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Vos en mi mochila relata lo acontecido luego de la muerte de un ser querido. En estas líneas, la autora se enfrenta a los miedos de la calle y a la tristeza que habita en él. Se para en la ruta y piensa en aquellos que dejó y en lo que quiere o "necesita" para sanar. No es una novela de amor, es la manera que encontró la escritora para dar voz a aquellos que viven día a día en la calle y que enfrentan los peligros. ¿Por qué ser mochilero por dos meses para luego volcarlo en el papel y ser partícipe de esa literatura callejera? Porque el arte está en todos lados, incluso en la muerte. Sanar y mochila son las palabras que resumen este libro, ya que la primera fue el motivo que impulsó la travesía sin tener claro lo que era ser errante, y la segunda permitió reconocer que con muy poco se puede ser feliz. Vos en mi mochila es un diario de viaje dedicado a aquellos que salen de su zona de confort, ya sea por tristeza, soledad o para reencontrarse y que se arriesgan a vivir otra vida.
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Seitenzahl: 156
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
González, Daniela Gisela
Vos en mi mochila / Daniela Gisela González. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
160 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-073-2
1. Espiritualidad. 2. Crecimiento Personal. 3. Diario de Viajes. I. Título.
CDD 155.937
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. González, Daniela Gisela
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Para Romi, mi hermana, que por alguna razón de Dios está arriba sonriéndole a las nubes. Y a Maxi, a quien no conocí en persona, pero su espíritu me acompañó en este viaje también soñado por él. Gracias, mis soles.
Vos en mi mochila
La pérdida de una persona nos afecta en distintos aspectos; con sus tormentas, que nos arrebatan, nos hunden y nos dejan tirados al borde. Es la sensación de querer llenar ese vacío en el alma, que está con agujeros minúsculos. Pero no podemos llenarlo con objetos, ni con personas, ni con espacios.
Son las voces, que pierden resonancia alrededor de cada uno, y ese “no sé”, que sugiere ser un intervalo gris y que permite dudar de la propia existencia. ¿Qué queda cuando nadie queda?
Yo tengo la obsesión del viaje. Siempre creo que voy a solucionar todo yéndome.
Adolfo Bioy Casares
Primera parte
Un día sin vos
Dormí en tu cama y sentí, de una manera especial, que aún estabas. Con el impulso idiota de encontrarte, imité lo que hacías: vos mirabas el techo hasta quedarte dormida y yo… hice lo mismo; vos sonreías a las sombras y gesticulabas y yo… hice eso, aunque no tenía ánimos de mostrar la boca. Debo confesar que fue el rastro de tu perfume lo que me dejó sin sentido, y entonces me pregunté: ¿por qué vos?
Frío hiriente de esta noche que toma todos los olores, los arrastra por la calle y los sacude en mi mente hasta dejarme acá, en la orilla de la locura. Te has de reír, dondequiera que estés, pero quiero que sepas que tu partida fue como una bala. Me dolés y te siento en cada rincón de esta casa, en cada espacio que ya no habla. Ni siquiera mamá es capaz de decir más que: “Sí”, “bueno”, “está”, y “ok”. No quedan más que monosílabos en esta mierda a la que le llaman “seguir”.
¿Dónde estás? ¿Hablás? ¿Comés? ¿Bailás? ¿Cómo es el cielo? Sé que acá, en este mundano terreno, no has tenido la oportunidad de ser vos, ni de hablar más que con señas, y que tus sueños se han quedado en esta cama. No estoy segura de que papá Dios te haya concedido la gracia y estoy que tiemblo de la bronca, porque fue Él quien terminó por sacarte de nuestros brazos. O al revés; puede que te haya concedido la gracia que esperabas.
No entiendo por qué los recuerdos se agolpan cuando ya no tenés al protagonista; la mente parece abrirse en flor y deja pasar (sin inhibiciones) todos los momentos. Y entre tanta cosa está tu sonrisa pícara que, de alguna manera, apoyaba cualquier cosa que hiciéramos.
Con estas palabras quiero recordarte. Quiero arrancar al arte aquello que necesito, para sanar lo que jamás (le pese a quien le pese) se podrá curar. Quiero contarte lo que quedó después de vos, que es apenas el hilo de una tristeza que la injusticia envolvió para dejarnos así: deshechos.
¿Levantás el dedo pulgar en señal de estar bien? Sé que estás bien, que estás con Dios.
P. D.: Dejame contarte que Rocío se dio cuenta de que no le has devuelto la muñeca, y que tus anillos y pinturas quedaron guardados. Yo cuido de tu herencia. ¡Ah! Y tu cama te espera, al igual que este pantalón con pelusas que espera tus manos. Vos entendés.
Dos días sin vos
Cuento las minúsculas gotas que se forman en el techo de zinc. Me creo irreconocible, aunque el de afuera no sepa de los vidrios rotos que dejaste.
El fantasma de la pieza, que no te creíamos, se ríe en ese rincón que acostumbrabas a mirar. Tal vez sean los sentidos que me nublan el pensamiento, o quizá, el ventilador de pared, que gira a un ritmo relajado. Sí, estoy sola. Demasiado sola. Me falta la luz del día; vuelvo al pasado, lo revivo en este presente, y no hay después.
No hay más nada desde que estoy acá, acostada en tu cama.
Vuelvo y lloro porque no estás, porque te has alejado. Te olvidaste las llaves, los cometas, y esas estrellas que apuntaste. Incluso, has olvidado que debías llevarme.
Irremediable precepto: ¿Qué es estar solo? Me reviento contra la idea de volver a verte, mientras inauguro una sala a mis desventuradas escenas donde te veía feliz.
Debo dar Santa Sepultura a mis anhelos. También a los tuyos. De a poco, casi sin sentirlo.
Tres días sin vos
Y si hay algo que desearía es que bajaras y consolaras a mamá. Ella te busca, te extraña como si le hubieran sacado del cuerpo la única parte que sonreía. A veces pienso que la muerte de un hijo es la propia muerte.
¿Dónde carajo te has metido? Estoy con una de tus muñecas y aún no le he puesto nombre. Decime: ¿cuál sería el indicado?
Miré la película Alma salvaje; ¿qué decís, hermanita? ¿Debo hacer ese viaje? Pensé en la condición en la que estuviste arraigada durante tus veintinueve años y, a decir verdad, hubiera hecho lo imposible porque hubieras podido hacer una vida normal. Te hubiera gustado salir de viaje, conocer la montaña, la nieve, o la simple puesta de sol. Fuiste distinta, sos especial, y serás la nena de la familia. No te imaginás la falta que hacés en la casa de la abuela. A veces pienso que no te valoré en esta última etapa de tu vida, que fui egoísta al dejarlos e irme sin ver que cada uno me necesitaba a su manera.
La razón por la que llamaste, esa conexión que estableciste entre nosotras fue lo que llamo “magia” o “Dios”; qué raro es sentirse vacío. Ese miércoles, tu mirada fue distinta, casi solitaria. Recuerdo haberte dicho: “¿Me extrañaste?”, y tus ojos lejanos vieron por la ventana de la cocina. Yo estaba transpirada; no sabía si eran gotas de sudor o de lágrimas. Creo que todo el tiempo supiste que esto sucedería y te amañaste; buscaste la manera de tener a tus seres queridos a tu alrededor. Daría lo que fuera por no haberte hecho esa pregunta, y a la vez decirte lo mucho que te amo.
¡¿Por qué, mierda?! ¡¡¡¿Por qué, Dios?!!! Te la llevaste así, sin consultar, sin avisar, sin pedir permiso a nuestros corazones. Vení, Poro, quedate a mi lado y conversemos. Cuidá a mamá, no la dejes partir a ella también, que siento que se nos va.
Necesito soñar con vos, para decirte lo que quedó inconcluso en esto. Contarte que apareció un picaflor en este cuaderno que compré a la tarde. ¿Acaso sos vos?
Me gusta recordarte feliz con cualquier nimiedad. No saqué muchas fotos durante estos años y me disculpo por eso; sé que te gustaba sonreír a la cámara, y que nadie supera la perfección de esos dientes. Tu sonrisa tuvo mucho que ver con tu alma encerrada.
Te extraño, te quiero conmigo; quiero estar con vos y empezar de nuevo. Verte una vez más; sentada en esa cama, mirando sin ver; sacando los puntos a toda la ropa y con el afán de terminar. Ahora ya no más; sos un ángel, como lo dijo Rocío, con lágrimas en los ojitos.
Es una lástima que no hayas sido mamá, que era lo que querías, incluso sin saber cómo se hace. Abel llegó a la conclusión de que querías ser madre porque era lo que alegraba una casa. Pero no hacía falta; vos fuiste el motor de cada uno de nosotros; cada uno, de una manera distinta, pero ahí estábamos. Me hubieras alegrado al hacerme tía. Dios fue malo con vos.
Estoy desconcertada, Poro. No tengo ánimos de seguir. Pareciera que el alma revive de a ratos y luego se crispa, se olvida de latir en esta cáscara que llamamos cuerpo. Es al pedo decirte que te hubiera dado lo que pidieras para verte feliz.
Desperté y no había nadie en la pieza. Hablé de nuevo con Dios, aunque sé que no aparecerá y que no contestará a mis preguntas boludas. Quería interrogarlo para saber dónde estás y si estás bien. ¡Qué ridículo! Buscar donde la ausencia brilla. Quiere hacerme fuerte con esta prueba que no tiene que ver con vos, si al final… ya no estás. Le pregunto: “¿Por qué te la llevaste?”.
Sé que nos ves, pero de todas maneras quiero contarte que recibí el mensaje de uno de mis alumnos donde me contaba sobre la muerte. ¡Oh! Verte abrir esos ojos de cristal, húmedos de tanto rogar, cansados de palpitar, sonriendo. Dejar en el olvido la tarde en la que te vi en la morgue, aún caliente, y tenía la fe puesta en que todo era una simple pesadilla. Lo que yo daría por evitarle el sufrimiento a mamá.
Retrato
Muñeca intacta en años sencilla como el pétalo; manos envueltas en esa cama que oculta tu mirada en la sombra;un cabello radiante, con canas, que ilumina la sonrisa y apaga mi vida.
Porque te extraño porque te siento como mía.
Es la siesta que no duerme; ya casi no duermo por extrañar y te recuerdo sincera y te veo triste,lejana como el punto que mirabas.¿Qué veías sin nosotros?
Te llevaron lejos, muñecacon esa mano que tenía una señaindicando que estabas bien con la vida y que, la verdad, tiene tanto que ver con vos.
Porque te apagaron, y me envolvieron los recuerdoste extraño, muñeca, muñeca de años inmutados.
Ya no existo, porque te quieroy porque lejos te llevaron.¿Qué ves sin nosotros?
Y estos pedazos de dientes que se me han caído tienen que ver con los nervios de extrañarte, y esta ansiedad de repetir: “Ya, ya bajará”. Creo que es eso. Odiaré o amaré las masitas obleas y sé que a vos te gustaban en demasía. No sé qué intentás, pero fue con una de estas que se me cayó lo que me quedaba del arreglo de los dientes. Es la manera que encontraste de decirnos que aún estás.
La abuela me ha contado que te preguntó qué sucedía y, al acercarse, te tocó la boca. Se te había caído un diente. Fue así. Tu cuerpo estaba inerme, entregado a lo que ya parecía el fin. Tu padecimiento no tiene sentido.
Cada persona tiene una manera distinta de afrontar las pérdidas. No puedo resignarme a decir “chau” así de simple, como si después pudiera verte de nuevo. No puedo siquiera verte como algún romance donde se termina, pero sabés que la persona aún existe, que podés hablar y pedir disculpas. No. Esta vez no. Todo tu cuerpo ha dejado de estar y ya no puedo alcanzarte más que en mis recuerdos. Puedo intentar volcar lo que me queda por el resto de mis días.
Cuatro días sin vos
La muerte de los otros, los de afuera, los que no alcanzamos a conocer pero han sufrido pérdidas parecidas, no se compara. No podemos comprender el dolor del otro, ni siquiera cuando estamos en el mismo lugar. Dios nos ha dado distintas maneras de afrontar la adversidad; algunas personas lo “superan” rápido, y otros pueden tardar el doble de vida.
¿El dolor es el mismo? ¿O serán retazos de todos los dolores del mundo?
En un rato iré a ver a mamá; quiero comentarle esto. Estos días me sirvieron para acercarme un poco más. Si antes iba tres veces a visitar a la abuela, ahora siento la necesidad de estar ahí. Debo decirte que esto me hace mal. Deseo irme, perderme por un tiempo.
Me hace mal estar acá, sin vos, sin poder observarte. Ser apenas una mujer en el mundo, que no sabe si lo que sucede es real o es apenas el brillo de lo que debería ser. Veo estos ladrillos y ni siquiera pregunto para qué serán. Me alcanza con la mirada lánguida y ofuscada de Juampi. Él me mira y ya no sonríe. Aprieta sus manos en la pala y carga la arena en la carretilla.
—Es para el panteón —dice la abuela, que está a mis espaldas. Su voz era gris, como si la hubieran apagado.
¡Cómo es esto! Tendrás una casa en el cementerio y es, al final, lo que menos importa. Estarás con Dios; es seguro que allá arriba no necesitarás guarecerte del clima.
Recuerdo que la abuela me encargó cuidarte y que, si algún día ella faltaba, te llevara a vivir conmigo. Aún no he podido laburar de lo que me recibí, así que fue poco en lo que pude ayudar en casa.
Decime una cosa, Poro: ¿cuándo pensás regresar? Lamento no haberte dado tantas cosas, aunque te hubiera bastado un par de pinturas de uñas y una que otra muñeca.
Y volviendo a lo de mamá, otra vez, quiero decirte que no dejaré que caiga. Ayudame desde allá e impartile fuerzas. Porfa. Siento que esto de ser la que aguante, la que cargue con todas las responsabilidades, me hace desfallecer.
Ah, hablé con Dios y le pregunté por vos. Nada, no me respondió. Pero su ausencia (no omisión) me da para pensar en que se está ocupando y me parece mejor. Yo estoy de mala gana y puede que le falte el respeto.
Además, también debe estar ocupado sanando a Cachito. Sabés de quién hablo, ¿no? Del marido de Olguita. No se encuentra bien, sus achaques son más pronunciados cada día. Decile a nuestro Padre que lo deje, que evite más sufrimientos a esa familia.
P. D.: Ya tendré tiempo de hablar con el Creador. Mientras, me conformo con saber que estás bien. Te amo.
Cinco días sin vos
De las maneras posibles, en el lugar o a la hora que quieras, siempre estaré dispuesta a esperarte.
Hoy mamá parece verse mejor, aunque sé que es la mejor máscara que puede usar. Esa pinta, ese porte de mujer envalentonada, no le queda muy bien. Incluso, no tiene nada que ver con su manera de ser. Ella es callada, taciturna, incapaz de herirte —siempre y cuando te comportes—, y digo esto último porque, cuando era adolescente, le dije que era una puta y me pegó flor de sopapo que me reinició. Puede que fue ese carácter lejano, incapaz de inmiscuirse en los sentimientos de los que ama, lo que la llevó a no decirnos que nos quiere. ¿O estoy equivocada? En tus últimos segundos… ¿te dijo que te amaba?
Espero que el domingo no se quiebre. Será la primera semana sin verte. Y después, no lo sé; quiero que los días transcurran rápido o que explote todo de una vez. Es tan delgada la línea que nos separa de ambas realidades que me enloquece pensar que puedo abrazarte, sabiendo que no puedo siquiera tocarte la punta de tu cabello.
Por esta razón es que los domingos no me gustan. Me siento sola, vacía. Y en mi cabeza ruedan melosas promesas de que el lunes será mejor; que durante la semana, el desencanto de las horas se convertirá positivamente en eso que esperamos para el domingo: nada.
Durante estos días, me quedo a dormir en casa de la abuela. Tu cama está arreglada, tal como si no te hubieras ido. Y ella duerme cerquita, como acurrucada a vos.
Resistir la emoción
Es solo un día. Sí, el día que te fuiste no era más que eso, pero lo convertiste en algo más. La luz del alba acompañó en abucheos a los doctores que te metieron (o no) mano, y todo porque intentaron curarte. Era un domingo que tenía pinta de irreal, que parecía ser solo el Día del escritor, y resultó que te perdería.
Nadie esperó que la internación resultara para tanto. ¡Qué bobada no ser la que estaba ahí! Mamá te había acompañado y se quedó toda la noche esperando queabrieras tus ojos. Sé que habías mirado a lo lejos una vez más y que la abuela dijo que no te veía bien.
Desde que te fuiste, no me he puesto en tu lugar. Hasta ahora, que no puedo dormir sola por las noches. Me has dejado una enorme responsabilidad y no lo creo. Estoy obligada a ser la mayor en este asunto.
Siento cómo el frío congela el espacio de la casa. Te pido que regreses acompañando a mamá en alguna de esas siestas. Lo sabrás, pero mamá va al cementerio todos los días. Según ella, habla con vos.
Ahora me pienso jugando a tu lado. Aquellas veladas donde prendía la luz para corroborar que estabas bien y vos, con esos ojos avispados, me mirabas y sonreías. ¿Qué hiciste con los días que te quedaban?
Esta distancia que no se acorta, este hilo que nos une infinitamente. Le doy vueltas a la cabeza, me voy de viaje sin sentido; hablo con personas que no me interesan, intento ser alguien que no soy. Y al final de cuentas, siempre regreso a la casa de la abuela, para intentar estar con vos.
Los ojos de ella, que te parió, la que prestó sus últimas fuerzas para evitar que cerraras para siempre los tuyos. Cuidala, te lo pedí el día que me marché errante. Y lo hiciste bien, aunque no te quiere soltar.
El día que te fuiste fue una pavada. Ni siquiera las horas fueron de mayor importancia. ¡Qué relevancia tiene el día cuando llega la muerte! Pero a nosotros nos detuvo para siempre. Nos arrojó en esta prisión donde podemos decidir cómo seguir. Pensé que podía ser lo contrario a lo que era; que podía caer en un pozo y morirme. Pero no. Ahora juego a las muñecas con vos, y te pienso por las noches, antes de dormir. Estoy segura de que estás conmigo y que a mamá le contestás en esas siestas, donde se escapa para ir a verte.
Doce días sin vos
Fugaz colibrí
La mochila no solo anda a pie, sino que adopta formas raras: motorhome, bicicletas, autos, y motos. Los buscadores de aventuras llegan, sí; así de loca es la pasión por viajar y por sentir que podemos dar más a este mundo corrupto y sin energías.
Los conocimos en un camping. Eran tres, cada uno con su manera, y claro, con su moto. El primero era un morocho con rasgos aindiados, ojos chiquitos como bolitas de juego y cabello negro como azabache. El otro, tez blanca —casi rubio— con carácter de lanzarse rápido a la aventura; incluso fue el primero en hablar con nosotros. Y el último, un barbudo —y aunque suene raro: sin pelo en la cabeza— un cocinero al que no he visto cocinar, sino más bien degustar un plato que hasta un niño de dos años haría.
