XXL - Paula Leitón - E-Book

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Paula Leitón

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Paula Leitón ha ganado el oro en los Juegos Olímpicos de París 2024. Juega en la Selección española de waterpolo y en el Club Sabadell. Pero llegar hasta aquí no fue fácil, porque la gente solo se fijaba en que mide 1,88 metros y pesa 95 kilos: en su debut olímpico sufrió acoso por su físico, enfrentó trastornos alimentarios y vivió la invisibilidad de ser mujer en el deporte. En este libro conmovedor y necesario, Paula comparte su historia con sinceridad y valentía: cómo aprendió a aceptarse, a poner límites, a defender su lugar y a inspirar a otras chicas para que crean en su fuerza. Este libro es más que un testimonio deportivo: es un alegato contra la discriminación y una celebración del cuerpo, la resistencia y el empoderamiento.

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Seitenzahl: 127

Veröffentlichungsjahr: 2025

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XXL

Del oro olímpico a la lucha contra la gordofobia

Paula Leitón

Prólogo de Almudena Cid

Primera edición en esta colección: octubre de 2025

© Paula Leitón, 2025

© del prólogo, Almudena Cid, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 979-13-87813-24-6

Fotografía de cubierta: © Berta Pfirsich (para El País)

Diseño de portada: Isabel González (@muchacha_pinta)

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

A los que alguna vez sintieron que su cuerpo era un error.

A los que escucharon más de una vez que debían cambiar para encajar.

A los que cargaron culpas que no eran suyas y tuvieron que esconderse.

Que mi historia te sirva y ayude a sentir que todos los cuerpos son válidos, que mereces habitar el tuyo sin miedo y que el amor propio no se mide en tallas.

Índice

Prólogo,

de Almudena Cid

Introducción.

El día que cambió todo sin yo saberlo

1. La niña «gigante» y sus raíces bajo el agua

2. Mi cuerpo, mi impulso: crecer, competir y confiar

3. Aprender a ser boya, aprender a ser yo

4. No soy un número en una báscula

5. Calma y madurez dentro y fuera del agua

6. Cuando cuerpo y mente me fallaron y resurgieron

7. Espaldas anchas y corazón abierto

8. Los límites están solo en la cabeza

Epílogo.

No somos moldes

Anexo

Agradecimientos

Palmarés

Navegació estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Colofón

Prólogo

Cuando veo un partido de waterpolo, siempre me asalta el mismo pensamiento: ¿qué estará ocurriendo debajo del agua, en ese espacio que no se ve? Siempre me ha generado cierta angustia ver cómo una jugadora se mantiene a flote mientras la jugadora contraria pone todo su peso sobre ella y, aun así, se resiste a hundirse.

Quizá me lo pregunto porque soy consciente de esa capa que todo deportista trata de ocultar, de que se vea lo menos posible. Generalmente, está relacionada con esconder la vulnerabilidad, esa que yo misma sentí durante mi etapa en la élite. Como si fuera precisamente esa vulnerabilidad no mostrada la que nos permite resistir.

Hacer fácil lo difícil es una de las capacidades que tenemos las gimnastas, pero también es una premisa común a muchos deportistas, sin importar la disciplina. Mostrar solo lo que interesa, lo que conviene al resultado, lo que beneficia al equipo, y silenciar aquello que poco a poco va calando en ti. Callarlo para molestar lo menos posible. Para que eso que sientes no se convierta en la excusa perfecta para que prescindan de ti. Es, en definitiva, una forma de mantenerse a flote, mientras lo que sucede de la cintura para abajo —ese espacio invisible— permanece en la sombra.

La primera vez que vi a Paula fue en televisión tras los desafortunados mensajes de odio que recibió. Ella no los leyó hasta que los medios los difundieron, en un intento, quiero pensar, de denunciarlos públicamente. Me pregunté: ¿qué debió de sentir Paula cuando el momento más importante de su vida se vio eclipsado por algo que nada tiene que ver con su victoria? No es la primera vez que ocurre. Y me temo que no será la última. Lo vimos también en el mundial de fútbol femenino, en el que un comportamiento ajeno a lo que ocurrió en el terreno de juego acaparó todos los titulares.

Hasta entonces las campeonas olímpicas de waterpolo eran un todo, una unidad. Todas se necesitaron para ganar el oro olímpico en París. Nadie destacaba por encima del resto. Eso no sucede en los deportes individuales. A mí siempre me nombran por mi nombre y apellido. Y, salvo en el fútbol y algunos deportes mediáticos, el público rara vez retiene los nombres de quienes compiten en equipo.

«Tengo la espalda lo suficientemente ancha como para que me resbalen esos comentarios». Esa frase que Paula Leitón pronunció en los medios, y que aún hoy sigue retumbando, fue una forma de contener lo que estaba viviendo. Su manera de frenar la inercia descontrolada de opiniones, como tan bien hace ella desde su posición de boya en cada partido. Si la habéis visto jugar, sabréis que muchas veces se coloca de espaldas a la portería del equipo rival para, en el momento justo, girarse y rematar la jugada.

Este libro es precisamente lo que ocurre en ese giro de ciento ochenta grados. Es una forma de colocarse frente a la realidad y plantarle cara, como siempre ha hecho, pero sin obviar todo lo que sucede durante esa rotación sobre su propio eje hasta encontrarse de frente con la portería.

Hace menos de un año tuve la suerte de hablar con ella sobre su vida y sobre todo lo que sintió tras el oro olímpico. Era la primera vez que la veía en persona. Su mirada serena contrastaba con una presencia imponente. Descubrí que había empezado a cultivar su fortaleza años atrás, no solo en su entorno familiar o escolar, sino también en el deportivo. Allí donde su cuerpo no normativo resultaba perfecto para el juego. Donde por fin sintió que tenía un lugar en el mundo, un lugar que se propuso no perder jamás.

A través de estas páginas recorreréis su vida hasta hoy. Creo que, sobre todo, este libro es un ejercicio para detenerse. Porque todo ha ido siempre demasiado deprisa. Todo ha sido precoz. Puedo comprender su proceso. En sus primeros Juegos Olímpicos, en Río 2016, tenía apenas dieciséis años. Los míos, en Atlanta 1996, también fueron con esa edad. Y también empatizo con la presión de encajar en determinados cánones corporales, porque la rítmica siempre estuvo ligada a cuerpos de niñas, no de mujeres. Algo contra lo que luché desde mi propia experiencia. Romper un techo de cristal, romper con lo establecido, nunca es un objetivo en sí. Cuando sucede, es porque hay una necesidad.

Por eso entiendo tanto a Paula en estas páginas. Ahora que ha roto con los moldes, se ha convertido en un altavoz para quienes sienten que la sociedad les ahoga. Porque ha demostrado que se puede hablar incluso cuando crees que te quedas sin oxígeno y, aun así, nadas hacia la superficie. Siempre he pensado que aliarte con tus monstruos te hace más fuerte.

Y eso es lo que Paula consigue con este libro, que es su forma de expresión más artística. Coloca el conflicto en el centro, lo abraza, y convierte la amenaza en aliada. Creo que es un hermoso ejercicio para crear comunidad. Un refugio al que acudir para salir con más fuerza y convicción. Un espacio donde quererte, mimarte y sentir compañía.

Porque si algo describe a Paula no son sus logros deportivos, sino su bondad. Su necesidad de allanar el camino a los demás, como ha hecho siempre en cada jugada, dejando paso a sus compañeras mientras ella hace de muro de contención.

Siento que el único peso que siempre le ha importado a Paula es el que ella tiene en el equipo. Y ahora, también, en nuestra sociedad.

Almudena Cid

Exgimnasta olímpica y actriz

IntroducciónEl día que cambió todo sin yo saberlo

El 10 de agosto de 2024 subía al podio de París. Allí estaba, junto a mis doce compañeras, envuelta en una emoción indescriptible: ¡acabábamos de ganar la medalla de oro en waterpolo femenino!

En ese instante, mi vida entera pasó ante mis ojos en cuestión de segundos: vi los años dedicados al waterpolo, las muchas horas invertidas de entrenamiento y los miles y miles de metros nadados, los sacrificios, las lágrimas, las risas, los momentos en familia, las idas y venidas de mis padres para estar siempre en todos los entrenos, en todos los partidos. Pensé en las compañeras que se habían quedado por el camino, en quienes se quedaron a las puertas de ser convocadas sin poder entrar. Recordé también a los que ya no están, como mis abuelos, mis mayores fans, quienes siempre me animaron a seguir y nunca dejaron de creer en mí. Pensé en todos los míos, mi familia y amigos, los que estaban y los que no, pero que siempre habían tenido palabras de aliento para mí, diciéndome que ese momento llegaría. Y llegó. Ese oro también era suyo.

En ese podio se reflejaban mis veinticuatro años de vida, casi veinte de ellos de esfuerzo y dedicación, entregados a este deporte. Estábamos ahí, en lo más alto, lo habíamos conseguido: habíamos tocado la cima del deporte internacional.

Aquel día mi vida, sin cambiar, cambió, pero en ese entonces yo no sabía por qué.

Tras la victoria fuimos a Casa España. Cenamos con los compañeros de piragua, que se habían llevado dos bronces —uno en la prueba K4 500 m, con Saúl Craviotto, Carlos Arévalo, Marcus Cooper y Rodrigo Germade, y otro en el C2 500 m, con Joan Antoni Moreno y Diego Domínguez—, y con las compañeras de natación artística, que también habían ganado bronce —lideradas por Meritxell Mas Pujadas—. Fue una noche mágica, una celebración conjunta con una complicidad indescriptible, inolvidable. Con la delegación española compartimos risas, emoción, felicidad desbordada y satisfacción por el premio al esfuerzo, por nuestros logros. Éramos una gran familia celebrando junta algo único.

Dos días después, en el aeropuerto de París-Orly, esperando el vuelo a Barcelona, recibí un mensaje del programa de televisión En boca de todos, de Cuatro. Me pedían entrar en un directo dentro de cuarenta y cinco minutos. Mientras mis compañeras hacían fila para embarcar, apuré los minutos que quedaban antes de subir al avión para conectarme. Estaba tranquila, feliz, aún saboreando nuestro oro. Pensaba que sería una entrevista deportiva. No podía imaginar lo que iba a ocurrir.

Estaba ya con los cascos puestos, escuchando en directo el programa y apareciendo en una ventanita de la televisión mientras introducían el tema, cuando empecé a leer unos mensajes sobrescritos en pantalla que no entendía. Mientras los leía sin saber de qué iba todo aquello, escuché que decían algo así como: «Vamos a hablar con la waterpolista olímpica, que ha sufrido un ataque de gordofobia».

No entendía nada. Llevaba cuarenta y ocho horas, desde que habíamos quedado campeonas, disfrutando de aquel momento privilegiado, de la villa olímpica y de mis compañeros, había estado alejada de redes sociales y no había leído nada, ni el WhatsApp, había contestado algún mensaje rápido y nada más. No sabía lo que estaba ocurriendo. No sabía de qué hablaban. ¿De dónde habían salido esos comentarios? ¿Qué ataques decían?

Y así, en directo, empecé a leer los mensajes que habían dejado en la red X, o Twitter como la seguimos llamando muchos. Decían cosas como:

«¿Alguien sabe si flota o se hunde?», señalaba uno.

«¿Valen focas?», preguntaba otro.

«¿No se vació la piscina?», seguía leyendo.

«Flota como una boya en alta mar», recuerdo que comentaba otro.

Mi cara era de descomposición, completamente ajena a la existencia de esos textos. Y fue entonces, en directo, cuando me dieron paso desde el plató.

—¿Qué opinas de lo que ha pasado? —me preguntaron.

Mi respuesta fue sincera, porque era lo único que podía ser:

—Me estoy enterando ahora mismo. No sabía nada de esto.

Fue en ese momento cuando me pusieron al día. Así, en directo, a bocajarro, justo cuando volvía de vivir uno de los momentos más felices de mi vida, cuando había estado cuarenta y ocho horas con mi equipo en una nube.

Mi respuesta, al escucharlos, fue tan sincera como había sido mi arranque:

—Tengo la espalda muy grande para que me resbalen estos comentarios. Ahora mismo solo quiero disfrutar del oro con mi familia y con mis amigas, solo quiero disfrutar del momento.

Para terminar reafirmándome:

—Los comentarios me dan absolutamente igual. Acabo de ganar un oro olímpico, que es el sueño que tengo desde que soy una enana.

Lo era. Siempre lo fue.

Al colgar, avisé al jefe de prensa de la selección lo que acababa de ocurrir. Desde ese departamento me pidieron que no hiciera más entrevistas. Ya era tarde. La noticia se había expandido como pólvora.

Mis padres, a quienes había avisado que iba a hacer la entrevista y habían visto todo en directo, estaban muy preocupados.

—¿Estás bien? —me preguntaban.

—Sí, mamá. Pero es que ahora voy a subir al avión —contestaba yo.

Todo iba muy rápido, era como un sueño, esta vez con regusto amargo.

—Ya, hija, pero… ¿y lo que acaba de pasar?

Nadie lo entendía. Yo tampoco.

Cuando aterrizamos, el asunto había estallado. La prensa no paraba de llamarme, las redes eran una locura, mi WhatsApp ardía. Al día siguiente me iba de vacaciones a Mallorca. En lugar de paz, sentía que un huracán me había pasado por encima. ¿Qué había ocurrido? Todo por unos mensajes que yo ni había leído y de los que me había enterado en directo por la televisión a la vez que medio país.

Nunca había vivido eso, no sabía explicarlo. Solo sabía que empezaba por fin mis vacaciones, con un oro olímpico, fruto de toda una vida de trabajo, y no lo estaba disfrutando.

Las consecuencias de aquella explosión no hicieron más que crecer. Hasta que dije basta. Apagué el móvil durante dos días. Necesitaba parar, desconectar, respirar. No fue porque los comentarios me dolieran —de verdad, no fue así—. Lo dije entonces y lo repito: tengo la espalda muy grande y esos comentarios me resbalan. Me parecieron vacíos, simples, de comparación fácil. A raíz de aquello, además, la avalancha de mensajes que me llegaron de apoyo y ánimo fue enorme. Pero necesitaba procesar lo que estaba pasando, poner orden dentro de mí, desconectar, descansar y autogestionar ese boom en el que me había visto metida de lleno sin enterarme. Necesitaba parar para gestionar lo que estaba pasando.

Fue en esas semanas cuando empezó a tomar forma esta idea, la de escribir un libro, este que hoy tienes en tus manos. No solo para contar mi historia, sino para que si alguien, como yo, ha pasado o pasa por algo parecido, se sienta acompañado. Que piense: «A Paula también la llamaron gorda. Y ha ganado el oro en los Juegos Olímpicos».

He tenido este cuerpo desde niña. Me ha llevado muy lejos. Lo cuido, lo quiero y lo trabajo para lo que es mi vida: este deporte. Me ha dado todos mis logros deportivos. En casa siempre me enseñaron a no juzgar, a respetar, a mirar con empatía, no con crítica. Por eso me cuesta entender la mirada de quienes atacan desde un teclado.

A mí no me afectan las críticas vacías y banales, pero a otras personas sí podría afectarlas. A quien escribe esos comentarios le invitaría a pensar un poco en las personas a las que puede hacerles daño. Desgraciadamente, sé que a mucha gente le pasa, mujeres y hombres, en el mundo del deporte y fuera.