Violeta de mi vida - Alberto Ortiz - E-Book

Violeta de mi vida E-Book

Alberto Ortiz

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Beschreibung

Esta novela epistolar muestra cuán intensa puede ser la narrativa confesional para revelar pasiones que definen los destinos de los actores de la tragicomedia que llamamos vida real. Acaso dolorosas, acaso tristes, dichas confesiones acontecen para mostrar el significado de la existencia.Al escribir los recuerdos de su infancia, Mario Quiroga descubre los complejos caminos de la memoria y reafirma la extraordinaria identidad de su añorada Violeta, la joven que llegó a su vida para protegerlo, ilustrarlo y mostrarle un horizonte diferente de sentimientos, pensamientos y vivencias. Desde su presente, el narrador instala a Violeta en el centro de los hechos que marcaron su pasado; su propia labor confesional es una muestra de devoción hacia tan extraordinario ser.Conforme pasa de la edad infantil a la adolescencia, Mario comprende el mundo y forja su carácter gracias a Violeta y a los acontecimientos fa-miliares, amorosos y escolares que los rodean. Con el tiempo, los lazos se rompen o fortalecen de acuerdo a las decisiones del corazón o a la fuerza del caprichoso destino.A través de las cartas que redacta para su sobrina, el devoto amigo rinde homenaje a su íntima amiga, al tiempo que revela los conflictos de dos familias diferentes obligadas a relacionarse por el caprichoso azar y las pulsiones humanas. Tales factores pertenecen a un mundo que ya no existe más; sin embargo, son trascendentes, a tal grado que lo alcanzan hasta enfrentarlo a trágicos acontecimientos.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alberto Ortiz

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 979-13-7029-222-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Levanté la cabeza para mirar de dónde venía esa luz y vi cómo se alzaban ante mí tres Damas coronadas, de muy alto rango. El resplandor que emanaba de sus rostros se reflejaba en mí e iluminaba toda la habitación. Huelga decir mi sorpresa, ya que las tres Damas habían entrado pese a estar cerradas las puertas. Tanto me asusté que me santigüé en la frente temiendo que aquello fuera obra de algún demonio. Entonces la primera de las tres Damas me sonrió y se dirigió a mí con estas palabras:

―No temas, querida hija, no hemos venido aquí para hacerte daño, sino para consolarte. Nos ha dado pena tu desconcierto y queremos sacarte de esa ignorancia que te ciega hasta tal punto que rechazas lo que sabes con toda certeza para adoptar una opinión en la que no crees, ni te reconoces, porque solo está fundada sobre los prejuicios de los demás. Te pareces al tonto de la historia que, mientras dormía al lado del molino, disfrazaron con ropa de mujer: cuando se despertó, en vez de fiarse de su propia experiencia, creyó las mentiras de los que se burlaban de él afirmando que se había transformado en mujer.

Cristina de Pizán, La Ciudad de las Damas.

Para Graciela, por todos los años de amor que tuvimos.

Montreal, Canadá, a 2 de enero de 2020

Mi adorable Maru:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, cerca de la resignación y con paz en el corazón. Comprendo que te sea difícil hablar de ella ahora, pero querida, acéptame este consejo: confía en el tiempo y deja cicatrizar esta profunda herida. Yo estoy mejor, gracias al cielo, un poco agobiado y preocupado por el trabajo, nada más. Aprovecho las últimas circunstancias para cumplir con esta obligación moral. Leí en algún libro que las deudas morales son las luces de la casa, hay que apagarlas antes de salir. Supongo que significa que al menos una vez en la vida debes evitar un gran incendio. Creo que hay razón, es mejor no dejar tras de ti una fila de asuntos pendientes. Sin embargo, no es para mí una molestia, todo lo contrario; cumplir con la promesa que hice a Violeta, tu dulce madre, mi inolvidable amiga, a quien nunca lloraré ni extrañaré lo suficiente, llena mi cansado cuerpo de nuevas energías y dan a mi pesada mano la inspiración que nunca tuve para dar cuenta de todo aquello que, en justicia, debes conocer respecto a quien fuera, a la vez, una mujer excepcional y una bocanada de aire fresco en medio del desierto, además de tu mamá. Mujer excepcional, insisto, sin duda. No me canso de recordar su firmeza frente a las adversidades, sus convicciones filosóficas y morales, su voluntad para enfrentar las penas del mundo y las ganas de renovarse día a día, todo envuelto en aparente pasividad, en el silencio de su boca sabia, en la penetración de sus ojos entrecerrados, ¿recuerdas? Cada vez que algo la intrigaba hacía ese gesto, nunca sabías cómo reaccionaría, ella pensaba y pensaba, buscando soluciones a los problemas, mientras los demás hablábamos sin freno, una gran diferencia entre tu mamá y las personas comunes, querida mía.

Ahora que la hemos perdido, ahora que ha partido, dejando por fin este valle de lágrimas, desprendida ya de la atadura terrenal, comprendo cuán hondo y constante puede ser el dolor de la ausencia. Pero me gusta imaginar que sigue aquí, que está a mi lado. La sueño, la recuerdo todos los días, plena, analizando el trajín mundano de su alrededor, hablando correctamente con un dejo de profeta bajo el tono metálico de su voz, y luego callando ante nuestra incomprensión. Te lo juro, era un ángel terrenal, por eso se fue temprano, no nos pertenecía. A veces, y solo para llorar en su honor, veo la fotografía que me regaló cuando tenía treinta y tres años. Qué bella era.

La vi así por última vez. No estabas cuando pedí que abrieran el ataúd, saliste del velatorio a concluir no sé qué asuntos legales. El salón estaba semivacío, pasaba el mediodía y casi todos los amigos nos habían dejado, rendidos por la velada. Andy dormitaba, o fingía hacerlo, prudente, ajena a nuestras costumbres de acompañamiento fúnebre y charla entre tristona y animosa, debió tomarse medio litro de tequila entre café y café. Algunos de los asistentes olvidaron sus convicciones y rezaban un rosario en susurros, tan quedo que me pareció estar en medio de un tiempo sin tiempo, solo, frente a ella, mi amiga silente que ya no me pertenecía más. «Ahora es del cielo» —pensé—, de ese Dios indiferente que cuestionamos juntos cuando jóvenes; después de mis clases de memorización del catecismo para hacer la primera comunión, debí perder el juicio, un poco, borracho de incienso y café con licor. Me acuso, lo hice sin tu autorización. Contra tus órdenes. Perdóname.

Antes de que los empleados de la funeraria abrieran la tapa superior me sentía entero, fuerte, creí que allá, en el fondo de mi tristeza, no quedaban más lágrimas. Guardé los anteojos oscuros y me acerqué, a cara descubierta, de frente, como le gustaba que la vieran, restregué mis párpados hinchados con el antebrazo. Unas manos anónimas giraron las bisagras. La vi. Tragué lágrimas y sorpresa. Tenía las trenzas enlazadas sobre el fleco rebelde, el cutis rejuvenecido, los arcos de las cejas bien delineados, los ojos cubiertos con una leve sombra cobriza, el arco de la nariz difuminado, los labios tensos y brillantes, como humedecidos por un pétalo de rosa. Algo en su semblante daba la impresión de solidez, de artificio, sería el dolor, sería el duelo, me pareció diferente. Pusieron un grueso listón español alrededor de su cuello, primoroso, albinegro, supongo que en tu honor, ella lo usaba cada vez que quería complacerte. Alcancé a enredar entre sus dedos, muy rígidos y enguantados, el dije de bisutería, aquel símbolo pagano por el que tanto peleamos, luego me derrumbé, una catarata de agua salada nubló mis ojos, abracé el ataúd, sollocé, incliné la cabeza para darle un beso, el último, imposible, varias manos me contuvieron, aunque logré rociar su hermosura con mis lágrimas. Andy me retiró suavemente de ahí.

Perdóname, Maru, te lo ruego. Necesitaba verla, convencerme de que el cuerpo endurecido que guardaba la madera era Violeta. Y a la vez negar que un montón de huesos y piel envueltos en un sudario fuera lo único que demostraba su paso por el mundo. ¿De verdad ha muerto? Imposible, no puede ser cierto. Nadie se va del todo. Ella menos que nadie. Violeta es una cálida llama en nuestros corazones, vive tanto en mi memoria que a veces tengo la sensación de que soy ella, de que debo pensar y sentir como ella, para que viva en mí, a fin de compensar todo lo que aprendí gracias a su ejemplo. Sentí la urgencia de tocar su mejilla, de hablarle, de confiarle de nuevo mis penas, de hacerla partícipe de mis alegrías, a ella, la mujer que en la temprana juventud guio mi identidad.

No te asombres, todavía tengo dudas, a veces pienso que la vida actual sería muy diferente si desde niño hubiera encontrado estas ansias de reconocer quién soy. ¿Te imaginas? Hasta podría ser tu padre. Ya sé, ni lo digas. Violeta estaría muy intrigada luego de escucharme decir esto. Como si la oyera: «Mayito ―ella me llamaba así, de cariño―. Mario ―preguntaría―, cuando te ves en el espejo, ¿qué ves? Porque cada vez que reniegas parece que tú eres la imagen del cristal, lisa e inversa, y falsa, por mucho que se te parezca, pero no la personita tridimensional que me abraza igual de intenso cuando está triste que cuando está alegre».

Y es cierto, lo de los abrazos, digo. Yo corrí a refugiarme bajo su cuerpo cada vez que apareció un conflicto en mi vida; la amenaza bien podría tener la cara de mi hermano o el brazo intolerante de mi padre, o el seno sobreprotector de mi madre, o las bocas soeces de los patanes del barrio, quien fuera, recurría a su calor, sin rubor y sin medida. Pobrecilla, a veces pienso que la abrumaba con mis dolencias, que la atosigaba a tal grado que no le permitía respirar y solucionar sus propios problemas. Parecía tan fuerte siempre, tan entera, tan dispuesta a tratarme como a un hermano pequeño, que yo dejaba fluir los sentimientos y nunca tuve la suficiente cautela para contenerme. En general, nunca he sabido medirme en cuanto a emociones se refiere.

Me he hecho viejo, querida, las experiencias de la vida ayudan a cargar las dolencias, pero en el fondo sigo siendo el niño sensible y delicado que tu madre cobijó bajo su manto tutelar. Sin duda has heredado su temple, la fuerza ante la adversidad, ¡con cuánta entereza enfrentaste su deceso! Yo te veía y veía, admirado, entre los gemidos y desmayos que me asaltaron durante el sepelio, tú te manutuviste impasible. Casi diría que tranquila, no es reproche, mi amor, al contrario, es reconocimiento. Bien dicen que la verdadera tristeza es indemostrable, el luto se lleva por dentro. Como dice la canción: «Dicen que no tengo duelo, llorona, porque no me ven llorar, hay muertos que no hacen ruido, llorona, y es más grande su penar».

Hoy hace frío, de nuevo, la primera nevada amenaza. Andy ha ido a la panadería, ya sabes cuánto me consiente. Tardará al menos cuarenta minutos en regresar. Subió refunfuñando a la camioneta, quiso irse sin abrigo, así que dejé la computadora para remediar su testarudez. Con lo mucho que me cuesta retomar el hilo de la escritura, pero prometo terminar esto, un día lo leerás y eso compensará mis tropiezos. Fui al clóset y tomé una chamarra de pluma de ganso que le regalé la pasada Navidad, en cuanto la vio puso cara de enfado, al fin tuvo que ponérsela, a mí me encanta, pero su necedad sigue igual que hace cinco años, cuando nos casamos en Playa del Carmen, ¿recuerdas? Ustedes fueron a vernos, a la boda, a ser testigos de este amor creciente. ¡Las extraño tanto! Debes venir el próximo verano, la ciudad está hermosa, ahora un poco gris, melancólica, porque se aproxima el invierno, ¿sabes?, pero igual hermosa.

Nikita me vigila atónita desde el sillón, está ahí, echada, mirándome como si supiera que te escribo esta carta confesional, y tal vez lo sabe. Por más que he intentado educarla, esa traviesa gata insiste en apoderarse del sillón de Andy, claro, abusa, pues ella se lo permite. Ay, perdón, tú no conoces a la Nikita. Andy la compró hace tres meses, es de raza ragdoll, toda blanca del cuerpo, tiene un triángulo piramidal color café con tonos dorados y grises que se alza desde los ojos hasta las orejas, está preciosa la condenada, ya verás, enseguida tomo una foto y te la envío.

Envidio a los animales, ellos van a su aire, refugiados en la inconsciencia, pobrecillos, tan libres y sin saberlo, tan dueños del planeta, tan eternos, estaban aquí antes de nosotros y seguirán aquí cuando nos marchemos abrasados por el fuego de la fusión nuclear; juzgo que no falta mucho para eso, odio sonar a profeta apocalíptico, sin embargo, con lo que acaba de pasar en Nueva York, qué otra cosa puedo pensar. Fui animal en mi vida pasada, seguro. No gata, pero ave sí, filomena, o golondrina. Nikita me agrada, más debido al gusto de mi Andy que por predilecciones felinas. Ya te digo, prefiero a las aves, será por aquello de que el ave canta, aunque la rama cruja. Los gatos en general son un poco malagradecidos. «De la mujer al gato, ni a cuál ir de más ingrato», repetía mi abuelo, quien pensaba mal de algunas mujeres pero las amaba a todas. Ya no se puede hablar así a todo volumen. ¿Viste? Me puse sentencioso, señal de vejez, querida. ¿Quién iba a decir que un día repetiría los dichos de la familia? ¡Ups! Casi olvido preparar chocolate para Andy, le encanta, debe estar servido ahora que regrese y no tardará, así que corto aquí y continúo después. ¡Me siento tan emocionado! Hoy empiezo a cumplir la sagrada promesa, no sé cuánto tarde, no sé cuándo termine, pero eso sí, escribiré tanto como pueda y recuerde para que tú, hija mía, sepas quién fue de verdad Violeta Donoso. Aquí conocerás tristezas y alegrías, verdades y leyendas, intrigas y fortunas, también ciertos secretillos que escribí en viejos cuadernos por si acaso la niebla del olvido enfriaba mi cabeza; en fin, el claroscuro de la vida misma, aunque yo, si pudiera, te pintaría un mundo color de rosa.

Con mi amor,

Mario Quiroga

&

Montreal, Canadá, a 2 de enero de 2020

Mi adorable Maru:

Era una tarde de viernes, entre verano y otoño, el camión de la mudanza estacionó justo delante de la puerta abierta de mi casa, me acuerdo porque esa fue mi primera semana de asistencia a la escuela secundaria. Estaba sentado a mitad del zaguán, desarrugando sobre las piernas el envoltorio de celofán de un caramelo macizo sabor tutifruti que ya paseaba de carrillo en carrillo dentro de la boca. Eso era lo de menos, pues tratándose de golosinas yo me comía un vitrolero entero si había oportunidad. El caso fue que las primeras hojas doradas de los árboles se remolineaban junto al batiente de la acera, por todo el corredor de la Avenida 5 de Mayo, antigua de Plateros, que así se llama la calle. Planeaba recoger las más enteras para adornar una libreta cuando aquel camionzote con letreros de molde en inglés trazados a los costados pasó sus ruedas sobre ellas, machacándolas hasta convertirlas en menuzas.

El año escolar iniciaba. Tenía once años entrados en doce. Era flaco y enfermizo. Aún no sabía leer inglés, pero ya había visto varios camiones de mudanzas, todos eran iguales, grandes y ruidosos. Llegaban vacíos, dos o tres hombres forzudos armados de lazos ásperos bajaban de la cabina, en cuestión de horas sacaban los trebejos de las casas y se marchaban entre una nube de humo negro que olía a diésel quemado.

Hubo una época en la que al menos dos tercios de los viejos hogares de la ciudad estuvieron abandonados. La novedad fue que ese camión llegó repleto de muebles; en lugar de sacar sillas, camas y mesas, los cargadores las metieron a la casa contigua a la mía. En el trajín estropearon los rosales de la entrada, sentí lástima, mi mamá a duras penas tenía plantas ralas en macetas alrededor del patio. Esa casa de al lado sí tenía un pequeño jardín al frente, resguardado por el cancel de herrería, sobre cuya corteza esmaltada varios de nosotros habíamos dibujado nombres y corazones irregulares atravesados con flechas, lo hicimos raspando la pintura con un clavo o una moneda. Nadie nos regañó por el pequeño vandalismo, porque a fin de cuentas, la finca duró varios años deshabitada, desde la muerte de doña Guille, la solitaria señora que plantó los rosales, buena persona y mujer devota, de las que salían temprano a barrer la calle. Un día dejó de respirar, transcurrió semana y media sin que nadie se percatara de su ausencia, el cartero llamó a la policía alarmado por el mal olor, fue embalsamada en su propia sala, según cuentan los vecinos, yo no lo recuerdo.

Dos semanas atrás una cuadrilla de albañiles, carpinteros, plomeros y jardineros remozó la vivienda de dos pisos, repusieron cristales rotos, pintaron por dentro y por fuera, recubrieron la fachada, incluso cortaron la mala hierba y podaron las plantas, la casa quedó preciosa, limpia y lista para habitarse, ahora nada en ella hablaba de tristeza o muerte, pero claro, no siempre había sido así.

Durante una larga temporada, cerca del anochecer, los muchachos de la calle dieron en contar cuentos de miedo, sentados en semicírculo conspirativo sobre la acera de enfrente. No tardaron en inventar historias alrededor de nuestra vecina difunta. Allí, desde la prudente distancia, en cuclillas o despatarrado, estorbando el paso de los transeúntes y bajo las ramas de los árboles de ornato, entré al mundo de las almas en pena. Supe que los muertos regresan de sus tumbas para atormentar a los vivos. Entonces me entró miedo. No quería oírlos, pero Germán, mi hermano, casi cinco años mayor y líder ocasional de la tropa, se empecinaba en tenerme al lado y se reía o me regañaba cada vez que daba un pequeño salto por los sustos dramáticos de los improvisados narradores. Como seguía temblando a pesar de sus burlas y amenazas, de vez en cuando dejaba que me marchara, gritándome «marica» a voz de cuello frente de los demás niños. No me importaba, no sabía qué quería decir, lo importante era salir de aquella telaraña de aparecidos y espantos. Poco a poco los más charlatanes aumentaron la presión y se retaron entre ellos para saltar la verja y tocar la puerta tres veces, con el riesgo de que doña Guille apareciera en forma de fantasma horroroso, dijeron.

Una de esas noches mi hermano aceptó el reto, lo admiré un momento, luego vi sus ojos maliciosos y sentí su mano sobre mi cuello.

―Adelante, mariquita ―dijo, y me arrastró por la calle hasta la casa embrujada.

Sus amigos lo alentaban desde el otro extremo.

―Vamos, vamos, mételo a la casa, que se haga hombre, que sea macho y no maricón ―gritaban, y mi hermano apretaba más su puño y el paso.

No supe cómo ni cuándo reaccionar, estaba aterrorizado, me revolvía como gusano en sal, lloré, amenacé y grité auxilio a mi mamá, todo en vano, él me cargó en vilo y me arrojó sobre las puntas de los barrotes hasta al jardín abandonado. Caí de espaldas en medio de los arbustos, no me hice daño, pero era incapaz de moverme; entonces Germán tomó una vara y la usó para picarme el cuerpo mientras ordenaba que fuera hacia la puerta de la entrada y tocara tres veces en la hoja de metal. De lo contrario, no me ayudaría a salir, afirmó. Sabía que lo cumpliría, me veía alejado para siempre de mi madre, con miedo, frío y hambre, acompañado del fantasma de la señora Guille, muerta y traída del más allá por obra y gracia de unos chiquillos malvados. Fue entonces que conocí el acicate del miedo. Una energía que proviene de la impaciencia y la respiración agitada. Un viento helado que congela la cabeza, pero calienta los pies. Mis piernas se movían más aprisa que mis pensamientos, sentía los brazos engarrotados y los dedos duros. Traté de acercarme todo lo que pude hasta la puerta, dispuesto a llamar, avancé dos pasos y caí de boca, tenía los ojos cerrados y así corrí, obvio, tropecé con la primera piedra que se cruzó en mi camino. Lamentablemente, la energía del miedo no dura, y además atonta.

Algo bueno resultó de la torpeza, porque con el golpe salieron de mis fosas nasales todos los líquidos acumulados por la tensión y mi congénita imperfección infantil de traer la nariz siempre llena de mocos, un par de velas que subían y bajaban a cada suspiro profundo o quedaban embarrados sobre la manga larga de los suéteres de tejido industrial.

La pandilla soltó carcajadas de burla, mi hermano se puso rojo de coraje.

―Marica, no eres hombre, pues allí te quedas ―gritó, y regresó con sus amigos.

Yo me aferré al cancel como preso sentenciado, volví a llorar y a rogarle que no me dejara, pero me ignoró. Estuvo un minuto burlándose de mí, llamándome cobarde. Luego decidió abandonarme del todo, afirmando que ese no era su hermano, que él no tenía hermanos que lloraran como niñas. Se fue. Una parte de la pandilla lo siguió. El resto del grupo desapareció poco a poco de mi visión borrosa y la calle se quedó en silencio, alumbrada por los candiles de la esquina y por algunos faros amarillentos de automóvil de paso, afortunadamente para mí. Sentía humedad en la espalda y en la entrepierna. Bendita pobreza de carnes, era enclenque, flaco y flexible, tras algunos trabajos pude pasar por entre los barrotes. Fui a casa, necesitaba cambiarme de ropa, suspiraba, apenado, me había hecho pis encima, una etapa que presumía superada. Justo cuando estaba desnudo, Germán entró a la recámara que compartíamos, no dio tiempo a que protestara o me escabullera, me tumbó sobre el piso boca arriba, jaló mis pies y me arrastró por el pasillo, luego regresamos a la recámara y escupió sobre mis genitales.

―Marica, marica ―repetía como loco.

Sumé humillación al miedo. Quedé tirado al lado de la cama, sumido en una extraña sensación de vulnerabilidad y vergüenza. A la hora de la cena nuestro padre me preguntó:

―¿Qué te pasa?

―Nada ―le contesté.

Aunque seguí agachando la cabeza frente al pan y la taza de chocolate.

Nunca dije una palabra al respecto, mas a partir de esa noche odié a mi hermano, renuncié a la fraternidad, rompí con él, ahogué dentro de mí la poca confianza que le tenía, lo vi malo y feo, más que cualquier difunto resucitado. Aprendí que la debilidad tiene ventajas, si hubiera sido grueso jamás hubiera podido salir del jardín por mis propios medios. Esa noche también supe qué era ser un hombre, según los demás, y no me gustó; si así eran las cosas, prefería ser un marica.

Claro que entonces no tenía idea clara de mis preferencias sexuales ni de mi feminidad innata, de hecho, los demás influyeron para hacerme consciente de las diferencias frente a lo masculino. Cuando estaba en la escuela primaria buscaba la compañía de las niñas, aprendí a jugar matatena, bebeleche, lotería y todos los juegos reservados para ellas; aprendí también sus modales, sus gestos, sus modulaciones de voz, o tal vez me emergieron naturalmente; el caso es que desde que recuerdo siempre he sido así, sobra decir que no me arrepiento.

Los gajos de oscuridad envolvieron la tarde, ya casi no se veía, faltaba luz de sol cada vez más, los faroles retardaban su luz pública, era esa hora en la que imaginas que te estás quedando ciego y las siluetas de las personas parecen espectros. Yo había pasado toda la tarde bobeando la mudanza: recargado sobre el dintel de la puerta, caminando de ida y vuelta frente a la casa vecina, fingiendo, como sin curiosidad, y ya con descaro infantil, deteniéndome atento, apretujando la cabeza contra los adornos del cancel. Si lo intentaba con ganas, inclinando la cabeza y poniendo el torso de lado, todavía podía colarme por entre los barrotes. Aquel furgón parecía un sombrero de mago, no tenía fondo. Tal vez venía de un país donde todas las personas eran ricas y competían para ganar un trofeo destinado a aquellas que almacenaran más objetos, o quizás el camión pertenecía a una banda de ladrones buenos que iban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, repartiendo el botín de sus robos, o todo aquel ajuar era el pago en especie para una madre que vendió a sus hijos; justo me preguntaba cómo era posible que una familia tuviera tantos muebles, libros y cajas de enseres cuando mi padre regresó del trabajo, me pilló en la calle, juzgó que desobedecía sus órdenes contra la vagancia, se acercó por la espalda, me tomó del cuello y de un empujón me regresó a casa y a la realidad. Un poco después, girando una sarta de llaves engarzadas a un cordel, llegó mi hermano Germán; mis padres discutían y yo hacía de reo en medio del patio, él, burlón, ralentizó el paso para verme la cara compungida e imitó el puchero.

A manera de castigo, el padre iracundo me envió a la tienda a comprar un litro de leche, sentenciado a castigo perpetuo si perdía el dinero. Yo casi nunca iba solo a ninguna parte. Mi madre protestó bajo y, aunque procuraba no contradecirlo, creyó buena idea mandar a Germán tras mis pasos a vigilarme. A él no le gustó la orden y salió echando pestes, muy enojado, dispuesto a desquitar en mí su coraje. Me alcanzó y se aparejó al lado. En lugar de cumplir su encomienda me amenazó a mitad de la calle.

―Me las pagarás, maldito maricón ―vociferó.

Le di la espalda. Troté con las monedas del encargo bien sostenidas en la palma de la mano cerrada. Echó a correr para perseguirme.

―No huyas, mariquita ―insistió.

Estiró los brazos dando manotazos. Casi me alcanzaba, pero una figura de niña, alta y fuerte, se interpuso entre ambos. Lo paró en seco mediante tres o cuatro frases:

―Déjalo en paz, abusivo, ¿no te da vergüenza? Es más chico que tú, ponte con uno de tu tamaño.

Una luz verdinegra emergía de sus ojos decididos. Germán quedó mudo, me acerqué al cuerpo de mi salvadora lo más que pude, olía bonito.

―Ven, chiquito, no tengas miedo, que no te hará nada, y tú, largo de aquí, idiota.

Mi hermano reculó y bufó con la ira retenida. Debió calcular sus posibilidades de éxito. La jovencita había bajado de una vagoneta, más personas mayores emergían de su interior, vio la batalla perdida y abandonó la presa. Yo suspiraba abrazado a la cintura de la chica.

―¿Por qué quiere pegarte? ―me preguntó.

―Porque es mi hermano, respondí.

Me miró entrecerrando los ojos de almendra, sonrió. Correspondí. Violeta había entrado a mi vida para siempre.

Te quiere,

Tu tío, Mario Quiroga

&

Montreal, Canadá, a 3 de enero de 2020

Mi adorable Maru:

El lunes siguiente Germán y yo salimos juntos de casa rumbo a la escuela. Ni por acuerdo ni por gusto, pretensiones idealistas de los papás, que no se conformaban ante nuestra enemistad, órdenes de viejos tiempos, costumbres. Desde el jardín de niños fue así, ellos insistían en hermanarnos y nosotros habíamos desarrollado una aversión natural, tipo agua y aceite, notoria para medio mundo. La diferencia de caracteres hizo mella especial en Germán a partir de cuando recibió la primera frase imperativa que le obligaba a cuidarme, nunca me perdonó haber nacido, eché a perder sus juegos, invadí sus dominios, limité su libertad. Lo noté en cuanto tuve uso de razón.

Al principio traté de amansar su furia mirándolo con ojos de «soy inocente, no tengo la culpa», pero eso lo enfurecía más; cambié de táctica y procuré complacerlo en todo lo que me pedía: le regalé mis juguetes más preciados, le compartí el dinero donado por los abuelos, apoyé sus travesuras, guardé sus secretos: nada fue suficiente, su actitud hostil hacia mí siguió igual; después recurrí a la denuncia, todos los días me plantaba frente a mamá para acusarlo: me pegó en la panza, me dijo una grosería, me empujó al lodo, rompió mi juguete… lo que fuera, porque él siempre encontraba una vía para molestar y yo un motivo de queja. Al principio mi madre lo castigaba constantemente y le repetía la cantinela familiar de que tratara bien a su hermano menor, que solo nos teníamos el uno al otro, que fuera bueno o los Reyes Magos no le traerían regalos el próximo año; algunas veces mi hermano recapacitaba y dejaba de acosarme, pero luego olvidaba sus promesas y reanudaba sus agresiones, así recomenzaba el ciclo de quejas y castigos.

Con el tiempo mi madre aprendió a poner oídos sordos a mis quejas y pareció hartarse de ambos. Pasó por una etapa de ensimismamiento. Tal vez una depresión. Traía algo entre manos, una idea inusitada giraba sobre su cabeza, adoptar, adoptar a una bebé. Un buen día habló con nuestro padre respecto a las desavenencias fraternales.

―Es que no me ayudas Germán, todo lo tengo que hacer yo, ya me cansé. Estos niños necesitan quien les vaya a la mano. Tú nada más les pegas o los regañas y ya, te desentiendes, no los educas ―sostenía mi mamá.

―Mira Emilia, si no puedes con dos chiquillos es que no puedes con nada, imagínate si tuvieras que dirigir la ferretería. Ni te quejes, nunca dejaste que los llevara a trabajar conmigo, ahora que ya no puedes, me reclamas ―retobaba mi papá.

De ese punto saltaron a la bronca de siempre. Empezara de un modo u otro, el final repetía el pleito casado entre las familias. Cada uno echaba pestes del apellido del otro. De acuerdo a mi madre, algo malo corría en la sangre de los De Anda como para que su primogénito fuera tan burro para la escuela, ya iba a cumplir dieciséis años y apenas cursaba el segundo grado de educación secundaria. Cierto, lento o no, Germán no era nada aplicado, no le interesaba la escuela, había reprobado dos veces. Mi padre insistía en sugerir oscuras tendencias en la casi desconocida progenie de mi madre.

―Tu tío Pedro nunca se casó, y tu medio hermana es una piruja.

La discusión tuvo altas y bajas, momentos de gritos y reclamos mutuos; ella hablaba de nuestras travesuras y las peleas constantes, en especial de lo rebelde que se había vuelto mi hermano mayor; él, de problemas económicos en el trabajo, de nuestra falta de colaboración y de la ineficacia de la educación materna; por fin llegaron a un acuerdo, obvio, sin pedir nuestra opinión. Nos llamaron y nos leyeron la cartilla. En pocas ocasiones los vi actuar a partir de una alianza estrecha, difícilmente compartían una misma resolución. Germán iría todas las tardes a ayudar a papá en la ferretería, mientras que yo me cuidaría y ayudaría en las tareas de la casa. Fue la primera concesión de mi padre a mis gustos domésticos, sin mucha conciencia de ello, creo. Al principio la solución funcionó, pero después de una semana mi hermano tenía un nuevo motivo para odiarme: gracias a mis delaciones, ahora él debía trabajar por las tardes, vacaciones y fines de semana, mientras que yo pasaba el tiempo en casa como si fuera niña bonita. Palabras más, palabras menos, ese fue su reclamo. Lo acompañó con un puñetazo sobre mi pecho y una patada contra mi pierna izquierda. Ya no lo acusé por esos golpes, no tenía caso.

Toda la vida infantil me pregunté qué le hice a mi hermano para que me detestara. Hilvané dos o tres teorías. Una vez me acusó de algo delicado. Como te digo, ya existir fue suficiente motivo para él. En otro sentido, sigue siendo un misterio familiar. Será que simplemente dos personas como nosotros no debimos nacer del mismo vientre nunca. Que los hermanos pelean y se disgustan por cualquier tontería cuando son niños todos lo sabemos. Es parte de la convivencia, sin embargo, entre nosotros creció una muralla de doble cimiento: ni él me quiso, ni a mí me interesó fomentar su cariño, las cosas como son.

También es cierto que hubiera preferido otro tipo de trato entre nosotros, y sé que en el fondo él ha llegado a desear lo mismo. Sería maravilloso que el nexo de esa relación de concordia fuera nuestra hermana María, lamentablemente, para la desgracia de la familia, María nació muerta. Ya te contaré.

Odio el papel de víctima, gracias a Violeta sé respetarme, pero está claro que los lazos de sangre valieron un reverendo cacahuate en nuestro caso. Germán y yo jamás tuvimos una sana convivencia de hermanos cuando niños. El resultado final de cada batalla era previsible: el fuerte ganaba, el débil perdía. Así es la vida y ni modo. Lo que nunca sabes es cuánto puede empeorar lo que ya de por sí está mal.

Aquel día, cuando mamá desapareció tras la puerta e iniciamos el camino a la escuela secundaria pública, Germán tomó distancia. Por primera vez no me dirigió la palabra. Estaba muy callado, diría que hasta ausente. Me había acostumbrado a sus burlas, a los pellizcos y a los manazos sobre mi nuca, así que permanecí alerta; «en cualquier momento despertará», pensé. Todavía era pequeño y frágil, pero poco a poco la realidad y la necesidad me convertían en un sujeto suspicaz.

Al llegar a la esquina, frente al jardín, una vagoneta detuvo su marcha y el cristal del asiento trasero bajó lentamente, el conductor, un señor de lentes me miró sonriente. Violeta asomó la carita y pude ver, a plena luz de día, esos espectaculares ojos verdes con forma de almendra, enmarcados por dos listones blancos que colgaban de sus trenzas trigueñas enroscadas.

―Mayito, ven, ¿te llevamos a la escuela?

Violeta abrió la portezuela y se corrió en el asiento. No me moví. Alcé la cabeza y vi que mi hermano avanzaba a grandes zancadas cruzando el parque.

―Aprisa, chiquito, que vamos a llegar tarde ―insistió.

Lleno de cohibiciones, entré al automóvil, mochila a la espalda.

Tu mamá hizo las presentaciones.

―Este señor tan guapo es mi papá. ―Y estiró en giro la mano como dama de la corte real―. Papi, te presento a Mario… ¿qué más? ―me preguntó a boca de jarro.

―Mario de Anda Quiroga, para servir a usted ―repuse haciendo honor a las enseñanzas del hogar.

―Oh, vaya, qué niño tan educado. Bienvenido Mario. Mi nombre es José Eduardo Donoso, me gusta que me digan Lalo.

Tu abuelo era un tipazo, vestido de traje todo el día y con pinta de listillo, había estudiado Filosofía y Letras, trabajaba como redactor de un periódico nacional con línea antigubernamental, antes de que los cerraran. Pero todo eso tú ya lo sabes.

―Y ella es mi hermanita ―continuó Violeta.

Del asiento de adelante emergió la cara rubicunda de una niña de mi edad, gordita, cabeza gacha, rubita, seria, bonita, a pesar de su gesto desconfiado; parecía muñeca de porcelana, tu tía Rosaura, a quien no conociste en persona.

Ahí inició la integración social de la familia, frente a un mocoso llevado de aventón a la escuela. La noticia de su mudanza ya había saltado de casa en casa. El barrio entero, incluidos mis padres, comentaba vida y milagros de la nueva familia, algunas comadres especulaban en un tono crítico, misterioso o salpicado de escándalo. Como te digo, no era usual que las personas llegaran a nuestra pequeña ciudad, más bien emigraban, así que no culpo a nadie por los chismes que corrieron. No es que los Donoso hubiesen llegado con tal boato que diera cera y pabilo a las maledicencias, nada de eso, su arribo fue más bien discreto, pero la expectativa de los vecinos era mucha, luego de que la casa en cuestión fuera remodelada y ese fin de semana se viera cómo un hombre entre joven y maduro, acompañado de dos niñas ―una alta, fornida, y otra pequeña, rechoncha―, entraba empujando una silla de ruedas donde dormitaba una anciana. ¿Y la señora de la casa? De su ausencia fue de lo que más se habló, entre especulaciones de viudez, abandono, separación y la temida palabra: divorcio.

Don José Eduardo reanudó la marcha, metros delante divisé a mi hermano. Sentí cierto aire de superioridad acariciando mi cara, Violeta tenía la ventanilla abierta, pudo ser por eso, pero también fue porque ella me había invitado a subir al coche a mí y no a él; «menso Germán, que el diablo se lo lleve». Violeta adivinó mis pensamientos.

―Oye, ¿ya viste? Ahí va tu hermano, ¿lo llevamos?

Naaaaa ―contesté alargando la o hasta transformarla en una a desdeñosa.

Madres de familia apresuradas, las más sin maquillaje, algunas en piyama y pantuflas, envueltas en abrigo largo para despistar la fodonguez, atiborraban la puerta principal de la escuela secundaria. Daban besos, bendiciones, cajas de almuerzo, maquetas olvidadas, rollos de cartulina y muchas recomendaciones a sus hijos: pórtate bien, no quiero quejas, toma tu leche, no ensucies el uniforme, estudia mucho y todas esas cosas que se repiten como una letanía en cada puerta escolar.

El director en persona recibía a los alumnos entre apretujones, desmarques, juegos de chocar y esquivar, empujar y contener, e intentos esporádicos de fila india a su orden, nacida del agobio matutino. Inusual presencia, por lo general la subdirectora y la maestra de guardia coordinaban el ingreso, señal de que esperaba a las niñas nuevas y a su padre. En cuanto el señor Donoso estacionó la vagoneta, el profesor Ramos encargó el control de la fila a la auxiliar técnica para ir a su encuentro.

―Hágame favor, Lupita, que los alumnos entren ya formados para los honores a la bandera. Ah, y dígale a la maestra Edelmira que no olvide traer las efemérides.

El profesor Ramos nos escoltó hasta las oficinas. Yo caminaba detrás, sin más asunto que la curiosidad. Hubo un momento en el que el director volteó sobre su hombro y me vio pensativo, como preguntando por qué los seguía cuando debería estar integrándome a la formación grupal en el patio central; sin embargo, no me despidió, siguió platicando con el papá de Violeta, describiendo las actividades curriculares y resaltando el trabajo de la planta docente. Entramos a la antesala de la dirección; a diferencia de Germán, quien la conocía al dedillo de tantos reportes por mala conducta, yo pisaba tierra nueva. La estancia no contenía gran cosa: un viejo sofá de imitación piel, la vitrina guardabanderas al lado de algunos diplomas enmarcados, y una fotografía del presidente de la República en turno ajustada con chinchetas sobre un pizarrón de corcho. Seguro que Violeta había conocido mejores escuelas.

Luego de que el señor Donoso le entregara algunas carpetas con documentos originales, más un sobre con fotografías de las niñas, tamaño infantil, fondo negro, frente despejada, sin aretes ni adornos, tal cual lo exigía la reglamentación burocrática, el director indicó el camino a las aulas. Violeta debía integrarse a segundo grado, Rosaura a primero, conmigo.

―A ver, De Anda, sirve para algo y lleva a la niña Donoso a su salón a que deje su mochila, los espero en el patio para los honores, no la pierdas, ¿eh? ―ordenó el profesor, y quise obedecer de inmediato, aunque titubeé un poco por estar viendo cómo el intendente sacaba la bandera de su nicho de cristal. Violeta nos dijo adiós agitando los dedos, tu tía y yo salimos a enfrentar la vida de los párvulos.

Al parecer, la llegada de Violeta al grupo de segundo grado, grupo B, causó una gran sensación; hubo murmullos, silbidos, abiertos ofrecimientos de amistad y velados gestos de guerra, según me dijo a la hora del recreo. Germán la vigiló todo el tiempo desde su butaca de tomate podrido instalada estratégicamente al fondo del salón. Siendo el mayor de todo el alumnado, se sentía autosuficiente y disfrutaba de su poder.

―Algo trama ―me confesó ―se ve que no es de los que se quedan con el rencor guardado, pero yo no le temo a los bravucones, únicamente a la ignorancia ―me confesó recelosa. Tenía razón. Era capaz de lo peor. De pura preocupación por las maldades futuras de Germán me atraganté con un pedazo de torta a medio masticar, tosí. Vío palmoteó mi espalda. Pregunté qué le parecía la escuela. Al cambiar de tema me confió que no había congeniado con el maestro asesor del grupo, le pareció soso y poco profesional, no entendí mucho, pero me quedó claro que estaba algo decepcionada por el nivel académico del docente; en aquel tiempo era cuestión de suerte tener buenos maestros, y variaba mucho la calidad del aprendizaje de acuerdo a quien lo dirigía. El profe Lauro Flores impartía Música, tenía fama bien ganada de tonto y loco, lo cual explicaba lo mucho que toleraba, e incluso festejaba, las travesuras de mi hermano.

Para Rosaura fue diferente, casi todos éramos desconocidos en el grupo de primero A. Estábamos en las mismas condiciones, una pequeña más o menos poco interesaba, yo ni siquiera sabía cuántos preadolescentes conformaban al grupo. Claro que reconocí caras de hijos de vecinos, pero no amistaba con ninguno, así que daba igual. Los compañeritos se limitaron a verla entrar, sentarse y abrir su cuaderno para tomar apuntes, copiar las frases o ecuaciones del pizarrón y ejercitar la caligrafía, de ahí en más, nadie le prestó atención; a pesar de que, como digo, bajo su capa huraña era muy bonita, de entrada, la más bonita niña del salón, no obstante su sobrepeso, por supuesto que en ese entonces esas pequeñeces de la vanidad nos importaban un comino. Además, ella no hablaba ni socializaba, encogía el cuerpo y escondía los ojos, así que desde el principio demostró querer ser invisible.

Nuestra maestra de Español debía rondar los veinticinco años y a mí me parecía guapísima, se llamaba Irma Pedrosa, le había dado clases a mi hermano, tenía un mal recuerdo de él y por eso frunció el ceño cuando vio a mis papás en la fila de las matriculaciones a primer grado. Afortunadamente, bastó una semana para que me conociera y sacara del mismo costal donde gustosa hubiera envuelto al hermano incómodo, también mostraba ya cierta deferencia hacia mi insignificante persona y, si bien no era uno de sus alumnos favoritos, tampoco me exigía de más ni me castigaba.

Al filo de la una de la tarde, el primer día de clases de las niñas en escuela nueva terminó. Para nuestra tortura, ese día la clase final era Matemáticas, un sabio profesor la impartía acorde a los preceptos de la vieja didáctica. Bajo el dictamen magisterial de que quien terminara el trabajo podía retirarse, vi salir a Rosaura del salón con el anhelado sello del diez sobre su cuaderno; desde el principio la Donoso menor mostró capacidad y rapidez para terminar las ecuaciones de Matemáticas y los resúmenes de Historia. Y eso que escribía con la mano izquierda. Cuando lo notó, la profesora Irma se afanó en que ejercitara la diestra, pero ella se cansaba de los ejercicios y ya en clases concluía a su manera. No pude acompañarla, aún no resolvía las operaciones ni anotaba la tarea descrita en el pizarrón. Rosy aguardó a su hermana fuera de los salones de segundo grado. Sonó el timbre y la mayoría del alumnado salió en tropel. Violeta la tomó de la mano y se dirigieron a la salida. Regresé la vista al álgebra, extrañé las sumas simples; «dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis», cantábamos en la primaria para memorizar, ya no más. Cuando de nuevo miré por la ventana me percaté de que Germán y su pandilla salían tras las hermanas Donoso, malhaya, me dio mala espina, y yo que no podía terminar de anotar. Garabateé lo primero que se me vino a la cabeza y fui al escritorio para que el maestro me revisara, él se tomó su tiempo y finalmente me dijo:

―De Anda, estas ecuaciones están mal, vuelve a hacerlas.

―Pero ya sonó el timbre, profe.

―No importa, te quedas hasta que los resultados salgan bien.

Bendito maestro tan cumplido.

Por hoy es todo. Recibe mi afecto incondicional,

Mario Quiroga

&

Montreal, Canadá, a 4 de enero de 2020

Hermosa Maru, ¿estás bien? Espero en el alma que sí. Continúo:

Taekwondo, ¿qué demonios es eso? Desde que escuché a tu mami decir ese trabalenguas en voz baja, como si me confiara la ubicación secreta del tesoro de la familia Castanedo, no tuve más que dudas y ansias de descubrir de qué hablaba; y mira que cuando tu madre quería ser misteriosa lo lograba fácilmente, bastaba con entrecerrar sus ojazos verdes y anudarse las trenzas sobre la frente, eso le daba un aire de pitonisa griega que asombraba al más cristiano.

El tesoro de los Castanedo, claro, tú no sabes; mira, en pocas palabras, la casa más elegante y antigua de la ciudad fue propiedad de una familia de apellido Castanedo. Supuestamente don Perfecto Castanedo, heredero de la fortuna, excéntrico solterón, a finales del siglo xix escondió las joyas y el oro de la herencia familiar dentro de una de las gruesas paredes de piedra de la mansión, luego se emparedó él mismo, dicen que decepcionado por un amor imposible, otros afirman que lo hizo porque amaba más al dinero que a las mujeres, en fin, el caso es que la leyenda habla de la maldición del escondite secreto y cuenta que solo una persona de corazón puro podría encontrar el tesoro. Todos los niños de entonces deseábamos ser esa persona. Y algo había de cierto, ya verás. A tu mami le emocionó la leyenda, dijo que el amor y la muerte siempre caminan juntos.

Violeta dejó un recado en mi butaca: «El viento sopla, la lluvia cae, el sol brilla, no te asustes si todo eso sucede al mismo tiempo en el patio a la hora del recreo». Esperé con cara de interrogación hasta que el timbre sonó, alrededor de las 10:30. Una hora antes del aviso chirriante, la maestra Irma, siempre atenta al desempeño de sus pupilos, notó que estaba distraído, me pasó al frente a leer dos páginas del libro oficial, deletreé algunas palabras; debí hacerlo bien a pesar de los pendientes, ya que tomó el sello de goma con la figura de una estrella, lo entintó y lo plasmó directamente en el dorso de mi mano derecha. Era mi primera insignia, eso de la lectura se me daba bien. Sentí orgullo. Inmediatamente volteé a ver la cara de Rosaura, tenía la cabeza recargada en la paleta de la butaca, pero igual levantó un pulgar avalando la hazaña. Sonreí, sonrió, era la niña más hermosa que yo hubiera visto nunca. Ya sé, Violeta parecía imponente, espectacular, indescifrable para mí, ¡la admiraba tanto!, hubiera dado ambos brazos por sus pensamientos, pero Rosaura tenía algo, vital y tranquilo, era como un lago calmo en el que uno podía bañarse sin peligro alguno.

El timbre sonó por fin, salí corriendo. A mitad de la cancha de usos múltiples encontré a Violeta. Nos metimos entre los arbustos detrás de los salones, cerca de la verja divisoria de escuela y calle.

―Mayito, no sabes, ayer…

Una sombra nos tapó la débil luz del sol. La subdirectora, la maestra Edelmira, nos sorprendió:

―Usted, alumna Donoso, a la dirección, de inmediato.

Y allá fuimos, yo de perrito faldero y ella de amazona cabalgando contra el enemigo.

En la puerta de la dirección encontramos a don José Eduardo, tu abuelo.

―No puede ser Violeta, de plano, apenas el primer día de clase y ya metida en problemas.

El señor no tenía la cara simpática del ayer, se notaba que sufría por las circunstancias, circunstancias que yo desconocía. Vío sacudió la cabeza, luego lo miró fijo:

―Padre, ¿qué me has aconsejado para enfrentar la vida?

Que te defiendas si te ofenden, que abraces si te aprecian ―respondió pensativo.

―Entonces no te quejes, vamos, arreglemos esto de una vez.

Entramos juntos a la antesala, había mucha gente allí, de pie, en semicírculo, callados, ojos al suelo o a las paredes: el director, el profesor Flores, dos señoras que no conocía y, sorpresa, mi mamá. Atrás de ellos, oh, más sorpresa, mi hermano y dos de sus amigos sentados en el sofá. Germán levantó la cara, tenía un labio partido e inflamado, puse atención, sus compinches también parecían perros apaleados, las mejillas raspadas y azuladas, habían perdido la bravura, todos pálidos de susto. La secretaria me sacó de la dirección por órdenes de la subdirectora. Lástima, esa cara medrosa de los abusivos merecía un minuto más en la memoria.

Me quedé afuera del recinto en espera de noticias. Até cabos. La tarde anterior perdí de vista tanto a Violeta como a Germán. Pensé: ¿qué pasó ayer? Veamos, que salí de la secundaria volando, preocupado, temía que mi hermano y sus amigos hubiesen lastimado a las niñas Donoso, la mochila saltaba y sonaba como maraca sobre mi espalda; corriendo así di una vuelta completa a la manzana, ya no encontré compañeros rondando las calles aledañas a la escuela. Nada inusual, ningún disturbio. Fui a casa, antes de entrar eché un vistazo a la vivienda de al lado, más allá del jardín no se veía un alma, ni siquiera sonaba la radio de doña Remedios. Creo que debí ir y llamar. No me atreví. Por fin entré a casa, nadie esperaba dentro, pero había comida caliente sobre la estufa, comí y lavé los platos. Hice la tarea. Más tarde llegó mamá con cara de pocos amigos, así que la saludé y le pedí permiso para salir a jugar. Respondió que no, que podía ver las caricaturas en la tele, si quería. Sí quise, mi mama casi nunca prestaba su televisor. Encendí el aparato y estuve embobado con la Pantera rosa el resto de la tarde, hasta que me ordenó que hiciera la tarea escolar, fuera a cenar y a dormir.

Tu mamá me confió parte de la discusión que ocurrió en la dirección. En pocas palabras, el tarado de Lauro Flores defendió a los pandilleros y sostuvo que el asunto ni siquiera debía tratarse en la escuela porque no les competía, ya que los hechos sucedieron en la calle y ni el director ni los profesores tenían responsabilidad o jurisdicción fuera de los muros escolares. En todo caso, señaló, los alumnos fueron golpeados, seguramente por un adulto o guardaespaldas a las órdenes de las niñas, y eso estaba mal; por lo tanto, solicitaba la suspensión inmediata de las implicadas, o al menos de Violeta.

―¿Así que eso pasó? Díganme la verdad, aquí y ahora, delante de sus padres; habla tú, Germán, ¿así sucedieron las cosas?

―Que sí, que un tipo grande, moreno, no, más bien blanco, no, tostado por el sol, de cabello largo y bigote, no muy largo, pero sí tenía bigote, como de treinta años o cuarenta, no me fijé bien, cierto, no lo vimos bien, nos pegó y se fue ―declararon todos sin ton ni son, ante la mirada reprobadora de los adultos.

Luego fue el turno de Violeta:

―Salimos de clases, al dar la vuelta a la esquina estos tres y dos compañeras más, que no se acercaron, pero vieron todo, nos cerraron el paso. Germán nos amenazó con palabrotas que no puedo repetir por respeto a las señoras. Luego trataron de pegarnos. Yo defendí a mi hermana. Eso es todo, nada de guardaespaldas. Tuvieron su merecido, si me permite decirlo, profesor, por abusivos y aprovechados.

El director no entendía, los demás papás tampoco.

―O sea, que fue en defensa propia.

―Así es, profesor, la única justificación de la violencia, ya en la paz, ya en la guerra.

―Entiendo, pero ¿quién te ayudó?

―Nadie, bueno, en cierto momento ellos pidieron ayuda a las niñas que nos veían pelear.

El director disimuló una risa, o mejor, rio por dentro.

―Como ya le informé, profesor Ramos, mi hija sabe defenderse ―terció don Lalo―. De cualquier modo, lamento el incidente, les aseguro a ustedes que Violeta tendrá su castigo. Lógicamente, espero que hagan lo propio, dado el grado de abuso que supone la conducta agresiva de tres muchachos contra dos niñas a las que supusieron indefensas.

―¿Y te va a castigar? ¡Qué injusto! ―exclamé. Tu mami no lo veía así.

―Mayito, pudimos correr, pudimos prever, pudimos pedir auxilio, pudimos hacer muchas cosas antes que pelear, mi padre tiene razón. Además, puse en riesgo a Rosy, porque yo no sabía si ellos tenían otras armas o si iba a poder dominarlos, digamos que me atuve al factor sorpresa, y gané. Tuve suerte.

―¿Pero cómo les ganaste?

―Con taekwondo ―contestó bajito.

Mi amiga volvió a sorprenderme, de hecho sorprendió a todos. Su hazaña fue la gran noticia; adultos y pequeños la admiraban aun sin conocerla. A partir de ahí, la comunidad consideró grata a la familia Donoso, le dio la bienvenida con saludos llenos de gentileza y amabilidad. Estábamos acostumbrados a ver llegar al barrio a vagabundos, pordioseros y malvivientes. En el ambiente flotaba la sensación de que la cercanía con el parque atraía personas en desgracia, como un imán a las limaduras de hierro. Cada temporada de verano pululaban por ahí personas desconocidas, sujetos escapados de algún proceso judicial, ancianos desmemoriados, mujeres huidas de la callada cárcel de los golpes domésticos y niños de la calle que pernoctaban bajo las bancas y los árboles añosos. Los vecinos preocupados llamaban a los representantes de la asistencia social, a la policía municipal, a los grupos filantrópicos; durante un tiempo las personas eran recogidas, llevadas a los albergues, puestas en los asilos, internadas en hospitales y orfanatos; el parque recobraba su independencia, sobre las calles del barrio sonaban tacones conocidos. Al siguiente año el ciclo recomenzaba.

El director suspendió un mes a mi hermano y a sus amigos, también condicionó su regreso al compromiso de observar una conducta intachable. Si propiciaban otro pleito los expulsaría de la institución. Don Lalo castigó a Violeta, como había prometido, mi amiga estaría una semana sin postre, demasiado azúcar la ponía hiperactiva. Germán recibió una docena de cinturonazos y una dura reprimenda de mi padre. Lo golpeó tan fuerte que al final sentí lástima. Estuvo sollozando un buen rato, cubierto hasta la cabeza con las cobijas para que yo no lo viera llorar. Mi hermano ya era grande, no parecía un niño, y aquellos correctivos lo sumían en un agujero de rencor, ira y vergüenza. Más tarde, en silencio y a oscuras, fui a la cocina y acerqué hasta su cama un pan dulce y un vaso de leche. Los tomó, pero no me dio las gracias. Nos dormimos sobre una sábana de tristeza.

Molesté a Violeta hasta que vencí su resistente modestia. Al tiempo que sacaba y guardaba medallas y trofeos de unas cajas de mudanza, me contó toda la historia de la pelea y los antecedentes físicos que le permitieron enfrentar a tres muchachos cuyo único mérito bélico era la intimidación, pero que no tenían ninguna técnica de pelea como ella; en especial me interesaba saber qué eran las artes marciales y cómo las había aprendido, insistí. La palabra arte atraía mi atención, sonaba a algo que yo debería conocer y dominar.

Violeta había estudiado defensa personal desde los seis o siete años de edad. Asistió al entrenamiento en la capital de la República, todas las tardes, primero cada tercer día, luego a diario. Sus innatas facultades la pusieron en el equipo de competencia, asistió a torneos regionales, estatales y nacionales. Los profesores la colocaban ya entre las candidatas para sumarse al equipo nacional olímpico en la disciplina de taekwondo. Era cuestión de tiempo y especialización para que figurara en las competencias internacionales. Aunque se trataba de un deporte de exhibición, la distinción constituyó su máximo logro. Los conflictos conyugales suspendieron su buen desempeño deportivo. Sus padres firmaron el acta de divorcio y, ya sin la madre, la familia cambió de residencia en busca de pastos más verdes. Vi algunas fotografías. Una Violeta de coletas y cara pálida mostraba su elasticidad, lanzaba un golpe o sostenía una medalla colgada al cuello. Me encantaron los uniformes. Hablé con mi padre en cuanto tuve la oportunidad. No lo vio venir, casi nunca le pedía nada.

―Papá, quiero aprender taekwondo.

Hasta la próxima.

Te abrazo a distancia,

Mario Quiroga

&

5 de enero de 2020

Mi querida Maru:

Aquel fue el mes más agradable de todo el año escolar. En cuanto se corrió la voz de la suspensión, otros alumnos acosados por los integrantes principales de la banda de mi hermano asomaron las narices por todo el patio de recreo, inundaron la cancha, usaron sus pelotas nuevas y presumieron sus juguetes electrónicos. Envalentonados, pasearon impunemente por los jardines y hasta organizaron su propia pandilla inofensiva. La ausencia de los tiranos dio también un respiro a los profesores, el único que parecía extrañarlos era el bobo profesor Lauro Flores, los demás rezaban para que no regresaran y hasta sugirieron al director una expulsión definitiva.

Confieso que me relajé los primeros días de su ausencia, efectivamente, el plantel escolar era un mejor lugar sin ellos. No canté victoria, de cualquier forma el tomate más podrido era mi hermano y debía convivir con él en casa, probablemente en el negocio familiar, si el día de mañana nuestro padre decidía que ambos debíamos trabajar atendiendo la tienda de herramientas.

Desde otra perspectiva, en el fondo no estaba contento. Hubiera adorado a un hermano gentil, protector e inteligente, como lo era Violeta para Rosaura. Es fácil amar a los buenos. En cambio, tenía a un enemigo jurado en la cama de al lado cada noche. Por fortuna, él llegaba cansado de trajinar en la ferretería y aturdido por los constantes regaños de mi padre. Así que cenaba y se acostaba casi sin molestarme. Solo de vez en cuando se medio incorporaba sobre el respaldo de la cama y arrojaba un zapato para despertarme. Cuando veía mis ojos abiertos y asustados susurraba frases groseras. Sus ofensas cambiaron de tono, ya no gritaba ni me llamaba marica, de su boca soez salieron dos palabras nuevas que marcarían mis conflictos callejeros: joto y puto.

Cuando crecí un poco, lo lamenté más. Ya no por mí, sino por él. Los años pasaban y Germán echaba en saco roto cada oportunidad de reformarse y canalizar su energía a actividades loables, edificantes, provechosas. Estoy seguro de que hubiera sido un gran deportista, además, dejaba entrever habilidad para los negocios, supongo que debido a la influencia de mi padre y a la práctica que ganaba trabajando con él.

Salvo resquemores y escrúpulos sanguíneos, esa temporada fue fabulosa. Violeta se convirtió en la reina de la escuela. Todos los alumnos querían tomarla de la mano al jugar a las escondidas, las niñas más populares la invitaban a visitar su casa y ella trataba de complacer a cada fan que se le acercaba. Rosy y yo escoltábamos su fama bien ganada de campeona justiciera. Pero no todo fue miel sobre hojuelas, dos alumnas la veían con coraje y envidia, fui hasta mi amiga y se lo dije. Vío tomó un respiro entre tantos admiradores, literalmente sacó la cabeza de en medio de la muchedumbre y volteó a verlas, debió sentir su mirada fija y venenosa. Las reconoció, ellas presenciaron la pelea.

Ema Tabladiuno y Vera Torzón, jamás olvidé esos nombres peculiares, pero ahora caigo que no eran sus verdaderos nombres porque cada vez que algún chiquillo despistado las llamaba así rabiaban a más no poder. Lo que es la inocencia, caray, mira que percatarme ahora, y eso porque los vi escritos y me parecieron raros, nadie en su juicio se apellida Tabladiuno o Torzón. Carambas escuincles, los colegas de la secundaria, qué hábiles para poner apodos.

Ambas repetían el segundo grado, rozaban ya los quince años. Ema tenía mala reputación por noviera y bipolar, la mitad de los chavos de nuestra escuela y la mitad de los chavos de las demás escuelas habían sido sus novios, pero eso cualquier liberal lo entiende, el problema consistía en que rompía con cada uno de manera escandalosa, montaba un show en cada truene, le encantaba tener público para ningunear a los pobres incautos que caían en sus garras siguiendo la quimera de sus encantos. Y es que Ema era de las pocas púberas en la secundaria que tenía senos desarrollados, y sabía cómo usarlos. Funcionaban como dos imanes para el morbo de los hombrecitos, así que cualquiera que deseara incursionar en los placeres de la segunda base tenía una oportunidad con ella. Vera, en cambio, carecía de todo atractivo, era patizamba y quejumbrosa, nada le gustaba, andaba de aquí para allá con cara de fuchi, quejándose de que los profesores le tenían tirria, de que sus papás no le daban dinero para comprar papitas en la cooperativa, de que no sacaba dieces en los exámenes, que nadie le ponía atención cuando hablaba, de todo. Encontró en Ema un aparador sobre el cual encaramarse para disfrazar un poco su personalidad gris y se pegó a ella como una lapa, a tal grado que empezó a remedar las mañas de su amiga y, al cabo de un año, se hicieron codependientes, se parasitaban mutuamente.

Paradojas de la calumnia, ellas fueron las responsables de la fama abrumadora que Violeta sobrellevaba en esos momentos, propagaron los detalles de la pelea exagerando crueldad en los golpes marciales de la guerrera, esperando que los oyentes la odiaran; pero cosecharon el efecto contrario, los alumnos de la escuela gozaron al imaginar la golpiza propinada por una chica a los abusadores. Yo mismo me enteré primero de los pormenores de boca de ellas que de mi amiga. Más tarde ella me narró su versión, minimizando el encuentro y en especial descontando las patadas dolio chagi que tuvo que lanzar en defensa de Rosy y de la propia. Si me hubiera dicho que ante la amenaza Rosaura quedó paralizada de pánico y eso la enardeció más y la fortaleció para defenderse, aparte de entenderlo mejor, habría sido más cuidadoso en mi relación con la pequeña Donoso.