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«Nosotros no podemos salir de la trinchera ni para orinar siquiera que nos cosen a tiros y a morterazos y a cañonazos, y para terminar pronto, tienen de todo lo que quieren, para un tiro que nosotros tiramos, nos tiran ellos un ciento [...]». Cecilio Broch Pintor Una perspectiva original y humana de la Guerra Civil a través de fragmentos de cartas enviadas por soldados del Ejército Popular de la República a sus seres queridos en la retaguardia. El servicio de censura militar conservó sus palabras de forma inconsciente y un cuidadoso análisis de esta excepcional y compleja fuente descubre la experiencia bélica de los combatientes: sus miedos, deseos y reacciones ante la obligación de apostarse en las trincheras durante el violento conflicto fratricida. La correspondencia evidencia, también, los grandes problemas que sufrió la República con su nuevo Ejército y que ayudan a explicar la victoria del bando «nacional»: dificultades de suministro, divisiones políticas, actos de disciplina y un cansancio generalizado.
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Seitenzahl: 354
Veröffentlichungsjahr: 2015
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JAMES MATTHEWS
(SELECCIÓN E INTRODUCCIÓN)
VOCES DE LA TRINCHERA
CARTAS DE COMBATIENTES REPUBLICANOS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Abreviaturas
Agradecimientos
Mapas
Prólogo
1. Introducción
2. Los censores y la censura
3. Condiciones materiales en el frente
Rancho y agua
Haberes
Equipo y ropa
4. Experiencias de guerra
Acciones enemigas
Vida cotidiana en las trincheras
Reclutamiento
5. Moral decaída
Deseos del final de la guerra
Chanchullos y emboscados
Diferencias políticas en el frente
Los oficiales y los comisarios
6. Faltas graves de indisciplina
Fraternización
Desertores
Disciplina y prisioneros
7. Contacto con la retaguardia
Sobre la retaguardia y vida familiar
La novia y la mujer
Permisos
8. La otra cara de la moneda. Antifascismo ejemplar
Apéndices
I. Cronología del frente de Andalucía
II. Orden de batalla del Ejército de Andalucía
III. Estafetas Centrales de Campaña
IV. Instrucciones para los gabinetes de censura del Ejército de Andalucía
A) Normas para efectuar la censura / Escritos a detener / Correspondencia exceptuada de censura / Distribución de asuntos / Personal lector
B) Papeles en blanco y tintas simpáticas
C) Conexión de la censura con el servicio postal
V. Escritos de la Jefatura de la Censura del Ejército de Andalucía
Bibliografía seleccionada
Fotos
Créditos
Para Jemma Markham y en memoria de Piers Dutton (1943-2013), mis padrinos, quienes tanto me han apoyado a través de los años.
AGMA:Archivo General Militar, Ávila
a.:Armario
c.:Carpeta
d.:Documento
l.:Legajo
sf.:No se menciona fecha
ZR:Zona Roja [sic]
AHPCE:Archivo Histórico del Partido Comunista de España (Madrid)
Bón. o Bon:Batallón
B.M. o Brigª:Brigada Mixta
B.T.:Batallón de Trabajadores
CAMPSA:Compañía Arrendataria del Monopolio del Petróleo, S. A.
C.ª, Cía. o Comp.ª:Compañía
C.C., E.C.C. o E.C.C.E. :Estafeta Central de Campaña de Cuerpo de Ejército
C.E. o C. de E. :Cuerpo de Ejército
C.G.:Cuartel General
CNT:Confederación Nacional del Trabajo
D.[E.]C.A.:Defensa [Especial] Contra Aeronaves
Div.:División
E.M.:Estado Mayor
JSU:Juventudes Socialistas Unificadas
PCE:Partido Comunista de España
P.M. :Puesto de Mando
POUM:Partido Obrero de Unificación Marxista
PSUC:Partido Socialista Unificado de Cataluña
Regt.º:Regimiento
SIEP:Servicio de Inteligencia Especial Periférico
SIM :Servicio de Información Militar
S.S.:Su Señoría
TA:Transporte Automóvil
UGT:Unión General de Trabajadores
V.E.:Vuestra Excelencia
V.S.:Vuestra Señoría
El germen de esta edición surgió hace ya varios años cuando me encontré con esta extraordinaria colección de cartas republicanas en el Archivo General Militar de Ávila. En ese momento estaba escribiendo una historia de los reemplazos llamados a filas en ambos bandos durante la Guerra Civil. Aunque llegué a utilizar algunos extractos de las cartas en esa obra, supe que quería volver a la colección por tratarse de material asombroso y casi desconocido para estudiar el conflicto. Mi intención con esta edición es proporcionar un análisis de la fuente, además de presentar estos escritos tanto a los historiadores especializados en la Guerra Civil como a los lectores interesados en el lado conmovedoramente humano de esa funesta confrontación.
Mi deuda académica más importante es con Gajendra Singh, antiguo colega del Centro de Estudios Bélicos de la University College de Dublín, por debatir conmigo la lectura de cartas de combatientes rasos y compartir su amplio conocimiento metodológico sobre este tema. Mis gracias también a mis amigos y colegas Hernán Rodríguez Velasco y Mercedes Peñalba Sotorrío por sus provechosos comentarios y perspicaz crítica constructiva sobre un borrador previo del texto. También quisiera agradecer a Robert Gerwarth, director del Centro de Estudios Bélicos en el University College de Dublín, por su constante apoyo durante todo el proceso, y a mis colegas del mismo, Tomas Balkelis, Suzanne D’Arcy, Susan Grant, Mark Jones, James Kitchen, Matthew Lewis y William Mulligan por propiciar un ambiente de trabajo ameno. Esta obra hubiera sido imposible de realizar y publicar sin la financiación de una beca Marie Curie Intra-Europea. En Ávila, agradezco la ayuda brindada por el personal del Archivo Militar.
Ha sido un placer trabajar una segunda vez con Cristina Castrillo, editora ejemplar de Alianza Editorial. Ángeles San Román corrigió el texto minuciosamente, y Sergio Sanagustín Mimbrera y Elena Sánchez Alonso me ayudaron eficientemente con la transcripción de las cartas. Me siento enormemente honrado y agradecido por el hecho de que José Álvarez Junco, un referente de historiador, y de cuyo trabajo tanto he aprendido sobre el pasado de España, haya aceptado prologar esta edición.
Finalmente, esta edición hubiera sido tarea más ardua sin el apoyo de mi familia —Alan, Carol y Hannah— y mis amigos en Dublín y en Madrid, que me mantuvieron alejado de la pantalla del ordenador durante periodos imprescindibles para recobrar energía.
James Matthews
Dublín y Madrid, septiembre de 2014
Etapas principales de la campaña de Andalucía. Los mapas parciales señalan el terreno ocupado por ambos bandos en las fechas que se indican.
James Matthews ha localizado, y presenta en este libro, un material de primera importancia. Es el tipo de testimonio con el que un historiador desearía siempre contar para poder comprender y explicar una situación pasada. Porque de lo que normalmente disponemos es del discurso oficial. En una guerra, de las arengas patrióticas con las que se despide a los soldados, de los desfiles, de las acciones bélicas. Ignoramos, sin embargo, cómo vivían aquella experiencia, qué pensaban, cuánto se creían del chaparrón retórico que les caía encima, cómo aceptaban aquellas penalidades. Estas cartas nos proporcionan una posibilidad de atisbar en esa zona oscura, en el interior de sus mentes. Por eso James lo llama, con razón, el «lado humano de la guerra». Lo cual convierte a este material en extremadamente raro y valioso, sobre todo en un país en el que el analfabetismo estaba tan extendido y en el que, incluso las pocas cartas que se escribían, raras veces se han preservado en archivos familiares.
La correspondencia que aquí se presenta y analiza estaba escrita por reclutas forzosos, lo cual le da más valor aún. Porque los ejércitos que combatieron en la Guerra Civil española estaban sobre todo compuestos por reclutas, no por voluntarios, pese a que la propaganda se haya volcado sobre estos últimos; y pese a que, como los productores de discurso son los ideólogos, sean ellos los más visibles y sobre quienes poseemos más datos. Los historiadores, obligados a basarnos en estos discursos, únicos de los que disponemos, tendemos por eso a hacer una historia muy limitada, una historia del poder. Estos textos, en cambio, no proceden del poder, sino de la sociedad, de eso que, con tópico romántico, llamamos «el pueblo». Con lo que este libro nos permite superar la historia oficial y aproximarnos a la real.
Lo cual tiene varias consecuencias. La primera, que estos textos no deben ser leídos literalmente. Ninguno debe serlo, en realidad; los del poder, tampoco. Pero estos por otras razones. Porque hay que contar con los «filtros», como nos advierte con razón James: con la censura política, con el miedo a que alguien vea lo que escriben, con la reserva espontánea ante problemas que pudieran inquietar a la familia.
La segunda consecuencia es que a quien le interese la guerra en el sentido tradicional (batallas, nombres de los caudillos, anécdotas que decoren sus biografías) este libro le ofrece poca cosa. Apenas se relatan acciones bélicas, porque el frente andaluz, del que proceden, estuvo tranquilo. No hay más que los bombardeos de los aviones enemigos, los morterazos ocasionales que les lanzan, algunos disparos sueltos que se intercambian. Lo que domina es el aburrimiento, el trabajo de cavar trincheras, la incomodidad de vivir en ellas.
Pero se revelan detalles de gran interés. Por ejemplo, la frecuencia con que se producen actos de confraternización con el enemigo. Por debajo de las ideologías, enemigas radicales, incapaces de coexistir ni de dialogar, había unas personas que estaban sufriendo aquel drama y que se parecían mucho en los dos bandos. Entre ellos era posible algún tipo de entendimiento. Hay muchas referencias a intercambios de productos que ambos necesitaban (sobre todo, papel de fumar «rojo» por tabaco «fascista»). En ocasiones, republicanos y nacionales —o rojos y fascistas— acuerdan no dispararse. Una vez, desde el lado «fascista» les gritan: «Rojos, no tirar, que nosotros no tenemos la culpa de esto». Parece reinar una creencia, muy propia de estos ambientes populares, de que los culpables de la situación no son ellos, sino otros que están en las alturas. Uno de los que relata estos actos de confraternización anota que ambos estuvieron de acuerdo en que «al que ha liado esto no le llegan las balas».
Es también interesante el despego hacia las directrices políticas, especialmente de los comunistas, cuyo control en la zona republicana se vive con disgusto. «Aunque se sea una bestia, el presentar un carnet del partido comunista basta para que se le tengan todos los honores», anota uno. Otro, en cambio, se queja de lo contrario: de que él es comunista y en su batallón, como «son todos de la CNT, pues me hacen la vida imposible». Hay reproches también contra «los que pertenecen al Partido Socialista», de los que «no hay ninguno en el frente».
Lo que domina en estas cartas, en este anti-discurso oficial, es el escepticismo, el descreimiento político. Hay poca ideología en ellas, salvo en las catalogadas como «antifascistas ejemplares». Lo que se respira es miedo, cansancio, quejas sobre las condiciones materiales del frente o por la mala suerte de haber tenido que caer allí, deseos de volver a casa, resistencia pasiva («procura, cuando te vea el médico, decir que te duele el brazo»). El pésimo calzado, el frío y el hambre, están presentes casi en cada línea, como las denuncias de casos de abusos, enchufes o engaños. Están sufriendo, y por una causa en la que no creen. Aquí no aparece el lado heroico de la guerra. «Es muy bonito ver la guerra desde una butaca», dice uno, refiriéndose a lo que había visto en el cine. Pero sobre todo se leen constantes quejas por un trato que se percibe como injusto: «solo dan permiso a los enchufados»; en la retaguardia «no hay más que una banda de canallas»; «ya tenemos ganas de que esto termine para ajustarles las cuentas a tanto parado y enchufista»; en intendencia «no pasan frío ni hambre»; «la guerra es para los pobres trabajadores, que son los que mueren en los campos de batalla»; «estoy pasando fatigas», dice uno, «en lo que nada tengo que ver»; «no hay más que aguantar y ver en lo que para esto»; estas injusticias, concluye otro, son «la historia de nuestra raza».
Y, pese a todo, la ideología ha calado hasta cierto punto. Las cartas revelan, por ejemplo, una notable dosis de nacionalismo y odio hacia los «invasores extranjeros». La retórica oficial republicana, que presentaba la guerra no como civil sino como una invasión ítalo-alemana, había penetrado: «si no fuesen los extranjeros, ya se había terminado la guerra»; confiamos «en el triunfo sobre las hordas invasoras internacionales», sobre «esos malvados invasores de Hitler y Mussolini»; «adelante, camaradas, por la propia liberación de nuestra patria y la exterminación total de traidores y de la invasión criminal que sufrimos»; «que nuestra tierra, nuestra patria, nuestra querida España, no se vea en manos de italianos, ni de alemanes, ni de marroquíes, ni demás mercenarios extranjeros...». Algunas de estas expresiones proceden de las cartas catalogadas como «antifascistas ejemplares», pero no todas. También se nota que se ha interiorizado la propaganda en expresiones sueltas, como el uso habitual del término «fascista» —lanzado incluso a los enchufados del propio bando— o en referencias como «antes, en tiempos de la burguesía». Algunos, al quejarse de que no son tratados con justicia, se declaran orgullosamente «verdaderos antifascistas» o luchadores «por la libertad».
Pero lo que domina sobre todo es el cansancio, el deseo de que todo termine. Hay constantes alusiones esperanzadas a los rumores de que la guerra acabará pronto. «Tengo más ganas que esto se termine que tú no sabes»; «que se acabe esto, [cuanto] más pronto mejor»; «hay jaleo de que esto se termina y ojalá sea verdad, pues estoy de la guerra hasta los c...». Uno dice haber sido «voluntario de la primera columna», pero «ahora ya perdí cuanto me queda de moral, hoy solo me quedan muchas ganas de que termine todo esto y muchos desengaños»; «yo lo que quiero es que me saquen de aquí»; «son tantas las ganas que tenemos todos de que se acabe la guerra» o «esta mierda de la que estamos todos muy hartos»; «pídele a Dios que se acabe pronto esta maldita guerra» (el lenguaje religioso sigue presente, pese a todo). El deseo de que llegue el final es unánime. Y no parece importar en qué sentido sea, qué lado vaya a alzarse con la victoria.
Sobre la Guerra Civil española hay miles de libros. No pretenderé haber leído todos, ni siquiera la mayoría, pero sí una porción no despreciable de ellos. Ninguno de los que conozco refleja como este aquellos hechos de manera tan parecida a la versión que a mí me llegó, desde niño, por boca de mi padre, que también fue reclutado para defender la República. Lo que destilaban sus recuerdos era desilusión, hastío, hambre, desconfianza hacia el discurso oficial, protesta soterrada contra los tratos de favor. Hubo otros aspectos en la Guerra Civil, sin duda, pero nadie puede ignorar este a la hora de valorar aquel episodio.
José Álvarez Junco
Tras casi un año y medio en el frente de Andalucía, José Valls, un soldado catalán destinado al Estado Mayor de la 23.ª División republicana, se encontraba frustrado y desalentado. Cuando a finales de 1938 o a principios de 1939 escribió una carta a Juana Pérez —que era probablemente su pareja y vivía en Martorell (Barcelona)— no pudo contener su frustración: «Juana, hoy hace 15 meses que me incorporé y me parece que hace 15 años, si al menos se acabase bien pronto esta mierda de la que todos estamos muy hartos» (145). Valls deseaba la rápida terminación de la Guerra Civil española y sus emotivas palabras han perdurado hasta nuestros días porque el servicio de censura republicano las consideró desmoralizantes para la retaguardia.
En contraste con otras guerras contemporáneas que han tenido lugar en Europa occidental, la Guerra Civil española ha dejado para la posteridad un volumen de correspondencia militar sorprendentemente pequeño. Como escribió el historiador Xosé Manoel Núñez Seixas: «[L]as colecciones de cartas enviadas desde el frente por simples combatientes son, salvo alguna excepción reciente, una rareza en la bibliografía sobre los combatientes de ambos bandos en la guerra civil»1. Por consiguiente, los historiadores de la contienda apenas han podido utilizar estos llamados ego-documentos para hacerse preguntas acerca de la experiencia cotidiana de la guerra, la efectividad de la propaganda, el estado de la moral y el desarrollo de las relaciones personales durante el conflicto, cuestiones que han sido tratadas con frecuencia en estudios de otras guerras en épocas de alfabetización masiva, gracias, sobre todo, al análisis de la documentación proveniente de la censura militar2.
La presente edición es un intento de sanar de manera parcial esta laguna historiográfica y elucidar sobre estas cuestiones sociales y culturales3. Proporciona una selección representativa de los extractos de cartas, transcritos por los servicios de censura republicanos del Ejército de Andalucía durante la última etapa de la guerra, de forma aproximada entre julio de 1938 y marzo de 1939. Esta es una fuente especialmente fértil pero apenas utilizada para estudiar la contienda4. El propósito de este trabajo es arrojar luz sobre la experiencia de guerra, y también ofrecer una novedosa aproximación metodológica a una fuente fragmentada y antagónica, puesto que las cartas no se han conservado íntegras y solo tenemos acceso a extractos que fueron transcritos únicamente cuando contravenían los reglamentos o si, por el contrario, se consideraban ejemplares. De la colección se desprenden las condiciones cotidianas de los combatientes, incluidas las carencias de rancho y equipo, así como el estado de la moral en las filas del Ejército Popular. La correspondencia recalca asimismo la disciplina en el Ejército, pero también sus graves infracciones, de manera especial la deserción, la confraternización con el enemigo y las diferencias políticas que minaron la unidad del bando gubernamental. Además, estos extractos de la correspondencia de los combatientes permiten un análisis del tipo de información que se transmitía por vía epistolar entre el frente y la retaguardia. En su conjunto, esta documentación proporciona una importante ventana a la experiencia de los soldados rasos republicanos en la campaña y contribuye a la inclusión de las vidas individuales en la historia estructural y política de la época. Por último, aporta un importante estudio de caso al extenso corpus de investigación internacional que analiza la correspondencia en tiempo de guerra.
Los autores de las cartas, personajes anónimos en la contienda fratricida, describen las condiciones en las trincheras, en incómodas posiciones a la intemperie, y su vida cotidiana mientras se enfrentan al Ejército Nacional 5. Los corresponsales cuentan su miedo al servir en el frente, su deseo de volver a ver a los suyos y de que acabe la guerra o se quejan de la mala suerte que han tenido por estar en edad de movilización durante la contienda. El lenguaje que emplean es rudo y muchas veces contiene faltas de ortografía y errores gramaticales, pero los mensajes que transmiten son fundamentales para entender la perspectiva de los miles de españoles que fueron llamados a filas a luchar en el bando gubernamental entre 1936 y 1939.
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Una lectura de las cartas escritas por soldados en tiempo de guerra requiere una comprensión metodológica de los matices de conocimiento, información y omisión por parte del remitente y del destinatario. Una de las dificultades más acentuadas al leer este tipo de misiva censurada es establecer las posiciones de los distintos filtros a través de los cuales se ha transmitido alguna información. En la mayoría de los ejércitos en tiempo de guerra los soldados sabían que su correspondencia era vigilada, pero parte del éxito de la censura dependía más de la posibilidad que de la seguridad de que se leyera una carta dada, ya que los funcionarios de correo de campaña solo podían escudriñar un porcentaje sorprendentemente bajo6. En consecuencia, muchos combatientes jugaban a la «lotería de la censura» con algunos temas sensibles. Algunos soldados franceses, por ejemplo, describían, durante la Primera Guerra Mundial, su paradero a sus familiares en múltiples cartas que enviaban a sus casas con la esperanza de que alguna llegara a su destinatario sin haber sido censurada7. De esta forma podían prácticamente garantizar que los suyos supiesen dónde se encontraban, un hecho muy importante para la moral de los combatientes.
Lo que es más difícil de saber, sin embargo, es si los soldados hacían lo mismo con información que podía alarmar a los destinatarios, como una descripción realista de las experiencias vividas en el frente y su reacción emocional ante ellas. Es precisamente en estas situaciones en las que no es posible establecer por completo el equilibrio entre la autoexpresión y la autocensura de los corresponsales8. Como escribe el historiador Martyn Lyons en sus trabajos sobre la Primera Guerra Mundial: «[L]a correspondencia de los soldados es notable no tanto por sus revelaciones personales auténticas, sino por su reticencia y la banalidad de sus repeticiones formuladas»9. En muchos casos, por tanto, los soldados en esa contienda oscurecían la verdad y se protegían, empleando tropos establecidos, que reproducían. En otros casos, utilizaban frases banales como muletillas para superar su limitada alfabetización.
Además, este tipo de fuente primaria nos permite ver cómo se cristaliza la experiencia de guerra a través de la prosa. Tanto las cartas como los diarios son el material generado más cercano a los eventos históricos, y esto les otorga una valiosa inmediatez. Pero el proceso de producir un testimonio no es tan solo descriptivo; el autor de este tipo de textos también estructura e interpreta el pasado, además de dejar un legado para el futuro en épocas de grave peligro. En este sentido, las cartas se convertían en vehículos narrativos que permitían a los combatientes realizarse como individuos, y plantearse la guerra y su interacción con ella10. Como escribe Miriam Dobson, un estudio de la correspondencia particular «permite que el historiador examine cómo, en el pasado, las personas utilizaban el género epistolar para dar una imagen de sí mismos mediante sus relaciones con otros»11. Por tanto, estas cartas buscaban establecer un diálogo con el destinatario, tratando de implicarle emocionalmente y de suscitarle una serie de reacciones como la excitación o la compasión12.
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Las principales razones por las que existe un corpus epistolar de la Guerra Civil tan pequeño son, por una parte, que el volumen de cartas escritas era relativamente bajo y, por otra, que estas no han sido de fácil acceso para los historiadores. En el periodo previo al estallido de la Guerra Civil, la enseñanza pública española no estaba tan desarrollada como en los países del norte de Europa, y la sociedad contaba aún con una tasa significativa de analfabetismo. En 1930, el porcentaje de adultos alfabetizados era de un 69 porciento, cifra que colocaba al país por detrás de Francia e Italia, por ejemplo, pero muy por delante de Portugal13. Aunque en España existía una cultura de escritura popular14, la alta tasa de analfabetismo —descrita por un anarquista en el periódico Sur como la «funesta influencia» de «cinco siglos de opresión monárquica y feudal»15— ayuda a explicar el reducido volumen total de correspondencia16. Las estadísticas del propio servicio de correo militar republicano lo confirman. Por ejemplo, durante el mes de septiembre de 1937, las estafetas del nutrido Ejército del Centro registraron el envío de casi 3,2 millones de cartas y el recibo de más de 2,9 millones17. Mientras que a primera vista esto puede parecer un volumen considerable, no lo es si comparamos el caso de España con el de Francia durante la Primera Guerra Mundial, donde hubo una «efusión absolutamente diluviana», pues las estafetas militares francesas tuvieron que lidiar con más de cuatro millones de cartas diarias a comienzos de 191518.
Otra razón por la que el volumen de cartas accesibles hoy en día es tan pequeño es el resultado final de la contienda. La victoria nacional y casi cuarenta años de franquismo hicieron que la represión y la persecución de antiguos republicanos continuara considerablemente más allá del final oficial de la guerra, el día 1 de abril de 1939. Durante este periodo, muchos combatientes que habían luchado al lado de la República escondieron o destruyeron documentos que los ligaba al bando derrotado19. Por supuesto, esto incluía la correspondencia de la época de guerra que podía ser incriminatoria. Jordi Girona, corresponsal de Reus e identificado como prestando servicio en la Brigada Especial «Y», mencionó, específicamente, este hecho en una carta de los últimos meses de la guerra, en la que pedía a uno de sus parientes que quemase todo lo que «lleve algún compromiso», añadiendo que podía «también en caso necesario quemar [sus] cartas» (142). Pero esto no explica la falta de material epistolar nacional de dominio público; la gente que se carteaba en ese bando poco tenía que temer, a menos que sus palabras pudiesen ser interpretadas como subversivas por el régimen franquista. Sin embargo, las colecciones de cartas procedentes del Ejército Nacional —incluso las triunfalistas— son también una rareza en la historiografía de la guerra, a pesar de que los soldados y los tradicionales valores marciales desempeñaron un papel central en las campañas de propaganda del régimen20.
Por último, la correspondencia de la Guerra Civil española ha estado fuera del alcance de los historiadores porque no ha llegado a ser de dominio público. Las cartas son documentos privados y muchas deben de estar guardadas aún en armarios y cajones de todo el país21. Estas solo se vuelven accesibles a los investigadores a través de proyectos como la Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular, una asociación que crea colecciones permanentes de escritos personales donados por individuos con el propósito de analizarlas como documentos históricos22. A pesar de que la documentación que reúne es necesariamente aleatoria, consigue sobrepasar con facilidad la cantidad de correspondencia privada en los archivos estatales, que es mínima para la época de la Guerra Civil23.
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La colección de extractos de cartas censuradas compiladas en esta edición proviene del Ejército de Andalucía y se escribieron entre julio de 1938 y marzo de 1939, aproximadamente. Las cartas no están fechadas de forma precisa, sino agrupadas en bloques de meses, y otras carpetas aparecen sin fecha24. El número de extractos transcritos a máquina llega a numerosos centenares, que cubren una amplia gama de temas que los combatientes trataron entre sí y con sus corresponsales en la retaguardia. Varían desde una sola frase hasta, de forma poco corriente, cartas enteras, y fueron incautadas y catalogadas por el Ejército Nacional al final de la contienda, junto con otros documentos operacionales del Ejército Popular, que en la actualidad se encuentran en el Archivo General Militar de Ávila25. Las cartas pertenecen a una zona geográfica limitada y a un periodo de tiempo también limitado, ya que por desgracia no han sobrevivido colecciones parecidas de otras épocas o de otros ejércitos republicanos en campaña, incluido el Ejército del Centro que defendía Madrid y el territorio circundante, aun cuando algunos hombres en otros frentes de la península escribieron a destinatarios en Andalucía (148). Desgraciadamente, muchas cartas son ahora del todo ilegibles como resultado de la pésima calidad del papel del que disponía la República, sobre todo al final de la contienda, cuando asemejaba en muchos casos el papel cebolla, en el que con frecuencia la tinta se ha corrido. Muchas otras son de muy difícil lectura como consecuencia de este deterioro. Tampoco existe ninguna colección parecida del servicio de censura del Ejército franquista.
Las cartas que se presentan en esta obra fueron escritas cuando la República se encontraba firmemente a la defensiva. En febrero de 1938, el Ejército Nacional capturó la ciudad de Teruel en lo que suele considerarse el punto de inflexión militar de la contienda26. A partir de ese momento, la República decretó un reclutamiento frenético de hombres cada vez más mayores y más jóvenes para mantener su capacidad combativa27. En abril del mismo año, los rápidos avances franquistas llegaron al mar Mediterráneo en Vinaroz (Valencia), partiendo el territorio gubernamental en dos zonas. La República, sin embargo, emprendió una última gran ofensiva a través del río Ebro en julio de 1938, que rápidamente perdió fuerza y mermó los recursos humanos y materiales que le quedaban al gobierno28. A nivel internacional, Gran Bretaña y Francia firmaron, en septiembre de 1938, el acuerdo de Múnich con Alemania nazi y la Italia fascista —países que habían estado ayudando abiertamente a los nacionales desde el comienzo del conflicto a pesar del acuerdo de No-Intervención— y minaron la esperanza de los líderes republicanos de que el estallido de una guerra europea generalizada obligara a las dos democracias a intervenir de su lado en España29.
A nivel operacional, durante la Guerra Civil el frente meridional se mantuvo la mayor parte del tiempo estático después de que las líneas quedasen fijadas en la primavera de 1937. Pero, antes de que esto sucediera, la República intentó recuperar la ciudad de Córdoba en agosto de 1936 en una fracasada ofensiva, comandada por el general José Miaja, quien luego organizó la desesperada y exitosa defensa de Madrid en el invierno de 1936-1937. En febrero de 1937, los nacionales tomaron Málaga con el apoyo de sus aliados italianos, encuadrados en el Corpo Truppe Volontarie. A partir de entonces, sin embargo, hubo relativamente pocos combates en este frente y ninguna ofensiva a gran escala. Un número comparativamente pequeño de tropas —unos 55.000 hombres componían el Ejército de Andalucía en abril de 1938, cuando el Ejército Popular contaba con un total de 593.000 en armas en el mismo mes— se ocuparon de mantener la línea, mientras que las operaciones más decisivas tenían lugar en otros frentes30.
Aunque esto pueda sugerir que el frente andaluz permaneció al margen de las principales campañas de la Guerra Civil, es importante subrayar que la mayoría de los frentes estuvieron en calma durante gran parte del tiempo, ya que en un momento dado ninguno de los dos bandos pudo disponer de más de un ejército genuinamente operacional sobre el terreno, por causa de la falta de recursos. Es lo que un historiador militar ha llegado a denominar una «guerra de pobres»31. Por lo tanto, la experiencia de los soldados que escribieron estas cartas puede haber sido más representativa de lo que aparenta a simple vista. Sobre todo, en el caso del Ejército del Centro, que se ocupó de un frente estable y relativamente tranquilo, tras los iniciales y violentos combates por el control de Madrid32. En este sentido, los frentes central y andaluz se asemejaban. Pero mientras que Madrid fue un sector privilegiado a la hora de repartir los escasos recursos republicanos, también representó una sangría de estos de una forma que nunca lo llegaron a ser las principales ciudades del sur. En consecuencia, a pesar de enfrentarse a un riesgo real de ser heridos o acabar muertos, la mayor parte de los hombres que escribieron las misivas que aquí recogemos no estaban expuestos a ofensivas tan letales como las que caracterizaron la Primera Guerra Mundial o las que se desarrollaron en otros puntos de la península. Especialmente sangrienta fue la Batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938. La más relevante experiencia cotidiana de estos soldados en Andalucía fue la de permanecer en las trincheras, sobrellevando la intemperie y la escasez de suministros. Por tanto, no es de extrañar que la mayoría de las cartas que se refieren a las acciones enemigas describan, sobre todo, las incursiones de la aviación enemiga (83, 87). Algunos corresponsales incluso llegan a relatar la tranquilidad relativa de su sector (112, 157).
El Ejército de Andalucía se creó en diciembre de 1937, cuando el Ejército del Sur se desdobló para crear este y el de Extremadura33. Mantuvo esta designación hasta el final de la contienda y su comandante, durante el periodo que abarcan las cartas que presentamos en este volumen, fue el coronel de Ingenieros Domingo Moriones Larraga (de junio de 1938 a marzo de 1939). Su cuartel general se estableció en Baza (Granada) y las dos grandes unidades principales que la componían eran los Cuerpos de Ejército IX y XXIII, siendo el portavoz de este Ejército el periódico Sur34. Entre sus altos dirigentes había una presencia destacada de militantes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en comparación con otros Ejércitos republicanos en los que solía predominar el Partido Comunista de España (PCE)35. Por las direcciones postales transcritas de las cartas enviadas desde y hacia la retaguardia se desprende que muchos soldados del Ejército de Andalucía procedían de las regiones de Cataluña y Valencia. Además, dada la avanzada etapa de la contienda, sabemos que la gran mayoría no eran voluntarios procedentes de las iniciales columnas milicianas, sino que habrían sido reclutados a la fuerza. A partir de 1937, el brazo armado de la República empezó a constituirse como verdadero ejército de masas, mediante llamamientos a filas gestionados por los ayuntamientos, alcanzando casi los 600.000 hombres en abril de 193836.
* * *
Antes de emprender un análisis de las cartas es importante esbozar el servicio de Correo de Campaña republicano y, sobre todo, las atribuciones de la censura —descrita como «improvisad[a]» por el propio jefe del mismo en unas instrucciones sin fecha37—, además del papel que desempeñaba en las fuerzas militares del gobierno.
El reglamento del Correo de Campaña gubernamental durante el periodo que abarcan estas cartas se instituyó por decreto en mayo de 1937 y reemplazó el que regía en la época miliciana del conflicto. El objetivo de una nueva disposición era la creación de un «correo ágil que pueda desplazarse juntamente con las tropas en cualquier momento»38. La red civil y militar dependía de ocho bases civiles colectoras enlazadas con las jefaturas de distintas zonas militares, que encaminaban cartas para los combatientes a través de las llamadas Estafetas Centrales de Campaña de Cuerpo de Ejército (en la mayoría de las cartas abreviadas como C.C. y con el número del Cuerpo de Ejército correspondiente). Las cartas pasaban a continuación por las Estafetas de Campaña de las Divisiones, las Carterías de las Brigadas Mixtas y los carteros militares de los batallones individuales que entregaban estas a sus destinatarios. El sistema funcionaba en orden inverso cuando eran los soldados que escribían a la retaguardia o a conocidos en unidades militares destinadas a otras partes de la península. En el caso del Ejército de Andalucía, la Base 4.ª gestionaba la correspondencia del IX Cuerpo de Ejército en el sector Córdoba, y la 5.ª lo hacía para el XIII Cuerpo de Ejército en el sector Granada-Almería39.
En gran medida la censura del Ejército Popular, que se realizaba desde la época miliciana de la contienda40, se ajustaba a las prácticas convencionales militares, y sobre las cuales los mandos republicanos decían haber asimilado algunas de las lecciones de la Gran Guerra: la de limitar la transmisión de información operacional sensible desde el frente. Una preocupación central era lo que el mando llamaba el «alto espionaje», las actividades nacionales que tenían como finalidad determinar las posiciones y la moral de las fuerzas gubernamentales, con la intención de luego aprovecharla para planear las operaciones y minar la moral de los soldados republicanos41. Pero los censores ejercían también una función cualitativamente distinta. Como el Ejército Popular tenía sus orígenes en columnas milicianas y revolucionarias ad hoc organizadas por distintos partidos y sindicatos, había incorporado algunas de las características de ellas, a medida que avanzaba el proceso de militarización42. Estas facetas incluían, por ejemplo, la copiosa publicación de la prensa militar, el saludo puño en alto, asociado con la izquierda política, y el establecimiento de comisarios políticos: oficiales que se encargaban de la formación y vigilancia política de los soldados43.
Las cartas que han sobrevivido de la Guerra Civil son también producto de la aspiración del Ejército Popular de diseccionar la moral combativa y política de sus soldados. Esto que es de por sí una faceta importante en los ejércitos tradicionales, fue considerado crucial en un ejército surgido de una situación revolucionaria, que inicialmente se nutrió de muchos militantes de izquierda, que luchaban para lograr profundos cambios sociales, y en donde la disciplina a través de la cooptación era ensalzada por encima de la obediencia por obligación44. La creación de un servicio de censura especializado recalca esta prioridad para la República, en contraste con los ejércitos que dependían principalmente de los oficiales de menor rango para esta función45. Consecuentemente, por medio de la censura y la transcripción de renglones de cartas de combatientes, el mando se hacía con una cata de las actitudes negativas respecto a la campaña, con la intención de examinarlas metódicamente:
Con las experiencias recogidas en el curso de sus trabajos, reflejadas en las cartas que emitan quejas sobre el trato, alimentos, penalidades, etc., hará una memoria mensual... indicativa del grado de moral del soldado en campaña46.
La censura también tenía encomendada la tarea de limitar estas mismas quejas para que el frente y la retaguardia no se desmoralizasen recíprocamente. Como hemos visto, sabemos por otras fuentes que el volumen de correspondencia en el bando republicano fue razonable, y mientras que el gobierno animaba el contacto epistolar para elevar la moral, también quería supervisar este intercambio cotidiano:
Aun reconociendo la necesidad absoluta que de una comunicación constante tienen, tanto el combatiente como sus familiares, hay que detener inexorablemente aquellas cartas en que se relatan las penalidades propias de la campaña o las privaciones lógicas en toda retaguardia, cuando la guerra es larga y cruel, como la que padecemos. La recepción de estas cartas representa siempre un derrumbamiento de la moral y espíritu combativo, que tanto nos interesa conservar.
Una de las principales causas de desmoralización, según los censores jefes, eran los rumores de buenas noticias, que luego no necesariamente resultaban ser ciertas. La consiguiente decepción era considerada un peligro para la moral en las trincheras:
Uno de los peores enemigos del combatiente es el «bulo». Insinuado en sentido de noticia agradable —próximo licenciamiento de quintas, partes sobre determinadas cuestiones de los facciosos, llegada de víveres abundantes, etc.—, producen... una desilusión lógica que se traduce en desmoralización...
El mando también identificó varias causas por las que los combatientes tendían a contar más información en sus cartas de la que debían. Este fenómeno refuerza el concepto de las cartas como construcciones narrativas, en las cuales la desordenada experiencia vivida por un individuo era convertida en un relato lineal y con frecuencia embellecido:
Existe también, y no por incauto menos peligroso, la costumbre de algunos soldados que ya por aparecer como «héroes» ante sus amigos o por explicar a sus familiares facetas pintorescas de su vida militar, dan detalles del emplazamiento de posiciones, número de hombres que la guarnecen, material de que disponen. Esto habrá de ser objeto de cuidadosa vigilancia, observando las reincidencias.
Los servicios de censura principalmente transcribían extractos de cartas que infringían las prohibiciones sobre el envío de información militarmente sensible o noticias negativas. En estos casos, la información delicada se eliminaba, pero las cartas solían circular. Como consecuencia, las copias de cartas completas son una rareza y solo existen en esta colección en casos inusuales, en los que algún censor decidió reproducirlas en su totalidad. Más tarde, los extractos eran categorizados por tipo de infracción —incluyendo, por ejemplo, las tres más comunes, que eran «quejas sobre alimentos», «desmoralización» y «emboscados»— y utilizados para analizar la correspondencia47. Por desgracia, los informes cualitativos sobre tipo y frecuencia de infracción no han sobrevivido.
Por todo ello, es importante recordar la naturaleza altamente fragmentaria de esta fuente, ya que los censores solo identificaban los extractos porque los consideraban dañinos y, por lo tanto, no podemos considerarlos como representativos de la correspondencia total. Sin embargo, es lógico suponer que si la frecuencia de las quejas era alta, entonces los asuntos identificados por los censores pueden considerarse bastante generalizados. En vista de que los combatientes sabían que sus escritos estaban sujetos a control y que se arriesgaban a ser castigados por sus indiscreciones, es razonable inferir que si sus quejas llegaban a un cierto volumen, significa que los corresponsales se sentían lo bastante agraviados como para necesitar una catarsis epistolar. Además, a partir de agosto de 1937, las repercusiones comenzaron a ser potencialmente mayores porque la censura comunicaba las infracciones «gravísimas» al Servicio de Investigación Militar (SIM), una rama del Ejército creada para el contraespionaje, pero que se transformó en un aparato de represión política para monitorizar el compromiso bélico de las fuerzas armadas48. En alianza con los comisarios políticos, este organismo velaba por la ortodoxia política de los combatientes del Ejército Popular49. Sin embargo, algunos corresponsales incluso llegaron a infringir los reglamentos con regularidad y las transcripciones de sus cartas aparecen más de una vez en los documentos de la censura (103, 276).
En enero de 1939, el jefe del servicio de censura del Ejército de Andalucía, llamado Vicente García y destinado en Baza (Granada), proporcionó la única indicación del volumen de correspondencia que la organización manejaba, citando la cifra de 65.000 cartas en total sin establecer un marco temporal50. Si el volumen de correspondencia era parecido al del Ejército del Centro, es razonable concluir que se refiere al número diario de correspondencia intercambiada entre el frente y la retaguardia51. En todo caso, el servicio de censura informó, en noviembre de 1938, que en «solo unos días» había interceptado casi 4.800 cartas por la única falta de «expresar el nombre de la posición que guarnecen»52.
Para crear una impresión más equilibrada de la correspondencia de los combatientes y ayudar a elevar la moral, los censores también transcribían, de forma periódica, un número menor de lo que llamaban cartas «ejemplares antifascistas», que demostraban una encomiable determinación de resistir al enemigo. La visión que tenemos del volumen total de cartas escritas en tiempo de guerra es, por tanto, una de extremos; pues aunque la mayor parte consiste en escritos derrotistas, el servicio de censura preservó, al mismo tiempo, las palabras de los combatientes republicanos más comprometidos con la causa. Por consiguiente, la perspectiva del soldado republicano medio se encuentra entre ambas posiciones. Lo que es ahora imposible de discernir, sin embargo, es cuál era exactamente. Tampoco es posible averiguar cuál era la fracción de cartas sometidas a censura —descrita en febrero de 1939 como «una pequeña parte del volumen de correspondencia» dado el «escaso número de lectores que componen los Gabinetes»53— y el porcentaje y representatividad del conjunto de misivas al que ahora tenemos acceso. Asimismo, es difícil establecer la actitud de los censores, en términos de sus inclinaciones políticas y su educación54. Lo que sí sabemos es que el mando mostraba poca confianza en las habilidades intelectuales de los censores medios, que
(...) en su mayoría, no poseen la cultura necesaria, ni espíritu analítico suficiente para desentrañar la materia delictiva que puede ocultarse en un escrito aparentemente normal, pero sujeta a clave establecida.
Desde luego, algunos censores incluso utilizaron su posición privilegiada para hacerse con información de forma ilícita. Este es el caso de un censor que quería descubrir al autor de una «calumnia», que no se llegó a describir en la transcripción (13).
Además de influir en el tipo de cartas que se ha preservado, la censura tuvo un efecto directo en la correspondencia de los combatientes. En frecuentes ocasiones, los soldados, conscientes de que su correspondencia era vigilada, se dirigían directamente a los censores en sus cartas para expresar distintas quejas. En estas notas los soldados protestaban de la intromisión en sus vidas privadas (11), reclamaban cartas anteriormente censuradas (1) y denunciaban el extravío de cigarrillos y otros bienes enviados por correo (3). El tono con frecuencia era despectivo y se trataba a los funcionarios de la censura como «vividores» y gente que traicionaría a sus propias madres por un cigarrillo (2). Los soldados también exigían que se permitiese la circulación de su correspondencia y tildaban a los censores de «enchufistas» por sus puestos relativamente cómodos en la retaguardia (15)55. En consecuencia, el mando se esforzaba en ensalzar el trabajo de los censores, hombres no aptos para el servicio militar, y el papel que desempeñaban a la hora de mantener la moral del Ejército Popular:
[E]l pertenecer a [la censura] representa un honor incalculable, haciendo del «inútil total» del antiguo régimen un combatiente firme y vigilante que defiende con las armas de la inteligencia a los hermanos del frente.
Muchos corresponsales también inventaron sistemas más complejos para comunicarse con la retaguardia y burlarse de la censura, como prueba el hecho de que este organismo advirtiera sobre el uso de «tintas simpáticas» que solo se revelaban con la aplicación de calor, «permitiendo que los caracteres pasen inadvertidos incluso para los ojos más observadores». Otros soldados sencillamente utilizaban «subrepticiamente» los buzones del correo civil, que no estaba sujeto a la misma censura que el militar.
