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¿Casualidad o causalidad? Con la vida y el alma prácticamente en ruinas, Martina acepta una propuesta de cambio de aires a diez mil kilómetros de su destruida zona de confort. Ella, que vivía entre grises, entre las sombras que dejaron los acontecimientos de los últimos años, sin ilusión ni expectativas de volver a vivir de nuevo; el azar o el destino coloreó de verdes, azules y turquesas su andadura, preludio de su transformación personal, viéndose inesperadamente en el lugar que nadie jamás hubiera imaginado, convirtiéndose en cómplice por sorpresa para ayudar a finalizar un capítulo que comenzaron otras almas cien años atrás. Martina aprendió a perdonarse, a perdonar a la vida por todo lo que esta le quitó; a cambio, la vida le obsequió con el tesoro más valioso que se puede poseer. Bajo la inexplicable magia de las benditas casualidades o la acertada armonía de la remota causalidad, supo pasar página, cerrar puertas y abrir ventanas, convencida de que el amor es lo que verdaderamente mueve al mundo.
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Seitenzahl: 465
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marisi López
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-349-4
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«Algunas cicatrices no duelen»
1
A lo lejos y entre sueños, creí escuchar al despertador. Por un momento, el cansancio y la somnolencia, me hicieron olvidar que tenía un vuelo en un par de horas. Salté de la cama soplando mientras buscaba mis zapatillas por el suelo. No me podía creer que, con lo que esperé aquel día, a mi subconsciente le quedara ganas de sacar su lado perezoso justo en aquel momento.
Corrí al baño y al resbalar el agua tibia por la espalda, pisé la realidad, a lo que por decisión propia decidí enfrentarme, y ahí fue, cuando ya en plenas facultades mentales, sonreí con los ojos cerrados bajo el agua de la ducha. Fue curioso, estaba justo en la frontera de lo que empieza y de lo que acaba. Cada movimiento, cada cajón que abría, cada mirada al espejo, tenía la perturbadora sensación de que cerraba una etapa de mi vida, como si esas imágenes que quería retener en mi cabeza fueran los únicos fotogramas que recordaría de todo lo que había vivido hasta entonces. Lo tenía todo perfectamente estudiado para ejecutar la «causa-efecto» que planeé con el ansia del suicida que prepara su final. Era raro, pero no quería detenerme en analizar esas sensaciones. Entendía que las tenía que vivir y, por supuesto, de la mejor manera. Fue por ello que escogí un vuelo a esas horas, para no tener tiempo de pensar antes de ir al aeropuerto. Eran las tres y media de la madrugada, y a esa hora solo se provocaban el desvelo aquellos que, como yo, tenían que hacer algo importante.
Desayuné —por llamarlo de alguna manera—; tomé café, imprescindible compañero de los madrugones, cerré mis maletas con las cuatro cosas que necesité a última hora, acomodé los cojines del salón, fui a mi habitación, cogí mi cajita de recuerdos que era como mi tarjeta de identificación, la arropé en el fondo de mi bolso de mano, busqué mi libro de cabecera en la mesita de noche, y miré a mi habitación con una mezcla de nostalgia, resignación y valentía mientras apagaba la luz y cerraba la puerta. Pensé que sería más fácil todo aquello, incluso sentí en cada minuto más que pasaba que podría estar equivocándome, que quizás era demasiado drástica la idea de alejarme de todo y empezar a diez mil kilómetros de nuevo. No es que fuera miedosa, es que los cambios, a veces, me daban un poco de vértigo. Recordé las palabras de mi madre: «Martina, a veces los cambios son necesarios». No me agradaba la idea de ponerme melancólica en aquel momento de soltar todo, aquello que estaba haciendo era para algo bueno, era algo necesario, y duraría lo que tendría que durar. Tenía por delante seis meses para darme la oportunidad de parar, respirar e intentar volver a vivir, de desprenderme de los ropajes viejos que la vida me obligó a lucir y caminar desnuda si era necesario para intentar que todo se renovara de dentro para afuera. Lo importante es que yo estuviese bien, por lo que no le daría más vueltas en bucle a nada. Estaba todo meditado y daba el paso, aunque me estuviese equivocando. Era necesario hacerlo. Era necesario equivocarse si era un error, no había nada más que objetar a aquellas alturas.
Cogí las maletas, me dirigí hacia la puerta, metí las llaves por fuera en la cerradura y miré mi salón como quien contempla un paisaje. La vista se me clavó en la sonriente foto que tengo de mi hermano con mis padres en la mesita de la lámpara, suspiré y, de alguna manera, me encomendé a su ayuda desde mi más silenciosa soledad. Apagué la luz y cerré la puerta a la vez que cerraba los ojos, dos vueltas al cerrojo y en la garganta noté un nudo al que no quise hacer caso. Agarré con fuerza las dos maletas, convertidas ya en tablas de náufrago e impaciente esperé a que subiera el ascensor.
Entré. No fui capaz de mirarme en el espejo. Evité una mirada de desconfianza a mí misma, sabía que si paraba a observarme seguiría haciéndome mil preguntas que, llegado a aquel punto, no sabía si quería responder, ni siquiera cuestionar, así que, huyendo de cualquier conexión con mi propio reflejo en el espejo, cabizbaja y disimulando esa absurda incomodidad de sentirme vigilada, paró el ascensor y salí rápido de los dos interminables metros cuadrados de mínima cordura.
Salí al portal. Desde la cristalera de la puerta pude ver el taxi que puntual me esperaba. Eran las cuatro en punto de la madrugada. Atento el taxista, un chico joven de piel morena y acento latino, se dispuso rápido a ayudarme con el equipaje.
—Buenas noches o buenos días.
—Hola —contesté con desgana. Acomodó las maletas en el coche. Digno aquel muchacho que, pese a mi poca simpatía y mínimas ganas de hablar, con admirable cortesía, hasta me abrió la puerta trasera del taxi para que subiera. Le sonreí forzosamente y le di las gracias por su caballerosidad.
—Dígame, ¿dónde vamos?
—Al aeropuerto, por favor. —Me ajusté el cinturón de seguridad y el coche comenzó a circular.
Me quedé mirando por el cristal el portal de mi piso y poco a poco fue aflojándose el nudo que tenía en la garganta. Se me quedó la vista perdida a media altura en ninguna parte y estuve así, en ningún sitio, varios minutos, hasta que el taxista me llamó la atención.
—Mi nombre es Mateo.
Buscaba el chico mi mirada por el retrovisor. Yo me limité a sonreír asentando con la cabeza. No sabía la manera de explicarle que no tenía la mínima intención de entablar conversación con él, es más, no quería hablar con nadie en ese momento. Dentro de mi cabeza y de mi pecho había enroscada una tormenta de sentimientos brutal. No me apetecía ser cordial con nadie ni siquiera por educación, pero no sabía cómo hacérselo entender.
—Llevo seis años en España —insistió el muchacho—. Soy de República Dominicana.
Ahí fue donde despertó mi interés y le busqué por el espejo incrédula por la casualidad del momento.
—Cojo un vuelo para tu país en dos horas.
Vi cómo los ojos le sonreían en el estrecho reflejo del retrovisor.
—¡Vaya! ¡Y yo que pensaba que usted era muda! —se reía—. Soy de San José de Ocoa, un pueblito que está al sur de la península.
—Yo voy a Bávaro—me atreví a contarle.
—Muy bonito lugar para las vacaciones.
—No, no voy de vacaciones. Voy por motivos de trabajo.
—¡Wow! Fíjese cómo es la vida. Yo viajé a su país por trabajo y usted hace lo mismo y viaja al mío, ¡la vida está muy mal ordenada! Si nunca estuvo en mi país, le va a gustar. Lo único que allá la vida no es como acá. Para unas vacaciones es un lugar ideal, es un paraíso; para subsistir cambia mucho la historia, aunque nosotros los dominicanos siempre estamos bien. Es nuestra manera de ser.
Me dejó pensativa con aquellas palabras que procedían de alguien que venía de donde yo iba. No podía ser que, por un momento y después de todos los fantasmas que tuve que ahuyentar, por una maldita casualidad me volvieran a visitar todas las dudas que dejé por el camino. Me sobrevolaba la inseguridad de si todo sería tan perfecto como había imaginado o me estrellaría de nuevo como normalmente acostumbraba a hacer en la vida. Ese chico estaba poniendo en un segundo al límite todas mis expectativas. Suspiré al borde del agobio y le miré fijamente.
—Bueno, es cosa de vivir la experiencia.
Con esa frase intenté convencerme a mí misma de que todo iría bien. Quería estar tranquila, no podía volver a la suspicacia de que pegaría un patinazo, y aquel derrape no sería poca cosa. Llevaba un contrato de seis meses en un hotel de lujo como gerente de ventas de una prestigiosa cadena hotelera y quizás haría algo de relaciones públicas dentro del complejo. Mi estancia allí no era cuestión de probar y si no me iba bien volverme, tenía que cumplir con el contrato y, por supuesto, defender mi compromiso a quien me dio aquella oportunidad de cambio, mi jefe, que últimamente me vio muy perdida y a pesar de ello apostó por mí para aquella vacante. Me enfrentaba a guardar el equilibrio durante mínimo seis meses sin permitirme el lujo de flaquear. Entendía que podría ser raro, incluso difícil, pero ese cambio lo necesitaba, y auguraba que solo allí sería capaz de asentar los pies de nuevo en el mundo y decidir qué hacer con mi vida.
Llegamos al aeropuerto —menos mal que el trayecto no dio para más conversación—, me estaba angustiando bastante. Pagué la carrera y me bajé del taxi. El chico sacó las maletas y con melancolía me dijo:
—Acuérdese de este pobre taxista dominicano que cambió el paraíso por una vida mejor para su familia. Cuando llegue a una de sus playas y meta los pies en el agua, acuérdese de mí, por favor. Ojalá algún día pueda llevar a mis hijos a que conozcan el país de su papá.
—¡Seguro que ese día llegará! —le exclamé mientras me reía muy falsamente y cogía mis maletas.
—¡Buen viaje, señorita! —me deseó educado aquel taxista.
—Gracias —le correspondí mientras me dispuse a alejarme mirando el reloj y sacando del bolso la documentación para viajar. Daban las cuatro y media de la mañana.
Entré en el aeropuerto. Las madrugadas allí son distintas, diría que no existen salvo por algún que otro viajero que dormía en los asientos usando de almohada alguna maleta. Me sentí pequeña, tan solo me acompañaba el ruido de las ruedas de mis trolleys. Facturé y, aliviada por ir sin equipaje, me indicó la señorita donde hice el check in la puerta de embarque a la que me tenía que dirigir.
Llegué a pasar el control de seguridad y, justo allí, cuando iba a quedar a las órdenes de la policía para dejar mis cosas en la cinta del escáner, escuché una voz que me llamaba. Comencé a temblar y se me paralizó el cuerpo. Era Robert. No me lo podía creer, estaba allí, en el aeropuerto, llamándome, fue a buscarme. No podía fingir que no me importaba ni que incluso hizo que me emocionara de tal manera que me dieran unas ganas tremendas de llorar. Justo allí no podía aparecer, me hizo demasiado daño y, entre otras cosas, él, de alguna manera, contribuyó directamente a provocar mi estampida, como para intentar parar de nuevo todo a unos minutos de coger un avión rumbo a recomponer los pedazos que él dejó de mí.
Le esperé mucho tiempo, muchas horas, muchas noches, días, meses, y ni rastro. Supuse que ya sabía que era yo quien iba a alejarse de todo literalmente. Se creyó con la licencia de ir a no sé qué demonios para volver a desordenarme la cabeza.
Robert y yo estuvimos juntos cuatro años, pero acabó la relación y creo que de la manera más catastrófica que nadie pudiese imaginar. Él era escritor, y como buen artista, un ser extraño y a menudo con una conducta fuera de lo común. Le conocí a través de una amiga, Paola. Ella era fanática de los libros y había asistido a alguna que otra charla que él dio por Madrid. Robert era de un pueblo del norte y, al mudarse a la capital, Paola le invitó a salir con nuestro grupo de amigos para que conociese a gente. Congeniamos bien desde el primer momento. Yo era rara a la hora de relacionarme con gente nueva, pero con él en su momento fue distinto. La noche que nos conocimos quedamos en un pub del centro de Madrid y desde que nos presentaron estuvimos toda la noche hablando. Compartíamos aficiones y gustos, opuestos en muchos sentidos, pero había equilibrio. Fue buena la conexión que surgió entre los dos.
Al principio me aterró la idea de empezar una relación, porque no entraba en mis planes, pero creía sentir que era algo especial y no me pude resistir a dejarme llevar por él. Comenzamos con un café alguna que otra tarde, seguimos con mensajes filosóficos de la vida durante varias semanas, después una propuesta de cena y copa, y justo a los tres meses, me vi pasando la noche con él en mi apartamento. Pensé en su momento que nació algo bonito y sincero, tanto que volví a sonreír a su lado. Creí sentir seguridad, plenitud y un bienestar que, para no contar con ello, me hacía estar tranquila, sin premeditar nada. Teníamos una relación estable y fluida, sin problemas, sin agobios. Me daba mi espacio y yo el suyo.
Al año de relación me insinuó la idea de vivir juntos. Pasábamos más de la mitad de la semana en su casa o en la mía, y pensó que podríamos dar un paso más con lo nuestro. Me pareció algo totalmente abrumador. Estaba muy bien con él, pero no quería ilusionarme de tal manera que cuando aquello se acabara me doliera más de lo que tenía planificado. Siempre tuve la recelosa corazonada de que Robert era alguien pasajero en mi vida, convivir para mí era un punto y aparte personal. Llevaba varios años viviendo sola y no me atraía la idea de pronto tener que adaptarme a las manías de nadie. Daba igual quien fuera. Rara como me considero, no sabía si aquella iniciativa estaba hecha para mí, pero accedí a su propuesta con la única condición de que él se mudara a mi piso. Robert estaba de alquiler, yo pagué lo que me quedaba de hipoteca con un extra que percibí por un proyecto de mi empresa, así que era lo más lógico. No estaba muy segura de aquel giro en mi vida, pero pensé que a mis treinta y dos años, por incoherente que yo pensara que fuera, suponía que era hora de pensar en algo serio y dejar a un lado un poco los rasgos más marcados de mis manías personales.
Me sentía bien con él, en los comienzos de nuestra historia fue infinitamente atento conmigo, un tipo ambicioso en la vida, perfeccionista en su trabajo y defensor de su vocación: escribir. Logró trabajar en la redacción de una editorial, aunque no llevaba demasiado bien eso de poner a punto libros de terceras personas para su publicación. Él era escritor, quería ser quien estaba al otro lado de la mesa, y aunque consagró su tiempo a su tercera novela, no le iban las cosas como deseaba. Siempre nadaba entre la frustración y esa lucha interna, porque pensaba que el sacrificio era directamente proporcional al éxito. Se pasaba las noches enteras sin dormir sentado en el ordenador escribiendo. Mil veces lo encontré por las mañanas dormido encima del teclado de la mesa de su despacho con las gafas puestas de medio lado.
Todo iba relativamente bien entre los dos. Éramos dos seres raros por naturaleza, pero la convivencia era aceptable. En la cama dábamos rienda suelta a nuestras singularidades y sabíamos cómo satisfacer al otro sin pedirlo. La relación era tasadamente perfecta, tanto, que a Robert le publicaron su tercera novela cuando la terminó. En su editorial quisieron darle la oportunidad con una tirada pequeña e introducirla en el mercado a ver qué tal rodaba y no le empezó a ir nada mal.
El problema, su problema, surgió cuando un día al despertar me encontré mal. Tenía mareos y muchas náuseas. Él me llevó al hospital, no paraba de vomitar y no me podía incorporar de la cama. Me hicieron una analítica. Cuando entramos en la consulta a darnos los resultados, nos dieron la enhorabuena. Estaba embarazada de unas cuatro semanas.
Robert se quedó callado sin mirarme. Yo esperaba al menos un gesto de alegría que compensara un poco tanto mi malestar clínico como el ciclón de pensamientos que como mujer brotaron en mí en menos de un segundo. Yo también pensé que no era el mejor momento. No quería llamarlo accidente, porque era fruto del presunto amor que nos teníamos. Éramos una pareja estable, llevábamos tres años durmiendo juntos. Entendía que era algo que podría pasar apurando recursos, algo natural entre dos personas que mantienen sexo prácticamente a diario, pero no, Robert se quedó callado, se levantó de la consulta de urgencias y me dejó sola sentada con el médico que no sabía qué cara ponerme. Se limitó a preguntarme si él era mi pareja. Yo le contesté que después de lo que acababa de hacer ya no lo sabía.
Robert siguió todo el camino callado. La vuelta a casa la hicimos en silencio. A mí la desesperación, los miedos y supongo que la alteración de hormonas que tendría en sangre me echaron a llorar. No sabía por qué lloraba, pero era lo único que me apetecía hacer en esa situación. Era triste que una pareja se tomara esa noticia de aquella manera, era lo más triste que le podía pasar a alguien, que cuando naciera y creciera se enterara de cómo se tomaron sus padres el saber de su futura existencia en el mundo.
Particularmente, me gustaban los niños. Tenía dos sobrinos y alguna amiga que otra ya había tenido bebés. Nunca se me pasó por la cabeza tener los míos propios. Pienso que esa llamada que te hace la naturaleza en forma de maternidad aún no había llamado a mi puerta, pero estaba claro que ya llegó; y aunque todo pasó en muy pocos minutos, ya podía sentir algo muy especial y extraño dentro de mí que hacía que todo fuera muy distinto al día anterior.
Llegamos a casa. Él fue directamente a la ducha, yo me senté en el sofá. Cuando me quedé sola, me miraba la tripa, y aunque seguía llorando con una mano en el bajo vientre, fui capaz hasta de sonreír. Fue mágico eso de sentir una vida dentro de mí de un minuto a otro. Robert salió del baño y se dirigió hacia mí. Me dijo que no era momento de tener ese hijo, que él no podía hacerse cargo de nosotros, que llevaba toda la vida esperando una oportunidad para su carrera de escritor y, ahora que empezaba a despuntar, no podía responsabilizarse con un trabajo para mantenernos y formar una familia, que me quería mucho, que era una mujer increíble, pero aquello lo había desbordado. Todo eso lo decía mientras abría la habitación que teníamos en el hueco de las escaleras y sacaba sus maletas. Arrugué el entrecejo, para mi cabeza era inviable ver cómo recogía sus cosas para marcharse. ¡No podía ser, Dios mío! Hacía una hora que me enteré que esperaba un hijo de él y ese hombre se limitaba a largarse de casa como si tuviera la peste, de la manera más egoísta y cruel que se podría hacer, ni siquiera dignándose en preguntarme que cómo me sentía ni lo que yo pensaba de todo. Simplemente nos abandonaba y se suponía que allí acababa lo nuestro. Me quedaba sola, embarazada y punto final.
Aquella situación me dejó al límite de la estabilidad mental, tanto, que no era capaz de pestañear. Mi inmovilidad y mi silencio profundo en el sofá contractaba con el nerviosismo y el monólogo de excusas que él hacía mientras metía sus cosas a granel en las maletas, monólogo que no fui capaz de escuchar. Recuerdo que hablaba y hablaba, quizás para argumentar lo que estaba haciendo, pero no recuerdo realmente lo que me decía, tan solo recuerdo que abrió la puerta y, sin mirarme a la cara, me dijo que lo sentía, y se marchó. Lloré tanto aquel día, tanto, que me quedé dormida en el sofá.
Cuando desperté, era domingo. Me notaba los ojos hinchados y pegajosos de la llantina de la noche anterior, pero estaba bien; además, curiosamente me sentía acompañada. Crecía un bebé en mí, una criatura que tendría a un energúmeno como padre, pero era mío y de nadie más, me las apañaría para sacarlo adelante. Hubiese sido incapaz de arrancarlo de mí y mucho menos de suplicarle a nadie que no me dejara sola, porque ya no estaría sola nunca más en mi vida.
Llamé a Paola. La invité a comer a casa como si no hubiese nada que contar y pude compartir con alguien de sentimientos puros e incondicionales la odisea en la que me vi envuelta en cuestión de unas horas. A las únicas personas que eché de menos en esos momentos tan vertiginosos fue a mis padres. Necesité de ellos un beso, que me dijeran que todo iría bien, que estaban felices de la llegada de ese nieto y que saldríamos todos adelante sin problema. Aunque ellos ya no estaban conmigo, los podía sentir a mi lado.
Al día siguiente llamé al trabajo. Les dije que tenía un cuadro de gastroenteritis agudo para no acudir. Sentía muchas náuseas y prefería esperar para ver si se me pasaban antes de dar la noticia. No tenía claro cómo iba a decirlo, ni la reacción de mi jefe, quise esperar unos días para poder asimilar mi nueva situación.
Retomé el trabajo una semana después como pude. Al menos no tenía tantos mareos y, al trabajar en una agencia de publicidad, estaba sentada la mayoría del tiempo; eso sí, la cabeza no la tenía para nuevas ideas promocionales, pero bueno, esquivaba cualquier tipo de conversación con los compañeros que me obligaran a dar algún detalle personal y pude pasar unas semanas en mi burbuja más particular.
En seis semanas, Robert no fue ni para enviarme un miserable mensaje y preocuparse, ya ni siquiera de mí, sino de su hijo; sinceramente, quise pensar que él, poco a poco iría digiriéndolo todo y volvería a casa en cualquier momento. Era imposible que lo que hizo se quedara tal y como lo dejó. Era demasiado cobarde y ruin, pero no apareció por ningún sitio. Su familia, que estaba al tanto de lo ocurrido, me apoyó muy forzosamente, puesto que lo primero que me insinuaron, tanto la madre como la hermana de Robert, fue que siempre me quedaba la posibilidad de no llevar a término mi embarazo por las circunstancias de encontrarme sola. Yo defendí mi decisión de ser madre soltera y, aunque se les notó escépticas desde el primer momento, sentí que de alguna manera tendría algún tipo de apoyo.
Una mañana al despertarme había sangrado. Me asusté tanto que directamente fui al hospital y, tras una ecografía, a mi bebé ya no se le escuchaba el tambor que tenía por corazón. Sentí tanto dolor, tanta rabia de no poder llorar abrazada a alguien, ni de poder culpar en la cara a la persona que no deseó que esa criatura viviera. Sentí mucha lástima, lástima de mí, de verme y sentirme sola, como siempre, tragándome algo tan doloroso como es una noticia de ese tipo. Me hicieron un legrado esa misma tarde y, con ello, se puso fin a mi corta aparición en la etapa de la maternidad. Fue tan bonita como dura a la vez. Intenté ponerme en contacto con las que hubiesen sido la abuela y la tía de mi hijo para contárselo, pero nadie me devolvió la llamada ni contestaron a los mensajes que les envié para hablar con ellas. Directamente desaparecieron, me apartaron de un plumazo de sus vidas al puro estilo de su hijo y hermano.
Bea, una muy buena amiga psicóloga que conozco desde el instituto, me fue a visitar dos días después alertada por Paola. Anímicamente no me vio en condiciones y pensó en que ella era la mejor ayuda para una cabeza rota. Me sentó muy bien hablar con alguien desde lo más profundo de mí, con ella siempre es todo más digerible. No me levantaba del suelo en el mismo instante del derrumbe, pero se acostaba conmigo para acompañarme hasta que poco a poco conseguía incorporarme de mis catástrofes mentales. Tuve pensamientos suicidas años atrás cuando pasó lo de mi hermano y, gracias a ella, se fueron disipando, haciéndome ver que ese no era el camino correcto. No debía coger un atajo cuando me perdía, era mejor sentarme a esperar a que alguien pasara a mi rescate antes de tirarme por un precipicio. Me metió la idea de que las cosas pasan por algo y las que no también, y todos esos rollos que, aunque los mires desde lejos e incluso seas capaz de discrepar sus argumentos, al aplicarlos en aquel momento a mi vida actual fueron como una cicatrización exprés en las heridas. Al menos la rabia y el odio que me creó los últimos acontecimientos hacia Robert los canalicé un poco. Fue bueno sacar mi ira, al fin y al cabo, entendí que no era sano convivir en guerra con alguien que ya no tenía nada que ver conmigo. Yo era la única persona con la que tenía que dormir todas las noches, qué mejor que me llevara bien conmigo misma, que era mi mejor compañía; así que solté, fluí y comencé a aflojar la cuerda imaginaria que puse en el cuello de Robert para que se asfixiara.
De eso hacía ya siete meses. En todo ese tiempo, y aunque se enteró que perdí a su hijo por amistades en común, no se dignó en preocuparse por mí, es más, intentó ir a casa a recoger algunas cosas que dejó olvidadas cuando yo no estaba. Cambié la cerradura a su partida y, al no poder entrar, desistió la idea de llevárselas para evitar verme. Yo tampoco quería tropezar con nada suyo en casa, por lo que algunas cosas me regalé el gusto de tirarlas a la basura y otras se las di a Paola para que se las hiciera llegar. Quería dejar mi casa limpia de todo lo negativo que me recordara a él y sus cosas. Llegó al punto de que me molestaba verlas, pero se presentó allí, siete meses después de abortar sola, casi nueve de largarse de casa, con el pretexto de que me dejó embarazada sin querer, a un paso de cruzar a mi nueva vida. A las cinco de la mañana fue a buscarme al aeropuerto.
—¡Tina! ¡Tina!
Me llamó a gritos mientras corría hacia mí. Me quedé impávida justo detrás de las cintas para acceder al control de seguridad policial. Robert llegó cansado de la carrera, tanto que, faltándole el aire, se encorvó y apoyó sus manos en las rodillas. Respiraba entrecortado por el esfuerzo e intentaba recuperar el aliento.
—Tina, he sido un auténtico desastre contigo, soy un monstruo, el peor hombre del mundo, ni siquiera me merezco que me mires, pero no sabía cómo hacerlo. Me descolocó por completo la llegada del bebé, no estaba en mis planes y no supe reaccionar de otra manera. Perdóname, por favor. Te quiero, Tina, y te juro que pienso que hubieras sido la mejor madre del mundo.
—Robert…
Intenté evitar escucharle, pero me cortó e insistió con su homilía.
—No, déjame hablar, por favor. He venido a buscarte para que me escuches, para pedirte perdón. Necesito explicarte, luego puedes decirme lo que quieras, pero estoy aquí y necesito que me dejes hablar. Después eres libre de hacer lo que creas conveniente, porque me merezco lo peor, pero déjame hablar, por favor.
Su reconocimiento de culpa me hizo apretar las mandíbulas y comencé a llorar, sin perder la compostura, lloré sin taparme la cara y sin bajar la cabeza, lloré de rabia, de incredulidad. Esas palabras deseé escucharlas hace meses, no justo aquel día. Dejé que siguiera con su absurdo discurso.
—Escúchame, no quiero perderte, no quiero que te vayas, quiero que volvamos a empezar y que, poco a poco, cuando llegue el momento, construyamos una familia de verdad. Serás una madre increíble, porque como mujer ya lo eres, pero poco a poco, los dos juntos, como antes, Tina.
Me habló mirándome fijamente a los ojos. Me abrazó con fuerza. Yo no correspondí a su abrazo, no podía fingirlo ni aun dejándome llevar por la situación. Ese consuelo que quería brindarme hacía nueve meses que debió de tener el coraje y la delicadeza de habérmelo dado sin pedírselo. Ese beso en la frente lo necesité cuando estaba sola en aquella fría sala del hospital sintiendo que mi hijo ya no vivía dentro de mí, y ahora, que ya todo estaba hecho, que todo estaba pasado, se creía con la libertad de remendarlo todo entonando el mea culpa, posiblemente impulsado por mi inminente partida. No estaba garantizado que si yo no hubiese tomado aquella decisión volviese a mí de esa manera. Robert me miró varios segundos terminando con un soplido, se separó de mí, apoyó una rodilla en el suelo y sacó un pequeño estuche rojo de joyería del bolsillo de su chaqueta. Lo abrió sin dejar de observarme y me pidió que me casara con él.
En condiciones normales, si hubiera hecho eso sin los antecedentes que arrastraba y diez meses antes, posiblemente le hubiese aceptado, pero esa puesta en escena, en el aeropuerto, supongo que pensaría que con eso tenía una posibilidad más de arreglar algo que ya no existía, pero no fue así. Me dio pena por él, porque no sentí nada, porque aunque el guion lo llevaba bien aprendido y se le notó que era algo casi ensayado, yo tenía mis ideas muy claras de lo que quería y no quería en mi vida, y Robert pasó hacía ya bastante tiempo por cuenta propia a esa lista de cosas secundarias que prácticamente ya ni me importaban. Me dio mucho sentimiento. Conociéndole tan bien como al menos creía y haciendo lo que estaba haciendo, sabía que aquello para él era un mundo, pero fue muy tarde. Tras su pregunta hubo unos segundos de espera de respuesta por mi parte, y aunque yo no podía dejar de llorar, pasé por debajo de la cinta que nos separaba, me arrodillé con él, le cogí las manos donde guardaba aquel anillo que no fui capaz ni de mirar, le cerré el estuche y traté de incorporarlo del suelo.
—Robert, lo siento, tengo que marcharme.
Estaba absolutamente convencida de mí misma. Él se puso de pie conmigo y me miró con gesto de frustración.
—Tina…
Fue lo único que acertó a decirme con voz entrecortada, porque la barbilla le temblaba preludio de romper en llanto. Yo insistí mientras le negaba con la cabeza.
—Lo siento, Robert, tengo que marcharme —le repetí mientras me di la vuelta dispuesta a pasar el control de seguridad.
La mujer policía que estaba a pocos metros me miró. Fue testigo mudo de todo lo que sucedió. Me indicó que dejara los objetos personales en la bandeja para el escáner, me recordó si llevaba algo metálico y me preguntó si me encontraba bien. Asentí con la cabeza limpiándome los ojos con los dedos y ella me puso la mano en la espalda con un gesto de caricia y apoyo mientras apretaba los labios compadeciéndome y animándome.
Pasé por el arco detector de metales y, recogiendo mis cosas de la bandeja, miré hacia mi lado derecho. Pensaba que él ya se habría ido, pero no, seguía allí, observándome, con la cajita roja en la mano, con los hombros desvanecidos, queriéndome hablar con la mirada.
Cogí mis cosas, me puse mis zapatillas y el cinturón, sequé mis lágrimas con un pañuelo de papel que saqué del bolso y continué con mi camino sin mirar atrás tomando aire para aliviar la tensión por la que tuve que pasar. Me sentí fuerte y orgullosa de mi reacción. Tenía el gran defecto de ser a veces muy insegura de mí misma, pero aquella respuesta de mí hacia mí me hizo sentir bien, algo parecido a liberada. Desapareció el «runrún» de que Robert no había dado señales de vida en tanto tiempo e incluso que yo ya no le importaba. Ya no era así, ahora era yo quien tomó la decisión y, sin duda, era irrevocable, es más, aquella encrucijada inyectó fuerza a mi nueva aventura, a mi cambio de vida radical. Me sentí bien conmigo misma y empecé a ver mi inminente andadura como algo bonito, positivo, e incluso estaba impaciente por abandonar aquel lugar y aterrizar, literalmente, en mi nueva vida.
Entré al primer baño que vi para lavarme la cara y las manos con la única intención de quitarme el olor a Versace que se me quedó a pesar del poco contacto que mantuve con Robert. Me aseé, y sin detenerme a mirarme demasiado en el espejo, salí soplándome el flequillo buscando la dirección de la puerta de embarque. Soy demasiado maniática de los olores como para llevarme el suyo conmigo. Aquel olor que se impregnó en mis manos solo me recordaría a él en las próximas horas y su recuerdo ya no era bienvenido en mi mente.
Llegué a la puerta de acceso, me senté en un rincón, en el asiento de al lado dejé mi equipaje de mano. Faltaban cuarenta y cinco minutos para que saliera el vuelo, pero ya estaban las puertas abiertas. Había un niño de un par de años que no paraba de llorar, su madre le intentaba acurrucar para que durmiera. Era aún de madrugada, aunque la claridad del amanecer quería perfilar las montañas a lo lejos por la cristalera de la terminal. Saqué mi móvil un poco escamada suponiendo que tendría algún mensaje súbito de Robert, pero no tenía nada de él. Sí de Gabriela, la chica que me esperaría en el aeropuerto de Punta Cana para acompañarme al hotel. Me adelantó que le sería imposible pasar a buscarme, ya que tenía una reunión a primera hora de la mañana, en su lugar iría un compañero que llevaría un cartel con mi nombre. No me hizo nada de gracia la idea, pero no podía quejarme a nadie de nada. La llegada del vuelo era para las nueve de la mañana, hora local. Tenía después treinta minutos de traslado al complejo hotelero donde me hospedaría. Era todo tan nuevo para mí, diría que ya no sentía miedo, pero sí expectación por ver cómo transcurría todo.
Dieron vía libre para embarcar y el bebé aún seguía llorando con el chupete cogido con la yema de los labios. No dejaba de rascarse los ojos; la madre, desesperada, comentaba con su marido si cuando montara en el avión dormiría un poco. Era muy llamativo cómo esa madre con la mayor resignación del mundo sostenía en brazos a su bebé intentando consolar el insomnio descontrolado de su niño. Siempre observaba ese tipo de situaciones que me hacían preguntarme después si yo hubiese sido una buena madre, si esa paciencia que parece inexistente viene con manual de instrucciones con la propia maternidad o incluso si algún día volvería a sentir cómo crece la felicidad dentro de mi tripa. Observaba esas situaciones con nostalgia, pena y tal vez un poquito de envidia, siempre quise imaginarme la cara de mi bebé y no pude llegar a verla, lo que me recordaba que la herida seguía aún muy lejos de cicatrizar.
Subimos al avión, el pasaje colocó las maletas de mano en las escotillas entre el bullicio del pasillo. Me acomodé bien, viajaba en preferente, buen detalle que tuvo mi empresa para casi nueve horas de duración. Clavé mi frente en la ventana mirando al exterior. Me vi allí, tan sola y tan valiente. Tuve un momento en que volvió a mi garganta aquel nudo que sentí cuando cerré la puerta de mi piso mientras el avión comenzó a moverse. Eran las seis y cuarto de la mañana, por unos segundos entré en un pánico mental que me hizo dejar que alguna lágrima se cayera en el filo de la ventanilla.
En el asiento de al lado, un señor de unos sesenta años con su esposa al que se le notaba que no le atraía mucho la idea de volar. Tanto por su actitud de psicosis nerviosa, como por las palabras de tranquilidad que intentaba transmitirle su mujer. Al fondo, el niño que lloraba tanto ya no se oía. Pensé con media sonrisa que quizás se habría dormido. Despegamos tras la bienvenida del comandante y, al coger altura, decidí dormir un poco para compensar el horario y al jet lag que me afectaría en los próximos días. Seguí en la ventana apoyada, esta vez mucho más cómoda con una almohada de viaje que me dio la azafata. Un café con leche de esos que son poco más que polvos diluidos en agua con azúcar típica de los aviones. Con el estómago caliente y la cabeza en blandito, fui perdiendo la consciencia mirando por la ventana cómo se alejaba Madrid entre las nubes y me dormí.
2
Desperté una hora antes de aterrizar. Me dolía todo el cuerpo, el cuello no podía girarlo hacia el lado izquierdo, totalmente engarrotado. Dormí siete horas seguidas, lógico contando con que solo descansé dos horas la noche anterior. Por la ventana se mezclaba el azul del mar con el del cielo. Era un efecto hipnótico en el horizonte que no podía dejar de contemplar. Me dieron los buenos días mis compañeros de asiento con una sonrisa a la que correspondí levemente mientras me dispuse a ir al baño a refrescarme un poco. La azafata me ofreció algo de comer o beber y le pedí, por favor, un zumo de piña. Parecía que habían pasado tres días desde que emprendí mi viaje, aunque me crujían los huesos por todos los lados. La mente me descansó, me vino genial reparar la cabeza, aunque fuera con horas de sueño.
Aterrizamos entre los aplausos del pasaje, algunos ya impacientes por bajar del avión. Normalmente, quien viaja a este tipo de lugares es para pasar sus vacaciones o luna de miel. Había parejas de recién casados en su mayoría, jubilados y alguna que otra familia de valientes con niños. Creo que la única persona que viajaba sola era yo, pero bueno, mis motivos de peso tenía y a nadie debía de explicar nada.
Nos dispusimos a abandonar el avión a pie de pista. Faltaban pocos minutos para las nueve de la mañana, hora local. Un vuelo con puntualidad exacta. Cuando salí por la puerta, sentí una exagerada humedad tropical templada en la primera bocanada de aire que cogí de aquel país. Era una temperatura perfecta; calentaba el sol, pero muy mimosamente, no abrasaba; la brisa cruzando la pista del aeropuerto tenía un olor muy peculiar de una mezcla a selva y queroseno. Era distinto, diferente, pero muy agradable. Era diez de abril y allí, en cada paso que daba, comenzaba a rodar mi aventura.
Entré en la terminal del aeropuerto. Los techos estaban forrados con cañas y hojas de palmeras con unos ventiladores gigantes que parecían las hélices de un helicóptero. Se movían muy lentas, yo creo que eran más de decoración que para refrescar las instalaciones. Allí en el interior sí hacía calor.
Había unas chicas de color ataviadas con un pintoresco vestido, intuí que era alguna indumentaria típica del país. Daban la bienvenida a los turistas y previo pago, se podían hacer fotos con ellas. Pasé de largo para recoger el equipaje y apresurarme a salir a ver quién fue a buscarme. Gabriela me dijo que se llamaba Nomar, pero no sabía nada más.
Salimos prácticamente en fila del aeropuerto con todas las maletas. Había varios autobuses y personas con carteles en alto con nombres de agencias y nombres propios para los traslados privados. Avancé rastreando a todo el mundo con la mirada. Vi a un chico de color muy alto y delgado con mi nombre en un papel un poco más apartado de todo el bullicio. Me acerqué a él.
—¡Hola! ¡Soy Martina! ¿Tú eres Nomar?
—¡Oh! ¡Sí, señorita! ¡Llegó muy puntual! ¡Déjeme que le ayude, encantado! ¡Espero que tuviera un buen viaje!
Cogió mis dos maletas mientras se dirigía al coche que estaba aparcado a unos metros.
—Tenemos media hora hasta el complejo, bienvenida a República Dominicana.
Abrió la puerta del coche muy sonriente, se ve que esos modales tan caballerosos son típicos dominicanos. Me acordé del taxista que me hizo el mismo gesto cuando pasó a buscarme a casa.
—¡Gracias! —Me acomodé en la parte delantera del coche.
Durante el camino, conversamos sobre si conocía el país, sobre el hotel, sobre el exceso de trabajo que sufrían. Fue explicándome los lugares por donde pasábamos tipo guía turístico. Nomar trabajaba en el complejo hotelero y sería mi compañero. Él se dedicaba a atender a Gabriela. Según me explicó, algo parecido a un secretario o chico de los recados de ella, y ahora también sería mío, trabajaría en mi equipo. Al principio no me lo terminaba de creer, pero me daba detalles de en qué consistía su trabajo y me quedé a expensas de confirmarlo con Gabriela cuando tuviera oportunidad de hablar con ella.
Era un chico de trato muy agradable y atento. Tenía la carrera universitaria de economista terminada y llevaba en el hotel un año y medio. Hacía como una especie de prácticas complementarias para su carrera en la cadena hotelera. Estaría tres años en total y después optaría por un puesto superior ya dentro de su rama de la especialidad. Era un tipo muy listo, sabía infinidad de curiosidades sobre el paisaje, su país, el tiempo... todo un personaje al que no se le acababa la conversación, porque enlazaba un tema con otro de manera aleatoria sin final. Me dio muy buenas vibraciones e intuí que nos llevaríamos bien. Nomar era de una provincia llamada María Trinidad Sánchez, al nordeste de la península, de un pueblo que se llamaba Cabrera. Me contó un poco la trayectoria de su vida en general, dónde estudió y el planteamiento que tenía para el futuro, un resumen que duró lo que tardamos en llegar al complejo situado en Bávaro.
Fue impresionante entrar en el hotel, era una pequeña ciudad. Se dirigió con el coche a una zona privada a la que accedió con tarjeta para desactivar una barrera, aparcó en un techado justo a las espaldas donde se sospechaba que estaría recepción.
Salimos del coche. Me ayudó con las maletas, pero no me permitió llevarlas. Entramos en el inmenso hall. El suelo brillaba como espejo y en el centro reinaba una fuente con cuatro plataneras en las esquinas. El sonido del agua se mezclaba con tenues melodías caribeñas de fondo. Aquel entorno era espectacular.
Nomar dejó mi equipaje dentro del mostrador de recepción y llamó por teléfono. Me dijo que a Gabriela le quedaban unos minutos para bajar de la reunión que mantenía y que si quería mientras me acompañaba a desayunar al bufé. Acepté su propuesta y nos dirigimos al restaurante que estaba justo en frente en el mismo hall. Me preguntó si me apetecía algo en particular. Me pidió permiso para hacerme un desayuno gourmet, según él, de degustación de bienvenida. Le sonreí en forma de respuesta afirmativa. Cogió una bandeja y me invitó a que le acompañara para ver los expositores. Me explicó qué era cada comida. Opté por café y cruasán. Nomar puso en un plato un pequeño surtido de frutas autóctonas de la tierra: mango, guayaba, piña, papaya y plátano. Él se tomó un café conmigo mientras seguía contándome cómo iban las cosas en el hotel, los recortes que querían hacer y de dónde, los cambios que quería implantar la directiva y los objetivos anuales que perseguía la llamada cúpula que, según él, me describió como los jefes de los jefes de nuestros jefes, un poco enrevesada la explicación, pero la capté desde el primer momento. Me resultó llamativo, tenía unos términos en su manera de explicarse muy distintos a los míos, lo que nos hacía tanto a mí como a él, interrumpirnos constantemente para preguntar qué significaban las expresiones que utilizábamos al hablar. Sin duda había un universo de nuevas costumbres e infinidad de cosas que descubrir. Dejé un poco de lado la rareza de mi personalidad. El trato que recibía me invitaba a descoser un poquito el alma, abrirme de la misma manera que él se abría conmigo, de una manera natural y sin ningún tipo de desconfianza que me hiciera poner barrera entre ambos.
Media hora después llegó Gabriela, apurada y con cara de cansada, suspirando y remetiendo su camisa blanca dentro de una falda oscura de tubo por la rodilla, subida a unos vertiginosos tacones y medias de cristal. Era una mujer de color impresionante. Me abrazó para saludarme. Gabriela tenía a su cargo, entre otras asignaciones, el de directora del hotel, también se dedicaba al sistema contable y encabezaba las reuniones generales de gerencia y subgerencia, cuando había que afrontar algún tipo de problema o incidencia puntual, tanto del personal como del funcionamiento íntegro de todo el complejo, desde su eficiencia, rentabilidad, su mantenimiento o atender quejas o reclamaciones de los huéspedes de primera mano. De demasiado trabajo siempre se quejaba conmigo, de ahí mi incorporación en su equipo como inyección de ayuda directa, en labor de publicidad a la cadena en lo que se refería a la atracción de las tour operadoras, desde allí, en colaboración con otras personas que se dedicaban a lo mismo, pero en otros puntos distintos tanto del país como del mundo. Me insinuaron la posibilidad de viajar si realmente me adaptaba bien a su política de trabajo y si los proyectos que iría presentando encajaban con lo que buscaban; la conclusión, que a mis treinta y cinco años comenzaba como cuando acabé la carrera, algo similar a la becaria que le dan seis meses de prueba y tiene que demostrar su valía sin destacar demasiado, en un escenario totalmente distinto a lo que estaba haciendo hasta ahora. Sí es cierto que en el tema de la publicidad se me venían ideas muy buenas a la cabeza, pero en los otros campos tenía la duda de cómo me desenvolvería. Gabriela ya me explicó que al principio andaría con ella para ver las gestiones que se realizaban en el sector operario, en aquel lugar trabajaban más de mil personas y por lo general no había problemas como para preocuparse. Los trabajadores eran muy eficientes en sus labores, sobre todo los que se reincorporaban de años anteriores. Con los que habría que tener una vigilancia un poco más atenta era con los nuevos temporeros para ver qué tal desarrollaban sus funciones.
—Martina, es un gusto, bienvenida al Caribe.
Gabriela me abrazó por unos segundos.
—Espero que su viaje no fuera muy cansado, son bastantes horitas. Un consejo para cuando haga la vuelta, intente viajar a media noche, dormirá y llegará al amanecer. No lo olvide, yo tardé bastante en descubrir lo que le estoy contando.
—Sí, todo bien, el viaje muy bien. Recuperé sueño atrasado y me salvó de caer en la desesperación.
—No le pregunto por el traslado porque sé de antemano que le trataron de diez.
Miró a Nomar y este a su vez me hizo un guiño travieso sonriendo los tres.
—¡Aján! OK, Nomar le acompañará a sus dependencias, están justo al lado de las mías. Puede acomodarse tranquilamente y dar un vistazo, si hay algo que eche en falta, me lo hace saber, por favor. Tiene una cocina pequeñita que, cuando guste, va al almacén y puede hacerse con lo que necesite por si le apetece desayunar tranquila en su estudio cada mañana. También tiene una cafetera que es lo más importante para despertar, al menos para mí, el único contratiempo que tengo que comunicarle es que su contrato comienza en tres días, así que tiene la suerte de pasar unas pequeñas vacaciones por gentileza de sus nuevos jefes. Yo reclamé para que comenzara a partir de mañana, pero por temas de que la persona que le tiene que dar de alta en empleo está ausente por un asunto personal, pues nada, disfrute de sus días libres y si necesita cualquier cosa, en la mesa de su escritorio tiene un móvil y un listado con las líneas internas para comunicarnos. Martina, lo que sí me gustaría sería cenar con usted esta noche para conocerle un poco más y hablar más tranquilas sobre algunas cosas menos importantes, pero creo que son muy necesarias que sepa, y así de paso usted me pregunta sus dudas o si tiene alguna preocupación y con esa excusa hacemos noche de chicas privada de viernes.
—Quiere descansar de mí —insinuó Nomar.
—¡No! Solo que tengo que atender a nuestra nueva incorporación y, siendo una chica, seguramente estará más cómoda conmigo —replicó Gabriela dándole a Nomar una palmada en la espalda.
—Quiere descansar de mí, hágame caso —repitió riéndose.
La verdad es que el chico no me incomodaba, pero si era cierto que con Gabriela estaría más relajada para hablar de cualquier cosa que se me pudiese ocurrir preguntar.
—A las ocho en punto paso a buscarle por su habitación y bajamos a cenar a un sitio tranquilo.
—¡Genial! ¡Estaré lista para esa hora!
Cuando me dijo que tenía tres días hasta empezar a trabajar, pensaba que estaría todo ese tiempo sola vagando por aquella pequeña ciudad, que era todo el complejo hotelero, sin tener nada que hacer, ni siquiera con quien hablar. Ya pensé sobre la marcha permanecer cerca de Gabriela esos días para ir metiéndome en faena y ver el desarrollo de todo su trabajo.
—Nomar, acompañe por favor a Martina y se regresa rápido. Tenemos que cuadrar el presupuesto del arreglo de la cocina que me pasaron ayer por la tarde. Tengo que presentarlo para hacer el pago lo antes posible; y usted, Martina, arréglese esta noche, si le apetece y está usted descansada, podríamos pasar por la discoteca para tomar una copa después de la cena.
Gabriela con gesto truhanesco y expectante se despidió de mí hasta la noche.
Fuimos de vuelta al hall y de allí a mi habitación. Al entrar olía a las flores que habían colocado en la barra que separaba la cocina de la sala de estar. El baño estaba a mano derecha; la cocina a la izquierda, lindando un pequeño saloncito con un sofá; y en frente a la derecha, mi habitación; todo ello correlativo, sin apenas tabiques de por medio, ambas con una pequeña terraza a pie de jardín con unas cancelas de rejas blancas. La cama de dos por dos era con dosel y mosquiteras, emergía una luminosidad increíble. El blanco de las sábanas y de los muebles hacían contraste con el verde y rojo de las flores que se veían por los extensos cristales de la terraza, me parecía muy acogedor. Nomar acercó las maletas a los pies de la cama.
—Lo dicho, señorita, bienvenida a su nueva casa. Mi extensión es la seis mil tres. Le dejo acomodarse, me retiro.
—Muchísimas gracias, Nomar, por todo.
Sentí agradecimiento infinito hacia él por el trato tan agradable que me tuvo.
—¡Oh! ¡No! ¡Gracias no! ¡Una copa esta noche si la jefa está de buen humor!
Se reía mientras me hacía un gesto de despedida al estilo militar.
—¡Por supuesto! Si Gabriela así lo decide, cuenta con ello. Nos vemos luego.
Me despedí de él mientras Nomar cerraba la puerta.
Me dio su extensión, y Gabriela me dijo que tenía documentación y un teléfono móvil en mi estudio, pero ¿dónde estaba mi estudio? Me quedé mirando en el salón a unas escaleras de caracol muy estrechas que llevaban a la planta de arriba. Directamente las subí, daba a una puerta que tenía una llave puesta por fuera. La abrí, estaba oscuro. Encendí la luz, vi una mesa de despacho con un sillón, un ordenador con una pantalla inmensa, un mini bar y dos sillones más, justo delante, todo de cortinas tupidas y plastificadas de esas que no dejan pasar la luz del día y una puerta en frente. Encontré un mando en la mesa del despacho que entendí que era para el cortinal por los dibujitos que había en él y pulsé OPEN. Mis ojos se comenzaron a cegar con la intensa luminosidad que comenzó a entrar por las ventanas. Fue una de las cosas más impresionantes que había visto hasta el momento. Toda la pared de mi despacho era de cristal y daba a la playa, entonces aquel sombrío despacho de esta pobre diabla de pronto cobró vida. Era increíble. Absolutamente indescriptible la maravilla de paisaje que mi vista pudo alcanzar, era como si un trozo de cielo se hubiera posado en la tierra. La arena blanca reflectaba aún más la luz del sol y las aguas turquesas daban de lado a lado de los cristales, se supone, que aquel sería mi lugar de trabajo.
Me senté en el sillón como una niña pequeña en un parque de atracciones y comencé a dar vueltas. Aquella locura era fruto de las endorfinas que aquel lugar me segregó en la sangre. Me sentí bien, cómoda, ilusionada por empezar, muy motivada.
Delante del ordenador estaba el teléfono móvil del que me habló Gabriela con su correspondiente listín telefónico, un mapa del complejo y un dossier con los objetivos anuales de la cadena. Esta última documentación tenía un pósit en el que se leía: «Para ver en reunión», por lo que no quise ojearlo. Estaba tan exhausta, tan feliz, que no me preocupaba nada más que vivir, sentir que el cambio, en principio, merecía la pena.
En Madrid compartía oficina con tres personas, pero estaba muy bien, eran buenos compañeros. Me acordé de ellos cuando vi aquellas instalaciones, porque alucinarían como yo lo estaba haciendo. Esa independencia, seguro que en el fondo, les echaría de menos. Sus conversaciones, sus movidas del fin de semana con la familia política. Allí no tendría nuevos capítulos todos los lunes a primera hora, aposté que seguían preocupados por mí y por mi nuevo rumbo, tal y como les dejé el día que me despedí de ellos. Si pudiesen ver la gozada de despacho que tenía, se esfumaría el malestar que les causó ausentarme tanto tiempo de su compañía, pero ellos también sabían que el cambio era necesario, que necesitaba parar, y es por ello que lo apoyaron y respetaron desde el minuto uno en que se les comunicó mi partida.
Miguel, Guadalupe y Soledad, tres personas increíbles que me arroparon por verme la más joven del equipo y conocer las inexplicables calamidades que pasaron por mi vida, que me animaron a dar el paso. Un paso que ellos, por el tipo de vida que tenían y argumentadas por su edad, no darían ni locos, pero en mi situación, a mis treinta y cinco y caminando sola por la vida, alimentaron mis expectativas, como me dijo Miguel: «Tina, queremos lo mejor para ti. Te vamos a echar de menos, pero piensa que seis meses pasan volando y cambiar de aires te sentará bien», así que seguro que estarían felices de verme tan contenta.
Abrí la puerta que había al lado de la mesa, estaba todo muy oscuro. Encendí la luz. Había una mesa de reuniones de unos seis metros blanca con unos catorce sillones también en blanco, y presidiendo la mesa, un sillón majestuoso. Me acerqué y, al ver fotos de Gabriela con dos niñas pequeñas sobre la mesa, intuí que era su lugar de trabajo y las niñas serían sus hijas. Al fondo, las mismas cortinas que en mi despacho, lo que me hizo pensar que daba al mismo lugar de mis cristaleras. No quise mirar más, recapacité que ni siquiera debía de estar allí curioseando más de la cuenta. Apagué la luz y cerré la puerta. Acomodé mi nuevo despacho, cerré las cortinas y bajé para organizar la ropa en los armarios.
3
Estuve todo el día en mi habitación. Puse música en la radio local mientras deshacía el equipaje para ir conociendo el ambiente de aquel lugar. Básicamente se escuchaba bachata sin descanso. Para mí, ese tipo de música fue todo un gran descubrimiento en el enclave donde me encontraba. Es cierto que la conocía, pero allí sonaba distinta; era sin duda el complemento perfecto en los oídos para lo que los ojos veían. Esa música allí se coloreaba de blanco y azul; desprendía alegría a pesar de que en su mayoría sus letras eran de desamores, traiciones y despechos. Esas agudas melodías adornaban mis minutos, es más, ya sabía que algún día las echaría de menos. Cuando volviese a Madrid en octubre, echaría de menos la armonía tan perfecta de sensaciones que provocaba en mis sentidos todo aquello en su conjunto.
Tomé un café de aquella cafetera tan particular de filtros. Aquel café no tenía el amargo final al que yo estaba acostumbrada. Al paladar era fuerte, pero el último sabor en la boca me recordaba algo así como a madera húmeda. Era espectacular.
Dormí un par de horas, aunque el jet lag no causó demasiados estragos en mi rutina de sueño. En mi horario vital eran las diez de la noche y allí daban las cuatro de la tarde. Tenía una cena-reunión con Gabriela a las ocho. No quería volver loco a mi cuerpo, es más, quería adaptarlo cuanto antes al trastorno de deshoras que tenía que intentar engañar en los próximos días hasta que me acostumbrara a todo.
Me arreglé con un vestido rojo de hilo estampado. El pelo me lo dejé mojado, y nada y menos de maquillaje. Un gloss en los labios simplemente para mitigar la sequedad y rímel para que aparecieran mis pestañas. Es lo que tenemos las que somos de pelo claro, que las pestañas hasta que no les ponía máscara parecían que ni existían.
Llamó Gabriela a la puerta. Faltaban muy pocos minutos para las ocho, lo que me hizo pensar que la puntualidad tendría que tenerla muy presente con ella.
