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En este revelador viaje a través de la historia de América Latina, José Bengoa nos sumerge en las profundidades de una realidad largamente velada: la experiencia de los pueblos indígenas. Desde la destrucción hasta la resistencia, desentraña cómo la sociedad latinoamericana normalizó la invisibilidad de estos pueblos, relegándolos a meros objetos folclóricos. La travesía comienza en Caral, la ciudad más antigua de América del Sur, donde el autor, junto con su compañera y colega, encuentran el origen utópico del continente. Este viaje transforma la interpretación de la historia, desplazando el inicio de la narrativa más allá del Puerto de Palos. Es la Historia larga de América, de esta parte de América que comienza hace miles de años y que en Caral encuentra su símbolo más expresivo. Unas memorias subordinadas que se han alzado en estos últimos veinte años en lo que hemos denominado "la emergencia indígena en América Latina. Desde Caral hasta las ciudades mochicas, desde las ruinas de Chan Chan hasta Machu Picchu, el autor recorre las huellas de la historia. Con una mirada crítica y reflexiva, el texto examina cómo, a partir de las cenizas de invisibilización, emerge una nueva "indigeneidad". El análisis étnico se convierte en una variable indispensable para entender la América Latina contemporánea. Este libro es más que una crónica; es una llamada a revisar la historia, a reconocer la emergencia indígena como parte fundamental de la identidad latinoamericana. Un relato que desafía prejuicios y nos invita a mirar más allá de las fronteras impuestas por el tiempo y la escritura occidental, explorando las complejidades de una región que se construye desde sus raíces más profundas.
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2023
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BENGOA C., JOSÉ
CRÓNICAS AMERINDIAS
VIAJE A CARALCrónicas acerca de la larga historia de América y la resistencia de los pueblos indígenas
Santiago, Chile: Catalonia, 2023
228 p. 15x23 cm
ISBN: 978-956-415-068-0
Historia983
Diseño de portada: Guarulo & Aloms
Ilustración de portada: Obra “Los caminantes de la Aurora” (Acrílico, 195x130 cm, 1978) Autor: José Venturelli ©FUNDACIÓN JOSÉ VENTURELLI
Fotografías e imágenes interiores: Ximena Valdés
Corrector de textos: Hugo Rojas Miño
Diagramación interior: Salgó Ltda.
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).
Primera edición: noviembre, 2023
ISBN: 978-956-415-068-0
ISBN Digital: 978-956-415-069-7
RPI: Trámite mrbwnx
© José Bengoa C., 2023
© Editorial Catalonia Ltda., 2023
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl - @catalonialibros
Diagramación digital: ebooks [email protected]
A Ximena, compañera de viajes.
Índice
Advertencia
El orden del libro
Comienzo y Sentido: Viaje a Caral
Escaleras al cielo
El algodón y el intercambio
Los viajes sin fin…
Posdata
Meditaciones Americanas
Por una teoría de la seducción
La construcción del sujeto
El amor sin pecado
La larga Historia Americana
Primera ParteDe Huellas y Fragmentos
Capítulo PrimeroLos Primeros Habitantes
Capítulo SegundoCazadores y Cazadoras
Capítulo TerceroEl Tiempo de los Conchales
Los hueques
Los changos
La navegación prehispánica
Capítulo CuartoLas Piedras Horadadas y la (Posible) Edad de Piedra en Chile Central
Segunda ParteEl tiempo de las aldeas
Capítulo QuintoMemorias de Cuncumén
Capítulo SextoMeditaciones Acerca de la Vida Buena
Meditación en el Museo de La Serena
Meditación sobre los fragmentos de Pitrén
De las chacras
Nuevas meditaciones en el Museo de El Vergel
Tercera ParteLas Sociedades Arcaicas
Intermedio:Conversaciones en Copacabana
Capítulo SéptimoViaje a las Islas Flotantes de los Urus (Uros)
Capítulo OctavoDe Reinas y Reyes o Señoras y Señores
De la aparición de las ciudades: El síndrome de Hardoy
El tiempo de los señores (y señoras)
Por una teoría del señorío
Meditación en Chan Chan
Meditación en Tiawanaco
Capítulo NovenoTawantinsuyo o el Tiempo de los Incas
Vilcabamba
Machu Picchu
Chinchero
Capítulo DécimoConocoto
50 años después
Capítulo Décimo PrimeroEl Pasado Es Nuestro Futuro
Sociedades hidráulicas
La domesticación de plantas y animales
Horticultura y agricultura
La reciprocidad de las aguas
Y las plantas
Capítulo Décimo SegundoLas sociedades de los Bordes
El tiempo mapuche
Meditación en Lumaco
Los cuel
Lago Ranco
El mundo guaraní
Música y guaraníes
El último malón guaraní
Meditación en el Barrio Toba
ADVERTENCIA
Pareciera ser una obligación intelectual repensar la larga Historia Americana a la luz de lo que hoy día ocurre con los movimientos de emergencia y presencia indígena en América Latina. Caral es la ciudad más antigua de América y se afirma en este libro que allí comienza la verdadera Historia Americana, especialmente del sur, dejando un enorme período anterior lleno de niebla y fragmentos del caminar de los humanos por estas tierras.
En Viaje a Caral, repensamos el largo pasado de América, desde los cinco mil años de distancia. No se trata de un libro de arqueología en que el autor no es competente, sino que de reflexiones, desde la antropología, la historia y sobre todo de la filosofía. Quizá el único mérito es que el autor ha caminado, junto a su compañera, por la mayoría de los lugares y ruinas que por lo general describe en este libro y quizá esas meditaciones allí situadas tengan algún valor. Es por ello que le está permitido escribir al modo de crónicas.
Cajón del Maipo, 26 de julio de 2023
EL ORDEN DEL LIBRO
Este libro entrega elementos para remirar nuestra historia. Trata de comprender el modo como se llegó a una suerte de invisibilización general de los pueblos indígenas de América, a su destrucción, y en muchos casos casi a su desaparición. Busca comprender cómo esa situación se fue normalizando en la sociedad latinoamericana, en que sus sobrevivientes fueron declarados objetos de folklor y, cuando más, fabricantes de artesanía con fines turísticos. Y finalmente cómo de esos fragmentos, en algunos casos cenizas, ha comenzado a surgir una nueva “indigeneidad” que tiene sorprendidas y tal vez atemorizadas a las élites, de tal suerte que la rechazan abiertamente, expresando un racismo cada vez más evidente y brutal. El libro es una larga crónica por las señales y huellas que han quedado de las civilizaciones americanas, de la invasión europea y sus consecuencias, y de la larga resistencia indígena por no desaparecer.
La América Latina de hoy no se puede entender sin el análisis de la variable étnica. Ciertamente hubo un encuentro entre la variable clasista y racista en la formación del pueblo americano y su explotación. Sin embargo, desde hace veinte años la dimensión indígena, sus derechos, su lenguaje, la explosión de sus memorias “subalternizadas”, la “emergencia del actor indígena” son aspectos ineludibles. Esta realidad social y política nos obliga a revisar la Historia, y esa es la intención y pretensión de este trabajo. Por ello es que en este libro no hablamos de pre-historia para referirnos a lo ocurrido y vivido antes de la llegada de los españoles y europeos. Es la Historia larga de América, de esta parte de América que comienza hace miles de años y que en Caral encuentra su símbolo más expresivo.
El libro está compuesto de una “previa” en que el autor (y su compañera y colega) viajan a Caral, la ciudad más antigua de América del Sur, y que en su imaginación se ha transformado al mismo tiempo en el pasado utópico del continente. Ese viaje por el Valle de Supe nos cambió el sentido e interpretación de nuestra Historia y es el origen de este libro. Una Historia Americana que no comienza en el Puerto de Palos de Moguer, sino que mucho antes. Unas memorias subordinadas que se han alzado en estos últimos veinte años en lo que hemos denominado “la emergencia indígena en América Latina”.1 Ya no es la única memoria que pretendía la fusión de todas las razas en el crisol bolivariano. Es la Patria del Criollo que se ve inundada por la sublevación de los múltiples actores de estas tierras llenas de confusión y misterios Son las élites sorprendidas por los “indios”2 que ya los creían desaparecidos.
Situamos en Caral el mítico inicio de nuestra Historia Americana hace cinco mil años, Visitamos a continuación los fragmentos de lo que habría sido “El tiempo de las aldeas”, imaginándonos ese mundo en que los seres humanos vivían en pequeñas agrupaciones, cazaban, recolectaban y sembraban hortalizas y todo tipo de plantas, y en el que no existían aún poderes despóticos superiores que los reprimiesen y coartasen su libertad. Caral es, en este sentido, un punto transicional en que se mantienen las aldeas y se construye un gran centro ceremonial donde quizá lo más importante era la música, ya que la guerra propiamente tal al parecer aún no había llegado.3
Una vez realizadas estas meditaciones tomamos rumbo a las primeras ciudades propiamente tales que brotan en la costa del Pacífico, hoy el norte del Perú. Allí florecieron las ciudades Estados de la llamada cultura moche, o mochica, en especial. Hemos tenido la fortuna de pasar largos períodos en las ruinas de Chan Chan, conocido el sitio llamado del Brujo, maravillados por las tumbas del Señor de Sipán y muchos otros ubicados, y también hemos subido al altiplano, a Tiwanaku4, en lo que hoy es Bolivia al borde del Lago Titicaca, y realizado largas visitas a Machu Picchu.
Los bordes o fronteras del incanato se mantuvieron independientes por siglos y siglos y recién en el siglo XX fueron parciamente sometidos. Guaraníes y mapuches forman dos grandes pueblos y culturas americanas.
Un capítulo lleno de dureza y poder simbólico se refiere a los últimos canoeros del extremo sur del continente y su resistencia a dejar de serlo, con lo cual vamos finalizando este libro. Son historias diferentes, una de ellas contada nada más ni nada menos que por Darwin en su viaje alrededor del mundo, que bien podrían simbolizar lo que se quiere afirmar cuidadosamente en este escrito.
Comienzoy Sentido: VIAJE A CARAL
A Ruth Shady, con admiración y respeto.
“Pero, ¿qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”.
Alejo Carpentier
Vista aérea de la ciudad de Caral con el valle del río Supe al fondo.5
Viajamos a cinco mil años de distancia. Un horizonte de tiempo que nos ha cambiado la mirada de la Historia de nuestro continente, la América Latina llamada con ingenua ternura el Nuevo Mundo. Es ese espacio de tiempo el que anima la crítica en este libro. Porque Caral es a la vez el pasado y también puede ser nuestro futuro, el futuro utópico por cierto de un conjunto de pueblos y naciones que buscan un modo de vivir en este mundo. Por ello Caral es un viaje, imaginario pero posible. En eso consisten estas páginas.
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Salimos de Lima en un vehículo que se desplazaba pesadamente entre poblaciones destartaladas, casas pegadas a los cerros desérticos, basura por todas partes, centros comerciales y bulla inaudita. ¿Cómo pueden vivir los seres humanos en esas condiciones? Hace cinco mil años en Caral se vivía mucho mejor. La Historia no solo no avanza como creyeron tantos autores denominados filósofos, sino que retrocede consistentemente, miserablemente podemos agregar. Seguimos hacia el norte del país y del continente; la costa se percibe a nuestra izquierda y a veces incluso divisamos el océano Pacífico. Llegamos a Huacho, puerto desarticulado, lleno también de semiviviendas, basurales y riqueza mal distribuida. El mar entrega los mejores peces del mundo probablemente y las tierras del valle del río Supe muestran cultivos maravillosos de maíces, las enredaderas de los maracuyás, algo de caña de azúcar que aún queda y todo tipo de verduras y productos sabrosos. Internándose hacia la Cordillera de los Andes por caminos pedregosos, cruzando el Supe sin puente, agrandado por las lluvias cordilleranas, llegamos a Caral finalmente.
Don Dino Agurto nos esperaba a la hora convenida. Hace 27 años que trabaja en las ruinas. Conoce cada piedra. Ha colaborado por décadas con la arqueóloga Ruth Shady, quien nos ha recomendado y que ha hecho una labor increíble. Caminamos por medio de las piedras. En silencio.
Una gran incógnita recorre nuestra mente. Don Dino nos dice: “Nunca hemos encontrado armas”, y la emoción nos duele. Partimos nuestra larga Historia Americana sin guerras me digo lleno de optimismo, quizá romántico. Me recuerdo hace ya muchos años caminando por Monte Albán, cercano a Oaxaca, habiendo leído la meditación del trapense Thomas Merton donde dice que allí tampoco había armas. Y no puedo menos que anotar en mi cuaderno, sentado en una piedra de miles de años, que en El Vergel, cerca de la actual ciudad de Angol en el sur de Chile, en restos de la cultura mapuche tampoco se han encontrado. Ya con estos pensamientos, me digo, valió la pena hacer este viaje.
En la radio de la camioneta sonaba Lennon en su icónica canción, diciéndonos que soñáramos un poco, que nos imaginemos que el mundo no ha sido así siempre y que quizá alguna vez fue diferente. Podría por tanto volver a ser distinto al actual. Claro que guerra es diferente a violencias, que son casi sustanciales de la vida.
América es bastante más antigua de lo que han creído quienes nos han estudiado y calificado. ¿Y quién nos dice que en los inicios de estas agrupaciones humanas no hubo guerras? ¿No podemos acaso cambiar la Historia? ¿No podemos a partir de estas piedras silenciosas cambiar un tanto la imagen de la Historia, de nuestra Historia? A las finales, este libro que acá iniciamos trata justamente de preguntarse por la violencia que recorre de modo grosero nuestras sociedades. Nos preguntamos por el origen de la mala vida. Y para eso recorremos decenas de lugares de la antigua América, sociedades diversas, y hacemos teoría a partir de “héroes y tumbas”, como habría dicho nuestro bienamado escritor argentino desde su casa de Santos Lugares.
El autor en Caral. Febrero de 2022.
Escaleras al cielo
¿Por qué esta obsesión por subir, por elevarse, que ha tenido el ser humano? En Caral las Pirámides circunscriben el paisaje. Cerros humanos y cerros naturales. Los “caralienses” —así los llamaremos provisoriamente— quisieron traer la Cordillera de los Andes a su entorno directo. ¿Para qué? No para enterrar a sus faraones, como en esos mismos años lo hacían en el Nilo, sino que a sus jefes, como en otras culturas. Don Dino nos va diciendo que bajo esas piedras no se han encontrado cadáveres. No se ha encontrado cementerio en Caral.
En cambio, se han encontrado cientos de instrumentos musicales. Flautas confeccionadas con huesos de pájaros, de llamas y guanacos, incluso con huesos de alas de cóndor, en una figura de una poesía extraordinaria. ¿Qué sonidos emitirían esos instrumentos? Poco sabemos y mucho menos lo podemos imaginar. No era la escala tonal a la que nuestros oídos se han acostumbrado. Tubos gruesos y flautines delgados sonarían de un modo curioso y quizá de tonos para nosotros desafinados.
Escalas en Caral.
Era ciertamente una elevación en medio de la ciudad de modo de acercarse al cielo. Allí en lo alto estarían posiblemente los ancestros, los espíritus tutelares; en fin, lo divino. Porque es algo que siempre y en todas las culturas se repite: subir al cielo, mirar al cielo, separar el cielo de la Tierra. Sobre todo es tan fuerte en la noche, cuando el cielo se llena de estrellas, de la luna cambiante, y uno se pregunta asuntos tan ordinarios como que si habrá o no vida en otras partes. Nos podemos por tanto imaginar que los caralienses subirían con un concierto de flautas y tubos, cantando, soñando, conversando. Quizá iban a ver las estrellas. Quien está en lo alto domina el paisaje. Hay tantas imágenes sobre el subir como sueños de los seres humanos.
Don Dino, con quien caminamos por esos roqueríos que fueron la ciudad de Caral, nos afirma con certeza que no hay cementerio. Cuenta de un día que encontraron dos fetos de llamas o guanacos debajo de unas piedras en una suerte de pozo. La doctora Shady saltó de contenta, ya que con ese material genético era mucho más seguro calcular la antigüedad mediante el carbono 14. Lo enviaron a Estados Unidos y todas las pruebas han señalado cinco mil años aproximados. Ya son muchas pruebas sobre estas fechas. Pero cementerios no se encuentran.
Poco sabemos, pero podríamos imaginar. Por ejemplo, que los cuerpos eran incinerados. Sin embargo, alguna ceniza habría quedado. O que simplemente los humanos vivían su cotidianeidad en el Valle del Supe, cerca de las fuentes de agua; que subían a Caral a ceremonias y que sus habitaciones eran temporales mientras duraban esas fiestas en que tocaban los instrumentos que allí dejaban, y que allí quedaron como hermosos testimonios de una sociedad musical.
Porque lo que más nos maravilló de Caral fueron sus plazas redondas, como un candado en el piso rebajado, con un borde donde es fácil pensar que las personas se sentaban a mirar el redondel, el ruedo. Allí sigue habiendo eco. Don Dino aplaude con sus manos y el aplauso se repite de modo maravilloso. Nos dice: “Imagínese a 170 músicos acá adentro tocando sus flautas y chirimías…”. Sería como una enorme jaula de pájaros de la cordillera hasta el mar. Cóndores, gaviotas, pelícanos, acompañados de guanacos, llamas y todo tipo de huesos de animales y aves que suenan como ellas. ¿Sería eso? Es arriesgado soñar que la música era el factor de suave dominación que existía en Caral. Sin embargo, es una utopía digna de pensar para esta parte del mundo y que quizá algún día tengamos sociedades humanas que se dejen seducir por la música, vivan sin guerras y mediante el intercambio generalizado resuelvan sus problemas sin violencia. Que la cultura y las artes sean el factor dominante y aglutinante de las sociedades.
El algodón y el intercambio
Porque lo que sí se ha comprobado es que producían una gran variedad de algodones. Es tanto así que se han reproducido algodones de colores curiosos, café, verdosos, y por cierto el blanco tradicional. El Valle del río Supe era pródigo en plantas. Las cultivaban con esmero, las cosechaban, las hilaban e intercambiaban. En la costa, no demasiado lejos de la ciudad hay un asentamiento secundario que probablemente era de pescadores. Vichama, se llama o le dicen, y está siendo poco a poco levantado, o descubierto. Su posición es expectante. Se divisa el valle, por un lado, resultando un buen punto de vigía, y la costa, el mar, por otro, donde probablemente estaban los pescadores en sus embarcaciones, quizá de totora como se ven hasta hoy los “caballitos de mar” en la playa frente a Trujillo. Estos armaban sus redes con hilos de algodón, podríamos especular. Hay varios otros asentamientos secundarios con los que Caral intercambiaba productos. ¿Había algún tipo de moneda o equivalente? Parece que no. Pero en el intercambio se producía un juego de relaciones que iban no solo siendo útiles para la alimentación y el vestuario, sino que también para la vida humana. Los días de fiesta, nos podemos imaginar, llegaban los de Vichama con sus pescados secados al sol, o salados, “ensalmuerados” también, a participar de los bailes y de la música. Los niños subirían a las pirámides como quienes suben hoy en día a las ruedas de los parques de diversiones o a cualquier lugar prominente, maravillándose.
Porque en el inicio de las civilizaciones, de las culturas, está el intercambio. Así nos señaló el afamado Marcel Mauss. Donar, recibir, devolver. El “Hau” de los polinésicos se repite de diversas maneras también en América. Ese espíritu mágico de la cosa, que hace que tome vida. Un traje de algodón regalado, intercambiado por sabrosos peces, una canasta de peces secados al sol, por ejemplo. Y las conversaciones que se van urdiendo. Los lenguajes que se van construyendo. Las historias y memorias que se van relatando sin cesar. Así se hizo cultura hace cinco mil años.6
Los viajes sin fin…
Creemos con ingenuidad que en esos tiempos los seres humanos vivían quietos en sus lugares y no viajaban. La curiosidad junto con el intercambio son quizá lo más humano de los humanos. Y allí la fuente de especulación es infinita. Los difusionistas enloquecieron con esta idea y por ello quizá pasó de moda y cayó en el olvido. Pero podemos volver sobre un “difusionismo tenue”. ¿Hasta dónde habrán llegado los caralienses? ¿De quienes habrán aprendido a hacer los instrumentos musicales y a tocarlos? ¿De dónde habrán sacado esas ideas de pirámides? Muy lejos de mí están esas estupideces que siempre surgen de que anduvieron los marcianos y otros extraterrestres. O de la Atlántida.
Quizá en Caral se resume buena parte de las bases de las sociedades humanas. De las más antiguas. Como hemos visto. Intercambiar bienes, señales, lenguajes, canciones, en fin, todo ello está en el sustrato. Y establecer un sistema de poder que no es necesariamente por la fuerza. No había necesidad del Leviatán. El Estado de Guerra que supusieron los pensadores europeos del siglo XVIII era un problema de ellos. Le endilgaron a los “primitivos” sus propias complicaciones, sus violencias, sus monstruosidades. En Caral partimos con un poder musical.7
Y subieron a los cerros y se trajeron las montañas a la casa. Construyeron pirámides para ver las estrellas. Se trajeron los huesos de pájaros y animales, y fabricaron todo tipo de instrumentos musicales. Reprodujeron los sonidos de la naturaleza, la domesticaron con la música. Fueron buscando las formas más adecuadas y dieron con el círculo. Lo bajaron de los cielos, del sol y de la luna. Lo construyeron de piedras y allí entonaban sus cantos. Música estridente de pájaros. Ya tenían en su casa a las montañas y sus habitantes. Los habían domesticado. El paisaje era suyo, lo habían dominado, lo habían nombrado, lo poseían colectivamente y eso se celebraba.
La Plaza, la podemos hoy en día llamar Plaza en una suerte de licencia lingüística, es un redondel, con gradas y un fondo a un metro o quizá más de profundidad. Para nosotros, es evidente que la gente se sentaba a escuchar la música en esas gradas. O ver las ceremonias. El lector podrá dejar correr la fantasía e imaginar lo que más le acomode, ya que el lugar lo permite. Más de alguno ha dicho que el fondo era un espejo de agua en que se reflejaba en el día el sol y en la noche la luna y las estrellas. Nada de eso lo podemos afirmar, pero podemos sospechar y soñar.
Gran Plaza circular de Caral.
Y de ahí, de esa hermosa circunferencia, comenzaron a moverse. Escucharon de sabios que curaban enfermedades, de piedras maravillosas, de dioses que habitaban en otros lugares y probablemente fueron en su búsqueda. Los humanos eran, ya, simplemente humanos.8 Es por ello que hemos elegido el cuadro de José Venturelli Los caminantes de la aurora como símbolo de este libro. Los caminantes van con sus ponchos y no desnudos como los pintan tantas veces a los así llamados primitivos, y van hombres y mujeres buscando la aurora. Son los mismos americanos de hoy en busca de un mejor vivir.
Viaje a Caral es un viaje a la utopía, a la de antes y que se transforma en la del futuro. Nos pone en una suerte de sintonía con el tiempo diferente a la común de las historias en las que se cuenta que América aparece con Cristóbal Colón y la llegada de los europeos. Esta es mucho más antigua. Y se desplaza en forma permanente en la contradicción. Dominación y resistencia. Pero no hay bipolaridad, sino que múltiples factores, espacios y tiempos a veces confusos. Meditar sobre estas ruinas se nos ha transformado en una necesidad.9
POSDATA
El viernes 18 de febrero de 2022 salimos de Huacho, de la Posada de Santa María con rumbo a Vichama. Luego de rodar por la carretera rumbo a la Vegueta entramos al sitio, al parecer un poblado de pescadores adicional a Caral en la costa. Nos esperaba un joven arqueólogo de la Universidad de San Marcos. Se pasa por unos enormes arenales en los que fuimos viendo asentamientos destruidos y dispersos. Subimos al cerro desde donde se ve el mar por una parte y el valle del río Supe por la otra. Nos decía el joven arqueólogo que este asentamiento se habría constituido alrededor del 1800 antes de Cristo, esto es, aproximadamente 3.800 años atrás, cuando se habrían producido grandes aluviones que obligaron a subirse a lo más alto de los cerros. Nos decía que en ese tiempo se habría despoblado Caral, lo cual es una hipótesis atrevida pero interesante. Caral habría durado habitado más de mil años. El Valle de Supe habría sido destruido para la agricultura en esos avatares. Los fardos mortuorios que aparecen en Vichama son más de pescadores que de agricultores, según fuimos viendo y siendo informados. Hay unas figuras como de monos, muy flacos, cuya interpretación podría ser de las hambrunas que se pasaron en esos tiempos. Así lo han visto los arqueólogos. Unos sapos de piedra muestran quizá la necesidad de agua dulce que hubo producto de esos “cambios climáticos”, usando las palabras que hoy se emplean. Lejos estaba ya el tiempo en que los pescadores de Vichama recibían los hilos de algodón para hacer sus redes y llevaban el pescado, quizá fresco a las fiestas musicales de Caral. Nos sonreíamos junto al joven arqueólogo imaginando esos tiempos dorados y la decadencia y muerte de esa enorme civilización.
Como dice Marc Augé, las ruinas ofrecen ese permiso a la imaginación10. Los arqueólogos con todo el derecho que les da su profesión buscan fechar esos lugares. Los visitantes como nosotros, pensamos que el “tiempo puro” es un tiempo quizá “perdido”, para jugar con esa palabra tan preciada y que más de alguno ha tratado de recuperarla buscando al “tiempo perdido” (Proust). Ese pasado se nos transformaba en un abismo sin fin. Cinco mil años son muchos. A veces contemplando esas piedras inmóviles nos da espanto el paso del tiempo. Es como contemplar el universo y enterarse de que muchas de las estrellas de las que vemos su luz ya están muertas. Muchas personas que vivieron por esos lugares, que salieron a pescar, que tejieron redes de algodón, que secaron al sol los peces, que los llevaron en canastas bien urdidas a Caral, que festejaron, bailaron, hicieron sonar los instrumentos como si se tratara de los mismos pájaros. Sentados en una piedra mirando el mar desde lo alto de un cerro de arenas, con el puerto de Huacho abajo, algunos botes pesqueros dando vueltas, muchas aves marinas, gaviotas y pelícanos dirigiéndose vaya a saber a dónde, pensamos en la vida que pudo existir en esos espacios infinitos. Y la idea de que la Historia Americana comenzaba allí, nos persiguió mientras bajábamos con dificultades por entre los pedregones del camino.
Pasamos luego por la carretera rumbo a Áspero, otro sitio de un antiguo puerto pesquero subsidiario de Caral. Durante años y años fue un basural, vertedero se le dice hoy en día, de las poblaciones nuevas de la costa. La arqueóloga Shady y su equipo pelearon años ya años por despejar la zona, declararla patrimonio nacional y finalmente lograron sacar la basura del lugar para comenzar a limpiar lo que fue esa enorme población. Grandes edificios se van descubriendo entre las piedras y —lo que es muy interesante— algunos esqueletos bien conservados de personas que allí vivieron. No sabemos mucho y la arqueóloga y los arqueólogos hacen hipótesis de diverso calibre y por lo general del mayor interés.11
Volvimos tarde camino a Lima. La costa es un desastre. Basura y más basura. Casas a medio terminar, cerros de arena llenos de casuchas y sin una gota de agua. Pasamos por la Panamericana por poblaciones que les dicen “Pueblos Jóvenes” con ánimo y voluntarismo notables. Lurigancho de mala memoria quedaba atrás y de pronto cambia el paisaje a edificios y jardines, todo limpio, Surco y Miraflores. América Latina, me digo...
MEDITACIONES AMERICANAS
“Y en aquellos tiempos no había pestilencia, ni hambre, ni mortanza ni sequedad de agua porque llovía mucho y había abundancia de comida y multiplico de ganados, y mucho multiplico de indios, porque Dios lo permitía en ese tiempo a los indios”.
Felipe Huamán Poma de Ayala12
Caminar entre las piedras de Caral provoca a la reflexión, más aún en ese silencio de siglos y siglos, a la meditación.
La primera reflexión se refiere a las formas del poder arcaico en América Latina, y cómo ellas de una u otra manera no se han olvidado radicalmente. Son hipótesis aventuradas, pero no cabe duda de que necesarias.
La segunda meditación se refiere a la larga Historia Americana que ha sido cercenada por la imposición de una concepción del tiempo que procede de las invasiones. Recuperar la Historia, poniendo períodos diferentes a los europeos, por ejemplo, puede ser un ejercicio difícil, audaz, pero no necesariamente inútil.
POR UNA TEORÍA DE LA SEDUCCIÓN
Cómo interpretar el poder por la seducción. En este caso por la seducción de la música; por cierto, combinada con espiritualidad de diversas formas religiosas o religión propiamente tal. Ritos musicales, quién sabe si danzantes, que es lo más probable, juegos interminables y redes que van conformando formas de poder en que la violencia sin estar ausente juega un papel secundario.
Se trataba ya de una sociedad rica, con excedentes suficientes para tener largos períodos de festividades, construcciones enormes; en fin, trabajo festivo y ocio. La producción agrícola de maíces en el Valle del río Supe, el algodón, la domesticación de llamas y alpacas, los algodones y tejidos, las redes de hilos de algodón que posibilitaban mayor nivel de pesca, también una arquitectura antisísmica; en fin, todo ello fue dando lugar a una sociedad que ya no estaba en una situación de subsistencia extrema, y que más bien vivía en un ambiente de abundancia13. Es interesante observar que en Caral no se percibe la existencia o importancia de los metales preciosos. Quizá no los había en abundancia, o se los robaron al paso del tiempo, o simplemente, y esa es otra hipótesis aventurada, no les interesaban. Pregunté muchas veces por las minas, y no se han encontrado. Otro elemento epocal a resaltar.
La idea de seducción nos sedujo también en Caral. Es quizá uno de los asuntos más importantes para soñar en América Latina, es parte de la utopía americana. El poder de la cultura frente a la fuerza. No es fácil, pero es un horizonte de humanidad incalculable.
Siglos o milenios después, los reinos “moches” o “mochicas”, de la costa del Pacífico, sedujeron a sus aldeanos por la potencia maravillosa de sus obras. Pirámides de adobes que las comunidades iban entregando marcadas con sus señales. Cada adobe tiene la marca de quienes los hicieron. De la comunidad originaria que los entregó por miles. Fueron reinos de artesanos. Gente laboriosa y artística. Músicos también. Orfebres haciendo hermosos collares, viajeros que traían amatistas, perlas, lapislázuli del norte de lo que hoy es Chile, piedras preciosas del Orinoco, de lo que hoy es Venezuela. Viajeros y comerciantes seducidos por la belleza posiblemente y el poder de una mujer, la Señora de Cao en el sitio conocido como el Brujo, a la que había que vestir maravillosamente, adornar con las piedras más hermosas y el oro más puro, y que había que tatuar en su cuerpo posiblemente la memoria de esos tiempos14. Algún día podremos saber lo que significan. Quizá es un libro completo el que está escrito en su cuerpo.
Podríamos aventurar hipótesis diversas sobre el poder en estas sociedades arcaicas americanas. Hay quienes se inclinan siguiendo cánones más bien euroasiáticos, en el poder de la religión y el dominio de los sacerdotes. Así lo vieron los griegos, entre ellos Aristóteles, cuando le contaban los marinos y viajeros de lo que ocurría en Egipto y la Mesopotamia. Incluso surge allí la teoría extraordinaria del “ocio productivo”. Ligado a esa teoría está la maldición bíblica, de origen mesopotámico seguramente, de que el trabajo es una consecuencia de la pérdida del paraíso: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”, le dijo o quizá le gritó Yahvé a Adán. Ha sido reproducido en cientos de hermosos cuadros. Nada de eso es aplicable a las sociedades arcaicas americanas. El trabajo manufacturero de los y las artesanas es quizá el momento de mayor excelencia y felicidad.
John Murra cuenta en uno de sus libros que cuando los trabajadores, campesinos, quechuas de las comunidades eran llamados a la minga, se ponían sus mejores tenidas, de fiesta se podría decir, y salían y caminaban cantando.15
John Murra señala:
Al tiempo de la cosecha el maíz era llevado a casa con gran festejo; hombres y mueres cantaban, rogaban al maíz que durara mucho tiempo. Bebían, comían y cantaban durante tres noches y velaban a Mama Zara envueltos los choclos mejores en las mejores mantas de la familia.16
El trabajo festivo, alegre, no tiene nada que ver con la crudeza del trabajo alienado, del trabajo forzado… Al ver estas ruinas de las sociedades arcaicas americanas del sur, no podemos menos que pensar que se trataba de un mundo dominado por los y las artesanas, constructores de edificios, joyeros minuciosos, tejedoras y también tejedores de paños riquísimos de algodón y lana, agricultores dedicados que fueron a lo largo de los siglos domesticando plantas y animales. Entendieron las mareas, corrientes de mar, la de El Niño y de La Niña; seguramente según aparecen en los frisos, supieron pescar, tejer redes de algodón, anzuelos de toda naturaleza, embarcaciones seguras y cada vez de mayor tamaño. Finalmente fueron utilizando pequeñas conchitas marinas (spondylus) como medios de intercambio y de comercio a todo lo largo de la costa del Pacífico y quizá mucho más allá, cosa que suponemos, pero no sabemos.17
La construcción del sujeto
Las colonizaciones y sobre todo el evolucionismo construyeron la imagen de que los humanos arcaicos no tenían personalidad ni conciencia de sí mismos, que eran una masa informe que se movía sin demasiada autopercepción. La filosofía de las luces, en la manera de decir de Michel Onfray, consideró que antes de ellos, los iluminados iluministas, los seres humanos eran masas que se movían sin saberlo muy bien ni por qué ni cómo. Montesquieu, el “gran sabio” francés, va a interpretar a las sociedades asiáticas que se iban conociendo en aquellos tiempos gracias a los viajeros como sociedades despóticas, el “Despotismo18 Oriental” las llamará. Y Carlos Marx en los Grundisse, como es bien conocido, lo transformará en el modo de producción asiático, utilizando las mismas características del ilustrado francés, estableciéndolo como una variante del modo de producción esclavista y el feudal que habrían sido los dominantes en Europa. No cabe mucha duda de que con la expansión posterior del marxismo, y sobre todo de los textos poco críticos que circularon profusamente en América Latina, estas ideas se hicieron naturales y fue la forma de interpretar las sociedades arcaicas, cuando no motejadas directamente de primitivas. La base de esta concepción estaba en la violencia primigenia. Los “ilustrados”, en su mayoría absoluta, consideraron que hubo un Estado de Naturaleza marcado por la guerra, el Estado de Guerra. Se les endilgó a los llamados “primitivos” esa situación. Vivían en la violencia permanente, sin reglas ni leyes (El espíritu de las leyes), sin contratos que los redujeran a una sociedad civilizada (El Contrato Social) y sin un Estado que los controlara, ordenara, disciplinara y civilizara (Leviatán). Mala forma de comprender las sociedades arcaicas americanas. Estrecho marco interpretativo que ha conducido a una historia de marginalidad en la Historia Universal, de dependencia sin rumbo, de subordinación teórica y práctica. Finalmente es una interpretación que solamente ha sido útil al colonialismo y a las prácticas colonial-imperialistas que rigen el continente hasta el día de hoy. Reinterpretar estos hechos, como lo que hacemos con este Viaje a Caral, es un acto de voluntariedad americana, de retomar una larga Historia propia, un tiempo que no se condice con ir a la cola del mundo.
El amor sin pecado
“Toda la evidencia actual demuestra que, en los grupos sin división de funciones y especialización del trabajo, los hombres y las mujeres realizan funciones complementarias que no tienen por qué implicar una relación de poder...”19
Almudena Hernando
Quizá uno de los puntos más sensibles de esta mirada condescendiente occidental sobre la América arcaica se encuentra en las figuras y frisos que muestran el nivel de libertad sexual de sus habitantes. A los visitantes y también los científicos les llamó la atención la cantidad de imágenes que representan el acto sexual, en las más increíbles variedades de formas. En el Museo Larco Herrera de Pueblo Libre en Lima hay una sala llena de esas figuras pertenecientes a varias culturas costeñas del antiguo Perú. Un letrero había hace tiempo, no sé si aún existe, con el que se prohibía la entrada de menores y se deslizaba que se trataba de pornografía.
Réplica de jarro del Museo Larco Herrera de Lima.
Se trata de jarros, como el de la fotografía, figuras haciendo el acto sexual, etc... Lo más interesante es que se trata de un jarro de agua, o quizá de alguna chicha o licor, lo que lo hace más curioso aún. Y que circulaba sin ser reprimido en las casas de los habitantes de esos años. Por cierto que no existía la idea de “pornografía”, y tampoco, suponemos, se prohibía a los niños observar esos tiestos con esas figuras y probablemente mucho menos ver a sus progenitores haciendo esos actos tan humanos, y tan reprimidos por la cultura occidental judeocristiana.20
Nada nos permite ni afirmar ni contradecir lo que sostiene Almudena Hernando en el párrafo con que iniciamos este apartado. Caral se encuentra en un intermedio curioso. No hay cerámica de manera evidente, y suponemos que se usaban utensilios de diversas facturas, como piedra, hueso, etc... Podría pensarse desde una mirada actual que las mujeres trabajarían el algodón, lo plantarían, lo cosecharían, lo hilarían y lo tejerían. ¿Y por qué no los hombres?... El solo hecho de hacerse la pregunta valdría ya la pena, como nos lo recuerda la arqueóloga española ya citada.
Caral fue una civilización parcialmente urbana, es lo que afirmamos en estas notas. Una ciudad aún no plenamente urbana. Un poder aún no despótico como será el de las culturas costeñas del Perú que la seguirán, aunque sin necesidad de continuidad evolutiva. Así como no podemos pronunciarnos frente a las funciones de mujeres y hombres, tampoco podemos decir nada sobre el intercambio desigual entre la ciudad y sus colonias agrícolas y sobre todo pesqueras. Caminando por esos pedregales nos hicimos veinte veces la pregunta de si se trataba de una ciudad propiamente tal, esto es, que aprovechaba su hinterland para obtener recursos, o por el contrario era aún un tiempo en que pescadores que traían pescados de la costa los intercambiaban de modo adecuado con quienes les entregaban vestido de algodón o las lienzas para hacer sus redes. La ausencia de muertos en Caral, podría ser la base de una mirada más positiva, humana y virtuosa de ese pasado; en fin, de nuestro pasado.
Pero continuando con nuestra pretenciosa teoría de la seducción, podríamos pensar que en el origen de los poderes arcaicos la reproducción sexual con sus misterios y placeres se transformó en el arma misma del poder. Un poder en que los seres humanos, hombres y mujeres, a lo menos, se amaban de manera “ampliada”, abierta, libre, sin las represiones propias de las culturas tanáticas, tanto de Occidente como de Oriente. Eros y civilización21 no tiene por qué ser una constante universal, con el mayor respeto por Herbert Marcuse, quien marcó un hito en la historia de las ideas. La represión de la rama erótica de los humanos no siempre debió ser condición para la acumulación de fuerzas productivas, pensamientos e invenciones y por tanto civilizaciones. Esta mirada de las sociedades arcaicas tiene enormemente que ver con la visión utópica americana.
En estas culturas arcaicas hubo un proceso de descubrimiento del “yo” para decirlo freudianamente, que se expresa vivamente en los “huacos retratos”. El mismo museo anteriormente señalado tiene una colección interminable de esos hermosos huacos. Son cabezas de personas, casi todos hombres, aunque hay algunas mujeres, cada una diferente a la otra. Son retratos de personas de las que no sabemos ni su nombre ni nada que las caracterice mayormente. Algunos suponen que eran personas importantes; sin embargo, son tantos y están en tal número en museos y colecciones particulares que no pudieron ser solamente de dirigentes. Ver con calma esas figuras le va mostrando al observador curioso personalidades diferenciadas, unos más enojados o enojables que otros, unos más simpáticos que esbozan alguna sonrisa; en fin, retratos de seres humanos “demasiado humanos”.22
Réplica de huaco retrato del Museo Larco Herrera de Lima.
Combinar estos dos elementos ya es todo un arte de interpretación. Pasión por la reproducción entre hombres y mujeres, y figuras retratadas con cuidado y esmero van reuniendo dos características centrales de la seducción. Un poder en que la persona no es destruida, sino que todo lo contrario: construida, dibujada, eternizada se podría decir, desde que inicia el acto reproductivo o simplemente erótico placentero, hasta que es amasada en la cerámica, pintada, pulida y guardada como recuerdo para sus descendientes.23
Por cierto que para el observador occidental, marcado por siglos de cultura bíblica, estas interpretaciones son absurdas, e incluso heréticas. Pero miles de años antes que llegara a América esa cultura en las carabelas de Colón y los caballos de Pizarro las cosas pueden haber sido muy diferentes. Nada de eso podemos decir ciertamente, pero podemos imaginar formas diferentes de seducción.
La larga Historia Americana
Caral destruye la idea del Nuevo Mundo, Mundus Novus que se impuso desde que Américo Vespucio hizo sus hermosas mediciones en las costas de Brasil y las publicara en La Lettera, ampliamente famosa y conocida. No era ni Europa, ni Asia, ni África, era un otro mundo que para el sabio italiano era un mundo nuevo. Por algo lleva hasta ahora su nombre y no el de Colón, que fue primero en llegar, pero no primero en nombrar.
Cinco mil años no es poco. A eso debe agregarse una larga Prehistoria Americana formada por cientos de bandas de cazadores recolectores, que cruzaron probablemente el Estrecho de Bering siguiendo las hipótesis de muchos autores en tiempos de las glaciaciones, como veremos en mayor detalle más adelante. Por cierto que sabemos poco o casi nada de todo eso. Fueron múltiples oleadas de grupos que se desplazaban; no lo sabemos, pero lo suponemos. Tom Dillehay ha sospechado que en Monteverde en el sur de Chile hay rastros de 30 mil años. Se cuestiona la teoría llamada Clovis (Nuevo México). Los científicos discuten fechas: a Monteverde ya le aceptan más de 14 mil años y en Tagua Tagua, en el centro de Chile, como veremos en un capítulo más adelante, se reconocen 11 mil años con múltiples señales, marcas y fragmentos.
Pero son tantos los milenios que bien se pueden aceptar otras teorías migratorias. Casi nada sabemos de las migraciones marítimas, ya que la historiografía se redujo a Europa, a los portugueses y finalmente a la ruta de Cristóbal Colón. Se nos olvidó que los polinésicos eran eximios navegantes y que podrían haber llegado sin grandes dificultades al continente americano. Thor Heyerdahl, en un acto aventurero y con ideas difusionistas extremas, salió en 1947 desde el Callao en el Perú en una balsa de troncos de árboles (madera de balsa) que flotaban con facilidad y después de semanas llegó en su Kon Tiki a un atolón de las islas de la Polinesia24.
En los últimos años hay una importante corriente antropológica, etnohistórica o arqueológica que trata de entender y conocer los viajes marítimos precolombinos25.
El encuentro de los barcos hispanos que iban al Perú desde Panamá con una enorme balsa de comerciantes a la altura de Piura, al norte del Perú, ha sido fuente de numerosos análisis26. Marcos avanza en sus estudios señalando el comercio que existía a lo largo de toda la costa del pacífico americano y hay numerosos otros investigadores que van en la línea de encontrar rastros de viajes transatlánticos o más bien transpacíficos.27
Quienes se interesan por estos asuntos deben necesariamente abrirse a diversas hipótesis. Una afirmación de esta naturaleza, la larga Historia Americana, tiene consecuencias no solo en el ámbito académico o del conocimiento, sino que también en la vida social y política de nuestras sociedades. La dependencia de las teorías europeas en todos los ámbitos ha contribuido a la no teorización, a la falta de inventiva y sobre todo a no expresar las propias identidades americanas.
Primera ParteDE HUELLAS Y FRAGMENTOS
A Marc Augé28
La Historia Americana se remontaría a miles y miles de años de los que tenemos pocos rastros y muchas hipótesis. En estos días hay estudiosos que vuelven sobre el tema de la llegada de los pobladores a través del Estrecho de Bering y más de uno, en varios países, se aprovechan de aquello para decir que los indígenas americanos de hoy no son de este continente, sino que migrantes asiáticos. Es por ello que en este libro volvemos sobre un tema que ya hemos publicado29 y con las evidentes variaciones y cambios para esta nueva versión.30
No es la Prehistoria, ya que no necesariamente esos tiempos fueron seguidos por los así conocidos en las ciencias como Historia. Entre el tiempo de los antiguos cazadores de mastodontes y Caral no hay ninguna continuidad, no es previo el uno al otro más que en la temporalidad. Una imagen simple del evolucionismo creería que hay un lazo entre ambos. Es un enorme tiempo en el que sabemos muy poco y esos humanos que por acá transitaron solamente nos dejaron sus huellas y algún fragmento.
Podríamos decir, con un cierto dejo de ironía frente a tantas teorías, que con ese enorme y milenario tiempo anterior a las ciudades, en este caso Caral, comienza propiamente la Historia Americana. Periodizar el pasado americano de manera diferente al europeo puede ser el comienzo de un mejor entendimiento. Es uno de los sentidos de este libro.
Capítulo PrimeroLOS PRIMEROS HABITANTES
“Otros quieren decir que los indios salieron de la casta de los judíos, parecieran como ellos y barbudos y zarcos y rubios como los españoles, tuvieran la ley de Muysén (Moisés) y supieran la letra, leer y escribir y ceremonia y si fueran de la casta de los turcos o moros también fueran barbudos y tuvieran la ley de Mahoma. Y otros dijeron que los indios eran salvajes animales, si así fuera no tuvieran la ley ni oración ni hábito de Adán y fueran como caballos y bestias y no conocerían al Creador, ni tuvieron sementeras y casas y armas, fortalezas y leyes y ordenanzas y conocimiento de Dios”.
Felipe Huamán Poma de Ayala31
La pregunta es evidente y sigue siendo vigente. ¿De dónde vinieron los seres humanos que habitaron el continente americano, los que llegaron al sur de Chile, y dejaron rastros tan antiguos? ¿Cuándo llegaron? ¿Llegaron otros por diversos caminos? Al igual que mis reflexiones sentado sobre los peñascos de Caral, hay teorías supuestamente científicas y ha habido y sigue habiendo un amplio espacio para la imaginación. En el primer caso, las fechas se caen día a día aumentando de tal manera que sorprenden a quienes se interesan en estos temas. La imaginación en cambio se dispara hasta el infinito maravilloso. El año 1641 Menasseh Ben Israel, sabio judío expulsado de Portugal a Ámsterdam, escribe un curioso libro dirigido a Cromwell, el Primer Ministro inglés.32
Hay tantas ideas como hombres acerca del origen de la gente que habita América y de los primeros habitantes del Nuevo Mundo y de las Indias Occidentales.
La pregunta se hizo evidente al descubrir los europeos América. ¿De dónde son, quiénes son, de dónde vinieron, somos iguales, somos humanos?; en fin, son las mismas preguntas escondidas, soterradas, que hoy se hacen en todas partes al ver llegar extranjeros, con otros colores de piel, otras lenguas y otras costumbres. Para qué decir de los denominados “indígenas”. Por cierto que son preguntas y respuestas que se emiten a media voz.
Algunos han tenido la idea de que América fue encontrada por los cartagineses, algunos otros por los fenicios o los canaanitas, otros por los hindúes o pueblos de la China, otros piensan que fueron los noruegos, otros señalan que fueron los habitantes de la Isla de la Atlántica, otros por los tártaros y otros por las diez tribus perdidas de Israel...
La tesis de las 10 Tribus Perdidas de Israel será de una importancia enorme en las sectas sobre todo que surgieron en el siglo XIX en Estados Unidos, entre ellos los mormones. Se refiere a un párrafo de la Biblia en el que se relata que durante el regreso del pueblo de Israel desde Babilonia a Judea se habrían perdido 10 de las 12 tribus… Existe una enorme literatura fantástica sobre este asunto…33
Huamán Poma, de una u otra forma, recoge esta tradición al preguntarse si los “indios americanos” vienen o no de los judíos, rechazando la idea de que hay relación por la apariencia física de unos y otros (“barbudos”). Las preguntas siguen siendo las mismas. Sobre todo para quienes combinamos de manera libre la poesía, la especulación y los pocos datos fragmentarios que nos van llegando del pasado remoto.
