100 años de periodismo en el Perú - María Mendoza Michilot - E-Book

100 años de periodismo en el Perú E-Book

María Mendoza Michilot

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Esta investigación es el registro de lo que la prensa escrita limeña y sus directivos y periodistas testimoniaron sobre los hechos que hicieron noticia en el Perú y el mundo entre 1900 y el 2000. En sus dos tomos, esta historia del periodismo intenta responder a interrogantes tan complejas como si este es plural o si sirve a determinados intereses políticos, o cuánto valora el interés público.

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100 años de periodismo en el Perú

María Mendoza Michilot

Colección Investigaciones

100 años de periodismo en el Perú (1949-2000)

Primera edición digital, marzo 2016

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Manuel Olguín 125, Urb. Los Granados, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100, Perú

Teléfono: 437-6767, anexo 30131. Fax: 435-3396

[email protected]

www.ulima.edu.pe

Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Imágenes de carátula e interiores: Biblioteca Nacional del Perú y El Comercio

Versión ebook 2016

Digitalizado y Distribuido por Saxo.com Peru S.A.C.

www.saxo.com/esyopublico.saxo.com

Teléfono: 51-1-221-9998

Dirección: calle Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial

ISBN versión electrónica: 978-9972-45-323-6 (tomo II)

Índice

Introducción

Capítulo 6. El costoso afianzamiento del Estado

1. El ochenio

1.1 Adhesiones y persecuciones

1.2 El empuje de la publicidad y las publicaciones de larga vida

1.3 Gestores de propuestas políticas

1.4Última Hora y la era de la replana

1.5 La modernización de los diarios

1.6 Los periódicos de Odría

2. La onda liberal

2.1 Periódicos en campaña

2.2 Los nuevos tabloides

2.3 La cadena de noticias

2.4 Los diarios de la tarde

Capítulo 7. De la toma de los diarios a la lucha por la democracia

1. Génesis y final de la confiscación de los diarios

1.1 El periodismo y la revolución

1.2 Cambio de timón

2. El retorno a la democracia

2.1 Tras la devolución de los diarios

2.2 Las nuevas publicaciones de la década de 1980

2.3 Diarios de corta duración

3. El terrorismo y la prensa

3.1 La cobertura sobre la violencia y sus etapas

3.2 Mártires del periodismo

3.3 El crimen de Uchuraccay

3.4 Después de la caída del Muro de Berlín

Capítulo 8. Nuevas perspectivas y nefasto retroceso

1. El nuevo mercado de periódicos

1.1 La medición de los tirajes y las lectorías

1.2 Perfil del lector: Una perspectiva social y cultural

2. La prensa retorna a sus orígenes amarillos

2.1 Diarios de campaña: Elecciones generales de 1990

2.2 La manipulación de los diarios “chicha”

3. Epílogo de una vergüenza

3.1 La animadversión contra la prensa independiente

3.2 Periodistas: De la redacción a la prisión

Capítulo 9. Rumbo a la modernidad

1. El crecimiento de los medios

1.1 En la ruta de los rediseños

1.2 La empresa periodística en el entorno latinoamericano

1.3 Los grupos mediáticos

1.4 El lector del siglo XXI

2. Diarios tabloides, estándar y especializados

2.1 Tabloides de corta duración

2.2 Los defensores de la democracia

2.3 La prensa estándar

2.4 Los diarios especializados

3. Intentos de autorregulación de la prensa

3.1 Instrumentos de autocontrol

3.2 El Consejo de la Prensa Peruana

4. Las posibilidades de la internet para el periodismo

4.1Caretas

4.2La República

4.3El Peruano

4.4El Comercio

4.5 Otras experiencias

5. Los nuevos retos y escenarios

Bibliografía

Anexo

ÍNDICE DE RECUADROS

Capítulo 6

1. No al comunismo

2. Semanarios antiapristas

3. Testimonio: En la cárcel

4. Tealdo

5. El pronunciamiento

6. ¡Al Frontón!

7. La replana

8. El rey de los tabloides

9. El boom del columnismo

10. Un innovador

11. Testimonio: El florecimiento del periodismo

12. Nuevas rutinas laborales

13. El sistema de trabajo gráfico

14. El Geniograma

15. Mario Vargas Llosa en La Crónica

16. El manguerazo

17. Dos discursos antagónicos

18. Fines y objetivos de Expreso

19. Banchero y el boom pesquero

20. Testimonio: MJO

Capítulo 7

1. Manuel d’Ornellas, el apátrida

2. Ropaje legal de la confiscación

3. Los efectos del asalto a Expreso y Extra

4. Juan Velasco Alvarado

5. El grupo Prado

6. Luis Miró Quesada de la Guerra

7. Héctor Cornejo Chávez

8. Censuras y deportaciones

9. Pedro Beltrán Espantoso

10. Algunos indicadores

11. La economía de los periódicos en 1974

12. Veinte diarios

13. Difícil transición democrática

14. Nuevos sistemas de fotocomposición

15. Cuatro funciones y algo más

16. Beneficios y repartos

17. Las revistas

18. Vicharra, el salvador

19. El descalabro

20. Guido

21. Políticas de comunicación

22. La titánica tarea de editar un diario

23. “Para no repetir la historia”

24. En la CIDH

25. Las conclusiones de la CVR

26. Testimonio: “Pude ser el muerto número 9”

27. Testimonio: “Preferimos perder la información, no la vida”

28. “Uchuraccay, el testimonio de mi vejez”

Capítulo 8

1. El decenio de Fujimori

2. Prensa sensacionalista, amarilla y “chicha”

3. Las encuestadoras pioneras

4. Las primeras encuestas electorales

5. Cuando las cifras concuerdan

6. Los periódicos y la cultura “chicha”

7. Alianzas para gobernar

8. La propaganda política y Pink Floyd

9. Las alianzas mediáticas de 1990

10. El dueño de Página Libre

11. El juicio de Ojo

12. La censura y su efecto bumerán

13. Testimonio: El cerco sobre Sí

14. Ramillete de hostilidades

15. El régimen cayó en tres días

Capítulo 9

1. Hacia el nuevo siglo

2. Renovación visual

3. Dos directores

4. Nuevas tendencias gráficas

5. “La dictadura del diseño”

6. Rediseños y consultores

7. Perfil de un grupo mediático

8. Tipos de concentración

9. Los periódicos “serios baratos” y los populares

10. Denuncias periodísticas

11. La aventura del estándar

12. Periodismo especializado

13. El defensor del lector

14. En línea

Introducción

La prensa es la memoria de un país, es su pasado y su presente. En este segundo tomo, que sigue la metodología aplicada en el primero, es probable que los hechos expuestos se perciban más cercanos en el imaginario colectivo, no solo porque hemos vivido muchos de ellos, sino también porque se relacionan con el análisis de publicaciones más recientes y el testimonio recogido de primera mano a un grupo de periodistas testigos de los acontecimientos del país entre 1950 y el 2000.

Los capítulos seis, siete, ocho y nueve nos introducen en la segunda mitad del siglo XX, un tiempo que podría dividirse a su vez en dos períodos.

El primero se prolongó desde 1948 hasta 1980. Simboliza el inicio de la modernización de la prensa limeña, la profesionalización del periodista y la producción de proyectos novedosos al amparo de las libertades de expresión y de prensa. Cuando nuestro país ratificó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1959, el diario La Prensa tenía una “escuelita” para imitar al nuevo periodismo estadounidense y más tarde empezaría a pensar —con Última Hora — en lo que deberían leer los sectores populares. Son los años de las revistas y los tabloides que medio siglo después siguen publicándose, como Caretas, Expreso, la cadena de Correo y Ojo.

Lamentablemente, en este período, condicionantes internos y externos a la prensa fueron un handicap a su desarrollo y la devolvieron al pasado. El periodismo fue arrastrado por sus pasiones políticas y compromisos partidarios, que nuevamente pusieron en entredicho su imparcialidad frente al ochenio de Manuel A. Odría, instaurado tras el golpe de 1948, y la accidentada ‘primavera democrática’ de los gobiernos de José Luis Bustamante y Rivero y Manuel Prado.

El golpe militar contra Fernando Belaunde el 3 de octubre de 1968, que lideró Juan Velasco Alvarado y que más tarde continuó Francisco Morales Bermúdez, no solo vulneró el Estado de derecho, sino que también trajo consigo una medida extrema y radical contra el periodismo: la confiscación de los medios de comunicación. La devolución a sus legítimos propietarios en 1980 puso término a la aventura de regímenes de facto que en el Perú, como en otros países de la región, no volvieron a tentar —al menos directamente— el poder.

El segundo período va precisamente desde 1980 hasta el 2000, con el retorno a la democracia y la instalación de tres gobiernos consecutivos elegidos en las urnas (Fernando Belaunde por segunda vez, Alan García por primera vez y Alberto Fujimori Fujimori). Después de doce años de dictadura militar (1968-1980), hay un relanzamiento del periodismo.

En los ochenta nacieron periódicos tabloides serios, gestados por periodistas convertidos en directivos, que inundaron Lima y lucharon infructuosamente por mantenerse en un mercado que ya se vislumbraba altamente competitivo. La República es un sobreviviente de aquella época magra para la economía y dolorosa para los derechos humanos, cuando el terrorismo tiñó de sangre el país y alcanzó a los periodistas, en lo ideológico y en lo criminal, transformándolos en protagonistas y víctimas de su irracionalidad.

La década del noventa fue de luces y sombras. Se sentaron las bases para la innovación, la formación de los primeros grupos empresariales, la diversificación de los productos informativos, el acceso a las nuevas tecnologías y los primeros intentos autorregulatorios. El periodismo independiente afrontó también su principal dilema ético: “su compromiso con la verdad” (Restrepo 2004: 276), frente a los excesos políticos, la violación de los derechos humanos y los delitos (contemplados en nuestras leyes) perpetrados durante el decenio de Fujimori.

Mientras el fujimontesinismo demostró hasta qué punto un gobierno civil puede incurrir en prácticas antidemocráticas, reñidas con la ética y la deontología, cierta prensa fue cooptada como nunca antes, para mediatizar la opinión pública.

Cada gobierno ha contado con periódicos adláteres. Varios han vestido colores partidarios en las campañas políticas realizadas en las últimas cinco décadas al punto de que se ha institucionalizado la prensa preelectoral: aquella que surge para hacer proselitismo cada lustro. Sucedió en los años de la llamada ‘convivencia’ (1956-1962) y en el retorno a la democracia (1980-1990). Pero el nefasto período de la cooptación ‘fujimontesinista’ (1990-2000) no tiene parangón: fue sistemática, concertada y orquestada, y el antiperiodismo de siempre se valió en esa ocasión de las armas de la modernidad para someter a la libertad de prensa a una de las etapas más oscuras de su historia.

A lo largo del siglo, los principales partidos peruanos han sufrido mutaciones que los politólogos estudian y los periodistas observan, en la mayoría de las ocasiones sin sopesar el real alcance de esos procesos. Se señalan las indefiniciones partidarias, el surgimiento de caudillismos y mesianismos, de agrupaciones electorales que nacen —y mueren— cada cinco años o las limitaciones de las deficientes configuraciones políticas. Pero durante el llamado fujimorato, y salvo muy contadas excepciones, la prensa contribuyó poco a la empresa nacional de poner en evidencia lo que Sinesio López denominó “democradura” (Pease 1994: 31) o cómo un outsider puede convertirse en autócrata al llegar al poder y en un peligro para la democracia.

Lo sucedido ad portas del siglo XXI, y en los cincuenta años previos, deja grandes enseñanzas y señala dos caminos para el periodismo local: uno conduce a repetir esta historia pasada, mientras que el otro exige marcar nuevos derroteros hacia su modernización e independencia frente al poder político y económico.

En cuanto a la política, por ejemplo, desde la antigüedad hasta el presente, no ha podido vivir sin comunicación (Ortega 2011: 9) y probablemente otros sectores demanden tener igual o mayor presencia en los periódicos con fines económicos, de imagen o para legitimizarse frente a ese olvidado —y, sin embargo, el más importante— tercer actor: el ciudadano.

Pero esta interdependencia inevitable no debería implicar obsecuencias ni pérdida de autonomía de ninguna de las partes involucradas. Por el contrario, si algo demuestra la historia de la prensa en Lima es que solo aquellas publicaciones que no se agotaron en el poder político, económico o de otro tipo, y que supieron sostener con mucho esfuerzo —incluso a costa de su propia subsistencia— amplios márgenes de distancia respecto de ellos, ganaron sobre todo credibilidad. Mantener la línea puede ser difícil (Fuller 1996: 171), ¿pero cuál es el costo real de hipotecar la independencia?

La revisión de los diarios, periódicos y revistas que circularon a lo largo de cien años de prolífico y accidentado quehacer, permite cerrar este estudio con esperanza, porque creemos que el buen periodismo debe seguir escribiéndose día tras día. Que mientras la radio anuncia y la televisión muestra, el periodismo explica, como aseveró, hace más de cuarenta años, Hubert Beauve-Mery, director de Le Monde, frente a una nutrida concurrencia de directores de los periódicos más importantes del mundo, preocupados ya entonces por la desaparición de los diarios (Miró Quesada Garland 1996: 130).

¿Qué diría hoy Beauve-Mery frente al avance que ha cobrado la internet? Probablemente, que la radio anuncia, la televisión muestra, la internet hace lo que los dos anteriores y promueve la interactividad, y la prensa siempre debe explicar.

Capítulo 6

El costoso afianzamiento del Estado

La mitad del siglo fue un período de tránsito hacia la consolidación de un periodismo moderno, con pautas de estilo importadas de experiencias extranjeras, principalmente estadounidenses. Es la época de la imagen y el fotoperiodismo, de la reducción de los textos y la inclusión de elementos icónicos. En el Perú significa el surgimiento de una nueva generación de revistas que, sin abandonar lo político, dan nuevo impulso a la foto periodística.

La relación con el lector se sitúa en el ámbito de lo emocional. La historia se repite porque,

[…] al igual que en la gran generación de Pulitzer, el diario es el líder y portavoz de esa masa poco identificada con los políticos profesionales a quienes vota, y que se siente un poco asustada ante la complejidad de los problemas del entorno. El periódico es su paladín, y además la distrae y la defiende (Timoteo 1992: 137).

En este período, añade Timoteo, “[…] la función primera del periódico es la de entretener, servir de vía de distensión y escape a las tensiones personales acumuladas, y de remedio contra el aburrimiento y la impotencia”. En Lima, el mejor ejemplo de esta premisa es la aparición de Última Hora, el primer diario sensacionalista del país.

Un elemento adicional radica en el sentido de responsabilidad que van adquiriendo los medios de comunicación, sobre todo los más antiguos, de “mantener la tranquilidad” y no dudar “en enfrentarse a cualquier tipo de creadores de inestabilidad”.

La puesta en marcha de estas prácticas implicó romper con una serie de parámetros que, en otros países, habían comenzado a caer en desuso porque ponían en riesgo la calidad y la transparencia de la información. Por ejemplo, la incorporación de contenidos falsos y anónimos, presentados como si fueran noticias verdaderas, o el compromiso político de los periodistas y de las empresas periodísticas con sectores oficialistas o de la oposición.

En la década de 1950, lamentablemente, aún se puede encontrar en Lima directores que al mismo tiempo son ministros de Estado, práctica muy extendida en la primera mitad del siglo; así como diarios que en lugar de periodismo hacían proselitismo, como en el llamado ochenio de Manuel A. Odría.

Un hito decisivo a mediados del siglo XX para la prensa mundial fue, según Alejandro Miró Quesada Cisneros en entrevista para este libro, realizada el 9 de marzo del 2011, la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948); corpus legal que garantizó la libertad de opinión y de expresión de todo individuo, su derecho a no ser molestado en razón de sus ideas y a acceder, investigar y difundir informaciones u opiniones por cualquier medio de expresión. En el caso peruano, lamentablemente, fueron numerosos los periodistas amenazados, amedrentados y encarcelados por el odriismo en razón de sus ideas.

En el plano internacional, otro hito importante es el inicio de la Guerra Fría, al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. La polarización mundial era mirada con interés y recelo por los medios limeños, mientras las noticias del exterior daban cuenta del enfrentamiento ideológico del Este-Oeste, del capitalismo versus el comunismo, y cómo repercutía en el mundo occidental y detrás de la cortina de hierro. Desde la perspectiva del internacionalista Farid Kahhat, los antagonismos propios de ese orden político y el temor a una guerra nuclear contribuyeron a explicar la primacía del pensamiento realista tras la Segunda Guerra Mundial, que sustentaba, entre otros aspectos, la distribución del poder entre los estados, el establecimiento de polos en el sistema internacional (unipolar, bipolar y multipolar) y las políticas para garantizar la seguridad y la supervivencia política. Lo que no pudo prever el realismo fue el fin que tuvo la Guerra Fría (Kahhat 2007: 27-28).

Una de las noticias más importantes fue el ataque de las tropas norcoreanas contra Corea del Sur, el 9 de junio de 1950; así como el apoyo que recibieron los norcoreanos de China y sus doscientos mil “voluntarios”. Su avance sobre el paralelo 38, hacia Seúl, en la península de Corea, concitó gran atención. El Comercio publicó los despachos de las agencias de noticias Associated Press (AP) y United Press (UP), para dar a conocer el enfrentamiento entre los dos bloques: el estadounidense, que respaldaba a Corea del Sur, y el soviético, que hacía lo propio con Corea del Norte; como se aprecia en estos titulares del 25 de junio:

Fuerzas del Estado comunista de Corea del Norte invadieron, en amplio frente, Corea del Sur

El Estado de Corea del Norte declaró la guerra al del Sur

EE.UU. hará responsable a Rusia por la iniciación de la guerra entre Corea del Norte y del Sur

Este conflicto, que concluyó en 1953 con el armisticio de Panmunjom, mereció la atención de la prensa local desde que se reconoció la independencia de Corea, después de la Segunda Guerra Mundial, y su división en dos zonas ideológicamente diferentes; un tema de frecuente atención periodística hasta nuestros días (recuadro 1).

Recuadro 1

No al comunismo

Los titulares de los medios limeños en la década de 1950 reflejan el mundo bipolar que se instauró en la llamada Guerra Fría. Prevalecía en la prensa local el fantasma de otro bombardeo atómico semejante al de Hiroshima y Nagasaki, y se reconocía que el poder lo representaban Estados Unidos y la Unión Soviética.

Con base en la información proveniente de las agencias de noticias europeas y estadounidenses —United Press (UP), International News Service (INS), Agence France Presse (AFP) y Reuters—, las noticias connotaban rechazo a una tercera conflagración mundial, al comunismo soviético y a sus aliados de la Europa del Este.

Una muestra de ejemplares del diario La Crónica, tomada al azar durante una semana, permite identificar en sus titulares de portada variables interesantes para un estudio retrospectivo sobre la información que se entregaba a los limeños acerca de la Guerra Fría:

Rusia amenaza iniciar un nuevo bloqueo a Berlín(20 de enero de 1950)

Estados Unidos rompería sus relaciones con Bulgaria(21 de enero de 1950)

Finlandia rechaza enérgicamente una nota del gobierno soviético(22 de enero de 1950)

Presidente Truman. Trascendente declaración sobre la bomba de hidrógeno hará el presidente(23 de enero de 1950)

Los rusos están bloqueando el tránsito de vehículos a Berlín(24 de enero de 1950)

La aviación nacionalista de China bombardeó a los rojos(25 de enero de 1950)

Desde hoy India será república(26 de enero de 1950)

Actos de violencia comunista han empañado la proclamación de la India como república(27 de enero de 1950)

Fabricarán la superbomba de hidrógeno(31 de enero de 1950)

1. El ochenio

Después del golpe de Estado de 1948, la Junta Militar que presidió Manuel A. Odría decide seguir el camino adoptado por otros gobiernos de facto: legitimarse y convertirse en un gobierno civil. Por eso, en junio de 1950, Odría delega el poder al general Zenón Noriega para participar, de manera cuestionada, como candidato único en unas elecciones que, obviamente, lo colocaron en la Presidencia de la República, donde se enquistó por otros seis largos años.

Su contendor era el general Ernesto Montagne, militar de prestigio, recordado por el papel que cumplió en el conflicto con Colombia en 1933 y una de las víctimas de la dictadura odriista. Acusado de instigar —con el apoyo del Apra— el levantamiento que se produjo en Arequipa, también en junio de 1950, en vísperas de los comicios, fue enviado a prisión y luego deportado; además, su inscripción como representante de la Liga Democrática fue anulada por el Jurado Nacional de Elecciones (Contreras y Cueto 2004: 298-299).

La Prensa, El Comercio y La Crónica apoyaron, por diferentes razones, el llamado Movimiento Restaurador de Arequipa que lideró Odría para acceder al poder. Testimonio de ello es este titular de La Prensa del 30 de octubre de 1948 que, en la víspera, expresaba su beneplácito: “Ha triunfado el movimiento patriótico del Ejército. El jefe del Gobierno Central Odría debe llegar hoy a Lima. General Zenón Noriega asumió provisionalmente el mando. Espontáneas manifestaciones de aprobación en todo el país”.

Igual enfoque tuvo La Crónica, que dio la bienvenida al golpe de Estado el 28 de octubre de 1948. Su titular de portada fue ese día: “Triunfante la revolución, llega hoy el general Manuel A. Odría”. Su editorial del 31 de octubre ratifica su complacencia:

El general Odría llega al gobierno, de acuerdo con sus propias palabras, para alejar del país la gravitante amenaza del caos; y a preparar el camino a una orientación y una acción nacionales tan urgentes a la tranquilidad y el libre desenvolvimiento de las fuerzas vivas, comprometiendo en ello la voluntad de superación de todos los peruanos y contando desde luego con el solidario respaldo de los institutos armados. Ciertamente, el país necesita abrir, por fin, los cauces de su porvenir fuera de los tremendos estorbos y perturbaciones que se lo han impedido con el régimen cesante.

El 30 de octubre, El Comercio tituló su página 3 (la portada era entonces publicitaria): “Ha triunfado la revolución del sur”. En el editorial destacó lo incruento de la ruptura de la democracia, pero además ratificó los errores que en su opinión cometió José Luis Bustamante y Rivero para enfrentar a ‘la secta’ aprista:

La revolución iniciada el 27 de este mes en Arequipa por el general Odría ha triunfado en toda la república en la mejor forma para el Perú, porque no ha habido derramamiento de sangre y porque el ejército no se ha dividido, evitándose así la guerra civil.

El ejército del Perú, que de modo valioso y decidido supo aplastar el motín aprista del 3 de octubre, no podía ensangrentar el país […].

El movimiento revolucionario triunfante es el resultado del pronunciamiento de los Institutos armados; que han procedido, de acuerdo, a crear un nuevo régimen político, dentro del cual consideran que pueden realizar obra de bien público más efectiva, y sobre todo, librar a la patria, con toda la decisión y energía que son necesarias del terrible peligro que el aprismo significa para ella. Y en eso se diferencia de los golpes militares, cuyo móvil es la simple ambición personal del caudillo. Lo que persiguen, en efecto, ahora los Institutos Armados es salvar a la nacionalidad de la amenaza y del oprobio de una secta internacional, insensible a la peruanidad y experta en el crimen.

Se trata, pues, de una cruzada contra las oscuras fuerzas del mal, que la Alianza Popular Revolucionaria representa; y así, en esta forma, solidaria y desinteresada, los soldados del Perú, interpretando el anhelo vibrantemente expresado por la ciudadanía durante tres años, y corroborando la brillante página que escribiera el 3 de octubre, vienen a impedir que el marxismo aprista se adueñe del país.

Y es interesante anotar, asimismo, la diferencia existente entre una revolución militar de este carácter, y un motín hecho por sectarios. En el primer caso, se trata de hombres que alientan sentimientos patrióticos y tienen concepto de honor, y en el otro de dirigentes apristas, desprovistos de toda tendencia que no sea la del provecho propio y de la utilidad individual. En el caso aprista: la cobardía y la falta de consecuencia. En el caso militar: el valor y el sentimiento del pundonor y la responsabilidad. Le ha tocado al doctor Bustamante y Rivero actuar, en una época de nuestra política, en la que se necesitaba tener especiales condiciones de energía y poseer los elementos adecuados para hacer un gobierno fuerte. Por eso, fuimos en las elecciones de 1945 partidarios de un régimen militar, que podía reunir tales condiciones. Pensábamos en aquella época que elegido el doctor Bustamante y Rivero, iba a ser rebasado por el Apra; y así sucedió. Cometió, entonces, el error político de no hacer un gobierno nacional; aprovechando la circunstancia de que había sido reconocida su elección por su opositor, el Mariscal Ureta, y los partidarios de este. El aprismo aprovechó esa debilidad para ganar mayoría en las Cámaras y dominar el Parlamento; creando así la fuerza que necesitaba para su hegemonía y para la obra de daño nacional que realiza.

La primera tarea del nuevo régimen ha de ser, entonces, poner al Apra en la imposibilidad de hacer daño al país, a fin de estar en condiciones de desenvolver, luego y libremente, un programa de gobierno constructivo y útil para la nación.

1.1 Adhesiones y persecuciones

Irónicamente, tanto los medios de comunicación que lo apoyaron como los que no debieron afrontar la persecución y el hostigamiento que emprendió el régimen odriista contra sus detractores a lo largo de sus ocho años en el poder; líderes de opinión y periodistas fueron confinados en El Frontón por el único delito de ejercer su derecho a disentir.

Lo mismo sucedió con los sectores económicos que en el pasado habían cuestionado a Bustamante y Rivero, pero que respaldaron a Odría y que incluso habrían financiado la sublevación del 3 de octubre de 1948 (Tamariz 1998: 73).

Conforme avanzó el tiempo, la unidad del gobierno dictatorial fue resquebrajándose. Quizás el hecho más significativo de este malestar […] fueron las querellas cada vez más agrias y violentas entre el gobernante tarmeño y la oligarquía, sobre todo, con aquellos que no solo lo habían ayudado, sino empujado a tomar el poder. Uno de ellos era nada menos que el avispado Pedro Beltrán. Sin el apoyo de este poderoso sector económico, las cosas fueron corriendo en sentido contrario a la dirección impuesta por el dictador. Pronto la vida política del país asumiría otro compás que, a la larga, cambiaría el rostro del país […] (Huiza, Palacios y Valdizán 2004: 238).

El régimen dictatorial no entendió ni respetó la libertad de opinión ni de pensamiento. En los dos primeros años de la Junta Militar y luego bajo el gobierno odriista conculcó la libertad de prensa y deportó a periodistas, incluso hasta el último minuto de su gestión. Veamos algunos casos.

1.1.1 Las revistas perseguidas

El 1 de abril de 1949, el gobierno detuvo y deportó a México a Genaro Carnero Checa, director del semanario peruano 1949. La publicación, que tenía la particularidad de cambiar su nombre según el año, empezó a circular el 3 de febrero de 1947 y cerró en 1959. Era de izquierda y tomó como modelo la revista Time, pero

[…] aunque no logró altos tirajes sí fue influyente en la política en algunas etapas de su publicación […] era el prototipo de la llamada prensa chica de los años 50 que buscaba mejores precios en las viejas imprentas del centro de Lima realizando esfuerzos verdaderamente heroicos para no interrumpir su publicación (Gargurevich 1991: 178-179).

Consumada la deportación, la revista solicitó en su nota editorial del 18 de abril que se dejase sin efecto la medida, sobre todo después de unas declaraciones que hiciera el Jefe de Estado garantizando la libertad de prensa en el Perú. Sin embargo, no fue la primera vez que resultó clausurada y su director deportado. Sucedió en 1954, cuando Carnero Checa partió nuevamente a México, rumbo al exilio. En su redacción laboraron Antenor del Pozo, Alfredo Matheus, Ernesto More, Juan Francisco Castillo, Manuel Ferreyros, Pablo de Madalengoitia, Juan Gonzalo Rose, César Lévano y Pepe Ludmir (Tamariz 1997: 48).

Por aquellos años, el régimen mandó incautar los ejemplares de dos revistas políticas, críticas de Odría y sus colaboradores: Trinchera Aliada y Buen Humor (1949, 18 de abril de 1949).

Buen Humor tenía este lema: “Todo se ha perdido menos el humor”. Era un semanario sabatino tabloide (41 cm x 28 cm) de política, satírico e ilustrado, de tendencia leguiista. Costaba cincuenta centavos y había sido fundado el 29 de mayo de 1931 por Leonidas Rivera, periodista y parlamentario que, según algunas fuentes, fue “desaforado y conducido a prisión por la publicación de un artículo considerado irrespetuoso contra Eva Perón” (Zanutelli 2008: 319). Otras fuentes precisan que el perfil de Evita Perón se interpretó como una crítica encubierta a la esposa del presidente, María Delgado de Odría.

Respecto de la incautación, el semanario la confirmó con evidente ironía el 23 de abril de 1949, en la siguiente columna editorial:

No; no hubo incautación

Como diciendo la verdad —siempre con lealtad absoluta, como todo el mundo lo sabe— no hemos perdido nunca. Manifestamos que los ejemplares de Buen Humor, correspondientes al sábado 9 de este mes de abril y que contenía procaz alusión al Jefe del Estado (sorprendida había sido la buena fe de la redacción por un cobarde), fueron interceptados en provincias, a nuestra solicitud, de acuerdo con las autoridades, interesados como estábamos y estamos en conservar la línea de decoro que marca la honesta trayectoria y la vida limpia de este semanario […].

El odriismo clausuró las revistas Pan y ¡Ya!, dirigidas por Alfonso Tealdo; además, se multó al antiguo diario La República y al semanario Jornada (Thorndike 1982: 24) (recuadro 2).

La revista ¡Ya! apareció el 8 de febrero de 1949, con una columna firmada por el director que hizo las veces de editorial, en la página 11:

Cumplimos con la formalidad del editorial. Este es pequeño y a una columna. Estamos hartos de los editoriales. El mejor editorial es la acción, el buen ejemplo, la buena voluntad en suma. Porque el Perú es un país lleno de palabras. Porque el Perú es un país lleno de odios. Porque el Perú es un país lleno de suicidios colectivos […].

Hemos dicho que “Nuestro Partido es el Público” en nuestra propaganda y esta vez la propaganda será la verdad. La palabra “público” ha sido menospreciada siempre […]. Esta es una hermosa y dinámica palabra. Es, tal vez, la única palabra que nos hace sencillos y modestos humanos en la vida cotidiana […].

Irresponsables periodistas nos han atacado sin saber quiénes somos. Nosotros les daremos una lección cada semana. Inmunes al veneno, siempre los hemos despreciado […]. ‘Nuestro Partido es el Público’. No somos ni izquierda, ni centro, ni derecha. Estamos por encima de esas diferencias. Nosotros miramos al Perú desde la altura. Bueno, nuestro editorial es este número [sic].

Según se anunció, ¡Ya! tenía un tiraje de 25.000 ejemplares. El director gerente era Augusto Belmont y se imprimía en la editorial Etinsa. Alfonso Tealdo trabajó allí hasta el 13 de julio de 1949, y luego fundó Pan, revista en la que participaron Pedro del Pino, Alejandro Valle, Arturo Salazar Larraín, Napoleón Tello, Jaime Galarza y Hugo Cabrera, quien muchos años después fue jefe de redacción de El Comercio. Pan se colocó en la oposición a La Prensa. Como lo había hecho en ¡Ya!, Tealdo entrevistó a varios líderes apristas, incluyendo al abogado del militante aprista sindicado como el asesino de Francisco Graña, director de La Prensa. Por ello, probablemente, se le acusó de aprista y en otras ocasiones de odriista.

De nada sirvieron las protestas del resto de los medios de comunicación ante estas medidas policiales que vulneraron la libertad de prensa. El 1 de julio de 1949, el gobierno promulgó el Decreto Ley de Seguridad Interior de la República (Decreto Ley 11049),

[…] donde se tipifica el delito contra la tranquilidad y seguridad pública y se penalizan, entre otros actos, los siguientes: atemorizar verbalmente o por escrito, con fines políticos o sociales, amenazando la vida, libertad o intereses materiales; y difundir noticias e informaciones falsas y tendenciosas destinadas a alterar el orden público o dañar el prestigio o crédito del país. Las penas para los autores de estos delitos son expatriación, reclusión militar, prisión y multa. También se prohibió el ingreso de material impreso, con propaganda de doctrinas sectarias, comunistas o disociadoras, como ya se había hecho a través de leyes que se pusieron en vigencia durante la década de 1930 (Perla 2009: 134).

Esta ley fue aplicada contra el periodista César Lévano, quien debió cumplir tres años de cárcel efectiva, entre 1952 y 1955, acusado de ser un elemento subversivo. Lévano es uno los periodistas que ha purgado cárcel efectiva por delitos imputados en razón de la función de informar (recuadro 3).

Como esta norma, es larga la lista de decretos leyes y resoluciones supremas y ministeriales, entre otras disposiciones de menor nivel, mediante las cuales se reguló el quehacer de los medios, sobre todo de la radio. Un caso emblemático en el periodismo escrito fue el abrupto cierre de la revista Oiga, la ‘primera aventura’ editorial de Francisco Igartua. Salió en 1948 y solo pudo publicar tres números antes de ser clausurada por Odría.

Recuadro 2

Semanarios antiapristas

Así como tuvo sus órganos de difusión, el aprismo también ganó detractores. Jornada fue un semanario antiaprista que se publicó entre 1944 y 1950 (entre 1947 y 1948 circuló de manera diaria; y en 1949 de lunes a sábado). Lo fundó Miguel Benavides Corbacho para apoyar al Frente Democrático de Bustamante y Rivero. Luis Bedoya Reyes, más tarde fundador del Partido Popular Cristiano, fue su jefe de redacción. Entre sus colaboradores figuraban José Diez Canseco, Alberto Ferreyros, Mario Herrera Gray y Francisco Igartua. Fue clausurado en 1950 y cuando reabrió apoyó al odriismo.

Otra publicación antiaprista fue Trinchera Aliada, pero Vanguardia es reconocida como la más combativa. Salió primero como semanario y luego se hizo bisemanario en un formato grande (67 cm por 44 cm): “Recogemos todo lo que hay de viviente y de trascendental en la ideología de Nicolás de Piérola y en la de José Carlos Mariátegui”, dijo en su primer editorial. Circuló entre 1945 y 1949, bajo la dirección del polémico Eudocio Ravines y el eslogan: “La voz que dice lo que el pueblo piensa”. Luego asumió su financiamiento el Grupo Beltrán; entonces era el “Diario Político del mediodía”. Vanguardia se imprimía en los talleres de La Prensa y utilizaba los circuitos de distribución de ese diario. En una primera etapa hizo proselitismo político de izquierda y combatió al Apra. No recurría al insulto, pero sí a la agresividad. Según Gargurevich, las ediciones bisemanales llegaban a 25.000 ejemplares. Vanguardia reapareció en 1960, aunque en un tono menos aguerrido.

Eudocio Ravines fue un hombre polémico. Nació en el socialismo —antes y después de que ese partido se distanciara del Apra— y navegó por el comunismo. Luego renegó de la izquierda y se pasó a la derecha, aunque conservó su antiaprismo, también fue pradista y beltranista (Zanutelli 2008: 305).

Recuadro 3

Testimonio: En la cárcel

Cuando César Lévano hace un recuento de los periódicos y revistas donde trabajó, instintivamente incluye su paso “por las prisiones”: es decir, sus detenciones en el Panóptico (1950-1951) y El Frontón (1952-1955), durante el régimen de Odría; y en Seguridad del Estado (1979), bajo el gobierno de Francisco Morales Bermúdez Cerruti.

Estuve preso en el antiguo Panóptico, ubicado en el lugar donde se levanta hoy el hotel Sheraton. Allí ocupaba una cama estrecha, en una celda que parecía la jaula de un gorila. Un día pedí peluquero y vino un señor, un japonés que cortaba el cabello con una navaja, que resultó ser Mamoru Shimizu [reo peligroso que había matado a su familia (siete personas) en 1944]. Cuando lo vi pensé: “A este lo han mandado para que me corte el pescuezo”. Yo soy dialogante, pero sabía que durante los años que estuvo en el Panóptico, Mamoru no hablaba con nadie. Después de ese corte de pelo, con el único que habló fue conmigo.

Lévano recuerda que escribió esa historia años después a pedido de Guillermo Thorndike. “Algunos amigos me dijeron que esa serie debía convertirse en un libro […]. El japonés me contó muchas cosas, fue soldado durante la invasión a China. Yo leí las actas y alegatos de los abogados sobre su caso, me documenté”.

Otra detención que casi le cuesta la vida ocurrió en 1979:

Hubo una redada en la revista Marka y tomaron presas a decenas de personas. Yo estaba sin trabajo en ese momento y colaboraba con la revista… Tenía cuatro hijos y ningún ingreso. Nos metieron a todos en una celda, pero el problema era que tenía cálculos en los riñones y debían operarme. Un grupo de médicos comunistas me atendió. Tomaron radiografías y me avisaron que habían contratado una sala de operaciones. “Te operamos”, dijeron. Mis compañeros de celda —entre ellos Hugo Blanco— se pusieron de acuerdo y hablaron con el jefe de Seguridad del Estado: amenazaron con hacer una huelga de hambre y de sed si no me trasladaban a un hospital. Finalmente, me llevaron en una ambulancia al Hospital de Policía. Alguien me dijo: “Se ha salvado usted”. “¿Por qué?”, pregunté. “Porque hoy se llevan a todos a la Argentina”. Era la dictadura de Videla y las condiciones eran terribles.

(Entrevista a César Lévano, 13 de mayo del 2008).

1.1.2 Los periódicos “complotadores”

Luego, tras el intento de golpe del general Zenón Noriega, en agosto de 1954, el régimen veía fantasmas por todos lados. Así, a fines de ese año, acusó entre otros personajes a los hermanos Enrique y Carlos Miró Quesada Laos, así como al ingeniero Wilfredo Pflucker, de complotar contra el Gobierno; estos fueron detenidos en la Penitenciaría de Lima, como recuerda Mario Miglio Manini en su libro Mi paso por el periodismo (2000: 31).

El director de Gobierno, el temible Alejandro Esparza Zañartu, era el hombre fuerte en el aparato represivo del régimen, encargado de las detenciones arbitrarias y de la censura, incluso, de los reportes cablegráficos de los corresponsales peruanos. Mario Miglio, subdirector de La Prensa y corresponsal de la revista norteamericana Visión, da una pincelada de la personalidad arrogante de Esparza Zañartu y cómo tuvo que rendir cuentas ante él por sus reportes periodísticos.

Asimismo, incluye en su libro el parte policial que él tuvo que mecanografiar en la Prefectura de Lima al ser detenido, el 19 de enero de 1955, para explicar cada uno de los párrafos de un cable publicado en la revista Visión, en el que hacía “apreciaciones y comentarios de orden político relacionados con el gobierno del Perú”. Texto del cable cuyo contenido Miglio tuvo que fundamentar:

PRIMERA DIVERGENCIA FUE CON GRUPO CIVIL QUE LO AYUDÓ SUBIR PODER STOP RESULTADO ESA DIVERGENCIA ES OPOSICIÓN DIARIO LA PRENSA STOP POLÍTICA DE CAMBIO LIBRE ET SOLUCIÓN DADA CASO HAYA DE LA TORRE ORIGINÓ ENEMISTAD ACTUAL DIARIO EL COMERCIO TRO DE LOS GRUPOS DERECHISTAS TRADICIONALES STOP/ [sic].

Miglio relata que “el grupo civil a que se alude fue el de La Prensa que como es notorio simpatizó con la revolución del general Odría”, situación que se detalla en esta glosa del cable (en mayúsculas) y sus aclaraciones (en minúscula) ante la prefectura:

EN SEIS AÑOS GOBIERNO ODRÍA HA PERDIDO SIMPATÍAS ET AMIGOS. Es notorio que el General Odría llegó al poder con el aplauso de los diarios La Prensa y El Comercio cuando triunfó la revolución restauradora de 1948. Posteriormente se produjo un distanciamiento con La Prensa y la deportación de su director Eudocio Ravines. Actualmente la línea de La Prensa como se trasluce en sus editoriales no es de adhesión al gobierno del general Odría. Con El Comercio ocurre otro tanto: primero, la solución dada al caso Haya de la Torre no satisfizo a los Miró Quesada y, posteriormente, la participación de dos de los miembros de esa familia en intentonas subversivas contra el gobierno demuestran también que la adhesión de El Comercio a su política no es todo lo satisfactoria que podría esperar el gobierno del presidente Odría. Debo agregar, y como modo de explicar los párrafos subsiguientes, que la política de libre comercio, que sigue el gobierno, no es tampoco de la simpatía de El Comercio. En editoriales al respecto, ese diario ha manifestado en forma casi agresiva su punto de vista con relación a la política económica del gobierno [sic] (Miglio 2000: 40, 45).

Lo expuesto puede corroborarse en los primeros editoriales de La Prensa que aprobó el advenimiento del odriismo. Un ejemplo es el siguiente, fechado el 6 de enero de 1950:

La convocatoria a elecciones generales

Estamos persuadidos de que el general Odría ha logrado conquistar un lugar preferente en el alma de la mayoría de los peruanos […]. Por consiguiente se torna obligatorio enfocar la cuestión de la próxima Presidencia Constitucional del Perú señalando al general Odría como ciudadano acreedor a recibir el voto de los peruanos, unidos y mancomunados en la misma gran obra patriótica.

La intercesión de Pedro Beltrán ante Odría impidió que Miglio Manini fuera trasladado a El Frontón. El director de La Prensa ejerció durante los primeros años del odriismo la presidencia del Banco Central de Reserva (BCR). En su ausencia delegó la dirección del diario a Eudocio Ravines, quien había retornado al país luego de haber sido deportado en el gobierno de Bustamante y Rivero. En abril de 1950, sin embargo, debido a la aparición de una caricatura que Odría halló ofensiva, Ravines fue nuevamente deportado, lo que provocó la renuncia de Beltrán al BCR. A fines de la dictadura, más de 30 periodistas de ese diario —incluyendo al propio director y otros directivos— fueron recluidos en El Frontón.

En cuanto a El Comercio, su apoyo no fue para el ‘dictador Odría’, sino para el ‘Odría perseguidor del Apra’, agrupación que el diario reconocía en titulares como ‘una secta internacional’, ‘marxista’ y ‘criminal’ (El Comercio, 30 de octubre de 1948). Recordemos que en el contexto internacional, las denuncias contra personas sospechosas de ser comunistas iban y venían en plena Guerra Fría, por causa de la persecución que impuso el senador estadounidense Joseph Raymond McCarthy.

El Comercio reconoció en el régimen de Odría un gobierno fuerte, pero criticó su política de libre comercio y los abusos que cometió contra las libertades individuales y contra la libertad de prensa. Informativamente dio a conocer la deportación de Igartua el 22 de noviembre de 1952 a Panamá. Su protesta por las presiones contra el mencionado periodista, entonces director de la revista Caretas, quedó sentada en este editorial:

No se ha dado información oficial alguna respecto de la grave medida adoptada; pero cualquiera que sea su motivo, tratándose de un periodista y aun suponiendo que se acuse de publicación delictuosa, es de lamentar que, en lugar de aplicarse las leyes existentes sobre Delitos de Imprenta, se empleen procedimientos policiales que vulneran la libertad de prensa (El Comercio, 22 de noviembre de 1952).

La posición editorial de El Comercio mereció adhesiones e innumerables críticas. Estas últimas se resumen, de alguna manera, en el libro que en 1982 publicó Dennis Gilbert, cuyo título original es The oligarchy and old regime in Perú (La oligarquía peruana. Historia de tres familias). Allí se sostiene que entre 1930 y 1956, mientras el país vivía cambios que darían otro rumbo al Perú, la familia Miró Quesada recuperó la influencia política que había gozado en la República Aristocrática.

Los Miró Quesada atravesaron su fase más reaccionaria entre 1930 y 1956 […]. El Comercio contribuyó a llevar al poder a los regímenes militares derechistas […]. Sin embargo, tuvieron dos campos de desacuerdo potencial con estos gobiernos […] se opuso a la política monetaria orientada hacia la exportación, que los regímenes de Sánchez Cerro, Benavides y Odría, al igual que sus partidarios oligárquicos, favorecían. Pero los conflictos más graves entre el periódico y dichos gobiernos involucraban el trato que estos dispensaban al Apra (Gilbert 1982).1

1.2 El empuje de la publicidad y las publicaciones de larga vida

Durante los primeros años del gobierno de Odría la publicidad aumentó en los diarios de Lima. En realidad, ya en 1943 los anunciantes comenzaron a recoger las ventajas de la promoción en los medios de comunicación.

La historia de la publicidad se puede dividir en dos etapas: la primera, empírica, y la segunda, profesional. Esta se inicia en 1943 con la aparición de la primera agencia publicitaria en Lima: la Compañía Americana Universal S.A. (Causa). En 1945 empezó a operar McCann Erickson y en 1948 Publicidad Lowder, responsables de los avisos que aparecieron en los medios.

Causa fue fundada por Antonio Flórez-Estrada y Carlos Roca Rey, a los que luego se unieron Antonio Graña y Alejandro Miró Quesada Garland, más tarde director de El Comercio. La ligazón de esta agencia con el diario se refleja en que uno de sus principales productos fue la introducción del “Geniograma” en El Comercio, refiere el libro Historia de la publicidad en el Perú (El Comercio 2003: 39).

Los anuncios eran diversos. Las portadas de El Comercio y de La Prensa eran publicitarias. Solo los avisos de las películas en los cines capitalinos —que en la década de 1950 sumaban más de cien— ocupaban el mayor centimetraje en La Prensa, La Crónica y El Comercio, que entonces le daba una página completa. Fue un momento de despegue publicitario, en el que tal vez como nunca antes se interpretaba el aviso como información.

En los cines se exhibía publicidad durante los cinco minutos de intermedio, mediante diapositivas en blanco y negro o en color. Estos anuncios costaban más en las salas de estreno, ubicadas en el Centro de Lima, mientras que en los cines de barrio podían cotizarse entre cincuenta centavos y un sol, o a tres soles para aparecer en todas las funciones del día. Asimismo, en los intermedios se pasaban los noticieros nacionales, a cargo de Manuel Trullen y Franklin Urteaga, pero los internacionales tenían mayor acogida. Y aunque se dice que Odría no supo valorar el alcance de la propaganda en radio, la publicidad comercial se escuchaba desde los años cuarenta. La radio se había convertido en un medio familiar, gracias al impulso de pioneros como Genaro Delgado Brandt y Antonio Umbert. Los años cincuenta, la época de oro de los broadcasters, concitó el interés de los radioescuchas y, por consiguiente, de las agencias de publicidad.

Las revistas Oiga (1948, 1962-1996), Caretas (1950) y El Mundo (1950-1978) fueron los principales vehículos de un tipo de publicidad más moderna, gracias a los beneficios que ofrecía la foto en color. No fueron las únicas, pues hubo otras que tuvieron una corta vida, como los semanarios y revistas de oposición al gobierno de Odría, que fundó y dirigió el destacado periodista Alfonso Tealdo (recuadro 4).

Otro semanario importante fue Libertad (1956-1962), que repitió el nombre de una publicación de los años treinta. Era vocera del Movimiento Social Progresista y fue varias veces clausurada por Odría. Juan Gargurevich, en entrevista para esta investigación, realizada el 6 de mayo del 2008, comenta que este semanario gozaba de la predilección de un público joven y progresista; entre sus fundadores se hallaban Leopoldo Vidal, Francisco Moncloa, Adolfo Córdova, Germán Tito Gutiérrez, Efraín Ruiz Caro y Luis Felipe Angell, que también fue director. Colaboraban Augusto y Sebastián Salazar Bondy, Alberto Ruiz Eldredge, Jorge Bravo Bresani y José Matos Mar. Muchos pertenecieron a las filas de la izquierda, pero como sostuvo César Lévano, en entrevista para esta investigación, realizada el 13 de mayo del 2009, Libertad no era de izquierda, sino de centroizquierda.

Las revistas y los periódicos siguieron la tendencia que impusieron las publicaciones extranjeras, como las estadounidenses Time, Life y Newsweek, de captar modelos atractivos como factor preponderante de un anuncio publicitario, mientras que las agencias tomaban con seriedad las artes gráficas: se nutrían de dibujantes y diseñadores gráficos, además de fomentar la formación de artistas en estos terrenos.

Cuando Odría tomó el poder en 1948, además de las revistas estadounidenses, circulaban en Lima publicaciones de México, Cuba y Argentina. Al parecer, la más popular era la argentina Rico Tipo (Gargurevich 2005a: 77).

Entre las nacionales, Oiga, Caretas y Gente lograron mantenerse en buena parte del siglo XX, las dos últimas circulan todavía.

La revista Gente, de la familia Escardó, salió en mayo de 1957 y es el segundo mensuario de este grupo de publicaciones de los años cincuenta que siguen apareciendo hasta la fecha. Inicialmente se editaba una vez al mes, luego dos y finalmente todas las semanas, “logrando alcanzar en los años ochenta los más altos tirajes para las revistas peruanas” (Gargurevich 1991: 185). Su agenda prioritaria siempre fue el entretenimiento, aunque no ha dejado de abordar ciertos asuntos políticos relevantes. Las más políticas fueron Oiga y Caretas.

Recuadro 4

Tealdo

En la historia del debate público en la televisión hay un lugar reservado para Alfonso Tealdo, entrevistador de polendas y paradigma de toda una generación de periodistas. Contribuyó con su estilo para que la televisión limeña reemplazara a la plaza pública y se convirtiera en el ágora donde, desde los años setenta sobre todo, se debaten los grandes asuntos políticos del país. Sin embargo, antes de la televisión, Tealdo tuvo una larga trayectoria que lo llevó a fundar varios medios escritos de oposición al odriismo, por lo que fue perseguido y sus publicaciones clausuradas.

Dirigió Gala (1948), de propiedad de la editorial Etinsa de la familia Belmont Barr y que tenía como responsable de publicidad a Doris Gibson. La misma editorial imprimía Radioteatro, Olé y Equipo.

Luego asumió la dirección del semanario ¡Ya! (1949) y Pan, donde se formaron muchos de los jóvenes que luego pasaron a integrar la moderna redacción del diario La Prensa; y que circuló en dos períodos: 1949 y luego en 1956-1957. Publicó las revistas Dedeté (1950) y ¡No! (1956). Editó en 1961, el periódico El Diario, que circuló solo algunos meses.

Tealdo también fue director del diario El Comercio en la segunda fase del gobierno de la Fuerza Armada, que presidió el general Francisco Morales Bermúdez.

1.2.1Oiga

Francisco Igartua fundó la revista ¡Oiga! (con signos de admiración) en 1948, después del golpe de Estado odriista, la que luego fue clausurada por ese régimen. Lamentablemente no existen ejemplares de esas primeras ediciones, pero publicó tres: el cuarto número fue destrozado antes de salir, y su director enviado a la cárcel por tres meses. Igartua retornó al semanario antiaprista Jornada, donde se había iniciado en el periodismo, y en 1950 —tras la elección de Odría como candidato único en las elecciones de ese año— fundó Caretas, con Doris Gibson, asumiendo el cargo de director por el lapso de doce años (Tamariz 1997: 335).

El semanario Oiga (esta vez sin signos de admiración) volvió a las calles el 28 de noviembre de 1962, bajo el lema “Semanario de actualidades”. Costaba tres soles, se imprimía en Industrial Gráfica S.A. y tenía el tamaño de un tabloide: 43,5 por 30,5 centímetros. Apareció con una entrevista a Hugo Blanco, cabeza de las guerrillas del Cusco; un reportaje sobre el último triunfo del boxeador Mauro Mina y otro sobre una inusual “ola de asaltos políticos”. Así inició una larga trayectoria de 34 años en los que se posicionó como una de las revistas de análisis político más influyentes del país. En esta etapa era conservadora y antiaprista, apoyó la alianza Acción Popular-Democracia Cristiana en las elecciones de 1963, en contra del Apra y su socia, la Unión Nacional Odriista (UNO) (Tamariz 2001: 278). Este medio fue a lo largo de su existencia coherente con sus principios, como señaló en su primer editorial:

Palabras iniciales

Heme aquí envuelto en una aventura periodística nueva en la forma, aunque idéntica en espíritu, dentro de la natural evolución humana, a otros ensayos de prensa en los que derramé mis vehemencias e inquietudes. La misma adhesión de ayer a la voluntad nacional de renovación, igual devoción por la libertad e idéntico rechazo a las viejas taras de nuestro republicanismo, me animan a emprender esta nueva aventura periodística. Este semanario se llamará Oiga. El mismo título de la primera publicación que yo fundara, allá por el año mil novecientos cuarenta y ocho; la que tuvo accidentado nacimiento.

Ese primer Oiga apareció al día siguiente del cuartelazo capitaneado por Odría en Arequipa y auspiciado, desde Lima, por Pedro Beltrán. Fue un grito de protesta, ante la ley atropellada por la fuerza del dinero, que me llevó a los calabozos de la Prefectura. Y es en homenaje romántico a esa primera aventura por lo que he querido que este semanario se llame Oiga.

Me acompañan ahora un grupo de amigos, unidos por igual preocupación generacional, a quienes, desde nuestra ya algo distante mocedad, se nos ha tenido como a disconformes. Y lo somos. Esa es la voz cantante que queremos llevar. Pensamos distinto a la inmensa mayoría de los que “opinan” en el país y abominamos del gregarismo, tanto de derecha como de izquierda. Quien sabe por ello nuestra palabra sea disonante para unos y otros. Pero creemos tener razón. Nuestra conciencia está en paz y aspiramos a que esta íntima tranquilidad no varíe en el tiempo.

Oiga atravesó por diversas etapas. Cambió de formato en varias ocasiones (el primero, un tabloide modificado, parecido a la antigua revista estadounidense Life). A diferencia de otras publicaciones, disponía en sus inicios de una imprenta propia (Ital-Perú), cuya propiedad entró en disputa con los trabajadores (Gargurevich 1991: 188). Vivió en medio de censuras y vicisitudes, hasta que cerró en 1996, por lo que ha sido el dolor de cabeza de las empresas periodísticas: la falta de publicidad y la resistencia de ciertos anunciadores a publicitar en contextos complicados, como los que impuso en los noventa la mafia fujimontesinista.

El 22 de noviembre de 1952 Odría intentó deportar a Igartua, entonces director de Caretas, y en 1962 la revista fue cerrada por la Junta Militar que presidieron Ricardo Pérez Godoy, primero, y Nicolás Lindley, después.

En 1974, el gobierno de Juan Velasco Alvarado clausuró la publicación, mientras su director era deportado a México, aunque en este caso la situación fue hasta cierto punto diferente. Editorialmente, para algunos, Oiga era entonces de centroizquierda: Igartua había criticado la crisis económica de 1967 y demandado la investigación en el “Caso de la página 11”, detonante del golpe de Estado de 1968. Apoyó las medidas que aplicó el gobierno militar durante la primera fase —incluso se autodenominó “la voz de su conciencia”—, como la reforma agraria, el fomento de la producción, la toma de la International Petroleum Company y las reformas sociales. Sin embargo, pidió una Asamblea Constituyente para ir a elecciones, y rechazó los atentados contra la libertad de prensa. Oiga volvió a las calles en 1978, año en que fue cerrada nuevamente, esta vez por Francisco Morales Bermúdez (Tamariz 2001: 204).

1.2.2Caretas

Ha tenido una vida azarosa, llena de censuras, huelgas de hambre y numerosas primicias que le permitieron ganar el título de revista política de referencia. Su primera edición se imprimió en la imprenta El Cóndor y luego en Mercagraph, donde se imprimía Extra (Tamariz 1997: 173-178).

A diferencia de Oiga, Caretas sigue publicándose. Desde el 2000 está en manos de la segunda generación de la familia Zileri, su perseverante gestora. Además de su preocupación por la actualidad nacional, hoy exhibe enfoques editoriales más propios del magacín, que en parte son los mismos con que nació, en los cincuenta, cuando la fundaron Francisco Igartua y Doris Gibson.

Entonces Caretas aparecía mensualmente, y se dirigía a una élite. “Paco [Igartua] combinaba hábilmente la información social, cultural y de espectáculos con la nota política, siempre picante, y los comentarios internacionales que llevaban la firma de Guillermo Hoyos Osores, cuyas notas aparecían al lado de la columna editorial que habitualmente escribía el director. Dentro de ese corte magazinesco sobresalían las memorias del ‘Colónido’ Federico More,2 que eran un deleite para el lector”, reseña Domingo Tamariz, periodista que por 26 años trabajó en la revista (1997: 174).

Doris Gibson, hija del poeta Percy Gibson —otro ‘Colónido’—, era la gerenta y responsable de la publicidad. Difícil imaginar hoy que el entonces mensuario imprimiera 2000 ejemplares, que su precio fuera de tres soles (de los antiguos) y que su formato era como un tabloide modificado editado en papel cuché (32 por 23,5 centímetros). Pero Lima era pequeña: según el censo de 1940 Lima tenía 645.172 habitantes, cifra que se elevó a 1.200.000 en 1956, y a más de 8.000.000 en el 2012.

En la primera quincena de diciembre de 1952, Caretas tenía tres años en circulación y, como expresó Doris Gibson en el editorial titulado “Sobre la misma ruta”, aparecía ya cada quince días. Para entonces, según se informó, Igartua había viajado a Panamá y Gibson asumido la dirección de la revista:

Van a cumplirse tres años de la aparición de Caretas. Al iniciarnos, fue mensual nuestra periodicidad. El creciente favor del público y del comercio nos obligó a convertirnos en quincenario. Ahora ya podemos decir que esta nueva forma de salida está asegurada, pues ese favor y esa simpatía han crecido y, por fortuna, parece que crecerán.

Caretas fue fundada por Francisco Igartua y por mí. Ambos éramos y somos propietarios directores y gerentes. Igartua ha viajado a Panamá donde ahora se encuentra y, por eso, asumo la dirección y la gerencia de este quincenario, lo cual es para mí muy grato, pues ocurre en el momento preciso en que más nos reclama y nos rodea el favor público. Caretas, cuya circulación en el exterior habíase iniciado muy promisoriamente, aprovechará el viaje de Igartua para acrecentar esa circulación. En efecto, Igartua se propone enviarnos de Panamá notas de ambiente y acerca de las costumbres de la fascinadora ciudad del Istmo. Perú y Panamá mantienen amistad cordialísima y es justo que este quincenario peruano trate de fomentar esa amistad […].

Al asumir yo sola la dirección de Caretas, solo deseo que nunca se perturbe nuestra serenidad y que siempre nos mantengamos lejos de las pasiones y los intereses. Tal será, también el objeto que tengan las notas que desde Panamá o desde otros puntos de América, nos envíe Francisco Igartua, nuestro otro Director. Doris Gibson.

César Lévano sostiene que el fenómeno Caretas es notable:

[…] en gran parte, gracias a Doris Gibson que sacaba la publicidad ‘a gritos’ […]. Era una mujer valiente y especial. Alguien me dijo una vez que las feministas debieron rendirle homenaje porque había sido una adelantada. Fundó una revista, era independiente, desprejuiciada y curiosamente una mujer de la clase alta, muy guapa, muy bella, que no vacilaba en ir a jaranear, que amaba el arte popular andino o el negro, y que entre otras cosas nunca fue izquierdista. En una oportunidad una persona subió al cuarto piso del edificio que ocupaba Caretas, donde vivía Doris, y le dijo: “César Lévano es comunista”. Me contaron que ella intentó darle una cachetada que el tipo eludió a tiempo… ¡Qué tal revelación! […]. A mí me decían el niño engreído porque Doris conversaba conmigo. Había tenido una faceta artística y literaria, como su padre, y le gustaba conversar de pintura, de poesía, de literatura, de anécdotas. Me reprocho no haber grabado las caricaturas verbales que ella hacía de los personajes… Tenía la virtud de presentar la atmósfera del personaje, sus peculiaridades y hasta sus ridiculeces… Era muy ingeniosa (entrevista a César Lévano, 13 de mayo del 2008).

¿Cuándo se convirtió Caretas en el medio de referencia político? Tamariz dice que el proceso habría empezado temprano, en tiempos de Igartua, apenas la revista se consolidó (Tamariz 1997: 173-184).

En 1956 comenzaron a aparecer las caricaturas de Guillermo Osorio, autor de la página “Ají molido”, con críticas a los personajes del momento (Beltrán, Haya de la Torre, Ravines, Odría…), por las cuales fue objeto de amedrentamientos “[…] de sectores radicales del Apra y en más de una oportunidad fue amenazado de muerte, lo que lo llevó a contratar un guardaespaldas por algún tiempo” (Zevallos 2010: 75).

En 1957, Caretas pasó de la tipografía al sistema de impresión offset y al color. En 1958 se incorpora Enrique Zileri, hijo de Doris, quien deja la agencia de publicidad McCann Erickson para convertirse primero en subdirector y luego en director, en 1962, a los 31 años. Antes fue dibujante, reportero y jefe de publicidad. Fue expulsado del país en 1969 y 1975, y condenado en su ausencia a tres años de prisión, que no cumplió. En 1979, bajo su dirección y después de una histórica huelga de hambre, Caretas se convirtió en semanario (Tamariz 2001: 297).

Se atribuye a Zileri el discurso irreverente que históricamente ha caracterizado a la revista, la creación de esa imagen de independencia y espíritu fiscalizador que enarboló a lo largo del siglo XX y sobre todo su credibilidad. Después de casi cincuenta años como director, debe ser reconocido, además, como uno de los defensores de la libertad de prensa en el país, un prestigio ganado con destierros, limitaciones presupuestales y grandes destapes periodísticos.

El siguiente testimonio de Tamariz refleja lo que fue la revista a cargo de Enrique Zileri:

En esa coyuntura [década de los setenta] Caretas se jugaba el todo por el todo en defensa del orden democrático y, especialmente, la libertad de prensa. Su vieja e irreductible oposición a la ruptura de la vida institucional, el humor corrosivo y una carátula invariablemente ingeniosa, la hicieron más imprescindible que nunca. Y en esa línea pugnó, con una franqueza irritante, sin tener el menor cuidado de lo que podría pasarle… y pasó […]. Pero la revista no arrugó. Tomó las cosas como si fuesen gajes del oficio, al punto de que el 28 de agosto de 1974, al reaparecer después de una clausura de dos meses, sin perder el humor rotulaba su carátula así: “Aquí estamos, pálidos pero serenos”, tomándose el pelo ellos mismos. Dudo que otra publicación peruana haya experimentado situaciones tan tensas y dramáticas como las que vivió esta revista, que en octubre del 2000 conmemoró medio siglo “fregando”, como dice traviesamente, fiel a su estilo, uno de sus eslóganes (Tamariz 2001: 291).

En 1974, Caretas costaba cuarenta soles y mantenía el formato de los años cincuenta. En el número al que hace referencia Tamariz, Zileri dio cuenta —en un editorial— de las circunstancias del cierre de la revista y de su apertura, por decisión del propio Velasco, “después de una cordial pero inconclusa entrevista con Doris Gibson y Daphne Dougall de Zileri”. Además, reiteró su compromiso de “seguir criticando lo que crea criticable, denunciando lo contradictorio y, sobre todo, sembrando saludables dudas”. En el editorial en cuestión se pronunció así sobre la toma de los periódicos:

Un terco amanecer

[…] Cualquiera que haya seguido la trayectoria de Caretas sabe que esta no es una revista conservadora. Y cualquiera que haya estudiado la evolución de un proceso revolucionario comprende que este generalmente se parapeta tras sus propias ortodoxias y conservadorismos.

Caretas, que desde hace años se identifica con muchas de las metas esenciales de este proceso, se reserva el derecho de cuestionar sobre todo los métodos y de dar cabida, ahora más que nunca, para compensar la dominación oficialista de la prensa diaria, a la discrepancia y la disidencia.

Y a seguir haciendo preguntas, eternamente.