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Suele afirmarse que Argentina tiene una tradición de neutralidad en los conflictos internacionales. Gerardo Tripolone realiza un análisis histórico, jurídico y filosófico sobre este concepto y desentraña el mito de la neutralidad argentina desde la Gran Guerra hasta la actualidad. Desde la Primera Guerra Mundial a la war on terror, el autor plantea el cambio de eje en los conflictos armados interestatales. El supuesto de la imparcialidad, implicaba una equivalencia moral entre los estados que decidían resolver sus problemas a través de la guerra. Sin embargo, esto cambia con el ingreso de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial: la guerra entra al terreno moral y se transforma en pelear por la democracia, por la civilización, por la justicia, etc. Y ante la injusticia, no hay lugar para la neutralidad. Esta imposibilidad de ser neutral no es ajena a la política exterior argentina y Tripolone, a lo largo de estas páginas, la sustenta con ejemplos históricos. Si la neutralidad no es una opción, entonces, ¡ay de los neutrales!
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Seitenzahl: 248
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Gerardo Tripolone
Tripolone, Gerardo
Vae neutris!: Argentina y las guerras globales, desde 1914 hasta la actualidad: un siglo sin neutralidad | Gerardo Tripolone. -1ª ed.- Mendoza: EDIUNC, 2023.
Libro digital, EPUB – (Indagaciones)
Archivo digital: descarga y online
ISBN 978-950-39-0421-3
1. Guerra Mundial. 2. Ciencia Política. 3. Derecho Internacional. I. Título.
CDD 327.109
Vae neutris! Argentina y las guerras globales, desde 1914 hasta la actualidad. Un siglo sin neutralidad.
Gerardo Tripolone
Colección Indagaciones
Primera edición impresa, Mendoza, 2022
Primera edición digital, diciembre 2023
Publicación con referato recomendada por el Comité Editorial (EDIUNC, Universidad Nacional de Cuyo).
ISBN 978-950-39-0421-3
EDIUNC
Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo
Dirección: Javier Piccolo
Corrección: Javier Piccolo
Diseño y digitalización: María Teresa Bruno
La EDIUNC no necesariamente acuerda con ni se responsabiliza por el contenido o las opiniones, interpretaciones o comentarios expresados sobre hechos, personas o instituciones en esta obra, los cuales corresponden exclusivamente al autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11723
© EDIUNC, 2023
v. 1.0
Contenido
Introducción
Antes vencido que neutral
CAPÍTULO I
La Primera Guerra Mundial y los albores de la Guerra Civil Internacional
La última guerra con neutrales
La neutralidad «benevolente» y la Sociedad de las Naciones
La guerra civil mundial en Argentina
La Semana Trágica y la Patagonia Rebelde
Anarquismo, comunismo y la guerra internacional en suelo español
La pendiente a la catástrofe
CAPÍTULO II
La Segunda Guerra Mundial: la neutralidad que nunca fue
La neutralidad no tiene relación con «la realidad de la vida»
Los conservadores y la guerra
Los coroneles no quieren ir a la guerra
El fin de la guerra y el Telón de Hierro
CAPÍTULO III
De la Tercera Posición al Combate Interno de la Guerra Civil Mundial
Contra la Unión Soviética y el comunismo global
La pertenencia residual a Occidente
Frondizi: entre el petróleo, el Che y la conmoción interna
Argentina y la crisis de los misiles
Tacuara, foquismo y la Doctrina de la Seguridad Nacional
Guerra civil revolucionaria
La vuelta de Perón, el Operativo Independencia y el salto a la guerra total
CAPÍTULO IV
Guerra Interna y Guerra Internacional: de la subversión a Nicaragua
Victoria total
Del poder diurno a Nicaragua
CAPÍTULO V
No hay neutralidad en un mundo unipolar
La Tablada y el fin de la Guerra Fría
La radicalización de la tradición
Policía internacional: Argentina en el Golfo Pérsico
Por el bien de la humanidad: Argentina en los Balcanes
CAPÍTULO VI
De la AMIA a la War on Terror
Argentina en el radar del terrorismo global
Si no es con ellos, es contra ellos
Terrorismo, narcotráfico, narcoterrorismo
La Guerra de Irak, entre el terrorismo, las armas de destrucción masiva y el derecho a la democracia
Adenda sobre Crimea: una guerra convencional sin neutralidad
Conclusión
Bibliografía
Libros y artículos
Discursos
Notas periodísticas
A mi hermano Juan Marcos, uno de los principales interlocutores para estas y otras ideas, con mucho cariño y admiración.
AGRADECIMIENTOS
La elaboración de este libro es el resultado de varios años de trabajo. Sin embargo, su publicación se debe a la convocatoria 2020 de Ediunc. Estoy muy agradecido por los dictámenes de quienes lo evaluaron y por la entrega del personal de la editorial que permitió su realización, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos difíciles que vivimos a partir de la pandemia de Covid-19.
La idea de escribir este libro surgió como una línea paralela de trabajo a partir de mi labor como becario y luego como investigador de Conicet. Por un lado, la hipótesis sobre la imposibilidad de la supuesta «tradición de neutralidad» de Argentina en los siglos XX y XXI es fruto de mis indagaciones en el pensamiento internacional y sobre la guerra de Carl Schmitt, lo que constituyó mi tesis de doctorado en Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Córdoba. Por otro lado, me motivó enmarcar históricamente los desarrollos jurídico-constitucionales de mis investigaciones en derecho y defensa nacional, mi línea de trabajo desde hace un tiempo en Conicet. Aunque este ensayo se encuadra principalmente en la historia de la política exterior argentina, espero que también resulte una contribución para el campo de las ideas políticas y de la defensa nacional.
Para la redacción de los dos últimos capítulos me beneficié de la bibliografía y las fuentes primarias consultadas durante una estadía de investigación financiada por una beca Fulbright en The New School, Nueva York, cuyo objetivo era indagar en los debates jurídicos y políticos en torno a la guerra contra el terrorismo en Estados Unidos.
Parte de las ideas expresadas aquí fueron conversadas con Juan Marcos Tripolone y Adrián Gusberti en mi ciclo Lecciones de Marte, del programa radial El aprendiz de sabio que se emite por Antena-1 San Juan. Estoy muy agradecido por el placer de encontrarme con ellos un miércoles al mes en la radio para hablar sobre estos temas apasionantes. La contribución a la divulgación científica que realizan es realmente grande. Que la charla sea interminable.
Finalmente, tengo que agradecer la generosidad, dedicación y sabiduría del profesor de la Universidad Nacional de Cuyo, Héctor Ghiretti, quien leyó una versión previa de este trabajo. Sus observaciones críticas resultaron invaluables para mejorarlo, de la misma forma que ha sido su guía desde hace una década. Aunque todos los desaciertos de este libro son de mi responsabilidad exclusiva, gran parte de los aciertos se deben a su lectura y acompañamiento en el trabajo académico y en lo personal. Espero que nuestro vínculo profesional y, sobre todo, de amistad se extienda siempre.
Gerardo Tripolone
Julio de 2021
«Una moralización de cómo llevar las hostilidades traería consigo una expansión de las mismas, porque los neutrales se verían obligados entonces, bajo el mandato de una severa moral, a intervenir en la lucha. Esta sumisión de la moral a la política permanece asimismo en el horizonte de la experiencia propia de las guerras civiles religiosas».
REINHART KOSELLECK (2007, p. 53)
La política exterior argentina suele describirse como esencialmente cambiante. Cada gobierno modificaría lo que hizo el anterior dando giros y contramarchas a veces extremas. De subordinados a los designios de la potencia hegemónica de turno, pasando por los desafíos más audaces, Argentina se debate entre gobiernos que postulan «relaciones carnales» con Estados Unidos y otros que lo confrontan y se niegan a asumir sus propuestas de integración económica. Estos virajes se dan incluso dentro del mismo período de gobierno, como aquel que pasó de prestar apoyo a Washington en su intervención en Nicaragua para, meses después, desafiar a su aliado histórico y segunda potencia de la OTAN en el Atlántico Sur.
Sin embargo, a la par que se insiste en esto, se resaltan ciertos rasgos constantes en la política exterior desde la consolidación del Estado nacional en la segunda mitad del siglo XIX. Francisco Corigliano (2013) destaca la permanencia de una «política exterior alberdiana» que habría atravesado toda la historia nacional. La búsqueda de inserción en los mercados mundiales, de limitar la influencia de Estados Unidos y el poder de Brasil en la región, más un rechazo casi instintivo a las alianzas estratégicas y militares, habrían signado la política exterior de presidentes tan disímiles como Mitre y Roca, Sáenz Peña e Yrigoyen, Perón y Onganía, Cámpora y la última dictadura militar, Alfonsín, Menem y Néstor y Cristina Kirchner.
La tesis de Corigliano es interesante y merece atención en varios puntos. Sin embargo, quisiéramos enfocarnos en las enormes dificultades, que en un momento devino en imposibilidad, de sostener uno de los puntos fundamentales de la idea alberdiana en política exterior: la neutralidad o, más bien, «independencia, libertad, disponibilidad de sí mismo por la abstención de ligas y tratados políticos» (Alberdi en Corigliano, 2013, p. 54).
En palabras de Rouquié (1981), «habría una sorprendente continuidad» (p. 318) en la neutralidad argentina que se prueba, por ejemplo, con la posición del país en la Conferencia de Washington en 1890 o en la Conferencia en Río de Janeiro de 1941. La «tradicional neutralidad en los conflictos bélicos que no le incumben directamente», según Simonoff (2005), habría sido interrumpida recién en 1990 con el envío de una flota de guerra al Golfo Pérsico (p. 128). Quisiéramos discutir esta idea. Nuestra tesis es que, a partir de la Primera Guerra Mundial, la neutralidad no fue posible en el orden internacional. En los hechos, Argentina no lo fue en ninguna confrontación de alcance planetario.
La lectura común en los estudios históricos sobre la política exterior argentina debe revisarse. La «tradicional neutralidad» no existió en ningún conflicto global posterior a la Primera Guerra Mundial. Promediando dicha confrontación, el derecho a ser neutrales dejó de existir en el orden jurídico internacional. La posibilidad de abstenerse de intervenir militar, política o diplomáticamente en conflictos armados a nivel mundial se hizo cada vez más difícil o directamente imposible. La neutralidad quedó limitada a conflictos locales, pero no a las grandes confrontaciones. Incluso la neutralidad formal esconde, para las potencias que dominan el sistema mundial, el posicionamiento en un bando en disputa, como sucedió durante la Segunda Guerra Mundial: hasta el ingreso de Estados Unidos en la contienda, la neutralidad argentina beneficiaba (y era fomentada) por Gran Bretaña. A partir de 1941, la neutralidad formal constituía una posición «pro nazi».
Esta fue la regla en todos los conflictos globales, aun cuando no todos fueran guerras del mismo tipo. A lo largo del siglo XX se da un desplazamiento conceptual en la noción de guerra que impacta también en el de neutralidad. De conflictos interestatales que enfrentan ejércitos nacionales, la idea de guerra se desplazó hacia luchas armadas entre Estados y grupos privados, conflictos solapados entre Estados sin declaración de guerra, intervenciones armadas ocultas, guerras internas dentro las fronteras de cada país pero en el marco de una «guerra civil internacional».
Como sostiene Koselleck (2011), todo concepto fundamental es polémico porque grupos diversos pugnan por su definición y utilización. En la lucha política, los conceptos fundamentales se utilizan para legitimar acciones o bien para desprestigiarla. No es lo mismo llamar a una acción armada «guerra» que «terrorismo»; no es igual decir que una persona murió en un «acto de guerra» a que murió víctima de la «represión».
Los conceptos fundamentales necesitan de precisiones y aditamentos. El concepto de guerra requiere ser especificado adhiriendo ciertos adjetivos: «guerra fría», «guerra civil», «guerra clásica», «guerra interestatal», «guerra justa», «guerra sucia», entre otros. Cada adjetivo refiere a una idea distinta de guerra. Por tanto, cuando hablamos de guerra nos referiremos a situaciones diversas y la utilización del concepto será siempre polémica.
La Guerra del Golfo no es equivalente a la Guerra Fría. El bloqueo naval a Cuba en el contexto de la Guerra Fría no es lo mismo que el combate contra el terrorismo durante la war on terror iniciada con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Ninguna de estas se iguala con la guerra global contra el comunismo ni al enfrentamiento entre Alemania y las potencias occidentales o entre aquella y la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en todos los ejemplos, ciertos actores postulaban estar combatiendo una guerra.
Desde 1917 hasta la actualidad, en mayor o menor medida y de formas y grados distintos, Argentina se involucró en esas guerras globales, sean interestatales, frías, sucias, internas, civiles, contra ejércitos regulares, guerrillas, terroristas o grupos armados de cualquier tipo. Esto es así, aunque, en muchos casos, bajo los parámetros del derecho internacional no pueda hablarse de guerra. Lo que interesa es notar que para los actores de ese tiempo (gobierno, fuerzas armadas, grupos guerrilleros, entre otros) se estaba peleando una guerra. En el terreno de las representaciones de los fenómenos, eso era una guerra.
Así sucede, por ejemplo, con la lucha entre el Estado y los grupos que promovieron, luego de 1917, la revolución comunista en el país. La Revolución bolchevique constituyó el inicio de una «guerra civil internacional» que abarcó, en un principio, Europa y que se extendió a lo largo de las décadas siguientes a todo el globo. Argentina no estuvo ajena. Fronteras adentro, enfrentó una puja ideológica entre democracia, comunismo y, con posterioridad, fascismo en la que no se podía estar ausente. Esto se radicalizó con el paso de las décadas. Cada vez fue más difícil ser neutral en las pugnas políticas y militares que enfrentaron ideologías contrapuestas.
Un repaso histórico de los posicionamientos del país en los conflictos armados de relevancia mundial, desde la Primera Guerra hasta la guerra contra el terrorismo, muestra cómo el país en algunos casos no pudo y en la mayoría no quiso sostener la neutralidad que supuestamente definiría su posición histórica. Esa neutralidad ya no era posible en un mundo donde la guerra había mutado. Lo hayan querido o se hayan visto obligados a ello, los gobiernos tuvieron que ubicarse en algún bando en disputa.
Cuando el país quiso mantenerse neutral formalmente (materialmente era imposible), el costo que tuvo que pagar fue muy grande y siempre debió ceder. Argentina buscaba defender un derecho que ya no era admitido. El derecho a no tomar parte en los conflictos terminó con la intervención norteamericana en la Gran Guerra. De la guerra moderna de los siglos XVIII a XIX, en donde la neutralidad era posible, quedaron pocos rastros a partir de 1917. Solo en un contexto en que el enemigo no es considerado un criminal puede sostenerse la neutralidad. En ninguna confrontación global de los siglos XX y XXI se dio algo semejante. El enemigo siempre fue un criminal al que debía ser sometido y aniquilado por una acción de tipo policial.
Hablar de ausencia de neutralidad no implica, en lo absoluto, que Argentina no haya tenido una política exterior autónoma o parcialmente autónoma, al menos en ciertos momentos del periodo analizado. En otras palabras, no implica que se haya valido siempre de la lógica de la aquiescencia total con la potencia hegemónica, según la terminología de Russell y Tokatlian (2013). En la mayor parte de los conflictos globales, Argentina se involucró voluntariamente, sea de forma pública o solapada. Lo hizo como una manera de insertarse en el mundo, por la presión internacional o como una estrategia para agradar a Washington. En cualquier caso, fue parte de las guerras globales.
Aunque de manera incipiente, participó de la «guerra civil mundial» contra comunistas y anarquistas importando el «temor rojo» europeo producido por la Revolución en Rusia. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Argentina dejó de ser neutral incluso formalmente. Cortó relaciones con los países del Eje en 1944 y, en 1945, les declaró la guerra, confiscó bienes de Alemania y Japón e internó a nacionales de esos países. Pero incluso antes de la ruptura de relaciones diplomáticas, Buenos Aires había adoptado una posición favorable al bando aliado, más allá de mantener la neutralidad formal. Por la materia prima y alimentos que le vendía, para Gran Bretaña, Argentina formaba parte de su combate contra el nazismo. Esto se invirtió con el ingreso de Estados Unidos a la contienda. A partir de ese momento, la neutralidad formal supuso estar del lado del Eje. En cualquier caso, la neutralidad formal no era más que una fachada de lo que sucedía en los hechos: la pertenencia a algún bando.
La posición no neutral del país se consolidó durante la Guerra Fría. Desde 1945 hasta 1989, Argentina jamás rechazó su pertenencia al bloque Occidental. Esto es cierto aun cuando, utilizando nuevamente los conceptos de Russell y Tokatlian (2013), Buenos Aires se movió entre una lógica de aquiescencia total con Estados Unidos y una de autonomía relativa. En este último caso, más allá de la pertenencia occidental, el país quiso plantear una agenda propia a veces opuesta a la de la Casa Blanca. Sin embargo, su posición en el conflicto global se mantuvo siempre en Occidente, incluso bajo el paraguas de la Tercera Posición del peronismo. La Tercera Posición tenía una especie de cláusula residual expresada por el propio Perón según la cual, en caso de confrontación efectiva entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Argentina se posicionaría en el bando Occidental. Es decir, no sería (ni era) neutral.
El país se involucró en la Guerra Fría al punto de participar militarmente en el bloqueo a Cuba durante la crisis de los misiles en 1962. Aún más, el país luchó su propia «guerra interna» contra el enemigo de Washington en nuestro territorio: el comunismo, las guerrillas o diversos grupos políticos asociados a la «infiltración marxista» y al «ataque orquestado desde Moscú», según la narrativa de ciertos agentes estatales. Este involucramiento estuvo presente tanto durante gobiernos democráticos como de facto.
Lejos de cortar una tradición, la caída del bloque soviético profundizó el involucramiento argentino en los conflictos internacionales. El envío de tropas al Golfo Pérsico en la Guerra de Irak lo demuestra. La neutralidad es inconcebible en un mundo unipolar, donde el enemigo es un criminal. Las nuevas guerras radicalizan la idea de ser acciones policiales que no reconocen enemigo, sino solo delincuentes internacionales que deben ser sometidos incluso judicialmente. Frente a los criminales no puede haber neutralidad.
El resto de la década de 1990 acentuó la tendencia antialberdiana de la política internacional. El corolario de esto fue que Argentina se convirtió, para el gobierno de Estados Unidos, en un aliado «extra OTAN». Para Washington, Argentina es un país con el que se mantienen relaciones estrechas y objetivos políticos y militares similares al de la única alianza militar de importancia global luego de la disolución del Pacto de Varsovia.
Argentina comenzó el siglo XXI sumergida en una crisis mayúscula, tanto económica, como política y social. El área de Defensa y el instrumento militar estaban en situación de colapso. Argentina se encontraba impedida económica e instrumentalmente de defender las propias fronteras contra un ataque exterior. Menos aún podía pensar en una fuerza expedicionaria de importancia para combatir en el extranjero. El país no aportó efectivos de las Fuerzas Armadas en lo que fue la novedad militar del siglo XXI: la guerra global contra el terrorismo, esto es, la militarización de la lucha contra la amenaza del terrorismo en todo el mundo, sin fronteras definidas ni enemigos claros.
Esta ausencia de presencia militar en el extranjero no significa que Argentina haya sido ajena a la war on terror. Las palabras siempre cálidas de Estados Unidos sobre la colaboración del país en esta lucha mostraban que desde Buenos Aires se estaban tomando las medidas para combatir la misma guerra, solo que internamente. La guerra global se combate en cada país y Argentina no fue la excepción. La lucha antiterrorista se enlazó con la «guerra contra el narcotráfico», que Washington empezó a yuxtaponer con el combate al terrorismo en América Latina. Así, el país mantuvo su tradicional ausencia de neutralidad también en el siglo XXI.
Párrafo aparte merece la Guerra de Malvinas. Más allá de la justicia de la causa, Argentina inició las acciones armadas en abril de 1982. El país no solo fue parte del conflicto, sino su promotor. Por tanto, no lo trataremos en este libro. Sin embargo, es interesante notar que el conflicto en el Atlántico Sur puede ser descripto como una guerra clásica donde se combatió en –y por– un territorio delimitado. Se distinguieron claramente militares de civiles, es decir, entre combatientes y no combatientes. A pesar de la diferencia extrema de armamentos, tecnología y preparación entre ambos países, fue una guerra simétrica en cuanto a las bajas y los daños provocados. Se respetaron, en líneas generales, las normas de la guerra tales como el trato a los prisioneros y la asistencia humanitaria. Gran Bretaña no utilizó su arsenal de armas de destrucción masiva y ningún bando se valió de armas químicas. Más allá de la retórica propia de toda guerra, no se criminalizó a ningún contendiente juzgándolo bajo normas del derecho penal ante tribunales o cortes internacionales. La contienda finalizó con la rendición y la firma de un tratado. Por último, y muy importante para nuestros objetivos, se permitió la neutralidad de los Estados no beligerantes. En definitiva, la Guerra de Malvinas constituye una de las pocas excepciones a los conflictos armados del siglo XX y XXI, lo que no deja de resultar paradójico: mientras se insiste en la idea de una tradición de neutralidad argentina en las guerras, una de las pocas que permitió ese derecho es, justamente, la guerra en la que el país fue protagonista directo.
Este libro no devela documentos nuevos ni hechos que no se conozcan. Tampoco aspiramos a agotar la cuestión sobre la inserción argentina en los conflictos globales. Lo que buscamos es presentar una visión de conjunto sobre el tema bajo una luz nueva. Nos basamos en investigaciones realizadas durante décadas sobre la política exterior del país en los conflictos globales, además de fuentes internacionales sobre estas guerras.
A partir de esta literatura, hacemos una relectura de la historia de la política exterior en relación a los conflictos globales teniendo en cuenta la imposibilidad de la neutralidad a partir de 1917. En términos de Koselleck (1989), no buscamos escribir la historia, sino revisar las interpretaciones hechas sobre ella. El disparador de esta relectura es la mutación del concepto de guerra y, por tanto, de neutralidad.
Hasta 1914, la neutralidad era un derecho de las naciones respetado en el orden internacional. «La esencia de la neutralidad es la imparcialidad» (Schmitt, 1940, p. 252). El presupuesto de la imparcialidad es, a su vez, la equivalencia moral entre los contendientes. El ius ad bello, el derecho a hacer la guerra, era ilimitado. Solo porque la guerra era legal se permitía que los terceros no juzgaran quién tenía la justicia de su lado. Porque si un combatiente la tenía, entonces no se podía ser neutral. La única posición moralmente admisible era la de apoyar al bando justo. Esto cambió en el siglo XX. Por eso, Schmitt (1940, p. 251) plantea que la advertencia romana Vae victis! –¡ay de los vencidos!– mutó en Vae neutris! –¡ay de los neutrales!–.
La neutralidad es propia de la guerra moderna consagrada en el sistema westfaliano de Estados. La posibilidad de la neutralidad estaba dada porque la guerra no se consideraba un crimen, sino una forma más de resolver conflictos internacionales. De hecho, el carácter de Estado se definía en parte por el ius ad bello, es decir, por el derecho a iniciar una guerra (Schmitt, 2009b, p. 347).
Desde la formación de los Estados modernos hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en líneas generales y con la excepción de las guerras posteriores a la Revolución francesa y hasta el Congreso de Viena, en el derecho internacional europeo no se juzgaba moralmente al Estado que iniciaba una contienda. La justicia o injusticia de una causa no podía ser determinada objetivamente y, por tanto, una guerra era justa si era decidida por un soberano mediante una declaración formal. La justicia de la guerra se relacionaba con la calidad formal de los contendientes.
Para considerar legítima a la guerra bastaba con que fuese llevada adelante por Estados del Ius Publicum Europaeum (el derecho internacional europeo de la modernidad) luego de una declaración formal. Ser un Estado reconocido era suficiente para poseer ius ad bello. Durante la guerra, los beligerantes debían respetar el ius in bellum, es decir, el derecho en la guerra. Este imponía (e impone en la actualidad) normas de comportamiento que limitan la capacidad destructiva de los Estados. La guerra era justa en la medida en que el Estado, además de declararla, respetara esas normas dentro de la guerra.
Alex Bellamy (2009) afirma que desde la aparición del Estado moderno hasta 1789 el análisis de la guerra justa estaba «centrado casi íntegramente en el ius in bello, en la medida en que se presuponía que las guerras iniciadas por soberanos eran legales por definición» (p. 128). Las guerras eran legales siempre y, por tanto, «los soberanos iniciaban guerras frecuentemente, pero limitadas (…) libradas por ejércitos reducidos formados por voluntarios, oficiales y mercenarios, y tenían un impacto reducido en la vida doméstica» (Bellamy, 2009, p. 128, cursivas nuestras).
Algo similar describe Roger Caillois (1973) al referirse a las guerras en la modernidad como una lucha entre Estados, pero limitada. Como un juego de ajedrez, donde todo estaba claro y no había traición ni alevosía. Los ejércitos se colocaban en lugares vistosos, en una explanada donde cada uno podía ver al otro (Caillois, 1973, p. 88-89). Como era una guerra de honor, se prohibían las persecuciones y ganaba quien pasaba «la noche sobre el terreno» (Caillois, 1973, p. 90).
Estas limitaciones, que evitaban las guerras totales y de aniquilación, eran consagradas por los propios Estados. Los objetivos de la guerra se circunscribían a los objetivos estatales. Por eso la famosa frase de Clausewitz según la cual «la guerra es la continuación de la política por otros medios» debe ser entendida en el sentido de que la política somete a la guerra a sus designios y no a la inversa: «la idea esencial [de Clausewitz] [es] la subordinación del medio guerrero a la finalidad política» (Aron, 2009, p. 55). El pensamiento de Clausewitz constituye lo opuesto a la guerra de aniquilación. Solo en un contexto de guerra bajo los parámetros clausewitzeanos, los Estados ajenos al conflicto pueden ser neutrales.
Todo cambió cuando la moral volvió a usarse para justificar la guerra, como había sucedido durante la Edad Media. Como afirmaba San Agustín, el problema de la guerra justa es que solo puede ser justa para uno de los bandos en conflicto (Bellamy, 2009, p. 59). Quien aduce la justicia de su causa impugna la justificación de su oponente. En un dilema semejante el tercero está excluido: o se está a favor de la justicia o no se lo está y, quien permanece neutral, no está a favor de la justicia.
Esta idea fue revitalizada en el siglo XX. Nuevamente se consideró a la guerra como un castigo por un crimen o como una cruzada para salvar ciertos valores. Si antes era la religión, en el siglo XX la justificación pasó a ser la «democracia» o la «civilización». Carl Schmitt coloca al internacionalismo liberal de Woodrow Wilson como el principal artífice de esta transformación. Desde que Estados Unidos decidió ingresar a la contienda europea en abril de 1917, la neutralidad fue proscripta como alternativa posible ante una guerra (Tripolone, 2021a, p. 247-259).
El discurso wilsoniano anula la posibilidad de neutralidad porque plantea la confrontación como una elección entre la civilización y lo no-civilizado y criminal (Galli, 2011, p. 160). La guerra deja de ser la continuación de la política por otros medios y se convierte en una acción policial. Es, de ahora en más, la continuación de la persecución penal por otros medios. Para Schmitt (1979), la destrucción de la neutralidad durante la Gran Guerra condujo «al vacío de una guerra mundial global y a la sustitución de aquello que era denominado paz por las reclamaciones de intervención, ajenas a espacio y estructura, de las ideologías» (p. 311).
Por eso es que, al final de la guerra, se trató de criminal al káiser Guillermo II del Imperio alemán y se le adjudicó toda la responsabilidad de la contienda. Esta responsabilidad es más que discutible, ya que el Imperio austrohúngaro, Rusia y Francia también buscaron la guerra (Ramos Oliveira, 1952, p. 158). Alemania cometió graves infracciones al orden internacional, siendo la principal de ellas la invasión a un país neutral como Bélgica. Por eso es que, en definitiva, fue Alemania quien primeramente violentó el derecho a la neutralidad en el siglo XX. Sin embargo, esto no quita que el discurso posterior –que postuló la idea de una lucha entre democracia y autoritarismo o entre civilización y barbarie, tal cual afirmaba la propaganda de la Entente– haya sido el eje de las presiones internacionales para evitar la neutralidad.
Con el paso del siglo XX, la posibilidad de la neutralidad fue reduciéndose en forma constante. En la Segunda Guerra Mundial, la lucha entre las democracias y el Eje no admitía neutralidad. No podía permanecerse ajeno a una confrontación que tenía como enemigo al nazismo, el fascismo italiano o el imperialismo japonés. Quien no colaboraba con los esfuerzos bélicos en contra de los enemigos de la «civilización» y la «democracia», aun cuando no ayudara al Eje, estaba objetivamente del lado de las potencias finalmente vencidas. Porque frente al crimen no se puede ser neutral.
A raíz de los esfuerzos realizados en el período de entreguerras (sobre todo el Pacto de la Sociedad de las Naciones, Pacto Antibélico Saavedra Lamas y Pacto Kellogg-Briand) y la experiencia de la segunda conflagración mundial, luego de la victoria aliada se consideró a la guerra como un crimen del derecho internacional (Schmitt, 2006). Aunque con razón esto puede verse como un avance para desterrar el belicismo y un paso hacia la solución pacífica de los conflictos, lo cierto es que transformó a todo enemigo vencido en un criminal que merece ser aniquilado (Zolo, 2007). El enemigo ya no tiene legitimidad para luchar, algo desconocido entre el siglo XVIII y principios del XX. Se postula al enemigo como el único obstáculo para la paz y, como advierte Schmitt (2009a, p. 121), «la guerra más aterradora solo se realiza en nombre de la paz, la opresión más terrible, solo en nombre de la libertad, y la inhumanidad más atroz, solo en nombre de la humanidad».
La Guerra Fría profundizó esta dialéctica. El adjetivo fría especifica un nuevo tipo de guerra. El involucramiento en este conflicto no está dado exclusivamente por el envío de tropas o el apoyo económico a un bando, sino por la adscripción política a un bloque en pugna y el combate del enemigo fronteras adentro. El bloque Occidental solo admitía una alianza incondicional a la política de Washington, mientras que Moscú se preocupaba por mantener la unanimidad de la esfera comunista. En nuestro hemisferio, la opción era la defensa de la civilización «occidental y cristiana» o ser funcional al marxismo-leninismo propugnado por la Unión Soviética. Los Estados debían elegir entre dos posiciones antagónicas.
El combate fue muy distinto a la guerra abierta de 1939-1945 o, antes, a la Guerra Civil Española. La Guerra Fría se pareció mucho a la competencia de grandes potencias, donde la paz se mantiene en la medida en que exista un balance de poder militar (Freedman, 2001, p. 17). Hubo confrontaciones en zonas periféricas sumamente importantes, como en Corea, Vietnam o Afganistán. En ellas peleaban los modelos en pugna a nivel global. No obstante, no se desató la guerra explícita entre los ejércitos de las dos superpotencias. Por eso, la historia militar de la Guerra Fría es, en gran parte, la historia de la preparación para una guerra abierta entre la URSS y Estado Unidos que no sucedió (Freedman, 2001, p. 18).
