Viajes relatados - Daniela Wehrendt - E-Book

Viajes relatados E-Book

Daniela Wehrendt

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Beschreibung

"Para considerarte viajero no es necesario cambiarlo todo. Simplemente hace falta hacerle caso a tu impulso interno de descubrir a pie la naturaleza y el mundo, lejos o cerca de casa". Con este concepto de Wanderlust en la mochila, la autora te lleva a recorrer la región de Cuyo, el NOA, el Litoral, sobre todo la Patagonia, y a echarle un vistazo al viejo continente. Sus relatos son una invitación a que te aventures a los mismos rincones, e incluso más allá. El disparador de cada viaje son las ganas de encontrarse frente a frente con la naturaleza y volver a la esencia. La forma de viajar varía en cada relato: puede ser en grupo, en pareja, en carpa, en hostel, en auto o autobús. Todos son detalles que le que ponen color a las vivencias y hacen que cada viaje sea único. Una recopilación de viajes y aventuras vividas desde la adolescencia hasta la maternidad.

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Seitenzahl: 314

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Wehrendt, Daniela

Viajes relatados : quince años viajando / Daniela Wehrendt. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

276 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-785-7

1. Crónica de Viajes. 2. Diario de Viajes. 3. Relatos. I. Título.

CDD 910.4

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Wehrendt, Daniela

© 2021. Tinta Libre Ediciones

A Pedro y Alina

Viajes relatados[15 años de viaje]

DANIELA MARÍA WEHRENDT

Ruta de viaje

Prólogo 11

La primera y la última 13

Alemania 25

Primavera del 97 49

Excalamascua 4 57

Travesía Inter-refugios 67

El plan B 79

Al fin Bariloche 87

Otros siete lagos 93

Cerro Champaquí 97

Segunda oportunidad 103

Al norte por dos pesos 111

Sierra a las brasas 119

Rodando hacia un refugio 125

El Yeyo y nosotras 129

Diarios de bicicleta 149

De casualidad, San Juan 159

Altas cumbres accesibles 169

A los esteros en banda 175

Mendoza multifacética 185

Travesía costera 191

Vuelta al Viejo Mundo en 27 días 201

La magia del tres 215

Kayakeando por el delta 231

Obstáculos del río Iguazú 237

La última travesía solos 243

Epílogo 249

Fotos 251

Prólogo

Sentarme a escribir no me resulta fácil. No me resulta fácil, porque no sé cuándo volveré a tener el tiempo de seguir escribiendo y dejar las cosas en el tintero no es propio de mi naturaleza. Pero si sigo aguardando a que el momento ideal se instale y me dé la señal de OK para largar, mis ansias de escribir seguirán carcomiéndome cada domingo que me recueste en el sillón con la casa de siesta y sin nada que hacer.

Escribir sobre los ascensos, travesías, bicicleteadas, viajes y viajecitos que hice a lo largo de mi vida, apacigua un poco mis ganas de viajar. Y hoy por hoy es una calma que necesito, pues con un niño de año y medio es difícil encontrar nuevamente esos espacios para salir… y no estoy hablando de irme por mi cuenta o escaparme (como piensan algunos). Que los pañales, que el sol es muy fuerte, que el frío, que la ropa se moja o se embarra, que al sacarlo de su hábitat se despierta a cualquier hora y a eso sumarle las “comodidades” del camping, pues yo nunca fui muy amiga de los hoteles, por principio y presupuesto.

La vez que pudimos montarle un casquito y subirlo al sillín de la bicicleta sonreímos un poco, pero cuando a las cinco cuadras amenazaba con dormirse nos dimos cuenta de que faltarían unos cuantos meses para poder llevarlo a una pedaleada más larga que los 2 km al río. Hace unos meses aprendió a caminar y cada tanto se empaca cuando lo queremos subir al carrito, lo que también hace dar un brinco a mi corazón (“salió caminante”, pienso), luego pide “upa” antes de cumplir el corto trecho hacia la casa de los abuelos y nuevamente estoy con la voz que dice “paciencia” en mi cerebro. Hace unas semanas quisimos irnos a experimentar al menos una noche en carpa, había tantas cosas que llevar (carpa, bolsas de dormir, pañales, comida, ropa, aislantes, calentador, etc.) que casi desisto de la idea, y ¡zas! el mismo día de la salida, se levantó un viento huracanado y frío que nos cambió los planes. Por eso escribo. Es una linda forma de revivir viejas anécdotas, mirar fotos impresas o recorrer las digitales que hacen disparar olores, sensaciones y sentimientos. Por eso también escribo. Muchas de las personas con las que compartí alguna de estas experiencias fueron compañeros ocasionales, amigos que ahora están un tanto lejos, amigas con las que coincidimos aquella vez como de carambola. En estas crónicas también está la evolución de nuestra pareja. Encontrar un compañero de viaje ocasional es fácil: se esparce un poco de buena onda en un hostel y seguro que al próximo pueblo te vas acompañada; encontrar un compañero de viaje que se banque tus delirios de austeridad, menús a base de viandada o galletitas con paté y comparta que unas vacaciones ideales en pareja podrían ser subir la mayor cantidad de cuatro miles en un paraje desértico, es más difícil.

Escribir sobre estos viajes tiene un componente mágico, que me permite observarme a la distancia y reencontrarme con parte de mi esencia. Aquí se las comparto.

Daniela María Wehrendt, junio del 2014

La primera y la última

(Enero de 1995)

Toda andanza, aventura, viaje tiene su primera vez. Un punto de inflexión. Un punto de partida. Y con los años se vuelve más y más especial, porque uno cree que fue ahí donde todo cambió. Para mí fue ese campamento de unos 20 días sin baño, ni ducha, ni civilización, cerca del lago Nonthué.

Contaba con unos 14 años cuando mi madre me convenció de participar del grupo de colegios germano parlantes que organizaba campamentos regulares todos los veranos e inviernos desde hacía décadas. Era económico, era novedoso, era arriesgado (en cuanto a lo social, pues no conocería a nadie… bah, iban mis dos primos… una prima de ellos… una compañera del primario y…). Para ese entonces las vacaciones familiares entraban en su período de declive, porque mis hermanos mayores empezaban a disgregarse con sus amigos en los meses de verano, así que en vez de convertirme en hija única de vacaciones con mis padres, surgió esta opción un tanto más entretenida. Yo ya tenía un bagaje de experiencias rústicas junto a mis padres (entiéndase como: viajes eternos en auto, alguna que otra noche en carpa y letrina en el piso, lavada de platos en agua helada, cansancio luego de hacer cumbre en algún cerro, olor a humo en la ropa, etc.) y la había pasado bastante bien en un acantonamiento (término que se usa para describir la forma de dormir en el piso dentro de un edificio) parroquial hacía unos años atrás. Pero la experiencia que viviría en este campamento sería algo que me marcaría a fuego, anhelaría volver a repetirla, soñaría con organizarla cuando estuviera en el profesorado y, finalmente, pondría en práctica algún recuerdo en los campamentos en los cuales trabajé.

Partimos promediando la tarde en un micro que lejos estaba de las comodidades que exhiben ahora: los asientos eran angostos y se reclinaban “hasta ahí”, no había TV abordo y ni siquiera recuerdo si había baño. En mi mochila de viaje llevaba un walkman amarillo gigante, una parva de casetes grabados para ESE viaje, seguro que también la campera (costumbre que mi viejo nos arraigó y tengo a pesar de viajar en verano), que en el frescor nocturno de la pampa me serviría como manta, y algunas provisiones alimenticias especialmente preparadas por mi madre: bastones de zanahoria pelada, manzanas, mandarinas, algún alfajor y galletitas, porque el viaje era largo y la única comida incluida era la cena.

Dentro del micro éramos unos cuarenta, entre 10 y 25 años. La mayoría éramos lisos y llanos acampantes de hasta 16 años, otros además formaban parte del cuerpo de adalides, ya que habían participado de más de dos experiencias y se capacitaban durante el año para ayudar en los campamentos. Los menos, tres, para ser más precisos, eran los capos máximos, los dirigentes de toda la cuestión, aquellos que resolverían cualquier conflicto, nos protegerían de cualquier mal y solucionarían cualquier situación. Uno de ellos había egresado del colegio hacía dos años con mi hermano, ¡ja! ¿Se habían percatado de esto mis padres?

Luego de un día de viaje llegamos a un San Martín de los Andes nublado, algo frío y lluvioso. El micro siguió por el ripio unos cuántos kilómetros y se adentró en la montaña, dobló hacia la izquierda por un caminito más angosto bordeado por un espeso bosque, se detuvo en medio de un paisaje de pastizales amarillos bastante altos (que al cabo de los veinte días quedaron alisados cual cancha de fútbol, y nuestra ropa llena de sus abrojos) y nos dejaron esperando arriba del micro mientras caían algunas gotitas contra los ventanales. Eternos minutos después, finalmente pudimos bajar para armar rápidamente nuestra carpa y refugiarnos dentro, pues había vuelto a caer una fina llovizna. Llovería por los próximos cinco días. Durante esos días pasamos mil horas dentro de una carpa de a cinco. El rollo de 36 fotos se consumió bastante en esos días. Por suerte los adalides tenían preparadas actividades de lluvia. El representante de la carpa se la jugaba saliendo de ella, corría a máxima velocidad a la carpa de adalides a recoger la hoja de papel con las instrucciones del juego y volvía nuevamente a máxima velocidad con la esperanza de haberse mojado lo menos posible. Imposible fue quedar a salvo de tanta garúa, lluvia y llovizna, las salidas al baño traían aparejadas las botamangas mojadas, si es que no también los zapatos y los pies.

Recuerdo que era una norma o tradición del campamento hacer guardias nocturnas de a dos acampantes que duraban aproximadamente una hora. El objetivo era cuidar del fuego, para que a la mañana siguiente la tarea de calentar agua para el desayuno no fuera tan tediosa. A esto se le sumaba el rumor de que aquellos que al culminar el campamento hubieran hecho la menor cantidad de guardias, debían cumplir con la ardua tarea de limpiar el hollín de las ollas utilizadas durante toda la estadía. No recuerdo en que habré estado pensado aquella primera noche, para ofrecerme a cumplir una guardia en medio de la madrugada. Supongo que imaginé que una guardia hecha con lluvia valía doble… Nos despertaron a las dos o tres de la mañana, salimos con Silke (una de mis compañeras de carpa) medio dormidas al frío de la noche, yo abrigada con la campera de piel símil corderito que mi madre había usado en sus campamentos de juventud. Era calentita, pero no servía mucho para la garúa. Al lado del fuego se estaba un poco mejor. Saltamos para entrar en calor, hablamos de todo y nada, alimentamos la lumbre con palitos y leños, soplamos como condenadas para avivarla, cantamos para que cesara de caer esa garúa molesta y nos pusimos contentas cuando por unos minutos nuestras plegarias eran escuchadas. Al cabo de una hora suspiramos de alivio cuando fuimos en búsqueda de los próximos custodios. Luego de esta, todas las guardias me parecieron agradables. Años después comprendí que esta simple y fastidiosa tarea nos ayudaba a sentirnos parte del campamento, nos ponía en el rol de protectores del tiempo de descanso de los demás y nos hacía valorar las noches que dormíamos de corrido; además, generaba un lugar de encuentro con el otro, tu compañero de guardia, elegido o tocado al azar. Al calor de la fogata y resguardados bajo la magia de la noche, podíamos contarnos lo que nos preocupaba, asustaba o alegraba. Era un momento de catarsis que avanzado el campamento se volvía más y más espontáneo.

Cuando finalmente los días de lluvia cesaron, de a poco fuimos asomando nuestras narices y saliendo a descubrir nuestro lugar, que no solo estaba conformado por la carpa, una más de todas las ubicadas en círculo, sino que más atrás de este y cerca del ancho arroyo que fluía con poder, estaba la carpa verde que hacía de cocina junto a dos carpas que almacenaban la comida, palas, hachas, juegos y otros bártulos y una carpa estructural en la que se podía estar parado de a 10 o 15 (apretaditos). A unos cuantos metros de ahí hacia la derecha pasando la ronda de troncos donde nos sentábamos a comer, camuflado entre un monte de vegetación, se encontraba el “balcón de los truenos” de los varones. Había pasado más de una semana de campamento oyendo hablar de él cuando durante un juego de esos de pistas, una nos dirigió hasta allí y entonces entendí por qué se le daba ese nombre: se trataba de un leño grueso y largo de unos 2 m suspendido por dos leños en “Y” a menos de 1 m de una zanja igualmente larga, y dentro de la zanja… los excrementos de los acampantes varones junto con moscas y otros insectos. ¿Muy escatológica la referencia? A unos cuantos pasos hacia la izquierda del círculo de carpas, pasando el leñero y el círculo de troncos del sector de fogón, estaban las dos carpas baño de las mujeres con su agujero letrina en el interior, el cual cada tantos días había que tapar, volver a cavar y cambiar la carpa de lugar. Más atrás comenzaba el bosque que nos proveía de leña y del mejor lugar de juegos nocturnos y diurnos que conocí. También había un descampado del otro lado del círculo de carpas, nuestra cancha de fútbol, el lugar que probablemente dio origen a mi nombre bautismal: “Daniel A. Pasarella”. Estaba además el compost gigantesco donde tirábamos todo residuo orgánico y el tender donde colgábamos las prendas mojadas por la lluvia o porque nos habíamos dignado a lavar algo de lo poco que habíamos llevado. Nuestro hogar era grande y cubría todas nuestras necesidades sin electricidad, ni agua corriente, ni gas.

Los días de campamento en medio de la libertad de las montañas y los vaivenes de la naturaleza contaban con una rutina que le daba un marco contenedor a tanta imprevisión. Nos despertaban a las 8 a. m. aproximadamente al sonido del silbato y a la voz de “¡Buenos días! ¿¡Todos despiertos!?” repetida hasta el cansancio. Cuando lográbamos salir del calor de las bolsas de dormir para enfrentar el frío de los Andes, hacíamos un poco de “calentamiento matutino”, que consistía en unos breves minutos de movimiento de nuestras extremidades, trotecito o lo que se le ocurriese al adalid de turno. Luego nos íbamos al arroyo a despabilarnos con el agua fría y a buscar nuestros cacharros para desayunar. El sistema para servirnos la comida era siempre el mismo: una larga hilera que avanzaba para encontrarse con uno que servía el pan con dulce, el otro el té, mate cocido u otra opción y otro, el azúcar. Nos sentábamos a desayunar y entonces comenzaba el momento de las actividades comunitarias que rotaban cada día. Eran cuatro: el grupo encargado de buscar leña (algunos aprovechábamos para distraídamente escondernos en el bosque y sentarnos a charlar); el grupo encargado de construir (aplanar el sector de cardos, elevar un mástil para la bandera, cavar el compost o mover los baños de lugar cuando tocaba, entre otras cosas); el grupo de cocina, que además de pelar papas, zanahorias y demás verduras para el almuerzo y cena, generalmente también ayudaba a servir las comidas; y el grupo diario, al que le tocaba narrar el día pasado, el día por venir o algún notición con la ayuda de revistas viejas, plasticola, tijera y la creatividad de sus integrantes. Al terminar estas actividades, teníamos un largo rato antes del almuerzo en el que el picadito o el quemado se ponían a la orden del día. Después del almuerzo contábamos con casi dos horas de tiempo libre, que al comienzo del campamento eran bastante movidas por las cosas que cada acampante tenía en mente, y a medida que los días avanzaban se fueron apaciguando, entrando en un ritmo casi santiagueño: reuniones de charla y guitarra en la puerta de alguna carpa, partidos de truco en los que se apostaban las raciones de golosinas que teníamos escondidas en el fondo de la mochila, algún buen libro o siesta a la vera del río, eran algunas de las actividades preferidas. Tras las horas de ocio se largaban los “Grandes Juegos” que ocupaban casi la totalidad de la tarde. Recuerdo uno en particular, que daba la posibilidad de postularse como “guía del grupo” y tener en manos el destino del campamento y sus acampantes durante todo un día si uno resultaba electo. Para esto era necesario conseguirse aliados y ayudantes, crearse un logo, un eslogan y hacer campaña entre los acampantes. Se iba a votación y el ganador al día siguiente podía ejecutar sus propuestas (o morir ahogado por la sublevación del “pueblo”).

A veces también partíamos en caravana rumbo al lago Lacar con nuestro traje de baño puesto. Llevando ollas, shampoo y jabón cubríamos los 15 minutos de caminata a la orilla del lago para darnos un frío chapuzón y aprovechar para higienizarnos más a fondo, además de hacer vida de “playa” por unas horas. Cuando el sol comenzaba a caer nos encontraba más abrigados y listos para cenar algo calentito. Después de la cena podía haber un juego nocturno, o un largo fogón de sketch ensayados a la tarde, canciones y obras de teatro, o simplemente una corta ronda de informaciones varias para el día siguiente, organización de la guardia nocturna y a la bolsa. El día era largo y me dejaba agotada, pues sino no me explico cómo podía conciliar el sueño en el piso duro (¡ni siquiera había llevado un aislante!) y protegida por la vieja bolsa de dormir de mi padre, que era de plumas prácticamente apelmazadas. De esas noches recuerdo el miedo que sentía cuando las urgentes ganas de hacer pis me obligaban a ir a la carpa baño. La oscuridad, los sonidos de la noche, la inmensidad, la soledad (¡y todas las películas de terror consumidas hasta entonces!) contribuían a que el trayecto se me hiciera eterno. Con el pasar de los días pude acostumbrarme (un poco) y disfrutar del cielo estrellado que se desplegaba sobre mí.

Durante el campamento hicimos dos salidas muy especiales: un trekking al lago Queñi y otro al cerro Mallo. En ambos cargamos una pequeña mochila cada uno con la bolsa de dormir, el jarrón y la cuchara, la porción de almuerzo (unas galletitas con pate y una fruta) y algo de abrigo. Para la primera nos levantaron una hora antes de la habitual, para tener más tiempo de sol, y comenzamos a andar. Caminamos por la ruta de ripio hacia el este en grupos más rápidos o más lentos y volvíamos a vernos las caras en cada parada de descanso. La vegetación verde tupida acompañaba nuestros pasos, el sol nos regalaba un buen día y las gotas de sudor caían cuando el camino se hacía cuesta arriba. En algún momento dejamos atrás el ripio y nos internamos en el bosque por una picada que nos derivó varios metros más adelante nuevamente a la misma ruta. Luego de unas cuantas horas hicimos una parada más extensa para almorzar y al cabo de unas horas más, llegamos a destino. A la vera del lago y reparados en su bosque, nos fuimos acomodando en pequeños grupos para merendar. Algunos partieron a caminar una hora más hacia las termas naturales del Queñi. Y a su regreso ya se comenzaba a preparar la cena en la olla gigante que uno de los adalides se había ocupado de cargar. Ese día obviamente no hubo actividades comunitarias ni guardia, de todo se ocuparon los más grandes, los más experimentados. Y al día siguiente, tras un frugal desayuno emprendimos el largo camino de regreso. El cansancio del esfuerzo y el mal dormir se hacían presentes en nuestras alocadas conversaciones de caminata, las canciones y sus ridículas rimas y las risotadas que emitíamos al oírlas. El último trecho lo hicimos casi corriendo y nos derrumbamos de contento cuando alcanzamos nuestra carpa y nuestra “mamá de campamento” (una gordita encantadora a la cual le calzaba perfectamente ese nombre y que se había quedado en la base) nos recibió con una sonrisa.

Unos cuantos días después, emprendimos el segundo trekking, un poco más exigente, pues en algún punto dejamos el terreno semiplano para internarnos de lleno en la montaña y comenzar a subir y subir. También en algún punto de esa subida la resistencia de muchos llegó a su límite y se decidió que volvieran al campamento base acompañados por uno de los dirigentes del campamento, quien una vez que los dejó sobre terreno seguro volvió a subir para encontrarse con nosotros… ¡menudo esfuerzo!. Promediando el mediodía arribamos al lugar donde pernoctaríamos, desensillamos y seguimos subiendo para salir del bosque de lenga achaparrada y llegar a la piedra, al hielo, al sol y ¡a la cumbre! Ni más ni menos que allí arriba nos dispusimos a almorzar, y cuando nuestros ojos se iban cerrando para una merecida siesta, las alas gigantescas de un cóndor nos hicieron sombra. No sé si el tiempo me hace exagerar, pero lo recuerdo enorme y amarronado, planeando alrededor de la gran meseta de piedra donde nos encontrábamos. Nos quedamos maravillados contemplándolo, inmóviles, intentando no espantarlo con nuestras exclamaciones susurradas. Antes de bajar de la cumbre no nos perdimos de hacer culipatín sobre la nieve con los aislantes y sacar muchas fotos de la vista. Afortunadamente la noche se presentó bastante más benigna que en el Queñi y casi sin tiritar de frío pude llegar al alba. Al retornar a nuestra base al día siguiente, la felicidad fue mayúscula: no hay nada como volver a casa luego de una jornada agotadora, la comida era mejor y el confort también, al menos entre mis compañeras de carpa no iba a pasar frío de noche.

La última noche de campamento fue especial. Las carpas ya estaban desarmadas, las mochilas prácticamente listas y casi todos los bártulos comunitarios limpios y ordenados. El lugar estaba distinto, raro, no era el mismo sin todas las cosas desplegadas; nuestro hogar por 20 días empezaba a alejarse de nosotros, ¿o era al revés? El fogón se armó después del asado de despedida y entre sketch, danzas y canciones entramos agitando la medianoche. Para cuando quedaban ardiendo los leños más gruesos, rodó alguna lágrima, se dijeron palabras dulces y se compartieron emociones. Nadie parecía querer irse a dormir. Alrededor de los últimos rescoldos acomodamos las bolsas de dormir y nos despedimos del cielo estrellado. Al día siguiente nos quedaba medio día de compras en San Martín de los Andes y el largo regreso a Buenos Aires.

Dormí prácticamente las veinte horas que duró el viaje. Cada tanto me despertaba a cambiar de lado el casete, ajustarme los auriculares y sacarme los papelitos que mis traviesos compañeros de viaje me tiraban en la boca porque al parecer dormía con esta abierta.

Una vez en casa, mientras desarmaba la mochila y me daba cuenta de que algunas prendas de vestir no tenían vuelta atrás, le conté toda la experiencia a mi madre. A veces me topaba con un molesto abrojo y recordaba lo mucho que los había sufrido, otras el olor a humo impregnado me trasladaba a las noches de guardia. Por varias semanas recordé miles de anécdotas y hasta surgieron intentos de juntarnos con todos los acampantes, pero nunca se concretó. A la mayoría no los volví a ver, a otros la vida me los cruzó fugazmente aquí y allá. No importó. Los campamentos tienen ese aquí y ahora irrepetible.

Quise volver a participar de un campamento de esos y me puse triste cuando me enteré de que se suspendían indefinidamente porque no había guías que quisieran ni pudieran hacerse cargo. Poco después, todos los implementos (carpas, ollas, carpa baños, palas, etc.) fueron donados a un grupo scout o así me dijeron, moría un grupo de campamento de larga data.

Fue la primera y última experiencia y gracias a ella me atreví a buscar otras aventuras similares.

Alemania

(Diciembre de 1996 - Febrero de 1997)

La palabra me resultaba familiar. El destino, también. Aunque nunca había estado allí, ya había escuchado anécdotas de mis padres, hermanos y primos que se habían aventurado al viaje en avión (algunos por primera vez) para visitar a la familia de mi tío abuelo materno. Corrían los años 90 y las comunicaciones interoceánicas comenzaban a hacerse más fluidas, tanto por avión, por teléfono y hasta por fax; pero la relación había subsistido unos 50 años a base de telegramas, cartas y postales, y eso que mi abuelo había fallecido en el 65.

Mi abuelo Diether nació en 1913 en Tsingtao (hoy en día Qingdao, ciudad portuaria china), en el lazareto alemán, porque sus padres se encontraban en el camino de vuelta a Alemania, luego de haber pasado 4 años en Hankau (actual Wuhan, a 1000 km de Qingdao) donde trabajaban como docentes en el colegio chino-alemán. Mi bisabuelo, Herrmann, debió suspender su misión para cumplir la obligación de enrolarse en el ejército alemán, ya que meses después (en julio de 1914) se iniciaba la Primera Guerra Mundial. Al servicio de su patria fallece en julio de 1915, en Schaulen (Lituania). Tres meses antes nace en la ciudad de Königsberg (capital de Prusia Oriental), mi tío abuelo Wolfhart que nunca llegó a conocer a su padre. Por suerte, mibisabuela, Córdula, no está sola y consigue salir adelante en esos difíciles momentos gracias a la docencia y a la ayuda que en la labor hogareña y en la crianza de sus hijos le brindaron su cuñada, Hedwig, y su sobrina Margot. Esta última, jugaría un papel muy importante en la siguiente guerra, ya que albergaría en su casa de Hamburgo (dónde se había trasladado al casarse), a varios miembros de la familia que huían de la zona oriental de Alemania.

Terminada La Gran Guerra, la infancia de Diether y Wolfhart transcurre apaciblemente en la ciudad de Königsberg (hoy Kalilingrado, importante ciudad del territorio misterioso, que se encuentra encajonado entre Polonia y Lituania y que pertenece a Rusia), donde van al colegio que el mismísimo filósofo Imanuel Kant visitó. En edad de entrar a la universidad, mi abuelo Diether deseaba ingresar a la carrera de electrónica, pero dada la falta de trabajo en ese rubro, en la oficina de orientación laboral lo instaron a estudiar agronomía. Por ello, en 1932, se muda a unos 150 km, a la ciudad de Mohrungen (actual Morag, Polonia), donde trabaja como aprendiz en un campo. Ya culminados sus estudios, en 1938, un profesor logra conseguirle una beca de 2 años para trabajar en una granja experimental en Uruguay, una oportunidad única que mi abuelo no deja pasar. Al parecer logra extender su estadía por 2 años más, esquivando el regreso a su país natal que se encontraba en medio de la Segunda Guerra Mundial. Las noticias que le enviaba su hermano Wolfhart, que se encontraba enrolado desde 1939 en el ejército alemán, no eran nada alentadoras. Wolfhart le sugería extender todo lo posible su estadía en Sudamérica. Temía que con dos hijos en el ejército, su madre quedase completamente sola.

En 1942, año electoral en Uruguay, mi abuelo se traslada a Argentina y abre un laboratorio de pruebas agrícolas. Aquí tiene una prima, Gisela, quien había emigrado con sus padres luego de la Gran Guerra. Gisela es compañera de mi abuela, Mia, en el cuerpo de enfermeras del hospital alemán. Parece que en aquellas épocas también existían las escapadas de fines de semana con amigas, pues ambas se embarcaron a visitar al “primo alemán” del otro lado del Río de la Plata alguna que otra vez y ahora que este se encontraba de este lado del charco, las visitas se hicieron más frecuentes. Fuera para hacerse la difícil o para ayudarlo a aprender el castellano a toda costa, mi abuela jugaba a no saber el idioma alemán (¿Quien no lo habrá hecho en algún boliche? Algunas picardías no cambian de época).

Al cabo de unos pocos años, más precisamente el 6 de marzo de 1944, mis abuelos se casaron. No lo hacen en marzo por lo estable y bonito del clima, como suelen pensar los novios hoy en día; para ellos el tiempo apremiaba. En febrero de ese año el gobierno argentino había renunciado a su neutralidad ante el conflicto bélico europeo eligiendo el bando de los Aliados, por lo que Diether sería eminentemente expulsado y obligado a volver a su país natal.

En agosto de 1944 se embarcan hacia Brasil. Luego de meses de travesía, desembarcan en Portugal junto a miles de familias alemanas expatriadas; mi abuela está embarazada de aproximadamente 5 meses. Me pregunto si se encontraba en su sano juicio. ¿Habrá sido la revolución hormonal del embarazo la que la llevó a embarcarse con destino a la nada misma junto a mi abuelo? ¿No habría sido más lógico quedarse junto a su familia en la Argentina, esperando a que la guerra terminase y luego reencontrarse con su marido? Era otro el contexto, porque el mismo padrastro de mi abuela, le “sugirió” seguir a su marido…

Por suerte la frontera de Francia se encontraba cerrada y el presidente de Portugal brindó asilo a los alemanes expatriados. Es aquí, en enero de 1945, que nace su hija Gudrun, mi tía. Pocos meses después, en abril, la frontera francesa es habilitada y los alemanes deben continuar viaje a su devastado país. Mi abuela consigue un certificado médico que la inhabilita a viajar por las consecuencias del parto y prolonga así su estadía y la de su pequeña en un país más estable. Mi abuelo, sin embargo, debe continuar. En mayo de 1945, pocos días después del fin de la guerra, llega a la casa de su prima Margot, en Hamburgo. Casi un año después (marzo de 1946), sigue viviendo separado de su mujer y su hija en la Alemania de posguerra intentando conseguir un trabajo, que finalmente obtiene en un molino harinero en Düsseldorf. El mismo día en que se traslada a esta ciudad, su hermano Wolfhart arriba a Hamburgo, luego de estar casi 2 años prisionero de guerra en Estados Unidos. Por escasas horas no llegan a verse.

La mamá de ambos, mi bisabuela Córdula, se empeñaba en permanecer en Königsberg, pese a la invasión rusa, que ya era la fuerza vencedora. Dos vecinas fueron quienes le salvaron la vida al llevarla prácticamente a la rastra a tomar el último crucero. Huyó con lo puesto. Tuvo que dejar atrás todos los recuerdos que había traído junto a su marido de su estadía en China, la época más feliz de su vida. El día de su cumpleaños número 65, arribó a Kiel (Alemania) y fue transferida a Hennstedt (a 100 km de la familia de Hamburgo) ciudad en la que se debía quedar para poder cobrar su jubilación, lo que no pudo hacer hasta varios años después por la obvia situación del país. Mi tío Wolfhart cuenta que en el reencuentro con su madre la notó muy alicaída, la situación no era para menos, había dejado todo atrás en su casa de Königsberg, ya no estaba habilitada a trabajar y para colmo debía vivir en una ciudad desconocida aislada de su familia, ya que los caminos y comunicaciones en la época de posguerra dejaban mucho que desear.

Por su parte, mi abuelo Diether, después de los primeros meses en Alemania, había comprendido que las pobres condiciones de vida en la posguerra amenazarían la salud de su reciente matrimonio y la de su pequeña hija también. Mi bisabuelo había logrado traer de vuelta a la Argentina a su hija Mia y a su flamante nieta Gunni, pero con su yerno las cosas se dificultaban, pues de la nada surgió una publicación en la que figura que Diether había sido un peligroso nazi en la guerra y estaba buscando asilo en Latinoamérica. La acusación carecía de todo fundamento, ya que mi abuelo jamás había recibido instrucción militar y desde 1938 hasta 1944 se encontraba en estas latitudes (Uruguay y Argentina). Probablemente se trataba de una traba que se le ponía a todo alemán (que deben de haber sido muchos) que quisiera emigrar a esas alturas de la posguerra. Es entonces que mi abuela comienza una campaña de hormiga y visita al menos una vez por semana la embajada de China para tramitar el pasaporte chino de mi abuelo pues, al fin y al cabo, él había nacido en Tsingtao.

Finalmente, en septiembre de 1948, tres años después de haberse separado de su familia, vuelve a rencontrarse con su mujer y su hija en Argentina. Una vez en Buenos Aires, mi tía, la pequeña Gunni, mira con extrañeza a ese hombre que se había instalado en su casa. Muchos años después nos cuentó que tras un berrinche en la mesa (de esos que todo niño tiene a esa edad) seguido por un sopapo de parte de su padre, increpó a su madre (mi abuela) a que “ese” hombre se marchara de la casa.

En los siguientes años, ambos hermanos (Diether y Wolfhart) se verían las caras pocas veces. Recién circa 1960, y gracias al trabajo como ingeniero agrónomo en Bayer, mi abuelo sería enviado un par de veces a Alemania en barco o avión en plan de trabajo, ocasiones que él aprovecharía para visitar unos pocos días a su familia. En 1965, y como consecuencia de un problema intestinal agravado, mi abuelo fallece.

La kilométrica distancia, las pobres comunicaciones, el tiempo, la rutina, todas podrían haber sido excusas válidas para que la relación se diluyera; sin embargo, para el casamiento de mi mamá en 1973, quien la acompañó al altar fue el Onkel Wolfhart. Su alma de patriarca lo hizo viajar al otro extremo del mundo, probar el vino tinto argentino que tanto le gustaba, recorrer los puntos turísticos (y no tanto) de nuestro país y empaparse un poco de nuestra cultura; promovió que sus sobrinas (mi mamá y mi tía) eligieran a sus primos alemanes como padrinos de sus hijos (es decir, de mis hermanos, mis primos y de mí); incentivó a sus hijos a que viajaran a conocer estos pagos; y gracias a su generosidad, también contribuyó a que nosotros (sobrinos-nietos) fuéramos a conocer la otra parte de nuestras raíces. Así fue que, siendo la más pequeña y, por ende, la última de la primada, terminé pasando unos 2 meses en Frankfurt en la casa de mi tío abuelo Wolfhart.

Era viernes 20 de diciembre de 1996, tenía 16 años y estaba en el aeropuerto con mi valija, mi familia y mis ansias, lista para abordar ese avión que me llevaría muy, muy lejos. No viajaba sola, sino con mi amiga Pamela, con la que compartía sábados de travesuras en el club, entrenamientos y torneos de tenis, además de vacaciones con su familia en Pinamar o con la mía en Necochea.

Mi familia en Alemania estaba llenándose de primos nuevos (el más grande, Jens, contaba recién con doce años y el más pequeño, Thomas, era, literalmente, un recién nacido), por lo que viajar juntas nos garantizaba compañía para cualquier aventura y empatía en caso de aburrimiento. Debo decir que Pame fue una excelente compañera en esos dos meses. Claro que a veces no estábamos de acuerdo en todo, cualquier convivencia tiene sus altos y bajos. En retrospectiva creo que gracias a ella me animé a aprovechar las oportunidades que nos surgían en el camino y a recorrer más de lo que venía haciendo mis primos, según comentó el Onkel después.

Mi primer viaje en avión no fue muy diferente a uno en bus al sur. Las horas de viaje eran muchas, las butacas igual de angostas y los baños igual de pequeños. Disfruté de la comida envasada que nos dieron y de la música que pasaban por los 8 canales, sobre todo cuando el pasajero que se sentaba justo detrás de nosotras comenzó a roncar como un condenado. Cuando no pude soportarlo más, reclamé justicia moviéndole la pierna para que se despertara, acto que repetí cada vez que comenzaba a roncar fuerte. Al llegar al aeropuerto de Frankfurt, nos paramos frente a la cinta transportadora de valijas y esperamos a que salieran las nuestras como todo pasajero, pero la mía no apareció. Un tanto nerviosas nos preguntamos qué hacer y atinadamente fuimos a parar al centro de atención al cliente de Lufthansa donde hicimos el reclamo pertinente. Fue como si el destino nos dijera: “¿A ver niñitas si se las arreglan?”.

En casa, mis padres y mis abuelos nos hablaron en alemán desde que nacimos. Desde jardín de infantes fui a un colegio alemán y, de hecho, tenía materias como matemática, biología, química, entre otras, en ese idioma. Recuerdo que cuando éramos chicos, durante unas vacaciones (o más), mi madre de un modo muy didáctico había puesto como sanción que pagáramos una moneda por cada palabra en castellano que decíamos. De esta manera solucionaba dos temas: por un lado, que usáramos el idioma y, por el otro, que no nos peleáramos tanto.

Una tarea que no me gustaba nada era escribirle cartas a mi padrino que vivía en Alemania, pues pensaba que muy probablemente estaba llena de errores ortográficos y gramaticales, pero mi mamá me decía que lo que valía era la intención. Todo esto no fue suficiente para que, a los 16 años, me sintiera segura al comunicarme con los alemanes y dudaba más aún si tenía que expresar y solucionar algún problema.

Muy cálidamente fuimos recibidas por mis tíos abuelos, a los que les contamos el percance de la valija. El consuelo era que, si no aparecía, la empresa me compensaría con un monto con el que podría comprarme varias cosas nuevas. Pero yo quería MIS cosas y además, hasta esa instancia, debería sobrevivir dos o tres días con la bombacha y la remera de recambio que llevaba en el bolso de mano…

Luego de una siesta reparadora de jetlag, nos fuimos a lo del tío mayor, Siegfried, a experimentar los preparativos de Navidad. Con su mujer, Eva, y los chicos, Klaus y Jens (los mismos que aparecen más adelante en otros relatos, ver: “Al norte por dos pesos” y “Obstáculos del río Iguazú”), hicimos galletitas de mazapán y limón y luego nos fuimos a recorrer un vistoso mercado navideño lleno de luces y lucecitas, renos, Papás Noel, casitas de colores verdes y rojas por doquier. Se sentía de película experimentar la previa de Navidad en un clima frío. Finalmente, eran apropiadas las galletas de chocolate, las pasas y las nueces que en el calor de Buenos Aires parecían siempre un poco desubicadas.

Nuestro primer día en estas latitudes terminó aún mejor: cuando entré a nuestro cuarto me encontré con mi valija sobre la cama.

El domingo nos llevaron a visitar a otro tío, Wolfhart Jr. y Bettina, su esposa, que en ese entonces tenían solo dos hijas (Vera, de cuatro años y Kathrin, de dos; años después nacería el menor de la primada, Christian). Tras esa visita nos tomamos el resto del día para conocer los bellos alrededores de la casa de mi tío abuelo. A un lado el campo de sembrado a escasos 100 m, donde iríamos varias veces a que la perra, Shira, persiguiera ratones e hiciera sus necesidades; al otro lado, el río Nidda, a unos 300 m pasando la estación de tren, con un sendero a su vera que años después recorrería con Félix en bici para llegar a la casa de Wolfhart Jr.

El tío menor (y mi padrino), Jürgen, vivía con su familia en la parte de arriba de la casa. El pequeño Martin (actual padrino de mi hijo y entonces de tan solo cuatro años) era nuestro despertador habitual. Continuamente bajaba las escaleras hasta el subsuelo (donde dormíamos apaciblemente), abría la puerta sin ningún preludio y se quedaba junto a nosotras, chusmeando lo que teníamos por ahí tirado y hablándonos hasta que abríamos los ojos y le prestábamos atención. Thomas, su hermanito, había nacido tres semanas antes de nuestra llegada y fue nuestra prueba de fuego como babysitters.

Al día siguiente ampliamos el espectro espacial y nos aventuramos en tren hasta nuestra tan querida estación “Hauptwache”. Fue la primera de tantas visitas que haríamos a la ciudad y sus shoppings