Viaje al corazón de China - Vicenta Cobo Heras - E-Book

Viaje al corazón de China E-Book

Vicenta Cobo Heras

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Beschreibung

Un recorrido por las entrañas del dragón, por la esencia de ese país mágico y milenario de manos de una periodista que nos adentra en el alma de la China actual y de la China milenaria. Un billete de avión a Beijing, un diccionario de español-mandarín, una bolsa de viaje con algo de ropa y una guía de trotamundos es todo lo que llevaba en la mochila Vicenta Cobo cuando decidió viajar al gigante asiático. de las experiencias vividas en este viaje nació este relato apasionante y humano. Una trepidante crónica de aventuras escrita por una periodista a modo de reportaje turístico y social.

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Seitenzahl: 173

Veröffentlichungsjahr: 2010

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VIAJE AL CORAZÓN DE CHINA

en el vientre del dragón

De los hutong de Beijing a los jardines de Suzhou pasando por las laberínticas calles de la Ciudad Prohibida y las montañas imposibles de Yangshuo

VICENTA COBO

Colección: Viajero intrépidowww.viajerointrepido.com

Título: Viaje al corazón de China, en el vientre del Dragón.

Autor: © Vicenta Cobo Heras

Copyright de la presente edición: © 2007 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla, 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Editor: Santos Rodríguez

Coordinador editorial: José Luis Torres Vitolas

Fotografías interior y cubierta: Vicenta Cobo

Diseño y realización de cubiertas: Carlos Peydró

Diseño de interiores, fotografías e ilustraciones de las

páginas 6, 8, 9, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 45, 61, 121, 181, 191, 202 y 203

y reseñas históricas: Juan Ignacio Cuesta

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN-13: 978-84-9763-451-9

Libro electrónico: primera edición

Para las trillizas y, en especial, para Sofía.

Que tu luz nunca se apague.

«Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo»

PAUL AUSTER

«El espíritu del valle nunca muere»

LAO TSE

INDICE

RUMBO A CHINA

DE BRUCES EN BEIJING

UN PASEO POR LAS NUBES

La niña del tren

UN RESPIRO OCCIDENTAL

EL EMBRUJO DE SHANGHAI

Y DE LA BELLEZA QUÉ

EL LAGO DEL OESTE

Hacia el sur, en la cola

ENTRE MONTAÑAS IMPOSIBLES

BYE-BYE CHINA

LEJOS DEL DRAGÓN

RESEÑAS HISTÓRICAS

EL NACIMIENTO DE CHINA,

GENGIS KHAN (1215),

LA DINASTÍA MING (1368-1644),

EL IMPERIO QING (1644-1912),

LAS GUERRAS DEL OPIO,

LA REPÚBLICA (1912),

LA LARGA MARCHA (1934-35),

LA INVASIÓN JAPONESA (1931),

LA ERA MAO,

EL GRAN SALTO ADELANTE,

LOS SUCESOS DE 1989 EN TIANANMEN,

LA REVOLUCIÓN CULTURAL,

CHINA DESPUÉS DE MAO,

PRÓLOGO

UNA PROFUNDA MIRADA FOTOGRÁFICA Y VIAJERA AL CORAZÓN DE CHINA

DE NIÑO LEÍ QUE LA ÚNICA OBRA HUMANA VISIBLE desde el espacio era la Gran Muralla de China. Ni las pirámides de Egipto ni la Torre Eiffel se podrían divisar a simple vista desde la órbita de nuestro planeta. Entonces me imaginaba aquella raya sinuosa surcando la mancha terrosa de la superficie de China vista a bordo de una nave o estación espacial rusa o americana. Sin embargo, al leer el libro de Vicenta Cobo supe que en 2003 el primer astronauta chino, Yang Liwei, comprobó que todo era un mito o «leyenda urbana», pues nada pudo ver de la famosa muralla de su país.

Aunque haya sido un duro golpe para el orgullo nacional, como recuerda Cobo, estoy seguro de que es tan solo una pequeña y pasajera decepción para el pueblo chino, acostumbrado a enfrentarse con un día a día verdaderamente difícil para su supervivencia. Pero estamos hablando de un pueblo de cultura milenaria, que atravesó muchos escollos y que va rumbo a convertirse en el país más poderoso del planeta. De hecho, la “decepción” solo fue posible gracias a los avances tecnológicos de ese inmenso país, la tercera nación en poner un hombre en el espacio con medios propios.

El libro de Vicenta Cobo —un auténtico relato de viajes— se lee con fluidez y deleite, por su narrativa amena y repleta de anécdotas personales. Dentro de algunos años quedará como un retrato de un instante importante de la sociedad china: el del cambio, del viraje económico, de transición para una nueva civilización. Muchos temen que los nuevos valores occidentales, los del consumo exagerado, del materialismo insulso, de la superficialidad, minen las bases milenarias de los chinos. ¿Será esto posible? ¿Habrá una reacción a los cambios a marchas forzadas que sufre aquél país?

Si quisiéramos especular sobre tal futuro, tendríamos que sopesar el papel de la tradición, del taoísmo, del confucionismo y de otras filosofías de vida que ejercen aún gran influencia sobre el pensamiento del pueblo chino y su forma de actuar. Quizá los cambios presentes y venideros sean afrontados de una manera más crítica cuando se alcance el umbral de tolerancia a estas desenfrenadas mutaciones. Quizá los arquetipos más arraigados salten a la palestra para librar una batalla digna de ver: la del Dragón contra el engendro mecánico-cibernético de la civilización occidental.

La mirada concentrada de las docenas de ciudadanos chinos fotografiados magistralmente por Vicenta Cobo muestra la humanidad que aflora del seno de su alma, individual y colectiva (esta última tan poderosa en China), y de ello podemos intuir que la batalla virtual será dura y conmovedora. Los rostros que la autora seleccionó abarcan un amplio espectro social: mujeres, niños y hombres de todas las edades, llenos de energía o encorvados por la inclemencia de la vida misma. Imágenes enternecedoras de madres con sus hijos que miran con esperanza hacia el futuro, o de ancianos sonrientes pues siguen el tao: vivir el aquí y el ahora con máxima intensidad.

Vicenta Cobo es una mujer que, sola, se enfrentó a un país continental, ante una perspectiva poco turística, más bien de alcance peregrinoespiritual. Lo demuestra en su ascensión al Tai Shan, la montaña más venerada del taoísmo en China, hacia su templo encumbrado. Tras subir 6.600 escalones, pudo lograr el «pasaporte hacia una vida longeva y feliz». La misma vida que deseó hace cientos de años el emperador Qin Shi Huangdi que, al igual que el mítico rey cristiano, el Preste Juan de las Indias, buscó recetas para la longevidad y, quizá, para la vida eterna. Contrató a los alquimistas más importantes de su época para que trabajasen en su corte buscando el “elixir de la eterna juventud”.

No lo logró, como lo atestigua su tumba, pero no fue impiadoso y sanguinario como sus antecesores a la hora de morir: no dejó enterrar vivas a sus concubinas y servidores y los sustituyó por réplicas en tamaño natural de terracota, hoy visitados por gentes del mundo entero.

Pese a la indefectible mirada occidental de la autora, es patente el esfuerzo por aislarse de prejuicios. Pero vale el intento, el acercamiento al prójimo, por más diferente que sea su cultura. No obstante, pese a las barreras lingüísticas, esta mujer logró adentrarse en el Corazón del Dragón, del inmenso y tan incomprensible Dragón que representa este gran y aún desconocido país.

Pablo Villarrubia Mauso Periodista y escritor Madrid, septiembre de 2007

DOCE HORAS DE VUELO desde Amsterdam hasta Beijing me arrojaron de bruces a una realidad muy diferente a la que dejaba atrás. El primer cambio lo noté en el horario. Había que adelantar el reloj seis horas respecto al horario europeo. Así que saludaba a Beijing un día después del que había partido de Madrid, a principios de agosto, un mes que los chinos denominan «fantasma» y que, según ellos, no es apropiado viajar.

Sin ser supersticiosa, llegué a pensar que algo de razón llevaban. Los noodels —el equivalente chino de los espaguetis— que comí en el avión a horas intempestivas me habían sentado fatal y mi estómago no terminaba de digerirlos.

Mi equipaje no había corrido mejor suerte. Lo recogí completamente mojado. Al principio pensé que era agua, pero en el hotel descubrí con estupor que era vino. En un viaje largo, el equipaje equivale a tu hogar y te sientes desolado cuando se estropea o lo pierden.

Ir sin reserva de hotel para los primeros días no es muy buena idea que digamos, pero al final siempre acabo haciendo lo mismo, por puro afán de jugar con el azar y la suerte. Esta, casquivana, unas veces te sonríe y otras te hace pagar un alto peaje.

Fui a parar al hotel de una calle estridente, saturada de comercios, chinos y ruidos. La bienvenida a China me horrorizó. Ante mis ojos, una marabunta de chinos enloquecida, comprando y consumiendo. La primera impresión de Beijing fue la de un «todo a cien» a tamaño gigante. Y para rematar la situación, bajo mi hotel, de estética hortera, abigarrada y asfixiante, karaokes y terrazas al aire libre. Todo muy adecuado para un sueño plácido y reparador. Entre el jet lag y el ruido no podía pegar ojo. Pasé dos días medio sonámbula, echando cabezadas en cualquier lugar.

El dragón me había engullido en su vientre sin contemplaciones. Yo sabía que, lejos de un viaje placentero, el reto era salir adelante. Viajar a China por libre no es un paseo de lujo, sino una paliza tanto física como psicológica. Hay que afrontar muchas dificultades, pero son precisamente estas las que hacen el viaje interesante y vívido. Si te lo dan todo organizado y hecho, pierde interés. Los viajes organizados están en las antípodas de quien descubre un país por sí mismo.

Y la primera dificultad es el idioma. Hasta que no caes de bruces en el país no eres consciente de la barrera que supone el idioma. Muy pocos chinos hablan inglés y hacerte entender es un ejercicio de habilidad.

Los taxis están tirados de precio, pero no encontré ni un solo taxista que supiese decir una palabra en inglés, así que siempre tienes que llevar papelitos con la dirección escrita en chino. Y qué decir de los hoteles y las estaciones de tren. El diccionario es un buen aliado, siempre y cuando contemple la grafía china, pues si intentas pronunciar el mandarín — dado que la entonación es muy importante— nadie te entiende. Así que tienes que hacerte el mudo y señalar con el dedo lo que quieres. Si no es así, te van a dar lo que crean: desde un asiento duro en un tren lento donde te ves obligado a pasar toda la noche, hasta patatas medio duras en un caldo de mantequilla. En fin…

En medio de calles atestadas de tráfico y ruido, llama la atención encontrarse a grupos de chinos sentados a la oriental en las aceras. Las distancias en Beijing son tan enormes y hay que andar tanto que cuando están cansados descansan en cualquier parte, sin que les importe los rugidos y los humos que invaden una de las ciudades más contaminadas del planeta.

Claro que también te puedes comunicar mediante dibujos, como el chino de Nanjing que me explicó que tenía mujer y tres hijos y que se dedicaba a hacer trajes a medida. Fue una experiencia tan bonita que, cuando lo perdí de vista, sentí un poco de tristeza. Aún sin comunicarnos con palabras, establecimos entre nosotros una relación llena de encanto. Me gustó su manera de acercarse a un extraño con quien no compartía ni la lengua. Me ha quedado de él un recuerdo vivo y gratificante.

Lo primero que hice el segundo día de mi estancia en Beijing fue cambiar de hotel. Estaba deseosa de visitar la Ciudad Prohibida, pero esta bien podía esperar hasta que solucionase mis problemas de alojamiento.

Me fijé en un hotel que recomendaba la guía, ubicado en un hutong, los tradicionales callejones de la ciudad que conservan las huellas de un modo de vida que día a día va desapareciendo, suplantado por la cultura del centro comercial y el lavado de cara que supone alojar las Olimpiadas del 2008.

Tranquilo, íntimo y acogedor, justo lo que necesitaba para refugiarme de la vorágine consumista y del ruido. Sus jardines pertenecieron a un eunuco de la emperatriz Cixi, una de las estrellas indiscutibles de la dinastía Qing quien con artes maquiavélicas logró trepar de simple concubina a emperatriz.

En Beijing conseguir un hotel con buena relación calidad-precio es una tarea ardua. El nivel de vida es muy bajo por lo que se refiere a transporte y comida, pero no así los hoteles. Con diez yuanes —un euro aproximadamente— puedes hacer una carrera media de taxi, subirte al tren tres veces o comer en un restaurante chino regentado por el gobierno. Sin embargo, no intentes buscar un hotel de calidad media por menos de treinta euros. Imposible.

Tuve que esperar al día siguiente para conseguir una habitación individual, así que decidí quedarme por los alrededores, en un hotel chino caro e insípido, pero al menos con las sábanas limpias, sin los muy comunes lamparones que a los chinos no parecen importarles.

Aproveché para vagar por los hutong, los que no están programados en los tours turísticos. Uno de los mayores placeres del viajero independiente es explorar rincones, sentir el pulso vital de sus gentes, descubrir y dejarse empapar por una realidad diferente a la suya.

Los hutong son los restos del naufragio de la vieja China devorada por la nueva. Fantasmas de una época no lejana, pero que a la velocidad que avanza la apisonadora del desarrollo son ya pasado. En ellos habita el alma de una China milenaria, pobre y mugrienta. Huelen a orines, a comida barata cocinada en medio de la calle, a rata. Veo a los chinos en cuclillas, en admirable equilibrio, siempre en grupos, frente a tienduchas destartaladas, donde cachivaches inútiles conviven con manzanas, melocotones, bebidas, tabaco, espejos… Al lado una mujer, cargada con un bebe que lleva el culo al aire —costumbre china para que los niños no se hagan pipí encima—, cocina. Otra improvisa un restaurante de una mesa y cuatro sillas en medio del callejón. Otros juegan a las cartas y al ajedrez chino sentados en unas banquetas minúsculas, alrededor de un cajón o una tabla tirada en el suelo.

Fascina pasear por este laberinto de callejones, flanqueado por viviendas destartaladas, a salvo del ruido infernal que llena de contaminación los pulmones de la ciudad. Solo algunas bici-carros y moto-carros se adentran por los más turísticos para mostrar el puñado de casas históricas con patio que se mantienen en pie.

La historia de los hutong se remonta a principios del siglo XIII, tras la devastación que sufrió la ciudad a manos de los mogoles. El líder, Gengis Khan, desencadenó su ira contra Beijing en 1215 y la redujo a escombros. Fruto de la reconstrucción nacieron los callejones que discurren de este a oeste para que la puerta principal dé al sur y cumpla así uno de los principios fundamentales del fengshui. Esta posición garantiza mucha luz y protección ante las fuerzas negativas del norte, al mismo tiempo que fomenta el yin —aspecto femenino y oscuro— y contrarresta el yang —aspecto masculino y luminoso—. Bajo la dinastía Qing había más de dos mil hutong, y en la década de l950 llegaban a casi seis mil. Hoy apenas sobrepasan los mil.

Encontré un «abuelo chino» no muy lejos del grupo de chinos sentados a la oriental y le pedí permiso para hacerle una foto. Su imagen, además de enternecedora, me pareció un símbolo de la vieja China, arrinconada por otra nueva que llega arrasando. Parece el guardián de un mundo que agoniza. El viejo pasa las horas custodiando su «Old Beijing Year Art Exhibition», una exposición de láminas desvencijadas y mugrientas, pastiches de la época imperial, que muestra en un cuartucho mal iluminado y mugriento. Me hubiese gustado hablar con él y que me contase su vida. Me tuve que conformar con captar la expresión de su rostro y una mirada, ausente e introspectiva, pero viva. Me despido de él dándole unos yuanes, a falta de atreverme a comprarle una lámina. Siento un poco de tristeza de dejarle ahí, abandonado a su suerte, sorbiendo despacio su taza de té. Para muchos de sus habitantes Beijing presenta una cara dura y despiadada.

Estampa de un hutong, los callejones tradicionales conformados por espacios parecidos a los de la foto, que surcan el corazón de Beijing. Casa, tienda, almacén y lo que haga falta, aquí habita una familia de cuatro miembros. Mugre, caos, olor a orines y el ruido atronador de los coches invadiéndolo todo.

El cambio de hotel fue un acierto y contribuyó bastante a hacer de mis días en Beijing una experiencia confortable. Al tercer día ya me había adaptado al ritmo de la urbe y comenzaba a disfrutar de su encanto. No sabría muy bien cifrar en qué radica. Quien la aprecie solo mentalmente, la encontrará fea, gris, ruidosa y contaminada, un infierno moderno donde conviven más de quince millones de almas. En agosto el calor es insoportable y pasas el día entero bañado en sudor. La luz es opaca, sin asomo del cielo azul al que tan acostumbrados estamos en España.

Beijing te atrapa desde una dimensión imperceptible. Un día te descubres hipnotizada, vagando de un lugar a otro en busca de sus muchos rostros. La ciudad se te ha metido en el corazón y sabes que ya no te va a soltar. Te someterá a su voluntad y volverás una y otra vez. Algo parecido me sucedió hace tiempo con Estambul, otra de mis ciudades del alma.

Si algo deseaba ver era la Ciudad Prohibida. Durante tres días anduve embelesada entre los muros púrpura (color de la estrella polar, porque el edificio constituía el centro del universo) de la que durante cinco siglos fue la ciudad más misteriosa del mundo. Se empezó a construir en 1406 durante la dinastía Ming y más de doscientos mil obreros tardaron 15 años en completarla.

Cualquier rincón es bueno para improvisar un pequeño taller. Este hombre ha encontrado su lugar frente a los aseos públicos. Arregla pinchazos de bicicletas y chapuzas varias. El caso es sobrevivir como sea.

Aislada del resto de la ciudad por zanjas y una alta muralla, se extiende en más de un kilómetro de largo y 760 metros de ancho. Los datos son abrumadores: Plazas para noventa mil espectadores, ocho mil setecientas habitaciones en las que se alojaban diez mil personas…

Los huntongs son el alma de la antigua China, amenazada por el progreso. Aquí la vida late a un ritmo más pausado e incluso hay tiempo para sentarse a contemplar la vida de la calle mientras se saborea una pipa. Nunca hay que perder la sonrisa.

En ella vivieron 24 emperadores, los Ming y los Qing, que no tuvieron más remedio que abandonar el poder en 1911, con el advenimiento de la República de China. Hasta ese momento fue el centro neurálgico de la política china.

Llama la atención como hordas de chinos atraviesan la plaza de Tiananmen, ante la mirada de Gran Hermano de Mao, para adentrarse en el símbolo de un mundo que derrocó el comunismo. Y lo hacen tocando las tachuelas redondeadas y brillantes que salpican las enormes puertas rojas de entrada a la ciudad.

El gesto me intrigó tanto que pregunté a un guía chino si tenía algún significado.

—Lo hacen para ver si se impregnan de la suerte de los emperadores.

Así que los chinos añoran la época imperial, la que con mano férrea ha combatido el comunismo durante más de medio siglo. Me doy cuenta que esto no es de extrañar, dadas las atrocidades de la era Mao y su infausta revolución cultural que acabó con las cabezas pensantes y libres del país.

Los Guardias Rojos, una mezcla explosiva de fanatismo e incultura, se lanzaron al asalto de universidades, fábricas e instituciones a partir de 1966. Procedentes del campo y sin demasiada idea del marxismo-leninismo, salvo las consignas aprendidas en el catecismo maoista El Libro Rojo, toman el poder y fustigan a todos aquellos —profesores y estudiantes universitarios, magistrados, altos cargos de la administración— que carecen de ardor revolucionario.

Los afectados, denunciados por los periódicos murales que florecían por doquier en las paredes de los edificios oficiales, fueron apartados de sus puestos y enviados al campo a trabajar en tareas agrícolas. Con esta práctica el sistema conseguía controlar a las mentes más subversivas, apartarles de los núcleos urbanos y solucionar el problema de la falta de mano de obra en el campo.

La reeducación de los díscolos los obligaba a realizar un cursillo de «reaclimatación ideológica», que en realidad eran trabajos forzados y medidas humillantes y privativas de libertad.

Me pregunto qué sucedería si el tirano levantase la cabeza y contemplara en qué se ha convertido su nueva China. Probablemente moriría otra vez de un ataque súbito al corazón al darse cuenta que su cruzada contra el capitalismo no ha servido para nada. Lejos de ello, hoy se ha convertido en la religión de los chinos. El capitalismo occidental es light al lado del capitalismo salvaje made in China.

Si hay algo que llama la atención de los viajeros es ese híbrido extraño entre comunismo y capitalismo salvaje. El pensamiento y las conciencias están maniatados y manipulados. No hay libertad de expresión ni de acción, pero sí un encauzamiento feroz hacia el consumo. «El afán de competitividad y de riquezas de nuestros días, tan denostado por el Tao, se está exportando sin escrúpulos a Oriente y está calando a marchas forzadas en su sociedad», reflexiona Antonio Colinas en su libro La simiente enterrada. Hoy en día los chinos representan el consumismo puro. Han sido programados para ello. Y con este panorama, ¿hacia dónde se encamina China? Nadie lo sabe.