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¿Alguna vez te sentiste como anestesiado, sin sentir nada, pero sintiendo todo al mismo tiempo? ¿Alguna vez te sentiste sola estando en un lugar repleto de personas? Lo único que querías era irte de ahí, pero tus pies parecían estar sellados al piso. Entonces, hola, no te sientas solo. Una vida llena de baches es la vida misma; es mi recorrido hasta ahora. Capaz te sientas identificado. Cuento sobre bullying (desde muy temprana edad), TCA, depresión. Pero también, sobre todo, cuento cosas hermosas, como haber conocido el amor de mi vida, haber podido decir quién soy, y poder estar acá contándoles esto: Se puede. Tu "yo de ocho años", ¿imaginó que a los 18 iba a vivir solo, tener un auto, ir a fiestas, y cursar en la facultad con un montón de amigos? ¿Imaginó lo fantástico que sería llegar a esa edad y hacer lo que quisiera? Nadie dijo que iba a ser fácil, pero tampoco nadie me advirtió que las cosas serían de esta forma. A veces quisiera tener 8 años otra vez. Esta autobiografía esta pensada y escrita en detalle, ya te vas a enterar el por qué. Y quiero decirte algo más: Por sobre sobre todas las cosas, no estás solo. Podes salir de la situación en la que estés, aunque creas lo contrario: yo sí creo en vos.
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Schlegel De Gaudio, Melanie Aymará
Una vida llena de baches : algo así como una autobiografía / Melanie Aymará Schlegel De Gaudio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
314 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-707-9
1. Superación Personal. 2. Desarrollo Personal. 3. Autoayuda. I. Título.
CDD 158.1
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Schlegel De Gaudio, Melanie Aymará
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Este libro está dedicado a todas esas personasque están pasando por un mal momento,aquellas que se sienten solas y que piensanque no hay más nada por lo que pelear.
También quiero dar las gracias a cada personaque pasó por mi vida y me enseñó cómo no quiero ser en un futuro. a aquellos que siguen estando,gracias por su constante apoyo y cariño.
Sigamos con esto.
Me llamo Luna, y esta es mi historia. Da la casualidad de que pronto será mi cumpleaños, y decidí contarla.
Pasaron muchas cosas este último año, estos últimos meses, más que nada. Por favor, ténganme paciencia, trataré de ir en detalle.
Ah, y cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia… o tal vez no tanto.
Cada mínima parte de esta autobiografía está pensada y escrita en detalle, no se abrumen por el descontrol. La vida es así, ¿o no?
Bienvenidos a mi vida.
Bienvenidos a mi mente.
Precaución
Podría haber sido una pesadilla,para cualquiera a quien le importase.Nadie lloró. Los vi parados ahí.Un poco pensé que les importaría.
Billie Eilish
No entiendo nada. Tengo demasiado frío. «No, por favor, no una más en el otro brazo». Voy a dormir.
«¿Qué día es hoy? ¿Hace cuánto estoy acá? No, no, el suero se está llenando de sangre». Necesito que me lo cambien. Necesito dormir.
—Luna.
No entiendo y no sé quién es, no reconozco la voz.
—Luna, ¿es la primera vez que hacés esto?
—No.
—¿Te acordás qué pasó? ¿Qué pasó que te haya llevado a hacer esto?
—No.
(En realidad sí).
—Te doy de alta, pero te transfiero con un psiquiatra, ¿sí?
—Lo que sea.
Esto pasó hace un año, un día como hoy.
Esta es mi historia.
¿Esto es mi introducción?
Porque todos son perfectos de maneras inusuales.
Demi Lovato
Nací un feriado nacional, el día de la patria, y encima, día de la madre. Ya diciéndoles eso se pueden imaginar lo que fue festejar mis cumpleaños: un día antes no, porque era de “mala suerte”; el mismo día no venía nadie; y bueno, siempre festejé mi cumpleaños días después. Pero creo que aun así se me pegó esa “mala suerte”.
De chica era muy inquieta. Era. A los tres años tuve un accidente en el que “por suerte” la saqué bastante barata, según dicen. Fue en la fiesta de fin de año del jardín de infantes, obvio en época de Navidad, todos vestidos de angelitos. Nos dijeron que mantuviéramos los brazos extendidos y no los moviéramos en ningún momento; a nenes de tres y cuatro años.
Oka.
Moví los codos hacia afuera porque se me estaban quedando dormidos los brazos. Claro, como sosteníamos en nuestras manos una vela más grande que el recipiente, y teniendo en cuenta que los vestuarios estaban hechos de papel crepé, debíamos tenercuidado; por eso el “hacia afuera”, porque prácticamente no movía los brazos hacia mí.
Pero sentí algo caliente por mis pies y miré para abajo. Me estaba prendiendo fuego, y de repente todo se puso negro.
Según el relato de mi tía, mi papá saltó casi un metro y medio (la altura del escenario) para tirarme al piso y apagar el fuego antes de que se propagara a otro chico. Yo solo recuerdo que mi mamá se desmayó, y a mi profesora, que decía:
—¡Ay, pero no es nada! —Mientras, me hacía una caricia en la cara, dejándomela en carne viva.
Esa cicatriz al día de hoy aún la tengo; gracias, profe.
Directo al hospital. Recuerdo sentir y escuchar el “psss” cada vez que me recostaba contra la puerta del auto, por mi piel calcinada; como cuando ponés carne en una sartén, ese mismo sonido, esa misma sensación. Me estaba quedando dormida.
Luego, ya en el hospital, recuerdo que escuché a un médico, de tez oscura y muy alto, y que me dolía todo y los demás me veían con cara de preocupados. El de tez oscura me dijo:
—Va a estar todo bien, vas a dormir ahora.
Y así fue. Sentí un olor raro, me estaban poniendo una crema. Estuve internada por no sé cuánto tiempo, tuve que aprender a mover todo el cuerpo, los dedos, la cara, todo de nuevo, para que la piel se flexibilizara y no quedase sin movilidad después.
El resultado de esa experiencia fueron quemaduras de primer y segundo grado. Claro, el papel crepé se me había pegado a la piel.
Digamos, estuve cerca de la muerte.
Pero no era la primera vez que me enfrentaba (por así decirlo) a la muerte.
Mi papá me contó que una vez, viajando con muchísima lluvia y viento, el auto dio vueltas dos veces (de manera que quedó sobre dos ruedas) y yo estaba en la sillita, aún durmiendo. Lo que pudo haber sido un accidente fatal en el auto resultó ser un milagro.
¿Curioso, no?
Una travesía
No hagas preguntas que no quieras saber.
Billie Eilish
En el anterior puesto de trabajo de mi papá, lo iban rotando cada cierto tiempo. Un día escuché que tenía una propuesta nueva: quedarse diez años más en donde estaba (como director de un internado para chicos, una escuela primaria y secundaria) o viajar a Alemania gracias a una beca estudiantil/laboral por dos años. Pueden adivinar qué fue lo que sucedió.
Muchos me dicen: “¿Pero no te encantó eso?”. Y… honestamente sí, pero no.
Tenía ocho años.
Hablando en términos psicológicos, se dice que esos son los años clave para un chico, porque entonces echa raíces con sus amistades y define quién quiere ser. Bueno, las raíces me las cortaron a mitad de año, cuando dejé atrás los (muy pocos) amigos que tenía. Y en Alemania, en cuanto me sentía cómoda en un lugar, nos movían a otro. No encontré realmente amigos, excepto dos, Emina y su hermana, que daba la casualidad de que eran mis vecinas.
Ya que al principio hablamos de mi cumpleaños, recuerdo que había llegado al colegio unas semanas antes de esa fecha, y les había dado tarjetitas de invitación a todos porque eso era lo que acostumbraba a hacer en mi colegio anterior.
Después del recreo, encontré las tarjetitas tiradas en el tacho de basura de la esquina del aula.
Sí, nadie vino a mi cumpleaños, excepto mi vecina y su hermana.
Básicamente, casi no tenía amigos, creo que como mucho tenía dos (como hoy, ja, ja, ja). Sufría una constante discriminación por ser extranjera y no saber bien el idioma. Y debo aclarar que era por no saber el idioma, porque dentro de mi salón había un montón de extranjeros. O capaz el problema era... ¿yo?
Fuera del colegio, cantaba en un coro de la iglesia. Era bastante “normal”. Pero extrañaba mucho a mis amigos de antes, aquellos pocos que tenía, con los que pasaba todos los días, incluso los fines de semana.
De todos modos, fuera de lo que era el colegio, tengo lindos recuerdos sobre vivir allá. Como cuando me corté un nudo de la nuca y me tuvieron que cortar todo el pelo, que me llegaba desde el cuello hasta la cola. No, gente, no se corten así el pelo.
Mi infancia
Podría ser tú, podrías ser yo.
Coldplay
Mi infancia la viví básicamente en dos países. En el que nací y en el que aprendí. Aunque, siendo honesta, aprendí en ambos.
Crecí rodeada de personas que no conocía, porque eran chicos del internado. También, de amigas de la iglesia y de la escuela, que llegué a sentir como familia, porque realmente éramos así de pegadas. Pero no siempre fue todo tan lindo y tranquilo como los sábados en los que iba a la escuelita bíblica de la iglesia, mientras mis viejos dormían.
Hubo muchos momentos en los que la pasé muy mal. El bullying era constante. Bueno, en esa época no tenía otro nombre más que “mis compañeros me molestan”. Mi mamá me decía: “Si te pegan, pegales más fuerte”. Pero yo nunca fui una persona que pegara o agrediera físicamente a otra, por lo que era más como “pueden tirarle piedras a Luna lo mucho que quieran, porque no se va a defender”. Y es verdad, casi nunca me defendía. De hecho, casi nunca me defiendo, hoy en día tampoco, posiblemente por temor a que me peguen más fuerte.
El día que nos fuimos de mi país natal, el último día que estuve en esa escuela, mi maestra me entregó una bolsita de papel junto con un regalo dentro de una caja envuelta. No entendía qué estaba pasando. Abrí la caja y adentro había una muñeca vestida con la ropa típica del país. Dentro de la bolsa de papel, había muchos sobres y papeles que cuando llegué a casa me puse a ver.
Eran cartas.
Cartas de mis compañeros, que me deseaban buenas y lindas cosas en el viaje que estaba por emprender. Algunos contaban en ellas anécdotas lindas que habíamos vivido, y aquellos que solían agredirme mostraban cariño. Aún guardo las cartas, y la muñeca también.
Algo parecido sucedió en Alemania, el último día de coro que tuve.
El profesor, Stefan, me entregó una carpeta. Adentro había fotos de los campamentos que habíamos hecho, de los viajes, de las obras teatrales. Y detrás de todas esas fotos, una foto individual de cada uno de los miembros del coro con su nombre y una carta o dibujo, donde se despedía. Al final había una carta larga de Stefan, que decía lo mucho que le había encantado tenerme en el coro y que me deseaba mucha suerte. Esa carpeta la sigo teniendo.
En Alemania las cosas eran diferentes, pero igual —al mismo tiempo, digamos— el acoso escolar estaba más “centrado” en que no sabía manejar bien el idioma. Aun así, tuve uno de los boletines con las notas más altas.
Alemania tiene un lugar muy especial en mi corazón. Al vivir ahí, pude recorrer bastantes otros países, ya que están pegados unos a otros y el transporte te puede llevar de una punta a otra en cuestión de horas en tren. Conocí muchísima gente y viví su cultura, y hoy en día estoy muy pegada a ella.
Ambos países tienen un lugar especial en mi vida y en mi corazón. Ambos lugares me enseñaron cosas distintas que formaron a la persona que soy hoy. Tienen sus cosas, cada uno, con las que puede que no esté de acuerdo, pero no es mi trabajo cambiar eso.
El cambio empieza por uno mismo, por abrir más la cabeza y ver más allá de lo que uno tiene enfrente. No se trata de tener costumbres y punto. O de que sea una sociedad muy cerrada. Hay mucho que aprender en la vida. Y es algo que uno tiene que, digamos, en cierto punto, desear y querer. Aprender sobre el otro, cambiar uno mismo y su alrededor.
No somos perfectos, todos tenemos nuestros defectos. Argentina también los tiene, seamos honestos. Y hay mucho por cambiar y mejorar para poder vivir y convivir mejor en y como sociedad.
La vuelta
No te enojes conmigo si fuiste reemplazado, conocé tu lugar.
Ariana Grande
La vuelta. La vuelta al lugar de donde veníamos, seguramente pensarán. No.
La “vuelta” significaba mudarnos a otro país, en el cual vivo todavía. Sí, acá, Argentina.
La vuelta significaba, obviamente, nuevo colegio. Nueva gente. No me gustaba la idea. Sentía como un vacío dentro de mí que me daba miedo.
Entré a mitad de año. Mis compañeras eran todas flaquitas y rubias, la mayoría muy buenas alumnas. Para mi sorpresa, también eran buenas en deportes. Yo era de las calladas, de las que no hablaban con nadie, le tenía miedo a eso nuevo. No era buena alumna excepto para alemán, claro, ahora sí sabía el idioma; ¡mis compañeros me usaban de diccionario!
Un día fuimos a ver a mi abuela, como un reencuentro después de tantos años. Merendamos, y nos quedamos a pasar la noche. Al día siguiente, desayunando, me dijo:
—Tenés que apurarte para bajar esa panza antes de que te venga, porque después quedás así.
«Así... ¿gorda?». Apenas tenía diez años, creo que once. Y me terminó viniendo la menstruación por primera vez y estaba así.
No estaba cómoda.
Dios, mis piernas eran gordas y grandes.
Mi panza caía como bolsa de papas.
Mis brazos, ¿por qué tan anchos?
Y encima iba a ser así por el resto de mi vida, porque ya me había venido.
«Y ahora, ¿qué?».
Mis viejos
Sabemos más de lo que te decimos,pero no siempre lo podemos poner en palabras.
Tate McRae
Mis viejos.
Se dice que los hijos son cincuenta por ciento madre y cincuenta por ciento padre. En mi caso, ninguno de los dos tuvo una vida o infancia “fácil”. A veces culparía más a sus viejos por cómo ellos fueron conmigo, o por cómo son en realidad.
Mi viejo es el tipo de persona al que le gustan las cosas muy perfectas y es muy detallista, pero él jamás diría que es perfeccionista. Cuando tenés padres estrictos, básicamente te convertís en un maestro de la mentira. Aprendés a diferenciar pasos, sonidos de llaves, respiraciones, siluetas, ángulos de percepción visual. Recuerdo que yo podía reconocer quién estaba caminando sin siquiera ver.
Creo que ninguno de mis padres sabe realmente cómo expresar sus emociones y muchas veces terminan gritando, creo que es la única manera en que saben hacerlo. Cuando mi hermana nació, todo el disturbio se había calmado, a ella no le tocó jamás sentir lo que es tener la mitad de la cara a fuego vivo y una mano marcada. Ella simplemente fue la protegida; de ambos.
Mi viejo suele prestar más atención al trabajo que a su alrededor. Es el día de hoy y todavía se preocupa por sus voluntarios y “su salud mental”, pero le grita a su propia hija cuando esta justamente le pide a gritos que deje de gritar porque está por tener un ataque de ansiedad.
Mi vieja también es así, a veces le agarran los clicks en que se pone a limpiar todo a fondo. Tiene un temperamento bastante frágil, y nunca sabés qué esperar. Pero, digamos, no tuvo la mejor madre ella tampoco, y no la culpo, ser madre debe ser el trabajo más difícil que pueda existir.
Una vez, cuando fuimos a la admisión para un psiquiatra, este me hizo preguntas de rutina, y al llegar a casa, mamá decidió ir con su novio a un hospital porque había escuchado las preguntas y se había quedado preocupada porque muchas cosas le pasaban a ella también. Amo a mi vieja con todo mi ser, es más como una hermana que como mi vieja. Puede estar bien un minuto y al otro actuar como si tuviese cinco o quince años. A veces es difícil seguirle el rastro.
Cuando era chica solía padecer de “manos levantadas” y gritos, por lo que ahora tengo miedo y me causa ansiedad cuando la gente grita (aunque estén festejando un gol o en un cumpleaños o sea algo en términos buenos). Me da mucha impotencia la violencia que veo en la calle, o la cercana que viven amigas o familiares; muchas veces, literalmente, mis manos arden como el fuego y se ponen rojas por la bronca, la impotencia y el miedo a enfrentar esa situación y terminar lastimada también.
Digamos, no la tuve fácil de chica ni tampoco siendo grande, y tengo un cincuenta por ciento de perfeccionista y un cincuenta por ciento de constante humor cambiante; a eso súmenle las vivencias que se tienen con colegios, amistades, familiares, compañeros, etc.
El propósito de este capítulo no es exponer a mis viejos o meterlos bajo la luz ni nada parecido, es más para darle un contexto a lo que sigue. Es para que puedan entender que puertas afuera era muy lindo todo y hasta parecíamos la familia perfecta, pero una vez que cerraban la puerta, las gallinas corrían. Yo hubiese corrido.
Los amo a los dos, y los entiendo, o eso trato de hacer, pero espero que algún día puedan correrse y entenderme a mí también, y entender que no soy ellos ni tampoco soy un 50/50. Soy un cien por ciento, y no tengo las vivencias de ellos ni tampoco quiero hacer las cosas que ellos piensan que son mejores para mí. Quiero descubrir cuál es mi camino, equivocarme yo, hacerme cargo de mis acciones, tratar de no culparme a mí misma. Familia somos, claramente estamos relacionados por genes y sangre y mucho más, pero quiero poder ser yo.
Quiero descubrir quién soy.
De tan chiquita
Arruiné tantas cosas que podrían haber sido genialesporque estaba triste.
Billie Eilish
Soy una persona que suele expresarse mejor escribiendo. Por eso escribo canciones, poemas. Soy muy mala relatando cosas, pero aquí estoy, espero que esté bien, ja, ja, ja, ja.
Mi primera “canción” la escribí cuando tenía ocho años, contaba lo mucho que extrañaba a mis amigas. Era una canción muy simple, y hasta tenía una cierta melodía; hoy en día mis canciones aún buscan tener melodía. Estaba muy triste, extrañaba a mis amigas, no tenía amigos en ese momento tampoco. Convivía conmigo misma para entretenerme, pero me aburría. Soy aburrida, en cierto punto. Mentira.
Recuerdo tener nueve años y estar en mi cuarto, llorando porque extrañaba y había escuchado que no volveríamos a nuestra vieja casa. Ese día estaba muy molesta, sentía hasta cierto vacío. Estaba enojada con mis padres, y enojada conmigo misma porque no tenía voz ni voto en esa decisión.
Me empecé a golpear la frente contra la pared, que tenía grumitos de cemento.
Mucho tiempo después entendí y me di cuenta de que esa fue la primera vez que hice algo contra mí misma, me estaba lastimando. Y esa vez no sería la última. Lo seguí haciendo.
A los doce años fue cuando empecé a lastimarme las muñecas. Claro, la piba estaba sola, no sabía en quién podía o no confiar porque nunca había podido experimentar eso antes, era gorda y fea, mala alumna, estaba sufriendo bullying en el colegio ya secundario.
Me odiaba. Aún hoy lo hago, pero por otras razones.
Lo que empezó como algo inofensivo, terminó siendo algo mucho más peligroso.
ME ODIABA tanto que empecé a hacer dietas, claramente sacadas de internet. Me empecé a sobreexigir en Educación Física. Mis notas empezaron a subir de a poco, y mi peso bajaba.
Una manzana durante el día contaba como mi desayuno, almuerzo y merienda; después, un poco de gimnasia. Pero todo eso no era suficiente. Algo más estaba dando vueltas dentro de mí y tenía que salir. «Ey, ¡unas tijeras!». Nadie lo notaría de todos modos, tenía pulseras gruesas de bandas y artistas que me gustaban. ¿Qué tan terrible podría llegar a ser? Muy.
Todo parecía un limbo, no comer, vomitar, cortarme, volver a la rutina, al colegio, llorar, escribir. Volver a comenzar. Empecé a caer en un cuadro depresivo. El maltrato dentro de la familia, que ya venía sufriendo desde muy chica, se hacía cada vez más intenso y seguido. Y yo sentía que lo merecía, que era mi culpa. Y al ser mi culpa, merecía un corte más. O tres. O diez, ya no importaba.
Lentamente empecé a cambiar de “herramienta” hasta que encontré mis “filitos”. Sacapuntas, cúter. Mis mejores amigas me hacían sentir mejor, y por mejores amigas me refiero a mis filitos. Era tanto el dolor y el sufrimiento que tenía y mantenía en secreto que no importaba qué tan profundo me cortara, ni en dónde. Ya nada tenía sentido, no desinfectaba las herramientas, e incluso algunas tenían un poco de óxido. De todos modos, lo merecía. ¿Por qué? Porque sí, claro.
Se acercaba de a poco mi cumpleaños de quince, y sí, el vestido. Creo que iba una vez por semana a ver cómo estaba quedando, o cada quince días, y cada vez que iba, la señora me decía: “Nena, cada vez que venís te tengo que achicar unos centímetros el corset”. Para la fiesta, el corset me quedaba un poquito grande, qué sorpresa. Había encontrado entre las cosas de mi mamá una botellita con pastillas que decía “adelgace ya”. Pues, si ayudaba, más valía probar.
Recuerdo que tenía una tiara, y dos días antes de la fiesta, le pedí a mi mamá que me consiguiera una pulsera ancha, que hiciera juego. Me había cortado y no quería que se viera. La consiguió.
Unas semanas después, mis papás me llevaron con una psicóloga para una entrevista, porque según ellos “algo estaba mal”. Mariana me preguntó: “¿Pensaste alguna vez algo feo?”. Sí, obvio, había pensado en las ganas que tenía de desaparecer, suicidarme o que algo o alguien me atropellara. “Que mis papás no me quieren”, contesté. La psicóloga les dijo a mis padres que estaba todo bien, que eran dramas de típica adolescente. Nunca más volví.
Las semanas pasaron y ocurrió lo que pensé que nunca pasaría. Mis papás se divorciaron. Y claro, era mi culpa, seguramente por quejarme de que me gritaran todo el tiempo, o por los gastos de la fiesta de quince. Corte va, corte viene. “Stupid” y “fat”, estúpida y gorda, quedaron en mis piernas.
No+B
Iré a buscarte a tu infierno, allí donde quema el miedo.
Aliados
Cuando tenía catorce años, apareció este grupo en mi lista de sugeridos en Facebook: No+Bullying Argentina. Me uní sin pensarlo dos veces. Ahí fue cuando conocí a Cintia, la persona que creó el grupo y también el proyecto de ley anti-bullying. Así fue como nos hicimos amigas.
No+Bullying era como un grupo de apoyo en el que la gente contaba sus experiencias o algo en específico que les hubiera pasado, y tratábamos de ayudarlos con consejos o herramientas que pudiesen usar. Éramos como una familia. Una vez al mes había una juntada del grupo, en la que nos conocíamos personalmente. Se organizaban juegos para que pudiéramos socializar más entre nosotros, ya que la mayoría éramos personas tímidas que apenas podíamos aparecer en la reunión.
