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Cuando Margaux Cassan se desnuda en el pueblo de Provenza donde va a pasar las vacaciones con sus tíos, su cuerpo se vuelve invisible. La desnudez colectiva practicada por los naturistas, distinta de la que persiguen los nudistas, se traduce en una mirada indiferente y liberadora que arropa a la autora tanto en su infancia en la granja de Bélézy como en su madurez, cuando reconecta con ese modo de vida en busca de alivio para sus fuertes dolores de barriga. Ser naturista significa romper la armadura física que separa la piel de los elementos que la rodean; además de una transgresión, se trata de un ejercicio consciente por recuperar la narrativa del propio cuerpo, sin la interferencia del deseo que otros proyectan sobre el mismo. Las memorias de la autora se entrelazan con la historia del naturismo como teoría política, filosofía y estilo de vida en este ensayo híbrido que cuestiona, en cada página, el significado de la desnudez para una sociedad obsesionada por los cuerpos. En un mundo donde la ropa sirve tanto a intereses pudorosos como a la hipersexualización, Vivir al desnudo muestra otra manera de desvestir el mundo. "Me gustaría contar cómo la desnudez camufla, cómo la ausencia de ropa debilita el erotismo, cómo las relaciones de dominación que a menudo determinan el vínculo entre hombres y mujeres se evaporan como por arte de magia cuando todo el mundo circula al desnudo".
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Seitenzahl: 230
Veröffentlichungsjahr: 2024
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TÍTULO ORIGINAL
Vivre nu
© 2023, Margaux Cassan
© 2023, Éditions Grasset & Fasquelle
Publicado por
Plankton Press S. L.
C/ Hernán Cortés, 3
29679 Benahavís (Málaga)
www.plankton.press
Primera edición en Plankton Press: septiembre 2024
© de esta edición, 2024, Plankton Press S. L.
© de la traducción, 2024, Regina López Muñoz
ISBN digital: 978-84-19362-25-4
Fotografías de cubierta: Klara Kulikova, Unsplash
Diseño de cubierta: Ana Cordero Lanzac
Edición: Claudia Pérez Herrero
Maquetación: Álvaro López
Tipografía: Sabon
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total ni
parcial de esta obra ni su almacenamiento, tratamiento o transmisión de
ninguna manera ni por ningún modo sin autorización previa por escrito
del titular de los derechos, salvo para uso personal y no comercial.
Margaux Cassan
Traducción de Regina López Muñoz
Plankton Press2024
A Francis y Josette
Ciertamente, sentirse vivo no tiene nada que ver con contenerse en los senderos bien enarenados de un jardín público cuando te llaman las caprichosas veredas del sotobosque salvaje.
Émile Armand, «Sentirse vivo».
CUBIERTA
LEGAL
PORTADA
DEDICATORIA
CITA
I.
II.
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
IX.
AGRADECIMIENTOS
En 2016, un primer ministro francés declaró que Marianne —la figura que simboliza los valores de la República— no usa velo y lleva un pecho al aire porque es libre. Por tanto, si la ley prohíbe cubrirse por completo el cuerpo es en nombre de la libertad de las mujeres francesas, muy especialmente cuando la prenda elegida para ello toma su nombre de la lengua árabe, hiyab. Hay ciudades con fervientes ordenanzas municipales que proscriben el burkini en las playas. Me pregunto si los niños del centro urbano ven a Marianne en la publicidad de Dolce & Gabbana, una Marianne semidesnuda, con un vestido de cuero ceñido y zapatos de tacón con cordones, tumbada bocarriba, y sobre ella un hombre también a medio vestir que la inmoviliza en el suelo agarrándola con firmeza de las muñecas. En el mejor de los casos, la evolución de las costumbres sustituirá ese póster por otro. Entretanto, todas las miradas estarán puestas en las mujeres que se zambullen en las olas ataviadas con una larga túnica de nailon con capucha. Habrá franceses que, como su ministro, exclamen exasperados que aquí las mujeres son libres. Libres de ir con una teta al aire. Hasta que…
Hasta que un agente municipal pare a mi vecina por haber tomado el sol en bañador en un parque público de Marsella. Y le replique, enfundado en un uniforme que no permite que la piel respire, que el artículo 222-32 del Código Penal francés estipula que «la exhibición sexual impuesta a la vista ajena en un lugar accesible a la mirada pública se castiga con un año de prisión y quince mil euros de multa». Hasta que un ministro de Educación exija que las chicas se tapen el ombligo impúdico para honrar la República.
Es como para no entender nada, salvo hasta qué punto la desnudez nos incomoda y profundiza nuestros tabúes, como un jabalí hoza la tierra en busca de gusanos. Los gusanos son todas nuestras incoherencias, todas esas frases que esgrimimos —«lleva un pecho al aire porque es libre»— para sentirnos mejor. En realidad, la desnudez occidental no es franqueza y espontaneidad, sino humillación o transgresión. Humillación cuando prácticamente todos y cada uno de nosotros hemos sufrido alguna vez la pesadilla de encontrarnos desnudos delante de mucha gente, en el colegio o en el trabajo. Transgresión cuando la desnudez en el espacio público constituye un delito, como lo es la publicación de un pezón en Instagram o una manifestación de Femen.
De modo que si Marianne lleva un pecho al aire no es ni porque sea libre ni porque esté regando el país con su leche republicana, sino porque es la alegoría de una Francia soñada. De una Francia que no existe salvo cuando se abre camino por los pocos intersticios que el hábito no ha cubierto con su tejido moral.
Por más que rebusco en los recuerdos de mi infancia, me cuesta imaginarlos vestidos.
Cuando pienso en mi tía veo a una mujercilla de metro sesenta con el pelo corto enrojecido por la henna y el vello aún negro, bailando en la cocina sin dejar de mover las manos y las caderas recubiertas de pecas provocadas por el sol, unas manos y unas caderas que giran alrededor de una espalda fina cuya columna vertebral protuberante cae sobre unas nalgas tímidas. Prepara una adafina, receta típica de la comunidad judía argelina, en una fuente provenzal de cerámica amarilla con motivos florales. Mi tío, Anselme, es su equivalente masculino: menudo, delgado, ágil. Los dos poseen una desnudez discreta: sus muñecas, sus pies, los pechos de ella y los genitales de él son sobriamente pequeños. La única coquetería son las chancletas rosas de ella, las sandalias de cuero de él. Al examinarlos más en detalle, el cuerpo de Anselme se revela más amargo que el de Jeannette. Los largos años al servicio de la Educación Nacional le han arqueado la espalda y los pies. El contacto con el alumnado se le hace muy cuesta arriba: la insolencia, el desinterés por la música que enseña, los gritos que no dejan oír las piezas que les pone. Mi tío quisiera «no tener que volver más al cole». Yo también, tío Anselme. Odio el cole.
—Como no dejéis ya de hablar del colegio, los dos, se va a poner a llover —comenta, divertida, mi tía.
Su mano acaricia mi pelo y huele a aceite de oliva, pimentón y canela. Lo que tiene ella de malicia lo gana él en virtuosismo. Mientras Jeannette guisa, mi tío se sienta al piano. Toca cancioncillas de Mozart o improvisa a partir de melodías de Bach. Cuando escogemos un cedé o un vinilo, casi siempre es de jazz, salvo cuando mi tía consigue imponer a Joan Báez, con la que guarda cierto parecido. Otras veces es de pop en francés, porque crea vínculos y nos sabemos las letras.
Tocar música y vivir desnudos. Es su forma de vida, su reforma de vida.
Durante el año viven a pocos kilómetros de mi casa, en un piso oficial al lado de Trappes, en el extrarradio de París, pero nunca los he visto allí. Por las fotos sé que es un apartamento oscuro, lleno de discos, de guitarras y de cuadros que tío Anselme pinta en su tiempo libre. Mi tío es profesor de música en un centro de secundaria en el que mi tía trabaja de administrativa. Ellos también conviven casi siempre con los demás en un entorno normal, con ropa y con prisas. Pero cuando son esas personas yo estoy con mis padres, en París, en la escuela primaria.
Asocio a Anselme y Jeannette con el verano, con la desnudez y con Provenza. Para mí son como las tortugas de ese documental que nos pusieron en el colegio, que salen cuando el termómetro alcanza los veintiocho grados. Por debajo de los quince, en cambio, viven al ralentí y se apagan cuando las temperaturas no pasan los diez grados. A diferencia de las tortugas, ellos no tienen caparazón. O, precisamente como ellas, su cuerpo es su caparazón. Cuando salen de su hibernación, coincidiendo con las vacaciones de Pascua, regresan a su hábitat natural. Allí me reúno con ellos en julio.
Bélézy es un club de vacaciones en el norte del departamento de Vaucluse, al inicio de una carretera que recorren con mucho trabajo los ciclistas que intentan subir al Mont Ventoux. Pocos kilómetros antes de llegar, se vislumbra a través del parabrisas salpicado de insectos el «Gigante de Vaucluse», conocido por su cumbre, blanca por la piedra caliza. Las laderas están cubiertas de pinos carrascos, lo que le confiere al monte cierto aire de hombrecillo verde con sombrero blanco. Más o menos a esa altura de la carretera, una anciana vende albaricoques muy maduros a euro el kilo; es tradición que paremos a comprarle. Antes de llegar, queda una última parada en una pequeña localidad de diez mil habitantes adyacente a Bélézy.
Allí, Anselme aparca el coche y va a comprar pan mientras Jeannette y yo subimos hacia la iglesia de San Pedro. Para acceder al atrio hay que enfilar un callejoncito empinado a la derecha de la panadería, que desemboca en esa construcción emblemática del arte jesuita del siglo xviii, me explica mi tía, con sus dos alturas y sus dos alerones, como la iglesia del Gesù en Roma. Desde arriba se distingue Bélézy, escondido en medio del bosque de saúcos. Nos impacientamos y nos precipitamos colina abajo para reunirnos con mi tío, ponernos de nuevo en marcha y adentrarnos por una carretera bordeada de lavanda y viñedos. Nada más apearnos del coche nos desvestimos y ya no abandonamos ni Bélézy ni la desnudez hasta el final de las vacaciones. Vacilo un poco antes de quitarme las bragas, que flotan en mis caderas esqueléticas. En la familia se cuenta que cuando nací pesé tres kilos setecientos y que desde entonces no he engordado nada. Solo mis brazos y mis piernas se han alargado hacia el suelo. Pero ese momento de indecisión nunca dura más que los cien metros del aparcamiento, que funciona como una especie de compuerta: cuando llegamos estamos vestidos y cuando lo dejamos atrás estamos desnudos.
La primera vez que fui a Bélézy tenía dos años. Podría entrar en preescolar un año antes de lo normal siempre y cuando dejara de usar pañal antes del 1 de septiembre. Mis padres pensaron que me ayudaría pasar unas vacaciones con Anselme y Jeannette. Anselme es hermano de mi padre, con el que no tiene nada en común más allá de su madre, Frieda. Aquel verano fue ella, mi abuela, la que me enseñó a usar la escupidera, tarareando una musiquilla que imitaba el ruido de un río. Jeannette se emocionó tanto que se echó a llorar. Cuentan que Frieda, al verle los ojos húmedos, exclamó: «Hala, todo el mundo mea en esta familia». Fue Anselme quien me contó esta anécdota. Anselme se casó con Jeannette antes de que yo naciera. Es la única mujer que se ganó la simpatía de Frieda, a pesar de que mi abuela le preguntaba a veces a mi tío en qué estaba pensando para casarse con una semita. Jeannette no se tomaba a mal el humor mordaz de Frieda, que pasó muchos veranos en Bélézy antes de enfermar. Anselme y Jeannette tienen un hijo, Robinson, diez años mayor que yo, que también pasaba todas las vacaciones en Bélézy. Ha heredado la dulzura de Jeannette y el amor por la música de Anselme. De Robinson conservo el recuerdo de un primo favorito y admirado —yo lo llamo Robinson-el-guay— que toca la guitarra en el jardín del bastidon, la casita.
Mis abuelos, mis padres, mi tío y mi tía, sus hermanos y hermanas, mi primo y yo, formamos una familia de naturistas clásica: orígenes de clase media comunista, convertidos en hippies, funcionarios y asiduos de los cámpines de Vaucluse. En mis recuerdos más tardíos, Frieda, que sufrió una mastectomía después de un largo cáncer, se paseaba con su único pecho por los caminos de Bélézy fingiendo haberse perdido para hacerse la encontradiza con un vecino que le gustaba. Siempre regresaba de su pequeño periplo con una sonrisa en los labios y las mejillas sonrosadas, diciendo: «¡Niños! ¡He visto al vecino en cueros!», como si se escandalizara. Se reía a carcajadas, tapándose la boca con las manos. Su risa juguetona hacía olvidar la cicatriz lastimosa que ocupaba el lugar de la teta derecha y los tobillos hinchados por un principio de cirrosis.
Desde que ella murió, un asunto cuyos motivos todavía me cuesta entender dividió definitivamente a mi familia. Solo Anselme, Jeannette y yo nos mantenemos fieles a la llamada del desierto, si se me permite la expresión. La desnudez en vacaciones se convirtió en nuestro vehículo de expresión, en nuestro último grito.
Bélézy es un espacio cerrado donde la gente se siente lo bastante protegida para dejar a los niños libres, a su aire. Desde muy pequeña, me aventuro por las pistas pedregosas para descubrir esa cosita llamada libertad que mi familia ha encontrado allí. Más allá del aparcamiento, con su placa área de desnudez obligatoria, «los altos de Bélézy» reúnen el conjunto de bastidons, las casitas de campo provenzales propiedad de los asiduos del lugar. Bordeando un sendero angosto rodeado de cedros se llega al área «Bienestar» donde se concentran la sauna, el hamam y la caseta del osteópata del pueblo. Un poco más allá, el área «Bungalow» —cabañitas de madera para los turistas más acomodados—, el área «Campin salvaje» —para los más tradicionales— y, por último, el restaurante y la discoteca que dan a la piscina. Más allá de la piscina olímpica de cincuenta metros, rodeada de tumbonas, está el manzanar, y al fondo del terreno, la granja. Es lo que yo andaba buscando. La granja es el anfiteatro de mis vacaciones. Escondida en lo más hondo del bosque de Bélézy, nada diferencia aquella granja de todas las demás, salvo el hecho de que los humanos están tan desnudos como los animales. Quizá a raíz de esta proximidad, mi familia casi no come carne animal.
Los naturistas, según me explicó un día Martin, el granjero, no han esperado a estos últimos años para adoptar una dieta vegetariana. Antes de convertirse en lo que es hoy, el naturismo se fundó en torno a un grupo de médicos convencidos de que la alimentación y el estilo de vida por sí solos, sin la ayuda de medicamentos, refuerzan las defensas y la inmunidad natural del cuerpo. Todo empezó con un tal Sebastian Kneipp, sacerdote católico que vivió bajo el reinado de Luis I de Baviera, en el siglo xix. Su reinado, hoy olvidado, marcó la edad de oro de Múnich: Luis I plasmó en piedra la síntesis entre Esparta y Atenas con la que soñaba toda la élite política y literaria de su tiempo. El desarrollo industrial estaba en su apogeo. Sin embargo, algunos se sentían ya excluidos del esplendor nacional. Por la forma en que Martin me cuenta esta historia, percibo que se siente especialmente deudor de ella. Se dice que, antes de llegar a Bélézy, vivía en una casa solariega aislada en el norte del departamento de Drôme, resguardada del sol por dos castaños inmensos que presidían el jardín. Tenía el usufructo de aquella casa familiar abandonada que ya nadie quería, vestigio último de la prosperidad de su bisabuelo, un gran industrial. La crisis de 1929, sumada a la terciarización de la economía, terminaron de empobrecer a la familia. El papel pintado se resquebrajaba formando incontables grietas en las paredes, el polvo se acumulaba entre los zócalos, en las columnas de piedra que rodeaban el jardín y el portalón verde por el que antaño se accedía a la vivienda. Nadie se había atrevido a tocar los objetos que había allí, ni siquiera el crucifijo que colgaba por encima de cada cama. ¿Qué hacía Martin solo en aquella casa? Recogía polen y lo esparcía por los alrededores, para que el bosque se tragara la vivienda. Al entrar en contacto con la floresta, los animales recuperaban el control del terreno. Cuando los halcones peregrinos eligieron por fin los castaños del jardín para anidar y la presencia humana se convirtió en una amenaza para la fauna —los halcones vigilaban la puerta, dispuestos a abalanzarse si alguien se acercaba a sus crías—, Martin se marchó de allí con la sensación de haber cumplido con su deber.
Desde entonces trabaja en Bélézy. La granja está plantada en medio de un paisaje pastoral, agreste y bucólico. Un pequeño cobertizo de madera, donde guarda las herramientas, está protegido del sol provenzal por unos árboles a través de los cuales se cuela una luz pastel. El jardín, donde los niños merodean entre los animales, tiene la poesía de los espacios en los que la naturaleza ha triunfado sobre el hombre. El tiempo a largo plazo se detiene, solo cuenta el día, se sabe que cae la tarde cuando los grillos chirrían. En el centro de la granja, Martin, como un pastor, guía a sus grupos de gallinas, de pavos reales o de burros, y va a buscar troncos para el horno de las pizzas. Ahora que lo pienso, Martin se parece un poco al Principito, alto, pálido, con el pelo rubio y eléctrico, preocupado por la flor que se come la oveja, atento al eco de las montañas, soñando que basta con colocar su silla en un pequeño planeta para ver muchas veces la puesta de sol, domesticando zorros, serpientes y ovejas. Tiene algo de la infancia, con el añadido de la sagacidad. Pasa buena parte del tiempo en silencio y acaricia a los animales con soltura, como si fuera uno de ellos. Cuando por fin habla, lo hace para crear vínculos entre elementos del mundo en los que se confunden imágenes extraídas de la literatura, del bestiario o de los mitos clásicos, para relatar cosmogonías antiguas, para transmitir un conocimiento.
Entre los símbolos que Martin hace brotar de las imágenes está el pavo real. La cola que cae al inicio del verano y sale de nuevo unos días después. Como una promesa de resurrección, como un ciclo. Lo que se ha perdido volverá. Hacer hablar a un pavo real es tocar el alma del mundo, me decía Martin a menudo.
Con once años, prosigue, Sebastian Kneipp tiene que ponerse a trabajar como tejedor y luego como pastor para mantener a su familia. Los escasos ahorros se esfuman cuando la casa familiar se incendia unos años más tarde. Ya en el instituto, Sebastian se queja de sudores nocturnos, pérdida de apetito y cansancio extremo. No se atreve a confesar a sus padres que en el fondo de sus pañuelos hay sangre. Tuberculosis. Cuando todos los médicos lo declaran ya condenado a morir, recobra la salud zambulléndose en agua fría, como último recurso, siguiendo los preceptos del médico naturalista Johann Siegmund Hahn, padre fundador de la hidroterapia en Alemania. Sebastian Kneipp se propone entonces la misión de defender ante el mundo el modelo que le ha salvado la vida. Testigo del empobrecimiento de los trabajadores, Kneipp aboga por un regreso a gran escala a la naturaleza que la modernidad les ha arrebatado. Por culpa de las fábricas se registra un aumento de trastornos físicos como el aborto espontáneo, la sordera, las úlceras y la intoxicación por vapores de fósforo, pero también se incrementan de manera significativa los trastornos mentales, como la depresión nerviosa o la decadencia moral, agravados por el creciente consumo de carne adulterada. Para regenerar el cuerpo y la mente de los obreros, afirma Kneipp, hay que apostar por una vida sencilla: la cura vegetariana se convierte en la primera cura de desintoxicación para los males del progreso técnico. Varios médicos alemanes van más allá y promueven una dieta crudívora, incluso frugívora. El «modelo Kneipp» se transforma poco a poco en un producto comercial que engorda a dueños de balnearios y a vendedores de productos farmacéuticos de sustitución. Todavía hoy, a poco que una busque, encuentra en internet una tienda Kneipp que alaba los méritos del vegetarianismo y vende sales de baño relajantes, productos a base de eucalipto y champús antiestrés. El asunto sorprende más aún por cuanto el gurú, Sebastian Kneipp, no era vegetariano…
Los médicos franceses de entreguerras toman el relevo de este movimiento alemán, el Lebensreform (literalmente, reforma de la vida). Prescribir al enfermo un régimen alimenticio muy débil en carne permite tratar la piorrea alveolar o la gingivitis expulsiva, según leemos en las revistas naturistas que se fundan en la Francia de los años treinta del pasado siglo, a rebosar de recetas vegetarianas, de consejos para una musculatura atlética o de artículos para animar a dejar de fumar. Emerge una figura carismática y burlesca en la persona del doctor Carton, un antiguo interno de los hospitales de París reconvertido en gurú de una medicina alternativa. Paul Carton formuló el siguiente adagio: «El microbio no es nada, el terreno lo es todo». Para él, como para Kneipp, la enfermedad no era más que el resultado de una mala higiene de vida, de un consumo excesivo de carne, azúcar, tabaco y alcohol. La historia de ambos es, por lo demás, bastante parecida: la de un muchachito enclenque que se libra por los pelos de la muerte y halla un remedio en el naturismo. Los casos milagrosos no siempre cuentan con el respaldo de la ciencia, pero son la prueba viviente de que aún hay esperanza. Por eso queremos creerlos. De niño, Paul Carton sufre una miopía incapacitante y se ve obligado a usar un corsé de cuero y acero para corregir una escoliosis. Él también contrae tuberculosis y sobrevive milagrosamente gracias, según él, a la aplicación de sus intuiciones dietéticas. Abundan los discípulos del doctor Carton y sus métodos. Su revista, la Société naturiste française, creada en 1921, tiene mucho éxito. Sus colaboradores alertan a los lectores sobre los peligros del «sucrivorismo», que contribuye a fraguar el carácter impulsivo o la descortesía, y garantizan una inmunidad sin fisuras contra las fiebres tifoideas a quienes se sometan a la dosis justa de baños de sol y de mar combinada con una dieta vegetariana. Siete años después, el doctor Carton publica sus Enseignements et traitements naturistes pratiques, donde podemos leer, entre otras cosas, que el papel del médico naturista consiste en hacer que el paciente acceda al vegetarianismo, una forma de horizonte espiritual y moral.
El médico naturista desempeña un papel fundamental en el desarrollo de estas etapas, no solo al guiar en la aplicación de la dieta vegetariana, bien sintetizada y bien ordenada en relación con el individuo y las circunstancias variables de las estaciones y los años, sino también al ser juez de la velocidad a la que deben llevarse a cabo los avances e incluso los retrocesos que en ocasiones pueden imponerse por prudencia o incluso como castigo, por así decirlo, a sujetos demasiado impacientes, demasiado ambiciosos o demasiado arraigados en exageraciones mentales e incomprensiones espirituales.
Este vegetarianismo médico naturista es un sincretismo vago entre la lucha contra la crueldad animal, la influencia del hinduismo en las comunidades occidentales y la intuición precoz de que la carne transmite muchas enfermedades. Pero hay también, y sobre todo, una desconfianza patológica hacia cualquier forma de modernidad, además de una voluntad asumida por recuperar las tradiciones. Paul Carton se autoproclama heredero natural de Hipócrates, que fue el primero en defender la idea de que la enfermedad es el resultado y la suma de varios factores externos, como la calidad del aire, la alimentación y el estilo de vida: el famoso Lebensreform. «Los antiguos griegos despreciaban la leche: Homero reservaba para los bárbaros el calificativo desdeñoso de “galactófagos” (los que se alimentan de leche). Por tanto, fue necesario el desarrollo de una civilización intensiva y apartada de las leyes naturales para que la leche, la mantequilla y el queso fueran aceptados y consumidos en exceso», cuenta Carton. Hipócrates era vegetariano. Afirmaba que la perdiz es el peor de todos los males. El filósofo y médico Georges Canguilhem, en su reflexión acerca de «lo normal y lo patológico», aclara el fundamento de esta idea médica: Para vitalistas como Hipócrates y Carton, la enfermedad no es más que una resistencia impuesta con la que basta jugar para dar con el equilibrio de cada cual.
Unos años antes de la Primera Guerra Mundial se funda la colonia naturista y vegetariana de Ascona, con la efigie de Sebastian Kneipp en la colina del Monte Verità, dominando el lago Mayor. En las montañas conviven naturistas, anarquistas, artistas y artesanos que renuncian a la propiedad privada, a las tradiciones burguesas del matrimonio, a la sociedad industrial y al consumo de carne.
En 1902, en el departamento francés de Aisne, se crea otra colonia que recibe el nombre de La Clairière de Vaux. Desencantados con la inminencia de una revolución política, un pequeño grupo de campesinos, obreros y pensadores libertarios deciden fundar su propia utopía, a escala de un calvero escondido en algún lugar de Aisne. Al año siguiente, la colonia llega a acoger a cuatrocientas personas: obreros, zapateros, sastres, agricultores, todos ellos deseosos de esquivar un empleo asalariado y su miseria, hastiados de ganar dos francos por semana. La experiencia pretende ser una especie de colonia comunista en cuyos trabajos (agricultura, artesanía, confección) participan todos sus miembros. Se plantean construir una biblioteca y una escuela. Se cuenta incluso que Lenin visitó la colonia durante un viaje a Francia en 1903. El proyecto de La Clairière de Vaux se organiza a partir de la acción conjunta de trece colonos y promotores, entre ellos, la pareja libre formada por Sophia Zaïkowska, una anarquista feminista y vegetariana de origen polaco, y Georges Butaud; ambos se conocieron en 1898 en las bancas de una reunión anarquista. Estaban también Henri Zisly, escritor anarquista (pero hostil al vegetarianismo) y E. Armand (Émile Armand, pseudónimo de Ernest-Lucien Juin), un militante anarquista y defensor de la libertad sexual. Si bien los colonos están de acuerdo con respecto a lo esencial, cada uno aporta al movimiento unos elementos ideológicos propios que construyen el naturismo tal y como lo entendemos hoy en día. Sophia Zaïkowska y Georges Butaud colaboran en la revista Le Néo-Naturien, una publicación libertaria, fundan la revista Le Végétalien y aplican los preceptos del doctor Carton, con quien mantienen una correspondencia regular. Con él se convencen de que exponerse a los rayos solares sin ropa proporciona una energía que sustituye la de la carne animal. Además del vegetarianismo y la desnudez manifiesta, promueven la igualdad entre sexos, la abolición del dinero y una educación gratuita. El experimento de La Clairière de Vaux se vio comprometido al cabo de pocos meses, cuando el dueño de los terrenos retiró su contribución, pero el naturismo echó raíces en una experiencia comunitaria. Bélézy nació de ese primer gesto.
En todas las fotos hechas por mi tío, mi cuerpo flacucho se agarra como un mono a los hombros de Martin, o se agazapa contra su pelo rubio y rizado. A nuestro alrededor, un pavo real, unas cabras, unos pavos, unos cerdos, un burro, un caballo, varias gallinas. Oculto mi rostro con timidez bajo mis tirabuzones rubios. Él, en cambio, mira fijamente a cámara; tiene los ojos tan azules como el cuello del pavo real. En la granja, Martin me enseña a preparar masa de pizza con las manos o a ordeñar a una cabra sin hacerle daño. Nos acuclillamos junto al animal, él delante, yo detrás. Mientras Martin le da de comer, yo pellizco con cuidado las ubres de la cabra con el pulgar y el índice para que salga la leche. Cuando ya no sale más, limpio cuidadosamente las ubres con agua tibia, como he visto hacer a Martin. Con ese producto, Martin prepara un dulce de leche que me deja comer a escondidas a pesar de que (es nuestro secreto) añade alcohol a la elaboración. Cuando Martin está atareado, observo al pavo real. Desnuda, trato de imitar su chillido para incitarlo a hacer su espectáculo. Pruebo una primera vez: «Liooooooooooon». Él me mira intrigado. Estiro el cuello en su dirección, escondo las manos detrás de la espalda y vuelvo a intentarlo. Él estira entonces su cuello azul como los ojos de Martin, pero deja las plumas posteriores recogidas. Retrocedo ligeramente cuando abre el pico a la vez que se adelanta hacia mí, graznando. Pero no quiero rendirme. Suelto las manos de detrás de la espalda y las despliego a mi alrededor, igual que una cola. En ese momento, el pavo empieza a dar saltitos y abre y cierra el abanico de plumas con nerviosismo antes de esconderse detrás del horno de las pizzas. Mañana volveré para intentar pillarlo con la cola totalmente abierta, luciendo su millar de ojos azules, a través de los cuales creo distinguir el orgullo de Martin.
Para una niña, Bélézy es un poco como la escuela en el bosque, esas clases nuevas que ofrecen a los niños urbanitas lecciones en plena naturaleza, permitiéndoles asumir riesgos, observar y explorar sus facultades fisiológicas y sensoriales. Sí, una escuela al aire libre, sin profesor que te diga lo que tienes que hacer o lo que no, sin padres vigilando, solo Martin dándote consejos y curándote las heridas.
Jeannette ha puesto la mesa para el desayuno. Yo llevo una hora lista, con la mochilita colocada en la espalda desnuda y sendos pañuelos debajo de las correas para que no me hagan rozaduras en los hombros. En la mochila he guardado un mendrugo de pan para darle de comer al pavo real, el producto antimosquitos y un trapo para atármelo a la cabeza, como las mujeres cowboy.
