaba una bronca descomunal a Daryl Thomas, no podía creerse la cantidad de palabrotas que había incluido en su diatriba. Lo que no sabía era que había tenido que quitar el ochenta por ciento de los tacos que no dejaba de repetir y había eliminado por completo cualquier palabra excesivamente hiriente.
Su reacción fue insultarme de mil maneras —incluyendo, por cierto, alguna que otra palabrota— cuando el libro salió a la venta. Todavía hay gente que cree que fue esa respuesta desmedida de Knight lo que convirtió el libro en un éxito, ignorando que ya era el número dos de la lista del New York Times antes de que decidiera atacarme en los medios. También hay quien dice que tuve suerte porque Indiana ganó el campeonato universitario en 1987. Buena teoría… pero el libro trata del año anterior, en el que Indiana perdió contra Cleveland State en primera ronda del Torneo de la NCAA. No falta quien cree que todo el mérito del libro se basa en el acceso exclusivo del que disfruté. Ahí puedo estar de acuerdo, pero hasta cierto punto.
Lo que convirtió Una temporada en el alambre en un tremendo éxito fue la presencia constante de Knight. El libro no se habría vendido tan bien si ese mismo acceso exclusivo me lo hubieran otorgado Dean Smith o John Thompson —junto a Knight, los otros dos entrenadores más famosos en aquel momento— o incluso Jim Valvano, que se había convertido en uno de los grandes personajes del baloncesto universitario estadounidense después de haber llevado, contra todo pronóstico, a North Carolina State al título en 1983. Si hubiera esperado seis años y Mike Krzyzewski me hubiera dejado compartir vestuario con el equipo de Duke que ganó dos títulos consecutivos, el libro tampoco habría sido el fenómeno editorial que fue.
Porque lo cierto es que no hay nadie como Knight, para lo bueno y para lo malo. Por eso aún hoy, retirado de las canchas y habitual de la televisión, donde comenta partidos universitarios, sigue fascinando de esa manera a la gente. Es difícil describir con palabras lo irónico que resulta ver a Knight trabajando en los medios de comunicación, aunque, por supuesto, él insistirá en que no es como los demás… y no le faltará razón. La mayoría de los comentaristas se ven las sesiones de tiro de los equipos, intentan hablar con los entrenadores antes del partido para ver cómo llegan sus equipos y se las arreglan para averiguar algún detalle desconocido de los jugadores.
Knight no hace nada de eso. Se limita a aparecer por ahí cuando le da la gana —con su jersey, por supuesto, lo que ha obligado a la ESPN, como si de un chiste se tratara, a vestir con jersey a sus propios narradores en vez de decirle a Knight que se ponga una americana, como siempre se ha hecho— y verse el partido. Afortunadamente, entiende el baloncesto con tanta facilidad que es capaz de captar en seguida lo que están haciendo ambos equipos y explicarlo con claridad. Si cualquier otra persona intentara hacer en televisión lo que hace Knight, le despedirían nada más acabar su primer partido.
Al final de Una temporada en el alambre, me preguntaba si Knight acabaría autodestruyéndose. Desgraciadamente, por mucho que lo niegue, así ha sido. ¿Cómo es posible que un entrenador con el historial que Knight tenía en Indiana, tanto en la cancha como fuera de ella, se las apañe para que le despidan después de veintiocho años en el cargo? Ganó tres títulos universitarios, unos Juegos Olímpicos, un National Invitation Tournament (NIT) y fue amo y señor de la Big Ten. Prácticamente todos sus jugadores se graduaron. Nunca hubo el menor atisbo de irregularidad respecto a las reglas de la NCAA —exceptuando la aparición de Steve Alford en un calendario benéfico— desde el primer día que llegó a Bloomington hasta el último. Knight debería haber entrenado su último partido en Indiana y, la noche de su último partido en el Assembly Hall, la universidad debería haber anunciado que la cancha pasaría a llamarse Bob Knight Court para siempre. Debería haber roto en Indiana el récord de victorias de Dean Smith, uno de los clásicos del baloncesto universitario, y no en Texas Tech, un desierto baloncestístico donde su departamento deportivo tuvo que, literalmente, salir a la calle para pedirle a la gente que acudiera a los partidos en los que Knight podía batir el récord.
Incluso a día de hoy, incapaz de reconocer que parte de todo ello puede ser culpa suya, sigue negándose a volver a Indiana para entrar en su Salón de la Fama. Sigue enfadado y rabioso por mucho que el presidente que lo despidió, Myles Brand, lleve años ya muerto y no quede nadie en la universidad que tenga nada que ver con su marcha.
Esta es una de las razones por las que a la gente le fascina Knight. Lo que le hace bueno le hace buenísimo. Lo que le hace malo le hace el peor. Si me dieran un dólar por cada vez que alguien me cuenta que se ha encontrado con Knight y ha sido de lo más amable, encantador y divertido, no tendría que volver a trabajar en mi vida. Si además me dieran otro dólar por cada vez que me cuentan que se ha portado como un matón odioso y maleducado, directamente sería Bill Gates.
Es raro que a alguien le resulte indiferente. Knight tiene una enorme facilidad para dejar a la gente con la boca abierta, sea en gesto de admiración o de enfado. No hay punto medio. A menudo, me preguntan qué tal me llevo ahora con Knight. A lo largo de los años, hemos pasado por tiempos peores y mejores, como cabría esperar. Ocho años después de la publicación del libro, Knight pareció querer perdonarme. Empezamos a saludarnos cuando nos cruzábamos y en alguna ocasión incluso charlamos amigablemente. En 2003, cuando estaba escribiendo mi libro sobre Red Auerbach, hablamos acerca de Red por teléfono durante casi dos horas y —como es habitual cuando Knight está de buenas— fue una conversación divertida, productiva y llena de anécdotas que me ayudaron una barbaridad.
Antes de colgar, le dije:
—Bob, sé que has hecho esto por Red, pero quiero decirte que lo agradezco de veras.
—Al contrario, John —contestó—. Soy yo el que debería darte las gracias. Es casi imposible hacer algo ahora mismo que ayude a Red y estoy muy contento de que me hayas dado la oportunidad de participar en este libro. Espero que salga genial.
¿Se puede ser más encantador?
Seis años después, tuve que presentar a Knight en el banquete del Salón de la Fama de Army Sports. Era la noche de aceptación de Mike Krzyzewski y a Knight le encargaron el discurso de bienvenida. Yo tenía que presentar la ceremonia.
Al acabar mi presentación, dije algo del tipo: «Con todos ustedes, el entrenador universitario con más victorias de la historia, miembro del Salón de la Fama de Army Sports y, sobre todo, el hombre que me pagó la hipoteca… Bob Knight».
Todo el mundo rio la ocurrencia… excepto el único en toda la sala que no llevaba esmoquin.
Pueden imaginar de quién estoy hablando. Su jersey era azul.
Tal vez para el quincuagésimo aniversario del libro podamos reunirnos y brindar por nuestro tiempo juntos, pero no cuento con ello.
John Feinstein, junio de 2011
Por Al McGuire
MI PRIMER RECUERDO DE BOB KNIGHT es particularmente intenso. Hablamos de 1970, cuando yo entrenaba a Marquette y nos estábamos preparando para nuestra semifinal del NIT contra Louisiana State, que tenía a Pistol Pete Maravich como gran estrella. Nuestro partido venía justo después de la otra semifinal.
Esa otra semifinal enfrentaba a Army y a St. John’s, en uno de esos partidos que acaban con la salud de los entrenadores: siempre con uno o dos puntos de ventaja para uno u otro equipo. Bob entrenaba a Army y sus equipos estaban acostumbrados a este tipo de partidos. Nunca tenían mucho talento, pero siempre era complicado jugar contra ellos por su agresividad y su tenacidad en defensa. Eran como un perrito que se te agarra a la pierna y no hay manera de que te suelte.
Estábamos esperando nuestro turno en el túnel que llevaba del vestuario a la cancha cuando el partido por fin terminó. No recuerdo exactamente qué sucedió (seguro que Bob sí que se acuerda de cada detalle), pero Army perdió sobre la bocina y puede que hubiera alguna decisión arbitral que les perjudicara y determinara el resultado. En cualquier caso, fue una derrota cruel. A mí me ha tocado vivir unas cuantas.
Conforme los equipos salían de la cancha, vi a Bob. En una situación así, lo normal habría sido darle la mano o intentar reconfortarle de algún modo. Sin embargo, no hice ni dije nada. Nunca había visto a nadie tan agotado, tan hecho polvo en toda mi vida. Tenía una cara que no podré olvidar jamás porque nunca se la he visto a ningún otro entrenador. Se había entregado al máximo en el partido y la derrota le había destruido. Se le podía ver en cada gesto. Bob tendría unos treinta años, no más, pero cuando salió de aquella cancha parecía un anciano. Imposible olvidarlo.
Si Bob Knight se retirara hoy, tendría su lugar asegurado en el Salón de la Fama. Es uno de los mejores entrenadores de la historia de este deporte. Con suerte, puede que algún día sea, sin discusión, el mejor. Así es de bueno en lo suyo.
Bob Knight sabe tanto de baloncesto que nunca saco el tema cuando hablo con él. No siento que esté a su altura. Para mí, el baloncesto es una cuestión de sensaciones más que de conceptos, siempre ha sido así. Puedo hablar de todos los partidos que he ganado en mi vida, pero no sabría explicar cómo lo hice. Mi ayudante, Hank Raymonds, era el que se ocupaba de eso. Nunca entendí de tácticas. Bob conoce cada jugada, ha diseccionado cada estrategia y en muchos sentidos ha cambiado la manera de entender el juego. Si quiere hablar de baloncesto, yo me limito a escuchar. Pero nunca discuto con él. De otras cosas, a lo mejor, pero de baloncesto, nunca.
Cuando estaba en Marquette, jugamos contra algunos de sus mejores equipos en Indiana. En 1976, de hecho, nos enfrentamos al equipo que no perdió ni un partido en todo el año en la final regional del Medio Este. Yo entrenaba a uno de los mejores equipos de mi carrera, probablemente más talentoso que el que ganó el campeonato universitario al año siguiente. Estaba tan tenso que me pitaron dos técnicas en aquel partido, algo que, desde luego, no ayudó a mi equipo. Aun así, no creo que hubiéramos ganado. Bob tenía un gran equipo y enfatizo esa palabra porque eso es exactamente lo que eran. Ninguno de los miembros de su quinteto inicial —Quinn Buckner, Scott May, Bobby Wilkerson, Tom Abernethy y Kent Benson— era una superestrella, pero, como grupo, eran imbatibles. El entrenador les pedía que jugaran de una determinada manera y nunca se desviaban de sus instrucciones. Por eso no perdían nunca.
Lo que hacía Bob era impedirte que hicieras tu juego. Si disponía de una semana para preparar el partido, siempre encontraba la manera de entorpecer aquello que hacías mejor. Si te tocaba jugar contra él en el torneo de la NCAA, lo mejor era hacerlo en el segundo partido del fin de semana, para que tuviera menos tiempo de preparación. Dale tiempo a Bob para preparar un partido y date por perdido.
También es cierto que eso ha cambiado a lo largo de los años. Bob sigue siendo tan bueno como siempre, pero los demás entrenadores han mejorado. Saben ajustar mejor sus tácticas y eso hace que a Bob le cueste dominar tanto desde el banquillo como antes. Todavía es capaz de sacar el cien por cien de su equipo en cualquier momento, pero ahora los demás entrenadores van poco a poco poniéndose a su altura. No es que él haya bajado el pistón, es que los demás lo han subido.
Sin embargo, no tengo claro que él sea consciente de ello. Siempre ha pensado que, si hacía bien su trabajo y los chicos le escuchaban con atención, el partido estaba ganado. Una de sus grandes frustraciones en West Point era que eso no sucedía tan a menudo como le habría gustado, simplemente porque, bueno, se trataba de West Point. Bob siempre creía en la victoria y por eso la derrota le consumía tanto. Por eso tenía esa cara aquel día en el NIT.
Perder le sigue consumiendo. Esa es su mayor ventaja y a la vez su mayor defecto. Bob cree que está por encima del baloncesto… y nadie está por encima del baloncesto. De lo contrario, no sería un juego. Sin embargo, Bob sigue pensando que, en el fondo, el resultado depende de él, y cuando no consigue ganar lo considera un fracaso. Un fracaso personal. Le deja totalmente abatido.
Recuerdo que hace unos cuantos años, viajé hasta Bloomington un viernes a primera hora para grabar un anuncio con Bob para la NBC. Cuando le eché un vistazo al periódico, vi que Indiana había perdido por un punto en la prórroga y pensé: «Madre mía, debe de estar que echa humo». Nada más llegar a Indiana, bajé a su despacho y llamé a la puerta.
Bob preguntó quién era y yo le dije: «Soy Al». Entonces, me dijo: «Mira, Al, ¿podemos hacer esto otro día? Tenemos mucho lío hoy». Pero no podíamos hacerlo otro día. Tenía allí ya a todo el equipo de grabación y un calendario de lo más ajustado. Al final, abrió la puerta. Dentro estaba todo su equipo técnico. Tenían un aspecto espantoso. Llevaban toda la noche repasando el vídeo del partido. Pensé que los ayudantes me iban a dar un beso por haberme presentado ahí y haberles rescatado. Quién sabe cuánto tiempo se habrían pasado en ese cuarto, dándole vueltas al partido, si no hubiéramos aparecido. Bob no puede asumir sin más una derrota. Tiene que encontrar una explicación. El problema es que la explicación a veces es muy sencilla: el otro equipo jugó mejor.
De todos modos, eso forma parte de lo que hace grande a Bob. Vi un entrenamiento de su equipo el pasado noviembre y me dio la sensación de que iban a tener problemas. Era un equipo sin altura, sin experiencia y sin jugadores rápidos. Me quedé preocupado. Pensé que le esperaba otro año muy duro. Sin embargo, acabaron ganando veintiún partidos. Eso demuestra lo gran entrenador que es, probablemente fuera una de sus mejores temporadas en el banquillo. Sigue siendo un tipo genial. Distinto del resto, pero genial.
Cuando pienso en Bob Knight, pienso en Vince Lombardi y en Red Auerbach. No creo que ninguno de estos dos hubiera podido entrenar a su nivel en los tiempos que corren. Tal vez se hubieran adaptado porque los grandes se adaptan a todo, pero les habría costado. Bob es de la vieja escuela. Valora la disciplina por encima de todo. Exige una lealtad y una dedicación absolutas, y es lo que ofrece a cambio.
Supongo que me pasa lo mismo que a los demás amigos de Bob: me fijo en su entrega y en su ética de trabajo y le admiro por ello… pero también me deja preocupado. Ojalá no se entregara tanto al baloncesto. Ojalá tuviera más aficiones fuera de la cancha. Sé que caza y que pesca y que las dos cosas le divierten, pero si va a pescar un martes necesita que los otros seis días sean un éxito baloncestístico para poder disfrutarlo.
Ya le he dicho que no veo qué le queda por hacer en el baloncesto universitario. Ha ganado todos los campeonatos posibles, incluidos los Juegos Olímpicos. Ha demostrado su grandeza una y otra vez, también la pasada temporada. ¿Qué más quiere? Bob me recuerda a Alejandro Magno, que conquistó el mundo y se sentó a llorar porque no le quedaba nada más que conquistar. No creo que le quede ningún objetivo pendiente como entrenador.
Me encantaría verle comentar en televisión. Sé que ha coqueteado con la idea anteriormente y creo que lo haría genial. Cuando quiere, es tan brillante, tan claro, y tan bueno a la hora de hilar conceptos… He trabajado con él en televisión en algún All-Star al acabar la temporada y lo ha hecho de maravilla. Me encantaría que se decidiera porque me pasa lo que a todo el mundo: no quiero ver como se mete en líos y le acaban derribando del pedestal que se ha ganado como entrenador por una tontería.
A lo que me refiero es a lo siguiente: imaginemos que algún árbitro decide que su manera de pasar a la historia es buscarle las cosquillas a Bob Knight. O que algún aficionado decide que quiere pelea. O que algún directivo llega a Indiana y decide que le va a enseñar de una vez por todas a Bob Knight quién manda ahí. Si ocurre algo de este estilo, Bob va a ser juzgado con severidad por los escándalos de su pasado. Y no se lo merece.
Lo que muchos no ven o no entienden de Bob es que es un tipo amable, sensible y divertido. Sí, divertido. El problema con su sentido del humor es que nunca sonríe cuando dice algo en broma. La gente no sabe que está bromeando porque le miran a la cara y sigue completamente serio. Para cuando se dan cuenta de que les estaba vacilando, ya es demasiado tarde.
Creo que hay gente que sí conoce el lado amable y sensible de Bob. Este libro ayudará a que más gente lo conozca, y eso me alegra. Bob siempre va de tipo duro, con tanto grito y tanta palabra malsonante, pero en realidad no es tan duro. En absoluto. Si rascas en esa superficie y necesitas algo —o incluso si no lo necesitas—, será el primero en ayudarte. Puede meterse muchísimo con sus jugadores, pero si tú te atreves a decir algo malo de ellos, prepárate para lo peor.
Bob es, sobre todo, intenso. Es intenso en cada cosa que hace. Si te lleva a un restaurante, quiere que te guste tanto como le gusta a él. Si vas a ver a su equipo, quiere que pienses que es el mejor equipo del mundo… salvo que él piense que no lo es. Adora competir. Adora ganar. Pero no se conforma con eso, porque Bob no se conforma con nada: necesita saber cómo ganó y por qué ganó, del mismo modo que necesita saber cómo perdió y por qué perdió. Aunque solo sea para asegurarse de que no se repite. Uno de mis lemas como entrenador era «ganemos y larguémonos de aquí». Bob es incapaz de algo así. Necesita hacer todas las preguntas y encontrar todas las respuestas. Y no va a parar hasta que lo consiga.
Nunca he intentado darle consejos porque, pese a ser mayor que él, sigo siendo, a mis cincuenta y ocho años, de sus amigos más jóvenes. A Bob le gusta rodearse de entrenadores veteranos. Se siente cómodo con ellos, feliz. Los respeta, tiene la sensación de que puede aprender algo de ellos. Una vez estábamos en un mismo clínic, en Cherry Hill, Nueva Jersey, y le dije que le convendría calmarse un poco, que, si seguía empeñado en vivir en el alambre todo el rato, acabaría cayéndose.
Creo que me escuchó, pero se le da tan bien sortear los abismos que no le es fácil dejar de hacerlo. No hay duda de que cuando tiró aquella silla, estuvo al borde del gran batacazo, un ejemplo de lo que intentaba hacerle entender al pedirle que bajara un poco la intensidad.
Espero que no se repita nada parecido. Supongo que forma parte de la confianza sin límites que tengo en Bob. Al final, siempre acaba saliéndose con la suya. Hay gente que ha cuestionado sus métodos, pero nadie ha cuestionado sus resultados, ni en términos de victorias y derrotas ni en los valores que inculca a los chicos que salen de su universidad. Creo que, si Bob consigue comprender, al menos hasta cierto punto, que no está por encima del juego, podrá seguir entrenando con éxito todo el tiempo que se lo proponga. Y si quiere dejarlo, sabe que tiene un sitio en el Salón de la Fama y en la cabina de comentaristas. No es solo uno de los mejores entrenadores de la historia del baloncesto, sino una de las figuras más arrebatadoras y fascinantes de este deporte.
El pasado noviembre, cuando tuve la oportunidad de cenar con Bob y con John Feinstein, me atreví a lanzar dos predicciones: la primera era que, si de verdad iban a pasar tanto tiempo juntos, en marzo ya ni se hablarían. Parece ser que me equivoqué… aunque por poco. Mi segunda predicción fue que, si John sobrevivía a esa temporada, tendría entre las manos un libro sensacional. Poder ver de cerca el trabajo de un maestro es una oportunidad poco habitual.
Sin duda, John pudo ver lo mejor y lo peor de Bob. Para comprender a alguien, tienes que verlo en sus malos momentos, y no solo en los buenos. Incluso los grandes entrenadores tienen días malos. El objetivo de este libro es mostrar lo que distingue a un gran entrenador como Knight, incluso dentro de su enorme complejidad, y ayudarnos a entender cómo los que están a su alrededor lidian con su carácter, comparten alegrías con él y están dispuestos a soportar todo su mal genio y sus excesos.
Contar el día a día de una temporada, especialmente una temporada de cambios como la que vivió Bob Knight el año pasado, me parece la mejor manera de llevar a cabo ese propósito. Le dije a John que, si era capaz de aguantar toda la temporada, estaría encantado de leer su libro porque cuando uno es fan de Bob Knight —y yo lo soy—, siempre quiere saber más sobre el hombre detrás del personaje. Y si no eres un fan, también te interesará la historia de este hombre tan complejo, brillante y complicado.
Bob Knight es único. En otro tiempo, habría sido un excelente general. Nunca pasó de soldado raso en el ejército, pero ha demostrado ser un líder fantástico a lo largo de su carrera. Puede que sea uno de los últimos dictadores del banquillo. El que pone fin a una era.
Pero, a la vez, el que da inicio a la siguiente, porque, después de todo, Bobby Knight solo hay uno.
24 DE NOVIEMBRE DE 1985. Un día como cualquier otro de aquel otoño. La lluvia llevaba cayendo sin cesar toda la mañana y toda la tarde, y el viento les cortaba la cara mientras salían de sus coches y corrían hacia el calor del vestíbulo y, poco después, del vestuario. Era domingo. En seis días, Indiana empezaría su temporada de baloncesto y nadie relacionado con el equipo tenía ni idea de lo que les iba a deparar. Lo único de lo que todos estaban seguros es que sería imposible sobrevivir a una temporada como la anterior.
El que mejor lo sabía era Bob Knight. La temporada 1984/85 había sido la más dura de sus veinte años de carrera en los banquillos. Nueve meses después de su noche de gloria como entrenador, había vivido su descenso a los infiernos. Había pasado de héroe olímpico a bufón nacional, de ser canonizado en los editoriales a convertirse en objeto de mofa en las viñetas.
El verano de 1984, Knight había entrenado al que quizá fuera el mejor equipo de la historia del baloncesto amateur. El equipo olímpico estadounidense había destrozado a todos sus rivales camino a la medalla de oro en los Juegos. Y, sin embargo, debido al boicot soviético, Knight no logró sentir, ni siquiera en su momento de esplendor, una satisfacción completa.
Había vuelto a su cargo de entrenador en Indiana y había pasado por su peor temporada. Sentó en el banquillo a los supuestos titulares, echó del equipo a su mejor reboteador y, en general, se comportó como un hombre que estaba hasta las narices de todo. Algunos de sus amigos le pidieron que lo dejara o que, al menos, se tomara un año sabático, pero Knight no podía dejarlo, tenía que demostrar a todos lo que valía… una vez más.
A sus cuarenta y cinco años, Knight volvía a empezar. No desde cero, pero casi. El final de la anterior temporada le había enseñado que tenía que cambiar. Sabía que no podía tomarla con su equipo cada vez que fallaba. Sabía, desde luego, que no podía volver a lanzar una silla en medio de un partido como había hecho en febrero durante una derrota frente a Purdue. Tenía que trabajar más duro de lo que había trabajado en los años anteriores. Tenía que estar seguro de que aún quería seguir entrenando y actuar en consecuencia. Tenía que conseguir que su equipo jugara como había jugado durante sus seis años en West Point y durante sus primeros trece años en Indiana. Sobre todo, tenía que ser más paciente.
Para Knight, esto último era lo más complicado. Bob Knight tenía muchas cualidades: era brillante, decidido, compasivo… pero no paciente. Sus explosiones verbales contra jugadores y árbitros en los partidos habían pasado a la historia. Para aquellos que le conocían, sus ataques de ira en los entrenamientos y en el vestuario eran materia de preocupación. Sus amigos temían que, tras el episodio de la silla, corriera la misma suerte que Woody Hayes, el entrenador de fútbol americano de Ohio State cuya carrera se vino abajo cuando, en un ataque de frustración, golpeó a un rival al final de un partido.
Knight había acudido al entrenamiento del 15 de octubre deseoso de volver a empezar. Los jugadores y los entrenadores asistentes se dieron cuenta desde el principio de que estaba más dispuesto a enseñar, que pasaba menos tiempo charlando con sus amigotes en las primeras filas y más tiempo pendiente de lo que pasaba en la cancha. Se había armado de paciencia. Parecía entender que estaba ante un equipo joven, inexperto y frágil. Un equipo al que había que mimar y no hostigar.
Sin embargo, ahora faltaban solo seis días para el inicio de la temporada. Cuando Knight miraba a la cancha, veía un equipo que no se parecía en nada a los grandes equipos que había entrenado a mediados de los setenta, ni siquiera al que había entrenado en 1981, cuando ganó su segundo campeonato universitario. No podían atacar desde la defensa como a Knight le gustaba. No intimidaban a nadie. Peor aún, pensaba, era un equipo fácilmente intimidable. Todos los días, llegaba al entrenamiento con la esperanza de que hubieran mejorado, buscando un milagro. Algunos días creía haberlo encontrado: Steve Alford era un tirador excelso, un jugador sólido que podía anotar ante prácticamente cualquier defensa. Daryl Thomas, un pívot de 2.01 metros, y Andre Harris, un ala-pívot de 1.98 fichado de un junior college1, eran unos atletas superlativos, dotados de una gran rapidez en las inmediaciones del aro. Rick Calloway, el delgadísimo jugador de primer año, algún día sería un excelente baloncestista.
Sin embargo, todos ellos eran demasiado irregulares. Y el resto del equipo era demasiado joven o demasiado lento o demasiado pequeño. En general, era una plantilla tan vulnerable que a Knight le había llegado a obsesionar: no hay nada que le irrite más que dar una sensación de vulnerabilidad. El año anterior no solo se había sentido vulnerable, sino también batible, mortal, cuando su equipo acabó la liguilla de la conferencia Big Ten con más derrotas que victorias (7-11) por primera vez en catorce años. La NCAA había invitado a sesenta y cuatro equipos para el campeonato nacional, más que nunca en la historia. Indiana no estaba en la lista.
Knight era incapaz de aceptar el fracaso. Cada derrota la tomaba como algo personal. Al fin y al cabo, era su equipo, sus jugadores, los que él había elegido y entrenado. Las victorias y los récords del pasado ya no servían de nada. Sabía que podía dejar los banquillos en cualquier momento y tendría un lugar garantizado en la historia de este deporte, pero eso tampoco servía. El fracaso, a cualquier nivel, acababa con él, especialmente en el apartado táctico, pues era la táctica lo que le distinguía de los demás, lo que le hacía especial, lo que forjaba su identidad.
Y, por todo esto, este domingo feo y lluvioso, Knight estaba enfadado. Estaba enfadado porque su equipo era incapaz de disimular sus carencias en el entrenamiento. Incluso aunque siguieran todas sus instrucciones y las ejecutaran a la perfección, a este equipo no le daba para competir con los mejores. ¿Cómo era posible? Knight creía —y los resultados parecían darle la razón— que su manera de entender el baloncesto era la adecuada. Siempre se lo repetía a sus jugadores: «Seguid nuestras instrucciones, haced exactamente lo que os pedimos y es imposible que perdáis —insistía—, pero, chicos, tenéis que escuchar todo el rato lo que os digo».
Y los chicos escuchaban. Eso, seguro. Pero no siempre asimilaban lo que oían y, a veces, aunque entendían lo que se les estaba pidiendo, no eran capaces de llevarlo a cabo. Eso es lo que le daba miedo —sí, miedo— a Knight de este equipo. Aunque hicieran todo lo que se les pedía, podría no bastar. Le gustaba la plantilla: en su opinión, no había ni un chico que no mereciera la pena en lo personal. Otra cosa era su potencial como jugadores de baloncesto.
Aquel domingo, el jugador que más le estaba sacando de sus casillas era Daryl Thomas. Knight veía un enorme potencial en él. Thomas tenía lo que los entrenadores llaman «un cuerpo de un millón de dólares». Además de rápido, era fuerte y de espaldas anchas. Podía lanzar con ambas manos, y cuando entraba a canasta frente a hombres más grandes, siempre sacaba la falta.
Sin embargo, Thomas no era de esos jugadores que se despiertan el día del partido y piensan en comerse al rival con patatas. Era un chico de clase media de Chicago, muy inteligente, pero también muy sensible. Las palabras de Knight solían hacerle daño. Otros jugadores de Indiana, por ejemplo, Alford, sabían que Knight podía soltar cualquier cosa por su boca cuando se enfadaba y la única manera de lidiar con ello era ignorar los insultos y quedarse con el mensaje. Dan Dakich, quien se había graduado la anterior primavera para convertirse en ayudante mientras completaba sus estudios, le había dicho al novato Calloway: «Cuando te llame gilipollas no le hagas ni caso, pero cuando empiece a explicarte por qué eres un gilipollas, tienes que ser todo oídos. Es la única manera de mejorar».
Thomas no podía ignorar unas palabras y centrarse en otras. Todas le llegaban y todas le dolían.
Knight no quería hacerle daño a Thomas. Quería convertirlo en mejor jugador, pero había acabado convencido de que tenía que hacerle daño para que mejorara de verdad. Era la misma táctica que había utilizado con Landon Turner, otro joven negro y sensible con un enorme talento. Turner, de 2.08 metros y ciento trece kilos de peso, había pasado en su tercer año de ser un jugador mediocre a convertirse en un jugador clave en el equipo que ganó el campeonato universitario en 1981. Ese verano sufrió un terrible accidente que le dejó en silla de ruedas. Knight, que llegó a colar un tampón en la taquilla de Turner, que le había insultado y le había llamado de todo durante tres años, se pasó los siguientes seis meses recaudando fondos para pagar los gastos médicos de Landon Turner.
Ahora, tenía la esperanza de que el tercer año de Thomas fuera como el de Turner. Algunos días trataba de engatusarlo; otros, le gastaba alguna broma. Sin embargo, hoy estaba furioso con él. El entrenamiento no había ido bien: después de tres entrenos seguidos a alto nivel, el equipo parecía descentrado. Knight sabía que, en teoría, esto era inevitable, pero en la práctica le ponía al borde del ataque de histeria.
Primero, le gritó a Thomas por no poner atención en el juego. Después, le sacó del partidillo y le mandó a una canasta aparte para que practicara con Magnus Pelkowski, un jugador de segundo año de 2.08 metros que no estaba entrenando con sus compañeros por una lesión.
«Daryl —le gritó Knight cuando se dirigía hacia la canasta de Pelkowski —fuera de mi puta vista. Si eso es lo mejor que nos puedes dar después de dos días de descanso, no quiero ni verte. Olvídate de ser titular el sábado, ni lo pienses. Olvídate por completo. Si tenías alguna opción, la has desperdiciado hoy por hacer el puto vago. Eres tan malo, pero tan, tan malo… No sé qué te pasa por la puta cabeza. ¿Te parecí demasiado agresivo el año pasado? Ya me viste, me puedo comportar como un auténtico hijo de puta. ¿Quieres otro año igual? Mira, será mejor que te vayas de una puta vez».
Cuando Knight se enfada, suelta palabrotas como si fuera una metralleta, es difícil registrarlas todas. Si está de buen humor, puede hablar durante horas sin usar una mala palabra. Cuando está de este humor, de cada dos palabras, una es un taco. Knight se volvió a sus ayudantes y añadió: «El puto Daryl Thomas. Ni le dirijáis la palabra. Llevamos tres años esforzándonos con ese hijo de puta. A partir de ahora, le utilizaremos para mejorar el rendimiento de Magnus. Al menos, él sí quiere jugar».
Siguieron jugando sin Thomas. Al final, después de unos veinte minutos, le permitieron volver a la cancha, pero ya era demasiado tarde. Algunos jugadores reaccionan a los enfados de Knight con orgullo y juegan mejor. Thomas no es así: se tensa. Cuando Courtney Witte, un ala-pívot suplente con mucho menos talento que Thomas, le metió una canasta en sus mismas narices, Knight volvió a estallar: «¡Daryl, decídete, o juegas o no juegas! ¿Sabes que no has anotado una canasta bajo el aro desde que Jesucristo empezó a dar clases en Omaha? En todo el puto día no has hecho nada bueno».
Thomas se marchó. Sus compañeros le miraron con pena, porque todos ellos habían estado en su lugar en algún momento. Especialmente, las estrellas del equipo; Knight rara vez se ceba con los suplentes. El entrenamiento duró dos jugadas más antes de que Knight volviera a estallar y les dijera a todos que se fueran con Thomas al vestuario. Knight estaba enfadado de verdad, pero también estaba jugando con su equipo. Era un juego peligroso, pero le llevaba funcionando veinte años: al presionarlos ahora, podrían reaccionar mejor a la presión de los rivales cuando hiciera falta durante la temporada. Sin embargo, este era un equipo frágil en una situación delicada. El del año anterior se había derrumbado ante la presión de Knight, y Knight lo sabía. Por eso, durante este otoño se había mostrado más comedido. Al menos, hasta hoy.
En el vestuario, Knight les pidió a sus ayudantes que pusieran la cinta con la grabación del entrenamiento del día. Como es habitual cuando Knight está enfadado, empezó a invocar el pasado: «Me gustaría saber cuándo alguno de vosotros se va a hartar de esto, va a coger a alguien y le va a meter un puñetazo después de ver lo que estamos viendo. Quinn Buckner ya le habría golpeado a alguien. ¿Sabéis? Se hubiera levantado, sin más, y le habría metido un puto sopapo a cualquiera de vosotros. Los tipos con los que jugué en la universidad os habrían matado por jugar con esa actitud de mierda».
Quinn Buckner había sido el capitán del equipo que ganó en 1976 el campeonato universitario. Era, con diferencia, el jugador favorito de Knight. Había sido un líder, un entrenador en la pista, pero nadie recordaba que hubiera golpeado a ningún compañero. En parte, porque si dos jugadores llegaban a enfrentarse en un entrenamiento, Knight les decía: «Si alguien quiere pelea, puede empezar conmigo». Y nadie quería líos con Knight.
Knight se marchó hecho una furia, dejando que los ayudantes repasaran el resto de la cinta con los jugadores. El cuarto estaba oscuro, en un silencio casi total. Los cuatro ayudantes —Kohn Smith, Joby Wright, Royce Waltman y Ron Felling— empezaron a señalar los errores. Salvo Felling, todos habían vivido la pesadilla del año anterior y no querían que aquello se repitiera de nuevo. Sin embargo, nadie parecía estar escuchando mientras insistían en los bloqueos que habían hecho mal o en la falta de concentración de los jugadores. Todo el mundo en aquel cuarto sabía que Knight iba a volver. La mayoría de la gente se enfada, pega tres gritos y luego se calma. Knight, casi siempre, se enfada aún más.
Por supuesto, a los cinco minutos ya estaba de vuelta. No se había olvidado de Thomas. «Daryl, eres un puto chiste de jugador —exclamó—. Tengo la misma confianza en ti y en tu juego que cuando eras un novato. No sé en qué putos líos te habrás estado metiendo estas dos semanas, pero ahora mismo eres un puto desastre. No pienso volver a sacarte en un partido ni aunque seas el último jugador que quede en el banquillo porque eres un puto desastre. Esto es ridículo. Os juro por Cristo que lo único que quiero hacer cuando veo esta mierda es irme a casa y echarme a llorar. ¿No lo entendéis, chicos? Quiero ver a Indiana jugar como si fuera una puta máquina. Quiero hacer de vosotros un buen equipo, tanto que me está volviendo loco. Me dan ganas de salir ahí y darle una patada en los morros a alguien».
Fijó los ojos en Winston Morgan, un jugador de último año que estaba en el equipo sin beca. «¿Me entiendes, Winston?», le preguntó. Morgan asintió. «Y una mierda. Mentiroso hijo de puta. Muéstramelo en la cancha y entonces te creeré. Vengo aquí a entrenar y me encuentro con esto y solo me dan ganas de dejarlo todo. Irme a casa y no volver más».
Knight se estaba empezando a quedar afónico de tanto gritar. Parecía ahogarse de la excitación. Dejó de gritar y puso la cinta. Solo una jugada. «Paradlo, paradlo —dijo Knight—. Daryl, mira eso. Ni siquiera te esfuerzas en bajar a defender. Eso me lo dice todo de ti, Daryl. Ahí fuera, el esfuerzo no va contigo. No trabajas, no corres. ¡Mira eso! Nunca aprietas cuando hace falta. ¿Sabes lo que eres, Daryl? Eres una puta nenaza, lo peor que he visto en este pabellón en toda mi vida. Una nenaza. Joder, tienes más talento que el noventa y cinco por ciento de los jugadores que he entrenado, pero eres una nenaza de los pies a la cabeza. Una puta nenaza. Ese es mi resumen de los tres años que has pasado con nosotros».
Finalmente, mientras Thomas se aguantaba las lágrimas, Knight se volvió al resto del equipo. Durante los siguientes diez minutos, les llamó de todo, les gritó cuanto supo, les repitió que no podían ganarle a nadie. Insistió en que no se molestaran en venir a entrenar al día siguiente o al siguiente del siguiente. Le daba igual lo que hicieran. «Sacadlos de aquí —acabó pidiéndoles a sus ayudantes—. Sacadlos de aquí de una puta vez».
Knight salió de nuevo a la cancha. Estaba agotado. Se giró hacia Kohn Smith. «Ve a hablar con Daryl», le dijo. Knight sabía que se había extralimitado con Thomas y, sin duda, se arrepentía de buena parte de sus palabras desde el mismo momento en que salieron de su boca. Pero ya no podía retirarlas. En cambio, mandaba a Smith, que era tan callado y educado como Knight podía ser gritón y cruel, para que hablara con él.
Thomas estaba llorando. Smith le calmó. Thomas se enfrentaba al dilema que todo aquel que entra en contacto con Knight tiene que resolver tarde o temprano: ¿Merece la pena? ¿El fin justifica los medios? Sabía que todo lo que Knight quería era hacer de él un mejor jugador. Sabía que, si alguien le atacara, Knight sería el primero en defenderlo, pero ¿merecía la pena pasar por todo esto? Knight había mostrado su lado más cruel. Todo jugador que llega a Indiana sabe que tarde o temprano tendrá a Knight enfrente, fuera de sí y gritándole como loco. Algunos se van porque no les merece la pena, pero la mayoría se queda. Y gran parte de los que se van, lo hacen convencidos de que el método de Knight es el correcto. Pero ahora Daryl Thomas dudaba. Tenía que dudar y tenía que llorar, lo contrario no sería humano.
La mañana siguiente volvieron a entrenar, aunque sin Knight. Se había quedado en casa para no volver a pasar por el trauma emocional del día anterior ni hacérselo pasar al equipo.
Volvió al día siguiente y lo primero que hizo fue llamar a Thomas para reunirse con él en su oficina. Le pasó el brazo por el hombro y le pidió que se sentara. Le habló con calma y amabilidad. «Daryl, odio ponerme como me puse contigo el domingo, créeme —le dijo—. Pero ¿sabes por qué lo hago?».
Thomas negó con la cabeza. «Porque, Daryl, a veces creo que yo tengo más ganas de que te conviertas en un gran jugador que tú mismo. Y eso me supera. Porque jamás llegarás a ser un gran jugador salvo que tú estés dispuesto a ello. De alguna manera, tengo que conseguir que sientas lo mismo que yo. No sé si mi método es el acertado, pero es el único que tengo. Sabes que ha funcionado con otros jugadores en el pasado. Inténtalo, Daryl, por favor, inténtalo. No te pido nada más. Si lo intentas con todas tus fuerzas, te prometo que merecerá la pena. Estoy convencido. No lo intentes por mí, Daryl, hazlo por ti».
Thomas escuchó con atención. A diferencia de algunos jugadores que no acababan de entender a Knight, él sí le entendía. Esta era su manera de entrenar y no iba a cambiarla ahora. Thomas estaba pasando por la misma crisis emocional por la que habían pasado otros jugadores con talento a las órdenes de Knight. Uno en particular, Isiah Thomas (sin parentesco con Daryl) había salido del gueto de Chicago y había brillado durante dos años en Indiana, mostrando un enorme talento y una gran personalidad. Knight y él se pasaron los dos años peleando pese a que Thomas era la estrella sin discusión del equipo y siguieron con sus conflictos una vez Thomas se fue de Indiana para probar en la NBA.
Una vez, en un clínic, alguien le preguntó a Isiah Thomas qué opinión tenía de Knight. «Hubo más de una ocasión —contestó Isiah Thomas— en la que, si hubiera tenido una pistola a mano, creo que le habría disparado… Pero luego había otros muchos momentos en los que lo único que quería era rodearle con mis brazos, abrazarle y decirle que le quería».
Estas palabras, mejor quizá que ningunas otras, resumen la relación de amor-odio entre Knight y sus jugadores, incluso entre Knight y sus amigos. Conocer a Bob Knight es quererle. Y conocer a Bob Knight es odiarle. Como su visión del mundo y de todos sus habitantes es en blanco y negro, es inevitable que los demás tampoco vean grises cuando se relacionan con él.
En menos de cuarenta y ocho horas, Daryl Thomas había visto el negro y el blanco. Había pasado por todas las emociones posibles. Ese sábado, en el primer partido de la temporada de Indiana, Daryl Thomas fue el mejor jugador del equipo. No lo hizo por Knight, sino por sí mismo. Ahora bien, solo se trataba de un partido. Aún quedaba por delante una larga temporada.
BOB KNIGHT PASÓ EL OTOÑO de 1985 haciendo repaso de todo lo que había pasado el año anterior. Lo bueno había sido tan bueno y lo malo, tan malo, que los recuerdos estaban aún vivos en su cabeza. Especialmente, lo sucedido en los Juegos Olímpicos, de los que podía recordar cada minuto, en parte por su memoria prodigiosa y en parte por el alivio que le suponía revivir de nuevo ese clímax final.
El 10 de agosto fue un día caluroso en Los Ángeles. Caluroso, aunque agradable, como venía siendo habitual durante aquellos Juegos Olímpicos de Verano de 1984. El smog había desaparecido como por milagro, igual que los atascos interminables. En dos semanas, no se registró ningún problema grave de seguridad.
Knight se despertó por la mañana con las sensaciones típicas de los días de partido: excitado, nervioso, tal vez más ansioso de lo normal, pues no se trataba de un partido cualquiera. Este partido, esta noche, era lo que llevaba esperando toda su vida.
La noche en la que entrenaría a los Estados Unidos de América en el partido que decidiría al ganador de la medalla de oro olímpica. En las charlas a las que le invitaron después del triunfo, Knight repetiría a menudo: «Si no puedes luchar por tu país en una guerra, no se me ocurre un honor mayor que hacerlo en unos Juegos Olímpicos».
Para Knight, un patriota de tomo y lomo, se trataba de mucho más que de un partido de baloncesto. Era la culminación de una cruzada que llegó a creer que nunca podría llevar a cabo. Aunque Knight tuviera una reputación establecida como uno de los mejores entrenadores del país, el mejor en la opinión de muchos, su polémico temperamento le había acarreado tantos detractores como admiradores.
El hecho más controvertido de la carrera de Knight tuvo lugar en 1979, durante su primera experiencia como entrenador de un equipo internacional. Fue en Puerto Rico, donde llevó a los Estados Unidos al oro en los Juegos Panamericanos. Knight fue detenido por golpear a un policía portorriqueño, y los testigos del incidente, que se produjo durante una sesión de entrenamiento, coinciden unánimemente en señalar que fue el policía el verdadero responsable del altercado: se comportó con tal falta de educación y tal agresividad que prácticamente obligó a Knight a meterse en aquel lío.
Knight tuvo que pasar por la humillación de salir esposado del entrenamiento, pero, probablemente, su condición de víctima se habría visto confirmada si se hubiera limitado a dejar hablar a los que presenciaron la pelea. Lo que pasa es que Knight no funciona así. Es completamente incapaz de dejar que las cosas se solucionen por sí mismas. Absolutamente incapaz. El vicepresidente de la Universidad de Indiana, Edgar Williams, uno de sus mejores amigos, describe mejor que nadie esta faceta de su carácter: «Bob siempre —y eso quiere decir siempre— necesita tener la última palabra. Y es esa última palabra la que le acaba causando todos los problemas».
Puerto Rico fue el ejemplo perfecto de lo que Williams apuntaba. Incluso mucho tiempo después de dejar San Juan atrás, Knight seguía dándole vueltas al tema en charlas y conferencias. Dijo que le había hecho un calvo al país cuando despegó el avión de vuelta a casa, se recreó en todo tipo de bromas de mal gusto sobre Puerto Rico y, al final, la opinión pública se volvió en su contra: en vez de la víctima de un policía entrometido, se convirtió en el prototipo del Estadounidense Maleducado; no podía entender que tanta gente encontrara ofensivo su sentido del humor. Y como eligió no entenderlo, la persona a la que acabó dañando fue al propio Robert Montgomery Knight. Era como si quisiera testificar contra sí mismo después de que una docena de testigos ya hubieran demostrado su inocencia.
Lo sucedido en Puerto Rico le hizo pensar a Knight que nunca sería elegido entrenador olímpico. En 1978, cuando se nombró al entrenador para 1980, él pensó que le darían el trabajo. Había llevado a Indiana al campeonato universitario en 1976 y su equipo había ganado sesenta y tres de sesenta y cuatro partidos en los dos años anteriores. Sin embargo, en una apretada votación que se fue a la segunda vuelta, el elegido fue Dave Gavitt, de la Universidad de Providence. Knight se quedó chafado con la noticia porque no había nada en el mundo que le motivara más que entrenar a Estados Unidos en Moscú —la sede de los Juegos de 1980— y darles una paliza a los rusos. Al final, Gavitt tampoco pudo disfrutar de su oportunidad.
Como segundo en la lista de la elección olímpica de 1978, a Knight le encargaron entrenar al equipo estadounidense de los Juegos Panamericanos. Eso llevó al escándalo de Puerto Rico y al convencimiento posterior de Knight de que sus opciones de convertirse en entrenador olímpico se habían esfumado. Cuando el comité de selección se reunió en mayo de 1982, dos candidatos sobresalían por encima del resto: Knight y John Thompson, el entrenador de Georgetown. Hizo falta incluso una tercera vuelta, pero el comité eligió a Knight. Que le hubieran dado otra oportunidad a pesar de lo sucedido en Puerto Rico y de su reacción posterior lo decía todo de su talento como entrenador.
Cuando Knight se enteró de que le habían elegido, llamó a tres personas: a Pete Newell y a Fred Taylor, sus mentores en el banquillo, y a Bob Hammel, el redactor jefe de deportes en el Bloomington Herald-Telephone, su mejor amigo. Los tres recuerdan la emoción que transmitía su voz aquella noche, una emoción poco habitual en alguien que rechaza todo tipo de sentimentalismos.
«Estaba como un niño con zapatos nuevos —afirma Hammel—. Había pasado el día en una reunión de atletismo en Minneapolis y cuando llamé a la oficina, me dijeron que había llamado, lo cual tampoco era tan raro. Lo que sí era raro era que hubiera dejado el número de teléfono de su casa para que le llamara de vuelta. Normalmente, es muy reacio a darle su número a extraños, pero acababa de cambiarlo y quería asegurarse de que conseguía hablar conmigo. Cuando le llamé, lo primero que me dijo fue: “No te vas a creer lo que acaba de pasar: me han nombrado entrenador olímpico”. Yo sabía lo decepcionado que se había quedado en el 78 y sabía que estaba convencido de que lo sucedido en San Juan le iba a marcar para siempre. De hecho, ni siquiera tenía conciencia de que ese era el fin de semana en el que elegían al entrenador porque ni siquiera me lo mencionó. Lo mantuvo en secreto hasta el último momento».
Con el trabajo ya bajo el brazo, Knight se centró en un solo objetivo: destrozar a sus odiados rusos para demostrar delante de todo el mundo que el baloncesto estadounidense estaba a un nivel y el del resto del planeta, a otro. Estudiaría a todos los rivales, así como a todos los jugadores seleccionables, elegiría a los doce que mejor se adaptaran a su manera de jugar y se dispondría no ya a ganar al resto de equipos, sino a destrozarlos.
Eligió a tres amigos como ayudantes: C.M. Newton, de Vanderbilt; Don Donoher, de Dayton, y George Raveling, de Iowa. Lo organizó y preparó todo y siguió de cerca a todo jugador que destacara en el país.
Knight parecía un general que preparaba la batalla definitiva. En el verano de 1983, cuando Donoher y Knight estuvieron en Francia con motivo del Europeo de Nantes, aprovecharon para hacer un viaje con el que Knight llevaba tiempo soñando. «Recogí a Bob en el aeropuerto —recuerda Donoher— y lo primero que me dijo era que teníamos que ir a la Bastoña (donde tuvo lugar la Batalla de las Árdenas). Teníamos que cruzarnos toda Francia para llegar allí, pero ni nos lo pensamos. Conocía carreteras que ni siquiera estaban en el mapa. De repente, decía: «Hay una carretera más adelante, a la izquierda, que Patton tomó de camino a…» y, por supuesto, ahí estaba la carretera. Cuando terminamos ahí, volvimos a cruzar Francia de vuelta porque estaba empeñado en ir a Normandía. Pasamos un día entero en Normandía. Creo que repasamos cada fusil, cada trinchera, cada cueva, cada trozo de alambrada… Era como tener un libro de historia al lado. Se lo sabía todo. Al final, en pleno atardecer, nos quedamos mirando la playa de Omaha. Bob tenía la mirada perdida. Echó un vistazo a su alrededor, luego puso sus ojos en mí y me dijo: “¿Te imaginas lo maravilloso que habría sido estar aquí, en un puesto de mando, durante el Día D?”».
Sin embargo, en el último momento, el destino y la política acabaron con los planes de Knight: los rusos, para vengarse del boicot de Jimmy Carter a los Juegos Olímpicos de 1980, decidieron boicotear a su vez los de Los Ángeles 84. Aunque la decisión se comunicó en abril, Knight se siguió preparando para enfrentarse a los rusos hasta el último día de julio en el que se cerró el plazo de inscripción. En palabras de Ed Williams, siempre a su lado durante este período, Knight había preparado el plan de batalla perfecto, había entrenado a sus tropas, tenía ya su espada levantada para liderar la carga y de repente vio que el enemigo ondeaba la bandera blanca. Jugarse las medallas contra Canadá y España en unos Juegos Olímpicos era un poco como darse un paseo en barco por la Bahía de Tokio justo después del lanzamiento de las bombas atómicas.
En cualquier caso, Knight no bajó la guardia en ningún momento. Tampoco podía permitírselo: si, por cualquier casualidad, cometía un error y su equipo tropezaba contra España o Canadá o Alemania Occidental, sería incapaz de superarlo. Sabía hasta qué punto había sufrido Henry Iba, el entrenador del equipo olímpico de 1972, después de la sorprendente derrota contra los rusos en Múnich. Knight tenía a Iba por un gran entrenador y le respetaba enormemente. A Knight le dolían las críticas a Iba, que había conseguido sendas medallas de oro en 1964 y 1968. Se decía a menudo que estaba demasiado mayor para entrenar al equipo y que su conservadurismo le había costado a Estados Unidos la medalla de oro. A Knight le enfadó particularmente la derrota de Múnich porque estaba convencido de que les habían hecho trampas. ¡Les habían hecho trampas los rusos! Para el chico de Orrville, Ohio, eso era casi como presenciar una invasión soviética. Knight no puede tolerar ninguna clase de derrota a ningún nivel; caer en los Juegos Olímpicos habría acabado con él.
Por eso mismo, exigió tal compromiso por parte de todos los participantes en el equipo olímpico que parecía que se fueran a enfrentar a un combinado formado por los rusos, los Boston Celtics de la época de Bill Russell y el equipo de UCLA liderado por Lew Alcindor. El proceso de selección, celebrado en abril en Bloomington en medio de la lluvia y el frío, duró una semana y fue de una exigencia brutal. Sesenta y seis jugadores tuvieron que jugar y entrenar tres veces al día en el oscuro y húmedo pabellón de la Universidad de Indiana, mientras Knight y sus ayudantes observaban desde lo alto.
