Una temporada en el infierno - Arthur Rimbaud - E-Book

Una temporada en el infierno E-Book

Arthur Rimbaud

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Beschreibung

"Una temporada en el infierno" de Arthur Rimbaud es una obra fundamental de la poesía simbolista que desafía los límites del lenguaje y la expresión artística. Escrita en 1873, este poema en prosa refleja las turbulencias internas del poeta y su búsqueda de libertad creativa ante la opresiva moral burguesa de la época. El estilo de Rimbaud, audaz y evocador, utiliza imágenes vívidas y una estructura fragmentaria que invita a la reflexión sobre la condición humana y los tormentos del alma. El contexto literario en el que se sitúa esta obra es crucial, ya que Rimbaud, en plena etapa de rebelión contra las convenciones, explora temáticas como el sufrimiento, la locura y la búsqueda de la trascendencia. Arthur Rimbaud, considerado uno de los precursores del modernismo, tuvo una vida marcada por la insurrección y el crecimiento personal a través de la poesía. Nacido en 1854 en una familia burguesa, su enfrentamiento con las normas sociales y su relación con otros poetas, como Paul Verlaine, influyeron significativamente en su trabajo. "Una temporada en el infierno" puede verse como una culminación de su deseo de ruptura, donde las experiencias de juventud y la angustia existencial se entrelazan en un grito de desesperación y liberación. Recomiendo encarecidamente la lectura de "Una temporada en el infierno" no solo por su valor estético, sino también por su capacidad para conectar con el lector en un nivel profundo y emocional. Este texto, a menudo considerado una de las obras maestras de la poesía francesa, es una exploración de la psique humana que resuena hasta nuestros días. Aquellos que busquen entender la complejidad del sufrimiento y la búsqueda de significado hallarán en Rimbaud un compañero indispensable en su travesía literaria.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Arthur Rimbaud

Una temporada en el infierno

 
EAN 8596547726869
DigiCat, 2023 Contact: [email protected]

Índice

La mala sangre
Noche del infierno
Delirios I: La virgen necia
Delirios II: Alquimia del verbo
Lo imposible
El relámpago
Mañana
Adiós (Rimbaud)
* * * * *

«Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos fluían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.— Y la injurié.

Me armé contra la justicia.

Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh aversión; sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!

Logré desvanecer de mi espíritu toda humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el sordo ataque de la bestia salvaje.

Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para asfixiarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me lancé contra el fango. El aire del crimen me secó. Le jugué malas pasadas a la locura.

Y la primavera me dio la espantosa risa del idiota.

Pero ahora, recientemente, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro, pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que, tal vez, recobraría el apetito.

La caridad es esa llave. —¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!

«Seguirás siendo hiena, etc...» declara el demonio que me coronó con tan agradables adormideras. «Gánate la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales».

¡Ah! Ya he aguantado bastante: —Pero, querido Satán, se lo ruego, ¡no se irrite tanto conmigo! Y a la espera de esas pequeñas vilezas que aún me falta cometer, desprendo para usted, que ama en el escritor la ausencia de toda facultad descriptiva o instructiva, unas cuantas repugnantes páginas de mi libreta de condenado.

La mala sangre

Índice

De mis antepasados galos, tengo los ojos azul pálido, el cerebro pobre y la torpeza en la lucha. Me parece que mi vestimenta es tan bárbara como la de ellos. Pero yo no me unto de grasa la cabellera.

Los galos fueron los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su época.

Les debo: la idolatría y la afición al sacrilegio; ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria, la lujuria, magnífica; sobre todo, mentira y pereza.

Siento horror por todos los oficios. Maestros obreros, todos campesinos, innobles. La mano en la pluma equivale a la mano en el arado. -¡Qué siglo de manos!- Yo jamás tendré una mano. Además, la domesticidad lleva demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me desespera. Los criminales asquean como castrados: yo, por mi parte, estoy- intacto y eso me da lo mismo.

¡Pero!, ¿qué es lo que ha dotado a mi lengua de tal perfidia, para que hasta aquí haya guardado y protegido mi pereza? Sin ni siquiera servirme de mi cuerpo para vivir y más ocioso que el sapo, he subsistido dondequiera. No hay familia en Europa a la que no conozca. -Hablo de familias como la mía, que todo se lo deben a la Declaración de los Derechos del Hombre-. ¡He conocido cada hijo de familia!

———

¡Si yo tuviera antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia!

Pero no, nada.

Me resulta bien evidente que siempre he sido de raza inferior. Yo no puedo comprender la rebelión. Mi raza no se levantó jamás sino para robar: así los lobos al animal que no mataron.

Rememoro la historia de Francia, hija mayor de la Iglesia. Villano, hubiera yo emprendido el viaje a Tierra Santa; tengo en la cabeza rutas de las llanuras suabas, panoramas de Bizancio, murallas de Solima, el culto de María, el enternecimiento por el Crucificado, despiertan en mí entre mil fantasías profanas. Estoy sentado, leproso, sobre ortigas y tiestos rotos, al pie de un muro roído por el sol. Más tarde, reitre, hubiera vivaqueado bajo las noches de Alemania.

Ah, falta aún: danzo en el aquelarre, en un rojo calvero, con niños y con viejas.

Mis recuerdos no van más lejos que esta tierra y que el cristianismo. Nunca acabaré de verme en ese pasado.

Pero siempre solo; sin familia; hasta esto, ¿qué lengua hablaba? Jamás me veo en los consejos del Cristo; ni en los consejos de los Señores, representantes del Cristo.

¿Qué era yo en el siglo pasado? Sólo hoy vuelvo a encontrarme. No más vagabundos, no más guerras vagas. La raza inferior lo ha cubierto todo -el pueblo, como dicen-; la razón, la nación y la ciencia. ¡Oh, la ciencia! Todo se ha hecho de nuevo. Para el cuerpo y para el alma -el viático- tenemos la medicina y la filosofía-los remedios de comadres y los arreglos de canciones populares. ¡Y las diversiones de los príncipes y los juegos que ellos prohibían! ¡Geografía, cosmografía, mecánica, química! ...

¡La ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo marcha! ¿Por qué no había de girar?

Es la visión de los números. Vamos al Espíritu. Esto es muy cierto, es oráculo esto que digo. Lo comprendo, pero como no sé explicarme sin palabras paganas, querría callar.

———

La sangre pagana renace. El Espíritu está cerca, ¿por qué no me ayuda Cristo dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay, el Evangelio ha fenecido! ¡El Evangelio! El Evangelio.

Yo espero a Dios con gula. Soy de raza inferior por toda la eternidad.

Heme aquí en la playa armoricana. Ya pueden iluminarse de noche las ciudades. Mi jornada ha concluido; dejo la Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me tostarán los climas remotos. Nadar, aplastar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como metal fundido --como hacían esos caros antepasados en torno de las hogueras.

Regresaré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: de acuerdo a mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y. brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de las tierras calientes. Me inmiscuiré en los asuntos políticos. Salvado.

Ahora estoy maldito, tengo horror de la patria. Lo mejor es un sueño bien ebrio, sobre la playa.

———

No hay tal partida. Retomemos los caminos de aquí, cargado con mi vicio, el vicio que ha hundido sus raíces de sufrimiento en mi flanco desde la edad de la razón, que sube al cielo, me golpea, me derriba, me arrastra.

La última timidez y la última inocencia. Está dicho. No mostrar al mundo mis ascos y mis traiciones. ¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera.

¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentira debo sostener? ¿Entre qué sangre caminar?

Mas vale guardarse de la justicia. La vida dura, el simple embrutecimiento, levantar, con el puño seco, la tapa del ataúd, sentarse, sofocarse. Así, nada de vejez, ni de peligros: el terror no es francés.