Y SI PASA, NO PASA NADA - AMARANTA GÓMEZ SALGADO - E-Book

Y SI PASA, NO PASA NADA E-Book

AMARANTA GÓMEZ SALGADO

0,0

Beschreibung

Los cambios son constantes, de eso no hay duda. Algunos los elegimos y otros nos llegan sorpresivamente. Como ser humano, aprehensivo y temeroso de pisar terrenos desconocidos, nos aletargamos con el miedo, nos paralizamos ante las miles de posibilidades, buenas o malas, de las decisiones que debemos tomar. Pero, en realidad, ¿qué es lo peor que puede pasar? Y si pasa, no pasa nada es una guía que te acompaña y brinda herramientas, cuando estás atravesando un cambio, para ayudarte superarlo de la mejor manera y puedas llegar al lugar a donde quieras llegar. Amaranta empezó este libro como herramienta terapéutica, un proyecto personal para salir adelante de las adversidades que estaba viviendo. Sin embargo, el resultado fue tan significativo, tan lleno de amor, que era importante compartir el mensaje y el aprendizaje con los demás.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 271

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Y si pasa, no pasa nada

Y si pasa, no pasa nada© Amaranta Gómez Salgado

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2023 Batalla de Casa Blanca, Manzana 147-A, Lote 1621 Col. Leyes de Reforma, 3a. SecciónC. P. 09310, Ciudad de MéxicoTel. 55 5581 [email protected]

Primera edición: Junio 2023 ISBN: 978-607-457-807-2

D. R. © Portada: Ana Gabriel LeónD. R. © Imagen de portada: Japneet Kaur

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.

Índice

Agradecimientos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Agradecimientos

Quiero agradecer a mi esposo por su amor y apoyo incondicional, por su apertura y honestidad en conversaciones incómodas, por hacerme reír sin quererlo y seguir mis locuras, por la hermosa complicidad que tenemos y la entrega al equipo que hoy formamos. A mi mamá, con quien tengo una relación y lazo inigualable; que está presente en todo momento, que no me deja caer jamás y a quien admiro porque es una guerrera que nada la detiene y busca siempre el “cómo sí”. A mi hermano Ernesto, por inspirarme, motivarme y acompañarme siempre, quien me ha ayudado a crecer en diferentes áreas de mi vida. A mi hermano Pablo, por enseñarme que todo se puede lograr y ser un equilibrio en mi vida. A mi tribu, que me han seguido en esta aventura de la vida y continúan con el mismo amor a pesar del tiempo y de la distancia. A los que se unieron en los últimos años e hicimos una conexión inmediata, la única razón por la que no menciono sus nombres es porque tengo el privilegio de tener muchos, y sé que habrá oportunidad de decirles a cada uno cómo impactaron en la etapa de mi vida que cuento en este libro. A Rosy, mi terapeuta, quien me hizo escribir para sanar. A mi editor y amigo Ramón, quien creyó y me guió en este hermoso viaje. A Japneet, por hacer un dibujo de mí al sólo escuchar mi historia, que hoy es la portada de esta obra. Y por último, a mi papá, quien me enseñó a vivir y a amar intensamente.

Prólogo

Llegar a Nueva York representó para mí un momento de paz y de integración. Aunque sé que suena paradójico, pues es una ciudad que no para, con luces y ruido por todos lados que distraen a cualquiera, me siento en balance y en mi centro. Hoy, viviendo enfrente de la Casa de Bolsa, a una esquina de Wall Street, en medio de rascacielos, ejecutivos y turistas, me encuentro en calma, más feliz, segura de mí misma y con ganas de comerme al mundo.

Me siento en un momento de expansión y creatividad al que no pude acceder sin haber pasado por tantos cambios y sin enfrentarme a demasiada vulnerabilidad. Ahora tengo muy claro que afuera de mí pueden estar ocurriendo muchas cuestiones, pero que si internamente estoy bien, nada me apartará de mi propósito y puedo lograr lo que sea con energía personal.

Es como si todo cobrara sentido, como ver desde lejos lo que viví en los últimos veintiocho meses y entender la famosa frase de que las cosas pasan por algo.

Hoy, con conciencia y capacidad de escucharme a mí misma, en medio de tanto ruido y prisa en esta ciudad que pone a prueba a todos, pero que al mismo tiempo reta e inspira para saber que cualquier cosa puede suceder, he empezado a escribir sobre este viaje de aprendizaje. Tomé lo que había escrito durante ese tiempo como ejercicio de terapia personal, con la finalidad de entender lo que me estaba pasando física, emocional y energéticamente. Decidí acomodarlo, y lo interpreto desde donde estoy ahora para compartir lo que me funcionó, y que he comprobado dando coaching, pues ayuda a hacer más fácil el proceso de cambio.

Como coach de vida me he dado cuenta de que cuando todos estamos atravesando por un cambio, tenemos sentimientos, inseguridades y acciones similares, claramente con diferente intensidad de acuerdo con nuestras creencias, entorno, diálogo interno e historia de vida. Durante el proceso surgen pensamientos tanto conscientes como inconscientes que nos hacen reaccionar de cierta manera. A algunos los impulsa a continuar, mientras que a otros los congela y no les permite avanzar adonde quieren. Todos merecemos vivir la vida que anhelamos, y hay herramientas que nos ayudan a sobreponernos a estos momentos de la mejor forma. Me siento privilegiada por muchas cuestiones, y quiero contribuir con mi historia. Por eso mi propósito es compartirte ejercicios y acciones que me funcionaron.

Lo anterior no significa que no sigo cometiendo errores. Como todos, continúo aprendiendo día a día, pero hoy me siento como si estuviera en la orilla del mar después de haber sido revolcada por olas de cambio que llegaban una detrás de otra. Estoy en un punto en que puedo ver el mar más calmado después de dos años y medio, y tomo aire para seguir adelante y enfrentar lo que venga, pero esta vez ya sé surfear las olas o, por lo menos, lo intentaré de nueva cuenta, desde el principio.

“Y si pasa, no pasa nada”, era una frase que mi papá solía decirnos cada vez que debíamos enfrentarnos a algo que nos emocionaba, pero que al mismo tiempo nos daba miedo por lo desconocido. Siempre nos preguntaba en esos momentos de duda: “¿Qué es lo peor que puede pasar?”. Empezábamos a decir todo lo que podría salir mal, y después de escucharlas, nos decía: “Y si pasa, no pasa nada”. Esa pequeña frase deshacía automáticamente cualquier miedo, era como verlo desde otro lugar, como saber que si ocurría lo peor, habría solución mientras estuviéramos vivos.

Hoy, después de vivir tantos cambios en poco más de dos años, viviendo los mejores días de mi vida, aunado a los peores, me atrevo a decir que sí suceden cosas, pero al final no pasa nada. Seguiremos aquí a pesar de todo, y será nuestra elección si lo llevamos a cabo creciendo y haciéndonos más fuertes o nos dejamos caer en el vacío.

Espero que disfrutes de este libro y que te acompañe en cualquier cambio que estés enfrentando.

Capítulo 1

Quitarse etiquetas y creación de una nueva identidad

Qué difícil es sentir que no sabes quién eres, porque lo que creías te definía ya no está más, pero al mismo tiempo qué satisfactorio entender que puedes redefinirte de acuerdo con lo que quieras y, así, ir por la vida siendo más auténtico y libre.

Desde que somos pequeños, la gente a nuestro alrededor, como familia, maestros, amigos, vecinos, entre otros, nos empiezan a etiquetar o a clasificar con cualidades o defectos que tenemos. Podemos convertirnos en los divertidos, los distraídos, los desorganizados, los disciplinados, los enojones o los sensibles, sólo por mencionar unos ejemplos de una lista interminable. O nos atribuyen roles, como la que cuida de todos, la que ayuda, la creativa musical, etc. Muchas veces lo hacen con la mejor de las intenciones; sin embargo, tiene una repercusión en cada uno de nosotros. Empezamos a crearnos una imagen propia a partir de esas aseveraciones, y con el paso del tiempo, a través de nuestras acciones, vamos reafirmando esas etiquetas y consolidamos creencias sobre el tipo de persona que somos, lo que debemos hacer porque así se supone que somos, o lo que requerimos hacer para que funcione el mundo de nuestro entorno. Nos vamos programando y haciendo todo lo posible para sostener esa imagen, lo que nos dijeron que somos y debíamos hacer. Al llevarlo a cabo nos diferenciamos de los demás, y eso nos crea una identidad. El problema es cuando esa identidad ya no nos funciona, o nos damos cuenta de que somos más que roles y adjetivos que adoptamos años atrás. Cuando nos percatamos de que somos más de lo que hacemos, que ser es mejor que hacer, nos permite mostrarnos auténticos y no depender de situaciones externas para mantener quienes creemos que somos.

Durante mi vida he pasado por momentos en que he debido revaluar muchas de las cosas que hacía, pero quiero platicar una etapa en particular, en la cual sentía mucha felicidad, pero al mismo tiempo percibía que ya no sabía qué me definía, no sabía quién era yo realmente. En ese periodo cambió todo, pensaba que con lo que me identificaba ya no estaba, lo cual, pese a eso, trajo un gran regalo. Esta vez pude elegir con qué me quedaba de lo que era antes y quién era ahora de acuerdo con otras circunstancias. Crear mi identidad según lo que yo deseaba ser.

Dicha etapa empezó cuando tomé la decisión de dejar mi país. Conocí a la persona con quien quería hacer equipo y quien sería mi compañero de vida; afortunadamente, es casi tal cual lo había decretado. Sólo olvidé un pequeño detalle: decretar que viviera en la misma nación que yo. Pequeño detalle que, no obstante, dio un gran giro a mi vida.

Tenía total claridad de lo que anhelaba en todos los niveles: mental, emocional y espiritual. Ambos evaluamos las dos alternativas que teníamos para estar juntos, que él se mudara a México, o yo a Suiza. Financieramente, y por oportunidades, era mejor que yo me mudara a Zúrich. ¿Cómo no dar todo por eso que tanto quería? Mi intuición me decía que era lo correcto. Además, tenía muchos elementos a favor que haría más fácil mi llegada: hablo alemán, tenía excelentes amigos en la ciudad y conocidos para colocarme en el mundo laboral y había muchas oportunidades en el país. Por el lado emocional estaba lista para una relación, pues llevaba cuatro años de feliz soltería, en la que me había divertido mucho y me había permitido conocerme más. Había pasado por un divorcio, ya estaba más grande y tenía más claro lo que anhelaba, lo que buscaba en una pareja, así como lo que yo podía ofrecerle a ésta. Estaba tan segura de esta relación, que no deseaba que el miedo me robara la dicha que estaba viviendo y me hiciera dudar.

Siempre he creído que es más riesgo quedarse quieto que ir por lo que tanto quieres. Que es más duro dejar oportunidades que intentarlo a pesar del resultado.

Me encontraba en un momento de mucha expansión y me sentía más segura que nunca de mí misma. Practicaba mi pasión, que era competir en triatlones y maratones; procuraba tener dos competencias al año, mis entrenamientos eran sagrados y amaba ver cómo mi rendimiento mejoraba día a día con la dedicación y me ayudaba a sacar toda la energía que normalmente tengo. En mi trabajo estaba creciendo con rapidez, haciendo lo que siempre soñé y alcanzando objetivos nunca antes vistos. Era valorada en la industria, tenía constante reconocimiento. Económicamente estaba muy bien, formaba mi patrimonio, mi familia contaba con salud y estábamos muy unidos, así como la red de amigos inigualable que tenía.

A pesar de que tenía casi todo, jamás sentí que mudarme resultara un sacrificio, lo vi como un cambio de prioridades o costo de oportunidad. No quería que mis apegos me detuvieran, tenía claro lo que debía hacer para vivir la vida que tanto había manifestado.

Establecí un plan de acción para en sólo tres meses tomar el avión que me llevaría a Europa y dirigirme a mi nueva aventura. Durante ese tiempo necesitaba hablar con mi familia, renunciar, vender departamento, coche, muebles y empacar lo que quería conservar.

A pesar de que estaba tan segura hubo muchos días de quiebre. Darles la noticia a mis papás y hermanos, por ejemplo, viendo en una misma cara dos sentimientos al unísono: felicidad pura por mí y una tristeza profunda de saber que ya no estaríamos cerca físicamente. Ninguno de ellos comentó nada del segundo, pero al ver sus ojos imaginé cómo se oprimía su corazón, porque yo lo estaba sintiendo también. Los días siguientes los quería tener a mi lado a cada instante. Al saber que pronto te irás te hace aferrarte de cada segundo y vivir con más intensidad cada momento con las personas que tanto amas.

Había momentos en que no podía dormir al suponer lo que sería no verlos tanto, y más porque siempre fui muy cercana a ellos; son mi red de apoyo. Yo organizaba muchos de los planes familiares; desde pequeña, sola me di el rol de cuidar de todos y estaba muy segura de que ése era mi papel. Creo que hasta me sentía la autoridad de mis hermanos, pasando el límite de la hermana mayor, tanto que mis hermanos tenían más miedo de mi regaño que el de mis papás. Muchas veces éstos me pedían que interviniera con mis hermanos, cuando ellos no sabían cómo. Me compré ese rol de protectora, seudoautoridad y organizadora familiar. Sentía que era mi rol cuidarlos, estar ahí siempre que me necesitaran, y cuando no, también; tarea que en verdad me encantaba. Opinaba de todo, me sentía con ese poder; ahora sé que no era nada sano.

En ese momento me cuestionaba qué pasaría ahora, cómo nos relacionaríamos si yo ya no cumplía con mi función. Qué haría sin ese rol, pero la pregunta profunda era: ¿qué haría yo sin mis pilares? Mi papá era mi superhéroe, me hacía sentir tan segura, con tanta paz, y que era un refugio en cada momento de duda. Mi mamá, mi mejor amiga y confidente, con quien compartía muchos gustos, quien siempre ha tenido las palabras correctas para motivarme y a quien admiro por su fuerza interior. Mi hermano siempre fue mi mayor cómplice, con él pasé momentos muy importantes de mi vida. Era el primero en saber todo de mí. Y mi hermano pequeño (catorce años menor que yo) era la persona más racional que, a pesar de la diferencia de edad, me hacía poner un poco de equilibrio en mis emociones y le daba un toque especial a mi vida. ¿Y yo qué rol jugaría ahora? ¿Cómo los acompañaría desde tan lejos? ¿Si algo pasaba estando tan alejada? Las dudas se quedaron atrás, con la confianza de que nos las arreglaríamos y más porque, no obstante que sentían tristeza de mi partida, era más fuerte su deseo de verme feliz, pues jamás me dijeron algo que me hiciera dudar. Como siempre, me impulsaron a lograr mis sueños.

Otro momento de quiebre fue cuando hablé con mi jefe y renuncié a la empresa donde había trabajado durante catorce años; me encantaba la cultura, siempre creía que la diversión que sentía al trabajar era parte de mis prestaciones laborales. Mis compañeros hoy son parte de mis mejores amigos, y el puesto que tenía en ese momento era algo que había soñado mucho. Llegué a un punto de mi carrera que me sentía realizada y que sabía estaba en un momento de crecimiento laboral, y de ahí para adelante. Fui la primera mujer en las oficinas de México en tener un puesto regional, abrí un área nueva en América Latina. Hice proyectos que sobrepasaron cualquier expectativa. Reportaba al equipo global, lo cual abría una infinidad de puertas. Internamente estaba bien posicionada. Al dedicarme a experiencias en vivo y entretenimiento tenía anécdotas únicas de vida, me sentía en un gran momento profesional. Ganaba muy bien, y eso me permitía satisfacer cualquier cosa material que necesitara o deseara. Me movía, literalmente, en un mundo que era sólo de hombres y estaba brillando; encontré mi manera de hacerlo diferente, y eso me hacía sentir poderosa y aumentaba mi seguridad.

Mi vida social resultaba muy agitada. Tengo facilidad de conectar con gente, lo cual hacía que no faltara algo por hacer cada día. Debido a mi trabajo viajaba mucho, y cuando estaba en la Ciudad de México, casi siempre tenía un plan con amigos. Y más que amigos, son mi tribu. Esa red de personas que me ha acompañado en locuras, que me ha ayudado a levantarme en momentos muy bajos y quienes también han sido directos para hacerme ver las cosas desde otra perspectiva.

Dejar a mi equipo de triatlón fue difícil también, porque se había vuelto una hermandad; sentía que me otorgaba sentido de pertenencia porque me identificaba con ellos, entendían qué era ser triatleta y maratonista. Desarmar mi casa no resultó tan difícil, casi no tengo apegos materiales, pero ver que compraban las cosas y que se iba vaciando el departamento fue como si poco a poco los recuerdos de un pasado se iban desprendiendo, y esto conllevaba un efecto interno de nostalgia. Debía ser así, no podía llevarme mucho. Abandonar mi patria también implicaba cambiar mi estilo de vida y modificar mis costumbres, porque hay cosas que jamás encuentras en otros lados; por más globalización que exista, mi país es mi país.

Recuerdo hasta lo que llevaba puesto el día que me fui de México... los abrazos en el aeropuerto, las lágrimas y la prisa de meterme a la sala, porque la tristeza que sentía al despedirme era muy profunda. Las fotos que tomamos para el recuerdo de ese momento son muy descriptivas. Sonrisas un poco forzadas. Así, me fui con sólo dos maletas y me dirigí, sin voltear, a la aventura de mi vida. Sin saber que ése era el primer cambio de muchos. En ese momento mi identidad se ligaba al rol familiar personal, a las competencias, a mi puesto de trabajo, a la tranquilidad económica, a mi vida social, estilo de vida, a mi país y mis costumbres, etc. Nada de eso iba en las maletas con que partí.

Los primeros meses en Zúrich fueron muy divertidos, me sentía como de vacaciones, sin trabajo, conociendo la ciudad, aprendiendo a esquiar y reuniéndome con los amigos. Estábamos casi en diciembre, así que quería esperar a enero para buscar trabajo. Antes de terminar el año recibimos una propuesta por parte de la empresa de mi ahora esposo para irnos a Toronto. Para mí no resultó difícil la decisión de movernos; al contrario, aun mejor, pues estaría en la misma zona horaria de mi familia, más cerca para visitarlos o que me visitaran más seguido, con mayor posibilidad de regresar a la empresa que trabajaba, porque ahí sí había oficina. A los cuatro meses nos mudamos a Canadá. Estaba de regreso en el continente americano y lista para otra aventura.

Llegamos a Toronto sin conocer a nadie; esta vez ambos en idénticas circunstancias: sin familia y sin amigos en ese nuevo país. Éramos él y yo, dispuestos a empezar a construir desde cero nuestra familia, pero no contábamos con que al mes de que llegamos nos confinarían al encierro por la pandemia recién sufrida. Todos nuestros planes cambiaron, al igual que los de todos en este planeta. Como muchos, yo pensaba que la contingencia sanitaria duraría un par de meses, pero no fue así. Toronto resultó la ciudad de Occidente con más restricciones, fueron medidas extremas. Diez meses sin poder ver a nadie que no viviera en nuestra casa; estaba muy controlado. Los vigilantes del edificio no dejaban entrar a nadie externo. En el elevador sólo podían estar integrantes de la misma familia. Durante esos meses no había nada abierto, únicamente tienditas de comida y supermercados. Las fronteras entre estados también se encontraban cerradas, no podías ir con tu coche a otro lugar porque veían tus placas y podrías resultar sancionado. De los dieciocho meses que estuvimos en Canadá, sólo ocho fueron un poco más flexibles, pero diez de total encierro. Los meses en que bajaron las restricciones abrieron restaurantes, aunque a su mitad de capacidad; conseguir lugar era una odisea. También abrieron las fronteras internas entre estados, pero no las que lindaban con otros países. No podíamos salir de Canadá.

El sentimiento de vacaciones terminó. Estaba encerrada en un minidepartamento temporal amueblado que nos rentó la empresa de mi esposo, mientras nuestras cosas que venían en barco llegaran y pasaran por la aduana en tiempos de pandemia. Durante esos tres meses me enfoqué en buscar trabajo. Les hablé a mis contactos de la empresa donde laboraba para conseguir una oportunidad; pensaba que sería muy fácil regresar debido a mi trayectoria. La respuesta de todos fue que por el momento era imposible, que las contrataciones estaban congeladas y que quizás en cinco meses se abrirían. Empecé a mandar mi currículum a muchas empresas, pero nada, la bolsa de trabajo sólo ofrecía puestos de logística y almacén. Marketing y eventos estaban completamente detenidos. Tampoco podía aprovechar el tiempo para entrenar para triatlones, pues resultaba imposible andar en bici por la nieve, y a -17° no podía correr afuera, mis pulmones no estaban entrenados para esa temperatura; albercas y gimnasios cerrados por pandemia, así que adiós a mi pasión durante unos meses. “¿Ahora qué hago todo el día? Soy una atleta sin entrenar”, pensaba.

No había familia, amigos, ni centros comerciales ni cafés. El invierno en Canadá dura seis meses, por lo que llevar a cabo actividades al aire libre no era opción. Hacer amigos también parecía un reto mayor, ni siquiera me podía subir a un mismo elevador con otra persona debido a las reglas del país. Nadie veía que les sonreía por el tapabocas y nadie quería tener contacto con desconocidos. Nadie hablaba, es más, si llegabas a ver a alguien en los pasillos del edificio, no había contacto, ni siquiera visual. Al verte se despegaban exageradamente para respetar la distancia. No había espacio para interactuar con otro ser humano. Soy una persona que funciona más en equipo, hago amigos fácilmente, pero esta vez no había oportunidad. No podía usar mi superpoder.

Mi esposo tenía una nueva posición, debía rescatar un negocio en plena pandemia, desde casa, sin conocer a casi nadie de la empresa. Eso quería decir que consumiría su tiempo por completo. Él tenía mucho trabajo y demasiado estrés. Estábamos en momentos de vida muy diferentes, ambos con preocupaciones válidas pero diferentes.

Al principio hacía videollamadas o llamadas largas con amigos de México o de otros países, hasta que poco a poco ellos fueron volviendo a su ritmo y, obviamente, ya no podían tener el tiempo con que yo contaba. Todos los países empezaron a quitar restricciones muchos meses antes que Canadá. Mientras otros lugares empezaron abrir, en Toronto cada vez había más restricciones, a pesar de que yo creía que eran imposible más limitaciones, me di cuenta de que sí era factible. Por redes sociales veía que la gente empezaba a ir a restaurantes, reunirse nuevamente con familiares, y eso aumentaba la ansiedad del encierro y hacía más pesado estar en un sitio con tantas prohibiciones.

Intenté ver el lado positivo del asunto y me enfoqué en aprender cosas nuevas; empecé a escuchar audiolibros, me inscribí a muchos cursos, aprendí a cocinar, hacía todo en casa: pan, nutella, cátsup, pasteles, galletas, etc. Jamás había cocinado antes. Meditaba aún más, incluso me metí a estudiar una carrera diferente.

Aprendí a estar nueve horas al día prácticamente sola y sin un propósito o actividad. Mi optimismo de que sólo sería temporal se terminó; empecé a aceptar que en el país en que vivía no se veía para cuándo terminara el confinamiento.

Meses después, entre el encierro y los rechazos laborales, me di cuenta de que todo lo que yo creí que era, ya no era. Mi seguridad empezó a bajar, no había constantes reconocimientos por lo que lograba; pasaba el tiempo y mi realidad había cambiado. Mi esposo reconocía mi resiliencia y agradecía constantemente lo que hacía; el problema residía en que yo no le encontraba valor a lo que hacía. No era la mujer profesional poderosa y exitosa, quien viajaba, la hija que pasaba mucho tiempo con sus papás. No había esa emoción que los padres tienen cada vez que logramos algo, pues no estaba haciendo nada productivo, de acuerdo con mis parámetros de productividad de ese momento. Tampoco era la hermana mayor a quien mis hermanos buscaban constantemente para consejos; claro que seguíamos hablando, pero ellos se las estaban arreglando sin mí y resultó difícil aceptar que no me necesitaban de igual manera. Ya no me identificaba como triatleta, porque ya no nadaba o andaba en mi bici de ruta, pues no había competencias y no tenía objetivo por el cual entrenar. No competí durante más de dos años. Dejé de ver el calendario, no tenía ningún plan para los próximos meses. De ser la persona que siempre tenía aventuras increíbles y únicas que contar o anécdotas inigualables, ahora no me pasaba nada de nada.

Las etiquetas que me había puesto, y como solía presentarme, ya no estaban. Me sentía sin identidad, lo que creía que me identificaba y definía no existía más. consideraba que ya no era triatleta por no competir. Si no alcanzaba resultados en una empresa importante, no era más la profesional. Si no me daban reconocimientos los de mi alrededor, ya no resultaba exitosa. No generaba dinero, así que no me sentía independiente.

Dos colegas del trabajo de mi esposo y sus parejas se convirtieron en nuestros únicos amigos y familia. Para que pudiéramos convivir durante esta etapa de pandemia, debo confesar, rompimos un par de reglas: los metíamos a escondidas a nuestro edificio por el estacionamiento e íbamos con ellos a su casa porque no había vigilante que nos acusara, siempre con el riesgo de que un vecino denunciara algo.

Mi primer shock sobre mi pérdida de identidad fue cuando nos reunimos por primera vez, y con interés de saber más de mí empezaron las preguntas, como a qué te dedicas, qué te gusta hacer, etc., y para mi sorpresa no sabía qué contestar. En realidad, estaba avergonzada, porque nada de lo que estaba llevando a cabo me apasionaba, y sólo hacía cosas por entretenerme en algo y no aburrirme. No me sentía nada orgullosa de mí, porque no estaba realizando lo que, según yo, me definía como persona; estaba en pausa. Ya no sabía cuál era la profesión a la que me había dedicado durante muchos años, o la nueva que estaba estudiando. Empecé a llenar las horas del día con lo que podía y haciendo cosas para mantenerme ocupada, pero me daba pena porque me sentía incómoda conmigo misma. Redoblé mi carga de cursos, me metí a un sinfín de capacitaciones y certificaciones en línea, desde marketing digital hasta cocina. No sé si por tener alguna ocupación, por hacerme la interesante o por explorar. Creo que por un poco de todo. Necesitaba llevar a cabo algo productivo con el tiempo y aprovecharlo. Creía que, entre más hacía, más valía, y como nada me apasionaba, me sentía como en un limbo. Algo me faltaba. Me daba pena, y consideraba que mi vida no tenía propósito; todo lo que presuponía que me definía no estaba ahí. Hubo gente que me dijo que era el momento ideal para tener un bebé, el mejor tiempo para cuidarlo sin otra presión. ¿Cómo? No, no podría traer a un bebé para entretenerme o que se convirtiera en mi propósito.

A pesar de que soy una persona espiritual, me di cuenta de que si no hacía muchas cosas productivas, tocaba fibras muy profundas en mí. Era la primera vez que me veía en esa situación. Me percaté de que seguía identificándome con el hacer más que con el ser. Por fin tenía la oportunidad de dejar de hacer para ser, pero no me gustaba hallarme en esa situación. Me encontraba sin realizar nada, pero tampoco reconociendo mi ser. Mi ego estaba presente, lleno de miedos y juicios constantes hacia mí misma. Pasé de sentirme segura a insegura, de independiente a dependiente; pensaba que ya no era la supermujer que me creía. No generaba ingresos, me sentía poco productiva, pues provenía de una cultura en que la productividad por minuto es muy bien vista. ¿Quién era yo? ¿Será que había perdido mis superpoderes? Sabía qué tenía y podía reinventarme, pero ¿por dónde empezar? Por mi cabeza pasaba constantemente el pensamiento de que debía verlo como una oportunidad para aprovechar el tiempo, de encontrar algo que me gustara hacer y que fuera diferente. El reto era que lo que llevaba a cabo antes me gustaba mucho. Soy kinestésica, lo cual significa que necesito acción y contacto. En ese momento debía reinventarme, pero de una manera que no conocía: sin la retroalimentación de más personas. Me preguntaba que si no podía usar mis etiquetas de siempre, ¿quién era ahora? ¿La esposa? ¿O la mujer que dejó todo por amor? ¿La ama de casa? ¿La desempleada? La necesidad de encasillarme, de pertenecer, de identificarme con algo durante mucho tiempo, me tuvo en búsqueda y mermando mi felicidad. Juro que las veces que me tocó llenar formatos de seguros o de visas al llegar a la casilla de ocupación me llenaba de angustia. Ponía lo que era en ese momento: ama de casa. No lo estoy demeritando, es un gran trabajo y se requiere mucho carácter. Lo importante es hacerlo por convicción, no por obligación; yo no tenía en ese momento opción.

Puesto que no me gustaba yo misma, me preguntaba si aún

le agradaba a mi esposo, quien se enamoró de mí siendo de una forma y en ciertas circunstancias. Por más que él me dijera lo contrario, es decir, que me amaba tal cual era en ese momento, yo no le creía. Un día tuvimos una plática fuerte, yo estaba en el drama y sintiendo constante pena por mí, con enojo y resentimiento. Él me hizo ver una perspectiva diferente sobre mí que yo no podía percibir. A partir de esa catarsis, empecé a concebir todo de manera distante, entendí que los juicios vivían sólo en mi mente, que tenía mucho por lo cual reconocerme y había logrado mucho durante este tiempo, únicamente que rompían mis esquemas. Entendí que nadie me estaba juzgando, sólo yo, con mis prejuicios del pasado.

Entendí que las etiquetas me las había puesto yo misma, pues fueron las que adopté de niña. La manera en que aprendí desde pequeña a ser reconocida, lo que la gente me decía constantemente que era. Entendí que durante muchos años, haciendo lo que realizaba, obtenía el reconocimiento externo, y eso me ayudaba a evitar rechazo. Hacía las cosas para alimentar y mantener mi seguridad.

Comprendí que no me define lo que produzco por minuto, o el número de aventuras que tengo o las competencias realizadas. Ni siquiera la necesidad de demostrar que soy una mujer alfa. Todo lo que la vocecita interna decía eran creencias limitantes, las cuales no me estaban dejando alcanzar la paz y la plenitud. Disfrutar más de lo bueno que pasaba, por ejemplo, el tiempo que compartíamos juntos mi esposo y yo. Estábamos tan presentes en el momento, que fue increíble. Nos estábamos conociendo y gozábamos mucho cada instante que él no trabajaba.

¿Por qué permití que lo que los demás pensaran tuviera tanto peso en mi estado de ánimo? Me sorprendía que me afectara tanto lo que mi mente creía que la gente pensaba de mí, cuando ni siquiera estaban en Toronto y no podían verme. ¿A quién quería demostrarle y por qué o para qué? Al entender que esas viejas etiquetas las asociaba con mi identidad, porque creía era lo que me definía y lo cual la gente esperaba de mí, me obligó a replantearme todo. Esas resultaban expectativas externas, y quizás creadas por mi mente.

La gente, en general, no tiene tiempo para estar al pendiente de mi vida, y quienes me quieren de verdad me reconocen por como soy con ellos, como trato a la gente, por la forma en que afronto los problemas, debido a que soy divertida, lo ligera que puedo ser, mi intensidad, lealtad y lo detallista; en fin, mis características reales e internas. Por ejemplo, soy amorosa, aventurera y creativa, honesta y comprometida. Me considero disciplinada y determinada. ¿Por qué no me puedo ver con los mismos ojos de amor con los cuales ellos me perciben? Decidí ponerme esos lentes y replantear mi identidad. No me quedó más que redefinirme sin etiquetas externas, sin depender de nada que no proviniera de adentro. Esto haría que, pasara lo que pasara, yo sabría quién soy, no obstante las circunstancias. No importaba por cuántos cambios tuviera que pasar; saber quién soy me ayudaría a mantenerme firme, segura y con autoestima alta durante más tiempo.

Puse en acción de manera autónoma todo lo aprendido en mi formación en programación neurolingüística y como coach de vida. Eso me ayudó a reconocerme y a romper patrones que no me permitían avanzar, pero más importante: a construir la Amaranta que yo quería ser en los siguientes años.

Hoy puedo asegurar que es posible crear la identidad que queramos, siempre y cuando seamos conscientes de con qué nos identificamos y qué es lo que realmente queremos ser. Podemos modelarnos como lo deseemos y comportarnos para alcanzar lo anhelado. Al final, lo que nos define es lo que hacemos constantemente.

Es importante resaltar que no me volví otra persona, sólo quité lo que no me servía; reconocí lo bueno que no veía en mí y dejé de definirme por cuestiones externas.

Si te has dado cuenta de que te hiciste una idea personal que ya no quieres más y deseas saber quién es el ser real que vive dentro de ti, te invito a realizar estos ejercicios, los cuales me funcionaron y en el coaching han cambiado la vida de muchos. Inténtalo, son muy reveladores:

1. Crear identidad sin expectativas externas. Escribe en una lista todo lo que creas te define. Es importante hacerlo tal cual vaya pasando por tu mente, sin filtros. Una vez terminada la lista revisa cada uno de los puntos que escribiste.

Hoy siento que me define:

______________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________