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Esta es una crónica familiar dramatizada y novelada que narra la vida de Yolanda, una mujer sensible y bondadosa nacida en el sur de Chile en 1920. Los aspectos más relevantes de esta historia son cómo la mentalidad y las costumbres de una época influyen definitivamente en las decisiones y en la vida misma de las personas. Yolanda desde muy pequeña se ha enfrentado a situaciones muy tristes haciendo de ella una persona sumisa pero también solidaria, alegre y carismática con gran espíritu de sacrificio. Para ella lo más importante fue el amor y la unión familiar y logra crear una familia muy unida donde ella fue el núcleo A través de estas líneas se abordan temas como la orfandad, el abandono y el alcoholismo. Además el ultraje a la dignidad de los niños víctimas de acoso sexual, llegando al extremo de culpar al acosado y no al victimario. Todo esto dentro de un contexto histórico que muestra que los problemas aún existen, pero en esa época la sociedad los ocultaba. Esta historia que parece lejana en el tiempo y en el espacio, se actualiza de manera esencial porque representa la lucha del ser humano por sobrevivir a las contingencias y dar sentido y belleza a la vida.
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Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marta Henríquez-Dimitriou
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-157-6
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A la memoria de mi madre
Yolanda Quevedo Adasme (1920-2009)
Cumpliendo una promesa
AGRADECIMIENTOS
Quiero agradecer a mi esposo Christos Dimitriou y a mi familia en general por su amor y apoyo incondicional, y un reconocimiento muy especial a mi amiga Maria Rosa Garbero, filólogo por sus consejos e indicaciones para poder llevar a cabo esta novela
Introducción: El mate
Ya se escuchaba el ruido que hacía mi madre cuando restregaba sus zapatos en el pavimento, era su costumbre al regresar de las compras del mercado para así limpiarlos. Salíamos a su encuentro mientras la empleada sacaba el mate que estaba escondido en el horno y calentaba el agua para prepararlo. Mi padre se lo había prohibido. Decía que su madre —la mamá Juanita— se había enfermado y había fallecido de tanto tomar mate. Mi mamá, que se había criado desde pequeña en la casa de mi padre, le tenía mucho respeto y miedo a su esposo, pero no podía renunciar a ese placer. El mate era «el niño». A causa de esa consigna, se escuchaban los siguientes diálogos en mi casa: «Geno, ¿está listo el niño?». La empleada respondía: «Sí, señora Yolita, está en el horno».
Esas mañanas estivales de nuestras vacaciones fueron inolvidables. Llegaba mamá del mercado siempre con algo sabroso para acompañar el mate: quesito de cabra con ají, pernil cocido y pan tostado eran nuestros bocadillos preferidos. Además al mate le agregábamos azúcar quemada y hojas de cedrón.
La cocina era más bien estrecha para todas, pero no nos importaba. Mi hermana Verónica, mi prima Carmen, a veces mi amiga María Isabel, la Geno y yo sentadas en unos pisos alrededorde nuestra madre nos intercambiábamos el mate y escuchábamos las historias increíbles que nos contaba.
La vida de Yolanda había sido muy especial. Perdió a su madre a los cinco años. Esos primeros cinco años de su vida debían haber sido muy intensos porque tenía muchos recuerdos. Posiblemente recopilados de narraciones posteriores.
Su madre, una mujer culta de buena familia, cometió el error de casarse con un apuesto vividor, José Enrique Quevedo, hijo ilegítimo de Ofelia. Al parecer, Yolanda era muy pequeña cuando su padre los abandonó, porque el único recuerdo que tenía de sus padres era el ir tomada de la mano de su madre para entregar a sus clientes los bordados que ella hacía. Doralisa se amanecía confeccionando aquellos bordados que eran verdaderas obras de arte. Menos mal que tenía muchos pedidos, porque era la única fuente de ingreso desde que su esposo los había abandonado.
Mientras el mate pasaba de mano en mano, le pedíamos: «Mamy, cuéntanos la historia del tío Julio». «De la tía María con Baudilio». «Del tío Enrique».
Ella daba una enorme chupada a su mate para inspirarse y comenzaba. Mi madre en esa época del mate tenía alrededor de cuarenta y cinco años, gordita y muy agraciada. Sus grandes ojos negros combinaban con su pelo igual de negro. Una sonrisa luminosa que era el reflejo de un alma plena de bondad y comprensión.
Vivíamos en un barrio popular; todos los días pasaba gente que pedía limosna. Se iban contentos porque a cada uno le daba algo: una moneda, un pedazo de pan, ropa que ya no usábamos. Un día regaló mi blusa preferida.
—Pero hija, si ya te quedabaestrecha —contestó a mis protestas.
En otra ocasión, para ayudar a un alcohólico, le compró un tordo que solo se alimentaba con pan y vino.
Ella amaba y perdonaba. Vivíamos muy cerca del mercado. Sus caseros le decían la Mamita.Aconsejaba a todo el mundo y lloraba junto a las personas que sufrían.
—Pero mamá, ¡por qué sufres tanto por el sufrimiento ajeno!—le regañaba.
Cuando llegaron a Santiago, mi padre compró esa casa, que ya era antigua. Dicen que entonces el terreno estaba sembrado de trigo. Era una casa de campo muy bonita, mi padre la arregló de acuerdo a las necesidades de su familia. Cuando se instalaron ahí, la familia se constituía de cinco miembros con mis hermanos Luis, Jorge y Carlos. A los meses de llegar, nací yo. Después de cuatro años y medio, nació Verónica, mi hermana menor.
Como estaba cerca del Matadero, recuerdo en mi niñez haber visto algún ternero que corría despavorido tratando de salvarse de ser sacrificado. El barrio Matadero era muy peligroso, pero creo que debido a la bondad de mi madre nunca nos pasó nada. Yo en cierta ocasión tuve una experiencia. Debía haber tenido unos veinte años; había ido sola a presenciar la Ópera Rigoletto al Teatro Municipal, porque nadie me había querido acompañar y además no tenía plata para invitar a nadie. Cuando regresaba a mi casa a la una dela mañana, escuché unos silbidos. De pronto, se me acercó el hijo de un carpintero que le hacía trabajos a mi padre. Vivía muy cerca de nuestra casa. Me acompañó hasta la puerta y me aconsejó que otra vez no anduviera sola tan tarde. Él integraba la banda que estuvo a punto de asaltarme.
Mi casa era muy bonita, tenía un enorme parrón, una gruta con la Virgen de Lourdes que se veía de la calle. Mi padre no tenía religión. Libre pensador decía ser. Se molestaba al ver gente pegada a la reja de nuestra casa, que le rezaba a la Virgen, así es que la destruyó para tristeza de mi madre. Nosotros queríamos cambiarnos a un barrio mejor. Incluso papá, junto con su hermano, construyeron una casa para mudarnos; pero mi madre dijo: «Muerta me van a sacar de aquí».Adoraba su casa.
Pasaron los años, mi madre vivía sola. Se accidentó. Yo viajé de Grecia para estar con ella. Había estado todo el día acompañándola. De regreso a casa, me di cuenta de que se me habían olvidado las llaves. Estaba yo esperando que me abriera la puerta su arrendataria cuando pasó un mendigo y me dijo: «Señora, la mamita está en el hospital».
PRIMERA PARTE
1. La Plaza
Muy temprano, Yolanda y su tía Ofelia salieron de Longaví. Llegaron atrasadas al Convento a pesar de que esa ciudad estaba a solo 180 km de Concepción; porque el tren se había detenido en muchas estaciones pequeñas donde era usual que las vendedoras con sus delantales blancos ofrecían sus productos a los viajeros: pan amasado, tortillas de rescoldo, motemei,1castañas cocidas, maqui2y otras frutas de la región.
La Plaza de la Independencia —la plaza de Armas de la ciudad— está a pocas cuadras del Convento. El lugar es hermoso, en el centro de la plaza existe una pileta que tiene una columna de estilo corintio que en su cúspide está la figura de la diosa Dimitra (Ceres), patrona de la agricultura y la fertilidad. Dos enormes torres, al fondo, dan la impresión de que enmarcan esa columna. Son las torres de la Catedral que desgraciadamente se destruyeron con el terremoto de 1939. Sin embargo, la pileta de la plaza, con ciertas transformaciones, no ha cambiado desde su creación en 1853. Es un día primaveral de octubre. Los tilos, árboles centenarios de la plaza, perfuman el ambiente porque ya están adornados de flores y hojas tiernas. Es la hora de almuerzo de un día laboral. La gente sale de sus trabajos y se dirige apresuradamente a su hogar, lustrabotas y vendedores ambulantes también se preparan para regresar a sus domicilios. Algunos niños juegan en el césped a la chapita, a las bolitas o con pelotas de trapo; otros mendigan. Yolanda y Ofelia están sentadas en un banco ensimismadas, ausentes del mundo que las rodea.
—Hola, señora Ofelia. ¿Cómo está? ¿No me reconoce? Soy Hortensia Henríquez, nos conocimos en las termas de Panimávida. —Una voz alta, alegre y juvenil interrumpe sus pensamientos.
—Sí, claro, ahora recuerdo. ¿Cómo está usted y su familia?
—Bien, gracias, ¿qué la trae por estos lados?
—Estamos esperando a que abran el Convento.
—¿Y se quedarán hasta la tarde, aquí? ¡No, vengan a almorzar a mi casa! Mi mamá se pondrá muy contenta de conocerla.
Hortensia es una jovencita de veintiún años, morena, de vivarachos ojos negros, con una boca amplia y risueña. A pesar de estar vestida de luto, habla y ríe fuerte. Su vestido negro hace resaltar su tez juvenil trigueña. No es bonita pero su aspecto es muy agradable.
Hay dos kilómetros hasta la casa de Hortensia, la muchacha no para de hablar, es muy simpática. Ofelia se divierte con la amena conversación de Hortensia. Después de avanzar un buen trecho por la ciudad, toman un camino de tierra que bordea una laguna. Es la Laguna las Tres Pascualas. Hay árboles y flores silvestres; la vegetación es abundante, la primavera está en todo su esplendor.Se escucha un concierto de pájaros y el aire está impregnado de intensos perfumes vegetales.
—¿Cómo se ha sentido, señora Ofelia? ¿Le hicieron bien los baños?
—Más o menos no más, mijita. Me duelen mucho los huesos. Es que en el negocio estoy todo el día de pie.
—¿Qué negocio tiene?
—Tenemos en Longaví un almacén. Estoy todo el santo día ahí porque mi marido pasa puro en reuniones del Partido Liberal. Vendemos alimentos y vino. Lo que más se vende es el vino, porque hay tanto borrachín en ese lugar.
—¿Usted cuántos baños alcanzó a darse? Parece que se fue antes que yo.
—Sí, me di solo seis baños. Queríamos pasar por Rari. Yo quería comprar unas joyas tejidas con crin de caballo tan lindas que hacen allá. Aproveché para comprar unas mariposas con unos colores preciosos, parecían de verdad. Se las llevé de regalo a mi mamá.
—Y su esposo, ¿cómo está? —El semblante de Hortensia se oscurece al recordar y responde—: Señora Ofelia, desgraciadamente falleció hace más de un año. Los baños le habían hecho bien para su reumatismo, pero su problema era la presión alta. Fue muy difícil para mí porque fue algoimprevisto; un ataque al corazón.
Yolanda está absorta en sus meditaciones. En septiembre ha cumplido sus nueve años y ya ha sufrido tanto. Es una niña pequeñita y delgada, su expresión de tristeza acentúa la palidez de su rostro donde resaltan sus grandes ojos negros. El aire tibio primaveral refresca su cara, es una dulce sensación porque ha llorado mucho. Tenía apenas cinco años cuando falleció su madre. El padre los había abandonado cuando su hermanito menor, Fernando, recién había nacido. Eran cinco hermanos que habían sido repartidos. Ahora le tocaba el turno a ella.
—Ya, llegamos —dijo Hortensia.
2. La Quinta Luisa
La muchacha abrió le reja. Era un lugar exuberante de vegetación; un jardín con flores multicolores rodeaba la casa. Yolanda, a pesar de su tristeza, sintió algo especial, quizás porque hasta ella llegaba el perfume de las violetas. Su mamá tenía esas flores en el jardín. Era su flor preferida.
Frente a ellas, un caserón enorme con muchas ventanas. Hortensia llama a la puerta. Una señora de respetable figura, aspecto austero, pero mirada dulce aparece en el umbral. Está vestida de negro, tiene una frente alta, su cabello gris peinado con un moño en la nuca. Es Juana Ponce, la madre. Empieza a regañar a Hortensia.
—¡Tanto te demoraste, niña! ¡Eres tan comadrera! Ya sabís que si le llegan con el cuento a Alejandro de que andai por ahí comadriando te va a retar. Una viuda no puede exponerse a que la gente la ande pelando.
—Pero mami, no es tan fácil el papeleo que hay que hacer para la pensión de viudez. Pero mira, te presento a la señora Ofelia. Es la señora que conocimos en las termas y la niña es su sobrina. Estaban esperando en la plaza a que abrieran el Convento y las invité a almorzar.
—Ah, sí, sí, pasen noma’ pue’.
Juanita, a pesar de sus cincuenta y siete años, las labores del campo y la atención de una familia tan numerosa, seguía conservando su agilidad y esbeltez. Las hizo pasar al salón, una habitación iluminada por una gran ventana que daba a la entrada de la Quinta. La sala estaba decorada de forma muy sencilla. El único adorno era una mesita de centro, un jarrón con flores frescas y un mate de plata. A Yolanda le llamó la atención, ya después de algunos días, una muralla cubierta de fotografías, entre ellas la de un anciano de aspecto bonachón con una enorme barba blanca que le llegaba hasta la cintura y a su lado una diminuta señora muy bonita, graciosamente tomada de su brazo.
—Es la fotografía de mis suegros, Dámaso y Rosenda. Ella era una persona muy dulce, pero Dámaso era muy celoso —respondió doña Juana a la pregunta que hizo Yolanda después de un tiempo.
En eso hizo su aparición Sara, la hija menor de doña Juana, una jovencita risueña, morena y bajita de unos dieciséis años.
—Saruca, salude y avísele a María que ponga otros dos puestos porque tenemos visitas.
Pasaron al comedor ubicado frente al salón, separados por un pasillo. Se sentaron a la mesa. Al principio la conversación estaba relacionada con los recuerdos de los días pasados en las termas, pero de pronto, doña Juana, mirando a la niña que, muy pálida, se encontraba como ausente, le pregunta:
—Tú, niñita, ¿cómo te llamas?, ¿qué pasa que estás así tan calladita?, ¿estás cansada?
La pequeña no podía hablar porque un nudito en la garganta no la dejaba ni siquiera comer.
—Hablepue’, ¿le comieron la lengua los ratones?
Doña Juana, acariciándole el pelo, le volvió suavemente a preguntar su nombre. La pequeña, con voz muy débil, respondió: «Me llamo Yolanda».
Ofelia explicó que Yolanda ya se estaba convirtiendo en una señorita y para ella era mucha responsabilidad tenerla en su casa, por esta razón, la internaría en el Convento para mayor seguridad. Juanita Ponce, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo:
—Por favor, no haga eso.
Ofelia se defiende:
—Es que criar niñas mujeres es mucharesponsabilidáy yo nopueocon mi sobrina, que es muy diabla y yo estoy todo el día en el almacén. Además, ayudo a mi marido en su carrera política.
—Pero es una pena que tan chiquitita la vayan a encerrar.
—Señora, le digo que yo nopueocriarla.
—Déjemela a mí, yo necesito una niñita que me ayude en los quehaceres de la casa. Ella me ayudará y yo la criaré. He tenido muchas crías. Una boca más que alimentar, qué más da.
Quedó Yolanda muy temblorosa y asustada. No se atrevía a moverse. Así cabizbaja la encontró Juanita después de haber ido a despedir a Ofelia. Se acercó a la muchacha, la abrazó y le dijo:
—Mi niña, no estés triste ni tengas miedo. Yo seré tu mamita Juana.
La niña rompió en sollozos y con su voz entrecortada por el llanto murmuró: «Gracias...»:
—Ya deja de llorar y ven ayudarme a preparar tu cama. Dormirás en la pieza donde duermo yo. Así nos haremos compañía. Las chiquillas duermen en la pieza del lado.—Yolanda la abrazó y le dio un beso en la mejilla. Los grandes ojos de Yolanda no podían albergar tanta lágrima.
Salieron del comedor y avanzaron por una galería donde estaban los dormitorios. Juanita Ponce le explica a Yolanda:
—Aquí somos muchos, por eso hay tantas piezas. Cuando mis hijos vienen con sus familias, todos tienen su lugar independiente. La primera habitación es la mía. La siguiente es la de Hortensia y Sara, y así sucesivamente. Todas las piezas se comunican a través de una puerta. Yo creo que así la construyó mi suegro para que en caso de terremoto o cualquier emergencia estemos todos juntos.
»Si necesitas ir al baño, está ahí al frente, cruzando la galería.
La galería era muy amplia con muchas ventanas que daban al jardín. Yolanda ya empezaba a sentirse a gusto en ese nuevo ambiente y con esa señora que le hablaba tan tiernamente.
3. Ofelia
