Winston Churchill - Tariq Ali - E-Book

Winston Churchill E-Book

Tariq Ali

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Retratado por la crónica hagiográfica dominante como el héroe de la resistencia contra Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, y convertido en uno de los símbolos de la democracia europea -lo que se encargan de recordar aún en nuestros días un sinfín de camisetas, citas y discursos de "coaching"-, Winston Churchill ha pasado a la historia con mayor gloria que pena. En un ejercicio de justicia histórica, Tariq Ali se propone aquí desenterrar las palabras y, sobre todo, los actos que han quedado ocultos bajo la larga sombra del político británico más célebre de todos los tiempos. En "Winston Churchill: Sus tiempos, sus crímenes", Tariq Ali dibuja una breve historia mundial del sanguinario declive del Imperio británico y analiza acontecimientos a menudo olvidados, como la catastrófica Partición de la India, la represión en Malasia o la campaña contra el movimiento de liberación en Kenia. En el plano personal, revela la simpatía y admiración que Churchill sentía por los fascismos europeos, y dibuja los rasgos de una mentalidad que le llevó a excluir de su defensa de los valores democráticos a los pueblos colonizados, al movimiento obrero organizado o a las mujeres.

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Seitenzahl: 850

Veröffentlichungsjahr: 2023

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TARIQ ALI

WINSTON CHURCHILL

Sus tiempos, sus crímenes

Traducido del inglés por Alejandro Pradera

ALIANZA EDITORIAL

ÍNDICE

CRONOLOGÍA

PREFACIO

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

1. UN MUNDO DE IMPERIOS

2. ESCARAMUZAS EN EL FRENTE NACIONAL

3. LA «GRAN» GUERRA

4. LA DIMENSIÓN IRLANDESA

5. EL VIENTO QUE SACUDIÓ EL MUNDO

6. NUEVE DÍAS DE MAYO DE 1926

7. EL ASCENSO DEL FASCISMO

8. JAPÓN INTENTA ADUEÑARSE ASIA

9. LA GUERRA EN EUROPA: DE MÚNICH A STALINGRADO

10. EL HERVIDERO INDIO

11. RESISTENCIA Y REPRESIÓN

12. LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA: YUGOSLAVIA, GRECIA, ESPAÑA

13. ORIENTE HA MUERTO, ORIENTE ES ROJO: JAPÓN, CHINA, COREA, VIETNAM

14. CASTILLOS DE ARENA: UN NUEVO MAPA PARA EL ORIENTE ÁRABE

15. CRÍMENES DE GUERRA EN KENIA

16. LO QUE ES PASADO ES PRÓLOGO: LOS LEGADOS DE CHURCHILL

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA

CRÉDITOS

Para Garth Fawkes, que tendrá veintitrés años cuando se conmemore el centenario de la Segunda Guerra Mundial. Espero que para entonces gran parte de este libro ya esté anticuado, pero me temo que no lo estará.

CRONOLOGÍA

Winston Churchill: servidor del Imperio

1874Nace en el Palacio de Blenheim, en Oxfordshire, hijo del diputado conservador Randolph Churchill y de la heredera estadounidense Jennie Jerome.

1876La familia se traslada a Dublín, cuando Randolph Churchill es nombrado secretario particular de su padre, John Spencer-Churchill, virrey de Irlanda.

1888-1895Se educa en la Harrow School y en la Real Academia Militar de Sandhurst.

1895-1899Se licencia como alférez destinado al 4º de Húsares de la Reina; las escaramuzas en Cuba, India y Sudán le proporcionan material para sus primeras incursiones periodísticas.

1899-1901Se da de baja de su regimiento para emprender su carrera política; trabaja por libre y realiza distintos encargos militares y periodísticos en Sudáfrica.

1901-1904Entra en el Parlamento como diputado conservador por el distrito de Oldham.

1904Abandona el Partido Conservador e ingresa en el Partido Liberal.

1906-1908Subsecretario de Estado del Ministerio de las Colonias en el Gobierno de Henry Campbell-Bannerman.

1908-1910Entra en el Gobierno de Herbert Henry Asquith como presidente de la Cámara de Comercio.

1910-1911Ministro del Interior de Asquith.

1911-1915Primer lord del Almirantazgo; a partir de 1914, miembro del Comité de Guerra de Asquith.

1915-1916Se ve obligado a dimitir como primer lord del Almirantazgo como condición impuesta por los conservadores para entrar el Gobierno de Unidad Nacional de Asquith; se reincorpora al Ejército, pero rápidamente consigue permiso para abandonar el servicio activo al cabo de pocos meses en el Frente Occidental.

1917-1919Ministro de Municiones en el Gobierno de David Lloyd George.

1919-1921Secretario de Estado de Guerra de Lloyd George.

1921-1922Secretario de Estado de las Colonias; pierde su escaño parlamentario en las elecciones de 1922.

1924-1929Abandona el Partido Liberal e ingresa en el Partido Conservador; ministro de Hacienda en el Gobierno de Stanley Baldwin.

1929-1939Dimite del «gobierno en la sombra» como protesta por el Estatus de Dominio para India; excluido del Gobierno entre 1931 y 1939; escribe libros de historia para ganarse la vida.

1939Primer lord del Almirantazgo en el Gobierno de Neville Chamberlain.

1939-1945Primer ministro.

1945-1951Líder de la oposición.

1951-1955Primer ministro.

1955-1965Jubilado. Fallece en Londres en 1965, a la edad de noventa años.

PREFACIO

¿Hacía falta otro libro sobre Churchill? Me he hecho esa pregunta más de una vez, pero parece que muy pocos se la han hecho. La mayoría de la gente con la que hablaba, incluidas muchas personas que no comparten mis opiniones políticas, estaba totalmente a favor de este proyecto. Su motivación era sencilla. El culto a Churchill estaba acallando cualquier tipo de debate en serio. Hacía mucha falta una alternativa y, en vez de quejarme, lo que tenía que hacer era ponerme a ello. Eso no quiere decir que todos los historiadores que han escrito sobre Churchill sean acríticos. Por ahí hay algunos libros excelentes, que mencionaré más adelante. Ahora de lo que se trata no es solo de aportar una alternativa, sino de defender el derecho a hacerlo. Al propio Churchill, al margen de sus defectos, le encantaban los duelos políticos, y devolvía golpe por golpe. Sus epígonos no se sienten tan seguros de sí mismos ni en lo intelectual ni en lo político, y consideran cualquier crítica seria como un crimen de lesa majestad. No se puede tolerar. Es inaceptable.

En 2000, unos manifestantes anticapitalistas rociaron de pintura la estatua de Churchill que hay en la Plaza del Parlamento y le hicieron un peinado a lo mohicano con un cepellón de hierba. El primer ministro, Tony Blair, se puso furioso. Según el diario de su exportavoz, «Blair se pasó de la raya, decía que “no hay que consentir que vuelva ocurrir una cosa así” y sugería que había que prohibir ese tipo de manifestaciones en Londres». A lo largo de los años siguientes volvieron a pintarrajear la estatua periódicamente, y el punto álgido llegó en 2020, cuando unos activistas de Black Lives Matter escribieron con pintura «Churchill era un racista» en el pedestal.

Esa es una de las críticas más suaves que se le pueden hacer a Churchill, pero provocó una auténtica conmoción. Y después sucedieron más cosas. En febrero de 2021, mientras yo me dedicaba a terminar este libro, recibí una invitación a una videoconferencia por Zoom organizada en el Churchill College de la Universidad de Cambridge para debatir sobre la política del personaje homónimo. Dos miembros de la mesa eran académicos de ascendencia india. Uno de ellos, Priya Gopal, era y sigue siendo miembro del Claustro del College. Como era de esperar, el tono era de crítica, dado que el debate se centraba en la colonización de India y sus secuelas, sobre todo la Hambruna de Bengala de 1943.

Fue un debate sobrio, pero a continuación se desató un escándalo, orquestado por la prensa conservadora. El Daily Telegraph titulaba así su noticia del 11 de febrero: «Una mesa de expertos del Churchill College afirma que el primer ministro durante la guerra era un racista blanco y “peor que los nazis”». Lo cierto era que nadie había dicho eso, pero bastó para que sir Nicholas Soames (nieto de Churchill) decidiera asumir el papel de portaestandarte de la indignación. Como a lo largo de los años habrá constatado cualquier lector habitual de la revista satírica y de actualidad Private Eye, el peso intelectual no es uno de los atributos de Soames, y en aquella ocasión sus intervenciones no hicieron más que confirmarlo. Pero era un descendiente de Churchill, y se puso a disposición de todo el que deseara utilizarle para acallar las voces disidentes.

Los donantes del College amenazaron con retirarle la financiación, la familia estaba contrariada, y la institución disolvió a toda prisa su grupo de trabajo sobre «Churchill, la raza y el Imperio» que había organizado el ofensivo debate. Para protestar por aquella capitulación, aquella misma noche, unos activistas de Extinction Rebellion (XR) escribieron pulcramente con pintura «Churchill era un racista» en uno de los muros de ladrillo del Churchill College.

Soames venía a decir que aquella mesa de debate marcaba un «nuevo mínimo en la actual moda que consiste en denigrar la historia británica en general, y a sir Winston Churchill en particular», y amenazó al College con preguntarse en voz alta y en público si debería permitírsele beneficiarse del nombre de Churchill después de haber consentido la celebración de un evento tan vergonzoso. De hecho, ambos bandos del debate habrían podido escoger personajes más idóneos: Wellesley o Curzon en el bando de los glorificadores del imperio, y Gandhi o Mandela en el bando contrario. Mientras tanto, la unidad de respuesta rápida de XR Cambridge le respondía a Soames:

Por toda esta ciudad hay muchas instituciones cuyo dinero procede de la explotación y el colonialismo. No vamos a permitir que los colleges de la Universidad de Cambridge censuren la verdad sobre sus dañinas ramificaciones históricas y contemporáneas. Como ciudad y como país, necesitamos desesperadamente afrontar el legado del Imperio británico, que hizo tanto daño en todo el mundo y sigue causándolo hoy en día. Cada vez resulta más evidente que hay una profunda relación entre la injusticia global, la injusticia racial, la injusticia social y la injusticia climática. La idea de que quienes poseen dinero, poder y fuerza militar tienen derecho a explotar la tierra y a su población es responsable tanto del colonialismo como de la emergencia climática y ecológica. Hemos aprendido mucho de los activistas antirracistas; no permitiremos que nadie esconda debajo de la alfombra la historia del racismo de Gran Bretaña.

El debate continúa. Este pequeño libro es otro granito de arena. No se centra exclusivamente en Churchill, ni tampoco es una biografía en sentido tradicional. Sitúa a Churchill en el seno de una clase dirigente que luchó contra los obreros y los disidentes dentro del país y construyó un inmenso imperio en ultramar. Esa combinación fue lo que posibilitó derrotar a las organizaciones de la clase obrera en Gran Bretaña y la colonización de grandes zonas de Asia y de África. Sin entender las historias de quienes se resistieron dentro y fuera de las fronteras de Gran Bretaña, no es fácil entender la hostilidad hacia Churchill que sigue existiendo en este país.

Hace cincuenta años me encontraba disfrutando de un almuerzo en Phnom Penh (Camboya) con Lawrence Daly, el líder minero escocés. La conversación era variada. El ruido de las bombas que caían sobre Vietnam resonaba por toda la región. Daly era un autodidacta, un intelectual nato, sin vinculaciones con ningún partido político. La discusión se centró en Gran Bretaña. ¿Cómo explicaba él que el electorado británico pusiera de patitas en la calle a Churchill en 1945? Daly hizo una breve pausa y dijo: «No es ningún misterio. Gracias a los conservadores, el país estaba hasta el cuello de mierda. La gente tenía la sensación de que, si elegía a Churchill, les obligaría a hacer abdominales».

Después de ciento cincuenta años de crecimiento ininterrumpido, como señalaba Eric Hobsbawm en su libro Industria e imperio, la economía británica estaba en un grave apuro y el desempleo masivo amenazaba la paz social. Churchill quería revertir el proceso por todos los medios. Su método favorito era el empleo de la fuerza. En eso nunca cambiaba, ni titubeaba, ni se arrepentía. Nunca entendió del todo que los éxitos de Estados Unidos y de Alemania le debían mucho a la investigación científica y al desarrollo tecnológico. Las universidades británicas se habían quedado igual que antes, dedicándose a sus quehaceres habituales, hasta que fue demasiado tarde para ponerse a la altura de Estados Unidos y de Alemania. En Gran Bretaña, una clase dirigente complaciente, alimentada con los frutos del imperio, no fue capaz de recuperar terreno. A pesar de que ha sido santificada como «el mejor momento» de Churchill, la victoria de 1945 fue una enorme derrota para el Imperio británico.

A Churchill y a sus imitadores laboristas, Clement Attlee y Ernest Bevin, les llevó un tiempo comprender todas las implicaciones de ese hecho. Churchill aceptó el papel de segundo violinista siempre y cuando pudiera fingir que era el primero, lanzando proclamas sobre la Guerra Fría que generalmente entretenían y ocasionalmente irritaban a los nuevos amos del mundo occidental. Los dirigentes estadounidenses le seguían la corriente, al tiempo que se dedicaban a lo único que les interesaba: asumir el control de las colonias europeas y japonesas, con distintos grados de éxito.

El racismo genético de Churchill nunca desapareció, y se fue filtrando lentamente en el país cuando la escasez de mano de obra hizo necesario importar trabajadores coloniales de las Antillas y del subcontinente indio. Durante sus últimas semanas en Downing Street, Churchill se mostró intransigente. Su ministro de Defensa, Harold Macmillan (que posteriormente fue primer ministro) anotaba en su diario el 20 de enero de 1955: «Más debates [en el Consejo de Ministros] sobre los inmigrantes de las Antillas. Se está elaborando un proyecto de ley, pero no es un problema fácil. El P.M. [Winston Churchill] piensa que Keep England White [“Mantener Inglaterra blanca”] es un buen eslogan»1. Más o menos diez años después, al enfrentarme a una serie de interrupciones hostiles por parte de un grupo de racistas en un mitin público, yo les respondí a gritos: «Nosotros estamos aquí porque vosotros estuvisteis allí. Y a nosotros todavía nos queda otro siglo y medio». Eso les hizo callar temporalmente, pero no creo que captaran del todo la dialéctica. Ni tampoco Churchill.

Eso es lo que explico en este libro, recorriendo la línea de la vida política de Churchill, acompañada de un análisis político e histórico que contradice sus ideas y las de sus muchos epígonos. Al destacar la historia de una oposición desafiante (débil o fuerte), el libro examina la historia de la clase obrera y de las rebeliones coloniales en una relación dialéctica con los venerables textos.

La aparición hace unos años de un movimiento anticolonial en las universidades de distintos lugares del mundo fue para mí un aliciente adicional para escribir sobre Churchill. El hecho de que Barack Obama y, más recientemente, Joe Biden, retiraran el busto de Churchill del Despacho Oval fue otro estímulo (antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la guerra de George W. Bush contra Afganistán, poca gente sabía siquiera que existía ese busto). Lo hicieron debido a las atrocidades cometidas por los británicos en Kenia y el historial de Churchill en Irlanda, dos de los crímenes imperiales de los que se le acusa en este libro. Sin embargo, la retirada de aquel busto fue sobre todo simbólica. Obama y Biden hablaban en calidad de recolonizadores, como los herederos contemporáneos de Churchill y de George Curzon, de Leopoldo II y de Oliveira Salazar. El país que presiden es el único imperio verdadero hoy en día, y se encuentra en una posición mucho más sólida que el Imperio británico, incluso en su máximo apogeo, y con un historial de crímenes de guerra inigualable.

Los descolonizadores de Gran Bretaña y los antirracistas de Estados Unidos han derribado o han exigido la retirada de las estatuas de los propietarios de esclavos, y de los sinvergüenzas como Cecil Rhodes (enormemente admirado por Churchill). La estatua de Churchill solo ha sido embadurnada de pintura roja para conmemorar un Día del Recuerdo de las víctimas del imperio. No estoy a favor de destruir su estatua ni las de la de la mayoría de los demás caudillos imperiales o de sus subordinados. Eso sería un desacertado intento de borrar de un plumazo trescientos años de historia británica. En Estados Unidos, un proceso como ese conllevaría destruir las estatuas de la mayor parte de los Padres Fundadores por el hecho de que fueron propietarios de esclavos.

Es mucho mejor exigir o poner en vigor el derecho a instalar placas que cuestionen la visión oficial, de modo que los visitantes puedan leer las dos caras del debate y tomar sus propias decisiones. Y, por supuesto, exigir que se dediquen estatuas nuevas a los que estuvieron en el otro bando. Este libro está escrito con esa intención: una irrupción, espero, en un orden histórico-político que parece hegemónico, pero que sigue siendo vulnerable. Y con él, la historia sigue siendo el relato humano internacional, turbio, contradictorio, y plagado de conflictos que ha sido siempre.

1 David Kynaston, Family Britain, 1951-1957, Londres, 2009, p. 453.

AGRADECIMIENTOS

Tengo que empezar haciendo hincapié en que ninguna de las personas que me han ayudado es responsable de mis argumentos ni de mis conclusiones. Fue Mike Davis, mi antiguo camarada de la Costa Este, y un gran historiador, el que me insistió hace casi diez años en que tenía que escribir un libro como este. Espero no haberle decepcionado demasiado. Doy las gracias en primer lugar a mis editores JoAnn Wypijeski, de Buffalo (Nueva York) y Leo Hollis, en un Londres confinado. Naturalmente, Leo ya está muy acostumbrado a mis excentricidades y tiende a eliminarlas. Su insistencia en que refundiera algunos capítulos y reestructurara otros ha sido muy valiosa. JoAnn es una vieja amiga mía, y una editora muy estricta. La combinación dio resultado.

Tengo que dar las gracias a Pablo Bradbury, a la sazón becario en la editorial Verso, por su documentación cuando inicié este proyecto, que incluía una larga lista de lecturas. También he de darle las gracias a mi nieto Jordan Beaumont, que se tomó un año sabático coincidiendo con el confinamiento, por leer tres libros sobre las hambrunas de Irlanda y de India, así como la novela de Churchill, y redactar informes sobre todos ellos. Su hermano Aleem salvó el manuscrito de un desastre informático y me exigió diez libras. Sebastian Budgen fue, como siempre, de gran ayuda, y me reenvió una útil documentación que obtuvo de distintas fuentes.

Estoy muy agradecido a Gella Skouras, una griega amiga mía desde 1967, y a Jane Gabriel, que produjo (con ayuda de Gella) el documental de Channel 4 sobre la guerra civil griega que hizo temblar al establishment británico. Daniel Finn, un compañero de la New Left Review, leyó el capítulo sobre Irlanda, me señaló algún que otro error, y sugirió algunos añadidos y la eliminación de algunos pasajes, pero al final me dio el visto bueno. David Harvey me contó una anécdota personal esclarecedora.

A medida que aumentaba el caos en mi despacho, John Purcell, un artesano local, y partidario de Jeremy Corbyn, que había venido a arreglar otra cosa, me construyó una estantería giratoria en el plazo de una semana: un acto transformador y un gesto de camaradería que no olvidaré.

En el departamento de producción de Verso, Mark Martin, desde Brooklyn, y Bob Bhamra, desde Londres, supervisaron el control de calidad. Tim Clark, que ya es un veterano, llevó a cabo la edición final del texto.

A todos ellos, y a muchos otros, gracias de todo corazón.

Tariq AliLondres, 20 de septiembre de 2021

INTRODUCCIÓN

EL CULTO A CHURCHILL

Desdichada la tierra que necesita un héroe.

Bertolt Brecht, Vida de Galileo

Achacad los antiguos desórdenes no a la naturaleza de los hombres, sino a los tiempos, ya que, al ser diversos, vosotros podéis esperar, mediante los mejores órdenes, una mejor fortuna para vuestra ciudad.

Maquiavelo, Historia de Florencia

El 30 de mayo de 1945, un mes después del suicidio de Hitler y de la liberación de Berlín por los comandantes del Ejército Rojo Georgy Zhukov e Iván Konev, veintiún días después de que la rendición de Alemania pusiera fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa, el historiador liberal más respetado de Gran Bretaña, G. M. Trevelyan, pronunció una conferencia en un abarrotado Conway Hall, en Red Lion Square, en el centro de Londres. En aquella charla, Trevelyan no mencionó ni la victoria de los Aliados ni a Winston Churchill. Ni una sola vez.

Por el contrario, Trevelyan se atuvo obstinadamente al tema previsto: «La historia y el lector». Después de hacerse famoso por rechazar el concepto de historia como ciencia, Trevelyan propuso una alternativa a lo que él denominaba los historiadores «resecos», haciendo hincapié en la importancia de la historia como una presentación de hechos pasados, recopilados a través de una búsqueda lo más diligente posible, y al mismo tiempo como literatura. Pero no pudo resistirse a hacer una leve alusión a los acontecimientos más recientes, ni a obsequiar a los presentes con un poco de autobombo inglés. Dijo que Gran Bretaña tenía un enfoque equilibrado de la historia. Si los demás fueran capaces de emularlo, el mundo podría ser más culto.

Su tono era altivo, su pose la de un sabio. «Algunas naciones —declamó— como los irlandeses, tienen una mentalidad demasiado histórica, en el sentido de que son absolutamente incapaces de salir del pasado». «Los mismos alemanes —señalaba— se han criado con versiones parciales y ultrapatrióticas de los hechos del pasado. El daño que ha causado la historia tendenciosa en el mundo moderno es inmenso. Cuando la historia se utiliza como una rama de la propaganda, es un arma muy mortífera». La única alternativa era «la historia tal y como se enseña y se escribe en Inglaterra. Hoy en día, lo que padecemos en esta isla es más el desconocimiento de la historia que su mala utilización».

La última frase sigue siendo válida. La propia historia de Inglaterra no puede entenderse sin reconocer las historias entrelazadas de otros pueblos. Trevelyan no sentía la necesidad de explicar por qué, por ejemplo, la nación irlandesa acabó sobre-historicizándose. Tal vez habría debido sopesar las palabras de su correligionario: «¿Qué saben de Inglaterra —gemía Rudyard Kipling— los que solo conocen Inglaterra?».

A continuación Trevelyan se explayó sobre el hecho de que los prejuicios culturales y el desconocimiento de la historia podía acabar relegando las viejas civilizaciones (al margen de Grecia y Roma) al cubo de la basura. Era algo de que lo que habían sido víctimas incluso los más excelsos historiadores. Desde la atalaya de su faro, en calidad de Regius Professor de Historia en la Universidad de Cambridge, Macaulay dirigía su haz de luz hacia Carlyle y Macaulay (su tío abuelo), y alertaba de que ellos también se habían visto aquejados. ¿Cómo? Utilizando el lenguaje de un delegado del sindicato oficial de historiadores, Trevelyan dictaminaba que «habrían sido mejores historiadores si hubieran pasado por un curso universitario de historia como el que habrían podido cursar si hubieran vivido a finales del siglo xix en vez de a principios».

Después Trevelyan retrocedía al siglo xviii en busca de su paradigma del erudito-historiador: «Con Gibbon se alcanzó la perfección tanto de la ciencia como del arte de la historia, y desde entonces nadie la ha superado». Sin embargo, esa no era desde luego la opinión predominante cuando se publicó por primera vez La decadencia y caída del Imperio Romano, entre 1776 y 1789. Los seis tomos de Gibbon fueron intelectualmente emancipatorios, y su intrépida ofensiva contra el cristianismo por el papel que desempeñó en la caída de Roma dio lugar tanto a la adulación como a la condena general. Los obispos del establishment se pusieron en pie de guerra, mientras que el disidente William Blake maldecía las burlas de Gibbon. Claramente algo había hecho bien.

Sigue siendo necesaria una historia crítica con el Imperio británico como la de Gibbon. Entre muchas otras cosas, en una obra así se examinaría el papel del cristianismo, igual que el del islam. (Gibbon argumenta sin rastro de prejuicios que, si los seguidores del Profeta no hubieran perdido un par de batallas cruciales, Notre-Dame podría haber sido una bonita mezquita, y el sonoro árabe del Corán podría haber sustituido a las vísperas en Oxford). Si a finales del siglo xix o principios del xx se hubiera escrito una historia así, habría contribuido a un provocativo debate sobre el Imperio, y habría obligado a los historiadores posteriores (me viene a la cabeza M. M. Kaye) a ser un poco más cautos en sus presupuestos. También habría contribuido a una mejor educación en los colegios y entre los licenciados universitarios.

Puede que usted se esté preguntando qué tiene que ver todo eso con Winston Churchill.

De la misma forma que nunca hemos afrontado las verdades del imperio, tampoco hemos sido capaces de vérnoslas con nuestros dioses lares más fieles. Hasta ahora se ha evitado un ajuste de cuentas honesto con la Historia. Trevelyan prácticamente ignoraba a Churchill en las 900 páginas de su Historia de Inglaterra. Solo se le menciona en tres ocasiones: primero como un defensor inquebrantable del libre comercio en el Gobierno de Arthur Balfour; después como miembro del Partido Liberal «buscando por ahí algún reino»; y, por último, en 1940, cuando «Inglaterra», que se enfrentaba «a un peligro supremo con su inveterada valentía», «encontró el símbolo en Winston Churchill». El hecho de que ese símbolo brillara por su ausencia en la conferencia de Trevelyan en Conway Hall contribuye a poner de alguna manera las cosas en perspectiva.

En vez de en un asunto de intenso escrutinio histórico, Churchill se ha convertido en un bruñido icono cuyo culto lleva mucho tiempo fuera de control. Curiosamente, durante las cinco fases de su vida —sus aventuras en el extranjero, la Primera Guerra Mundial, la tregua de veinte años en la «guerra civil europea», la Segunda Guerra Mundial, y su último mandato como primer ministro— fue un culto de un perfil relativamente bajo. Ni siquiera en el apogeo del Blitz, la campaña de bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, su culto podía compararse con lo que llegó a ser en manos de los políticos tories y de un montón de historiadores conservadores y liberales.

En 2017, después de la edición de numerosas biografías, se estrenó un puñado de películas. Actualmente hay más de 1.600 libros sobre Churchill. En la Biblioteca de Londres se le dedican varios estantes en la sección de biografías —más aún que en la Biblioteca Británica— y eso sin tener en cuenta la prolífica producción del propio Churchill. Entre las biografías figuran: una lápida funeraria en ocho tomos, cuya construcción fue la tarea de toda una vida para el desaparecido sir Martin Gilbert, pero cuyos cimientos fueron colocados por Randolph, el hijo de Churchill; una versión conservadora de Andrew Roberts; y, anteriormente, una biografía más corta de Robert Blake; y una elegante y lúcida creación de 1.000 páginas del instruido político liberal Roy Jenkins. Entremedias hay muchas otras, en su mayoría publicadas durante la década de 1980 y después. La biografía más objetiva es la que escribió Clive Ponting, por desgracia descatalogada. Entre los productos más recientes hay una obra («número uno en ventas», nada menos) de Boris Johnson, recientemente destituido como primer ministro del Reino Unido.

El libro de Johnson es revelador en muchos aspectos. Mientras que a algunos historiadores conservadores les ha irritado la aparente soltura de Churchill a la hora de cambiar de partido —Robert Rhodes James destaca que la errática trayectoria de Churchill antes de 1939 fue merecidamente criticada por sus contemporáneos—, Johnson deja claro que Churchill se pasó gran parte de su vida política como un outsider, esperando el momento de gloria. Según el mito popular, ese momento le llegó en 1939. Pero los historiadores no son capaces de ponerse de acuerdo ni siquiera en eso. Se dice que Churchill se plantó decididamente contra los partidarios de un apaciguamiento y ganó la batalla. Por el contrario, John Charmley, en su libro The End of Glory («El fin de la gloria», 1993) argumentaba que los interesados vaivenes en la trayectoria de Churchill provocaron numerosos errores. Al negarse a negociar un tratado de paz con Hitler en 1940, y por el contrario recurrir a la ayuda de Estados Unidos, Churchill precipitó el fin del Imperio británico.

En una anotación no publicada de sus diarios, Henry «Chips» Channon recuerda un desdichado almuerzo en su club con sus compañeros conservadores partidarios del apaciguamiento el día que Churchill acudió al besamanos a Palacio. Channon cuenta que Richard A. Butler comentó: «Tenemos un mestizo como primer ministro». Un par de días después, el presidente del Comité 1922, formado por los backbenchers conservadores (diputados sin cargos en el Gobierno ni en el Partido) informaba de que «tres cuartas partes de sus miembros estaban dispuestos a tirar a Churchill por la borda» y a rehabilitar a Neville Chamberlain, el artífice del Acuerdo de Múnich con Hitler. En El factor Churchill, Boris Johnson se deleita con el odio a Churchill que mostraron amplios sectores de diputados conservadores, y se identifica fuertemente con su biografiado:

Para acaudillar a su pueblo en guerra, Churchill tuvo que controlar no solo a los cariacontecidos de Múnich —Halifax y Chamberlain—, sino también a cientos de Tory que habían sido llevados a considerarlo un oportunista, chaquetero, fanfarrón, egotista, bribón, cateto, granuja y, en varias ocasiones bien documentadas, borracho de solemnidad2.

Seguidamente Johnson cita una carta de Nancy Dugdale a su marido, Tommy, un diputado partidario de Chamberlain que está prestando servicio en las Fuerzas Armadas. Nancy le informa del estado de ánimo dentro del Partido Conservador:

Miran a WCh con total desconfianza, como bien sabes, y odian sus fantochadas radiofónicas. WCh es en realidad el homólogo de Göring en Inglaterra, ansioso de sangre, de Blitzkrieg, hinchado de ego y del mucho comer, con la misma alevosía circulándole por las venas, a fuerza de cantos heroicos y palabrería. No sé cómo explicarte lo deprimida que me tiene esto3.

¿Quién y qué era Churchill? ¿Fue algo más que una carpa rolliza, encantada de nadar en las charcas más nauseabundas con tal de que se hicieran realidad su propia carrera y las necesidades del Imperio (en su fuero interno no había diferencia entre ambas cosas)? Puede que fuera algo más, pero no demasiado. Así pues, ¿cómo se explica su elevación a figura del culto?

El culto propiamente dicho, con todos sus excesos, es muy posterior a la Segunda Guerra Mundial. En su dura invectiva contra la guerra de las Malvinas que libró Margaret Thatcher contra Argentina en 1982, Anthony Barnett sugería que el nacimiento del «churchillismo» obedeció a la necesidad de una propaganda que garantizara la aceptación de aquel conflicto. Fue una campaña ferviente y bochornosamente promovida por Michael Foot, a la sazón líder del Partido Laborista. Dice Barnett:

El churchillismo es como la urdimbre de la cultura política británica a través de la que las principales tendencias entretejen sus distintos colores. Aunque procede del símbolo del personaje de los tiempos de la guerra, el churchillismo es muy diferente del hombre en sí. De hecho, el verdadero Churchill fue incorporado a regañadientes y con incomodidad al agregado de políticas y de partidos que él parecía encarnar. Sin embargo, el hecho de que la ideología sea muchísimo más que una emanación del hombre es parte del secreto de su fuerza y su permanencia4.

Cabría añadir que ese amor artificial a Churchill, y los usos que se hacen del personaje, acabaron por encarnar la nostalgia de un Imperio desaparecido hacía mucho tiempo, pero al que habían apoyado los tres partidos políticos y los grandes sindicatos5. Los «días de gloria» del pasado han quedado firmemente grabados en el subconsciente histórico de los británicos. Y el nombre de Churchill se invocaba cuando hacía falta: como en 1982, cuando resultaba difícil aceptar la realidad de que el Reino Unido era poco más que un puñado de islas del Norte de Europa. El éxito de Thatcher en la guerra le concedió un nuevo mandato y la proyectó como una líder de armas tomar. Incluso empezó a llamar «Winston» a Churchill, como insinuando que le había conocido personalmente.

El historiador social Paul Addison coincidía con Barnett en la importancia del conflicto de las Malvinas en el relanzamiento de Churchill. En los años ochenta, en una reseña de cuatro novedades editoriales, Addison argumentaba que el origen de la regresión cultural y política se remontaba a la incapacidad de los Gobiernos de Harold Wilson y de Edward Heath de modernizar el país en las décadas de los sesenta y los setenta. «Por lo menos en espíritu, Churchill les ha sobrevivido, y ha vuelto a ocupar su lugar en la política británica como uno de los dioses lares de la señora Thatcher». A pesar de todo, Addison prosigue argumentando que esas mismas décadas trajeron consigo una refrescante brisa para despejar las telarañas: «La épica patriótica, salvo en la forma viciada y destructiva de las películas de James Bond, era una ofensa al espíritu de la época. Los viejos programas especiales militares-imperiales solo eran aceptables cuando estaban impregnados de un sentimiento contra la guerra y de sátira social, como en La última carga (1968), de Tony Richardson»6.

Cuando, en 1974, se estrenó la obra The Churchill Play, de Howard Brenton, dirigida por Richard Eyre, en el Nottingham Playhouse, fue calurosamente aplaudida por el público y bienvenida por la mayoría de los críticos. En su reseña de la obra en The Sunday Times, el serio y respetado Harold Hobson se mostraba sorprendido por su tono intenso, pero a pesar de todo la obra le parecía estimulante: «La inquietante y alarmante sugerencia que se hace en la convincente obra del señor Brenton es que el hombre que Inglaterra encontró [en 1940] no era el hombre adecuado…».

La obra empieza en el funeral de Churchill. Los hombres uniformados que portan el féretro oyen un ruido sordo que procede del interior del catafalco. Se miran unos a otros horrorizados:

INFANTE DE MARINA: Saldrá, saldrá. Tratándose de él, estoy seguro. Ese es capaz de cualquier cosa. (Con fiereza). De dar por culo a los trabajadores. (Tose. Se recupera. Con fiereza). En Gales nunca se lo hemos perdonado. Mandó a los soldados contra nosotros, el muy canalla. Envió a los soldados contra los mineros galeses en 1910. […] Era nuestro enemigo. Le aborrecíamos hasta por su barriga. Esa barriga gorda de señor de clase alta. Cuando organizaron la colecta, para la estatua que hay delante del Parlamento […] los ayuntamientos de las ciudades y los pueblos de todo Gales se negaron a recaudar…

SOLDADO: Pero ganó la guerra. Eso lo hizo, eso lo hizo.

INFANTE DE MARINA: El pueblo ganó la guerra. Él solo se cabreó con Stalin…

CHURCHILL:(Desde dentro de su ataúd). ¡Inglaterra! Vieja estúpida. Estás hecha polvo. No te lo mereces, eres una ingrata. ¡Después de todo lo que hice por ti, maldita mujerzuela!

CHURCHILLsale de golpe de su ataúd, haciendo ondear la «Union Jack». El actor que hace de Churchill debe asumir una réplica exacta. Su rostro es una máscara. Lleva en la mano un puro apagado. Los MILITARES se dan la vuelta y retroceden, con los fusiles preparados.

En Estados Unidos, el éxito de la industria de Churchill, que le ha promocionado como el «Marlborough yanqui» obedecía a un cambio de prioridades en los frentes académico y cultural.

A mediados de los ochenta, el consenso económico entre Thatcher y Ronald Reagan exigía una remodelación política y cultural y un reacondicionamiento psicológico en sintonía con el comienzo de un nuevo orden mundial. Hacían falta nuevos relatos para un mercado anglófono mundial. Por consiguiente, en Gran Bretaña se diseñaron numerosos documentales, series y películas para su adopción por ese mercado más amplio. En lo que respecta a la industria cultural británica, lo que el público estadounidense quería ver eran adaptaciones de Jane Austen, cada una de ellas más burda y con menor nivel intelectual que la anterior, y culebrones con profusión de vestidos de época que glorificaran a las clases dirigentes anteriores a 1945. Churchill se convirtió en la fibra cotidiana de esa dieta básica. El actor británico Robert Hardy encarnó a Churchill hasta en tres películas distintas: Churchill: The Wilderness Years («Churchill: los años de ostracismo», 1981), War and Remembrance («Guerra y recuerdo», 1988), y Churchill: 100 Days That Saved Britain («Churchill: 100 días que salvaron a Gran Bretaña», 2015).

Al igual que Trevelyan, el Churchill de carne y hueso siempre comprendió la importancia de la historia, sin olvidar, claro está, su propio papel en ella. Su ingeniosa fanfarronada de que «No siempre me he equivocado. La historia me dará la razón, sobre todo porque yo mismo escribiré esa historia» solo era un chiste a medias. Eso fue lo que hizo desde muy joven, escribir crónicas autojustificatorias a lo largo de las sucesivas décadas.

Ahora, a principios del siglo XXI, la divinización de Churchill como el caudillo imperial por excelencia está siendo cuestionada por una minoría de descolonizadores pequeña pero eficaz. En eso no hay nada demasiado insólito, si echamos la vista atrás. Como señalaba Mary Beard, historiadora del mundo antiguo, en su habitual blog «A Don’s Life» («La vida de una profesora universitaria») en el Times Literary Supplement, esa fue la suerte que corrieron no pocos emperadores romanos durante la existencia de aquel imperio. Fue una tradición emulada en los imperios europeos posteriores. Uno de los peores criminales que ha engendrado Europa fue Leopoldo II de Bélgica, cuya condición de amo del Congo y su brutalidad en la región provocaron la muerte de varios millones de africanos. En Bélgica, sus estatuas fueron derribadas en la primavera de 2020, durante las protestas que desencadenó el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos. Aún está por ver si el derribo de estatuas no es más que un arrebato, y si las cosas no volverán, como ocurre tan a menudo, a un estado de conformidad posimperial.

A pesar de su enorme talento como publicista de sí mismo, lo que provocó gran irritación entre sus colegas liberales y conservadores, al final Churchill no necesitó «escribir él mismo la historia». Hoy estaría encantado no solo por la diligencia de sus epígonos a la hora de bruñir su imagen, sino también por la falta de sustancia de los ataques de sus pocos críticos. Con la vista muy atenta a las ventas de sus libros, a Churchill no le importaba demasiado un poco de publicidad negativa si eso contribuía a colocar unos cuantos ejemplares. El dinero siempre escaseaba.

Sin embargo, probablemente esa tolerancia no habría dado lo bastante de sí para abarcar los ataques a la misión imperial de Gran Bretaña, ni los que en el pasado lanzaron contra él las críticas de sus súbditos coloniales, ni los que hoy en día se desatan contra su estatua por parte de los manifestantes de las universidades inglesas. El imperialismo era la verdadera religión de Churchill. Nunca se avergonzó de ello. Desde antes de convertirse en Sumo Sacerdote del imperialismo, él ya le rendía culto en su altar. El Imperio británico, que a la sazón poseía la mayor tajada de colonias que había visto el mundo hasta entonces, era para él una hazaña imponente.

Esa visión iba de la mano de su fe en la superioridad racial y civilizacional, y de su promoción. Pero el mantenimiento y la defensa del Imperio eran el prisma por el que Churchill veía el asunto, y casi todo lo demás, fuera y dentro del país. La raza se confundía con el fondo cuando los enemigos del Imperio británico eran blancos y formaban parte de la misma «civilización». Churchill admiraba la tenacidad que demostraron los bóeres en el sur de África, pero no la de las tribus pastunes que resistían contra los británicos en la frontera noroeste de India: apreciaba la valía de los guerreros gurkhas de Nepal para combatir como mercenarios, pero solo porque su instrucción militar como auxiliares imperiales había corrido a cargo de los británicos. Puede que el III Reich fuera espantoso, pero no era tan inaceptable como los odiosos japoneses, que se volvieron odiosos únicamente cuando atacaron las colonias británicas en Asia.

El Imperio dominaba hasta tal punto el pensamiento político de Churchill que no había aventura demasiado arriesgada, ni crimen demasiado costoso, ni guerra demasiado innecesaria, si estaban en juego las posesiones, la hegemonía mundial y los intereses comerciales de Gran Bretaña. Los disturbios y los conflictos nacionales que amenazaban el statu quo también eran tratados con dureza. Puede que Churchill cambiara de partido político a su antojo para potenciar su carrera, pero eso raramente afectó a su visión política.

Prácticamente cualquier causa reaccionaria que surgiera podía contar con su apoyo. Puede que no se opusiera a que las mujeres de clase media y alta montaran en bicicleta o jugaran al tenis, o, en el caso de las mujeres casadas, que tuvieran una cuenta corriente en el banco o que acortaran la falda de sus trajes de noche. A lo que se oponía rotundamente era a la extensión de la democracia. El sufragio femenino, argumentaba, «es contrario al derecho natural y a las prácticas de los Estados civilizados. […] Solo la clase más indeseable de mujeres ansía tener ese derecho —quienes trasladan sus obligaciones al Estado— a saber que casarse y tener hijos ya está adecuadamente representado por sus maridos. […] Me opondré inquebrantablemente a este ridículo movimiento»7.

En concreto, el movimiento sufragista militante le ponía furioso. Él presuponía, como muchos otros hombres y mujeres, que conceder el derecho al voto a las mujeres duplicaría la fuerza electoral de la clase trabajadora. El voto para la mujer ponía en peligro el monopolio de los hombres en la política y muchas otras cosas. Churchill nunca ocultó sus ideas al respecto, ni durante su militancia el Partido Liberal ni después en el Conservador, como demuestra el siguiente encontronazo con Sylvia Pankhurst:

En medio del inmenso mitin del Partido Liberal, justo antes de las elecciones generales de 1906, la sufragista esperó a formular su pregunta, armándose de valor ante la expulsión violenta que indefectiblemente vendría después. El orador era Winston Churchill, de sobra conocido por su «actitud particularmente insultante» hacia el sufragio femenino. Cuando la sufragista se puso en pie y formuló su pregunta: «¿Concederá un Gobierno liberal el derecho al voto a las mujeres?», él se limitó a ignorarla, pero cuando algunos hombres del público le exigieron una respuesta, el presidente invitó a la sufragista a hacer su pregunta desde el escenario. Así lo hizo, pero inmediatamente después, Churchill la agarró bruscamente del brazo y la obligó a sentarse en una silla del escenario, diciéndole: «No, tiene que esperar aquí hasta que haya oído lo que tengo que decir», y le dijo al público: «Nada podría inducirme a votar a favor de conceder a las mujeres el derecho al voto». De repente, todos los hombres que estaban en el escenario se pusieron de pie, rodearon y ocultaron a la sufragista, mientras otros la llevaban a empujones a un cuarto detrás del escenario. Un hombre fue a buscar una llave para dejarla encerrada, mientras otro, de pie delante de la puerta, «empezó a utilizar un lenguaje muy violento, a llamarla “gata”, y gesticulando como si quisiera arañarle la cara con las manos». Ella corrió a asomarse a una ventana con barrotes y a gritarle a la gente que pasaba por la calle. El hombre amenazador se marchó, y la multitud le señaló a la mujer una ventana a la que le faltaban algunos barrotes, por la que ella pudo salir y después, a instancias de la muchedumbre, improvisó su propio discurso8.

En muchas religiones antiguas había figuras sagradas que desempeñaban funciones específicas. La más importante de ellas era el papel de aglutinante: casi todo estaba vinculado a esas figuras y unido por medio de ellas. Políticamente, Winston Churchill nunca desempeñó ese papel en vida, salvo por un periodo limitado en el apogeo de la guerra. Incluso entonces, raramente se silenciaba a los críticos que le contradecían o le desautorizaban. «La idolatría es un pecado en una democracia», gritó Aneurin Bevan, diputado del ala izquierda del Partido Laborista cuando la adulación se hizo demasiado intensa.

El estilo de Churchill a menudo era impulsivo, siempre discursivo, en ocasiones caótico, pero también dotado de un peculiar dinamismo que le convertía, a pesar de su clase, en una persona bastante realista. Se sentía a sus anchas lo mismo en el Palacio de Blenheim que en los oscuros corredores de los bajos fondos de la política. Llegó a la presidencia del Gobierno en un momento en que Gran Bretaña se enfrentaba a una crisis existencial, con la élite del país y sus ciudadanos gravemente divididos sobre los peligros que suponía el III Reich. Hasta entonces, Churchill había sido poco más que un político inteligente, dedicado a labrarse una carrera, y desesperado por ascender lo más posible. Y para tal fin estaba dispuesto a mancharse las manos. A manchárselas mucho. Ese aspecto de Churchill fue dado a conocer en la popular teleserie dramática de la BBC Peaky Blinders, donde Churchill aparece respaldando a un agente del Departamento Especial encargado de asesinar a los partidarios del Sinn Féin en la región de las Midlands.

Hasta el estallido de la guerra, su trayectoria —que glorificaba las atrocidades coloniales en ultramar y reprimía las revueltas de la clase obrera dentro del país— quedó grabada en el recuerdo de sus adversarios entre el pueblo llano. En A Safe Job («Un empleo seguro»), un relato publicado en la revista The New Reasoner a finales de los años cincuenta, Peter Barnes resucitaba a un activista laborista del East End de Londres, donde los trabajadores inmigrantes, en su mayoría judíos pero también de otras etnias, le habían granjeado al barrio una merecida fama de radicalismo político. El primer párrafo transmite un sabor de aquellos tiempos:

Mi tío Nathaniel fue el hombre que le tiró un ladrillo a Churchill en 1929. Siempre lamentó no haberle acertado. Ocurrió cuando Churchill estaba dando un mitin electoral en el East End. La multitud se encrespó e intentó arremeter contra él. Durante su apresurada huida hasta un coche que le estaba esperando, el político se vio espoleado por las burlas, las rechiflas y un ladrillo mal dirigido. Se lo tiró mi tío. Toda su vida había sido un socialista activo. Esa anécdota era una de sus favoritas.

Este tipo de anécdotas no eran infrecuentes, ni siquiera entre los grandes peligros de los años de la guerra. El eminente geógrafo David Harvey recuerda:

Mi abuela solo compraba en la cooperativa, y cuando yo tenía 8 o 9 años (en 1943 o 1944) a menudo pasaba los sábados con ella. Una vez fuimos a un sitio a cobrar su «dividendo» y acabamos en una cola donde mi abuela se puso a pontificar, en voz alta, diciendo que Churchill era un sucio granuja, enemigo de los trabajadores. En casa teníamos prohibido usar ese tipo de lenguaje, de modo que probablemente lo recuerdo porque me resultó bastante chocante oír a mi abuela hablar de aquella manera en público. A unos cuantos les molestó y empezaron a defender a Churchill por encabezar la lucha contra Hitler, a lo que mi abuela contestó que Hitler también era un sucio granuja, y que tal vez hacía falta un sucio granuja para librarnos de otro sucio granuja, pero que cuando acabara la guerra nos íbamos a desembarazar de todos los sucios granujas, de todos y cada uno de ellos. […] Le conté esta anécdota a un colega mío cuando estuve en Oxford, y él me contó que más o menos por aquella misma época iba al cine los sábados por la mañana, que siempre ponían el noticiero de Pathé[tic] News, y que cuando en la pantalla aparecía un determinado individuo, todo el público le silbaba y le abucheaba. Durante un tiempo él pensó que ese señor era Hitler, pero resultó ser Churchill.

Otra anécdota: en los años setenta, un redactor del New York Times se quedó desconcertado al entrevistar a Richard Burton después de su éxito interpretando el papel de Churchill en la película The Gathering Storm (1974). Cuando el periodista le pidió su opinión sobre el gran hombre, el actor respondió: «Detesto a Churchill y a toda su ralea […], un hombre malo […], un niño vengativo aficionado a los soldaditos de plomo». Burton se había criado en los valles de Gales.

Y, muy recientemente, en unas memorias del historiador Jeffrew Weeks, Between Worlds: A Queer Boy from the Valleys («Entre mundos: un chico homosexual de los Valles», 2021), se cuenta que el odio a Churchill seguía muy vivo en el valle galés de Rhondda cuando el autor era un niño. Nadie olvidó nunca Tonypandy, el lugar al que Churchill había enviado los soldados para reprimir a los mineros: «Cuando era niño, en los cincuenta, recuerdo vívidamente que el público de los cines prorrumpía en abucheos siempre que Churchill, que para entonces estaba en su segundo mandato como primer ministro, aparecía en un noticiero cinematográfico».

¿Por qué ese grado de odio? Churchill no fue el único político reaccionario de la historia británica moderna. A menudo se menciona su arrogancia como una de las causas, y tal vez lo que enfurecía a la gente era su jactancia. Disfrutaba demasiado de sus triunfos. A los británicos no les molestan los líderes sinceros —George Canning, Robert Peel, Benjamin Disraeli, Lloyd George, Keir Hardy, Aneurin Bevan— pero no les gusta que nadie restriegue por el suelo británico la nariz de un británico. Y en demasiadas ocasiones —en Tonypandy en 1910, o durante la Huelga General de 1926, o en 1919 en Escocia— Churchill trató como enemigos a sus propios conciudadanos. ¿Cómo es posible que todo aquello sea universalmente popular?

A pesar de todo, la Historia es impredecible. Escoge a un actor, lo engalana con excelentes trajes, y le empuja a interpretar un determinado papel con tanta fuerza que el personaje se mezcla con la realidad. Cuando baja el telón, la Historia los despide y elige otros nuevos, verdes pero deseosos de aprender, y los lanza a la refriega. Churchill fue uno de esos actores, modelado por sus tiempos.

Eso no le convirtió en figura de culto en sus tiempos, y de hecho fue todo lo contrario. Nunca fue aceptado como un líder guerrero, pero las ambigüedades nunca desaparecieron. Cuando llegó a ser primer ministro al frente de un Gobierno de Unidad Nacional, con Attlee como viceprimer ministro, la gente se dio cuenta de que no tenía a nadie más para librar una guerra que no había más remedio que librar. De modo que la gente le apoyó hasta que surgió la primera oportunidad de librarse de él, cosa que hizo de inmediato, sin lamentarlo demasiado, en julio de 1945.

Pero incluso durante la guerra, el apoyo a Churchill siempre fue condicional. Cabe recordar, a pesar del dramatismo de la aclamada película El instante más oscuro, que, cuando Churchill pronunció su famoso discurso «nunca nos rendiremos», la derrota en Dunkerque había traumatizado a la nación. Era evidente que la mentalidad gregaria mostrada durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial ya no entraba en juego. Los soldados que huían de Dunkerque sabían lo poco preparados y lo mal armados que estaban, y que la clase gobernante no tenía ni idea de cómo había podido ocurrir aquello. Incluso las semiderrotas suscitan preguntas en el fuero interno de los que se han educado en la obediencia a sus oficiales superiores en todo momento.

Dunkerque provocó una grave pérdida de autoconfianza en los círculos de la clase dirigente. La cuadrilla de conservadores que dirigía el país no estaba en absoluto segura de que Gran Bretaña pudiera sobrevivir. Esa cuadrilla había ganado la guerra de la propaganda, pero el tan cacareado «espíritu de Dunkerque» era poco más que una máscara de la victoria que ocultaba un rostro desalentado y temeroso. El 1 de julio de 1940, The Times publicó un editorial extraordinario que sigue siendo más o menos válido hoy en día, pero que no podría haberlo escrito un empleado de Rupert Murdoch ni, en realidad, de ningún medio informativo del mundo occidental:

Si hablamos de democracia, no nos referimos a una democracia que mantiene el derecho al voto pero se olvida del derecho a trabajar y del derecho a la vida. Si hablamos de libertad, no nos referimos a un tosco individualismo que excluye la organización social y la planificación económica. Si hablamos de igualdad, no nos referimos a una igualdad política anulada por los privilegios sociales y económicos. Si hablamos de reconstrucción económica, no pensamos tanto en la máxima producción (aunque también hará falta eso) como en un reparto equitativo. […] No es posible poner en orden la casa europea a menos que nosotros pongamos primero nuestra propia casa en orden. El nuevo orden no puede basarse en el mantenimiento de los privilegios, tanto si esos privilegios son los de un país, como si son los de una clase, o los de un individuo.

Dos innovadores libros de Angus Calder, The People’s War («La guerra del pueblo», 1969) y The Myth of the Blitz («El mito del Blitz», 1991), documentan ese cambio radical mucho después de Dunkerque. En el primero, Calder explicaba que los laboristas y otras fuerzas progresistas británicas entendieron en seguida que la nueva guerra no era una repetición del desastre anterior, que era preciso derrotar al fascismo, y que era imprescindible una alianza temporal con quien fuera (incluso con Churchill) para alcanzar esa meta. El estado de ánimo de la nación era de unidad en la rebeldía.

Sin embargo, para cuando se puso a escribir su segundo libro sobre el Blitz, Calder claramente había cambiado de opinión. En ese segundo libro, Calder deja en evidencia los mitos del arrojo de los británicos frente a los bombardeos alemanes, y descubre una escena más tenebrosa. Los niveles de delincuencia aumentaron por todo el país. El antisemitismo estaba muy extendido. La máquina propagandística intentaba disfrazar a un pueblo destrozado con una sonrisa de buen corazón y con la divinización de los jóvenes pilotos caídos en combate. Aquí, el estado de ánimo de la nación se nos antoja de división y de paranoia.

Calder se muestra muy cáustico al hablar de los bombardeos de ojo por ojo que realizaban Gran Bretaña y Alemania con el único propósito de desmoralizar a la población civil por el procedimiento de atacar viviendas privadas y otros objetivos civiles. Explica que el jefe del Mando de Bombarderos, el mariscal del Aire Arthur «Bomber» Harris, con el pleno respaldo de Churchill, decidió llevar a cabo un bombardeo experimental contra la antigua ciudad de Lübeck. Las bombas provocaron una tormenta de fuego que destruyó la mitad de la ciudad y mató a miles de civiles.

La Luftwaffe le pagó con la misma moneda y puso en marcha los «bombardeos de la guía Baedeker» contra las antiguas ciudades inglesas de importancia histórica y cultural: Bath, Norwich, York, Canterbury. Causaron graves daños. Murió mucha gente. Pero en ambos países la gente se mantuvo firme. Los bombardeos no provocaron una grave desmoralización, ni siquiera cuando Harris lanzó la ofensiva de los «mil bombarderos» contra Colonia, y presumía de que más de 6.500 aviadores británicos, repartidos entre 868 tripulaciones, habían alcanzado sus blancos, descargando un total de aproximadamente 1.500 toneladas de bombas, de las que el 60 por ciento eran incendiarias. La ciudad quedó envuelta en llamas.

Churchill se mostró muy efusivo en sus elogios, estaba radiante de júbilo por la destrucción causada. Sin embargo, nada de aquello tuvo un impacto espectacular en la moral de los alemanes. Al cabo de una semana, Colonia volvía a funcionar con normalidad.

No obstante, en 1942 el descontento con el liderazgo de Churchill ya era generalizado entre la élite gobernante. Singapur había caído en manos de Japón. Gandhi y Jawaharlal Nehru habían puesto en marcha el movimiento «Quit India» («Váyanse de India») que iba a afectar a la moral de decenas de miles de indios que prestaban servicio como carne de cañón. El ultranacionalista indio Subhas Chandra Bose había decidido crear un Ejército Nacional Indio, formado por prisioneros de guerra indios capturados por los japoneses, y cuya misión era combatir a los británicos en India.

Dentro del país, la incapacidad de alcanzar los objetivos de producción había afectado a los suministros en Gran Bretaña y en las líneas del frente. Una encuesta de Gallup reveló que tan solo una tercera parte de la población manifestaba estar satisfecha con el Gabinete de Guerra, es decir, con Churchill. El cronista Harold Nicolson anotaba que numerosos políticos de centro le habían dicho que «había que echar a Churchill», aunque Nicolson objetaba que sería una medida que podía conmocionar al país. Cecil Beaton, otro amigo de los políticos conservadores, contaba que estos comentaban abiertamente los defectos y los puntos flacos de Churchill. Cuando les preguntaban quién podría sustituirle, respondían «sir Stafford Cripps». No Attlee, ni tampoco Bevin, sino Cripps, un nombre que hoy en día raramente se menciona como el mejor líder que nunca llegamos a tener.

Además, el descontento en las Fuerzas Armadas era evidente. El ya olvidado «Parlamento de las Fuerzas» tuvo lugar en El Cairo entre 1943 y 1944. Organizado por los soldados y los oficiales de rango inferior para debatir el futuro del Gran Bretaña después de la guerra, el «Parlamento de El Cairo» se inspiraba en los debates de Putney entre los niveladores9 y Oliver Cromwell. Se hablaba de nacionalizaciones, de una reforma agraria y bancaria, de la herencia, y del trabajo. En unas elecciones simuladas, el Partido Laborista obtuvo una mayoría aplastante. Los conservadores quedaron los últimos. Huelga decir que las autoridades pusieron rápidamente fin al experimento.

Unos meses antes de las elecciones generales de 1945, casi todo el mundo daba por sentado que la victoria de los conservadores era inevitable, dado el prestigio que había adquirido Churchill durante la guerra. Pero el editorialista del Times había sido profético. El sentimiento anti-Churchill, sobre todo en las comunidades de la clase trabajadora, fue muy intenso durante toda la guerra, al contrario de lo que decía la propaganda. Los laboristas se alzaron fácilmente con la victoria con un programa socialdemócrata que tenía como mantra una versión más suave que el editorial de The Times.

Cuando Churchill falleció, en 1965, no faltaron los homenajes y las elegías desde todos los ámbitos. Richard Crossman, un intelectual laborista, y ministro del Gobierno de Harold Wilson, refunfuñó en público por tener que asistir al funeral, y posteriormente escribió que «daba la sensación del fin de una época, y acaso hasta del fin de una nación». Qué equivocado estaba. Y también mucha gente.

En aquel momento daba realmente la impresión de que el acuerdo de la posguerra, la descolonización gradual en ultramar, y la creación de un Estado del bienestar, con su reconfortante atmósfera de familias felices, habían dicho adiós a las iniquidades del pasado, y con ello habían sentado los cimientos de una modernidad «poschurchilliana». El líder conservador, Edward Heath, era un ardiente europeísta; Wilson, el primer ministro, un converso más renuente a la idea. Europa, geográficamente poco más que un cabo unido al gigantesco continente asiático, iba a convertirse para los políticos de la posguerra en la encarnación de la esperanza y en depósito de la civilización occidental. Sus crímenes dentro y fuera del continente, sus guerras imperiales, civiles y religiosas, estaban prácticamente olvidadas, con la única excepción del judeocidio.

La mayoría de los obituarios elogiaban el papel de Churchill como primer ministro durante la guerra. En otros asuntos, la opinión del país estaba mucho más dividida. La propaganda para potenciar la moral que había creado Churchill, y en la que había participado, apelaba a la resistencia colectiva. En ese apartado, Churchill había sido un magistral táctico retórico. Lo que olvidaban sus panegiristas era que la historia de esa resistencia tenía unas raíces mucho más profundas, y era mucho más duradera, que los heroicos llamamientos de un momento.

Muchos de los que padecieron el desempleo masivo de los años veinte y treinta seguían vivos. No era infrecuente escuchar comentarios como «Mi familia (o mi padre) odiaba a Churchill». Muchos de los soldados que le recibían con una ovación durante la guerra también habían votado contra él cuando estaba prácticamente ganada. En aquellos tiempos la gente tenía mejor memoria.

Aunque no estuviera directamente relacionado con ella, Churchill era la encarnación del ala más aventurera de la clase dirigente británica: su violencia, su arrogancia, su complacencia y su incubación de la supremacía blanca. Su legado militar-aristocrático le resultó útil, pero para muchos otros no era una buena cualificación. Como han señalado Roy Jenkins y otros, los antepasados de Churchill en el ducado de Marlborough, tras la muerte del duque fundador, no engendraron a ninguna persona de relevancia, al margen de Winston y su padre, Randolph. Una tendencia, cabría añadir, que ha proseguido hasta el día de hoy. Soames es poco más que un personaje secundario de una historia de P. G. Wodehouse.

A diferencia de muchos de sus pares, Churchill no se conformaba con ser un mozo de trastienda ni un diputado pasivo. Era, ante todo, un activista imperial. Quería combatir, matar y, si fuera necesario, morir por la causa que ocupaba el lugar supremo en su fuero interno: el Imperio británico. Muerte a todos sus enemigos dentro y fuera del país. Y cuando los blancos no tenían más remedio que matar a otros blancos (a los bóeres, a los irlandeses, a los alemanes, a los rusos a partir de 1917), Churchill era capaz de poner en juego alguna ideología complementaria a la supremacía blanca sin demasiada dificultad.

El boom de todo lo relativo a Churchill empezó hace cuarenta años. Desde entonces, la historia de Churchill ha ido convirtiéndose subrepticiamente en la historia de Gran Bretaña (o por lo menos de Inglaterra) en su conjunto. Es fácil olvidar cómo eran las cosas en 1965. Entonces, los escritores satíricos, los cineastas y otros colectivos se oponían rotundamente a las guerras imperiales. La obra ¡Oh, qué guerra más bonita!, de Joan Littlewood, un feroz ataque a la Primera Guerra Mundial, abarrotó el Theatre Royal de Stratford, en Londres. La última carga, de Richardson, había dejado en evidencia la adoración por el «Gran Juego» imperial. Entonces habría resultado difícil predecir el ascenso de Margaret Thatcher, la Guerra de las Malvinas, la instrumentalización de Churchill, ahora elevado al estatus de icono nacional, por cortesía de Thatcher, Blair y Johnson. Y la leyenda ha ido creciendo a ambos lados del Atlántico.

Un empalagoso aroma a incienso rodea la mayoría de los santuarios de papel que conmemoran a Churchill y sus guerras, pequeñas y grandes. Junto con las versiones de celuloide, su eficacia es innegable. Sin embargo, lo que han conseguido los descolonizadores universitarios y sus aliados es que ya sea indiscutible que se ha abordado una conversación nueva.

2 Boris Johnson, The Churchill Factor, Londres, 2014, pp. 38–39 [ed. cast. Boris Johnson, El factor Churchill, trad. R. Buenaventura, Madrid, Alianza, 2016, p. 48].

3Ibíd, p. 49.

4 Anthony Barnett, «Iron Britannia», número extraordinario, New Left Review I/134, julio-agosto de 1982.

5 Todavía no he encontrado ni un solo gesto de auténtica solidaridad por parte del movimiento sindical británico con ningún tipo de lucha colonial anti-británica, al margen una minúscula minoría: William Morris y su periódico Commonweal, en el siglo XIX; y del Partido Comunista Británico en sus comienzos, y del Partido Laborista Independiente (ILP), así como sus compañeros de viaje intelectuales, en el siglo xx. Figuras valientes, sin duda, pero no representativas de los grandes batallones. Los soldados, reclutados forzosos o voluntarios, destinados a mantener el orden en el Imperio, no eran muy distintos de los blancos pobres que luchaban por mantener la esclavitud en Estados Unidos.

6 Paul Addison, «Buggering On», London Review of Books, 21 de julio de 1983. A algunos, entre los que me incluyo, las primeras películas de James Bond nos parecían simples astracanadas.

7 Citado en Clive Ponting, Churchill, Londres, 1994, pp. 24-25.

8 Katherine Connelly, Sylvia Pankhurst: Suffragette, Socialist and Scourge of Empire, Londres, 2013, p. 1.

9 El movimiento de los