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Es difícil saber cómo interfiere la distancia cuando uno se lanza a contar a siete mil kilómetros el relato de la tierra que lo vio nacer y en la que se crió. Juan Carlos Chirinos lo ha hecho, pensando en quienes desde fuera de Venezuela asistimos inquietos a un drama que no debería estar ocurriendo. Ha querido ofrecernos una visión del país que lleva consigo, alentado por el deseo de que esa visión trasluzca algo auténtico: "La bandera blanca que ondea en el puente que limita entre lo que somos y lo que hemos tratado de ser".
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Venezuela
Biografía de un suicidio
Juan Carlos Chirinos
© De los textos: Juan Carlos Chirinos
© De la presentación: Nelson Rivera
© De la fotografía (capítulo 2): Marianella Castro
Madrid, septiembre 2017
EDITA: La Huerta Grande Editorial
Serrano, 6 28001 Madrid
www.lahuertagrande.com
Reservados todos los derechos de esta edición
ISBN: 9788417118013
VENEZUELA. BIOGRAFÍA DE UN SUICIDIO
MÍNIMA PRESENTACIÓN
Este libro es una provocación. En primer lugar, por el carácter personalísimo de su enfoque. Venezuela, ahora mismo asunto público de todo el planeta, es abordada aquí como intimidad, como cosa y causa propia. La intensidad, la pasión, el abrazo que Chirinos despliega en su ensayo pertenecen a la esfera de lo que importa: el autor se aleja de cualquier fórmula académica o periodística, y escribe desde una perspectiva irrepetible: desde el título hasta el punto final, está presente la sensación de una Venezuela adolorida. Aquí, el país es un sujeto doliente, sometido a una conjunción de avatares.
Es una provocación porque construye un relato que va y viene a lo largo de dos siglos, desde comienzos del xviii hasta el comienzo de este xxi, alrededor de hechos que están ocurriendo ahora. En su trasfondo, el suyo es un ensayo sobre el presente y, más todavía, sobre la resistencia de todo presente a ser pensado. Quien lea las páginas que siguen será testigo de la lucha de un escritor por penetrar en una realidad que le concierne, pero que también concierne a treinta millones de venezolanos, y a otros millones de ciudadanos en el mundo, que siguen a diario lo que allí acontece.
El libre arbitrio con que escoge sus fuentes, el modo como las usa y las entremezcla —las referencias de la Historia, los posibles mitos de la cultura venezolana, los hechos crasos, las leyendas urbanas, los discursos sobre la tradición política venezolana—, son los de un incitador: no un desplante, pero sí un método propio con el que logra abrirse paso en la complejidad. Porque, y esto hay que decirlo, Venezuela es ahora mismo una de las realidades más desafiantes del planeta: inextricable, mutante, voraz con las interpretaciones: las traga y las olvida.
Chirinos, observador de esa complejidad, no le huye ni la resuelve con fórmulas hechas. Al contrario: asume la condición dramática del conflicto venezolano. Lo que subyace en su ensayo es el drama de una sociedad obligada a luchar para evitar el sometimiento. Y para escenificarlo, usa una lengua cargada de contrastes, donde los grandes enunciados conviven con flashes de la lengua coloquial: de todo ello surge una prosa que se abre paso. Que ilumina e interpreta. Que señala las claves. Que no dictamina, pero sí señala los caminos para seguir pensando a Venezuela, el país que el autor lleva en su alma. En sus pensamientos, que son como secretas oraciones.
NELSON RIVERA
INVENTAMOS Y ERRAMOS
Ha llegado la hora de serenarse y de reflexionar sobre las razones de tanto fracaso. De examinar qué hemos dejado de hacer o qué hemos hecho mal. Ha llegado la hora de preguntarse no ya en qué ha fallado la democracia sino más bien en qué le hemos fallado nosotros a ella.
Marcel Granier, La generación de relevovs. el Estado omnipotente (1985)
(Re)conozco de mi país unas pocas ciudades en las que he vivido o por las que he pasado. Algunas de esas ciudades quedan del otro lado de la frontera, pero en el fondo la patria toda permanece intacta en esa íntima piel que es la memoria. Mi exilio comienza cuando llego a un borde que se desvanece en cuanto pongo el pie sobre él. Y digo: no me quitan este trozo de país, lo llevo encima como una penitencia, para provocar.
Para la exposición Manifiesto País, de Lisbeth Salas (Caracas, 2014)
Muchísimo antes de escribir estas palabras introductorias, cavilaba sobre cómo les iba a dar inicio. Durante un tiempo estuve a la caza de los vocablos que producirían el efecto justo para comenzar con buen pie la siempre secreta y difícil relación de los libros con sus lectores. Mi plan consistía en llamar a Ofida, mi mamá, que vive en Valera, la ciudad de los Andes venezolanos donde nací, lugar que he mitificado para gozo, burla y deleite de mis amigos («¡es el centro del mundo!», proclamo a los cuatro vientos no sin razón); le pediría a ella que me dijera al menos una cosa buena sobre Venezuela con la que pudiera arrancar mi prólogo. Con su imbatible optimismo, su inagotable buen humor, su ferocísimo entusiasmo y la devota fe en su dios estaba seguro de que, como flecha de bienaventuranza, me hablaría no de una sino de varias cosas buenas para dar inicio a este (tal vez demasiado pesimista) libro con unos toques bondadosos, pues tampoco se trata de agobiar al lector con un extenso peán guerrero abundante de llanto y descalabros.
Releía y escribía, investigaba y anotaba; iba a la Biblioteca Nacional en el Paseo de Recoletos e invertía horas frente a mi computador a leyendo noticias y artículos, y mirando videos en torno al tema venezolano en YouTube, esa videoteca ahora indispensable, y otros medios. Recuperé de mis propias estanterías un ensayo al que no me había acercado bien del todo, y cuyo comienzo había olvidado. Se trata de El orden del discurso, de Michel Foucault, que no es sino la lección inaugural leída en el Collège de France el 2 de diciembre de 1970, con la que tomó posesión de la cátedra de historia de los sistemas de pensamiento. Su inicio iluminó un particular aspecto en la escritura de este libro en el que no había reparado. Dice Foucault que quiere deslizarse «subrepticiamente» dentro de su discurso, y «más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio».
De modo que se trataba de eso: tenía que «deslizarme subrepticiamente» en mi libro. Porque todo lo que el lector encontrará sobre Venezuela en las páginas que siguen es apenas la continuación del discurso que cada venezolano de este tiempo lleva consigo, y rumia y desarrolla y discute y comenta y critica. No sería necesario, entonces, pedirle a mi mamá, allá en la arcádica Valera, que me orientara con su sabiduría, pues esta sería la «cosa buena» (o no) que de mi país querría destacar aquí, más que cualquier otra: los venezolanos hablamos de Venezuela con la propiedad del que la ha parido, sin pudor, con una seguridad solar que produce diversos efectos en quien nos escucha. Y el escepticismo no es el último de ellos.
Cuando en 1999 Gabriel García Márquez quiso describir al recién elegido presidente Hugo Chávez, a quien acababa de conocer en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que los llevaba de La Habana a Caracas, apuntó lo siguiente: «Tenía la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro». Como agudísimo observador de los demás, y habiendo vivido en Venezuela «cuando era feliz e indocumentado», el Nobel colombiano supo definir en dos afiladas expresiones nuestra idiosincrasia: «cordialidad inmediata» y «gracia criolla». No deja de asombrarme hasta qué punto era capaz García Márquez de profundizar en los tipos humanos y escribir sobre ellos con la precisión del neurocirujano. Hace poco el escultor español Andrés Alcántara, creo que citando a Picasso, me explicó que algunos pintores, cuando quieren plasmar el sol, ponen una mancha amarilla; y hay otros, como Turner, que de una mancha amarilla sacan un sol. Eso hace García Márquez. El mundo, sin embargo, siempre es el comentario de otra cosa. Aquellas dos espléndidas frases del escritor colombiano no pretenden agotar la definición de la identidad venezolana, por lo demás cambiante, al igual que todas.
Finalmente no le he pedido a mi mamá que me dijera cosas buenas de Venezuela; coloco lo que he observado y lo muestro como lo he visto, lo he pensado, lo he leído y lo he estudiado. No quiero que mi cordialidad inmediata ni la parte que me toca de la gracia criolla disuelvan el defecto de mi pensamiento, el pentimento que subyace en toda idiosincrasia y que la hace hermosa y oscura a la vez y, por eso mismo, deseable.
