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Un libro lleno de conocimiento y de años de experiencia, de grandes aportaciones para ser más competitivos en la política y para conectar mejor con las audiencias, para obtener el sí de la ciudadanía. Una obra desde la visión del marketing político, que incluye recursos y ejemplos aportados por quince grandes profesionales, donde la puesta en valor de la marca política adquiere otra dimensión. Un libro que cambia la forma de hacer política y que enseña nuevas técnicas de organización y motivación para los equipos de trabajo, para comunicar de una manera más eficaz en un nuevo escenario donde el electorado ha pasado a ser el centro de la estrategia, el jefe. La lectura de Voy contigo ofrece el camino que seguir para la transformación y la modernización de los partidos políticos. O ganas o te ganan…
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Seitenzahl: 276
Veröffentlichungsjahr: 2019
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VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
ISAAC M. HERNÁNDEZ ÁLVAREZ
VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
EXLIBRIC
VOY CONTIGO
© Isaac M. Hernández Álvarez
© de las imágenes de interior: Franyanne
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-17845-66-7
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ISAAC M. HERNÁNDEZ ÁLVAREZ
VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
COMUNICACIÓN YMARKETING
A las personas positivas, a la confianza y a la oportunidad…
Cuántos mensajes y llamadas durante todo este tiempo. Cuánta confianza y profesionalidad a lo largo de estas páginas.
Sin sus manos esto no hubiera sido posible.
Gracias, Jenni, Juanmi, Lucía, Ángel, Rosa, Javier, Antonio Jesús, Daniel, Óscar, Rosi, Aythami, José Miguel, Jordi, profesionales de ahora y siempre y que han aportado el bien más preciado de una persona, su tiempo. Gracias a D. Salvador García y a D. Jerónimo Saavedra por no preguntar para quién ni para qué, sino cuándo.
Gracias a mi familia y amigos, a esos ratos del viernes por la tarde junto a Rafa y Roque.
Gracias a todas aquellas personas y políticos que de alguna manera me han ido obligando a ser mejor o al menos a intentarlo.
«Ningún individuo puede ganar un partido por sí mismo».
Es inevitable referirse a la célebre conferencia del filósofo y jurista alemán Max Weber, considerado uno de los padres de la sociología, pronunciada en los rigores revolucionarios e invernales de 1919, para tratar este asunto. Decía entonces: «Hay dos formas de hacer de la política una profesión: o se vive “para” la política, o se vive “de” la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente».
Basaba su razonamiento en que «quien vive “para” la política hace “de ello su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo. La diferencia entre vivir “para” y vivir “de” se sitúa, pues, en un nivel mucho más grosero, en el nivel económico».
Para Max Weber, «vive “de” la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive “para” la política quien no se halla en este caso. Para que alguien pueda vivir “para” la política en este sentido económico, y siempre que se trate de un régimen basado en la propiedad privada, tienen que darse ciertos supuestos, muy triviales, si ustedes quieren: en condiciones normales, quien así viva ha de ser económicamente independiente de los ingresos que la política pueda proporcionarle. Dicho de la manera más simple: tiene que tener un patrimonio o una situación privada que le proporcione entradas suficientes».
Señalaba el filósofo alemán que tres virtudes, convenientemente entrelazadas, propiciarían una labor del político que resultase socialmente beneficiosa. Por un lado, la pasión política, «pero no una pasión desaforada, sin rumbo ni objetivos, sino una pasión canalizada por el sentido de la responsabilidad del político». Este sentido de la responsabilidad, considerado como segunda virtud fundamental, «permitiría encauzar adecuadamente las energías y el entusiasmo del político en beneficio de la sociedad». Finalmente, Weber señala un tercer elemento: el criterio, definido como «la capacidad de dejar actuar a la realidad sobre uno mismo manteniendo la cohesión y la paz interiores, es decir, la capacidad de mantener distancia frente a las cosas y a las personas».
Desde entonces, las circunstancias históricas y sociales dan pie a una multiplicidad de interpretaciones que, de alguna manera, se contrastan en los contenidos de esta publicación. En España, desde la instauración de la democracia, la profesionalización de la política alimenta la controversia. Ahora mismo, en un marco muy extendido de rechazo o desafección hacia la política por numerosas razones, hay una creencia aceptada de que la política se ha convertido en un medio de vida. Ello hace de la supervivencia una cuestión de dependencia no fácil de solventar, pues se complica cuando los recursos son limitados y los factores sociopolíticos, incluida la pugna intrapartidista, condicionan notablemente la accesibilidad a tareas de responsabilidad pública.
Entonces, la necesidad antes que la vocación. Y ese es otro debate que cuesta afrontar. El historiador de las ideas morales y políticas Roberto R. Aramayo, autor de La quimera del rey filósofo, se preguntaba hace algún tiempo si acaso es tan difícil encontrar políticos vocacionales que no se conviertan en políticos profesionales. Citando de nuevo a Weber, «no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez». Para Aramayo, «abundan los políticos vocacionales amateurs e inmunes a la profesionalización política y que bastaría con hacerles sitio en la gestión pública, con ayuda de mecanismos democráticos como el sorteo o la espontánea postulación, tal como preconiza Arendt en las páginas finales de Sobre la revolución, sometiéndoles luego al escrutinio electoral. Pero eso significaría el final para muchos políticos profesionalizados, incapaces de advertir que la política nunca ha precisado tanto como ahora del compromiso estrictamente vocacional».
Pero compromiso impregnado de ideología, que algunos bandazos y comportamientos incoherentes desconciertan enormemente y nutren la desafección aludida, además de aumentar la merma de credibilidad. La política de nuestros días requiere de personas con preparación para estar a la altura de las exigencias de los cometidos y de la sociedad misma. En ese sentido, parece pasado el tiempo del voluntarismo, que fue inevitable cuando empezamos a convivir en democracia. Hoy, los partidos políticos deberían dedicar más tiempo y sensibilidad a la formación de sus recursos humanos así como a la captación de valores que reúnan las cualidades indispensables para convertirse en eficaces gestores de lo público. El expresidente de Uruguay, José Mújica, dijo que «la política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella; es una pasión con el sueño de intentar construir un futuro social mejor».
En un sustancioso trabajo, el catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Pompeu y Fabra (UPF), Carles Ramió, señala que, para lograr eficacia, eficiencia y, especialmente, inteligencia y ética institucional que conduzca a un buen gobierno, es condición necesaria poseer buenos profesionales inteligentes y con buenos valores. «Pero no es la condición suficiente -explica-. La argamasa que permite canalizar en positivo (y desgraciadamente también en negativo) estos beneméritos recursos es el liderazgo institucional. Es tarea del líder, de los líderes, lograr la máxima capacidad de sus organizaciones públicas articulando los conocimientos, ideas y valores de los empleados públicos».
Abundando en estos conceptos, el médico y licenciado en Derecho andaluz, Ramón Ribes, ha afirmado recientemente en el diario Córdoba que «frente a los profesionales de la política, deben emerger con fuerza los profesionales en la política». De ahí que las siguientes páginas despierten el natural interés que deriva de los enfoques con que se afronte la profesionalización de la política, especialmente desde las perspectivas de mayor actualidad.
Que se hable aquí del consultor político, de la organización de eventos, del periodismo y la abogacía en la política, de la dirección de comunicación política, campañas y elecciones, y de fenómenos tan recientes como la storytelling, el copywriting o la irrupción de Instagram en el ámbito político, supone un acercamiento riguroso y bien fundamentado a esas materias para favorecer el entendimiento de las interioridades, de la evolución y de las perspectivas en su relación directa con la política. En definitiva, una acertada promoción de Isaac Hernández para una iniciativa editorial plausible.
Jerónimo Saavedra Acevedo
Hasta ahora los partidos políticos tradicionales han ideado su estructura en un entramado de caminos y puestos orgánicos donde no aparece por ningún lado el agente más importante, el ciudadano. La profesionalización de la política viene a poner remedio a este problema y a colocar al elector en el lugar que le corresponde. Comités locales, ejecutivas, presidencias, vicepresidencias, secretarías, áreas de no sé qué y así un sinfín de nomenclaturas que, si bien son importantes para la organización legal y jurídica de las organizaciones políticas, de cara a las nuevas formas de orientar y dirigir los partidos políticos no tienen ya razón de ser. A eso hay añadir que, dependiendo del color o la ideología política, puedes encontrarte con el añadido extra de más divisiones o cargos que, francamente, a mí me cuesta entender. Bueno, la verdad, no tanto: nos gusta mucho la titulitis y la palabra jefe, aunque sea de sí mismo.
Hablamos de innovar y de vender un producto llamado candidato político. El votante es el componente más relevante de la estructura de cualquier formación dedicada a vender confianza y a cambio obtener más papeletas en las urnas. ¿Cuántas veces escuchas esa frase de «eso también es política», refiriéndose a realizar gestiones o tareas relacionadas con la sociedad? Bien, compro una parte, pero no toda. Trabajar gobernando y gestionando un departamento o presupuesto público es eso, trabajo, una responsabilidad y en casi todos los casos una obligación. Los modelos de organización de ayuntamientos, gobiernos, diputaciones, comunidades o cualquier otra entidad pública fragmentada en áreas son gestión de recursos o de carteras de gobierno y no búsqueda de votos. Cuando hablas con cualquier dirigente político de cómo tiene definido o dividido su equipo, en el gobierno o en la oposición, enseguida oyes carteras, concejalías o departamentos como hacienda, igualdad, trabajo, patrimonio, turismo, servicios sociales, infraestructuras, deportes, etc.
Y ahora ¿dónde está el cliente político en todas esas definiciones? Solo en el discurso o mensaje político; solo ahí, encorsetado en palabras y en publicaciones de todo tipo en los canales de comunicación ya conocidos o las nuevas plataformas como las redes sociales, internet y todos los que forman la política 2.0. Los nuevos sistemas políticos deben orquestarse en base a procesos políticos de trabajo; unos claramente estratégicos, unos procesos más operativos; y otros más de apoyo, como puedan ser aquellos relacionados con la comercialización del producto político, la administración y contabilidad del partido o aquellos que dan soporte en el día a día y que son también importantes para el correcto funcionamiento de los equipos políticos. Son las nuevas formas de entender las estructuras políticas las que orientan la organización al votante, a dar respuesta a sus inquietudes o necesidades; nuevos diseños organizativos donde el ciudadano está al inicio y al final de cualquier proceso relacionado con el producto político y que serán los que darán posibilidades de continuar representando a su electorado. Operaciones, procesos, procedimientos, perfiles políticos son algunos de los nuevos conceptos que implantar en partidos que realmente quieran ganar elecciones. Es en este nuevo contexto donde ya no es suficiente ser político, simpatizante o aficionado a esa rama de las ciencias sociales llamada política. Ahora toca contar con profesionales. Profesionales de la empresa política.
Son las nuevas formas de entender las estructuras políticas las que orientan la organización al votante.
La política tiene demasiada relación con la economía, con las personas, con los medios de comunicación, con la evolución y el desarrollo de las sociedades; entonces es evidente que ya no basta con declarar buenas intenciones y afrontar un proyecto político. Hace falta mucho más. ¿Por qué? Porque hay un factor que sí ha hecho cambiar el ritmo político de la sociedad actual: la competencia política, esa que nos hace ser mejores para poder subsistir. En próximos procesos electorales y en las décadas venideras veremos evolucionar hacia estos nuevos formatos, modelos que en sociedades más avanzadas cada vez están más implantados. Hablamos de vender política, ¿verdad? Entonces, ¿hasta cuándo los partidos políticos actuales van a seguir actuando en modo burocracia y no como empresa política que busca resultados?
La respuesta la tienes en la profesionalización de la política.
«De eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver las cosas que tú no ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos».
MARIO BENEDETTI
Hace algunos años me tropezaba con un mail que me llegaba desde Almería. En él, un político inquieto quería una reunión conmigo. A partir de ese día conocí a un hombre apasionado por su tierra y por su partido. Hasta aquí todo puede parecer normal, pero lo que no lo es tanto es encontrar a alguien tan querido por toda la estructura comarcal y nacional de un partido político y mucho menos con tantos años en primera línea.
Antonio Jesús se levanta todos los días para llevar a sus hijos a un colegio que está a media hora de coche de su pueblo, se acuesta pensando en política, sueña y se despierta con la gestión pública en su cabeza y, cuando esta le da algún respiro, le susurra algo relacionado con política. Con él he tenido la oportunidad de ver lo más ilusionante y lo más ingrato de este mundo tan complejo, la vida pública. Este nijareño es diputado por la provincia de Almería, sabe bien cómo se mueven los hilos de las formaciones políticas y conoce su tierra como nadie, a su gente y su idiosincrasia.
Si he aprendido algo estos años recorriendo miles y miles de kilómetros es que esto no va de siglas políticas; va de gente que, como Antonio Jesús, defiende y quiere trabajar por unas ideas, independientemente del color político que representen. Este abogado lleva años buscando el bienestar para su pueblo, acertada o equivocadamente, pero él no entiende la política de otra manera. Primero, el ciudadano; luego, el partido.
Antonio dice que el mejor destino para hacer turismo de cine es Almería. Yo digo que Tenerife. Ahí no nos ponemos de acuerdo. A ver cómo acaba la película…
EL BUEN PLAN
Los partidos, sea cual sea su origen, ya sean los que hoy mal denominamos «partidos clásicos» o las nuevas formaciones emergentes, basan su actividad en dos ejes fundamentales, la función política y la función electoral. Es verdad que en los últimos tiempos puede parecer que se tiene más activado el modo electoral que el modo político, pero no por ello deja de ser importante el segundo. Los partidos políticos y sus representantes son la manifestación ideológica de cómo hacer las mismas cosas. La esencia debe ser esa, ya no tanto si se es de derechas o se es de izquierdas, pero es cierto que debe quedar claro cómo se afrontan las cuestiones desde la perspectiva política y esta debe ser diferente en función de los principios y de la ideología de cada formación. Esto es fundamental y cuando esto se pierde o tiende a perderse creo que se hace un flaco favor al arte de la política.
Siendo esa la esencia de la política, no es menos cierto que para ponerla en práctica, para demostrarlo, es imprescindible ganar elecciones, luego es imprescindible el modo electoral. Hace tiempo que entendí que las elecciones no se ganan solo en los mítines ni se ganan en las notas de prensa o en las entrevistas en los periódicos, televisiones o radios. Tampoco se ganan solo en las redes sociales, ni tan si quiera repartiendo folletos con tu programa electoral. Se ganan en el conjunto de todas esas cosas y probablemente algunas más. Por eso entiendo que es importante el marketing electoral y, sobre todo, profesionalizar el marketing electoral, que lo entiendo como algo más que profesionalizar la comunicación o la imagen. Es, bajo mi punto de vista, el conjunto de cosas que hay que hacer para que todo fluya ordenadamente y en la misma dirección, para evitar las ocurrencias aisladas y que todo vaya encaminado al cumplimiento de un objetivo. Esta fue mi inquietud cuando por primera vez contacté con mi amigo Isaac: buscar un profesional que me ayudara a conseguir el objetivo, que no era fácil, de volver a ilusionar a un electorado que ya llevaba tiempo confiando en nuestro proyecto a nivel local en el mejor pueblo del mundo, que es, sin duda para mí, Níjar. Creo que cometimos un error: simplemente, no haber empezado antes. Las acciones encaminadas a que los ciudadanos confíen en un proyecto deben empezar justo el día después de abrir las urnas electorales, con la vista puesta en la siguiente cita. Si bien es verdad que la retentiva humana es corta y que nos puede parecer que un tuit en la jornada de reflexión o una acción en los días de campaña pueda ser determinante, no es menos cierto que otros aspectos fundamentales a la hora de decidir un voto, como la credibilidad, la cercanía, la capacidad o la dedicación, son cuestiones que hay que trabajar con tiempo y no solo en los últimos días. Y además trabajarlas ordenadamente, con un buen plan de marketing electoral. Un buen plan te hará ir a lo importante, a lo que verdaderamente cala, a hacer posible que el electorado «compre tu producto». Nadie pide en el bar un refresco de cola: todos pedimos Coca-Cola. Este es el claro ejemplo de cómo una marca puede colmar un sentimiento, una necesidad… No quiero un refresco, quiero una Coca-Cola. El ciudadano no quiere, porque a lo mejor no tiene tiempo de analizarlo, conocer cuál es la tasa de reposición del personal laboral fijo del Ayuntamiento de Níjar que va a aplicar Antonio Jesús Rodríguez cuando sea alcalde o la bonificación en el IBI. El ciudadano quiere estar seguro de que con este candidato va a ser más feliz que con este otro. Si a esta pequeña reflexión, que comparto con el autor de esta obra, añadimos la reticencia histórica de los partidos a dejarse aconsejar, entendiendo que solo en nuestros cuadros de mando está el saber de la política, surge lo que hoy está pasando: que quien se ha adelantado a esto ha obtenido, en la mayoría de los casos, un buen resultado y ha calado su marca. Como conclusión pondría un ejemplo: si queremos mejorar nuestra salud no nos reunimos en la mesa del salón de casa a hacer diagnósticos y tomar decisiones; vamos a un profesional de la medicina, el mejor que nos permita nuestra economía. Pues en política no es muy diferente. Si tenemos un buen proyecto, las mejores ideas, el mejor partido y las mejores personas y además queremos ganar elecciones, nos ayudará a conseguirlo el ponernos en manos de buenos profesionales, en este caso de profesionales del marketing electoral. Quejarnos en la noche electoral es fácil, lamentarnos también, pero tener la tranquilidad de haber hecho todo lo posible es de valientes y te reconforta. El análisis y los riesgos hay que realizarlos y asumirlos antes de las votaciones. Después es demasiado fácil.
A huevos vistos, macho seguro.
ANTONIO JESÚS RODRÍGUEZ SEGURA
«Cúrame, viento. Ven a mí y llévame lejos. Cúrame, tiempo. Pasa para mí y sálvalos a ellos. Sálvalos a ellos».
MORGAN.Sargento de hierro
Pocas veces me he tropezado con gente tan valiente, con tanta fuerza y al mismo tiempo con tantas ganas de vivir la política.
Jennifer Miranda Barrera es la hija de Pedro y de Rosi, la mamá de Pedro y de Ana, la pareja de Beni. Granadillera, licenciada en Derecho y Ciencias Políticas y abogada en ejercicio, ha sido para mí todo un descubrimiento, ya que tardé 44 años en conocerla. Pero ¿qué más da el tiempo? Mujer, madre joven como muchas de las que se dedican a ofrecer su tiempo por una causa tan ingrata a veces como es la política, ha sido capaz de tomar la bandera de un proyecto progresista en los tiempos más difíciles por los que atravesaba su partido político. Viví con Jenni una etapa para mí muy especial y aprendí mucho de su forma de ver la política desde el espejo de la necesidad vecinal. La he visto llorar, reír, enfadarse, con ojeras, incluso descalza, y todo esto me hace preguntarme muchas veces por qué le cogí tanto aprecio. Tanto que ha sido la única figura política por la que me he posicionado públicamente al ver la injusticia que se llegó a hacer con su persona a poco de celebrarse unas elecciones. Error o acierto, lo hice; por algo sería. Normalmente, esta mujer del barrio de San Isidro desde que arranca su jornada diaria pone la quinta velocidad, siempre con la vista puesta en la mejora social de su entorno, su Granadilla o quién sabe qué lugar. Llegará hasta donde ella quiera llegar. Necesita seguir trabajando en eso que hablamos aquella noche, al poco de celebrarse las últimas elecciones. Solo es cuestión de tiempo.
Les voy a contar un secreto. Hace unos meses me prestaba un libro, Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff, un político canadiense. Tenía subrayadas en amarillo varias frases a lo largo de todas las páginas de la obra. Aquellos trazos en un fucsia chillón resaltaban siempre los fragmentos relacionados con la gente, el pueblo, la escucha activa que ella tanto defiende. Me llamó mucho la atención aquella forma de destacar palabras que para muchos políticos resultan vacías o pasajeras. Jenni sabe más que nadie qué quiere la sociedad; solo necesita tiempo para convencerla de que no es una política más. Es una mujer preparada, entregada y convencida de su proyecto en la vida. Jennifer vive la política sin término medio: lo entrega todo sin mirar a quién. No la entiende de otra forma. Quizás por eso hemos iniciado este camino.
No sé las veces que intenté colocarle un mechón de pelo que nos desafiaba una y otra vez. Más temprano que tarde lo conseguiremos, jefa.
¿CONCILIAQUÉ?
Se sienta una delante de la hoja en blanco con la intención de escribir en unas pocas líneas cómo se hace eso de compatibilizar la labor política con el papel de madre y con las exigencias profesionales. Tres ámbitos: familia, política y ejercicio de la profesión. La pregunta que tantas veces me han hecho en campaña electoral ha sido: ¿cómo lo haces? La respuesta, ahora que reflexiono sobre ello y que no me escucha ni me lee nadie, se me revela de manera inmediata: la conciliación en política no existe; la política lo invade todo.
Esta afirmación tan categórica parece, en principio, difícil de digerir. Diría incluso que resulta políticamente incorrecto hablar en estos términos. Lo sencillo, lo idílico, lo hermoso desde un punto de vista teórico-poético-político sería hacer afirmaciones del tipo «es muy sacrificado, pero haciendo el mayor de los esfuerzos se consigue» o «la organización del tiempo es la clave para dar lo mejor de ti en cada una de estas facetas». No hay realidad en ninguno de estos enunciados. Las personas que han entregado meses o años a la labor política, a la batalla de los procesos electorales, a la dura tarea de llevar un proyecto o un mensaje a la ciudadanía, al ejercicio del gobierno para la mejora de los lugares en los que vivimos, saben que tengo razón. Es posible que ninguno, que ninguna, lo diga abiertamente. Sin embargo, estoy segura de que todos empatizan con esta arriesgada formulación.
Cuando se toma la decisión de liderar un proyecto, de adentrarse en la lucha y en la reivindicación de la mejora social, toda concesión es insuficiente. En el momento en que aceptas el reto, admites sin contemplaciones que todo el tiempo del mundo es exiguo. Aceptas que vas a entregar tu vida a esta empresa, que te olvidarás de comer a horas normales y de dormir lo suficiente, que tu despacho profesional va a pasar a un segundo plano, que en el calendario ya no habrá festivos, que el ocio y el deporte han pasado a mejor vida y que tus hijos van a tener que hacer los deberes con su padre porque tú no estarás en casa cuando salgan del colegio.
Mi hijo Pedro caminó por primera vez cuando tenía once meses. Mi pequeña Ana pintó sobre lienzo un hermoso garabato que resultó ser, según ella, una flor y un sol para mamá. Me perdí ambas cosas. Te pierdes estos y otros tantos momentos cuando decides adentrarte en este mundo, que exprime de ti hasta la última gota de entrega. Pero lo haces, lo hice, lo hago.
¿Por qué? ¿Qué lucha merece que se pague este altísimo precio?
Hay quienes ven en la política una forma de mejorar su situación económica. Hay otros con carrera en la práctica de engrandecer el ego personal y encuentran en la política el filón perfecto para hacerse eternos o para renombrarse, para reafirmarse. Pero también hay individuos, seres en peligro de extinción, que creen tener realmente claro cómo crear espacios que hagan más felices a los pequeños, qué políticas hay que poner en marcha para que los profesionales, empresarios y las familias incrementen su calidad de vida o cómo restablecer el equilibrio perdido entre naturaleza e injerencia humana en la debida lucha por la sostenibilidad. La certeza de tener un plan justifica la renuncia vital.
Renuncias a tiempo con tus hijos o a atender mejor a tus clientes, renuncias a hacer ejercicio o a salir con tu pareja a tomar algo un sábado por la tarde. Esta despedida temporal es casi tan amarga como dulce. El sentimiento de culpabilidad, esa especie de remordimiento que se convierte en un detestable compañero de viaje, no te abandona nunca. Sin embargo, compensa esa sensación, la de tener la seguridad de que esta lucha también es por ellos, de que cada minuto invertido en fraguar y llevar a la práctica la pacífica revolución de las cosas bien hechas es una deuda de la que ellos son acreedores. Mis hijos, el propietario del negocio donde tomo café cada mañana y que no termina de ver la luz; mi vecina, que lleva meses sin trabajo; la abuela de mi amigo, que necesita una residencia que no existe, o la joven que no acaba de encontrar su lugar en su centro de estudios. Retomando, por tanto, aquella arriesgada formulación, la duda se disipa y lo puesto negro sobre blanco se vuelve incuestionable: no existe la conciliación cuando quieres liderar un proyecto político. Y no existe por pura elección, por la renuncia consciente de quien decide enfangarse los pies en este charco. Eliges a conciencia la entrega más amplia y la abdicación más necesaria.
No quiere decir esto que la conciliación no tenga que seguir siendo una máxima, una reivindicación, una exigencia social, política y familiar. Tampoco significa que las mujeres hayamos conseguido por fin hacer añicos, de una manera definitiva, los lustrosos techos de cristal que antaño eran de hormigón. Todas estas luchas forman parte, de una manera transversal, del ser y del hacer de quien afronta la dirección de un proyecto político progresista. Sin embargo, salir victorioso en el gran combate final, que es el combate de todos, va a depender en gran medida de todo lo que estés dispuesta a entregar, a sacrificar de ti misma. La política en muchos casos es eso, abdicación, renuncia, sacrificio. Y con estas afirmaciones no trato de victimizar a quienes deciden dar el paso. Tampoco intento engalanar con mensajes buenistas la figura de las líderes del nuevo siglo. Como decía algunos párrafos antes, la decisión de dedicarle cada hora del día a la política se adopta de manera lúcida y a sabiendas de lo que implica. Pero para que funcione realmente, para que ese terrible compañero de viaje que te susurra que no le dedicas el suficiente tiempo a tus hijos, que tus clientes necesitan una llamada o que tu pareja requiere mayor atención no acabe torpedeando tu voluntad firme de contribuir a la transformación de la realidad, hay un ingrediente que resulta clave y que cuando no se tiene o se pierde hace que la meta se vaya alejando cual oasis en el desierto. El componente de la fórmula mágica es, sin duda, la pasión.
Qué disparate. Eso dirían, si levantaran la cabeza, muchos de mis más admirados filósofos y politólogos al leer lo que asevero. La pasión ha sido casi siempre la oveja negra de la familia, conceptualmente hablando. En contraposición a lo racional, lo pasional fue denostado y maltratado como aquella cosa vulgarmente humana y sediciosa que nos incita a tomar decisiones inapropiadas o poco razonables. Sin embargo, en política la dicotomía que hay que considerar no es la de razón-pasión. La verdadera dualidad imperante, la que te lleva a salir de la comodidad familiar y profesional, la que te hace entregar temporalmente tu vida a esto, la que te arrastra a tomar las riendas del liderazgo político, es la de pasión-indiferencia. Solo la pasión por lo que haces, la determinación por fraguar el cambio, la voluntad firme de querer contribuir a un bien que trasciende lo meramente personal, es el verdadero impulsor de la acción política. Es la que sostiene el liderazgo, la que te ayuda a convivir con tus demonios internos y la que te acerca a la meta propuesta.
Hegel escribió que «nada grande se ha realizado en el mundo sin pasión». Con pasión procuro criar a mis hijos, con pasión defiendo a cada persona que necesita mi asistencia en los tribunales, con pasión hablo sobre la tribuna para llevar a la ciudadanía la convicción de que la transformación y una realidad social distinta son posibles. Sin duda, la vida y la política están hechas para la gente apasionada.
JENNIFER MIRANDA BARRERA
www.jennifermiranda.es
Cuando hablamos de consultoría política, en este caso de la figura del consultor político, nos referimos al profesional que trabaja para las marcas políticas en los campos de la comunicación, el marketing político, la investigación y la organización política. Un consultor político, además, hace de estratega en elecciones o campañas electorales, aportando su experiencia y capacidad analítica, estableciendo las pautas que seguir por las organizaciones políticas para conseguir campañas electorales exitosas y obtener la mayor cantidad de votos en las urnas. Viene a ser un aliado que colabora más estrechamente, ejerciendo de experto en diseñar verdaderas estrategias adaptadas al momento, al equipo, al candidato y a los lugares de trabajo. El consultor político va mucho más allá de asesorar a un candidato o partido político sobre qué hacer o cómo gestionar determinados asuntos o situaciones. La consultoría política, a través de los profesionales que se dedican a esta labor, puede ser la cabeza pensante y planificadora de cualquier proyecto político. Es importante entender que cada profesión o cada profesional tiene que ofrecer garantías de éxito, dar la tranquilidad de que lo que se haga u ofrezca será sinónimo de trabajo bien hecho. Y para que esto se consiga deben combinarse la visión y experiencia tanto del profesional consultor como del cliente que contrata sus servicios.
ÁREAS DE ACTUACIÓN
Los campos y áreas de actuación más importantes de un consultor político pueden ser los siguientes:
Investigación para campañas electorales exitosas: Analiza, identifica y estudia al electorado. Filtra y hace segmentos de audiencias, utilizando para ello bases de datos, resultados de campañas anteriores, encuestas de intención de voto y otras herramientas o métodos como son el barómetro electoral o el focus group, DAFO del candidato y sus competidores.Comunicación del candidato. El jefe de gabinete: Trabaja la comunicación verbal y no verbal de los gobernantes o aspirantes a puestos públicos. Asiste en los proyectos de campaña electoral para una mejor comunicación en política 2.0. Diseño del plan de comunicación de la marca política.