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Viaje a Oxiana, clásico entre clásicos de la literatura de viajes, relata la travesía de Robert Byron a principios de la década de 1930 para llegar a Oxiana, la tierra del Oxus, el hoy río Amu Darya. Desde Italia hasta la India, pasando por Chipre, Siria, Palestina, Irak, Irán y Afganistán, e incluso hasta la frontera con la entonces Unión Soviética, el extravagante Byron va recopilando las notas, cartas y mensajes más homogéneos que encuentra a su paso, yuxtaponiéndolos, como los elementos de un collage, con agudos comentarios sobre la arquitectura, el arte y el carácter de tierras hasta entonces hostiles para los viajeros occidentales.
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Seitenzahl: 535
Veröffentlichungsjahr: 2026
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ROBERT BYRON (1905-1941) fue un incansable viajero, escritor, crítico de arte e historiador inglés. Estudió en Eton y posteriormente en el Merton College de Oxford, donde se graduó en historia moderna. Escribió diversos libros sobre viajes, de los cuales sobresale Viaje a Oxiana, hoy considerado pináculo del género. Murió cuando el barco en el que se transportaba fue atacado por los nazis durante la segunda Guerra Mundial, mientras fungía como corresponsal para un periódico inglés.
VIAJE A OXIANA
TEZONTLE
Traducción de CARMEN MORALES PLASCENCIA
Revisión de la traducción de SUSANA MORENO PARADA
Primera edición en inglés, 1937Segunda edición, 1966Primera edición, 2025
[Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial
D. R. © 2025, Fondo de Cultura EconómicaCarretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected].: 55-5227-4672
Diseño de portada: Teresa Guzmán RomeroEditor a cargo: Dennis Peña Torres
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8817-0 (rústica)ISBN 978-607-16-9089-0 (ePub)ISBN 978-607-16-9093-7 (mobi)
Hecho en México - Made in Mexico
PARTE I
Italia
Chipre
Palestina
Siria
Irak
PARTE II
Persia
PARTE III
Irán
Afganistán
Persia
PARTE IV
Irán
PARTE V
Afganistán
India
Inglaterra
Índice de mapas e ilustraciones
Índice de nombres
Varamin, la Mezquita del Viernes, 1322-1326.
Mapa de Medio Oriente.
Venecia, 20 de agosto de 1933. — Esto es la buena vida. Es un cambio agradable después de esa pensión en Giudecca hace dos años. Hoy por la mañana fuimos a Lido, y el Palacio Ducal se veía aún más hermoso desde una lancha motora de lo que jamás se vio desde una góndola. Bañarse aquí, en un día tranquilo, debe ser lo peor en Europa: el agua como saliva caliente, colillas de cigarro flotando hacia tu boca y bancos de medusas.
Lifar vino a cenar. Bertie mencionó que todas las ballenas tienen sífilis.
Venecia, 21 de agosto. — Después de inspeccionar dos palacios, el de Labia, que contiene el fresco El banquete de Cleopatra, hecho por Tiepolo, y el Pappadopoli, un agobiante laberinto lleno de lujos y fotografías de la realeza, nos refugiamos de la cultura en el bar de Harry. Había un ominoso parloteo, saludos fugaces: los ingleses ya vienen.
En la tarde regresamos al bar de Harry, donde nuestro anfitrión nos deleitó con una bebida compuesta de champán y brandy de cereza. “Para que tenga el efecto indicado —dijo Harry en secreto—, debe prepararse con el peor brandy de cereza.” Y sí, era el peor.
Antes de esto, mi relación con nuestro anfitrión estaba limitada al campo de la caza. Parecía un desconocido vistiendo un chaleco de playa verde y una chaqueta blanca un poco desordenada.
Venecia, 22 de agosto. — Fui en góndola hacia San Rocco, donde La Crucifixión de Tintoretto me dejó sin aliento; la había olvidado. Quitaron el viejo libro de los visitantes con el nombre de Lenin. En el Lido se sentía una brisa; el mar estaba agitado, frío y libre de desechos.
Manejamos para tomar el té en la Malcontenta, por la nueva carretera que está sobre las lagunas y al lado de las vías. A pesar de ser vanagloriada en cada libro acerca de Palladio, hace nueve años Landsberg encontró la Malcontenta al borde de las ruinas, sin puertas, sin ventanas, como un granero de producción agrícola indefinida. La ha convertido en una vivienda habitable. Las proporciones del vestíbulo y los salones principales son un peán matemático. Cualquier otro hombre los habría llenado del llamado mobiliario italiano, porquería de anticuarios y oro. Landsberg mandó hacer muebles simples de madera en el pueblo. Nada es “de época” a excepción de las velas, las cuales son necesarias por la ausencia de electricidad.
Afuera, la gente discute sobre los lados e intenta condenar el fondo. El frente no pide opiniones. Es un precedente, un criterio. Puedes analizarlo —nada sería más lúcido—, pero no puedes cuestionarlo. Me paré con Diane en el pasto, debajo del pórtico, mientras el brillo previo al atardecer definió por un momento con más claridad cada parte del diseño. Europa no pudo darme una despedida más afectuosa que esta triunfante afirmación del intelecto europeo. “Es un error dejar la civilización”, dijo Diane, sabiendo que lo comprobaba sólo con existir. Me perdí en la penumbra.
Adentro, las velas estaban encendidas y Lifar bailaba. Manejamos de regreso atravesando una tormenta y me fui a la cama con un reloj despertador.
SS Italia, 26 de agosto. — El gondolero bigotón y corpulento adjunto al palacio me estaba esperando a las cinco. Todas las ciudades son iguales al amanecer; incluso la calle Oxford puede verse hermosa en su vacuidad, y ahora Venecia parece menos insaciablemente pintoresca. Dame a Venecia como la vio primero Ruskin, sin vía férrea; o dame una lancha motora y la riqueza internacional. El museo humano es horrible, al igual que aquellas islas cercanas a la costa de Holanda, donde los neerlandeses conservaron su traje típico.
La partida de este bote desde Trieste estuvo acompañada de escenas que ocurrieron primero en el Antiguo Testamento. Refugiados judíos de Alemania huían a Palestina. De un lado estaba un venerable rabino maravilloso, cuyos caireles ortodoxos y su redondo sombrero de castor marcaban la moda de sus discípulos de hasta ocho años; del otro lado estaba un llamativo grupo de niños y niñas en ropa de playa, que ahogaban sus emociones cantando. Una multitud se había agrupado para verlos. A medida que desamarraban el barco, las preocupaciones personales de cada uno, el equipaje perdido, la esquina hurtada, se olvidaron. El rabino maravilloso y sus asistentes patriarcales comenzaron a saludar con la mano incontrolablemente; los niños y las niñas empezaron a cantar un himno solemne, en el que se repetía la palabra “Jerusalén” con un sonido triunfante. La multitud en la costa se unió, siguiendo por el muelle hasta su borde, donde se pararon hasta que el barco llegó al horizonte. En ese momento, Ralph Stockley, ayudante de campo del alto comisionado en Palestina, también llegó al muelle y se enteró de que había perdido el barco. Su agitación, y la subsecuente búsqueda de una lancha, aliviaron la tensión.
Un viento septentrional salpica el mar zafiro de blanco, y ha silenciado a los exuberantes judíos de allá abajo. Ayer pasamos por las islas Jónicas. Las conocidas costas parecían áridas y despobladas, pero invencibles y hermosas a través del aire esperanzador. En la esquina suroeste de Grecia doblamos hacia el este, pasando la bahía de Kalamata, y llegamos a cabo Matapán, el cual vi por última vez desde el monte Taigeto, delineado por un mar lejano, como en un mapa. Las superficies rocosas se tornaron de un dorado rojizo, las sombras de un azul pálido. El sol se ocultó, Grecia se convirtió en una silueta irregular, y el faro más austral de Europa comenzó a parpadear. A la vuelta, en la siguiente bahía, titilaba la electricidad de Gition.
Stockley relató una anécdota de su jefe, a quien le dispararon en las piernas durante la guerra Bóer y lo abandonaron durante treinta y seis horas antes de que la ayuda llegara. A otros les dispararon de la misma manera, ya que los bóers disparaban bajo. Algunos murieron y los buitres se congregaron. Mientras los heridos pudieran moverse, sin importar cuán débiles estuvieran, las aves se mantenían lejos. Cuando no podían moverse, les sacaban los ojos mientras seguían vivos. El jefe de Stockley le había descrito sus sentimientos frente a su posible destino, mientras las aves volaban a unos cuantos metros sobre él.
Esta mañana los picos dobles de Santorini cortaron un alba roja. Rodas está a la vista. Mañana a mediodía llegaremos a Chipre. Allí tendré una semana para mí solo antes de que los carboneros lleguen a Beirut el 6 de septiembre.
Kyrenia, 29 de agosto. — La historia en esta isla es tan abundante, que da una suerte de indigestión mental. En Nicosia, una nueva Casa de Gobierno remplazó a la que se destruyó en los disturbios de 1931. Afuera yace un cañón que Enrique VIII de Inglaterra regaló a la Orden de San Juan de Jerusalén en 1527. Porta el escudo de los Tudor, pero las monedas, acuñadas para conmemorar el jubileo del gobierno británico en 1928, llevan el de Ricardo Corazón de León, quien conquistó la isla y se casó allí en 1191. Desembarqué en Lárnaca. A unos cuantos kilómetros, en el año 45, desembarcaron Pablo y Bernabé. Lázaro está enterrado en Lárnaca, al igual que dos sobrinos del obispo Ken, Ion y William, quienes murieron en 1693 y 1707, respectivamente. Las fechas comienzan con un aviso egipcio de 1450 a.C. La fama llegó a finales del siglo XII, con el reinado y la cultura de los Lusignan; autores tan variados como Bocaccio y santo Tomás de Aquino le dedicaron libros al rey Pedro I. En 1489 la reina Catalina Cornaro se rindió ante los venecianos, y ochenta años más tarde el último comandante veneciano fue desollado vivo por los turcos. Los tres siglos de olvido que siguieron terminaron con el Tratado de Berlín, el cual arrendó la isla a los ingleses. En 1914 la anexamos.
El paisaje se parece más a Asia que a otras islas de Grecia. La tierra está blanqueada; sólo una parcela de vides o un rebaño de cabras negras y pardas aligera su árida soledad. Había árboles plantados a lo largo del inmaculado camino de asfalto que me llevó de Lárnaca a Nicosia: casuarinas y cipreses. Pero el viento los ha derrotado, un furioso aire caliente que sube desde el mar por la tarde y hace girar las ruedas hidráulicas. Estos delgados esqueletos de acero se encuentran en huertos a las afueras de las ciudades; su chillido coral es la canción principal de la isla. A la distancia siempre hay montañas. Y sobre toda la escena pende una luz peculiar, una capa de acero y lila, la cual realza las siluetas y perspectivas, y hace que cada cabra errante, cada algarrobo aislado resalten de la tierra blanca como si se vieran con un estereoscopio.
La vista es hermosa en abstracto, pero violenta e imponente como el hogar del hombre. Incluso las flores son escasas en esta temporada, a excepción de un pequeño asfódelo, de color gris, que se mueve como un fantasma. Los griegos lo llaman “flor de vela”. La cara norte de las montañas, entre Nicosia y la costa, es más hospitalaria. Aquí la tierra es roja, como más nutritiva, y los terrenos en terrazas están marcados con algarrobos. La cosecha de algarrobo estaba en pleno auge cuando pasé: hombres que tiraban la fruta con palos largos, y mujeres que la metían a costales y la cargaban en burros. El algarrobo se exporta para hacer comida para el ganado. Parece un plátano seco y descubrí que probarlo es como mascar un tapete dulce.
Recurrí al arzobispo de Nicosia para pedirle una carta para el clero de Kiti. Sus asistentes fueron poco serviciales, ya que la Iglesia encabeza la oposición a los ingleses, y no pudieron haber sabido que hablé a favor de su causa en la prensa inglesa. Pero el arzobispo, a pesar de estar viejo y sordo, parecía encantado de tener una visita e hizo que un secretario escribiera a máquina la carta. Cuando estuvo lista, le llevaron una pluma ya sumergida en tinta roja con la que firmó la carta, gracias a un privilegio otorgado por el emperador Zeno en el siglo V: “Cyril de Chipre”. Desde entonces, los gobernadores seculares de la isla han usurpado este privilegio. Los turcos lo hicieron para molestar; los ingleses, para ser estrafalarios.
Fui a Bella Paese esta mañana para ver la abadía. Mi chofer fue a ver a su prometida, que vive en el pueblo vecino. Ella y su tía me ofrecieron café y una confitura de nueces azucaradas. Nos sentamos en el balcón, más rodeados que nunca de macetas de albahaca y claveles, y miramos hacia el mar, más allá de los techos del pueblo. El hijo de la tía, de dos años, empujaba las sillas y gritaba: “Soy un barco de vapor, soy un automóvil”. Cuando el automóvil de verdad, conmigo dentro, se fue, dio un grito de desilusión que me siguió al bajar la montaña.
Por la tarde, en el castillo, el señor Jeffrey me señaló a un caballero que llevaba un salacot y una barba blancos. Me presenté, ya que él era el encargado de las antigüedades de la isla. Retrocedió. Traté de arreglar las cosas mencionando su libro sobre los sitios de Kyrenia. “He escrito muchas cosas —respondió—. Me es imposible recordar qué, pero a veces las leo y, ya sabes, me parecen bastante interesantes.”
Proseguimos al castillo, donde encontramos a algunos presos haciendo una excavación ocasional. Cuando aparecimos, tiraron las palas, se quitaron la ropa y corrieron por una puerta lateral hacia el mar para su nado vespertino. “Una vida placentera —dijo el señor Jeffrey—. Sólo vienen aquí cuando quieren descansar.” Presentó un plano de los cimientos del siglo XIII, que había revelado la excavación de los presos. Pero la exposición lo acaloró y fue a la oficina a beber agua. “Lo peor del agua es que —dijo— hace que te dé mucha sed.”
Kyrenia, 30 de agosto. — Viajé hasta el castillo de san Hilarión montado en un burro color chocolate con orejas de cuarenta y cinco centímetros. En los muros atamos al burro y a su compañera, una mula gris que cargaba una enorme ánfora de arcilla con agua fría, tapada con hojas de algarrobo. Caminos empinados y escaleras conducían a través de capillas, salones, cisternas y calabozos hasta la plataforma superior y su torre de vigilancia. Debajo de los relucientes peñascos plateados y los paralizados pinos verdes, la montaña caía unos mil metros a la llanura costera, un panorama sinfín de rojo oxidado salpicado con una infinidad de árboles pequeños y sus sombras, bajo los cuales, cien kilómetros más allá del mar azul, aparecía la línea de Asia Menor y los montes Tauro. Incluso los sitios deben de haber tenido sus compensaciones con esta consoladora vista.
Nicosia (150 metros), 31 de agosto. — “Contratiempo presupone retraso de una semana para llegar Beirut el 14 – Christopher informado auto detenido no fue la planta.”
Esto me da una semana más. La pasaré en Jerusalén. Supongo que “planta” se refiere al equipo de carbón. Considerando el costo del telégrafo, sólo puedo suponer que no funciona. De otra forma, ¿por qué negarlo?
Hace mucho, en el Consulado de Grecia en Londres me presentaron a un chico nervioso en un manto largo que sostenía un vaso de limonada. Era Su Beatitud Mar Shimun, patriarca de los asirios, y ya que ahora está exiliado en Chipre, fui a visitarlo por la mañana al Hotel Crescent. Un tipo robusto y barbado con pantalones de franela me saludó con el acento particular de las universidades inglesas (Cambridge, en su caso). Le ofrecí mis condolencias. Cambió el tema a eventos recientes: “Como le dije a sir Francis Humphreys, los periódicos en Bagdad han estado proclamando una yihad en contra nuestra durante meses. Le pregunté si podía garantizar nuestra seguridad, dijo que sí”, y etcétera, etcétera. “Me encarcelaron hace cuatro meses —e incluso entonces no hizo nada, a pesar de que todos sabían lo que venía—. De aquí debo ir a Ginebra para abogar por nuestra causa” y etcétera, etcétera. “Me llevaron en aeroplano en contra de mi voluntad, pero qué será de mi pobre gente, despojada, disparada con ametralladoras”, y etcétera, etcétera. “No lo sé.” Y etcétera, etcétera.
Otro hecho destacable en la Era de la Traición de la política exterior británica. ¿Algún día acabará? No cabe duda de por qué los asirios eran intratables. Pero el punto que señaló Mar Shimun, el cual me parece cierto, es que las autoridades británicas sabían, o tenían modos de sobra de saber, lo que planeaban los iraquíes y no hicieron nada para evitarlo.
Famagusta, 2 de septiembre. — Aquí hay dos ciudades: Varosha, la griega, y Famagusta, la turca. Están unidas por un suburbio residencial inglés que alberga oficinas de la administración, el club inglés, un jardín público, varias villas y el Hotel Savoy, donde vivo. Famagusta es la ciudad vieja; sus paredes colindan con el puerto.
Si Chipre fuera propiedad de los franceses o los italianos, la misma cantidad de botes de turistas que visita ahora Rodas visitaría Famagusta. Bajo el dominio inglés, el turismo se ve frustrado por una ignorancia deliberada. El núcleo gótico de la ciudad todavía está completamente amurallado. El hecho de que este núcleo aún pueda ser desfigurado por cualquier otro edificio que cualquiera pretenda construir; que la miseria de las casas viejas sea superada por las nuevas; que las iglesias alberguen familias de indigentes; que los bastiones sean tapizados todos los días con excremento humano; que la ciudadela sea una carpintería que pertenece al Departamento de Obras Públicas, y que sólo se pueda llegar al palacio a través de la estación de policía, son manifestaciones del cuidado británico que, si bien son antiestéticas, al menos tienen la ventaja de fungir como defensa frente a la moribunda atmósfera de un museo. La ausencia de guías, vendedores de tarjetas postales y su tribu también es una atracción. Pero que en las dos ciudades sólo haya un hombre que sepa los nombres de las iglesias, y que él sea un maestro de escuela griego cuya timidez imposibilita toda conversación racional; que el único libro, escrito por el señor Jeffrey, quien puede recibir a cualquier invitado con la historia y topografía del lugar, esté en venta sólo en Nicosia, a sesenta y cuatro kilómetros de aquí; que cada iglesia, a excepción de la catedral, deba estar siempre cerrada con llave y que las llaves, si es que pueden encontrarse, las guarde un oficial, sacerdote o familia a quien se le consignó su uso, y que generalmente no se encuentre en Famagusta, sino en Varosha, todo esto fue demasiado incluso para mí y, a pesar de hablar un poco de griego —algo que la mayoría de los visitantes no pueden hacer—, en tres días enteros no pude completar un recorrido de los edificios. El espectáculo de tal indiferencia tiene un interés en sí mismo, para estudiantes de la mancomunidad británica. Pero no es el tipo de interés que atrae a barcos cargados de turistas productivos. Para ellos sólo existe una gratificación, la “torre de Otelo”, una absurda ficción que data de la ocupación inglesa. No sólo los taxistas sostienen esta ficción. Hay una placa oficial en el edificio, como si fuera “Tés” o “Caballeros”. Esta placa es la única dirección que las autoridades, o quien sea, pueden dar.
Estoy parado sobre el bastión Martinengo, un gigante terraplén recubierto con piedra labrada y protegido por una fosa de piedra tallada unos doce metros debajo, a donde alguna vez fluía el mar. A mis pies, desde las entrañas de esta fortificación montañosa, desembocan hacia la luz del día dos caminos subterráneos. A la derecha y a la izquierda se extienden los parapetos de las paredes que rodean la construcción, interrumpidas por una sucesión de torres gordas y redondas. El primer plano está desperdiciado y lo atraviesa una hilera de camellos dirigidos por un turco con pantalones holgados. Una pequeña depresión está ocupada por dos turcas que cocinan algo debajo de una higuera. Debajo de ellas empieza la ciudad, una mezcla de casitas, algunas de adobe, otras de piedras robadas de los monumentos, otras de estuco blanco y nuevo con techo rojo. No hay plan, no hay consideración para la comodidad. Hay palmeras entre las casas; parcelas las rodean. Y de esta confusión se yerguen los ornamentos y los contrafuertes de una catedral gótica, cuya piedra anaranjada recorta la unión lejana del cielo y el mar, turquesa y zafiro. Una cordillera de montañas liláceas continúa la línea costera a la izquierda. Un barco de vapor zarpa hacia allá. Una carreta de burros sale de la tierra a mis pies. Los camellos están echados. Y una señora con un vestido rosa y una pamela está mirando con emoción hacia Nicosia desde la cima de la otra torre.
Lárnaca, 3 de septiembre. — Aquí el hotel no está a la altura. En otros lugares están limpios, ordenados y, sobre todo, son baratos. La comida no es deliciosa, pero incluso la ocupación inglesa no ha podido empeorar la comida griega. Hay algunos buenos vinos y el agua es dulce.
Manejé hasta Kiti, a unos trece kilómetros, donde el sacerdote y el sacristán, ambos con pantalones holgados y botas altas, recibieron la carta del arzobispo con respeto. Me llevaron a la iglesia, donde el mosaico tiene un trabajo asombroso; me parece que la técnica es del siglo X, a pesar de que algunos la atribuyen al siglo VI. El manto de la virgen es de color malva ahumado, casi del color del carbón. Los ángeles que están a su lado usan paños de color blanco, gris y beige, y el verde de sus alas de pavorreal se repite en los globos terráqueos verdes que sostienen. Los rostros, manos y pies están hechos en bloques más pequeños que el resto. Toda la composición tiene un ritmo extraordinario. Sus dimensiones son pequeñas, no más grandes que el tamaño real, y la iglesia es tan baja que la cúpula que la contiene puede examinarse desde apenas tres metros de distancia.
SS Martha Washington, 4 de septiembre. — Encontré a Christopher en el muelle, adornado con una barba de cinco días bien cuidada, pero reacia. No ha sabido nada de los carboneros, pero le agrada la idea de ir a Jerusalén.
Hay novecientos pasajeros a bordo. Christopher me dio un recorrido por las habitaciones de la tercera clase. Si sus ocupantes fueran animales, un buen ciudadano inglés habría informado a la Sociedad Real para la Prevención de Crueldad a los Animales. Pero los pasajes son baratos, y como son judíos, todo el mundo sabe que podrían pagar más si quisieran. La primera clase no es mucho mejor. Comparto el camarote con un abogado francés, cuyas botellas y vanidad no dejan espacio ni para un alfiler. Me dio una cátedra sobre las catedrales inglesas. Valía la pena ver Durham. “En cuanto al resto, mi querido señor, no son más que cañerías.”
En la cena estaba sentado al lado de un inglés y empecé la conversación deseando que estuviera teniendo un buen viaje.
Respondió: “Lo tenemos. La bondad y la misericordia nos han seguido hasta aquí”.
Una mujer cansada de lidiar con un niño indisciplinado estaba cerca. Le dije:
—Siempre me siento mal por las mujeres que viajan con niños.
—No estoy de acuerdo con usted. Para mí, los niños son como rayos de sol.
Más tarde vi a la criatura leyendo la Biblia en una tumbona. Esto es lo que los protestantes llaman un misionero.
Jerusalén (850 metros), 6 de septiembre. — A un nicaragüense leproso le habría ido mejor con las autoridades portuarias de un mandato británico de lo que nos fue a nosotros. Embarcaron a las cinco de la mañana. Después de esperar dos horas en la fila, me preguntaron cómo iba a desembarcar sin visa y por qué mi pasaporte ni siquiera estaba aprobado para Palestina. Dije que podía comprar la visa y les expliqué que el sistema de aprobación era simplemente una de las formas más crudas de deshonestidad practicadas por el ministro de Relaciones Exteriores, el cual no estaba relacionado con la validez del pasaporte. Otro entrometido descubrió que yo había estado en Rusia. ¿Cuándo? ¿Y por qué? Oh, ¿entonces fue por placer? ¿Fue placentero? ¿Y a dónde iba ahora? ¿A Afganistán? ¿Por qué? Por placer, de nuevo, por supuesto. Estaba en un viaje de placer por todo el mundo, supuso. Luego se quedaron tan absortos con la visa diplomática de Christopher, que olvidaron darle una tarjeta de desembarco.
Una multitud frenética estaba furiosa alrededor de la punta de la pasarela. Físicamente, los judíos pueden parecer la mejor o la peor raza de personas en el mundo. Éstos eran los peores. Apestaban, observaban, empujaban y chillaban. Un hombre, que había estado formado cinco horas, comenzó a llorar. Cuando su rabino no pudo consolarlo, Christopher le ofreció whisky y soda desde la ventana del bar. Lo rechazó. Nuestro equipaje se entregó poco a poco en un bote. Lo seguí. Christopher tuvo que regresar por su tarjeta de desembarco. Hubo un fuerte oleaje mientras sorteábamos el arrecife que constituye el “puerto” de Jaffa. Una mujer vomitaba sobre mi mano. Su esposo cuidaba al niño mientras sostenía con el otro brazo una planta de verónica en una maceta.
“¡Arriba, por favor!” La sudorosa y deforme muchedumbre se dividió en dos filas. Media hora después llegué al doctor. Se disculpó por el retraso y me dio un certificado médico sin examinarme. Abajo los lancheros estaban pidiendo dinero. El transporte para nosotros y nuestro equipaje costó 1.2 libras. “¿Escribe libros?”, me preguntó el funcionario de aduanas, olfateando un autor de obscenidades sujeto a aranceles. Le dije que no era lord Byron, y le sugerí que se pusiera a trabajar. A lo lejos encontramos un coche, y bajando la capota en homenaje a la Tierra Santa, salimos hacia Jerusalén.
El Hotel Rey David es el único buen hotel en Asia de este lado de Shanghái. Atesoramos cada momento que pasamos allí. La decoración general es armoniosa y mesurada, casi severa. Pero no se puede saber por el aviso que está colgado en el vestíbulo:
AVISO SOBRE LA DECORACIÓN INTERIOR DEL HOTEL REY DAVID, JERUSALÉN
El propósito era evocar con los antiguos estilos semíticos el ambiente del glorioso periodo del rey David.
Era imposible hacer una reconstrucción fiel, así que el artista intentó adaptar los diferentes estilos judíos al gusto moderno.
Vestíbulo: Periodo del rey David (influencia asiria)
Salón principal: Periodo del rey David (influencia hitita)
Sala de lectura: Periodo del rey Salomón
Bar: Periodo del rey Salomón
Restaurante: Estilo greco-sirio
Salón de banquetes: Estilo fenicio (influencia asiria), etcétera
G. A. HUFSCHMIDDecorador, O. E. V. y S. W. B. Ginebra
La belleza del paisaje de Jerusalén puede compararse con Toledo. La ciudad yace en las montañas, un panorama de domos y torres rodeado de muros almenados que posan sobre una superficie de roca encima de un valle profundo. En cuanto a las lejanas colinas de Moab, los relieves del campo se parecen a los de un mapa físico, extendiéndose sobre las pendientes en curvas irregulares y estratificadas, y creando grandes sombras en los repentinos valles. La tierra y la roca reflejan las luces de un ópalo de fuego. Tal composición en un emplazamiento urbano, accidental o planeada, ha creado una obra de arte.
En cuanto a los detalles, ni siquiera Toledo se compara con las calles empinadas y serpenteantes, empedradas en amplios peldaños y tan angostas que incluso un solo camello causa tanto alboroto como un autobús en un carril inglés. Abriéndose paso por toda la calle Rey David, desde el alba hasta el atardecer, la multitud aún es una imagen “del este”, inmune hasta ahora a la marea de trajes formales y lentes de pasta. Aquí viene el árabe del desierto, con un bigote furioso, pasando en su voluminosa vestimenta de pelo de camello dorado; la mujer árabe, con el rostro tatuado y su vestido bordado, cargando una canasta sobre la cabeza; el sacerdote del islam, con la barba recortada y luciendo un impecable turbante blanco alrededor de su fez; el judío ortodoxo, con caireles, sombrero de castor y una levita negra; el sacerdote y el monje griegos, barbados y enrodelados bajo su alto y cilíndrico gorro negro; sacerdotes y monjes de Egipto, Abisinia y Armenia; el padre latino con una túnica marrón y un salacot blanco; la mujer de Belén, cuyo tocado inclinado hacia atrás debajo de un velo blanco se dice que es un legado de un reino normando y, entre todos ellos, como fondo de este esencial lugar común, el ocasional turista con traje formal, con la levita de cretona, con la cámara colgada al cuello.
Pero Jerusalén es más que pintoresco, más que chapucero al estilo de muchas ciudades orientales. Puede que haya basura, pero no hay ladrillo o yeso, ningún edificio desmoronado o decolorado. Los edificios son completamente de piedra, una piedra blanquecina amarillenta, cándida y luminosa, la cual adquiere tonos de oro rojizo con el sol. No hay lugar para el encanto o el romance. Todo es abierto y armonioso. Las asociaciones de historia y creencia, profundamente arraigadas en los primeros recuerdos de la infancia, se disuelven antes de aparecer por completo. Las efusiones de la fe, las lamentaciones de judíos y cristianos, la devoción del islam a la piedra sagrada han cubierto el genius loci sin misterio alguno. Ese espíritu es una imperiosa emanación que evoca un homenaje supersticioso, que se sostiene de ese modo, quizá, pero que existe independientemente de él. Siente compasión por los centuriones y no por los sacerdotes. Y los centuriones han regresado. Usan shorts y salacots, y responden, cuando se les habla, con un acento de Yorkshire.
Establecida en este radiante ambiente, el Santo Sepulcro parece ser la más miserable de las iglesias. Su oscuridad parece aún más oscura de lo que es, su arquitectura es peor, su culto está más degradado. El visitante está en conflicto consigo mismo. Fingir desapego es arrogante; fingir veneración, hipócrita. La opción yace entre los dos. Pero a mí algo me ha hecho evitar la elección. Me encontré con un amigo en la puerta, y fue él quien me enseñó cómo lidiar con los lugares sagrados.
Mi amigo era un monje vestido con una túnica negra que portaba una barba corta, cabello largo y un sombrero alto y cilíndrico.
—Salve —dije en griego—. ¿Viene del monte Athos?
—Sí —respondió—, del monasterio de Dochiariou. Me llamo Gabriel.
—¿Es usted el hermano de Aristarco?
—Sí.
—¿Y Aristarco está muerto?
—Sí, pero ¿quién le dijo?
Describí a Aristarco en otro libro. Era un monje de Vatopedi, el monasterio más rico de Atonita, adonde llegamos fatigados y mal comidos después de cinco semanas en la montaña sagrada. Aristarco nos cuidó. Alguna vez había sido sirviente en un yate inglés, y todas las mañanas nos hacía la misma pregunta: “¿A qué hora le gustaría tomar su almuerzo hoy, señor?” Era joven, eficiente y material, completamente inapropiado para la vocación monástica, y estaba decidido, si podía, a ahorrar suficiente dinero para viajar a Estados Unidos. Odiaba a los monjes más viejos que lo humillaban.
Un día, uno o dos años después de nuestra visita, consiguió un revólver y le disparó a un par de estos venerables abusadores. Eso cuentan. Lo cierto es que después se suicidó. Un hombre más cuerdo, por fuera, que Aristarco nunca existió, y la comunidad de Atonita estaba llena de vergüenza y reticencia por la tragedia.
“Aristarco estaba mal de la cabeza”, dijo Gabriel, golpeándose la cabeza. Yo sabía —pues Aristarco me lo había dicho— que Gabriel estaba feliz con su vocación y únicamente veía aberración en la violencia de su hermano.
—¿Es su primera visita a Jerusalén? —continuó, cambiando de tema.
—Llegamos esta mañana.
—Les daré un recorrido. Ayer estaba en la mismísima Tumba. Mañana iré de nuevo a las once. Por aquí.
Ahora estábamos en una amplia cámara circular tan alta como la catedral, cuyo domo bajo era sostenido por un anillo de enormes pilares. Enmedio del suelo despejado había un altar, una iglesia miniatura que se parecía al motor de un antiguo ferrocarril.
—¿Cuándo estuvo por última vez en el monte Athos? —preguntó Gabriel.
—En 1927.
—Lo recuerdo. Fue a Dochiariou.
—Sí. ¿Y cómo está mi amigo Sinesio?
—Muy bien. Pero aún es muy joven para ser un presbítero. Pase por aquí.
Me encontré en una pequeña cámara de mármol, tallada en un estilo turco barroco. El camino hacia el santuario interior estaba bloqueado por tres franciscanos hincados.
—¿A quién más conoce en Dochiariou?
—Conozco a Fráncfort. ¿Está bien?
—¿Fráncfort?
—Fráncfort, el gato de Sinesio.
—Ah, su gato… No les haga caso a aquellos hombres; son católicos. Es un gato negro…
—Sí, y salta.
—Lo sé. Ya llegamos. Cuidado con la cabeza.
Pasamos por los franciscanos como si fueran ortigas y Gabriel se sumergió en un agujero de apenas un metro de alto, del que provenía una luz brillante. Lo seguí. La cámara interior medía alrededor de medio metro cuadrado. En una losa baja estaba hincada una francesa, extasiada. A su lado estaba de pie un monje griego.
—Este caballero ha estado en el monte Athos —anunció Gabriel a su amigo, quien me dio la mano pasando frente a la francesa—. Fue hace seis años y recuerda al gato de Sinesio… Ésta es la Tumba —dijo apuntando a la losa—. Estaré aquí mañana todo el día. Debe venir a verme. No hay mucho espacio aquí, ¿verdad? Salgamos. Ahora le mostraré los otros lugares. La piedra roja es donde lavaron el cuerpo. Cuatro lámparas son griegas, las otras son católica y armenia. El calvario está arriba. Pídale a su amigo que suba. Ésta es la parte griega; aquélla, la católica. Pero éstos son católicos en el altar griego porque el calvario estaba aquí. Mire la inscripción sobre la cruz. Está hecha de diamantes de verdad y fue regalada por el zar. Los católicos vienen y le dan estas cosas a ella.
Gabriel señaló una caja de vidrio. Adentro se observaba una virgen hecha de cera, decorada con una enorme colección de cadenas, relojes y aretes.
—Mi amigo es católico —dije maliciosamente a Gabriel.
—Ah, ¿sí? ¿Y usted qué es?, ¿protestante? ¿O nada?
—Creo que seré ortodoxo mientras esté aquí.
—Le diré eso a Dios. ¿Ve aquellos dos agujeros? Allí pusieron a Cristo, una pierna en cada uno.
—¿Pero eso está en la Biblia?
—Claro que está en la Biblia. Esta cueva es el lugar de la Calavera. Aquí es donde el terremoto dividió la roca. Mi madre en Samos tuvo trece hijos. Ahora sólo quedamos mi hermano en Estados Unidos, mi hermana en Constantinopla y yo. Aquélla es la tumba de Nicodemo, y aquélla, la tumba de José de Arimatea.
—¿Y qué son esas dos pequeñas tumbas?
—Son para los hijos de José de Arimatea.
—Creí que José de Arimatea estaba enterrado en Inglaterra.
Gabriel sonrió y dijo: “Dígale eso a los marinos”.
—Aquí —continuó— está una pintura de Alejandro Magno visitando Jerusalén y siendo recibido por uno de los profetas, no recuerdo cuál.
—¿Pero Alejandro Magno alguna vez visitó Jerusalén?
—Desde luego. Yo sólo digo la verdad.
—Lo siento. Pensé que era una leyenda.
Finalmente salimos a la luz del día.
—Si viene a verme mañana, estaré fuera de la Tumba otra vez. Salgo a las once, después de estar dentro toda la noche.
—¿Pero no querrá dormir?
—No. No me gusta dormir.
Los otros sitios sagrados eran el Muro de las Lamentaciones y la Cúpula de la Roca. Asintiendo y ululando sobre sus libros, presionando la cabeza contra hendiduras de la enorme mampostería, los judíos dolientes no son más atractivos que los actores en el Sepulcro. Pero al menos está claro, el sol brilla, y el Muro es comparable con los muros de los incas. La Cúpula de la Roca alberga un enorme peñasco, de donde el profeta Mahoma comenzó su recorrido hacia el Cielo. Y aquí, por último, lejos de sus asociaciones, hay un monumento digno de Jerusalén. A una plataforma de blanco mármol, de varias hectáreas de extensión que impone una vista de los muros de la ciudad y del monte de los Olivos, se llega desde distintos lados por ocho tramos de escalones anunciados por líneas de arcos. En medio de la plataforma, eclipsada por el espacio que la rodea, yace un octágono bajo decorado con mosaicos azules y que sostiene un tambor de azulejos azules, que mide cerca de un tercio del tamaño del octágono. Encima del tambor hay un domo, ligeramente bulboso y espolvoreado con una antigua chapa de oro. A un lado hay otro octágono miniatura, como si fuera el hijo del más grande, sobre pilares y resguardando una fuente. El interior tiene una impresión griega: los pilares de mármol sostienen capiteles bizantinos y las bóvedas de mosaico dorado, adornadas con giros arabescos, deben ser obra de artesanos griegos. Los biombos de hierro conmemoran un interludio cristiano, cuando los cruzados convirtieron el lugar en una iglesia. Como mezquita se fundó en el siglo VII, pero muchas épocas han contribuido a su forma presente. Muy recientemente, los capiteles bizantinos han sido recubiertos de oro muy brillante. Se harán más opacos con el tiempo.
Cuando vi la mezquita por primera vez, ya era demasiado tarde para entrar; pero pudimos darle un vistazo desde la entrada al final de la calle Rey David. Un árabe se plantó en nuestro camino y comenzó a informarnos. Le dije que preferiría ver la mezquita por el momento, y escuchar sobre ella mañana, que si podría ser tan amable de hacerse a un lado. A esto respondió: “Soy árabe y me quedaré donde me plazca. Esta mezquita me pertenece a mí, no a usted”. Demasiado encanto árabe.
En la tarde fuimos a Belén. Ya era el atardecer y apenas podíamos distinguir las maravillosas filas de columnas que soportan la basílica. Los guías eran más fastidiosos que en el Sepulcro. Dejé a Christopher para que viera el pesebre, o lo que sea que muestren allí, por sí solo.
Jerusalén, 7 de septiembre. — Mientras estaba sentado debajo de un olivo en el patio de la Cúpula de la Roca, un niño árabe vino a compartir la sombra y a repetir sus lecciones en voz alta. Eran clases de inglés.
—Gulfs and promòntories, gulfs and promòntories, gulfs and promòntories —repetía.
—No es promòntories —lo interrumpí— sino pròmontories.
—Gulfs and pròm-òntories, gulfs and pròm-òntories, gulfs and pròmòntories. Deliver Mosul, deliver Mosul, deliver Mosul. Gulfs and… —dijo que era el primero en su clase de dibujo y que esperaba ir a El Cairo, donde podría estudiar para ser artista.
Jerusalén, la Cúpula de la Roca.
Stockley ofreció una cena de gala anoche, en la que dos invitados árabes me hicieron buena compañía. Uno de ellos, que solía estar en la Oficina de Relaciones Exteriores de Turquía, conocía a Kemal y a su madre desde tiempo atrás. Durante la guerra era cónsul en Salónica, de donde Maurice Sarrail lo deportó a Tolón —una dificultad innecesaria, ya que la frontera turca estaba muy cerca, y que le hizo perder todos sus muebles y posesiones. La conversación cambió hacia Arlosorov, el líder judío al que le dispararon en la arena de Jaffa mientras caminaba con su esposa. Se supone que los asesinos fueron revisionistas judíos, un partido extremista que quería deshacerse de los ingleses y formar un Estado judío. No sé por cuánto tiempo creen que los árabes sufrirían por un solo judío una vez que los ingleses se fueran.
Esta mañana fuimos a Tel Aviv como invitados del señor Joshua Gordon, el artista principal de la agencia judía. En el ayuntamiento, donde Christopher fue recibido como el hijo de su padre, había retratos de apóstoles del sionismo colgados en las paredes: Balfour, Samuel, Allenby, Einstein, Reading. Un mapa mostraba el desarrollo del lugar por años, desde una utopía en dificultades de únicamente tres mil personas, hasta una emergente comunidad de setecientos mil. Después de haber tomado vino blanco en el Hotel Palestine, puse a prueba los argumentos árabes con el señor Gordon. Era despectivo. Se había enviado una comisión para cuidar de árabes desterrados. Sólo pudo encontrar unos cientos. Mientras tanto, los árabes de Transjordania les rogaban a los judíos que fueran y desarrollaran el país.
Pregunté si sosegar a los árabes no les sería remunerado a los judíos, aunque les fuera inconveniente, con miras a tener paz en el futuro. El señor Gordon dijo que no. El único fundamento posible para un acuerdo entre árabes y judíos era una oposición conjunta a los ingleses, y los líderes judíos no lo permitirían. “Si hay que desarrollar el país, los árabes sufrirán porque no les gusta el desarrollo. Y ése es el fin.” Los hijos del desierto han tenido suficientes apologistas últimamente. Me parece más refrescante contemplar un presupuesto en aumento —el único en el mundo en este momento— y felicitar a los judíos.
Los italianos eran otros traidores para el señor Gordon. Hace algún tiempo, él y otros habían tratado de iniciar una compañía naviera anglopalestina, que llevaría el correo en vez de los botes italianos. Fracasaron a falta de cooperación inglesa. Los italianos ofrecieron educación gratuita en Roma para todos los palestinos, con cuotas reducidas. De seguro sólo unos doscientos al año. Pero el señor Gordon se amargaba únicamente con pensar las dificultades que atravesaba cualquier estudiante que deseara terminar su educación en Londres, incluso por cuenta propia.
Después de visitar la franja naranja y la sala de ópera, fuimos a bañarnos. De repente, de la multitud en el malecón salió el señor Aaranson del Italia. “¡Hola, hola! ¿También aquí? Jerusalén está muy muerto en esta época del año, ¿no? Pero quizá me dé una vuelta mañana. Adiós.”
Si Tel Aviv estuviera en Rusia, el mundo estaría alabando su planeación y arquitectura, su sonriente vida comunal, sus actividades intelectuales y su consagrado aire de juventud. Pero la diferencia con Rusia es que, en vez de ser apenas una meta para el futuro, estas cosas ya están logradas.
Jerusalén, 10 de septiembre. — Ayer almorzamos con el coronel Kish. Christopher entró a la sala primero, pero el coronel me dirigió estas palabras: “Puedo ver que tú eres el hijo de sir Mark Sykes”, lo cual implicaba, supusimos, que ningún inglés con tal parentesco podía usar barba. Durante el almuerzo nuestro anfitrión nos informó de la muerte del rey Feisal en Suiza. En la pared colgaba una bella pintura de Jerusalén hecha por Rubin, a quien el señor Gordon pretendía visitar en Tel Aviv si no hubiera estado fuera.
Fui a nadar a la YMCA del otro lado del hotel. Para esto tuve que pagar dos chelines, conseguir la dispensa del examen médico, cambiarme entre muchos enanos peludos que olían a ajo, y finalmente tomar un baño caliente junto con una amarga discusión porque me negué a fregarme con jabón insecticida. Luego llegué al baño, nadé unos cuantos metros dentro y fuera de un juego de futbol acuático dirigido por el director de educación física, y salí tan perfumado y antiséptico que tuve que apresurarme para darme un baño antes de salir a cenar.
Cenamos con el alto comisionado, gratamente. No hubo ninguna de esas formalidades oficiales que sientan muy bien en las grandes fiestas, pero que son vergonzosas en las pequeñas. De hecho, a no ser por los sirvientes árabes, fue como si hubiéramos estado cenando en una casa de campo inglesa. ¿Acaso Poncio Pilato les recordó a sus invitados a un hacendado italiano?
Había un baile en el hotel cuando regresamos. Christopher se encontró con un amigo de la escuela en el bar, quien le rogó, en nombre de su alma máter, que se quitara la barba. “Quiero decir, Sykes, ya sabes, definitivamente, no me gusta decirlo, bueno, quiero decir, definitivamente, no importa, prefiero no decirlo definitivamente, sabes viejo, es así, quiero decir, definitivamente yo me quitaría esa barba tuya si fuera tú, porque la gente definitivamente piensa que, ya sabes, no, de verdad no voy a decirlo, definitivamente no puedo, no sería justo, definitivamente no lo sería, bueno, si en realidad quieres saber, me has presionado para que lo diga no, definitivamente, es así, quiero decir que las personas pueden pensar que eres un poco canalla, ya sabes, definitivamente.”
Cuando todos se habían ido a la cama, caminé hacia la ciudad antigua. Las calles estaban cubiertas de neblina; podría haber sido Londres en noviembre. En la iglesia del Santo Sepulcro, una misa ortodoxa estaba en curso en la Tumba, acompañada de un coro de campesinas rusas. Esos cantos rusos lo cambiaron todo; el lugar se tornó solemne y real mientras el obispo, con su barba blanca, su corona protuberante con diamantes y su sotana bordada, emergió de la puerta al sagrario colmado de un suave resplandor de velas. Gabriel apareció, y después del servicio me empujó a la sacristía para tomar café con el viejo y el tesorero. Eran las tres pasadas cuando llegué a casa.
Damasco (670 metros), 12 de septiembre. — He aquí el oriente en su prístina confusión. Mi ventana da a una calle empedrada estrecha, cuyo olor de cocina especiada ha desaparecido temporalmente en una corriente de aire fresco. Amanece. La gente está emotiva, extasiada por el agudo canto del muecín desde un pequeño minarete del lado opuesto y por la respuesta de otras personas a lo lejos. El clamor de los vendedores y el ruido de las pezuñas comenzarán pronto.
Me arrepiento de haberme ido de Palestina. Es refrescante encontrar un país con gran belleza natural, con una capital cuya apariencia es digna de su fama, con un cultivo próspero y un ingreso prodigiosamente en expansión, con el germen de una cultura indígena moderna en forma de pintores, músicos y arquitectos, y con un gobierno cuya conducta es similar a la de un benevolente señor feudal entre sus dependientes. No es necesario ser sionista para ver que esta situación se debe a los judíos. Llegan a raudales. El año pasado se dio permiso a seis mil y llegaron diecisiete mil; los once mil adicionales por fronteras que no pueden vigilarse. Una vez en Palestina, tiraron sus pasaportes para que no pudieran ser deportados. Aun así, parece que hay recursos para mantenerlos. Tienen iniciativa, persistencia, capacitación técnica y capital.
La nube en el horizonte es la hostilidad árabe. Para un observador superficial, parece que el gobierno, al ceder a la susceptibilidad de los árabes, está alentando su sentido de ofensa, sin obtener nada de su buena voluntad. Los árabes odian a los ingleses y no pierden la oportunidad para descargar sus malos modales en ellos. No entiendo cómo esto podría apoyar su causa a los ojos del gobierno. No tienen la excusa de los indios, la segregación racial.
Anoche, en la cena, Christopher estaba hablando de Persia cuando notó que un grupo de la misma mesa estaba observándonos. De repente, los escuchó hablando persa. Intentó recordar, susurrándome, si había dicho algo ofensivo sobre el sah o su país. Parece ser que nos estamos acercando a una tiranía medieval de susceptibilidades modernas. Hubo un incidente diplomático cuando la señora Nicolson dijo al público inglés que no podía comprar mermelada en Teherán.
Damasco, 13 de septiembre. — La mezquita de los Omeyas, a pesar de que la restauraron mucho tras un incendio en 1893, data del siglo VIII. Su gran arcada, con una galería encima, está bien proporcionada y continúa con majestuosidad, en su natural forma islámica, como la Biblioteca Marciana de Venecia. Originalmente, vistieron su desnudez con brillantes mosaicos. Quedan algunos: los primeros paisajes de la tradición europea. A pesar de la pintoresca Pompeya, sus palacios con columnatas y sus castillos rodeados de peñascos son paisajes reales, más que simple decoración, relacionados dentro de límites formales con la identidad de un árbol o la energía de un arroyo. Sin duda fueron hechos por los griegos, quienes predijeron, apropiadamente, los paisajes del Greco en Toledo. Incluso ahora, mientras el sol captura un fragmento del muro exterior, uno puede imaginar el primer esplendor verde y dorado, cuando toda la corte brillaba con aquellas mágicas escenas concebidas por la ficción árabe para compensar las secas eternidades del desierto.
Beirut, 14 de septiembre. — Para venir acá, tomamos dos asientos en un auto. Junto a nosotros, en la parte de atrás, se sentó un caballero árabe de enormes proporciones, vestido como una abeja, con un traje con líneas negras y amarillas, y que llevaba una canasta de verduras entre las rodillas. Enfrente estaba una viuda árabe, acompañada de otra canasta de verduras y un hijo pequeño. Cada veinte minutos vomitaba por la ventana. A veces nos deteníamos; cuando no, el vómito volaba de regreso al auto por la otra ventana. No fueron unas tres horas placenteras.
El correo trajo recortes de periódico que describen la partida de los carboneros. Incluso The Times le dedica media columna. El Daily Express escribe:
Anoche cinco hombres salieron de un hotel en el oeste de la ciudad a una expedición secreta. Quizá se trate de la expedición más romántica que jamás se haya hecho.
Se fueron de Londres hacia Marsella y el desierto del Sahara. Después de eso, pocos saben cuál será su destino.
UN ANUNCIO PREMATURO PODRÍA IMPLICAR SERIAS CONSECUENCIAS POLÍTICAS.
* * * * *
Estos cinco hombres viajarán en dos camiones impulsados por plantas de gas portátiles. El combustible utilizado es carbón común, y es necesario que carguen combustible cada 80 o 95 kilómetros. Es la primera vez que se utiliza este invento, pero es probable que en el futuro se utilice universalmente para transporte de carretera en el futuro.
Es molesto encontrar nuestro nombre asociado con tantas tonterías. Ahora esperamos el Champollion, con coches y una fiesta a bordo.
Beirut, 16 de septiembre. — Mis malos presentimientos se hicieron realidad.
Me embarqué en el Champollion al amanecer. ¿Goldman? ¿Henderson? ¿Dos camiones? Nadie ha oído de ellos. Pero allí estaba Rutter, con un cuento desastroso y absurdo.
Los autos se descompusieron en Abbeville. Podrían haber continuado con gasolina, pero que los regresaron en secreto a Inglaterra, donde el invento debe ser perfeccionado y se debe comenzar de nuevo, esta vez, sin que lo sepa la prensa, en un mes más o menos. Por temor a que yo deba regresar y delate el fracaso con mi presencia en Londres, han enviado a Rutter para que me envíe de manera segura a Persia. De hecho, gratuitamente se me otorgaron los poderes y el carácter de un chantajista.
Hemos pasado la mayor parte del día en el mar, reponiéndonos de la sorpresa, y reservamos lugares en el autobús Nairn con destino a Bagdad para el martes.
El mismo señor Nairn vino a tomar un trago esta tarde, curioso por los carros de carbón. Como sabía del invento desde hacía muchos años, o de otros parecidos, estaba escéptico, y ni con la mejor voluntad del mundo pudimos oponer mucha fe ante sus dudas. Toda Siria está emocionada por las fotos de su nuevo autobús Pullman, que llegará en noviembre.
Damasco, 18 de septiembre. — Desde nuestra llegada a estas costas, Christopher y yo nos percatamos de que el costo de todo, desde la suite real hasta una botella de refresco, puede reducirse a la mitad con el simple recurso de decir que el precio debe reducirse a la mitad. Empleamos bien nuestra técnica en el hotel en Baalbek.
—¿Cuatrocientas piastras por esa habitación? ¿Dijo cuatrocientas? ¡Por Dios! ¡Vámonos! Llama al auto. ¿Trescientas cincuenta? Ciento cincuenta, querrá decir. ¿Trescientas? ¿Está sordo, no escucha? Dije ciento cincuenta. Nos vamos. Hay otros hoteles. Ven, sube el equipaje. Ni siquiera creo que debamos quedarnos en Baalbek.
—Pero, señor, éste es un hotel de primera clase. Le daré una muy buena cena, con cinco tiempos. Ésta es nuestra mejor habitación, señor, tiene baño y vista a las ruinas, está muy bien.
—Por Dios santo, ¿acaso las ruinas son suyas? ¿Tenemos que pagar por el aire también? Una cena de cinco tiempos es demasiado y supongo que el baño no funciona. ¿Aún dice trescientos? Baje más. Digo, baje un poco. Así está mejor, doscientos cincuenta. Dije que ciento cincuenta. Diré doscientos. Tendrá que pagar las otras cincuenta piastras de su bolsa, ¿verdad? Pues hágalo, por favor. Quedaré encantado. ¿Entonces doscientas? ¿No? Muy bien. (Bajamos las escaleras corriendo y salimos por la puerta.) Adiós. ¿Qué? No escuchamos. Doscientas piastras. Eso pensé.
”Y ahora un whisky con soda. ¿Cuánto cobran por eso? Cincuenta piastras. Cincuenta piastras, eso pensé. ¿Quién se cree que somos? Siempre se termina pagando demasiado por el whisky. Pagaré quince piastras, no cincuenta. No se ría. Tampoco se vaya. Quiero exactamente así de whisky, ni más ni menos; sólo la mitad de una porción. ¿Dijo treinta? ¿Acaso treinta es la mitad de cincuenta? ¿Sabe aritmética? Agua mineral, no me diga. Ahora serán veinte. No, no veinticinco. Veinte. Hay mucha diferencia, ojalá pudiera darse cuenta. Traiga la botella de una vez, por Dios santo, y no discuta.”
Durante la cena de cinco tiempos, felicitamos al señor por unas aves suculentas.
—Son perdices, señor —respondió—, las engordo en unas casitas.
La entrada a las ruinas cuesta cinco chelines por persona, por visita. Después de conseguir un descuento llamando por teléfono a Beirut, cruzamos la calle para visitarlas.
—Guide, monsieur?
Silencio.
—Guide, monsieur?
Silencio.
—Qu’est-ce que vous désirez, monsieur?
Silencio.
—D’où venez-vous, monsieur?
Silencio.
—Où allez-vous, monsieur?
Silencio.
—Vous avez des affaires ici, monsieur?
—Non.
—Vous avez des affaires à Baghdad, monsieur?
—Non.
—Vous avez des affaires à Téhéran, monsieur?
—Non.
—Alors, qu’est-ce que vous faites, monsieur?
—Je fais un voyage en Syrie.
—Vous êtes un officier naval, monsieur?
—Non.
—Alors, qu’est-ce que vous êtes, monsieur?
—Je suis un homme.
—Quoi?
—HOMME.
—Je comprends. Touriste.1
Incluso voyageur es obsoleta, y con razón; la palabra tiene un aire de cortesía. El viajero de antes era quien iba en busca de conocimiento y a quien los indígenas entretenían orgullosamente con sus intereses locales. En Europa, esta actitud de apreciación recíproca se esfumó hace mucho. Pero allí al menos el “turista” ya no es un fenómeno. Es parte del paisaje, y en nueve de diez casos tiene poco dinero para gastar más de lo que ha pagado por su tour. Aquí, todavía es una aberración. Si puedes venir de Londres a Siria en un viaje de negocios, debes ser rico. Si puedes viajar tan lejos sin que se trate de un viaje de negocios, debes ser muy rico. A nadie le importa si te gusta el lugar, si lo odias o por qué. Eres un simple turista, una escoria, una variación parasitaria de la especie humana que existe para sacar provecho, como una vaca lechera o un árbol de caucho.
En los torniquetes, la última atrocidad, un retrasado se tardó diez minutos en escribir cada boleto. Después de escapar de esas trivialidades llegamos a la gloria de la Antigüedad.
Baalbek es el triunfo de la piedra; una magnificencia lapidaria en la escala cuyo idioma, que aún es el idioma del ojo, eclipsa a Nueva York y lo convierte en una colonia de hormigas. La piedra es de color durazno y está marcada de dorado rojizo, al igual que las columnas de St. Martin-in-the-Fields están marcadas de hollín. Tiene la textura del mármol, no transparente, pero ligeramente empolvada, como el vello de una ciruela. El amanecer es el momento para verla, para mirar las Seis Columnas, cuando el dorado color durazno y el aire azul brillan con el mismo esplendor, e incluso las bases desprovistas de columnas tienen una identidad viva y bendecida por el sol, en contraposición con los piélagos violetas del firmamento. Mirar hacia arriba, mirar hacia arriba; mirar esta carne de cantera, estos tres enormes fustes, los capiteles rotos y la cornisa tan grande como una casa, todos flotando en azul. Examinar las paredes, las verdes arboledas de álamos con el tronco blanco; y sobre ellas, el distante Líbano, un destello de malva y azul y dorado y rosa. Observar las montañas hacia el vacío: el desierto, ese mar pedregoso y deshabitado. Beber el aire. Acariciar la piedra con suaves manos. Decirle adiós a Occidente si eres de allí, y luego convertirse en turista en Oriente.
Eso hicimos, cuando las ruinas estaban cerradas. Era el anochecer. Las damas y los caballeros, en distintos grupos, estaban haciendo pícnics en el pasto de la pradera, al lado de un arroyo. Algunos estaban sentados junto a fuentes de mármol, fumando narguile; otros en el pasto debajo de los pocos árboles que había, comiendo cerca de sus propias linternas. Salieron las estrellas y las laderas de las montañas se tornaron negras. Sentí la paz del islam. Y si menciono esta experiencia, que es un lugar común, es porque en Egipto y Turquía esa paz ahora está negada; mientras que en la India el islam aparece, como todo lo demás, única y exclusivamente indio. De algún modo es así porque ningún hombre ni institución puede conocer un entorno abrumador sin cambiar de identidad. Pero diré esto con mi propio juicio: que, al viajar a la India de Mahoma, sin conocer previamente Persia, me comparaba con un indio observando el clasicismo europeo, que había comenzado en las costas del Báltico en vez de en las del Mediterráneo.
Ayer en la tarde en Baalbek, Christopher sintió lasitud y se acostó en la cama, lo cual aplazó nuestra salida hasta que estaba oscuro y extremadamente frío en la cima del Líbano. Al llegar a Damasco, se fue a la cama con dos pastillas de quinina, y le dio tal jaqueca que soñó que era un rinoceronte con un cuerno, y se despertó en la mañana con una temperatura de 38.8 °C, aunque la crisis ya pasó. Cancelamos nuestros asientos en el autobús Nairn para mañana y reservamos para el viernes.
Damasco, 21 de septiembre. — Un joven judío se nos pegó. Esto sucedió porque hay un mesero en nuestro hotel que es la viva imagen de Hitler, y cuando hice un comentario al respecto, el judío, el gerente y el mismo mesero rompieron en paroxismos de risa que apenas podían soportar.
Mientras Rutter y yo cruzábamos un terreno polvoriento y desechos causados por un bombardeo francés, vimos a un adivino haciendo marcas en una bandeja de arena, en tanto una mujer pobre y su escuálido hijo esperaban noticias del futuro del niño. Cerca había otro vidente similar, sin ningún cliente. Me puse en cuclillas. Puso un poco de arena en la palma de mi mano y me dijo que la esparciera sobre la bandeja. Dibujó tres líneas de jeroglíficos en la arena, las analizó una o dos veces como si repartiera cartas en un juego de solitario, hizo una pausa antes de marcar una diagonal profunda y dijo estas palabras, las cuales Rutter, quien pasó nueve meses en La Meca disfrazado de árabe, tradujo con suficiente precisión: “Tienes un amigo a quien le tienes mucho cariño y él también a ti. En unos días te enviará dinero para los gastos de tu viaje. Te alcanzará después. Tendrás éxito en tu travesía”.
Mis poderes para chantajear, al parecer, están funcionado por su cuenta.
El dueño del hotel es M. Alouf, cuyos hijos viven en el piso superior. Una tarde nos condujo a un sótano sofocante cubierto de vitrinas y una caja fuerte. De allí sacó los siguientes objetos:
Un par de tazones grandes de plata, estampados con símbolos cristianos y una imagen de la Anunciación.
Un documento escrito sobre una tela color lodo, que medía entre noventa y ciento veinte centímetros y unos cuarenta y cinco centímetros de ancho, que supuestamente era el testamento de Abu Bakr, el primer califa, y que al parecer la familia del rey Hussein había traído de Medina en 1925.
Una botella bizantina de vidrio azul oscuro tan delgado como el cascarón de un huevo, intacta, de unos veinticinco centímetros de alto.
Una cabeza helenística de oro, con labios separados, ojos de vidrio y unas brillantes cejas azules.
Una momia de oro en un baúl.
